Exageraciones de la corrección política

El viernes 26 de enero de este año, el cuadro “Hilas y las ninfas”, del pintor británico John William Waterhouse, fue retirado de exhibición en la Manchester Art Gallery de Inglaterra. En su lugar, los visitantes encontraron un letrero explicando que el cuadro había sido retirado de manera temporal para impulsar la conversación sobre cómo se exhiben e interpretan las obras de arte en su museo.
Junto al letrero que anunciaba el retiro del cuadro había papelitos Post-it para que el público pudiera dejar un comentario. No solo fue retirado el lienzo sino también las postales de la misma imagen que se vendían en la tienda del museo.
El cuadro en cuestión es una representación del momento en que Hilas, uno de los argonautas, acompañante y sirviente de Heracles, es abducido por un grupo de ninfas en la fuente Pegea, de Misia. Las ninfas están desnudas, semisumergidas en el agua e incitan al joven a sumergirse con ellas.
La indignación que esto causó entre los visitantes del museo se convirtió muy pronto en noticia internacional. Clare Gannaway, la curadora, salió al paso diciendo que no se trataba de un acto de censura, sino de una forma de impulsar una discusión necesaria en la actualidad. De hecho, la situación es parte de una acción artística de Sonia Boyce, quien analiza los “problemas de género” en la pintura y la cultura del siglo XIX. Durante el retiro del cuadro estuvieron presentes varios curadores y artistas. El evento fue filmado y el video será presentado en la retrospectiva de la obra de Boyce, que tendrá lugar de marzo a septiembre de este año.
El cuadro de Waterhouse se encontraba en un salón llamado “En busca de la belleza”, un nombre que a Gannaway le parece incorrecto porque contiene “artistas masculinos persiguiendo el cuerpo femenino, representado en forma decorativa o de ‘femme fatale’”. Gannaway admitió que los actuales movimientos de #MeToo y Time’s Up la habían hecho reflexionar sobre el contenido del museo.
El asunto hace recordar otro caso ocurrido hace poco. La empresaria Mia Merrill encabezó una colecta de firmas para que el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York bajara el cuadro “Teresa soñando” del pintor franco-polaco Balthus. En el cuadro, una niña está sentada con las manos apoyadas sobre la cabeza, los ojos cerrados y la pierna izquierda flexionada, apoyada en un banco, mientras un gato come en el suelo. La posición de la pierna de la niña, que está vestida con blusa manga corta y falda, permite ver una parte de su ropa interior.
Merrill decía que el cuadro era una incitación a la pedofilia. Pedía que si se iba a continuar exhibiendo, que por lo menos se colgara una advertencia diciendo que algunos espectadores se sienten perturbados o insultados ante dicho cuadro. El museo se negó a ambas peticiones, reiterando su deseo de contribuir en la continua evolución de la cultura “a través de la discusión informada y el respeto a la expresión creativa”.
Descalificar como arte o retirar el acceso público a obras cuyo contenido resulta incómodo de acuerdo con nuestras creencias particulares es no comprender los mecanismos de la representación artística. No se pueden leer las obras del pasado aplicando la visión política e interpretaciones ideológicas del presente sin que algo se tuerza en el camino. Es necesario conocer el contexto en el que la obra fue creada para comprender los elementos que la componen y los motivos por los cuales fue representada de esa manera.
Retirar obras de arte de museos por ser políticamente incorrectas es una forma de censura. Se convierte en tal desde el momento en que quien tiene el poder de decisión sobre lo que vemos teme o desconfía de la interpretación que haga el espectador de la obra, que es precisamente una de las particularidades del arte: el nulo control del artista sobre la interpretación de su obra. Esta se complementa, se nutre y se enriquece con las múltiples interpretaciones surgidas entre los receptores. Cuando una institución o ideología pretende “explicar el mensaje de la obra” y plantearlo como una interpretación única, lo que hay es imposición ideológica, no un ejercicio pleno del derecho de cada individuo de tener y formar una opinión propia.
La lucha feminista actual está haciendo visibles las diversas maneras en que las mujeres han sido (y siguen siendo) abusadas, violentadas, subestimadas, invisibilizadas y discriminadas. Ojalá que las denuncias ya realizadas y las que estén por venir logren cimentar los cambios sociales que se necesitan para que las desigualdades de diversa índole que rigen las relaciones entre hombres y mujeres lleguen a fundar prácticas y manifestaciones de auténtica igualdad. Pero para lograr esos cambios es imprescindible cambiar conductas y pensamientos de manera estructural. Eso se logrará con educación e información, no con censura; con discusión e intercambio de opiniones, no con la imposición de verdades absolutas.
Para quienes concebimos el arte como un espacio de libertad plena, el impulso creativo es una herramienta que nos permite explorar al ser humano, plantear preguntas sobre nuestra realidad y nuestro presente, reflexionar sobre nuestro tiempo y nuestra circunstancia. Pero para que la obra resultante manifieste plenamente lo que queremos decir, es importante no pensar en la corrección política, es decir, no autocensurarse.
El exceso de corrección podrá afectar la creación artística y literaria forzando narrativas y contenidos si el artista se doblega ante ello, pero también forzará la lectura del espectador o receptor de la obra de arte, como en los casos de los cuadros de Waterhouse y Balthus.
Justo hoy que escribo esto, 3 de febrero, la Manchester Art Gallery anunció que ha vuelto a colgar el cuadro de Waterhouse en su lugar, luego de las incontables acusaciones de censura recibidas desde todas partes del mundo.
Hay una fina línea que separa la corrección política del fanatismo. La exageración y la censura son dos maneras de cruzarla.

Malas madres

Cuando algo se desconoce, se le rechaza o se le tiene miedo. La ignorancia es la puerta de entrada perfecta para el prejuicio, el repudio y el mito. Por el otro lado, el conocimiento se yergue como una luz que permite apreciar las cosas mejor y emitir valoraciones mejor sustentadas y más empáticas.
¿Ha oído hablar de la depresión posparto? Seguramente sí, más de alguna vez. Por desgracia, es poco lo que se divulga sobre qué es verdaderamente, sus causas y sus repercusiones. Como tantos otros temas de salud mental, suele estar rodeada de un halo de escepticismo, medias verdades, interpretaciones subjetivas y opiniones más basadas en el “dicen que” o “creo que” que en hechos comprobables y datos científicos, que, si uno los busca, abundan.
La depresión es una enfermedad grave, severa, inhabilitante, que es causada por cambios químicos en el cerebro, desequilibrios en la forma en que este funciona y deficiencias en los neurotransmisores que permiten que nos sintamos bien. Estar deprimido no es simplemente estar triste, y para tratar esta enfermedad se requiere de tratamiento médico y acompañamiento de la familia y los amigos.
En las mujeres, el embarazo y el parto conllevan un remolino de cambios físicos, sociales, de rutina, pero también hormonales, además del estrés que implica hacerse cargo del bebé. Son comunes después del parto los cambios bruscos en el estado de ánimo, la ansiedad, el malestar por la falta de sueño. Generalmente esto dura poco tiempo, y se supera, pero cuando esto se prolonga o agrava, se habla de depresión posparto.
La nueva madre puede sentirse sin esperanzas, sin capacidad de hacerse cargo de su bebé. En algunos casos se pierde el interés por el niño o, en los más graves, surgen deseos de lastimarlo o lastimarse. Por ello en muchos países hay protocolos de acompañamiento y vigilancia para evitar que la madre y el bebé se queden solos, así como atención en salud mental como parte del tratamiento posparto.
Quienes padecen de depresión posparto, en cualquiera de sus grados de gravedad, no son malas madres. No es que no quieran a sus hijos. No es que estén lejos de Dios o que no tengan fe. No es que sean débiles o que no tengan carácter. Tampoco tiene que ver con que hayan deseado o no convertirse en madres.
Todos estos mitos hacen difícil que las mujeres sepan por lo que están atravesando, que hablen de ello o que busquen ayuda, por miedo a las críticas, al qué dirán o a que las consideren “locas”. Poco a poco se habla más del tema y es común que haya más mujeres que admitan, años después, que atravesaron episodios de depresión posparto, superándolos algunas por sí mismas y otras con oportuna ayuda médica.
La salud mental debe dejar de ser tabú, pero en este tema en específico se requiere especial empatía y mayor divulgación. La maternidad debe dejar de ser vista como el epítome del sacrificio para las mujeres, no debe vinculársele per se con el sufrimiento y el dolor, y los sentimientos de ansiedad, de agobio y de tristeza extremos no deben normalizarse. Hay que estar atentos y abiertos a las necesidades de las nuevas madres y procurarles la ayuda que requieran.
Es muy dañino tratar estas situaciones desde la ignorancia o el prejuicio. Una mejor comprensión de los riesgos que trae consigo la depresión posparto puede salvar vidas. La atención en salud mental es una gran deuda que tenemos como país, pero está en nuestras manos educarnos mejor al respecto, investigar antes de hablar para criticar o simplemente repetir bulos. Empecemos a informarnos mejor y a ser más comprensivos. Encendamos esa luz.

La hipocresía absoluta de la campaña electoral

Aquí vamos de nuevo: candidatos reciclados, políticos con décadas de (mal) servicio público a sus espaldas que, confiados en nuestras usuales sobredosis de falta de memoria, se pintan con “fotoshop” en vallas, carteles, buses, mupis y redes sociales para hacernos olvidar todas sus sandeces. Confían plenamente en que no nos acordaremos de lo que han hecho.
Nuestro deber ciudadano es recordarlo y tenerlo en cuenta a la hora de votar por unos, por otros, de cruzar el voto, de anularlo o de, simplemente, no ir a votar. (Soy de los que creen firmemente en que la democracia no se reduce al acto del sufragio y en que es mi derecho absoluto –el de nadie más– decidir qué hago con mi derecho a votar: ¿penar con cárcel la nulidad o la abstención? ¿En qué siglo estamos?).
Más que marcar o no marcar, nuestro deber ciudadano más importante es la veeduría, la exigencia de someter a escrutinio las acciones de quienes, como soberano, delegamos el control de las decisiones políticas y, tan importante, el uso del arca pública.
Dice la Constitución de El Salvador que los candidatos deben ser personas de probada honradez e instrucción notoria. Ni lo uno ni lo otro en muchos casos. Con lo de la instrucción notoria solemos ser un poco más exigentes: no dudamos en saltar a la yugular –vía redes sociales, por supuesto– ante un post mal escrito por una candidata o ante errores de ortografía de un viceministro. Todo eso está muy bien, pero no es ni suficiente ni lo más importante. Cuando se trata de reclamar por lo otro, por la falta de honradez, solemos ser mucho más permisivos.
Y por honradez no hablo solo del robo o el mal uso descarado del recurso público, como es el caso de un candidato del PCN por La Libertad que aceptó en sede fiscal haber recibido en sus cuentas dineros relacionados con el caso por el que el expresidente Antonio Saca ha sido acusado de delitos de corrupción y enriquecimiento ilícito.
Falta de honradez, hipocresía, es también invocar sin reparos la perorata de la Mano Dura, el ustedes-los-malos contra nosotros-los-buenos cuando se ha alentado, tolerado o simplemente se ha sacado provecho electoral de negociaciones subrepticias con las pandillas. Tal es el caso de al menos dos candidatos a alcalde por el partido ARENA y dos por el partido FMLN.
Y falta de honradez es, por ejemplo, el discurso del presidente de la Asamblea, el primado del discurso “manodurista” que, por otro lado, fue uno de los principales impulsores del intento fallido por reelegir al abogado Luis Martínez, preso y procesado por corrupción, como fiscal general de la república. Hay una palabra para describir eso y no es honradez, es cinismo.
Falta de honradez es también la de José Luis Merino, quien con la aquiescencia de sus jefes también apuñaló la Constitución (lo de apuñalar no es construcción mía, es de Schafik Hándal, líder histórico del FMLN) para ser candidato a diputado sin dejar de ser viceministro y así garantizar su inmunidad. Merino, como ha señalado este periódico, ha sido el centro de un oscuro conglomerado financiero relacionado con el partido en el gobierno.
¿Y Francisco Merino? Él, al menos, es más directo: posa sin reparos con Juan Umaña Samayoa, un prófugo de la justicia.
Y así.
De nuevo: la próxima Asamblea Legislativa tendrá que decidir quién es el sucesor o la sucesora de Douglas Meléndez al frente de la Fiscalía y quiénes serán los titulares de la nueva Sala de lo Constitucional, entre otros funcionarios de segundo grado.
¿Qué podemos esperar si votamos por quienes negocian con pandillas, cabildean por llevar corruptos a la Fiscalía, apuñalan la Constitución o, tan frescos, hacen campaña con orgullo al lado de un prófugo? Siempre tenemos una opción: podemos no votar por ellos.

Carta Editorial

Migrar en las condiciones en las que lo hacen muchos salvadoreños es doloroso. El desarraigo abrupto no solo deja consecuencias en lo físico. Lo emocional se ve afectado en una escala difícil de medir. El que abre esta revista es un reportaje que explora el panorama que recibe a los compatriotas que huyen hacia Costa Rica. Porque la forma en la que son obligados a dejarlo todo se parece más a eso, a huir, a escapar de un peligro que creció demasiado.

En Costa Rica, pese a la cercanía geográfica y el lenguaje en común, los reciben con una pared de distancia. El primer obstáculo es el de conseguir empleo. Los salvadoreños protagonistas de esta historia cuentan cómo, pese a estar calificados para realizar labores, no consiguen quien los contrate por falta de documentos.

A Costa Rica le preocupa que la cantidad de peticiones de refugio de parte de salvadoreños haya ido cada año en aumento. El Salvador también debería mostrar esta preocupación en una mayor escala. Debería estar interesado en saber por qué la población deja todo, debería hacer mucho más para evitarlo y, en caso de no poder obtener resultados a corto plazo en este punto, debería hacer muchas más gestiones para ayudar a los que no han hallado más opción que partir.

Pero lo que uniforma a las historias de estos desplazamientos forzados es, aparte del miedo, la soledad. La familia a la que pertenece este relato no ha encontrado solidaridad en los Estados, la ha hallado en los vecinos, otros como ellos que no tienen mucho pero que comparten lo que tienen.
La migración para los salvadoreños sigue siendo un camino de desesperados.

“Me quedé para jalar la carreta”

¿Cómo imagina el teatro de El Salvador en 10 años?

Apostándole bastante a las historias de nosotros. No quiere decir que no vayamos a hacer clásicos, porque eso es maravilloso. Pero me parece maravilloso también cuando se conecta con la realidad de uno.

¿Por qué hacer obras de teatro sobre temas difíciles de asimilar como sociedad?

Hemos notado que hay cierta indiferencia o ganas de tapar el sol con un dedo, de que hablemos solamente bien de El Salvador cuando la realidad es otra y vemos que no se habla de eso aparte de lo que cubren los medios.

¿Por qué apostarle a una carrera en El Salvador?

Porque amo a El Salvador, porque me duele El Salvador y porque creo en El Salvador. Me quedé para jalar la carreta.

¿Cuáles son sus nombres favoritos?

Zoé y Tessa, los nombres de mis hijas.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Tener un balance, lograr lo que uno quiere con la felicidad de uno mismo y los que están a la par.

¿Qué es lo que necesita en este momento?

Tiempo para estar conmigo misma.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Hacer teatro, porque me expongo un montón. A veces las cosas que no puedo expresar como Paola las expreso a través del teatro.

Buzón

Buzón

Masacres por doquier

Me solidaricé mucho con un pensamiento de la carta editorial de 7S del domingo pasado: “Hay dolores que el tiempo no cura. Son del tipo que solo se puede atenuar con la justicia”, en referencia a una de las tantas masacres en El Salvador que han quedado impunes: la masacre de El Calabozo, hace 36 años, en el departamento de San Vicente. Aunque no es nueva la denuncia de masacres, que cuentan con irrefutables pruebas de quienes las sufrieron, duele que estos ataques a la vida continúen impunes, y que miles de vidas, en cuenta mujeres embarazadas, niños y ancianos, hayan perecido y sigan sin hacerles justicia. En conversatorios sobre las masacres, llegamos a una conclusión dolorosa: ninguno de los culpables ha sido indiciado, capturado o está preso. Se lo decimos con vergüenza a los grupos de derechos humanos que visitan el país. Las autoridades salvadoreñas han agravado el dolor y el trauma de los sobrevivientes al no hacer comparecer ante la justicia a ninguna de las personas que ordenaron o cometieron la masacre, a pesar de que se ha comprobado que fueron asesinados a sangre fría en la zona conocida como El Calabozo.

La comunidad internacional rechaza las guerras, porque toda guerra es inhumana; las hacemos los hombres, pero es inhumana porque produce muerte, destrucción, sufrimiento. No hay guerras justas, como pretendían los masacradores de El Calabozo, ya que toda guerra, aunque políticamente parezca aceptable, es injusta porque sus consecuencias son siempre desastrosas para un grupo grande de seres humanos que no pueden escapar de ella. Todos sabemos perfectamente que quienes sufren en una guerra, cualquiera que sea su origen, son los niños, los ancianos, los pobres y las mujeres, es decir, las personas más débiles de la sociedad, que no tienen nada que ver ni con su origen ni con sus resultados. La guerra nace del orgullo, del egoísmo, de la intolerancia.

En El Salvador se han librado muchas guerras, pero por eso no somos más libres, más justos ni más felices. Todo lo contrario: con la llegada de gobiernos de izquierda, tuvimos la esperanza de que estas masacres fueran investigadas y poner en el lugar que le corresponde a quienes las perpetraron. Pero no lo hicieron ni en las promesas de campaña, a lo mejor porque también tienen cuentas que saldar, bajo el pretexto de que “yo no te acuso para que tú no me acuses”.

Estas masacres fueron negadas por mucho tiempo no solo por los autores, sino también por los gobiernos que nunca quisieron investigarlas. Tuvieron que denunciarlas las agencias internacionales de información, como una demostración de que no se pueden cubrir con el velo de la impunidad hechos que entristecieron a la humanidad.

René Alberto Calles
[email protected]


Masacre en el olvido

Uno de los episodios sangrientos de la guerra civil que asoló nuestro país fue la llamada El Calabozo, llevada a cabo por el ejército nacional en agosto de 1982, en plena guerra civil. Algunos sobrevivieron, hoy son testigos que narran lugar, fecha, hora y por qué algunos decidieron huir, pero como la mayoría eran ancianos y niños, decidieron refugiarse en sus casas. Después de varios días de bombardeos, los soldados del Ejército Nacional atacaron la región en la que no hubo resistencia por parte de los pobladores y solo llegaron a matar los animales domésticos y todas las personas que no pudieron huir. También les quemaron sus casas. A esta operación le llamaron “Tierra quemada”. Desde esa fecha, los sobrevivientes y familiares de los fallecidos luchan para que se haga justicia, pero cada vez que reabren el caso han encontrado impedimentos legales.

Según el reportaje de Valeria Guzmán, ahora existe una resolución de la Sala de lo Constitucional que abre el caso, y se realizó una inspección de los lugares donde quedaron esparcidos los restos de los familiares. Hay que hacer valer los derechos fundamentales de los sobrevivientes y familiares de las personas que fueron asesinadas sin causa alguna. Los testigos presenciales dan cuenta de quienes realizaron esta masacre y, por cosas del destino, el alcalde de la localidad puede dar su declaración por ser uno de los sobrevivientes. Pero surge una pregunta, ¿por qué el Ministerio de la Defensa destruyó documentos relacionados con la matanza? Los pobladores tienen derecho a la verdad para reivindicar a sus familiares señalados como guerrilleros, pero lo que solicitan es conocer la verdad y las motivaciones de estos operativos para su respectivo proceso judicial, deducir responsabilidades para escribir la historia de manera justa y mencionar los nombres de los responsables para evitar nuevas violaciones de los derechos humanos.

Rutilio López Cortez
[email protected]


Desempolvando un derecho

En El Salvador el pasado sigue estando muy presente. El conflicto armado dejó tanto juicio pendiente que el siglo presente será poco para ir desempolvando un derecho que tiene cualquier salvadoreño doliente a que se investigue su caso por oculto que este se quiera perpetuar. En el prestigioso portal de Séptimo Sentido de LA PRENSA GRÁFICA, que cada domingo abre sus puertas con valiosos temas de memoria histórica, Valeria Guzmán rubrica la investigación de la edición 497 bajo el título “El Calabozo: el retorno de una denuncia 26 años después”, donde familiares de las personas asesinadas a orillas del río Amatitán, jurisdicción de San Esteban Catarina, reviven el dolor de esa fecha aciaga, 22 de agosto de 1982, angustia que han arrastrado desde entonces y que perdura como si hubiera ocurrido ayer.

El caso fue archivado tras la aprobación de la Ley de Amnistía, creada como tapadera para proteger a los responsables de aquella y otras masacres, pero esta normativa fue declarada inconstitucional por la sala. Lamentablemente, algunas personas acusadas de estar implicadas en aquellas matanzas han ocupado y siguen ocupando cargos que les han servido de coraza ante un sistema judicial que ha desairado reiteradas veces a las víctimas. Lo que claman aquellos desdichados familiares es verdad y justicia, las autoridades responsables de escucharlos han agravado su trauma y su dolor al no hacer comparecer ante la justicia a ninguna de las personas que ordenaron o cometieron la carnicería. Ya es hora de cumplir una reparación a los sobrevivientes enjuiciando a los verdugos del pueblo. Por ahora, este emblemático caso sigue siendo una deuda con los familiares de las víctimas, pero ya está en fase de instrucción penal en un juzgado del departamento de San Vicente. Como dicen, la verdad no peca pero incomoda, pero sin ese ingrediente de tan alto valor dignificante, difícilmente se puede llegar a la consolidación de la paz. Podemos colegir, entonces, que las demás instituciones deben tener avances en lo que corresponde.

Julio Roberto Magaña
[email protected]

Álbum de libélulas (190)

1555. BUSCANDO NORTE

El profesor de geografía no era especialmente elocuente a la hora de describir las diversas zonas del mapamundi, y por eso aquel día cuando comenzó la clase los estudiantes se sorprendieron por el entusiasmo que mostraba. Comenzó haciendo algo parecido a una confesión: “Lo que prefiero son los espacios abiertos al aire y a la luz, y por eso me siento tan cómodo en el trópico; pero en los últimos días me ha estado naciendo la tentación de ir por aquí…” Y señalaba con los dedos un área en el norte de Canadá, al borde del Atlántico. El más avispado de los alumnos alzó la voz: “Teacher, usted quiere irse para Halifax, ¿verdad?”
—“¿Halifax? ¿Por qué se te ocurre Halifax?”
—“Porque su dedo índice apuntó hacia ahí”.
Todos se rieron, salvo el profesor, que interpretó aquello como una inocente señal del destino.

1556. FIGURAS AFINES

Alguien le preguntó una vez en algún encuentro de ocasión: “Usted no parece natural de este lugar. ¿Dónde vivió antes?”
Y él no vaciló en dar su respuesta: “En el más tranquilo de los mundos: en un cuadro clásico”. Parecía una respuesta en broma, y el que había preguntado la tomó como tal: “Entonces, viene de un museo. Será un museo famoso, me imagino”.
El aludido esbozó una amplia sonrisa que se convirtió de inmediato en mueca inocente: “Claro, es un famoso museo y está aquí a la vuelta de la esquina…”
El otro se quedó en vilo: “¿Un museo? ¿A la vuelta de la esquina? Cómo va a ser, hombre, si estamos en una suburbio donde solo hay casitas apiñadas…!”
La reacción fue casi graciosa: “Ah, entonces usted no se ha dado cuenta de que lo clásico puede estar en cualquier parte… Mírese a usted mismo: una figura surrealista que anda en busca de albergue…”

1557. MENSAJE DE ACOGIDA

Cuando estuvo en París por primera vez, uno de sus destinos favoritos era la Librería Española, ubicada entonces en el 72 de la Rue de Seine. Llegaba por las tardes, antes de acudir a los cursos de la Alianza Francesa, y ahí hacía su excursión cotidiana por las más diversas comarcas imaginadas. Era otoño penumbroso y las reminiscencias de las tierras perpetuamente radiantes se hacían más vivas. Por eso aquella tarde se detuvo en un tomo que contenía novelas escogidas de Rómulo Gallegos. Era el contraste perfecto: las brumas friolentas y los llanos despejados. Tenía en sus manos el pequeño tomo empastado en cuero de la Colección Joya de la Editorial española Aguilar, y al sentir aquel contacto se le activó en la conciencia un chip desconocido: de entre las páginas surgió un soplo de aire que le decía: “Búscame, estoy en la calle, París nos ama…”

1558. EXPLICACIÓN CONVINCENTE

Aquel jovencito acababa de ser expulsado del colegio donde estudiaba porque le habían encontrado drogas químicas en su mochila. El director lo encaró con el estilo directo que le caracterizaba: “Estás en graves aprietos, Edwin; y vas a tener que decir toda la verdad para poder evitar consecuencias mayores”. El muchacho se quedó impávido y su respuesta parecía un juego de imágenes: “Alguien que no conozco me puso eso ahí. Creo que fue en un sueño”. “¡Come on, Edwin, no estamos para bromas absurdas! Lo que te espera es la expulsión inmediata…!” Así fue. Pero el padre del adolescente, que era un señor de mucha influencia, activó gestiones para que regresara. Lo primero que hizo el retornado fue ir a ver al director: “Don Tony, aunque usted no me crea, todo pasó en un sueño. El dealer tenía alas, y por eso no me dio desconfianza…”

1559. PARÁBOLA DEL INGENIO

“Te dije que me gusta soñar, pero me lo tomaste tan a la ligera que preferí ya no hacer ninguna referencia al asunto, que para mí es cuestión de gracia o de desgracia…” Estaba diciéndoselo a la mujer de sus sueños, y por eso para él aquella declaración tenía trasfondo doloroso. Ella lo miró como si se tratara de un desconocido. “¿Soñar? A mí también me gusta, pero la vida es otra cosa”. Él no pudo evitar preguntarle: “¿Qué querés decir cuando decís que la vida es otra cosa?” “Pues eso: que para vivir hay que estar bien despierto y con los pies sobre la tierra”. Él no hizo más comentarios, porque empezaba a entender lo que necesitaba hacer. Días después, cuando volvió por la tarde a la casa llevaba un sobre en la mano. “No te ofrezco los pies sobre la tierra pero sí los pies sobre el agua… Aquí están los pasajes del crucero que haremos dentro de un par de meses…”

1560. PARÁBOLA DEL ASCENSO

Hacía largo tiempo que iba a confesarse con el padre Esteban, en la iglesita del barrio, y ya por costumbre sus confesiones parecían relatos de aventuras sin relación de pecados. El padre Esteban, comunicativo por naturaleza, le dijo un día, luego de la confesión previsible: “Estoy gratamente sorprendido de que no seas pecador, y por eso lo único que tengo que hacer es bendecir tu conducta tan pura…” Él no hizo ningún comentario, pero se quedó con el dardo clavado. En la ocasión siguiente, solo unos días después, la camándula de pecados se hizo presente. El padre Esteban volvió a comentar, luego de las absoluciones previsibles: “¡Caramba, hoy eres un pecador disciplinado, aunque todos tus pecados son veniales…: lo que estás ganando es tiempo en el Purgatorio…” Y él pensó para sus adentros: “Lo que necesito es un pecado mortal que me libere”.

1561. DESTINATARIO FINAL

Todo estaba escrito en aquellas pocas hojas manuscritas que se guardaban en la gaveta que siempre se mantuvo bajo llave. Y cuando el autor de las anotaciones se escapó por la puerta falsa, la llave quedó en la cerradura de la gaveta, como invitando a abrirla. Ninguno de los otros habitantes del lugar se dio cuenta del detalle. Así pasó el tiempo, hasta que la habitación fue rentada a un estudiante que venía del interior del país. Él estudiaba hasta muy tarde, y aquella noche, en medio del silencio, escuchó algo fragoso en el rincón al que no le había prestado atención. Fue a ver. En el interior de la bodeguita se hallaba la gaveta. De inmediato activó la lleve y sacó las hojas que estaban adentro. Era un diario íntimo. Y cuando empezó a leerlo se identificó a plenitud con lo escrito. Era su propio diario íntimo de otra vida, que estaba esperándolo…

1562. MISTERIO EDUCATIVO

Logró una beca de estudios superiores en una universidad de Nueva York, y partió hacia allí lo más pronto que pudo, con toda la ilusión de formarse al máximo posible. Y al llegar, lo primero que hizo fue ubicarse en un apartamento ínfimo en Queens, con un parque en el entorno. Empezó a estudiar, pero su lugar de destino fue aquel espacio con árboles y ardillas. Hizo todo lo posible para salir adelante en el plano académico, aunque todo fue para que su otra escuela, la del bosque, le hablara con voces cada vez más imperativas…

“Nunca vi el monstruo que ocultaba”

Juan Carlos Sánchez Latorre, “el Lobo Feroz”
Depredador. A Juan Carlos Sánchez Latorre lo arrestaron el 1 de diciembre en Maracaibo, Venezuela.

El puesto ocho del cíber era su favorito.
Frente a una computadora de carcasas negras, se sentaba cada día a transcribir textos, alistar presentaciones con diapositivas, editar videos para sus clientes o revisar su cuenta de Facebook.
Siempre encaraba hacia la pared, concentrado con la cabeza gacha, hasta el punto de aislarse por completo del bullicio que lo rodeaba. A su lado colocaba una bolsa de caramelos de leche, chupetas de sabores varios, galletas o globos multicolores.

LAS GOLOSINAS Y CONFITES NO ERAN PARA ÉL.
Los reservaba para los niños que frecuentaban entre 2008 y 2009 aquel local de fotocopias, servicios detallados de internet y elaboración de trabajos universitarios, aún ubicado en la avenida Libertador de Maracaibo, en el occidente de Venezuela, frente a una cancha de baloncesto y entre calles atestadas de comerciantes.
Sus edades oscilaban entre los siete y los 12 años. Los sentaba en su regazo o entre las piernas para mostrarles videojuegos en línea o abrirles cuentas en alguna red social con las cuales podían comunicarse luego.

Deixi Tapia, una mujer morena, simpática, entrada a sus 50 años y es dueña del cibercafé Vasedeca, tiene la piel de gallina mientras recuerda esas escenas –que siempre le parecieron atípicas–, sentada en una silla de espaldar rígido en su negocio al mediodía del último día de enero.

Regañaba constantemente, sin éxito, a aquel hombre de origen colombiano, experto en computación y de actitud reservada que trabajó para ella durante 18 meses. De ello, hace 10 años. Lo conoció entonces como “Danilo Gutiérrez”.

Las autoridades policiales y judiciales de Colombia tienen registros de su verdadera identidad: Juan Carlos Sánchez Latorre, nacido el 13 de septiembre de 1980 en El Espinal (Tolima), criado en Barranquilla y señalado en su país de 276 abusos a niños, niñas y adolescentes entre 2001 y 2006.

Fue capturado recientemente en Venezuela luego de que la Policía lo buscó por más de cinco años.

“Yo sabía que él tenía algo que esconder, ¡yo sabía! Sabrá Dios cuánto desastre habrá hecho”, declara su expatrona, aún en shock por los reportes recientes de diarios locales, que dan cuenta de su detención en diciembre pasado en el oeste de la ciudad y también de sus fechorías en el país vecino.

Había estado preso en la cárcel colombiana La Modelo, entre marzo y noviembre de 2008, pero el Juzgado Séptimo Penal Municipal de Barranquilla ordenó su libertad por vencimiento de términos en el juicio en su contra por abusar de un niño de ocho años.

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MODUS OPERANDI
No fue sino hasta el 30 de enero de 2017, nueve años después, cuando la Organización Internacional de Policía Criminal (INTERPOL) expidió en su contra una circular azul, que tiene como objetivo “localizar, identificar u obtener información sobre una persona de interés en una investigación criminal”.

Las indagaciones revelaron su modus operandi de otrora: contactaba a los niños en centros comerciales o en las calles de Barranquilla, llevándolos posteriormente a moteles para filmarlos y tomarles fotos desnudos, bajo extorsión con dinero o amenaza con armas blancas.
La prensa colombiana lo apodó “Lobo Feroz” o “Sadyko 13”, como él mismo se identificaba en sus comunicaciones con su comprador. Halló escondite en la capital del estado fronterizo de Zulia a finales de 2008, según refieren conocidos y vecinos del centro de la ciudad.

Deixi lo describe como un hombre de escasos recursos, “inestable”, nómada, que en ningún momento mencionaba su pasado en Colombia. Demostraba pánico ante las cámaras, dice. Las evadía. Odiaba retratarse bajo la excusa de que no era fotogénico.

Era extraño que comprara tantos detalles para los niños cuando era conocido por su avaricia.
“Era muy miserable: no se tomaba un vaso de agua si había que comprarlo”.

Era una persona “normal”, “cerrada”, de porte “flaquísimo”, detalla Sergio. Agrega que vestía de shorts y franelas deportivas cuando deambulaba por esas calzadas, cercanas a las sedes administrativas de la alcaldía, la gobernación regional, el Consejo Legislativo y la catedral. Siempre mostraba fajas gruesas de billetes de bolívares al pagar sus comidas. Una cinta métrica guindaba de su cuello todos los días. Se vendía como sastre de oficio.

***

 

DISCUSIONES Y SOSPECHAS

Con nombre y apellido. Aunque en su día a día se hacía llamar “Danilo”, Juan Carlos Sánchez Latorre nunca ocultó su verdadera identidad en las redes sociales.

Al principio, era un empleado versado en sus oficios de computación, respetuoso, que acataba cada directriz. Había hecho amistad con profesores y estudiantes de colegios y universidades cercanas, como la UNIR.
“Él traía muchos clientes. Yo lo tenía observado”, se excusa la mujer.
Luego, comenzó a desafiarla en discusiones laborales y demostró poca paciencia con clientes, especialmente las mujeres.
“Danilo” controlaba las computadoras a su antojo. Solo él manejaba sus claves. Y las desbloqueaba para que menores de edad las usaran, pese a que las ordenanzas de la ciudad prohíben la permanencia de niños o adolescentes en sitios con acceso a internet.
La municipalidad sancionó al negocio por ello en dos oportunidades.
“Me echaba tierra en los ojos (engañaba) y lo volvía a hacer. Se le pegaba mucho a los niños, sobre todo a los varones”, lamenta Deixi, escudriñando con la mirada a su derredor para ubicar el par de multas impresas, todavía adheridas con cinta adhesiva en las paredes del cíber.
Deixi quiso saber de sus pasos a medida de que sus suspicacias aumentaban y ordenó a un conocido a seguirle hasta su casa, a unas cuadras. Lo hizo en más de una ocasión.
“Se metía la gorra en la cabeza hasta que casi no veía, iba con la cara tapada. En la plaza Bolívar siempre andaba como con cinco o seis carajitos, niños de la zona”.
La hija de Deixi le reprendía, entre chanza y celo, cada vez que lo veían en esas andanzas. “¡Vos tenés que ser violador!”, le recriminaba en su cara. “Y nos ponía la mirada fea”.

En noviembre pasado, a solo unos días de que los funcionarios de INTERPOL y el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) lo detuvieran, Deixi se lo topó en una agencia bancaria del oeste. “Danilo” le presentó como su esposa a Mariana, una veinteañera recién licenciada en Comunicación Social.

Su exjefa bromeó con que era la primera vez que le veía sin gorra.
Recuerda su respuesta: “Uno va madurando. Uno va superando las frustraciones”.

***

BIEN PORTADO TRAS LA MALDAD
“¡Ya va! ¡Ese es ‘Danilo’!”.
Mildred* interrumpió el corte de cabello de su cliente. Vio, sorprendida, cómo los detectives del CICPC y la INTERPOL detenían y esposaban a uno de los cuatro inquilinos que residían en los cuartos superiores de su vivienda, en el sector Cumbres de Maracaibo de la circunvalación 2, donde también administra su salón de belleza.
El hombre la miró con pena desde la patrulla, recuerda la mujer tras las rejas frontales de su hogar, pidiendo a su vez a la prensa que reserve su verdadero nombre.
“Pregunté por qué se lo llevaban y me dijeron que estaba solicitado por abuso a menores”.
Una investigación de la Organización Internacional de Policía Criminal que inició en febrero de 2011 permitió dar con el paradero de Sánchez Latorre en Venezuela, informaron medios colombianos. El descifrado de computadoras de otro delincuente similar en México, conocido como Héctor Manuel Farías, fue clave.
El arresto ocurrió a las 10 de la mañana del viernes 1.º de diciembre en la planta baja, justo enfrente de unas escaleras que anteceden a un piso de ocho habitaciones individuales, cada una en alquiler por 250,000 bolívares al mes. Los inquilinos solo comparten una cocina común.
Juan Carlos Sánchez Latorre residió durante “tres meses y pico” en una de esas habitaciones de 3×3 metros, baño individual y armario. Alguna vez pagó su renta con dinero en efectivo, escaso en Venezuela, y otras lo hizo mediante transferencias bancarias.
Mildred casi no lo trataba. Apenas lo saludaba frente a su hogar o le hacía encargos eventuales de comida cuando se dirigía hasta Los Plataneros, un mercado popular cercano.
La Policía regresó horas luego para entregarle las llaves de las puertas del primer piso y de su cuarto. Se llevaron las ropas y pertenencias del detenido. Entre ellas resaltaban afiches de series infantiles, como los “Power Rangers” y “Los caballeros del zodíaco”.
“Danilo” nunca incumplió las normas de la residencia.
Mildred aún no se zafa de su sorpresa.
“Yo decía que tenía que ser una equivocación. A veces (los criminales) tratan de ponerse bien cuando han hecho tanta maldad”.

***

EL SASTRE DE CALLE CARABOBO

Crianza. Juan Carlos Sánchez Latorre nació en El Espinal, Tolima, a 14 kilómetros al suroeste de Bogotá, y se crió en la ciudad colombiana de Barranquilla.

Sergio*, vendedor de jugos y cigarros de la calle Carabobo –un sector de casas de vieja data, fachadas coloridas, celebradas como parte del patrimonio cultural del Maracaibo de antaño–, quedó boquiabierto al ver la fotografía del abusador de menores que se le mostró.
“¡El corazón lo tengo acelerado! Lo veía siempre por aquí hace años. Venía todos los días a almorzar en ese restaurante”, El Kantv, un humilde comedor de la localidad, cerca del caso central.
Juan Carlos –de aspecto pálido y cabello negro, medianamente largo, en la gráfica– fue su vecino 10 años atrás. En esos tiempos alquiló una habitación en una casa de dos pisos y paredes de bloques, que antes operaba como sitio de tragos nocturnos.
Era una persona “normal”, “cerrada”, de porte “flaquísimo”, detalla Sergio. Agrega que vestía de shorts y franelas deportivas cuando deambulaba por esas calzadas, cercanas a las sedes administrativas de la alcaldía, la gobernación regional, el Consejo Legislativo y la catedral.
Siempre mostraba fajas gruesas de billetes de bolívares al pagar sus comidas. Una cinta métrica guindaba de su cuello todos los días. Se vendía como sastre de oficio.
“Yo le decía que manejaba muchos cobres, que si vendía droga, y él me decía que había vendido algunas cosas, que él era sastre”.
Sergio bromeaba invitándole a viajar a Colombia para escapar de la crisis económica. “Él me decía que no, que allá la vaina estaba pelúa (difícil), que me quedara aquí. A veces lo veía con chamas de 18 o 20 años en los centros comerciales, bellas”.
“¿Qué era sastre? No creo”, suelta, tajante y ofendido, Carlos Tovar Vargas. Él se autodenomina como uno de los únicos dos maestros de corte y costura que aún viven en el centro de Maracaibo. “Él solo hacía sus camisitas y sus pantalones. Era calla’o, como muchos por aquí”.
La gente asocia al colombiano con La Fortuna, una sastrería ubicada al lado de la casa donde vivía. Jorge Robles, su encargado, niega todo vínculo de amistad o labores.
“Él pasaba a veces por aquí. Nunca le vi interés en nada de eso de lo que lo acusan. Nos asombró que aquí viviera un monstruo así”.
Néstor Humberto Martínez, fiscal general de Colombia, informó el 24 de enero pasado que su despacho solicitó a Venezuela la extradición de Sánchez Latorre. También llamó a las víctimas en su nación a comparecer a las audiencias.
No hay denuncias en su contra conocidas en Venezuela.

La vecindad lo veía como un hombre inocentón, conversador, experto en computadoras, que ayudaba a gente de la localidad a hacer sus trabajos universitarios. Por algún tiempo, Sánchez Latorre se dedicó a revender comida. Llegó a pasar tanta necesidad que rebajó de peso, no pudo pagar su alquiler y tuvo que vender sus electrodomésticos para subsistir.

***

EL “CHAVO” DE LA CALLE 96-F

Un adolescente, de unos 15 años, juega a embocar una perinola roja tumbado en una acera de la calle 96-F del sector Los Claveles, donde residió Sánchez Latorre entre 2014 y 2017.
La fama de depredador sexual jamás le hizo sombra en esos predios.
El joven ríe nerviosamente cuando le mencionan a “Danilo”. Los muchachos de la cuadra compartieron con él como si se tratara de un joven más. No puede creer que haya violado ni abusado de menores de edad, como leyó en los diarios.
“Él vivió por aquí, claro. En el teléfono, un Nokia vieeejo, tenía como 800 juegos. Jugaba sobre todo uno de Dragon Ball. Usaba el Facebook. Él se pegaba a la cerca de la casa de enfrente para robarse la señal del wifi”.

La vecindad le veía como un hombre inocentón, conversador, experto en computadoras, que ayudaba a gente de la localidad a hacer sus trabajos universitarios.
Por algún tiempo, Sánchez Latorre se dedicó a revender comida. Llegó a pasar tanta necesidad que rebajó de peso, no pudo pagar su alquiler y tuvo que vender sus electrodomésticos para subsistir.
“Nunca se le vio el ‘sadiquismo’. Si se le desarrolló eso, fue para allá (Colombia)”, apunta la señora de porte robusto y tez oscura que le rentó una de las habitaciones de su hogar, ubicado a solo 50 metros de la iglesia cristiana Cimiento en la Roca.

“Danilo” no vivía solo. Lo acompañó su pareja, Roselín, con quien mantuvo una relación de más de dos años, según calculan las voceras de la comunidad. Cuatro meses antes habían compartido residencia en una casa de la circunvalación 3, en los límites de la ciudad.
La joven declaró al Diario Versión Final, un medio local, que Sánchez Latorre llegó a amarrarla para forzarla a tener relaciones sexuales.
Denunció que la fotografiaba desnuda, bajo amenaza. Testificó que él portaba una cámara en la que había gráficas eróticas y mencionó que la dejó en la calle al vender sus bienes.

BBC Mundo se aproximó a su nueva casa, ubicada a dos cuadras, pero sus ocupantes negaron que residiera allí.
Una vecina precisa que sus amoríos culminaron en 2015. “Ella dice que él quería que lo mantuviera. Todo el dinero se lo daba a él. Cuando rompió con Roselín, él le rogaba, le suplicaba, le lloró. Le pegó la separación”.
“Danilo” ventiló su despecho en Facebook. Una curiosidad: uno de los hombres más buscados de Colombia no ocultó su verdadera identidad en la red social.
Su perfil lo exhibía como Juan Carlos Sánchez, servicio técnico en computadoras, trabajador, servicial, caritativo, desarrollador de soluciones, creativo, analista, divertido”.

“Yo creo que no debería existir el 14 de febrero. Qué fecha tan (‘&#(=$%, cómo odio ese día y recordar la coña e’ madre esa de hace dos años”, escribió el Día de San Valentín del año pasado.

Mensajes bíblicos; anuncios de aparatos eléctricos a la venta, fotografías de Mariana, su última pareja; publicaciones de autoayuda; reportes de sus andanzas en videojuegos en línea –como Cookie Jam–, e imágenes de la serie animada “Los caballeros del zodíaco” atestan su “muro”.

Su afición a los juegos y al anime japonés no solo gozan de un altar en su cuenta de Facebook; también le valieron fama de tonto en Los Claveles.
Sánchez Latorre fue incluso el hazmerreír de sus vecinos en un carnaval en el que decidió disfrazarse como el protagonista de “El chavo del 8” para la fiesta organizada por la familia Osorio, cerca de su residencia. Se comprometió con su atuendo: lució los tirantes, el pantalón y los zapatos similares a los del personaje televisivo más famoso de Roberto Gómez Bolaños.
No fue su disfraz lo que despertó la burla, sin embargo, siendo hombre de pocos tragos, bebió tres cervezas antes de dormirse, acunado por una borrachera precoz, y amaneció traicionado por sus esfínteres.

Su arrendataria se ahoga con una risotada al contar la anécdota.
“Danilo” le tenía terror a la Policía. Lo demostró en otro festejo en el sector La Pastora: la rumba fue tal que los vecinos amenazaron con llamar a las autoridades y Juan Carlos se escondió horrorizado en un baño. “Tuvimos que sacarlo de ahí”, recuerda ella.
Un reporte del diario El Tiempo de Bogotá informó que Sánchez Latorre era uno de los principales proveedores de pornografía infantil al mexicano Héctor Manuel Farías, abusador en serie capturado en julio de 2007 y quien distribuía el material en varios países, según un informe de la INTERPOL.

La investigación detectó 1,400 envíos de materiales al mexicano en los que las víctimas son niños de entre los dos y 15 años. El colombiano recibió entre $200 y $400 por los catálogos de imágenes de niños barranquilleros, según las autoridades de la DIJIN citadas por el diario.
La arrendataria duda de esas versiones.
“No sé qué dólares tenía, si él pasaba hambre. Era tacaño, solo comía pan y fresco (soda)”.
Tampoco cree que haya abusado de nadie en su comunidad.
“Si hubiese pasado algo, aquí lo hubiesen matado”.

Crianza. Juan Carlos Sánchez Latorre nació en El Espinal, Tolima, a 14 kilómetros al suroeste de Bogotá, y se crió en la ciudad colombiana de Barranquilla.

***

ENCORVADO, NERVIOSO, HERMÉTICO
—Señora, ¿aquí editan videos?
—No, señor, aquí no edit…
—¡Heeeey! ¿Qué fue? Yo sé editar videos.
Leidys* quedó perpleja ante el grito que interrumpió su conversación con un cliente de su cíber poco antes de agosto de 2017. “Danilo”, su empleado, alzó la voz desde su puesto de trabajo, al fondo del local, para proclamarle su experticia.

Era su tercer empleo en un negocio de computación del sector San Rafael, al oeste de Maracaibo, muy cercano a la residencia donde meses luego le detendría la Policía.
“Sabe demasiado de computación, puede dar clases de eso. No puedo creer que sea esa persona de la que hablan. Era bien hablado, no era pasado, caminaba todo loquito, encorvado; eso sí, no tenía una mirada fija”, cuenta la mujer, que administra el negocio junto a su esposo.

Leidys lo recuerda como un hombre tacaño, que no violaba su presupuesto ni por un céntimo. “Él solo comía platanito con salsa de tomate y a veces sopa en un restaurante de comida china que queda cerca. Eso sí: era trabajador al 100 %. Le gustaba venir hasta los domingos”.
Esos días no tenía supervisión.
En las horas en que escaseaban los usuarios, “Danilo” se dedicaba a ver la serie anime “Los caballeros del zodíaco”. También en sus computadoras y redes tenía decenas de documentos bloqueados.
Aquellos cercos tecnológicos dificultaban el trabajo de los propios dueños y provocaron su despido. “Él decía que allí solo descargaba películas”. Una carpeta de videos que él administraba está vacía. La de juegos contiene tan solo una sección de Microsoft Games.
“Él cambiaba a diario las IP (números de identificación de la red) de las computadoras, hasta tres o cuatro veces”. Esos registros permiten a las autoridades y expertos en computación conocer la locación de todos los usuarios de internet.

Ni ella ni su esposo han sabido modificar la configuración de las redes de su local. La mayoría lleva aún el nombre de su exempleado: “Danilo 01”, “Danilo 02”, “Danilo 03”, “Los hermanos Kike”.
Sus accesos están restringidos con usuarios y claves que solo conoce el hoy detenido en la sede del Helicoide de Caracas, sede del servicio estatal de Inteligencia.
Meses antes, funcionarios de INTERPOL detuvieron al dueño de un cíber cercano que él frecuentaba. Denunciaron que desde ese lugar alguien había subido a la red un video de pornografía infantil.

Leidys saca sus cuentas. No le parece casual ese episodio dadas las revelaciones sobre Juan Carlos, alias “Danilo”.

“Era muy nervioso con la Policía”.

Una vez hubo un problema con un cliente porque mi esposo rompió sin querer un título universitario original. “Llamaron a la Policía y él salió corriendo, se fue del local”.

***

“QUIZÁ DEJÓ ATRÁS LA MALDAD”
—Se dice que Juan Carlos tuvo una cercanía preocupante con niños, que los sentaba en sus piernas en los cíber.
—Esos niños éramos mi hermano Steven y yo. Yo tenía como 11 años. En ningún momento él se propasó, ni lanzaba indirectas, ni un roce. Nada de eso.
La conversación con Michell Parra transcurre en dos fases: en un trayecto de 20 minutos en carro desde el centro de Maracaibo; y, luego, sentados en un café exprés al norte de la ciudad.
Es un joven veinteañero, moreno, esbelto, de 1.68 metros de estatura; luce un crucifijo de plata encima de su camisa celeste de cuello cerrado.
Sus padres acogieron años atrás a Juan Carlos en su negocio, a apenas metros del cíber de donde Deixi le despidió en el centro de Maracaibo por sus comportamientos indecorosos.
Le permitieron instalar una mesa de trabajos escritos frente a su hogar-restaurante.
“Era como el tío grande de nosotros. Jamás lo vi como un depredador. Era agarra’o (avaro) y pela’o (sin dinero). Era un niño viejo. Era muy sano, no tenía vicio. Su único vicio era la computadora. Donde paraba, caía bien. Era un poco mente de pollo, eso sí”, cuenta, desahogando en segundos su defensa del Juan Carlos que él dice conocer.
Hace solo horas, Michell se enteró de la detención de su amigo. Vivió el último par de meses en Colombia, donde vende artesanías guajiras, y no se había informado de nada. Su madre, quien siempre tuvo reservas hacia él, preservó las ediciones de los periódicos locales donde contaban los antecedentes de Sánchez Latorre para que las leyera.
“Estoy incrédulo”, manifiesta.

Alias. La prensa colombiana apodó “el Lobo Feroz” a Sánchez Latorre después de que se conoció su modus operandi. Lo arrestaron el 1.º de diciembre en Maracaibo, Venezuela.

No ocultó su identidad ante su hermano ni él. No era el hombre de dos cédulas venezolanas distintas. Para ellos, era “Juan Carlos” o “Shaka”, como su personaje favorito de “Los caballeros del zodíaco” –que lleva tatuado desde niño–.
Compartían la afición por el anime. Salían a divertirse juntos a pesar de sus diferencias de edad.
“Éramos su círculo de amistad. Fue mi maestro. Éramos sus protegidos en lo que a computadoras se refiere. Con una computadora, era un Dios, un astro. Nunca mostró con nosotros esa faceta que ahora se le descubre”.
La cercanía permaneció. Continuaron las salidas a centros comerciales, acudían al estreno de alguna película –mejor si era de ciencia ficción o de superhéroes de cómics–, o participan en una convención local de entusiastas de animes japoneses.
El grupo estaba conformado por siete jóvenes más Juan Carlos. Ya mayores, visitaban una taberna cercana a la calle Carabobo, llamada Ateneo, donde bebían y hablaban de sus novias, afirma Michell.
Le conoció una pareja distinta a Roselín y Mariana, la comunicadora social con quien vivió en el edificio Terrazas de Maracaibo antes de que sus padres lo botaran.
“Tuve también conocimiento de una que estaba embarazada y, cuando iba a parir, él era el padrastro del niño. Eso fue cuando vivía por la calle Carabobo (alrededor de 2008)”.
Niega que los maltratos a Roselín, también su amiga, sean ciertos. “Ella nunca habló de eso. Nunca tuvo marcas ni nada”, es su argumento.
También dice no creer que Juan Carlos haya manejado cifras millonarias o en divisas extranjeras. “Veía sus estados de cuenta y no tenía mucho dinero. Lo ayudé a vender cosas de él porque no tenía cómo sustentarse”.
Sánchez Latorre llegó a aconsejarlo en sus relaciones. Los regañaba si tenían expresiones o gestos amanerados, cuenta.
“Nos decía que ese no era el comportamiento de un hombre cuando se nos salían unos chinazos” –como se conoce en Venezuela a los dichos o chistes de corte homosexual–”.
De su vida pasada en Colombia, les contó que vivía con su madre. La describía como una mujer estricta. Les explicó que migró a Venezuela para hallar mejoría económica.
Nunca mencionó juicios ni acusaciones.
Juan Carlos, según Michell, llegó a hacer amistad con funcionarios policiales a los que favorecía con sus tesis o presentaciones de trabajo. Un detective de la INTERPOL, confirmaron otras fuentes consultadas, llegó a agradecerle con un bono de dinero en efectivo el que le ayudara a conseguir tres calificaciones excelentes consecutivas.
Les narraba con frecuencia cómo en su país tenía que esconderse el tatuaje de Shaka, de virgo, para que no lo confundieran con un miembro de una banda criminal llamada “Los caballeros del zodíaco”, cuyos integrantes marcaban sus cuerpos con los personajes que mejor simbolizaban sus jerarquías.
Shaka de virgo, en la serie animada, es un personaje representado por un hombre joven, de cabello rubio y ojos azules, conocido por su inteligencia y por su don de saber la verdad escondida entre las apariencias. También le caracteriza su obstinación y, a veces, su crueldad. Su nombre significa “el más cercano a Dios”.
Michell, mientras saborea un latte vainilla y come una empanada frita de queso, confiesa que prefiere creer que Juan Carlos, su “maestro”, su “protector”, su amigo de mil salidas, transfiguró su personalidad al venir a Maracaibo.
“Quizá él dejó atrás toda la maldad que llevaba dentro. Nunca le desearía el mal. Si hoy lo veo, le doy la mano y lo abrazo. Él para mí fue un amigo. Nunca vi el monstruo que él ocultaba”.

*Las personas marcadas en este reportaje solicitaron a BBC Mundo reservar sus verdaderas identidades por temor a represalias.

Escenario. La calle Carabobo, en la que vivía Juan Carlos Sánchez Latorre, recuerda el patrimonio cultural del Maracaibo de antaño.

El Calabozo: El retorno de una denuncia 26 años después

El Calabozo. Esta es la zona cercana al cantón Amatitán Abajo donde se ha construido un monumento para honrar a las víctimas de la masacre.
Amado Carrillo. Él denunció la masacre por primera vez en 1992. Sostiene ante los tribunales que su esposa y sus cuatro hijos fueron asesinados el 22 de agosto de 1982.

Amado Carrillo es un campesino de 78 años, de barba y cabello entrecano, del cantón Amatitán Abajo, de San Esteban Catarina, San Vicente. Esta mañana de enero cuenta que se siente un poco mal, que tiene calentura. El malestar se le nota en el cuerpo, pero ha esperado este día durante más de 20 años, así que ha ignorado la fiebre y ha decidido presentarse a un terreno cercano a la zona conocida como El Calabozo.

A unos metros del río, Amado se encuentra con el juez de Primera Instancia de San Sebastián. El juez lo presenta como la persona que “nos va a ayudar a identificar el lugar de los hechos”.

Así, a las 11 de la mañana y bajo el sol se inicia una caminata en la que la vereda se vuelve estrecha para una hilera de 30 personas. El grupo está conformado por víctimas y familiares, vecinos, periodistas, defensores de derechos humanos y peritos de la Policía Nacional Civil y Fiscalía General de la República. Este día Amado y otros dos testigos han sido llamados a identificar los lugares en los que, de acuerdo con su denuncia interpuesta en 1992, ocurrió la masacre conocida como El Calabozo.

En agosto de 1982, cientos de familias del municipio de San Esteban Catarina fueron desplazadas forzosamente de sus hogares. Los residentes de la zona afirman que caminaban durante las noches para huir de los bombardeos militares que se realizaban durante esos días en contra de la guerrilla y la población civil. Hasta que en la mañana del 22 de agosto, cuando los campesinos descansaban a la orilla del río Amatitán, al menos 200 personas desarmadas fueron emboscadas por militares. La operación militar fue nombrada Teniente Coronel Mario Azenón Palma.

A los pocos minutos de haber iniciado la caminata para realizar la inspección, se llega al río. Frente a este se ha construido un monumento con los nombres de personas que murieron en la masacre. El monumento está compuesto por unas placas y unas paredes pequeñas para protegerlas.

Las placas se colocaron en el lugar en el que Amado perdió a su esposa y a cuatro hijos cuyas edades iban desde los 14 meses hasta los 14 años. La mayoría de los presentes en este trámite desconoce el paradero de las osamentas de sus familiares. Ellos cuentan que a varios cadáveres se los llevó la corriente del río porque cuando sucedió la masacre era invierno y llovía torrencialmente; otros, fueron comidos por animales.

En un espacio entre el río y el monumento a las víctimas, el juez comienza a interrogar a Amado. La entrevista no dura más de cinco minutos.

—Necesito que me cuente, enseñándome los lugares posibles que usted recuerde, por favor –le indica el juez a Amado.
—Lo que yo recuerdo no se olvida en la memoria. Aquí fue un lugar difícil, donde el Batallón Atlacatl de allá empezó a disparar –dice y señala a unos 10 metros de distancia, del otro lado del río.

El denunciante asegura que cuando fueron atacados, ya llevaban varios días huyendo de la represión militar en la zona. Cuando el juez le pregunta qué hacía tanta gente agrupada al lado del río, Amado se limita a contestar que “únicamente esperándola”. El juez se muestra confundido y vuelve a preguntar:

—Déjeme entender. Estas personas tenían tres días de estar aquí, ¿pero qué estaban haciendo? Usted me dice esperando, ¿esperando qué?
—Esperando la muerte –responde Amado– porque los perseguían a los niños y ancianos.

Más de 200. De acuerdo con los listados de familiares de víctimas de la masacre, los muertos y desaparecidos fueron entre 200 y 250 personas incluyendo a niños, mujeres y ancianos.

***

UNA DENUNCIA INTERPUESTA EN 1992

Amado termina de brindar su declaración y el juez y peritos se dedican a escuchar el testimonio de otras dos personas. Este trámite no es una reconstrucción de los hechos, pero sirve para identificar los lugares donde ocurrió la masacre.

Si el caso avanza y se logra abrir un juicio, estos puntos serán importantes para determinar la veracidad o falsedad de los testimonios de los denunciantes. Por ello, los peritos se dedican a tomar nota de los espacios que los sobrevivientes les indican.

A partir de la declaración de Amado se identifican tres lugares. Del lado del monumento en honor de las víctimas quedó definido el lugar en el que los campesinos se encontraban antes de ser asesinados. Después se identificó el lugar desde el que se cree que militares dispararon contra los campesinos. Por último, un terreno cercano al río que se encuentra a varios metros de altura quedó establecido como el escondite en el que Amado se puso a salvo y desde el cual escuchó cómo mataron a su familia.

La segunda testigo en la diligencia es una mujer que va vestida de negro y está visiblemente afectada por la declaración. Dice que era una niña cuando todo pasó y lleva los ojos vidriosos. La mujer cuenta que vino a esta zona “por temor, aquí estábamos escondidos. Era como una playita. Se escuchó la balacera y nosotros, como éramos niños, salimos corriendo a escondernos en un palito de pitarrillo. Ahí pasamos como tres días”.

La tercera persona que declara cuenta que él va a mostrar la tumba de sus familiares. Esta se encuentra al otro lado del río. Él asegura que ahí está enterrada “una parte de huesitos de mi familia. Una parte de los huesitos porque los zopes ya habían venido al lugar y era invierno”.

Cuando los tres testigos terminan de dar sus declaraciones, se procede a tomar fotografías de los sitios mencionados por ellos. El juez le comenta a los peritos: “Hay un indicio claro de que ocurrió el evento que han denunciado”.

Esta afirmación informal del juez llega más de un cuarto de siglo después de la denuncia de Amado. Él cuenta que un día por la tarde, después de que se firmaron los Acuerdos de Paz, unos amigos se acercaron a él para preguntarle si se animaba a ir al juzgado de San Sebastián a denunciar la masacre. Ya había pasado una década desde que había perdido a su familia, pero Amado no estaba seguro de que esa fuera una decisión segura. “Nos encontramos un poco pensativos porque no era fácil lo que había sucedido”, acepta.

De acuerdo con documentación oficial, la denuncia se interpuso en julio de 1992 y en ese año también se ordenó una primera inspección del lugar. Esas diligencias estuvieron a cargo de otro juez. En esa inspección se determinó que debido a las características del lugar era difícil encontrar vestigios de lo denunciado.

La segunda testigo en la diligencia es una mujer que va vestida de negro y está visiblemente afectada por la declaración. Dice que era una niña cuando todo pasó y lleva los ojos vidriosos. La mujer cuenta que vino a esta zona “por temor, aquí estábamos escondidos. Era como una playita. Se escuchó la balacera y nosotros, como éramos niños, salimos corriendo a escondernos en un palito de pitarrillo. Ahí pasamos como tres días”.

El caso no avanzó y en 1999 fue archivado. Pero en 2006, el abogado David Morales, exprocurador para la Defensa de los Derechos Humanos y acusador particular, presentó una denuncia contra altos mandos de la Fuerza Armada de El Salvador “por la comisión de los delitos de asesinato, actos de terrorismo, daños agravados, otros estragos, robo y privación ilegal de la libertad en perjuicio de miles de personas de San Esteban Catarina”.

Morales solicitó el desarchivo del proceso penal, pero el tribunal de San Sebastián declaró que el desarchivo no podía proceder debido a la aplicación de la Ley de Amnistía de 1993. Esos hechos quedaron registrados así en la documentación de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia.

Tras la negativa de los tribunales locales para reactivar el caso, los denunciantes solicitaron un amparo ante la Sala de lo Constitucional. Y en noviembre de 2016, este organismo resolvió que “durante casi 24 años la actividad investigativa ha sido nula” y determinó que esa inactividad “implicó una desprotección para los derechos fundamentales de los sobrevivientes y familiares de las víctimas”.

Nuevas generaciones. Ledy Rosales y Dayana Rosales son bisnieta y tataranieta de Cornelio Rosales, un anciano de 86 años que fue señalado como “extremista” para las fechas de la masacre de El Calabozo.

Además, la sala valoró que el argumento de la aplicación de la Ley de Amnistía no era válido porque al momento en el que el tribunal se negó a desarchivar el caso “la jurisprudencia constitucional ya había establecido que dicho beneficio no era aplicable en aquellos casos en los que se impidiera la protección y la garantía de los derechos de las víctimas o sus familiares; es decir, aquellos delitos cuya investigación persiguiera la reparación de un derecho fundamental”.
Como resultado del amparo, se ordenó que “esta investigación debe ser realizada a través de todos los medios legales disponibles y orientarse a la determinación de la verdad”. Por ese motivo, el tribunal de Primera Instancia de San Sebastián se vio obligado a retomar las labores de indagación.

Si en estas averiguaciones se considera que hay suficientes indicios para llevar el caso a juicio, este seguiría una modalidad parecida a la del juicio de la masacre de El Mozote, donde se aplican las leyes vigentes de la época en la que ocurrió la matanza. En el caso de El Calabozo, se utilizaría el Código Penal y Procesal Penal de 1973. Esa es la razón por la que el juez de Primera Instancia está presente en la inspección de lugares, pues el Código de 1973 lo reconoce como juez-investigador. Es decir que en esta etapa las averiguaciones están encabezadas por él y no por la Fiscalía General de la República.

El juez se acerca al río y las personas que han dado su declaración se colocan en los lugares donde quedaron los cadáveres de sus familiares para servir de referencia en las fotografías que se anexarán al caso. Amado camina un poco y se para justo donde él recuerda haber visto a los primeros soldados del Batallón Atlacatl listos para dispararle a la gente. A Amado aún le falta ser fotografiado en el tercer lugar que ayudó a identificar, pero su cuerpo no es tan ágil como lo era cuando ocurrió la masacre, y caminar hasta arriba de una cuesta, donde permaneció escondido en 1982, ahora es un reto. Antes de seguir, se sienta en un borde de cemento, respira despacio y admite lo evidente: “Algo mal me siento”.

El juez le explica que lo van a esperar, pero Amado se desespera al sentirse observado y saber que el trámite se demora por él. Se levanta de inmediato y empieza a caminar cuesta arriba.

***

SOBREVIVIR A LA MASACRE

Amado sobrevivió porque logró esconderse entre el monte. Él cuenta que por horas tuvo que mantenerse inmóvil mientras escuchaba lamentos. Aprovechó una tormenta que ocurrió después de la masacre para poder salir de su escondite. “Y me perdí. Anda muerto uno en esos momentos. Las grandes tragedias y uno solo, sin comer y sin beber, no… sino es fácil. Le cuento la realidad. Yo oía aquella clamazón del río”, recuerda.

Amado se pone la mano izquierda sobre la frente y baja la mirada mientras cuenta que un par de días después volvió a la zona de la matanza: “¡Ay!, a ver aquello. Gran desorden, los hombres que habían quedado los pusieron bocabajo… encima, como formando picardía… y cortaron ramas y les dieron fuego”. Cuando habla de los cadáveres, sus ojos se mueven por el suelo como buscándolos entre la tierra del suelo.

Amado sobrevivió porque logró esconderse entre el monte. Él cuenta que por horas tuvo que mantenerse inmóvil mientras escuchaba lamentos. Aprovechó una tormenta que ocurrió después de la masacre para poder salir de su escondite. “Y me perdí. Anda muerto uno en esos momentos. Las grandes tragedias y uno solo, sin comer y sin beber, no… sino es fácil. Le cuento la realidad. Yo oía aquella clamazón del río”, recuerda.

Tras la masacre algunos de los sobrevivientes se incorporaron a las filas de la guerrilla. Uno de ellos es Marcial Bolaños, el actual alcalde de San Esteban Catarina. Él asegura que tenía 16 años cuando se salvó porque otra persona lo ayudó a enterrarse y le colocó piedras y hojas encima para que no fuera detectado. El narra que su padre también sobrevivió porque fue dado por muerto. “Mi papá sobrevivió con la misma sangre de Edgardo y de Elsa, mis hermanos, porque con esa misma sangre se le cubrió el rostro”, cuenta desde la oficina municipal. Él dice que se incorporó a la guerrilla después porque “¿qué más quedaba? Era más la irritación de la sangre”.

Bolaños se encarga de resaltar que la muerte de su madre y hermanos fue lo que lo impulsó a unirse a la guerrilla. Él no acepta el argumento de la época que decía que las personas que murieron en El Calabozo eran guerrilleras. “Imagínese usted, la última hermana que yo andaba chineando tenía ocho meses, ¿qué combatiente era ella? La otra hermana tenía tres, la otra cinco, el otro tenía siete años. ¿Qué guerrilleros iban a ser?”, pregunta exaltado.

Los hechos de El Calabozo están incluidos dentro del informe de la Comisión de la Verdad en el apartado de “Masacres de campesinos por la Fuerza Armada”. Los otros casos que acompañan esta sección son la masacre del Sumpul y la de El Mozote. El informe estableció que “el Gobierno informó al público que había sido un éxito que se había dado muerte a numerosos guerrilleros”, pero la comisión concluyó que existen pruebas suficientes de que “efectivos del Batallón Atlacatl dieron muerte deliberadamente a más de 200 civiles, hombres, mujeres y niños que habían apresado sin resistencia”.

Alonso Rosales. El hijo de Cornelio Rosales asegura que su padre no fue guerrillero y que por lo tanto, se encontraba desarmado cuando fue capturado por soldados en 1982

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CUANDO UN CORTE DE CABELLO SIGNIFICA LIBERTAD

Amatitán. El río ha sido símbolo de vida. Ahí se divierten y hacen oficio los lugareños. En 1932 el agua del río se tiñó de rojo y arrastró los cadáveres de la masacre de El Calabozo, San Vicente.

Los días 23 y 24 de agosto de 1982, la prensa nacional retomó la versión oficial de los hechos y publicó textos relacionados con los acontecimientos que se vivieron en los cantones de San Esteban Catarina. Los titulares fueron: “Subversivos se entregan en San Vicente” y “FMLN sufre gran número de bajas”. Una nota de la época fue acompañada de una fotografía en la que se observa a siete campesinos capturados. En la fotografía resaltan un niño de 11 años sin camisa y un par de ancianos de más de 80 años descalzos. En la noticia se les identificó como “extremistas” y “terroristas”.

La figura que más sobresale en la fotografía, porque está al centro y por su altura, es la de Cornelio Rosales Rodríguez, un hombre de 83 años. Él mira hacia el frente con el ceño fruncido, tiene el cabello blanco despeinado y viste una camisa clara de botones.

Casi 36 años después de que se tomó esa fotografía, en esta tarde del último día de enero, una figura idéntica a la de Cornelio Rosales sobresale en la misa del cantón Amatitán Arriba. Es Alonso Rosales, hijo de Cornelio, un hombre de mirada clara y voz triste. Su caballo lo espera amarrado afuera de la iglesia. Cuando la misa de las 2 de la tarde termina, Alonso sale del templo y se sorprende cuando se le muestra la foto de su padre capturado. “Sí, es mi papá”, acepta.

Los retos de este caso ya se veían en 1992, cuando solo había pasado una década desde la masacre. Los documentos oficiales sostienen que durante la primera inspección “realizada el 29 de julio y ampliada el 1.º de agosto de 1992 se determinó que en dicho lugar era difícil encontrar vestigios que ayudaran a establecer los hechos denunciados, tanto por el tiempo transcurrido como por las características del lugar”.

Alonso tiene 72 años y cuenta que salvó su vida en dicho operativo porque en lugar de tomar el camino hacia El Calabozo, su familia y él caminaron hacia otra zona conocida como Tortuguero. Pero al “salir a la calle del Tortuguero ahí estaban los soldados y empezaron a tirar luces de bengala, y ahí se me quedó mi papá perdido; y ahí lo capturaron”.

El recorte del periódico sostiene que el terrorista Cornelio Rosales tenía 83 años cuando fue capturado, pero Alonso cree que su padre tenía al menos tres años más. “Yo de mi papá volví a saber a los seis meses. A mi papá se lo llevaron al cuartel de San Vicente”.

Alonso asegura que a su padre lo detuvieron porque “los soldados decían que era guerrillero… un viejito de 86 años, ¿qué guerrillero iba a ser?” La carta de libertad para Cornelio vino meses después, cuando en el cuartel le iban a cortar el pelo. Ahí, mientras a Cornelio Rosales le hacían un corte, un peluquero que trabajaba para el ejército lo reconoció. Eran parientes lejanos y eso sirvió para poder recuperar la libertad.

“En el cuartel de San Vicente trabajaba un yerno de una sobrina de mi papá. Y ese yerno era peluquero. Así fue como lo sacaron de ahí a mi papá”, cuenta Alonso. Cuando se reencontraron hablaron sobre el trato que recibió mientras estaba detenido y “quizás cayó bien el viejito, porque era bien pasivo. No lo torturaron”, reconoce Alonso. Hablar de su papá lo emociona. Conversa pocos minutos fuera de la iglesia y luego se sube en su caballo rumbo a su casa.

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LOS RETOS DE UN CASO SIN CADÁVERES

Marcial Bolaños. El alcalde de San Esteban Catarina asegura que es sobreviviente de la masacre. Él cree que la justicia le ha dado una “respuesta confusa” a las víctimas y familiares.

“Al agua se le respeta”, dice el juez encargado de las primeras diligencias de este caso reactivado. La gente de Amatitán bien lo sabe. Este mismo río que ahora no es profundo y se observa de caudal reducido es el que se llevó los restos de sus familiares y vecinos en aquel invierno de 1982.

Y ese es uno de los principales retos que rodean al caso. Además de las trabas legales a las que se ha enfrentado durante 26 años, hay otros retos que se deben superar, si se quiere individualizar a los responsables de la matanza.

A pesar de los programas de reparación a víctimas y de las pedidas de perdón que se han hecho durante los últimos dos gobiernos del FMLN, el acceso a la información oficial sobre operativos militares durante la guerra, por tradición, ha sido denegado. Incluso en 2014, el Ministerio de la Defensa le prohibió la entrada a personal del Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP). El IAIP buscaba documentos de planes militares y personas que participaron en violaciones a los derechos humanos. En abril del año pasado ese instituto aseguró que Defensa destruyó documentos relacionados con operativos militares.

Los retos de este caso ya se veían en 1992, cuando solo había pasado una década desde la masacre. Los documentos oficiales sostienen que durante la primera inspección “realizada el 29 de julio y ampliada el 1.º de agosto de 1992 se determinó que en dicho lugar era difícil encontrar vestigios que ayudaran a establecer los hechos denunciados, tanto por el tiempo transcurrido como por las características del lugar”.

A pesar de las condiciones, en esa ocasión sí se logró encontrar “restos de algunas ropas, las cuales fueron señaladas por la señora Corina Roxana Aguilar Carrillo –testigo y ofendida– como las que utilizaba su madre el día que ocurrieron los hechos”. Pero hoy, varios lustros más tarde, la posibilidad de encontrar pruebas físicas de este tipo se ven limitadas.

Cerca de la 1 de la tarde, la inspección se traslada hacia otra zona. La hilera de personas que acompañan a las víctimas y a los funcionarios cruza el río Amatitán. Los lugareños cruzan el río de forma grácil a diferencia de otras personas que se deslizan entre las piedras y se mojan la ropa y los zapatos. Cuando Amado Carrillo ve que la gente no encuentra forma de cruzar al río, busca un tronco grande y lo coloca sobre las piedras para que el resto de gente pueda pasar.

A los pocos minutos se encuentra una tumba verde con tres cruces y dos coronas propias del día de muertos; una es amarilla y la otra es blanca. La persona que ha venido a mostrar esta ubicación repite lo que contó en su declaración un par de horas antes: “Estaban todos revueltos los huesos. No le puedo decir de quién eran propiamente”.

Ante esto, el juez del caso le comenta al personal de Fiscalía que lo acompaña que van a tener que solicitar la intervención del Equipo Argentino de Antropología Forense cuando se ordene la exhumación de estas víctimas. Este equipo trabajó también en las exhumaciones que se llevaron a cabo en la zona de la masacre de El Mozote.

El juez habla de ADN y de identificación de las personas, pero un comentario del personal de la FGR lo hace aterrizar. Mencionan la palabra presupuesto y también se habla de trabajar con limitaciones. El optimismo se retiene.

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EL DERECHO A LA VERDAD

En los últimos años la masacre de El Calabozo ha sido reconocida estatalmente y se han realizado actos simbólicos en aras de la reparación de las víctimas. A finales de 2016, la Secretaría de Cultura nombró bien cultural al sitio donde ocurrieron los asesinatos. La representante de SECULTURA en el acto aseguró que la declaratoria se hacía en cumplimiento al Programa de Reparaciones a las Víctimas de Graves Violaciones a los Derechos Humanos ocurridas durante el Conflicto Armado.

También, en agosto de 2017 el Estado salvadoreño pidió perdón a los familiares. Los actos han tenido la aprobación de los lugareños, sin embargo, en los sobrevivientes prima un aire de desconfianza cuando se habla de la puesta en marcha de la justicia en tribunales.

En este lugar lo que más se exige es conocer la verdad y las motivaciones de estos operativos. La Sala de lo Constitucional resolvió hace más de un año que al conocer lo sucedido en estos hechos “se posibilita la memoria colectiva, la cual permitirá construir un futuro basado en el conocimiento de la verdad… para evitar nuevas vulneraciones de los derechos fundamentales”.

La idea de perdón en esta zona no es homogénea. Algunos sobrevivientes de la masacre y familiares de las víctimas dicen que ya están listos para perdonar a quienes mataron a sus seres queridos. Otros no se sienten tan seguros de poder hacerlo. Pero en algo sí coinciden: necesitan que se haga un proceso judicial para identificar responsabilidades. Creen que eso le va a servir al país entero para poder escribir la historia de manera justa. Amado Carrillo, el campesino de barba y cabello entrecano, explica lo que busca conseguir desde hace 26 años, cuando interpuso la denuncia: “Aquí no es venganza, sino que son hechos que no se pueden quedar en el olvido”.

Monumento. En 2016 la Secretaría de Cultura nombró bien cultural al espacio donde ocurrió la masacre de El Calabozo. Hasta la fecha nadie ha sido procesado por estas muertes.

La imaginación frente al poder

En los movimientos juveniles de la década del sesenta del siglo pasado, en Woodstock (USA), en París (mayo 68); los Beatles, y luego proyectados en México, Tlatelolco (octubre 1968), se creyó mucho en la frase emblemática de los jóvenes: “La imaginación toma el poder”. Bueno, la imaginación es subjetiva, el poder es real. No pareciera que lo imaginativo prevalezca sobre lo real del poder, aunque se le puede enfrentar (en Tlatelolco murieron 500 jóvenes). Porque se insiste en hacer reflexionar a las cúpulas, pese al costo en vidas y en desilusión. En los casos mencionados, la imaginación perdió, culmina con el asesinato de John Lennon.
Escribo poesía desde educación básica, y cuando alcancé la mayoría de edad, ya había descubierto la clave musical necesaria del verso, sin cual es difícil lograr un buen poema. Obtuve algunos premios centroamericanos, incluyendo el Rubén Darío, pero al llegar a los 28 años, decidí que mi ruta era una comunicación directa, como es la narrativa donde imaginar es enfrentar lo real para descubrir otro tipo de realidad. Y así, pasé del género poético, más difícil, porque significa descubrirse a uno mismo, para pasar a la novela que es conocer a los demás. Los novelistas pretendemos transformar estéticamente lo real en algo creíble aunque se base en lo ficticio, en lo increíble. En ninguno de los dos casos se trata de magia ni de ser iluminado por musas o duendes. En la poesía se trata de desnudar las emociones, en la narrativa se requiere percepción, informarse, conocimiento.
De ese modo conocí a mujeres campesinas, caso de “Un día en la vida”; o campesinos en general, como en “Cuzcatlán donde Bate la Mar del Sur”; o bien conocí la vida de jóvenes, caso en “Caperucita en la Zona Roja”; y descubrí a un niño poeta en San Miguel de “Siglo de O(g)ro”. El reto es que la irrealidad se vuelva creíble.
Hace unos dos años este suplemento cultural publicó una entrevista de Jorge Tetl Argueta (con más de 22 libros infantiles bilingües publicados en Estados Unidos). La entrevista llevó por título: “La poesía me salvó la vida”. Conozco a Argueta desde cafetines hispanos de San Francisco, California, y lo entiendo muy bien, por su fuerza imaginativa lúcida que le ha hecho ganar varios premios (acaba de ganar dos premios más en este enero), envía un mensaje que llega desde nuestro agujero de flores, de lagos, montañas, lluvias de estrellas y volcanes. Antes estuvo a punto de perder la vida en el desierto y desde sus vicisitudes prometió a los dioses dedicarse a la poesía. En otro contexto conozco casos de empresarios en el área de Washington y Virginia que salvaron su vida y ahora contribuyen a salvar la vida a muchos emigrantes. Es otra cosa, aunque no cabe duda de que en los dos casos la imaginación crea vida.
Recalco lo imaginativo en el arte. No me imagino a Picasso pidiendo permiso a Dora Maar o a Fernande Olivier (parejas del genial pintor) para pintarlas como las imaginó, no con los rasgos clásicos de un retrato, sino descubriendo la belleza en la aparente fealdad. No pedir permiso también es propio del periodismo cuyo límite es no difamar ni manipular. ¿Caso del llamado panfleto? ¿Es panfletario César Vallejo en su poemario “España aparte de mí este cáliz” o Neruda en “España en el corazón”? Hay que analizarlos literariamente y no con los prejuicios. Tampoco me imagino a Rubén Darío pidiendo permiso a las bellas damas nicaragüenses para hacerles un poema (a Margarita Debayle), o a Becquer pidiendo permiso a su amada Julia Espín.
Podemos asegurar que la clave de la obra literaria es transformarla con la emoción de modo que pasados los años, lo que perdure sea el poema, como la imagina cada uno de los miles de lectores que lo han leído a través de los años. La obra de arte sobrevive más allá de la realidad que le dio origen, y del poder real.
A veces, la imaginación crea realidades que son inentendibles por una sociedad contemporánea del artista, caso emblemático es Mozart, genio cósmico, y Van Gogh, que nunca se explicó por qué sus cuadros no gustaban a nadie. Pasaron cinco años para comprender al genial holandés, aunque ya estaba muerto. Van Gogh y Mozart viven más allá del poder que les negó aceptación, al igual que Rubén Darío; al gobernador político que lo envió a empedrar las calles nada más se le recuerda como un idiota. Y Darío es el príncipe en Nicaragua.
La clave para aclarar estas incomprensiones es saber que el artista mira, escucha y percibe historias de la oralidad o bien tienen origen en libros (casos de la novela histórica) o en periódicos (la llamada novela negra). O recibe inspiración de otros autores. Por ejemplo, mi “Cuzcatlán donde bate la mar del sur” no la hubiera concebido como quedó al final si no hubiera leído la novela de H. D. Lawrence “Mujeres apasionadas”, ¡una novela del siglo XIX! Y no habría escrito mi novela “El valle de las hamacas” de no haber descubierto una carta de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés donde se narra la batalla de Tacuscalco, la primera masacre de los guerreros pipiles. A propósito esa localidad, ha sido recordada estos días por encontrarse en riesgo su destrucción. Una gran señal de identidad nacional.
Muchas de las obras artísticas hacen conocer una época, una personalidad, un suceso, de no haber sido rescatadas por una escritora, caso de Rigoberta Menchú, nadie sabría la existencia de esta. Tampoco conoceríamos “La ilíada” ni la “La odisea”, transcritas desde la oralidad.
La imaginación descubre temas que para el poder son invisibles. Sin embargo, sin ese imaginario, no tendríamos todo el conocimiento que exige advertir nuestra razón de ser, cómo somos, que descubriría cómo podríamos transformarnos a partir de lo que hemos sido. No existiría la Nación, un concepto abstracto y vital que otorga fuerzas para sobreponernos a pobrezas, guerras y calamidades.