«Hay futuro para la música en El Salvador»

¿Cuál es su miedo más grande?

No cumplir con mi deber.

¿Cuándo considera que es necesario mentir?

En general, nunca.

¿Se considera una persona inteligente?

Como todo el mundo. Creo que estoy en el promedio.

¿Cuál es su instrumento favorito?

Yo empecé a hacer música para poder estudiar órgano, pero nunca lo hice. Por otro lado, la orquesta es el instrumento del director. Y en este papel tengo un instrumento tan grande como el órgano.

¿Qué es para usted la música?

La vida.

¿Cuál es la pieza más hermosa que le ha tocado dirigir?

La «Séptima sinfonía», de Anton Bruckner (noruego).

¿Cómo son los jóvenes músicos salvadoreños?

Trabajadores, tesoneros, tienen talento y deseos de superación. Pienso que hay futuro para la música en El Salvador.

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (12)

EL PRIMER DÍA

Cuando lo recordamos se vuelve el único.

EN EL TERRENO FÉRTIL

No olvidemos jamás que todas las palabras son semillas en vela.

CLARIDAD EN PAREJA

Las luces apagadas son la mejor invitación al desvelo radiante.

VELÁMENES AZULES

¿Estarán esperándonos en el confín de la memoria?

ALGUIEN TOCA EL CRISTAL

La imagen transparente que anda buscando afinidades íntimas.

CIUDAD QUE VUELVE

San Salvador se acuerda de sí misma en su versión de lámina y madera.

UBICACIÓN SAGRADA

Nos conocimos en el atelier de nuestras húmedas respiraciones.

TE DESCUBRÍ EN UN CRUCE

Que no fue de caminos ni de calles, sino de pensamientos olvidados.

AQUÍ EN EL CINE APOLO

Hubo una vez un templo para los dioses del Lejano Oeste.

EN LA HORA PRIMA

Las nubes soñolientas se me acercan a protegerme como al hijo pródigo.

EN LA HORA NONA

Hay que asomarse al tragaluz más próximo a recibir a la primera estrella.

VERDAD FLUYENTE

Cuando el alma suena es que escombros lleva.

SERVICIO A DOMICILIO

El ansia de soñar hace que las imágenes estén siempre dispuestas a acudir al instante.

RESIDENCIAL PROFÉTICA

Debemos habitar en las afueras de la vida vivida, sin perderla de vista.

AYER PASÓ EL COMETA

Y la mejor prueba de ello es que tenemos intenciones de inventar un eclipse.

LA MAÑANA DEL SÁBADO

Salimos a vagar por las acogedoras espesuras del alma compartida.

EN EL VALLE DE SAN ANDRÉS

Los árboles se abrazan desde ambos lados de la calle como si recordaran su hermandad.

VITRAL QUE NUNCA DUERME

En él venimos conociendo las rutas de nuestra intimidad desconocida.

LOS HUMANOS SOMOS

Veleros vagabundos que lo que menos quieren es llegar a puerto.

EL PRÓXIMO EQUINOCCIO

Las colinas recogen sus chales nebulosos para entrar en confianza con la puntualidad del calendario.

AL PIE DEL ALTAR

Todas las oraciones hacen fila para aguardar su turno en el reparto de suspiros.

COFRE DE MONERÍAS

¿Quién lo dejó olvidado en el umbral trasero del Primer Día de la Creación?

COLÓN ERA UN FANTASMA

Y estamos descubriéndolo mientras el viejo Océano ordena sus memorias.

EL CIELO EXISTE

Sólo hay que ir a encontrarlo en algún ático del subconsciente.

REGRESAR ES VIVIR

Y por eso nos da tanta ilusión reencarnar cada vez que nos sea posible.

SIN VUELTA DE HOJA

Es lo que dice el bosque cuando le preguntamos cuál es su ley de vida.

LA ROSA DE LOS VIENTOS

Se conserva intacta porque cambia de pétalos a diario.

EN RUTA INEVITABLE

Para llegar a la cumbre del alma hay que tomar el funicular de la memoria.

Región sin remedio

Es un problema mundial, pero golpea especialmente a esta región del globo: el acceso a los medicamentos caros, la sustentabilidad de los sistemas para lograrlo y la vía judicial como herramienta que muchas veces termina favoreciendo a los pacientes, pero poniendo en aprietos a los Estados.

Desde el punto de vista económico es un fenómeno particular. Sucede que quien paga el medicamento no es quien decide su prescripción (el médico) ni quien lo consume (el paciente). La demanda es inelástica, porque la gente no decide enfermarse, y cuando se enferma suele estar dispuesta a endeudarse y pagar lo que sea por el medicamento que le prometa más o mejor vida. A su vez, la investigación en torno de los medicamentos no está en manos de los Estados, sino de la industria, y las patentes son la forma que tienen los laboratorios de recuperar el costo de sus investigaciones. Sin embargo, esto habilita los monopolios u oligopolios de medicamentos, y la consecuencia es el cierre del círculo: precios inaccesibles.

Así lo expuso recientemente Tomas Pipo Briant, asesor en medicamentos, tecnologías de la salud e investigación en la Organización Panamericana de la Salud (OPS), durante un congreso regional organizado por el Banco Mundial y que tuvo lugar en Montevideo a principios de septiembre. «¿Cuánto cuesta desarrollar una molécula?», se preguntó Pipo Briant en esa instancia. Y si bien distintos estudios han intentado responderlo, los resultados revelan que no lo sabemos a ciencia cierta: las estimaciones van desde $100 millones hasta $4,200 millones.

¿Y qué tan redituable termina siendo para los laboratorios? Los datos demuestran que en cualquiera de esos dos escenarios, la ganancia supera la inversión, y con creces. Algunos ejemplos: en 17 años, la empresa que creó el Rituximab se hizo de $110,000 millones; la que generó el Trastuzumab ganó $ 88,000 millones en el mismo lapso; y la que desarrolló el Imatinib, $63,000 millones en 15 años. De ahí que en el sector se esté queriendo acuñar el término «medicamentos de alto precio» en vez de «de alto costo».

Así, ningún país del mundo ha logrado brindar todo a todos. En el mismo congreso, Juliana Vallini, representante del Fondo Estratégico para Suministros de Salud Pública, también de la OPS, consideró que «garantizar un acceso equitativo a los medicamentos» con limitaciones presupuestarias ha sido más difícil en América Latina.

¿Por qué? Puede haber distintas explicaciones —una de ellas, sostuvo, es la falta de agencias independientes de evaluación de fármacos, como hay en Europa. Pero más allá de las causas, Vallini puso el foco en posibles soluciones. Primero, apostar a «evidencias de calidad», y para ello pidió que los países se apoyen en las guías que emite la OMS. Aunque eso no es garantía, porque a menudo sucede que un país quiere un medicamento y la industria no está interesada en brindárselo a un país con poca demanda; o porque en otros casos el Estado dice «no quiero comprar tal medicamento porque no cierra la ecuación costo-beneficio», y termina comprándolo igual por mandato judicial.

Vallini contó casos exitosos de compra conjunta a través del fondo de adquisición de medicamentos de OPS. Con el Darunavir, por ejemplo, Suramérica consiguió el precio de venta más bajo de la historia de este fármaco. Las compras centralizadas como región, en las que cada país pone sobre la mesa sus volúmenes de demanda, han dado buenos resultados.

En países como Brasil y Colombia se ha incursionado en políticas de regulación de los precios. En Argentina, la compra conjunta entre varios organismos logró bajar un 80 % el precio que imponía la industria para el Factor VIII, que se usa para el tratamiento de la hemofilia tipo A. Uruguay, en tanto, logró un acuerdo de riesgo compartido con el laboratorio que produce Trastuzumab, por el cual el Estado paga una cuota fija por mes si el número de pacientes nuevos se mantiene en un rango, sin importar en qué fase del cáncer se encuentren. En este caso rige una cláusula de confidencialidad —el país está impedido de divulgar el precio final— y el laboratorio asume el riesgo de financiar el medicamento aún en casos de bajo costo-efectividad.

Otro camino que la región y el mundo están transitando es la incorporación de biosimilares, es decir, copias de los biológicos originales. Esto conlleva ciertos riesgos y si bien se espera que en un futuro implique una reducción de los precios, la diferencia aún no es considerada suficiente.

En lo que todos están de acuerdo —médicos, abogados, pacientes, autoridades— es en la perversión del sistema tal como viene funcionando, y en la inconveniencia de la judicialización. Sin embargo, la obtención de un medicamento por decisión de un juez sigue siendo una realidad en la mayoría de los países de la región, y en varios viene en aumento.

Los datos demuestran que en cualquiera de esos dos escenarios, la ganancia supera la inversión, y con creces. Algunos ejemplos: en 17 años, la empresa que creó el Rituximab se hizo de $110,000 millones; la que generó el Trastuzumab ganó $88,000 millones en el mismo lapso; y la que desarrolló el Imatinib, $63,000 millones en 15 años. De ahí que en el sector se esté queriendo acuñar el término “medicamentos de alto precio”, en vez de “de alto costo”.

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BIOSIMILARES SEDUCEN COMO UNA FORMA DE ABARATAR

Los medicamentos más caros son los biológicos. Se diferencian de los sintéticos (como la Aspirina), porque se los desarrolla a partir de seres vivos.

La unidad de medida que se utiliza para saber el peso molecular de los medicamentos es el dalton. Un remedio de síntesis no suele tener más de 1,000; un biosimilar pequeño —como la insulina— tiene 6,000. De los remedios más pequeños se puede saber todo: la cantidad de átomos y la conformación exacta de la molécula, por ejemplo. Pero de los más grandes, los biológicos, no se puede saber tanto. Esto es lo que lleva a que las copias sean similares —biosimilares— y no idénticas.

Con las copias no se hacen tantos ensayos clínicos como con los originales, pues el costo del proceso sería carísimo y el precio terminaría siendo parecido al del original. Por eso, muchos efectos adversos se descubren recién cuando los remedios son probados por los pacientes.

En varios países de la región se empezaron a aprobar medicamentos biosimilares. Uruguay habilitó este año una copia de Rituximab. Este fármaco es entregado por el Estado, pero no para todas las patologías para las que los médicos suelen indicarlo. De hecho, el Ministerio de Salud recibió el año pasado 25 juicios por Rituximab, siendo así el segundo fármaco más reclamado. Argentina también tiene aprobada la venta del Rituximab biosimilar, y de un Bevacizumab. Perú, en tanto, aprobó el Infiximab.

En Brasil aún no hay biosimilares, pero se estudia la incorporación y producción de estos medicamentos. Colombia está en la misma situación.

El Rituximab aprobado en Uruguay, que es del laboratorio argentino Elea, fue retirado del mercado en República Dominicana por falta de pruebas. Algunos expertos, como el farmacólogo mexicano Gilberto Castañera, han denunciado que el Rituximab argentino es un «biomimic», como se le llama a las copias mal hechas de biosimilares.

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EN LA JUSTICIA

Un trabajo conjunto de 11 medios de América Latina permite concluir que al menos en ocho naciones la judicialización de los medicamentos está instalada. Brasil es, de acuerdo con la información recabada, el país que ocupa el primer lugar en este podio. Los últimos datos del Consejo Nacional de Justicia (CNJ), correspondientes a 2016, dan cuenta de al menos 312,147 acciones pidiendo financiamiento de medicamentos, la mayoría de alto costo. El número total puede ser mayor, porque la clasificación no es bien vista por los tribunales, lo que impide un cálculo preciso. Asimismo, no hay información sobre el número de juicios favorables al paciente.

En Brasil, donde hay 19,000 magistrados, preocupa la eventual falta de contrapunto técnico científico para tomar decisiones correctas. Por eso el CNJ implementó, en noviembre de 2017, una plataforma de asesoramiento para que los jueces puedan salir de dudas respecto de los efectos y la conveniencia de los medicamentos que se reclaman.

En Colombia, Argentina, Costa Rica y Uruguay, tramitar un recurso de amparo para acceder a un medicamento o un tratamiento no incluido en la cobertura es algo habitual. Colombia y Costa Rica cuentan con una herramienta por la cual no es necesario tener un abogado para demandar al Estado. En Colombia, donde viven casi 50 millones de personas, el mecanismo de tutela favorece cada año a cerca 20,000 ciudadanos que reclaman medicamentos de alto costo. En Costa Rica, en tanto, con una población de poco más de 4 millones de habitantes, los recursos de amparo por este tipo de remedios se duplicaron en los últimos ocho años; en 2017 fueron 317 y el 59 % se resolvió de modo favorable a los pacientes.

La judicialización también existe en Argentina, pero al ser varios los organismos que entregan medicamentos resulta muy difícil cuantificarla. Esa fragmentación de la cobertura y la financiación diferencial de determinadas patologías llevó a que se multiplicaran las posibilidades de entablar juicios, principalmente mediante recursos de amparo. En Argentina sí se requiere de un abogado y el costo corre por parte del demandante, aunque hay asociaciones de pacientes e incluso laboratorios que colaboran.

Los peores escenarios. A pesar de que el acceso a los medicamentos es un problema de toda la región, en países como Venezuela es complicado encontrar medicamentos considerados comunes.

De acuerdo con la respuesta de la Secretaría de Salud de la Nación, se registran en los archivos de los últimos años 26 reclamos judiciales de acceso a medicamentos de alto costo, de los cuales 21 se iniciaron en 2017 y cinco en lo que va de 2018. El pago por obligaciones judiciales liquidadas en 2018 es de $1,295,867. De todas formas, la información global de la judicialización allí no es de acceso público.

En Uruguay, si bien se hacen juicios particulares, la bandera de los recursos de amparo por medicamentos y tratamientos caros la lleva, sobre todo, el consultorio jurídico de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, que brinda asesoramiento gratuito a las personas de menos recursos. Los datos del consultorio dan cuenta de un crecimiento sostenido de las demandas en los últimos nueve años, y en 2018 ya se batió el récord con 185 juicios realizados al Ministerio de Salud Pública y al Fondo Nacional de Recursos, organismo encargado de brindar estos medicamentos. De las demandas presentadas desde el consultorio este año, el 98 % fueron favorables a los pacientes.

Hay países en los que llegar al juzgado por salud es posible, pero no es tan habitual. México, Perú y Puerto Rico no tienen instalada está práctica, lo cual no significa que tengan resuelto el acceso a los medicamentos.

En Venezuela y en Cuba, en tanto, todos los tratamientos están cubiertos en la teoría, aunque en la práctica se esté lejos de lograrlo. Venezuela atraviesa un severo desabastecimiento de medicamentos desde 2016, pero nunca un reclamo llegó a la justicia local (las ONG que defienden el derecho a la salud han recurrido, sí, a organismos internacionales). En Cuba, si bien se producen muchos medicamentos, el embargo económico ha provocado la falta de otros que no solo se consiguen de afuera, y en consecuencia ha proliferado el mercado negro. Apelar a la justicia allí no es una opción real.

Hay un país donde la judicialización ha sido vencida. Es Chile, donde en los últimos cinco años tan solo 170 personas demandaron un tratamiento, y de esos menos del 5 % se resolvió a favor del demandante. Estas cifras, que son fruto de la ley conocida como Ricarte Soto y aprobada en 2015, enorgullecen a los chilenos y provocan admiración en la región.

Cuando la decisión judicial es proteger la vida del paciente más allá de estas consideraciones, los ministerios y organismos oficiales apuntan contra el Poder Judicial por inmiscuirse en asuntos técnicos y amenazar así la sustentabilidad de sus sistemas. Los operadores judiciales, en tanto, suelen responder que su tarea no es cuidar las finanzas de los Estados, sino salvaguardar derechos de las personas.

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EN EL ESTADO

«La mayoría de las personas no se están muriendo a causa de enfermedades incurables, se están muriendo porque, en ciertas sociedades, aún no se ha decidido que vale la pena salvarles la vida». La frase pertenece al médico egipcio Mahmoud Fathalla, que fue premiado por Naciones Unidas en 2009. ¿Qué tanto refleja lo que sucede en América Latina? Todas las constituciones latinoamericanas consagran de alguna forma el derecho a la vida y a la salud. Pero a la hora de resguardar ese derecho, los caminos elegidos han sido disímiles.

En el libro «Respuestas a las enfermedades catastróficas», publicado en 2015 por el instituto argentino CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, una organización independiente), se aborda el problema de la financiación de los medicamentos caros en la región en general y en Argentina en particular. De allí se desprende que la mayoría de los países latinoamericanos generaron, en la última década, un programa o un fondo para evitar que las enfermedades de alto costo determinaran la ruina de los sistemas de salud. En muchos casos se rigen por normas más ágiles y tienen cierta autonomía, pero siempre funcionan bajo el mando de la autoridad sanitaria máxima, lo cual los mantiene ligados a los gobiernos.

A grandes rasgos, hay países que prevén un sistema gratuito y universal (Cuba, Venezuela, Uruguay, Costa Rica, Perú, Colombia, Brasil, Chile), otros que exigen copagos en función de los ingresos (Puerto Rico) y otros que solo financian medicamentos de alto costo a los ciudadanos que se atienden en el sector público (México, Argentina).

De acuerdo con las cifras aportadas por los distintos medios que colaboraron con este informe, los países de la región prevén en promedio 0.5 % de su PIB en medicamentos y tratamientos caros. Pero eso no incluye lo que luego terminan gastando por orden judicial. En Brasil, por ejemplo, el monto presupuestado en 2017 fue de unos $ 1,879 millones, mientras que lo que se gastó en juicios fue $319 millones. En Uruguay, lo presupuestado ese año fue $260 millones, pero el Estado debió desembolsar más de $4.8 millones por la vía judicial. En proporción, la judicialización en Brasil representa el 14.5 % del total de lo que se gasta, y en Uruguay es el 1.8 % —aunque ya se prevé que este año será más del doble.

La mayoría de los países resuelven su cobertura de medicamentos de alto costo con base en una lista taxativa de enfermedades o de medicamentos indicados para algunos estadios de ciertas patologías. Esto explica la proliferación de reclamos administrativos y judiciales de pacientes cuyos médicos les indican un tratamiento que el Estado no contempla entre sus prestaciones obligatorias. Muchas veces, la discusión en los juzgados se centra en si los medicamentos reclamados tienen suficiente evidencia científica o no, y en si su financiación es válida en términos de costo-efectividad.

Cuando la decisión judicial es proteger la vida del paciente más allá de estas consideraciones, los ministerios y organismos oficiales apuntan contra el Poder Judicial por inmiscuirse en asuntos técnicos y amenazar así la sustentabilidad de sus sistemas. Los operadores judiciales, en tanto, suelen responder que su tarea no es cuidar las finanzas de los Estados, sino salvaguardar derechos de las personas.

Chile ha logrado zafar de este conflicto porque «el Poder Judicial tiene bastante consciencia en general de que el rol de la distribución de los recursos corresponde al Ejecutivo», dice Jaime Burrows, exsubsecretario de Salud de ese país. ¿Cómo lo hizo? Según Burrows, una de las claves es la transparencia en los procesos de decisión: el ministerio es capaz de explicar los motivos de la inclusión o exclusión de cada medicamento en la cobertura. Otra de las razones es la participación de los pacientes en esas decisiones, algo que en otros países aún se debe.

En el primer mundo, donde el gasto en medicamentos es mayor que en la región, el partido se juega hoy en poner freno al lucro de la industria. Sin soluciones sencillas, pero con algunas ideas de por dónde se debería transitar, la región tiene por delante este desafío de alta complejidad.

El primer mundo. En países como los europeos, la discusión gira en torno de si se debe o no poner un freno al lucro de la industria farmacéutica.

El IPSFA, ante la incertidumbre

Ilustración
Privilegios. Existe todo un mundo de diferencia si se trata de un soldado raso o un oficial. Las oportunidades de conseguir mejores empleos están casi vedadas para los primeros.

El 27 de octubre, los pensionados del Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA) vivieron momentos de incertidumbre. El pago que esperaban no llegó a sus cuentas bancarias. Las quejas llenaron las páginas de Facebook de las diferentes asociaciones que aglutinan a pensionados del IPSFA, como por ejemplo una llamada Causa Justa.

«Favor presionemos, ya basta de escusas, es un deber que nos paguen el día estipulado. A ellos no les gustaría que les atrasen el sueldo», escribió Lázaro Calles, pensionado del IPSFA, en la fan page de esa asociación. Este es uno de los comentarios que abonan a una labor que se ha vuelto general para beneficiarios de la institución cada fin de mes: informarse los unos a los otros si el dinero ya está entregado y en qué bancos se ha realizado dicho depósito.

El pago llegó para todos hasta el 30 de octubre, tres días después de lo pautado. Y la incertidumbre fue consecuencia de una situación: para 2018, el IPSFA iba a necesitar $60 millones del Presupuesto General de la Nación para cumplir con sus compromisos. Sin embargo, solo le fueron entregados un poco más de $46 millones. Nadie sabía de dónde iban a salir los $14 millones faltantes.

«Estuve desde mis 17 años y cumplí los 30 de servicio. Toda mi juventud cumplí con el IPSFA. Mes a mes, no fallaron mis descuentos. Y ahora las autoridades deben de cumplir. No tenemos culpa de la pésima administración… lo duro es que uno también tiene sus compromisos, sus deudas, que no se las perdonan los bancos», escribió Édgar Cáceres, otro pensionado, a través de un mensaje de chat en Facebook.

En un acto de rendición de cuentas realizado a principios del mes, el gerente general de la institución, René Antonio Díaz Argueta, fue consultado sobre este punto por los miembros de asociaciones que aglutinan a pensionados del IPSFA. Dijo que esperaba «la ayuda del presidente», Salvador Sánchez Cerén, un antiguo comandante guerrillero. «Creo que él nos va a apoyar», aseguró frente a decenas de ansiosos pensionados, sin saldar las dudas.

Desde inicios de la década, el IPSFA ha dejado de ser una institución autosostenible. En 2011 ya se reportaban problemas de liquidez. La catástrofe sobrevino en 2016, cuando se anunció que la entidad no podría cumplir con sus compromisos sin una inyección del Estado.

Su modelo fracasó: está conformado por un solo fondo sostenido por aquellas personas que todavía trabajan y aportan sus cotizaciones, que actualmente son cerca de 39,000. De aquí debería salir lo destinado a pagar las sumas recibidas por aquellos que ya están retirados. Para 2018, el IPSFA cuenta con 21,734 beneficiados, entre pensionados por retiro, por invalidez y por sobrevivencia, y montepíos militares: sumas de dinero destinadas a las viudas y familias de fallecidos.

La relación entre ambos grupos no es ni siquiera de dos a uno, una cifra que los expertos califican como insuficiente. Y se irá haciendo cada vez más crítica, pues la cifra de los aportadores disminuirá con el paso de los años. Eso es porque, a diferencia de lo ocurrido en 2003, cuando se permitió reingresar a miles de exmilitares al sistema, ahora eso ya no es posible. Quien decide retirarse de las filas de las Fuerzas Armadas renuncia a cotizar con el IPSFA. Buscar otro trabajo se traduce en empezar de cero las aportaciones a una AFP privada.

La relación entre ambos grupos no es ni siquiera de dos a uno, una cifra que los expertos califican como insuficiente. Y se irá haciendo cada vez más crítica, pues la cifra de los aportadores disminuirá con el paso de los años. Eso es porque, a diferencia de lo ocurrido en 2003, cuando se permitió reingresar a miles de exmilitares al sistema, ahora eso ya no es posible. Quien decide retirarse de las filas de las Fuerzas Armadas renuncia a cotizar con el IPSFA. Buscar otro trabajo se traduce en empezar de cero las aportaciones a una AFP privada.

Mauricio González es vigilante privado desde hace casi dos décadas. Fue uno de los beneficiados con la medida en 2003, que le permitió volver a cotizar con el IPSFA a pesar de que ya había pasado una década desde que había abandonado al Ejército, el mismo tiempo que pasó en Estados Unidos antes de ser deportado. Mauricio pronto cumplirá 60 años y tendrá los 25 años de trabajo necesarios para jubilarse. Con su cotización, él y los otros 23,000 que reingresaron en 2003 ayudaron a mantener a flote el fondo común del IPSFA. Sin embargo, es una especie de pecado original: ellos, que son los que actualmente se están jubilando, abonan a la insostenibilidad del sistema.

Mientras fue parte del Ejército, afirma, vivió algunas de las peores experiencias de su existencia. En una ocasión, dice, cuando se desarrollaba la Ofensiva Hasta el Tope de 1989, le encargaron realizar un operativo en el mismo cantón del oriente del país en el que se había criado. El resultado fue más de una docena de capturados, muchos de los cuales eran sus conocidos, sus familiares. De ellos, comenta, no tenía certeza de que pertenecieran o siquiera simpatizaran con la guerrilla. Tuvo que ir a sacarlos y, luego, «pasarlos por las armas». A pesar de que esta institución, como él dice, lo obligó a hacer cosas muy difíciles, no está garantizado que, cuando al fin logre retirarse, cuente con la tranquilidad de una pensión constante.

La situación del IPSFA se agrava si se toma en cuenta que el número de pensionados crece año con año. Por ejemplo, en enero de 2015, 374 cotizantes se jubilaron. Esa cifra promedio no dejó de aumentar en los siguientes meses, hasta alcanzar un pico de 1,563 nuevos pensionados en junio de 2017.

En una solicitud de acceso a la información pública, se pidió el detalle de cada una de las pensiones entregadas por el IPSFA. La institución respondió, más bien, con rangos, que van desde los $122.01-$618 hasta los $3,098.07-3,592.07. Al primero corresponde el grueso de pensiones entregadas, sobre todo en lo relativo al nivel básico y a puestos administrativos (6,210), aunque también hay jefes y oficiales en el grupo.

Es una situación enormemente ventajosa contar con algún grado más allá de la tropa. Subsargentos, sargentos, tenientes, capitanes y generales pueden optar a jugosas pensiones, tomando en cuenta los salarios que gozan mientras están de alta. Así, hay hasta 345 pensiones superiores a los $2,200.

El próximo año se han destinado en el presupuesto general de la nación $69.3 millones, que todavía, sin embargo, no están totalmente financiados.

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Sin esperanza para la tropa

Los tres soldados cumplen su misión de este día en un ambiente de bostezo. Lo estipulado para la jornada es que acompañen, junto a sus armas largas, a uno de esos jeep militares que el Ministerio de Justicia y Seguridad ha mandado a colocar en diferentes sectores de San Salvador como una especie de disuasivo para los delincuentes del país. Se sienten casi humillados: deberían estar patrullando en algún barrio cercano o trabajando en una labor más productiva.

A diferencia de lo esperado, esta mañana de octubre se muestran dispuestos a hablar de las condiciones de su trabajo, un acto que bien puede ser catalogado como rebelde según la ley orgánica de la Fuerza Armada.

La plática deviene en un catálogo de sufrimientos: jornadas de 12 días con solo tres de descanso; la obligación de dormir en catres con colchones viejos, ya inservibles, o en el suelo mismo; un rancho compuesto por apenas tortillas con frijoles, en los que alguna vez hubo huevos y queso, cuando el ministro de la Defensa prometió una mejora que, comentan, solo duró unos meses.

Sin embargo, lo que más resalta son sus sueldos. Uno de los más jóvenes, que ya lleva dos años en la institución, ahora es un soldado raso de nivel 1. Su sueldo es de $310, solo un poco más que el salario mínimo para el sector de servicios. Por lo menos, señala, ha sido un avance. Cuando estaba en el nivel 2 apenas percibía $250 al mes, algo que no ha mejorado para los miembros de la tropa a pesar del aumento al salario mínimo general. A eso hay que restarle los descuentos, como aquel entregado como cotización al IPSFA.

Igual suerte corre el cabo que lo tiene a su cargo. A pesar de ya tener dos décadas en la institución, su sueldo no pasa de $350. Y no lo hará nunca: ya superó los 27 años, la edad límite en la que un militar puede acceder a un curso para ascender a subsargento y comenzar, así, el camino como oficial de carrera.

Estos tres hombres entraron a la institución sin pasar por ninguna escuela. Solo se presentaron a adiestramientos y formaciones dentro de los cuarteles, duros como un golpe en la cara. Es posible que otro gallo les cantara si hubieran estudiado, por ejemplo, en la Escuela Militar Capitán General Gerardo Barrios, donde asisten quienes luego se convertirán en oficiales de carrera, los jefes de hombres como ellos.

—Para hacer eso uno tiene que tener sus recursos, ¿entiende? –comenta uno de los más jóvenes, mientras acaricia el disparador de su fusil–. Alguien como yo, que se metió en esto porque no tenía qué comer, porque necesitaba sus monedas, ¿cómo va a andar soñando con escuelas militares?

Los tres provienen de otros departamentos del país y se describen a sí mismos como hombres de campo. Los tres, dicen, ingresaron a la institución porque les daba un mejor futuro, pensaron, que lo que les esperaba si seguían trabajando la tierra.

—Yo creo que por eso es que nos tratan como nos tratan, porque saben de dónde venimos, que no podríamos pedir mucho más –comenta el cabo, las manos en la cintura, en un gesto de resignación–. De pronto, se pasa la mano derecha por la nuca, como quien acaba de caer en la cuenta de que no le está permitido escapar. Hacerlo sería contraproducente. —Pero ya llevo 20 años aquí, ya me falta lo menos.

Al cabo le falta lo menos, solo cinco años de servicio, pero debe cubrir otros 10 para llegar a la edad mínima. Después de eso, recibirá una pensión idéntica a lo que mes a mes gana actualmente: le darían el 100 % de su Salario Básico Regulador (SBR), calculado con respecto al sueldo percibido en los últimos 10 años. Con eso, dice, se daría por satisfecho.

Quienes no lo están tanto son los dos jóvenes a su cargo, que no ven su futuro en la institución militar. Solo esperan cumplir con el tiempo de su contrato, de tres años, para buscar otras opciones. No importa, dicen, que con esta decisión pierdan lo cotizado en el IPSFA.

—Si saben que ustedes salen de la institución y no seguirán cotizando, ¿no les podrían entregar lo que ya cotizaron?

—¡Qué diablos! Yo conozco un montón de excompañeros que se han tenido que ir sin nada. De veras que de nada sirve cotizar para uno como soldado raso, si bien sabe uno que el día de mañana se va, si la vida de militar ya no es opción.

El testimonio de 10 exmilitares de tropa consultados por Séptimo Sentido da cuenta de esta situación, en la que el IPSFA se ha quedado con sus aportes, a pesar de que algunos tuvieron más de siete años de servicio en las Fuerzas Armadas.

En este momento la prioridad en la institución es encontrar una forma para pagarle a sus pensionados, aquellos que cumplieron con los mínimos de ley para merecer una pensión. Todavía no hay un mecanismo claro para darle respuesta a la totalidad de soldados rasos que deciden dejar la institución una vez termina su contrato y deben dejar sus cotizaciones en el aire, como podría ser el caso de los dos jóvenes que esta tarde cuidan un jeep de guerra.

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La alternativa en la crisis

«Estamos conscientes de que es totalmente necesario realizar un proceso de cambio en nuestro sistema de pensiones», asegura el presidente del IPSFA, Félix Edgardo Núñez, con anterioridad.

El cambio en el que se está pensando es mudar el actual modelo, el de un solo fondo solidario, a uno de cuentas individuales, como el de las AFP privadas, donde cada cotizante posee su propio capital.

—El trabajo del militar es sacrificado. Uno pasa mucho tiempo lejos de su familia, se pierde momentos importantes, y lo hace en el servicio de los demás, en desastres naturales. Además, no nos dejan tener sindicatos. Púchica, y si usted va a ver las pensiones que dan en otros ministerios, como Relaciones Exteriores, se quedara admirado, comenta el general Carlos Cáceres, quien fue jefe del Estado Mayor, en un restaurante de Santa Elena. Tiene 63 años y es pensionado del IPSFA. —Por eso no estoy de acuerdo en que se cambie el sistema a uno de cuentas individuales, porque eso significa que, en un momento dado, este se le va a acabar.

Cáceres también es el presidente de Causa Justa, organización de pensionados del IPSFA que nació en 2015 para exigir respuestas a las autoridades de esa institución sobre la venta a precio preferencial de varios terrenos a una empresa del entonces diputado Sigfrido Reyes, un caso que terminó archivado en la Fiscalía General de la República y la Corte de Cuentas por un mismo argumento: que, según dictamen de la Alcaldía de Nuevo Cuscatlán, en esas propiedades había trozos «inútiles» que bajaban su valor.

Pero esta no es la única historia de esa naturaleza en la que el IPSFA es protagonista. En 2009, por ejemplo, la Corte de Cuentas le puso varios reparos a una situación en particular: que la institución tasó de un año a otro y sin justificación a precios mucho menores varios de sus inmuebles. Los auditores sospechaban que la intención era vendérselos a terceros. Sin embargo el reparo se desvaneció como un simple error de contabilidad, pues no había ocurrido un desbalance en las cuentas generales.

A pesar de la opinión del general Cáceres, un cambio en la estructura es, precisamente, el bálsamo sanador que recomiendan expertos como María Elena Rivera, coordinadora del programa de estudios sobre políticas públicas de Fundaungo, que mira en las ahora esenciales aportaciones del Estado hacia el IPSFA un gasto que pronto se volverá insostenible tomando en cuenta que la cantidad de pensionados crece mes a mes a un ritmo mayor al de los cotizantes.

La experta matiza su opinión al afirmar que el cambio debería ser gradual y que se tienen que considerarse otros elementos, como el porcentaje del salario que debe tomarse en cuenta para la pensión.

El general Carlos Cáceres, por su parte, afirma que una mejor opción es que sea el Estado quien asuma todas las pensiones de invalidez y sobrevivencia que resultaron como consecuencia de la guerra civil, y le deje al IPSFA las pensiones por retiro. Aún así, comenta María Elena Rivera, de Fundaungo, el modelo sería insostenible: casi la mitad de pensiones dadas son de esta naturaleza.

El militar joven vuelve a sonreír de forma irónica, como quien no encuentra una mejor forma para expresar su descontento, mientras cumple su misión de cuidar un automóvil de guerra para disuadir delincuentes. Ahora recuerda lo que ha tenido que pasar, los pandilleros que han amenazado a su familia porque sospechan que, en efecto, él es militar.

«Hubo alguien que dijo una vez que me había reconocido, que a mi mamá me la iban a entregar como que era calavera. Por eso mi gente se tuvo que mover de zona. Como le digo, ser militar no tiene cuenta», dice, añorando poder ser uno de los que huyen en caravana, como aquella que vio pasar a unos pasos esta mañana. Para él, ser pensionado en su vejez no cabe ni en sus más locos sueños.

Los caminantes

Escribo esta columna justo el domingo en que una caravana de compatriotas emprende caminata hacia la frontera con Guatemala. Se sumarán al camino que ya emprendieron miles de hondureños en semanas recientes. El viaje al Norte en busca de otra vida, porque la que aquí nos toca no es realmente vida.

Por aquí pasaron los caminantes. A la orilla de la Panamericana. Eran muchos. Cientos. De todas las edades. Con todo tipo de equipaje. Carritos para niños, muñecos, pichingas de agua, toallas, cachuchas, mochilas, bolsas plásticas. Hombres y mujeres, niños y adolescentes, personas mayores, algunos en silla de ruedas, con bastón o con muletas.

Hay que estar muy desesperado para pensar que se va a llegar desde San Salvador hasta Estados Unidos en silla de ruedas o caminando con un bebé de meses o caminar tanta distancia a los setenta y pico de años. Muy desesperado. Quien se acerca a escuchar sus historias, escuchará lo mismo, repetido hasta el cansancio: no hay trabajo, no hay oportunidades, la violencia nos agobia, la extorsión de las maras es impagable, o nos hacemos de la mara o nos matan, nos sacaron de nuestra casa, perdimos la cosecha, no tenemos nada.

Es inevitable ver en ello un gesto de desesperación. Un poderoso grito de protesta y disconformidad contra los gobiernos del Triángulo Norte de Centroamérica. Un grito en contra de un sistema que, a pesar de guerras y gobiernos con retórica conciliatoria pero falaz, no hace nada para lograr que la desigualdad social sea reducida. Un grito contra una sociedad que critica desde su sofá pero que no se moviliza para reclamar sus derechos ni para protestar frente a tanta porquería que vemos ocurrir porque lo único que le preocupa es su propia satisfacción.

Mientras políticos corruptos hicieron fiesta con los fondos públicos, estos caminantes, esos mismos que hoy se van, no tuvieron para comer o para comprar una medicina, vieron sus casas caerse en pedazos con las primeras tormentas, vieron a sus hijas violadas o a sus hijos asesinados por la violencia de las pandillas, vieron perdidas sus cosechas por las sequías. Mientras los corruptos negociaron y lograron una pena mínima y la no devolución de millones de dólares saqueados de nuestro erario, los que robaron una gallina o un canasto de jocotes fueron refundidos en la cárcel con penas máximas y sin derecho a negociación alguna, como si se tratara de criminales altamente peligrosos.

Es contradictorio que los informes y números de gobierno emitan cifras triunfales de creación de empleos y a la baja en violencia, mientras miles de salvadoreños tienen como única expectativa de futuro largarse del país. Pese a los riesgos. Pese a que muchos se endeudan y prácticamente se esclavizan para poder pagar un coyote.

Estas caravanas de migrantes dicen mucho de nuestro fracaso como país, de cómo esta nación es incapaz de garantizarle una vida digna a todos los sectores de la población, en particular a los menos favorecidos; de cómo nuestros gobiernos han sido incapaces de trascender lo estrictamente partidario y trabajar por el bien común; de cómo las instituciones públicas no han sido capaces de ofrecer respuestas ni alternativas concretas, estables o dignas a problemas que, desde hace décadas, solo reciben tratamientos cosméticos pero que no llegan a la raíz, ahí donde deben atacarse, ahí donde deben solucionarse.

Esto debería calar hondo en la clase política salvadoreña. La caravana de migrantes debería hacerlos tomar consciencia de que no basta con tirar migajas, mentiras y placebos a la gente. No es suficiente prometer cientos de empleos cuando los salarios son menores que el mínimo establecido, que, por cierto, no alcanza para cubrir una canasta básica. No basta enfocar todo el esfuerzo del gobierno solamente en la juventud, porque en este país también vivimos personas de diferentes edades que necesitamos trabajar hasta la muerte, venga a la edad que venga, porque no hay un sistema público de salud ni de pensiones que vele por la ciudadanía adulta. Nuestros problemas son económicos y de falta de empleo, sí, pero también están cruzados por múltiples formas de violencia, colectivas o individuales, públicas y privadas, que afectan nuestra calidad de vida y también nuestra salud mental y emocional.

Este flujo incontenible de nuestra gente saliendo del país debe parar. Es natural pensar en quedarse, en hacer vida en su tierra, en dedicarse a sus cosas, en salir adelante. Pero también es natural decidir irse si el entorno es hostil y si pasa el tiempo sin mejoría alguna de su situación o problemas. No hay argumentos para pedir que se queden cuando aquí no encuentran lo que necesitan para continuar con sus vidas.

La gente está harta. No solo de no encontrar trabajo, de ser extorsionada y asesinada por las pandillas y de sentirse defraudada por las instituciones estatales, sino también por no ser escuchada, porque sus dificultades no son reconocidas en su gravedad y porque por más que se haga y se diga, las soluciones nunca llegan.

Cuando estos caminantes ya no contaron con nadie, cuando reconocieron que lo único que podían hacer era buscar soluciones propias, se echaron al camino, como los miles de hondureños que también salieron en caravana, como miles de africanos, como miles de asiáticos, como miles de personas de todas partes que buscan una vida digna y una forma de brindársela a los suyos. ¿Acaso es demasiado pedir? ¿No es lo mínimo que merecemos todos?

El país se desangra en ríos de gente que se va todos los días. En avión o en bus, y ahora hasta en caravanas. Son cientos. Lo que está ocurriendo casi no sorprende. Por algún lado tenía que explotar la insatisfacción pública. Estas personas que marcharon en la caravana hacia el norte no tienen ni la paciencia ni el tiempo ni la ilusión de esperar un nuevo gobierno para ver si les cambia la suerte.

Ya no más. Ya no pueden esperar más. Para muchos es, literalmente, un asunto de vida o muerte.

La iniciación primordial de una mujer

«Como mujeres, no podemos escalar más alto de lo que estamos dispuestas a descender» señala la autora del libro «Manual para la mujer emergente» Mary Elizabeth Marlow, al referirse al mito griego de Psique (alma o mente) que representa un viaje iniciático a las profundidades del alma para conectar con el interior profundo de una mujer y desatar su potencial y su autoridad individual.

El mito cuenta que Psique debe enfrentar una serie de desafíos en su vida, de entre los cuales el más complicado acaso sea el impuesto por Afrodita (diosa de la belleza) que la obliga a viajar al Hades (inframundo) de donde debe volver con una caja que, en su interior, contenga un poco de belleza. Solo entonces, alcanzado ese objetivo, podrá recuperar el amor de Eros (dios del placer). Durante su travesía, confronta grandes retos que la empujan a asumir, en soledad, el control de sus decisiones, y solo la fuerza de su amor le permite encarar sus miedos. Una vez superadas las pruebas y a su regreso al mundo, Psique desobedece a Afrodita y abre la caja, cayendo en un sueño del que no puede volver. Eros la lleva frente a Zeus y le pide que les permita casarse, a lo que el dios del Olimpo responde despertándola y convirtiéndola en inmortal.

Este mito muestra aspectos de Psique aplicables al desarrollo de cualquier niña en su camino a convertirse en una mujer autodirigida y segura de sí misma que atesore, en su interior, las herramientas que le permitan alcanzar su visión personal. Psique es, inicialmente, influenciada por su familia: su padre la obliga a casarse; su hermana la incita a asesinar a su esposo porque según ella es un monstruo. La diosa Afrodita le ordena, además, enfrentar pruebas imposibles para un humano, prometiéndole que al superarlas podrá alcanzar el amor que busca. Dicho amor significa la pasión canalizada para alcanzar los sueños del tipo que sean. A lo largo de cada una de las pruebas, están siempre presentes su voluntad y su pasión, que le permiten cumplir con las exigencias impuestas y adquirir, en el camino, la seguridad para enfrentar el reto más complejo de su vida: descender y volver del Hades.

La historia de Psique es utilizada en psicología para referirse al desarrollo del aspecto femenino y las profundidades del inconsciente. Cada una de las pruebas, con su respectiva desobediencia, la llevan por un nuevo camino de búsquedas y aprendizajes que la impulsan a tomar decisiones en soledad y, en definitiva, la incitan a asumir la más difícil de sus osadías: desobedecer a la diosa Afrodita y abrir la caja; y a través de este hecho conquistar su autoridad interior.

Psique es el inconsciente que dirige la vida de una persona. Descender y conectarse con esta realidad individual es vital para evaluar el pasado, así como para entender las causas que retienen a un individuo. Y, desde ese íntimo lugar, volver a la superficie, abrir la caja y descubrir el enorme regalo de la aceptación total con lo bueno, lo malo, los aprendizajes y los dolores. Y para realizar, en el momento presente, los ajustes requeridos e iniciar un vuelo hacia el futuro libre de cargas y con la seguridad de estar en el camino correcto.

Este proceso se concluye, como señala Marlow, «por la decisión correcta en el momento correcto», cuando se reconoce que no hay autoridad externa que pueda asumir la sabiduría interior y cuando «se emerge a través de la aceptación de todo lo que se es». Este es el mito de Psique, la iniciación primordial en la vida de una mujer.

Líderes del verbo, ¿qué proponen?

Inocentemente, hace algunos años, yo me preguntaba: «¿Dónde están los próximos líderes políticos de El Salvador?» en un escrito titulado «Líderes, del verbo no hay».

En aquel entonces, hace unos siete años, más o menos, me senté frente a una computadora –como lo hago ahora– y me cuestioné a través de una columna como esta, si acaso había nuevos rostros dispuestos a irrumpir en la política salvadoreña. En aquel entonces, aún no se vislumbraba el escenario actual, en donde dos candidatos jóvenes se toman las presidenciales.

Además, en esa misma columna, me atreví a soñar que ojalá esos nuevos rostros estuvieran lejos y descontaminados de las estructuras de ARENA y del FMLN, porque consideraba que era importante que estos líderes jóvenes surgieran de un contexto menos convencional; quizá como un intento por despolarizar el espectro político del momento.

En aquel escrito, comparaba el escenario salvadoreño con las realidades de otros países donde se asomaban personajes con madera de dirigentes. Por ejemplo, hablaba de los incipientes liderazgos juveniles en Chile, catapultados al mundo de la política por un movimiento estudiantil masivo que exigía educación gratuita y de calidad. Actualmente, algunos de ellos como Camila Vallejos y Gabriel Boric ocupan puestos legislativos. Otro de aquellos jovencitos es el actual alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp. Es decir, siguen teniendo una importante participación política.

Hoy no puedo negar que –efectivamente– han surgido nuevos rostros desde aquel día en que me pregunté «¿Qué pasa con los líderes en El Salvador?». Los actuales candidatos presidenciales de ARENA y de –oh sorpresa– GANA son personajes que no podemos describir como viejos: reflejan modernidad, energía, entusiasmo, carisma, ganas de hacer bien las cosas.

Si bien, mi sueño de la despolarización no se ha llegado a concretar, al menos sí es posible decir que ambos candidatos han estado someramente alejados de las estructuras partidarias tradicionales. Y como bien dicen por ahí: todo jinete necesita un caballo.

La pregunta, entonces, se ha transformado y ha dejado de ser ¿dónde están los nuevos líderes políticos de El Salvador?, para convertirse en varios cuestionamientos más: ¿Qué proponen los nuevos líderes de la política en El Salvador? ¿Qué buscamos los salvadoreños en nuestros líderes? ¿Qué estamos dispuestos a exigir? ¿Cómo es la nueva generación de electores?

Aprovechemos esta nueva oleada de candidatos y usémosla, en primer lugar, para ejercer nuestro derecho al voto y hacer valer la democracia en la que vivimos. Por otra parte, usemos este escenario de competencia electoral como plataforma para aprender a ser mejores ciudadanos: más exigentes, más cuestionadores, menos polarizados, y sobre todo, menos fanatizados.

Aún estamos en plena campaña, por tanto, aún hay tiempo para que los candidatos demuestren que estos líderes estén al nivel de los retos, las exigencias y las expectativas que todo un país tiene, tomando en cuenta que son los representantes de una nueva generación política que está cansada de una tradición de derechas e izquierdas que requiere actualizarse.

Carta Editorial

Cada vez reina más la incertidumbre y en esta situación solo se siembra hambre. Esta vez los afectados son los pensionados del Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA). Se supone que las sociedades con una institucionalidad fuerte y sana persiguen que los individuos, después de una vida de trabajo, puedan disfrutar de un periodo de descanso. No hay dignidad ni nada para celebrar en que una persona entrada en años tenga que seguir trabajando para mantenerse, para comer, en todo caso.

El problema es que el sistema de pensiones estaba diseñado para depender de una cantidad de gente en activo para que alimentara con sus contribuciones el fondo común desde donde se pagaría a quienes dejaran de trabajar. Y ya no hay para tanto. La proporción entre quienes aportan y quienes, en teoría, deberían recibir el fruto de todos los años en que aportaron se ha reducido demasiado. El sistema se tambalea para todos.

La gente con sus años cumplidos para jubilarse se abstiene de hacerlo, porque no está garantizado que pueda recibir la pensión a la que tiene derecho. Y la planilla no se renueva, se reducen los espacios para que se ejecute un relevo generacional en la institución. Lo que sigue es un colapso. Uno que se traduce en atrasos en los depósitos que tienen que recibir los jubilados.

Tener calidad de vida en el país es cada vez más complicado. La gente está llegando a la edad de la jubilación con deudas, con compromisos económicos que incluyen hacerse cargo de los gastos de hijos que no logran despegar e independizarse porque no hay oportunidades de educación y empleo con salario competitivo.

El reportaje del periodista Moisés Alvarado gira en torno a esa pregunta sobre el futuro: ¿Qué tipo de vejez podemos anhelar aquí? El trabajo, aunque dignifique, no puede ser una condición a perpetuidad. Quienes están a cargo de las instituciones, quienes diseñan los sistemas, deben saber que lo que administran no son números, son vidas.

«Me disgusta la falta de compromiso en el trabajo»

¿Qué es lo que más le disgusta?

La irresponsabilidad, me disgusta la falta de compromiso en el trabajo.

Si pudiera cambiar un problema en el mundo, ¿cuál sería?

La desnutrición infantil. Es muy triste saber de esos millones de niños que no tienen la oportunidad de crecer y cumplir sus sueños de ser mayores debido a la falta de alimentos. Considero que es un problema en el que todos debemos aportar para que se acabe.

¿Qué hace a alguien buena o mala persona?

Sus actitudes y comportamientos.

¿Qué hace a alguien ser bello?

Su esencia, mostrar lo que realmente somos con los demás. Una persona auténtica.

Una canción que le alegra el día…

Todas las de la Oreja de Van Gogh, podría pasar todo el día escuchándolos.

¿Cuál es su trabajo soñado?

Lo que hago actualmente en Closet. Me encanta la moda, conocer sobre tendencias de la moda internacional, lo que se va a llevar en cada temporada y, sobre todo, traer esa innovación a nuestro país para nuestras clientas y que puedan encontrar lo último en nuestras tiendas.

¿Qué característica es indispensable en un emprendedor exitoso?

Siempre lo he dicho: la persistencia y la resiliencia. Un emprendedor debe estar enfocado en lo que quiere lograr. A menudo puede pasar que haya adversidades y nos desanimamos, pero no debemos olvidar nuestro objetivo y ser persistentes, porque, al final, este esfuerzo valdrá la pena.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (209)

1710. LA FICCIÓN MÁS REAL

Las filas de vehículos eran interminables a aquella hora de la tarde, cuando los trabajadores de todo nivel iban de regreso a sus hogares luego de la jornada laboral. Ellos estaban en una de esas filas y la impaciencia por el atascamiento les ganó la voluntad. En la siguiente bocacalle doblaron hacia la derecha, y de inmediato se dieron cuenta de que aquella zona de callejas y callejones parecía instalada en otra época. Como ya no era viable regresar, siguieron adelante, y muy poco después se hallaban en una plazoleta rodeada de edificaciones, a todas luces habitacionales. “¿Te acuerdas de este lugar?” le preguntó él a ella, con un dejo de emoción. “Sí, en uno de estos edificios vivían tus padres contigo, y en otro mis padres conmigo”. “¿Pero cómo puede ser, si nosotros aquí somos inmigrantes?” Se quedaron mudos. La nostalgia los acunaba como a recién nacidos.

1711. CONOCIÉNDOSE AL FIN

“¿Y usted, de dónde ha salido?” La pregunta era un soplo. “Yo soy un residente de siempre en este lugar”. Rechazo sin paliativos, como si el soplo se volviera ráfaga: “¡No mienta, usted es un intruso recién llegado, y la prueba es que no me ha reconocido…” El interrogado pareció sacudirse un peso de encima: “¿Quiere conocer el espacio donde resido?” Silencio, evidentemente de duda. “Bueno, como dicen que el que calla, otorga, tomo su respuesta. Sígame, por favor”. Las voces se esfumaron. Todo quedó en quietud, como siempre. Pero el jardín parecía otro, aunque los detalles de eso eran muy sutiles. Por ejemplo, un reguero de hojas verdes que llegaba hasta la boca entreabierta del hormiguero. ¿Y quiénes habían sido entonces los interlocutores recientes? Quizás el brote que nació ahí y que regresó en maceta y el recién elegido líder del hormiguero.

1712. PARÁBOLA DE LA SALVACIÓN

Cuando lo encontraron, tirado en una rústica acera de la pequeña urbanización donde vivía gente de recursos casi inexistentes, todos supusieron que era una de esas víctimas que acribillan en un lugar y van a abandonar en otro. Las autoridades, luego de unas simples indagaciones, lo dieron por desconocido, como a tantos otros. Pero unos pocos días después apareció en el lugar una mujer desconsolada que preguntaba por el ausente. Nadie le daba razón, hasta que se topó con otro desconocido, que merodeaba por ahí. “Yo sé a quién busca. Era narco clandestino, como yo. Cada vez que nos veíamos me hablaba de usted, “la Rubia”, y me pedía que la protegiera cuando él ya no estuviera. ¿Me deja hacerlo? A él se lo acabó la mara contraria…” Ella sollozó, confortada. Y ambos desaparecieron, pero por huida, no por muerte, aunque la diferencia sea tan sutil.

1713. NUEVO DESTINO

La luz se encendió sin que nadie activara ningún dispositivo mecánico. ¿Puro efecto de la voluntad, entonces? Puede ser, aunque esos efectos inesperados nadie puede probarlos. Los presentes se encontraban ya sentados alrededor de la mesa, con sus copas de vino servidas, a la espera del brindis. El que estaba en la cabecera era el más joven, y abrió el encuentro en estos términos: “Como siempre, Él nos ha convocado, pero esta vez no quiere estar en persona, para que lo podamos recordar sin ninguna reserva…” Alguien pidió la palabra: “Como esta es la primera vez que nos reunimos sin Él, tenemos que hacerle honor a su presencia, que es el mensaje que nos encarga”. Otro alzó la mano: “Yo, como el mayor que soy, siento que su decisión nos une y debe unirnos para siempre: expresemos, pues, el compromiso alzando la copa sagrada…” Y la reacción fue unánime: “¡A la salud del Espíritu Universal!”

1714. IDENTIDAD RECUPERADA

La mañana despertó con una luminosidad que no era la común en aquellos días del año, en los que las brumas están prontas a imponerse. Él salió a la pequeña terraza del apartamento ubicado entre el mar y la montaña. Y, para su sorpresa, el mar parecía haberse recluido en una esquina y la montaña mostraba una amplitud de la que comúnmente carecía. Era, pues, momento propicio para salir a caminar por las sendas arboladas. Se apresuró a dirigirse hacia ahí. Como normalmente no lo hacía, cualquier sensación sería inesperada. Se internó al azar, y pronto estuvo en un claro cuyo centro era una pieza intacta, con todas las características de las imágenes clásicas en los monasterios más antiguos. Se preguntó en voz alta: “¿Dónde estoy?” Y un rumor entre las hojas le dio respuesta: “En el inicio de tu retorno a los orígenes. Eres un monje sin edad”.

1715. GESTIÓN DEFINITIVA

La ceremonia sería al borde del agua, en aquel hotel de playa que era el más solicitado del momento. Todo estaba a punto, con el mobiliario, los arreglos florales y los adornos previstos. Los contrayentes se hallaban en sus respectivas habitaciones, arreglándose para cuando llegara la hora. El mar parecía otro invitado expectante, con un suave oleaje animador. El grueso de los asistentes ya se hallaba ahí, y entre ellos ninguno se percató de que había una presencia que nadie conocía. Se dio la señal. Aparecieron los novios. El letrado celebrante ocupaba su puesto. Dio comienzo el acto. Llegó el instante del enlace, y al ir a consumarse una ola se alzó envolviéndolo todo. Desastre total. La presencia desconocida se hallaba en un rincón, a salvo. Era la otra enamorada del novio, la desdeñada, que se había aliado con poderes oscuros para reponerse del daño.

1716. OFERTA CON ORÍGENES

Ahí, enfrente, se alzaba la formación rocosa que tenía en su parte superior aquel monumento inconfundible. Él, que era anímicamente un turista de mochila, estaba sin embargo hospedado en un hotel de cinco estrellas, en cuyo piso superior había un restaurante con vista total sobre el paisaje en el que convivían los grises de las colinas con los verdes de los boscajes y en medio las urbanizaciones blancas. Esa mañana, ya en vísperas del equinoccio de otoño, aquel hombre de mediana edad que andaba en busca de emociones de tránsito vital, era de los primeros en llegar a tomar su desayuno en el restaurante del piso octavo, y lo primero que vio fue aquella mujer joven ataviada como una deidad antigua: “¿Eres tú, Afrodita?” Ella sonrió, halagada. “Pues si no lo soy, puedo serlo: la Diosa del Amor… Si quieres te lo demuestro, aquí frente a la imagen milenaria del Partenón”.

1717. LA SUERTE DE DON ELÍAS

La pregunta surgió como un cometa repentino: “¿Alguien aquí recuerda a don Elías?” Todos se miraron entre sí sin atinar. El que había hecho la pregunta se sintió obligado a dar algún tipo de explicación: “Don Elías circulaba por todas partes en el Barrio San Miguelito, donde crecimos. ¿No se acuerdan? Era el cartero”. Entonces todos sonrieron, y algunos hasta soltaron la risa. ¿El cartero? Oficio en vías de desaparecer, porque ya no hay cartas, ni postales, ni tarjetas de Navidad… “¿Y qué se ha hecho don Elías?” “Está en un asilo, de seguro recibiendo cartas del más allá…”