¿Son los muertos cada día más indóciles?

Hace unas semanas uno de mis lectores me pidió que escribiera sobre la muerte, le respondí que nunca había tocado ese tema y que no podía atender su pedido. Nunca lo he pensado –le respondí con gran seguridad–. Pero su petición me hizo recordar varias experiencias de vida y de lecturas.
La muerte está en mi poema “Infancia 1942” (“Poesías completas”, Editorial Hispamérica, Maryland, EUA, 2007). Este poema fue inspirado por mi madre y en los niños muertos de mi barrio modesto de San Miguel. Cito los versos finales: “Preguntamos por qué tanta desgracia /Por qué la muerte infame se llevaba a los buenos y a los malos, /pero siempre a los pobres, eso sí. /Y se echaban los padres, los abuelos y tíos /un trago. Más que trago era copa de lágrimas. /Mientras tanto los niños debajo de las sábanas /oíamos retumbos que venían del fondo del volcán”.
Es un recuerdo de cuando veía pasar las cajitas blancas de niños muertos de mi barrio. Le pedía a Adelina que si podía ir al funeral, (atraído por los niños vestidos de blanco y gorritos de papel del mismo color). Tenía seis años y ella se negaba a mi pedido. Yo replicaba: “Cuando nosotros muramos nadie va a ir a nuestro ‘entierro’. “No importa, respondía Adelina, los muertos duermen sin soñar y no les importa quiénes los acompañan, lo mejor que podemos hacer es que nosotros soñemos por ellos”.
También reflexioné sobre “Los sonetos de la muerte”, de la Premio Nobel Gabriela Mistral; pero ella toca el tema fuera de nuestros contextos centroamericanos. Sin embargo, me atraían dos versos de la chilena: “Del nicho helado en que los hombres te pusieron/ te bajaré a la tierra humilde y soleada. /Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, /y que hemos de soñar sobre la misma almohada”.
Luego, hace 15 días, leí un reportaje en esta revista: El calabozo: retorno de una denuncia 26 años después. Me hizo reparar que existe el tema en mis tiempos de poeta (dejé de escribir versos a mis 30 años para dedicarme a la novela). En el poema lo emocional priva sobre lo real. Tampoco que en la novela no exista el tema de la muerte.
Agradezco al lector que me hizo revisar los poemas escritos en aquellas épocas. Por ejemplo “Promesa”, dentro de la escuela del antipoema (del fallecido chileno Nicanor Parra). Cito mis versos finales: “Después morir/ tranquilamente libre de pecados, /de bronconeumonía o de un callo/ en el pie o de un catarro en el alma”. Dentro de la misma línea escribí “Birth control”; lo cierro así: “No beses esta piel de perro en celo. /No me hagas caer en tentación, /podrías concebir lo que no quiero. /Además, mejor vivir sin hijos /¡por Dios! con tanta mala muerte.
Quien ha sido reiterativo en esta temática en El Salvador, a veces de forma premonitoria, es Roque Dalton. Incluso el título de este trabajo lo saqué de versos escritos por el poeta asesinado: “Los muertos están cada día más indóciles… /(el cadáver) marchaba al compás de nuestra música… /Hoy se ponen irónicos/ preguntan. /Me parece que caen en la cuenta de ser cada vez más la mayoría”. En otro de sus libros dice: “Cuando sepas que he muerto /no pronuncies mi nombre /porque se detendría la muerte y el reposo /…di sílabas extrañas, pronuncia, flor, abeja, lágrima /pan, tormenta. /flor. He ganado el silencio”.
En Dalton se da lo que dice el Premio Nobel Camilo José Cela: “Todas las frases ante la muerte tienen un inequívoco aire de despedida”. Dalton no solo se despide sino que advierte que será un muerto invisible entre miles de muertos.
Otro crimen injusto y de carácter trascendental es el de Federico García Lorca, un poeta niño que tuvo un final explicable por el horror que se quiso sembrar en esa época, el odio cultivado por quien tiene poder es más atroz. Lorca murió fusilado por el ejército de Franco, una época en que las muertes gratuitas estuvieron a la orden del día. Ya antes escribí sobre fusilamiento de la directivos del club Barcelona, capturados en una carretera y fusilados ahí mismo por el ejército franquista.
García Lorca nunca adivinó que su muerte sería producto del odio por las ideas expuestas en los poemas. Quizás por eso afirma irónico: “Como no me he preocupado por nacer, tampoco me preocupo por morir”. Otro Nobel español: Antonio Machado: “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Pese a ser una expresión que hace énfasis en el manejo estético, su frase nos llama a la reflexión. En verdad, los españoles con sus contradicciones sociales y trágicas son los que más han tocado poéticamente el tema de la muerte.
El novelista y filósofo inglés Arthur Köestler es más real en el tema: “La incredulidad ante tu propia muerte crece en proporción a su proximidad”, porque la mente, añade, “se vale de mecanismos para alejarse del pensamiento de la muerte”.
Otra motivación para escribir sobre la muerte fue el reportaje publicado en esta misma revista hace 15 días. Me refiero a los niños y ancianos asesinados en el cantón El Calabozo (1981), donde hay expresiones vividas, no solo bajo interpretación universal del arte. Veintiséis años después (2017) el juez pregunta a un sobreviviente: “Déjeme entender, ¿estas personas tenían tres días de estar aquí?” (en el lugar donde fueron masacrados). “Estábamos esperando a la orilla del río”, responde el campesino. “Usted me dice esperando, ¿esperando qué?” El campesino le dice al juez: “Esperando la muerte, niños y ancianos”.
Así es, la muerte real se espera, con más o menos horror. ¿Qué harían los miles de misiles atómicos esperando ser descargados sobre las ciudades en una “guerra caliente”? Cada misil es 300 veces más poderoso que los caídos en Hiroshima y Nagasaki. ¿La muerte de la humanidad valdría escribir un poema? Opto por no hacerlo, pues la poesía tiene mucho de premonitoria.

Ser valientes, dejar de matarnos

“Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas”
Confucio

Desde el lanzamiento del plan Mano Dura en 2003, el esquema de enfrentamiento directo adoptado por el Estado contra las pandillas ha escalado hasta convertirse en una suerte de guerra contra estas. No solo las diferentes administraciones del Ejecutivo y varias legislaturas han entrado en esa lógica; la Sala de lo Constitucional también se sumó en 2015 con una sentencia que puso la cereza a la narrativa de una solución policíaco-militar al fenómeno pandilleril, al declararlas como organizaciones terroristas.
Sin embargo, el tiempo ha demostrado que estos enfoques no han logrado los objetivos esperados, se han obtenido resultados sumamente limitados en cuanto a la reducción de estadísticas delictivas en general, y se han logrado efectos contraproducentes respecto al reclutamiento y avance territorial de las pandillas, y se ha pasado sumamente lejos de la construcción de comunidades mejor integradas y más seguras. Además, los daños colaterales de estas políticas se los han llevado las comunidades más pobres, los jóvenes y, finalmente, los mismos agentes policiales.
Estas políticas han sido sumamente efectivas para llevar al calabozo a miles de pandilleros e, incluso, asesinando a cientos de ellos, pero eso ni los ha hecho menos peligrosos ni los ha mermado. Este –ya histórico– fracaso hace necesario transitar hacia enfoques que busquen antes que la eliminación o el encarcelamiento de criminales, la rehabilitación de aquellas comunidades en las que las pandillas se han convertido en una especie de Estado paralelo en el diario vivir de sus habitantes. Debe girarse hacia políticas que busquen incluir a esas comunidades que han estado históricamente excluidas de las dinámicas positivas del Estado y del mercado, y superar el fetiche electorero en que los políticos han convertido a las pandillas.
Sin duda, nuevas formas de abordaje deberán contemplar el diálogo para la construcción de comunidades más pacíficas. Pero no se trata de negocios en la oscurana y fuera de la ley, sino de dialogar bajo las normas del Estado de derecho y la mayor transparencia posible, así como de apostar por diálogos locales, en los que participen todos los sectores de las comunidades, dando protección y prioridad a las víctimas. Se trata de construir nuevos equilibrios de poder local con el más alto acompañamiento y seguimiento gubernamental, para fortalecer a las víctimas y las autoridades formales de estos territorios. Se trata de construir, en clave de acuerdo de nación, una estrategia nacional de salida, de desistimiento de la vida pandilleril.
No faltará quien ponga el grito en el cielo por llamar a negociar y dialogar, más durante la campaña electoral. Esas voces juzgan inmoral exhortar a la pacificación a través del diálogo, pero consideran de buenos cristianos llamar a matar. Debemos abandonar la hipocresía y hacer un ejercicio de sinceramiento, pues desde la dueña de una plancha para hacer pupusas hasta los dirigentes y los militantes de los partidos políticos han tenido que negociar y negocian con los pandilleros día a día en las comunidades que estos dominan.
Debemos ser valientes para dejar de matarnos y pensar que la eliminación nos llevará hacia la paz y la cohesión social. Debemos ser valientes para negociar y dialogar, sin renunciar a la ley, sin saltárnosla tampoco. Debemos dejar de matarnos o estaremos confinados a continuar bajo las leyes del salvajismo: la del más fuerte; la de ver, oír y callar; la de golpear (o matar) y luego averiguar; la de vivir con miedo al otro, siempre.
Debemos ser valientes para abandonar la violencia como falsa solución y caminar hacia la inclusión, el diálogo y la negociación, como las herramientas que en 1992 nos abrieron la puerta a la esperanza.

Raíces en la lengua

No ha nacido en El Salvador, pero es salvadoreña. Mi hija pertenece, junto con sus primos también alumbrados en este territorio norteño, a una segunda generación de migrantes centroamericanos. Y aunque en su pasaporte primario figure un águila calva en lugar de un triángulo equilátero con cinco volcanes, es y será siempre hispano-salvadoreña.

A lo mejor le parezca que estas afirmaciones rayan en la obviedad, pero la identidad cultural de los latinos nacidos en Estados Unidos es difusa. Por eso es importante que tengan una conexión con sus raíces. Ser conscientes de los orígenes nunca debe ser un factor infravalorado. Los doctores que atendieron a mi pequeña cuando nació, hace casi un mes, lo reconocieron; por eso nos recomendaron que la hiciéramos una hablante competente del español. En casa lo habíamos fijado como dogma desde que nos confirmamos su padres –es inapelable que debe ser una hispanohablante nativa–, pero esa invitación nos hizo reparar en la búsqueda de muchos connacionales, y otros provenientes de países vecinos, por encajar en esta sociedad a través del idioma.

Es comprensible que muchos padres hispanos prefieran hablar con sus hijos desde un principio en esa lengua. En la comunidad se ondea la idea de que hablar inglés en público da “prestigio”. Es una preconcepción bajo la lógica: el idioma es la entrada a este entorno social. No importa cuán necesario y de moda esté el español ahora, el común de estadounidenses sigue viendo con mejores ojos a un latino que hable inglés que a uno que solo sepa su lengua materna.

Que el niño reciba pocos estímulos para aprender su lengua materna desencadena en una adquisición (por lógica) débil e insuficiente. Y lo que comienza por la lengua, termina por afectar la identidad. Hasta ahora, al menos 11 de cada 100 adultos estadounidenses que son hijos de hispanos no se consideran hispanoamericanos, de acuerdo con el último estudio realizado en 2017 por el Pew Research Center. Aunque sus rasgos físicos reflejen ese mestizaje que caracteriza a nuestros pueblos y hayan sido criados bajo una escala de valores “a lo latino”, estos adultos solo se sienten estadounidenses y nada más.

En una de las instituciones educativas para las que trabajo he podido notar cómo niños descendientes directos de latinos son incapaces de comunicarse efectivamente en su lengua materna, incluso a pesar de que sus padres solo hablen español. Entienden un poco el idioma (lo básico, como instrucciones que sus ascendientes les han repetido muchas veces), pero no pueden producir enunciados que comuniquen. Es necesario hablarles en ambos idiomas para que puedan entablar una verdadera comunicación.

Por supuesto que ser hispano, latino, salvadoreño y centroamericano va mucho más allá de hablar un idioma. Pero es a través de la lengua que se pueden transmitir esas visiones particulares de mundo que ayudan a construir la hispanidad. No se deberían ningunear las raíces heredadas. Así el país y la región de donde se proviene esté de cabeza, hay que reconocer los orígenes.
Lo cierto es que, conforme crecen, los niños hispanos van perdiendo motivación para hablar el español. Que casi todos sus pares sean exclusivamente angloparlantes, y que todos los productos culturales a los que están expuestos estén pensados casi solo para gente de habla inglesa son motivos fuertes que los alejan de la lengua materna.

Mantenerlos interesados en conservar el idioma es una tarea difícil en este país. Pero cuando dejamos que olviden o que ni siquiera aprendan el español, les estamos arrancando un pedazo de identidad. Por ahora nuestra bebé recibe solo estímulos en español. Aunque tengamos la meta clara, todavía no sabemos qué tanto tendremos que hacer para que ella mantenga las raíces de su lengua.

Carta Editorial

Las instituciones que más gente convocan deben pensar en cómo mantener la atención de la mayoría. Pero no pueden dejar de lado el establecimiento de canales fluidos para que las minorías también sean escuchadas. Esta es una de las aristas a las que apunta el reportaje que abre la edición.
La Iglesia católica salvadoreña ha tenido que hacer frente a señalamientos por abusos sexuales en las que los acusados han sido sacerdotes. En un corto tiempo llegaron a la opinión pública tres casos que la institución religiosa buscó resolver con toda la celeridad posible.
Pero rápido no quiere decir infalible. Y una de las historias recogidas en esta entrega da cuenta de la insistencia de un sacerdote en que es inocente y en que su caso se manejó en medio de una serie de inexactitudes que llevaron a que fuera el papa Francisco mismo quien decidiera retirarle su investidura.
Por otro lado, está el testimonio de una mujer que dice haber sido agredida cuando tenía menos de diez años. Ahora, más de 30 años después, ha buscado comenzar un proceso dentro de la Iglesia para que se reconozca quién y dónde fue víctima. Pero, sobre todo, quiere que la institución mejore los canales de denuncia. La de ella es una historia llena de pasajes de revictimización que quiere evitar para los demás que se encuentren en su situación.

El gran tema que atraviesa estos testimonios es el de instalar protocolos efectivos de denuncia e investigación de los casos. Este es un vacío que todavía existe y que la Iglesia católica debe afrontar con más apertura de cara a respetar los derechos de todos sus miembros, incluso de los que manifiestan haber pasado por una amarga experiencia dentro de la institución religiosa.

“Los deportistas sobresalen cada día más”

¿Dónde y cuándo es feliz?

En mi empresa, buscando el bien común logro mi bienestar propio.

¿Qué resultado espera obtener con lo que está haciendo?

Dejar marca en el mercado de ropa deportiva.

¿Cómo describiría a los deportistas salvadoreños?

Personas que demuestran cada vez más lo que somos los salvadoreños, venciendo todo obstáculo. Los deportistas sobresalen cada día más.

¿Qué le emociona de su profesión?

La búsqueda de macro y micro tendencias en la moda, Trend Forecasting, en la industria deportiva.

¿Cómo imagina su vida dentro de 10 años?

Consiguiendo la libertad financiera. Para mí es un objetivo a mediano y largo plazo.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Salir de mi zona de confort, tomando decisiones difíciles con algo con lo que no me sentía cómoda, por ejemplo: ser empleada.

¿Qué sueña?

Tener más que una empresa: una comunidad al disfrute y al respeto de la vida. Que tengamos como hobbie diseñar la mejor ropa del mundo.

Buzón

Buzón

Cuestionamiento a los políticos

La semana pasada el periodista Héctor Silva comentó severamente sobre algunas falencias del sistema electoral en lo relacionado con candidatos ya inscritos para participar en la próxima contienda electoral de alcaldes y diputados. Concluyó diciendo que siempre tenemos la opción de no votar por ellos. Coincidente con sus declaraciones, quisiera agregar que a estas alturas es evidente el rechazo de la población a los partidos tradicionales, a algunos candidatos y a nuestro sistema electoral. Sin duda, un factor de peso para esa actitud es la falta de confianza en los partidos, los candidatos y para cierto sector de la población, en el trabajo del TSE. Sabemos que si no se confía en los que tienen la responsabilidad de representar a la población y se evalúa mal su trabajo, poco interés existe en participar en su elección. En lo respectivo a la autoridad electoral, recordemos que según las últimas encuestas, casi 8 de cada 10 salvadoreños afirmaron tener poca o ninguna confianza en el Tribunal Supremo Electoral.
A lo mejor la anterior actitud de la población estaría motivada porque la política ha estado en manos de personas que se han apropiado de los puestos de representación popular por muchos años con el objeto de defender posiciones tradicionales, sean de izquierda o de derecha, y que se niegan a ceder los puestos a políticos más jóvenes y que han abrazado otra forma de hacer política. Algunos jóvenes han sido incorporados a sus agrupaciones, pero en general, siguen los principios de las cúpulas tradicionales. Es tal el rechazo al evento que un sector importante de la población se ha negado a cuidar urnas el día de la votación. Algo que no es un buen indicio, al punto de que muchos críticos opinan que la fiesta electoral podría convertirse en un evento frustrante, y que no deja de ser criticable exigir al ciudadano el cumplimiento de su deber cívico, cuando alcaldes, diputados, funcionarios y partidos políticos no han respondido a la población acerca de sus exigencias.
Como mis comentarios pueden ser mal interpretados, debo apuntar que el objetivo de llamar la atención a la clase política, como salvadoreño que quiere a su país, es en aras de que se mejoren en cada elección las actitudes de quienes tendrán en sus manos la dirección del país. Deseo unas elecciones exitosas, y que los resultados sean para bien del país y no de las personas.

René Alberto Calles
[email protected]


Suplicio sin final

Nuestro país es pequeño en territorio, pero es un infierno grande el que se vive. El arraigo de la violencia trastorna la vida de los salvadoreños, especialmente, la juventud honrada que ve amputadas sus esperanzas de futuro ante la demencia de los grupos criminales. Ante tan cruel realidad, a las familias solo les queda la opción de partir a otras latitudes, y sufrir toda clase de atropellos en la ruta de la desesperación. Irse de su patria bajo el manto del miedo cerval no es lo mismo que el migrante económico que va en busca de mejorar sus condiciones monetarias. El primero solo busca un lugar seguro para resguardar su vida y la de su familia. El estatus de refugiado se le concede a quien compruebe que su vida corre peligro en el país de origen y que el Estado no hace nada para protegerlo. En muchos de los casos no aplica, y la seguridad de la gente se ve de nuevo complicada en sus intentos por salvaguardar su integridad.
“Violencia lanza a salvadoreños a vivir calvario en Costa Rica” es el relato del suplicio sin final que sufren las familias emigrantes que no comprueban los requisitos legales para optar a un asilo. Un total de 1,500 paisanos nuestros llegaron a Costa Rica el año anterior, obligados por motivos de extorsión, amenazas de muerte, inseguridad, reclutamiento forzoso y secuestro, son razones contundentes que esgrimen los ciudadanos de otros países que intentan reconstruir su vida y recuperar lo perdido en su propio país. A pesar de los impedimentos, en algunos casos para la legalización, Costa Rica lleva a cabo proyectos para la inclusión social y económica para las personas refugiadas a fin de que puedan conseguir trabajo y mejorar su calidad de vida. Lo mejor que es un país en superiores condiciones con una institucionalidad que sí funciona, es el único en Latinoamérica que tiene un sistema cuasi judicial para ese fin. Un municipio libre de violencia es una comunidad donde se han unificado esfuerzos para la paz, se han creado oportunidades y no solo represión, es lo que han hecho las autoridades locales de Arcatao, San José Las Flores, Perquín, San Lorenzo, Ojos de Agua, entre otros.
Si algunos alcaldes han podido lidiar con ese monstruo, que se asomaba a sus territorios, otros por el contrario se dieron a la tarea de “pactar” por votos y ahí tenemos lo que ya conocemos.

Julio Roberto Magaña
[email protected]


De un lado a otro

Las migraciones en nuestro país no son un fenómeno coyuntural, ya que han permanecido por un buen tiempo y están transformando regiones con todas las implicaciones generadas por los desafíos de las malas políticas públicas y privadas.
Este tema está íntimamente implicado con la vigencia de los derechos humanos sobre la condición de los ciudadanos que viven diversas situaciones de riesgo. Nuestro país no es la excepción por las enormes diferencias económicas que afectan la estructura del mercado de trabajo. Y es por esta razón que no es difícil entender que los que viven en miseria arriesguen ese nada que tienen con la esperanza de sobresalir en otra sociedad que se percibe como de abundancia ante los ojos de los extranjeros.
Hoy en día existen muchas razones para migrar partiendo del hecho de que no solo los pobres migran, ya que también lo hacen jóvenes con nivel medio y superior de educación. Migran por falta de oportunidades de empleo, y si lo hay, es esclavizante y explotador por los horarios que deben aceptar, incluso sabiendo que violan el Código de Trabajo. En el reportaje del domingo, “Violencia lanza a salvadoreños a vivir calvario en Costa Rica”, se muestra todo el sufrimiento de los connacionales que por la violencia imperante huyen. Mientras les autorizan el asilo, quedan en el limbo para su manutención, y esto sucede en Centro América, y puede suceder en otros países, como los árabes, con quienes somos disímiles en cultura. El gobierno de turno no ha logrado recuperar algunos de los bastiones de las pandillas y las autoridades hacen esfuerzos. Pero no tienen el acompañamiento del Órgano Judicial, ahí donde justifican que los capturados no ameritan detenciones y salen libres a continuar en lo mismo. El ACNUR realiza esfuerzos para ejecutar medidas que refuercen políticas de integración para que a los que soliciten asilo les agilicen la documentación, y puedan enrolarse en los sectores laborales .

Rutilio López Cortez
[email protected]

Instantáneas del verbo apasionado (8)

FICCIÓN ASTRAL

Se volvieron astronautas porque ya no podían cumplir su ilusión de ser argonautas.

PRUEBA DE AMOR

Cuando nos vemos a los ojos en un rincón toda la claridad del infinito nos envuelve.

ENTRE RASCACIELOS

Las ventanas iluminadas andan en busca de compañía.

EFECTO INVERNADERO

Las nubes tienen la clave, pero no se avendrán nunca a compartirla con los humanos.

SABOR DE TERNURA

Lo siento sangre adentro al percibir tu cercanía a flor de luz.

EL BUEN VECINO

Ese bolero que escucho sin saber de dónde viene me recuerda que el corazón también canta.

DESDE LAS TERRAZAS

Se valoran mejor los pequeños jardines.

RITO CON MORALEJA

Lo practican a diario las gaviotas que celebran vivir entre el agua y la tierra.

MANHATTAN AMANECE

Y todas sus luces que sobreviven a la noche saludan desde los más altos balcones.

LOS OTROS DUENDES

Se hicieron presentes para enseñarnos a lidiar con los duendes irreales.

DESTINO ANUNCIADO

Después de aquella experiencia, Adán se dedicó a la horticultura orgánica.

¿HAY FINALES FELICES?

Y si no los hubiera, ¿qué importa? Lo que nunca hay que perder son los felices inicios.

SOY JARDINERO

Y cuando lo hago saber, todas las flores de los entornos me saludan en familia.

BARRIO SAN MIGUELITO

Lo sigo recorriendo a pie, como en los años heroicos.

LA PRIMAVERA EXISTE

Y si no, que lo diga la ventana ilusionada que me lo recuerda cada día.

EL BOSQUE MÁGICO

Tiene infinidad de nombres, desde Campo de Marte hasta Central Park.

TARDE EN EL MET

Las figuras de los cuadros se convierten de pronto en visitantes otoñales.

UN RÍO SUBTERRÁNEO

Recorre en el anonimato las distintas comarcas de la conciencia.

VITRAL PERFECTO

Nos aguarda en la capilla donde hicimos nuestra primera ofrenda imaginaria.

CIUDAD DE ENTONCES

Se nos hace presente cada día aunque casi nunca nos demos cuenta.

RITO PARA INICIADOS

El que cumplimos a diario con el simple hecho de respirar sin miedo.

EL SENA SIGUE AHÍ

Con la confianza inmemorial que despiertan los fieles conocidos.

LA SIMPLE VERDAD

Todos los universos posibles caben en el parpadeo de una estrella.

EFECTO EN CASCADA

Si los sueños hablan, la realidad se esconde.

EL ESPEJO ATÁVICO

Me miro en tus ojos sin otra intención que descubrir de nuevo lo que tengo sabido desde pasadas vidas.

EN EL CAMPO DE MARTE

Los árboles de bálsamo siguen hablando con la luz desde la eternidad de lo invisible.

EN RUTA

Nunca perdamos la esperanza de que un velero nos aguarda en el muelle más íntimo.

RELOJ INTEMPORAL

Cada una de nuestras horas tiene albergada en su interior una semilla de eternidad.

DESPERTAR NEOYORQUINO

La ciudad se incorpora de sus pequeños jardines privados como una deidad anhelante de recorrer de nuevo las calles más antiguas.

LECCIÓN FLORAL

Las rosas olvidadas nunca se olvidan de nosotros.

HELLO, DOLLY

Barbra Streisand y Bette Midler se encuentran en una esquina de Broadway
y se sonríen en silencio.

BAÚLES EN EL ÁTICO

Y en cada uno de ellos, escondida una lámpara que sigue siendo fiel a su destino.

TODO ES VÍSPERAS

Salgamos a pasear por los entornos a ver si descubrimos alguno de los soplos del siguiente día.

“Quieren que parezca una realidad superada, cuando no es cierto”

Ilustración

Ilustración de Moris Aldana

Una carta firmada por Juan XXIII, apodado “el Papa Bueno”, llegó a las más altas autoridades de la Iglesia católica a escala mundial en marzo de 1962. Contenía instrucciones para encubrir, ante las autoridades seculares, casos de abuso sexual en menores de 18 años por parte de sacerdotes. Incluía también amenazas de expulsión para aquellos que rompieran este “pacto de silencio”.
La misiva escrita en latín es uno de los ejemplos incluidos en el informe “Los abusos sexuales y la Santa Sede” (2014), con los que la red mundial Child Rights International Network ilustra cómo la Iglesia católica impidió el combate a este flagelo durante años. En el mismo documento, sin embargo, se reconoce que para cuando se publicó el texto, la institución ya había dado importantes pasos para superarlo.
Pero denunciar una agresión sexual en la que el acusado es un sacerdote sigue siendo un proceso arduo y revictimizante. Eso cuenta Sara, 41 años, estatura media, ojos vivos, quien acusó a un sacerdote de haber abusado de ella en una parroquia de San Salvador cuando era niña.
Sara decidió volver a hundirse en sus recuerdos en la segunda mitad de 2016, después de que la Iglesia católica nacional, a través del Arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar, invitó a las víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes a acercarse para denunciar. Prometió el mayor de los apoyos en un momento en el que el dedo acusador de la sociedad salvadoreña se levantaba en contra de esa institución.
Para presentar su acusación, Sara llegó al Arzobispado de San Salvador, un edificio de tres plantas y colmado de oficinas. Como no hay un lineamiento público sobre cómo poner una denuncia, tuvo que repetirle a varias personas la misma frase: “vengo a denunciar un caso de abuso sexual de un sacerdote. Yo fui la víctima”, hasta que al fin la refirieron a la oficina del Tribunal Eclesiástico.
“El Arzobispado cuenta con muchísimos empleados. Es complicado instruir a tanta gente sobre lo que tiene que hacer. Además ellos andan ocupados en sus propias actividades”, responde Rafael Urrutia, presidente del Tribunal Eclesiástico, acerca de lo anterior.
En una ventanilla similar a la de un banco, una secretaria le preguntó por el motivo de su visita. Tuvo que repetir aquella frase. Le dijo que debía hacer una denuncia por escrito, en donde anotara el nombre completo del acusado y la parroquia donde ocurrió el abuso. No le explicó nada sobre el proceso, solo que se le iba a llamar para que ella se presentara ante el presidente del Tribunal Eclesiástico, Rafael Urrutia.

“La Iglesia dice mucho ‘solo son dos o tres casos, no ha pasado más, ya nadie más denunció’. Al no existir un reconocimiento del problema, la gente tiene más temor a denunciar. Quieren que parezca una realidad superada, cuando no es cierto”.

Tras muchas llamadas, la fecha fue fijada. Cuando llegó el día, Rafael Urrutia, con la denuncia en la mano, le dijo que no podían ocuparse de su caso, pues el acusado pertenece a una orden religiosa. Por ello la envió a preguntar a la parroquia donde sucedieron los abusos. “Es que no nos correspondía, es la verdad”, comenta Urrutia al respecto.
Eso lo desmiente el Derecho Canónico, el cuerpo de leyes que rige a la Iglesia católica: “En las causas penales, el acusado, aunque se halle ausente, puede ser llevado ante el tribunal del lugar donde se cometió el delito”, dice el canon 1,412. Miguel Funes, quien fue miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe por 16 años, sostiene que si un religioso comete un delito, lo hace mientras está en una diócesis, la cual depende de un ordinario, en este caso el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas. La víctima, por tanto, tiene dos posibilidades: denunciar en el obispado donde pasaron los abusos o ante el superior de la orden religiosa en la provincia correspondiente.
Para Leocadio Morales, vicario judicial de la diócesis de Santa Ana, la mejor es la segunda opción cuando el acusado es un sacerdote que ya no está en una parroquia de la misma jurisdicción. Ese es el caso del clérigo señalado por Sara. Pero, dadas las circunstancias, si quien denuncia se acerca al obispado del lugar, es necesario darle una respuesta.
Según Morales, el obispo debe hablar con el superior de la orden e informarle que se tiene una acusación contra el sacerdote sobre un abuso sucedido cuando estuvo bajo su jurisdicción. El tema les concierne a ambos: le corresponde al obispo porque quien denuncia es su feligrés; también al superior, pues el clérigo responde a su autoridad. Deben llegar a un acuerdo sobre quién se hará cargo.
“Es lo más correcto para hacer. No se puede decir ‘a mí no me importa lo que te ha pasado’”, comenta Morales.
Si Sara hubiera aceptado la primera respuesta de Urrutia, el ciclo hubiera comenzado otra vez: ir a la parroquia donde sucedieron los abusos y decirle, quizá al secretario o al sacristán, la misma frase (“vengo a denunciar un caso de abuso sexual de un sacerdote. Yo fui la víctima”) y repetírsela luego al párroco actual.
Pero ella no quedó satisfecha. Le dijo que no confiaba en que la misma congregación a la que pertenecía su abusador fuera la que se ocupara del caso. Le preguntó si ellos podían encargarse, servir como una especie de fiscalizadores del proceso. Urrutia le contestó que sí, contradiciendo lo que había dicho al principio. El acuerdo, por tanto, fue que el Tribunal Eclesiástico del Arzobispado de San Salvador le tomaría su declaración para, luego, pasársela a la orden religiosa a la que pertenece el sacerdote acusado.
Hicieron una audiencia donde rindió su declaración, que luego sería enviada a la orden para que continuara con el proceso.
Ese testimonio no serviría para nada: cuando el caso llegó a las manos de la orden religiosa, esta hizo otra audiencia. Las cosas comenzaron desde cero, pero Sara pudo superar su inicial desconfianza al ver la seriedad con la que la orden religiosa se encargó de su denuncia. La acusación todavía está activa, a la espera de lo que decida la Congregación para la Doctrina de la Fe, el tribunal especializado en juzgar delitos graves.
Sara no ha pedido que al sacerdote se le castigue con la dimisión del estado clerical, la pena más grande que puede imponer la Iglesia a uno de sus miembros. Ha exigido que se reconozca al sacerdote como su victimario y a ella como la víctima.

Las otras peticiones van encaminadas a que dentro de la orden religiosa se tomen medidas concretas para evitar que se sigan dando abusos, como la creación de canales de denuncia y manuales de conducta; también una rigurosa reglamentación de cómo funcionarán las relaciones entre clérigos y niños. Recomendaciones que espera que se extiendan a otras jurisdicciones, como el Arzobispado de San Salvador, para acabar con un problema que, en su opinión, no se ha terminado de superar.

“La Iglesia dice mucho ‘solo son dos o tres casos, no ha pasado más, ya nadie más denunció’. Al no existir un reconocimiento del problema, la gente tiene más temor a denunciar. Quieren que parezca una realidad superada, cuando no es cierto”, dice Sara.


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Un misterio llamado Clarice

Escritora brasileña Clarice Lispector

El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade escribió cuando ella murió:
“Clarice procedía de un misterio, y regresó a otro”.
Eso era Clarice Lispector.
Misterio.
Ella.
Y su obra.

A finales del año pasado se cumplieron 40 años de la muerte de esta escritora brasileña nacida en Ucrania en 1920 (si es que esta es la fecha real), autora de “Lazos de familia”, “La pasión según G.H.”, “Cerca del corazón salvaje” y “Un soplo de vida”, entre otros libros, y menos leída y conocida de lo que su obra se merece. Una obra que puede ser un abrazo o una bofetada, pero que no pasa sin efecto por las manos del lector.

Como sus libros, su vida fue un enigma. Durante muchos años se creyó que su nombre era un seudónimo –incluso muchos pensaron que quien escribía era un hombre–, y no se tenía claro ni siquiera su lugar de nacimiento. Ella, por su parte, estaba muy poco interesada en aclarar las dudas. Su compromiso era con la literatura. Y en realidad le gustaba ese halo de intriga que la rodeaba. “¿Cómo puede una persona que vivía en una ciudad grande de occidente, a mediados del siglo XX, que concedía entrevistas, vivía en un bloque de apartamentos y viajaba en avión seguir siendo tan enigmática?”
Quien hace esta pregunta es Benjamin Moser, escritor y traductor estadounidense que se apasionó tanto con la vida y la obra de Clarice Lispector que se empeñó en seguir sus huellas por donde las hubiera. El resultado de sus investigaciones es una magnífica biografía de la escritora brasileña que ya está publicada en español: “Por qué este mundo”.
Una niña que ceceaba, que extendía las erres al hablar; que era la dueña absoluta de los juegos infantiles en el colegio, un poco mandona, incluso; que les ponía nombres a los lápices y a las baldosas, que no se destacaba por ser buena alumna pero sacaba las mejores calificaciones. Una niña que “pensaba que los libros eran como árboles, como los animales: ¡algo que había nacido! ¡No sabía que existieran los autores! Al final me imaginé que habría un autor. Así que dije: Yo también quiero”.
En 1933, con 13 años, decidió ser escritora. Al mismo tiempo que estudiaba derecho, Clarice empezó a escribir. El 25 de mayo de 1940 publicó su primer relato, en la revista Pan: se tituló “El triunfo”. A partir de ese momento su mundo fueron sus historias. Y llegó a convertirse en uno de los grandes nombres de la literatura latinoamericana.

¿Cómo se encontró con la obra de Clarice Lispector?

Cuando yo estaba en la universidad, quise aprender chino. Me matriculé en un curso pero el profesor, muy sincero, nos dijo que con 10 años de estudio íbamos a tener un conocimiento del idioma que nos permitiría leer el periódico. Entonces pensé: esto es absurdo. Tenía 18 años apenas, pero sentía que no debía dedicar tanto tiempo a eso. Así que decidí elegir otro idioma, y solo quedaba cupo en portugués. Un año después ya estábamos empezando a leer textos cortos de literatura brasileña y portuguesa. Y uno de los libros que leímos fue “La hora de la estrella” de Clarice Lispector. Desde la primera página sentí una atracción por ella. Encontré en ese libro una musicalidad, una fuerza tal que era como si ella me estuviera agarrando, físicamente. Quien sea lector de Clarice entiende lo que estoy diciendo. Yo todavía hablaba mal portugués, tal vez solo entendía la mitad de lo que estaba escrito, pero comprendí que era un encuentro especial. Algo verdadero. Han pasado más de 20 años de eso y mi amor por ella, mi respeto y mi admiración son cada vez más profundos. Clarice se vuelve una obsesión para quien la lee.

Encantamiento. Benjamin Moser es un escritor que se fascinó con la obra de Clarice Lispector al punto de publicar una biografía que ya está disponible en español: “Por qué este mundo”.

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¿Había oído algo de ella antes, o de su obra?

Nada. Ella murió sin ser una estrella muy importante en la literatura brasileña. Era conocida por los medios intelectuales y artísticos de allá, pero no era una persona que todo el país conociera. Menos afuera. Ese conocimiento se fue dando poco a poco. Porque es una escritora que necesita tiempo. A mí no me gusta que definan su obra como difícil, porque para mí no lo es, pero la verdad es que hay que llegar hasta ella: hay que prepararse para Clarice Lispector.

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¿Y cuándo decidió ir tras su historia?

Viajé por primera vez a Brasil en 1996. No conocía a nadie allá. Fue emocionante leerla en portugués, en su país, en su ciudad. Clarice y Brasil son, para mí, la misma cosa. Y empecé a pensar que sería interesante contar su historia fuera de allí. Yo tenía una sensación muy rara: cuando la leí en mi curso, quería que los demás la leyeran, que todos conocieran sus libros. Pero me di cuenta de la mala calidad de las traducciones. Eran horribles. Así que me puse a pensar en una mejor manera de llevarla fuera de su país. Después de unos años, decidí hacer su biografía. Y era extraño: estaba haciendo una biografía de una persona que mis lectores no podían leer, porque casi no había traducciones de su obra. Pero, bueno, pensé, empiezo por eso y cuando termine, quizá, algunos ya se habrán animado a traducirla de nuevo.

Yo todavía hablaba mal portugués, talvez solo entendía la mitad de lo que estaba escrito, pero comprendí que era un encuentro especial. Algo verdadero. Han pasado más de 20 años de eso y mi amor por ella, mi respeto y mi admiración son cada vez más profundos. Clarice se vuelve una obsesión para quien la lee.

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¿Cómo fue la investigación?

Cuando lo recuerdo, me da pavor: ¡cómo tuve el coraje para hacerlo! Tenía 26 años cuando empecé y no sabía nada sobre cómo hacer una biografía. Ahora que estoy haciendo la de Susan Sontag, ya es otra cosa, ya tengo idea de cómo es. Con Clarice todo era nuevo. Y yo era casi un niño. Todo empezó cuando fui a Brasil para asistir a un festival internacional que hacen cada año con un artista brasileño como foco especial. Ese año, el énfasis estaba en Clarice Lispector. Ahí empecé a conocer más sobre ella. Poco a poco fui acercándome a su mundo. Me di cuenta de que Brasil en el mapa es enorme, pero socialmente es como si fuera una ciudad de provincia. Desde el norte hasta el sur, todo el mundo artístico, intelectual, académico, incluso diplomático –que era el mundo de su marido, embajador– se conocía. Hice muchas entrevistas con sus amigos, con los familiares que seguían vivos, con escritores de su generación, con algunas personas que vivieron en la zona donde ella creció. Quise recorrer su universo.

Territorio. Clarice Lispector no podía alejarse de Brasil por demasiado tiempo. Ese era su lugar en el mundo.

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¿Siente que terminó por conocerla?

Por un lado, entiendo sus motivos, su obra. Conozco su mundo, su familia, su país. Sin embargo –y no sé si esto se aplique solo a ella o a todo genio artístico– la pregunta de dónde vino esa posibilidad genial que tenía con el lenguaje, de dónde vino ese talento, que no es un talento normal sino esa cosa de poder ir tan fuera de la regla, sigue sin respuesta. Eso continúa siendo para mí un misterio. Esa cosa particular en Clarice fue algo que se le sintió desde muy niña. Yo hablé con la gente mayor del barrio judío de Recife, donde ella se crio, y se acordaban de ella como un ser excepcional. Todos sabían que era especial. Y cuando llegó a Río, a los 15 o 16 años, esa chica –que era una muerta de hambre, refugiada, del otro lado del mundo, de Ucrania– impactaba a todos. Cuando yo hablaba con los viejos señores que la habían conocido, se acordaban de ella y de su belleza. Esos viejos de 90 años se pusieron como chicos de 17 al recordar a Clarice. Les volvió la juventud.

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Recuerdo. En Río de Janeiro hay una estatua levantada en honor de la escritora más importante y más enigmática que ha salido de esa tierra.

¿Cómo definiría la literatura de Clarice Lispector?

Otro gran escritor brasileño, João Guimarães Rosa, le dijo una vez: “A ti no te leo por la literatura, sino por la vida”. La misma Clarice decía: “Lo que yo hago no es literatura, sino vida viviendo”. A ella la leemos no por razones estéticas ni “culturales”, sino porque por ella nos sentimos vivos, nos damos cuenta de lo que significa vivir. Puede sonar raro, pero el lector de Clarice sabe que es exactamente así, y por eso también siempre ha despertado pasiones.

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Uno de los episodios más duros para ella, según cuenta usted en la biografía, fue la muerte de su madre…

Eso la marcó. La mamá de Clarice fue violada en la guerra por unos soldados rusos y vino a Brasil casi agonizando. No podía ni hablar; de portugués no sabía ni una palabra. Los violadores la contagiaron de sífilis y, según una superstición de su región, una mujer con esta enfermedad podía curarse si quedaba embarazada. Así que se preñó. Clarice sabía que había sido engendrada para eso: para intentar curar a su madre. Y la veía enferma. Y no podía hacer nada. Ella le contaba historias a su mamá, historias milagrosas sobre un santo o un angelito que venía a salvarla. Esa cosa mágica se le rompió cuando su mamá murió. Clarice tenía nueve años en ese momento, y quedó llena de rabia. Rabia hacia Dios. Porque Dios, según ella, no la había escuchado. Quedó desesperada, enfadada. Eso condujo al ateísmo que vemos en sus primeros libros, por cuenta de la furia contra Dios. Pero Clarice tenía desde niña una vocación mística, que es otra cosa que no sé explicar. Es otro de sus misterios. La mayoría de las personas venimos sin ese afán de vincularnos a lo divino. Ella no. Ella tenía una vocación espiritual muy fuerte. Y esto le da a su obra una belleza y una profundidad que, para mí, es una de las razones por las que la leamos. A Clarice no se lee por obligación, como se llega a muchos clásicos, sino por esa vida que nos da.

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Su padre también fue otra figura importante.

Una figura heroica. Ella decía que no podía pensar en su padre sin que le doliera el estómago. Era un muchacho genial al que no le fue permitido estudiar, por ser judío. Tuvo que quedarse en una tiendecita en una provincia, leyendo a Dostoievski mientras entraban y salían los clientes. Después de que atacaron y violaron a su esposa, él decidió exiliarse con su familia al otro lado del mundo. Fueron a parar a Brasil porque la madre de Clarice tenía unos parientes que vivían allá. Era un hombre que difícilmente podía alimentar a su familia con su trabajo. De Recife pasaron a Río, con sus hijas crecidas, educadas. Poco después de la primera publicación de Clarice, él tuvo que ir al hospital para una operación simple y, por un error médico, murió. Al final Clarice se casó y tuvo una vida de clase media alta que su padre nunca hubiera podido imaginar. Él no pasó un solo día de su vida sin preocuparse por pagar una cuenta. Y creo que fue una pena que no viera en lo que había terminado su sacrificio. Porque Clarice Lispector se fue afirmando, libro tras libro, como la artista más brillante que ha producido Brasil en el siglo XX.

Al final Clarice se casó y tuvo una vida de clase media alta que su padre nunca hubiera podido imaginar. Él (su padre) no pasó un solo día de su vida sin preocuparse por pagar una cuenta. Y creo que fue una pena que no viera en lo que había terminado su sacrificio. Porque Clarice Lispector se fue afirmando, libro tras libro, como la artista más brillante que ha producido Brasil en el siglo XX.

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Otro momento difícil fue el accidente que tuvo, en el que se quemó la mano derecha. ¿Cómo lo afrontó?

Clarice fumaba y tomaba pastillas para dormir. En 1966, esa combinación casi le resulta fatal. Era famosa como una de las mujeres más bellas de Río de Janeiro, pero de la noche a la mañana se convirtió en una anciana que tenía dolores permanentes, que se movía con pena, que necesitaba atención constante. Y acabó muriéndose con solo 56 años. Lo raro, sin embargo, es que después del incendio se iluminó también su espíritu y produjo, en sus últimos años, dos de los libros más bellos que se han escrito en Brasil: “Agua viva” y “La hora de la estrella”.

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¿Ella se sentía brasileña o pesaban más sus raíces ucranianas?

Clarice se sentía totalmente brasileña. Y lo era, porque cuando llegó a ese país solo tenía un año y dos meses. Su vida era brasileña. Se crio en un barrio de inmigrantes judíos, refugiados que se habían escapado sobre todo de Rusia. Creció en medio de esa comunidad, pero en la parte más brasileña de Brasil. En realidad el exilio, para ella, fue cuando tuvo que dejar su país e ir hacia Europa y Estados Unidos con su marido. Vivió casi 20 años afuera. Pero ella necesitaba estar en Brasil y eso, al final, aunque no fue la única razón, acabó con su matrimonio. No aguantaba más estar lejos. Brasil era su lugar.

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Lo tuvo siempre claro. Se cuenta que Clarice decidió ser escritora cuando tenía 13 años de edad.

Hay un tema que siempre la rodeaba: el cuerpo. La belleza. ¿Cómo era la relación de Clarice con esto?

Esa pregunta me fascina, incluso quiero escribir algo sobre ese tema. Ahora que estoy haciendo la biografía de Susan Sontag, que también era una mujer muy bonita, me sigo preguntando sobre el hecho de ser bella y talentosa. Esa cosa especial que veían los vecinos en Clarice cuando ella tenía tres años talvez era una belleza física, sí, pero todos conocemos personas guapas. Y tan poco interesantes muchas de ellas. La verdad es que había algo más. La belleza de Clarice llamó la atención de todo el mundo. Tenía una apariencia muy diferente a la normal brasileña. Era rubia y alta. Y la relación con su cuerpo siempre fue muy importante. Ella era columnista de belleza. Durante muchos años, a veces a diario, escribía una columna sobre maquillaje, peluquería, zapatos. Mucha gente ve eso como algo raro. Pero la verdad es que no podía vivir todos sus días con los temas de su literatura en la cabeza. Nadie lo podría hacer sin volverse loco. También había que ir al supermercado. Tú tienes que cuidar tu ropa, tu cabello, y eso no es una cuestión de vanidad, es de supervivencia. Ver esos temas como algo frívolo siempre me ha parecido sexista. Clarice encontró una profundidad en las cosas que hacemos a diario. Son estrategias que necesitamos. Todos tenemos que mostrar una cara. Ella pensaba mucho en eso. Creo que su belleza y su apariencia no eran una frivolidad ni una casualidad. Eran producto de mucha reflexión.

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Otro tema que la acompañó: la magia, lo oculto.

Esa es una cosa muy común en Brasil. Ella tenía un afán, una sed, un deseo de saber más y buscaba respuestas, por ejemplo, en la cartomancia. Es un asunto muy humano y ella no era ajena a nada de lo que es humano. Tenía fama de bruja y en esto, por cierto, tuvo que ver Colombia. Ella estuvo dos veces en Colombia, primero en Cali, en 1974, y un año después en Bogotá, como invitada a un congreso mundial de brujería. Un colombiano muy adinerado había organizado ese encuentro con invitados de muchos países, algunos muy conocidos, como el ilusionista Uri Geller. Y Clarice aceptó la invitación. Durante el encuentro leyó uno de sus cuentos, “El huevo y la gallina”, que es muy raro, muy místico. Ese viaje aumentó en su país su fama de loca. Algo que me da rabia porque a la mujer intelectual, artista, siempre se le tilda de loca. La verdad es que cuando volvió a Río, todos estaban fascinados con eso. A Clarice siempre le vieron dotes especiales. Eso la persiguió hasta el final de su vida. La llamaban “la bruja de la literatura brasileña”. Las personas siempre sienten la necesidad de ponerles un nombre y un apellido a los seres que son excepcionales. Y ella era un ser excepcional.

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Después de todo su trabajo de lectura e investigación, ¿cuál es para usted el libro esencial en la obra de Clarice Lispector?

Creo que “La pasión según G.H.”. Es el libro que mejor resume el hechizo de Clarice: esa historia del ama de casa que se come una cucaracha. Así, resumido, el libro parece una locura. Y lo es. No pasa nada, no hay historia, no hay trama, pero es un libro que revela toda la genialidad de esta escritora. Quien lo ha leído no lo olvida jamás.

 

Violencia lanza a salvadoreños a vivir calvario en Costa Rica

Arribo. 1,500 ciudadanos salvadoreños llegaron a Costa Rica en 2017 por amenazas y cobro de extorsiones de pandillas.

Obligados a escapar por la creciente violencia de las pandillas, al menos 1,500 salvadoreños eligieron en 2017 vivir en Costa Rica para intentar reconstruir su vida y recuperar lo que perdieron en su país.

Aquí pretenden recobrar la calma de saberse a salvo en la casa, la certeza de salir a trabajar sin recibir amenazas de muerte y la normalidad que se teje en medio de lo cotidiano, como cuando se va a traer el pan en las mañanas o se hacen las compras en el supermercado.

Por ello, los migrantes salvadoreños llegan con altas expectativas, pero son ilusiones que se rompen con el pasar del tiempo por la demora de los trámites, las dificultades de hallar empleo, la incertidumbre de encontrar una casa y el proceso de adaptación mientras se está en una condición vulnerable.

Andrés (nombre ficticio por motivos de seguridad) vino por primera vez a Costa Rica en diciembre del año pasado, cuando trabajó en un proyecto temporal de construcción en Limón, junto con otros 92 salvadoreños.

Con el dinero que había ganado aquí, pintó su vivienda en El Salvador y le cambió el piso. Una decisión así de habitual llamó la atención de las pandillas y un día uno de sus integrantes se le acercó para informarle que si él y su familia querían “seguir viviendo bien”, tenía que empezar a pagar $400.

“Les empecé a dar el dinero, pero cada vez que entraba a la casa me pedían que les diera algo aparte de los $400”, asegura Andrés.

Él era chofer de microbús en la ruta 42 de San Salvador y en una ocasión tuvo un episodio con un pandillero en el que por poco pierde la vida.

“Esa vez estaba en una calle dentro del microbús, esperando mi turno para hacer el viaje, cuando de repente llegó un chamaco de la nada y me dijo ‘te vas a morir’, y me disparó en la cabeza. Cuando sentí el quemón, arranqué y manejé a 100 hasta donde aguanté”.

Su teoría es que quien le disparó lo estaba confundiendo con un pandillero.

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PUEBLO CHICO, INFIERNO GRANDE
El Salvador, el país más pequeño de Centroamérica, está asediado por las pandillas y es considerado uno de los más violentos del mundo.
En 2015 se registraron 6,650 homicidios, alcanzando la tasa de 103 asesinatos por cada 100,000 habitantes. Mientras que en 2016 la tasa fue de 82 homicidios por cada 100,000, atribuidos principalmente a las pandillas.
En tanto, Costa Rica reportó una tasa de homicidios de 12 por cada 100,000 habitantes.

Andrés regresó a suelo costarricense con su familia hace cinco meses, con el plan de quedarse y con la esperanza de encontrar trabajo rápido, pero se siente frustrado porque las puertas aún no se abren.

“Anduve caminando por todas las calles de aquí cerca buscando obras de construcción para trabajar, pero siempre me decían que sin permiso laboral no podía, que solo con el pasaporte no”, relata.

En Costa Rica, las personas tienen la posibilidad de pedir refugio en los puestos fronterizos, el aeropuerto o en las oficinas de la Dirección de Migración, en La Uruca. En ese momento, se les brinda un documento que certifica que están a la espera de una resolución sobre un trámite migratorio y no pueden ser deportados.
Además, cuentan con acceso gratuito a los servicios de salud y educación, y al cumplir los tres meses dentro del territorio nacional pueden optar por un permiso de trabajo.

La espera también es un golpe bajo. La Unidad de Refugio de Migración, que se encarga de recibir las solicitudes y emitir una recomendación sobre ellas, actualmente tarda cerca de 11 meses para efectuar la entrevista, que corresponde al primer paso del proceso que definirá si se otorga o no la condición de refugio.

“Nosotros como oficina no estamos en capacidad de dar respuestas oportunas a las necesidades de estas personas (salvadoreñas), que vienen en condiciones muy vulnerables y que necesitan una contestación inmediata al presentar la petición”, reconoce Allan Rodríguez, director de la Unidad de Refugio.

La avalancha de solicitudes (ingresan cerca de 600 por mes) y la falta de personal dificultan que el departamento conceda una respuesta ágil, como ocurría hace un año, cuando entre la solicitud y la entrevista pasaba máximo un mes.

En Costa Rica, las personas tienen la posibilidad de pedir refugio en los puestos fronterizos, el aeropuerto o en las oficinas de la Dirección de Migración, en La Uruca. En ese momento, se les brinda un documento que certifica que están a la espera de una resolución sobre un trámite migratorio y no pueden ser deportados. Además, cuentan con acceso gratuito a los servicios de salud y educación, y al cumplir los tres meses dentro del territorio nacional, pueden optar por un permiso de trabajo.

El flujo migratorio de los salvadoreños tomó fuerza en 2015, cuando se registraron 801 peticiones de refugio, mientras que en 2016, el total fue de 1,471 solicitudes.

No obstante, aunque las cifras sean elevadas, el nivel de las aprobaciones no es significativo. Hasta setiembre se habían avalado solo 54 diligencias. Según Rodríguez, esto sucede porque las personas no fundamentan bien su solicitud de refugio o simplemente no califican para obtenerla.

El estatus de refugiado se le concede a quien compruebe que su vida corre peligro en el país de origen y que el Estado no hace nada para protegerla. Son personas con temores fundados de ser perseguidas por su preferencia política, sexual o religiosa, o bien por su género, nacionalidad o por pertenecer a un grupo, por ejemplo, ambiental.
Aunque el sistema para otorgar el estatus de refugio –único en América Latina– es considerado un proceso virtuoso de Costa Rica, en la actualidad el esquema no resulta efectivo por la tardanza en los tiempos de respuesta ante la alta demanda de solicitudes que provienen, en su mayoría, de salvadoreños, venezolanos y colombianos.

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ESCAPE SILENCIOSO
Jorge (otro nombre ficticio para proteger la identidad) y su familia padecieron el acoso de las pandillas en carne propia.
Fueron hostigados por pandilleros al punto de que utilizaban su casa como escondite y también le asignaron a su familia un vigilante que en ocasiones se subía al techo de la vivienda para enterarse de lo que estaban haciendo.
Y el escenario se agravó en diciembre, cuando Jorge recibió la llamada de un hombre desde una cárcel en la que le indicaban que debía pagar $10,000 y que le daba la facilidad de hacerlo en “cuotas”.
“Me dijeron que si no pagaba, me iban a matar”, relata.
Decidieron huir de El Salvador, un viernes de mayo, a la medianoche. Dejaron su casa con los muebles y los electrodomésticos en el lugar de siempre para no levantar sospechas. Tomaron un autobús, cargando unas pocas maletas con ropa, y 20 horas más tarde estaban en Costa Rica.
Esa es la forma más común en la que están llegando los salvadoreños al país: en grupos familiares, trasladándose por tierra y con escasas pertenencias.

Adaptación. Jorge era motorista en El Salvador. En Costa Rica está sin trabajo y vive en una casa que alquila con su familia. La dueña de la vivienda les dejó los electrodomésticos.

En ocasiones, ya conocen de antemano a alguien que los ayuda a resolver dónde van a vivir y qué van a comer durante sus primeros días aquí, pero también hay quienes vienen sin tener contactos previos.
“Muchas veces tenemos literalmente a las personas con las maletas haciendo fila para pedir el refugio en Migración, llenan la solicitud y después nos dicen: ‘¿Ahora qué? ¿Cómo nos pueden ayudar?’ Ahí es cuando acudimos a las organizaciones de la sociedad civil”, indica Rodríguez.

Además, son personas que llegan emocionalmente frágiles debido al mismo ambiente de violencia con el que han convivido tanto tiempo. Por lo general, están acostumbradas a dormir poco y a estar alertas. A veces, incluso traen duelos muy recientes por el asesinato de familiares o vecinos.
Cuando Jorge y su familia lograron solventar el alquiler de una vivienda mediante el apoyo de una organización, les llevó tiempo adaptarse a la normalidad.

Solidaridad. En una muestra de solidaridad, un vecino de Jorge le regaló unas naranjas.

Era habitual que hablaran en voz baja para evitar que alguien los escuchara, como si el vigilante de las pandillas los siguiera rondando, y todavía le colocan un candado a la puerta, aunque a la par de ella hay una ventana sin vidrio.
Aunque algo positivo fue que dejaron de dormir por las tardes y retomaron el descanso en las noches, pues en su antiguo barrio salvadoreño debían pasar las horas de oscuridad atentos a si algún pandillero intentaba hacerles daño.
Jorge destaca que por primera vez sus hijos adolescentes salieron solos de noche, ya que en El Salvador toda la familia iba junta a cualquier parte por el temor de que algo trágico les pasara.
Su esposa, a quien llamaremos Ana, cuenta que a los pocos días de haber llegado a Costa Rica, compró su tiquete para regresar a El Salvador, pero luego cambió de idea.
“Le dije (a Jorge) que no estábamos haciendo nada, nuestros hijos estaban siendo dañados psicológicamente, les decían ‘perros’, ‘sapos’”.
A veces es demasiado duro, aquí es más psicológico, más de paciencia y más de pensar que no tenemos las herramientas para poder traer el alimento a la casa”, asegura Ana.
Y es que encontrar un trabajo sigue siendo un problema para la familia. Pese a que ya Jorge tiene el permiso laboral, dice que a los lugares a los que acude para pedir el empleo lo rechazan por no tener la cédula de residencia.
En criterio de Rodríguez, los salvadoreños tienen dificultades para encontrar trabajo en Costa Rica, porque muchos saben desempeñarse en oficios, pero carecen de un nivel profesional y esto los limita al momento de integrarse al mercado de trabajo.
Ambos resaltan que tampoco estaban preparados para vivir en un país mucho más caro al que estaban acostumbrados.
“Traíamos una cantidad de dinero que yo pensé que nos iba a alcanzar, pero llegamos acá y 100 se hicieron 50, y 50 se hicieron 25. Sentimos ese cambio exorbitante”, dice Jorge.

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LA VOS DESDE LA INSTITUCIÓN
El coordinador de la Unidad de Refugio, Allan Rodríguez, afirma que muchas de las solicitudes de refugio se rechazan porque quienes las presentan no califican para la condición. Considera que las peticiones de refugio en el país por parte de salvadoreños y venezolanos seguirán en aumento.
—¿A qué se debe el aumento de solicitudes de refugio?
En un país tan pequeño como El Salvador, las pandillas se han posicionado y tienen un dominio social de todo el territorio. De forma tal que la extorsión, impuesto de guerra o cualquiera de las formas de este tipo de delincuencia, hace que las personas tengan que estar saliendo a buscar protección ya no en territorio nacional, porque por el tema de la extensión, la posibilidad de movilizarse es casi nula.
—¿Cuál es la expectativa de los solicitantes de refugio salvadoreños sobre Costa Rica?
—La migración de El Salvador ha sido, por lo general, más hacia el Norte. Al endurecerse las políticas en las fronteras, los riesgos que surgen hacen que ese mirar hacia el Norte no sea tan seguro y ahí es cuando las personas miran hacia el Sur, donde Costa Rica es el destino más cercano y seguro.
¿Por qué la aprobación de las peticiones de refugio es tan baja?

Muchos. Los salvadoreños, junto con colombianos y venezolanos, son los grupos que más aparecen en los listados de solicitud de refugio en Costa Rica.

—La mayor cantidad de solicitudes son de personas de nacionalidad venezolana. Un porcentaje muy alto de estas personas viene por temas que no tienen que ver con el de refugio, pero que igual son crisis muy lamentables.
Y con los salvadoreños, muchas veces, las personas están saliendo antes incluso de recibir algún tipo de amenaza, porque a algún vecino o núcleo familiar que no es el primario le pasó algo. En esos casos, falta un elemento que es el de la persecución. En este tema el asunto de la prueba es bastante complicado porque no logran acreditar el tipo de situaciones en las que se encuentran.
—¿Cuál es el perfil del migrante salvadoreño y el del migrante venezolano?
Es bastante diferente el contexto del cual sale cada uno. Un alto porcentaje de las solicitudes de los venezolanos salen propiamente por la situación humanitaria: escasez de medicamentos, de alimentos, la inseguridad que se vive en Venezuela, eso hace que las personas estén saliendo.
En el caso de El Salvador, son las personas que han sido víctimas de las maras.
Un aspecto que les pone más cuesta arriba la situación a las personas salvadoreñas es que muchas veces no tienen un nivel profesional, sino que talvez se dedicaban en sus países a labores propiamente de oficios, como el comercio informal, eso hace que al llegar acá les cueste más integrarse a la sociedad costarricense. No es lo mismo la migración venezolana, que mucho es migración de profesionales y que poco tiempo después de estar acá son captados por las diferentes empresas. Es personal muy capacitado.
—¿Prevé que los flujos migratorios se mantengan?
—La tendencia se va a mantener. No se vislumbran cambios en Venezuela y la situación en El Salvador va a seguir de igual forma. No se ve en un futuro cercano alguna situación que revierta lo que sucede en la actualidad.

En ocasiones ya conocen de antemano a alguien que los ayuda a resolver dónde van a vivir y qué van a comer durante sus primeros días aquí, pero también hay quienes vienen sin tener contactos previos. “Muchas veces tenemos literalmente a las personas con las maletas haciendo fila para pedir el refugio en Migración, llenan la solicitud y después nos dicen: ‘¿Ahora qué? ¿Cómo nos pueden ayudar?’ Ahí es cuando acudimos a las organizaciones de la sociedad civil”, indica Rodríguez.

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ESFUERZOS
Ante los vacíos que existen en el país en el tema de refugio, el Gobierno y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) impulsan el Marco Integral de Protección y Soluciones de Respuesta a la Situación de Personas Refugiadas en Costa Rica (MINARE), el cual quiere poner en marcha una serie de medidas para reforzar las políticas de integración y pretende que se agilicen las respuestas para los solicitantes.
Una de las iniciativas plantea que el permiso laboral se otorgue al mismo tiempo que la persona realiza la petición para quedarse en el país.
Asimismo, sugiere que el carné de refugiado sea similar a la cédula costarricense para que se facilite su reconocimiento en las entidades bancarias y en los centros de salud, que en ocasiones niegan la atención al invalidar el documento.
Carmen Muñoz, viceministra de Gobernación, explica que otra de las intenciones de la iniciativa es que se incorpore la variable migración en las políticas contra la pobreza y de asistencia social al Plan Nacional de Desarrollo. Se prevé que el MINARE entre a regir en 2018.
El año pasado Costa Rica enfrentó una crisis migratoria por la llegada de miles de africanos y haitianos que intentaban viajar hacia Estados Unidos, a los cuales Nicaragua les cerró la puerta con su aparato militar y policial.

Gastos. Andrés fue extorsionado. La presión lo llevó a ahorrar para tener dinero por si le hacían daño a su familia. “Cuando me daban el salario, había que pagar luz, agua, teléfono y a las pandillas”.