Carta Editorial

El pobre acceso a justicia que es norma en este país se construye todos los días, de a poco, en historias como las que ocupan el reportaje de esta edición. Se trata de todo lo que le sigue a la renuncia de un perito de investigación de la Policía Nacional Civil.

Este texto no va acerca de explicar una decisión personal; es acerca de un sistema para el que las renuncias de miembros de la corporación policial con comunes, y aun así no ha podido establecer un mecanismo que proteja los procesos y garantice lo básico al margen de las acciones individuales. Esto, que sucede con frecuencia, no ha generado en las instituciones involucradas ningún cambio que elimine el riesgo.

Una adolescente de 13 años fue acosada por un hombre mucho mayor que ella. Pese a que esperó un tiempo, la víctima fue apoyada para colocar una denuncia y se sometió a todos los exámenes para respaldar lo que decía. Ella hizo todo lo que debía en función de ser escuchada y validada. En el juzgado, sin embargo, la renuncia del perito que se había encargado de recolectar todo y que debía pasar a la sala como testigo se hizo sentir.

No hubo quien pudiera relatar cómo habían formado el historial telefónico de la víctima junto con el del acusado. Un elemento que era clave ante juez.

Entre el esfuerzo de una adolescente por buscar justicia, hasta la desesperación de un perito por buscar una situación laboral digna está un problema de integración, respeto y empatía que no se está atendiendo. Hay un silencio cómplice, un desorden que solo favorece a que la impunidad crezca.

«No se cansen de querer saber más»

Si pudiera volver en el tiempo, ¿elegiría otro trabajo?

No cambiaría mi carrera, me ha permitido hacer aportes significativos en la vida de las personas desde las marcas.

¿Qué característica es indispensable en un emprendedor exitoso?

Pasión por lo que hace y por su idea.

¿Qué le emociona más de su profesión?

No existen límites, si tienes una idea la puedes impulsar tú mismo y hacerla crecer. Dominar el mundo digital es indispensable hoy y te permite tener un alcance de personas clave para lograr lo que te propongas.

¿Qué le aconsejaría a otras mujeres interesadas en su campo?

Nunca dejen de aprender, siempre estén atentas a las nuevas tendencias y no se cansen de querer saber más. Siempre busquen inspiración de afuera de nuestro país, viajen mucho y conozcan de primera mano hacia dónde está girando el mundo de la estrategia.

¿Qué espera lograr con su trabajo?

En Bitlab espero impulsar que más mujeres se involucren en el mundo “tech”, que rompan los paradigmas que las están deteniendo. Mi gran visión es construir un mejor país por medio de la creatividad desde las marcas, que pueda guiar desde mi negocio y desde mis alumnos.

¿Cuál es el problema más difícil de comunicación que ha tenido?

Las crisis en medios digitales te van a pasar tarde o temprano. Un mal comentario o una mala experiencia de un cliente se puede llegar a convertir en viral. La mejor forma de sobrellevar estas crisis es siendo honestos y sinceros.

¿A qué personas admira?

A creativas que han roto los esquemas y desde sus rubros generan conciencia a problemáticas o generan soluciones como Jessica Walsh y Piera Luisa. Otra mujer que admiro por su carisma y liderazgo es Michelle Obama. He tenido la oportunidad de estar presente en ponencias de las tres y ha sido superinspirador.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (217)

1774. HAY QUE SABER SOÑAR

La temporada de lluvias nos tomó desprevenidos, y los planes que teníamos para el par de semanas finales de la temporada seca tuvieron que quedar en la gaveta, con muchos costos prepagados. Y es que aquel año el clima parecía haber perdido todo autocontrol, hasta el punto que el sol y las nubes parecían almas en pena. Y nosotros nos pusimos a la defensiva, por si acaso. Como de alguna manera había que aprovechar el asueto programado, nos sentamos en el corredor posterior para ver qué podíamos hacer. Nos miramos. La sonrisa se nos dibujó por dentro, y cuando salió al aire ya teníamos la manos unidas. No había necesidad de hablar. Ambos tuvimos al unísono la sensación de que el tiempo nos estaba invitando a una segunda luna de miel, en casa. Suspiramos emocionados. No hay temporal que por cielo claro no venga.

1775. DESPERTAR ENTRE PÉTALOS

Aquella había sido una unión arreglada por los progenitores, que eran grandes amigos desde siempre, allá en el vecindario de gente acomodada por tradición. Ellos, Marga y Fermín, crecieron juntos, pero sin que nunca surgiera entre ellos algún indicio de atracción sentimental. Se fueron a vivir a un apartamento rentado por sus padres, que de inmediato comenzaron a exigirles descendencia. Lo que estos no sabían es que ellos jamás se habían tocado. Pero de repente algo comenzó a cambiar en la extraña intimidad que compartían. Un amigo en común les regaló una perrita pastora alemana, y eso lo cambió todo. Ellos fueron donde sus padres y les exigieron una casa por pequeña que fuera pero con jardín. Y la primera noche mientras Alba dormía, ellos hicieron el amor. Y al día siguiente despertaron cubiertos de pétalos.

1776. AQUÍ ESTAMOS, A BORDO

«¿Qué será que el vuelo no despega, cuando ya tenemos más de una hora de estar ubicados todos los pasajeros y de hallarse el avión en la pista?» Se lo preguntó a la azafata, que le respondió con una sonrisa enigmática: «No se preocupe, estamos a tiempo». Ella miró su reloj de puño, que había sido el último regalo de su esposo recién fallecido en un accidente de motocicleta mientras se desplazaba a gran velocidad por un terreno montañoso. Siguieron pasando los minutos, y ella quiso distraerse un poco abriendo su laptop. Y, aunque no había entrado en Facebook, un mensaje le salió de inmediato al paso: «Gaviota, no te impacientes. El mar está picado, y es peligroso volar en este momento. Mejor duérmete unos minutos. Yo te cuido». Sí, era él, desde su nueva latitud. No hubo sollozo, sino suspiro.

1777. ALBOR CREPUSCULAR

El calendario se hallaba colgado en la pared y ellos lo tenían a la vista a cada instante. Pero esta vez el diálogo entre los tres –ellos dos y el calendario— tuvo más movilidad emocional.

— Como la vida avanza, hay que programar –dijo él.

— Pero si uno programa, se pierde la gracia de lo inesperado –acotó ella.

— ¿Y tú qué piensas? –se dirigió él al calendario.

La hoja que estaba expuesta se quedó impávida.

— Ya ves, el calendario nos lo deja todo a nosotros –sonrió ella.

— Nos trata como a adolescentes maduros –concluyó él, devolviendo la sonrisa.

Y el calendario también pareció sonreír como un maestro satisfecho.

1778. POR LA CALLE DE ZORRILLA

Desde que estaba en Madrid haciendo su Maestría en Letras Hispánicas iba a recorrer La Castellana casi como un rito. Compartía alojamiento con unos compatriotas que también estudiaban especialidad, y sin decirlo él anhelaba vivir solo. Muchas veces había pasado frente a la boca de aquella angosta calle que iba en ascenso por el Viejo Madrid; y el nombre de la calle era evocador: calle de Zorrilla. Ese día, soleado en pleno invierno, tuvo el repentino impulso de doblar hacia arriba, y al pasar junto al restorán La Ancha no resistió la tentación de entrar. Esa misma tarde inició la búsqueda de un pequeño piso en aquella calle. Cuando se lo comunicó a sus compañeros de vivienda, uno de ellos soltó la carcajada: «¡Ya apareció el peine! De seguro sos un Tenorio solapado, y hoy estás saliendo del clóset existencial. ¡Buen provecho, mano!»

1779. EN LA ESPALDA DEL CERRO

Los caminos nacían en las tierras bajas y tomaban impulso hacia arriba. Ahí, a la par de una quebrada que iba a disolverse en el río más próximo, el Guaicume, andaba él de la mano de aquella señora que parecía una figura de tiempos remotos, pero que hablaba como los personajes de las radionovelas del momento. A medida que avanzaban la vereda se iba haciendo más empinada y más sólida, como si el terreno se sintiera inspirado por la ascensión y anhelara llegar la cumbre para animarse al salto. La señora se detuvo y el niño que llevaba de la mano le preguntó: «Carmen, ¿ya llegamos?» «Sí, niño José, ya va a poder descansar en una hamaca». Y ahí enfrente estaba la choza rústica, que no tenía puertas ni ventanas. Se detuvieron. La vereda seguía subiendo, sin mirar hacia atrás. Ellos se quedaron ahí, y de seguro siguen estando ahí.

1780. ME LO DIJO JUAN RUIZ DE TORRES

Conocí a Juan sin proponérmelo, como ocurre casi siempre en el mundo de las letras que vuelan alrededor. No era aún la época de las redes sociales, y ya no recuerdo si él me envió alguno de sus trabajos o si yo le hice llegar uno de los míos. Lo cierto es que cuando contactamos, su energía creadora inagotable ya no dejó de sorprenderme. Tenía proyectos literarios a granel, y me invitó a participar en muchos de ellos. Un día de tantos, en el Madrid enerino, departíamos con nuestras respectivas esposas en la Vinoteca Barbechera, frente a la plaza de Santa Ana. Yo le pregunté de pronto: «Juan, ¿qué piensas hacer mañana?» Me miró con su expresión inquisitiva: «¿A qué mañana te refieres?» «Al único que existe: el que amanece y anochece». «Ah, pues entonces te respondo: «Voy a rasurarme, voy a salir a la calle y voy a escribir una línea, una sola…»

1781. ENTRE COMETAS

— ¿A ti cuándo te toca ir a recordarles a los mortales que existimos?

— Después de ti.

— ¡No me digas! Entonces puedes esperar sentado.

1782. HUELGA DE TAXIS

Era la noticia del día: «Los taxis de Madrid le han declarado la guerra al Uber y a sus congéneres». Y debajo una nota: «La guerra comercial ha bajado de las esferas globales a los laberintos urbanos».

El exilio olvidado

Fotografía de EFE

Descuidado, colmado de excrementos, suciedad y aves de corral, el patio trasero de una humilde casa en la ciudad tunecina de Kasserine guarda un fragmento extraviado de la Guerra Civil española. Repartidas entre la grava, bajo la sombra de un ciprés, 20 tumbas alineadas, seis de ellas profanadas, componen el único cementerio de exiliados republicanos españoles que existe en Túnez, un lugar abandonado que Efe recupera para la memoria colectiva.

“Vivo aquí desde hace 32 años, cuando llegué ellos ya estaban. Se dice que están enterrados en este lugar desde la Segunda Guerra Mundial”, explica Salah Saadly, un conductor de tanques jubilado que vigila con celo una propiedad que reclama como suya. Padre de cuatro hijas, Saadly cuenta con pesar el deterioro que ha sufrido el cementerio, convertido en refugio de borrachos y maleantes a finales de la década de los setenta, cuando los últimos extranjeros abandonaron las faldas del monte Chambi, cuna actual del yihadismo tunecino. “Antes la gente venía aquí para beber alcohol y correrse juergas, pero desde que estoy aquí nadie lo ha profanado. Hay 20 tumbas. Las hemos contado. El terreno que ves es el original del cementerio”, señala mientras observa a su pequeña nieta corretear entre las lápidas. Solo una docena de ellas conservan nombres y fechas reconocibles. Corresponden a Francois Ficher, Fernando Fuilla, Antonio Sánchez Serna, Fernando Sánchez Idez, Eligio Casal, Antonio Rodríguez Fernández, Ambrosio Martínez, Francisco Puig Suárez, José Bravo Collazo y Marcelino Llano Cotrofe. Otros dos salieron a la luz el mismo día de la visita al remover el barro que las cubría: los de Antonio Bouza Martínez y Antonio Álvarez San Pedro, ambos fallecidos entre 1941 y 1945, como el resto de los que allí descansan.

Poco se sabe de ellos, más allá de que llegaron a Túnez a bordo de la flota republicana que huyó desde el puerto de Cartagena el 5 de marzo de 1939, poco después de que cayera el frente de Valencia y con ello las mínimas opciones de resistir que le quedaban al gobierno de Juan Negrín. Uno de los últimos episodios de la Guerra Civil española envuelto aún hoy, ochenta años después, en la penumbra de la historia y en la controversia política. Argumenta el historiador español Juan Eslava Galán en su libro “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie” (Planeta, 2005), que la decisión del primer ministro de nombrar al comunista Francisco Galán jefe de la base naval de Cartagena precipitó el conflicto bélico que latía en la ciudad. Oficiales afines al coronel golpista Segismundo Casado, que en aquellos días negociaba en secreto la rendición de la flota republicana, se levantaron en armas y, junto a los quintacolumnistas, se apoderaron de las baterías desplegadas de la costa. Acosados igualmente por los Savoia-Marchetti 81, de la aviación fascista italiana –que dañó tres buques–, los barcos de guerra de la república partieron apresuradamente en busca de refugio en altamar con el joven almirante Miguel Buiza al mando. A partir de entonces, los acontecimientos se confunden.

Según los archivos del gobierno colonial francés y el diario local La Depche Tunisienne, tanto Negrín como el comandante franquista Salvador Moreno se comunicaron durante la madrugada del 6 de marzo de 1939 con Buiza. El primero para pedirle el regreso de la flota tras considerar que la sublevación estaba controlada; y el segundo, para convencerle de que continuara la navegación hasta Túnez, ya que al parecer existía un acuerdo secreto con Francia para la entrega de los barcos a las fuerzas nacionales. Horas después, los tres cruceros, ocho destructores y el submarino que formaban la flota de la república pusieron rumbo a Bizerta, vía Orán, con 4,000 marineros y soldados y 201 civiles, entre ellos siete mujeres y cuatro niños. Según las crónicas de la prensa tunecina de la época, entraron en el fondeadero de Sidi Abdalah el 7 de marzo de 1939, exhaustos pero “esperanzados por haber dejado la guerra atrás”.

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ACUERDO SECRETO CON FRANCIA

“Las autoridades francesas ya saben casi todo lo que va a suceder desde mayo de 1938. Y por eso se prepararon muy bien para acoger a la flota republicana. Cuando llegaron el 7 de marzo a las costas de Bizerta, la administración francesa, la policía, el ejército… todos estaban preparados para acoger a los buques y a los marinos españoles”, explica el historiador tunecino Bechir Yazidi, quien abunda en la idea de un pacto previo entre París y el Gobierno paralelo establecido por el general Franco en Burgos. “Impidieron desembarcar a todos los españoles que estaban en los navíos a la espera de la visita de la policía y de sanidad para ver si había casos de enfermedad. Pidieron al almirante Buiza que aceptara oficialmente las condiciones para que Francia aceptase la instalación de los republicanos”, subraya Yazidi, autor de “El exilio republicano en Túnez”, única obra dedicada a este episodio excluido de la memoria en España durante décadas.

Una vez identificados y autorizado el desembarco, la mayor parte de ellos fue trasladada en tren, en condiciones inhumanas, al campo de refugiados de Mehri-Jebbes, una antigua mina de fosfato abandonada en medio del desierto, próxima a la ciudad de Meknassi, 300 kilómetros al sur de Bizerta. El gobierno colonial francés entendió que había que alejarlos por motivos de seguridad, para evitar incidentes en un incipiente puerto internacional: “Era (algo) más que temor; piensan que vienen de una derrota militar y que su estado psicológico es un poco peligroso, ya que no tienen lazos jerárquicos con sus superiores y están armados”. También había que evitar conflictos políticos, en especial con la colonia italiana, mayoritariamente fascista: “Esos marinos representan a la España republicana, y Francia, hay que decirlo, había establecido relaciones diplomáticas con el gobierno de Franco en Burgos desde febrero. Para no crear problemas diplomáticos esperan dejar a esa gente en un lugar bien vigilado y bien aislado”, agrega el historiador. “Esa gente, que pensaba encontrar en Túnez todas las condiciones para estar bien, se da cuenta de que es indeseable para los franceses, de que el Gobierno francés está pensando en cómo repatriarlos. Pero los acontecimientos van a ser diferentes”.

Leído el último parte de guerra, Franco envía a Túnez al comandante Salvador Moreno, ya en contacto con algunos oficiales de la flota y con la Embajada de España en el país africano –que había abrazado el nuevo régimen– con la misión de recuperar los barcos. En colaboración con las fuerzas coloniales francesas, se propagó entre los refugiados que el regreso era posible, y que aquellos que se decantaran por ello podrían volver en los mismos barcos en los que huyeron, sin miedo a represalias. “La propuesta circulaba por el campo de Meknassi entre los españoles, divididos entre los que pensaban que era una oportunidad para regresar y los que pensaban que con el gobierno franquista no podía existir amnistía”, señala Yazidi. Finalmente, unos 2,200 marineros y soldados, más de la mitad de los que desembarcaron en Túnez, regresaron con el comandante Moreno.

“Vivo aquí desde hace 32 años, cuando llegué ellos ya estaban. Se dice que están enterrados en este lugar desde la Segunda Guerra Mundial”, explica Salah Saadly, un conductor de tanques

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EXILIADOS EN CAMPOS

Uno de los que optó por quedarse fue Marcelino Llano Cotrofe, tercer maquinista del crucero Libertad, rebautizado como Galicia. Nacido en 1912, hijo de un capataz del astillero de Bazán, en Ferrol, su tumba ocupa un lugar preferente junto al único ciprés de Kasserine y es una de las pocas que no han sido vandalizadas. Primogénito de una familia de 14 hermanos, ingresó en la Escuela Naval de Ferrol y fue asignado al Libertad al inicio de la década de los treinta. Miembro de la CNT, fue uno de los cabecillas de la rebelión marinera que en los primeros días de la guerra impidió que los oficiales entregaran la flota a los sublevados en el norte de África. En junio de 1939, envió una foto a su madre fechada en el campo de refugiados de Mehri-Jebbes en la que cuenta que está bien y se le ve sonriente, con un bañador y los brazos en jarras junto a un matorral. “De mi hermano, muy poquitos recuerdos”, explica Teresa Llano Cotrofe, de 88 años, la más pequeña de la familia y la única que todavía queda con vida. La noticia del descubrimiento en Kasserine de la tumba de Marcelino la desconcierta y alivia. Durante toda su vida creyó que su hermano, al que veneraba, yacía en una fosa común en algún lugar perdido del norte de África. “Me acuerdo que cuando iba de viaje nos traía unas muñecas preciosas, y que yo salía por Reyes con aquellas dichosas dos muñecas porque en aquellos tiempos había pocos medios y él era maravilloso, y poco más, porque yo siempre oía a mi madre rabiar y llorar y teníamos 50,000 líos con la guerra y con todo lo que estaba pasando (…) lo único que sé es que se marchó en el barco y que se quedó… en la roca, eso es lo que decían, no supimos otra cosa”.

Teresa rememora poco a poco, con dificultad y algo de inquietud. Revela que Marcelino, en su huida, dejó atrás dos mujeres: a Angelita, su novia de toda la vida en Ferrol; y a Isabel, una chica a la que conoció en Cartagena y a la que dejó embaraza, de la que no tenían noticias. Concluida la guerra, Isabel se presentó en Ferrol y se casó por poderes notariales. Al parecer, su hermano Celestino comenzó a ayudarle con los trámites para que pudieran reencontrarse en Túnez, pero Marcelino murió el 22 de abril de 1945, sin que se sepa la causa. En el acta de defunción simplemente se registró su profesión: delineante. “No es que me sorprenda, es que no sabía nada, no supimos más nada de él, yo no oí nada más de él en casa, nada, nada (…). Ella se marchó me parece que para Barcelona, donde está su hijo, y ya murió hace un tiempo”, relata. “Mi hermano fue a la academia militar y tuvo unos estudios buenísimos, porque mi madre, la pobre, quería que hiciera una carrera muy buena para que ayudase a sus hermanos (…), y quedó todo en nada, el pobriño desapareció y nada más. Pasamos una guerra muy dura y llamaron a todos mis hermanos. Uno de ellos trabajó en la fábrica de armas en Coruña y mi madre lloraba y decía que los hermanos estaban haciendo bombas para matar a su hermano”, recuerda entre lágrimas.

Dos decenas. Los lugareños afirman que hay 20 tumbas. “El terreno que ves es el original del cementerio”, aseguran.

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LA MEMORIA DE KASSERINE

Marcelino fue uno de los 909 españoles –en su mayoría gallegos, murcianos y andaluces– elegidos por las autoridades francesas para integrar un proyecto diseñado por el gobernador general de Túnez Erik Labonne, destinado a desarrollar Kasserine, que entonces no era más que una aldea de casas de adobe. Junto a él viajó Francisco Puig Suárez, al que hasta hace poco meses su familia buscaba por las fosas y cunetas de España. Labonne ordenó reclutar ingenieros, albañiles y agricultores que pudieran contribuir a la construcción de la vía férrea, un depósito urbano de agua y un sistema de regadío. “Los que quedaron suponían un problema financiero. Por eso, a partir del mes de abril el Gobierno francés comenzó a utilizarlos como especialistas en diferentes trabajos en el centro-oeste de Túnez. Introdujeron en este país cosas como las acequias con hormigón armado”, destaca el historiador tunecino.

Apenas queda memoria de Marcelino en Kasserine, pero sí de otros españoles a los que se recuerda con admiración y cariño. En particular a un hombre identificado como Ramón Vázquez, director de la central eléctrica de la ciudad y bastión del equipo de fútbol. En la sede del AS Kasserine, fundado en 1948, señalan que Vázquez y sus colegas gallegos fueron esenciales en la creación de la entidad, que comparte los colores verde y blanco con el Racing de Ferrol. “Los españoles trabajaban muy bien. Hay muchos que murieron aquí, pero también que regresaron a España”, explica con voz agotada y un castellano correcto Brahim, un anciano de 92 años que conoció a los republicanos y trabajó con ellos en la fábrica de papel, una de la más grandes del norte de África. Frágil y con demencia, el anciano es una de las últimas memorias vivas de los españoles. “Eran muy diferentes a los de otros países. Eran hombres muy buenos, los estimo”, balbucea antes de recordar a Vázquez.

El otro recuerdo vivo lo guarda Ahmed Rahmouni, un hombre nacido en 1943 que entró de aprendiz en la central eléctrica y también conoció a Vázquez y a su mujer, Latifa, cuando era niño, y a otros muchos españoles. “El señor Basilio trabajaba en la canalización de agua y Vázquez era el jefe de la central eléctrica. González era jefe de parque, Jairo era albañil y Laporta era chatarrero y al mismo tiempo enfermero. Después de su trabajo atendía a los pacientes en Kasserine, curó a muchas personas. Yo era aún pequeño, pero oí que huyeron del ejército español y fueron protegidos por los franceses. Escuché también que había otros españoles en la ciudad de Dahmani, a 85 o 100 kilómetros de aquí”, rememora junto a la vieja fábrica, aún en marcha. “Los españoles vivían junto a los franceses, eran agricultores. Era una relación normal. No había dificultades en la convivencia. Ningún problema. Estuvieron aquí cerca de 70 años”, subraya antes de lamentar el estado de abandono del cementerio. “Antes no estaba así”, insiste. “El cementerio era para los cristianos, no solamente para los españoles, pero hay muchos españoles allí. El señor Jairo, por ejemplo, sé que está enterrado allí. Hay otros, pero he olvidado sus nombres porque era muy pequeño. Huyeron de Franco y permanecieron aquí junto a los franceses en Túnez. Eso es lo que he oído, pero no sé si es cierto”.

Salah Saadly coincide con él. Insiste en que no quiere dinero por cuidar las tumbas, solo colocar una puerta para evitar que entren curiosos y maleantes. Y una ayuda para limpiar el suelo, plantar césped y algunas flores que devuelvan la dignidad a unos hombres que murieron lejos de sus familias y de su patria. “¿Es tan difícil para el Estado español? No exige mucho, un conserje para vigilar el cementerio y cuidarlo, creo que no costaría mucho. Para que las familias puedan venir a visitarlos”, dice sin encontrar explicación al olvido. “Son nuestros hermanos, ¿por qué les han hecho esto?”, afirma. Bechir Yazidi comparte la idea, que ya ha transmitido a la Embajada de España en Túnez, y advierte: “Los de Kasserine no son los únicos. Es muy posible que haya otros enterrados en otros lugares”.

Antes de las tumbas. Se sabe que los enterrados llegaron a Túnez a bordo de la flota republicana que huyó desde el puerto de Cartagena el 5 de marzo de 1939.

Tribu amazónica acusa de atrocidades al Ejército de Brasil

Víctimas indígenas. Los fiscales estiman el número de víctimas de waimiri-atroari entre 600 y 3,000.

Bare Bornaldo Waimiri, en ese momento un miembro adolescente de la tribu waimiri-atroari en lo profundo de la Amazonía brasileña, dijo que el día de ese ataque, hace muchos años, fue el último que vio a su familia con vida.

Ahora de edad avanzada, Bornaldo describió la horrible escena la semana pasada durante una audiencia histórica que puso los reflectores sobre el Ejército de Brasil, que niega haber atacado a la tribu. Su testimonio subrayó la tensión constante entre el desarrollo y la conservación en la nación más grande de América Latina, y sucede mientras el presidente de extrema derecha Jair Bolsonaro otorga un papel destacado a los militares en su gobierno y pone fin a las nuevas demarcaciones de tierras indígenas en el Amazonas.

«Perdí a mi padre, a mi madre, a mi hermana y a mi hermano», dijo Bornaldo en voz muy baja, con pantalones cortos y golpeando sus sandalias en el suelo mientras dos traductores escribían sus palabras en portugués.

La audiencia tuvo lugar en una choza de paja con forma de cono donde los waimiri-atroari normalmente celebran festividades coloridas y largas sesiones de oratoria. La semana pasada, durante un día, se transformó en un juzgado sombrío donde seis ancianos le contaron a un juez cómo durante muchos años la dictadura militar de 1964-1985 intentó erradicarlos con armas, bombas y productos químicos.

The Associated Press y un periódico local fueron los únicos medios autorizados para asistir a la audiencia. En general, a los miembros no tribales se les prohíbe ingresar a la reserva en expansión, que es del tamaño de Israel y que se encuentra entre los estados de Amazonas y Roraima.

Los miembros de la tribu y los fiscales dijeron que esta fue la primera vez que se permitió a un juez en las tierras de waimiri-atroari escuchar a los testigos hablar de varios supuestos ataques durante años. Los líderes dijeron que su objetivo era lidiar con el pasado y evitar futuras incursiones.

«Para pasar esta página, todos tenemos que leer el libro», dijo el líder tribal Mario Parwe Atroari.

La mayoría de las tribus indígenas que alegan atrocidades durante la dictadura se muestran reticentes a dar cuenta completa de los incidentes en los juzgados urbanos porque no confían en los pueblos no indígenas. Algunos también temen ser procesados por sus propios ataques contra agentes estatales y misioneros.

Mientras los miembros de la tribu asentían con la cabeza durante el testimonio de Bornaldo, media docena de militares uniformados permanecían en silencio. El coronel retirado Hiram Reis e Silva, vestido con una camisa de cuello blanco y pantalones vaqueros, negó con la cabeza cuando los testigos hablaron. Reis e Silva, quien dijo que trabajó cerca de la reserva después de 1982, estuvo en la audiencia para representar al ejército.

«Mi versión de la historia es muy diferente», dijo Reis e Silva a la AP. «Hay algunas exageraciones. Esperamos que la verdad se restablezca».

«También tengo varios testigos que son los pioneros de la carretera y contrarrestan todo lo que dicen los miembros de la tribu», agregó Reis e Silva, quien se negó a compartir los contactos de cualesquiera de esas personas cuando se le solicitó.

Antes de dictaminar, se prevé que la jueza federal Raffaela Cassia de Sousa esperará a los médicos forenses, lo que podría incluir una determinación de qué producto químico se pudo haber usado en los atentados que los testigos describieron, y posiblemente más testimonios y pruebas.

“Los documentos de esa época muestran que la dictadura militar consideraba a los indígenas un obstáculo para el desarrollo y que su presencia en áreas de interés del Gobierno no podía detener las obras de construcción”.

No hay fecha final para una decisión.

Los fiscales federales, que acusan al Estado brasileño de genocidio en su demanda civil, dijeron que cientos sino miles de miembros de la tribu murieron entre 1968 y 1977, cuando se construyó la carretera BR-174. Las muertes ocurrieron por huelgas militares o por enfermedades que se produjeron después de la construcción contundente de la carretera a través de la reserva, dijeron los fiscales.

Los testigos dijeron que desconocían las fechas de los supuestos ataques. Los waimiri-atroari no miden el tiempo en meses y años, sino que hablan de los acontecimientos en relación con una fase de su vida.

Los fiscales dijeron que creen que el atentado que Bornaldo atestiguó ocurrió después de 1974, año en que se intensificaron las agresiones. La masacre que vio Bornaldo fue uno de los numerosos ataques durante la construcción de una parte de la carretera que conecta las ciudades de Manaus y Boa Vista, según declararon los fiscales y miembros de las tribus.

Los seis miembros de la tribu que testificaron dijeron que las agresiones provenían del Ejército brasileño mientras supervisaba la construcción de 120 kilómetros (75 millas) a través de la reserva waimiri-atroari.

En ese entonces, los líderes militares dijeron que la tribu estaba impidiendo que los empleados del Gobierno construyeran la carretera. Sin embargo, los militares nunca han reconocido haber atacado a la tribu.

«Los documentos de esa época muestran que la dictadura militar consideraba a los indígenas un obstáculo para el desarrollo y que su presencia en áreas de interés del Gobierno no podía detener las obras de construcción», dijo el periodista Rubens Valente, quien asistió a la audiencia y es autor de un libro sobre la relación entre el régimen autoritario de Brasil y las tribus indígenas.

Durante la audiencia de la semana pasada, los abogados del Gobierno sugirieron en sus preguntas que los mineros o los delincuentes locales estuvieron detrás de los ataques, afirmaciones que los miembros tribales rechazaron.

Al explicar el uso de la violencia, waimiri-atroari dijo que ellos solo estaban defendiendo su territorio. Según el libro de Valente, que los fiscales citan, al menos 26 personas, incluidos trabajadores de la construcción, enlaces gubernamentales con grupos indígenas y miembros de misiones religiosas murieron durante la construcción de la autopista.

En comparación con países suramericanos como Chile y Argentina, Brasil ha hecho poco para sacar a la luz las atrocidades a manos de los militares, especialmente contra los pueblos indígenas.

Las acusaciones de los waimiri-atroari suponen un desafío para las fuerzas armadas de Brasil, quienes dicen que su régimen solo reprimió a los adversarios que buscaban una revolución socialista.

Esbelto y de voz baja, Dawuna Elzo Atroari dijo que fue testigo de un ataque contra la tribu en un incidente diferente al descrito por Bornaldo.

«Antes de este camino vivíamos bien y en paz, estábamos sanos», dijo con las manos temblorosas. «Después del camino, murieron personas y fuimos amenazados».

«Tenía un arma apuntando a mi oreja», contó.

Acusación. Los fiscales federales acusan al Estado brasileño de genocidio. Se cree que miles de miembros de la tribu murieron entre 1968 y 1977, cuando se construyó la carretera BR-174.

La vida silvestre es abundante en la región, donde habitan perezosos, monos y jaguares que aparecen con frecuencia. Bayous lleno de flores rosadas que atraen moscas se pueden ver desde la carretera. No lejos de eso, los árboles se vuelven más frondosos y altos.

Los waimiri-atroari cierran la carretera con una enorme cadena cada día a las 6 de la tarde con el fin de proteger la vida silvestre y la tribu en sí. Solo vuelve a abrir a las 6 de la mañana.

El testimonio de los ancianos –todos ellos jóvenes durante la construcción del camino– es clave en la demanda que exige al Estado pagar a la tribu $13 millones en daños, emitir una disculpa oficial en una ceremonia en la tierra waimiri-atroari, construir un museo para recordar las atrocidades y mencionar las violaciones de derechos humanos en su contra en libros de escuelas públicas.

En 2014, una comisión de la verdad dijo que más de 8,000 miembros de tribus indígenas podrían haber sido asesinados a manos de regímenes autoritarios entre 1946 y 1988, la gran mayoría durante la dictadura de 1964-1985.

Los fiscales estiman el número de víctimas de waimiri-atroari entre 600 y 3,000.

A medida que avanzaba la audiencia y los miembros de la tribu acusaban repetidamente al Ejército brasileño de masacre, surgieron noticias que tenían paralelos misteriosos con el pasado: el gobierno federal anunció planes para construir una línea de energía que atravesará la reserva waimiri-atroari, algo que políticos y líderes militares buscan desde la construcción de la BR-174.

Bolsonaro, quien frecuentemente elogia la dictadura y promete abrir el Amazonas a un mayor desarrollo, consideró que la línea de energía que conectará la red del estado de Roraima con el resto de Brasil es un asunto de seguridad nacional. La decisión no obliga a consultar a los waimiri-atroari, como lo exige la ley. Brasil ahora compra energía de Venezuela, un país actualmente en crisis, para abastecer al norte.

Si el proyecto de energía de $600 millones avanza en junio como lo prometió Bolsonaro, habrá más deforestación en las tierras de los waimiri-atroari con la instalación de docenas de torres de electricidad. Se espera una batalla legal.

Independientemente de lo que suceda, Parwe, uno de los líderes de la tribu, dijo que estaba feliz de que las futuras generaciones aprendan más sobre los waimiri-atroari.

«Todos deberían saber lo que sucedió aquí para que nunca vuelva a suceder», dijo Parwe con voz firme, de pie junto al juez y mirando al personal militar que estaba presente.

Nueve salvadoreñas que reinventan la palabra escrita

Maura Echeverría

La poeta de la memoria

Maura Echeverría escribió su primer poema a los nueve años. Era 1944, el año que el general Maximiliano Hernández Martínez fue sacado de la presidencia y el año que los hermanos de Maura comenzaron a abandonar su casa para trabajar. De eso fue su poema, de la madre triste que se queda en la casa a la espera del retorno de los suyos.
Hoy Maura tiene 84 años, una calle de Sensuntepeque lleva su nombre y sus poemas infantiles son estudiados en todas las escuelas del país. Platica rodeada de plantas en su casa, en San Salvador, bajo un palo de marañón. Dos gatos juegan en las ramas y ella habla de San Matías, el cantón de Sensuntepeque donde de niña montó a caballo, se bañó en un río y aprendió los vínculos entre los humanos y los animales.
“Estoy por publicar un libro que se titula ‘Pausas en el camino’, donde hago reminiscencias de la vida en el campo’”, cuenta emocionada. Vivió 44 años de dictadura militar, una guerra civil y atravesó las aulas de dos escuelas normalistas. Esas escuelas tuvieron como fin la formación de docentes en el país y desaparecieron en 1968. Maura se especializó en Estudios Sociales y volvió como maestra a su Sensuntepeque.
En la década de 1980, tras años de la reforma educativa impulsada por el ministro de Educación Wálter Béneke, se convirtió en titular de la Dirección de Televisión Educativa. Antes, Maura y otros intelectuales de la época estuvieron a cargo de diseñar planes de estudio y hacer guiones para impulsar un modelo educativo que acercara la televisión a las escuelas como un mecanismo de aprendizaje para reforzar contenidos.
Maura se mantiene viva con la escritura. Pasa con su hija y su nieta en San Salvador, viaja a Sensuntepeque y también hace presentaciones con Poesía y Más, el grupo de poetisas que fundó en 1995 para realizar recitales dramáticos de poesía.

Maura Echeverría

“DIME”


Dime, ciprés de la sierra,
si los pajaritos lloran
y si esa verdad que las piedras
sabiduría atesoran.

Si es que el viento que te agita
trae estrellas y oleajes
y enreda entre tus ramas
los colores de sus viajes.

Dime, ciprés de la sierra,
si en los nidos que sostienes
vas guardando las canciones
que van dejando los trenes.

Dime, ciprés de la sierra,
yo necesito saber.

 

***

Carmen González Huguet

La mujer del alma herida

En 2005 se sometió a una operación de corazón abierto y se preparó para la muerte. “Lo más doloroso fue que no me fui. Y tuve que seguir adelante con mis heridas y con mis cicatrices”, cuenta la misma que en 1979 se enfrentó a una emergencia obstétrica que le obligó un parto prematuro del que el bebé no sobrevivió.

Ese mismo año, Carmen González Huguet recién se había casado y mientras que el mundo interior se vino abajo; afuera, la guerra civil estaba en gestación. En aquel momento, ella ya solo quería aferrarse a la idea de cumplir su sueño de niña, de cuando sus papás le compraron un juego de experimentos que la enamoraron de la química.

Comenzó a estudiar esa carrera en 1977, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Un año después continuó en la Universidad de El Salvador, pero la guerra estalló y el Ejército cerró la universidad a mediados de 1980. Se tomó un año y medio para leer y pensar qué seguir estudiando. En 1982 llegó a la extinta carrera de Letras de la UCA.

“Yo quería trabajar en algo que me permitiera seguir escribiendo”, dice hoy desde su cubículo en la Universidad Doctor José Matías Delgado, donde desde hace dos décadas imparte clases de Humanidades. La niña que quería ser química hoy tiene 60 años, y es una prolífica poeta y narradora.

Espera las publicaciones de “El alma herida”, el poemario con el que en diciembre de 2017 ganó el XXXVIII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística; y una investigación compleja sobre las escritoras salvadoreñas nacidas entre los siglos 1800 y 1900.

Carmen está cansada de la vida. Lo acepta. No está satisfecha con todo lo que ha logrado hasta ahora. Lamenta que este país no valore a nadie, menos a las mujeres y a los artistas.

Carmen González Huguet

“EL TWIST DE RICKY TUTTI FRUTTI”

Era el comienzo de los años sesenta. Mi mamá, y todas las mamás del vecindario, se torturaban con rulos y secadores para dejarse la cabeza hecha un panal de laca. Las faldas oscilaban entre dos extremos: “vueludas” o “pachucas”. Los zapatos eran de ineludibles tacones altísimos. O eso me parecía a mí. Solo algunos afortunados hogares tenían televisión y nos invitaban a ver “Combate” y “El doctor Kildare” en enormes televisores en blanco y negro. En las películas de vaqueros todo el mundo sabía quién era “el tipo” y quiénes los bandidos: vivíamos en una era inocente. Como en la tele, el mundo era también en blanco y negro.
Nunca supe su nombre. Lo llamaban Ricky Tutti Frutti. Solo mucho después supe que había una canción de Little Richard con ese título (ver: https://www.youtube.com/watch?v=QFq5O2kabQo). A diferencia del Ricky original, que llevaba un copete gigante, el de mi colonia tenía el pelo cortado a lo “pato bravo” y las rodillas siempre raspadas. La vida transcurría a ritmo de twist. Pero al Ricky local todavía le faltaban algunos años para llegar a la edad de la malicia. Mascaba chicle y sabía todo sobre los vuelos Sputnik y Gémini.

Hacía piscuchas geniales, que vendía a peseta, un precio exorbitante para una época cuando las gaseosas costaban quince centavos. Su casa, en la esquina, tenía un gran árbol por el que trepaba con una agilidad imposible. Su hermana y yo jugábamos a las muñecas. No lo sabíamos, pero nuestros juegos serían hoy auténticas películas de acción. Había en ellas inundaciones, avalanchas, ataques de piratas, pirañas asesinas y demás plagas que dejaban chiquitas a las del catecismo.

Un día la mamá de Ricky Tutti Frutti dispuso celebrarle una piñata. Tuve una bronca colosal con mi mamá porque me puso un vestido ridículo con un enorme lazo en la espalda y el fustán almidonado. “Vestido de niña”. En la fiesta se me olvidó la cólera. El clímax era, por supuesto, la quiebra de la piñata. Por primera vez iba a participar de ese rito propiciatorio y mi emoción era intensa. Me vendaron los ojos y me pusieron en las manos el palo. No sé quién tuvo la idea de improvisarlo con un engalanado bate de beis.

Me dediqué repartir mandobles. Mi puntería fue certera y comenzaron a caer los dulces. Los cipotes se lanzaron en estampida a recogerlos y en una de esas la punta del bate erró y siguió su trayectoria hacia el piso. La mala suerte fue que el hueso occipital de alguien se puso en curso de colisión con el bate de beis.

De más está decir que hasta allí llegó la fiesta. Los invitados salieron en estampida. La progenitora de Ricky Tutti Frutti se lo llevó corriendo a la Cruz Roja donde le dieron doce puntadas, y mi mamá, achicadísima, se deshizo en disculpas.

A mí no se me olvidó nunca. Al día siguiente, cuando el cumpleañero reapareció con la cabeza vendada, en desagravio yo le llevé la colección de chibolas y chirolones que me había regalado mi abuelo. Ese era el mayor tesoro de mi infancia.

Y Ricky, que siempre era arisco y huraño, me correspondió con un enorme pedazo de pastel sobre el que destacaba la rosa de dulce: el bocado más perseguido, el auténtico premio Óscar de todos los cumpleaños.

Nunca volví a ver a Ricky Tutti Frutti. Un día su familia se mudó y no regresó. Pero yo guardo siempre el recuerdo de esa rosa de dulce… Y sé que, donde quiera que se encuentren, las chibolas de mi abuelo están en buenas manos.

***

Aída Párraga

La infancia entre libros y escritores

Salarrué celebró una fiesta en su casa, ella no recuerda detalles, pero sí asegura que vio a aquel hombre alto y de ojos azules que ya era un referente de la narrativa salvadoreña. La infancia de Aída Párraga pasó así, entre libros y escritores célebres.

Recuerda a su padre visitando a Hugo Lindo en su librería Altamar, a cuatro cuadras de la casa donde ella todavía vive, cerca de la avenida Olímpica. Mientras su padre, un ingeniero civil, hablaba con Lindo, Aída y su hermano revoloteaban entre los estantes de aquella librería desaparecida y fundada por el poeta.

Todo eso lo revela una mañana en un café del centro de San Salvador. Para atender esta entrevista, ha hecho tiempo entre su agenda apretada de artista, locutora e ingeniera electricista.

“En mi casa siempre hubo muchos libros”, cuenta. Tanto así que los libros se convirtieron en sus regalos de cumpleaños de infancia. A los siete años, en 1973, veía cómo a su casa llegaban cajas con colecciones de libros del Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, que fue dirigido años antes por el poeta Ricardo Trigueros de León, otro amigo de su papá. Hoy a esta instancia se le llama Dirección de Publicaciones e Impresos y sigue adscrita al Ministerio de Cultura.

Una vez que Aída se enamoró de las letras, también lo hizo del teatro. En 1990 viajó al Festival Latino de Teatro en Nueva York, como parte de la Compañía Nacional de Teatro. Y hoy forma parte del elenco de la compañía Teatro Hamlet.
En 1995 reconfirmó que lo suyo era escribir, cuando ganó en la rama de ensayo el primer lugar en el Certamen Literario de Poesía Joven Femenina organizado por la UNESCO. Ese año Maura Echeverría y Claudia Herodier la invitaron a formar parte de Poesía y Más, que hasta hoy realiza recitales de poesía dramática. Por ese tiempo Aída fundó el programa “La Bohemia”, en la radio YSUCA, donde lleva a invitados destacados en el área cultural.

Aída Párraga

Yo me imagino ser

una palmera de sueltas greñas,

con el viento salado de la noche

besando la apacible desnudez

de las arenas.

Me imagino más cerca

de lo alto,

de lo dulcemente azul

que nos rodea

y contemplarlo…

Soy palmera hundiéndome en las nubes,

en la soledad de plumas nacaradas,

en el callado viento que murmura.

Historias de sangre, sal y barcos.

Soy la única palmera que subsiste,

la única sobreviviente a la sequía.

Sola, erguida en esta isla

sin más testigos que la espuma,

que la arena y que los astros.

Espiga sin voz que va arrullando

el dormirse tranquilo de las horas,

verde que sostienen las gaviotas,

verde que se estira hasta más verde

y que a veces

también llora.

***

Susana Reyes
Susana Reyes

“Crecí recolectando historias”

Una enfermera sale una mañana de su casa en San Salvador, debe viajar a su trabajo a San Juan Tepezontes, en La Paz. Afuera hay guerra. Es El Salvador de 1980. Unos minutos después de dejar la casa, la enfermera regresa. Su hija, asustada, le abre la puerta. Regresó solo para entregarle un libro que encontró en la calle.

La niña que recibió el libro se llama Susana Reyes y ese libro fue “Solo amor”, de Pedro Geoffroy Rivas.

“Crecí recolectando historias, momentos posibles de una vida”, dice en el jardín del Museo de Arte. Esas historias son sus paseos en bicicleta por las calles de aquel San Salvador sometido a los toques de queda; su abuela escuchando las homilías de Monseñor Romero, leyéndole los periódicos o recitándole a Rubén Darío; y las aventuras con una amiga de infancia a la que años después le dedicó el poemario “Postales urbanas”, para contarle cómo es ahora esa ciudad que vieron derrumbarse.

Susana nació en San Salvador, pero su familia materna es de Honduras. A los 13 años, Susana le pidió a su mamá que la matriculara en un colegio que para los ingresos de su familia y la época era caro. Se fue siguiendo a una amiga, no sin antes prometerle a su mamá que ahí conseguiría trabajo. Lo hizo, estudió Secretariado y también se enamoró del teatro, al que le dedicó tiempo hasta sus 20 años.

En septiembre de 1989 comenzó a trabajar de secretaria en la imprenta de la UCA, donde el académico y escritor Rafael Rodríguez la convenció para que estudiara la extinta carrera de Letras. “Ahí vas a ver dramaturgia”, le dijo. La dramaturgia es otra de sus pasiones. También recordaba que su mamá siempre la aconsejó que estudiara, porque el estudio era lo único que le quedaría.

Durante la carrera universitaria Susana comenzó a escribir poesía y sigue atrapada en ella. Vive con sus gatos en esta urbe que ama. La urbe que le quedó después de la guerra.

Susana Reyes

“Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores”. Jorge Luis Borges


La niña tomó sus cuadernos
puso en su cintura el viejo cincho
Cuando la abuela no veía
se colocó los chores bajo la falda
Sus manos callosas no coincidían
con el oficio del lápiz
Llevaba meses jugando a guindar la risa
en barrotes de hierro
La mañana olía a un sol eterno
y ahora recuerdo los cabellos colgando
el rojo y el amarillo
el chor celeste, el ocre, el salmón
espacio seguro
simples cómplices
De grande aprendió el nombre
de algunos de esos colores
de sus fibras en la respiración
de las agujas taladrándolos
de los horarios con que la anudaban
del recuerdo impreso en las viñetas.

***

Claudia Meyer
Claudia Meyer

La niña que acusaron de plagio

Claudia Meyer tenía seis años y estaba en segundo grado cuando fue acusada de plagio. Era 1986 y en el Colegio Belén, en Santa Tecla, le habían dejado como tarea la descripción de un lugar, pero no le indicaron el formato para presentar la tarea.
La niña había crecido entre paseos en la playa con el abuelo, quien le enseñó a amar el cine con sus visitas domingueras a los cines tecleños de antaño. En su casa siempre hubo libros y enciclopedias españolas, que a ella le gustaba hojear. Para su tarea se le ocurrió describir un prado y lo hizo con versos y en rima, pero no creyeron que ese poema era de ella.
“Me dio la satisfacción de pensar que el trabajo estaba tan bueno que creyeron que lo había copiado”, cuenta años después sentada sobre una tumba del cementerio de Santa Tecla, el lugar donde una tarde de febrero habla de cómo llegó a la poesía. En este cementerio están enterrados sus abuelos y fue el lugar donde hizo su primera sesión de fotografías, cuando entre 1999 y 2000 perteneció al taller literario Tecpán.
En 1996, Claudia era estudiante de bachillerato y tuvo otro encuentro con la poesía. A su colegio llegó un grupo de poetas para hacer un recital. Sus compañeras aprovecharon para entregarle al poeta Otoniel Guevara un cuaderno donde ella había escrito poemas. Otoniel se tomó el tiempo de hacerle observaciones a lápiz y publicó uno de estos poemas en el Suplemento Cultural 3000 del Diario Co Latino. La publicación fue clave para que Claudia reconfirmara que era una poeta nata.
Años después, los poemas de aquella niña acusada de plagio han sido galardonados y también publicados a escala nacional y fuera de El Salvador. Claudia también es mercadóloga, trabaja de forma independiente, se dedica a la docencia universitaria y colabora como investigadora en la Universidad Francisco Gavidia.

Claudia Meyer


Es mía la gruta, también le pertenezco.
No permite goce ni vano sueño.
En mí le llevo, somos una,
oquedad que inhala y se ahoga en estertores.
De ti liberarme o prescindir nunca:
sin ti, mi dolor, mi herida,
no sabría reconocerme en el espejo.

***

Ana Escoto

La escritora que buscó el anonimato para publicar

A los 13 años Ana Escoto comprendió que escribir literatura era una forma de reconciliarse con ella y con el mundo, pero cuidaba que nadie viera sus escritos. A los 20, se arriesgó a publicar sus textos en foros de internet, buscando el anonimato.

“Era más anónimo y a uno le daba la idea de decir ‘bueno, probablemente si está mal, no importa, porque nadie sabe quién soy’”, relata Ana, desde Ciudad de México, país donde vive desde 2008.
Ella forma parte de la diáspora de intelectuales salvadoreños alrededor del mundo. Tiene 35 años y es una de las voces jóvenes en la narrativa nacional. En julio publica su segundo libro de cuentos, “De los problemas de enamorarse”, en el que explora las concepciones de enamoramiento que impiden acercarse y conocer a otras personas.
La lectura la llevó a la escritura. Su acercamiento a los libros fue a los nueve años en el Colegio Externado San José, cuando sus maestros la llevaban junto a sus compañeros a la biblioteca y les ponían rimeros de libros. Ahí conoció a los clásicos salvadoreños, prestó libros y los devoró.

Ana también es economista graduada de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas y tiene un doctorado en Estudios de Población en el Colegio de México. Trabaja como catedrática de planta en la Facultad de Ciencias Política y Sociales de la Universidad Autónoma Nacional de México, donde imparte clases de Estadística y Demografía. Dice que a veces se siente más académica que artista.
Perteneció a la Casa del Escritor, un taller que durante nueve años fue liderado por el fallecido escritor Rafael Menjívar Ochoa. Aunque a ese taller llegó escribiendo poesía, hoy escribe narrativa. Su primer libro de cuentos fue publicado en 2008, se llama “Menguantes y otras creaturas”, en el que juega con la cotidianidad y su pesadez.

Ana Escoto

“Historia del feminismo o una carta muy cursi”

Es extraño, pero me levanté con enormes ganas de ser un champiñón. Pero no cualquier champiñón: uno resistente al frío. Y es que sí, lo acepto, me había dado por cosificarme: ser tu camisa, ser el libro que leés, ser el lápiz con el que escribís, ser el reloj azul que usás de vez en cuando. Esto quiere decir que ya salté. Evolucioné y llegué al mundo de los vivos. Quizás empezaré a respirar y compartiremos aire. Después seré un sancarlos amandarinado –del reino fungi me paso al de las plantas– y entonces fotosintetizaré el dióxido que emitís. Luego seré un lindo labrador negro –jamás un gato– que ande cerca de tu regazo. Y quizás entonces, me dé por ser parte de tus razones y pensamientos. Seré incorpórea antes de dar el gran paso: ser la mujer que soy a este lado, mi lado; a tu lado.

***

Jeannette Cruz

“Nunca se me ocurriría dejar de trabajar para dedicarme únicamente a escribir”

La primera vez que recuerda que escribió fue un poema a su mamá. Hoy le parece terrible, pero a sus 12 años le emocionaba. Fue por ese tiempo que su papá, que tiene un negocio en el centro de San Salvador, le regaló una colección de 20 libros de la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña de la Dirección de Publicaciones e Impresos. Entre esos libros el que más recuerda es “Andanzas y malandanzas”, de Alberto Rivas Bonilla.
Jeannette Cruz estudió Comunicaciones y trabaja en una empresa de marketing. Es directa al decir que del arte no se vive. “Nunca se me ocurriría dejar de trabajar para dedicarme únicamente a escribir. Yo sé de gente que lo hace y encuentro que son increíblemente valientes, porque yo no podría”, sostiene desde un centro comercial a las faldas del volcán de San Salvador.
Ahora, estudia los símbolos y el sonido para un libro de 20 cuentos que está en proceso de creación. Es otra de las voces jóvenes de la literatura salvadoreña.
A sus 31 años, Jeannette ya ha publicado sus primeros textos en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura, en la antología centroamericana de narrativa “Tierra breve” y recientemente en la antología “El territorio del ciprés”, que reúne a otras voces de su generación, como producto del taller literario Palabra y Obra, a cargo de la escritora Susana Reyes.
Para esa antología trabajó 10 cuentos por años, pero de esos seleccionó tres, unidos por el tema en común de la muerte y presentando a mujeres que viven la cotidianidad salvadoreña desde sus miedos.
A ella le parece importante que haya una reforma educativa, para que desde la academia se le apueste a disciplinas holísticas y eso implique el mayor acercamiento de los niños a la lectura, sobre todo con el uso de las nuevas tecnologías.

Jeannette Cruz

“Tus brazos son dos troncos anegados”

Cuando llegué al sendero, ya empezaba el cielo a perder su anaranjado. Andaba descalza y el frío de la tierra me distraía de la bulla del corazón que me saltaba debajo de las chiches. El amate era un viejito con bordón sentado a la orilla del barranco y yo me senté con él. A mí Daniel me dijo que viniera y yo vine porque me dio miedo que se fuera sin mí. Yo esto no se lo diría a nadie porque una debe mantener la dignidad, pero te lo cuento a vos ya en confianza, de todas formas. No tenía miedo de estar sola en medio de la finca en la noche más oscura (estas noches en que, según Daniel, la diosa está hecha pedazos en el suelo). Yo tenía miedo de quedarme sola en la vida. Y Daniel es bueno. Cada noche que dormía abrazado conmigo me contaba historias que nunca había escuchado y me aullaba suavecito al oído y me decía “así le hace el Cadejo” y gruñía, de muchos modos gruñía. Yo le preguntaba de dónde sacaba todas esas voces pero no contestaba. A mí siempre me gustó dormir con él, aun sabiendo que si mi tía se enteraba me mataría. Yo sé que a estas alturas eso ya no te importa, pero hay peores muertes que la muerte, y eso no lo podés saber.

Me acuerdo de que cuando levanté los ojos ya era de noche, me había quedado dormida y Daniel no llegaba. Las flores blancas brillaban sobre los amates del camino; yo no alcanzaba ni a verme las manos. De pronto escuché un ruido de pasos y hojas, mi corazón volvió a retumbar y me quedé tan quieta que creo que dejé de respirar. Daniel me dijo: “Te voy a llevar al pozo”, y yo le pregunté que a cuál, no me contestó, como cuando le pregunto dónde vive. Me agarró de la mano y empezamos a caminar, pero ya no seguimos el sendero. Yo sabía que después de esos árboles solo había monte. Le dije que si no me contestaba no lo seguía. Él se dio la media vuelta para mirarme, supuse, no se veía nada más que los amates. Lo escuché suspirar, “ya hablamos de esto”, y yo le dije que sí, pero que me contestara, y él me pidió que por favor solo lo siguiera. Lo hice porque Daniel me quiere más a mí de lo que yo lo quiero a él, eso siempre ha sido así, la que tiene el poder de joder al otro soy yo. El pozo estaba en medio de un llano, y había una claridad azul que me dejaba distinguir la cara de Daniel del fondo del cielo. Se veía triste. Daniel me dijo que me asomara al agua y, cuando lo hice, sentí como su brazo me rodeaba la cintura desde atrás. “Quiero que sepás que esto lo hago por vos”, me dijo, y me cortó el cuello con su navaja, me dibujó una medialuna en la garganta. Yo me quedé quietecita, agarrada a las piedras del muro, el corazón ahora me palpitaba en la línea roja del cuello.

Daniel te empujó con suavidad hacia adelante. El agua ni siquiera hizo ruido al recibirte. Entonces vi como Daniel se asomó para verte desde arriba, con lástima, y suspiró “pero qué bonita sos”. Y me dio pena por él, pobrecito, las cosas que hacen los espíritus cuando son los que quieren más. Entonces me asomé yo también al pozo y vi tu brillo de flor de amate, y vi cómo el agua se apartaba de tu sangre para no ensuciarla, y vi a mis propios brazos, ahora tus brazos, dos pedazos de leña flotando abandonados, y vi tu nuca suave ofreciéndose a la luna nueva y me di cuenta de que le empezaban a nacer flores amarillas a mi espalda que ahora es tu espalda de cadáver.

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Nicole Membreño Chía

“La literatura se alinea con mis metas de activismo”

Nicole Membreño Chía escribe sobre la realidad de las mujeres en uno de los países más violentos del mundo. Escribe literatura porque es un complemento con su papel de mujer activista por la diversidad sexual. “Se alinea con mis metas de activismo”, reconoce.
Tiene 31 años, ganas de escribir y de involucrarse en cambios sociales. Dice que para prepararse tiene que salir del país, porque acá lo único que le queda es volverse autodidacta y leer mucho.
Intentó estudiar Letras en la Universidad de El Salvador, pero sus papás no la apoyaron. Así que estudió Mercadeo y hoy trabaja desde su casa con una compañía, pero también dedica tiempo a leer literatura y sobre activismo. A veces piensa que debió haber estudiado Antropología, porque aunque le cuesta interactuar con las personas, sí le gusta observar sus interacciones.
De pequeña recuerda que sus ejercicios eran escribir parodias de otros libros. Desde hace cinco años inició su formación en las letras, cuando recibió un taller con la escritora Susana Reyes. Producto del proceso creativo publicó en 2018 tres cuentos en la antología “El territorio del ciprés”. También otro de sus cuentos fue publicado en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura.
En su narrativa intenta reflejar cómo la ficción es parte de los componentes de El Salvador. Se dedica a reflexionar sobre la delgada línea que existe a diario entre lo increíble y lo creíble. Por ejemplo, nunca olvida que cuando terminó de depurar uno de sus cuentos, ya publicado y que trata sobre un feminicidio, fue asesinada la doctora Rosa María Vega, en Santa Ana, de una forma parecida a la que ella lo relata en su texto.

Nicole Membreño Chía

“ENTRE LOBOS”
Un cuento venezolano

Recuerdo la primera vez que te vi. Estabas tan diferente. Atrapabas un cigarro entre los labios, y el cabello caía sobre tus hombros como fuente castaña, con los jeans rotos y chaqueta negra, tan despreocupada y veinteañera como cualquier otra. Te veías dispuesta a todo, Inés, el mundo siempre fue tuyo.

Te gustaba sentarte al borde de la calle después de clases, con una arepa de carne en las manos y las mejillas grasientas de placer. Eras como una sirena encallada en el asfalto, entre edificios grises y arrecifes de personas; irradiabas magia y un aire místico que nadie en esta ciudad posee, hasta se corrían rumores de que eras gitana, de esas que hechizan de amor y leen las cartas.

Todas eran habladurías, no podías jugar ni al póquer y la única magia provenía de tus caderas, como supe mucho tiempo después, cuando finalmente accediste a la inclemencia de mis deseos, Inés.

Confieso que te observé durante mucho tiempo antes de acercarme. Una noche tus ojos de almendra me encontraron fingiendo que no te miraba, confundiéndome con los demás peces. Fue entonces que me elegiste, para un momento o dos. Yo aún no lo sabía: para mí, tú serías eterna.

Te recuerdo salvaje, tal como eras. Una criatura que emergía desde lo más profundo de la tierra, una fiera, Inés. Te recuerdo rota y remendada, ligeramente descompuesta… ni siquiera mis cuentos, ni las promesas que te hice lograron detener tus pasos errantes.

Tu inquietud se me hacía cada vez más imposible; yo rayaba en la sencillez y tus dilemas se extendían sobre mí, envolviéndome en espuma impenetrable. Tú te cansabas de mis acertijos y de mis pasos de viejo joven. No te culpo por haberte marchado.

Me gusta creer que me amaste y que te amé, y que todas esas conversaciones revolucionarias fueron más que palabras vacías. Algo más que mi anhelo por poseerte y el tuyo por ser libre. Nos parecíamos tanto y a la vez tan poco, tú siempre corriendo y yo así, despacio. Nuestro tiempo se fue demasiado rápido.

Y esta noche estás a mis pies, tan serena y lívida como nunca, con el cabello castaño derramado en todas partes. Tu rostro encendido, inmortal. Una oveja entre los lobos. Ni el ruido ni el ajetreo de los demás manifestantes te despiertan, Inés.

Estás fuera de lugar, con tu cuerpo de sirena en un mar tibio de sangre, y casi sonrío con la ironía de darme cuenta de que, de todas las noches, fue precisamente en esta en que encontraste la libertad.

***

Ana María Rivas

La noventera que escribe sus sueños

Ana María Rivas soñó que la operaban en una mesa. Ese sueño luego se convirtió en un cuento: un hombre al que operan y le extraen mariposas del estómago. Una alegoría de los sueños que el humano gesta y que el mundo los arranca.
Ana María es noventera, nació después que acabó la guerra. Lo hizo rodeada de maestras y eso le permitió tener libros a su alcance. Primero leyó las enciclopedias, y cuando comenzó a estudiar, fue atrapada por los libros de texto, sin estar consciente que parte de lo que leía era literatura.
“Parte del combustible, la materia para crear, ha surgido a partir de mis sueños”, dice a sus 24 años.
En un país sin oportunidades para la formación artística, Ana María llegó a los 13 años a la extinta Escuela de Jóvenes Talentos en Letras, un proyecto apoyado por la Universidad Dr. José Matías Delgado (UJMD) y el Ministerio de Educación, que pretendió formar a escritores y pensadores a escala nacional, tomándolos de escuelas públicas de todo el país.
En ese espacio formativo recibió clases con escritores como Susana Reyes, Claudia Meyer, Carlos Clará y Osvaldo Hernández. Aunque para entonces escribía poesía, por un tiempo probó con la narrativa y hoy ha vuelto a la poesía.
En 2014 sus primeros textos aparecieron en la compilación literaria “Sextante”, publicada por la UJMD. Hace dos años tres poemas de su autoría también fueron publicados en la revista Cultura, del Ministerio de Cultura.
Su tiempo para escribir lo mezcla con las artes visuales y el trabajo en una empresa. Estudia el quinto año de la Licenciatura en Artes Plástica con opción en Pintura. Ana María debe parte de sus textos a ese mundo onírico que puede confundirse con la realidad, pero por hoy tiene en mente trabajar performances que partan de sus textos.

Ana María Rivas

“MOTHER”

“Oh madre oscura, hiéreme con diez cuchillos en el corazón”. P. Neruda


Madre: ¿has escuchado tu voz los últimos años?
¿sabes acaso que has perdido
tu nombre
tu edad
y tus sueños?
Te cambiaron los ojos por dardos
los dedos por gusanos
y los pies por estacas.

Te llamo madre porque no sé decirte de otro modo.
No puedo llamarte mujer ni anciana ni monstruo.

El café desborda en la cocina
y te has quedado dormida frente al tele.
Han pasado siglos y tus huesos siguen habitando la sala,
la tierra en la boca, el veneno en tus párpados.

Madre, ¿dónde guardaste las píldoras del insomnio?
En estos días necesito
coserme los ojos y esperar la muerte.


Mi madre es un pez sin océano ni estanque,
ojos de ceniza en la habitación de mi memoria.

Ella soñó parir a muchos hombres
que postraban sus rodillas
y adoraban su vientre.

Mi madre mató a sus hijos.
Y por cada uno se clavó una aguja:
Era tan grande su estirpe
que no fue más mujer sino acero
y entre carne y sangre
se volvió una espina.

Mi madre volcó su imperio de cruces en mi falda
impuso sus manos en los hijos que aún no tengo
y les dio veneno porque odia las ratas.


Madre, cántame una canción de cuna
donde quepan las distancias del mundo
y el rostro donde se queman los espejos,
Cántame noches sin amanecer que me separen
de la fe de enterrar mis manos en los astros.

Téjeme una mortaja por vestido
hazme trenzas en el cuello
y sujétame a las vigas,
méceme, seré tu péndulo
una muñeca amplia oscilando entre los muebles.


Madre, olvidé decirte que nadie tiene una madre.

Muñecas y barbitúricos

Noche del 25 de septiembre de 1972. En el 980 de la calle Montevideo, de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía.

Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a Flora Alejandra Pozharnik, quien a los 19 años se haría llamar Alejandra Pizarnik.

Se consideraba a sí misma fea e inadaptada. Era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. La obsesión con su sobrepeso la hizo consumir anfetaminas, que eran fáciles de conseguir en cualquier farmacia. Las anfetaminas también la acompañarían durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Intenta estudiar Letras, pero lo abandonará para estudiar pintura. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones.

Su primer libro de poemas será financiado por su padre, quien además paga las clases de pintura y el psicoanálisis. Algunos dicen que también pagó por la publicación de sus dos siguientes libros y por el viaje que la llevará a París en 1960. Siempre mantendrá una dependencia económica con su familia, dependencia que odia pero que al mismo tiempo sirve como un refugio de seguridad con el que puede contar.

En los cuatro años que vivió en París, Pizarnik conoció a Julio Cortázar y a Octavio Paz, con quienes mantuvo fructíferas amistades. Sobrevive trabajando como correctora de pruebas y colabora en La Nouvelle Revue Francaise, Les Lettres Nouvelles y Zona Franca de Caracas. También publica en Sur de Argentina. Fue uno de sus periodos más productivos como escritora, pero también uno de pobreza y preocupaciones. Vive en un cuarto minúsculo, apenas le alcanza el dinero. Enviar una carta significa un día sin almorzar. Maldice los trabajos que tiene que hacer para sobrevivir y que le quitan las horas para escribir. El cielo gris de París refleja su estado interior. A pesar de ello, disfruta de la ciudad y de sus amistades parisinas.

A petición de su familia, debe regresar a Argentina en 1964, debido a la mala salud del padre. Este muere en 1967. Alejandra se muda con su madre a un apartamento en Buenos Aires. Publica «Los trabajos y las noches» y «Extracción de la piedra de la locura», ambos escritos en París y que comprueban su madurez como poeta. Gana también premios de poesía y una Beca Guggenheim, que dilapida sin miramientos. Hace dibujos que recuerdan a los de Paul Klee y Federico García Lorca.

Viaja a Nueva York («New York me horrorizó») y luego vuelve a París, pero se decepciona de lo que encuentra. Siente que la ciudad está «desposeída de su antiguo encanto literario». Se reencuentra con Cortázar pero, según le escribe a un amigo, «está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)».

De regreso a Buenos Aires, evita publicar sus poemas. La depresión la abruma. Pese a ello, logra trabajar en «La bucanera de Pernambuco» o «Hilda la polígrafa». Es 1970, el año en que muere Janis Joplin, de quien Alejandra es devota. Amigos cuentan que solía escuchar su música a todo volumen durante horas enteras. Le escribe un poema, la llama «niña monstruo».

Al año siguiente, el proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora el ánimo de Alejandra. O por lo menos eso parece. Ese año publica dos libros, «La condesa sangrienta» y «El infierno musical», donde las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio son evidentes. En el segundo de los libros mencionados, Pizarnik escribe: «El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles».

Decae y no se volverá a recuperar. Se mantiene recluida, rechaza la luz, vive de noche, su mundo es de tinieblas. Escribe cartas y poemas incoherentes.

En junio de 1971, Pizarnik toma una sobredosis de barbitúricos, pero es encontrada a tiempo y llevada a un hospital. Un lavado de estómago logra salvarla. Entra y sale de hospitales, de clínicas, de tratamientos. A mediados de 1972 es internada en el Hospital Siquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En un permiso que le concedieron para pasar el fin de semana en su casa, aprovecha para tomar el Seconal que la mata.

Después de su muerte, su familia se encargó de mutilar sus diarios personales para evitar que se conocieran su homosexualidad y sus fantasías sádico eróticas. Los diarios ya habían sido editados años antes por la misma Pizarnik, quien borró algunas partes que no quería fueran leídas por nadie.

Sin embargo, hay muchos escritos personales que la sobreviven. Como esta anotación de su diario, escrita un año antes de morir: «Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran».

En aquella habitación de la calle Montevideo, de Buenos Aires, junto al cadáver de Alejandra Pizarnik, se encontraron un sinnúmero de muñecas destartaladas y maquilladas, libros apiñados por doquier, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal, papeles con sus textos. Y, escrito en un pizarrón, lo que quizás fueron sus últimos versos: «No quiero ir nada más que hasta el fondo».

El mundo que queremos

¿Se ha pensado cómo sería su mundo ideal? En el mío, entre otras cosas, habría más comunicación: hablaríamos en lugar de asumir, y argumentaríamos en lugar de atacar. Se vería a la violencia como algo a evitar a toda costa, y la empatía sería un valor inherente a cada persona.

Sé que un mundo ideal no existe, que la utopía es como la inyección de combustible que mantiene funcionando al motor, necesaria para avanzar. Sin embargo, cada día pienso en los cambios necesarios para que nuestra realidad sea mejor, más equitativa y más justa para todos.

Entre los pilares de estos cambios está la equidad de género. Las mujeres, relegadas por siglos como seres de segunda categoría, no éramos consideradas ciudadanas ni sujetas de derechos. No podíamos hacer casi nada sin el permiso de un esposo o del padre, ni siquiera tener propiedades, y mucho menos votar. Poco a poco esto fue cambiando, pero no de forma espontánea, sino gracias a la lucha de mujeres que en muchos casos tuvieron que sacrificar su libertad o hasta su vida para conquistarlos.

En nuestra época, el avance es tal que muchos creen que los feminismos ya no son necesarios. Se acuñan términos como «feminazi» y entre las mismas mujeres se repiten aseveraciones de que «no las representan». Se vincula a los movimientos feministas con extremismo, con violencia, con burlas, con extravagancias, y se deja de lado el verdadero valor de sus conquistas.

Los feminismos –sí, en plural, porque son variados, y conceptual y teóricamente distintos entre ellos– son necesarios. Lo son porque aún hay millones de niñas alrededor del mundo que son explotadas, abusadas, violadas, menospreciadas o vendidas. La realidad de la gran mayoría de niñas pobres es soportar todo esto dentro de sus mismos núcleos familiares, estar expuestas al abandono o a que se les vea como una carga.

Cientos de miles de niñas no tienen acceso a la educación en regiones como América Latina, porque los padres lo consideran un desperdicio, y solo se envía a la escuela a los hijos varones. Estas mismas niñas crecen sin la preparación necesaria para obtener un trabajo que les permita tener un ingreso digno con el que atender y criar mejor a sus hijos. Por ello, la mayoría de «ninis» –jóvenes que ni estudian ni trabajan– de la región son mujeres (Banco Mundial, R. de Hoyos, 2016).

Las mujeres pobres son además las más expuestas a abusos y maltratos, y las mujeres, sin importar su nivel de ingreso, tienen un mayor riesgo a sufrir de violencia intrafamiliar. En El Salvador, una abrumadora mayoría de los casos de violaciones son mujeres, y de cada 10 casos, seis son menores de edad.

En cuanto a la violencia homicida, pese a que los hombres jóvenes constituyen el mayor porcentaje de víctimas, el victimario es también mayoritariamente del sexo masculino. En los feminicidios, el perpetrador no es solamente siempre un hombre, sino alguien con una relación de poder sobre la víctima.

Y si una mujer fue lo suficientemente privilegiada como para estudiar y contar con un trabajo, se enfrenta con la brecha de ingreso: un hombre en El Salvador gana, en promedio, un 17 % más que una mujer con la misma calificación y en un puesto con la misma responsabilidad.

Esta misma mujer encontrará que, al momento de jubilarse, tendrá una pensión inferior a la de un hombre, porque ahorró menos dinero —ganaba menos— y cotizó por menos tiempo, pese a que su expectativa de vida es mayor.

Le pido al lector, pero sobre todo a la lectora de estas líneas, que piense un poco sobre la realidad que viven sobre todo las niñas y mujeres de los sectores menos privilegiados. Allí donde hay pobreza, marginación, promiscuidad, donde el incesto se normaliza y se perdona, allí la lucha está apenas empezando, allí el camino es larguísimo por recorrer, y allí las conquistas son tan urgentes y difíciles como lo fueron para las primeras feministas hace más de un siglo.

Un mundo con mejores condiciones para las niñas y las mujeres es un mejor mundo para todos.

Carta desde Washington

El reporteo me volvió a llevar a la capital de Estados Unidos y sus suburbios esta semana. Viví ahí nueve años. Quizá por eso, al volver esta vez, sentí que muchas cosas no han cambiado.

En Langley Park, el inglés es la lengua más difícil de escuchar. En los restaurantes étnicos –palestinos, libaneses, etíopes, italianos–, de la muy hípster Takoma Park, todos los cocineros hablan español. Las oficinas de asistencia a migrantes en Columbia Heights siguen atestadas de centroamericanos que buscan un papel para aliviar su exilio autoimpuesto. Y así.

Hay algo que ha cambiado: hay menos civilidad. No menos corrección política, que eso es otra cosa. Hay más desesperanza. Esto tiene que ver con Donald Trump y su administración.

Aterricé en el aeropuerto de Baltimore, uno de los tres que sirven al distrito de Columbia, el jueves de la semana pasada. Dos noticias dominaban en los medios impresos: la sobremesa y posibles implicaciones del testimonio en el Congreso de Michael Cohen, el exabogado de Trump que dijo bajo juramente a una subcomisión de la Cámara Baja que su exjefe era un mentiroso y un corrupto; y los intentos del statu quo demócrata y republicano por lapidar políticamente a Ilhan Omar, congresista musulmana elegida por un distrito de Minnesota a la que algunos acusan de racismo antisemita por denunciar al millonario lobby judío que lleva años influyendo la toma de decisiones en Washington.

El miércoles pasado se añadió otra noticia, esta más relacionada con nuestra parte del mundo: las llegadas a la frontera sur estadounidense de migrantes centroamericanos que buscan asilo, sobre todo las de hondureños y guatemaltecos, creció notablemente en el último trimestre (con un aumento de casi el 70 % en el caso de los nativos de Honduras). En Washington, la discusión que las cifras volvieron a encender en Capitol Hill fue la que Trump y los suyos han secuestrado con la falacia esa de que buena parte de los males en Estados Unidos tienen que ver con el arribo de los migrantes. También se habla en Washington, aunque con menos estruendo, de lo que el aumento en los flujos migratorios vuelve a decir sobre la inviabilidad de los tres estados nacionales del Triángulo Norte centroamericano, que siguen expulsando sin pausa a los suyos, sobre todo a los más jóvenes.

Hay, a pesar de toda la retórica trumpiana, quienes desde el Congreso apuntan, por ejemplo, que las migraciones centroamericanas están relacionadas con la violencia y a la precariedad económica, sí, pero también al saqueo que los gobernantes de Honduras, Guatemala y El Salvador han hecho de los fondos públicos que, se supone, están destinados a atender a las poblaciones más vulnerables. La corrupción de dos de esos gobernantes, Jimmy Morales y Juan Orlando Hernández, ha sido, de una forma u otra, protegida por el trumpismo.

El jueves pasado, un grupo de congresistas demócratas, entre los que se cuenta el poderoso senador demócrata Patrick Leahy y la representante Norma Torres –ambos miembros de los comités que asignan la ayuda externa estadounidense– advirtió con sanciones al gobierno de Jimmy Morales, en Guatemala, por, entre otras cosas, «aliarse con actores criminales y corruptos que intentan evadir a la justicia a cualquier costo».

Es una advertencia importante la del grupo liderado por Leahy y Torres, pero en estos días la atención del aparato político que en Washington se ocupa de Centroamérica parece preocupado únicamente por Venezuela y la obsesión de los republicanos más conservadores por invadirla. Centroamérica, a pesar del aumento en los flujos migratorios, sigue siendo un tema secundario.

Al final, en medio de todo el ruido político, poco cambia en el trajín cotidiano. Los llegados desde Lempira, Xela o Soyapango amanecen todos los días –la semana pasada con -3 Centígrados en el termómetro– para atender las jornadas de 10, 14 horas que la economía estadounidense les exige. Para ellos, como me repitió una migrante que llegó en 2010 y lleva desde entonces viviendo sin papeles, todo es mejor que volver a la tierra de la desesperanza que dejaron atrás.

Carta Editorial

En El Salvador la participación económica de los hombres es del 80 %, mientras que la de las mujeres es de 45 %, de acuerdo con datos del Fondo de Población de las Naciones Unidas. Estos números contrastan con los que miden el promedio de años de educación, que para hombres es de 7.9 % y para mujeres es 7.4 %. Quiere decir que las mujeres y los hombres estudian casi lo mismo, pero ellos ganan casi el doble que ellas. La institución también ha difundido que así como los hombres dedican un 9.93 % de su tiempo al trabajo doméstico no remunerado, para las mujeres esto escala hasta el 21 %. En este país en el que las desigualdades son del tamaño de las montañas es que el grupo de escritoras que presentamos en esta edición nació, creció y buscó desarrollarse. Aquí, también, encontraron todo eso que después transformaron en obra.

Y esto es lo que las distingue, su capacidad de transformar el dolor, las carencias, los recuerdos o las ausencias en algo que las hace crecer a ellas y a quienes consumen lo que crean.
Entre estas nueve salvadoreñas escritoras está contada una buena parte de la historia salvadoreña. Ellas han tomado las piezas de los grandes cambios que se han vivido en colectivo y las han incorporado a sus relatos, unos que van de guerras y violencias, pero también de colores y sonrisas.

Sirvan estas páginas para hacer un reconocimiento necesario a Maura Echeverría, Carmen González Huguet, Aída Párraga, Susana Reyes, Claudia Meyer, Ana Escoto, Jeannette Cruz, Nicole Membreño Chía y Ana María Rivas. Tener un nombre en la literatura cuesta en este país más que en cualquier otro lado. No debería ser así, pero pasa. Nada de esto, sin embargo, las ha detenido.
Sus luchas nos representan y sirven de guía para muchas generaciones más.