Trece mujeres, trece tumbas

Tumba de Vilma Pérez

Vilma Pérez

Vilma Pérez

A ella la mató su esposo y vigilante privado, José Adán Menjívar. Le disparó en el centro de Apopa, frente a sus dos hijos, mientras iba a denunciarlo en la unidad de la mujer de la Policía por los maltratos físicos y psicológicos a los que la sometía.

Tumba de Vilma Pérez

Carla Ayala

Carla Ayala

Un compañero policía la asesinó el 29 de diciembre de 2017 en la madrugada, después de una fiesta navideña donde hubo alcohol, en la sede del Grupo de Reacción Policial (GRP).

El cadáver de la agente Carla Ayala permaneció desaparecido durante más de nueve meses.  A raíz de este asesinato, el GRP fue desintegrado y más de 80 elementos fueron reubicados. El principal sospechoso del asesinato, Juan Josué Castillo, sigue prófugo de la justicia.

Tumba de Carla Ayala

Julia

Julia

Héctor Danilo Leonor García, subinspector de la Policía Nacional Civil (PNC), es acusado de inducir al suicidio a su esposa, la también agente policial Irma Julia García de Leonor, quien se quitó la vida el pasado 19 de diciembre, hace casi un año. Julia era víctima de violencia física, sexual y psicológica por parte de Héctor, quien la denigró en su calidad de mujer y la indujo al alcoholismo. Este ciclo de violencia, dicen fuentes de la fiscalía, llevó a García, que estaba destacada en la delegación policial de Soyapango, San Salvador, a tomar la decisión de quitarse la vida.

Tumba de Julia

Lorena

Lorena

La agente policial Lorena Beatriz Hernández, de 24 años, fue asesinada en los dormitorios de mujeres de la subdelegación de Mejicanos el 31 de diciembre de 2017. Néstor Alfonso Coto, un agente con quien mantenía una relación sentimental y estaba ebrio esa noche, le quitó la vida tras una discusión y trató de hacer pasar el caso como un suicidio. Los restos de Lorena descansan en el cementerio municipal de Izalco.

Tumba de Lorena

Karla

Karla

Karla Turcios era periodista. Nunca habló acerca de maltrato doméstico. Fue asesinada el pasado 14 de abril. La estrangularon y su cadáver fue encontrado en la carretera a Santa Rosa Guachipilín. Su esposo, Mario Huezo, está en prisión acusado de asesinarla y después deshacerse del cadáver en el carro en el que también viajaba el hijo de ambos.

Karla

Jocelyn

Jocelyn

En julio, Rónald Atilio Urbina, de 33 años, fue captado por diferentes cámaras de videovigilancia del Sistema 911 de la Policía Nacional Civil (PNC) el viernes 6, en la madrugada, mientras recorría San Salvador y Antiguo Cuscatlán, donde lanzó los restos de su pareja, Jocelyn Milena Abarca Juárez, de 26 años. Unos días antes y en varias ocasiones, Joselyn le había comentado a su mamá que tenía fuertes discusiones con su pareja y que se separaría. El 5 de julio, amigos y familiares intentaron comunicarse con ella, pero solo respondía mensajes vía WhatsApp, los cuales se supone fueron enviados por Rónald Atilio. Ya la había matado.

Jocelyn

Rosa María

Rosa María

Denys Edenilson Suárez, de 35 años de edad, es acusado por el delito de feminicidio en perjuicio de su compañera de vida, Rosa María Bonilla Vega, con quien convivía sentimentalmente desde hace algunos años. El hecho se dio durante una discusión ocurrida en la vivienda de la pareja el pasado 23 de enero. La mató a golpes, mientras el hijo adolescente de ella se encontraba en la misma casa. Bonilla Vega era doctora de profesión y trabajaba como colaboradora técnica y referente de componente materno de la región occidental del Ministerio de Salud (MINSAL), en Santa Ana.

Rosa María

Katherine

Katherine

Katherine Lisbeth Cárcamo, de 27 años, fue encontrada sin vida y con señales de haber recibido una fuerte golpiza el martes 24 de abril al mediodía, dentro de una vivienda ubicada en una colonia del municipio de San Sebastián Salitrillo (Santa Ana). Miembros del Instituto de Medicina Legal (IML) explicaron que la principal causa del deceso fue por asfixia mecánica; además, señalaron que el rostro de la víctima presentaba varias fracturas. En mayo, un juzgado ordenó enviar a prisión a Bryan Alexis Arévalo, de 24 años de edad, acusado del delito de feminicidio en contra de su esposa, Katherine.

Katherine

Lilian

Lilian

Henry Alberto Salazar, de 26 años, fue enviado ayer a prisión preventiva por el feminicidio de su novia embarazada, Lilian Beatriz Méndez Ramírez, y del aborto no consentido de su hijo. Salazar estranguló a Lilian Méndez y luego arrojó el cadáver en la carretera. Una hora después se fue a un bar ubicado en la colonia San Luis, de San Salvador, donde permaneció hasta horas de la madrugada, según lo que ha reconstruido la fiscalía. En esta tumba descansan ella y el bebé que no llegó a nacer.

Lilian

Blanca Iris

Blanca Iris

El 17 de julio, Blanca Iris Rivera, de 32 años, se sentó en su pequeño escritorio de administradora del mercado de Agua Caliente, Chalatenango. Lo ordenó. En ese afán estaba cuando su expareja, Álvaro Rodríguez, entró en la oficina. Sacó su arma. Álvaro le apuntó y le disparó tres veces. Para ese día, Blanca ya había puesto cuatro denuncias por violencia en contra de Álvaro, quien era padrastro de sus dos hijas y padre de su hijo. Él está prófugo.

Blanca Iris

Graciela

Graciela

Graciela Ramírez Chávez, de 22 años, fue hallada asesinada el 13 de febrero a las 6:30 de la mañana en uno de los pasajes de los condominios Zacamil, del municipio de Mejicanos. La policía la encontró con 56 heridas provocadas con un arma cortopunzante. Ella recibió 803 llamadas telefónicas de su prometido, José Héctor Otero Turcios, en un lapso de 40 días, un promedio diario de 21. Otero está acusado de ser el autor directo, mientras que un pariente de él es señalado como cómplice al haberle ayudado a deshacerse del cadáver. La tumba de Graciela está en el cementerio de Mejicanos.

Graciela

Delmy

En el juzgado, José Rodríguez Ángel, de 54 años, se declaró inocente de los cargos: “Esa es cosa del diablo, es cosa que a veces uno no lo piensa; me arrepiento de lo que hice, yo no soy asesino”, dijo en su defensa para intentar justificar lo ocurrido. A Delmy Rosibel Cabrera de Rodríguez, de 49 años de edad, José la mató a machetazos, y después se hirió con la misma arma blanca con intenciones de suicidarse. El feminicidio ocurrió el domingo 16 de septiembre por la tarde, en el caserío Las Peñas, del cantón El Zope, en el municipio de Santo Domingo de Guzmán, departamento de Sonsonate. José, sin vergüenza, intenta convencer a la fiscalía de que darle a una mujer una vida de abusos y acabar matándola es amor.

Delmy

Roxana

Roxana

Roxana Marisela Jiménez tenía 21 años de edad. La asesinó José Balmore Callejas, un jardinero de 54 años. Roxana trabajaba como empleada doméstica en Antiguo Cuscatlán y fue acosada por Callejas al punto de que antes de matarla con un machete, le dejó 80 llamadas perdidas. La madre de Roxana declaró ante el juez que llevó el caso que su hija ya le había comentado lo que Callejas hacía: “El 31 de diciembre le ofreció dinero y ella no aceptó, le dijo que el amor no se compra. Yo la notaba triste. Me pedía que el día que la mataran que yo recogiera a sus hijos”. Callejas cumple una pena de 30 años de prisión. Esta tumba está en el cantón Bellos Horizontes, Comasagua.

Roxana

La patria centroamericana en éxodo

El éxodo de los tres países llamados Triángulo Norte, aún no termina ni está en la voluntad de hondureños, guatemaltecos y salvadoreños ponerle punto final, por considerarlo cuestión de vivir o morir; o vivir muriendo. No quiero ser dramático. Pero solo veamos las fotografías en los medios de prensa que nos hace ver hasta dónde llega la desesperación de la gente para buscar oportunidades. Algo que en 25 años de pacificación regional no se pudo prever pese a que, caso de El Salvador, tuvimos emigraciones desde el primer tercio del siglo XX hacia Honduras, con graves consecuencias, pues culminó en una guerra entre hermanos. Fue menos dramática hacia Guatemala.

Ahora nos toca ver impávidos las fotografías que nos trae la prensa diaria, incluyendo llamados en México a que los carteles actúen con sus sicarios para acabar con el éxodo centroamericano, o amenazar con disparar a nuestra gente si osa cruzar las fronteras. Aunque la sensibilidad humana nos dice que eso no va a suceder. Sin embargo, el escarnio y el trato indigno ofende la razón de ser de la nación centroamericana, en especial Honduras, El Salvador y Guatemala. Las fotografías de la prensa diaria nos dicen de la desesperación ante una desesperanza ingrata. Y ello incluye niños de brazos, hombres y mujeres jóvenes. Saltan desde los puentes al río, evaden bardas, se exasperan. Lo cual justifica que se les llame personas violentas e incluso criminales. Ignoran que el éxodo busca la vida aun enfrentado la muerte.

Ante todo esto cabe preguntarse ¿qué hacer? ¿Cómo vamos a reaccionar? ¿Culparemos solo al país que construyó su riqueza con emigrantes europeos? Ellos que ya cubrieron sus necesidades históricas huyendo de las devastaciones y miserias producidas por la guerra o por los exterminios étnicos y por buscar oportunidades ante los cataclismos europeos.

Ante esa realidad reiteremos con cuatro preguntas lo que recalcan los medios mundiales. Primero, ¿quién sufraga estas caravanas? Entre varias explicaciones se llegó a decir que el financista era un multimillonario (un originario de Hungría que llegó a Estados Unidos al huir del nazismo que pretendía el predominio étnico por mil años); ahora opositor del actual presidente de Estados Unidos, también descendiente de emigrante en busca de oportunidades. De modo que si nos liberamos de prejuicios, la migración no es pecado mortal, por el contrario, llegar a América fue la bendición para el europeo deprimido.

Segundo, ¿violan las leyes los migrantes y se les debe exigir legalidad para entrar al país que los recibe? Tercero, ha habido un engaño delincuencial que ofreció facilidades de entrar a Estados Unidos. Cuarto, ¿Hubo fallas de políticas públicas de ofrecer una educación orientada hacia el desarrollo del país? O bien no la hubo, o fue muy precaria. Países pequeños que no pudimos salir de nuestras limitaciones económicas, pese a haber sido grandes luchadores a lo largo de su historia.

Para homologar, no puedo dejar de referirme a la presidenta de Finlandia, un país con un poco más de 5 millones de habitantes. Le preguntan a ella el «milagro» de tener un desarrollo mundial avanzado en la producción de tecnología informática. La presidenta responde que hay tres grandes razones: «educación, educación, educación». Milagro que está en nuestras manos realizar como se ha repetido tantas veces. Claro, educación en el sentido amplio que incluye desarrollo cultural. El siglo de la información y del conocimiento nos dice que desarrollo económico implica tener una sociedad culta, preparada. Es aquí donde cojea la mesa de cuatro patas. El milagro lo han experimentado también países asiáticos que en menos de 40 años están a la cabeza del desarrollo. Menciono solamente dos para no sobreabundar: Corea (51.5 millones de habitantes) que resurgió de una guerra que implicó millones de muertos el siglo pasado y que ahora hasta coopera con los países deprimidos; y Singapur (5.7 millones) con inesperados saltos desde la pobreza y que ahora sorprende al mundo.

En el siglo pasado, entre nosotros, la caldera social estalló en levantamientos por exigencias de mejor vida; desde los genocidios de las etnias mayas en Guatemala a la guerra civil en El Salvador, en la medida que no se encontraron las salidas justas para superar las desigualdades. Honduras no se salvó de estas tragedias genocidas, menos dramáticas aunque más constantes hasta nuestro tiempo, como una gota de agua que horada la piedra. La paradoja está en que los tres países anunciamos estar a las puertas de la abundancia, pues el fin de los conflictos dictatoriales implicaba democratización, equidad y bienestar integral.

Reflexiono un caso de El Salvador: han salido unos 80 mil bachilleres promedio en los últimos 10 años, de ellos solo 40 mil pueden entrar a estudios superiores. Ingresan unos 10 mil a la Universidad de El Salvador. El resto entra a universidades privadas. Si ponemos un período desde 2008 a 2018 han quedado en el aire 400 mil jóvenes con menos de 30 años de edad. Y entre los que lograron graduarse, gran porcentaje, por no recibir orientaciones vocacionales, sacan un título y quedan en la calle. Muchos de esos graduados se han sumado al actual éxodo.

El fenómeno no es nuevo, y eso nos obliga a preocuparnos y buscar salidas en cada país.

En 1990, 1,300 centroamericanos emigraron para huir de la pobreza o la guerra. La paradoja fue que al fin del conflicto se aumentó en un millón más (a 2000). En 2006, el éxodo se incrementó en millón y medio. Al 2010 subió en medio millón más. En 2015 el total de emigrados centroamericanos es de 3,385,000, de los cuales El Salvador contribuye al éxodo con 40 %. Guatemala tiene 27.4 %. y Honduras 17.7, continúa en porcentajes Nicaragua, con 7.6; Panamá, 3.1; y Costa Rica, 2.7 %, esto según datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos.

Frente a esa irrealidad, nadie está exento de ofrecer luces, proponer políticas públicas educativas y culturales. O podría arrasarnos un maremágnum de tragedias irreversibles.

La estupidez también gana elecciones

«En política y en la vida, la ignorancia no es una virtud».
Barack Obama

Corren tiempos en los que emergen liderazgos políticos mundiales, que ponen en serio entredicho los cimientos y las aspiraciones democráticas avanzadas luego de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948. En diferentes latitudes del globo, las fuerzas partidarias tradicionales -que han liderado las democracias formales durante varias décadas- han comenzado a perder importante terreno electoral o han sufrido derrotas que los confinan a la desaparición o la irrelevancia.

La ineficiencia de las democracias para mejorar las condiciones de vida de amplios sectores de la población, la irrupción de las redes sociales como medios alternativos de información y participación, la contestación de estas a la centralidad en la generación de opinión pública de las grandes cadenas nacionales e internacionales de noticias, la irrupción de una generación de votantes que no vivieron la guerra fría, las olas de migrantes hacia Europa y Estados Unidos que aumentan en cantidad y drama en los últimos años, así como importantes casos y entramados de corrupción procesados, entre otros elementos, han propiciado una grave crisis en los partidos que hegemonizaron las democracias de finales del siglo XX.

En algunos casos, las rupturas con los partidos tradicionales se han traducido en una revitalización democrática de dichos sistemas. En otros países, dichas rupturas han resultado en virajes hacia liderazgos, movimientos y discursos de fuerte corte antidemocrático y anti derechos humanos. El Salvador no es ajeno a dicho contexto y estamos a las puertas de una elección presidencial bajo esa lógica de rompimiento con las fuerzas tradicionales. Los resultados de las elecciones de 2018 ya esbozaron esa transformación en las claves con las que el electorado salvadoreño había venido votando de manera estable desde la firma de los Acuerdos de Paz.

Por su parte, Honduras y Nicaragua viven acelerados procesos de involución democrática. Mientras que Guatemala vive un tenso proceso entre las fuerzas políticas tradicionales y las emergentes fuerzas institucionales y sociales, que libran sus principales batallas en las canchas del respeto a la institucionalidad democrática y las de la tradicional imposición de oligarquías forjadas en la impunidad y el compadrazgo.

Los liderazgos antidemocráticos que irrumpen apuestan por discursos y acciones que promueven el unilateralismo, el aislacionismo y el proteccionismo, obstaculizando los avances en materia de integración de algunas regiones, así como las aspiraciones de otras naciones por alcanzar mayores estadios de apertura e integración. Sus discursos cuestionan la veracidad de los riesgos que enfrentamos como humanidad y ponen en entredicho la apuesta por enfrentar colectivamente -desde la cooperación y el multilateralismo- los retos globales.

En Europa, las últimas elecciones nacionales se han vivido en clave de «brexit», en una suerte de referendos sobre la permanencia o no en la Unión Europea. Por su parte, Centroamérica tiene una antigua e inconclusa historia de integración, que se enfrenta a una importante porción de la ciudadanía centroamericana que la desconoce o que evalúa las instituciones de la integración como inútiles para sus intereses y necesidades cotidianas. Y que considera que estas responden principalmente a los intereses de los «establishments» políticos de la región.

Ante este escenario de crisis mundial, regional y nacional, las juventudes que creen en la libertad y la democracia están especialmente llamadas a juntarse para profundizar el pluralismo democrático y la apertura de las naciones. No se trata de emprender ofensivas que pretendan volver al anquilosamiento político que propició estas rupturas antidemocráticas, sino de construir en la crisis unos nuevos liderazgos, portadores de una renovada agenda democrática nacional y mundial.

Los espacios para tejer redes

Las ciudades, los pueblos, «aquí» o como le llamemos a donde vivimos deberían darnos lo que necesitamos para una vida digna. Y el poder de participación e incidencia para alcanzar lo digno debería ser compartido entre todos: academia, público, privado y ciudadanía.

«Tenemos ciudades complejas y diversas (…) la ciudad es conflicto y hay un compromiso de dar voz a minorías invisibles. La participación tiene que servir para redistribuir poder», dijo Gala Pin, concejala de participación y distritos de Ciutat Vella (Barcelona), durante #CiudadesDemocráticas18, donde expertos de varias partes del mundo reflexionaron esta semana sobre tecnología, participación ciudadana y urbanismo colaborativo, con lo que volvemos a la raíz de esta columna: las #RedesTecnopolíticas.

¿Para qué nos sirven los espacios digitales? En momentos de campañas electorales, deberían ser fuente de información y espacio de discusión para que haya un voto informado, y eso es clave para #ElSalvadorDecide. El resto del tiempo deben funcionar como espacios de formación ciudadana para aprender a fiscalizar más y mejor: ello requiere no solo de herramientas, como páginas o aplicaciones para ello, sino de una ciudadanía a la altura de ese resguardo de lo público.

Y eso es fundamental, porque «lo público ya no tiene que ver solo con lo estatal, así como la corrupción no es solo asunto de los corruptos sino también de quien los corrompe. La gobernanza es una responsabilidad compartida», repetía esta semana Álvaro Ramírez-Alujas, en el Segundo #FestGobAbierto (Festival de Gobierno Abierto) de Guatecambia. En esta lógica de la responsabilidad compartida cabe preguntarnos con qué espacios para la fiscalización de lo público y para la participación ciudadana contamos en El Salvador.

¿Alguna candidatura para la presidencia está considerando una apuesta seria para ser gobierno abierto? ¿Alguna propuesta sobre infraestructura tecnológica que reduzca la brecha digital y abra espacios de discusión y alfabetización informativa?

Mientras tanto, nosotros, como ciudadanía, debemos seguir tejiendo redes para que luego pasemos a la acción (colectiva). Por eso ahora quiero compartirles sobre el Minga Lab, un «laboratorio de innovación en liderazgo y #construcciónpaz en el fortalecimiento de organizaciones de la red #Poder #Pacífico», según reza su Twitter. Son 15 organizaciones colombianas lideradas por Manos Visibles, que aluden al «trabajo colectivo en bien de la comunidad» (porque eso es «la minga»), que buscan construir otra visión para sus comunidades al transformar las capacidades individuales en habilidades colectivas en pro del desarrollo social. Robótica para transformar el Chocó; la paz vista como líderes que se comprometen con sus tradiciones; un apoyo que repite #NoTenemosArmasTenemosDignidad. Son proyectos que ejercen el poder desde lo colectivo, la fuerza, la estructura y las redes. Sí, desde esas mismas redes que nosotros también debemos tejer en Centroamérica.

La clave está en fortalecer la participación y la innovación de la ciudadanía, es ponerla al centro: «Dejemos que la gente nos diga cuáles son los problemas y cuáles son las soluciones. El esfuerzo por democratizar el compromiso y la participación es muy emocionante, y es necesario institucionalizar estas prácticas», nos pide Beth Noveck, directora de The Gov Lab, de Nueva York, en el encuentro de Ciudades Democráticas en el Viejo Continente. Nos toca a nosotros, como ciudadanía, ocupar las redes sociales y las redes sociodigitales para construir esos espacios en donde tejamos redes que, desde lo colectivo, nos permitan redistribuir el poder y ejercer una gobernanza compartida en nuestras polis o ciudades, nuestros pueblos, en nuestro aquí.

Carta Editorial

Silencio y estas tumbas es todo lo que queda. Estos son los lugares en donde descansan los restos de mujeres que fueron víctimas de violencia. Al margen de los pasos que siga en el ámbito judicial cada caso, lo que queda para quienes las querían son estos espacios en la tierra, unos con flores y otros completamente desprovistos.

Miles de mujeres son todos los días víctimas de este fenómeno que tiene una incalculable cantidad de caras y de formas. Aún en este siglo hay mujeres a las que sus parejas o sus compañeros de trabajo de manera sistemática encierran, golpean, manipulan, insultan, prohíben, reducen, aíslan.

Desde afuera, y con mucho cinismo, es fácil reclamar a la víctima por qué no ha hecho más por salirse y por dejar aquello que provoca daño en tantos niveles. Desde adentro, la categorización no sale tan fácil. Es complicado distinguir de cerca al monstruo. El deterioro suele ser cosa de todos los días, coloca sus raíces y se mimetiza con la rutina. En un país tan violento no es sencillo identificar un delito en la propia existencia, aunque nos golpee en la cara.

La nuestra es la voz de una mujer que ha sido criada en los golpes, que fue educada para sacrificarse y aguantar, no para vivir en libertad. No fue educada para no querer a sus agresores. Porque sus agresores no han sido completos desconocidos en la calle; en la mayoría de casos, sus agresores han tenido con ella relaciones afectivas o laborales. Y ahí es en donde más hay que trabajar.

Los victimarios se envuelven en ese grueso manto de impunidad que está garantizado por el silencio, no solo de las mujeres víctimas, sino que también de vecinos y familiares que perfectamente saben de la situación pero, a razón de una norma no escrita, colocan la intimidad por encima de un delito. Callan, y al hacerlo se ponen del lado del agresor. Es necesario decirnos a nosotras y decirles a nuestros niños que ningún nombre, sentimiento, reputación o cargo vale la integridad física y emocional de una persona. Ninguno.

Cuando se trata de violencia, ninguna señal es demasiado pequeña. Cada vez que alguien piense que está exagerando, en realidad está permitiendo que el monstruo se fortalezca. Hoy es un comentario hiriente, mañana es un manotazo. Lo que sigue es un silencio impuesto y sin retroceso. Es el de estas imágenes.

“Vivimos en una sociedad violenta y extrema que requiere expresarse en una rama extrema”

¿Qué es la música?

Es la forma que tengo de expresarme y desahogarme. Me ha dado la forma exacta para decir cosas que no es posible expresar en palabras.

¿Cuál es su miedo más grande?

Perder a mi familia: mis padres, mi hermano, mi prometida, mis perros… la gente que quiero.

¿Qué aprendió de su peor fracaso?

A levantarme, a no ahuevarme, a saber que la vida se trata de golpes pero no es de quien se queda acostado en la calle, sino de quien aprende de ello y se levanta.

¿Qué tiene la batería para haberlo seducido por encima de otros instrumentos?

Es la forma de tocarla, porque tenés que emplear todo el cuerpo y tenés que poner en juego varios aspectos de tu vida con un mismo objetivo.

¿Cómo es hacer metal en El Salvador?

Creo que, al igual que en cualquier parte del mundo, es un tipo de música que se estigmatiza por ser extrema, tiene un poco menos de público. Pero creo que expresa bien nuestro día a día. Vivimos en una sociedad violenta y extrema que requiere expresarse en una rama extrema.

¿Qué es lo mejor que le ha dado la música?

Ir a otros lados a tocar, ver que la gente acepta tu música, la siente propia, se identifica. Es genial que incluso ahora que ya no existe Virgina Clemm, la gente nos pregunte sobre cuándo vamos a volver.

¿Qué consejo se daría?

Que no baje los brazos. Que las cosas se pueden lograr aunque sea difícil, aunque la misma vida le quiera dar a uno la espalda.

CIUDADANÍA FANTASMAL (19)

CUANDO VINO EL OLEAJE

El pequeño velero atracó en el muelle cuando apenas estaba por amanecer. De él desembarcaron unos cuantos pasajeros y unos pocos tripulantes. La embarcación se quedó sola, de seguro a la espera de iniciar la próxima travesía.

Las horas fueron pasando, y nadie se acercaba a hacer los preparativos para salir del puerto. Los tripulantes no aparecían y los nuevos pasajeros tampoco. Entonces el velero comenzó a hacer movimientos por su cuenta. Las velas aletearon y todas las cuerdas empezaron a temblar.

De repente unos pasos en carrera se hicieron sentir sobre las tablas descuidadas del muelle, y apareció sin saber de dónde aquel adolescente vestido con traje de capitán. Subió a toda prisa por la estrecha escalera habilitada, cuando todo se hallaba listo para la partida.

En el momento en que la nave se había desprendido del muelle e iba hacia adelante llegó la tripulación y se quedó agrupada, observando, como si no fuera la primera vez que eso ocurría. Las velas agitadas decían adiós con ilusión adolescente, y el capitán, que lo era, subido en un mástil, alzaba los brazos como si no necesitara agarrarse de nada. El oleaje iba despertando, y esa fue la señal: el velero empezó a levitar sobre las aguas, y una orquesta de otra esfera alzó sus armonías en saludo al capitán recién llegado, cuya ilusión más antigua zarpaba sin tardanza…

WHATSAPP AMANECIENTE

«¿Por qué te llamás Alondra?», le preguntó mientras salían del instituto nacional en el cual ambos estaban iniciando su educación media. Era el primer día de clases, y ellos dos se acababan de ver por primera vez en el aula, mientras alguien pasaba lista. Venían de zonas distintas de los alrededores, pero de inmediato sus sensaciones existenciales habían hecho clic.

En los meses siguientes la común adolescencia se hizo sentir como un enlace de destellos, que por su propia naturaleza pronto fue perdiendo fuerza, hasta que aquella tarde en que, mientras ambos tomaban un refresco energizante en una refresquería cercana, una especie de modorra desconocida comenzó a invadirles las incipientes conciencias.

Concluyeron la bebida y se despidieron sin mayor efusión. Se fueron directamente a sus respectivas viviendas, con la compartida sensación de que algo les había llegado al estilo de los virus invasores. Los iPhones se hallaban en silencio. Señal extrema. Ninguno de los dos quiso tomar bocado. Ambos les dijeron a sus padres: «No me pasa nada, sólo que no tengo hambre, quiero descansar». Pero no pudieron dormir. Era como si cada uno esperara una señal salvadora. Noche en vela, por primera vez. Y ya cuando la claridad empezaba a asomar, él tomó la iniciativa. Ahí estaba el iPhone. Y sin pensarlo le envió a ella su mensaje:

«Por ti voy a cambiar de identidad: desde este instante me llamo Jilguero, y así estaremos en perfecta armonía».

La respuesta fue un suspiro que de seguro quería decir: «Gracias, destino, por venir».

DORMIR HASTA OTRO DÍA

Nos fuimos a veranear a una costa ignorada, porque no queríamos estar en ningún bullicio turístico, sino en la anónima soledad. La playa en ese lugar era una interminable franja de arena rústica, y en los alrededores había una sola posada, a la que sólo acudían lugareños. Cuando llegamos con nuestros bártulos estrictamente necesarios, el de la recepción nos preguntó:

–¿Vienen a pernoctar o vienen a quedarse?

En aquel instante no hallamos qué responder, hicimos un gesto indefinido y solicitamos una habitación sin ventanas hacia afuera. El empleado nos miró con sorpresa, sin decir nada, y nos envió al único lugar que se acercaba a nuestra petición. No había ventanas, pero sí un tragaluz en el techo de madera sin trabajar. Ahí nos acostamos a dormir, con el arrullo del oleaje haciendo giros en el silencio.

A la mañana siguiente despertamos sin saber dónde estábamos. Lo que hicimos entonces fue volver las miradas hacia el tragaluz, y así descubrimos que éste se había expandido hasta dejarnos ver el cielo abierto. El oleaje ya no enviaba ningún sonido. ¿Sería acaso que el cielo y el mar se habían fundido en su alianza originaria? Nos abrazamos y nos dejamos llevar por el mismo impulso. Y si el empleado de la recepción hubiera estado ahí le hubiéramos podido responder:

–Venimos a quedarnos, pero no aquí, sino en el principio de los tiempos.

LIBERACIÓN CERRADA

De niño leer e imaginar eran sus diversiones favoritas. No le gustaba andar en bicicleta ni hacer deportes, y mucho menos pasar inmerso en las imágenes de un teléfono de última generación. En su familia lo miraban como si fuera un enigma, y él lo tomó en serio.

Ahora era adolescente, mañana sería adulto joven y pasado mañana sería adulto mayor. Y así las etapas van poniendo su propia nota. El adolescente se había vuelto deportista y la Internet era su amiga favorita. ¿Cuánto duraría aquel tránsito? No había cómo saberlo, pero de repente empezó a sentirse un hombre en toda su dimensión. ¿Sería que la adultez estaba invadiéndolo con aceleración imparable? Las canas comenzaron a aparecer. Fue a buscar ayuda profesional, y una señora vecina que tiraba las cartas del tarot acaso podría auxiliarlo:

–Amigo, tu tiempo se acaba. Vas para el más allá.

–¿Y ahí qué me va a gustar?

–Leer e imaginar como al principio.

–¡Qué ilusión, voy a cerrar mi círculo virtuoso!

MUTACIÓN EN EL VITRAL

En aquella zona ubicada en uno de los más remotos rincones rurales no había comercios establecidos, y el único proveedor identificable era don Segismundo, que cada semana recorría los lugares de su escasa clientela lugareña, repartiendo lo usual. Conocía todas las casas y a todos habitantes, desde siempre. Y como no era un destino para llegar a vivir, el vitral de los residentes se mantenía intacto. Por eso aquel día, al tocar una puerta, lo que apareció lo dejó boquiabierto.

–¿En qué le puedo servir, señor? –le preguntó la persona que acababa de abrir.

–Soy Segismundo, y la vez anterior que pasé eran otros los que habitaban aquí.

–Quizás se ha confundido, porque yo hace mucho que vivo en esta casa.

–Perdone. Pero dígame una cosa: ¿Cuál es su nombre?

–Me llamo Segismundo, y soy distribuidor de productos…

Cuando lo dijo, algo les impulsó instantáneamente a mirarse a los ojos. Al hacerlo se les abrieron las cortinas del subconsciente.

–¡Bienvenido, mi otro yo! –exclamaron al unísono.

Se estrecharon en un abrazo, y desde ese instante las identidades compartidas les hicieron la vida más fácil y llevadera.

El Salvador: el escaso remedio al que se aferran hondureños y guatemaltecos

Marina tomó el papel en la ventanilla del hospital y se encontró con esas letras grandes y escritas a mano: IR. Ella creyó que era el punto final de un recorrido tortuoso por una serie de consultorios médicos. A su hija, entonces de cinco años, ya le habían dejado tomar potasio en grandes cantidades “para quitarle la anemia”. Ya la habían puesto a dieta y ya hasta le habían sacado muestras para mandarlas a analizar en Estados Unidos. Pero no tenía un diagnóstico, y a Wendy no le bajaba la fiebre ni se le quitaba ese agotamiento intenso. Marina veía como su niña se deterioraba cada vez más sin poder revertir el proceso o saber qué lo provocaba.

Con el papel en la mano, Marina no supo descifrar el mensaje. Tuvo que parar la marcha de una enfermera para preguntarle. “Insuficiencia Renal”, escuchó, pero aún así no entendió. “Son los riñoncitos los que tiene mal”, le explicó en prisas la enfermera de una sala de emergencias pediátricas que siempre está llena.
Ese día de junio de 2007, las vueltas continuaron. Tras la respuesta de unos exámenes, le añadieron otra letra al papel: “C”. Marina volvió a buscar una cara amable en el mar de desconocidos para que le dijera el significado: crónica.

—Ahí sí, reventé a llorar–, dice un día de septiembre de 2018 en un pasillo de hospital.
Marina supo así que Wendy, su hija única, entonces de cinco años, tenía insuficiencia renal crónica, un diagnóstico que no admite retroceso, a menos que se haga un trasplante de riñón. Esas letras en el papel no fueron un final. Fueron solo el inicio de un proceso que ha mantenido a Marina y a Wendy haciendo dos viajes por semana a El Salvador durante los últimos 11 años. Ellas son hondureñas.

Entre los miles que cada día recorren los pasillos de los hospitales públicos salvadoreños, quizá los más vulnerables sean los que lo hacen en suelo ajeno. No tienen familia ni amigos; llegan con el presupuesto limitado a transporte y, con suerte, algo de comida. Entre 2013 y 2017, los hospitales públicos en El Salvador han registrado 91 mil consultas médicas dadas a extranjeros. Entre ellos, 43 mil han sido a guatemaltecos y 46 mil a hondureños; entre ambas nacionalidades juntan el 97 %.

Los datos extraídos de las respuestas a una docena solicitudes de información realizadas en los tres países indican que el éxodo de personas de Guatemala y Honduras no es espontáneo. Salen de forma sistemática empujados por una urgencia de alivio que sus países no reconocen y tampoco satisfacen. Para esta investigación, LA PRENSA GRÁFICA, con el apoyo de la Iniciativa de Periodismo de Investigación de ICFJ/CONNECTAS, también consultó documentos presupuestarios y los planes anuales de hospitales y de ministerios.

Honduras, Guatemala y El Salvador forman la punta de una flecha que parece enfilar a México y de ahí, a Estados Unidos. Esta región se conoce como Triángulo Norte: tres países casi borrados por la migración irregular y la violencia. Pocas veces el mundo mira hacia acá, si no es por las balas o las caravanas de desesperados que huyen hacia el Norte. ¿Quién puede preguntar, en este ambiente, por la angustia de una madre hondureña y su hija de cinco años con un papel en el que apenas se lee IRC? Hace 11 años, nadie.

 

En los municipios de Guatemala y Honduras que son fronterizos con El Salvador, la inversión en salud pública no es suficiente para cubrir la demanda. Los hospitales del interior no cuentan con suficiente equipo, recurso humano y no tienen instalaciones adecuadas, lo que obliga a los usuarios a hacer viajes largos hacia las capitales. La otra opción es traspasar la frontera con El Salvador y recibir atención médica aquí.

El Salvador ha registrado en los últimos cinco años un promedio diario de 23 consultas a guatemaltecos y 25 a hondureños. Hay hospitales salvadoreños, como el de Ahuachapán, en donde la llegada de guatemaltecos implica una inversión de $100 mil al mes. Y hay otros, como el de Sensuntepeque, en donde cuando se suman los egresos, las consultas, las emergencias y los partos, los hondureños constituyen el 30 % de los usuarios atendidos. Ni Guatemala ni Honduras llevan registro de cuántas personas salen con fines médicos y tampoco han reconocido este servicio a El Salvador, el más pequeño de los países del Triángulo Norte.

De los 655 egresos de extranjeros que el hospital de Santa Ana reportó el año pasado, 654 fueron guatemaltecos. Para el ejercicio fiscal de 2017, la Asamblea Legislativa votó un presupuesto en el que se le redujo la asignación a este centro asistencial. De $22 millones, pasó a contar solo con $20 millones. A pesar de hechos como este, la de guatemaltecos y hondureños en los hospitales salvadoreños es una carrera por escapar del abandono institucional. Para ellos, El Salvador, con todas sus carencias, es un parche, una prolongación de la vida.

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SISTEMAS DE SALUD EN ETERNA CRISIS

No hay diferencias grandes entre los sistemas de salud pública de los tres países. En El Salvador y Honduras el gasto público en salud está arriba de 4 % del Producto Interno Bruto (PIB). En Guatemala es solo un poco más del 2 %. Los tres están por debajo del 6 % del PIB, el mínimo recomendado por la Organización Mundial de la Salud, sobre todo en países con alta desigualdad. “Se estima que un 30 % de la población no tiene acceso a atención de salud debido a razones económicas y que un 21% renuncia a buscar atención debido a las barreras geográficas”, ratifica la OMS en el informe “Financiamiento de la Salud en las Américas”.

A la hora de repartir el Presupuesto General de la Nación, los gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador condenan a los hospitales y demás centros de salud públicos a dar atención con graves déficits en cuatro aspectos: infraestructura, recurso humano, abastecimiento de medicamentos y fondos disponibles. Condenan a los sectores más vulnerables de las poblaciones a transitar por su cuenta grandes distancias y a rebuscarse por recursos para complementar sus tratamientos médicos, cuando hacerlo incluye un gasto significativo en transporte.
En Honduras, en los hospitales nacionales de referencia, como el Hospital Escuela Universitario (Tegucigalpa) y el Mario Catarino Rivas (San Pedro Sula), “hay una afluencia de pacientes superior a sus capacidades de atención, hospitalización, medicamentos e insumos. Esos pacientes son referidos o enviados de hospitales departamentales que no los atienden por falta de especialistas, equipos, medicamentos o servicios correspondientes”, resume este año la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CONADEH). Pero este documento formal no incluye el drama diario, como que el Mario Catarino Rivas recibe a los usuarios entre láminas y plásticos. El año pasado, este hospital enfrentó una drástica reducción de presupuesto. De $46 millones asignados en 2016, pasó a 26 en 2017.

Mejor opción de salud en El Salvador [AUDIO]

En Guatemala, Zulma Calderón, de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, habla de una reacción en cadena similar que mantiene a los habitantes del interior del país alejados de los servicios de salud más completos: “A veces, los hospitales del interior carecen hasta de lo más básico, esto deriva en que todos esos pacientes vienen a parar aquí (capital), al San Juan de Dios o al Roosevelt; porque antes no han tenido acceso a un ultrasonido o a un traumatólogo que los opere, no se les da acceso a las piezas más básicas en su lugar de residencia y vienen a llenar los hospitales más grandes por cosas que se deberían haber resuelto en un hospital regional o departamental”.

Y en El Salvador, a ningún hospital público le alcanza el dinero que se le asigna en el presupuesto general de la nación. Todos solicitan una cantidad de refuerzo para los últimos meses del año. Si se les aprueba, este fondo de emergencia solo lo pueden utilizar para comprar insumos críticos. Lo básico para seguir funcionando, no hay margen para ampliar cobertura o mejorar los servicios.
Entre los tres, El Salvador tiene una sola característica que podría calificarse como ventaja: es pequeño. Lo es con respecto a países como Guatemala y Honduras e incluso en el angosto puente que parece Centroamérica cuando se mira desde arriba en comparación con la del Norte y la del Sur. En los 21 mil kilómetros salvadoreños hay repartidos 30 hospitales; de ellos, tres son de referencia, quiere decir que son el escalón más alto al que puede elevarse un paciente con una enfermedad grave. Son los que cuentan con más equipo y más personal. En esta categoría está el Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom, el hospital al que Marina y Wendy llegaron hace 11 años.

Cuando Marina empezó, en 2007, a recorrer consultorios con Wendy de cinco años y una fiebre que no cedía, lo hizo en Ocotepeque, un municipio hondureño que comparte fronteras con Guatemala y con El Salvador. Arrancó en una clínica privada, con exámenes de laboratorios privados. Ella no sabía qué era andar por pasillos de hospitales porque Wendy nunca había tenido mayores quebrantos de salud. Al no ver mejoría con tratamientos para anemia y dietas, siguieron escalando niveles a ciegas, sin ninguna instrucción o mapa. Llegaron hasta San Pedro Sula, a 260 kilómetros del hogar, una distancia que se transita en unas seis o siete horas en bus. Ahí le tomaron más muestras, más exámenes, querían cobrar envíos de muestras a Estados Unidos. Y la niña seguía mal.

 

Rebotaron en Honduras por un par de consultorios más, entre privados y públicos, pero la respuesta no llegó. Agobiada, casi vencida, Marina escuchó hablar de un hospital solo para niños, ubicado a 110 kilómetros de distancia, pero tenían que cruzar frontera hacia San Salvador, la capital salvadoreña, un lugar hasta donde apenas había llegado alguna vez. Con su entonces esposo reunieron el dinero que pudieron de sus salarios como profesores de escuela para que ella pudiera viajar en bus solo con la niña. Iniciaron el camino hasta el Hospital Nacional Benjamín Bloom sin nada más que esperanza de hallar un diagnóstico y luego una cura.

Llegaron a la emergencia del Bloom el 6 de junio de 2007. Tras descifrar las letras IRC en un papel, Wendy pasó, ese mismo día, de la emergencia al cuarto nivel del hospital. Quedó ingresada en el servicio de Nefrología. Marina, recuerda, que se sentía abrumada por la enfermedad, por estar en otro país sola y por tener que resolver su estancia en la noche. También la desconcertaba el comportamiento de Wendy.

—Mi niña lloraba, se tiraba al suelo, les tiraba cosas a las enfermeras, y yo no entendía que eran los químicos los que la ponían como loquita–, cuenta con una voz que se rompe.
Wendy estuvo ingresada un mes. Salió del Bloom el 6 de julio de 2007 estable, con un catéter para diálisis intermitente y citas continuas de dos veces por semana para seguir con un tratamiento que es vitalicio, mientras no se realice un trasplante de riñón. En Honduras, en aquel año, para los afectados de Ocotepeque por la enfermedad renal crónica no había más opción que viajar al menos 6 horas hasta San Pedro Sula.

Los extranjeros que llegan al Hospital Bloom no son referidos de otros centros asistenciales, por lo tanto, no traen expediente ni exámenes de laboratorio. Vienen como Marina y Wendy: con la ropa que traen puesta y buscando respuestas. Solo en 2017, el Bloom brindó 1,050 consultas curativas a niños hondureños y 295 a guatemaltecos.

El Bloom es un hospital al que entre 2016 y 2017 se le redujo el presupuesto: pasó de $30 millones, a tener que funcionar solo con $28 millones. La demanda es tal, que si alguien llega a mitad de noviembre a pedir consulta, se le asignará cupo para ser atendido a medio enero, porque se maneja un tiempo de espera de 56 días. Al respetable desempeño que pueda tener el Bloom lo marca mucho la carencia. El año pasado, solo se pudo hacer un 73 % de las cirugías electivas ya que funcionaron con siete quirófanos; los otros cuatro se dejaron de usar porque falta personal de enfermería y anestesia. Es un hospital con vocación y dedicado a los niños, pero en donde nada sobra y, casi siempre, todo falta.

Jutiapa. El Hospital Nacional Ernestina Viuda de Recinos, Jutiapa, tiene un presupuesto de $7.5 millones en el año, con el cual debe atender a una población de 145 mil habitantes. Las atenciones por violencia y accidentes de tránsito son las que más recursos demandan.

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EL RECORRIDO DE UN HOMBRE EN AGONÍA
Se llama Mamerto V. Tiene 52 años. Apenas habla. Tiene un tubo en la nariz, un catéter en la mano y vendas en el estómago. A primera vista, está muy mal. “Cuando lo trajimos estaba peor”, explica Richard, un amigo que se define como casi hermano.

Mamerto vive en Jalpatagua, un municipio guatemalteco fronterizo con El Salvador. En esta zona, se comercia tanto en quetzales como en dólares, hay una frontera en toda forma que se llama Valle Nuevo del lado de Guatemala y Las Chinamas del lado de El Salvador. La gente va y viene como rutina. Pero dar esos saltos entre países con un dolor insoportable es otra cosa. Por eso, el primer lugar donde consultó fue un centro asistencial local. Dos veces fue y no encontró alivio.

Una noche, el dolor se intensificó y lo empujó a recorrer una distancia más larga. Tras una hora de camino en carro, llegó al hospital de Jutiapa, siempre en Guatemala. Regresó a su casa con medicamento, pero tras varias dosis, nada mejoró.

Cuando en una noche de inicios de agosto se les desmayó, la familia de Mamerto cruzó a toda prisa la frontera hacia El Salvador y lo llevó a pasar consulta a Ahuachapán. Llegó con el apéndice reventado. De ahí, el personal médico lo metió más en el sistema sanitario salvadoreño. Lo llevaron en ambulancia hasta el hospital de siguiente nivel que se encuentra en Santa Ana.
Mamerto es un jubilado, vive de su pensión. Se encuentra en esta cama del Hospital San Juan de Dios de Santa Ana (El Salvador), débil y deteriorado, pero vivo.

Con discreción, una enfermera agrega que no se trata solo del apéndice. El personal médico sospecha que Mamerto sufre de otra enfermedad de base que lo vuelve muy vulnerable, pero falta hacerle más estudios. Por ahora, Mamerto está estable, algo que ha representado para el Hospital San Juan de Dios 20 días de ingreso y una cirugía. Esta es la cuarta que Mamerto se hace en El Salvador, porque los hospitales de la ciudad de Guatemala –en donde en teoría podría hacerse este proceso sin dejar su país– a él le quedan a una distancia imposible de 110 kilómetros, 2 horas de camino sin tráfico. “Si cuando se desmayó lo hubiéramos llevado directo a la capital, o primero a Jutiapa y de ahí a la capital, se nos muere en el camino”, cuenta Richard, el hermano, que espera que le den el egreso en unos días para llevarlo a Guatemala.

De los 655 egresos de extranjeros que el hospital de Santa Ana reportó el año pasado, 654 fueron guatemaltecos. Para el ejercicio fiscal de 2017, la Asamblea Legislativa votó un presupuesto en el que se le redujo la asignación a este centro asistencial. De $22 millones, pasó a contar solo con $20 millones. A pesar de hechos como este, la de guatemaltecos y hondureños en los hospitales salvadoreños es una carrera por escapar del abandono institucional. Para ellos, El Salvador, con todas sus carencias, es un parche, una prolongación de la vida.

Los hondureños no solo han hecho caravanas para migrar hacia Estados Unidos. Cada semana, y desde hace años, en las aldeas más pobres y aisladas se organizan uno o dos viajes colectivos hacia El Salvador en busca de salud. Estos viajes van llenos de gente con dolor, de embarazadas y de niños enfermos.

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UNA SALA DE EMERGENCIA INHABITABLE
Al momento de escribir esto, ronda en redes sociales un video de un chorro de agua que cae fuerte sobre una camilla desvencijada colocada en el pasillo del Hospital San Juan de Dios de Guatemala, el grande, el de referencia nacional. Las autoridades del hospital se apresuraron a decir que un sismo de menos de 6 en escala de Ritcher desajustó las tuberías y provocó la fuga. Puede ser una excusa creíble, pero en este hospital abundan sillas de espera rotas, camas de hospital rotas, camillas rotas. Está colapsado y roto o a punto de romperse, como las tuberías.
Este es uno de los dos hospitales de referencia 3 en Guatemala. Junto con el Roosevelt, son los que más recursos tienen para atender los casos graves que les llegan de todo el país. El San Juan de Dios cuenta con 30 especialidades y subespecialidades. Tiene 500 médicos, 1,300 enfermeras y 946 camas censables. Al menos es así en papeles. Guatemala sufrió en 2015 una crisis que afectó el sistema de salud público. El San Juan de Dios fue, entonces, el símbolo de esa decadencia.

La crisis la desató un desabastecimiento de medicamentos e insumos médicos en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), que atiende la salud de asalariados que cotizan. Este fenómeno, producto de una red de corrupción, obligó a los usuarios a tocar puertas en hospitales públicos, en donde ya, por lo general, se trabaja con una cantidad de medicinas e insumos insuficiente para la demanda. Las denuncias públicas por mala atención estallaron.

En 2015, el San Juan de Dios guatemalteco atendió gente hasta en los pasillos, como ese en el que hace unas semanas cayó un chorro de agua sobre la camilla. La crisis se manifestó en las largas filas que los usuarios formaron para programar consulta y también para farmacia.

La respuesta del Gobierno guatemalteco llegó al siguiente año del escándalo. “Los dos hospitales más importantes del país representaban (en 2015) el 36 % del presupuesto del total de los 44 hospitales del MSPAS; este porcentaje creció a 41 % en 2016, debido a la percepción de crisis”, se lee en el informe “Guatemala: tendencias del gasto en salud”, publicado en junio de 2017. En otras palabras, al San Juan de Dios le duplicaron el presupuesto. En 2016 fue de $44 millones y en 2017 superó los $83 millones. Lo mismo pasó con el Roosevelt, que llegó a $85 millones. Para dimensionar, ningún hospital del Triángulo Norte ha recibido un aumento de presupuesto tan grande como estos en los últimos cinco años. Y ninguno recibe una erogación anual que se les acerque.

“El problema (en el San Juan de Dios) no es que no tengamos presupuesto para atender a las personas, lo que no tenemos es espacio”, explica el director de este hospital, Edwin Bravo. “Démonos cuenta de que este hospital fue creado para 1984, para otro tipo de demanda. Ahora ya no tenemos cabida. Tengo saturada la Pediatría, ya no tengo espacios en camas, no damos para más”, agrega con más resignación que alarma.

Con 23 años de experiencia como traumatólogo, el director Bravo sabe que el sistema en el que se prioriza a los hospitales metropolitanos obliga a los usuarios del interior del país a recorrer grandes distancias y señala lo obvio: que hace falta construir hospitales de otro nivel en las zonas alejadas de la capital o aumentar la capacidad instalada de los que ya existen. Para esto hace falta dinero, y lo que queda de asignación del PIB para salud pública en Guatemala después de los presupuestos de los hospitales San Juan de Dios y Roosevelt no alcanza para invertir en infraestructura, especialización, equipo y personal para la periferia.

Así, haya o no haya dinero en el San Juan de Dios, a Mamerto, el jubilado que sobrevive con su pensión, de todas formas, le queda demasiado lejos. A él le tocaría ir, en primera instancia, al hospital de Jutiapa. Este centro asistencial cuenta con 200 camas, ofrece 14 especialidades y en su área de atención habitan 145 mil personas. Entre 2013 y 2017, el presupuesto asignado anduvo entre los $48 y los $56 millones, una situación que lo obliga a depender mucho de los donativos de equipo y de algunos medicamentos especializados, es decir, de la caridad que instituciones y particulares quieran hacer. Pero lo que mejor describe lo que se vive en este hospital es, también, su infraestructura.

En el área de Pediatría hay manchas de humedad en el techo y fisuras en la loza de piso. En el resto de servicios, las paredes tienen grietas transversales, hay desprendimiento de acabados en varios segmentos y el suelo ha perdido cohesión. El edificio completo de este hospital nivel 2 ya cumplió su tiempo de vida útil, según un informe que la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) publicó en 2017. A la edad del edificio, que se supone data de 1965, se suma la falta de mantenimiento.

“No cumple con las dimensiones mínimas necesarias para las actividades que en ella se realizan”, sentenció la CONRED sobre una de las áreas más sensibles del hospital de Jutiapa: la sala de Emergencias de este que es uno de los hospitales que más se consume en atender lesiones por violencia y por accidente de tránsito.

Este de Jutiapa es el hospital al que, por cercanía, debía asistir a Mamerto. También a este debía llegar Cayetano P., de 77 años, sastre; pero lleva más de una semana ingresado en el hospital de Ahuachapán, El Salvador, por una enfermedad cutánea. Henrry R., de 40 años, reside en el municipio guatemalteco de Asunción Mita, por lo que también es parte de la población meta del hospital de Jutiapa, pero lleva 10 días ingresado en el hospital de Santa Ana, El Salvador. Ofelia R., de 47 años, es de Jalpatagua y lleva 21 días ingresada también en el hospital de Ahuachapán, del lado salvadoreño, porque se hizo una cirugía programada que en Jutiapa seguiría esperando. Y así, cientos al mes, miles en un año. Solo en el hospital de Ahuachapán, de las 1,599 emergencias atendidas el año pasado, 438 fueron guatemaltecos, poco menos de la tercera parte.

Jalpatagua, Asunción Mita, Atescatempa, Jerez y el mismo Jutiapa forman parte de un cordón fronterizo de Guatemala que de manera habitual aparece mencionado en los archivos hospitalarios de El Salvador en la casilla de “procedencia”. Para el hospital de Ahuachapán, los pacientes guatemaltecos significan una erogación mensual que ronda los $100 mil, según el director Ricardo Góchez. Para ponerlo en contexto, este hospital ya solicitó el habitual refuerzo presupuestario. Les fue aprobado un fondo de $87 mil como extra para terminar el año. Es menos de lo que los usuarios guatemaltecos representan en un mes.

Aunque lo que CONRED urge en su informe es la construcción de un hospital nuevo en otro lugar de Jutiapa, el documento sirvió para acelerar la construcción y entrega de una nueva sala de Emergencias, que empezó a funcionar en agosto de este año. El terreno y la obra fueron donados por la municipalidad. Las instalaciones modernas están junto al edificio caduco y se comunican por una puerta que separa los pisos cerámicos nuevos de los de cemento, manchados y agrietados.

Para el hospital de Ahuachapán, los pacientes guatemaltecos significan una erogación mensual que ronda los $100 mil, según el director Ricardo Góchez. Para ponerlo en contexto, este hospital ya solicitó el habitual refuerzo presupuestario. Les fue aprobado un fondo de $87 mil como extra para terminar el año. Es menos de lo que los usuarios guatemaltecos representan en un mes.

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LAS “PASTILLAS DE HARINA” DE UN HIMNO CONTESTATARIO
En Honduras, hay una canción que nació parte de una campaña electoral y acabó elevada a himno de oposición: “Si van a los hospitales en busca de medicina, por una simple aspirina, nos dan pastillas de harina. JOH, JOH, es pa’ fuera que vas”, dice una de las estrofas que escribió Macario Mejía. JOH son las siglas de Juan Orlando Hernández, presidente hondureño. La popularidad de la canción no radica en el apoyo a un partido, sino en que hace lo que es común en esta región: le pone ritmo tropical a una tragedia.

Es la letra que cantan a todo pulmón miles de hondureños sin papeles, sin dinero, sin comida, sin nada, que desde octubre forman caravanas para intentar llegar a Estados Unidos.
Ya sin ritmo tropical, para describir el estado de la red hondureña de hospitales públicos la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Honduras (CONADEH) acuñó un concepto tan simple como angustiante: está en coma.

Este año, la comisión hizo una supervisión por las instalaciones de 31 hospitales, como seguimiento al primer informe levantado en 2014. El resultado fue una lista observaciones como que el desabastecimiento de medicamentos vitales es crítico, que la adquisición de insumos médicos y quirúrgicos está viciada, que el personal no atiende bien a los usuarios, que no hay suficientes médicos ni enfermeras, que no hay mobiliario, no hay equipo, no hay sillas, no hay camas y que los supervisores de CONADEH vieron a los pacientes ser atendidos en pasillos. En resumen, que “Honduras evidencia un marcado y continuo desmejoramiento en la calidad de atención y en los servicios brindados”.

Los hondureños no solo han hecho caravanas para migrar hacia Estados Unidos. Cada semana, y desde hace años, en las aldeas más pobres y aisladas se organizan uno o dos viajes colectivos hacia El Salvador en busca de salud. Estos viajes van llenos de gente con dolor, de embarazadas y de niños enfermos.

Felícita López es una líder indígena. Vive en El Volcán, en Santa Elena, La Paz, Honduras. Cuando quiere pasar consulta sin dejar su país, debe caminar al menos 5 horas hasta el centro de salud de la cabecera del municipio y el problema es que nada le garantiza recibir medicinas de forma gratuita. Ante esto, la mayoría de veces, prefiere tomar la otra opción, que es caminar 9 horas y cruzar por un punto ciego para pasar consulta en el país vecino.

Viaje. Desde Ocotepeque, Honduras, hasta el Hospital Bloom, en El Salvador, un taxi cobra unos $60. Este servicio lo ocupan las familias cuyos pacientes tienen algún problema motriz.

“Cuando viajamos para El Salvador, salimos a la 1 de la madrugada y vamos llegando de regreso a la casa a las 9 de la noche”, cuenta Felícita. Hay un guía que sabe dirigir al grupo por un camino sin riesgo de encontrar autoridades o delincuentes, que para el caso es lo mismo, porque les piden dinero. El guía no cobra su servicio, porque él mismo aprovecha para llevar a su familia al hospital del lado salvadoreño. “Regresamos con los pies ampollados de tanto caminar”, ilustra Felícita.

Hay quienes pueden ahorrarse la caminata. Miriam Vásquez, de 32 años, salió de Marcala, La Paz, Honduras, con la intención de recibir atención médica en El Salvador. Consiguió hacer el viaje en carro. El dolor que provoca tener cálculos en la vesícula es profundo, agudo, ocupa todo el cuerpo y no se quita. En este estado de no vida, a Miriam cada bache de la vía se le clavó en el cuerpo como puñalada.
Antes de decidir cruzar frontera, ya había ido al centro de salud hondureño. Miriam dice que llegó a las 7 de la noche al hospital de Intibucá, la atendieron a las 11 de la noche. Cuenta que el doctor que la examinó le entregó una receta y la dejó para atender a otro paciente. “Cuando me rebajó el dolor, unas gentes me dijeron ‘¡bájese de la camilla!’ y me mandaron a una bancas al pasillo; ahí me agarró vómito, le dije al doctor y me ordenó a ir por unas pastillas a la farmacia. Pero el hombre que atendía estaba dormido, me dio las pastillas hasta las 5 de la mañana”, recuerda. Al siguiente día, armó viaje a El Salvador.
Miriam se operó aquí. Al hacer memoria de su calvario, concluye que lo único que importa es que ella se aferra a la vida y muestra imágenes de sus hijos como argumento.
“Miles de pacientes acuden a diario en busca de asistencia médica en un sistema de salud caracterizado por su estado de ‘coma’ permanente, que no permite la atención con calidez y calidad que merecen los hondureños”, cuenta la CONADEH en su informe. Lo que no aparece ahí es esta procesión, este éxodo de hondureños que se arriesgan por un camino largo e incómodo para, por una cuestión de humanidad que por ratos se asemeja a la caridad, hacer valer su derecho a la salud en un Estado ajeno.

Quien “va pa’ fuera”, no es JOH; son ellos, los enfermos de un cordón fronterizo aislado.

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EL HOSPITAL SALVADOREÑO DONDE DAN A LUZ HONDUREÑAS

Cuando en la comunidad El Volcán hay varias mujeres con necesidad de controles prenatales y ginecológicos contratan un vehículo para hacer el viaje a El Salvador. Pagan 150 lempiras (unos $7). Para residentes de esta comunidad dedicados sobre todo a la agricultura, 100 lempiras representan un día y medio de trabajo. Aún así, prefieren pagar para pasar la frontera.

El problema es que al menos dos de las municipalidades hondureñas visitadas han prohibido que se usen los servicios de parteras. Las mujeres que no acudan a un hospital deben pagar 1,500 lempiras de multa (unos $120) para poder inscribir a sus hijos en el registro. Incluso si ese hospital al que deben ir queda lejos, al otro lado de un camino difícil.

Gualinga es, como la de El Volcán, una aldea situada a unas 2 horas de camino hasta el centro del municipio de Santa Elena. Es un camino de piedra y tierra rodeado de cerros habitados por gente que ha construido ranchos precarios.

En uno de estos cerros, vive María Santos Benítez. Su casa está frente a una reserva indígena con pinos y árboles de liquidámbar, hábitat de venados, tigrillos y tapires. Un lugar en donde los caminos desaparecen y se convierten en ríos de lodo cada vez que llueve fuerte.

María Santos tiene 33 años y tres hijas: una de nueve años; una de seis, que aparenta la mitad de su edad; y otra de cuatro, todas con señales de desnutrición. La primera y la tercera nacieron en hospitales de El Salvador. “Solo he ido a Santa Elena cuando voy a consulta, a veces nos dan medicina y cuando no hay, pues, la compramos, si podemos”.
Para ir al centro de salud hondureño de Santa Elena no hay más opción que caminar hasta 1 hora; mientras que hacia El Salvador camina unos 20 minutos, toma un bus y llega al hospital más cercano.

“¡Mire! yo la tuve a ella allá (señala a su hija menor)”, es decir, en El Salvador. “La primera niña que tuve la fui a tener allá también”. La parte de El Salvador a la que María Santos llega a parir es el departamento de Morazán. El hospital está ubicado en el municipio de San Francisco Gotera. Y sucede que aquí, en 2017, nacieron 238 niños de Gotera y 251 niños cuyas madres confirmaron ser de Honduras.

“Cuando viajamos para El Salvador, salimos a la 1 de la madrugada y vamos llegando de regreso a la casa a las 9 de la noche”, cuenta Felícita. Hay un guía que sabe dirigir al grupo por un camino sin riesgo de encontrar autoridades o delincuentes, que para el caso es lo mismo, porque les piden dinero. El guía no cobra su servicio, porque él mismo aprovecha para llevar a su familia al hospital del lado salvadoreño. “Regresamos con los pies ampollados de tanto caminar”, ilustra.

“Si sumamos la consulta externa y los egresos, la gente de Honduras representa para este hospital el 30 % de las atenciones”, explica Salvador Pérez Orellana, director de este centro asistencial. La mayoría son mujeres y llegan hasta aquí como María Santos: para parir.

Un parto natural, sin complicaciones le cuesta al sistema de salud público salvadoreño entre $800 y $1,000. Pero las pacientes que llegan a Gotera desde Honduras no llegan en condiciones óptimas, como la misma María Santos. “Con la tercera me fui para Santa Elena, pero ahí me dijeron que no la podía tener, estaba complicada, entonces me fui a El Salvador y allá me hicieron la cesárea”.

 

Descargar archivo de Excel:  Base de datos extranjeros en sistema de salud público de El Salvador

A veces, los casos son tan complejos que deben enviarlas al hospital del siguiente nivel en San Miguel o en la capital, San Salvador. “No podemos ser específicos en por qué vienen en estas condiciones, pero puede tener que ver con que no tienen dónde se les cumplan los controles prenatales”, explica el director Pérez Orellana.

De todos los hospitales fronterizos de El Salvador en donde se realizaron consultas para este reportaje, el único en el que se dio cuenta de un acercamiento diplomático fue este. Según Pérez Orellana, hace unos años hubo una reunión entre el personal médico y de las cancillerías hondureña y salvadoreña. En este encuentro, los representantes de Honduras reconocieron la asistencia de El Salvador a su población y accedieron a entregar “ayuda”. La ayuda, recuerda Pérez Orellana, se entregó solo una vez y consistió en unos quintales de arroz y frijoles para el Hogar de Espera Materna que está ubicado en el municipio de Perquín.

Este hogar en El Salvador es clave para embarazadas hondureñas. Aquí pueden pasar varios días mientras les llega el momento de dar a luz. Reciben comida, están siendo monitoreadas y cuentan con una cama y un techo que las protege. Es una opción más humana que ir y venir por caminos inhóspitos. Es este lugar el que consigue bajar de manera efectiva los riesgos para las madres y los bebés. Y también lo azota la crisis. “Lo más difícil es conseguir que no falte la comida, a veces, el 100 % de la ocupación son mujeres de Honduras a las que no se les va a negar la atención, porque si vienen hasta aquí es porque tienen necesidad”, dice, encogiendo los hombros, el director Pérez Orellana.

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UNA MILICIA DE INVISIBLES
Un niño de cuatro años con VIH, un niño de 10 con fibrosis quística, una niña de 10 años con lupus eritematoso, una niña de 10 años con una nefropatía hereditaria, un adolescente de 15 años con fisura en el paladar, uno de 10 años con chikunguña: todos han tenido que hacer viajes de varias horas en condiciones cercanas a la miseria para recibir atención médica. Son los guatemaltecos que forman parte de los registros de 2017 que lleva el Hospital de Niños Benjamín Bloom.

La lista de los pequeños de Honduras es todavía más larga: una niña de nueve años con desnutrición, una niña de cinco con un tumor, un niño de 11 con leucemia, una niña de 12 años con fibrosis quística, un niño de un año con riñón poliquístico y entre las frías casillas de Excel, sobresale un niño de 13 años cuyo diagnóstico secundario se define como: “problemas relacionados con bajos ingresos”.

“Es así, son invisibles”, dice el subdirector del Bloom, Guillermo Lara Torres. No hay ningún convenio que los ampare aquí en El Salvador. Y tampoco las autoridades de Guatemala y Honduras los conocen. No hay registro de lo mucho que se esfuerza un niño de un año que debe viajar desde una aldea de Mapulaca, Honduras, para ser operado de una hernia umbilical en el Bloom, porque en su país no hay mejor opción para él.

Solo el año pasado, Marina y Wendy hicieron 104 viajes desde su Ocotepeque, de Honduras, hasta el anexo del Hospital Bloom para recibir 4 horas de hemodiálisis cada miércoles y cada sábado. Esto es lo que la ha mantenido con vida desde aquel 6 de junio de 2007, cuando se le diagnosticó la IRC. Se vienen un día antes y se van tan pronto termina el tratamiento. Solo así, Marina ha podido conservar su empleo como docente. Wendy, ya convertida en adolescente, también recibió el año pasado otras 29 consultas con especialistas no solo en nefrología, sino también en odontología y otorrinolaringología.

Wendy nunca tuvo oportunidad de ir a la escuela. Pero sabe leer y, según Marina, no la engañan al contar monedas en lempiras y en dólares. Mientas espera a que Wendy salga de la terapia de este día, a Marina le brotan las lágrimas. Cada cumpleaños de la adolescente aumenta la angustia. Tiene ya 16. Y en el Bloom solo la pueden atender hasta los 18, no puede hacerse mayor de edad entre estas paredes de hospital pintadas con motivos infantiles.

Marina ya intentó al menos dos veces donarle un riñón a su hija. Pero fue descartada por cuestiones médicas. Así han sido descartadas otras personas que se han acercado con la intención de ayudar. A Wendy se le acaba el tiempo en el Bloom. Si fuera salvadoreña, podría trasladar su expediente al Hospital Nacional Rosales, también de nivel 3 y referencia. Pero no es, y en este centro asistencial ya no están brindando tratamientos por enfermedades crónicas a extranjeros. Las consultas a extranjeros en el Rosales se redujeron de 1,881 en 2013, a 311 en 2017. Las opciones en Honduras son San Pedro Sula y Tegucigalpa. Si para venir de Ocotepeque a San Salvador bastan unos $16 de transporte y 6 horas de camino, para cualquier destino en Honduras estos números se duplican.

“No se puede mejorar lo que no se controla, no se puede controlar lo que no se mide y no se puede medir lo que no se define”, la frase la eligió el subdirector Lara como inicio de un mensaje institucional que está colgado en la página web del Hospital Bloom. Marina y Wendy, como tantos otros necesitados de atención médica, forman parte de una caravana anónima que se pierde en el abandono institucional.

Desde allá para acá. Gualinga es una aldea del municipio de Santa Elena, La Paz, Honduras. Las mujeres de esa zona prefieren cruzar la frontera para tener a sus hijos en El Salvador, en el Hospital de San Francisco Gotera. Las alcaldías del lado hondureño impulsan una norma que multa a las mujeres que se atienden con partera. María Santos Benítez es de allá y tuvo a dos de sus tres hijas aquí.

** Este reportaje fue realizado en el marco de la iniciativa para el periodismo de investigación en las Américas, del International Center of Journalists (ICFJ), en alianza con CONNECTAS.

Naturaleza versus cemento

El 5 de noviembre pasado comenzaron las labores de Mejoramiento y acondicionamiento del Parque Recreativo Puerta del Diablo, un proyecto impulsado por el Ministerio de Turismo (MITUR) y que ha causado molestias entre vendedores, visitantes, vecinos de la zona y ciudadanía en general, por diversos motivos.

El video con la animación de la obra programada es preocupante. El “mejoramiento” pretende construir una explanada de concreto, donde se ubicarán el parqueo, negocios, servicios higiénicos y miradores. Viendo el video da la impresión de que también serán afectados los senderos metiéndoles cemento, pero no encontré información que confirme esto. Construir la explanada significará derribar una buena cantidad de árboles. Según la maqueta presentada en el video del MITUR, toda la explanada, que incluye la zona comercial y el parqueo, estarán bajo pleno sol.

Aunque el proyecto dice incluir la reforestación del lugar, es un oxímoron pensar que un espacio natural puede “mejorarse” al botar árboles y sustituirlos por varios metros de concreto, cuando justamente el atractivo del lugar tiene que ver con la vegetación, con el microclima creado por esta, que además sirve de hábitat para especies de animales, aves e insectos. Para el visitante y los comerciantes que se mantienen en el lugar provee también sombra y frescura. Los árboles sirven como barrera natural para evitar los deslizamientos y derrumbes de tierra, frecuentes en la zona debido al alto nivel de humedad. Cabe agregar que los árboles también alimentan los mantos acuíferos, que en dicho lugar son escasos y que es parte del histórico problema de desabastecimiento de agua en Los Planes de Renderos.

No hay absolutamente nada de malo en la idea de querer acondicionar el espacio. ¿Pero por qué, en vez de pensar en un “parque recreativo”, no se piensa mejor en un “jardín botánico” o en un “parque natural”, para resaltar y preservar justamente la flora y fauna del lugar? ¿Por qué no se formuló un proyecto con remodelaciones integradas al espacio, utilizando materiales como la piedra y el bambú, sin afectar tan drásticamente el preciso motivo por el cual nos gusta ir a la Puerta del Diablo?

Lo incomprensible de este proyecto es que se nos quiere imponer (¡de nuevo!) un espacio público encementado que atenta contra la esencia del lugar, y que a su vez contradice lo que escuchamos del mismo gobierno sobre la preservación del medio ambiente. Este tipo de decisiones desvirtúa dicho discurso y confirman que es pura retórica. De hecho, no se han conocido (hasta el momento de escribir esta columna) las reacciones del Ministerio de Cultura ni del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales ante esta obra.
El Salvador es, después de Haití, uno de los tres países más deforestados de Latinoamérica. Somos además el país con el mayor nivel de estrés hídrico en la región centroamericana. El cambio climático nos está afectando más cada año y de diferentes maneras. Este 2018 tuvimos sequía e inundaciones en una misma temporada.

A pesar del discurso sobre la preservación de los espacios naturales y de la urgencia de reconsiderar nuestros hábitos y nuestra relación con el entorno, vemos cómo se aprueba y emprende la ejecución de proyectos que no toman en cuenta la preservación del medio ambiente. Las regulaciones sobre la tala de árboles y la conservación de los espacios naturales no corresponden al nivel de gravedad de la emergencia real que estamos enfrentando.

Hay numerosos parques naturales alrededor del mundo, que ofrecen a los visitantes espacios donde la intervención humana garantiza al visitante una experiencia de inmersión en el entorno, sin por ello sacrificar las áreas adecuadas para su bienestar. En algunos parques se han diseñado y construido obras arquitectónicas sorprendentes, como miradores o puentes hechos de vidrio y acero, que procuran líneas modernistas en espacios como el Gran Cañón en Estados Unidos; el Glacier Skywalk, en Canadá; o el Parque Nacional Longgang en China. La utilización de dicho tipo de materiales permite el flujo del aire y la visibilidad continua. A la distancia, su vista resulta curiosa, pero el tipo de arquitectura desentona menos con el espacio gracias a la no disrupción del paisaje que brindan los materiales y los diseños utilizados.

A pesar de numerosos reclamos sobre el proyecto de la Puerta del Diablo, el Ministerio de Turismo se mostró inflexible en torno a la prórroga de la obra. Dicen tener ya contratada a la empresa constructora y que si no se empezaba el día 5, el Gobierno tendría que ir pagando una multa diaria por retrasos o incumplimiento de contrato.

Con esto podemos entender que para el Gobierno, el valor de la Puerta del Diablo, una de nuestras joyas naturales y culturales, no merece ni la multa de postergación de la obra para escuchar a la ciudadanía que se pronuncia, no en contra de una mejora del espacio, sino de reconsiderar la naturaleza de estas obras, tan faltas de consideraciones ambientales y de gusto arquitectónico alguno. Es imposible creer que en este país no hay arquitectos con imaginación y criterio ambiental como para hacer una propuesta más atractiva y menos agresiva contra el paisaje.

Las pocas zonas naturales que todavía quedan en el país deben ser protegidas y no trasquiladas para su explotación económica. La esencia del lugar debe ser preservada y no transformada en lo que fácilmente puede encontrarse en cualquier espacio urbano, es decir, otro centro comercial, otro food court, otro parlante escupiendo reguetón. En un país sobrepoblado, con poca extensión territorial, con alto nivel de deforestación y con propensión a deslaves e inundaciones, es imperativo que los espacios públicos sean convertidos en parques y áreas verdes, que sirvan como pulmones de nuestras ciudades, donde la población pueda convivir con la naturaleza y encontrar lugares de sosiego entre el bullicio urbano.

Valoremos todos, Gobierno y ciudadanía, los lugares que aún quedan intactos. La vida también habita ahí, en las sorprendentes bellezas naturales de nuestra tierra, espacios que debemos defender y preservar

Ella es Imelda

“Imelda tiene 20 años, pero parece de 15. Es una niña a la que el Esta do le ha fallado una y otra vez.

No logro sacar de mi mente la imagen de aquella señora bajita, morena, muy humilde, que venía acompañada de un amigo activista que se movilizó para lograr que entrara a los juzgados de Usulután, donde se lleva el caso de Imelda.

Llegó al final, fue la última en entrar. Antes de ella desfilaron diversas personalidades del mundo de los derechos humanos. La última en entrar fue ella y fue a la única a la que registraron, no llevaba nada en las manos, pero la detuvieron los dos guardias que antes nos habían tratado a todos con mucha amabilidad.
Cuando esa señora de reducida estatura vio a Imelda en la sala de audiencia, la saludó con una sonrisa de oreja a oreja y un infinito cariño en la mirada. ‘¡Hijita! ¿Cómo estás? ¡Aquí estoy!’, le dijo, con la ternura que caracteriza a las abuelitas.

La abuelita de Imelda se emocionó al ver a su nieta, quien le respondió, con las manos aún esposadas, con una sonrisa tímida y los ojos clavados en el suelo mientras temblaba de miedo en medio de los que queríamos defenderla.

La abuela contemplaba a esa nieta que le arrebataron a los 12 años, cuando aún vivía feliz y protegida bajo sus cuidados. La madre de Imelda se la llevó a vivir con ella y su nueva pareja, sin imaginar que ese hombre enfermo de más de 60 años violaría una y otra vez a su pequeña hija durante siete años.

Imelda, una hora después, derrotada y defraudada, abrazaba a su abuela al escuchar que la audiencia se suspendía porque la fiscal del caso avisó a las 8 de la mañana que no llegaría porque tenía faringoamigdalitis, sí, ¡faringoamigdalitis! Increíble que un juzgado admita la suspensión de una audiencia por una gripe, una gripe que le significa a Imelda un mes más en la cárcel, un mes más de maltratos porque el sistema de justicia salvadoreño le está haciendo pagar desde que estaba en el hospital la pena por ser mujer, por ser joven y pobre, por tener un parto extrahospitalario y por haberse desangrado posterior al parto y no haber rescatado a la bebé que acababa de parir, cuando ella misma había solicitado a gritos ayuda a sus familiares, que la encontraron casi desmayada en aquella letrina testigo de su desgracia.

Me dueles, Imelda. Me duelen las más de 3,000 niñas y adolescentes que son violadas al año en nuestro país, que viven su calvario en el silencio, con miedo porque saben que la sociedad, que las instituciones y hasta la iglesia les dan la espalda y no les creen”.

El anterior es el extracto de un post de la doctora Victoria Ramírez, ginecóloga y obstetra, y colaboradora técnica de la defensa de Imelda Cortez. Imelda enfrenta una pena de 20 años por el supuesto intento de homicidio de su hija recién nacida. Su bebé sigue viva y ella está en prisión.

Esta es parte de su historia, una de esas historias que debemos escuchar para quitarnos de la mente la imagen de que en todos los casos de emergencias obstétricas como esta se trata de mujeres de sangre fría y desalmadas que deciden asesinar a sus bebés. Son las historias que se silencian en los medios y en los procesos judiciales para dar gusto a una sociedad donde se desprotege a las niñas y mujeres y se les criminaliza en casos como este.

Son las historias que no queremos escuchar, porque en nuestra mente estas mujeres son asesinas y punto. Son las historias ignoradas que están costando la vida y la libertad a cientos de mujeres en El Salvador