El Estado cómplice

“Las democracias han favorecido condiciones que facilitan el crimen organizado”. Una frase provocadora, difícil de digerir si se quiere. Se la escuché la semana pasada a Federico Varese, un catedrático italiano asentado en la Universidad de Oxford que es reconocido como uno de los referentes en teoría sobre crimen organizado en el mundo, durante un encuentro sobre el tema organizado por InSight Crime, en Bogotá.

La explicación de Varese pasa por el reconocimiento de que, en las democracias modernas, el financiamiento electoral se ha convertido en la principal herramienta de influencia de grupos de poder, sean estos legales o ilegales.

Un ejemplo claro de lo primero es la forma en que fondos fiduciarios alimentados con dineros de grandes corporaciones han financiado durante años las campañas de los partidos Demócrata y Republicano en Estados Unidos.

Muestras de lo segundo abundan en el mapa latinoamericano, tanto la escala nacional como en la local. La banda de narcotraficantes Los Cachiros y los partidos Liberal y Nacional en Honduras. El cartel de Texis y campañas de gobiernos locales del PCN en Metapán, El Salvador. Dineros de grupos paramilitares canalizados a campañas de legisladores en Colombia. Y así.
Una combinación de ambas, financiamiento de grupos ilegales y dineros provenientes de instancias legalmente constituidas para garantizar funcionarios dóciles dispuestos a debilitar al Estado para beneficiar a esos financistas, ha existido en Guatemala en las últimas décadas, y eso ha quedado probado, entre otras cosas, por varios casos que el Ministerio Público local ha presentado a los tribunales.

En El Salvador hay denuncias bastante claras en casos como el de Texis, mencionado arriba, o el de dinero de la banda Los Perrones que llegó hasta la campaña presidencial de ARENA en 2004. En el primer caso la fiscalía investigó, por otras razones, a los financistas; y en el segundo, encarceló a los narcos. Pero nunca enfiló baterías contra los operadores políticos que entregaron el dinero, en gran medida porque varios de esos intermediarios, relacionados con el grupo de poder del expresidente Antonio Saca, siguen vigentes y aún son influyentes en el tinglado político nacional.

Y ese es el punto: los salvadoreños estamos a punto de elegir al presidente que administrará el Ejecutivo durante el próximo quinquenio, pero a la fecha ninguno de los cuatro contendientes nos han presentado propuestas definitivas sobre cómo lidiar con esa esquina oscura de la democracia que es el financiamiento electoral ilícito, lo que el jefe de la Comisión Internacional contra la

Corrupción en la Impunidad en Guatemala, el colombiano Iván Velásquez, ha llamado el pecado original de la constitución democrática.

Lo que es peor: los dos principales contendientes, Nayib Bukele, de GANA; y Carlos Calleja, de ARENA, se han negado a revelar la lista definitiva de sus financistas. No sabemos, por ejemplo, cuánto dinero recibirá el partido de derecha de los grupos de poder que, de acuerdo con la acusación de la Fiscalía General contra el exfiscal Luis Martínez, intentaron sobornar al exfuncionario

Carta Editorial

Cuando se aborda el acceso a los servicios elementales de las personas con menos recursos económicos, hay un tono de normalización del sufrimiento. Es normal tener que hacer largas colas en los hospitales para recibir atención de emergencia, es normal esperar dos o tres meses para ver a un médico especialista durante 15 minutos, es normal tener que recorrer grandes distancias y hasta cruzar fronteras para poder recibir atención en salud. Esa normalización tan arraigada en esta región no es otra cosa que violencia. No matan solo las balas, mata también el abandono.

En las fronteras del Triángulo Norte, la región formada por El Salvador, Honduras y Nicaragua, se vive una crisis sanitaria que durante años los gobiernos han encontrado conveniente ignorar. Todos los días, grupos de enfermos renales, parturientas y niños cruzan por pasos ciegos y mojones en busca de atención médica, y lo hacen en El Salvador, uno de los países más violentos del mundo y uno de los que menos porcentaje de su Producto Interno Bruto dedica al gasto público en salud.

En cinco años, los hospitales públicos salvadoreños han brindado un promedio diario de 24 consultas a guatemaltecos y 25 a hondureños. El reportaje de esta edición no se limita a señalar la inversión o la cantidad de consultas. Este tema de salud pública va sobre la exclusión.

La forma en la que los habitante de los cordones fronterizos resuelven su necesidad de atención médica no ha sido prioridad para los gobiernos, que han estado más preocupados por atajar las críticas solo en los hospitales metropolitanos. El primer nivel de atención, ese que es una herramienta indispensable para mejorar la calidad de viva de las poblaciones, ha sido relegado a un tercer o cuarto plano.

Con el resultado de estas acciones se han escrito historias trágicas de ancianos diabéticos que deben recorrer kilómetros para poder recibir una curación o de niños con enfermedad renal crónica que se pasan la vida en un viaje que no ofrece ninguna comodidad. Son personas que en pleno 2018 tienen que caminar hasta por nueve horas para llegar hasta un establecimiento que les ofrezca atención y medicinas.

Hay muchas formas de discriminación. Una de las más crueles es la de alejar a los seres humanos de sus derechos fundamentales, entre ellos, el de tener salud.

El teatro es un trabajo digno y transformador

¿Cuál es tu idea de la felicidad?

Trabajar de lo que amo en esta vida. Y lo que me hace más feliz es ver a mi mami feliz.

¿Cuál ha sido tu mayor atrevimiento en la vida?

Dejar la casa de mis papás e ir a vivir a San Salvador para estudiar en el CENAR. Trabajé de cualquier cosa para estudiar y tener dinero para la comida: arreglando puertas, chorros, baños, sillas, podando jardines, vendiendo dulces en los buses, etcétera. Ahora estoy alegre porque demostré que el teatro sí es un trabajo digno y transformador.

¿Qué te hace falta?

Sacar mi carrera universitaria, ya que no he tenido la oportunidad para ir a la universidad. Quiero estudiar psicología.

¿Cuál ha sido el momento en el que has sentido más miedo?

En 2013, en un microbús que iba para el centro. Alguien me puso una pistola atrás de la cabeza con gran fuerza y me dijo que le diera el dinero, el celular y todo lo de valor que andaba. Solo tenía $2.35. Me empujó y me dijo que se iba a llevar mi vida y me puso la pistola en la frente. Me dijo: “Aquí quedaste, bicho”. Me quedé inmóvil esperando a que disparara. Pero el otro que andaba con él le dijo que se calmara.

¿Has pensado en migrar?

Solo iría a otro país a estudiar.

¿Cuál es tu mayor extravagancia?

Las cosas que siempre paso recogiendo de la calle creyendo que las ocuparé en algún invento reciclado. Al final me lleno de cosas y la mayoría no las ocupo, pero siempre las conservo por alguna razón, jaja.

¿Dónde te imaginas dentro de 10 años?

Aquí, en El Salvador. Trabajando y ayudando a muchos jóvenes.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (210)

1718. EN LOS DÍAS QUE VIENEN

Fue a buscar en la Internet el pronóstico climático de los días siguientes, para hacer sus planes hogareños. Decían que venía una intensa tormenta tropical y que las condiciones serían de cuidado. Se aperó para que en la casa no faltara nada de lo indispensable. Su esposa, que nunca había sido muy cuidadosa al respecto, le hizo la pregunta de siempre: “¿No se te olvidó nada de lo que vamos a necesitar?” Y él le devolvió la pregunta con intención: “¿Y qué es lo que vamos a necesitar?” Ella sonrió con el ceño fruncido: “Lo veremos en los días que vienen…” Se quedaron esperando que llegara el momento; pero como ahora es tan común, la advertencia atmosférica se quedó en palabras. Llegaron los días, pero no llegó la turbulencia anunciada. La pareja se miró a los ojos. Y los dos pensaron: “Esperemos que la tormenta no vaya a venir por dentro…”

1719. ENTRE COLINAS

Era, sin duda, el habitante más próspero del lugar, porque su empresa ecológica no sólo tenía despliegue nacional sino que se hallaba en plena expansión internacional. ¿Y de dónde partía ese éxito? De una idea que por mucho tiempo pareció simplemente poética, pero que de pronto empezó a ser claramente pragmática: el vínculo sensible entre la Naturaleza y la vida. Lo que los vecinos del entorno no acababan de entender era por qué aquel empresario que tenía todas las posibilidades de vivir en Nueva York, en Londres o en París seguía en su aldea originaria, como todos los que no tenían otra opción., y además en su misma casita de siempre, la que construyeron sus antepasados con lodo y madera. Alguien se animó a preguntárselo, y él respondió sin vacilar: “Porque me enseñaron a ser agradecido, y mis maestras originarias fueron y siguen siendo estas colinas”.

1720. LA ESTRELLA EN PERSONA

Soñó siempre con ser un emprendedor triunfante, y ese propósito vivo se le convirtió en luminaria de su atmósfera existencial. Como había estado desde el principio inclinado fervientemente a los quehaceres espirituales, lo que emprendió fue una consejería virtual para los que anhelaban superarse desde el fondo de ellos mismos. Pasaba todo el día en la habitación más escondida de su vivienda, atendiendo consultas. Era el contraste pleno: la penumbra de su refugio y la iluminación de su alcance laboral. Y así fue quedando suspendido en el puente colgante de sí mismo, sin salir al aire ni en lo claro ni en lo oscuro. Pero aquel atardecer, un impulso súbito le hizo buscar un tragaluz. Se alzó hacia él, y ahí estaba ella, la más brillante estrella imaginable. Anuncio de liberación desde lo más escondido de su ser hasta lo más libre de su infinito.

1721. EN CUESTIÓN DE MINUTOS

El vuelo saldría del Aeropuerto JFK de Nueva York a la hora señalada, porque no había ningún anuncio de retraso. Ella estaba lista desde hacía por lo menos tres horas, como era su costumbre. Se hallaba en el Swiss Lounge, aguardando el momento, con su jugo de tomate, su platito de fruta y su cruasán sencillo. Allá al fondo, el día ya mostraba su vitalidad soleada. Sacó de la maleta de mano su cuaderno íntimo y se dispuso a anotar las sensaciones del momento. El iPad, que estaba también ahí, no era su favorito. Fueron pasando los minutos, y cuando vio el reloj de puño se dio cuenta de que la hora del abordaje había sido sobrepasada, sin que se hubiera dado cuenta de ningún llamado. Se fue rápidamente a la puerta de embarque. Nadie, ni destino en la pantalla. Le preguntó a alguien. Respuesta esotérica: “Dentro de unos minutos, que pueden ser siglos…”

1722. EL CRISTAL VAGABUNDO

El recluso liberado condicionalmente por buena conducta en la cárcel donde fue recluido por muchos delitos no sangrientos salió a la luz del día como un fantasma sin destino identificable. No tenía familia directa, porque su grupo familiar inmediato había emigrado hacia el Norte, y no había parientes que quisieran acogerlo. Lo único que quedaba era ambular por donde se pudiera. Recordó entonces sus antiguas habilidades artesanales, y se fue a un taller a buscar trabajo. Pronto se dio cuenta de que podía laborar por su cuenta, y así lo hizo. Armó, como pudo, su tiendita propia, y empezó a crear en vidrio. Vendía lo suficiente para sobrevivir, pero de pronto comenzó a sentir que se hallaba recluido de nuevo. Entonces optó por ser indigente en calles y caminos. Libre de nuevo, aunque la necesidad le apretara las costillas.

1723. EN EL LUGAR PRECISO

Todas las áreas abiertas del restaurante volcaneño daban hacia un paisaje expandido hacia el horizonte donde había cerros y volcanes y un amplio lago. Era la primera vez que salían a departir juntos, y él había escogido aquel lugar sin consultarle a ella, tratando de sorprenderla animosamente. Cuando estuvieron ubicados, y una vez que el mesero les dejara las cartas del menú, él le preguntó a ella: “¿Te gusta el lugar? Si no, podemos buscar otro…” “No, estoy bien, sigamos aquí…” Como sólo ellos estaban, el silencio era total. El menú tenía carácter lugareño, y ellos pidieron con cautela. Lo hicieron bien, porque después de los primeros bocados los ánimos se distendieron. Y ya al final, con dos pequeños tequilas enfrente, se tomaron de las manos y se vieron a los ojos. Mutua declaración impecable. La ráfaga de brisa entraba a abrazarlos.

1724. ELSA Y JULIO

Ella llegó ya de noche, porque su vuelo arribó tarde. Él había cenado en solitario y luego se fue a su habitación del hotel El Salvador Intercontinental. La atmósfera del lugar rebosaba tranquilidad; pero en algún momento comenzaron a sonar los petardos voladores. Ni ella ni él tenían idea de lo que estaba pasando, pero los estruendos conmemorativos de algo les hicieron encontrarse en la barra del bar. “Hola, al fin nos vemos de nuevo…” Y en ese instante apareció un trío y comenzó a cantar “Flor de Azalea”, que ella recibió con humedad en los ojos. Eran las voces de los Hermanos Cárcamo. Al día siguiente comenzaría el rodaje de “Sólo de Noche Vienes”, en la ciudad o en la montaña. ¿Qué año era, entonces: 1965 o 2018? Una voz por el micrófono le cerró el paso a cualquier respuesta: “¡Bienvenidos, Elsa Aguirre y Julio Alemán, han pasado siglos, y ustedes como si nada, aquí y allá!”

1725. SONAMBULISMO ATÁVICO

Padecía insomnio crónico, pero algún factor no previsto le estaba devolviendo la capacidad de dormir. Eso en vez de tranquilizarlo le provocó ansiedad. Y es que ahora lo que iba apareciéndole cuando se internaba en la atmósfera del sueño era la sensación de hallarse en un desconocido salón de espejos por el que deambulaban enigmáticas imágenes. Añoraba el insomnio, cada vez más; y así tuvo la dicha de irse convirtiendo en sonámbulo. Un sonámbulo que le rogaba cada día a la Providencia que todos los espejos se esfumaran a su alrededor.

«Yo tenía que compartir el instrumento con otros 20 violinistas»

Dirigiendo la orquesta

El director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel tiene muy presente en todo momento sus orígenes, a pesar de su fama internacional y de haber logrado uno de sus sueños: dirigir la Filarmónica de Berlín, con la que actualmente está de gira por Asia.

En esta entrevista, habla de las diferencias entre las orquestas, la importancia de acercar la música clásica a los jóvenes, su pasión por romper barreras, los problemas actuales de su país y del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, donde se formó.

¿Qué significa para usted dirigir la Filarmónica de Berlin?
Un sueño hecho realidad. Conversaba el otro día con un amigo y le decía que para mí, ha sido lo más natural del mundo. Yo nunca me he presionado para lograrlo. Pero mi primer sueño musical está relacionado con esta orquesta. Me acuerdo que iba a los conciertos en Barquisimeto de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Lara y me sentaba en la primera fila del Teatro Juárez, un teatro de principios del siglo XX. Y ya entonces soñaba con estar aquí, en Berlín.

¿Se tiene que pellizcar a veces?
Sí, porque uno no debe perder la inocencia. Cuando pierdes la inocencia, todo se vuelve rutinario.

Usted es el director musical de la Filarmónica de Los Ángeles. ¿Puede definir en qué se diferencia una orquesta norteamericana de una europea?
Dudamel: Con Los Ángeles, donde ya dirijo desde hace 10 años, hemos construido un discurso sonoro juntos. Es una orquesta maravillosa, a la que dirigieron desde Zubin Mehta hasta el gran Otto Klemperer. Pero cuando llegas a una orquesta como invitado, como es el caso de Berlín, llegas como el invitado a una casa. Si es tu casa, tratas de disfrutarlo. Así es con una orquesta. Toda orquesta tiene una tradición, un sonido, una forma de tocar que tú, antes de imponer algo, tienes que escuchar. Es como bailar: vas enseñando y aprendiendo un poco el movimiento de tu pareja y te vas adaptando. O como manejar un coche: no es lo mismo manejar un Ferrari que un Aston Martin. Son dos carros rápidos pero los dos son muy distintos.

¿Ya manejó uno?
Alguna vez, por diversión. Me encantan los coches, desde que era niño, por la tecnología. Pero volviendo al tema, no puedo hacer sonar a la Filarmónica de Los Ángeles como la Filarmónica de Berlín.

Llegó a Los Ángeles con un proyecto de aproximación a la comunidad, sobre todo latina, de la ciudad.
Sí. La primera propuesta fue crear una orquesta con niños. La Filarmónica de Los Ángeles tiene que participar en moldear el futuro de la sociedad. Yo provengo de una iniciativa similar, pero de mucha más larga data: el Sistema de Coros y Orquestas juveniles de Venezuela, creado por el maestro José Antonio Abreu. La filarmónica asumió la propuesta inmediatamente. Y en estos 10 años que existe YOLA, la orquesta juvenil, ya vamos por el séptimo centro. Ahora el arquitecto Frank Gehry esta diseñando un centro en Inglewood, una zona de escasos recursos, complicada, dónde hay un banco que se reestructuró y se va a convertir en un escenario y en un espacio musical.

Su figura hasta hoy, con sus 38 años, está asociada a la juventud….
A pesar de las canas que me están saliendo.

¿Cuál es la importancia de ganar un público nuevo, más joven?
Es fundamental, y eso no es una fantasía, sino una realidad con mucha base. Yo crecí en un proyecto así, el sistema, y por eso sé que funciona. El objetivo no es que esos niños luego sean músicos profesionales, sino que tengan un aprendizaje musical. Algunos después deciden ser músicos, otros no. De los compañeros de mi generación, han salido ingenieros, emprendedores, médicos. Pero nunca dejan de estar en contacto con la orquesta y nunca dejan de escuchar conciertos. De esta forma han aprendido a desarrollarse como espectadores y atraen a su vez a gente que no tiene nada que ver con la música. Por eso no podemos quedarnos sentados en un trono. Tenemos que ir hacia la gente y hacer entender lo que hacemos. Porque tampoco es llegar y tocar, sino mostrar la posibilidad transformadora que tiene la música.

En los ensayos para el show del Super Bowl en 2016, actuamos con Beyoncé, Bruno Mars y Chris Martin de Coldplay. Ensayamos cada detalle, cada movimiento, el sonido. Es un trabajo y eso se respeta. Por eso yo no pongo muros entre la música, el arte. Incluso hay un video de la Filarmónica de Berlín tocando con los Scorpions. Todo eso crea un puente hacia un público que no está acostumbrado a escuchar música clásica. Hay una frase de Miguel de Unamuno: “La libertad que hay que darle al pueblo es la cultura”.

A diferencia de Europa, en Estados Unidos las orquestas no tienen problemas en trabajar con músicos pop.
No, y está bien que así sea. Estas superestrellas, en algunos casos verdaderas leyendas, son artistas maravillosos. No te imaginas el nivel de perfección en los ensayos, cómo aprecian cada detalle. En los ensayos para el show del Super Bowl en 2016, actuamos con Beyoncé, Bruno Mars y Chris Martin de Coldplay. Ensayamos cada detalle, cada movimiento, el sonido. Es un trabajo y eso se respeta. Por eso yo no pongo muros entre la música, el arte. Incluso hay un video de la Filarmónica de Berlín tocando con los Scorpions. Todo eso crea un puente hacia un público que no está acostumbrado a escuchar música clásica. Hay una frase de Miguel de Unamuno: “La libertad que hay que darle al pueblo es la cultura”.

¿Es una experiencia que llevó de Venezuela a Los Ángeles?
Sí, la de romper barreras. Cuando comencé a dirigir en Los Ángeles, nos embarcamos en proyectos maravillosos. Nunca me hubiera imaginado hacer una ópera con Frank Gehry, pero así fue. Me ayudó a que hiciéramos la trilogía de las óperas de Mozart con los libretos de Da Ponte con tres arquitectos: Jean Nouvel, que hizo “Las bodas de Fígaro”, Zaha Hadid, que hizo “Cosi Fan Tutte” y Gehry con “Don Juan”. Ahora acabo de hacer con el coreógrafo Benjamin Millepied, el esposo de Natalie Portman, una versión de “Romeo y Julieta” con una filmación en vivo de ciertas partes del ballet. Todo lo que estaba sucediendo alrededor del hall aparecía en una pantalla en el escenario simultáneamente con la danza.

¿En qué situación está el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela?
El sistema sigue adelante a pesar de la complejísima situación que estamos viviendo en Venezuela -económica, social, espiritual. Hoy es un emblema de esperanza. Esto no lo digo como una frase hecha, porque a pesar de todo, el sistema no se ha detenido. Estamos viviendo un momento muy complejo debido a la salida de muchos talentos del país. Pero de alguna manera también, a pesar de la compleja situación, de lo difícil que puede ser para un músico, para cualquier tipo de profesional, salir del país, veo muchos de ellos en todo el mundo y no pierdo la fe en que volverán y que se están enriqueciendo y están siempre en contacto con sus compañeros en Venezuela.

¿Es decir que el sistema tendrá en el futuro un papel que ahora ya no puede tener?
Mientras haya un niño en los núcleos, el Sistema está vivo. Un solo niño, un maestro. Aun hoy, en la situación actual, eso genera un efecto multiplicador. El sistema se ha hecho de adversidades. Cuando el maestro (José Antonio) Abreu lo creó, nadie creía en él. Le costó muchísimo abrirse camino. Cuando estaba en Barquisimeto, no teníamos un sitio dónde tocar, no había instrumentos. Yo tenía que compartir el instrumento con otros 20 violinistas, uno tocaba una hora, después el otro. Nos decían “la orquesta de los sin techo”. Y a pesar de todas las crisis que hemos estado viviendo en los ochenta, en los noventa, todavía estamos.

Gustavo Dudamel. Director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles

¿Es una situación terminal?
El filósofo francés (Jean-Jacques) Rousseau le preguntaba a Dios en “Las confesiones” por qué le había hecho pasar tantas situaciones adversas. La respuesta: te he hecho débil para caer en el hueco, porque te he hecho lo suficientemente fuerte para salir de él. Yo podría hablarte de todo lo terrible que está sucediendo en mi país, que es triste y doloroso. Cada vez que veo salir a un joven, me duele. Cuando veo que la gente no tiene la posibilidad de comprar los bienes básicos, me duele, también porque allá vive mi familia, de la que nunca me he desconectado. Pero al mismo tiempo debemos seguir luchando porque al final del túnel hay una luz, y esa luz significa unión. Porque la polarización ha calado hondo hasta en las mismas familias.

Para que la unión suceda, ¿Nicolás Maduro deberá dejar el poder?
Yo creo que el pueblo es sabio y sabrá decidir cuál es su futuro. El problema es hoy la sobrepolitización, y de eso tenemos que proteger a nuestros niños. No podemos enfermarlos con esta diatriba política y esta pelea permanente de que si tú eres culpable. Cada uno tiene que asumir su responsabilidad y su culpa. Nosotros, desde las pequeñas posiciones en que estamos, tenemos que construir el país.

¿Pero existe hoy ese margen en Venezuela?
Absolutamente. Creo que ahora es el momento. Pero los tiempos de un país son distintos a los tiempos de un individuo. Nosotros podemos desesperarnos, pero un país necesita mucho tiempo para transformarse. Basta con ver lo que vivió Alemania: dos guerras mundiales, regímenes dictatoriales, un muro que los separó. Tantos años de sufrimiento y tantas equivocaciones. Nosotros también hemos sido muy golpeados, también por nosotros mismos, por no tener la disciplina suficiente. Pero no es momento de achacarnos culpa. Es el momento para que cada quien asuma la responsabilidad que tiene.

¿Se siente como protector del sistema desde el exterior?
Completamente. Yo soy un papá.

¿Y esa posición también le ha llevado a mantenerle en silencio durante mucho tiempo?
Pero es que yo nunca he estado en silencio. La gente sabe solo el 0.1 % del trabajo que hago. Yo muchas veces he estado en Venezuela y nadie sabe que estoy ahí. Viajamos por el país viendo cómo están los núcleos, pero yo no hago alarde de eso o me tomo una selfie. He estado metido en sótanos viendo ensayos de orquestas, nunca en la sala grande; me he reunido con los muchachos, estoy en contacto con ellos a través de Skype…

¿Cuál es su papel como ciudadano de Venezuela?
Mi papel es de unir y no dividir. Porque para mí, es muy difícil tener un público que está completamente dividido y yo dividirlo más. Mi función es que el publico sienta que cuando está escuchando música, se está uniendo. Habrá otros que hacen discursos políticos, pero esa no es mi función. El resto es trabajar, no por un lado o por un color, sino por toda Venezuela.

¿Cuál es la base de su optimismo?
Cuando me pasan los videos de todo lo que está sucediendo en Venezuela y veo toda la cacofonía que se vive, y al mismo tiempo veo niños en un curso de oboe -ahora vas a pensar que estoy loco-, es que eso es lo que brinda esperanza, tal cual lo concibió el maestro Abreu con el sistema. Por eso tengo fe en que vendrá el momento en que Venezuela se desarrolle, porque ahora estamos en el hueco, pero nos han hecho lo suficientemente fuertes para salir de él.

Arriesgar la vida para ganarla

¿Cuáles son los retos a los que se enfrentan las personas que trabajan fuera de oficina y en comunidades? La respuesta, para la lideresa sindical Sarahí Molina, es simple: «No es raro escuchar que trabajadores que distribuyen productos en las colonias han sido secuestrados por las pandillas. Y ya hay vendedores que han sido asesinados porque el patrón no paga la ‘renta’», responde.

Molina es la secretaria general del Movimiento de Unidad Sindical y Gremial de El Salvador (MUSYGES). Este movimiento agrupa varias organizaciones que luchan por los derechos de los trabajadores a escala nacional. Ella opina que la violencia social de la que son víctimas algunos trabajadores en sus horarios laborales podrá verse disminuida cuando el Estado se fortalezca en el territorio y garantice la seguridad para toda la población. Esa medida, hoy por hoy, suena a una larga espera.

Mientras, algunos empleados de campo han ideado estrategias personales para disminuir el riesgo cuando trabajan. Y esas tácticas van desde pedir permiso antes de entrar a una colonia hasta aprender a negociar con calma para que un grupo de pandilleros no mate al colega.

Entre enero y octubre de este año se registraron 2,845 homicidios. Las autoridades han presentado esa cifra como un avance en la lucha contra la inseguridad y violencia porque, en teoría, ha ocurrido una reducción del 15.8 % de asesinatos, comparado con 2017. Sin embargo, la Fiscalía General de la República ha brindado datos que hacen que se cuestione la reducción.

La Fiscalía sostiene que las desapariciones han aumentado en El Salvador y, en promedio, se desconoce el paradero de 10 nuevas personas cada día. Solo en 2018 ya van más de 3,000 denuncias de este tipo.

«La situación de los trabajadores cada día va más precaria. Mientras el Estado no controle los territorios, esto va a seguir sucediendo. Por el desempleo que hay, mucha gente acepta un trabajo, a pesar de que sabe que va a exponer su vida», dice, con pesar, Molina.

El Código de Trabajo establece que los empleadores deben propiciar un ambiente seguro para sus trabajadores, y el artículo 317 de esa legislación considera como accidente laboral todo aquel que sucede «a consecuencia de un delito, cuasidelito o falta, imputables al patrono, a un compañero de trabajo o a un tercero, cometido durante la ejecución de las labores». Sin embargo, no hay un marco legal que proteja de manera especial a este tipo de trabajadores que se mueven entre comunidades.

«En la parte de la delincuencia, el patrono no tiene la posibilidad de garantizar condiciones específicas para sus trabajadores. Esa es una función del Estado», asegura José Rodezno, experto en derecho laboral.

Rodezno se desempeñó como director general de Trabajo del Ministerio de Trabajo y Previsión Social. Sostiene que las medidas que los empleadores pueden tomar para proteger a estos asalariados en el contexto de violencia actual no están reguladas en ningún sitio.

«A lo mucho que se podría llegar, estirando un poco el sentido de la Ley General de Prevención de Riesgos en los Lugares de Trabajo, es a limitar el acceso de trabajadores a zonas de mucha criminalidad… pero algo que diga que usted tiene prohibido enviar a un trabajador a un área por su alto índice de criminalidad no existe», asegura el abogado.

Mientras tanto, cientos de empleados continúan trabajando y combinando su labor con el miedo.

Estos son cuatro testimonios de trabajadores de campo. Ellos brindan su versión sobre cómo es salir a laborar. Ninguno de los entrevistados denunció estos hechos ante la Policía porque consideraron que una denuncia formal los pondría en mayor riesgo. Tres de ellos pidieron que sus nombres no fueran revelados.

Ilustración de Moris Aldana

La locación inadecuada

“Pues se me van de aquí a la mierda. Todos ustedes no tienen nada que hacer acá, saquen estas cámaras”, recuerda Carmen que le gritó un hombre armado mientras intentaba grabar un comercial en Mejicanos. Volvió a ver su alrededor y había otros dos hombres mostrando un arma de fuego.

Carmen es una productora audiovisual que trabaja para distintos clientes. Tiene 28 años y los últimos cinco los ha dedicado a coordinar grabaciones. Como si fuera algo normal, colecciona historias de cómo no le han permitido filmar en ciertas colonias, de tener que pedir permiso a una pandilla para poder elevar un dron o de escuchar disparos cercanos mientras se intenta filmar una entrevista.

El día que la sacaron de Mejicanos lo recuerda con más fuerza porque fue la primera vez que la amenazaron directamente con armas. El equipo técnico, los actores y ella habían llegado a grabar a una colonia que parecía tranquila. Carmen incluso asegura que coordinó con personal de la alcaldía para poder estar en el sitio. Entonces, cuenta, le dijeron que no se preocupara, que era una zona sana.

Esa idea se desvaneció cuando escuchó los gritos. “Toda la gente empezó a agarrar sus cosas y yo me quedé quieta. Después el hombre armado pasó frente a mí, empujándome, que qué esperaba. Teníamos los carros ahí cerquita de dónde íbamos a grabar, pero como nos echaron, empezamos a caminar sin destino”, cuenta. Al final, lograron entrar a una Casa de la Cultura. Ahí se refugiaron hasta que llegaron los agentes del CAM de la zona y los acompañaron a sacar los autos.

Carmen explica que es mejor trabajar en locaciones privadas en lugar de hacer tomas en lugares donde “ponés en riesgo miles de dólares y la vida”. Y es que esos espacios a los que ella se refiere no suelen ser gentiles con extraños. Para poner un ejemplo, cuenta que hace unos meses su jefa de entonces le pidió hacer tomas de dron en el reparto La Campanera, en Soyapango. La tarea era grabar una cárcava.

“Mi contacto en la zona me dijo ‘mire, no vayan a venir, mejor’. Y yo le dije a mi jefa: ‘Nos aconsejan no ir porque acaba de suceder un tiroteo con investigadores encubiertos’. Y mi jefa dijo: ‘Sí, pero necesitamos esas imágenes’. Ella insistía en que las necesitábamos, y yo pensaba ‘¿sí estás comprendiendo que acaban de dispararles?’. Ahí me molesté un montón porque fue (saber) que les interesa más que vayamos a hacer esas putas imágenes cuando está en riesgo nuestra vida”, narra, con frustración, la productora.

En esa ocasión, Carmen decidió no ir y enfrentar las posibles consecuencias. Pero, dice, no puede hacer eso cada vez que una locación es peligrosa. Quiere seguir trabajando en el mundo audiovisual, aunque eso implique correr cierto riesgo. Cuando entra a zonas inseguras, dice, ya le ha enviado las coordenadas de su ubicación a algún amigo a través de WhatsApp. La estrategia, que hasta ahora nunca ha sido necesario poner en marcha, es que si Carmen deja de responder durante media hora, el amigo debe llamar automáticamente a la empresa audiovisual para avisar que ella está en problemas.

Ilustración de Moris Aldana

Contra las púas por una carta

El problema de Édgar Escalante se agravó por su corte de cabello. Édgar es un trabajador de Correos de El Salvador, en la oficina de Santa Tecla. Es moreno y robusto. Rodeado de correspondencia, recuerda la vez en que dos pandilleros le hicieron entender que no era bienvenido en una colonia.
Eran las 11 de la mañana y Édgar estaba acompañado por otros dos carteros en la zona norponiente de La Libertad. Los tres entraron juntos y, pronto, les cuestionaron los motivos de su tránsito por el lugar.

“Primero nos hicieron la llamada de alto, que de dónde son, qué andan haciendo. Luego me dicen: ‘Mira, vos tenés plante de jura’. Y yo le digo que no, que mi corte de cabello así es”, relata el empleado de Correos. Después de eso, recibió su primer golpe en plena calle. “Nos quitaron nuestras pertenencias, se nos revisó el cuerpo y prácticamente quedamos en ropa interior. Fue frente a todo mundo”.

En este salón de correspondencia hace calor al mediodía y más carteros escuchan la historia de Édgar. A ninguno parece sorprenderlo: “Me pegaron la primera pechada y me toparon a un cerco de alambre de púas y, con cada empujón, imagínese lo que me pasaba en la espalda”. De acuerdo con su relato, sus compañeros también fueron empujados contra el cerco y los alambres se les incrustaron en la piel.

“Pasé como una semana con mis golpes”, dice. Una de las personas de esa zona, comenta, reconoció a uno de los carteros y le aseguró a quienes los golpeaban que sí, que ellos trabajaban repartiendo correspondencia. Ese comentario funcionó como salvoconducto. Los tres hombres se pusieron su ropa y salieron. El correo ha dejado de llegar a esa colonia.

Las cosas no parecen ser distintas para otros empleados de Correos. Otras tres personas que trabajan en la institución afirman conocer experiencias similares, en las que se les exige un pago para poder ingresar a dejar paquetes, en las que son perseguidos o en las que sus compañeros son expulsados de las comunidades a punta de pistola.

De estos hechos no hay denuncia. “Entonces es cuando le damos vida a la impunidad porque no podemos denunciar; si lo hacemos, ponemos en riesgo a los demás compañeros, porque nosotros andamos en la calle, damos la espalda a cada rato”, justifica Escalante.

En una pared de la oficina, unas tablas forman los cuadros que dividen la correspondencia por zona de distribución. “La institución, por ley y por normativas internacionales, tiene la obligación de servirle a la población. Los convenios obligan a hacer llegar la comunicación vía escrita a todos los rincones de la república. Es el derecho a estar conectado y comunicado con el mundo”, dice Escalante, orgulloso del trabajo que hace.

Luego aterriza a la realidad salvadoreña y muestra un cajón de madera en la esquina inferior derecha de la pared. “Este cajoncito son lugares a los que no vamos. Nosotros tenemos zonas de alto riesgo y esa correspondencia la ponemos a un lado”, explica. En este trabajo, adaptarse ha implicado idear maneras de contactar a los destinatarios de ciertas cartas y paquetes sin tratar directamente con ellos. “Se les llama por teléfono o se va a puntos de pick up o buses y ahí preguntamos si le pueden decir que tiene un paquete en Correos”. La idea es reducir el riesgo: “No queremos héroes ni queremos mártires”.

Ilustración de Moris Aldana

Desarrollo entre el conflicto

Virginia trabaja desde hace 13 años en proyectos de desarrollo con organizaciones locales e internacionales. Hace un año, cuenta desde una sala de reuniones, su carrera le presentó un reto desgarrador y contradictorio. Debía formar a las mujeres de una comunidad en prevención de violencia de género. Sin embargo, para conservar el permiso de la pandilla para dar la charla, debía acatar la regla básica de convivencia en esa comunidad de San Salvador: ver, oír y callar. Y lo que había que callar no era sencillo. Virginia sostiene que en esa comunidad, era de conocimiento general que un pandillero abusaba sexualmente de una niña de 12 años.

La primera vez que Virginia llegó a esa comunidad, no fue bienvenida. Un cabecilla de la pandilla, asegura, la sacó. “El líder comunal empezó a reclamar que quién era la coordinadora de esa charla, que quién me había autorizado. Me dijo que me fuera. Nos reunimos en otro lugar con los asistentes y pregunté qué pasó. Y resulta que el presidente de la junta directiva es líder de la pandilla”.

Para poder realizar su trabajo, Virginia tuvo que volver al lugar del cual la habían sacado y solicitar que el mismo sujeto la escuchara. “Lamentablemente, me tocó hacer negociación con este señor, presentarle a él el proyecto, explicarle de qué se trataba. El proyecto estaba enmarcado en prevención de violencia contra la mujer, pero yo no le dije que el tema era ese. Le dije que era promoción de derechos”, confiesa.

El líder le puso tres condiciones para poder impartir las charlas: “Me prohibió que llegara sin avisar, me prohibió que usara el término violencia y me prohibió que llegara con gente de la alcaldía”. Solo con ese aval solucionado pudo realizar sus capacitaciones en la comunidad.

“Lamento que vivamos en un país donde a muchos técnicos nos toque negociar con el crimen para poder llevar a cabo proyectos de desarrollo para comunidades completas”, dice con un atisbo de enojo en la voz.

En el transcurso de esas charlas fue que escuchó por primera vez sobre el caso de abuso sexual infantil que ocurría en la zona. “Si la niña se quejaba o lloraba, la sacaban desnuda a la calle”, recuerda.

Las experiencias laborales anteriores en proyectos de desarrollo comunitario no habían sido más esperanzadoras, acepta la experta. Luego pone de ejemplo el caso de un representante comunal que fue asesinado, en teoría, porque no colaboró con la pandilla local en un robo. También cuenta que promotores de salud con los que ella trabajaba han sido asesinados en los últimos años. Para Virginia, su trabajo parece estar ligado a la tragedia.

En otra ocasión, recuerda, estaba impartiendo una charla sobre salud sexual y reproductiva que tuvo que ser interrumpida por una balacera a pocos metros. “Uno de los jóvenes solo me dijo ‘agachémonos, que no nos vean en las ventanas’. Al final todos se quedaron en el piso y una de las ventanas estaba medio abierta. Cuando yo quise pararme para ir a cerrarla, logré ver que sacaron de una casa a un señor y lo estaban desnudando. Le quitaron toda la ropa, buscándole algún tatuaje”.

Mientras Virginia observaba por la ventana lo que sucedía afuera del aula, uno de los estudiantes le rogaba: “Apártese. No quiero que nos vayan a ver. Ellos me tienen prohibido participar en estos proyectos”.

Así, estos 13 años de experiencias entre balas, asesinatos de conocidos y amenazas le han valido a Virginia para caminar alerta. A pesar de que la naturaleza de algunos de sus trabajos le exigen llevar un diario de campo, ella solo toma notas de lo que ve en las comunidades hasta que se siente en un lugar seguro. Ahora estudia con más detalle la ruta a tomar dentro de las colonias para no mostrarse perdida, dice que jamás saca el teléfono de su bolso mientras trabaja y recuerda otra medida de seguridad importante que ha decidido para sus proyectos: para evitar confrontaciones, es mejor nunca coordinar seguridad con la Policía Nacional Civil (PNC).

Virginia ha decidido camuflar la mirada ante ciertas cosas: “Si veo una discusión, si veo armas, hago como que no me fijé”. Solo así ha logrado terminar los proyectos para los que las organizaciones la contratan.

Ilustración de Moris Aldana

El peligro del gas

Durante tres años, desde 2015, Jaime trabajó como motorista de una empresa repartidora de gas propano. En sus trayectos no solo se encargaba de llevar el producto, sino de cobrarlo. Usualmente lo acompañaba en su viaje un vigilante y los ayudantes. Parecía que todo estaba bien calculado para no correr ningún peligro a pesar de entrar a colonias con alto nivel de criminalidad, pero pronto se daría cuenta que no era así.

“Llega uno de mis ayudantes pálido y me dice: ‘Mirá, allá tienen los bichos en el pasaje a aquel’”. Jaime cuenta que un grupo de jóvenes pertenecientes a la pandilla de la zona habían detenido al ayudante que entregaba los tambos de gas. El trabajador, de unos 22 años, era nuevo. Tenía una semana de haber empezado. Jaime le pidió al grupo que lo dejara ir, pero los muchachos respondieron que no.

Al ayudante le habían quitado la camisa, la cartera y hasta los zapatos, asegura Jaime. Preocupado, pidió que arreglaran la situación y la respuesta que recuerda haber recibido fue una muy simple: “O te vas sin él o no te vas”.

Jaime ya había visto noticias de otros repartidores de gas asesinados, incluso hoy todavía tiene en su celular la noticia del asesinato de otro vendedor de gas con quien tenía una amistad. Sabía que la amenaza era real. Se dio la vuelta y pidió a la vendedora de gas de la zona que intercediera. La señora llamó a alguien, que él asume era de la pandilla, y esa llamada fue suficiente para que el grupo accediera a negociar. “La onda está que nos das 80 bolas (dólares) y te damos tranquilo al bicho”, le respondieron.

Jaime no contaba con ese dinero de su propia bolsa. El dinero que tenía provenía de la venta de los tambos. Así que llamó a su jefe para explicarle que sacaría $80 de la ganancia del día.

“En esa situación, los jefes creen que uno es el que se presta o que uno lo hace por sacarle dinero a la empresa. Yo le llamé, y le dije: ‘Mire, aquí está este chamaco y lo tienen en un pasaje en la San Ramón y $80 quieren por dejarlo ir’”. Su jefe puso un poco de resistencia, asegura, y le pidió que negociara con la pandilla, que cómo era posible que quisieran más dinero si ya pagaban “renta”.

Jaime, exasperado, le dijo que mejor le entregaría el teléfono a los pandilleros para que negociaran con él a distancia. Él recuerda que, ante esa posibilidad, su jefe se negó y aceptó que se pagaran los $80.

Él sostiene que en los tres años que trabajó para la empresa repartidora de gas, fue constantemente amenazado, extorsionado y robado. “‘Al rato me van a matar, yo ya no voy a venir acá’, decía yo. Pero te ponés a pensar: tengo que pagar casa, tengo que pagar teléfono, tengo que pagar recibos… y vos decidís que tenés que hacerle huevos. Al final, tenés que aprender a tratar con ellos. Yo tuve una de las rutas más cabronas. Pero ¿qué hacía? Pasaba en alguna tienda, compraba dos gaseosas y una caja de cigarros, y cuando ya veía que el bicho venía saliendo del pasaje, ya sacaba la soda y la caja de cigarros. Te los empezás a ganar”.

A finales del año pasado se cansó. No tenía otro trabajo, pero renunció. No podía seguir pensando que su vida corría peligro: “Me afectaba. Yo pensaba que en cualquier momento, alguien podía venir y, sin mediar palabra, me mataban y ya estuvo. Y en las noticias iba a salir ‘matan a repartidor de gas en tal colonia’. Parte sin novedad”.

Desde la patria del niño

Esta semana que se inicia celebramos el IX Festival de Literatura Infantil. Gracias a quienes nos alentaron para llegar a esta versión que ha favorecido a niños y niñas de comunidades vulnerables. Difícil citar a los que nos favorecen con su comprensión y sensibilidad hacia un evento tan necesario para nuestros pequeñitos invitados. Agradecemos a algunas universidades y empresas privadas de todo tipo, a editoriales, y en especial a poetas y artistas que creen que la lectura y el libro se asocian si se les da un momento de alegría.

La lectura a esa edad es inolvidable. Recuerdo que en mi primer grado, el director de la escuela pública de San Miguel, en la formación general, nos decía un poema de Espino, y visitaba el grado para leernos cuentos del libro «Corazón» de Edmundo de Amicis. Así supe de la nieve en aquel calor migueleño, y de juegos con bolas de nieve. Por eso relacionamos libros y lectura con recreación artística. En fin, un festival es fiesta, sencilla; con hondura educativa.

Escribo esta columna conmocionado por los niños y adultos que dejan su país, la patria a la que se dedica la oración a la bandera y en la que se le rinden honores a los que declararon la independencia. Si al escribir temblara la voz, estas líneas serían ininteligibles. Pero la palabra escrita permite plantear con serenidad reflexiva propuestas de solución, más que discursos o lamentos.

A propósito el 30 de octubre conversé con uno de los poetas visitantes al IX Festival de Literatura Infantil, además cofundador: Jorge Tetl Argueta, de raíces náhuat (traduce poemas a ese idioma); por interés adquirido desde su infancia en Santo Domingo de Guzmán, y porque como emigrante hacia el Norte convivió por cuatro años en la reserva indígena de los Paiute Shoshone, Nevada, huésped en sus cabañas piramidales de cuero. Quiso encontrarse a sí mismo y encontró la poesía. Ha ganado varios premios en EUA y publicado allá 22 libros de literatura infantil.

Conversamos sobre las dificultades que pasamos para organizar desde la Biblioteca Nacional el Festival Infantil; de pronto surgió el tema de los emigrantes que salieron el 28 de octubre del monumento al Salvador del Mundo. Jorge Tetl los visitó la noche previa para leerles poemas a los salvadoreños que se reunían en dicha Plaza. Hicimos a un lado los problemas económicos del festival y pasamos a un tema ultrapreocupante.

Decidí entrevistarlo con un café y un cachito salado, siempre lo disfrutamos en nuestros encuentros. Me dice que algunos observadores ajenos a los emigrantes le aconsejaron hacerlos desistir por lo peligroso, sobre una iniciativa tan riesgosa como encaminarse a las fronteras del Norte. Le pregunto: «¿Qué le respondiste?» Respondió que él había llegado a leer poemas, a ofrecerles café, no a opacarles las esperanzas que les han sido borradas, no iba a frustrarles el sueño que cada quien tiene sobre su vida, aun enfrentando la muerte. «Como me ocurrió a mí cuando emigré, casi pierdo la vida en el trayecto».

Ente otras cosas, me dijo que se encontró con una señora adulta mayor acostada en el suelo sobre su bolsa negra, donde lleva su ropa, tamales y tortillas. «La bolsa de plástico es para no mojar la ropa ni la comida, porque vamos a cruzar ríos». Jorge repregunta: «¿Y por qué se decidió por algo tan difícil como viajar a pie en caravana?» La respuesta es digna de figurar en una antología como la del argentino Jorge Luis Borges «Historia universal de la infamia». La señora respondió: «Aunque estoy mal de la artritis, me duele la muerte, me duele el hambre, me duele la miseria y me duele El Salvador». Pausa de Jorge Tetl: «Se me salieron las lágrimas». Me dijo: «Hay que ser muy duro de corazón y de mentalidad para escuchar impávido, pues estoy seguro de que no entrará al paraíso perdido; serán concentrados en campos especiales antes de deportarlos».

A otro de la tercera edad le preguntó: «¿Por qué se va?» El señor le respondió: «Porque he llegado a viejo y no quiero que se me mueran las esperanzas, todavía creo que merezco trabajar para ganarme la vida».

Jorge Tetl interrogó a una joven, tenía un nene sentado en las piernas (tirados en la grama del monumento al Salvador del Mundo), y otro mayor de nueve años dormido en su regazo de madre. Preguntó: «¿De dónde viene usted?» «De Santa Ana». Repreguntó: «¿Por qué no esperó la caravana en Santa Ana? Se hubiera ahorrado kilómetros». Respuesta: «Porque pensaba viajar sola y si esperaba al grupo en mi ciudad, podía arrepentirme de dejar a mis hijos. Para no retroceder, viajé a San Salvador, tomé a mis dos hijos pequeños, ellos son mi vida».

Jorge Tetl conoció esa ruta dolorosa de los desiertos cuando migró desde los 16 años. Años después se ha consolidado como escritor de literatura infantil con temas salvadoreños para dar a conocer su cultura originaria en Estados Unidos.

Explico estos testimonios: porque constituyen un aprendizaje para mirar con el corazón (según «El principito»).

Pienso en mi novela «Siglo de O(g)ro»: «La patria de la poesía es la inocencia». La patria se lleva en los pies hacia el infierno o al paraíso. Esto me hace pensar en ciertos poemas de hace cinco décadas dedicados a niños:

Roberto Armijo: «Los niños nos exigen un mañana/ y el que quiere a sus hijos/ oye el llamado de los hijos del mundo». Oswaldo Escobar Velado: «Te regalo una paz iluminada./ Un racimo de paz y de gorriones./ Una Holanda de mieses aromada y California de melocotones». Manlio Argueta: «Y quedábamos solos, hijos de Dios, abandonados a la noche y los candiles,/ preguntándonos por qué tanta desgracia…/ Los niños debajo de las sábanas,/ mientras tanto, oíamos retumbos/ que venían del fondo del volcán».

Esta es mi primera propuesta: educarnos en sensibilidad, utilizar los recursos en educación, en arte, deportes. Gritarlo con terquedad hasta abrir el corazón a visiones humanas abonadas con cultura humanística.

Un éxodo interminable

A su llegada a La Habana a finales de octubre, el presidente Sánchez Cerén fue retratado en una postal atípica: un mano a mano con periodistas. Una situación rara veces vista durante su administración. Independiente de la circunstancia del viaje, los medios estatales cubanos preguntaron sobre la caravana migratoria que iba rumbo a Estados Unidos. Tan solo unos días antes, miles de hondureños se habían congregado y ya caminaban rumbo al Norte. Decenas cruzaron nadando el río Goascorán, dejando imágenes dramáticas a punto de ahogarse. El presidente afirmó que migrar era un derecho humano y «se tiene que respetar el derecho de los migrantes». Después se quejó de Donald Trump, que pedía detener las caravanas, y zanjó el tema. No más sobre una situación que calaba hondo en la mayoría del país y amenazaba desbordarse.

Sánchez Cerén dijo que su gobierno había reducido la migración irregular a Estados Unidos, pero a esa altura ya se convocaba por redes sociales a una caravana del lado salvadoreño. La naturalidad del presidente ante el drama no fue extraña ni exclusiva de él. Es la naturalidad con la que los gobiernos de turno y la clase política en general han asumido la migración. Los países del Triángulo Norte de Centroamérica no tienen más que ofrecer a esta gente, así que queda en ellos rebuscarse por encontrar otro lugar donde sobrevivir. Migrar es el salvoconducto del sufrimiento y desamparo que significan ser pobre en Guatemala, Honduras y El Salvador.

Entonces la dubitativa respuesta de los políticos al fenómeno de la migración es que, en realidad, no tienen respuesta. No hay cómo pedirle a los migrantes que se queden porque no existen las condiciones para ello. No hay siquiera un proyecto de país. El éxodo de salvadoreños partiría cinco días después y, posteriormente, le seguiría una segunda caravana. Avanzan a pesar de las amenazas de Donald Trump de mandar el Ejército a la frontera de Estados Unidos con México. Se van en nutridos números a pesar del recibimiento hostil –no digamos si una nación desarrollada diera visas para irse. Y en su huida, dejan a un país en medio de una campaña presidencial que los tiene sin cuidado.

Hay que entenderlos. En las últimas seis campañas presidenciales se vienen oyendo planes como la urgencia de descentralizar el país, pero, al final, nadie lo hace. Los migrantes salen desde todos los rincones de El Salvador, dejando un gran vacío en sus comunidades. Contrario a la explosión demográfica de Guatemala y Honduras, nuestros pueblos languidecen ante la falta de jóvenes que se unen al éxodo. Esos jóvenes que según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) son tan elementales para realizar las transformaciones necesarias en el país. El Informe sobre Desarrollo Humano 2018 establece la urgencia de que El Salvador aproveche su bono demográfico, el período en que las personas en edad productiva es mayor a la población dependiente. Un escenario que terminaría en 2033, por lo que las inversiones que se realicen en los años por venir serán cruciales.

Solo con una apuesta decidida por cambiar la realidad del país se puede frenar el éxodo que lo sigue desangrando. Se pueden hacer cientos de campañas sobre los riesgos de la migración, pero no calarán mientras el riesgo de quedarse sea aún mayor. Mientras el Gobierno y la sociedad en general no sean capaces de dar respuestas a los que se van, todos perdemos. Bueno, en el contexto de la campaña política en la que se definió el Congreso de EUA, el único que ganó fue Donald Trump, que tuvo la excusa para volver a desplegar la retórica racista que lo llevó a la presidencia. Pero las elecciones en Estados Unidos terminaron y las caravanas siguen avanzando por México. La gente se sigue yendo en ese éxodo que hasta ahora parece interminable.

Esperando las caravanas

Debatiendo el tema de las caravanas con una seguidora de Donald Trump, ella me preguntó: «Qué no tenés una puerta en tu casa y qué no la mantenés cerrada y con llave para la seguridad de tu familia?» «Pues sí», le dije, «pero si esa casa estuviera en llamas, abriría la puerta y sacaría a mi familia». Es más, esperaría encontrar gente afuera, bomberos, vecinos, o qué sé yo para ayudar y no fuerzas levantando barricadas para obstaculizar la salida. Lo que pasa es que yo veo la situación desde Centroamérica; y ella, desde Estados Unidos, y la experiencia humana se pierde en la traducción. Para ella es un asunto de autoconservación y de seguridad, y para mí es un asunto del instinto de sobrevivencia. Yo concuerdo con lo que Noam Chomsky dijo sobre el tema en una entrevista en que comentó la ironía de que las caravanas de migrantes huyen de las condiciones miserables que Estados Unidos creó en los países centroamericanos con su política de intervención en el siglo pasado.

En general, hay un tono ambivalente en Estados Unidos en cuanto a las caravanas más recientes de inmigrantes. Como que la población no termina de entender qué exactamente es una caravana; si presenta una amenaza, si hay peligro o si debe sentir miedo. La palabra «caravana» en sí es bastante neutral; recuerda un viaje nomádico. También hace pensar en un modelo de marca Dodge, el Caravan, que tiene fama de ser una camioneta popular orientada hacia el transporte de familias.

Las últimas caravanas de migrantes se han autodenominado «viacrucis de refugiados», una imagen que recuerda el sufrimiento de Cristo y los pasos que dio Jesús en su camino al Calvario. Lleva también un eco de la filosofía de los padres jesuitas de la UCA con la idea de «bajar de la cruz al pueblo crucificado». Donald Trump, por otra parte, ha caracterizado a las caravanas de octubre como una «invasión» lo cual le abrió la posibilidad de enviar tropas a la frontera y erguir alambre razor para impedir el cruce de los migrantes «invasores» a Texas. Saber cómo responder a la situación tiene que ver con la interpretación que le das a la caravana. Por eso las palabras son tan significativas.

El primer ministro británico Winston Churchill entendía bien la importancia de nombrar las cosas. Instó a los líderes militares a su mando a encontrar nombres honorables para las batallas, para que ninguna madre de un soldado caído se viera obligada a decir que su hijo murió en una operación llamada ‘Abrazo de conejo’ o ‘Operación relajo’. Churchill estableció una poética y reglas para nombrar las operaciones militares con este fin. En particular, aconsejó que se evitaran aquellas descripciones que fueran arrogantes, abatidas, frívolas o que aún están siendo utilizadas por los vivos. Después de todo, las vidas y las muertes de personas reales estaban en juego.

Los funcionarios del Pentágono también demuestran incertidumbre en cuanto a las caravanas; hace una semana le pusieron el nombre Operación Patriota Fiel a la campaña para detener a los migrantes de Centroamérica. Un nombre que parecía destinado mejor para una película de los ochenta de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Jean-Claude Van Damme. Pocos días después el Pentágono se echó para atrás y dijo que iba a dejar de usar ese nombre para la operación porque no es una acción militar sino que un proyecto de fortalecer la frontera.

Las últimas noticias que tenemos de las caravanas es que están casi llegando a la frontera entre Estados Unidos y México, y que vienen más caravanas detrás. Y aquí, seguimos esperando…

Carta Editorial

Habría que empezar por aceptar el fracaso. Al menos en hacerlo habría un acto de reconocimiento y nobleza, algo que tanta falta ha hecho a lo largo de la historia de este país. La situación no solo la está apuntando la Caravana de Migrantes desesperados por irse. También lo dicen bien alto y bien claro las cuatro historias de personas con un empleo en el que no deberían pero prácticamente arriesgan la vida cada día.

Estos cuatro empleados no se encargan de labores de seguridad, y aun así han tenido que mirar a la cara a gente que, arma en mano, les exige que se vayan, que no entren, que no hagan y que no digan porque ese lugar en el que quieren desarrollar alguna actividad es territorio reclamado por ellos. Es un territorio en donde no hay Estado, solo están ellos.

Estos cuatro empleados tampoco son expertos en negociación ni en solución de conflictos, pero han sabido encontrar la manera de evitar que los maten y también realizar la labor por la que han sido contratados, ya sea que repartan tambos de gas a domicilio o que les toque dar talleres sobre violencia de género.

No se trata de ver con actitud romántica el esfuerzo de ellos y de muchos por mantener un empleo en estas circunstancias. Estas situaciones no son normales. Son aberrantes y afectan a las personas en niveles muy profundos. Hacen que tengamos una fuerza laboral lastimada y obligada a sobrevivir en medio de ambientes hostiles. Y lo hacen solos, sin denuncia, sin instituciones que los respalden. Es una tragedia diaria.

No se puede seguir negando que estas historias existen, que cada día se escribe otro capítulo oscuro al que hemos decidido solo llamar jornada laboral. Antes de dar cualquier otro paso, es necesario aceptar que se les ha fallado. Esto no es digno. Tener que trabajar en estas condiciones representa la normalización de una violencia feroz y el desprecio por la vida.