Una guerra de 40 años contra el olvido

Ilustración de Moris Aldana

Sofía Hernández espera en una sala de conferencias que no está llena de periodistas, sino más bien de fotografías de personas que desaparecieron durante el conflicto. Entre esas fotos están las de sus familiares que no han sido localizados desde 1980 y 1981. Está un poco impaciente porque son pasadas las 4 de la tarde y el cielo se oscurece por una lluvia que se avecina. Antes de conceder una entrevista ha pedido los retratos de su sobrino, hija, esposo y hermano que están guardados en otra oficina.

Le notifican que la persona que guarda los retratos se ha marchado temprano. Ya sin opción, decide iniciar la conversación y, para romper hielo, explica por qué necesita las fotografías. Dice que cada vez que la entrevista un periodista, ella mira las imágenes para no olvidar ningún detalle sobre la desaparición de sus cuatro familiares. Asegura que a sus 73 años puede obviar más de algún pormenor.

Recuerda muy bien la edad que tenía su sobrino, Andrés Mira Hernández, cuando desapareció. Era un adolescente de 16 años que fue perseguido por la Guardia Nacional, porque, según los uniformados, él era un catequista que se aliaba con las bases de la guerrilla.

Era 23 de marzo de 1980 cuando la Guardia Nacional llegó a realizar un operativo a San Pedro Agua Caliente, del departamento de San Vicente, para buscar a los catequistas «subversivos», entre los que figuraban su sobrino, y también su hermano y su esposo.

Madre Sofía, como es conocida por sus amigos y familia, coge una página en blanco, pide un lapicero y comienza a trazar un mapa para explicar cómo los guardias entraron a la comunidad. En su dibujo, indica los lugares por donde ingresaron 300 uniformados. «Cien a cada lado», dice. Y señala como referencia los municipios de Tepetitán y Verapaz.

Según Sofía, este operativo fue hecho para capturar a sus familiares y asesinarlos. Aunque, a las 5:30 de la madrugada, cuando llegó la guardia nacional, Andrés ya había huido. La última vez que lo vio fue una noche antes, cuando él le cantaba a su madre una canción que dice: «Madre, déjame luchar».

«Madre, déjame luchar», «madre, déjame luchar», canta Sofía, tratando de dar notas entonadas y así escucharse lo más parecido a su sobrino. Andrés, al ser perseguido, quería unirse a la guerrilla. Era afín al pensamiento de izquierda, pero su madre no se lo permitía.

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Desde que sus familiares desaparecieron, Sofía se ha dedicado a buscarlos. Ya han pasado 40 años. Hoy,ella es parte del Comité de Familiares de Víctimas de las Violaciones de los Derechos Humanos Marianella García Villas (CODEFAM) e integra la Mesa Contra la Impunidad, un colectivo formado por diversas organizaciones de derechos humanos. Su participación en ambos lugares le ha permitido estar al tanto de las propuestas del Estado para la búsqueda de desaparecidos de la guerra.

«La presión ante las constantes peticiones de las madres y familiares, para la creación de una Comisión de búsqueda de desaparecidos, durante el conflicto, tuvo efecto. Luego de diversas reuniones con el gobierno de Salvador Sánchez Cerén, se creó, en 2017 la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el Contexto del Conflicto Armado de El Salvador (CONABUSQUEDA)», asegura.

Sin embargo, Sofía asegura que la CONABUSQUEDA, desde que inició sus labores, en septiembre de 2018, cuenta con poco presupuesto para su operatividad. A esto le suma que sus funciones dependen de un decreto ejecutivo y no legislativo, el cual puede ser anulado por un gobierno de turno.

Desde su creación mediante el decreto ejecutivo –que quiere decir que depende del presidente de la república–, en agosto de 2017, el rol de la CONABUSQUEDA es localizar a 10,000 adultos desaparecidos durante el conflicto.

Estos números, según la institución, son con base a las 5,000 denuncias que están dentro del informe de la Comisión de la Verdad «De la locura a la esperanza: doce años de guerra en El Salvador» y los registros de las organizaciones de derechos humanos como COMADRES, CODEFAM, la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador (CDHES) y Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

A pesar de ello, la institución está consciente de que los números pueden crecer debido a nuevos reportes de desaparecidos. Casos, que en su momento, las personas no se atrevieron a denunciar.

Benjamín Cuéllar, integrante del Laboratorio de Investigación y Acción Social contra la Impunidad (LIASCI), dice que para entender sobre la cifra negra de los casos por desapariciones forzadas durante el conflicto, deben tenerse en cuenta tres factores. El primero es que el Estado no ha registrado los casos previos a la guerra, y la institucionalidad solo se basa en las fechas oficiales de 1980 a 1992 para contar a una víctima.

«El Socorro Jurídico Cristiano, fundado en 1975 por el sacerdote jesuita Segundo Montes, registró ese mismo año el primer caso por desaparición forzada, que correspondía a 1966. En aquellas fechas, ya existían desaparecidos en El Salvador», asegura Cuéllar.

Como segundo elemento agrega que,dentro de los registros, no se toman en cuenta las desapariciones ejecutadas por los grupos guerrilleros. Y el tercer factor, según Cuéllar, es que las personas, en aquel momento, no sabían a dónde denunciar.

«Quienes querían denunciar provenían de zonas rurales. Eran personas pobres que vivían fuera de San Salvador. Las oficinas para reportar los casos, se ubicaban en la capital. Otros de los obstáculos, era que estas personas, no contaban con recursos para su movilización. Además, se debe agregar el temor que tenían los familiares de las víctimas a la hora de denunciar», detalla el integrante del LIASCI.

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La CONABÚSQUEDA funcionó en 2018 con un presupuesto de $110,000. De esta cantidad, la institución utilizó $102,680 solo para gastos administrativos, pago de salarios y adquisiciones de bienes y servicios. Lo restante, $7,320, fue destinado para uso operativo.

Salvador Menéndez Leal, comisionado de CONABUSQUEDA, dice que para este 2019 la institución cuenta con $330,000 para el desarrollo de las funciones. Sin embargo, considera que esta cantidad sigue siendo poca para la magnitud del problema. Asegura que el 90 % de este monto, se destina para el pago de salarios y sobre todo para cancelar los servicios básicos , alquiler de la oficina. Lo restante es para las investigaciones.

«Somos tres comisionados dentro de la CONABUSQUEDA. Nosotros tres realizamos un trabajo honorario, no cobramos ni un centavo. En total son siete personas que trabajan para la institución y no reciben grandes salarios. Para la investigación de los casos nos toca salir en bus. Hace un mes nos entregaron el primer pick up para movilizarnos por todo el país. Pero uno no da abasto. Así que la mayoría seguimos andando en bus», detalla Salvador Menéndez Leal.

El comisionado agrega que para la asignación del presupuesto el Estado debe considerar que en la búsqueda de personas adultas desaparecidas se está ante un escenario de la localización de sus restos. No se trata de reencuentros. Esto requiere la creación de un banco de datos de ADN.

«Ya estamos haciendo las primeras exhumaciones y creemos que es importante no caer dentro de una revictimización. Por esta razón, es necesario contar con un banco de perfiles genéticos de personas adultas desaparecidas y establecer coincidencias con quienes los buscan. Esto implica más presupuesto. Aunque se hable de convenios con el Instituto de Medicina Legal (IML), hemos comprobado que ellos están más interesados en la búsqueda de desaparecidos actuales», aclara el comisionado.

La Asociación Pro-Búsqueda, que se dedica a localizar a niños y niñas,desde hace 25 años, cuenta con el mismo presupuesto que CONABUSQUEDA. Y según su director, Eduardo García, con esta cantidad han podido resolver, desde 1994 hasta 2019, 445 casos, de los 1,443 que registran.

De acuerdo con García, los que aún faltan por resolver, están entrampados, porque la Fuerza Armada de El Salvador (FAES), se niega a compartir información que puede ayudar a la localización de las víctimas.

Para el director de Pro-Búsqueda, si la CONABUSQUEDA tuviera un mejor monto, podría progresar en su operatividad. También cree necesario que la institución ejecute convenios con la Fiscalía General de la República (FGR) y el IML que son vitales para las investigaciones.

«La CONABUSQUEDA está censando, recibiendo denuncias de adultos desaparecidos, recibiendo información de dónde han quedado los cuerpos de las víctimas, identificando fosas comunes en cementerios de personas no reconocidas y en otros sitios donde la población les indica que hay un cuerpo. Por estas características es importante el convenio con la IML porque a través de la toma de ADN podrán conocer quiénes son las víctimas», afirma García.

A los dos meses del operativo, la familia de Andrés no sabía nada de él, pero el 14 de mayo de 1980 Sofía escuchó por la radio sobre la «supuesta» muerte de su sobrino, y aclara que menciona «supuesta» porque hasta la fecha no ha encontrado el cuerpo.

«Escuché por la Radio KL que en el departamento de La Paz, en el municipio de Jerusalén, estaban dos cuerpos tirados y, según lo que narraba el locutor, eran dos jóvenes. Uno vestía una chumpa del Colegio Cristóbal Colón y portaba zapatos color café. Ahí supe yo que ese joven era mi sobrino», cuenta Sofía.

Esa particularidad de la chumpa era crucial para reconocer a Andrés. Ese abrigo fue un regalo de uno de sus primos que vivía en San Salvador y estudiaba en el Colegio Cristóbal Colón (CCC). En su comunidad y en los alrededores de San Vicente nadie más tenía esta indumentaria. Además, Sofía recuerda que la última vez que lo vio portaba zapatos café.

De ese suceso ya han pasado 39 años y Sofía pone énfasis en el tiempo. Está inconforme con las pocas acciones del Estado, en manos de diferentes gobiernos, durante todo ese período para la búsqueda de desaparecidos del conflicto.

«Poco, poco ha hecho el Estado. Para sobrevivir al conflicto a mí me tocó organizarme, lo hice en 1985, a través del Comité de Madres y Familiares de Detenidos, Desaparecidos y Asesinados Políticos Monseñor Óscar Arnulfo Romero (COMADRES), desde ese entonces yo ando buscando a mis desaparecidos. Me especialicé en derechos humanos y fundé junto a otras compañeras –luego de los Acuerdos de Paz– el Centro para la Promoción de los Derechos Humanos Madeleine Lagadec. imagínese todo lo que yo logré en todo este tiempo y el Estado no ha podido hacer nada».

Sofía se levanta, toma el lapicero con el que trazó el mapa y muerde el capuchón para disipar la ansiedad. Quiere evitar hablar de su activismo para no robarle el protagonismo a sus desaparecidos. Pero le parece necesario conversarlo, ya que desde su rol activo en las organizaciones sociales ha podido darse cuenta de la falta voluntad del Estado en la reparación hacia las víctimas del conflicto.

Al trabajar mediante un decreto ejecutivo, la CONABUSQUEDA, corre el riesgo de desaparecer si así lo considerara el nuevo gobierno. Es por esta razón, que Sofía cree necesaria la aprobación de la Ley de Reparación Integral para las Víctimas.

Benjamín Cuéllar, del LIASCI, coincide en que la aprobación de esta ley es importante para garantizar la justicia de parte del Estado hacia las víctimas.

«Con esta ley se podrá establecer una justicia transicional que se basa en la verdad, justicia, garantía de no repetición y reparación económica y moral de las víctimas. Sin ella, se repetirá el ciclo. Ahora se disparan los número por desaparición actual y la gente migra en caravanas, la gente está viviendo un infierno. No se puede apelar a la amnistía y es que hasta el significado de esta es ‘amnesia’ y al imponer este olvido solo se logra repetir los hechos en diferentes contextos», expresa.

Un poco cansada, Sofía vuelve a su asiento apoyada de su bastón. Ha perdido fuerza en la pierna izquierda, sufre de esta lesión desde 1990, luego de ser capturada y torturada, explica, por los policías de Hacienda por ser parte de COMADRES. «Los policías me pedían nombres de personas organizadas y yo no me sabía ninguno, por eso me torturaban. Al quinto día de estar detenida me colgaron de un puente, boca abajo, después de ese incidente quedé con el problema», comenta apurada y sugiere volver a las historias de sus familiares desaparecidos, porque la lluvia se acerca.

Ilustración de Moris Aldana

Ese mismo mayo de 1980, la familia se enteró de la desaparición de Juan Francisco Hernández. Cuando Sofía recuerda a su hermano, no puede evitar describirlo como un hombre apuesto, galante, que a pesar de sus 42 años seguía acaparando la mirada de las mujeres.

Juan se salvó de ser capturado en el operativo de su comunidad en San Pedro Agua Caliente y al estar fichado por la Guardia Nacional él huyó al departamento de San Salvador. Pero luego de dos meses regresó a San Vicente para recoger la cosecha de frijoles y maíz que dejó en su antiguo hogar.

Rumbo a su destino, Sofía describe cómo Juan fue interceptado por la guardia nacional. Según los testimonios, a su hermano la guardia lo bajó de un autobús en el desvío de Calle Vieja, en el departamento de Zacatecoluca. Ese lugar es el último paradero que tiene su familia. Él está desaparecido desde mayo de 1980.

Un año y un mes después se sumó a la angustia de Sofía la captura de su esposo, Juan Bosco Marroquín, por parte de la policía de Hacienda, el 3 de julio de 1981.

Debido al peligro que corría su esposo en San Vicente, sus cinco hijos y ella, se mudaron junto a Juan a San Salvador. Él trabajaba como repartidor de productos y se movilizaba por toda la capital. En una de esas entregas fue detenido por los policías de Hacienda. Esto es lo único que sabe su familia. No pueden precisar un lugar, porque lo desconocen, solo registran la fecha de su desaparición.

Cuando de Juan no se supo más, su esposa lo buscó en hospitales, morgues y en la Cruz Roja Salvadoreña. A los días Sofía junto a su hijo mayor, de 13 años, llegaron a la morgue del cementerio de La Bermeja, donde localizaron y reconocieron el cuerpo de Juan.

Con el consuelo de al menos tener el cuerpo, la familia lo enterró en ese mismo cementerio. Sin embargo, Sofía, tras los Acuerdos de Paz, se enteró de que Juan ya no estaba en la tumba. Sin los restos, ella denuncia la desaparición desde la captura en 1981.

Antes de continuar con la historia de su hija, la mujer de 73 años resalta la ironía de los hechos. «Dos se llamaban Juan, dos desaparecieron en el mes de mayo del 80, todos desaparecieron a manos de los uniformados», y un «¡qué suerte la nuestra!» se escucha a toda voz.

De su hija, Sofía puede decir que hasta los 15 años que convivió con ella, Guadalupe Hernández fue una buena mujer. A esa edad y a raíz de la muerte de su padre, la joven se unió a la guerrilla en 1985. «Sacó lo bella de su padre, ojalá tuviera su foto para que pudiera verla», dice con gran nostalgia.

Lo poco que sabe Sofía del paradero de Guadalupe es que ella desapareció en Soyapango en diciembre de 1989, tras la ofensiva «Hasta el tope».

«Lo único que me queda de ella es mi nieta, a quien crié hasta su adolescencia», cuenta con un poco de consuelo Sofía. Ella se hizo cargo de Gladys Marroquín desde los siete meses de nacida.

Justo al terminar esta parte, Sofía se percata de que tocan la puerta de la sala de conferencias y otra mujer se le acerca para decirle que dentro de las instalaciones de la organización solo quedará «ella, la periodista y el vigilante». «Sí, ya es tarde, pero quiero terminar acá, al menos la lluvia nos ha dado tiempo», le contesta.

Sofía se disculpa por la distracción y retoma la plática: «Durante el conflicto nos tocaba buscar entre los cuerpos de personas que eran asesinadas y estaban a la vista de los ciudadanos. En la actualidad nos toca indagar nuevamente solos; aunque hoy contamos con el acompañamiento de organizaciones de derechos humanos. Como lo dije antes, poco se ha hecho desde el Estado y poco ha podido hacer CONABUSQUEDA con su presupuesto».

Para la localización de personas, CONABUSQUEDA lanzó en mayo de 2019 el «Plan nacional de búsqueda para personas adultas desaparecidas durante el conflicto». Este funciona con base en un registro de casos mediante información proporcionada por fuentes públicas y privadas, recolección de testimonios y documentos que detallen ubicación de la víctima.

Eduardo García, de Pro-Búsqueda, explica que la organización utiliza los mismos métodos para la recolección de información e investigación. Sin embargo, dice que para no caer en un error de identificación, recurren a la prueba de ADN y base de datos del Banco de Perfiles Genéticos de su organización. Y así corroborar el parentesco del desaparecido con quien lo busca.

«Es necesario que CONABUSQUEDA al menos cuente con un especialista en genética, esto implica más presupuesto y un vínculo con el IML. A ello se le debe agregar la aprobación de la ley de reparación integral para las víctimas en la Asamblea Legislativa, pues en su artículo 37 contempla la creación de un banco de perfiles genético. Y de parte de la FGR se debe hacer una investigación de las denuncias», concluye, sin dudar de sus sugerencias.

Para García, el rol de la FGR es importante cuando se carece de información y no hay coincidencias con los perfiles de ADN. En estos casos, la única forma de resolver el paradero de la víctima es a través de los datos que únicamente tiene la FAES y que, hasta el momento, se ha negado a concederlos. Por esta razón, el método con el que pueden verse obligados a compartir los documentos es mediante la sanción penal de la institución.

Luego de que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) declaró la inconstitucionalidad de la Ley de Amnistía en 2016, la FGR recibió la orden dentro de la misma sentencia de iniciar las investigaciones de los casos registrados por violaciones a los derechos humanos durante el conflicto.

En 2018, en la última audiencia de seguimiento para el cumplimiento de la sentencia, la sala cuestionó a la FGR sobre sus avances. La institución respondió que aún se encuentra en la investigación de 160 casos. Hasta la fecha, la fiscalía no cuenta con una denuncia resuelta.

Sofía toma una pausa, desea encender las luces de los pasillos para no tropezar al salir y dirigirse a casa. Pero se percata de que ha comenzado a llover y que ya son más de la 6. «Tendremos más tiempo para conversar», dice sonriente.

Ilustración de Moris Aldana

Antes de retomar la charla, suena su celular, es su sobrina, quien le pregunta a qué horas llegará. Sofía le asegura que estará en su hogar cuando termine la lluvia.

Mientras tanto, la lluvia, que antes era solo de cuantas gotas, se intensifica, igual que Sofía. Cuando esta mujer habla de la reciente y fallida aprobación de la ley de amnistía de parte de los diputados de la Asamblea Legislativa, no la ocupa nada más que la indignación. No concibe cómo, entre los diputados que conformaban la comisión especial para la creación de una legislación de «reconciliación», esté el general Mauricio Ernesto Vargas, de ARENA.

«Imagínese a uno de los victimarios dictando una ley para la ‘reconciliación’, es absurdo. Un día fuimos con otras madres adonde estaba reunida la comisión especial y decidimos llevarles una rosa como símbolo de nuestro desaparecido. Yo le entregué mi flor al general Vargas y le cuestioné: ‘¿Si luego de 40 años de buscar a su hijo usted no lo encuentra, realmente sería capaz de crear una ley así de injusta?’, solo así pude dejarlo callado’», cuenta Sofía.

Por su activismo y experiencia en derechos humanos, ella considera elemental la aprobación de la ley de reparación integral para las víctimas, que ha sido presentada por los familiares de estas. Y luego de esto acentúa con voz entrecortada: «La guerra es dura».

A pesar de sus 73 años y dolencias físicas, Sofía agrega que todavía tiene fuerzas para luchar: «Lo que menos me falta es voluntad».

«Nosotros, como víctimas, hemos solicitado una audiencia con el presidente Nayib Bukele. Ya vimos que le dio respuesta a las víctimas de El Mozote. Queremos decirle que no solo de ese lugar hay afectados por el conflicto. Debe darle respuesta a todos», concluye Sofía.

En junio, a los pocos días de asumir su mandato y ante la coyuntura de una posible ley que no estaba a favor de las víctimas, Bukele convocó a los sobrevivientes de la masacre de El Mozote para escuchar sus peticiones. En la reunión el presidente se comprometió a «solventar y hacer las reparaciones necesarias a las víctimas del Mozote, de la mejor manera y lo más rápido posible».

Sofía asegura que desde el grupo gestor de la Ley de Reparación Integral para las Víctimas y la CONABUSQUEDA, se le ha solicitado a Bukele una reunión para abordar la continuidad de la comisión en este nuevo gobierno y la asignación de un fondo suficiente para las funciones de la institución.

«Hemos hecho la petición por el medio que más está ocupando el presidente, donde genera polémica y le ordena a todo el mundo, por ese Twitter. Ya le mandamos un mensaje, pero aunque pasa muy activo en esa red, no nos ha contestado», enfatiza Sofía, un poco incrédula de que el mandatario aún no haya leído el mensaje.

De manera inesperada, Sofía suelta: «Es tarde, he pasado mucho tiempo hablando, siempre me emociono. Es tiempo de terminar la entrevista… pero no lo olvide, ante todo, yo sigo buscando a mis familiares».

La batalla del perdón

El documental «La batalla del volcán», del director mexicano-salvadoreño Julio López Fernández, reúne a excombatientes y exsoldados que tomaron parte en la ofensiva guerrillera Hasta el Tope, en noviembre de 1989. Casi 30 años después, revisitan los lugares de los combates en los que participaron y comparten su testimonio sobre aquellos días.

López, nacido en México en 1981, de padre guatemalteco y madre salvadoreña, sintió la fuerte necesidad de comprender qué fue lo que pasó durante la guerra civil de los años ochenta y cuya onda expansiva nos sigue afectando de múltiples maneras. El resultado ha sido este documental de 93 minutos que combina testimonios y material fílmico inédito, facilitado por el periodista mexicano Epigmenio Ibarra, quien cubrió los eventos salvadoreños de aquella década.

«La batalla del volcán» ha sido exhibida durante seis semanas en una de las cadenas de cine del país, a sala llena. Que una producción de este tipo se mantenga tanto tiempo en cartelera es de por sí un suceso. El boca a boca ha sido, sin duda, la mejor forma de propaganda para este documental de mucha calidad, que logra comprimir en poco tiempo una operación militar compleja y explicar el contexto del momento, de una manera sucinta pero comprensible.

La necesidad que tenemos los salvadoreños de hablar, no solo sobre la ofensiva, sino sobre todo el tiempo de la guerra, quedó evidenciada a raíz de las entrevistas concedidas por López como parte de la campaña de promoción del documental. Cuando Julio se presentó en un popular programa matutino de radio, los presentadores no tuvieron el suficiente tiempo para compartir la avalancha de mensajes enviados por los escuchas. Es lo mismo que vemos ocurrir cada año, cuando se produce el correspondiente aniversario. La gente que lo vivió está ávida de hablar.

Hay muchos aciertos en el documental que permiten que ese diálogo aflore. Quienes participan y dan testimonio no pertenecen a las altas jerarquías ni de la guerrilla ni del ejército. No aparece nadie cuyo rostro haya sido quemado en el ejercicio político de los últimos años. Se trata de combatientes comunes, que sin recurrir al lenguaje panfletario o a la retórica partidista, comparten sus recuerdos e impresiones. No son escenificaciones coreografiadas, sino explicaciones y anécdotas que van surgiendo a medida que el cineasta pregunta detalles a los sujetos en cuestión.

Hay silencios que todavía carga nuestra sociedad, que todavía nos agobian. Hay palabras, recuerdos y sentimientos que todavía andamos atorados entre el pecho y la garganta. Que mucho de lo vivido durante la ofensiva nunca fue hablado, queda de manifiesto cuando un hombre cuenta cómo se refugiaron en uno de los cuartos de su casa, tapando las ventanas con colchones, para poder proteger a su familia de los tiros que volaban a diestra y siniestra. «Nunca he hablado de estas cosas», dice en algún momento, acompañado de su joven hija, quien todavía se conmociona al compartir sus propias impresiones.

La guerra, como he dicho en columnas anteriores, es un trauma social de dimensiones profundas, un tipo de evento que cala hasta la raíz, no solo de la sociedad misma, sino de cada uno de sus individuos. Las afectaciones son comunes, incluso para quienes dicen no haber participado en nada. El simple hecho de haber vivido ese tiempo, de sufrir los apagones, de leer una prensa censurada, de escuchar a escondidas las radios clandestinas de la guerrilla (porque era la única manera de saber lo que estaba pasando), de salir del país por amenazas, de transitar por carreteras reventadas y no saber si se volvía con vida a casa, todos esos y muchos más eventos, grandes o pequeños, son las formas en que la guerra se convirtió en nuestra normalidad durante una docena de años.

Uno de los militares entrevistados señalaba la falta absoluta de programas de salud mental para los desmovilizados de la guerra. El tiempo ha demostrado que fue una omisión imperdonable. Todo el trauma y el dolor que viene acumulando la sociedad salvadoreña, como una bola de nieve que no para de crecer, viene también de aquellos eventos no resueltos y no atendidos, e ignorados por el común de la gente.

Hubo quienes, cuando la guerra, escogieron su camino (asumiendo con anticipación su posible desenlace) y hubo quienes nada más vieron las cosas ocurrir, tratando de continuar sus vidas de la mejor manera posible, con la guerra como telón de fondo, con el ruido de los helicópteros y las balas como parte de su «soundtrack» oficial. Pero es irreal esperar perdón y olvido en la sociedad si no hay antes reconocimiento y aceptación de la verdad. Si el ofensor no escucha al ofendido, si la ofensa no es reconocida y la responsabilidad no es aceptada. Sin ello será difícil reconciliar el país. En ese sentido, este documental provoca reacciones valiosas en la memoria individual y en la conversación colectiva.

Hay cientos, miles de historias sobre nuestro pasado que todavía no se han contado y que merecen nuestra atención. «La batalla del volcán» es por ello un detonante valioso para comenzar un diálogo que se ha relegado durante demasiado tiempo para romper silencios y para aliviar heridas de la guerra, pendientes todavía de atención.

Hay una batalla que todavía nos falta dar: la batalla del perdón. Quizás si nos tomáramos el tiempo, si realizáramos esa tarea de hablar, de contarnos la guerra, podríamos comprendernos mejor y encontrar soluciones para ese permanente estado de agresividad en el que vivimos y que manifestamos, en el día a día.

La buena noticia es que se puede iniciar en el entorno inmediato. Comencemos a dialogar entre nosotros, entre familia, amigos, conocidos y compañeros de trabajo. Comencemos un diálogo intergeneracional. Compartamos historias, hagamos preguntas, escuchemos. Hagamos un intento franco por comprender, sin juzgar. Saquemos nuestras propias conclusiones. Pero no dejemos que el silencio y el miedo borren o distorsionen un evento trascendental de la historia salvadoreña, que a futuro será clave para comprender muchos asuntos de nuestra modernidad.

O conmigo, o contra mí

Los llamados a la unidad son uno de los recursos más antiguos de la política. Los seres humanos, animales sociales, han desarrollado en las ciencias políticas la sistematización de sus formas de relacionarse, sus estructuras de poder y su organización.

Entonces vemos a la unidad como medio y como fin en la obra de muchos teóricos, desde filósofos políticos hasta politólogos, y por supuesto que encontramos la palabra en los discursos de líderes y políticos de todos los tiempos, con resultados variados: desde los llamados a la unidad del proletariado en el «Manifiesto comunista», hasta el afán por conformar alianzas y bloques entre países con fines similares.

¿Pero qué pasa cuando el llamado a la unidad se vuelve, a su vez, una invitación a combatir a quien no se sume a la colectividad en cuestión? Recordemos algunos casos recientes. «Quien no está con nosotros, está contra nosotros», afirmó el entonces presidente de Estados Unidos George W. Bush, la madrugada del 21 de septiembre de 2011, en referencia a que no podía haber medias tintas en la lucha contra el terrorismo. Efectivamente, un grupo de países, incluido El Salvador, formaron un bloque de aliados para combatir a los que se consideraban parte del eje del mal.

La misma República Popular China no admite que sus aliados reconozcan a Taiwán como un país independiente, y su política de una sola China ha puesto entre la espada y la pared a países pequeños como, de nuevo, El Salvador.

Y si bien uno puede llegar a justificar y hasta a compartir posturas como estas, en las que están en juego temas como el equilibrio geopolítico o la seguridad internacional, decir que quien no está conmigo está contra mí también puede ser desafortunado.

Ese es el clima que ahora vivimos los salvadoreños que utilizamos redes sociales: un comentario puede desatar ataques masivos que ponen a prueba la tolerancia y resistencia de cualquiera. Con mayor frecuencia se ha vuelto desafortunado emitir opiniones que pongan en entredicho al nuevo gobierno, más que todo en Twitter, que se ha vuelto la plataforma de comunicación por excelencia de la nueva administración.

Y si bien antes se pensaba que los ataques venían de grupos bien organizados para hacer ruido en las redes sociales, los denominados «troll centers», la verdad es que los ánimos se han caldeado al punto de que los insultos y el acoso vienen de ciudadanos comunes y corrientes, como usted o como yo, que simplemente se valen de la seguridad que da el estar tras un teclado y una pantalla para «poner en su lugar» a quien piensa distinto.

Leemos a dirigentes de Nuevas Ideas hacer llamados a la unidad, mientras cualquier opinión que ponga en duda a algún funcionario del Gobierno es sepultada pronto por cientos de voces prestos a defender al actual Ejecutivo. Es, cada vez más evidentemente, el imperio del odio.

Es desafortunado que se esté profundizando de esta forma la polarización política, algo que como país hemos padecido durante décadas cuando las dos fuerzas políticas preponderantes eran ARENA y el FMLN, exponentes máximos de la lucha entre derechas e izquierdas. Con la elección de Nayib Bukele se repitió una y otra vez que se había puesto fin al bipartidismo, a esa polarización que tanto daño le hizo al país, que tantas decisiones importantes frenó, y que tantas reformas necesarias retrasó.

Y sin embargo, la división continúa: o sos de los nuestros, o estás contra nosotros. ¿Será que somos incapaces de dejar a un lado las diferencias y arremangarnos para rescatar al país? ¿Será que esa lucha eterna por pertenecer al bando ganador será nuestra perdición?

Ojalá que no, y ojalá que toda esa efervescencia en redes no pase de eso, porque ahora más que nunca es que se necesita juntar esfuerzos para resolver los problemas fiscales, económicos, sociales, de seguridad y de inequidad que nos tienen en el sótano en cuanto a crecimiento, y que hacen que nuestra gente huya hacia otros países, sin importar los peligros que eso implique.

Los mataniños

La fotografía provoca terror, el que se asocia a la muerte de cualquier niña. El terror de reconocer tantas fragilidades en un cuerpo que yace indefenso, muerto, ante la indolencia de quienes observamos. La fotografía también provoca náusea, la que nace al entender que los caprichos políticos de los funcionarios más poderosos del planeta se cuentan entre los principales responsables de la muerte de esa niña, que se llama Valeria y murió ahogada junto a su padre, Óscar, cuando intentaban cruzar el río Grande.

Esa fotografía, como ya sugirió algún periodista en Estados Unidos, tendrá que ser para nosotros, salvadoreños, la estampa que identifique la administración del republicano Donald Trump en Washington. Han sido las políticas públicas del trumpismo en torno a la migración las que han convertido a Estados Unidos en uno de los principales violadores de los derechos humanos de quienes migran.

La administración Trump ha llenado de niños con más suerte que Valeria centros de detención temporal que, según defensores, activistas y periodistas estadounidenses, tienen todos los rasgos de campos de concentración.

Ha sido esa administración la que, a través del uso draconiano de la legislación, la militarización de la frontera y el uso punitivo de la diplomacia, ha logrado criminalizar la migración como no se había visto antes en Estados Unidos.

Es cierto que la ruta que lleva del norte de Centroamérica al sur de la Unión Americana ha estado plagada de peligros, de asaltos sexuales, de muerte, y hasta masacres desde siempre, pero hay ahora una diferencia importante: hasta hoy todo eso era atribuible, en gran medida, al crimen organizado y a la corrupción de las autoridades mexicanas; desde hace tres años los principales artífices del odio visten de saco oscuro y corbata roja, de uniforme de guardia fronterizo o de ranchero texano. Hoy los mataniños migrantes son otros.

La xenofobia y la narrativa antinmigrante han sido el eje central del discurso político del trumpismo desde 2015, cuando el magnate neoyorquino lanzó la cruzada electoral que terminó sentándolo en el despacho oval de la Casa Blanca. Cercado por múltiples acusaciones de corrupción, nepotismo y misoginia, Trump acudió siempre a la narrativa antinmigrante para consolidar a su base política. Y le resultó.

Veamos el mapa actual. La opinión pública respecto a la migración, aún entre los latinos, está más polarizada que antes. El irrespeto a los derechos de los migrantes en instituciones públicas estadounidenses, que ya existía y se había profundizado durante la administración humanos, ha alcanzado cotas inéditas. Y el panorama de políticas públicas que se puede esperar a un año de la próxima presidenciable y de un posible segundo término de Trump es el mismo. O peor.

Atrás, muy atrás, ha quedado el tímido intento de la administración Obama de utilizar el poder de la diplomacia estadounidense para embarcar a los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras –orígenes de la mayoría de migrantes indocumentados que llegan a la frontera sur de Estados Unidos– en un plan regional que atacara la violencia, la desigualdad, el estancamiento económico, la corrupción, que son las causas principales de las migraciones centroamericanas.

Cuando Donald Trump llegó al poder, los gobiernos del Triángulo Norte no estaban para planes. Sumidos en vorágines de corrupción, de alianzas con el crimen organizado o simplemente de ineficacia, las administraciones de Jimmy Morales, de Salvador Sánchez Cerén y de Juan Orlando Hernández utilizaron todos sus espacios políticos para protegerse a sí mismos y a los suyos. Los migrantes no fueron, nunca, su prioridad. Y por no tener no tuvieron nunca ni el diálogo mínimo con Washington para hablar del tema con un mínimo de dignidad.

En El Salvador hay un nuevo gobierno, el de Nayib Bukele. También en México, el de López Obrador. La canciller del primero ha dicho que le duele mucho la muerte de Valeria y su padre; hasta ahí. El segundo es, por hoy, el que ha llevado hasta la frontera norte de Guatemala la fuerza antinmigrante de Washington.

Carta Editorial

Ayer, 29 de junio, cumplimos 11 años de la primera publicación como revista. Lo que somos ahora es el resultado de un proceso a prueba y error en el que nos hemos ido depurando para llegar hasta este lugar desde donde, creemos, hemos abierto la puerta a un periodismo urgente.

No urge porque vaya al paso de la inmediatez y el aquí y ahora. Urge por todo lo contrario. Porque en la agitación no se analiza, no se piensa, no se contextualiza ni se buscan voces distintas. Pero en la calma, ese estado mental que tanta falta nos hace como país, aparecen las respuestas que, por integrales, permanecen como verdad por más tiempo. A esto nos debemos.

Acá estamos. Acá seguimos. No porque alguien nos lo pida. No hace falta. Sabemos que el trabajo que hacemos de registrar los hechos en profundidad y lejos del lugar común que, aunque quizá tenga más para alcanzar popularidad, limita la comprensión.

A tono con este espíritu, en la edición de hoy presentamos la sexta entrega de la serie #DóndeEstán. Este es un trabajo que nos ha llevado a escuchar testimonios con los que hemos construido un tejido en el que se puede ver mejor la gran cantidad de violaciones a los derechos humanos de la que es víctima quien desaparece y también su familia.

El capítulo de hoy es una deuda añeja, la que más. Sofía es una mujer de 73 años que lleva 40 buscando a sus cuatro familiares que desaparecieron en el marco del conflicto armado. ¿Quién puede decir que esto no urge, que esto no importa? ¿Quién puede pedirle a ella que pase la página de un esposo, una hija, un sobrino y un hermano de quienes no supo más?

Nosotros seguimos aquí porque nos debemos a estas historias. Nos debemos a esta necesidad de escucharnos incluso en estas partes oscuras que muchos insisten en negar. Aquí seguiremos como seguirá Sofía, porque voluntad es lo que nos sobra.

«El talento te proyecta, pero el carácter te sostiene»

Si fuera a vivir su vida a tope, ¿de qué sería lo primero de lo que tendría que deshacerse?

La inseguridad. Cuántas veces me he paralizado por la incertidumbre.

¿Qué es lo que más le conmueve?

La sencillez en las personas, aquellos que se asombran con las pequeñas cosas.

¿Qué es lo que tiene más valor de su situación actual?

Mi familia, mis amigos y las personas que tengo cerca.

¿Qué representa el beatbox en su vida?

El beatbox, para mí, es inspiración. Me asombra saber que a través de ritmos emitidos con mi boca puedo inspirar a jóvenes a soñar y descubrir sus habilidades artísticas.

¿Cómo define su carrera en la música?

Como un alumno, un aprendiz, como un niño con grandes sueños e ilusiones. También como un hombre con coraje y valentía.

En su faceta como videoblogger, ¿cuál es su reto más grande?

La constancia y tener un mensaje fresco que decir o mostrar.

¿Cómo pone sus talentos a trabajar por su meta?

Llega un punto en que al talento le gana el carácter, estoy trabajando en mi carácter como artista, el talento te proyecta, pero el carácter te sostiene. Así trato de equilibrarlo todo para llegar a la meta.

La rebelión del Stonewall, la noche que cambió la historia LGTBI

Por el mundo. Las marchas del Orgullo Gay se organizan en las principales ciudades del mundo y se han convertido en punto de encuentro de activistas.

Era como un «arca homosexual de Noé», un tugurio regentado por la mafia, un refugio nocturno donde a finales de los años sesenta los gays de Nueva York podían ser ellos mismos, liberarse y bailar como en muy pocos lugares de la ciudad.

Era el Stonewall Inn, un bar situado en los números 51 y 53 de la calle Christoper, en el barrio neoyorquino de Greenwich Village.

Su fama se remonta a la noche del 28 de junio de 1969, cuando una redada de la policía desembocó en enfrentamientos entre agentes y clientes, que dijeron basta.

«Lo cambió todo. Los gays tenían orgullo, pero no era un orgullo de ser gay, era un orgullo de ser ellos mismos, era un orgullo individual». Después del Stonewall «se convirtió en orgullo colectivo», cuenta Martin Boyce, uno de los habituales del bar que participó en aquellos disturbios.

Los altercados no fueron los primeros ni serían los últimos, pero fueron el catalizador del todavía tímido movimiento por los derechos civiles de la comunidad LGTBI en EUA, que, un año después, convocó la que acabaría siendo la primera marcha del Orgullo Gay para conmemorar aquella rebelión y condenar la brutalidad policial.

«El Stonewall convirtió un movimiento pequeño y localizado en un gran movimiento nacional que se expandió por todo el mundo», explica Eric Marcus, escritor del libro «Making History: The Struggle for Gay and Lesbian Equal Rights 1945-1990» (Haciendo historia: La lucha por la equidad de derechos para gais y lesbianas 1945-1990).

El local actual, reabierto en 2007, es un recuerdo de aquel símbolo de la explosión del movimiento LGTBI. Sus actuales dueños Kurt Kelly y Stacy Lentz lo describen como «una iglesia gay», como «un circo con mucha diversión» con el que quieren «recuperar la maltratada historia» del antiguo local.

Para Boyce, el Stonewall es algo más que un lugar para el recuerdo: «Es un verbo, una palabra de acción».

UNA CIUDAD OSCURA

«Antes del Stonewall, era muy arriesgado salir del armario. En los años cincuenta y sesenta podías perder tu trabajo, a tu familia, incluso tu casa», cuenta Marcus desde el salón de su casa, en el acomodado barrio de Chelsea.

«Nueva York era completamente diferente. Era como una película de cine negro, una ciudad oscura, no tan brillante como ahora, y en la que todas las leyes estaban dirigidas contra la gente homosexual», recuerda Boyce.

La homosexualidad fue considerada en EUA una enfermedad mental hasta 1973 y, en Nueva York, los tratamientos con descargas eléctricas no fueron abolidos de manera oficial hasta ese mismo año.

Las relaciones homosexuales, las muestras públicas de afecto y vestirse con ropa de sexo opuesto estaban prohibidas.

Por el mundo. Las marchas del Orgullo Gay se organizan en las principales ciudades del mundo y se han convertido en punto de encuentro de activistas.

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UN TUGURIO DE LA MAFIA, UN OASIS GAY

«El bar era un tugurio, feo, sin agua corriente detrás de la barra. Si conocías el bar y tenías una botella de cerveza o una lata, las limpiabas porque podías pillar hepatitis por las bebidas. No era mucho, pero estábamos contentos», cuenta Boyce, que en aquellos días acudía al bar vestido de «drag queen» aterradora.

Casi todos los bares similares estaban cerca de los puertos, en calles solitarias y peligrosas, pero el Stonewall estaba en mitad del vibrante Greenwich Village y tenía una pista para bailar, algo que también tenían prohibido los homsexuales.

«Todo el mundo iba al Stonewall por lo inusual que era un sitio con música y en el que se pudiera bailar». Boyce recuerda especialmente a las «drag queens» negras que controlaban la máquina de música, supervisaban las canciones y mantenían la pista viva. «Si pinchabas algo que no les gustaba nunca volvías a acercarte al tocadiscos», dice.

Como no estaba permitido servir alcohol a gente de «conducta desordenada» –definición que las autoridades empleaban para referirse a los homosexuales que arrestaban–, la mafia se fue haciendo con el control de estos lugares. «Siempre nos manteníamos alejados de la gente de la mafia que veíamos en el bar, aunque su presencia no era muy evidente», cuenta con nostalgia Boyce, que entonces tenía 20 años.

El Stonewall abrió sus puertas en 1967 como un negocio «privado», denominación bajo la que se conocían los locales frecuentados por la comunidad homosexual. Entre 1934 y 1964 fue un bar restaurante con el mismo nombre, pero cerró tras un incendio que destrozó su interior. Los nuevos dueños se limitaron a pintar de negro las paredes y las ventanas antes de reabrirlo para los gays de Nueva York.

Entre sus parroquianos, había desde ejecutivos con traje, que solían estar junto a la entrada, hasta las «drag queens», pasando por los «chicos de la calle» como Boyce, jóvenes adolescentes, muchos de los cuales habían sido repudiados por sus familias y que habían hecho de la calle y de la noche su vida en la ciudad.

«Había diferentes tipos de gente homosexual (…) Era como el arca homosexual de Noé, había un poco de toda clase de personas. Si hubiera habido una inundación, los gays se habrían salvado», resume Boyce.

“Hubo bajas, pero muchas de las bajas”, dice riendo, “desafortunadamente fueron de fuego amigo, porque no nos habían enseñado a jugar al béisbol o cosas como esas, así que cuando lanzábamos un ladrillo solíamos golpear a otro gay”. En aquella época, estaban en pie de guerra los pacifistas, los negros, las feministas, pero el colectivo LGTBI nunca se pensó a sí mismo como tal.

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LA MECHA

Dada la situación, con disturbios en otros locales, asesinatos de personas LGTBI y un contexto de movimientos sociales en defensa de los colectivos desfavorecidos, lo ocurrido el 28 de junio de 1969 en el Stonewall no fue una sorpresa. «Simplemente fue la noche en la que se encendió la mecha», relata.

Boyce no estaba allí cuando irrumpió la policía, pero sí que llegó, junto con un amigo, cuando empezaron a evacuar a la clientela. «Fuimos a mirar. Pude ver a las ‘drag queens’ saliendo del bar y saludando con la mano. Después siempre salía la gente que se sentía avergonzada, la que había sido pillada de improviso y temía quedar expuesta».

Todo iba como en ocasiones anteriores en otros tantos garitos de la ciudad. Pero, entonces, cuando un policía estaba empujando a alguien hacia el interior del furgón, «un zapato con tacones apareció y le respondió con una patada».

Tras un momento de indecisión, el agente entró y, desde fuera, los testigos escucharon el ruido de «carne y huesos golpeando contra el metal» del interior del vehículo. «Ya habéis visto el espectáculo, ahora fuera de aquí», dijo el policía, confiando en que se marcharían, como siempre ocurría. Pero esta vez no fue así.

«Por alguna razón que ni siquiera ahora puedo explicar, empezamos a dar pasos hacia él. No sé qué pinta teníamos porque ninguno de nosotros se giró para ver las caras de los demás. El policía agarró su porra e iba a hablar de nuevo, pero no lo hizo. Vio algo en nosotros que le asustó. Pestañeó, tragó saliva y se dirigió hacia dentro del bar», relata.

Algunos activistas recuerdan a la «drag queen» Stormé DeLarverie como la primera en resistirse, pero, según Boyle, los disturbios ocurrieron en diferentes puntos al mismo tiempo y en un espacio reducido, «porque había habido suficiente provocación por parte de la policía para que todo comenzara».

Cuando los policías corrieron hacia el interior del Stonewall, la situación se descontroló: «Todos nos volvimos locos. Primero les lanzamos peniques, que eran de cobre (copper) y era también el nombre de pila de la policía («coppers»), y después empezamos a lanzar cosas más serias hasta que nuestros bolsillos se quedaron vacíos».

Cientos de personas se unieron a la protesta y aparecieron las fuerzas antidisturbios. «Nada es más ruidoso en unos disturbios que el silencio, y toda la calle se quedó en silencio. Solo se escuchó una marcha, un fuerte ruido de tropas. Toda la gente que había se abrió y ahí estaban», cuenta Boyle, como si reviviera aquella noche y no la hubiera narrado en los últimos años.

Fue entonces –prosigue– cuando tuvo lugar uno de los momentos más memorables: «Cuando llegaron los refuerzos, los manifestantes se agarraron unos a otros formando una fila y, ante la mirada atónita de los agentes, comenzaron a bailar levantando la piernas mientras cantaban la canción ‘We Are the Villages Girls’ (Nosotras somos las chicas del Greenwich Village)».

Antes de terminar la canción, se produjo la temida carga policial en la que Boyle recibió un golpe en la espalda del que no fue consciente hasta la mañana siguiente. Los altercados continuaron y no llegaron a su fin hasta que «comenzó la luz del día».

«Hubo bajas, pero muchas de las bajas», dice riendo, «desafortunadamente fueron de fuego amigo, porque no nos habían enseñado a jugar al béisbol o cosas como esas, así que cuando lanzábamos un ladrillo solíamos golpear a otro gay». En aquella época, estaban en pie de guerra los pacifistas, los negros, las feministas, pero el colectivo LGTBI nunca se pensó a sí mismo como tal. «No teníamos un libro o un credo o algo así, y éramos tan diversos que ni siquiera estábamos unidos, así que no había ninguna manera de encontrar un camino para salir de esa situación».

Según Boyle, «si no hubiera sido por los organizadores que aparecieron después del Stonewall, que planearon la primera marcha (del orgullo gay en conmemoración de las revueltas) y que formaron algunas de las organizaciones militantes, muy probablemente el Stonewall hubiera desaparecido de la historia».

Se refiere a la primera marcha, la que catapultó lo ocurrido en este bar y mantuvo para siempre encendida la llama del movimiento por los derechos de los LGTBI. «Esa protesta de 1970 en Central Park fue la mayor concentración de homosexuales en toda la historia», rememora Marcus.

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EL NUEVO STONEWALL

Kurt Kelly y Stacy Lentz, dos de los dueños del actual Stonewall, que ocupa parte del espacio del viejo antro gay, aseguran que quieren preservar y mantener su espíritu y la lucha del movimiento LGTBI.

«Queríamos recuperar la historia, que fuera tratado y respetado como debía, porque no lo estaba siendo», cuenta Kurt, sentado en la barra del bar del piso superior, un añadido al espacio original. Desde que reabrió bajo su gestión, en 2007, el objetivo es mantenerlo «en primera línea de la lucha por los derechos del movimiento gay», añade Lentz, activista lesbiana que se ocupó de que en el nuevo bar tuvieran cabida las mujeres.

«El Stonewall no era un lugar al que iban las mujeres, ni siquiera en los noventa, cuando reabrió como un bar gay. Pero, afortunadamente, nosotros como grupo hemos trabajado para dejar que las lesbianas entren aquí y darles un lugar», cuenta la activista, que asegura que en Nueva York hay 55 bares que se definen como locales homosexuales para hombres, dos «como una especie de mezcla» y otro con «puramente de lesbianas».

«Somos un movimiento. Cuando nos hicimos cargo, nuestro objetivo era hacer de esto una iglesia gay, donde todo el mundo pudiera venir y regocijarse y donde todo el mundo pudiera lamentarse», agrega Kelly. Aunque también es como un «circo», con espectáculos de «drag queens», conciertos y cabaré, recuerda.

Hoy, el Stonewall está reluciente, con una planta baja recubierta de madera y con un billar; un piso superior con otra barra de bar y banderas arcoíris colgadas del techo negro y una fachada repleta también de pequeños estandartes multicolores del movimiento LGTBI.

Las visitas de personalidades como el primer ministro irlandés Leo Varadakar y su pareja, Matt Barret, en 2018 o la actuación de la cantante Madonna, la pasada Nochevieja, no han hecho más que impulsar su popularidad.

Una fama que sus dueños esperan que no les sobrepase con la llegada de millones de turistas a Nueva York para participar en la celebración de la marcha mundial del Orgullo, este 30 de junio, que marcará también el 50 aniversario de la rebelión de los clientes de aquel antro gay.

En agenda. La visibilidad que se gana en la marcha sirve para poner en agenda temas de derechos humanos, acceso a oportunidades y erradicación de la discriminación.

CIUDADANÍA FANTASMAL (22)

DÍA DEL MAESTRO

Aquello era como un teatro al aire libre, y temprano por la tarde comenzaron a llegar tanto los profesores como los estudiantes a ocupar los puestos ordenados alrededor de la tarima donde había un podio y unas cuantas sillas alineadas detrás. Aunque era una ceremonia tradicional, ese día nadie sabía qué iba a pasar. Cuando el espacio estaba lleno de presencias, apareció el maestro de ceremonias. Subió al podio y tomó la palabra:

—Todos estamos presentes. Ya se hizo el recuento correspondiente. El invitado de honor está por llegar. Solo un poco de paciencia, por favor.

Fueron pasando los minutos y el presunto invitado de honor no aparecía. Y cuando ya la paciencia de los asistentes estaba por agotarse subió de nuevo al podio el maestro de ceremonias:

—Ustedes perdonen, pero el invitado me acaba de pedir que lo represente. En verdad, yo soy su principal discípulo, y ahora se lo doy a conocer a ustedes. Él es mi Padre celestial, y yo soy su Hijo terrestre. ¿No les dice algo esta explicación que acabo de ofrecerles? –agregó con una sonrisa que aspiraba a ser sublime.

Los asistentes iniciaron un abucheo casi subterráneo, que subió hasta la atmósfera como una prueba de confianza extrema.

DEJÉMOSLO COMO ESTÁ

Los padres se desentendieron de su suerte prácticamente desde que nació, y eso, en vez de producirle las frustraciones angustiosas que son comunes, le abrieron espacios de libertad que desde afuera hubieran podido parecer inverosímiles.

Estaba hoy con un pie en el estribo, es decir, en actitud de tomar impulso por el pasadizo cerrado que llevaba a la entrada de la nave aérea de última generación que lo conduciría hacia el aire y desde ahí hacia una nueva tierra.

El vuelo resultó tranquilo, sin altibajos ni convulsiones. Él se durmió profundamente, de seguro con el propósito de despertar cuando el avión estuviera por aterrizar. Comenzó el descenso. Tocaron tierra. Él soltó un ronquido feliz.

La asistente de cabina tuvo que mover su hombro para despertarlo. Fue inútil. Entonces, mientras los otros pasajeros salían en fila, un asistente médico entró a revisarlo. Resultado indefinido:

—Vamos a sacarlo para el hospital. Hay que recoger sus documentos personales y su equipaje de mano.

Desde aquel momento la presencia del pasajero desvanecido se perdió de vista. ¿Qué fue de él? Nadie sabía nada. Nadie podía saber nada. Era como si el silencio al respecto envolviera una conclusión sin retorno: «Dejémoslo como está».

CARTA MARCADA

Sobre la madera de la puerta de entrada alguien desconocido había pintado un mensaje en letras muy visibles: Espero respuesta lo más pronto posible. Si no… Y cuando el habitante de la casa que estaba al fondo del pasaje, justo al borde de la quebrada que corría bien abajo, llegó al final de la jornada y leyó el mensaje se introdujo de inmediato por la puerta luego de forcejear algunos segundos con la llave, que parecía no querer ceder.

Se dirigió de inmediato al escritorito esquinero que le servía de lugar de trabajo en la casa; y aunque la laptop se hallaba a disposición, tomó una hoja y comenzó a escribir a mano, como ya no se estilaba. Cuando concluyó la escritura dobló la hoja y la metió en un pequeño sobre de manila.

Le puso el nombre del destinatario y le colocó la estampilla correspondiente. Salió de la casa y caminó hasta el buzón donde se depositaban los envíos postales. Toda aquella escena era una copia al carbón de lo que ocurría al respecto en otros tiempos. Él hizo un gesto de afirmación, mientras regresaba a su refugio hogareño. Después, se puso a ver televisión en un aparato evidentemente de otra época.

En algún momento se abrió la puerta de entrada y su esposa llegó con alarma:

—¿No has visto lo que han pintado en nuestra puerta?

Él respondió con una mirada interrogadora.

—Es una frase bien extraña y preocupante: recibí la respuesta. Espero que cumplas… ¿Te están extorsionando?

Él sonrió para apaciguarla:

—No, mi amor. Solo me están pidiendo ayuda de palabra. Es un espíritu desconocido que necesita consejo escrito sobre cómo expresar sus sentimientos… Y como yo soy poeta, acudió a mí.

—Ah, eso me tranquiliza. En estos tiempos en que la delincuencia abunda uno se alarma.

—Ya respondí. Voy a colaborar. Te cuento lo que siga.

CUANDO LLEGA LA HORA

En el vecindario había una chimenea que lanzaba humaredas sofisticadas. A veces eran columnas renacentistas y en otras ocasiones surgían estructuras posmodernas. Él, que era el residente más original de aquel vecindario de «millennials», se asomaba todas las tardes a su ínfimo balcón para descubrir cuál era la nota del día.

Y por primera vez en mucho tiempo la chimenea permanecía impávida, sin nada que surgiera de su interior. Estuvo ahí por algunos minutos, aguardando, y luego dio la vuelta hacia el interior, a abrir su computadora, que ya parecía un anuncio de reliquia tecnológica.

De pronto, una tímida bocanada de humo comenzó a brotar del interior de la máquina. Él se asustó, porque aquello de seguro era signo de combustión interior. Pero antes de que pudiera tomar alguna medida protectora, algo se fue escribiendo espontáneamente en la pantallita:

Estamos por iniciar el abordaje del vuelo. Que los pasajeros se pongan en fila.

Y entonces la humareda se intensificó. Él corrió a buscar su maleta que siempre estaba a medio hacer, y volvió a ponerse junto a la máquina, que iba tomando forma de chimenea.

EL PROPIO AMANECER

Aquel día, el profesor de literatura soltó una expresión que casi para todos los oyentes pasó inadvertida, pero que al alumno más joven se le prendió en la sien como un insecto inescapable: «Cada quien tiene para sí una gran bolsa de palabras, y la clave de nuestro destino está en ir extrayéndolas de ahí como si fueran objetos mágicos».

Cuando el adolescente regresó a su casa en horas de la tarde se encontró con que no había nadie, lo cual no era la habitual, porque alguno de sus padres y de sus hermanos estaba siempre ahí. Entonces se fue a la pequeña bodega donde se guardaban los bultos de cosas por usar, y sin más descubrió una bolsa que se le hizo familiar de inmediato.

La abrió, y en efecto ahí estaban. Las palabras. Sus palabras.

—¿Quieren venirse conmigo, a mi cuarto? Las voy a tratar muy bien, no se preocupen.

Y las palabras, que mostraban la misma volatilidad de los insectos que surgieran de la expresión del maestro, revolotearon entonces a su alrededor, mostrando de esa forma su voluntad de acompañar a su destinatario natural.

Él tembló de emoción, como nunca antes lo había hecho. No se lo iba a decir a nadie, porque el destino profundo no es compartible.

Afuera, el sol atardeciente sonreía.

Donde el régimen de Ortega no ha podido penetrar es en los medios

Sergio Ramírez, escritor
Sergio Ramírez, escritor

Sergio Ramírez llegó a un salón del piso 15 de un hotel de San José, Costa Rica. Era la mañana del viernes 17 de mayo, el último día del Festival Centroamérica Cuenta, celebrado desde 2012. Al fondo casas y edificios, pero más al fondo, cubierta de nubes, la Cordillera Volcánica Central, que atraviesa 80 kilómetros de este país.

No es casualidad que el festival, que siempre se realizó en Nicaragua y es organizado por un equipo al que pertenece Ramírez, tuviera como sede para 2019 Costa Rica. El año pasado, la sexta edición fue suspendida por la crisis política nicaragüense que estalló el 18 de abril, pero esto no calló a las letras. La nueva edición del festival fue paralela a la Feria Internacional del Libro de San José, y como por costumbre, volvió a juntar en una semana a escritores, periodistas y académicos.

Ramírez es un escritor de 76 años con una vasta trayectoria literaria. Se ha agenciado prestigiosos premios otorgados a escritores en lengua española, como el Premio Internacional de Novela Alfaguara (1998), Premio Casa de las Américas (2000) y el Premio Cervantes (2017).

También tiene un pasado político. En 1977, en este país donde atendió la entrevista, comenzó a encabezar el Grupo de los Doce, como una respuesta contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, el último Somoza que gobernó Nicaragua hasta julio de 1979 y quien se fue del país con el triunfo de la revolución sandinista. El grupo estaba integrado por empresarios, intelectuales y sacerdotes, y era apoyado por el Frente Sandinista para la Liberación Nacional (FSLN), del cual él ya es disidente.

Ramírez conoce de cerca a Ortega. Junto con él y otros cuatro nicaragüenses conformaron en 1979 un gobierno transitorio llamado la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, que tenía como misión reconstruir a una Nicaragua que había atravesado una dictadura de casi medio siglo. Y de 1985 a 1990 fue su compañero de fórmula, como vicepresidente de la república.

«Son dos etapas muy diferentes», precisó al consultarle sobre cómo ve a la Nicaragua gobernada por el mismo presidente en dos periodos marcados por 16 años de diferencia. Para él, desde que Ortega volvió al poder en 2006, intentó contentar a la población con donativos y «paliativos» por medio de la cooperación venezolana y el dinero del petróleo proveniente de Venezuela, y logró, además, un pacto con la empresa privada y cierto grado de estabilidad política y económica.

Ramírez consideró al gobierno orteguista un «caudillismo cualquiera», además de neoliberal. Un gobierno que pensó que a causa de sus acciones, la población no iba a percibir la ausencia de democracia, ni la falta de libertades públicas, que no iba a registrar las crecientes agresiones contra los movimientos populares y el «candado» contra las universidades estatales para que los estudiantes no se movilizaran. Antes de este escenario, dijo Ramírez, faltaban «pocas chispas» para que todo estallara.

La investigación periodística #Petrofraude, realizada por CONNECTAS en alianza con cinco medios de comunicación, incluido LA PRENSA GRÁFICA, reveló que Nicaragua es el país más beneficiado con Petrocaribe, una alianza petrolera con 14 países afines a Venezuela, creada por Hugo Chávez en 2005.

Tras analizar documentos y consultar diversas fuentes, el equipo de periodistas estableció que bajo un esquema de compensación –que consistía en exportar productos alimenticios a cambio de petróleo–, Nicaragua recibió hasta junio de 2018 más de $3 millones en préstamos petroleros y exportó productos que representaron casi el 80 % de los montos en ese mecanismo, a través de ALBA Alimentos de Nicaragua (Albalinisa). Esto, según los hallazgos, hizo que Ortega sostuviera buenas relaciones con organizaciones agropecuarias vinculas al FSLN, con empresarios locales agroindustriales y centroamericanos.

Ya cuáles son los alcances de la democracia (en El Salvador), si la democracia produce bienestar social, si produce justicia, si produce equilibrios sociales, si la democracia es capaz de acabar con esta realidad oscura de las pandillas juveniles, de la corrupción, del narcotráfico. Eso depende la habilidad del gobernante.

El detonante de la crisis, la polémica reforma al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, incluía el aumento de la tasa de contribución de los trabajadores y empleados. La más cuestionada: los jubilados tendrían que aportar el 5 % del dinero que recibieran de pensión.

Días antes del estallido de la crisis, los jóvenes también habían protestado, recordó Ramírez, en referencia a las acciones que tomaron debido al incendio Reserva Biológica Indio Maíz, que acrecentó el malestar social. Ese incendio no fue atendido de inmediato por el Gobierno y duró 10 días. Arrasó más de 5,000 hectáreas. Los jóvenes, dijo Ramírez, le reclamaron al orteguismo por la pasividad para proteger las áreas forestales en riesgo.

«Estos fueron simplemente detonantes de un malestar muy grande que había, sobre todo, en los jóvenes», sostuvo. Agregó que las nuevas generaciones en Nicaragua están repitiendo en 2019 el itinerario de la resistencia del año pasado, ya que conmemoran los «hitos» de las movilizaciones que comenzaron en abril. Esto lo consideró importante, porque la gente se motiva a continuar con la lucha.

Sergio Ramírez, escritor

El 30 de mayo pasado, por ejemplo, se celebró una misa en la catedral de Managua para conmemorar el asesinato de 19 jóvenes a manos de policías y paramilitares en la llamada «Madre de todas las marchas», la mayor marcha realizada en Nicaragua contra la dictadura Ortega-Murillo desde que comenzó la crisis y que fue convocada por madres que hasta entonces habían perdido a sus hijos.

Desde el 28 de septiembre de 2018 las marchas fueron ilegales, lo que viola el derecho constitucional de las manifestaciones pacíficas. Ramírez opinó que desde entonces ha habido «prudencia en la lucha», ya que la gente quiere prevenir más daños, pero eso no significa que esta lucha esté enterrada. Sin embargo, según el escritor, al haber oportunidad de salir a las calles, la gente lo hará y por miles.

A pesar de la represión, los nicaragüenses comenzaron el uso de una serie de códigos para protestar, como lanzar globos azules y blancos a las calles, los colores de la bandera del país; y en el caso de las mujeres, y algunos hombres, a pintarse los labios con labial rojo. Esto es conocido como «pico rojo» y se hizo famoso en octubre del año pasado, cuando Marlen Chow, una socióloga organizada, se pintó de labial rojo los labios en señal de protesta dentro de la cárcel El Chipotle, donde ella y otras 37 personas fueron llevadas por exigirle al Gobierno que liberara a los presos políticos.

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Medios sin trabas ni cortapisas

El Gobierno y la Alianza Cívica –conformada por estudiantes, agricultores, ambientalistas y empresarios– negociaron en marzo pasado la liberación de los presos políticos. Ortega incumplió la promesa de liberarlos en mayo y el 11 de junio sacó de la cárcel a 54, tres días después que la Asamblea Nacional aprobó una propuesta exprés de Ley de Amnistía que perdonaba las violaciones a derechos humanos ocurridas en el marco de la crisis.

La Alianza Cívica denunció que todavía falta por libertar a otros 89 presos. El plazo consensuado para hacerlo venció el pasado martes. Sin embargo, un mes antes de estos hechos, Ramírez señaló que las únicas armas de la Alianza Cívica eran la moral y la ética, y si el orteguismo no cumplía con lo que acordó, tocaría seguir presionando. Las negociaciones nunca son fáciles, dijo, más si se trata de un régimen que quiere dilatarlas hasta 2021 –el año de las elecciones– porque no quiere abandonar el poder, sino realizar comicios amañados. Mientras que a la comunidad internacional le compete estar vigilante de lo ocurra en Nicaragua.

Por otra parte, agregó, existe una población desencantada que ya no respalda la fórmula de Ortega-Murillo, sino que quiere ver elecciones libres, presos políticos liberados, el regreso de los nicaragüenses exiliados y el funcionamiento de los medios de comunicación «sin trabas ni cortapisas».

La noche del 13 de diciembre, la policía entró a la fuerza a las instalaciones del periódico El Confidencial, donde también eran producidos los programas «Esta noche» y «Esta semana», medios críticos del régimen dirigidos por Carlos Fernando Chamorro, hijo de la expresidenta nicaragüense Violeta Barrios de Chamorro. Los policías incautaron computadoras y equipos a periodistas.

«Saquearon nuestra redacción. Un ataque brutal contra la libertad de prensa y libertad de empresa», denunció Chamorro en su cuenta de Twitter la mañana del siguiente día de los hechos. En la misma publicación hizo responsable de ello a Daniel Ortega, por ser el jefe de la policía nacional.

Sergio Ramírez, escritor

Chamorro fue a reclamar por el equipo incautado dos días después de estos hechos a la Policía Nacional de Nicaragua, ubicada en Managua, pero él y el grupo que le acompañaba fueron reprimidos. Días después, en enero, se exilió en Costa Rica.

A finales de diciembre también fueron allanadas las instalaciones del Canal 100 % y fueron detenidos Miguel Mora y Lucía Pineda, director y jefa de Información de este medio independiente. Fueron acusados de provocación, proposición y conspiración para cometer actos terroristas, y liberados el pasado 11 de junio.

A estos ataques de la prensa se suman la retención de papel para las ediciones de los periódicos impresos La Prensa y El Nuevo Diario, que siguen funcionando con pocos recursos. Más los periodistas, que como Chamorro, se han ido al exilio.

«Donde el Gobierno no ha podido, el régimen no ha podido penetrar, es en los medios, en las redes sociales. Una batalla perdida. Busca cómo contrarrestar control con mentira, con redes falsas, pero ahí está la fortaleza de la difusión de noticias que el régimen quisiera no escuchar», apuntó Ramírez.

De acuerdo con el escritor, la democracia en Nicaragua sufre una amenaza muy grave, porque los medios de comunicación no están funcionando como deberían. Señaló que el hecho que de haya periodistas exiliados lanza una voz de alerta sobre la manera que los mismos medios deben fortalecer sus posibilidades de penetrar en la gente con una alternancia en las redes sociales –menos vulnerables a estos ataques–, dijo, y a acostumbrar al público a informarse con estas plataformas.

Desde que estalló la crisis en Nicaragua, las redes sociales han sido los medios desde los cuales los ciudadanos se han informado, organizado y denunciado la represión del régimen, incluidos los periodistas y académicos. Fue usual ver circulando el #SOSNicaragua en referencia a la señal de socorro. También hubo mujeres y hombres con «el pico rojo» que subían sus fotografías a redes sociales.

A inicios de julio del año pasado, hubo un video que se hizo viral. Eran dos universitarios detrás de una barricada en Managua. «Mamá, mamá, perdóname. Salí a defender mi patria. Te amo», decía una joven llorando. «Si logra ver esto, díganle que la quiero mucho, y que no me arrepiento de nada», le secundaba otro joven con la mira asustada, mientras al fondo se escuchaban gritos y disparos.

La Iglesia católica también ocupó las redes sociales para denunciar. El ex obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua Silvio José Báez lo hizo a través de un Facebook Live con 100 % Noticias, el 27 de abril. Habló, llorando, sobre las torturas a los jóvenes luego de ser capturados por el régimen de Ortega.

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La democracia en El Salvador

Sergio Ramírez, además, se refirió a la realidad salvadoreña previo a la toma de posesión de Nayib Bukele como presidente de la república. Sobre él dijo que «tiene una personalidad muy explosiva, muy especial», pero no tiene la posibilidad de imponer sanciones a los medios de comunicación, como en Nicaragua, o quemar radios, cerrar televisoras, exiliar o encarcelar a periodistas, porque en El Salvador funciona un sistema institucional diferente al del régimen orteguista, y si esto ocurriera, no sería tolerado por la sociedad.

Sin embargo, aclaró que nadie está conforme con que exista un choque entre el poder político del gobierno y los medios de comunicación. «Los medios de comunicación, en cualquier contexto, tienen que desarrollar libremente su misión, que es informar y ser críticos. Sin una prensa crítica no hay democracia y yo espero que el nuevo gobierno de El Salvador va a amoldarse a esta realidad», dijo.

En los primeros días de su gestión, Bukele comenzó a usar su cuenta de Twitter como el medio de comunicación unidireccional. Desde el 1.º de junio, cuando fue juramentado como presidente de la república, dio su primera orden a través de esa red. Fue a la Fuerza Armada y consistió en retirar el nombre del comandante del batallón Atlacatl, acusado de perpetrar la masacre en El Mozote, el coronel Domingo Monterrosa, del Cuartel de la Tercera Brigada de Infantería, en San Miguel.

Luego siguieron otras órdenes relacionadas con despidos de familiares de funcionarios o exfuncionarios del FMLN, según Bukele, de diferentes instancias del Gobierno.

Desde afuera de El Salvador, Ramírez dijo que la expectativa de este nuevo gobierno es que la democracia funcione, que el voto popular sea respetado, como lo ha sido desde la firma de los Acuerdos de Paz. Y sostuvo que la misma elección de Bukele es un signo de funcionamiento de la democracia, porque es un tercer candidato que se ha impuesto sobre las fuerzas políticas tradicionales del país, ARENA y el FMLN.

Es una población desencantada (la nicaragüense), que no respalda más esta fórmula (Ortega-Murillo), no respalda más al régimen y quisiera ver unas elecciones verdaderamente libres, quisiera ver a los presos políticos liberados, quisiera ver el regreso de todos los exiliados, el funcionamiento, otra vez, de los medios de comunicación sin una clase de trabas o cortapisa.

Además, el escritor apuntó que él quisiera ver cada vez mejores gobernantes, pero sin los mecanismos de la democracia no se puede hablar de esto. «Ya cuáles son los alcances de la democracia (en El Salvador), si la democracia produce bienestar social, si produce justicia, si produce equilibrios sociales, si la democracia es capaz de acabar con esta realidad oscura de las pandillas juveniles, de la corrupción, del narcotráfico. Eso depende la habilidad del gobernante», señaló.

La postura de Bukele frente al problema de las pandillas es la represión. El 12 de junio, el director de la Policía Nacional Civil, Mauricio Arriaza Chicas, dijo que el mandatario le había dado la orden de reprimir la violencia, y que por su parte, el Gobierno se dedicaría a la prevención.

El pasado martes, el presidente montó una conferencia en la que anunció medidas que incluiría en el Plan de Seguridad presentado a la Asamblea Legislativa. Entre ellas, cortar la comunicación de los reos en centros penales, hacia el exterior, una medida ya implementada tras la aprobación de las medidas extraordinarias. Además, atacar a los financistas de pandillas. Ese día por la noche, subió a Twitter una fotografía donde aparecía reunido con las autoridades de Seguridad Pública y dijo que el jueves a media noche comenzaría el «Proyecto control territorial», que consiste en desplegar a policías y militares en zonas con alto índice de delincuencia.

Mientras que el jueves las autoridades decretaron estado de emergencia en los 28 centros penales del país y el viernes hubo traslado de 1,041 reos a diferentes cárceles, según informó en un comunicado de Twitter la cuenta de la Secretaría de Prensa de la Presidencia.

Pero sobre el combate a la corrupción, hasta el momento, Bukele no ha manifestado ninguna propuesta concreta, pese a los antecedentes por corrupción que tiene el país. Hay un expresidente encarcelado por lavado de dinero (Elías Antonio Saca, 2004-2009), mientras que el primer presidente de la izquierda, Mauricio Funes, acusado de delitos de corrupción, es prófugo de la justicia y se asila en Nicaragua.

Sergio Ramírez, escritor

Educación ambiental o no sobrevivimos

Recién regresado a El Salvador después de 21 años de ausencia, un amigo ingeniero, mientras departíamos, me confirmaba que tenía consolidado un proyecto para construir una residencial, pero que para eso tenía que botar casi cien árboles. Le dije, sin afán de aconsejarlo, que eso le dificultaría su empresa. Me dio una respuesta que no olvido: «En nuestro país esos detalles ya están incluidos en el presupuesto». Eso fue hace más de 25 años. Y por ahí han caminado las prácticas de pasar por sobre lo legal, a partir de una frase del antiguo Derecho Romano: «Inventa lege, inventa fraude» («hecha la ley, hecha la trampa»).

Por lo general no me refiero a este tipo de acciones, aunque espero que a estas alturas han ido desapareciendo poco a poco, no importa si nos tardamos dos o tres décadas para superarlo, pero es hora de continuar con fuerza desde ya, ahora que los partidos políticos plantean renovarse. En esta época de las redes de comunicación que ni los «baby boomers» (nacidos en los años 1946 al 64) y menos los anteriores que no estamos clasificados en esos grupos de cultura tecnológica podemos entender sin profunda reflexión, si no comprendemos los pasos planetarios que casi alcanzan la cuarta revolución industrial. Significa transformar la industria como aún no lo concebimos en su totalidad. Con gran papel en primer plano de la inteligencia artificial.

En «el siglo de la información y el conocimiento» no habría motivo para las sorpresas, toda vez haya lucidez formativa sin importar generaciones actuales o pasadas. Recuerdo la posición de Rita Levi Montalcini cuando le preguntaron, al cumplir 90 años, qué haría si tuviera 25. Respondió que en su edad actual, de la entrevista, hacía mucho más, «ni compararlo», afirmó. Lo explicó según sus estudios del cerebro por los que ganó el Premio Nobel.

Pero bien, siempre tengo que irme por las ramas (lo visible) para llegar a la raíz del árbol (lo esencial pero oculto). Estas notas me las inspiran el desconcierto y el asombro ante la afirmación de los pasos agigantados de la depredación planetaria: el envenenamiento de los mares por el plástico, que comienza contaminando los ríos.

Mi tristeza y asombro comenzó cuando en el verano vi convertido el río Grande de San Miguel, reducido a un riachuelo de miasmas. Donde aprendí a nadar a mis 10 años (los de mi generación recordarán el puente de Urbina en San Miguel: «la peñita», «la peña» y «la peñona»). Se aprendía a nadar lanzándose de la altura escogida según la edad. Ahora el río es un basurero. No solo de plásticos. ¿Quién ha hecho algo para salvarlo, así como no lo hemos hecho con el Acelhuate, que es más sencillo y fácil renovarlo? ¿Es porque sabemos que pasarán los años y nadie nos reclamará? o ¿porque los vacíos culturales nos hacen inimputables?

En mi última visita a Costa Rica, una amiga, por cierto exministra de Cultura de aquel país, me invitó a visitar el barrio Escalante, remodelado (algo así como la Flor Blanca), las residencias fueron ofrecidas a emprendedores jóvenes de las áreas artísticas para transformarlo en polo de desarrollo turístico. Entre cientos de cosas se ha vedado usar pajillas y utensilios plásticos. «Las víctimas inmediatas son las tortugas y los peces; las mediatas somos nosotros por contaminación con la bacteria del plástico al consumir mariscos».

Claro, si gota a gota se horada una piedra, palabra a palabra se podría instalar una «aplicación» mental. De modo que no pensemos en que tirar un vaso solo es un vaso. Error. Son millones de vasos y bolsas plásticas. La bolsa que lanzo a mi paso me hace el mayor depredador del planeta.

«La producción de plásticos a escala mundial aumenta sin medida, actualmente se consume 1 millón de botellas de plástico desechable por minuto y el 91 % de ellas no se recicla. En el caso de las pajillas, su fabricación dura 1 minuto y tardan hasta 200 años en nuestros mares», MarViva (organización ecologista tica).

La educación cultural sobre desechos contaminantes del planeta comienza desde las licencias para la proliferación industrial del plástico, continúa con falencias de formación ciudadana, al que se deja a la deriva (por comodidad pública o falta de dinero). Hace poco vi el documental de Michael Jackson «This Is It» («Es todo»). Volví a recordar «La canción de la tierra», que reitera con anáforas: «¿qué será de nosotros?» Y al exponer las imágenes repite la frase: «Dime ¿qué hay de eso». Jackson lo amplió en una entrevista: «En Brasil cada segundo se deforesta el equivalente a una cancha de fútbol». Y anunció (en 2010) el comienzo de la extinción del planeta «dentro de cuatro años», es decir, para 2014. «¿Qué será de nosotros?», canta Jackson.

Volviendo al plástico, me afecta cuando el patrimonio cultural en una biblioteca se expone a inundaciones permanentes; la última vez fue por causa de bolsas y botellas de ese material. Se encontraron cuatro barriles de desechos, recogidos solo en 300 metros. «Dime, ¿qué hay de eso?»

Lo que buscamos es «promover que el compromiso con nuestros mares no sea de un mes o un año»… «¿Qué será de nosotros?»

Alberto Quesada, asesor de la fundación MarViva, alertó sobre una «moda peligrosa», que confunde a los consumidores al hacerles creer que algo es biodegradable sin serlo. Al fabricante le basta agregar el prefijo «bio» para ocultar el problema causado con ese material. «Este tipo de productos solo hace referencia a la materia prima orgánica, pero (el elemento químico) tiene el mismo impacto negativo en el ambiente», ratificó Quesada.

«La contaminación por plásticos afecta la salud animal y humana, así como la calidad del aire, los suelos, los ríos y las aguas. Se estima que hay más de 150 millones de toneladas de desechos plásticos en los océanos y que cada año se suman entre 8 y 13 millones de toneladas más». (InformaTico, 07/06/2019). «¿Qué será de nosotros? Dígannos, ¿qué hay de eso?»