Hasta los huesos

Ilustración de Moris Aldana
Ilustración de Moris Aldana

El terremoto del 13 de enero de 2001 les dañó la casa. Ya para entonces, seguir en el trabajo en el que estaba en el área de seguridad le implicaba riesgos. Un segundo terremoto, ocurrido exactamente un mes después, terminó de botar paredes y también dudas. La única alternativa era partir a Estados Unidos para ayudar a su padre enfermo y a sus hermanos menores a reconstruir la casa y a levantar, ahora sí, una posibilidad más certera de mejorarse la vida, porque, hasta ese momento, no había ninguna. Se llamaba Juan Carlos López. Tenía 24 años. Se fue.

“¿Cuánto puede cambiar una persona en 18 años?”, se pregunta Luis López en el Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos (COFAMIDE), una organización de la sociedad civil que es todo lo que su nombre dice y de la que ha llegado a ser director. “Aquí no dejamos de buscar a nadie, no importa si han pasado 18 años, como en el caso de mi hermano, Juan Carlos”.

La migración irregular era en 2001 -es en 2019- un tema que se mide más en las remesas que recibe El Salvador una vez el migrante está en su destino. De las etapas previas, El Salvador no da cuentas claras. Hay cálculos inexactos, subregistro y desinformación. Una nebulosa que se tragó al padre de Juan Carlos y de Luis y a una prima cuando intentaron poner una denuncia por una desaparición que no fue aquí, que fue en un allá que ni el padre, ni la prima, y quizá tampoco el policía que los recibió en ese 2001 conocían bien. Desde un desasosiego al que el tiempo le vació el drama, Luis lanza otra pregunta: “Si el desaparecido en territorio nacional no existe, menos existe el que se ha perdido afuera, donde nadie conoce, ¿qué podían hacer en la delegación de la PNC con un caso de una persona que se desapareció huyendo?”

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ANTE LA SOSPECHA DE UN DELITO, el primer impulso en una sociedad institucionalizada es buscar a la policía. Cuando se trata de migrantes, sin embargo, la policía no hace nada: no puede recibir una denuncia por un delito que en el país no existe. La legislación salvadoreña solo contempla la desaparición si la ejecuta un miembro de un cuerpo de seguridad. El otro delito relacionado es el de privación de libertad, pero, aunque una persona tenga sospechas de que su familiar fue privado de libertad mientras migraba, no le abrirán ninguna investigación, si el hecho sucedió fuera de las fronteras. Así, es inútil, por ejemplo, intentar colocar una alerta de migrante desaparecido en una delegación de la PNC o en una sede de la Fiscalía General de la República.

El tiempo que ha pasado entre 2001 y 2019 no ha sido suficiente como para que en las delegaciones de la Policía Nacional Civil se cuente con un protocolo para guiar a las personas hacia alguna de las tres instituciones salvadoreñas que sí reciben alertas de migrantes desaparecidos. El papá de Luis y la prima rebotaron por varios lugares hasta que llegaron a las oficinas de la INTERPOL (Organización Internacional de Policía Criminal), donde pudieron informarle al Estado que su Juan Carlos se fue con rumbo a Estados Unidos, pero nunca llegó.

Esa denuncia en INTERPOL tampoco desató una búsqueda intensa ni sirvió para calmar las angustias del padre de Luis y de Juan Carlos. Les dijeron que la Procuraduría General de la República (PGR) les tenía que hacer llegar un mandato para que ellos empezaran a investigar. Los familiares fueron a la PGR y consiguieron colocar el caso.

La sospecha en ese momento era que Juan Carlos había sufrido un naufragio, y con él también estaban desaparecidos otros 18 migrantes. La respuesta de la INTERPOL fue exponer a esta familia a un conjunto de fotografías de cadáveres rescatados en ríos. Eran cuerpos muy lastimados, en los que no pudieron reconocer a Juan Carlos.

“La primera reacción es pensar en INTERPOL como la oficina regional de la policía. Sin embargo, la institución que realmente está llamada a tener competencia nacional para centralizar los casos es la cancillería. De modo que si la gente llega a un centro policial a reportar una desaparición de migrante, la remisión institucional se debería hacer a la división de derechos humanos de este ministerio”, explica Lissete Campos, asesora legal del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), la institución que ha colaborado con otras para hacer estudios sobre la migración, los desplazamientos forzados y las desapariciones, entre otros.

Para el padre de Luis y de Juan Carlos la búsqueda fue demasiado. Murió un año después de la partida del joven. Una serie de infartos sufridos en diferentes momentos terminó de debilitarle el corazón. Eso y la angustia. “Lo que hicieron con mi familia forma parte de lo que ahora como institución intentamos cambiar: es el trato que se le da al familiar”, explica Luis en 2019, cuando su búsqueda sigue tan activa como la de otras 300 personas más de quienes CONFAMIDE lleva los casos. Los uniforma la ausencia.

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EL AÑO PASADO, a El Salvador ingresaron $5,468.7 millones por remesas familiares. Esto representó un aumento del 8.4 % con respecto a lo recibido en 2017, de acuerdo con información del Banco Central de Reserva. Las personas que migran, en este punto, cuentan.

Cuando se trata, sin embargo, de intentar obtener un número de denuncias o alertas por migrantes desaparecidos no hay una institución que se atribuya la responsabilidad. Lo explica, desde un punto de vista humanitario, Luis: “A nosotros nos tocó vivir la parte de la migración que no importó, porque no generó ingresos. La que no importó, porque no generó mano de obra; y la que no importó porque, al final, eran personas que no contaban físicamente para el Estado. Todo eso nos generó algo más que dolor, a nosotros todo eso se nos convirtió en coraje”.

Después de constantes exigencias de los afectados que se organizaron, se establecieron tres instancias para alertar sobre la desaparición de alguien mientras intentaba llegar a otro país sin documentos: una oficina de atención al migrante en el Ministerio de Relaciones Exteriores, las delegaciones de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos en todos los departamentos y la sede de COFAMIDE.

Cada una de las instituciones lleva su propio registro y sus propios números. Pero las tres coinciden en dos puntos. Uno es que el subregistro es tan grande que cualquier cálculo se quedará siempre pequeño. Y dos: el Banco de Datos Forenses de Migrantes No Localizados de El Salvador, que está a cargo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF).

378 fotos impresas

El banco ha sido una respuesta casi providencial al reclamo de los familiares para organizar búsquedas, ganar reconocimiento y apurar justicia. Antes de 2010, no había en El Salvador nada parecido a lo que este EAAF instaló. Y era tanta la sed, que la primera toma de muestras de ADN fue masiva. En una semana, el equipo argentino tuvo que realizar más de 100 tomas. Solo en 2010 quedaron registrados 188 perfiles genéticos de los 906 con los que contaba el banco hasta abril de este año.

Cuando una familia decide abrir un proceso de búsqueda de un migrante desaparecido se acerca a cancillería, a la PDDH o a COFAMIDE. Ahí aporta tantos datos como pueda tanto de la identidad como de la ruta que llevaba el migrante. Tras este paso, sigue la espera.

No todas las alertas terminan en una toma de muestra de ADN. La primera búsqueda se hace en vida. La institución que más facultades tiene para recorrer este primer tramo del camino es cancillería, porque debe activar a sus consulados para que estén pendientes de las novedades en hospitales, estaciones migratorias y centros de detención, entre otros. Su carácter de gubernamental le da credenciales para solicitar a las autoridades de otros países que se movilicen. Así, al menos, en teoría.

En la práctica, no hay nada que sistematice las comunicaciones entre cancillería y el familiar que demanda la búsqueda. Una llamada de una madre o padre angustiado se puede perder en la maraña de extensiones telefónicas de un ministerio. “Es que tampoco el rol de cancillería es ir en la búsqueda, porque el otro país no lo permite. Jugamos contra los tiempos y entiendo que es difícil, pero si el familiar no sabe ni dónde está la persona, se dificulta más, necesitamos pistas”, reclama Tania Rosa, directora de Derechos Humanos de este ministerio.

Si la alerta se coloca en delegaciones de la PDDH, la familia puede contar con apoyo psicosocial para contener los daños de una pérdida de este tipo, pero para hacer la búsqueda en vida, el caso siempre tendrá que llegar a cancillería. Y lo mismo pasa si se coloca en COFAMIDE.

11 años y ocho meses para verla volver

La ventaja de COFAMIDE con respecto a las otras dos instituciones es la empatía. Cada uno de los miembros del comité tiene o ha tenido a un familiar migrante desaparecido. Además, cuando recibe una alerta, activa su red internacional de organizaciones hermanas para que ellas hagan parte de la búsqueda. Pero en caso de necesitar que se haga una coordinación con instituciones gubernamentales de otro país, como hospitales y centros de detención, de nuevo, la de las credenciales es cancillería.

“Es importante que la gente sepa que en COFAMIDE encontrará un abrazo y la calidez, pero la acción de búsqueda inmediata no está ahí. En tema de desapariciones el tiempo es fundamental. Lo que recomendamos es ir a ambos sitios, porque les van a dar cosas diferentes”, de acuerdo con Campos, del CICR.

“¿Qué hacen las demás instituciones por los migrantes en El Salvador?”, pregunta Rosa desde cancillería. La respuesta que da es una extensión de las manos en las que cae la responsabilidad con respeto, por ejemplo, a la promoción de mecanismos de denuncia: “No es cierto, más sí tenemos una ley, que esto sea un mandato exclusivo de la cancillería o de la Dirección General de Migración y Extranjería. Ambas instituciones hacemos nuestro rol de acuerdo a nuestras competencias. Pero ¿y los demás? ¿Quién dice que no pueden ejercer?”

Algunas familias nunca abandonan la idea de un encuentro en vida. Pero hay un momento en que, a escala institucional, se activa la búsqueda de un fallecido. Y entonces hay que tomar un perfil genético, una muestra de ácido desoxirribonucleico (ADN), que es el encargado de contener las instrucciones genéticas de todo ser vivo.

El Salvador, pese a ser país expulsor de migrantes, además de no contar con mecanismos centralizados y claros de denuncia de desapariciones, tampoco cuenta con banco genético. Este servicio está habilitado gracias a la colaboración del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), una institución que ya cumplió 35 años de existencia y que ha realizado proyectos en otros 30 países. Lo forman 70 profesionales y algunos de ellos viajan hasta El Salvador cada vez que se reúne cierta cantidad de familias en disposición de dar el paso hacia la búsqueda de sus familiares entre fallecidos.

Desde 2010, el EAAF ha viajado en 48 ocasiones para tomar muestras de perfiles genéticos de salvadoreños. Así ha logrado reunir 906 perfiles de familiares que buscan a 326 migrantes desaparecidos que pertenecen a 323 familias.

Palabra clave: caballo

Esta es la cuenta más depurada que tiene El Salvador de los suyos que han desaparecido en un intento por alcanzar una mejor calidad de vida. Y es fruto del trabajo de un grupo de argentinos que realiza las tomas bajo estándares sanitarios estrictos, las codifica, las envía a laboratorios especializados en ADN y luego las confronta con bases de datos de restos no identificados en busca de una coincidencia genética.

La mayoría de las muestras, 844, han sido tomadas en El Salvador, en los municipios de San Salvador y San Miguel. Pero el EAAF también ha viajado a otros países en busca de este material de salvadoreños. Tomó tres en Italia, una en México y 58 en Estados Unidos.

El Salvador captó el año pasado remesas de 162 países, pero el 93 % -es decir, $5,098.7 millones-, llegó desde uno solo: Estados Unidos, el receptor por excelencia de salvadoreños, ese lugar al que Juan Carlos se dirigía.

En casi una década, el EEAF ha logrado hacer 48 identificaciones de restos de migrantes a los que sus familias buscaban. A cuatro los encontraron en México y la mayoría, de nuevo, se acumula en Estados Unidos con 44 restos migrantes identificados como salvadoreños gracias al trabajo de argentinos.

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LUIS Y EL ENCUENTRO ANHELADO
Con los años, comenzamos a recibir noticias de mi hermano. Y todas esas pistas nos llevaban a Oaxaca. Varios conocidos nos manifestaron que ahí había una persona igualita a él, pero no estaba en buenas condiciones de la mente. La búsqueda era bien artesanal. Nosotros, como familia, les dábamos fotografías a otras personas que sabíamos iban a migrar a Estados Unidos, así como se fue mi hermano, bien irónico, ¿verdad? Pero así era. Les pedíamos que si lo miraban, nos hicieran el favor de avisarnos.

Con COFAMIDE comenzamos a participar en actividades y pude viajar a México. Andaba en Oaxaca, en Ixtepec, y mientras participaba en una marcha, se me acercaron unas personas solo para decirme que sí, que sí habían visto a alguien muy parecido a la foto que yo portaba, que era de mi hermano. Esta persona andaba de un lado a otro, deambulaba.

Ya en el año 2011, que volví a ir, pasó la misma situación. Y fue que decidimos iniciar el proceso de búsqueda con autoridades de allá, porque ya había mucha pista que se podía seguir. Pero fue hasta en 2013 que volvimos a ir, que ya pusimos la denuncia en la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Nosotros dimos la información y cumplimos con todo lo que nos pidieron.

¿Y sabe qué? Perdieron la información de todo el proceso. No tienen nada.

Pero a nosotros, como familia, nos seguían dando pistas de que ahí estaba mi hermano. Por todo el trabajo que hacemos como COFAMIDE, logramos crear como alianzas. Y fue en 2014 que nos pusimos en contacto con una organización en Oaxaca que se llama Centro de Orientación al Migrante. Varias veces me reuní con la directora de ahí y, en una de esas, ella me mandó una foto de una persona que se presumía era salvadoreño y en la foto parecía que era mi hermano. Pero ¿cómo saberlo solo por la foto? ¿Cuánto puede cambiar una persona en 9, 10, 12 años?

Además, estaba en estado vegetal.

Para esa misma fecha, había en México una reunión del banco forense, donde íbamos a dar los resultados del trabajo que se venía haciendo y pedí que me dieran un par de días para moverme a Oaxaca. Fui para el hospital Valdivieso y ahí lo vi.

Imagínese, ¡sí se parecía a él!

Pero las condiciones de él ya eran muy cambiadas. Después de 13 años sin ver a alguien, sin saber nada, uno en lo que tiene que pensar es en que las personas cambian. Mi hermano se fue de aquí sin tatuajes. Esta persona tenía tatuajes, no de pandillas, pero tenía como una muerte, una calavera y cosas así. De vista, no pude estar seguro de que era él. Tuvimos, ya a esas alturas, que irnos por pedir la prueba de ADN.

En el ADN salió que no era él.

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EL AVANCE QUE HA MOSTRADO CANCILLERÍA durante la última década en el tratamiento de los temas de migrantes desaparecidos no se pueden negar, de acuerdo con la abogada del CICR, Lisseth Campos. Y lista: toman denuncias, activan consulados, integran el banco forense. Sin embargo, la comunicación con los familiares y el trato hacia ellos siguen siendo materias a deber. Igual que la continuidad de todos estos avances. “La debilidad es el soporte jurídico que estos procedimientos tienen, ya que todos se han dado a través de guías y de lineamientos administrativos que corresponden a esta gestión y no hay garantías de que la siguiente los mantenga”.

El 17 de marzo de 2011, los diputados aprobaron la Ley Especial para la Protección de la Persona Migrante y su Familia. Aunque los especialistas aseguran que la norma se enfoca más en migrantes que regresan por cualquier motivo a El Salvador; desde el artículo 27 al 29, la ley establece una serie de reivindicaciones. Se establece un Programa de Asistencia y Protección, un Proyecto de Consulta y Asistencia Legal, Educación y Servicios de Salud para la Persona Migrante y su Familia, y se crea un fondo especial para pagar los costos de retorno de heridos y repatriación de salvadoreños fallecidos en el exterior. Con ocho años de vigencia, nada de esto cuenta con financiamiento. Y, lo más probable, es que cumpla la década así, ya que no se ha incluido en el Presupuesto General de la Nación de 2020.

“Hay un tema de falta de recursos a la base que es uno de los factores que contribuyen a no hacer más acciones de búsqueda y a que se retrasen los procesos de repatriación de los restos localizados”, explica desde el CICR, la abogada Campos.

Tania Rosa, directora de Derechos Humanos de cancillería, apunta hacia otro lado: “No hay que crearle falsas expectativas a la gente. El que suelten un cuerpo no depende de nosotros. Depende una instancia en la que incide hasta en qué circunstancias falleció la persona”. Rosa cifra el costo de una repatriación entre los $3,000 y los $5,000.

El 29 de abril de 2019, la Comisión de Relaciones Exteriores, Integración Centroamericana y Salvadoreños en el Exterior hizo reformas a la Ley Especial para la Protección de la Persona Migrante y su Familia. Una de las modificaciones que más implicaciones técnicas y financieras tiene es la del artículo 30: “El Instituto de Medicina Legal dispondrá de un banco de perfiles genéticos conformado con muestras de ADN de familiares de las personas desaparecidas, a efecto de facilitar la identificación de estas últimas”.

Entonces, la ley que establece la creación de programas sociales para los que desde 2011 no hay dinero asignado, ahora, en 2019, también incluye la creación de un banco para el que no se ha calculado costo económico ni técnico. Entre los diputados que firmaron esta reforma están: Reynaldo Cardoza, Numan Salgado y Marcela Villatoro.

Los diputados han dejado constancia escrita de que, para ejecutar este cambio, solicitaron opinión a varias instituciones, entre las que se cita a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. “El Estado nunca ha mostrado voluntad para instalar un mecanismo de este tipo y ahora quiere hacerlo con una reforma a la ligera. Nos pidieron opinión, sí, pero lo que dijimos fue que, aunque el equipo argentino no puede suplir para siempre la responsabilidad del Estado salvadoreño, es necesario abrir un espacio para que se dé una transición, con los profesionales argentinos a la cabeza, y no montando todo de la noche a la mañana”, asegura la procuradora adjunta, Beatriz Campos Cevallos.

El Equipo Argentino de Antropología Forense nació en 1984 y desde el inicio marcó la diferencia al crear procesos para que la participación del familiar de un desaparecido no se limitara a recibir una notificación impresa de la coincidencia o no del material genético. El protocolo con el que trabajan incluye entrevistas para que los familiares aporten información, pero también capacitación en el proceso científico de identificación y cuentan, claro, con un componente de atención mental y emocional.

Para Campos Cevallos, mantener este protocolo es innegociable. “Estas personas merecen una atención digna, ellos nunca abren un duelo ni lo cierran, aunque ya estemos en proceso de identificación de restos, ellos siempre van a esperar ver a su familiar vivo, un mecanismo como este no se monta por decreto”, comenta.

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BERTHILA Y LAS FLORES
Mi hijo, Carlos, se fue a Estados Unidos un 17 de marzo de 2011. Tenía 21 años. En el camino, constantemente me llamaba. El último día que él me habló, me dijo que había comprado un boleto para la frontera y que estaba en la terminal de Monterrey. Fue el domingo 27 de marzo. Él me habló como si fuera la última vez y yo también, como madre, tuve el presentimiento de que algo no estaba bien.

A los cinco días de que él ya no se comunicó, pusimos la denuncia en cancillería. Nos dijeron que iban a informar cómo iba la búsqueda de mi hijo. Pero pasó mayo, junio, julio y no daban ninguna respuesta. Yo les llamaba y no me daban información. Luego, ya dejaron de contestarme.

Decidimos volver a venir a cancillería, la sorpresa fue que cuando dijeron que iban a buscar la fecha en la que había sido enviado el caso a México, se dieron cuenta de que no había sido enviado. Ya habíamos perdido más de tres meses en los que lo podían haber buscado.

Me causó mucha tristeza y enojo, porque nosotros como salvadoreños acudimos a nuestras autoridades con la esperanza de que ayuden; no les vamos a pedir dinero, ni un favor.

Estando ahí en Las Cascadas me enseñaron unos folletos de COFAMIDE. No entendí cómo ellos siendo las autoridades más adecuadas, las que pueden buscar y tienen toda la capacidad, me mandaron a un comité de familiares. Igual, les llevé los datos.

El comité me ayudó, estando ahí conocí la Fundación para la Justicia (y el Estado de Derecho, FJEDD), ellos tomaron el caso de mi hijo. Como a los cinco o seis meses, vinieron los argentinos a tomar muestra de ADN, para mí eso fue bien duro, porque yo no podía pensar que mi hijo estuviera muerto. Yo estaba a cero, deprimida, y decía que por qué me tomaban muestra de ADN. Mi esposo me decía que era porque lo buscaban vivo también.

Un día me hablaron por teléfono. A mí cualquier llamada me ponía mal, me ponía a llorar. Oí que me habló un señor con acento argentino y le corte la llamada. Porque me agarró un solo temblor. Luego me volvió a llamar, me dijo: “Soy Rafa, soy del equipo argentino, usted tiene un hijo desaparecido”. Hablamos y luego contactamos con la procuraduría de acá de El Salvador. Nos fueron a recoger muestras de ADN. A todo esto, ya habían pasado seis meses aproximadamente de que él había desaparecido.

Un mes después de eso, localizaron unos restos que podían ser de mi hijo. Le dieron a México la orden que nos avisara a la familia que lo habían encontrado, pero por aquello siempre de que las autoridades que no toman importancia a su responsabilidad, el caso fue archivado. Con papeles presentados y con el cuerpo de mi hijo ubicado, el caso igual fue olvidado. Fue hasta el año y nueve meses después, que de una oficina de Asuntos Internacionales me avisaron, por medio de la fiscalía, que era urgente que me presentara.

Cuando llegué, preguntaron que si nosotros éramos fulano y mengano. Sí, dijimos. Y comenzaron a explicar que habían encontrado restos en una fosa clandestina en Tamaulipas, y que sí, que uno de ellos era mi hijo. Ahí comenzó la dura batalla.

Para parar todo mi sufrimiento, yo lo hubiera querido hallar vivo. Pero no se pudo. Entonces yo lo que quería era que me lo trajeran ya. Yo quería la repatriación inmediata de sus restos, pero no fue así.

Se hizo un laberinto, las autoridades mexicanas hicieron mal el trabajo desde un principio. Como le digo, ellos al mes, dos meses, ya lo tenían identificado con las muestras de ADN. Pero no lo reportaron a El Salvador, ni a cancillería, ni a nadie. México se quedó con esa información.

Y fue hasta los nueve meses después, cuando ya la Fundación para la Justicia estaba metiendo papeles para allá y para acá, y el Equipo Argentino también hacía lo suyo. Entonces fue que ya empezaron a sacar los casos.

En cancillería no sabían que el caso de mi hijo había sido localizado. Cuando fui a pedir información, el cuadro de mi hijo estaba al fondo y no me creían. “¿A usted quién le ha dicho que lo encontraron?”, me preguntaban bien pésimas. Yo solo veía que buscaban los cuadros y sacaban y sacaban casos. En eso, vi que se puso a buscar en la computadora y me dijo: “Sí es cierto, vamos a preparar para la repatriación”.

Comenzamos este proceso y yo dije, bueno, ya lo van a traer. Ya va a pasar, ya lo vamos a enterrar. Pero a los tres días me llamaron de cancillería, y se hizo aquello tan engorroso, porque querían que llegara a firmar, porque a mi hijo lo iban a cremar, que por motivos de salubridad. Una palabra que yo no me sabía. Decían que podía contaminar. Entonces, no fui. La fundación puso amparos que sirvieron para parar la cremación de mi hijo y de muchas más gentes.

En todo ese proceso, mi estado de salud decayó al extremo, al suicidio, a la depresión, al descuido total de mí, de alimentarme, de cuidar de mi esposo, de todo. Quería morirme, quería de alguna manera llamar la atención para que me ayudara alguien. El comité me estaba apoyando, pero no era suficiente. Mi hijo estaba muerto y luego lo iban a cremar, para mí era algo inhumano.

La fundación tenía el caso, pero me indignaba, me daba mucha cólera el saber que había autoridades y no me ayudaban. En cancillería me dijeron que el caso estaba estancado.

Después de decir yo que ya lo íbamos a traer, vi cómo todo lo fueron retrasando. Yo lo quería aquí ya, pero todo el proceso de repatriación duró tres años y 10 meses. Él vino el 6 de febrero de 2015.

No creo que fuera por motivos de salubridad. A México le conviene y le ha convenido siempre cremar a la gente para borrar toda evidencia. Mi hijo vino en una caja grande, porque así lo pedí, porque mi hijo era alto. Me iba a impactar mucho que viniera en una cajita. Yo en México pude reconocer a mi hijo todavía, por sus pies, por sus dientes, por su rostro, por sus huesos.

A mí eso me hizo tener un poco de paz. Un poco, porque la partida de mi hijo se llevó una parte tan grande de mí. Le dimos sepultura, más que todo yo lo hice como una despedida. él tuvo muchas flores, le regalaron muchos ramos y aquello fue un jardín. Lo que yo deseaba para él. Después de la repatriación yo sentí menos peso. Ya puedo ir a verlo. Doy gracias a Dios, porque sé donde está.

ENTRE EL 1.º DE ENERO Y EL 24 DE MAYO, 272 personas han muerto en un intento por migrar en América, de acuerdo con el Proyecto de Migrantes Desaparecidos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). De esas muertes, 110 se registraron en México. Pero pueden haber sido muchas más: “Desde 2014, más de 4,000 muertes se han registrado anualmente en rutas migratorias en todo el mundo. Sin embargo, la cantidad de muertes registradas representa solo una estimación mínima, porque la mayoría de las muertes de migrantes en todo el mundo no se registran”, dice el informe.

Las constantes peticiones de información sobre migrantes no localizados a México obligó a instituciones de la sociedad civil, como COFAMIDE, a reclamar a este país herramientas más accesibles para colocar denuncias. Así nació en 2015 el Mecanismo de Apoyo Exterior Mexicano (MAE).

Con esta herramienta, los familiares de migrantes desaparecidos de Guatemala, Honduras y El Salvador ya pueden colocar, en las respectivas embajadas, una denuncia por desaparición sin tener que viajar a México, siempre que el último contacto con la víctima haya sido en ese país. Es una forma más directa de pedir a las autoridades mexicanas que activen la búsqueda.

Desde 2016, el MAE ha recibido 40 casos y ha ubicado a tres personas a quienes, solo por nombre, se ha hallado por medio de una orden de deportación. Aún hace falta la confirmación de identidad. “Lo que hay que ver es que este es un mecanismo que nació impulsado por los mismos familiares, es una respuesta que la sociedad civil buscó. Ha sido un logro de los familiares”, explica Elena Beltrán, de la Fundación Justicia y Estado de Derecho (FJEDD), que es el organismo que ha asumido la representación de los demandantes ante el MAE.

Para Luis, de COFAMIDE, las herramientas como esta van a ser siempre bienvenidas. Sin embargo, el problema es otro. En cada viaje que han hecho a México como institución, ha sido usual encontrar salvadoreños retenidos en estaciones migratorias o detenidos en delegaciones que no se han podido comunicar con sus familiares, a veces, en meses. Y esos familiares tampoco han levantado ninguna alarma. “Es gente que prácticamente tiene a un desaparecido y no denuncia; no lo hacen por amenazas, porque tienen miedo, porque el coyote es el mismo vecino, por un montón de cuestiones en las que está el verdadero problema de la migración actual: la gente no se siente segura”.

No se queda ahí, después de más de 15 años de andar buscando migrantes no localizados, a Luis todavía le queda margen para el asombro. Hay familias que, pese a tener un miembro desaparecido en la ruta migrante, deciden seguir ese mismo camino. “La gente está desesperada. Aquí no vamos a dejar de buscar a nadie, hasta que encontremos aunque sea los huesitos, pero sabemos que la solución no es esa”.

378 fotos impresas

María Estela Valladares

Mi nombre es María Estela Valladares. Busco a mi hijo: William Ernesto Quinteros. Se fue el 22 de julio de 2006. Y llegó a Estados Unidos el 25 de agosto. Estuvo un año y cuatro meses en Estados Unidos, ahí en Maryland. Él estaba trabajando en un restaurante como el que pasaba con azafates, porque todavía no hablaba inglés.
Un día me llamó para decirme que iba a salir con la novia que él tenía. “Vamos a ir a patinar en hielo”, me contó. Y yo le dije que tuviera cuidado, que él no sabía hacer eso. Y me dijo que me quedara tranquila. Esa noche, la muchacha regresó sola en el carro. Él ya no volvió.

En ese mes, mi hijo me había mandado una caja con un gran montón de cosas. Y entre todo lo que mandó se le había venido una agenda.

Mire, yo le llamaba y le llamaba, y el teléfono nada. Cuando él ya no me contestó, me desesperé. Y yo no sabía qué hacer. Después me acordé de la agenda, y comencé a llamar a esos números. En una de tantas me respondió un muchacho y me dijo: “Señora, yo quería hablar con usted pero no hallaba cómo”. Le pregunté que por qué . Y me soltó: “William ha desaparecido. Es que lo hemos buscado y no ha llegado ni al trabajo, ni a su casa, ni al cuarto que él alquila”. Ahí sentí la muerte.

Primeramente, yo me fui a la policía, a la INTERPOL. Ahí hicieron de que estaban buscando, pero solo me dijeron que estaba raro el caso, porque no lo hallaron ni en cárceles, hospitales y todo eso. Después, fui a poner la demanda en cancillería, en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Fui a la embajada. Por todos lados anduve y no le ponen cuidado a uno.

Estaba bien mal yo. Cuando vi que nadie me lo buscaba, empecé a hacer cosas. Mi hijo, en lo que estuvo allá, me mandó 378 fotos, así, en papel. Y, mire, yo a cualquiera le daba esas fotos de él para que me ayudaran a buscarlo.
Entregué muchas fotos. A mí me agarró feo de entregar fotos por todos lados. Yo, como que era loca, venían amistades y les decía “llévenme esta foto para allá”, para buscar a mi hijo.

Ahora me dicen que lo hice mal, porque, a veces, hay gente que solo por maldad se mueve.
Él me mandaba esas fotos, porque yo le decía que así me gustaba tenerlas, que me gustaba verlo. Y mire, pues, ahora me que quedado solo con unas ciento y algo. Siempre ando algunas, para verlo. Como le digo, me agarró feo de andarlas regalando, pero fue porque yo quería sentir que alguien me ayudaba a buscarlo.

Él se fue porque aquí trabajaba en un restaurante y salía a las 2:30 de la mañana. Y en el día daba clases de pintura, porque él es pintor en arte. De ver él que se trabajaba tanto y no se hacía nada, se dejó dar garabato de que allá en horas ganaban bastante dinero. Pero de ganar dinero a perder la vida, imagínese. Bueno, no quiero pensar así. Sigo pidiéndole a Dios que no sea así. Primeramente Dios que nos reencontremos.

El mensaje que les quiero dejar es que quiero saber qué paso con mi hijo, porque es una zozobra para uno. Yo he pasado mal este mes de mayo, he pasado pensando en mi hijo, en que él siempre tenía un detalle muy bonito cada Día de la Madre. Él me daba sorpresas. Y hoy ya no lo tengo.

11 años y ocho meses para verla volver

Santos Paulino

Mi nombre es Santos Paulino. Y ya no busco, porque, lastimosamente, ya encontré fallecida a mi esposa. Ella viajó en 2006 para Estados Unidos. Cuando llegó a la frontera de Houston, Texas, con México, me habló. Me dijo que era la última vez que me llamaba, porque el destino de ella era New York y ya al salir de la frontera de México, ya no iba a tener comunicación conmigo, hasta que llegara a su destino.

Me dijo “en 10 días estamos allá”, porque así les había dicho el coyote. Pasaron los 10 días, después 15 días, se llegó al mes y nosotros no sabíamos nada. También iba un pariente de ella, y esa persona sí llegó. Él dijo que mi esposa se había quedado en el desierto.

En julio, fui a cancillería, puse la denuncia. La tomaron y todo. Me dijeron que inmediatamente me la iban a buscar en vida; en asilos, en albergues, en cárceles, en hospitales. Incluso en hospitales psiquiátricos. Pero nunca encontraron nada. En las instituciones de gobierno, como no son ellos los que tienen un familiar desaparecido, a ellos no les importa, a ellos les vale todo. Ellos dicen: “Sí, nosotros buscamos”. Pero por mí experiencia y la de otros familiares, no los buscan.

Así pasaron los años y nada. En 2009, fue el acuerdo con el Equipo Argentino de Antropología Forense y les hicieron pruebas de ADN a mis hijos. Nosotros nos sentimos agradecidos, porque yo lo que quería era llegar a la verdad. Para ya no estar con esa angustia y desesperación.

El 25 de diciembre de 2012, seis años después de haber hablado con ella la última vez, mi esposa fue encontrada en el desierto, ahí falleció. En el informe que me dieron los científicos antropólogos decía que ella falleció de un ataque al corazón. Quedó fulminada ahí, y, de ribete, se la comieron los animales feroces del desierto, solo quedaron los huesos.

Pero no crea que me notificaron en esa fecha. A ella me la recogieron en el condado de Houston, Texas. Y se la llevaron a una morgue en la que estaban otros 500 esqueletos de personas migrantes desaparecidas de toda Centroamérica y también de México. Ahí estaba mi esposa.

Ir verificando pieza por pieza el cuerpo fue bien difícil para el grupo científico. Yo fui notificado hasta el 8 de marzo de 2016 del hallazgo por medio de cancillería. Cuatro años después de localizada fallecida. Me dieron la información a mí y a mis hijos, pues ya ellos prácticamente estaban solteritos, hoy ya mi hija tiene 22 años y mi hijo tiene 18 años. Nos dijeron en cancillería: “Se la encontramos”.

Me preguntaron que cómo quería la repatriación. Me volvieron a decir que no venía el cuerpo completo, venían partes, huesitos, pues. Pedí velarla en mi casa, la quería tener en mi casa una noche más y después el entierro. “En tres meses se la repatriamos”, me dijeron.

Pero a las autoridades salvadoreñas no les importa nada. Juegan con los sentimientos de las personas. Se cumplieron los tres meses y nada. Yo estaba preparado, tenía hasta dinero que me habían prestado para el velorio y nada.

Ahí es donde nosotros los que tenemos un familiar desaparecido sabemos que a las autoridades no les importa. Pasó un año y cuatro meses y todavía no la traían. Ahí yo me cansé y les dije a mis hijos que eso así iba a quedar, que ya no iba a preguntar más, porque mi familia estaba sufriendo.

Cuando ya no esperaba nada, me la repatriaron. Vino el 15 de octubre de 2018. Pasamos a pura mentira por un año y ocho meses. En total, desde que ella se fue de la casa y que me la regresaron pasaron 11 años y ocho meses de dolor y sufrimiento por la desaparición.

Hemos pasado con mis hijos una situación económica difícil. Mi hija hace cinco años terminó el bachillerato. Ella quiere ir a la universidad. Pero yo no tengo la capacidad. No tengo lo necesario. No tengo un buen sueldo para darle estudio a mi hija. Si yo hasta noveno grado llegué. Mi hijo ya salió también de bachillerato.

A él sí lo tengo estudiando en la Universidad Nacional. Pero no es porque yo tenga dinero, sino que ahí voy viendo como darle el estudio. He buscado quien me apoye, al menos con el estudio de mis hijos. Pero, hasta el momento, no hemos recibido nada.

Mi hija tiene toditos los recuerdos de cuando mi esposa se fue y se despidió. Aunque ha recibido talleres psicológicos, todavía le marca. Cuando viene el Día de la Madre, cumpleaños de ella o para Navidad siempre se me pone mal.

Así quedamos nosotros, mal en todo. ¿Usted no sabe de algún lugar en donde puedan ayudar a mi hija a seguir sus estudios?

Palabra clave: caballo

Omar Jarquín

Mi nombre es Omar Jarquín. Yo busco a David Alexánder Jarquín Pineda, mi hijo. Se fue en mayo de 2014, a los 24 años. Hoy tendría 29 cumplidos. Era la segunda vez que se iba. Ya lo habían deportado de Estados Unidos.
Esa segunda vez, se nos ocurrió poner una clave para distinguir cuándo me estaba pidiendo dinero él o alguien más. Quedamos en que, en la plática, me iba a preguntar por el caballo.

Cuando estaba en un municipio que se llama algo así como Zapata, ahí en México, me habló y me dijo: “Papá necesito que me mandés unos $300”. Le dije que no tenía y le ofrecí $150. Me dijo “vaya, está bueno”. De ahí empezó el problema. Fui a dejar el dinero al banco en la mañana, ya en la tarde me estaba hablando el coyote: “Hola. ¿vos sos el papá del muchacho tal?” Y me decía que yo me había equivocado de nombre en el banco, que no podían sacar el dinero. A mi hijo el coyote salvadoreño con el que iba me lo dejó. Y para llevarlo hasta Reynosa, otras gentes le pedían otros $500. Le dije que se los iba a mandar.

Cuando ya estaba en Reynosa, fue que me llamó. Le pregunté que cómo estaban las cosas ahí, pero cuando le dije así, me acordé de preguntarle si ahí no había caballos. Me dijo “no papá, no te preocupés. Todo está tranquilo. Ya mañana me pasan para ir a otro lado y dentro de cinco días yo te hablo, cuando ya esté donde José”, que era el primo que lo iba a recibir en Estados Unidos.
Ya pasaron cinco años de eso.

Para que mi hijo viajara tuve que hipotecar una casa que se perdió, me deshice de una camioneta que se tenía. Presté dinero. El caso es que yo invertí de unos $8 a $10 mil y, al final, no es el dinero que se juega. Yo quisiera saber dónde está el muchacho.

Todo el que viene de Estados Unidos, viene contando grandezas, cuenta cosas bonitas. Pero no cuenta los problemas. El viajar de las personas es para buscar una mejoría. Es un sueño que se persigue, que en algún momento dado quiere apoyar a la familia.

Ahora, mi esperanza es la siguiente: mientras no me entreguen los restos de mi hijo, los huesos, yo lo voy a considerar vivo y lo voy a buscar vivo.

El Tacuscalco y el Espíritu Santo

Hablando de patrimonio cultural, esta vez me refiero al tema de Tacuscalco y a la ciudad de Corinto, departamento de Morazán, donde se encuentra la cueva del Espíritu Santo. Aludo a ellos como temas de mi vida como escritor, los dos casos. Explico: desde niño escribí poemas, y a los 28 años me pasé a la novela. Todo porque me encontré una carta de don Pedro de Alvarado dirigida a Hernán Cortés, que jamás la había visto incluso en mis estudios superiores, llamado Doctorado de Jurisprudencia y Ciencias Sociales.

En esa carta supe de Tacuscalco, que me inclinó a escribir mi primera novela: “El valle de las hamacas”, publicada en la editorial donde a García Márquez le habían aceptado publicar la primera edición de “Cien años de soledad”, cuatro años antes.

Aunque también tuvo que ver mi madre: “Verba volant scripta manent”, me decía, porque el poema despierta emociones constructivas; la palabra de la novela revela realidades cambiantes. De ahí proviene mi pesar por la destrucción de Tacuscalco, bajo silencios inexplicables.

Pero veamos la carta de Alvarado refiriéndose a Acaxual (Acajutla) y Tacuzcalco (¿Izalco?) que me introdujo al oficio de novelista. Alvarado, una personalidad sicopática, describe sus matanzas. Su mismo jefe, Hernán Cortés, lo acusó y lo envió como castigo al sur, porque había asesinado a los príncipes aztecas de Tenochtitlán, dejados bajo su custodia mientras Cortés iba a Veracruz a sofocar una rebelión.

Alvarado pasó por Guatemala para llegar a El Salvador de hoy, zona occidental y central, con tres mil años de cultura náhuat-pipil. Según escribe Alvarado, se encontró con guerreros protegidos con chalecos de algodón, pero vulnerables al guerrear con hombres a caballo, ballestas y armas de fuego. Las frases de la carta las cito entre comillas, pero recreadas para mejor comunicación del castellano de la época (contenido exacto buscarlo entre paréntesis en páginas 135 y 141 de mi novela citada).

“Ninguno salió vivo, caían al suelo, no se podían levantar debido a sus casacas de algodón que les llegaban a los pies, atacaban cargados de lanzas, flechas y arcos… caían y les era difícil levantarse; y nuestra gente los mataba a todos”. También narra el famoso flechazo que lo dejó cojo para siempre: “Me dieron un flechazo que me pasó la pierna y quedé lisiado, con una pierna más corta que la otra”. Continúa insistiendo “… ahí se hizo una gran matanza y castigo”. Luego se encaminó a Miahuaclán y después a Atehuán, y luego a Cuscatlán, donde sus señores le “enviaron mensajeros y yo les pedí que fueran mis vasallos y se pusieran al servicio de su majestad, o serían esclavizados; sin embargo, ellos me recibieron con todo el pueblo alzado, pero como conocían ya nuestros poderes se fueron a las sierra”.

Desde la sierra dijeron que “si quería avasallarlos y someterlos que ahí me esperaban con sus armas”. Continúa: “Entonces los vi como traidores y ordené dar muerte a los señores de Cuscatlán que estaban en mis manos”. Sin embargo, “nunca los pude someter, pues toda esta costa del sur es muy montosa y por eso acordé volver a Guatemala donde hay mejor condición para conquistar, pacificar y poblar”.

Este fue mi impulso para dejar el poema y optar por la novela. Tacuscalco me hizo reflexionar ¿hasta dónde desconocemos o sobreestimamos nuestras señales de identidad, nuestra historia, que para muchas sociedades son sagradas? Para muchos tiene importancia, pero la generalidad no asume esa inspiración de identidad, no se advierte el significado de valores: costumbres, pasado, dramas, para evitar que las tragedias se repitan. Porque las épicas inspiran para ser mejores, las riquezas históricas originarias sensibilizan al ciudadano.

También explico por qué aludo a la cueva del Espíritu Santo, ciudad de Corinto, departamento de Morazán, con sus pinturas rupestres como patrimonio nacional, por testimoniar más de diez mil años de existencia lenca en un área limitada con la náhuat-pipil por el río Lempa. Significa que la cultura lenca penetra el norte de Chalatenango, aunque su mayor representatividad está en la zona oriental, con sus peculiaridades, incluyendo idioma, que por nuestros vacíos casi se ha perdido; a diferencia del idioma náhuat en proceso de rescate.

Antes he dicho que comencé a escribir desde el nivel básico, cuarto grado; pero fue en el nivel medio cuando inicié el aprendizaje de la poesía tal como se expresaba en países avanzados en literatura. Mientras en mi medio, San Miguel, solo se conocía la poesía romántica de los años veinte, escrita especialmente en Colombia y México. De mi parte, como lector precoz descubrí una poesía contemporánea, de Asunción Silva, Barba Jacob, hasta conocer en segundo de bachillerato a Pablo Neruda y a García Lorca.

Estos fueron clave para escribir sin más mentores que mis lecturas mínimas, y lanzarme como escritor desde mi ciudad natal. Me atreví a competir con los poetas mayores: “Canto a Huistaluxilt”, publicado precisamente en LPG. Trata del jefe lenca que para no caer prisionero prefiere suicidarse lanzándose al cráter del volcán Chaparrastique (primer tercio del siglo XVI, San Miguel fue fundada en 1530).

Por eso en mis redes sociales escribo de las cuevas del Espíritu Santo, en Corinto, testimonio de cultura lenca milenaria, más antigua que la maya y la pipil. Y lo triste: esas pinturas están siendo borradas por el descuido, pese a que pueden compararse a las pinturas de la cueva de Altamira, España, atractivo de turismo mundial. Más que indiferencia deberíamos sentirnos desafiados a sensibilizarnos ante las señales de identidad para rebuscar nuestras raíces que de verdad nos hagan sentir orgullosos. Apelar a una formación nacional de calidad asumiendo esos valores. Tendríamos mejor inserción planetaria.

Porque en el desarrollo hacia la meta económica y política no puede estar ausente el elemento cultural, que no implica contradicción con el hecho de ser consumidores de tecnología. Con un siglo XXI, que ya nos come y carcome en estas dos primeras décadas. Valgan estas intuiciones educativas desde mi generación de compromisos incumplidos.

El Chaparral, monumento al fracaso

Es como avistar un ave en peligro de extinción. El Estado rara vez aparece en áreas inhóspitas como las montañas del norte del país. Su presencia se limita a escuelas precarias y unas cuantas calles pavimentadas. Y cuando se asoma lo hace para mal, usualmente para hacer más complicada la ya complicada existencia de la gente. Eso ocurrió con el fracaso al que han denominado “El Chaparral”. El Gobierno llegó al norte del departamento de San Miguel para edificar una central hidroeléctrica. El plan implicaba reubicar gente, talar parte de un territorio boscoso y cambiar el paso del río Torola. La idea generó recelo desde el primer momento en las comunidades y en el padre Antonio Confesor Carballo. El Gobierno fue visto por los moradores de aquellas montañas como un ave de mal agüero.

Muchos los tildaron de locos por oponerse “al desarrollo” y a un “proyecto de país”. Algunos de estos pobladores ni siquiera tenían energía eléctrica en sus casas. Eran los últimos meses del año 2008. El tiempo les terminó dando la razón. Si algo ha quedado claro en la década que ha transcurrido desde que empezó el proyecto es que todo fue un fiasco. Desde los estudios previos durante las administraciones de ARENA, el inicio de la construcción en la presidencia de Antonio Saca, hasta los dos periodos consecutivos del FMLN. Un millonario fiasco que representa muy bien al Gobierno salvadoreño, sin distinción. En un inicio, la obra costaría $219 millones, pero ha terminado valorada en $400 millones, y con un caso abierto en la Fiscalía General de la República (FGR), relacionado con presuntos actos de corrupción.

La primera vez que fui al sitio donde construyen la represa era mayo de 2010. Un funcionario de la CEL decía, confiado, que El Chaparral comenzaría a funcionar a mediados de 2012. Las lluvias de la temporada comenzaban a llegar con más frecuencia a esos cerros apartados. Era un día gris y una leve llovizna inició a las 4 de la tarde. Un campesino llamado Porfirio Díaz observaba el ruidoso ir y venir de las máquinas en esas montañas donde siempre había reinado el silencio. Había algo de tristeza en su mirada. La CEL le ofreció reubicarlo y construirle una casa, pero prefirió quedarse cerca de donde vivía. Compró unos terrenos en un cerro cercano y miraba como las montañas donde había vivido eran heridas por la maquinaria.

Regresé al sitio un mes después y todo era distinto. La actividad era casi nula. Aquello era la crónica de un abandono. Un italiano fanfarrón de la empresa italiana Astaldi explicaba que el cese de obras se debía a que las fuertes lluvias de la tormenta tropical Agatha habían inundado todo y que la montaña de un margen de la presa se estaba moviendo. Un argumento que en la misma junta directiva de la CEL nunca tuvo mucha validez. Ese sería solo el comienzo de un penoso litigio que conllevó el paro de las obras, el supuesto pago de sobornos para rescindir el contrato en la administración Funes, el rediseño de El Chaparral, que el costo –ya caro desde el inicio para una generación de 66 MW– fuera incrementándose, y que más de una década después aún no exista una represa.

No hubo ni una sola mención a El Chaparral en la presentación del informe “El Salvador productivo, educado y seguro 2014-2019” del presidente Sánchez Cerén. Un fracaso no solo de esta administración sino de, por lo menos, las últimas tres. El costo final del proyecto es un insulto a la ciudadanía. En un país con tantas necesidades, con tanta hambre, se debe cuidar hasta el último de los recursos disponibles. Es una burla para los habitantes de San Antonio del Mosco, Carolina, San Luis La Reina y todo el país. Ahora se proyecta que la obra esté lista a finales de 2019. Si es que se termina algún día, El Chaparral debería de llevar una placa que ilustre que se logró su construcción a pesar del mismo Gobierno.

La pérdida del espacio público

Por los medios de comunicación supe de la triste muerte esta semana de la corredora apuñalada en Santa Elena el 23 de abril, María Olimpia Escobar. Sin conocerla personalmente sentí cierta identificación con ella por también ser corredora, mujer y por tener casi la misma edad.

Recordé antes en mis idas al país buscar espacios comunes para correr y que era difícil encontrarlos; me metía al campus de la UCA para correr en la pista de atletismo o llegaba al parque de la colonia Maquilishuat para dar vueltas en esos caminos encerrados y, otras veces, me resignaba a hacer ejercicios dentro de la casa. Nunca me atrevía a salir a correr sola en las calles por llegar siempre de pseudoturista, haber perdido el contacto directo con la cotidianidad del país y no poder evaluar bien el peligro real que implicaba ocupar el espacio público.

Hoy cuando llego a El Salvador siempre siento que asumo un miedo prostético prestado de los demás y nutrido de medios artificiales, de las noticias y avisos públicos. Confío siempre en los que conocen bien el país y viven permanentemente ahí para saber si en cierta zona se puede andar sola, si se puede ir de pie, si ir en taxi, o en carro para hacer algunos mandados. Evalúo el riesgo de viajar a ciertas partes del país y la gente siempre me recuerda que el tráfico es agresivo, que puede haber una llanta pacha u otro inconveniente inesperado. Hay amigos que me recomiendan solo salir a lo más necesario y dicen que ya no se puede andar por placer o de paseo en El Salvador. Lo tomo en cuenta y cuando salgo siempre entiendo que no hay ninguna garantía de seguridad en la ciudad ni en el país.

Algo más que noto al leer sobre el caso es la jerarquía que se establece entre los traumas en El Salvador. Por ejemplo, entre los pésames que se le dieron a la familia estaban los comentarios de los que percibieron la noticia principalmente a través de la clase social.

Recordaban que hay gente humilde que a diario sufre: “Gente humilde que a diario es asesinada, extorsionada y desaparecida en ciudades como Mejicanos, Lourdes, San Martín, Ciudad Delgado y toda la zona donde vivimos los plebeyos…”. El comentario sugiere que escribir sobre esta muerte y sentirse indignado por ella es en cierta forma una negación de las muertes de la gente humilde en el país y de la inseguridad que se vive a diario en otras zonas.

Quizás es verdad que representar públicamente la muerte de una persona o de cierta experiencia traumática implica no representar otro trauma o muerte, pero el problema con esta manera de ver las cosas es que hace de los traumas una competencia entre lo que se representa y lo que se deja al olvido.

Elimina la posibilidad de diálogo sobre el sufrimiento de diferentes grupos de personas en el país, entre la gente humilde y la gente con más recursos y entre la violencia que sufren los hombres y las mujeres. En fin, la muerte de esta mujer es una trágica e innecesaria muerte más que confirma que avanza la crisis nacional de la pérdida del espacio público. Sin darnos cuenta se ha perdido lo que era propio. La calle y el derecho de transitarla con seguridad ya no son nuestros.

Carta Editorial

La que presentamos en esta edición es la quinta entrega que aborda el drama de las personas desaparecidas. El último domingo de cada mes está dedicado a los ausentes y a quienes los buscan. Esta vez, está enfocada en un grupo altamente vulnerable: los migrantes.

Este colectivo ha sido invisibilizado. Las instituciones de este país no han sabido encontrar el camino para ofrecer a los familiares formas ágiles de denuncia. Cuando se trata de una desaparición, el tiempo es fundamental, y aquí se pierde demasiado, porque se desconoce adónde ir, qué llevar y qué esperar.

La angustia en la que viven los familiares es indescriptible. Y además de eso, los casos de desaparecidos en tránsito deben hacerse sentir también en función de los delitos que se esconden en cada uno de esos rostros. Si no se investiga, los abusos jamás se van a detener.

Tal y como funcionan hoy las instituciones, detrás de cada desaparecido hay un grueso manto de impunidad que permite que todos los días más y más y más personas pasen a ser víctimas en esa misma ruta.

El tema de la migración irregular está plagado de espejismos, como el de un Estado que jura que hará esfuerzos por detener el flujo de personas que se van, cuando, al mismo tiempo, no puede prescindir de ese enorme aporte que significan los dólares que envían los que llegan a destino.

Cuando, además, limita el mensaje a campañas de información y descuida lo más importante: la gente no se va porque no sepa los riesgos del camino, se va porque no encuentra aquí oportunidades para llevar una vida digna. Un país pequeño como este debería estar más interesado en ofrecer a sus habitantes suficientes opciones de crecimiento.

Este reportaje apunta hacia un lugar en común con las otras entregas. En la búsqueda, los familiares resienten la soledad, el abandono y la falta de empatía que reina en las instituciones que deberían velar por el cumplimiento de los derechos humanos.

«Me da miedo vivir sin dejar huella»

Si fuera a vivir su vida a tope ¿de qué sería lo primero de lo que tendría que deshacerse?

De los miedos. Son los que muchas veces nos limitan a vivir y ser felices.

¿Cuál es su miedo más grande?

Vivir sin dejar huella.

¿Cuál es su lema?

Todo tiene solución. Soy muy optimista y siempre trato de transmitirlo.

¿Cuál sería su empleo perfecto?

Mi actual empleo. Siempre me apasionó el mercadeo y la publicidad, por tal razón decidí iniciar con mi propia agencia.

En mercadeo y publicidad, ¿cuál es el problema más difícil de comunicación que ha tenido?

Cambiar lo que la gente está acostumbrada a hacer, es decir, sus hábitos.

En el mundo digital, ¿qué obstáculos ha encontrado?

El miedo de la gente a experimentar cosas nuevas. Todos queremos que el país evolucione, pero pocos estamos dispuestos a cambiar nuestros hábitos para lograr evolucionar e ir a la vanguardia.

¿Qué piensa de la tendencia de mercadeo que se basa en experiencias?

Me parece el mejor mercadeo para vender. Los consumidores ya no solo buscan productos o servicios, buscan experiencias que les hagan sentir emociones.

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (14)

TENGÁMOSLO PRESENTE

Las palabras no cumplen su misión si no están asistidas por la benevolencia de sus ecos.

NOTRE DAME ARDIENDO

Dicen que lo predijo Nostradamus; pero esto solo pudo predecirlo un soplo de aire negro que se coló por la primera rendija del milenio.

SABOR GLOBAL

Ahora el mundo tiene vocación de galaxia y sus platos servidos son la fusión de todas las fantasías cardinales.

FUSIÓN DE ALIENTOS

Y basta con pensarlo para que nos sintamos por enésima vez la pareja perfecta.

HABLA EL PROFETA

Enciendan por favor sus aparatos electrónicos para poder oír esa voz que ha venido rodando de desierto en desierto.

BUEN DÍA, CHOCO ALBINO

He llegado esta vez para reencontrarme con tus libros más fieles, mientras afuera el viejo San Salvador nos abre su ropero de imágenes.

LÓGICA NATURAL

Si todos los caminos llevan a Roma lo natural entonces es que todos los jardines tengan salidas al Paraíso.

MANUAL DE PROMESAS

Lo escribimos a diario para que ningún día se nos vaya a olvidar que el amor es la suma sin fin de los momentos prometidos.

UN CAMINO ENTRE ORQUÍDEAS

Es el que lleva a todas las ventanas del espíritu.

TIEMBLA EL 8 DE ABRIL

Ese día nació y murió María Félix, y es como si los astros se hubieran entendido para concelebrar a su mejor estrella.

MEMORIA.COM

El password es una copa anónima de vino proveniente de las viñas más fértiles de la propia experiencia indescifrable.

CUENTAS ALEGRES

Las hacen todos nuestros sueños con la ilusión de despertar en alguna comarca del terruño escondido entre las sienes.

CON OLOR A NARDO

En esta época sobrecargada de alevosas vibras hay que traer los nardos saneadores para que limpien con su aroma sagrado todas las estancias.

CUANDO LLEGA EL INVIERNO

No hay cristal que resista las avanzadas amorosas de las nubes que buscan compañía.

UNA LÁGRIMA BASTA

Todo lo que tenemos como seres en clave de animación circulatoria es un pequeño río que espera la señal para hacerse visible.

AYER EN BROADWAY

Todas las luces se quedaron quietas viendo pasar la caravana que llevaba en andas a Rodgers & Hammerstein, a los compases de The Sound of Music.

MAÑANA HABRÁ COMETA

Lo dicen los espejos congregándose en torno al tragaluz más próximo.

CAMPIÑA SIEMPRE JOVEN

Aunque pasen los años, desaparezcan los ferrocarriles, los patios olvidados echen moho y los niños de entonces ya duerman en un álbum de recuerdos…

FICCIÓN DE INVERNADERO

Los antiguos rosales cantan gloria porque ninguno de sus pétalos les ha sido infiel.

SALARRUÉ MIRA HACIA LA CALLE

Y como estamos en lo alto de la pequeña cordillera, los celajes lo toman de la mano como a su amigo más seguro.

EL MAR ESTÁ A LA VUELTA

No de la esquina, sino del anhelo.

EL AZAR NO FALLA

Y la mejor prueba de ello es lo que resultó de aquellos días que no llegaron a ser semana en los que estuvieron activos los brotes entusiastas de la creación.

EN EL OLIMPO

Todas las noches son de fiesta; lo único que cambia es el reflejo de la luna en la memoria de los dioses.

UN VITRAL CLANDESTINO

Lo descubre la aurora cada día, y de inmediato lo coloca en su página web para que sea del dominio público.

CERRAR CAPÍTULO

Es lo que hace el desvelo cuando las golondrinas en bandada llegan a refugiarse en su alero durmiente.

TE DOY LAS GRACIAS

Y la mejor manera es albergar mi sien entre tu almohada.