Poder y equilibrio

La mayoría de salvadoreños nacimos y crecimos en ambientes machistas. Esa ha sido y aún es la estructura social predominante en la que muchos aprendemos un modelo de relaciones que ha demostrado no solo que está obsoleto, sino que es extremadamente peligroso porque cultiva vínculos violentos en los que el poder está desequilibrado.

Personalmente, fue a partir de los 35 años cuando algunos eventos me llevaron a tomar consciencia de dónde había crecido, a recordar cómo desde muy pequeña había rechazado expresiones y prácticas sobre lo que significaba ser niña o mujer y que había observado en ese espacio inicial de mi vida. Reconozco que tuve que vivir, integrar y cambiar muchas de las enseñanzas de papá y mamá. El primero, repetía a sus hijas mujeres: «Tienen que trabajar, ser responsables y profesionales. Ser las primeras en llegar y las últimas en retirarse. Pero sobre todo no deben remover las aguas». Esto último significaba mantenerse calladas, sin cuestionar, y comportarse «suavemente». Luego mamá tuvo su oportunidad para sembrar sus ideas. Recuerdo que me decía que debía tener autosuficiencia económica y jamás depender de un hombre.

Estos mensajes sellaron muchos de mis comportamientos y dirigieron buena parte de mi vida. Me convertí en una profesional que trabajó durante muchísimos años hasta el agotamiento extremo, tratando de demostrar, a través de ello, mi valor y buscando no depender jamás de nadie, ni en lo económico ni en lo emocional.

Mi esfuerzo por convertirme en una profesional y alcanzar independencia económica rindieron algunos frutos. Sin embargo, llevé estos comportamientos hasta un lugar en el que nada ni nadie era más importante que el trabajo y la independencia. Esta fue la primera ruptura de ese sistema, que, aunque me permitía trabajar, me ceñía a ciertos comportamientos «aceptables» para una mujer. Al convertirme en adulta busqué desaprender, equilibrar e integrar nuevas formas de percibir mi valor como persona, así como los significados de éxito y de poder bajo mis propios términos.

Muchas cosas han cambiado desde esos primeros aprendizajes y rupturas. Ahora, cada vez más las mujeres nos incorporamos al mundo laboral, ganando nuevas y mejores posiciones, generando excelentes resultados en las áreas en las que nos desempeñamos, emprendiendo de acuerdo con nuestros deseos y necesidades, y modificando el concepto tradicional de poder en las familias y en los negocios.

Vivimos un cambio de época y muchos cuestionamos el sistema de creencias alrededor de varios temas como la vida en pareja, la independencia económica de las mujeres y su rol de cuidadoras de la familia; un proceso que nos confronta y que hace sentir, principalmente a las mujeres, culpa, desequilibrio y frustración, entre un amplio arco iris de emociones que muchas veces nos cuesta digerir y comunicar abiertamente.

Los cambios nunca son fáciles de transitar, ni a escala personal ni social. Pero estos llegan por más que nos resistamos. Necesitamos modificar esos convencionalismos sobre los roles de lo masculino y lo femenino; así como el poder unidireccional y autoritario, y las relaciones opresivas que surgen de este.

La gran ventaja de estos procesos de cambio es que nuestras relaciones se vuelven más reales y honestas; establecemos modelos más saludables para vincularnos y sobre todo que ayudamos a mostrar con el ejemplo a las nuevas generaciones, para que ellas a su vez reconozcan su capacidad, sus derechos, y establezcan límites sanos.

Todo esto nos deja como resultado un concepto de poder más amplio; uno que viene de adentro, más equilibrado, fluido y menos opresor.

Una herramienta hacia el desarrollo sostenible

Las empresas y organizaciones son actores clave en nuestro entorno. De ellas dependen muchos factores de crecimiento económico, desarrollo social y situación ambiental de los países. Por tanto, son entidades sumamente relevantes que pueden contribuir o afectar el desarrollo sostenible.

Por tanto, se han creado diversas iniciativas para incentivar internacionalmente el monitoreo de la gestión integral de las empresas y su aporte al desarrollo sostenible. Los reportes de sostenibilidad y memorias integradas son instancias que las empresas modernas y conscientes de su rol en la sociedad pueden utilizar para hacer un ejercicio de análisis y evaluación interna de gestión a escalas social, económica y ambiental de su quehacer.

Usualmente, a partir de marzo, las empresas u organizaciones empiezan a publicar sus memorias anuales, documentos donde dan cuenta de su gestión financiera. Algunas entidades también publican reportes de sostenibilidad, informes adicionales donde relatan cómo abordan los temas sociales y medioambientales que se convierten en poderosas herramientas de comunicación.

Esta práctica de reportabilidad ha ido evolucionando y, actualmente, la tendencia es publicar un único documento llamado «memoria integrada» en el que se entrelazan los ámbitos de gestión económica, social y ambiental de la organización.

Estos informes son herramientas que, más allá de lo que exigen las leyes de cada país, tienen como objetivo generar una cultura de transparencia y diálogo de las empresas, instituciones u organizaciones con sus respectivos grupos de interés: inversionistas, accionistas, autoridades, trabajadores, proveedores, sociedad en general, entre otros.

La idea es contar con un documento de acceso público, muchas veces auditado por un tercero independiente, que entregue información relevante y verificada sobre la administración de las organizaciones. Estos documentos incluyen los focos estratégicos de la organización, sus resultados, compromisos y metas como un ejercicio de autoevaluación anual con una mirada transversal, es decir, que no se enfoca únicamente en el desempeño económico y los resultados financieros, sino que reúne la información de cómo se administran los recursos sociales y ambientales para llegar a dichos resultados.

Adicionalmente, organizaciones como Pacto Global de las Naciones Unidas apoyan este tipo de prácticas porque es una forma de generar trazabilidad sobre cómo las empresas aportan al desarrollo sostenible. Estos documentos se construyen según diversas metodologías. Una de las más conocidas es el GRI o Global Reporting Initiative (por sus siglas en inglés), que ofrece una serie de indicadores en aspectos relevantes de gestión como gobierno corporativo, personas, proveedores, comunidades, medio ambiente, etc. De esta manera, las organizaciones y sus grupos de interés, pueden monitorear anualmente los resultados de su accionar en estos ámbitos. Esta metodología tiene la virtud de incorporar a estos últimos como parte del proceso.

Las memorias integradas también cuentan con lineamientos internacionales, como los que brinda el International Integrated Reporting Council (IIRC), que ofrecen definiciones universales sobre cómo elaborar una memoria integrada. El IIRC exige un énfasis especial en la gestión de riesgos, con una mirada a largo plazo.

Los ejercicios de reportabilidad son también una herramienta interna de las organizaciones para monitorear sus riesgos, para escuchar a sus grupos de interés y para contribuir con el desarrollo sostenible.

En Latinoamérica, esta práctica es aún incipiente, pero ha ido ganando terreno en los últimos años. La invitación es a que cada vez más empresas salvadoreñas se sumen a esta buena práctica, y reporten con estándares internacionales con el objetivo de sumarse al desarrollo sostenible.

Carta Editorial

Da un poco de pena admitirlo, pero el tema del reportaje con el que abre esta edición sorprende y mucho. Es una historia que, tristemente, no suele verse con frecuencia. Los relatos en los que se habla acerca de soluciones deberían ocuparnos más y sorprendernos menos. Así que vale este reconocimiento de culpa por no disponer más los ojos a descubrir los esfuerzos de los demás para, en medio de este caos, saber encontrar esperanza.

La periodista Valeria Guzmán cuenta cómo desde el arte y el contacto con animales se pueden restaurar tejidos físicos y emocionales a los que de otra forma no se podría llegar. Este es un país en el que, de una u otra forma, todos estamos rotos. Y desde el periodismo solemos dedicarnos mucho a ver, investigar y escuchar qué es lo que nos rompe. Pero no se nos hace habitual enfocarnos en la etapa que sigue: ¿qué podría remendarnos?

Esta entrega hace más que mostrarnos que hay menores de edad víctimas de abuso o que hay menores de edad sin acceso a los tratamientos que necesitan. Esta entrega nos muestra que hay personas dedicadas a ofrecer puentes para que el daño no se instale como permanente y no acabe ocupando un espacio que debería estar dedicado para la vida.

Exponer estas actividades es una manera de pedirles a quienes las ejecutan que, por favor, no paren. Que no se den por vencidas pese a lo malagradecidos que podemos llegar a ser. Lo que hacen es importante no solo para las personas que reciben sus terapias. Es importante para todos, porque hace falta entender que estamos conectados y el avance de un niño que antes no podía acercarse a los animales y ahora les da de comer es estimular la fe en que podemos llegar, algún día, a ser un país empático.
Gracias por seguir.

«El cine es parte integral de mi esencia, sin él mi vida sería sosa»

¿Cómo se imagina su vida sin el cine?

El cine es parte integral de mi esencia, sin él mi vida sería sosa, desabrida. No sentir esa adrenalina en mi cuerpo me desespera, es una adicción sana que te da energía para crear y cuando creas te sientes plenamente vivo.

¿Qué obstáculos ha encontrado en su profesión?

Los retos más grandes han sido la falta de apoyos financieros. Otro obstáculo es la falta de integración del gremio cinematográfico de mi país.

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?

La producción de mi cortometraje animado «Jocelyn y el coyote», en el que se conjugó una historia formidable con la sencillez y fortaleza de su protagonista.

¿Qué aprendió de su peor fracaso en el cine?

Que si no se opta por la excelencia, es mejor no presentar un proyecto a competencia.

¿Qué le gustaría que pasara por su vida profesional y que no esté pasando?

Que se me contratara en un proyecto en el que me pudiera dedicar exclusivamente a escribir y dirigir, sin preocuparme por la parte administrativa.

¿Qué podría hacer que no esté haciendo?

Dedicarme a la investigación y a la escritura espiritual, a la dirección de arte y a la foto fija.

¿Su película favorita?

«The Power of One«, dirigida por John Avildsen.

Historias sin Cuento

LA CARAVANA PERFECTA

Aunque no tenían ningún mapa disponible que les diera orientación segura sobre las rutas que había que seguir para llegar al punto de destino, contaban con una inspiración inesperada, que les había surgido del aire, que es el reservorio alentador por excelencia.

Los vehículos todoterreno en los que iniciaran el recorrido se habían quedado en un garaje alquilado que se hallaba cerca del lugar en que emprendieran la marcha, porque ellos, que no renunciaban a las ventajas de los tiempos actuales, querían sentirse peregrinos, y por eso iban a pie, en busca de aquella luz que les hacía recónditas señales desde siempre.

En las primeras jornadas de la travesía las condiciones climáticas se mostraron adversas, con ráfagas de viento que lo conmovían todo y con lloviznas repentinas que parecían ondas virtuales. Y aunque nadie podía considerarse formalmente el conductor de la caravana, alguien en cada momento asumía la voz cantante:

–Allá en lo alto hay algo que parece una hoguera en suspenso, cuyos latidos se derraman como si estuvieran enviándonos una señal de guía. Quizás hacia ahí deberíamos enfilar el rumbo.

Otra voz expuso entonces su reticencia:

–Nada es seguro. Mejor esperemos a tener algún indicio cierto.

Una tercera voz salió al paso:

–Dejemos que el instinto nos conduzca. Aunque el instinto es tan libre que nunca se sabe dónde está.

Y al decir en voz alta la palabra “instinto” un leve revuelo de luces se activó en el aire quieto, como si todas las palomas y las golondrinas de los alrededores respondieran instintivamente a un llamado superior.

Se asomaron en ese mismo instante a un valle que hasta entonces había permanecido invisible. Era un valle enteramente abierto, que llegaba hasta la línea del horizonte y parecía estar totalmente desierto. Los tres viajeros reaccionaron con la unanimidad del anhelo angustioso:

–¡Necesitamos que alguien nos guíe! ¿Pero quién va a auxiliarnos en esta soledad?

Se acurrucaron en el suelo arenoso, y comenzaron a rogar en silencio, alzando las manos hacia arriba, como si en el aire estuvieran todos los auxilios disponibles.

Una música suave y densa empezó a sonar en los alrededores, haciendo sentir que una orquesta en la que se mezclaban los intérpretes consagrados con los adolescentes en formación había llegado a dar una muestra perfecta de lo que son las alianzas virtuosas de la fe.

–¡Avancemos, avancemos, que este es el camino! No podemos permitirnos el falso lujo de llegar tarde.

Y al decirlo, la estrella que estaba en la parte más alta del cielo fulguró con un destello superior, que les hizo recordar de inmediato que su propia iluminación de siempre se había vuelto de pronto visible y sensible para llevarlos hacia el lugar que buscaban.

–Nuestra luz está aquí, recordándonos que somos los portadores del mejor regalo…

Y al decirlo, tres aleteos llegaron a posarse a la par de ellos, que ya estaban incorporados para continuar su travesía. Eran aleteos que no mostraban sus alas porque de seguro provenían de seres de otra esfera. Así lo entendieron de inmediato los tres peregrinos, que se miraron a los ojos buscando alguna respuesta.

–¡Son ellos!

–¿Quiénes?

–Los guías.

–Yo no los veo, y por eso no puedo identificarlos.

–Ah, pero lo bueno es que ellos sí nos identifican a nosotros.

–¿Y tú cómo lo sabes, Gaspar?

–Porque estoy entrenado en señales extraterrestres.

–Quizás eres sólo un iluso.

–¡Gaspar, Melchor, basta de disputas inútiles! Lo que hay que hacer es preguntarles a los guías…

Y al decirlo, las tres formas etéreas que ahora les acompañaban tomaron cuerpo a su lado.

–¿Quiénes son ustedes? –preguntó Baltasar, con voz imperiosa.

–Sus ángeles de la guarda, y estamos aquí para acompañarlos hasta el sitio destinado, que ustedes por su sola cuenta no podrían identificar. Es todo lo contrario de los regalos que ustedes traen en sus alforjas. Pero ahí todos vamos a tener que convencernos de que la paja envolvente, la tela rústica y el aliento cálido valen más que la mirra, el oro y el incienso…

SUEÑOS EN LÍNEA

Somos tres compañeros desde siempre, es decir, desde antes del kindergarten hasta después de recibir los grados académicos. Pero ahora hay que tener en cuenta que nuestras orientaciones profesionales no tienen nada que ver entre sí. Yo soy coordinador de proyectos para proteger el medio ambiente; y mis dos amigos son, respectivamente, periodista en el área política y promotor de la cultura del emprendimiento con vocación internacional.

Nos va bien en nuestras labores correspondientes, y para los tres ha llegado el momento de sentar cabeza emocional. Necesitamos familia propia con ansias de descendencia. Estamos, pues, reunidos para hablar del punto.

–¿Por quién te has decidido?

–Por Tania, que es jardinera nata. ¿Y tú?

–Por Rosalía, que es promotora de la mujer en el campo público. ¿Y tú?

–Por Melania, que es analista de proyectos innovadores en el área de los negocios.

Y los tres al unísono:

–¡Vamos a formar una red de sueños cumplidos! ¡Que viva la armonía de los contrastes!

¿CUÁNTO FALTA PARA LLEGAR?

Nunca nos ha sido posible definir el cálculo sobre la duración del trayecto. Y es que hay muchos misterios envueltos en dicho cálculo. Y además, una voz muy profunda nos está repitiendo constantemente: “¿Para qué quieres saber lo que sólo te va a servir para sentirte preso en la inminencia de lo desconocido?” Ah, pero entonces hay qué saber al menos de quién procede esa voz. Preguntémoselo sin ambages:

–¿Y quién eres tú para hablarnos con esa confianza?

–¿Yo? ¿No me has reconocido? Soy la Vida, es decir tu nodriza y tu maestra…

–Perdón, no quise ofenderte.

AROMA ENTRE EL HUMO

De ventana a ventana, con la angosta calle de por medio, se habían estado viendo desde que tenían memoria; y aunque se trataba de miradas directas a los ojos, nunca a lo largo del tiempo llegaron a conocerse en persona. Parecía inverosímil, pero ellos lo tomaban como lo más natural.

¿Cómo era posible que viviendo enfrente en un lugar tan apartado de aquella zona suburbana jamás se hubieran cruzado? Era como si estuvieran separados por una barrera invisible pero impenetrable. Eso sí, de ventana a ventana la comunicación visual era perfecta.

Pero aquel día domingo de intenso calor veraniego comenzó a circular por el aire la sensación de una novedad climática. Era media mañana, y ellos dos estaban en su respectiva ventana, observándose.

De súbito, una explosión desconocida sacudió el ambiente, y de inmediato las llamas se alzaron por doquier. Ellos desaparecieron de sus ventanas y bajaron a la calle. La humazón era insoportable. Sin pensarlo dos veces, corrieron el uno hacia el otro, y el intenso abrazo los fundió en un solo suspiro.

El incendio se esfumó así como había llegado. Quedó una claridad impecable dominada por el aroma que sólo ellos dos sentían.

Líderes en extinción

Jorge Orozco / El País / Colombia / CONNECTAS

Hablar con un líder social, en ciertas regiones de Colombia, es casi una labor de espionaje: son necesarios los nombres en clave, los mensajes cifrados… Evitar sitios públicos. El silencio se convierte en ley y romper esa regla establecida por mera intuición para sobrevivir puede acelerar el paso a la muerte.

En Tibú y El Tarra, en Norte de Santander, donde 18 líderes comunales fueron asesinados en los últimos cinco años, hubo acercamiento con personas de la zona durante más de dos meses para entender cómo vive una comunidad sin sus líderes, acechada por el terror impuesto por Peluzos (Ejército para la Liberación Popular) y la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en medio de sus disputas por los corredores del narcotráfico.

Pero al intentar concretar hora y día de la cita para desarrollar la investigación, los mensajes de WhatsApp se quedaron en visto. Una semana después, la muerte habló: Frederman Quintero, presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda Kilómetro 48, de El Tarra, y ocho hombres más que lo acompañaban fueron masacrados en un billar del centro de la población ante la mirada de los vecinos.

Ese miedo enquistado en las regiones y el daño que causa en los liderazgos retumba en la cabeza de Carlos Guevara, investigador de la Organización Somos Defensores. Los 10 años que lleva viendo cómo la violencia arrasa con los bastiones de legalidad que abanderaban los líderes le da argumentos para advertir: “El fenómeno de violencia contra un líder no finaliza con la muerte. Los matan a ellos, pero siguen con la familia, con los amigos”.

Entonces, la espiral del terror avanza en diferentes regiones de la misma manera: Primero las amenazas, luego el silencio, después la muerte y con ella, se enquista el miedo. No solo ocurre en Norte de Santander. Al otro lado del país, en el Valle del Cauca el miedo también causa estragos. Son los casos de 357 líderes asesinados como lo confirmó una investigación.

Pasó a comienzos de 2018 en Buenaventura y se esparció por todo el departamento. Después del asesinato de Temístocles Machado, líder del Paro Cívico y líder comunitario del barrio Isla de la Paz, nadie quiso hablar. No importa que tres de sus homicidas ya estén en la cárcel. Ni que los primeros días el dolor los haya llevado a expresar en las calles la rabia, a exigir presencia del Estado por el asesinato de un líder que trabajaba por la recuperación de tierras despojadas de sus vecinos. En esa ciudad, bordeada por el océano Pacífico, poco a poco las reuniones comunales se fueron extinguiendo. Las estrategias fijadas entre los líderes para protegerse unos a los otros se agotaron. Hoy solo susurran sus problemas, pero el impulso que les daba Temístocles para solucionarlos, se esfumó con su vida.

El terror en el Valle del Cauca es intermitente. Este departamento en cinco años fue testigo silencioso del asesinato de 32 de sus líderes sociales. El caso más reciente es el de Libardo Moreno, presidente de la Junta de Acción Comunal de Las Pilas, en zona rural de Jamundí. Han pasado dos meses desde que lo mataron a disparos y ni su esposa, ni sus hijos, ni sus amigos se atreven a contestar los mensajes que se envían a través de conocidos.

Incluso Lina Tabares, líder defensora de Derechos Humanos e integrante de la Junta de Acción Comunal del barrio La Pradera en ese municipio, dice que la familia de Libardo jamás se volvió a ver. No se sabe nada de ellos y tampoco de los proyectos que impulsaba este líder para mejorar el servicio de acueducto en su vereda y que en últimas –dicen– terminó llevándolo a la muerte.

Ese miedo enquistado en las regiones y el daño que causa en los liderazgos retumba en la cabeza de Carlos Guevara, investigador de la Organización Somos Defensores. Los 10 años que lleva viendo cómo la violencia arrasa con los bastiones de legalidad que abanderaban los líderes le da argumentos para advertir que «el fenómeno de violencia contra un líder no finaliza con la muerte. Los matan a ellos, pero siguen con la familia, con los amigos.

Sustenta sus palabras con la reciente investigación de Somos Defensores que documentó 107 entrevistas a familiares de víctimas y compañeros cercanos de la organización. El resultado no necesita explicación: El 67 % de familiares y amigos fueron amenazados, el 22 % tuvo que desplazarse; el 22 % sufrió atentados, el 20 % de los líderes que quedaron en el territorio también fueron asesinados y en el 13 % de los casos se le robó información valiosa para sus procesos.

Lo cotidiano es que la muerte sea el inicio de un nuevo ciclo de terror. Como el que vive la familia Cuero Ortiz: a don Bernardo, fiscal de la Asociación Comunitaria de Afrocolombianos Desplazados, que luchaba por restablecer los derechos de estas comunidades, lo asesinaron el 7 de junio de 2017 cuando dos hombres le dispararon frente a su casa desde una moto. El crimen ocurrió en Malambo, Atlántico, donde huyó por las amenazas que recibió en su natal Tumaco, Nariño. Su sangre no fue suficiente. El 19 de marzo pasado mataron a sus hijos luego de testificar contra los sicarios.

Esa muerte ya había sido anunciada por el defensor Nacional del Pueblo, Carlos Alfonso Negret, con tres meses de anticipación a través del sistema de alertas tempranas que usa para advertir sobre escenarios de riesgo: «Casi que con nombre propio le dijimos en marzo al gobierno nacional: ¡Van a matarlos! Al 22 de agosto, 33 de los 40 líderes fueron asesinados en los municipios donde hicimos alertas».

Por eso, Lina Tabares, la líder de Jamundí, reclama que el Estado ha sido incapaz de ponerle freno al reciente «exterminio» de los líderes sociales, así en septiembre pasado, durante un debate de Control Político en el Congreso de la República, la ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez, enumeró cuatro decretos y tres normas «generales y particulares» para promover la protección de los líderes en el país.

Vulnerables. La Junta de Acción Comunal del barrio El Limonar 1, del corregimiento San Antonio del Prado, en Medellín, ha sido blanco de ataques de bandas criminales y de quienes controlan la corrupción.

Hablar del dolor, de la ausencia, del miedo puede ser letal para las personas que siguen en pie. Más al sur del país está el Cauca, departamento que aportó entre 2012 y 2017, 62 personas a la lista de asesinatos.

Hubert Erazo, asesor de Derechos Humanos de la Alcaldía de El Tambo, en medio de su hermetismo revela que hay líderes que jamás han pisado la zona urbana de su municipio y los mensajes, de vereda a vereda, llegan a lomo de mula. Allá, en ese pueblo del Cauca enclavado en una montaña de la cordillera occidental, en un mes de 2016 mataron a tres integrantes de juntas de Acción Comunal. Después, el miedo obligó a 13 de sus 15 concejales a dejar sus sillas vacías.

En El Tambo no reciben a extraños porque saben que ponen en riesgo su seguridad y la de los visitantes. Las autoridades que se atreven a llegar lo hacen bajo riesgo propio, despojados de sus esquemas de seguridad. Ni siquiera la paz que prometió la firma del Acuerdo para la terminación del conflicto entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC llevó tranquilidad a esas poblaciones. Tampoco a Nariño, a Antioquia, a Córdoba, a Chocó, a Arauca… Solo cinco de los 32 departamentos que conforman el territorio nacional han salido ilesos de la muerte.

En 2012, cuando comenzaron los diálogos en La Habana, la cifra de líderes asesinados fue de 60, y aunque entre 2013 y 2015 la tregua entre Estado y guerrilla trajo una calma para quienes trabajan por sus comunidades (57 muertes por año), en 2016 el terror volvió a mostrar sus garras: La cifra de muertos ascendió a 67 y en 2017, cuando se suponía que Colombia acariciaba la paz, los líderes asesinados fueron 74.

Eso muestran las cifras oficiales de la Fiscalía General de la Nación. En total, 357 personas asesinadas entre 2012 y 2017.

De los 25 tipos de líderes que fueron identificados en esos registros, el blanco principal son quienes integran las juntas de Acción Comunal, esas organizaciones aliadas del Estado desde 1958 y a las que después de la Constitución de 1991 se les otorgó capacidades administrativas y operativas.

En entrevista, el fiscal general de la Nación, Néstor Humberto Martínez, admite que los líderes «eran la expresión de la legalidad en esos territorios, ante la ausencia del Estado», pero también «un elemento de perturbación» para los objetivos de las organizaciones criminales». Por eso, los 357 asesinatos de los últimos cinco años ponen a tambalear la institucionalidad. Esos 357 líderes ya no están y su muerte no fue el fin de una persecución.

***

Miércoles. 9 de la mañana. Antonio no llega solo. El expresidente de la Junta de Acción Comunal del barrio El Limonar 1 presenta con la mirada a otro hombre que camina a su lado, y traza una ruta que todos seguimos en silencio hasta llegar a un negocio de artesanías contiguo a la iglesia que, a esa hora, está deshabitado; es el único lugar del Corregimiento San Antonio de Prado (Medellín) donde acceden a hablar sobre lo que nadie quiere: el asesinato de líderes sociales.

Solo huyendo, algunos logran sobrevivir. «En 1991 me dijeron: en tal fecha te vamos a matar. Tuve que desplazarme», dice el acompañante de Antonio, que lleva la mitad de su vida apuntando en una libreta fechas, lugares, nombres, datos de su comunidad que jamás debe dejar escapar un líder social. En una de sus hojas explica los momentos de persecución en su pueblo.

Cada momento de riesgo estuvo relacionado con su trabajo. Uno de ellos fue durante su periodo como presidente de la Junta de Acción Comunal de El Limonar 1, mientras impedía la construcción del relleno sanitario El Guacal por su impacto ambiental sobre la comunidad.

Para esa época, el padre Óscar Ortiz, párroco del corregimiento, señaló desde el púlpito a los habitantes que él los consideraba ‘ovejas descarriadas’. Fue cuando paramilitares del Bloque Cacique Nutibara interpretaron la palabra con asesinatos, torturas, castigos. En total, tres años de calvario que terminaron con la captura del padre Óscar, quien en 2013 fue condenado a 19 años de prisión por concierto para delinquir y desaparición forzada.

Después, la amenaza vino de la mano de bandas criminales dedicadas al microtráfico que desaparecían a líderes por denunciar sus negocios ilegales. Ahora el peligro corre por cuenta del regreso de los paramilitares vestidos de Autodefensas Gaitanistas de Colombia, que ya dejaron su huella en decenas de casas ubicadas a lo largo de la única vía de acceso que tiene ese pueblo. Incluso, la fachada de la caseta comunal del Limonar 1 tiene estampado en letras rojas ACG, sigla con la que se identifica ese grupo criminal. Debajo de ellas, amenazante, escribieron: ‘Presente’.

A Julio César Rengifo, presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Belén de la Comuna 16 de Medellín, quien está a 45 minutos de distancia del hombre de la libreta, también le pusieron una lápida de la que por fortuna pudo zafarse: «De la casa me sacaron más de 20 hombres de la Sijín solo con lo que tenía puesto porque me iban a matar». Él no lo dice, pero tiene que claro que ser la voz de su comuna es pecado.

Después de huir, la Unidad Nacional de Protección (UNP) le puso un esquema de seguridad por las reiteradas amenazas, pero en cuestión de días se lo quitaron porque por su «nivel de riesgo no requería protección». Qué más da. Después de 25 años de liderazgo y persecución ya aprendió a vivir con el peligro a cuestas. Sin nadie que lo proteja, ni que le garantice seguridad; ahora viaja en bus esquivando la muerte. Muerte de la que no pudo escapar María del Carmen Moreno, presidenta de la Junta de Acción Comunal de la vereda Caño Rico, en Arauquita. Ella no tuvo quién la sacara escoltada de su finca en marzo pasado. En sus 12 años de labor social gestionó redes de acueducto, de energía y la construcción de un puente vehicular para sustituir un entablado que ahora son su legado.

Sin tregua. Tres de los últimos presidentes de El Limonar fueron asesinados por denunciar manejos irregulares del presupuesto partipativo que sirve para desarrollar proyectos sociales.

Uno de sus hijos repasa los cuadernos en los que María del Carmen plasmaba sus preocupaciones, deudas, citas y proyectos de desarrollo para su comunidad. Encierra con su dedo el dibujo de un puente peatonal y susurra que fue la única tarea que su mamá no pudo terminar: su secuestro, dicen que a manos de delincuentes que cruzaron la frontera con Venezuela, y posterior asesinato hace seis meses detuvieron el proyecto. Sus cuatro hijos, hoy ya universitarios, no volvieron a la finca y tampoco saben en qué quedó esa obra. No es que no les interese, es que el miedo que cargan es más pesado que la cruz que llevaba su mamá.

«¿Si eso pasa con los hijos, usted cree que el vicepresidente que es la persona que sigue en la lista, va a asumir? La junta va quedando sin coordinador, sin líder. Queda una herida en la familia. Queda el impacto en la comunidad», lamenta Juan de Jesús Gómez, presidente de la Asociación de Juntas de Acción Comunal, Asojuntas, en Arauquita, departamento de Arauca, donde en los últimos cinco años ocho líderes fueron asesinados. Cinco de ellos eran mujeres.

El fiscal general de la Nación admite que en la planeación del posconflicto el Estado se quedó «bastante rezagado», y asegura que «mientras se negociaba la paz, la gran amenaza que se sugería al país era la inseguridad en los centros urbanos y se les olvidó que el caldo de cultivo del crimen es el narcotráfico».

Entonces, pese a los gritos ahogados de periodistas, ciudadanos en las redes sociales, defensores de derechos humanos, organismos internacionales y algunos funcionarios del Estado, el miedo por la reactivación de los cultivos ilegales, el narcotráfico y la corrupción, se esparce sobre pueblos, ciudades, departamentos e impide que en esas comunidades nazcan nuevos liderazgos. Por eso, Antonio y su acompañante hablan de lo que nadie quiere bajo las sombras del negocio contiguo a la iglesia.

***

Bernabet López es el presidente actual de la Junta de Acción Comunal del barrio El Limonar 1, pero más parece un arriero: coordina las actividades deportivas de los niños, vigila que el grupo de medio ambiente haga la separación de residuos en las esquinas del barrio antes de que el carro recolector pase, programa actividades culturales, hace rifas para recoger fondos para que funcione la junta…

Conoce el viacrucis de trabajar en medio del peligro y sabe bien que conseguir el aval financiero para los proyectos es toda una procesión: «Me tengo que movilizar a las reuniones con mis propios recursos porque la alcaldía no me da incentivos. El día que se antojan convocan reuniones y si usted no va, con justificación previa, la que pierde es la comunidad. Pero la gente en el barrio cree que yo recibo plata en efectivo y que con eso me estoy haciendo rico».

Por eso Antonio, sentado en una banca del negocio contiguo a la iglesia principal de ese corregimiento de Medellín dice que la participación está secuestrada y a la gente le da miedo hablar, denunciar, que reponer un líder muerto no es como reemplazar fichas de ajedrez. Se requiere obstinación y convicción para seguir liderando.

Mientras los líderes afirman que están casi solos en su tarea, Juan Fernando Cristo, ministro del Interior en el Gobierno de Santos, explica que desde la Dirección de Participación Ciudadana se les apoya con capacitación en temas de derechos humanos, de seguridad ciudadana, en convivencia. Pero confirma que no devengan un sueldo y que tampoco hay recursos asignados por ley para los territorios.

Aún cuando fueron creadas por la Constitución de 1991, José David Riveros, exdirector de Participación Ciudadana del Ministerio del Interior, explica que los barrios o las veredas no tienen obligación de crear las juntas comunales, cada quien las arma por decisión propia: «Si quieren que les pavimenten una cuadra, que les pongan redes de acueducto, de energía, tiene que jalonar en la alcaldía o departamento recursos para el proyecto. Algunos líderes tienen contactos muy buenos con los políticos, a quienes también les sirve el apoyo posterior de esa comunidad. Pero a un líder nunca se le entrega plata en efectivo».

Esa muerte ya había sido anunciada por el defensor Nacional del Pueblo, Carlos Alfonso Negret, con tres meses de anticipación a través del sistema de alertas tempranas que usa para advertir sobre escenarios de riesgo: “Casi que con nombre propio le dijimos en marzo al gobierno nacional: ¡Van a matarlos! Al 22 de agosto, 33 de los 40 líderes fueron asesinados en los municipios donde hicimos alertas”.

Los líderes no reciben un sueldo por sus tareas, pero sí hay un presupuesto ‘participativo’ para las comunidades. Motivo que en Antioquia, el segundo departamento con más integrantes de Juntas de Acción Comunal asesinados en los últimos cinco años, ha llevado a grandes disputas. Antonio y su acompañante cuentan que bandas criminales y corruptos, en ocasiones, han hecho elegir en las juntas a sus aliados para desde allí controlar los territorios.

El puesto que hoy ocupa Bernabet fue el mismo de que ocupó Guillermo Arias antes de lo que mataran. Ya el líder que se encargaba de sacar de la drogadicción a los jóvenes de su barrio con actos culturales había denunciado desde su cuenta de Facebook: «Los líderes comunales estamos mamados de presentar iniciativas, debatirlas, concertarlas, visibilizarlas; gastar tiempo y pasajes de nuestro bolsillo, para que luego venga un foráneo a ejecutar los proyectos».

Guillermo estuvo solo dos meses en la presidencia de la junta. Antes había ayudado en las labores de tesorería. Una noche de octubre de 2015, después de una fiesta en la caseta comunal, un hombre le cortó el cuello. Y aunque su muerte no aparece entre las cifras oficiales suministradas por la Fiscalía General de la Nación a las que tuvimos acceso, en 2016 un boletín de su oficina de prensa informó que un reguetonero y su esposa habían sido condenados por el homicidio que «obedeció a una deuda que Arias tenía por una presentación artística».

En ese año también mataron a Viviana Agudelo con siete balazos al salir de una reunión de la junta. Ella fomentaba el deporte en ese corregimiento, cuna del paramilitarismo en Antioquia, pero ni Antonio ni su acompañante se atreven a hablar de esa historia. César Mendoza, de la Fundación Sumapaz, que lleva el conteo de los líderes asesinados en ese departamento, se despoja de temores y recuerda que Viviana denunció que la corrupción se estaba apoderando del manejo del presupuesto participativo, que «en las comunas de Medellín alcanza hasta los 10,000 millones de pesos para ejecutar en un año» y que los grupos armados pretenden coger ese dinero.

Los directivos de organizaciones defensoras de derechos humanos insisten en que a los líderes no solo los persiguen por trabajar por la paz, sino por cumplir justamente las tareas propias de su cargo: mejorar las condiciones de su sector, dirimir conflictos, jalonar obras para el desarrollo de sus comunidades.

César, que también trabaja en la Secretaría de Inclusión y Derechos Humanos de la Alcaldía de Medellín, sostiene: «Matan a los líderes y no avanzan las investigaciones de lo que denunciaban. En la mayoría de casos sabemos quién disparó, pero no hay investigaciones claras para conocer a los verdaderos responsables de las muertes». Como en el caso de Temístocles Machado, el líder de Buenaventura asesinado en enero de 2018.

Sin embargo, el fiscal general de la Nación dice que desde que llegó a esa institución en 2016, se han esclarecido el 50 % de los casos. Que es evidente que el 50 % de las víctimas eran líderes comunales y que los victimarios son en 24 % de los casos, delincuencia organizada, pero también el Clan del Golfo, las disidencias de las FARC, el ELN.

No importa si es por cuenta de los dueños de cultivos ilícitos, de narcotraficantes que quiere apoderarse de los territorios, de la corrupción enquistada en las instituciones del Estado, de la delincuencia común, el temor se aloja en todo el territorio. Incluso, hay zonas, de donde nunca se fue.


*Este reportaje fue elaborado por Jessica Villamil Muñoz para El País, Colombia, y es republicado por LA PRENSA GRÁFICA por medio de CONNECTAS y el ICFJ gracias a un acuerdo de difusión de contenidos.

El abandono de la víctima con la renuncia de un perito policial

Ilustración de Moris Aldana

Vació los mensajes de texto de dos celulares y elaboró un informe que sirvió como prueba para un juicio por acoso cibernético. En el documento dijo que los números de los teléfonos decomisados coincidían, así como los tiempos en los que ocurrió el acoso que una mamá denunció.

Esos mensajes revelaron todo lo que un hombre de 47 años le escribió a una niña de 14 años con fines sexuales. El trabajo del perito era clave, pero no estaba completo aún. Debía explicarle a una jueza, en persona, cómo fue el proceso para extraer la información y el contenido de los mensajes que encontró.

Fue citado por la Fiscalía General de la República (FGR) en calidad de testigo, pero nunca apareció. Nadie, en sustitución de él, ocupó aquella silla de la sala de audiencias del Centro Judicial Isidro Menéndez que es designada para los testigos en los juicios. El perito había renunciado a la Policía Nacional Civil (PNC), y aunque había entregado la documentación que la fiscalía le pidió, nadie podía hablar más que él, porque era el único que había trabajado la prueba que se discutiría en el juicio.

El perito hoy trabaja en la Policía Nacional Civil de otro país centroamericano. El delito sobre el que tenía que testificar ocurrió entre el lunes 22 y el miércoles 24 de mayo de 2017, según la sentencia escrita del proceso a cargo del Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador.

El domingo 21, horas antes que Juan Q. enviara su primer mensaje por WhatsApp a la niña, ofició una misa en la cochera de su casa, cercana al estadio Cuscatlán. En esa misa estuvo la familia de la menor y un grupo de vecinos. Comenzó a las 4 de la tarde y terminó a las 8 de la noche.

Después de la misa, Juan preguntó a los asistentes si se querían confesar. Primero lo hicieron los vecinos y por último la familia. Una vez terminó con los vecinos, la familia decidió que las confesiones comenzaran con la niña.

La niña le contó a la fiscalía que había conocido a Juan en otra reunión religiosa, en la casa de la amiga de su abuela. El hombre se imponía como sacerdote y eso la hizo confiar en que la confesión sería como todas las confesiones: le contaría al sacerdote lo que ella consideraba pecado y esperaría recibir perdón. Pero esta duró una hora y media. En ese tiempo a solas, el hombre aprovechó para pedirle su número de teléfono. Luego confesó a toda la familia y se retiró de la casa a medianoche.

A la 1 de la mañana, según la sentencia, la niña recibió un mensaje en WhatsApp de un número desconocido. Era Juan. Le decía que quería hablar con ella. A la niña le extrañó que él le estuviera escribiendo y sobre todo a esas horas, porque se acababa de ir de su casa. Se despidió de él y Juan insistió que le escribiría ese día por la mañana. Y así fue: al mediodía que la niña revisó su teléfono, tenía más mensajes. El hombre le decía que le gustaba para una relación cualquiera.

Pasó dos días más mandándole mensajes, hasta que la mamá de la niña descubrió el acoso y denunció a Juan en la fiscalía. El hombre, señala la sentencia emitida por el tribunal, estaba suspendido de sus funciones religiosas cuando cometió el delito.

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EL TESTIMONIO FALTANTE

La fiscalía usa los informes periciales para probar técnicamente los delitos en los juicios. Los presenta bajo una modalidad de prueba a la que se le llama pericial. En ocasiones solicita que los encargados de hacerlos también expliquen qué fue lo que encontraron y cómo analizaron esa información. Esto se hace para detectar algún vacío.

La investigación en este caso de acoso quedó incompleta. El hombre de 47 años se sometió a un procedimiento abreviado que le permitió obtener una pena de tres años fuera de la cárcel. Le ordenaron pagar $1,000 en concepto de responsabilidad civil.

Aunque Juan aceptó que había enviado los mensajes a la niña y su testimonio coincidió con la acusación fiscal hubo un acuerdo entre su defensa y la fiscal Sandra Isabel Sánchez Rivas para que se sometiera a ese tipo de proceso. Una de las razones para ese acuerdo, dice una fuente de la fiscalía, fue porque no lograron que el perito viniera al país a testificar.

El procedimiento abreviado es una figura establecida en el Código Procesal Penal que consiste en que un acusado acepte un delito a cambio de una reducción de la pena. Eso permite que con su testimonio también se prescinda de otra prueba aportada en el proceso. El expresidente Elías Antonio Saca fue juzgado con esa modalidad y así evitó más de 20 años de cárcel por lavado de dinero y activos y peculado, y solo cumple una pena de 10 años.

Ilustración de Moris Aldana

El delito por el cual fue acusado Juan tiene una pena de cárcel de dos a cuatro años, cuando no es grave; si se convierte en grave es de cuatro a ochos años.

Un juez de Sentencia de San Salvador, que accedió a hablar sin que se revelara su nombre, dice que en este tipo de casos el testimonio de un perito es necesario, porque ayuda a que un juez se convenza de que la información extraída realmente provenga de los teléfonos decomisados.

El juez sostiene que en algunos casos los informes periciales son claros, pero en otros es necesario que el perito que lo realizó se presente al juicio, porque su declaración puede ser de interés a las partes o porque es necesario que solvente dudas que el documento no responde.

La legislación salvadoreña da la posibilidad a un juez para que ordene retener por 24 horas a un testigo para que se presente a una diligencia judicial. No fue el caso del perito de este proceso por acoso, que también tenía la calidad de testigo, porque trabaja en otro país.

“La gente no quiere estar ahí. La gente no quiere estar hoy por hoy en ninguna área que tenga que ver con informática. ¿Por qué? Porque la Policía se ha decidido a hacer solamente estadísticas”, reprocha un hombre que tiene 25 años de ser policía y desempeña labores de peritaje. Habla, en el jardín de un hospital, de lo mal que le va en la PNC.

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LA DECADENCIA DE LOS PERITOS POLICIALES

La PNC, además de tener a agentes que se encarguen de labores de seguridad pública, cuenta con un grupo de peritos que analiza las evidencias que sirven para resolver delitos.

Los peritos están dentro de la División de Policía Técnica y Científica, y la División Central de Investigaciones (DCI). Hay administrativos y operativos. Los primeros trabajan en laboratorios analizando las pruebas; los segundos también pasan en el laboratorio analizando pruebas, pero dedican al menos 4 horas extras de su turno para realizar labores en la calle: patrullar, custodiar escenas o realizar procedimientos de capturas.

Si esas horas extras suman 240 al mes, tienen derecho a recibir el régimen de alimentación; dinero que les sirve para comprar provisiones en sus días de turno.

Las diferencias entre ambos peritos son los salarios que reciben, según su preparación. El administrativo es un técnico que antes de trabajar en la PNC se especializó en un área específica de pericia, comúnmente fuera del país. Su salario no es menor a los $700 y puede llegar hasta los $1,500. Y el perito operativo es un agente que en su carrera recibió cursos de preparación en la Academia Nacional de Seguridad Pública para formar parte de ese grupo de policías analistas. El salario de este tipo de peritos no es mayor a los $500.

En la DCI existe una Unidad de Investigaciones de Delitos Informáticos. Los peritos de esa unidad se encargan de custodiar dispositivos electrónicos que sirvieron para cometer un delito informático, como un celular y una computadora; vaciar toda la información que encuentren y plasmar en un informe el análisis de sus hallazgos. El perito que, hoy trabaja en la Policía de otro país centroamericano, estuvo en esa unidad.

«La gente no quiere estar ahí. La gente no quiere estar hoy por hoy en ninguna área que tenga que ver con informática. ¿Por qué? Porque la Policía se ha decidido a hacer solamente estadísticas», reprocha un hombre que tiene 25 años de ser policía y desempeña labores de peritaje. Habla, en el jardín de un hospital, de lo mal que le va en la PNC. En esta tarde de febrero acaba de reservar cita para tratarse la trombosis que padece. A él le llamaremos Vásquez, porque no autorizó hacer público su nombre.

De los 25 años que lleva como policía, Vásquez también ha trabajado como analista de huellas en el área de pericias dactiloscópicas y hoy trabaja en la Sección de Análisis y Tratamiento de la Información (SATI). Aunque desempeña labores de peritaje, fue de los primeros policías en graduarse y también cumple funciones operativas, su salario no llega ni a los $600.

Vásquez señala que uno de los principales problemas que enfrentan los peritos operativos de la PNC es que la institución no quiere reconocerlos como profesionales técnicos, por el miedo a que se conviertan en administrativos y dejen de salir a la calle a realizar funciones de seguridad pública; y porque eso significa también una nivelación salarial.

Pese a ello, dice que todos los peritos tienen que estar sometidos a la presión laboral, a una infraestructura que no cumple con requisitos para trabajar, con tecnología obsoleta y con escasos materiales químicos para los análisis. Bajo esas condiciones, es fácil que un perito se vaya de la institución buscando mejores oportunidades de trabajo, como el perito citado como testigo en el caso de acoso.

Él no es el único que ha salido de la PNC, dice un funcionario de la Fiscalía. La Unidad de la Menor y la Mujer de la Fiscalía también conoce a otros dos peritos que ya no están en la institución policial y sus testimonios son necesarios para esclarecer casos. Uno de ellos vive en México y el otro trabaja en un banco salvadoreño. Este último todavía colabora en los procesos judiciales cuando es citado a declarar, pero nadie puede retomar los análisis hechos por los otros dos.

Para que un objeto de prueba sea llevado a análisis primero tiene que haber un decomiso. El decomiso, dependiendo del delito, puede ocurrir en diferentes circunstancias. Por ejemplo, cuando el magistrado de la Cámara Tercera de lo Civil Jaime Eduardo Escalante Díaz fue detenido por presunta agresión sexual a una niña de 10 años, la PNC decomisó el carro en el que llegó hasta la residencial Altavista II, el 18 de febrero pasado.

Escalante Díaz fue desaforado y la Fiscalía tiene que acusarlo en la Cámara Primera de lo Penal de San Salvador, donde también remitirá todas las pruebas. El carro donde viajaba es una de esas pruebas, que además de tener una cadena de custodia, debe ser sometido a análisis por peritos de la PNC, para determinar científicamente que el acusado viajó en él y que el carro le había sido asignado el día de la denuncia.

Si ese carro llegara a perderse, si el perito que realizó el análisis abandona la PNC y su testimonio es necesario, y no hubiera otra forma de probar que Escalante Díaz viajó en ese carro, significaría que la Fiscalía no tendría prueba científica para establecer cómo el funcionario llegó al lugar del delito. Ya que esa prueba luego se contrastará con otra que sea aportada en el proceso de la cámara.

El ministro de Justicia y Seguridad, Mauricio Ramírez Landaverde, acepta que una de las razones por las cuales los peritos policiales dejan la institución es por mejores oportunidades de trabajo. Sin embargo, sostiene que los casos que dejan pueden ser asumidos por otros peritos ya formados. Pero ellos no fueron los primeros en conocer las pruebas, tampoco los encargados de plasmar los hallazgos en un informe.

«Actualmente la mayoría de ellos son de carrera policial, su salario está determinado por su categoría y nivel», responde al preguntarle sobre cuánto devenga un perito informático. Ramírez Landaverde dice que a los peritos operativos también se les remunera con un sobresueldo, pero según Vásquez, el sobresueldo equivale a $53.73 y no todos lo reciben. Quienes lo reciben son aquellos peritos operativos que tienen años de trayectoria en la PNC.

Para Vásquez existe una desigualdad entre las remuneraciones por el mismo trabajo, porque si alguien comenzó a trabajar en la PNC como ordenanza, pero toma cursos y realiza trabajos de peritajes, no recibirá el pago como perito, sino como ordenanza.

Los peritos están dentro de la División de Policía Técnica y Científica y la División Central de Investigaciones (DCI). Hay administrativos y operativos. Los primeros trabajan en laboratorios analizando las pruebas; los segundos también pasan en el laboratorio analizando pruebas, pero dedican al menos 4 horas extras de su turno para realizar labores en la calle.

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UN ESTUDIO QUE ANALICE RELACIONES DE DESIGUALDAD

Durante el proceso por acoso, la víctima declaró a través de una cámara Gesell; un recurso usado en casos que involucran a menores, sobre todo en delitos sexuales, que permite que con asistencia psicológica la víctima se sienta en confianza de contar los hechos desde un cuarto en el que está solo ella.

La niña contó que conoció a Juan en un evento religioso de una amiga de su abuela. Contó que él le pidió el número y que durante tres días no dejó de acosarla. Su afectación por lo ocurrido fue plasmada en un peritaje psicológico realizado por una psicóloga de la Fiscalía el 31 de mayo de 2017.

Sin embargo, en otro peritaje y en una ampliación de este que realizó el Instituto de Medicina Legal a finales de noviembre de ese año, una psicóloga concluyó que la víctima no presentaba indicadores emocionales propios de alguien que ha estado expuesto a un abuso sexual, que el resultado de este peritaje era porque posiblemente la niña ya había recibido atención psicológica en la Fiscalía.

La fuente de la Fiscalía dice que hubo contradicción entre el testimonio que la niña dio en mayo de 2017, cuando llegó a la Fiscalía a poner la denuncia, y la declaración que dio en el tribunal. Esto, sumado a la falta del testimonio del perito, permitió un proceso abreviado.

La Fiscalía lanzó el año pasado una política de persecución penal para casos de violencia contra las mujeres. El Artículo 4 de esa política establece, entre otras, que las líneas de acción que ese tipo de procesos deben tratarse desde una perspectiva de género y bajo una lógica que permita interrelacionar varios aspectos sociales en el escenario del delito, para evitar la impunidad y la revictimización.

Silvia Juárez, de ORMUSA, dice que no es ninguna justificación que exista un solo perito para sustentar con análisis técnicos este tipo de casos, porque la Fiscalía puede auxiliarse de otras instancias, como la academia, y así acreditar en los tribunales los hechos.

Sin embargo, dice que deben haber estudios que trasciendan a analizar relaciones de desigualdad de poderes y obtener el perfil de un agresor. Desde ORMUSA, lo que Juárez propone es una auditoría para todos aquellos actores judiciales que realicen prácticas como el procedimiento abreviado, ya que sostiene que la ley es clara y muchas veces este tipo de resoluciones dependen de las interpretaciones legales.

«La Fiscalía suele utilizar figura simples, sin agravado, y las víctimas que se cansan que no les creen, que son tratadas en ambientes hostiles, finalmente desisten. Y al final lo que hacen es una audiencia para que la víctima desautoriza a la Fiscalía de seguir persiguiendo y esto queda en impunidad», señala Juárez al referirse al proceso abreviado aplicado para este caso.

Juárez no ve justificable que las partes acuerden procedimientos abreviados cuando exista una clara desigualdad de poderes: una menor de 14 años acosada por un hombre de 47, y que en medio de eso haya un fuero sistemático que proteja al agresor.

Todos los días, el día

Escribo estas notas pensando que todos los días deben ser el Día de las Mujeres. Por lo menos en lo que escribo es así. Tengo una novela autobiográfica que titulé «Siglo de o(g)ro» pero originalmente nominé «Mis cuatro mujeres», dedicada a quienes me ofrecieron una educación inicial que repercutió a mi favor en la escuela.

Esa novela cuenta mi infancia temprana, hasta mi sexto grado; aunque agregué un colofón referido a mi regreso al país, cuando voy a ver a mi madre, luego de casi 20 años sin verla. Esta, ese día, invitó a la casa a otra de mis cuatro mujeres, aún con vida.

Una de esas mujeres, por supuesto, fue mi madre. Los recuerdos de niñez inician con una diáspora de la casa familiar que había adquirido mi abuela, situada en una zona casi rural de la ciudad de San Miguel. Adelina, con dos niñas y un niño (mayor de cinco años), se escapó de la casa fingiendo un paseo vespertino. No avisó a nadie que no regresaría a la casa familiar.

Fue mi primera diáspora, que incluyó a mi hermana de tres años y a otra de año y medio, que Adelina llevaba en brazos. Nos fuimos caminando desde la casa (5.ª calle poniente, que ahora lleva mi nombre. Aunque de esta nominación solamente sabe mi familia y un exalcalde migueleño, quien tuvo la gentileza de nominarla así en una fiesta de cachiporristas y desfiles con bandas de paz, pero continúa siendo la 5.ª calle porque el presupuesto no alcanzó para rotularla con mi nombre).

La fuga encubierta como paseo se dio caminando 100 metros por la calle Manlio Argueta, doblamos hacia la Calle de la Amargura (la 9.ª avenida sur), que no tiene nada que ver con el tema religioso. Dejo a la imaginación del porqué de esa nominación.

Una amiga de Adelina le había ofrecido un cuarto para pasar la noche, que se prolongó por tres meses más. Con esas limitaciones mágicas inició mi relación con la poesía; Adelina me decía poemas en la oscuridad rembrantiana del humilde cuarto. O nos dormía con canciones de cuna. En esas circunstancias yo ni siquiera conocía qué era un libro.

Días después la abuela llegó a ver a su hija y nietos, y al retirarse me llevó a la casa que habíamos abandonado. Me hacía falta jugar con los primos. En casa de la abuela comencé a interesarme por los números. La hierba crecía en la calle no transitada por vehículos. Me tiraba boca arriba con curiosidad de ver cómo aparecían las estrellas, y me dio por contarlas según aparecían antes de oscurecer. También mi abuela me ponía a darle 10 «patadas» imaginarias al volcán, cuando por razones de niñez campestre se me inflamaban los ganglios de la ingle. Así, estrellas y ganglios iniciaron mi otra vocación: los números, hasta llegar a adulto, pues para costear mis estudios de Derecho me certifiqué como profesor de Matemática, que con la poesía fortalecía mis dos vocaciones de niño.

Al morir mi abuela, Adelina –mi otra mujer– compró el derecho a sus hermanos, y pasó a ser mi casa de infancia. En estos tiempos está situada a 200 metros de un polo de desarrollo urbano: estadio, clínicas, tribunales y el mejor hotel de la ciudad.

Pero vuelvo a mi historia central y mis cuatro mujeres. Después de la firma de los Acuerdos de Paz, avisé a mi madre que iría a visitarla. Esta tomó la iniciativa de invitar a Herminia que yo no había visto desde mi infancia, mi tercera mujer que nos acompañó en las buenas y las malas. Ella se encargaba de cocinar para toda la familia, incluidos sus tres hijos; también satisfacía mis gustos gurmé. Me guisaba iguanas y tacuacines que por ser, como decía, una casa de medio rural, yo los cazaba por los alrededores o en el propio «solar» (patio grande). Los platos de cacería los departía con Herminia y sus hijos. Mi madre y mis hermanas los rechazaban.

La emoción de encontrar otra de mis mujeres, Herminia, fue doble: su hijo mayor, Miguel, con quien departí la niñez, la fue a dejar en carro; pero no quiso bajarse para verme. Mi madre me dio la noticia de que Herminia se había ganado la lotería, y eso había cambiado su situación de extrema pobreza. En esta posguerra fatal Miguel fue asesinado. Nunca volví a verlo.

Las etapas reales de mi vida han sido fundamentales para narrar historias de mis novelas, donde las mujeres con quienes he convivido en mi infancia me dan pie para darles voz.

Mi madre me dio la poesía y las novelas que había leído en su adolescencia. La abuela me dio las leyendas. Con Herminia aprendí la sabiduría de los humildes.

La cuarta mujer fue Chela, quien me despertó otras curiosidades literarias al contarme los cuentos de «Las mil y una noches», y las aventuras con sus novios; y describirme el Cadejo y el Cipitío que le salían en aquellas calles oscuras de camino a su casa. Lo mejor de ella: me contó algunas novelas ejemplares de Cervantes, y me cantaba los tangos de Gardel mientras hacía su trabajo. Me quedó el misterio de cómo una mujer sencilla, jornalera, pudo darme esa riqueza infantil. Chela ayudaba a mi madre en la elaboración de ropa para venderles a los campesinos que bajaban del volcán. Nunca la volví a ver. Toda su familia murió durante la guerra. Fue uno de mis grandes desconsuelos, pues siempre quise saber ese origen de hada mágica que alumbraba con literatura oral mis noches de oscuridades rembrantianas; porque carecíamos de las mínimas comodidades hogareñas: energía eléctrica ni agua potable, y menos libros. Mi cultura posterior de niño se alimentó de los periódicos desfasados que mi madre al ver mi afán por saber de cuentos y lecturas me los compraba por libras. Es así como esas cuatro mujeres han sido fuente de mis realizaciones literarias.

¿Vamos por un #GobiernoAbierto?

Hoy, domingo 17 de marzo, cierra la semana del #GobiernoAbierto en el mundo: durante estos siete días ha habido actividades en distintos países para que sigamos repensando la transparencia, la rendición de cuentas, la participación ciudadana (colaboración y cocreación) y la innovación tecnológica, los cuatro pilares de esta manera de gobernar. (Pueden rastrearlo a través de #OpenGovWeek en Twitter, Instagram o Facebook, aunque en esta última busquen en los filtros de búsqueda del lado izquierdo que la fecha de publicación sea 2019).

El Salvador es uno de los 14 países latinoamericanos que conforman la Alianza para el Gobierno Abierto, que en total son 68 países en el mundo. ¿Pero qué significa esta alianza? Es una iniciativa voluntaria que ofrece una plataforma internacional para apoyar reformas locales que impulsen la rendición de cuentas, apertura en los gobiernos y una mayor capacidad de respuesta a la contraloría ciudadana. Nosotros entramos en la «tercera ola», en 2012, al igual que Guatemala, Honduras, Chile y otros; además, participamos del Programa Interamericano de Facilitadores Judiciales de la Organización de Estados Americanos (OEA), junto a Guatemala de nuevo, Argentina y Colombia, entre otros.

Este viernes, por ejemplo, Chile presentó el Cuarto Plan de Acción de Gobierno Abierto, así como un portal dedicado exclusivamente a esto. Dentro del plan, por ejemplo, la Defensoría Penal Pública (DPP) asumió el liderazgo de una #JusticiaAbiertaDPP a partir de cinco compromisos: una mesa de coordinación institucional para una justicia abierta, más datos abiertos, un lenguaje claro, más atención a usuarios y ser parte de la política de gobierno abierto.

Y allá, en esos confines del mundo, anda Álvaro Ramírez-Alujas (@RamirezAlujas) para contarnos siempre y desde cualquier plataforma de la importancia de estas prácticas para fortalecer lo colectivo. De hecho, este #OpenGovJedi, junto a Alejandra Naser (@AlejandraNaser) y Daniela Rosales (@danitar83), nos plantea la idea más bien hacia un Estado abierto, donde la premisa fundamental de la cocreación es «nada sobre nosotros sin nosotros». Ellos tres, en la presentación del documento «Desde el gobierno abierto al Estado abierto en América Latina y el Caribe», hablan de promover «la creación de espacios de encuentro y diálogo que favorezcan el protagonismo, el involucramiento y la deliberación de los ciudadanos en los asuntos públicos».

Y es que solíamos asociarlo únicamente al Órgano Ejecutivo, por lo que ahora (al menos en algunos países, como Chile) se va nombrando como Estado abierto: deben de ser los tres poderes y sus diferentes instancias las que se unan en esta tarea. Para ello, es muy importante recordar que los cuatro actores de estas prácticas son el Gobierno, la ciudadanía, la empresa privada y la academia. Es decir, es una responsabilidad colectiva. O sea, entre todos. Nadie se escapa a esto. Y obviamente las tecnologías digitales, las tecnologías cívicas son fundamentales para lograr mayor participación, mayor contraloría y mayor incidencia en las políticas públicas de cada país. De este lado del continente, nuestros compromisos como El Salvador en el Plan de Gobierno Abierto son cinco, divididos por cuatro áreas de trabajo. Son la ciudadanización de las finanzas públicas (transparencia fiscal); procedimiento para participación ciudadana en consultas públicas para el MARN (participación en medio ambiente); anteproyecto de ley de no discriminación más rescate de memoria histórica (derechos humanos), y propuesta para un anteproyecto de ley de rendición de cuentas (fiscalidad integral). ¿Avances? Podemos revisarlos en http://alianza.gobiernoabierto.gob.sv/2018-2020/aga_challenges Datos abiertos, hackatones, gobiernos locales abiertos, herramientas y aplicaciones de fiscalización cívica. Hay mucho por hacer. ¿Qué dicen? ¿Vamos (juntos y cocreando herramientas) por un #ElSalvadorAbierto?

Latinos y gringos

Trabajando en varios países de Latinoamérica uno se da cuenta que hay diferencias entre nosotros, la mayoría son pequeñas, pero se notan. Pienso que en promedio la mayoría de latinos tenemos más o menos los mismos vicios y las mismas virtudes. Eso hace que adaptarse a cualquiera de estos países no tenga mayor complicación.

Desde hace unos seis meses he estado estudiando una maestría en Estados Unidos, y si bien no es lo mismo que trabajar, la dinámica académica tiene destellos de cómo se desenvuelve la cultura «anglosajona» en lo laboral. Las diferencias acá son varias, más marcadas. Estas son algunas de las diferencias que he notado en seis meses conviviendo con latinos y gringos (vale la pena destacar que esta lista es con base en nadita más que mi mera percepción y no pretende ser un estudio serio).

Reuniones: se trata de tener las menos posibles, el coordinar que varias personas se junten es bastante difícil. Se dedica poco tiempo para conversaciones de temas no relevantes a la reunión y se va al grano casi desde el principio. A la hora de describir una historia o de contar algo, por lo general, un gringo es mucho más estructurado: «Pasó A por las razones B y C. Para resolverlo vamos a hacer D». Por otro lado, cuando los latinos empezamos una reunión nos gusta comenzar con un «¿y cómo estás? ¿Qué tal el fin de semana?» y así. A la hora de contar una historia nos gusta construir narrativa y ser más descriptivos. Todo esto, pienso, nos lleva a construir relaciones y amistades más cercanas con nuestros equipos y compañeros de trabajo, y también a que nuestras relaciones sean menos transaccionales.

Puntualidad: aunque siempre hay excepciones, a los gringos les gusta mucho la frase «If you’re on time, you’re late» que es algo como «si llegás a la hora exacta, ya estás tarde». La puntualidad es la norma y no la excepción. La gente es muy respetuosa del tiempo de los demás. Esto, me parece, es reflejo de una cultura más rígida y estricta. Nosotros, por el contrario, pocas veces somos puntuales, pero también pienso que podemos ser más flexibles; y eso puede ser una gran ventaja tanto en lo personal como en lo profesional.

Orientación al servicio: este es un atributo más complejo y he notado que cambia de ciudad en ciudad. La amabilidad con la que te pueden tratar en un comercio no es la misma en Austin que en Nueva York. Sin embargo, la atención al cliente tiene altos estándares; si se trata de una devolución, cambio o cualquier problema con el envío de algún artículo casi siempre tratan de enmendarlo y de darte algo extra por la dificultad que tuviste. Esto es algo más difícil de encontrar en Latinoamérica. Si un cliente tiene algún inconveniente solo algunas empresas tratan de enmendarlo, con otras (muchas más) es muy probable que solo te llevés la mala experiencia. En lo que sí pienso que nadie nos gana es en el carisma. El trato humano, por lo general, es mucho más agradable y detallista en Latinoamérica.

De nuevo, esto no tiene fundamento más que el de mi experiencia. Nunca cae mal dar un paso atrás y fijarse un poquito en las diferencias culturales que podemos tener. Para bien o mal esas diferencias son reflejo de nuestra identidad y hacen un proceso de adaptación muy interesante.