«Nosotras solo íbamos a preguntar si había un cadáver»

Ilustraciones de Moris Aldana

Cuando estaban más pequeñas, Karen y Andrea Pérez jugaban a tener un negocio. Cortaban frutos y hojas de los árboles del patio y los ponían al sol. Ellas decían que cocinaban carne asada. Después, hacían tortillas con la tierra de su cantón, en un departamento de la zona central del país. Cuando crecieron, la dinámica fue cambiando. Seguían jugando en el patio, pero dedicaban más tiempo a platicar. Karen decía que, de grande, quería abrir una sala de belleza. Andrea planeaba ser doctora. Nada de eso fue posible. Desaparecieron en 2016 antes de cumplir los 15 años.

Ese año, al menos 919 mujeres y niñas salvadoreñas fueron privadas de libertad. Así lo establecen las estadísticas de la Fiscalía General de la República (FGR). Karen tenía 12 años el último día en que su familia la vio; Andrea, 14. A pesar de que cuando desaparecieron eran menores de edad, su ausencia no causó ninguna movilización a gran escala.

Su desaparición tampoco causó revuelo en medios de comunicación. No hubo ninguna campaña mediática para encontrarlas. Al buscar sus nombres en internet, lo único que existen son dos publicaciones en Facebook donde se muestran sus fotos: dos niñas pequeñas, morenas, de ojos rasgados y nariz chata.

«En las autoridades estatales recae, en primer lugar, la responsabilidad de evitar las desapariciones y de averiguar el paradero de las personas dadas por desaparecidas», señala el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Más de dos años después de que su familia las vio por última vez, aún se desconoce el paradero de la hermana mayor, Andrea. La otra menor ya fue localizada, pero cuando se le encontró, meses después de haber desaparecido, estaba muerta.

***

El vaso de agua iba medio vacío

Todo comenzó con un vaso de agua. Esa es la historia que empieza a contar la abuela de las menores. Ella es una mujer pequeña, de 60 años. En su juventud trabajó haciendo oficios domésticos y de jardinería en la capital. Su cantón queda a media hora a pie desde la cafetería en la que ahora habla, pero ella prefiere platicar aquí, en medio de desconocidos y no frente a unos cuantos cercanos. Ya no sabe si puede confiar en los que la rodean.

La vida en el cantón transcurría con aparente normalidad. La madre de las menores trabajaba en una fábrica como operaria de máquina textil y pasaba todo el día fuera de casa. A su cargo estaba proveer para la crianza de sus hijas, pero solo las podía ver durante las noches.

Durante el día, la abuela era la encargada de cuidarlas. A veces las iba a dejar y a traer a la escuela. En otras ocasiones, ellas iban y venían solas. Ahí estudiaban sexto y octavo grado. La escuela del cantón no tiene teléfono, ni correo electrónico, según un informe del Ministerio de Educación. Tampoco tiene sala de cómputo, biblioteca, ni internet. El espacio de esparcimiento de los estudiantes es una cancha de fútbol y una de básquetbol.

La calma del hogar de las Pérez se rompió cuando empezaron a llegar jóvenes que no eran conocidos en la zona. La abuela sospechaba que se trataba de pandilleros y cuenta que alguna vez les vio un arma. A veces también llegaban mujeres jóvenes con ellos. Una de las muchachas «empezó a llegar a la casa y pedía que le diéramos agua para tomar y ahí se quedaba platicando con las niñas», narra.

“La desaparición es una alerta de riesgo feminicida. Por lo tanto, las acciones deben ser urgentes. No se debe esperar y segundo, no se debe asumir nada. Si fuera cierto que una mujer se fue con alguien más, la obligación es encontrarla viva”, opina la abogada Silvia Juárez.

Poco a poco, ver al grupo de muchachos cerca de la casa era lo habitual. Mientras pedían agua, se fueron ganando la confianza de las adolescentes. Les sonreían. Eran amables. Con amargura, la abuela relata: «Las niñas salían, ellas solas, a estar sentadas en un bordecito en el patio. De ahí los muchachos pasaron a sentarse por ahí. Y platicaban con ellas».

Para agosto de 2016, Karen y Andrea ya consideraban amigas a un par de mujeres que llegaban a platicar con los pandilleros, que vigilaban la zona. Eran dos veinteañeras en las que confiaban. Un día pidieron permiso para ir a bañarse a una poza junto con sus nuevas amigas. La abuela se opuso, pero las menores ya habían salido en otras ocasiones con ellas sin ningún problema. Dijeron que volverían ese mismo sábado al caer la tarde, pero no lo hicieron. La madre marcó al teléfono de Andrea, la hermana mayor, pero fue Karen quien contestó la llamada. Dijeron que llegarían al siguiente día, que estaban bien y en la casa de su amiga. Así pasaron cuatro días.

«El miércoles vino la niña más pequeña a la casa, llorando. Yo le pregunté qué le pasaba y me decía que nada. En la noche, cuando la mamá llegó, le preguntó qué había pasado. Ella estaba bien triste y no quería decirle. Hasta que dijo: ‘Mamá, a nosotras nos están pidiendo $125 y dicen que si no entregamos ese dinero no nos van a dejar regresarnos’», cuenta la abuela.

$125 es una cantidad difícil de conseguir para la familia Pérez. Es cuatro veces lo que pagan por alquilar unas tareas de tierra en la que siembran maíz y frijoles para consumo propio cada temporada. Es más de lo que ellas tenían como ahorros. El ingreso económico del hogar no era alto. La abuela de las menores cría pollos en su casa. Cada uno de los pollos blancos es vendido a $4. Para poder tener en sus manos $125, tendría que haber vendido 31 pollos de una sola vez.

#Dónde están

La madre de las niñas salió a preguntar entre los vecinos si alguien podía prestarle $125, pero no consiguió la cantidad. Karen, de 12 años, lloraba mientras se escondía debajo de una sábana, asegura la abuela. Las adultas de la casa no entendían por qué debían pagar ese dinero. Hasta hoy, solo tienen la explicación que les dio Karen: «Allá donde vamos, los pandilleros nos mandan a que vayamos a pedir comida fiada a un comedor. Y la dueña de ese comedor es la mamá de un pandillero jefe y dice que ya mucho les debemos».

Andrea cuenta, entre lágrimas, el último regaño que le dio. Le dijo que no tenía por qué fiar comida si en su casa ya tenía lo suficiente para alimentarse. «Sí, pero a nosotras nos están obligando», recuerda haber escuchado como respuesta. La niña les dijo que le habían dado pocos días para conseguir el dinero. La abuela se preocupó. En el banco tenía sus ahorros: $50. La madre logró igualar la cantidad y juntaron cien dólares. Llegó el sábado 14 de agosto y una de las nuevas amigas de las menores llegó al parque del pueblo cercano. Ahí le entregaron los $100.

Tras la entrega, Karen le dijo a su madre que volvería al lugar de donde había sido enviada. Que la condición para dejar ir a su hermana mayor era que ella misma volviera con el dinero. Prometió que regresaría al siguiente día en el bus de las 11 de la mañana.

Antes de irse, Karen se despidió de su abuela: «Perdóneme por portarme mal con usted». Después le hizo una promesa: «De aquí para allá nosotras no vamos a volver a salir y le vamos a hacer caso en todo lo que usted nos diga», recuerda. Mientras la abuela habla, se le cierra la garganta y estalla en llanto. Busca en su cartera algo para secar las lágrimas. Encuentra una toalla pequeña y amarilla. Se toma su tiempo para volver a hablar de nuevo. Respira profundo y le da un sorbo a la soda que está sobre la mesa.

Al siguiente día, las adultas de la casa esperaron el bus de las 11 de la mañana y las menores no bajaron. Poco a poco fueron llegando todos los buses de la tarde, pero ninguna de ellas bajó en la parada usual.

La madre de Andrea y Karen denunció ante la policía del municipio la privación de libertad, pero no obtuvo respuestas inmediatas. Lo único que les quedó, entonces, fue empezar a hacer viajes a la sede cercana del Instituto de Medicina Legal (IML): «Allá nosotras solo íbamos a preguntar si había un cadáver».

Lo puedo decir con solvencia. En todo el país hay cuerpos de salvadoreños inhumados.
No hay un departamento de El Salvador donde no haya cuerpos de desaparecidos”, dice Israel Ticas desde su oficina en San Salvador.

***

El Salvador como cementerio

«Lo puedo decir con solvencia. En todo el país hay cuerpos de salvadoreños inhumados. No hay un departamento de El Salvador donde no haya cuerpos de desaparecidos», dice Israel Ticas desde su oficina en San Salvador. Ticas es criminólogo forense. Durante más de una década ha trabajado exhumando cadáveres. Trabaja en la Fiscalía, pero deja en claro que esta plática es a título personal y no institucional. Para comprobar que a lo largo y ancho del territorio hay cementerios clandestinos busca en su computadora un archivo. Luego, muestra un mapa de El Salvador lleno de puntos en todos los departamentos. Cada punto es una exhumación realizada.

Cada semana se denunció la desaparición de 18 niñas y mujeres, en promedio, durante 2018. Y hubo, en todo el año, 924 denuncias de privadas de libertad. Esto representó un aumento de más de cien casos en comparación con 2017, cuando se registraron 813 denuncias de este tipo en la FGR.

Ticas explica que en las escenas que él ha trabajado ha logrado identificar un tipo de violencia dirigida hacia los cuerpos de mujeres que no sucede con el sexo opuesto: «El grado de psicopatía es más avanzado cuando son cuerpos de mujer, pero va a depender de los victimarios. Hay unos que son más psicópatas que otros. He podido encontrar cuerpos a los que les han cortado los pechos, con objetos en su vagina: estacas, envases, navajas. Su vagina lacerada con cortes por arma blanca, objetos en su trasero, lo que no se ve en hombres», señala.

Ticas es un hombre efusivo. Habla como un buen orador y dispara frases tan contundentes como duras: «En El Salvador, el que desaparece está muerto», dice sin dudar, en esta mañana de marzo.

Movidos por ese temor, familiares llegan cada día a las oficinas de Medicina Legal en sus diferentes sedes en todo el país para buscar a sus seres queridos. Ivett Camacho es psicóloga forense y trabajó en ese instituto durante 16 años. Ella ayuda a entender el proceso que se lleva en Medicina Legal cuando se hace el levantamiento de un cuerpo no identificado: «Se les toma fotografía y a razón de eso se lleva un álbum fotográfico. Hay una unidad especial donde se apersona el familiar que anda buscando a alguien». Así, viendo las fotografías, los familiares ayudan a identificar a los fallecidos que están en la morgue.

La Iglesia católica conmemora el Día de los Santos Inocentes –en honor de los niños fallecidos– 1.º de noviembre. Ese día de 2016 y a las 9 de la noche, se hizo el levantamiento de un cadáver que coincidía con las características de una de las hermanas Pérez.

La madre y la abuela escucharon que un cuerpo había sido exhumado y llegaron a Medicina Legal. Ahí se les comunicó que el cuerpo coincidía con la descripción de una de las niñas que buscaban. Se trataba de Karen, la hermana menor.

El 3 de noviembre de 2016, la Unidad de Delitos Relativos a la Vida e Integridad Física de la Fiscalía giró un oficio al IML. «Determinar, mediante prueba de ADN, si la sangre correspondiente a la señora Pérez y la muestra del cadáver son compatibles con la misma, para establecer parentesco entre las mismas», se lee en el documento.

«Yo insistía en ver el cuerpo y en Medicina Legal me dijeron que no porque se encontraba en putrefacción, pero me mostraron (en fotografía) solo una parte del cráneo», cuenta la abuela, afectada. Ella explica que el resultado de la prueba de ADN fue positivo y que las autoridades le aseguraron que ese cuerpo pertenecía a su nieta. Sin embargo, años después, ella aún se aferra a creer que no se trataba de su nieta. Cree que las menores, tal vez por miedo, no vuelven a casa: «Y yo digo que no es ella. Y tengo la esperanza», sostiene.

El 25 de enero de este año recibió, junto con su hija, un citatorio para presentarse en una oficina fiscal para realizar diligencias de investigación. Este viernes 29 se inició el juicio por privación de libertad de Karen. Seguirá desarrollándose en abril. Para el caso, hay una mujer acusada. Este juicio, explica la familia, fue pospuesto en varias ocasiones: «Nos citaron para agosto y no lo hicieron, de ahí parece que en noviembre, tampoco la hicieron, después en diciembre… que andaban en capacitación», se queja la abuela. «El juicio se ha suspendido varias veces», confirma el encargado de prensa de la oficina fiscal local. La otra menor, quien ahora tendría 16 años, sigue sin aparecer.

Ilustración de Moris Aldana

La culpa y la víctima

«El primer planteamiento es culpabilizar a las víctimas. Primero las familias tienen que estar demostrando que ellas tenían un patrón regular de vida, que no tenían problemas. ¿Y quién no ha tenido problemas alguna vez?», comenta Silvia Juárez, dirigente en la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA).

Dicha organización cuenta con más de una década de experiencia analizando y monitoreando casos de violencia contra mujeres. Desde ahí, han logrado identificar que los familiares de las mujeres desaparecidas constantemente deben defender a las ausentes ante comentarios que las culpabilizan por su estado de desaparecida.

Nicole Herrera es una estudiante de Medicina, de 18 años, que no aparece desde el pasado 10 de marzo. Ese día dijo en su casa que saldría a comprar material para una tarea en el centro de Apopa. Desde hace 21 días se desconoce su paradero.

Cinco días después de que Nicole desapareció, su padre, José Herrera, se dirigió a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). Ahí se quejó de no ver resultados positivos a pesar de haber denunciado la desaparición pronto. Como familia, «hasta el momento aún no tienen conocimiento del estado del caso», se puede leer en un documento de la procuraduría.

A diferencia del caso de Karen y Andrea, esta desaparición sí ha tenido atención mediática. Su padre ha hablado con varios medios de comunicación y las fotos de ella se han difundido a través de redes sociales. En un canal de televisión se entrevistó a José y se hizo un reportaje sobre la ausencia repentina de la joven. En el reportaje televisado se mencionó que, posiblemente, Nicole sostenía una relación con un miembro de pandillas.

«La desaparición es una alerta de riesgo feminicida. Por lo tanto, las acciones deben ser urgentes. No se debe esperar y segundo, no se debe asumir nada. Si fuera cierto que una mujer se fue con alguien más, la obligación es encontrarla viva», opina la abogada Silvia Juárez.

José Herrera se molestó por el tratamiento mediático que se le dio a la desaparición de su hija. Niega la acusación que se le hizo a su hija y considera que esa información pone en riesgo al resto de sus hijos. El periodista encargado de la nota en cuestión optó por no brindar un comentario ante los señalamientos del padre.

Debido a que el caso ha sido ampliamente difundido, el número de teléfono de José no deja de sonar. Él lo tiene cerca todo el tiempo. Lo llaman periodistas para entrevistarlo y hasta personas pidiéndole dinero. En su celular muestra el chat de alguien que le escribió pidiéndole $2,000 para entregarle a Nicole. Cuando José le pidió una llamada para comprobar que Nicole estaba donde decían, no recibió nada.

La madre de Nicole ha mantenido un perfil más bajo ante la desaparición. «Vivimos en un país sin respuesta. La única confianza es en Dios», dice a través de una llamada telefónica. Asegura que un día podrá platicar sobre lo que su Dios de reyes hará por ella y su hija. Por hoy, no quiere hablar al respecto. Antes de colgar la llamada se compromete a llamar de vuelta –cuando su hija aparezca– para que sea ella misma quien brinde su testimonio.

***

¿Cuántas son las encontradas?

La abuela de las Pérez se aferra a la idea de que sus nietas estén vivas. Pregunta si se conoce de casos en los que, después de un buen tiempo, las personas aparecen con bien. Cuando se encuentra con una respuesta negativa, el tono de su voz se vuelve áspero.

Uno de los problemas relacionados con las desapariciones en El Salvador es que cada institución lleva un registro separado. Por lo tanto, cada organismo relacionado con el tema cuenta con estadísticas distintas sobre la cantidad de personas desaparecidas.

Además, las autoridades no llevan un registro actualizado sobre el estado de las denuncias.

Se conoce cuántas denuncias por privación de libertad se presentan en cada institución, pero no se sabe si, al cabo de unos días, dicha persona apareció. Esto a pesar de que las denuncias por desaparecidos se cuentan por miles. Solo el año pasado fueron más de

2,600.

En marzo, la Policía Nacional Civil dio una conferencia en la que presentó el Protocolo de Actuación Urgente y Estrategia de Búsqueda de Personas Desaparecidas (PAU). Este protocolo, en vigencia desde diciembre de 2018, le indica a las autoridades que no se debe esperar ni un solo día para iniciar la búsqueda de una persona reportada como desaparecida. Además, plantea la posibilidad de unificar estadísticas a través del trabajo interinstitucional de FGR, Órgano Judicial, PNC, Ministerio de Justicia y PDDH.

Cuando se le preguntó a Wálter Guillén, inspector jefe de la PNC, en cuántas ocasiones ha sido aplicado el protocolo durante el primer trimestre de este año, el funcionario respondió que no es posible brindar esa información. Tampoco se puede saber cuántas personas han sido ubicadas con éxito: «La vida es un bien tutelado y toda estadística que se genere no sobrepasa sobre este derecho. En ese sentido, y para no seguir estigmatizando este tipo de acciones, no hemos querido dar algún dato», argumentó desde las oficinas centrales de la PNC.

***

La pérdida ambigua

La abuela de las Pérez lleva pocas cosas en la cartera. Entre ellas, los documentos del caso de sus nietas dentro de una bolsa plástica. Así evita que se ensucien o mojen. Tiene la billetera llena de fotos tamaño cédula de las dos menores. En dos de las fotografías las niñas aparecen con el pelo negro y la camisa blanca del uniforme escolar. Miran contentas a la cámara, pero no enseñan los dientes. En otra foto que la abuela lleva siempre consigo está «Andreíta», como ella la llama. Lleva puesto un birrete y se ríe. Su abuela la ve y también sonríe.

La desaparición «es una tragedia para la persona que desaparece, pero también para sus familiares, que viven con la esperanza constante de un milagro», sostiene el Comité Internacional de la Cruz Roja en uno de sus informes.

Nadia Guevara coincide con esta afirmación. Ella es una psicóloga que está al frente del área de salud mental del CICR. La experta ayuda a identificar el perfil de quienes buscan a sus familiares: «En su gran mayoría son mujeres las que buscan, de edad media y adultas mayores, usualmente en situación económica precaria», señala.

A ellas –continúa explicando la psicóloga– se les debe brindar terapia bajo un concepto distinto al del luto. El luto implica aceptar la pérdida final o la muerte de una persona. Y con los desaparecidos, eso puede sentirse como una traición. Como negarles la oportunidad de volver a casa.

Por ello, desde el CICR proponen que los psicólogos y psiquiatras que atienden a familiares de desaparecidos lo hagan bajo el enfoque de la pérdida ambigua: «Es la pérdida de alguien, pero hay una incertidumbre de si está vivo o está muerto. Nosotros no podemos obligar a alguien a que se despida. ¿Cómo le dice a alguien que deje de pensar en el hijo que crió, si no hay nada que le haga entender que no lo va a volver a ver?»

El enfoque propuesto consiste en acompañar psicológicamente a la persona que busca, sin imponer un cierre. Sin obligarla a vivir un luto para el que no está preparado. «Si no hay una certeza, no puede incluso llorar a su desaparecido. Llora la ausencia, pero no puede dar un cierre», considera Guevara.

Hasta la fecha, en El Salvador no hay una comisión nacional de búsqueda de personas desaparecidas por la violencia actual. No hay círculos de apoyo impulsados desde el Estado para atender a las familias de las miles de víctimas.

El criminólogo Israel Ticas se queja de esto: «Hay madres sufriendo. El Estado permite que esta gente sufra todos los días, todas las noches. Hay gente que me habla llorando a las 2 de la madrugada diciendo: ‘Estoy en el cuarto de mi hija, ¿no la ha encontrado?’ ¿Y yo qué hago? Nada. Llorar con ellas».

Nadia Guevara, la psicóloga del CICR, tiene claro el tipo de atención que se le debe dar a estas víctimas secundarias y no se está haciendo: «El apoyo que se le debe dar a las mujeres y a las niñas que quedan es un acompañamiento. Es caminar a la par de la persona». Mientras, las Pérez caminan solas hacia el juicio.

Lectura, creatividad y desarrollo sostenible

El fenómeno de creatividad relacionado con la expresión literaria es bastante incomprensible por los profanos, ya sea porque no han estudiado el tema o no han ejercitado la práctica de escribir literatura. Y será menos comprendida sobre su aplicación a todos los órdenes de la vida, como debe ser, que debe cultivarse en todos los niveles educativos. Se dice que el niño y la niña son creativos hasta que entran a la escuela. Posición con suficiente base. De mi parte, conozco mejor los mecanismos creativos en mi labor literaria y en las experiencias laborales: sacar como acto de magia los recursos, casi siempre míseros, en el área cultural.

Pero la destreza creativa no nace del aire, ni de seres abstractos que fecundan al artista en las diversas manifestaciones de la vida. Por ejemplo, en varios países asiáticos han logrado la magia del desarrollo porque ponen énfasis en preparar profesionales no para desempeñarse en un puesto público o privado, sino para ser creativos para lograr sus oportunidades, un medio para combatir la pobreza extrema que puede llegar a los 400 millones en la India o a los 300 millones en China. Al profesional se le educa para prever una escasa oferta laboral. Entre nosotros ya hay organizaciones civiles o instituciones con programas de innovación emprendedora.

Pero quiero centrarme en lo literario: desde mi niñez y continuando por mis lecturas; o fortaleciendo la sensibilidad con música; conociendo a escritores universales, no en los pocos ambiciosos textos escolares. Me refiero a los que me atrajeron por una formación temprana: novela francesa, rusa, norteamericana, especialmente.

Esas prácticas me permiten advertir que la palabra se enriquece con la lectura y esta, a la vez, transforma esa palabra para crear otro tipo de realidades. La lectura es fundamental para hacer sencillo el ejercicio artístico. Permite saber si un poema es un poema. La lectura da un gran sentido crítico a la efectividad literaria, sin olvidar que lo creativo es un proceso orgánico que comienza desde los sentidos, luego procesa conceptos hasta despertar emociones en el receptor de arte.

Pero la lectura, al fortalecer los alojamientos neuronales para lograr el hallazgo estético, descubre también los problemas diversos de la vida, nos permite transformar el entorno de la realidad. Y si adquirimos esa posibilidad seremos capaces de transformar con la palabra nuestra propia realidad. Entre más megas o gigabits neuronales poseamos, adquiridas por la lectura, mayor capacidad para proponer o tener respuestas ante lo imprevisto de la vida, ante lo inesperado, lo sorpresivo. Nos hace menos vulnerables para subsistir en una sociedad trágica. Si no tengo empleo, descubro con creatividad mis oportunidades.

Pero vuelvo a mi fuerte que es la lectura y lo creativo aplicado a lo literario. Comencé a leer a autores contemporáneos desde mi tercer ciclo gracias a Tarquino Argueta, mi tío, abogado; enorme lector que, al trasladarse como profesor de Matemática en San Salvador, me heredó, en San Miguel, sus libros que yo había leído en parte cuando visitaba su casa: novelas de autores universales, cuentos, filosofía, autobiografías, y revistas: Life en español; Billiken de Argentina; Carteles y Bohemia, de Cuba; Selecciones de EUA. Pronto, mi inocencia descubrió que la palabra enriquecida me daba ventajas aun sobre algunos de mis maestros. Lo cual algunas veces me dio problemas. Recuerdo que en mi 5.º grado cuando mencioné la palabra fluorescente, el profesor me reclamó, con prepotencia, que de dónde sacaba palabras inventadas. Quise explicarle, pero me interrumpió diciendo que lo correcto era fosforescente. Como niño me sentí agredido. Así caminaron mis oportunidades tempranas de manejar la palabra escrita en mi medio provinciano. Tarquino Argueta me abrió el camino que había iniciado mi madre al decirme poemas de memoria desde mi niñez.

Después le di continuidad a mi formación gracias al intercambio de experiencias con Roque Dalton, Roberto Armijo, Ítalo López Vallecillos y Oswaldo Escobar Velado, principalmente. Con Dalton fuimos inseparables desde esos 19 años; con Ítalo nos relacionamos más de cerca cuando nos dio cabida como editores en la editorial universitaria, que él dirigía; con tolerancia aceptaba nuestras sugerencias creativas sobre las publicaciones.

Roque Dalton había tenido grandes experiencias literarias aun antes de la mayoría de edad, que contrastaba con el chalateco Armijo, y el miguelense que escribe estas letras. Como estudiantes iniciales del Derecho, y por las comunes acciones culturales en esa misma universidad fui asiduo visitante de la casa de Dalton, en la reconocida tienda Royal, cuando ya era padre temprano de Roquito (muerto en la guerra civil) y de Juan José; Jorge no había nacido.

En casa de Dalton escuché por primera vez los conciertos de Rachmaninov y Tchaikovsky. A Armijo continué contactándolo en los años ochenta, en sus 30 años de residencia en París, fue la época de mis traducciones en que fui invitado varias veces por casi toda Europa. A Dalton lo perdí de vista después de su secuestro y escape en 1965. Los tres poetas de ejercicios de creatividad temprana fuimos inseparables, aunque geográficamente distantes. La amistad con Armijo lo llevó a bautizar a su segundo hijo con mi nombre (también muerto en la guerra), y este heredó dicho nombre a su nieto.

Algo más sobre innovación creativa: invertir en renovar el Centro Histórico que ha traído resultados emprendedores, como es el caso de los cinco cafés gurmé con apenas 5 manzanas recuperadas. Lo mejor: en estos espacios recuperados todas las tardes hay fiesta bajo el impulso de la dignidad recuperada. Amamos esos espacios de identidad y disfrutamos el cambio de calles calificadas de violentas a espacios que se disfrutan con música, bailes y tranquilidad. Visítenlo y lo comprobarán.

P. D. Este trabajo ha sido inspirado porque el 21 de abril es el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, designado por las Naciones Unidas que llama a celebrarlo enfocados en 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). La Biblioteca Nacional y organizaciones amigas nos preparamos para responder, por tercera vez, a la iniciativa mundial.

México y su perdón

México es el hermano mayor de El Salvador y Centroamérica. Con una poderosa influencia en tantos aspectos: música, comida, gustos, casi toda la cotidianidad. La influencia mexicana siempre ha sido transversal. De las últimas noticias que llegan del hermano mayor hay una que parece querer reabrir los libros de historia: el presidente de México solicita al rey de España que pida perdón por las atrocidades contra los pueblos originarios en la conquista y la época colonial. Fue «trending topic» rápidamente. Una noticia con contexto de hace 500 años. Se vino una avalancha de burlas y reclamos por la solicitud al rey y que también se derivó a la Iglesia católica. En una época en la que las víctimas tienen más visibilidad que nunca antes, a nadie le gusta ser el victimario. Menos por algo que sucedió hace tanto tiempo.

México, con una historia tan parecida a la nuestra. Tan llena de imposiciones y repleta de frases del estilo «el fuerte siempre gana» y de «eso ya pasó». A muchos les pareció molestar que quien hiciera la solicitud de perdón no fuera un indígena sino que una persona con apellidos españoles y hablando castellano. Alguien que le debe algo a la colonia. Pero nadie está renegando de la herencia cultural. Ni México ni El Salvador, ningún país de Latinoamérica serían lo que son sin el sincretismo cultural. El mestizaje entre las distintas culturas, incluida la española, que quede claro, se le deben: las raíces del país que tanto se añora, las tradiciones de los pueblos, la comida típica. Todas tienen elementos traídos por los primeros hombres que vinieron de la península ibérica. Así como otros elementos de los esclavos africanos que ellos trajeron consigo en tiempos coloniales (África, un continente saqueado y humillado y al que nadie le ha pedido perdón).

Otros menoscabaron la petición de Andrés Manuel López Obrador indicando que posterior a la colonia, el Gobierno mexicano no ha hecho nada por reintegrar a los pueblos originarios. Algo absolutamente cierto en un país con una marcada desigualdad y un sistema de castas y clasismo que arrastran todos los países latinoamericanos. Pero el mandatario no solo habló acerca de que España y la Iglesia católica tenían que pedir perdón, sino que el Gobierno de México haría lo mismo por la desidia y marginalidad en la que han tenido a los indígenas. Dijo que esta es una época de hermandad entre pueblos pero que, antes que eso, se debía pedir perdón por el pasado. Nada de revanchismo. El perdón para dar la vuelta a la página. Reconocer los actos que ocurrieron y asumir el mal hacer.

¿Es tan complejo pedir perdón? Más cuando se tiene una historia común que se remonta a 500 años de la caída de Tenochitlán. Hay en esto tanta cercanía y familiaridad. El perdón se sigue asociando a los débiles cuando se predica el «lo hice por tu bien». Trascendió que la propuesta de México fue rechazada desde el primer momento en Europa. Nada sorprendente. Hay tantos rasgos comunes en Iberoamérica. Lo extraño hubiera sido evaluar la idea, analizar y, finalmente, reconocer los abusos a los que se ha sometido a los pueblos originarios. Así fue como se construyeron sociedades que solo se acuerdan de ellos para utilizarlos en afiches turísticos. No hay un solo responsable. Hay que dejar de lado la dicotomía de España contra Latinoamérica. Y, por primera vez, asumir un verdadero ejercicio de igualdad.

El pensamiento mágico

Cuando mi hija se pasó a dormir en su propio cuarto le colgué un crucifijo de bronce en la pared, arriba de su cuna, sobre una placa de madera. Y eso que no soy religiosa. Lo hice porque había sido mío de niña, me parecía hermoso y porque era un símbolo de protección. La placa estaba suspendida por una cinta amarilla y sobre la madera estaba pintada la imagen de un ángel querubín. Cada noche, antes de acostarme, entraba a revisar la respiración de mi hija, a ver que estaba tapada bien, pero no sé cuando me empecé a fijar tanto en la cruz. Mi gran temor era que alguna noche entraría a su cuarto y encontraría invertido el crucifijo, como en películas de mi juventud, como «La profecía» o «La maldición de Damien», y a saber qué caja de pandora se abriría entonces. En mi mente lógica sabía que eran temores que no correspondían a la realidad y, por eso mismo, pasó mucho tiempo en que no le comenté nada de esa rutina a nadie. Entender que no era lógico no me ayudaba en esos momentos y, a veces, revisaba su cuarto, me calmaba, y tenía que volver en algunos momentos para ver que seguía colgado el crucifijo de la misma forma. Nunca se me ocurrió quitarlo de la pared y evitar todo ese proceso, porque eso habría dejado a mi hija sola y expuesta a todas esas fuerzas potenciales del mal sin, ni siquiera, cualquier mínima protección que le aportaba esa placa católica. Repito, no soy religiosa, pero lo que pasa es que mi escepticismo se extiende hasta los campos de la ciencia y la razón. No creo que nadie tenga las respuestas absolutas ni la perspectiva necesaria para entender ni explicar cómo funciona la experiencia humana.

La primera vez que oí mencionar el «pensamiento mágico» fue en un libro de Joan Didion, en que la autora describe cómo los rituales de su vida cambiaron cuando lidiaba con las enfermedades y, al fin, el fallecimiento de su marido e hija dentro del espacio de dos años. Para Didion, el hecho de no deshacerse de los zapatos de su marido, por ejemplo, aun después de su muerte, significaba que de alguna forma seguía existiendo la posibilidad de que él iba a volver y poder usarlos otra vez. La forma de razonar de la autora en ese tiempo iba en contra de la realidad empírica y todo ese libro tiene que ver con la misma insensatez que, de cierta forma, le da orden a la vida humana, sobre todo en momentos así, de crisis o de agobio.

Cuando encontré ese libro de Joan Didion sentí que la autora había puesto por escrito algo que yo ya había experimentado en mi propia vida. El crucifijo de mi hija quedó guardado en una caja en alguna cambiada de casa. El pensamiento mágico ahora tiene que ver con el acto de buscar señas en las cosas que uno encuentra en la calle o en las cosas que mira en el camino, pero también en tratar de actuar sobre ese mismo universo y de negociar con él. Es el acto de colgar un amuleto contra el mal de ojo o usar una pulsera de pita roja para la protección. Es cuando alguien te da un collar o unos aretes y perderlos o deshacerse de ellos significa, de alguna forma, perder algo de la conexión con esa persona. Es cuando se cae una fotografía y uno se preocupa que algo le ha sucedido a esa persona en ese instante. Es el silencio que sigue después de romper un espejo o cuando uno experimenta el «déjà vu». En fin, Joan Didion dice que la experiencia humana no se corresponde con explicaciones lógicas, cuando pierdes a alguien lo percibes con el corazón, no con el cerebro: «Es una sola persona que ya no está, pero es el mundo entero que ahora está vacío».

Carta Editorial

Se metió debajo de las sábanas en un intento de sorpresa. Cuando le dije que ya la había visto, me preguntó que cómo supe dónde estaba. En la misma, se respondió ella sola algo a lo que le encontró toda la lógica que cabe en seis años de vida: “¡Ah!, es que como estuve en tu pancita, tú siempre vas a saber en dónde estoy”. Con todas las fuerzas del mundo, quise decirle que sí, que así es, que por eso siempre voy a saber en dónde y cómo hallarla. A la par de ella, quise que el amor funcionara también como localizador satelital.

Llevamos, con esta, tres entregas en las que hemos abordado diferentes aristas de la desaparición de personas en El Salvador. Y falta, falta tanto por contar. Este es un drama sin fin: no se puede decir adiós y tampoco parece correcto abandonar la esperanza de un reencuentro.

La periodista Valeria Guzmán cuenta en esta edición cuáles son las particularidades que se presentan cuando a quien se debe buscar es una mujer. Pese a que se ha creado un protocolo para agilizar las alertas, en la práctica sigue existiendo, robusto, el prejuicio. La víctima tiene que ser “intachable” para merecer atención.

A lo largo de este ejercicio que hemos puesto en práctica los últimos domingos de cada mes, ha habido un factor recurrente, grande, ineludible y pesado como lápida. Es la soledad de los que tienen que atravesar el infierno de buscar a un ser querido.

El Estado, señala una de las fuentes del reportaje, debería hacer más suya la obligación de asistir a estas víctimas de una muerte en vida. Es que caminar por hospitales, visitar la morgue, ver fotos de cadáveres, asistir a exhumaciones en cementerios clandestinos, pedir desesperadamente información en redes sociales y ver llegar cada noche sin haber encontrado ningún indicio es, en toda regla, una tortura.

Hoy, cientos de personas van a tener que intentar dormir sin haber encontrado respuestas. Este país no va a ser de humanos hasta que ponga atención a estos dolores profundos.

«Nunca imaginé que iba a ser una cantante de ópera»

¿Cómo te imaginabas que iba a ser tu vida?

De chica siempre supe que quería ser cantante, aunque nunca imaginé que iba a ser una cantante de ópera. A medida que fui creciendo, pensé en las mil y una posibilidades que podía elegir para mi vida, las cosas que me gustaría hacer. Pero siempre hubo algo dentro de mí que me empujaba a la música, al canto.

¿Cómo creés que vas a estar en 10 años?

Espero estar desarrollando al máximo mi carrera, estudiando alguna maestría en Europa, mientras trabajo en alguna casa de ópera.

¿Cómo ponés tu talento a trabajar por tu meta?

Actualmente formo parte del Coro de la Ópera de Rosario, en donde poco a poco voy ganando experiencia. Participo de recitales que la Escuela de Música organiza y en diferentes concursos.

¿Qué es lo peor que te podría pasar en el canto?

Tener algún tipo de lesión vocal que me impida continuar cantando, de lo demás uno siempre se recupera.

¿Tu músico favorito?

Realmente no tengo un músico favorito ni música preferida. Me gusta escuchar de todo un poco.

¿Cuál sería tu empleo perfecto?

Trabajar en una casa de ópera, haciendo papeles importantes.

¿Hay alguien en quien te hayas inspirado en tu profesión?

Aunque parezca trillado, algo que me encanta de María Callas es la forma en cómo ella interpretaba las piezas y los papeles que hizo tanto en la actuación como con su propia voz.

Historias sin Cuento

PODER DEL FUEGO

Según las respectivas normas familiares, ellos eran muy jóvenes para tener una relación en forma, y por eso sólo se veían de reojo cuando había alguien alrededor. Pero un día de tantos, en sus casas se percataron de que algo muy raro estaba pasándoles: tenían los rostros intensamente requemados, como si hubieran estado expuestos a agresiva combustión solar. El diálogo fue igual en ambos casos:

–¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te quemaste así?

–No es nada, sólo que la hoguera que tengo adentro se salió de su escondite y me envolvió sin que pudiera evitarlo…

MEMORIA DE LA ALTURA

El sendero polvoriento iba hacia arriba, entre la espesa vegetación de arbustos que extendían sus brazos como si fueran una multitud en pose fraternal frente a cualquier presencia invisible. Por esa ruta iba un grupo de laborantes sencillos con destino directo hacia la parte más alta del terreno, donde todo estaba listo para el trabajo de cada día en esa época del año. El clima era, desde luego, el director de orquesta, con todas sus excentricidades a la mano, y el nombre de la finca cafetalera invitaba al juego de la veleidad sincronizada: La Rosa de los Vientos.

La voz del mandador se hizo oír, con el imperativo tono de siempre:

–¡Apúrense, muchachos, que los granos rojos no esperan, sobre todo cuando hay amenazas de aguacero!

Y en efecto aquella voz pareció ser una señal permisiva lanzada hacia las nubes, que se congregaron al instante y soltaron sus ráfagas líquidas como si ya no resistieran los apremios urinarios. Los cortadores corrieron a refugiarse en una galera que estaba muy cerca de ahí, y donde se guardaban antes de ser aplicados los fertilizantes y los venenos. El lugar era sombrío, y el mandador, que era experto en ese tipo de emergencias, fue a sacar unas lámparas de mano para que todos se sintieran seguros en la oscuridad. No era la primera vez que lo hacían, y por eso no había de qué asustarse.

La tormenta novembrina fue mucho más intensa de lo esperable, y todo hacía indicar que aquel año la cosecha de café sería más reducida que las de los años anteriores, cuando ya la productividad de las fincas venía en descenso por el agobio de las plagas y por las excentricidades del clima. Al amanecer del día siguiente, Romualdo, el mandador, fue a reconocer los estragos en las distintas zonas de la propiedad, desde las partes bajas que estaban a la par de la carretera pavimentada hasta los tablones que subían por las faldas del cerro.

Después llamó por teléfono al propietario de la finca para informarle de lo ocurrido. Don Eligio estaba fuera del país por algunos días, y él tenía que tomar la decisión de recolectar de inmediato los granos caídos, que formaban una alfombra purpúrea extendida hacia todos los linderos. Así lo hizo.

En los días siguientes, la atmósfera climática pareció querer entrar en contacto directo con los cultivos de estación, y el café era el más sensible de todos. Los arbustos, en cercanía fraternal, se estaban reponiendo anímicamente del embate de las aguas superiores, y eso hacía que toda aquella comunidad vegetal de brazos entrelazados fuera una invitación al encuentro fervoroso de los espíritus anhelantes de confianza inmemorial. Los cortadores con sus sacos a cuestas iban a depositarlos en el amplio patio ubicado frente a la casa patronal, que no hacía mucho había sido remodelada para que el dueño y su familia pudieran ir a pasar ahí cómodamente sus vacaciones de fin de año, recibiendo los frescos efluvios de las tierras de altura. Muy pronto llegarían esas fechas en la segunda quincena de diciembre.

La cosecha estaba en áscuas, y las tormentas inesperadas traían malos augurios. Por eso cada día, al amanecer, Romualdo lo primero que hacía era abrir la ventana de su casita de madera para ver el cielo, y si la claridad estaba intacta siempre le agradecía en voz alta a la Virgen de Guadalupe:

–¡Gracias, Señora, por mantener a raya a las nubes rebeldes!

La frase se mantuvo incólume durante los días siguientes, hasta aquel en que estaba anunciado el regreso de don Eligio. Esa mañana, más temprano que de costumbre, Romualdo, en vez de asomarse a su ventana salió directamente al aire. Dada su experiencia climática, percibió al instante que la humedad estaba de vuelta.

Refunfuñó sin hablar, y unos segundos después soltó la frase:

–Sólo esto nos faltaba.

Los cortadores iban recogiendo ya sus aperos de colecta para irse a los tablones que tenían asignados, desde aquella explanada rumbo a la coronilla del volcán.

Romualdo les preguntó cuando ya estaban reunidos:

–¿No sienten que está cayendo una lloviznita menuda?

Todos extendieron los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. La mayoría negó con un gesto, pero aquel cipote que estaba iniciándose en las labores se animó a decir:

–A mí me cayó una gota.

En ese preciso momento sonó muy cerca el vehículo del dueño, que todos conocían. Una camioneta de doble tracción, apta para caminos como aquellos en cualquier época del año.

Don Eligio desmontaba de un salto, a su estilo de equilibrista frustrado. Y se dirigió a Romualdo, como si los otros no existieran:

–Vamos adentro, porque tenemos que hablar.

En el interior, que era un cómodo espacio más urbano que rural, don Eligio, de pie, le informó a Romualdo:

–Voy a vender esta finca. Ya tengo el comprador.

El mandador tuvo al instante la sensación de que a su alrededor todos los espacios estaban a la expectativa. Aquel anuncio no era tan inesperado como parecía, porque en varias ocasiones de los tiempos recientes había soñado que la finca cambiaba de dueño, y los nuevos propietarios se le aparecían con distintos rostros.

–¿Y se puede saber quién es?

–Sí, se puede: Valentín, el vecino.

–¡Ah, don Valentín, estuve hablando ayer con él!

–¿Y no te dijo nada?

–Sólo me dijo que no hay que tenerles miedo a las nubes que llegan.

–¿Nubes? ¿Cuáles nubes?

Romualdo se quedó haciendo gestos para que don Eligio no insistiera en más explicaciones. Valentín era un recién llegado al cultivo del café, porque hacía muy poco que había heredado la finca de su padre. Romualdo discretamente le estaba dando consejos para que pudiera trabajar con eficiencia en esta época de múltiples desafíos tanto naturales como comerciales.

Cuando Romualdo salió al aire, sintió que las nubes estaban esperándolo. Habían bajado a encontrarse con él desde la cumbre del volcán.

BUENOS DÍAS, DESVELO

Su habitación era la más distante de la puerta de entrada y daba a un predio baldío que luego se extendía hacia una arboleda rústica. Y quizás por las crecientes tensiones del trabajo, refugiarse en ese rincón se le había vuelto adictivo.

Aquella noche el ambiente estaba cargado de amenazas de lluvia. Se acostó sobre su lado derecho, casi frente a la ventana que daba al entorno. Empezaron a destellar relámpagos y las agitadas ráfagas líquidas no se hicieron esperar.

Él, que era fervoroso amigo de las emociones naturales, estaba casi en éxtasis. Los truenos de diferentes registros eran el anuncio de un entrañable concierto de música pop. Y así fue pasando en vela la noche entera, hasta que las luminarias del día se hicieron presentes. Entonces él se incorporó y se arrodilló en la cama.

¿Que no haya guerra es la paz? ¿Es así de simple?

Hiroko Kishida sobreviviente de la bomba de Hiroshima.

Hiroko Kishida tenía seis años cuando la bomba atómica explotó a 1.5 kilómetros de la casa en la que residía. Era la Hiroshima de un Japón que el 6 de agosto de 1945 estaba a punto de ponerle nombre a una de las grandes tragedias humanas de la guerra.

Kishida es parte de un legado oral que se está extinguiendo. La media de edad de los sobrevivientes de la bomba atómica es 80 años. Aunque la salud de ella es fuerte y procura mantenerse, escucharla es, cada vez más, un privilegio.

Su voz no se quiebra ni en los pasajes más oscuros. La ha adecuado para que lo que impacte no sea la emotividad temporal, sino que la disciplina constante de un relato sin fisuras. Kishida da testimonio desde hace 10 años y lo hace a públicos distintos: desde estudiantes de primaria que repasan la guerra como parte del pénsum hasta un grupo de periodistas latinoamericanos. Desde hace tres años, la municipalidad la contactó y le pidió hacer estas charlas testimoniales ya de manera oficial.

De lo único que se ayuda durante sus relatos es de imágenes en un proyector. «Ahora estamos viendo una pintura de óleo de la cúpula del Centro de Promoción Industrial, que pintó una estudiante de secundaria superior. Voy a ir dando mi testimonio y mostrando unas pinturas que hicieron mis estudiantes de secundaria basados en lo que yo les he ido contando», resume.

La cúpula, como se le se conoce hoy, es la única estructura que, a menos de 200 metros, sobrevivió al bombardeo. Y también sobrevivió, en su momento, a una oleada de críticas de quienes manifestaron que la estructura debía ser destruida por ser un doloroso recordatorio de la guerra. Para explicar la polémica, Kishida cuenta la anécdota de una adolescente que enfermó de leucemia cuando estaba en secundaria. Ella tenía un año cuando la bomba explotó. Y escribió un ensayo en el que manifestó que «solamente la cúpula transmite el mensaje que yo quiero llevar al mundo», poco después, murió. «Los planes cambiaron después de eso. La cúpula se preservó. Yo estoy de acuerdo con que la reliquia se mantenga», cuenta.

Kishida laboró como docente. Y de ahí le ha quedado un gusto por el orden y los datos. Antes de contar cómo vivió durante y después del bombardeo, busca dar una idea de lo que sucedió en Hiroshima aquel 6 de agosto de 1945, cuando el soldado estadounidense Paul Tibbets pilotaba el Boeing B-29 superfortress al que bautizó «Enola Gay» en honor de su madre. Desde esa aeronave soltó a «Little Boy», la bomba.

Con la explosión, los rayos de calor y la radiación se distribuyeron en todas las direcciones. La temperatura de la superficie llegó a los 4,000 centígrados. Y las ráfagas alcanzaron una velocidad de 440 metros por segundo. «El infierno», le dice Kishida.

No se conoce con exactitud la cantidad de personas que se encontraba en Hiroshima durante el bombardeo, pero el Gobierno registraba 350 mil habitantes. «Little Boy» mató en un primer momento a 80,000. En los días posteriores se calcula que otras 140,000 personas llegaron a la zona del desastre a buscar a sus familiares o amigos. Ellos también se expusieron a la radiación. Cuando 1945 terminó, la bomba de Hiroshima había matado a cerca de 170,000 personas.

***

Yo tenía 6 años y vivía con mi abuelo, mi madre, mi hermano de ocho años y mi hermano menor, de cuatro. Mi padre estaba destacado en China, como soldado.

Ese día, a las 7 de la mañana, sonó la sirena de bombardeo. Nos fuimos al refugio antibombas. Pero, a las 7: 30, es decir, media hora después, se levantó la alarma. Todos salimos y, por eso, mi hermano mayor, que estaba en el segundo grado de primaria, se fue a la escuela.

Pasaban 15 minutos de las 8, y, entonces, mi mamá me dijo: «Qué extraño que ya se apagó la sirena, pero todavía suena un avión». Y como desde el baño se veía mejor el cielo, porque la casa tenía una forma de L, yo me metí ahí para asomarme a la ventana y ver el cielo.

El ruido del avión sí se escuchaba, pero no se veía por ningún lado. Y pensé ‘tal vez se dio vuelta y se fue a otro lado’. En ese momento me agaché y sonó un ruido muy fuerte. Y todo quedó totalmente oscuro. Me desmayé. Cuando recobré la conciencia, no sabía si estaba viva o muerta. Sacudí mi cabeza. Supe que estaba por debajo de la tierra. Mi casa estaba hecha de arcilla roja y tras la explosión, me quedé enterrada. Cada vez que sacudía la cabeza caían tierra y escombros. Grité sin pensar: ‘Mamá, socorro, ayúdame’. Y sí, mi mamá vino corriendo.

Pero fue un milagro que mi mamá pudiera rescatarme, porque casi todas las viviendas volaron debido a las ráfagas. Nuestra casa se quedó de pie sostenida solo por una columna inclinada que dejaba un espacio por debajo. Ahí se salvaron mi mamá, mi hermano menor y mi abuelo. Mi mamá acudió al baño y tuvo que escarbar para sacarme. Me llevó a la sala donde estaban mi abuelo y mi hermano.

Todavía me acuerdo de la conversación que tuvieron mi madre y mi abuelo. Mi abuelo dijo ‘huyan, no se preocupen por mí; ya va a caer otra bomba’. Mi abuelo tenía incapacidad en la mitad del cuerpo a causa de una enfermedad. Por eso estaba consciente de que no podía huir con nosotros con facilidad. Mi mamá le dijo que íbamos a volver sin falta, pero nunca pudo volver.

Salimos de la casa y fuimos caminando hacia el Norte, porque había una cola de personas huyendo en esa dirección. Una de mis estudiantes, muchos años más tarde, cuando conté esta historia, pintó esa escena. Aparecemos mi mamá, mi hermano menor y yo caminando con la mirada perdida.

En esa cola de gente, nadie llevaba zapatos. Andábamos descalzos porque salimos con mucho apuro. Caminamos pisando escombros, piedras y vidrios. Y después de andar como por 10 minutos, comenzó a llover. Eran gotas negras.

Un gran número de personas se puso en riesgo a causa de esta lluvia que estaba llena de sustancias radioactivas. Nosotros, afortunadamente, pudimos encontrar unas esteras de paja en un campo de tomate, de las que se utilizaban para cobertura del cultivo. Con eso nos tapamos y así no quedamos expuestos a la lluvia, por eso no nos enfermamos. Me acuerdo muy bien de esos chorros de agua negros que bajaban por las superficies de los tomates brillantes y rojos.

Después de un rato, dejó de llover. Nosotros seguíamos avanzando hacia el Norte. Caminamos hasta el atardecer.

Entonces, encontramos una casa de un agricultor y ahí unas personas estaban preparando muchas bolitas de arroz para ofrecer a los refugiados, a nosotros.

Todavía me acuerdo bien del sabor tan rico de la bolita de arroz. La recuerdo como la bolita de arroz más rica del mundo. En aquel tiempo, nosotros recibíamos el racionamiento de comida y nos alcanzaba solo para dos tiempos al día. Consistía en papilla de arroz muy aguada mezclada con nabo, cebada y un tipo de grano misceláneo. Ni siquiera se podía agarrar con palillos esa comida.

En ese lugar nos juntamos muchos y recuerdo especialmente a una madre muy joven. Una estudiante también pintó esa escena. Se trató de una madre que cargaba a un bebé de unos dos años en la espalda. Y para todos era muy claro que estaba muerto, pero la madre decía que por favor alguien le diera algo de comer a su bebé. Pedía que por favor le dieran agua. Pero nosotros no podíamos hacer nada, ni nadie.

Ahí, en la casa de esos agricultores donde nos brindaron alimento, nos encontramos con una amiga de mi madre. Y ella nos dijo: ‘No sabemos qué pasó en la ciudad de Hiroshima, pero voy a una casa de un pariente’. Nos invitó a ir. Vivimos ahí durante tres años.

Desde el siguiente día que llegamos a esa casa, mi mamá comenzó a hacer viajes a Hiroshima, que nos quedaba a unos 20 kilómetros. Ella buscaba a mi hermano y a mi abuelo. Pero todavía había peligro porque quedaba el calor de los incendios. Mi mamá pudo volver a nuestra casa hasta tres días después de la explosión. Resulta que, cuando por fin llegó, solo halló ceniza. Todo había quedado en ceniza.

Por la paz. Este es el lugar en el estalló la bomba atómica el 6 de agosto de 1945, es el hipocentro. En la actualidad es el Parque Conmemorativo de la Paz, en Hiroshima.

En el lugar en el que cayó la bomba, ahora está el Parque Conmemorativo de la Paz. El hipocentro es muy visitado. Quienes llegan suelen inclinar con respeto la cabeza, algunos juntan las manos ante el pecho. Colocan ofrendas, pero ninguno le da la espalda a este arco a través del cual se mira la cúpula, ubicada a 150 metros, esta fue la única estructura que, a esa distancia, se mantuvo en pie tras la explosión. El edificio es en donde funcionó el Centro de Promoción Industrial. Marcaba el lugar con más actividad de Hiroshima antes de la bomba. Para Kishida, «era en donde podía conseguir de todo, ahí nos abastecíamos». Un corazón comercial que, tras la huella de la guerra, ahora es el corazón de un ejercicio de memoria y de compromiso.

“Un gran número de personas se puso en riesgo a causa de esta lluvia que estaba llena de sustancias radioactivas. Nosotros, afortunadamente, pudimos encontrar unas esteras de paja en un campo de tomate, de las que se utilizaban para cobertura del cultivo. Con eso nos tapamos y así no quedamos expuestos a la lluvia, por eso no nos enfermamos. Me acuerdo muy bien de esos chorros de agua negros que bajaban por las superficies de los tomates brillantes y rojos”.

***

Este parque se terminó de construir en 1954. El diseño estuvo a cargo de Tang Kenzo. Uno de los espacios que genera más emotividad es la Campana de la Paz, que cualquier visitante puede hacer sonar. Sobre la estructura que resguarda la campana fue colocada una estatua que representa a todos los niños que murieron en ese bombardeo.

El 13 de agosto, mi madre volvió cargando a mi hermano mayor.

Mi madre se enteró de que mi hermano estaba refugiado en un jardín infantil gracias a una ficha que estaba pegada en un poste. Estaba gravemente quemado. Cerca de donde estábamos refugiados había un doctor, pero se hacían colas muy largas de gente que necesitaba atención y no podíamos recibir ahí los medicamentos.

En el momento de la bomba, mi hermano estaba en la escuela a 1.8 kilómetros del centro. Y estaba sentado al lado de la ventana. Por eso sufrió una quemadura muy grave en el brazo derecho, llevaba manga corta; y en la pierna derecha, porque estaba con pantalón corto.

¿Qué que aplicábamos en la quemada en lugar de medicamento? Un agricultor que vivía cerca de donde estábamos nos regaló pepinos y nos dijo que eso era bueno para curar. Y nosotros rayamos esos pepinos y aplicamos en la herida. Tengo grabado en la memoria esa experiencia de rayar todos los días el pepino con mi hermano menor.

El pepino, cuando se aplica por cierto tiempo, ayuda que se enfríe la herida y no se siente tanto dolor. Así mi hermano se dormía y descansaba. Aunque siempre era por poco tiempo. Decía que le dolía y le picaba.

La herida supuraba, y estábamos en verano. Atraía moscas. Y las moscas ponían huevos y de ahí nacían larvas y eso sí le dolía a él. Le dolía demasiado y tuvimos que, al final, llevarlo al hospital para que pusieran desinfectante. Tuvimos que ir una vez cada 10 días, durante seis meses.

La ayuda de muchos países llegó. Y el siguiente año, pude entrar en la primaria. Empecé a ir con mi hermano a la escuela y recuerdo que sus compañeros le decían qué asco y qué fea su herida con queloides. Él creció apartado de todos, pero seguía siendo muy optimista. No se quejaba. Iba conmigo, silencioso, a la escuela.

En el Parque Conmemorativo de la Paz, en Hiroshima, una llama permanece encendida. Estará así hasta que la amenaza de las armas nucleares deje de existir. Representa un anhelo de paz y de seguridad que Kishida, como sobreviviente, sigue exigiendo a su gobierno y a los gobiernos de todo el mundo.

Hace 74 años, cuando azotó el infierno, yo estaba ahí. Pero sobreviví y es por eso que siento que tengo que vivir para la abolición de las armas nucleares.

Siempre que doy charlas a los niños pregunto ‘¿qué piensan que es la paz? ¿Que no haya guerra es la paz? ¿Es así de simple?’

Yo pienso que la paz es una condición en que la persona brilla. La paz es que todos tengan la oportunidad para sentirse felices. Y, contrario, la guerra es una condición en que el ser humano deja de serlo y las personas que matan a otras personas permanecen impunes. Nunca debemos permitir otra guerra. Nunca debemos permitir el uso de otra bomba atómica.

Nosotros, las víctimas, sentimos mucho coraje contra el gobierno central, porque siendo el único país víctima de un bombardeo atómico, no ha firmado el acuerdo para la abolición de las armas nucleares. Y siempre que viene a Hiroshima el primer ministro, tratamos de dialogar este tema con él. Pero no se ha cambiado. El Gobierno japonés tiene un problema en ese sentido.

Yo tengo un resentimiento muy fuerte porque todavía no se ha logrado la abolición de las armas nucleares. En mi caso, más que nada quiero fortalecer más el intercambio con otros países para un logro de un mundo sin fronteras, como dice la Campana de la Paz que tenemos. Y, tal vez sería imposible, pero quiero ir dando pasos hacia el logro de ese tipo de mundo.

Sobreviviente. Hiroko Kishida da su testimonio acerca de cómo pudo sobrevivir a la bomba atómica y a la guerra misma. “Mi historia es para que no se repita la guerra”, explica.

Terapeutas que sanan con arte y animales

Franklin Zelaya y Javier Aparicio

Gabriel es un niño de 12 años y de ojos claros. Últimamente admira mucho a los superhéroes. Su favorito ahora es Iron Man. Su papá, dice, es parecido a Capitán América. Repite las películas y su madre, Gabriela Mebius, ya se las sabe de memoria. Cuando Gabriel estaba cerca de cumplir los tres años le diagnosticaron con un trastorno dentro del espectro autista no identificado. Esto suele traer, entre otras cosas, dificultades en la expresión, concentración y en la habilidad de realizar más de una actividad a la vez.

Durante la mañana estudia quinto grado en un colegio privado y durante las tardes asiste a un club de tareas y terapias. Hace unos años, los doctores sugirieron medicarlo por problemas de atención. Su familia buscó entonces probar otras opciones para mejorar su concentración. Y eso lo trajo hasta Cometa, un caballo.

Cometa es un caballo café y manso. Esta mañana lo están capacitando para que siga a su guía sin necesidad de una cuerda o de una orden severa. Es miércoles y Naara Salomón se coloca frente a él y le indica hacia dónde avanzar. Ella camina y él la sigue, como si se tratara de un cachorro. La terapeuta se detiene y Cometa, también. Entonces, el caballo busca meter su cabeza debajo del brazo de la mujer. Pide una caricia. Ella lo abraza. El caballo, calmado, recibe el mimo. Cuando están con niños, forman un equipo. En algunas terapias asistidas por animales, al caballo se le conoce como un «coterapeuta«.

Naara Salomón es miembro de la Asociación Suiza de Zooterapia. En 2013 creó La Granja Pedagógica, un espacio a media hora de San Salvador donde brinda talleres colectivos y terapias individuales con animales. Atiende a personas con dificultades personales y a niños que necesitan desarrollar cierto nivel de motricidad y confianza en sí mismos y en los demás. Desde ahí, ha entrenado a animales a través de un método basado en el «liderazgo sin violencia». En la granja hay aves, gatos, burras, yeguas y caballos.

Gabriel asiste todos los fines de semana a este espacio desde hace un año y medio. Hace 18 meses tenía fobia a las gallinas y temía a los caballos. Ahora, cada sábado, acompaña a su terapeuta a alimentar a las aves. A veces habla con ellas, les cuenta sus cosas. Luego va a su terapia con Cometa. A él lo monta, lo abraza y lo cepilla. Tras un año y medio de terapia, su mamá nota los resultados: lo ve más sereno con los animales, más concentrado.

Resistir como Sirena y Capitán

La historia de esta granja comienza con el abandono. Capitán, un caballo grande y blanco, fue abandonado en la carretera que conduce hacia Chalatenango. Fue atropellado y luego recibió un balazo en la pierna. Los lugareños fueron testigos, pero no podían hacerse cargo de él. Los caballos, como los humanos, son animales sociales y pronto encontró compañía. Se le unió Sirena, una yegua que también fue abandonada en la zona. Tenía la pata dañada por haber quedado atrapada en un alambre de púas y, como en el caso de Capitán, la herida estaba infectada. Por miedo, no dejaban que ningún humano se les acercara.

Los dos caballos, desde entonces, se mantuvieron juntos. «Por haberse encontrado en la calle, encontraron solidaridad y esa solidaridad les permitió creer en la vida», asegura Naara. Capitán no caminaba bien, tenía las patas dañadas, pero aún lograba sostener su peso. Durante meses, los caballos se mantuvieron juntos hasta que fueron rescatados en mayo de 2012.

La terapeuta cuenta esta historia desde el comedor de su casa en San Salvador. Para probar cada hecho, muestra fotos en su computadora: se puede ver a los caballos que deambulaban en el monte, desnutridos. También hizo el registro de las heridas de cada uno.

Salomón llegó hasta ellos a través de una amiga que los vio al conducir por la carretera. «Éramos unas locas», dice ahora entre risas. Llegaban a la zona, preguntaban a los lugareños por dónde se habían ido los caballos e ingresaban en senderos, entre arrozales, con alimento. Así se ganaron la confianza de los animales.

Sirena y Capitán dejaron que el par de mujeres se acercara y así fueron rescatados. Los trasladaron hacia un terreno cerca de la carretera a Santa Ana. Allá, un veterinario le brindó un espacio donde podría darles cobijo mientras se recuperaban. Cuando los animales ya habían salido de peligro, Naara los entrenó para que pudieran estar rodeados de personas y seguir indicaciones.

Naara Salomón nació en Suiza. Allá tuvo su primer encuentro con un caballo a los dos años, y a los ocho ya se encontraba realizando equitación. «Desde que tomé conciencia, me costaba mucho haber nacido entre seres humanos. En la adolescencia empecé a odiar a los humanos porque odiaba la violencia», explica. Los caballos se convirtieron en su refugio. Luego empezó su formación como artista, y cuando tenía 19 años se mudó a El Salvador, donde también trabaja como actriz de teatro. En sus viajes a Europa se formó pedagógicamente como terapeuta. Actualmente es miembro de la Asociación Suiza de Zooterapia.

La granja abrió al público con su proyecto piloto en 2013. Algunas de las terapias que brinda son cobradas. Otras forman parte del trabajo que ella dona a organizaciones que tratan a niños con escasos recursos, víctimas de violencia o familias con problemas económicos cuyos hijos lo necesitan.

En esta granja los animales son curiosos e inmediatamente reciben al visitante. Buscan caricias. Hace seis años, Sirena y Capitán empezaron a recibir visitantes. Después, concibieron a Naahual, una yegua gris y parchada. Contra todo pronóstico y, a pesar de tener las patas muy dañadas, Capitán vivió varios años después de ser rescatado. Murió en junio del año pasado.

La historia de Sirena y Capitán se convirtió en una herramienta para dar a conocer el significado de la resiliencia a las personas que reciben terapia. La ‘resiliencia’ es un término de la psicología que hace referencia a la capacidad de una persona para superar experiencias traumáticas. «Contando esta historia –dice Naara– yo a veces tengo a jóvenes llorando. Nos toca porque esta puede ser nuestra historia también. Cada uno hemos vivido cosas duras y las vemos reflejadas en estos animales».

“Desde que tomé conciencia, me costaba mucho haber nacido entre seres humanos. En la adolescencia empecé a odiar a los humanos porque odiaba la violencia”, explica. Los caballos se convirtieron en su refugio. Luego empezó su formación como artista y se mudó a El Salvador, donde también trabaja como actriz de teatro”.

***

PONER LOS LÍMITES

«Se mercadean libros de colorear como si fuera arteterapia, pero la arteterapia es algo que involucra diferentes técnicas artísticas, es una profesión», comienza por explicar la terapeuta Ruth Guttfreund. Su trabajo es un casamiento entre la psicología y el arte que, a veces, es difícil de entender incluso para los propios psicólogos salvadoreños.

«Algunos psicólogos no tienen experiencia artística, entonces es muy difícil para ellos entender algo que no conocen porque el país retiró el arte de la educación, no tuvieron acceso», expresa la arteterapeuta profesional.

Ella estudió Educación Especial en Israel. Mientras lo hacía, recibió una clase de Arteterapia y supo que se quería dedicar a eso. Se mudó a Inglaterra e intentó ingresar a un posgrado en Arteterapia. Ahí le indicaron que, para poder trabajar en este campo, primero tenía que formarse como artista. Para ello, se educó en el campo de las Artes Plásticas. Luego, obtuvo una Maestría en Psicología de la Terapia y Consejería.

«Cuando regresé al país, en 2003, el término ‘arteterapia’ ni se utilizaba», comenta desde CentrArte, el espacio en el que ahora brinda sus terapias a personas en diversas situaciones: desde problemas en el aprendizaje hasta personas que se encuentran en situaciones emocionalmente vulnerables. También desarrolla proyectos de impacto social con comunidades.

«Lo central en un proceso de arteterapia es hacer arte. Eso es lo que ayuda a sanar. Trabajamos con plastilina, barro, témpera, pintura acrílica, etcétera», dice la experta. Este tipo de terapia es tan poco conocido que, cuando alguien llega a la terapeuta, se realiza una plática donde se explica el proceso y sus principios. La base de la que se parte es simple: todo mundo es capaz de crear. Luego se procede a realizar pinturas o esculturas a partir de reflexiones y el reconocimiento de las emociones. Detrás de cada pieza que Ruth le pide hacer a la persona se encuentra un razonamiento y una guía emocional.

En CentrArte brinda terapias individuales. Uno de los cuartos de este lugar está lleno de materiales de arte y carpetas de las diferentes personas que reciben terapia. Ruth guarda las pinturas o dibujos que la gente va produciendo mientras trabaja en su situación. Al final del tratamiento, pueden observar su evolución a través de un recorrido gráfico.

Guttfreund también brinda talleres colectivos. Uno de los últimos talleres que guio hace unos días fue sobre el «no». Costó $20 y tuvo una duración de dos horas. «Piense en las circunstancias en las cuales ha sentido problemas de límites», le pidió Ruth a las siete mujeres que asistieron al taller el sábado pasado. En base con esas experiencias, les pidió expresar esas situaciones no con palabras, sino a través de lápices de colores, yeso pastel y otras técnicas. Pronto, revela Ruth, algunas de ellas lloraron.

Las técnicas artísticas permitieron que las talleristas se expresaran de manera libre. «Es más difícil decir no para las mujeres que para los hombres. En general, el hombre ha sido más entrenado a poder decir qué quiere y qué no quiere, y la mujer más hacia estar ahí para los demás», reflexiona Ruth desde su lugar de trabajo.

Origen de la granja. Dos caballos fueron rescatados tras haber sido abandonados con problemas de salud. Luego fueron entrenados para poder trabajar con niños y adultos.

APRENDER A DECIR NO

Un caballo –guiado por alguien más– camina lento y en línea recta hacia una niña que permanece quieta. Los caballos aunque mansos no dejan de ser imponentes ante los niños. En el juego que se realiza en La Granja Pedagógica hay un conflicto: quien dirige al caballo no puede parar aunque su compañera esté cerca. Debe avanzar con el animal hacia la niña. La menor, por su parte, no tiene que moverse. Debe gritar: «auxilio», para que alguien más llegue y cambie la dirección del caballo para evitar que los dos choquen.

La pedida de socorro, sin embargo, no puede ser cuando el caballo esté lejos, sino en un momento oportuno. Justo antes de que se acerque demasiado, la niña grita: «Auxilio». Pero ni las demás niñas ni los tutores que la acompañan llegan a desviar al caballo. Naara se dirige al caballo y le indica una nueva ruta. «¿Ven?», le dice al resto; «a veces alguien nos pide ayuda y no se la damos», afirma.

En la dinámica no se pone en peligro a nadie, pero se entrena la habilidad de pedir ayuda. Esa habilidad básica le ha sido robada a algunas niñas y necesitan practicarla en un contexto lúdico y seguro. La niña que pidió auxilio, junto al resto de niñas que la observaban, pertenece a un grupo de niñas supervivientes de violencia sexual. Reciben tratamiento psicológico en el Hospital Nacional San Rafael de Santa Tecla. Naara se preocupa de guardar sus identidades, pero accede a mostrar en video y fotos los ejercicios que realiza con niñas y adolescentes menores de 14 años.

Maritza Anaya es psicóloga del programa que atiende a niños y adolescentes víctimas de abuso sexual en el Hospital San Rafael. Desde su oficina en Santa Tecla asegura que en esta área se busca brindar terapia multidisciplinar a los sobrevivientes del abuso. Una vez al mes, las niñas de este programa viajan hacia La Granja para realizar diversos ejercicios.

A veces, los ejercicios son tan simples como hacer una rueda y decir una palabra. Por ejemplo: una persona les pregunta a las niñas si les puede dar un abrazo. Las niñas deben decir «no» sin sentirse mal. Así, entrenan su habilidad de negarse a hacer algo y expresarse energéticamente a pesar del trauma que queda tras una agresión sexual.

Este grupo visita La Granja Pedagógica una vez al mes. Viaja en microbús desde el hospital, acompañado de un tutor. El transporte lo provee el hospital. «Cuando no se tiene, encontramos a personas altruistas que nos apoyan con el transporte, porque todo esto es gratuito para el paciente», sostiene Anaya.

La psicóloga indica que a través de estos ejercicios «se trabajan las emociones y cómo respetar el espacio personal». En el hospital, explica Anaya, están intentando brindar otras terapias a las niñas, además de la atención psicológica tradicional: yoga, arteterapia, y las visitas a La Granja.

Salomón afirma que mantener a un caballo en condiciones óptimas para el trabajo cuesta alrededor de $300 mensuales. Sin embargo, a diferencia de las terapias individuales, ella no cobra por el trabajo que realiza con las pacientes del Hospital San Rafael.

“Lamentablemente hay profesionales que se cierran a creer que solo (un psicólogo) puede curar a la persona. Creo que ya es tiempo de ir dando la apertura a que hay otras disciplinas o terapias que pueden aportar mucho para la salud mental de una persona. Creer en esas terapias es darle la oportunidad al paciente de que tenga más alternativas de sanación”.

***

SUPERAR MIEDOS

A pesar de que hay estudios que prueban los beneficios de las terapias alternativas para las personas que pueden acceder a ellas, aún hay resistencia para aceptarlas entre los terapeutas tradicionales. Así lo explica Maritza Anaya del Hospital San Rafael.

«Lamentablemente hay profesionales que se cierran a creer que solo (un psicólogo) puede curar a la persona. Creo que ya es tiempo de ir dando la apertura a que hay otras disciplinas o terapias que pueden aportar mucho para la salud mental de una persona. Creer en esas terapias es darle la oportunidad al paciente de que tenga más alternativas de sanación».

Las historias de quienes reciben terapia alternativa para enfrentar ciertas situaciones en su vida están marcadas por pequeñas conquistas. En el caso de Gabriel, el niño de 12 años y ojos claros, la conquista ha sido lograr la calma rodeado de animales. Esa calma ha permitido mejorar su concentración, su movimiento y su seguridad.

«Ahora él hace toda la rutina, cepilla al caballo, le pone el arnés, se pone el casco, se sube al caballo y empieza a caminar y a trotar. Él ya creó el vínculo de confianza con el animal y le fascina escuchar su corazón», cuenta su madre, desde una cafetería. «Verlo a él ir logrando ciertas cosas, como darle de comer a las gallinas, es verlo como que se está graduando de algo porque sabemos lo que le ha costado».

Aprendizaje. A través de terapias alternativas se puede empezar a trabajar de manera lúdica las emociones y otras habilidades, como respetar el espacio personal propio y de otros.

La problemática del libro nacional

Cuando se piensa en la poca visibilidad que tienen los libros de autores salvadoreños, ¿dónde radica exactamente el problema? ¿Falta calidad en nuestra narrativa? ¿Se publica poca obra porque no hay suficientes editoriales o porque no hay escritores? ¿El libro nacional recibe el mismo tratamiento que un «best seller» internacional en las librerías locales? ¿Hay suficientes librerías y bibliotecas en el país? ¿Cuánto incide en esto la falta de crítica literaria y revistas culturales enfocadas en literatura salvadoreña?

Son parte de las preguntas que me quedaron zumbando en la cabeza luego de leer los resultados de una encuesta informal, lanzada a finales de febrero pasado por la revista cultural en línea Café irlandés. La revista preguntó a sus lectores sobre los lugares y formas de comprar libros escritos por autores nacionales, los medios informativos a los cuales acuden para informarse de algún título y las editoriales salvadoreñas que conocen.

Con la participación de 980 personas, los resultados de la encuesta, publicados bajo el elocuente título de «Lectores pasivos», ofrece puntos de reflexión sobre diferentes aspectos que conforman la problemática del libro nacional, en particular, el de la narrativa de ficción.

Cuando se habla de editoriales salvadoreñas, por ejemplo, las más conocidas por los participantes son instituciones con muchos años de funcionamiento, que además tienen la ventaja de editar libros que son lectura obligatoria en los programas educativos: la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), Clásicos Roxsil y UCA Editores.

Por desgracia, es mayor el número de lectores que desconocen la labor que se viene haciendo desde hace años por parte de varias editoriales independientes, que trabajan con limitaciones de diversa índole, sobre todo económicas. Esas limitantes hacen que los pocos recursos disponibles sean priorizados en la producción material del libro y se releguen otras actividades como la publicidad o la distribución.

La problemática del libro salvadoreño tiene varios componentes y situaciones que, como lectores comunes, nos es fácil identificar. Los libros de narrativa nacional, para mencionar un detalle específico, no tienen un lugar privilegiado en las librerías nacionales, a menos que estén publicados por grandes editoriales. El asunto se agudiza fuera de las ciudades importantes. ¿Cuántas librerías hay, fuera de los grandes centros urbanos, que ofrezcan a sus lectores obras nacionales que no están incluidas en el pénsum escolar?

Un lector que quiera informarse de las últimas publicaciones salvadoreñas tendrá que visitar varias páginas y redes sociales de carácter cultural para obtener alguna información. Encontrar comentarios críticos o avances de obras es todavía más difícil.

Las editoriales independientes, por la misma limitación de recursos, no se han dedicado a editar libros electrónicos. Hacer ventas directas desde webs propias o plataformas como Amazon, podría servir para establecer un público internacional entre académicos e investigadores de la literatura centroamericana, así como compatriotas que viven en el exterior, que quieren conocer o estar en contacto con manifestaciones de nuestra cultura.

Sin embargo, el lector nacional, según la encuesta de la revista, prefiere los métodos tradicionales de compra y no termina de subirse al carro del comercio electrónico. De la muestra, solo un 28 % dijo comprar libros por internet. Los demás compran los libros en físico, en librerías ubicadas en centros comerciales o universidades. También se compran en ferias del libro y en presentaciones públicas con la presencia del autor.

Conocer mejor estos problemas quizás permitirá, a quienes compran libros, modificar actitudes que son parte del motivo por el cual las librerías limitan la existencia de los textos nacionales entre su oferta. Somos capaces de pagar $20, $30 y hasta más dólares por un libro editado en el extranjero, pero pensamos que un libro salvadoreño que vale más de $10 «es caro». ¿Por qué persiste esa percepción de que lo nacional vale menos, de que si es producción local no sirve o es de menor calidad? ¿Por qué no le damos una oportunidad pareja a nuestra narrativa frente a la narrativa internacional?

La existencia de editoriales independientes que vienen haciendo una labor de hormigas ha venido acompañada del surgimiento de algunas páginas web que, poco a poco, van abriendo un espacio de comentario cultural y literario. Con diversas propuestas, estas revistas culturales conforman una red informativa y alternativa al exceso de polarización política que invade los medios nacionales. Grafomaníacos, La Zebra, Distópica y la misma Café irlandés son las más conocidas.

El entramado cultural nacional, donde es notoria la falta de múltiples mecanismos de apoyo a la literatura, es el que ha producido un lector local que añora las grandes ferias del libro que ve ocurrir en el extranjero, con escritores famosos como invitados y donde pueda comprar las novedades de las editoriales que publican a nuestros autores favoritos. Pero ese mismo lector no ve el libro salvadoreño ofrecido en la librería ni lo ve reflejado en las noticias de los medios, y por lo tanto, no puede desear un libro cuya existencia desconoce o que no sabe dónde obtener.

Solucionar estos problemas serviría, de manera colateral, para estimular a los nuevos escritores que, ante el aparente letargo de las publicaciones nacionales, se cuestionan cómo continuar con el oficio literario, en un medio que ofrece raquíticas oportunidades para dar a conocer una obra.

Una sociedad que no reconoce el valor de su producción literaria y que no compra libros de manera regular es un problema que involucra a varios actores, cada cual con dinámicas específicas que contribuyen a mantener el statu quo.

Al publicar los resultados de la encuesta, Café irlandés planteó la idea de realizar una feria de editoriales independientes salvadoreñas, para enfocar la atención y la visibilidad en nuestros autores y sus publicaciones.

Esta idea sería excelente para poner en el foco de atención no solo a las publicaciones que se realizan en el país, sino también para conocer la problemática que atraviesa ese sector en específico y, ojalá, encontrar soluciones o estrategias a seguir para mejorar el panorama local de las publicaciones literarias.