Todo pasa, menos el clan Saca

Cuando el lunes 14 de julio de 2003, el partido ARENA anunció que Elías Antonio Saca sería su candidato presidencial para las elecciones de 2004, nadie imaginó las implicaciones que eso tendría. Muchos vaticinaban su triunfo más inmediato sobre Schafik Hándal, del FMLN, pero no la influencia de Saca en las siguientes tres administraciones del Ejecutivo, más aún con su partido fuera de escena. ARENA dejó el poder, pero Saca nunca se fue. Esa es una de las sensaciones que deja parte de los funcionarios nombrados por Nayib Bukele, quien ha guardado lugar a algunos políticos que han sido vinculados con el expresidente del periodo 2004-2009, ahora preso por corrupción.

Entre los funcionarios designados por Bukele se encuentra el reciclaje, para el mismo puesto, del exdirector de Aduanas durante el gobierno de Saca, asesores y diputados del partido GANA. Si la vida fuera una partida de póquer, Tony Saca parece estar jugando dos manos a la vez. Tratando de lograr algo, incluso cuando aparentemente va perdiendo. Así lo hizo después de marzo de 2009, cuando «su candidato» Rodrigo Ávila no pudo con Mauricio Funes, y aprovechó la transición de gobierno para hablarle al oído al nuevo mandatario. Con la conformación del partido GANA sería clave en el quinquenio de Funes y mantendría su cuota de poder. Todo de la mano de su primo, Hérbert Saca.

El aporte del clan sería igual de fundamental para la administración Sánchez Cerén, que quizás ni siquiera se hubiera sentado en la silla presidencial de no ser por el movimiento Unidad, que candidateó a Antonio Saca y, en consecuencia, dividió el voto de la derecha en la primera vuelta. Independientemente de su derrota, el partido GANA siguió teniendo una alianza política con el FMLN que duraría un lustro más. Alianzas estratégicas –como la que ARENA tuvo con el PCN y el PDC en su época– que parecen darle sentido a la frase atribuida al inglés Winston Churchill de que «un buen político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable».

Esa es la esencia que deja la «democracia» de la posguerra: intereses, no lealtades. Quizás en su hora más oscura, Saca fue detenido por un millonario desfalco al Estado en medio de la boda de uno de sus hijos. Procesado y condenado, guarda prisión en el centro penal La Esperanza. El FMLN, quien ha sido su aliado por los últimos 10 años, colapsa después de perder la elección presidencial del 3 de febrero de 2019, pero el clan Saca ya trabaja con su relevo. El presidente Bukele, tan dado a comunicar sus anécdotas de vida, debería de contar cómo nació la armoniosa relación con los otrora asesores del expresidente Saca.

Más ahora que afianzan puestos estratégicos en Casa Presidencial y en otras carteras del Estado. Ahora que la sombra de Saca parece alargarse cinco años más. El 2004, cuando Saca llegó a la presidencia, fue un año con discursos bastante similares: prometer lo que «nunca» se ha hecho desde el Gobierno, despliegues de seguridad en la madrugada. La comunicación como la punta de lanza. El presidente Saca siempre mantuvo altos índices de popularidad, eso, y sus maniobras tras bambalinas, le han permitido mantener una influencia que dura hasta hoy.

12 reglas para la vida

Desde que descubrí el canal de YouTube de Jordan Peterson este mes, me he quedado completamente asombrada por la cantidad, y el valor, del contenido producido por este individuo. Su libro, «12 reglas para la vida: un antídoto para el caos» (2018) es uno de solo 14 libros que he sentido la necesidad de comprar en audiolibro en los últimos cinco años para poder escuchar y reflexionar sobre sus propuestas aprovechando del tiempo que manejo al trabajo y hago otras cosas.

Para aquellos que no están familiarizados con el Dr. Peterson, esta es una introducción rápida a su persona y trabajo. Jordan B. Peterson es un psicólogo canadiense, crítico cultural y profesor de Psicología. Ha enseñado en Harvard y en la Universidad de Toronto. El Dr. Peterson se especializa en psicología de la personalidad con un interés especial en la psicología de las creencias religiosas e ideológicas. Ha publicado más de cien artículos científicos, transformando la comprensión moderna de la personalidad, mientras que su libro de texto, «Mapas de significado», revolucionó la psicología de la religión. En los últimos años, el Dr. Peterson se ha convertido en uno de los pensadores públicos más populares del mundo debido a sus charlas en YouTube, y su canal que cuenta con más de 1 millón de suscriptores, donde describe las profundas conexiones entre la neurociencia, la psicología y analiza algunas de las historias más antiguas de la humanidad.

En su libro, «12 reglas para la vida», Peterson escribe de una manera útil y práctica sobre la necesidad de hacerse cargo de la vida propia. En lugar de ver la responsabilidad como algo que uno necesita aceptar a regañadientes, Peterson demuestra que la responsabilidad es una herramienta subutilizada y fundamental para vivir bien. Ayuda a los lectores a encontrar la disciplina, el coraje, la fuerza y la claridad necesaria para vivir adecuadamente, dado el sufrimiento y el caos inherentes en la vida.

Aquí les dejo las 12 citas de Peterson que más me han impactado este mes:

1. «¿Puede imaginarse a sí mismo en 10 años si, en lugar de evitar las cosas que sabe que debería hacer, realmente las hiciera todos los días? Eso es fuerte».

2. «Vas a pagar un precio por todo lo que haces y por todo lo que no haces. No puedes elegir no pagar un precio. Lo único que se elige es el veneno que vas a tomar. Solo eso».

3. «Si cumple con sus obligaciones todos los días, no necesita preocuparse por el futuro».

4. «Hay muchas veces en la vida que no va a sentirse feliz… Uno no puede depender de eso ni orientarse por la felicidad. Hay que tener un propósito, ese es el barco que te llevará a través de la tormenta».

5. «No subestime el poder de la visión y la dirección en la vida. Estas son fuerzas irresistibles, capaces de motivar acción a pesar de lo que parecen ser obstáculos invencibles».

6. «Observe a la gente como si usted fuera un halcón, y cuando alguien hace algo bueno, tome nota y dígale».

7. «Ningún ambiente de aprendizaje es cómodo, por cierto. En mi caso, cada cosa importante en la vida que tuve que aprender fue dolorosa».

8. «Un hombre inofensivo no es un buen hombre. Un buen hombre es un hombre muy peligroso que tiene esa potencia bajo control voluntario».

9. «Si cree que los hombres fuertes son peligrosos, no se imagina las capacidades de los hombres débiles».

10. «El enfoque que uno tiene determina lo que uno ve».

11. «Hay algunos juegos que uno no puede jugar a menos que se compromete del todo».

12. «Es en la responsabilidad que la mayoría de las personas encuentra el significado que las sustenta a lo largo de la vida. No está en la felicidad. No está en el placer impulsivo».

Carta Editorial

Sergio Ramírez es una de las voces más autorizadas para hablar de la delicada situación política que envuelve a Nicaragua desde hace más de un año. Lo hace como exvicepresidente y también desde la disidencia de un partido que acabó traicionando todos los principios con los que nació.

El FSLN ahora simboliza solo el poder desmedido al que se quieren aferrar Daniel Ortega y Rosario Murillo. Lo hacen a costa de ataques directos a la población, disuelven protestas, encierran activistas, registran medios de comunicación y levantan delitos en contra de periodistas. Nicaragua ha perdido con ellos la dignidad y el respeto por los derechos humanos.

Por esto, Ramírez dice que existe un pueblo desencantado que ya no respalda la fórmula de Ortega-Murillo, sino que quiere ver elecciones libres, presos políticos liberados, el regreso de los nicaragüenses exiliados y el funcionamiento de los medios de comunicación sin trabas ni cortapisas.
“Donde el Gobierno no ha podido, el régimen no ha podido penetrar, es en los medios, en las redes sociales. Una batalla perdida. Busca cómo contrarrestar control con mentira, con redes falsas, pero ahí está la fortaleza de la difusión de noticias que el régimen quisiera no escuchar”, señala.

Esta entrevista que hemos incluido en la edición fue realizada por el periodista Stanley Luna en Costa Rica, durante el desarrollo del Centroamérica Cuenta, uno de los proyectos más representativos de Ramírez.

En una situación tan complicada como la de Nicaragua, la literatura está obligada no solo a hacer un registro, sino que también a ser un faro que ilumine las opciones correctas y democráticas. Está obligada a colocarse al lado del oprimido para defenderlo de los ataques de los que solo quieren aferrarse a un poder que, aunque tienen, hace rato no les pertenece.

«El teatro significa enfrentar miedos y sentir que vuelvo a nacer»

¿Qué es lo que más le conmueve?

Tener que decir no a situaciones extremas; por ejemplo, la falta de recursos para ayudar a los más pobres.

Si pudiera tener un superpoder, ¿cuál sería?

Volar.

¿Cuál es su miedo más grand e?

Dejar de soñar y perder la alegría por los problemas.

¿Hay alguien en quien se haya inspirado para hacer teatro?

La actriz y directora de teatro Egly Larreynaga.

¿Dónde y cuándo es feliz?

En la playa, viendo el horizonte.

¿Qué significa para usted el teatro?

El teatro, para mí, es vida, risas, sueños y metas. Significa enfrentar miedos y sentir que vuelvo a nacer.

¿Cuál es el reto más grande de hacer teatro en el país?

El factor económico, porque la mayoría de los grupos son autosostenibles. Otros vamos fuera del país, porque no hay mucho apoyo por parte del Gobierno.

Historias sin Cuento

PARÁBOLA DEL BUEN VECINO

Aquella comunidad suburbana se había venido formando desde hacía muy largo tiempo, pero las condiciones de la realidad en los decenios inmediatamente anteriores determinaron un crecimiento expansivo sin precedentes. Expansivo y aglutinante, porque ahora las viviendas estaban literalmente apiñadas, sin espacios para las siembras caseras de antaño y sin senderos semejantes a las veredas de otro tiempo. Y todo eso hacía que el costo de una de aquellas viviendas fuera más accesible para la gente desposeída que iba en aumento.

Así llegó Lucio a vivir ahí con su pequeña familia, inmediatamente después de que el logro de un trabajo mejor remunerado le permitiera optar a un crédito en el sistema público. Se instalaron en aquel espacio con sólo dos reducidas habitaciones, un par de metros de acceso y una ínfima mediagua posterior. Como era la última construcción del pasaje, únicamente estaba el vecino de al lado, y ni siquiera lo habían visto, aunque ya hacía algunas semanas del arribo.

En los primeros días, el silencio tras la pared divisoria era total, como si nadie viviera ahí; pero poco a poco se fue percibiendo una especie de rumor, que bien podía ser el efecto de un grifo que estuviera fluyendo sigilosamente. Y ese rumor iba transformándose en algo como una conversación casi secreta. Lo curioso era que sólo Lucio percibía aquellos signos, como si fueran dirigidos a él. No lo comentó con nadie, pero al fin se animó a indagar.

Salió, dio la vuelta y tocó. No había timbre, Se tenia que hacer con la coyuntura de los dedos. El silencio volvió a ser total. Entonces tuvo el impulso no pensado de empujar la puerta, que cedió sin ninguna resistencia. Estaba adentro. ¿Pero qué era aquello?

–Bienvenido, hermano, aquí estamos a la espera del Apocalipsis que nos toca. Sólo vos faltabas, vos que sos el más sencillo de los escogidos…

Él quiso escapar, porque aquello bien podía ser una trampa mortal, de esas que hoy abundan.

–Shhh, no te preocupés. Por algo somos vecinos. Esto es ley superior. Y por tu familia tampoco te preocupés. Los otros hermanos velarán por ellos, mientras nosotros nos dedicamos a la confianza en lo desconocido…

Y al decir aquellas frases, una iluminación envolvente que parecía cobija sagrada se apoderó de todo, incluyéndolos a ellos.

GRACIAS, CAMBIO CLIMÁTICO

El día amaneció soleado, aunque los servicios meteorológicos habían anunciado una vaguada de alta intensidad. Y como era domingo, lo que estaba en perspectiva era ir a algún paseo por los alrededores, que eran predominantemente arbolados. Él le dijo entonces a su esposa:

–¿Tenés preparados los bocadillos del almuerzo, ¿verdá?… Ah, bueno, entonces vamos a ir a caminar un poco por el bosquecito que tanto nos gusta. Hay que decirle a la niñera que se quede con los cipotes…

–Ella se fue desde bien temprano. Vamos a tener que llevarlos.

–Ah, no. Es que entonces no vamos a gozar el paseo como nos gusta.

–Bueno, pues lo que queda es que nos vayamos a boquear en el ático, mientras los niños permanecen encerrados en su cuarto viendo sus programas favoritos en la tele o moviéndose como animalitos voladores por las redes sociales…

–¡Uf, pues que así sea!

Subieron al ático por la casi desquiciada escalerilla de caracol, y fue como si el trayecto ascendente durara por tiempo indefinido. Así lo sintieron. Y al llegar arriba los envolvió de pronto una densa bruma que se colaba hasta por las más leves rendijas.

Detenidos entre los promontorios de objetos ya sin destino, la pregunta les nació de muy adentro y al unísono:

–¿Y qué pasó afuera mientras subíamos?

No había respuesta disponible. De la claridad deslumbrante a la espesura envolvente. Y en cosas de minutos, al menos dentro de la lógica de los relojes. Ahora se hallaban ahí, como en una cúpula sin tragaluz.

Se fueron a ubicar en una de las esquinas de aquel espacio y la somnolencia se apoderó de ellos. En un par de minutos ya estaban con los ojos cerrados y levitando hacia adentro. Hasta que…

Sonó la campana, de origen desconocido pero con ecos familiares.

–¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué es esto?!

Y con la campana llegaba un torrente de rayos solares. El aire se había despejado por completo y por la ventana de cortinaje corrido entraban todos los destellos imaginables.

Se abrazaron como si acabaran de encontrarse, y ahora fue ella la que habló:

–Quedémonos aquí, porque el ático nos invita a compartir desde su sencillo mirador las travesuras del cambio climático. Es como un templo que no se anima a decir su nombre…

–Oremos, pues, con la confianza de los elegidos.

PELUQUERO DE SEÑORAS

Desde que era niño, Edwin dio muestras de ambición imaginativa, que no era lo común en su entorno familiar de siempre. Aprendió a leer antes de llegar al kindergarten, y su ánimo lector se le desplegó de inmediato. En su cuarto de pequeñas dimensiones tenía una aglomeración de volúmenes, que no dejaba de hojear y de leer, y eso ya era parte de su naturaleza.

Todos creían que iba a decantarse por alguna profesión científica o literaria, y ni siquiera la preguntaban, porque era claro que iba a tomar una opción de primer nivel, ingeniándoselas para hacérsela costeable. Estaba ya a finales de su formación media, y ya pronto llegaría el momento de culminar el bachillerato. Entonces el padre y la madre se juntaron un día con él para conocer sus intenciones de futuro.

–Edwin, ya llegó el momento de la gran decisión sobre lo que querés ser como profesional. ¿Ya lo pensante.

–Claro que sí: voy a ser peluquero de señoras.

Estupor indisimulable. ¿Qué significaba aquello? Se lo preguntaron con las miradas inquisitivas. Él no se inmutó. Y como no daba signos de explicarse, se lo preguntaron en directo:

–¿Y de dónde has sacado semejante cosa?

–De la opinión de un gran autor. ¿Quieren que les comparta el texto?

Lo tenía a la mano, como si esperara la ocasión. Era el libro «Viajes con Charley», de John Steinbeck. Lo abrió y empezó a leer:

«—De acuerdo –dije–, ha tocado usted un tema en el que he pensado mucho. Conozco a varias mujeres y muchachas de todas las edades, todas las clases, todos los tipos. No hay dos que se parezcan salvo en una cosa: el peluquero. En mi modesta opinión, el peluquero de mujeres es el hombre más influyente de cualquier comunidad.

–Usted se burla de mí.

–De ningún modo. Lo he estudiado profundamente. Cuando las mujeres van a la peluquería, y todas van si pueden pagarlo, algo les ocurre. Se sienten seguras, se relajan. No tienen que fingir nada. El peluquero sabe cómo es la piel de ellas bajo el maquillaje, les conoce la edad, las operaciones faciales. Por esa razón, las mujeres cuentan a un peluquero cosas que no se atreverían a contar a un sacerdote, y se explayan sobre asuntos que le ocultarían al médico.

–No me diga.

–Sí le digo. Le repito que he estudiado el fenómeno. Cuando las mujeres ponen su vida secreta en manos del peluquero, el obtiene una autoridad que pocos hombres alcanzan. He oído citar peluqueros con absoluta convicción en materia de arte, literatura, política, economía, puericultura y moral.

–¿Habla usted en serio?

–No sonrío al decirlo. Le aseguro que un peluquero inteligente, astuto y ambicioso esgrime un poder más allá de la comprensión de la mayoría de los hombres».

Edwin levantó los ojos de la página y los fijó, sonriente, en las expresiones de sus progenitores.

–Yo me voy a entrenar como peluquero de señoras, con todas las habilidades que se necesitan, y después voy a usar esa experiencia en otras labores de mayor influencia. ¿Qué les parece?

Ellos movieron las cabezas, incrédulos y confundidos, pero no dijeron nada. Sabían que Edwin era inconmovible.

–Ya tengo la academia donde voy a ir a estudiar en cuanto termine… Ah, y algo más, para que no vaya a haber ningún malentendido, por todos los prejuicios que existen: no soy gay –exclamó, con el risueño gesto que le era tan característico.

Venezolanos en Ecuador, radiografía del hambre que emigra por Latinoamérica

Fotografía de EFE

Un hombre famélico, con sus vestimentas color hollín y zapatillas roídas, camina solo, con paso firme y portando un petate, en dirección al puente de Rumichaca, entre Ecuador y Colombia; es una de esas tantas puertas de la esperanza para los venezolanos que huyen del hambre y la pobreza.

Con dos hendiduras a ambos lados del rostro, que dibujan el contorno de su mandíbula y la piel quemada por el sol y las inclemencias de la cordillera andina, este venezolano de nombre Fredy Ramón Castillo, de 60 años, ha recorrido más de 2,000 kilómetros desde Valencia, estado de Carabobo, hasta el principal acceso a Ecuador y lleva ocho días caminando.

«El sueldo no me alcanzaba para comprar medicinas y decidí salir de Venezuela para ayudar a mi mamá», afirma antes de romper a llorar por su situación, que comparten los cerca de 2,000 a 3,000 compatriotas, hasta 5,000 en los días álgidos, que cruzan este límite.

Es una frontera que solo en 2018 fue atravesada por más de un millón de venezolanos, de los que más de 220,000 no registraron su salida del país por puertos oficiales, según datos oficiales.

Venezuela afronta en el último lustro una grave crisis económica, agravada por la escasez de comida, medicinas, productos básicos y servicios como electricidad o agua potable, inseguridad, que ha llevado a más de 4 millones a dejar su país y engrosar el movimiento más grande y rápido de personas en la historia reciente de Latinoamérica.

Ecuador. Es el país que recibe a más emigrantes en proporción a su extensión territorial y número de habitantes de la región. Para finales de año se estima que su población llegará a medio millón de personas.

Ecuador es el cuarto receptor de venezolanos en América Latina después de Colombia, Perú y Chile, y tiene una población estimada de más de 300,000, cifra que podría acercarse al medio millón para finales de año, según vaticina su cancillería.

Es además el país que recibe a más emigrantes en proporción a su extensión territorial y número de habitantes de la región.

Cada día cerca de una veintena de autobuses llega a la divisoria con Ecuador procedente de Colombia, donde comienza el éxodo por la región suramericana, aunque numerosos individuos solos o en grupo hacen el recorrido a pie.

Es el caso de media docena de hombres y mujeres en la veintena, que alcanzan casi desmayados el límite territorial con dos bebés y sus vidas en apenas dos maletas con ruedas y varios bultos que se han ido turnando en cargar en su largo trecho.

«Comenzamos hace 19 días», refiere a Efe Edison Mendoza, del estado de Lara, con su hija de año y medio dormida en su regazo.

Ecuador. Es el país que recibe a más emigrantes en proporción a su extensión territorial y número de habitantes de la región. Para finales de año se estima que su población llegará a medio millón de personas.

Su objetivo también es llegar a la capital peruana, donde tienen familiares, tras haber descartado Ecuador. «Porque no tener nada que comer nos ha motivado a recorrer todo esto, y lo que nos falta», comenta.

De acuerdo a un reciente informe de seguimiento del flujo de la población venezolana en Ecuador de la Organización Internacional (OIM), el 54.4 % de los venezolanos inició su viaje entre uno y siete días antes de llegar a los principales puestos fronterizos, donde el costo promedio del mismo fue entre $100 y $500.

Asimismo, el 46.3 % viaja solo, el 42.9 % con familiares y el 10.6 % con un grupo no familiar; y el 33.8 % de los encuestados en la frontera expresó su deseo de permanecer en el país, el 52.3 % planea radicarse en Perú y el 12.4 % en Chile.

Con una economía dolarizada y un envío regular de remesas a Venezuela que promedia los $20, Ecuador se ha tornado para muchos en una opción donde empezar de cero.

El perfil de los que en estos momentos ingresan a este país está cambiando respecto a los últimos años, según subrayan los organismos internacionales, con un aumento de las mujeres (44.7 %), y en su gran mayoría con el bachillerato acabado (43.6 %), cuando en años precedentes solía hacerlo un mayor número de licenciados.

«Podemos decir que en una primera etapa de la movilidad fueron los cabezas de familia, y ahora desde hace un año tuvieron sus recursos económicos y pueden hacer la reunificación familiar», indica a Efe Vladimir Velasco, director distrital del Ministerio de Inclusión Económica y Social de Ecuador (MIES), en la ciudad fronteriza de Tulcán, aledaña a Rumichaca.

A escasos metros del puente internacional, en la divisoria común, un autobús fletado por la OIM efectúa su última parada del trayecto desde Colombia y a sus escalerillas, un trabajador del organismo informa a los pasajeros venezolanos que descienden que se separen en grupos en función de los que se quedan en Ecuador y los que siguen recorrido a Perú, que desde el sábado exige visado humanitario.

Junto con el grupo de recién llegados, tres jóvenes maleteros venezolanos esperan sacarse unas monedas ayudándoles a cargar sus pertenencias hasta el área donde deben proceder a regular su documentación.

Reciben pesos y dólares de la nueva modalidad de pasajeros emigrantes, que les dan para tirar, «algunos días llegamos, otros no», refiere Lewis Cuello, de Caracas, si tienen suerte incluso envían algo a la familia en la República Bolivariana.

A ambos lados del cruce varios habitáculos de organizaciones internacionales, como ACNUR, UNICEF, Cruz Roja Internacional, Programa Mundial de Alimentos, ONG, gobiernos locales y cancillerías, se han convertido para muchos de los viajeros en parada y fonda en su trayecto.

Los niños juegan en espacios lúdicos y los mayores cargan sus celulares en un punto habilitado, chequean su salud o simplemente reciben alimentos en una espera que puede demorarse varias horas.

La mayor parte de los viajeros que atraviesan la frontera ecuatoriana lo hacen con cédulas de identidad y pasaportes, aunque el 2.5 % no posee documentos, especialmente menores, constatan las entidades responsables.

Entre inicios de febrero y finales de marzo de 2019, el Gobierno ecuatoriano exigió la presentación de antecedentes penales apostillados a los venezolanos que ingresaron en el país, medida suspendida por la justicia.

El viaje. El 46.3 % de los venezolanos que viaja a Ecuador lo hace solo, el 42.9 % con familiares y el 10.6 % con un grupo no familiar.

Pese a liderar esfuerzos regionales para hacer frente al fenómeno, abogando por una flexibilización y políticas de «brazos abiertos» a la población vulnerable, el presidente, Lenín Moreno, ha anunciado que se exigirá una visa humanitaria, siguiendo con el ejemplo peruano.

Desde Rumichaca parten al día en función de la demanda, entre cuatro y ocho autobuses humanitarios con destino a Huaquillas, en la divisoria con Perú, flujo que podría frenarse una vez que ha entrado en vigor la disposición adoptada por Lima.

Una plazoleta que alberga las instalaciones humanitarias en el cruce con Colombia se ha tornado en un gran recinto de espera donde se agolpan las familias venezolanas con sus pertrechos.

Génesis Camacho, de 24 años y oriunda de Zulia, espera su turno para poder alimentar a su hijo pequeño gracias al Banco de Alimentos. Viajó con su marido en autobús y piensa radicarse en Ecuador donde ya se encuentra toda su familia. «Éramos los últimos», asegura.

Cada vez se observan más casos de madres que migran con sus hijos, mayores o personas con discapacidad que en una primera etapa no se lo planteaban.

Una tendencia «creciente», según la alta comisionada adjunta de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Kelly Clements, que en su primera visita al país andino advirtió a Efe que la mayoría de los venezolanos en situación de movilidad por la región requiere de «protección internacional».

El éxodo masivo de venezolanos se aceleró a partir de 2016, se agudizó en los últimos dos años, en paralelo al pulso de poder entre el líder chavista Nicolás Maduro y el opositor Juan Guaidó, reconocido como presidente interino por más de 50 países.

Como en casi todo el continente, muchos comienzan en un cruce de caminos con un cartel que reza: «Soy venezolano, tengo hambre, por favor ayúdame».

Africanos ingresan a EUA desde México en cifras históricas

A la espera. Migrantes africanos esperan en Tapachula, en Chiapas (México), obtener el permiso legal de ingresar al territorio mexicano.

Sin dejarse desanimar por un trayecto de miles de kilómetros, las personas que huyen de las penurias económicas y los abusos a los derechos humanos en países africanos ingresan a Estados Unidos a través de la frontera con México en números nunca antes vistos, para la sorpresa de los agentes de la Patrulla Fronteriza que están más acostumbrados a los migrantes hispanoparlantes. Funcionarios de Texas, e incluso de Maine, pasan apuros para lidiar con el marcado incremento de migrantes africanos.

Están llegando a Suramérica después de cruzar el Atlántico vía aérea y embarcarse en una travesía que a menudo resulta desgarradora. Durante una semana reciente, los agentes de la Patrulla Fronteriza en el sector Del Río detuvieron a más de 500 migrantes africanos que caminaban en distintos grupos por los terrenos áridos después de un cruzar el río Bravo (Grande) con todo y niños. Esa cifra representa más del doble del total de 211 migrantes africanos que fueron detenidos a lo largo de los 3,200 kilómetros (2,000 millas) de la frontera entre México y Estados Unidos durante el año fiscal 2018.

«Seguimos viendo un incremento en la detención de migrantes procedentes de países que no solemos encontrar en nuestra área», dijo Raúl Ortiz, director del sector Del Río de la Patrulla Fronteriza. Los migrantes detenidos en Texas procedían principalmente de la República del Congo, la República Democrática del Congo y Angola. También se han encontrado grandes grupos de cameruneses que transitan por México con dirección a Estados Unidos y solicitan asilo en los puertos de entrada.

Un sábado reciente había más de 90 cameruneses formados en Tijuana para ingresar a la lista de espera para solicitar asilo, misma que supera los 7,500 nombres. En esa lista de espera también hay migrantes procedentes de Etiopía, Eritrea, Mauritania, Sudán y el Congo. Por lo general, los cameruneses toman un vuelo a Ecuador, en donde no se requiere una visa, y les toma unos cuatro meses llegar a Tijuana. Caminan durante días por la densa selva de Panamá, en donde a menudo son víctimas de robo y detenidos en instalaciones gestionadas por el Gobierno.

Poblaciones. La tramitología migratoria en la frontera sur de México ha llevado a los migrantes a poblar centros migratorios y el barrio La Esperanza, en Tapachula, Chiapas.

Provienen del sur de Camerún, una región donde se habla inglés, con horrendas historias de violaciones, asesinatos y torturas cometidas hacia finales de 2016 por los soldados de la mayoría de habla francesa que dirige el país. Unos días después de que los grupos de migrantes africanos fueran detenidos en Texas, las autoridades federales liberaron a algunos de ellos en San Antonio. Funcionarios de la ciudad texana lanzaron una convocatoria en busca de voluntarios que hablaran francés para fungir como traductores «y, lo más importante, hacer que nuestros invitados se sientan bienvenidos».

Muchos fueron trasladados en autobús a Portland, Maine, un lugar lejano de la frontera entre México y Estados Unidos. Entre los migrantes se ha corrido la noticia de que la ciudad de 67,000 habitantes es un lugar acogedor. Durante la década de 1990 se asentaron refugiados somalíes en Portland. Un total de 170 solicitantes de asilo han llegado en los últimos días.

Se prevé la llegada de cientos más durante una oleada que el administrador de la ciudad, Jon Jennings, calificó sin precedentes. Un albergue ya está lleno, por lo que se tuvo que adaptar la cancha de básquetbol del Centro de Exposiciones de Portland como refugio temporal. Las autoridades de Portland tuitearon el jueves 13 de junio que los rumores de que algunos migrantes son portadores del virus del Ébola «son absolutamente falsos» y dijo que, como solicitantes de asilo, están legalmente en Estados Unidos.

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De África a Brasil y EUA

El jueves en la tarde, familias dentro de la «Expo» charlaban en francés y portugués mientras los niños pateaban un balón de fútbol cerca de algunos catres. Uno de los hombres, Prince Pombo, de 26 años, se describió como un activista pro democracia y dijo que huyó de su país, la República Democrática del Congo, debido a la opresión política. Se trasladó a la vecina Angola y posteriormente viajó vía aérea a Brasil. Ahí, conoció a una mujer local y tuvieron una bebé a la que nombraron Heaven. Ahora con 16 meses de edad, Heaven reía mientras jugaba con su madre dentro del refugio temporal. Pombo dijo que su viaje del Congo a Estados Unidos le tomó tres años. Y hay más migrantes en camino.

México se encamina a triplicar el número de migrantes africanos que ha procesado este año respecto a los 2,100 de 2017. Mbi Deric Ambi, procedente de la parte de habla inglesa de Camerún, es uno de ellos. Durante una entrevista reciente en la ciudad de Tapachula, ubicada en México y cerca de la frontera con Guatemala, Ambi dijo que estaba a la espera de un documento por parte de las autoridades mexicanas que le permitiera continuar su trayecto hacia Estados Unidos. Viajó por tierra por Centro y Suramérica después de llegar en avión a Ecuador.

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“Seguimos viendo un incremento en la detención de migrantes procedentes de países que no solemos encontrar en nuestra área”, dijo Raúl Ortiz, director del sector Del Río de la Patrulla Fronteriza.

De acuerdo con Human Rights Watch, 1,800 personas han sido asesinadas y más de medio millón han sido desplazadas en las regiones anglófonas de Camerún desde finales de 2016. Un funcionario de Naciones Unidas señaló que hay 4.3 millones de personas que requieren de ayuda humanitaria en la zona.

«En la parte inglesa no tenemos trabajo, el sistema educativo es malo y nos ven como si fuéramos perros», dijo Ambi mientras una multitud de migrantes se reunía afuera de un centro migratorio de la ciudad mexicana de Tapachula a la espera de escuchar su nombre para obtener los documentos de viaje. Ambi ha esperado ahí cada mañana durante seis semanas. «Solo debemos ser pacientes, porque no hay nada que podamos hacer», indicó.

El marcado incremento de migrantes del África subsahariana a Estados Unidos coincide con el desplome en el flujo migratorio a través del Mediterráneo rumbo a Europa, después de que las naciones europeas y dos de los principales puntos de embarque –Turquía y Libia– decidieron tomar medidas al respecto. Entre el 1.º de enero y el 12 de junio, apenas llegaron 24,600 migrantes a Europa por la vía marítima, en comparación con los 99,600 arribos durante ese mismo periodo de 2017, de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones.

Pero Joel Millman, portavoz de la OIM, duda que los africanos hayan cambiado su sendero migratorio de Europa a Estados Unidos. A través de una búsqueda en internet y preguntando entre sus conocidos, Pombo, quien era maestro en el Congo, se enteró de que Portland era un buen lugar para los migrantes. Dijo que el siguiente paso es comenzar a reconstruir su vida y la de su familia. «Me gustaría sentirme seguro. Me gustaría tener una vida decente», declaró. «Necesito empezar de cero».

Sin tregua. Aunque las autoridades mexicanas han desplegado a 6,000 agentes de la Guardia Nacional en la frontera sur, los migrantes intentan cruzar de Guatemala a México.

José huye de un país sin refugios

Fotografía de Frederick Meza

A José solo lo acompañan unas cuantas mudas de ropa, una solicitud rechazada de asilo, documentos de identidad y un rimero de medicinas para sus dolores cervicales. No tiene nada más. Todo lo que posee está guardado bajo el colchón de su cama, en una habitación que comparte con cinco personas más dentro de un albergue que le ha dado acogida, luego de pasar meses en calles y parques.

La odisea de José comenzó a finales de 2017, cuando decidió que no pagaría la extorsión que le exigió la pandilla. «Los muchachos» enviaron una nota en la que le ordenaban remesar $75 quincenales para que siguiera con su local.

Al no cumplir, fue perseguido. Lo vigilaban fuera de su casa y pasaban frente a su negocio. El acoso fue insoportable para José, así que decidió cerrar su establecimiento. Creyó que todo terminaría, pero a los pocos días, le llegó una nota a la casa en la que le decían que tenía 24 horas para abandonar la comunidad.

Esa misma tarde, José dejó todo lo que tenía. Solo se pudo llevar una mochila en la que metió sus documentos, unas cuantas camisas, pantalones. Decidió que transbordar hasta llegar a Estados Unidos era su salida para que los pandilleros no lo asesinaran.

Las personas que se desplazan de manera forzada abandonan sus hogares luego de un hecho de violencia como el asesinato de un familiar, exigencia de pago de extorsión, amenazas, reclutamiento forzoso, lesiones, usurpaciones de la propiedad.

Entre estas causas, las víctimas señalan como sus victimarios –en su gran mayoría– a las pandillas y grupos criminales. Aunque fuerzas militares y agentes estatales también están identificados como los causantes del fenómeno. Así lo detalla el Informe Preliminar de los Registros de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) sobre Desplazamiento Forzado en 2017.

Cuando huyó, José no interpuso ninguna demanda pensó que acudir a instituciones como la Policía Nacional Civil (PNC) o la Fiscalía General de la República (FGR) le traería más problemas con la pandilla.

Según la PDDH, las víctimas de desplazamiento forzado interno en El Salvador prefieren permanecer en un estatus «invisible» y pasar lo más desapercibidas posibles, ya que interponer una denuncia podría significar ser detectadas y ser de nuevo víctimas de la violencia.

Las personas que se desplazan de manera forzada abandonan sus hogares luego de un hecho de violencia, como el asesinato de un familiar, la exigencia de pago de extorsión, las amenazas, el reclutamiento forzoso, las lesiones o las usurpaciones de la propiedad. Entre estas causas, las víctimas señalan como sus victimarios –en su gran mayoría– a las pandillas y grupos criminales. Aunque fuerzas militares y agentes estatales también están identificados como los causantes del fenómeno.

Es por esta razón que las cifras reales sobre cuántas son las víctimas de desplazamiento forzado son incalculables. Lo que hay son datos parciales, cantidades que se sacan en base con las denuncias de casos en instancias como la PDDH, organizaciones de la sociedad civil como Cristosal que se dedica a atender a desplazados internos y la Dirección de Atención a Víctimas (DAV) del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública (MJSP).

José migró, transbordó hasta llegar a Calexico, California, una ciudad fronteriza entre México y Estados Unidos, pero al querer cruzar por las vallas que dividen ambos países fue detenido por agentes de Migración.

Al ser capturado, él explicó a los policías migratorios lo que lo obligó a emprender el viaje; les dijo que huía de las pandillas y que de regresar lo asesinarían. Pero sin pruebas que comprobaran su historia, Migración lo regresó a casa.

José fue deportado y volvió a El Salvador el 14 de febrero de 2018. Sin dinero, se arriesgó a volver a su hogar. Sin embargo, los pandilleros supieron que estaba nuevamente en la comunidad y dos muchachos, en menos de 24 horas de su regreso, tocaron a su puerta y le pedían que saliera.

Para salvar su vida, José saltó a un muro de la casa vecina y escapó por veredas hasta llegar un río en el que se refugió con la complicidad de la noche. No durmió, solo esperó a que pasaran unas horas para salir y buscar un lugar para protegerse.

Sin opciones, pensó nuevamente en migrar. Esta vez, se entregaría y llevaría las pruebas a Migración de Estados Unidos para que no lo deportaran. Pediría un asilo.

Luego de dormir por unos días en un albergue municipal para personas indigentes, José se presentó a la PNC para levantar su denuncia y contar con papeles para su segundo intento de escapar de la pandilla.

Desplazados por violencia. Una mujer dentro del hogar de acogimiento cuenta cómo fue apuñalada por pandilleros antes de huir de su hogar.

Cuando llegó a la policía, José no pensó en que la PNC podía ayudarlo. Acudió a ellos porque era la institución donde la gente va comúnmente a levantar una denuncia. Y nunca escuchó de una entidad que diera atención para gente que huía de las pandillas.

En sus últimos cinco años al frente del Gobierno, el FMLN se negó a reconocer el desplazamiento forzado interno. Sin embargo, tras la sentencia 411-2017, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) ordenó al Estado reconocer el fenómeno y crear políticas a favor de las víctimas. Esto luego de amparar a un núcleo familiar de 33 personas que sufrieron abusos a sus derechos humanos de parte de agentes estatales y pandilleros.

A pesar de ello, el gobierno saliente no reconoció de manera oficial el fenómeno, lo único que presentó fue la articulación de Estándares Mínimos para la protección de la víctima de desplazamiento forzado interno, en abril de 2019, dos meses antes de su salida. Esto como insumo para la creación de una ley especial en la Asamblea Legislativa.

Sin un Estado que reconociera de manera oficial el fenómeno y sin conocer de una institución que pudiera ayudarle, José dejó el país en abril de 2018. Tal como estaba en sus planes, se entregó al llegar a Calexico, California, e inició su proceso de asilo en Estados Unidos.

Mientras el país estudiaba su petición, él entró a un centro de detención para migrantes en Calexico. En su estancia, un viejo problema se hizo presente, tras un accidente de tránsito en 2012, José padecía de dolores cervicales, dos discos de su espina dorsal estaban desviados y como su prioridad en los últimos meses fue escapar, él descuidó su tratamiento.

Las condiciones en las que él migró, de andar de camión en camión, de caminar y dormir en cualquier lugar agravó su problema. Pasó cuatro meses en silla de ruedas y fue operado en Calexico donde se recuperó y recobró la movilidad.

Once meses pasaron para que José obtuviera una respuesta y tras acudir a los tribunales, el fiscal del caso le dijo que su solicitud de asilo había sido rechazada. Fue deportado. Así que regresó al país sin un hogar para estar y con el temor de que lo encontrara la pandilla. Su vuelo aterrizó el 6 de marzo de 2019.

Al regresar, José no tenía idea de las instituciones estatales a las que le podía solicitar ayuda. Así que se mantuvo nómada por San Salvador. Vivía, dormía y comía en las calles. Pero en una de esas tardes, en las que cumplía con esa rutina, recordó que en el vuelo de regreso otros migrantes hablaron de una organización de la sociedad civil que ayudaban a personas que no tenían hogar por causa de la violencia.

Según la PDDH, es muy común que las personas que son desplazadas por violencia recurran a las organizaciones sociales o interpongan una denuncia cuando ya han agotado todos los recursos personales, familiares o sus redes de relaciones.

Además, la institución concluye en su último informe sobre desplazamiento forzado interno, que son las familias más pobres las que sufren una mayor afectación de sus derechos humanos al carecer de recursos para proveerse a sí mismas una continuidad de sus proyectos de vida en zonas «más seguras». Esto de acuerdo con los casos registrados por la PDDH.

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Han pasado casi tres años y José continúa huyendo de la pandilla que causó su desplazamiento, es junio de 2019 y ahora él se encuentra en un albergue temporal en El Salvador, un espacio en el que fue acogido por una organización de la sociedad civil, tras deambular por la calles durante dos meses.

Hoy, en una tarde donde la estación lluviosa apremia, José luce cansado, un poco más avejentado para su edad. Está sentado en su cama en la parte baja de un camarote que comparte con otra persona que también ha sido víctima de desplazamiento forzado interno.

Él revisa sus medicamentos y se asegura sobre qué pastilla tomar. Mientras tanto cuenta su historia, la relata con voz baja, como si aún lo persiguieran y mira para todas partes como señal de estar siempre alerta.

En este albergue se encuentran otras 16 personas que están viviendo la situación de José, no tienen un lugar para dormir y no poseen ningún recurso luego de ser desplazadas de manera forzada por las pandillas.

El Estado, por el momento, no cuenta con un albergue temporal de acogida para víctimas de desplazamiento forzado interno. Han sido las organizaciones de la sociedad civil las que han tenido que asumir este reto debido a la demanda de casos que han recibido.

Aunque los datos sobre el desplazamiento forzado no son cuantificables, debido a que las víctimas no denuncian sus casos y prefieren el anonimato para no ser encontradas por sus victimarios, los números de casos registrados por la Dirección de Atención de a Víctimas (DAV) del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública (MJSP), entre marzo de 2018 y abril de 2019, son de 164 denuncias que se traducen en 634 víctimas que recurren a la institución en búsqueda de alojamiento temporal.

Albergue temporal. Cuatro niños se encuentran dentro del hogar temporal tras ser víctimas de la violencia generalizada.

Y según Cristosal, de enero a diciembre de 2018, la organización registró la atención de 564 personas en calidad de desplazados. En total, luego de la suma de ambas cifras, se pueden contabilizar entre 2018 e inicios de 2019 a 1,198 personas que solicitan asistencia.

A pesar de los números y las solicitudes, el Gobierno no cuenta, hasta el momento, con un refugio para la protección de las víctimas de desplazamiento forzado interno.

Fátima Ortiz, directora de la DAV, asegura que la institución está por abrir el primer albergue para desplazados que tendrá la capacidad de atender a 35 víctimas bajo un tiempo de acogida de tres meses. Esto mientras las personas reciben una alternativa para el retorno a sus hogares, el asentamiento a una tercera comunidad o el apoyo de una red familiar.

Sin embargo, la directora de la DAV, admite que el espacio será una limitante de este primer albergue, ya que reconoce (por la atención de las casos) que las víctimas que llegan a la institución solicitando un acogimiento temporal sobrepasa la capacidad del lugar. «De los casos atendidos entre marzo 2018 y abril 2019, la mayoría de las víctimas solicitó un alojamiento temporal».

A su vez, considera que un albergue temporal debe ser la última opción que consideren los desplazados. «El albergue puede ser una de las opciones de alojamiento temporal para la víctima y debe ser la última, porque no hay que olvidar que es un confinamiento con bastantes medidas de seguridad y lo ideal es que las víctimas busquen redes de apoyos o regresen a sus sitios», concluye Ortiz.

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Junto con José duermen otras cinco personas, una familia conformada por dos pequeños y tres adultos; en otro de los cuartos del hogar de acogimiento se alberga el resto de sus miembros que son otras tres personas adultas.

Francisco, forma parte de esta familia y es uno de los recién llegados al albergue, al hablar lo primero que cuenta es cómo cada vez que mira por la azotea de este lugar que le ha brindado acogimiento temporal, siente una especie de libertad, misma que se desvanece cuando ve a personas o carros pasar.

Aunque considera que está en un espacio seguro, él no deja de tener miedo. Las amenazas de la pandilla de asesinar a toda su familia por no pagar la extorsión acabaron con su tranquilidad.

Y es ese mismo temor, el que hace que Francisco guarde con mucho recelo su historia. Aunque asegura que de no ser por este lugar quizá estaría durmiendo en las calles, porque la pandilla lo dejó sin nada a él y su familia. Abandonó su casa, mascotas, establecimiento y ahorros.

Mientras tiende su ropa luego de una mañana lluviosa, se pregunta si el Estado hará algo por las personas que se encuentran en esta situación.

El padre Mauro Verzeletti, director de la Casa del Migrante en El Salvador, sostiene que pensar en la creación de albergues es una solución temporal de emergencia para las víctimas de desplazamiento forzado interno, pero que el Estado debe concebir soluciones duraderas como: la articulación de esfuerzos con organizaciones de la sociedad civil que conocen la problemática, la recuperación del tejido social en las comunidades para asegurar zonas seguras dentro del país y la creación de una política de reasentamiento como resultado de la búsqueda de espacios seguros junto con las municipalidades, las cuales conocen el territorio y la situación de sus comunidades.

Verzeletti agrega que al hablar de la creación de albergues, el Gobierno debe considerar la construcción de un «hogar de acogimiento» por departamento y pensar en más, en las zonas donde se registran mayor número de desplazados, esto mientras planea medidas duraderas.

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Como Francisco, José se cuestiona sobre el papel del Estado en garantizar sus derechos humanos y la de sus compañeros de habitación que están en su misma situación. «De los tres años que llevo huyendo nunca he escuchado medidas de parte del Gobierno».

El Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) en su última encuesta de opinión sobre el fenómeno de desplazamiento forzado interno por violencia, en 2018, apuntó que alrededor de 235,000 personas cambiaron de residencia para protegerse a sí mismas o a otro miembro de su familia debido a una amenaza o a un hecho de violencia.

Para llegar a determinar esta cifra, el IUDOP realizó 1,806 entrevistas que se enfocaron en conocer las opiniones de la población frente al fenómeno del desplazamiento forzado interno por la violencia. Estas fueron hechas en 52 municipios de mayor cantidad de habitantes de los 14 departamentos de el país.

A pesar de estas cifras, Oliver Dorighel, jefe adjunto de misión del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), enfatiza que los números sobre cuántas víctimas de desplazamiento forzado hay en el país son incalculables, y la razón es porque no existe un registro sistematizado de parte del Estado.

Según Dorighel, de los casos recibidos por el CICR en 2018, que en total fueron 45 casos y 250 personas atendidas, la creación de albergues debe instaurarse debido a la urgencia de protección para las víctimas. Y enfatiza que esta debe ser una opción temporal mientras se articula la atención integral de parte del Estado

«El esfuerzo debe venir desde la coordinación central, desde la atención integral de parte de todas las instituciones a las víctimas, la articulación territorial con municipalidades para identificar zonas seguras y la implementación de una ley especial para víctimas de desplazamiento forzado interno», asegura Dorighel.

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Mientras tanto, José piensa en sus opciones, cada vez que puede revisa sus papeles, los lee para asegurarse de que no obvio nada en la solicitud de su asilo, que fue rechazada.

«Yo aquí vine luego de vivir en las calles y dormir en parques. Ahorita, yo quiero ver cómo va todo acá, ellos han prometido ayudarme para que tenga un nuevo hogar. Pero si yo veo que hay peligro o veo que las cosas no cambian, voy a tener que volver a migrar», cuenta José.

Por su parte, la DAV no prevé a corto plazo la creación de más albergues temporales de emergencia o nuevas medidas para la protección de las víctimas de desplazamiento forzado interno. La directora de la institución dice «estar a la espera» de las indicaciones que brinde el nuevo gobierno para tomar más acciones en favor de los desplazados.

Entre los papeles que revuelve José, encuentra dos notas que le envió la pandilla, una donde le exigían la extorsión y la otra en la que se lee –24 horas sino ya verás la foto–. Aliviado, susurra que si no fuese por este hogar temporal, quizá ya hubiese sido encontrado por los pandilleros.

La DAV estima que para agosto de 2019, el albergue sea inaugurado para recibir de forma inmediata a los desplazados. Solo están a la espera de las órdenes del nuevo gobierno para la asignación del personal y el pago de los honorarios.

En cuanto al proceso de admisión, la directora de la DAV dice que la recepción dependerá de la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran las víctimas. Tratarán de priorizar a la niñez, las mujeres y los adultos mayores.

Aparte de sus dolores físicos, José también reciente el cansancio emocional sobre lo que ha vivido. Por momentos, sufre crisis nerviosas que se desatan en la parálisis del brazo derecho.

Según la DAV, para la atención de los albergados contarán con un protocolo que priorizará programas psicosociales y socioeducativos. Igualmente las víctimas tendrán asistencia psicológica permanente mientras estén bajo las medidas de protección y contarán con asesoría jurídica y apoyo judicial para las salidas del albergue.

Además, las víctimas podrán permanecer en las instalaciones por un tiempo estimado de tres meses. Y si en ese lapso no se ha podido garantizar el retorno o reintegración de la víctima, estas deberán de presentar una solicitud de renovación para su permanencia.

Debido a sus dolencias físicas, José está en constantes tratamientos fuera del albergue. Necesita de chequeos médicos, transporte, medicina. Y de no ser porque el hogar de acogimiento también cubre estos gastos, no tuviera posibilidad de contrarrestar su estado de salud.

En cuanto al presupuesto para la atención de las víctimas dentro del albergue, la directora de la DAV, dice que la institución a destinado $150,000 de los $850,00 de su fondo anual. Y este monto solo cubre el pago de servicios básicos e inmuebles. Aún no cuentan con el costo total para poder echar a andar el albergue.

El padre Mauro Verzeletti de la Casa del Migrante en El Salvador, opina desde su experiencia en la administración de un «hogar de acogimiento», que el Estado debe al menos destinar $250,000 para el pago de los servicios básicos, ropa, camas, frazadas, atención psicológica y jurídica. Y para pensar en la construcción de un resguardo temporal se debe designar al menos unos $350,000 más. Es decir, la inversión total rondaría en $600,000 por albergue.

“El esfuerzo debe venir desde la coordinación central, desde la atención integral de parte de todas las instituciones a la víctimas, la articulación territorial con municipalidades para identificar zonas seguras y la implementación de una ley especial para víctimas de desplazamiento forzado interno”, asegura Oliver Dorighel, jefe adjunto de misión del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

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«¿Quién pone manos en esto?», se pregunta Juan luego de ser desplazado más de siete veces producto de la violencia generalizada.

Él junto con su esposa y dos hijos huyeron por primera vez hace cuatro años, a mediados de 2015, en consecuencia del asesinato de un familiar, quien según Juan conocía un secreto de la pandilla que dominaba en su comunidad.

En represalia y creyendo que su familia también conocía ese secreto, la pandilla los amenazó con asesinarlos. Desesperados y con tal de proteger a sus hijos, Juan y su esposa se fueron de su hogar con lo único que pudieron cargar en sus manos.

A donde iban, siempre los encontraba la pandilla. Juan recibía llamadas de «los muchachos» que le aseguraban que ya sabían su ubicación e irían por toda su familia.

Sin una red de apoyo familiar y sin ningún ingreso económico, a Juan le tocaba pedir prestado para poder pagar cuartos cada vez que se movilizaban. Pero cuando el dinero se terminó, decidió que debían pedir ayuda a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH).

«La institución no nos ayudó mucho, la PDDH solo nos entregaba semanalmente un kit de granos básicos y ya. Yo les decía que necesitaba un lugar. Llegamos al punto de dormir hasta en un potrero», cuenta Juan.

Pero en una de esas semanas en las que Juan recogía la ayuda, conoció a personas de una organización de la sociedad civil que lo llevaron a él y a su familia a un albergue temporal.

Por el momento, el único mecanismo de protección con el que cuenta el Estado, es la Ley de Protección a Víctimas y Testigos (LEPVT). Pero este programa solo prevé la protección de las personas cuando forman parte de una proceso judicial. Es decir, cuando ellos denuncian y su caso llega a los tribunales.

La protección que brinda la LEPTV es de acuerdo al grado de vulnerabilidad en el que se encuentra la víctima tras denunciar a sus victimarios (pandilleros, agentes estatales y civiles). Dentro del programa se otorgan medidas de cambio de domicilio, albergue temporal, garantizar movilidad a diligencias judiciales y asignar nombre en clave.

En el caso de las personas que necesitan un resguardo, quien posee este privilegio es únicamente la víctima que ha puesto la demanda y no incluye a su grupo familiar, aunque también se encuentren bajo amenaza.

Por esta razón, la LEPTV tiene un alcance limitado para las víctimas de desplazamiento forzado interno, ya que sin demanda las autoridades de la Unidad Técnica del Sector Justicia (UTE) no pueden brindarles atención. Y como en los casos de José, Juan y Francisco, las víctimas no inician un proceso judicial por miedo a represalias de sus victimarios.

Según Cristosal, cuando las personas están en condición de desplazamiento interno se requiere la intervención intensiva e integral tanto para la protección de su vida, integridad física y seguridad como para la ayuda humanitaria: vivienda, educación, alimentación, entre otros. «No se trata de casos en que la protección se limita a garantizar la seguridad, como un elemento para sostener los procesos judiciales. Se trata de rehacer un proyecto de vida que ha sido truncado».

Juan a diferencia de Francisco y José, pudo ser reasentado junto con su familia en una zona segura después de recibir ayuda de parte de la organización que le dio acogida y que hoy también resguarda a sus otros dos compañeros. Y luego de su experiencia, él pone sus esperanzas en el nuevo gobierno para que se encargue de esta problemática que afecta a su familia.

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Han pasado 41 días desde que José está albergado en lo que él llama su «nuevo hogar». Y continúa a la espera de que la organización de la sociedad civil que lleva su caso, le cumpla con la promesa de tener un espacio seguro para poder vivir.

«En este lugar me han devuelto la esperanza, las ganas de quedarme en mi país, aunque si pasa mucho tiempo, a pesar de mi edad, me tocará migrar por tercera vez. Espero que con el nuevo gobierno se puedan hacer realmente cambios y que alguien apunte hacia donde estamos nosotros los desplazados», comenta José, mientras mira por su ventana cómo cae lo que resta del día.

Abandonados. Dieciséis personas se encuentran resguardadas en un hogar provisional que atiende a desplazados por violencia, ante un Estado que no protege sus derechos.

La literatura a futuro

Hace poco me preguntaron cómo me imaginaba el futuro de la literatura. Debía reflexionar sobre el tipo de prácticas o de escrituras que se generarán y cuáles son los valores actuales literarios que deberían reivindicarse. La pregunta me fue hecha para una publicación internacional, pero tenía un límite de pocas palabras que no me dejó satisfecha a la hora de plantear mi respuesta. Me quedé rumiando ideas alrededor del tema.

Aunque pensar en el futuro de la literatura me parece un ejercicio vano, estas preguntas tienen un significado particular por el momento que estamos viviendo a escala mundial. El torbellino de cambios provocados en nuestro quehacer a partir de internet, las redes sociales y las herramientas tecnológicas ocurre a una velocidad tal que no hemos terminado de digerir la aparición de algo nuevo, cuando tenemos encima lo siguiente. Hacer previsiones de cómo serán las cosas a futuro es arriesgado, aunque interesante.

Los cambios también se están dando a escala social e ideológica y sin duda están calando en nuestra forma de pensar. Las luchas feministas, el ambientalismo y el cambio climático, pero también el resurgimiento del neoliberalismo y el conservadurismo (en sus múltiples formas), están propiciando algunas variables sociales que todavía no terminan de cuajar.

En el mundo editorial, esas tendencias comienzan a notarse en cosas como el reciente surgimiento del sensitivity reader (o lectores de sensibilidad), un cargo creado en algunas editoriales de Estados Unidos y cuya función es detectar que la obra a publicarse no repita estereotipos de género, no insulte a ninguna minoría, no utilice lenguaje ofensivo ni realice lo que se conoce como «apropiación cultural». La publicación de más de algún libro ha sido detenida por las opiniones de alguno de estos lectores. En dichos casos, la editorial pide al escritor considerar una reescritura total o parcial de la obra, rectificando las partes que el sensitivity reader hace notar como no convenientes.

Otra tendencia que ya parece instalada para quedarse es privilegiar el espectáculo del escritor por sobre su propia obra o por sobre categorías literarias que parecen relegadas a un segundo plano de importancia. El lenguaje, las estructuras narrativas, la novedad de un planteamiento o historia ya no parecen ser importantes en la valoración literaria y mucho menos parecen tener resonancia o prioridad entre los lectores contemporáneos. Se privilegia el tema tratado y su potencial de ventas.

Al escritor se le obliga a ser un performer, un personaje de sí mismo. Sus redes sociales se convierten en una tribuna pública desde la cual funciona como vendedor y autopropagandista de sus propios libros, muchas veces así exigido como cláusula de contrato editorial. Hay escritores que se desenvuelven muy bien y hasta disfrutan de ese mundo de reflectores y sobreexposición pública, pero no todos tenemos talento ni interés para ello.

Por otro lado, sabemos que la atención lectora está dispersa en diversos tipos de entretenimiento, que involucran mucha lectura y escritura, pero que no necesariamente persiguen lo literario. Ya hay editoriales que se niegan a publicar obras que pasen de las 250 páginas. Algo similar ocurre con varios concursos literarios internacionales, donde se limita el número de páginas para novelas o colecciones de cuentos, de manera que no sean demasiado voluminosos. Por ello, quizás y ojalá, el cuento y la novela corta puedan ver pronto un resurgimiento, pese a que las editoriales siguen privilegiando la publicación de la novela por considerarse «un género serio».

Así mismo, la dinámica establecida por las redes sociales, donde los «me gusta» avalan propuestas como las de los llamados «instapoetas», crean la ilusión de que la aprobación general es suficiente para confirmar el talento. Muchas editoriales cuentan con personal dedicado a monitorear algunas redes y encontrar posibles propuestas editoriales. Piensan que un millón de seguidores en Facebook o Instagram no pueden estar equivocados, pese a que la calidad estrictamente literaria de sus textos sea dudosa o común.

Tomando en cuenta estas premisas, es posible que a futuro se escriba, publique y lea libros que no causarán mayor impresión en la memoria del lector. ¿Alguna de esas obras populares pasará a ser considerada Literatura, así, con L mayúscula? ¿Qué contribuciones o rescate del lenguaje harán esas obras? ¿Pervivirá el retrato de sus personajes como un diagnóstico más de la compleja naturaleza del ser humano y de los conflictos de nuestro siglo? ¿Retratarán esos personajes, en forma fidedigna y palpable, el angst de su tiempo, de manera que cien años después, la humanidad del futuro los leerá y dirá «seguimos siendo los mismos», como hacemos cuando leemos a Shakespeare?

Imagino ese futuro de la literatura y veo un mundo donde habrá mucha lectura rápida, pero que no calará en la gente. El lector continuará con su «scrolling» infinito en sus dispositivos, buscando saciar la sed de algo que no sabe nombrar ni definir. El lector del futuro será quizás un buscador solitario tratando de reencontrar su humanidad perdida en los libros.

El escritor del futuro deberá adiestrarse para asumir tareas extraliterarias como ser orador, hacer marketing efectivo, ser «community manager» y modelo fotográfico. Además de escribir libros, claro está. Su mayor reto estará en definir qué es lo que considera más importante: si complacer al público para ser popular o ser fiel a su visión de la escritura, aunque solo lo lean un puñado de gentes.

Pero también estarán los rebeldes. Porque siempre los habrá. Esos que, en vez de quemar libros, los aprenderán de memoria para preservarlos (como ocurre en la novela «Fahrenheit 451», de Ray Bradbury). Confío en esos que abrirán pequeñas editoriales y que al vender un libro estarán compartiendo una dosis de su fe en la buena literatura. Las propuestas periféricas y underground que, ajenas a los focos y el ruido del espectáculo, continuarán palpando el hueso de la humanidad a través de sus historias, y viviendo el oficio de la única manera en que es posible: como un espacio de libertad plena del ser humano.

El silencio que nos define

El silenciamiento es una de las terribles consecuencias de la violencia sexual en la vida de niñas y mujeres. Aprendemos, bien pronto, a creer que el acoso y los abusos físico y sexual son responsabilidad nuestra. Y por eso callamos en una espiral de vergüenza en donde los abusadores viven libres, sin responsabilizarse de sus actos para continuar depredando a otras.

La violencia está tatuada en los cuerpos y mentes de las niñas, jóvenes y mujeres; y esa huella es transmitida a sus hijos, proyectos y sueños. La violencia permea sus vidas y las de las personas a su alrededor. Y así, construimos una sociedad que es incapaz de romper ese ciclo que se refuerza a través de las historias no contadas, del silencio y la vergüenza que colocamos sobre las víctimas.

El Fondo de las Naciones Unidas (UNFPA) a través de su publicación «¿Sin opciones?» ha dado voz a 14 jóvenes que encontraron en el suicidio una salida al abuso extremo que sufrieron en sus cortas vidas. Ellas son: Lucía, 17 años; Blanca, 19; Mirna, 16; Sandra, 15; Sonia, 20; Inés, 29; Marcela, 18; Paola, 16; María, 22; Verónica, 18; Laura, 20; Margarita, 16; Ana, 18; y Marta, 19. Todas utilizaron matarratas o pesticidas para huir del mundo hostil en el que vivieron. Todas, víctimas de abuso por familiares, jefes o pandilleros; explotadas sexualmente, violentadas, rechazadas, denigradas, aun por sus propias familias. Todas, silenciadas.

Aunque ellas ya no estén entre nosotros, contar y honrar sus historias es la única forma de resarcir, un poco, el daño que las orilló al suicidio. Y de paso reducir la distancia entre sus vidas y las nuestras.

La historia de Lucía inicia cuando huyó del maltrato de su madre, a los siete años. Vivió en diferentes casas con familiares o vecinos. De adolescente consiguió un trabajo por $3 diarios. Se suicidó sin que nadie supiera de ella. Estaba embarazada de tres meses. Su madre no fue al funeral.

Esta es solo una de las historias, pero lamentablemente representa un patrón común. Niñas maltratadas, que crecen sin posibilidades ni sueños. Que son violentadas y de esa violencia generalmente quedan embarazadas. Sin opciones. Esas 14 jovencitas creyeron que solo suicidándose tendrían salida de ese ciclo macabro. Los hombres, siempre ausentes; siempre libres.

Estas 14 historias son el presente. Pero atrás de ellas hay siglos de violencia y abuso sexual de niñas salvadoreñas. Finalmente, estamos despertando de una pesadilla que ha marcado la vida de cientos de miles, sino millones, de mujeres en el país y también en el mundo. Este flagelo permea los hogares de forma silenciosa. No conoce de clases. Pero se ensaña con niñas pobres y sin educación.

Hasta hace muy poco hemos vivido obviando lo incómodo de esas historias. Pero eso ya no es posible. Como mujer, acompaño las almas de esas 14 niñas, y no tengo miedo a llorarlas, a sentir rabia, a indignarme, a buscar profundamente en nuestra historia las razones de esa violencia extrema. Creo que solo haciéndolo avanzaremos, lentamente, hacia la sanidad mental, emocional y espiritual que tanto necesita este país.

Es urgente romper con ese patrón de violencia, con la creencia de que los hombres pueden disponer a su antojo del alma y del cuerpo de niñas, niños y mujeres. Para hacerlo necesitamos entender el impacto y la huella que la violencia sexual deja en los cuerpos y en las mentes de las personas. Reconocer el problema y acercarnos, aunque duela. Entender que esas niñas, aunque han sido rotas, permanecen intactas en su esencia; y que, con la ayuda idónea y sostenida en el tiempo pueden recuperarse y sanar. Necesitamos vernos en ellas, porque de ellas proviene la vida. Las niñas son las futuras madres, profesoras, doctoras, técnicas, políticas, emprendedoras, artistas, escritoras, soñadoras. Ellas son la vida de este país.