Mosaico mundialista

Es posible que al momento de leer esto, usted ya sepa quién es el nuevo campeón mundial de fútbol. Hoy se juega el partido final de Rusia 2018. A la hora de entregar esta columna a edición, solamente conozco los cuatro finalistas. No diré “que gane el mejor”, porque en el juego, al igual que en la vida muchas veces es la suerte la que termina decidiendo las cosas, a pesar de nuestro mejor esfuerzo e intenciones.

No tengo la menor idea de quién ganará. Quizás sea Croacia, pero ya no apuesto por nadie. Si algo tuvo este mundial fue sorpresas y eliminaciones inesperadas. Viendo los primeros partidos, me gustaron los equipos de Islandia, Senegal y Egipto, pero terminaron marchándose. Mi favorito permanente, Alemania, no pasó ni a octavos de final. Otros favoritos míos (Brasil y Argentina) también quedaron en el camino. Esas eliminaciones me hicieron perder interés para el resto del campeonato.

Durante cada mundial, me resulta inevitable recordar los vistos durante mi infancia y adolescencia. En casa nadie era seguidor de ningún deporte. Pero las competencias internacionales como peleas de boxeo, las Olimpíadas y la Copa de Fútbol eran sucesos importantes en un tiempo en que la comunicación estaba limitada al teléfono de línea fija, los periódicos en papel y las ocasionales transmisiones televisivas vía satélite. Para un país como el nuestro donde la televisión transmitía pocas horas al día, ver en directo un evento internacional era de las escasas oportunidades en que parecíamos conectar con el resto del mundo.

En casa le íbamos a Alemania en el fútbol, primero porque es el país de mi madre, pero también porque tenían equipos excelentes. Luego caigo en la cuenta de que tuve el privilegio de ver el fútbol de una época dorada. Recuerdo a Pelé. Recuerdo a la holandesa “Naranja Mecánica” de Johan Cruyff. Recuerdo la selección argentina de César Luis Menotti con Kempes, Fillol, Passarella, Tarantini y Luque. Recuerdo a Món Martínez y a Pipo Rodríguez con la selección salvadoreña que viajó a México 70. Recuerdo a Franz Beckenbauer y a Gerd Müller. Recuerdo la lluvia de confeti celeste y blanco que cayó en las graderías del estadio Monumental de Buenos Aires, cuando Argentina venció a Holanda 3 a 1, motivo por el que mi enojada madre nos dejó de hablar un par de días a mi padre y a mí, porque ella le iba a los europeos y nosotros a los argentinos.

Desde aquel tiempo, he seguido de vez en cuando los mundiales, pero no he sentido mayor afinidad por ningún equipo, quizás porque el deporte mismo ha cambiado. El fútbol de los años setenta era más movido, más rápido, más agresivo y a veces hasta rudo. Era menos frío, menos calculado que el de hoy en día. O por lo menos, así me parece.
Pero no todo ha sido pérdida. Una de las cosas divertidas que tuvo Rusia 2018 fueron los memes en internet. Mi favorito: el del director técnico de Brasil, Tite, corriendo. Otros graciosos fueron los de Neymar con sus interminables caídas y exageradas muecas de dolor. Podría ser el capitán de una selección llamada los “Drama Kings” o competir para ganar un Óscar.
Siempre hay personas que reniegan de este tipo de eventos y que además confrontan a quienes los siguen acusándonos de muchas cosas, desde “solo gente tonta pierde el tiempo viendo a 22 hombres correr detrás de una pelota” hasta “estás viendo fútbol mientras en equis país están matando gente”. No creo que ver a 22 hombres correr detrás de una pelota haga más tonto a nadie ni que agrave la situación mundial.

Por lo contrario, estos eventos me hacen reflexionar sobre la humanidad, sobre por qué nos gusta jugar y competir contra otros; sobre cómo se desbordan las pasiones cuando se gana o se pierde; sobre la pureza en las lágrimas de los niños que lloran la derrota de sus equipos con auténtico dolor y que le parte el corazón hasta al más duro; sobre los miembros de las barras que, después de terminados los partidos, se quedaban para limpiar la basura de las graderías; y sobre cómo, de muchas maneras, un deporte puede ser también una metáfora sobre la vida.

Gustar del fútbol no tiene por qué ser excluyente de nuestras preocupaciones sociales ni nos convierte en insensibles. Gritar un gol no significa que no estemos pendientes de los niños enjaulados por el gobierno de Donald Trump, de la represión de las protestas civiles en Nicaragua o de la falta de información sobre el caso de la agente policial Carla Ayala.
Es cierto que no se puede idealizar el mundo del fútbol profesional. Al igual que en cualquier institución que mueve miles de millones de dólares, el deporte saca a relucir lo peor del ser humano en forma de corrupción, mafias y abusos de poder, pero también saca a flote algo de lo mejor que somos, de maneras insospechadas.

Un ejemplo de esto es la historia de los colombianos José Richard Gallego y César Daza. Gallego quedó sordo y ciego desde hace años a consecuencia de una enfermedad. Pero Daza aprendió lenguaje de señas y entre ambos inventaron un sistema para que Gallego pueda enterarse de lo que pasa: Daza mira los partidos y mueve las manos de Gallego dentro de un tablero que representa el engramado, según se van dando las jugadas reales. Si meten gol, ambos levantan los brazos. Cuando eso ocurre, la expresión de júbilo en el rostro de ambos, no tiene precio.
Un juego que logre cultivar gestos de camaradería, amistad y lealtad como el mencionado, no atonta a nadie. Por el contrario, es el fanatismo la causa de la estupidez y la ofuscación que nos impide dialogar, escucharnos y convivir como iguales, y no como enemigos de nosotros mismos, sin importar el deporte, la ideología o el asunto que está en discusión.

Cuestionar por el bien del país

Como buena parte de los salvadoreños yo también estoy cansada de la forma en cómo se hace política en el país; de candidatos y campañas con frases e imágenes bonitas pero carentes de fondo y honestidad para atender los múltiples y profundos problemas que enfrentamos como sociedad. Desgastada de que en corto plazo, las asociaciones dudosas y el saqueo de los fondos públicos parezcan ser los únicos intereses de quienes alcanzan el poder.

Llevo años decepcionada observando cómo abandonan a la nación y a la gente para cuidar intereses personales y de allegados. Los partidos políticos, a pesar de que han sido presionados para transparentar la forma en cómo gestionan sus finanzas, quienes los patrocinan o para aceptar que las sociedades cambian y que los paradigmas del pasado están siendo cuestionados a fondo, permanecen atascados en sus visiones añejas o lo que ellos llaman sus ideologías. Y eso los mantiene alejados de las variadas capas de realidad que vivimos los ciudadanos, dificultándonos puntos de encuentro para avanzar.

La campaña presidencial arrancó hace ya muchos meses y a pesar del tiempo transcurrido seguimos observando posturas románticas que suenan huecas. A los votantes, además, se nos trata de conquistar a través de imágenes diseñadas para agradar o sobre la base del ataque anónimo que solo exacerba los ánimos y genera conflictos a conveniencia y luchas entre “buenos” contra “malos”, donde realmente no se distingue entre unos y otros.

Mientras los aspirantes utilizan su energía en conflictos creados, ninguno está realmente liderando un debate que discuta con transparencia, honestidad y sinceridad las posibilidades que tenemos para atender problemas como la delincuencia, la falta de educación, el bajo crecimiento económico, la inmigración, la falta de oportunidades y de equidad entre diversidad de salvadoreños o cómo cerrarle las puertas a la impunidad. Y en ese proceso caótico el desorden, la falta de visión y la corrupción se siguen profundizando, en beneficio de personajes y grupos interesados en alcanzar el poder solo para su provecho.

Los candidatos, sin duda alguna, no la tienen fácil. Demasiados cerrojos y compromisos, demasiados socios y patrocinadores. Lo que les evita hablar desde lo profundo de sus convicciones; algo que se nota en su comunicación.

Como ciudadana solo tengo preguntas para quienes aspiran al poder, quienes hasta ahora no han logrado generarme ninguna confianza ni credibilidad. Sobre corrupción quisiera saber: ¿por dónde iniciarán su combate contra este flagelo?, ¿quiénes serán sus aliados para realizar ese trabajo?, ¿cuáles son sus asociaciones e intereses privados?, ¿están dispuestos a revelar esas relaciones económicas como un acto de transparencia?, ¿qué opinan acerca de las diferencias entre administrar una empresa y administrar un país?

Sobre la educación y la falta de recursos para desarrollar ciudadanos con pensamiento crítico y creatividad en lugar de masas obedientes e influenciables, quisiera saber: ¿cuál es la visión de largo plazo acerca de la educación en El Salvador?, ¿cuál será la estrategia para mejorar la educación en el país?, ¿cómo garantizarán un presupuesto adecuado para invertir en el recurso más importante, la gente?

Acerca de la violencia contra la mujer, me urge conocer hasta dónde los aspirantes conocen el fondo cultural y psicológico de este fenómeno que tiene un impacto enorme en la calidad de sociedad que tenemos y qué piensan hacer para atenderlo.

Sobre la delincuencia y su relación con la falta de oportunidades económicas y educativas: ¿cómo innovarán frente a un problema que no puede seguir siendo tratado únicamente con represión? y ¿cómo ejercerán control sobre las pandillas?

Los temas son múltiples y los ciudadanos, sin importar las simpatías partidarias, tenemos la obligación de actuar con responsabilidad y dejar de creer a ciegas. Hoy, nuestro deber es cuestionar constantemente.

Empecemos a hablar de sostenibilidad

La semana pasada se llevó a cabo la Semana de la RSE. Este evento, organizado por FUNDEMAS, se realiza hace ya varios años y se ha convertido en una de las pocas instancias para conversar en torno de temas vinculados con la anteriormente llamada Responsabilidad Social Empresarial.

Resulta, aunque a algunos no les guste mucho, que vivimos en un mundo en el que las empresas son un actor trascendental e importantísimo para la existencia misma. Analice su entorno, vea a su alrededor y se dará cuenta de que es imposible que no esté en contacto con, al menos, un producto o servicio que ofrece, al menos, una empresa.

Eso sí, no son inocuas, han causado muchísimos impactos –positivos y negativos– desde que iniciaron su misión transaccional hace tantísimos años. Y, poco a poco, las personas naturales se han ido percatando de que este accionar –independiente del tamaño de la empresa– tiene consecuencias sociales, ambientales y económicas.

La Responsabilidad Social Empresarial nació hace, al menos, 25 años como acciones dispersas, muchas veces filantrópicas, que se limitaban a donaciones a grupos usualmente vulnerables. La Teletón, por ejemplo, era respaldada en sus primeros tiempos como RSE por las empresas que participaban. Esto trajo consigo la desaprobación de este concepto por muchos grupos que la tildaban de lavado de imagen o como una treta más de las empresas para reducir su carga tributaria.

Con el tiempo, la reflexión y el aprendizaje, las empresas se dieron cuenta de que la RSE era solo un accesorio, que no dejaba de ser importante pero que no incidía en su rendimiento financiero ni comercial y, a veces, ni siquiera en su desempeño reputacional.

Al mismo tiempo, se dieron cuenta de que necesitaban vincular buenas prácticas en su cadena de valor, que estuvieran directamente relacionadas con su negocio para que no fueran elementos decorativos, sino que aportaran a su desempeño integral, es decir, financiero, social, ambiental, reputacional, etcétera. Y que así pudieran garantizar su sostenibilidad en el tiempo.

Es así como se evoluciona hacia el concepto de “sostenibilidad”: una mirada empresarial inteligente que integra el negocio con buenas prácticas que mitiguen o eliminen los impactos que su acción provoca en toda la cadena de valor a escala social, ambiental y económica; es decir, la sostenibilidad busca aminorar al máximo los riesgos con el objetivo de perdurar la mayor cantidad posible en el tiempo. A menor riesgo, mayor sostenibilidad.

En simultaneo, las personas también nos hemos vuelto más conscientes de los impactos que las empresas causan. Por ello, somos consumidores más exigentes, ciudadanos más informados y críticos que piden explicaciones a las empresas de dónde vienen sus productos o cómo tratan a sus empleados y proveedores, por mencionar un ejemplo.

Algunos países también han impulsado normativas y legislaciones que apuntan a incentivar a empresas más responsables y transparentes. En Europa, incluso se está hablando de “economía circular”, un innovador modelo económico que busca cambiar las formas de diseño y producción actuales.

Es decir, hay un contexto de exigencia social en torno de las empresas –así como una búsqueda propia por construir modelos de negocio que perduren en el tiempo– que ha impulsado una mirada más sostenible.

En El Salvador queda mucho por hacer. Aún estamos hablando de RSE y criticando a las empresas por sus donaciones. Por tanto, instancias como la promovida por FUNDEMAS son de gran relevancia para empezar a hablar de sostenibilidad.

Carta Editorial

Esta edición podría ser un resumen a luz y sombra de qué sucede a los niños que migran a Estados Unidos. Por un lado, podrían encontrar una brillante oportunidad para desarrollar sus peculiares talentos; aunque, por el otro, podrían acabar separados de sus padres, encerrados y solos ante un juez que, en el mejor de los casos, los despachará con una orden de salida voluntaria. En cualquiera de los casos lo que uniforma es un trauma que difícilmente será superado.

Javier Zamora es un salvadoreño que, a los 28 años, ya ha estudiado en varias de las mejores universidades de Estados Unidos. Cuando tenía solo nueve años, salió de San Luis La Herradura para recorrer una ruta del migrante que se le quedó grabada como una herida de las que nunca se curan del todo.

Estudió con becas. Esas que se ganan al demostrar habilidades extraordinarias. Ese tipo de habilidades que obligan a hacer la pregunta de qué habría sido de él en el San Luis La Herradura.
Esta edición podría ser un resumen de lo que sucede a los niños migrantes. Pero, en realidad, los textos incluidos llevan a pensar más en lo que nos concierne como país: ¿por qué los niños son obligados a migrar para poder superar las enormes barreras que les impone la desigualdad?

Zamora tuvo que huir de una posguerra que ya daba avisos de ser una etapa no de reconciliación, sino que de profundización de las lesiones sociales más graves. En su reciente regreso al país, el joven se ha venido a encontrar con la descendiente de aquel proceso mal hecho: la violencia, esa por la que desde la casa de sus abuelos escuchó las balas que pusieron fin a la vida de alguien. Esa es la que lo tiene desesperado por irse a Estados Unidos. Un sentimiento que provoca buena parte de las migraciones actuales y que, para el país receptor, ya no viene siendo motivo suficiente para dar asilo.

Muchos de los niños que están llegando ahora ante un juez de Migración en Estados Unidos, solos, son menores que Zamora cuando emprendió el camino. Pero son el rostro del gran fracaso de la educación pública, de la salud pública, de la seguridad. Esas que, pese a ser conocidas como “públicas”, no alcanzan a llegar a todos. Algo que, en su momento, también Zamora representó.

A El Salvador le hace falta disciplina

¿Quiénes son tus maestros?

Heinz Kobernik y todas las maneras que tiene de expresarse Latinoamérica, en general, que no solamente se limitan a lo artístico, sino que también se extienden al diario vivir.

¿Qué aprendiste de tus fracasos?

Que lo importante es aprovechar el tiempo aunque no haya tenido los resultados o el reconocimiento que yo quería.

¿Qué otra carrera considerarías?

Medicina. A veces tengo la sensación de que mi carrera puede tender a caer en lo superficial, no digo que esto sea malo, pero la utilidad que le puede generar a la sociedad en la que yo vivo puede no ser tan trascendente como si hubiera estudiado Medicina.

¿Cuál es tu pintura favorita?

“Maya”, de Salarrué.

¿Qué le hace falta a El Salvador?

Más disciplina, y hablo por mí, incluso. Falta más disciplina en cuanto a tener hábitos que logren construir mejores personas de nosotros.

¿Cuáles son los elementos que más usas en tus trabajos?

Las flores.

¿Cómo describirías la vida de una fotógrafa en San Salvador?

Me gusta mucho la vida de fotógrafa.Estamos luchando por hacernos un nicho porque la mayoría de fotógrafos destacados que hay son hombres. Hay mujeres que son muy muy buenas, pero nos hace falta luchar para destacar como las personas talentosas que somos.

Buzón

Buzón

Una masacre

Es muy preocupante lo que están pasando en Nicaragua con la represión del pueblo. Y es todavía más lamentable que desde aquí, nuestro gobierno no esté reaccionando como debería hacerlo, ya que ante más de 300 muertos que van ya, un gobierno humanista ya hubiera dicho algo.

Esto me deja la sensación de que estamos ante un gobierno al que le importa solamente la postura política, y no la gente. Dirán que porque es su compadre de izquierdas Daniel Ortega y que por eso no se le puede hacer aunque sea un llamado de atención para que guarde a la gente armada y evite enfrentamientos con el disconforme pueblo. Pero ni a eso llegamos. Como tampoco se hizo cuando en Honduras todos levantaron sus clamores por el fraude.

Ninguna nación se metió a pelear o a, por lo menos, respaldar al pueblo, que también estuvo en las calles dispuesto a todo por el todo. Así que, primero, no esperemos que nadie venga después a rescatarnos cuando seamos nosotros los que estemos bajo ataques antidemocráticos similares. Nadie va a venir ni nos va a presentar respetos ni condolencias. No lo merecemos porque no somos humanistas ni somos solidarios. Por eso me extraña a mí que haya habido en esta época tanta guerra en nombre de instalar las democracias; tanta institución metida en tanto país en donde, claro, ha habido petróleo. Y vaya, aquí no hay, ni en Honduras, ni en Nicaragua. Pero más por eso deberíamos ser solidarios entre nosotros y protegernos. Porque de afuera no va a haber ningún país poderoso que venga a salvarnos. Deberíamos dejar las políticas duras para ver más a nuestros niños masacrados.

Cristian Salazar,
[email protected]

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (201)

1644. EL VIAJE TAN DESEADO

Allá abajo, en el lugar donde atracaban las naves que llegaban y las que salían, en aquel momento solo había veleros, como si una bandada de grandes aves de plumaje blanco hubiera llegado a posarse ahí. El que observaba el paisaje dilatado desde la reducida terraza de su apartamento ocasional entró de pronto en una contemplación extática: era como si de repente las imágenes anheladas en la infancia se estuvieran materializando con algún propósito. Caía la tarde y eso hizo que el impulso se le tornara urgente. Corrió hacia el muelle y fue haciendo las indagaciones del caso. Halló por fin lo que buscaba. Logró los arreglos correspondientes, volvió a su cuarto y después retornó al mar con una maleta de las de antes. Subió al velero, y este poco después alzó vuelo.

1645. CURIOSA BIENVENIDA

Los vendedores callejeros habían cerrado las vías aledañas para protestar, vociferando consignas, por los desalojos que les venía aplicando la autoridad. Los automovilistas formaban largas filas, en las que se mezclaban vehículos variados, desde las grandes rastras hasta los carros de toda edad. ¿Cuánto tiempo duraría tal atascamiento angustioso? El joven que conducía aquello que parecía un auto de juguete le preguntó a la muchacha que iba a su lado: “¿Creés que vas a aguantar hasta que lleguemos?” Ella solo gimió haciendo el gesto de querer distenderse en el espacio minúsculo. Y entonces lanzó el gemido mayor: “¡Ya viene, ya viene!” Y en efecto la criatura ya asomaba entre sus piernas. El joven se inclinó cuanto pudo para recibirla. Era el misterio gentil de la creación en medio de la borrasca.

1646. EL MOMENTO PRECISO

Dentro de unos instantes sería medianoche, y todos los preparativos se hallaban a punto. El año en curso estaba por lanzar su último suspiro, con año inminente preparándose para hacer vibrar el latido inicial. Los invitados sostenían sus copas llenas en actitud de buen augurio, y las campanadas del anuncio tenían todas sus energías en vilo. Entre el bullicio espontáneo nadie se percató de que había un recién llegado, que además era un perfecto desconocido. El reloj de pie cantó su bienvenida, y los habituales saludaron al otro recién llegado, el que todos esperaban. Luego se hizo un extraño silencio. El desconocido tomó entonces la iniciativa. “Aquí estoy. ¿Me reconocen?” Todos giraron hacia él sin entender aquella presencia. Y él entonces se despojó de su túnica. Era el tiempo desnudo, como siempre que busca hacerse ver.

1647. TORMENTA MÍSTICA

Como ocurre siempre en nuestra temporada lluviosa a la que simbólicamente llamamos invierno, hay días en que el sol parece dispuesto a darles la batalla a las nubes organizadas que se sienten con todas las cartas climáticas a su favor. Era uno de esos días, y eso hizo que aquella pareja de enamorados recientes se decidiera a salir a caminar desabrigados por los entornos, en los que había muchos predios arbolados. Uno de ellos les produjo efecto de imán emocional, sin razón a la vista. Penetraron, y en verdad ya adentro se sintieron como en casa, una casa que nunca se hubieran imaginado. Era como una capilla, y ahí se arrodillaron para hacer votos de unión permanente. Salieron después, con la bendición natural. Y ya afuera se vino la tormenta súbita. Intensa y envolvente. Era sin duda la confirmación celeste del compromiso.

1648. EL VERDADERO AMANECER

La tormenta había sido de alto calibre, con nublazón avasalladora. Todas las quebradas que cruzaban la ciudad estuvieron a punto de desbordarse, pero la emergencia no llegó a tanto: apenas algunas escorrentías en los terrenos bajos y en algunas colonias marginales. Cuando estaba a punto de amanecer, los nubarrones volvieron a congregarse, con ánimo amenazante. Y aquel indigente que dormía en el atrio de la iglesia del barrio se incorporó con ánimo inspirado. Alzó los brazos y empezó a orar en voz alta. Los que pasaban alrededor no le ponían atención al hecho, porque conocían las actitudes del aludido; pero de súbito el orante comenzó a caminar, y en verdad se hallaba en plan de levitación. Cuando lo hizo, el cielo se aclaró. Era el despertar del sol, que es el máximo indigente.

1649. EL ARTE DE SEGUIR AQUÍ

Lo dejó dicho en su testamento: “Quiero reposar tranquilo, pero haciendo mi vida de siempre”. Como se trataba de un burlista por excelencia, el único heredero, que conocía las puntadas imaginativas de su progenitor, tomó aquella frase como una excentricidad más. El trámite de traspaso fue normal, y el documento testamentario pasó a la gaveta de los papeles inútiles. La vida del sobreviviente siguió su curso; pero pasado algún tiempo algunos sucesos extraños comenzaron a manifestarse en su cotidianidad. Cambios de objetos personales, apariciones súbitas indefinibles, extravíos de documentos y de piezas de valor… Cuando aquello se aceleró, tuvo el pálpito de que el testador estaba ahí. Una noche lo encaró en lo oscuro: “¿Estás aquí, verdad? ¿Por qué no te muestras como eres?” El silencio se llenó de una risita sardónica.

1650. PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La conoció en el bar al que acudía luego de cumplir sus obligaciones cotidianas como miembro del equipo estratégico de la empresa de proyecciones futuristas a la que se había incorporado desde hacía poco. Ella era una recién llegada, y captó su atención al primer contacto visual. Conversaron, compartieron martinis y se despidieron con promesa de reencuentro. Pero no volvieron a encontrarse. Él estaba ansioso hasta la médula. Llegaba a diario a ver si aparecía. Nada. Le dijo a un mesero de confianza: “Si la mirás, me llamás al instante”. Nada. Empezó a resignarse con desencanto ansioso. Y una tarde recibió la llamada: “Está aquí, y dice que lo recuerda”. Acudió de prisa, y en el camino la colisión con una rastra lo dejó inconsciente. Ella, en el bar, brindaba por el futuro, en esta dimensión o en cualquier otra.

1651. GRATITUD VEGETAL

Vivían en la parte alta de una colina que siempre estuvo deshabitada, y ellos sentían que haberse establecido ahí hacía que la vegetación de los entornos les agradeciera la presencia. Y la prueba era que todos los arbustos florecían al unísono.

1652. CICLO VITAL

Era un reloj de pie, heredado de los antepasados. Daba la hora con sonido ceremonial. Un día dejó de hacerlo y los sobrevivientes se desvanecieron sin más.

Un niño de un año ante la corte de Inmigración

Un niño de un año vestido con una camisa verde tomaba leche de un biberón, jugaba con una pequeña pelota morada que se encendía a cada rebote y pedía agua ocasionalmente.
Y entonces llegó su turno de comparecer ante un juez de Inmigración en Phoenix, que apenas podía contener su incomodidad durante la parte de la audiencia en la que pregunta a los inmigrantes acusados si han entendido los procedimientos.

“Me avergüenza hacer la pregunta, porque desconozco a quién se la explicarían, a menos que crean que un niño de un año puede aprender la ley de inmigración”, manifestó el juez John W. Richardson al abogado que representó al menor.

El niño es uno de los centenares de menores que necesitan ser reunidos con sus padres después de que los separaron en la frontera, muchos de ellos a causa de la “política de tolerancia cero” del gobierno del presidente Donald Trump. Las separaciones han dejado mal parado al Gobierno debido a la persistente difusión de noticias sobre niños llorando separados de sus madres y mantenidos aparte durante semanas.

Los detractores también han censurado el sistema de las cortes de Inmigración del país que obliga a los menores –algunos todavía en pañales– a comparecer ante jueces y seguir los procedimientos de deportación mientras están separados de sus padres. Estos menores no tienen el derecho a tener un abogado asignado por la corte y 90 % es regresado a su país de origen sin la intervención de un defensor, según la agrupación Kids in Need of Defense, que les provee representación jurídica.

***

LOS PAÍSES DEL TRIÁNGULO NORTE de Centroamérica y México (TRICAMEX) y Estados Unidos acordaron la semana pasada seguir trabajando para reunificar a los menores separados y combatir el “cáncer” de las redes criminales que se aprovechan de las necesidades de inmigrantes irregulares.

El objetivo de este encuentro celebrado en la capital de Guatemala fue analizar, desde una visión regional, la problemática del éxodo migratorio, poniendo especial atención a las causas estructurales de la inmigración en una de las regiones más pobres y violentas del mundo.

En la cita participaron los cancilleres de Honduras, México, Guatemala, El Salvador y la secretaria de Seguridad Nacional estadounidense, Kirstjen Nielsen.
Después de la reunión, los funcionarios comparecieron ante la prensa sin atender preguntas y fue ahí donde el secretario de Relaciones Exteriores de México, Luis Videgaray, recordó que es “cruel e inhumano” separar a los niños migrantes de sus familias, una opinión que, según él, compartieron todos.

“Nos hemos reunido para tomar acciones concretas para impedir que esto vuelva a ocurrir y, en segundo, acciones para lograr una pronta reunificación de los niños separados”, dijo, y agradeció a Nielsen su “voluntad y liderazgo” en este tema “complejo”, desde lo jurídico y lo operativo.

Aun así, aseguró que el propósito de todos es la reunificación de todos los menores rápidamente, no solo los separados desde mayo pasado, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, implementó las medidas de “tolerancia cero”, sino de los más de 10,000 niños inmigrantes no acompañados que recorrieron un “camino de peligro” y que llevan muchos años en albergues.

Hace 10 días, en Phoenix, el niño hondureño de un año llamado Johan esperó una hora para ver al juez. Su abogado dijo al juez Richardson que el padre del menor lo había traído a Estados Unidos y fueron separados, aunque se desconocía la fecha. Señaló que el padre se encuentra en Honduras después de que lo deportaron bajo el engaño de que podría llevarse a su hijo.
kernPor un rato, el menor traía zapatos de vestir y después estaba solo en calcetines durante la espera para ver al juez. Permaneció en silencio y calma la mayor parte de la audiencia, aunque lloró en forma histérica después durante los segundos en que una empleada lo entregó a otra persona mientras ponía en orden la pañalera. El niño está en custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos en Arizona.

El juez Richardson dijo que el caso del niño era prioritario por el plazo ordenado por una corte para reunir a los niños pequeños con sus familias. Un juez federal en San Diego dio a la agencia hasta el martes para reunir a los niños menores de 5 años con sus padres y hasta el 25 de julio para todos los demás.

Richardson dijo una y otra vez al abogado del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) que debía tomar nota de los casos que implican a niños chicos debido al plazo dado al Gobierno para cumplir con la reunificación de familias. El abogado señaló que desconocía detalles del plazo y que un departamento distinto dentro del ICE se encargaba de los asuntos de ese tipo.

La portavoz del ICE, Jennifer Elzea, señaló que el abogado sabía de la orden judicial pero que desconocía los detalles de los plazos “y no quería hacer declaraciones incorrectas sobre los compromisos de las fechas sin ese conocimiento”.

A fin de cuentas, Johan recibió una orden de salida voluntaria que le permitirá al gobierno enviarlo por avión a Honduras para reunirse con su familia. Un abogado del Proyecto Florence, una organización de Arizona que brinda asesoría legal gratuita a inmigrantes, dijo que tanto la madre como el padre estaban en Honduras.
El caso se atendió el mismo día que el gobierno de Trump dijo que necesitaba más tiempo para reunir a los 101 niños menores de cinco años con el fin de garantizar la seguridad de los menores y confirmar los parentescos.

En otro caso en Arizona, el juez le preguntó a un niño de Guatemala vestido con chaleco y corbata cuántos años tenía. El pequeño levantó su mano abierta.
Su abogado dijo que su padre lo había traído a Estados Unidos y después fue deportado hace dos semanas. Pidió que se emitiera una salida voluntaria para el menor.
“¿Qué te parece regresar a Guatemala?”, le preguntó el juez Richardson al niño.

El problema de la separación familiar es de particular urgencia para los padres de niños pequeños que requieren mayor cuidado de sus padres. Los estudios muestran que el estrés a muy temprana edad puede crear problemas emocionales e incluso físicos para toda la vida.

El inmigrante hondureño Christian Granados fue separado de su hija de cinco años, Cristhy, por más de un mes después de que fueron detenidos en El Paso, Texas, cuando intentaban entrar en Estados Unidos. La pequeña fue llevada a un centro de detención en Chicago, mientras que él fue liberado el 24 de junio a la espera de una respuesta a su petición de asilo.
Granados ha enfrentado un obstáculo burocrático tras otro tratando de recuperar a su hija, respondiendo recurrentes solicitudes de identificación por parte de los trabajadores sociales que resguardan a la menor. Granados intenta ayudar en el proceso mudándose con familiares en Fort Mill, Carolina del Sur, pero ahora teme que no pueda pagar el boleto de avión para que su hija vuelva con él.
Dijo que las autoridades le pidieron $1,250 para enviarla por avión desde Chicago. “No he sentido la felicidad que debería sentir estando aquí, en Estados Unidos”, dijo Granados. “Estaré feliz cuando tenga a mi hija conmigo”.

***

AFUERA de la Primera Iglesia Unitaria de Salt Lake City, en donde Vicky Chávez y sus dos hijas llevan seis meses refugiadas, hay un parque infantil rodeado de grandes árboles frondosos. Sin embargo, Chávez nunca permite que Yaretzi, de seis años, o Issabella, de 11 meses, jueguen ahí. Nunca salen de la iglesia.

Chávez, de 30 años, teme que agentes del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE), las detengan y las envíen de vuelta a Honduras, en donde teme por su seguridad a causa de su novio abusivo. Sus miedos la llevaron a pedir asilo en Estados Unidos hace cuatro años.

A pesar de que un juez de Inmigración ha negado reiteradamente su solicitud, Chávez le dijo a la prensa el lunes por la noche que está determinada a permanecer en la iglesia y luchar por quedarse en Utah, en donde viven sus hermanos y padres. Sus abogados buscan un remedio en una corte federal de apelaciones, aunque es un intento con pocas probabilidades de éxito.
Ver a otros padres inmigrantes separados de sus hijos en la frontera la hace incluso más reticente de regresar a casa y pasar por una posible separación de sus hijas si otra vez intenta pedir asilo en Estados Unidos, dijo.

“No me imagino sentir el dolor de que me separaran de mis hijas”, dijo Chávez durante una entrevista el mes pasado. “Dormir en un centro de detención no es nada fácil. Lo viví. Yo lo viví con mi hija, pero no lo viví separada”.

Por un rato, el menor traía zapatos de vestir y después estaba solo en calcetines durante la espera para ver al juez. Permaneció en silencio y calma la mayor parte de la audiencia, aunque lloró en forma histérica después durante los segundos en que una empleada lo entregó a otra persona mientras ponía en orden la pañalera. El niño está en custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos en Arizona.

Chávez entró sin autorización a Estados Unidos en junio de 2014, y un juez de Inmigración federal ordenó que fuera deportada en diciembre de 2016, dijo Carl Rusnok, vocero de ICE. Chávez recibió la orden de salir del país y el 30 de enero agotó todas las apelaciones disponibles, agregó.

Esa noche, Chávez tenía pasajes de avión para regresar a su casa en San Pedro Sula, Honduras; pero en lugar de eso, aceptó una oferta de refugio de la iglesia.
Ella y sus hijas duermen en un salón de catequesis y pasan la mayor parte del tiempo en otro cuarto con una televisión, un caballete y otros juegos. Yaretzi recibe lecciones de piano en la capilla, y bailan y corren en un salón abierto con pisos de madera.

La pequeña Issabella ha aprendido a caminar en la iglesia y ahí celebró por adelantado su primer cumpleaños. Yaretzi recibe tutoría en lugar de asistir a la escuela.
“Me siento triste porque no puedo darle a la niña una vida normal”, dijo Chávez.

Son los primeros inmigrantes en refugiarse en Utah de los que se tiene conocimiento, según grupos locales de defensa a migrantes y la sucursal estatal de la Unión Americana de Libertades Civiles. La práctica ha sido común en estados como Arizona y California, pero nunca en Utah, en donde dos terceras partes de la población son mormones.
Unos 200 miembros de la iglesia y otros voluntarios se aseguran de que la familia Chávez sea alimentada, educada, apoyada y protegida.
“No tengo familia en Honduras. No tengo un hogar donde pueda llevar a mis hijas”, dijo Chávez. “Vengo huyendo por violencia doméstica. Estuvimos recibiendo amenazas de muerte… Mi miedo es que nos puede ocurrir algo malo en Honduras”.

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DE REGRESO EN LA SALA DE INMIGRACIÓN del juez Richardson, una niña de siete años con un moño y un vestido rosa se sentó pacientemente en una banca de madera por más de una hora antes de que el juez Richardson la llamara. La niña había venido de Guatemala con su padre y también fue separada. El padre está ahora en Guatemala.
Richardson le dijo nuevamente al abogado del ICE que tomara nota de su caso para garantizar que el Gobierno la reúna con su familia a tiempo.

Le preguntó a la pequeña si quería volver a Guatemala y si tenía miedo de volver ahí. La niña respondió que no tenía miedo. Richardson le otorgó una salida voluntaria.
Para algunas familias separadas, la reunión ocurrirá en Guatemala, Honduras o El Salvador, los países de donde salieron para huir de la violencia.

La masacre de niños durante la represión orteguista

Entierro

El bebé no lloró. No gritó. No habló. Nelson Lorío, su papá, miró cómo se le hundió la mollera. La sangre corría por sus manos. La camisa, el trapo con que lo tapaba, su ropita, todo estaba rojo. Fueron segundos que pasaron rápido y a la vez lentos. Entró a la casa de una señora que no conocía. Ella le lavó la cabecita. Lo último que miró de su niño fueron unos gestos de querer hablar, unas gesticulaciones que cree eran las de: “mamá” o “papá”.

Teyler Leonardo Lorío Navarrete murió el 23 de junio de un disparo a la cabeza. Tenía apenas 14 meses y 16 días de haber nacido. “No tenía color ni partido político, estaba en estado angelical. Jamás se imaginó que le iban a disparar”, dice Nelson Lorío, su padre, quien lo llevaba en los brazos cuando recibió el impacto de parte de “policías y paramilitares” que realizaban “labores de limpieza” en el barrio Américas Uno, de Managua.

La muerte del bebé Lorío Navarrete es uno de los últimos asesinatos de niños por parte de la represión orteguista. La Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH) reveló que 21 menores, de 18 años o menos, han muerto entre el 18 de abril y el 25 de junio en los hechos violentos de la crisis política que vive el país.

La Prensa (Nicaragua) contabiliza 15 casos de jóvenes que han muerto de las formas más crueles: de impactos de bala en la cabeza, pecho o cuello. Mientras que hay algunos que murieron calcinados junto con sus padres, suplicando por sus vidas o atropellados cruel e intencionalmente por un bus.

Según el informe de la ANPDH, ocho de los menores de edad tenían 17 años, cuatro tenían 16 años, cinco 15 años, una niña de 11 años y una de dos años, y dos bebés: uno de 14 meses y otro de cinco meses de edad.

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“HERODES NICARAGÜENSE”
La presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), Vilma Núñez, dijo que el presidente inconstitucional Daniel Ortega se está convirtiendo en el Herodes nicaragüense. “Herodes fue aquel que mandó a matar a todos los niños de determinadas edades para que no le hicieran competencia. Entonces, Daniel Ortega está matando a la niñez nicaragüense”, afirmó Núñez.

El Movimiento Mundial por la Infancia (MMI) Capítulo Nicaragua condenó el “uso de la fuerza letal” del gobierno de Daniel Ortega contra los niños en la crisis sociopolítica local, que ha dejado saldo de más de 218 muertos, según sus datos, de los cuales al menos 17 son menores de edad.

“Condenamos rotundamente el uso de la fuerza letal contra la población civil, especialmente niños y adolescentes”, señaló el MMI Nicaragua, que exigió al Estado nicaragüense asumir “su rol como garante de derechos con mayor cuidado y responsabilidad por tratarse de un niño o adolescente, y debe, además, tomar medidas especiales fundamentadas en el principio del interés superior de la niñez”.

Rechazo. Personas caminan frente a un mural con mensajes en contra de Daniel Ortega en el barrio indígena de Monimbo, en Masaya, ciudad que hace 39 años fue crucial en la victoria sandinista.

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DISPARO CONTRA DIOS
El domingo 24 de junio, durante la homilía en la catedral de Managua, el cardenal Leopoldo Brenes, presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, elevó una oración especial por la memoria de Teyler Leonardo Lorío Navarrete, bebé de 14 meses.

Ese mismo día el obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, monseñor Silvio Báez, calificó el asesinato de Lorío como “otro signo de inhumanidad”. Monseñor Rolando Álvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, dijo que “la bala contra inocentes es un disparo contra Dios”. Y agregó: “En la bala asesina disparada contra los niños también se ha disparado contra Dios, se ha profanado contra Él, quitando la vida contra los inocentes”.

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EL BEBÉ DE LOS COLOCHOS
Los colochos de Teyler son lo que más recuerda su padre, Nelson Lorío. “Siempre quise un niño así, con ese tipo de pelo”, dice el padre. “Nunca se lo corté porque queríamos dejárselo crecer”.
Nelson Lorío y Karina Navarrete se conocieron hace ocho años. Un año después nació Joshuara, su primera niña, quien ahora tiene siete años de edad. Estuvieron separados durante dos años y regresaron desde hace cinco. Ambos planificaron tener un niño durante ese tiempo, hasta que el 7 de abril de 2017, a las 7 de la mañana, nació Teyler Leonardo en el Hospital Monte España.

“Mi orgullo de varón”, dice el padre, quien fue el primero en cargarlo, sin poder imaginarse que también sería el último. “No lo podía dejar de ver. Nunca me lo despegaba”, dice Nelson, quien a partir de ese día empezó a trabajar en supermercados o gasolineras para que a Teyler “no le faltara nada”.

Karina Navarrete, la madre, también empezó a trabajar como doméstica. Ambos compraron un terrenito que todavía están pagando. Es por eso que todos los días iban a dejar a Teyler a la casa de su abuelo paterno, Jaime Lorío, en el barrio Américas Uno.

Monseñor Rolando Álvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, dijo que “la bala contra inocentes es un disparo contra Dios”. Y agregó: “En la bala asesina disparada contra los niños también se ha disparado contra Dios, se ha profanado contra Él, quitando la vida contra los inocentes”.

El abuelo se encariñó tanto con el niño que se lo pedía a su hijo. “Mi esposa se enojaba porque mi papá se lo quería quedar”, dice Nelson, apenas sonriendo. “Yo no hallaba cómo decirle a mi papá que el niño había muerto porque me daba miedo que también se muriera”.

El abuelo se desmayó con la noticia. En el sepelio también se desmayó, después de que abrió el ataúd de su nieto y le depositó el peluche con el que jugaban. Ahora, Jaime Lorío llega todos los días a visitar a su hijo para no sentirse solo. Llega en la mañana, siempre con un vaso de leche agria y una tortilla. Trata de verse fuerte, sereno. “Pero talvez solo me meto un momento al cuarto y cuando regreso, lo encuentro llorando”, dice Nelson.

Impunidad. Las investigaciones por los asesinatos de estos niños y de todas las víctimas de los cuerpos de seguridad están estancadas en Nicaragua.

Teyler se dormía a las 9 de la noche y se despertaba a las 4 de la mañana. “Era mi alarma para ir a trabajar”, dice Karina. Desde esa hora, Teyler le gritaba a su abuela o a sus tíos para “que supieran que estaba despierto y lo cargaran”, dice la madre.

Joshuara, la niña de siete años, también pregunta por su hermanito: “¿Y el negrito, dónde está, mama?” Karina Navarrete trata de no llorar delante de su hija. Le responde que el negrito está en el cielo, que está jugando, que le desee buenas noches y que le diga que hoy se porte bien.

Durante el día, Karina se distrae platicando, viendo televisión, dando entrevistas. Pero cuando llega la noche se quiebra. No aguanta. Duerme a la niña y se va a otro cuarto. Cierra la puerta. Llora. No le importa lo que piensen los demás que solo escuchan sus gritos. “En ese cuarto solo yo sé cómo me pongo a llorar”.

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NIÑOS CALCINADOS
Mathías Velásquez Raudez, de cinco meses, y Daryeli Velásquez Raudez, de dos años de edad, murieron calcinados en su casa el sábado 15 de junio, día en que la policía y paramilitares hacían “labores de limpieza” en el barrio Carlos Marx, donde los protestantes de la zona habían levantado barricadas desde los primeros días de protesta.

En la tragedia murieron de la misma forma sus abuelos, Óscar Velásquez Pavón y Maritza López. Y también sus padres, Alfredo Velásquez López y Mercedes Raudez. Un día antes de que murieran en el incendio, su madre había subido una foto en la que aparecían los niños con trapos sobre el rostro, como una especie de pasamontañas, y unos morteros de juguete que llevaban el grabado de Nicaragua. “Mis bebés vandálicos”, había escrito en su publicación.

Demandas. Un hombre sostiene un cartel con fotografías de detenido por el Gobierno de Daniel Ortega, durante una protesta realizada al exterior de El Chipote, una cárcel de máxima seguridad.

Niño y adolescentes asesinados

Álvaro Conrado, de 15 años de edad:

Fue el primer niño asesinado durante las protestas. Murió el 20 de abril después de mediodía. Fue asesinado cuando llevaba a escondidas agua a los universitarios que recogían víveres en la catedral de Managua. Era músico, atleta y quería ser abogado. Recibió un impacto de bala que le dañó la tráquea y el esófago.

Orlando Córdoba, 15 años de edad:

Asesinado el 30 de mayo, Día de las Madres. Orlandito nunca había participado en ninguna marcha. Aquel día, frente a la UNI, una bala penetró su tórax. Su pasatiempo era mirar videos en YouTube para aprender a tocar mejor la batería, su instrumento de todos los viernes en el culto de su iglesia evangélica. Era fanático del Barcelona, equipo español de fútbol. Cursaba el sexto grado de primaria en el Centro Escolar España, en Managua.

Júnior Gaitán, de 15 años de edad:

Fue asesinado el 2 de junio, de rodillas ante un policía, según familiares y testigos. “Le suplicó por su vida”, dijo su madre, Aura Lila López. “Le disparó a quemarropa en el pecho”. Le encantaba jugar fútbol. Le decían “el Pollo” o “Pollito”, de cariño. Fue una vecina la que le “encajó” ese apodo, supuestamente porque comía mucho pollo frito. Era buen alumno, le llamaban la atención los bomberos y los grafitis.

Sándor Dolmus, 15 años de edad:

Murió el 14 de junio. Un balazo certero lo tumbó partiéndole el pecho, a unos metros de la puerta de su casa, en el barrio San Juan. Casi no salía de casa. No había salido en los últimos dos meses. Le gustaba mirar videos en YouTube de cantos a la Virgen María. Era muy católico y seguidor de monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua. Estaba en cuarto año del colegio de secundaria Sagrado Corazón de Jesús.

Francisco Rivera Narváez, de 16 años de edad:

Falleció el sábado 23 de junio. El informe médico legal indica que la causa de la muerte fue herida por proyectil de arma de fuego, con entrada y salida en el cráneo. El joven habitaba en el barrio Santa Elena, de Managua. Ese día regresaba de jugar fútbol en el parque del barrio Monte Fresco cuando fue atacado.

Samuel Reyes, de 16 años de edad:

Asesinado el sábado 23 de junio. Murió al ser herido por arma de fuego y arma blanca en el cráneo. Vivía en el barrio Reparto Schick de Managua.

Jésner Josué Rivas, de 16 años de edad:

Asesinado el 22 de abril. Su madre contó que ese día, al escuchar que un grupo de vándalos pretendía asaltar un supermercado en la entrada del barrio La Fuente, de Managua, Jésner tomó su tiradora y salió de su casa. Minutos después una bala lo impactó casi a la altura del cuello, en la parte izquierda. Le gustaba jugar fútbol y su familia conserva los trofeos que había obtenido.

Abraham Antonio Castro Jarquín, de 17 años de edad:

Asesinado el 8 de junio durante un ataque de turbas paramilitares orteguistas en la salida norte del municipio de Jinotega. Sus familiares le llamaban “Patito”. Se dedicaba a la reparación de motos, pero llevaba días en las trincheras. Vivía en el barrio Carlos Rizo.

Ángel Reyes, de 17 años de edad:

Murió el 17 de mayo, después de que una ruta lo atropelló intencionalmente. Estaba en una barricada cuando un bus, conducido por un paramilitar, le pasó encima y le causó la muerte casi inmediata. Reyes era estudiante del Colegio Rigoberto López Pérez y estaba apoyando a los universitarios atrincherados en la UPOLI.

Carlos Bonilla López, de 17 años de edad:

Murió el 20 de abril tras recibir un balazo. Fue un disparo en la frente. Estaba en Ciudad Sandino y lo trasladaron al hospital local y luego fue remitido al Hospital Lenín Fonseca, donde murió. Había salido a un ensayo de la banda rítmica a la que pertenecía. Se acababa de bachillerar, en 2017, y estudiaba cursos libres de caja e inglés.

José Abraham Amador, de 17 años:

Asesinado el 20 de abril, cuando recibió el impacto de bala que le perforó los pulmones, cerca del mercado de Artesanías, de Masaya. Era estudiante de cuarto año de secundaria del centro Rafaela Herrera y pretendía estudiar veterinaria.

Ríchard Eduardo Bermúdez Pavón, de 17 años:

Fue uno de los primeros muertos del 19 de abril. Cayó de una ráfaga en el tórax. Era estudiante de secundaria y vivía en Tipitapa, donde formaba parte de una comparsa rítmica.

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Los profetas de su tierra

Reiterar una y otra vez es de nobleza. El congelamiento en promover libros y lectura retrasará la creación de una conciencia social. Hay que descongelar el acceso al conocimiento, promover la efectividad que produce participar en la vida nacional, no conformarnos como sujetos representados, sino agentes participativos. Por eso promover la lectura es una obligación desde todos los ámbitos de la vida. También promover el trabajo de los nuevos talentos.
Esto lo han visto profetas de esta tierra, como Alberto Masferrer, que lo percibió desde 1913.

Muestra de esto es su libro “La cultura por medio del libro”, con claras propuestas que, 100 años después, viven todavía en la irrealidad.

Eso lo narra Francisco Gavidia, considerado el humanista salvadoreño por antonomasia. Dice: “En 1880 estudié francés con Augustine Charvine, con ella comencé a formarme en la lectura de los clásicos franceses. Viajé a San Miguel (el adolescente vivía en Ciudad Barrios con su familia). Quería probar suerte con los primeros versos escritos… ¡Qué desilusión! Todos fueron rechazados por los poetas de las redacciones migueleñas. Aunque la experiencia me dolió, no bajaron mis ánimos, continué firme”.

Esta escena podría ser muy actual para los jóvenes que comienzan a destacarse, como si la historia cultural y educativa fuera un tornillo sin fin que nos adormece.

Esas falencias de los siglos pasados no han sido superadas. Pasa lo mismo en lo que respecta a la educación. Veía en las redes sociales un video que ilustra el cambio permanente en los objetos de uso: un automóvil de los años veinte, un teléfono de los años cincuenta, un avión de los años setenta. Pero lo que se niega a cambiar es la educación. El video nos presenta un aula de este tiempo y un aula de hace medio siglo: pizarrón, los niños escuchando y el docente exponiendo su sapiencia. Todo permanece igual, a pesar de que muchos educadores están tratando de cambiar esta realidad, por lo menos en el área de la lectura, que consideran el primer paso hacia la creatividad, hacia una cultura propositiva; no de reacciones vandálicas o de queja eterna.

Gavidia lo vio en 1882, Masferrer en 1915.

A propósito de lo dicho por Gavidia y para visualizar esas irrealidades, me pasó una experiencia similar a mí en San Miguel en 1955. El único docente que aceptaba lo que escribía en el instituto nacional donde estudié educación media dirigía una página literaria en un periódico de esa ciudad y aprovechó para publicar dos páginas de mis poemas. Como jefe de la sección, no debía someter los poemas a la dirección, por eso, al ser publicados, mi profesor fue llamado para decirle que lo escrito por el joven autor no era poesía. El maestro renunció.

De esos poemas solo recuerdo el verso de un poema al río Lempa: “y los peces de la tarde agonizan en sus aguas”. Esta vez, como narra Gavidia, no se trató de un equipo de poetas que rechazaba, sino del director del periódico, que no entendía lo de los “peces de la tarde”, y menos su agonía. Dos meses después sometí a dos concursos esos poemas juveniles, escritos en mis cuadernos escolares, y en cada uno de ellos gané el primer lugar. Fueron publicados en este periódico.

Respecto de las transformaciones culturales, me refiero al ejemplo citado arriba, de las aulas que no han cambiado en 100 o 200 años (mientras “todo cambia”, según la canción de Mercedes Sosa), en similares contenidos se refiere el gran educador y psiquiatra chileno Claudio Naranjo.

Naranjo, gran luchador por transformar el sistema educativo, en sus conferencias por Estados Unidos y el mundo ha procurado influir en los cambios de la personalidad, en forjar nuevas actitudes hacia la superación social. La educación es ese medio para transformarnos: “nada es más esperanzador en términos de evolución social que el cultivo de la sabiduría individual, la compasión y la libertad”.

A propósito de Gavidia y Masferrer, ese camino pareciera irreparable y tortuoso hasta lo eterno, pese a nuevas modalidades de lectura impuestas por la realidad tecnológica. En ese reto estamos al cumplir el 148.º aniversario de la Biblioteca Nacional. Las bibliotecas existen desde hace 2,000 años y continuarán existiendo, pese a los cambios en los formatos, pese a transformaciones en la cultura de la información.

Así pasó en los siglos pasados y pasará en lo porvenir, desde el invento de la imprenta a la lectura digital en monitores, en laptops o en teléfonos. Mientras haya vida terrestre, habrá bibliotecas y libros. La sociedad mundial se irá adaptando a lo nuevo en beneficio del desarrollo económico y social.

A ese propósito pronto reprogramaremos una exposición de logros para celebrar este aniversario (por fuerza mayor tuvo que suspenderse). En todo caso, importa prepararnos para darle la bienvenida al siglo y medio de existencia de la Biblioteca Nacional, para 2020.

El proceso de divulgación del conocimiento debe ir de la mano con la tecnología, y esto no rivaliza con el esfuerzo de seguir adelante con nuestras iniciativas por la lectura y el libro bajo el lema de que “si la montaña no viene a ti, debes ir a la montaña”.