Reponerse de la depresión 12-E siete años después

Vulnerabilidad. Las casas de la comunidad 30 de Abril están construidas con materiales que no los protegen de las inclemencias del clima.

“Gracias a Dios las pobrezas que sentíamos eran lo normal, porque sin dinero se sufre”, es lo único que responde Eloísa Salguero cuando se le pregunta en qué momento de su vida ha vivido mejor. Eloísa es una mujer morena, pequeña y de cabello blanco. Esta mañana está molesta porque el árbol de limón que sembró ya da frutos, pero no ha crecido lo suficiente para dar sombra. Lo mismo pasa con los almendros. Por eso, le apena no poder invitar a platicar bajo la sombra de algún árbol, sino a la sombra de la pequeña casa de lámina en la que vive con su hijo.
Eloísa sabe que la pobreza no solo se traduce en problemas consiguiendo dinero para la comida. En su caso, la pobreza ha implicado la posibilidad de enfrentarse contra la Unidad de Mantenimiento del Orden de la Policía para poder ocupar la tierra en la que ahora vive. Y es que la comunidad 30 de Abril se formó cuando un grupo de ciudadanos se tomó un terreno propiedad del Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA) en 2012.
La usurpación de estas tierras no fue una decisión basada en el capricho. En octubre de 2011 no dejó de llover durante una semana por la depresión tropical 12-E. Durante esa tormenta llovió más de lo que se registró durante el huracán Mitch. Al menos 21 ríos se desbordaron y se contabilizó más de 30 muertos. Eloísa y su familia casi pierden la vida. Ella residía en las cercanías de un río que se desbordó y destruyó su antigua casa. Por eso se tomó una parte de las tierras para no vivir entre el peligro y el fango.
En la comunidad en la que ahora reside, la organización interna ha sido vital. Varios vecinos cuentan que durante los primeros días que llegaron a este terreno, la mayoría de familias dormía al aire libre, las personas no dejaban de toser por el polvo y pasaban frío durante toda la noche. Ahora, a través de su organización, la gran mayoría ya ha logrado conseguir las escrituras del espacio que habitan y construir sus casas de lámina.
Aquí se vive en los márgenes, pero sus habitantes hablan con esperanza del futuro. En él se imaginan calles asfaltadas, agua potable, alumbrado público y casas construidas con bloques de hormigón. La situación de vivienda de esta zona no es una anormalidad. De acuerdo con la Dirección General de Estadísticas y Censos, al menos el 11 % de los hogares salvadoreños están construidos con lámina, bajareque o palma.

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LA TORMENTA QUE FORMÓ UNA COMUNIDAD

Vivienda. De acuerdo con la Dirección General de Estadísticas y Censos, al menos el 11 % de hogares salvadoreños está construido con lámina, bajareque o palma.

Dolores es una mujer de 33 años dedicada al cuido de sus hijas y su comunidad. En octubre de 2011, ella vivía frente al río Los Patos con su esposo, sus hijas menores de 10 años y su madre, Eloísa. Su esposo trabajaba en el campo y además, estaba encargado de cuidar un terreno y sus propiedades. Como parte del trato, el dueño del terreno le dio permiso de usar un espacio en el que la familia podía vivir.
En El Salvador casi la mitad de familias no es propietaria de su vivienda. El 47.2 % de los hogares vive como inquilino, colono o en otra situación irregular, de acuerdo con la última Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples.
A pesar de no tener lujos, Dolores recuerda que en esa casa vivía tranquila. El sábado 15 de octubre de 2011 todo cambió. Durante la noche empezó a escuchar cómo caía la lluvia y pensó que era un aguacero más. Ella no supo que lo que se venía era una tormenta en la que caería más agua que durante el huracán Mitch. La zona del río Los Patos “es bien apartada, no teníamos ni televisor ni nada, no podíamos ver ningún noticiero”, cuenta hoy Dolores.
El río Los Patos dividía la casa de Dolores de la calle principal, donde pasaban los buses y carros. Para salir hacia la calle se utilizaba un puente, pero cerca de las 8 de la noche, este dejó de existir. Dolores pensó primero que se trataba de un rayo. Su esposo salió a ver y confirmó uno de sus más grandes miedos: el puente se cayó y la familia quedó aislada.
A los pocos minutos el nivel del agua del río subió hasta que empezó a inundar la casa. Dolores y Eloísa colocaron la ropa, los trastes y los guacales sobre las camas para que no se mojaran. De nada sirvió. A los minutos el nivel del agua subió tanto que levantó las camas. Los vecinos empezaron a llamar a Dolores y a su familia para que salieran de la casa, pero ya no había forma de cruzar el río y llegar a terreno seguro. La familia solo logró salir de la casa y colocarse en un espacio un poco más alto dentro del mismo terreno en el que vivían. Intentaron ponerse a salvo en lo que ellos describen como una “cuchera”.

La familia de Dolores pasó cinco meses intentando volver a reconstruir la vida en el mismo lugar que casi se las arrebata. No tenían a dónde más ir. Alquilar una casa no era una opción real. La lucha diaria era para reponer otras necesidades urgentes. “Acuérdese que mi esposo trabaja en el campo, entonces, ¿qué son $40 que gana? No le alcanza a veces ni para los alimentos a uno y ya para hacerse de trastes y de ropa, ya es bien difícil”, explica.

De tierra. Los vecinos se quejan del polvo al que se enfrentan a diario. Ninguna de sus calles principales está pavimentada. Lo mismo sucede con los canales para que corra el agua, la mayoría es de tierra.
Peligro para la salud. Una investigación de la Universidad de El Salvador apuntó que la comunidad es atravesada “por tuberías de captación de agua potable y por colectores de aguas

El dueño del terreno solía criar cerdos durante otros años y había construido una estructura metálica para que los animales se alimentaran. Cuando el agua subía y subía, los adultos pusieron una colchoneta sobre esa estructura de metal. Sobre la colchoneta colocaron a las niñas pequeñas y los adultos la mantuvieron sujetada toda la noche mientras rezaban para que el agua no siguiera subiendo. Si llovía más, creían que al menos las niñas tendrían la posibilidad de salvarse.
Ni Eloísa ni Dolores sabían nadar y el cuerpo se les llenó de miedo. La luz de los rayos que caían les servían para ver que ya no quedaba nada seco alrededor. El río se había desbordado completamente y el agua subió hasta cubrirles la cintura. Dolores dice que llamó por horas a la Policía para que su familia fuera rescatada, pero el rescate nunca ocurrió.
A la mañana siguiente, la familia vio que una refrigeradora flotaba. Esa refrigeradora no servía desde hace tiempo y la habían sacado al patio. Al esposo de Dolores se le ocurrió ocuparla como balsa para cruzar así el río desbordado. Ahí se transportaron Dolores, su madre y sus hijas. “Cuando ya me llevaban a mí, me dieron vuelta a medio camino en lo más hondo, pero rápido me agarraron y me sacaron”, cuenta Dolores entre risas nerviosas.
Cuando llegó a tierra segura, la familia de Dolores fue trasladada a un albergue. Ahí se encontró con más personas que pasaron por situaciones similares. Esta tormenta dejó al menos a 50 mil evacuados a escala nacional. Y cuando el sol volvió a salir, algunos de los afectados se enfrentaron con una nueva realidad: habían perdido sus hogares.
La familia de Dolores pasó cinco meses intentando volver a reconstruir la vida en el mismo lugar que casi se las arrebata. No tenían a dónde más ir. Alquilar una casa no era una opción real. La lucha diaria era para reponer otras necesidades urgentes. “Acuérdese que mi esposo trabaja en el campo, entonces, ¿qué son $40 que gana? No le alcanza a veces ni para los alimentos a uno, y ya para hacerse de trastes y de ropa, ya es bien difícil”, explica.
El 30 de abril de 2012, ella se enteró de que otras familias afectadas por la misma tormenta se tomaron unas tierras que no se inundaban y en las que no vivía nadie. Su familia llegó al terreno y trasladó algunas de las pocas cosas que lograron salvar del agua y del fango para empezar a construir una casa temporal con palos, láminas y pedazos de plástico.
Los residentes cuentan que cuando llegaron a estas tierras, la UMO se hizo presente. Ahí la comunidad dio su primera muestra de organización. De acuerdo con un empleado de la Alcaldía de Ciudad Arce, unos vecinos llamaron a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y a través de mediación, sin violencia, 176 familias lograron quedarse en el terreno.

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LA CLAVE PARA CONSTRUIR: LA ORGANIZACIÓN
Dolores cuenta que en este terreno no había vegetación y “a veces pasaban tormentas y, como no había ningún árbol, nos rompían las carpetas, se llevaban las champitas y volvíamos a empezar de cero otra vez”. A pesar de esos problemas, preferían reconstruir a tener que vivir a la orilla del río.
Así vino la necesidad de organizarse formalmente. Se creó una directiva comunal y se empezaron a hacer gestiones para obtener los títulos de propiedad de esas tierras. A los pocos meses, “falleció la persona que estaba encargada, entonces nos reunimos con unas amigas ahí en mi casa y dijimos: ¿Y por qué no nos organizamos nosotras como mujeres?”, narra Dolores.
Ella se convirtió durante 2013 en la presidenta de la asociación de mujeres de la comunidad. Ya organizadas, las mujeres empezaron a enviar cartas a la alcaldía, a ciertas ONG, al Ministerio de Gobernación y al ISTA para conseguir ayuda y legalizar su situación de vivienda. La palabra se corrió pronto y en los siguientes meses llegaron a vivir a este sitio más personas hasta conformar hoy un grupo de 700 familias. Cinco años después de la tormenta, en diciembre de 2016, la mayoría de habitantes de la 30 de Abril recibió sus escrituras.
La organización de mujeres no solo tuvo incidencia consiguiendo las tierras, también fueron capacitadas por otras organizaciones para formar el Comité de Protección Civil Comunal. Además, se convirtieron en un enlace entre la alcaldía y los vecinos ante cualquier emergencia. En caso de que algo urgente suceda, Dolores guarda en su hogar un megáfono. Ella puede activar la alarma de ese aparato cuando quiera informar de una necesidad a la comunidad. Cuando la alarma suena, las personas organizadas saben que deben llegar a la casa de Dolores.

LA VULNERABILIDAD TAMBIÉN ES ECONÓMICA

Mayra es una mujer risueña, blanca y de plática tendida que acepta conversar debajo de un árbol frente a una cancha de fútbol. A los pocos minutos de charla, varios zompopos caen desde unas ramas y ella solo se los sacude y sigue hablando.
El esposo de Mayra trabaja en una fábrica. Ella es ama de casa y sale unos días a la semana a hacer trabajos domésticos en Santa Tecla para aportar dinero a su familia. Ella también fue afectada por la depresión 12-E. Era vecina de Dolores y pasó una parte de la noche, desde lejos, gritándole y buscando una respuesta o un grito que le confirmara que su amiga estaba bien.
“Mi casa era de lámina y madera sencilla, (con) palos que uno hallaba a la orilla del cerco y estaba medio encementada de abajo para no patear solo tierra”, cuenta Mayra mientras se sacude un par de insectos. En esta zona la mayoría de afectados durante la tormenta fueron personas de bajos ingresos económicos.
Mauricio Quijano es el director del Programa de Desarrollo Comunitario de la Fundación Cristosal e impulsa proyectos en este terreno. Es una de las personas que más conoce las condiciones de vida de los habitantes de este sitio. “La vivienda es precaria, las calles internas todavía se inundan cuando llueve, las nubes de polvo son exageradas, el calor es intenso y no hay mayor vegetación”, describe desde San Salvador.

“Si se da un desastre natural, se generan desplazamientos. ¿Por qué razón? Porque la población habita en zonas que son vulnerables. Pero ¿por qué habitan en zonas vulnerables? Probablemente por falta de oportunidades socioeconómicas no tienen acceso a un hogar en un lugar seguro”, explica Mauricio Quijano, director del Programa de Desarrollo Comunitario de la Fundación Cristosal.

Eloísa. Ella es una habitante de la comunidad 30 de Abril y ya obtuvo el título de propiedad de su terreno. Pertenece al Comité de Protección Civil Comunal.

Quijano entiende la vulnerabilidad de los salvadoreños ante fenómenos de la naturaleza como un tema atravesado por la clase social de las personas. El experto pone un ejemplo: “Si se da un desastre natural, se generan desplazamientos. ¿Por qué razón? Porque la población habita en zonas que son vulnerables. Pero, ¿por qué habitan en zonas vulnerables? Probablemente por falta de oportunidades socioeconómicas no tienen acceso a un hogar en un lugar seguro”.
En 2009, El Salvador fue nombrado el país con mayor vulnerabilidad ambiental en el mundo. De acuerdo con el Índice Global de Riesgo Climático, durante 2016, El Salvador se ubicó en la posición número 116.
Mayra cuenta que volvió a su antigua casa después de la tormenta. “Daba sentimiento ver que había gente que había perdido muchas cosas, guacales, ropa, gallinas, perritos, vacas”. Lo que le quedó de su casa estaba lleno de lodo. Pronto compró detergente y lejía para intentar salvar algunas pertenencias. Meses después, se trasladó hacia la comunidad con los mismos colchones que se habían llenado de agua sucia y lodo.
“Este tipo de desplazamientos que surgen por desastres naturales, falta de oportunidades socioeconómicas o incluso por la violencia están en todo el país”, asegura Mauricio Quijano.
Mayra dice que a la orilla del río Los Patos aún viven varias familias afectadas por la tormenta 12-E. Ella asegura que no han querido moverse hacia esta zona porque “no se acostumbran a la vida que uno puede tener aquí. No se acostumbran a que aquí se sufre”.
Los problemas al llegar al establecerse en este terreno fueron acumulándose. A las carencias de una vivienda digna, agua potable y electricidad para todos, se le suma la percepción de inseguridad que la comunidad representa para los vecinos de otras colonias cercanas. A unos metros de donde Mayra platica hay casas que ya no pertenecen a la 30 de Abril. Ahí, una mujer habla de lo peligrosos que son estos vecinos. Ella sospecha que ahí viven pandilleros.

Más de 700. Son las familias que han luchado por construir una vivienda digna en la comunidad 30 de Abril.

Los líderes comunitarios aseguran que este es un territorio por el cual se puede transitar con tranquilidad. En las casas no se observa ninguna pinta alusiva a pandillas.
Mauricio Quijano asegura que aquí se enfrentan a la discriminación porque viven en los márgenes. “Cuando vemos la pobreza, tendemos a asociarla con delincuencia, cuando no necesariamente es así”, afirma. El director del Programa de Desarrollo Comunitario de Cristosal subraya la necesidad de prevenir: “La comunidad 30 de Abril está llena de niños y niñas que dentro de cinco años serán adolescentes, y si se siguen enfrentando a problemas de exclusión, de pobreza, de precariedad, entonces estaríamos hablando de una población que está en riesgo, pero decir que una población está en riesgo no es equivalente a estigmatizarla”.

“En un banco presté unos $600, en otro $300, a modo de que por eso tengo esa champita levantada. Así, luchando. Pero estoy enjaranada en tres bancos. En uno pago $31.25. Este sábado que viene voy a pagar $44 y en el otro voy a pagar $62”, dice María antes de encender la plancha de tortillas”.

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Sobre las tierras. Adalberto Mejía, promotor social, asegura que la obtención de los títulos de propiedad representa “un triunfo en poco tiempo” para la comunidad. En la fotografía de arriba se observa a Mayra Argueta, y en la de abajo, a Dolores Mejía. Ambas son residentes de la 30 de Abril.

LAS CARENCIAS ACTUALES
Es un jueves de enero cerca del mediodía y María Rivera, de 57 años, recién se ha bañado para empezar su jornada haciendo tortillas. Tiene una cabellera larga y gris, y cuando habla junta las manos frente a su cara. Parece que reza, aunque en realidad habla de cuánto le debe a tres bancos distintos.
“En un banco presté unos $600, en otro $300, a modo de que por eso tengo esa champita levantada. Así, luchando. Pero estoy enjaranada en tres bancos. En uno pago $31.25. Este sábado que viene voy a pagar $44, y en el otro voy a pagar $62”, dice antes de encender la plancha de tortillas.
María no solo debe preocuparse por ella. Vive con su esposo y también tiene tres nietos a su cuido porque su hija trabaja en San Salvador. La hija le ayuda económicamente y la visita una vez a la semana. “Yo saco la comidita de acá –dice y señala el puesto de tortillas– de lo que yo voy vendiendo, voy comprando la comida y ya los que trabajan afuera, ya es para pagar el banco”.
Solamente en deudas a bancos María paga $137 al mes. Los préstamos los adquirió intentando construir su hogar. Por ejemplo, instalar la luz eléctrica le costó $400, asegura. Además, gasta $10 mensuales exclusivamente en conseguir agua para beber. El agua que ocupa para bañarse, lavar platos y lavar la ropa la obtiene de un pozo que los hombres de su familia cavaron durante una semana. Esa agua está contaminada porque a solo unos metros del pozo se encuentra la fosa séptica de la casa. Esta es la regla en la comunidad.
La presidenta de la asociación de mujeres cuenta que la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) ha intentado llevar agua potable a la zona a través de cantarelas. A pesar de eso, casi nadie confía en que ese líquido sea de buena calidad. “Esa agua no sirve ni para las plantas”, dice una vecina de la zona. Por eso, la mayoría de habitantes depende de camiones que llenan un cántaro de agua a $0.25 o $0.30.
Los vecinos de este lugar han gestionado por su propia cuenta su acceso a servicios básicos. Y así como hicieron préstamos para alumbrar sus calles y casas, también arreglan, incluso, las calles.
Un día de noviembre del año pasado, la junta directiva y otras representantes de la asociación de mujeres se reunieron para recibir a un grupo de periodistas que visitaron la zona. Los vecinos aprovecharon la ocasión para discutir entre ellos una situación que estaba afectando a un buen número de personas: un vecino estaba tirando el agua de sus oficios hacia la calle, en lugar de mantenerla en la canaleta de su terreno. Esto provocó que la calle estuviera llena de charcos.
Ese mismo día por la tarde, algunas de las personas organizadas salieron a tirar tierra en los hoyos que se habían formado en las calles. Aquí, la exclusión se ha encargado de dejarles claro que, ante una necesidad, la respuesta inmediata está en sus propias manos.

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COMENZAR DE CERO
El 4 de enero fue un jueves con demasiado viento en la comunidad. Durante la mañana no hubo tregua y las ventiscas levantaban constantemente el polvo. Algunas vecinas optaron por sacar agua del pozo y mojar sus patios. Durante la tarde, el viento también fue parte del problema.
Cerca de la casa de Eloísa, la mujer morena que espera que sus árboles crezcan pronto para que le den sombra, un hogar perdió todas sus pertenencias materiales. Era una casa de lámina y carpeta donde residía una familia con una niña de tres años. Durante la tarde, la madre de la niña encendió su cocina de leña para cocer frijoles y una corriente de viento trasladó una chispa desde la cocina hasta el corredor donde la familia almacenaba leña seca. La leña agarró fuego y pronto la casa entera se empezó a quemar.
Si en la 30 de Abril hay problemas para conseguir el agua, no se puede pensar en hidrantes o en cisternas que se encuentren de inmediato para sofocar las llamas. Los vecinos intentaron apagar el fuego y en una foto tomada el día del incendio se les ve cargando agua en los recipientes metálicos que se usan para lavar el maíz. Una empresa de la zona también envió una pipa, pero la ayuda llegó muy tarde.
Al día siguiente, Dolores cuenta que entre los vecinos ya se organizaron para juntar ropa limpia y que los afectados puedan cambiarse durante los siguientes días. Ahora ellos están durmiendo en la casa de una vecina. Pronto intentarán reconstruir todo.

Sin agua potable. Los habitantes de la comunidad 30 de Abril compran agua potable a diferentes camiones. El agua de los pozos dentro de sus terrenos está contaminada, pero la usan para oficios

Aldea global y nave azul

A propósito de la noticia bomba antiinmigrante, que llega al mismo tiempo que el huracán bomba, me llama a reflexionar, más convencido, sobre la necesidad de abonar por una cultura universal de contenido humanista. Antes lo pensé para Centroamérica, ahora extiendo la idea más allá ante el riesgo de una deformación global.
La película de Stanley Kubrick “Odisea del espacio” (2001) comienza mostrando un mono que lanza un palo al espacio, y el madero se convierte en nave espacial, una simbología de la evolución humana. También podría ocurrir una involución: la nave espacial, mono y palo desaparecen. La disyuntiva es riesgosa, cuando el poder tiene la llave de la vida planetaria.
La propuesta de enriquecer el área humanística podría verse como boutade (equivalente en español: mofa, gracejada, ocurrencia); pero el problema es que de fallar como broma lo de apretar un botón que origine una lluvia nuclear se vuelve cada vez más un peligro sicótico, una gracejada, que de fallar abriría las puertas de la desaparición humana. En estos momentos existen bombas 3,000 veces más poderosas que las lanzadas en Hiroshima y Nagasaki. Una sola es capaz de borrar un país entero. No pongo ejemplos porque parecería de mal gusto. Pero digámoslo sin ofender: toda Centroamérica desaparecería con un solo misil nuclear, y lo peor es que son indetectables. Ha dejado de ser válido que en el aire se pueden derribar con otro misil. Y hay países que tienen más de 1,000 bombas de este tipo en sus arsenales.
Yo mismo pretendí una “broma graciosa” en mi última novela publicada: “Los poetas del mal”, cuando digo que si 1,300 millones de chinos, con un salta cuerda de nailon y un reloj, saltan al mismo tiempo en caso de un misil en camino, al darse una señal sincronizada, el salto podría evitar el misil nuclear pero se desviaría nuestra bella nave azul hasta perderse en un agujero negro; en ambos casos desaparecería la humanidad; volando hacia la infinitud espacial o quedando como polvo, mas no polvo enamorado como dice el poeta clásico Quevedo al hablar de la muerte: “Serán ceniza, mas tendrá sentido/ polvo serán, mas polvo enamorado”. No seríamos polvo de amor sino de terror, pues haría desaparecer los 7,500 millones de habitantes terrestres de todos los colores de piel y etnias, toda la bella nave azul.
Ya otras veces se ha jugado con liquidar pueblos enteros, y esto no es boutade, caso de Hitler contra Europa y Estados Unidos. Su idea de superioridad racial aria costó entre 55 a 70 millones de terrestres, incalculable, entre ellos un gran porcentaje considerado inferior por el Führer.
Pero la historia tiene varios ejemplos, y solo quiero referirme a Centroamérica, que estuvo al borde de una hecatombe cultural. Nuestra región se salvó hace 163 años del exterminio por una idea providencial que apoyó la predominancia del pueblo civilizado (significado de poderoso) para someter a los pueblos atrasados.
Hace más de siglo y medio, el filibustero William Walker quiso formar una “falange americana”, como él la llamó, para apoderarse de nuestra región. Comenzó con Nicaragua e intentó seguir con Costa Rica. Walker era originario del sur de Estados Unidos. Sostenía, entre otras cosas perversas, que nuestra región era atrasada y ociosa porque necesitaba de la esclavitud para tener un desarrollo económico basado en la agricultura. Su idea era traer africanos como mano de obra esclava, pues para él la inferioridad de los centroamericanos era tanta que ni siquiera les concedía capacidad laboral. Solo en tres estados del sur: Georgia, Alabama y Mississippi había millón y medio de esclavos de África.
Esto es real. Veamos lo que escribió Walker en el diario oficial de Nicaragua, una vez que se impuso presidente por la fuerza: “Los hombres no son todos iguales. La maldita raza mestiza es la perdición de Centroamérica… el mestizo es demasiado perezoso para que (merezca) vivir” (periódico oficial El Nicaragüense, Granada). Otra idea de Walker y su “falange americana” era tener en Centroamérica una zona de reserva por estar cercana en Estados Unidos una guerra civil. Por eso su primer decreto como presidente ficticio fue establecer la esclavitud (1856); en nuestra región se había abolido en 1824. Para Walker solo existían dos razas puras: los blancos (propietarios) y los negros (esclavos productivos). Los centroamericanos éramos híbridos, es decir, mezclados, ociosos, ilegítimos.
Como podría ser lógico, la idea de la esclavitud está ligada a la economía, de modo que los sureños al defender la esclavitud, defendían su modelo económico agrícola basado en los esclavos africanos, emigrantes forzosos que traían encadenados desde África luego de ser “cazados”. (Sobre cacerías en África, leer novela histórica de Mario Vargas Llosa: “El sueño del celta”).
Era la época en que el sur de Estados Unidos se oponía al modelo industrial del norte. Esto produjo la guerra civil secesionista (1861-65), que ocasionó la muerte de 750,000, entre los dos bandos, esclavistas y abolicionistas. Los primeros se lo cobraron asesinando (1864) al líder de los abolicionistas: Abraham Lincoln después de la gran derrota sureña en la batalla histórica de Gettysburg. Donde Lincoln dio el famoso discurso que comienza así: “Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación; concebida en libertad y consagrada al principio de que todos los hombres son creados iguales”.
Conozco unos 15 estados de Estados Unidos y por lo menos unas 40 universidades, y jamás sentí disminuida mi hibridez lenca-pipil-iberoafro. Nunca me pidieron un documento en esas visitas (años ochenta del siglo pasado hasta 2016). Fue una gran casualidad que en mi última visita, el rector de una universidad tuvo la valentía de arriar la bandera símbolo del bando esclavista luego de permanecer izada 150 años después de ser vencidos por el norte. Como vemos la idea supremacista sigue vigente. Pero ese es otro Estados Unidos, no el de Lincoln.

Esta paz tan violenta

“Peace is not everything. But without peace, everything is nothing”.
Willy Brandt

Es importante iniciar dejando claro que los Acuerdos de Paz cumplieron con la principal misión que tenían en su momento: acabar con el conflicto político armado. Además, son el hito más importante en la historia republicana luego de la independencia. Pero también debe reconocerse que, muy a pesar de su importancia, no son valorados en su justa dimensión por buena parte de la población y de la juventud salvadoreña. Y eso por al menos dos razones importantes.
La primera es que nadie puede valorar lo que desconoce. La deuda con las nuevas generaciones para que conozcan y reflexionen sobre los períodos del preconflicto y del conflicto armado del siglo XX es altísima. Los más jóvenes difícilmente valorarán la importancia de las firmas que se estamparon en el Castillo de Chapultepec en enero de 1992 si desconocen sobre los horrores de la guerra y de la represión política del siglo pasado.
En otros países, los procesos históricos traumáticos, con espirales de violencia aguda, son estudiados y reenfocados desde la academia y la cultura constantemente. Aquí, por el contrario, quisimos hacer borrón y cuenta nueva bajo el mentiroso lema de “perdón y olvido”. Pero eso no funciona así. Hoy las élites que hicieron la guerra y firmaron la paz quisieran que la juventud valorara mejor su legado, pero se enfrentan con lo que cosecharon: su nula apuesta para que las siguientes generaciones conocieran la historia. Les dio miedo que conocieran y que, por tanto, cuestionaran su legado, así que hoy pagan el precio de que a buena parte de los jóvenes les importe poco o nada su gesta.
La segunda razón es por la violencia física, estructural y simbólica que la juventud salvadoreña enfrenta en su diario vivir. No les resulta muy coherente celebrar una paz que desconocen, en medio de una realidad en la que se juegan la vida diariamente, en la que no encuentran una institucionalidad en la cual confiar y en la que cotidianamente escuchan sobre supuestos enfrentamientos armados, con sus respectivos saldos mortíferos.
Los principales deudores de que, aparte de conseguir el cese de las armas en 1992, la sociedad salvadoreña no haya logrado pacificarse son los grandes actores de la posguerra: los partidos políticos, principalmente ARENA y el FMLN. Su primera gran equivocación fue la casi nula inversión social, con el respectivo anatema que se hizo sobre esta por parte de los gobierno de ARENA durante la década de los noventa. En Alemania, luego de la Segunda Guerra Mundial, no se dedicaron precisamente a reducir la inversión social. Por el contrario, el mismo Estados Unidos, a través del plan Marshall, invirtió muchísimos recursos para recuperar social y económicamente la Europa occidental.
Luego viene otra larga lista de errores que han forjado esta paz tan violenta. Uno de los principales ha sido la falta de largo plazo de las élites gobernantes durante la posguerra para abordar los problemas de violencia e inseguridad. En su camino de mediciones electoreras, entre manodurismos, treguas y antiterrorismos, las instituciones y las políticas de seguridad pública han comenzado a parecerse cada vez menos a las que los Acuerdos de Paz planteaban como modelo y van acercándose más a aquellas que pretendían superar.
Sin duda, los Acuerdos de Paz están agotados y no son los responsables de los problemas actuales. La gran pregunta es si los partidos y las élites que firmaron la paz y lideraron la posguerra aún son capaces de responder a los desafíos de la actualidad. La otra cara para responder dicha pregunta es la de quienes nacimos entre 1979 y 1992. ¿Tendrá esta generación el liderazgo suficiente para tomar la historia en sus manos y virar nuevamente hacia la paz o nos quedaremos viendo el celular mientras las aún regentes élites políticas siguen discutiendo un país que ya no existe?

Valemos

Que El Salvador fuera tildado como “un hoyo de mierda”, por el presidente de Estados Unidos despertó ese nacionalismo que casi solo surge cuando juega la selección de fútbol. Salieron a flote los golpes de pecho, las vestiduras rasgadas y la indignación por esa declaración llena de discriminación y menosprecio. Quién no se va a enfadar que hablen mal de su casa, así esa casa se esté cayendo.
En efecto, esa declaración ha sido una de las ofensas más despreciables que el país ha recibido en los últimos años. Y sí, a la luz de las relaciones diplomáticas, El Salvador debe exigir respeto a la dignidad de sus hijos. Es un insulto que no se debe dejar pasar, así nos lo haya escupido el representante de uno de los países más poderosos del mundo, y del que tanto dependemos. Sin embargo, este espacio no pretende abordar eso. Por supuesto que nuestro país no es un hoyo pútrido, por muchos problemas que tenga.
Lo que sí podemos hacer es aprovechar ese baldazo de alfileres calientes para tomar conciencia de lo que está minando cada día más nuestro pedazo de mundo, al grado de volverlo tan difícil de habitar. Y no solo es porque esté inundado en sangre, o se lo esté carcomiendo el oportunismo de la clase política. Todos, así estemos lejos, tenemos una cuota de responsabilidad en que nuestro país no avance y que no sea sinónimo de bienestar.
Casi todos los salvadoreños tenemos maestría para señalar, para quejarnos de lo que hacen los otros, pero somos incapaces de aceptar esa cuota que nosotros aportamos para alimentar el caos. Hay acciones que vemos insignificantes, que tildamos positivamente como astutas y de las que hasta nos ufanamos, que en realidad contribuyen así sea una pizca a que El Salvador sea más hostil. Esas acciones van desde colarse en una fila, pitarle “la vieja” a otro conductor cuando manejamos, hasta intentar sobornar a otros para que actúen a nuestro beneficio.
Seguimos pensando bajo la lógica del más “vivo” y supeditamos la empatía, la amabilidad y el respeto que les debemos a los demás. Exigimos una cultura de no violencia, pero somos capaces de nombrarle hasta al último de sus antecesores a cualquier prójimo que desde nuestro punto de vista nos provoque. Cuando estamos lejos, nos invade la nostalgia al ver esos ríos, lagos, playas y volcanes, pero no dudamos en meter zancadilla a algún compatriota, bajo el argumento “que le cueste salir adelante, así como a mí me costó”. En nuestra escala de valores hay un buen lugar para las contradicciones. Y una a una esas aparentes insignificancias contribuyen a que tengamos El Salvador que tenemos, uno que sigue escupiendo a sus hijos hacia un lugar donde los ven de menos.
Por muy en llamas que esté, El Salvador jamás será un hoyo de porquería. Los salvadoreños somos iguales en dignidad que cualquier ciudadano de otro país, sin importar cuánta melanina tenga en su piel o cuán desarrollado social y económicamente sea ese territorio. Eso sí, con nuestras actitudes –dentro y fuera del país–, podríamos ayudar a que la realidad de nuestra nación sea menos tóxica. La mejor manera de callar las bocas sucias que nos insultan más que con argumentos es con hechos que confirmen que los salvadoreños valemos la pena. Ese es el nacionalismo que deberíamos profesar y aplicar.

Carta Editorial

Hay gente en este país condenada a rehacer todo en su vida una y otra vez. Y no, no es motivo de orgullo. Debería ser motivo de preocupación y vergüenza. El estado de vulnerabilidad extrema que comparten tantas personas es muestra de falta de solidaridad, en primera instancia. Pero también desnuda la ausencia de planes a largo plazo, de inversiones estratégicas para reducir el margen de daño ante cualquier evento inevitable. Deja claro que después de tanto sufrimiento acumulado, el país no aprende la lección y sigue yendo a la deriva.

En 2011, la depresión tropical 12-E instaló nuevos récords de lluvia acumulada, anegó cultivos, provocó deslaves, hubo inundaciones y los ríos se desbordaron. Gente murió. Otros lo perdieron todo. Ojalá fuera una tragedia contada solo una vez, pero tanta desgracia se repite cada cierto tiempo en mayor o menor medida. Siempre hay personas sufriendo hasta lo más profundo por fenómenos que no se pueden controlar, pero cuyas consecuencias se deberían ya haber atenuado con base en la experiencia y en la adecuada planificación. Y no, no se hace.
Casi siete años después de la tragedia, las familias afectadas que protagonizan el texto de la periodista Valeria Guzmán apenas han podido eliminar uno de los riesgos, que era vivir cerca de un río. El resto de vulnerabilidades sigue ahí, acompañándolos a la espera del siguiente episodio de este drama que supone vivir en un país que no se prepara y que no asume con sabiduría las lecciones.
A estas familias ya se les debe mucho. Y no hay nada que haga pensar que no va a aumentar el número de familias en las mismas circunstancias. La deuda seguirá creciendo si no se ejecutan acciones que fortalezcan y dignifiquen a las comunidades.

“No existe la felicidad perfecta”

¿Cuál es su miedo más grande?

No poder cumplir todas las metas, sueños y proyectos que me he propuesto realizar en esta vida.

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?

No existe la felicidad perfecta. Hay momentos buenos y malos. Los buenos momentos son los que debemos aprovechar, y es lo que nos permite ir siendo felices cada día.

Si pudiera tener un superpoder, ¿cuál sería?

Poder eliminar el sufrimiento, la enfermedad, la pobreza, la desigualdad y, en alguna medida, retrasar la muerte del ser humano.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Rebelarme en contra de lo que no está bien, haciendo lo correcto, siendo honesto, diciendo las verdades. Hoy en día para mucha gente todo eso no es bien visto.

¿Qué significa para usted la muerte?

Dar el siguiente paso en el proceso existencial. Nuestra presencia en este mundo es temporal.

¿Quién le habría gustado ser?

El astronauta Franklin Chang-Díaz, por su calidad como persona, su desarrollo profesional y el aporte que está dando a la humanidad en el campo científico y tecnológico.

¿Qué consejo se daría?

No dejar de seguir trabajando por mis sueños y metas, continuar en la batalla diaria, buscando siempre hacer la diferencia.

Buzón

Buzón

Cuentas claras

La corrupción es una enfermedad terminal que condena a las sociedades que la toleran a vivir pobres, disminuidas, subdesarrolladas, estancadas. El Salvador, por desgracia, marcado históricamente por la desigualdad socioeconómica, padece ese mal desde siempre, volviéndose intenso y palmario en las últimas décadas, diezmando así los ya magros recursos dedicados a la inversión pública para paliar las necesidades de la población.

Moisés Alvarado, con sus pesquisas en torno del tema, revela esta vez en “Las millonarias empresas que cambian en una oficina” los “paraísos fiscales intramuros” que han formado argollas sedientas del tesoro público. Algunos de nuestros gobernantes han sido hábiles, menos estadistas, para depredar erarios, lo demuestran las artimañas en la desviación de fondos que se le investiga al expresidente Saca, quien articuló una cadena de la maldad entre sus mismos funcionarios y allegados. Es evidente que no solo en movimientos indebidos de fondos hay corrupción, también existe en funcionarios que los utilizan para viajar, pagarse campañas electoreras o congraciarse con criminales. Las mismas tretas están presentes entre algunos empresarios que las utilizan para evadir o eludir el pago de impuestos al fisco dejando las finanzas del país en números rojos, la violación de leyes laborales, la venta de productos vencidos y otros mecanismos fraudulentos.

Los mandos medios y las instancias de más abajo también han aprendido esos malabarismos vergonzosos, de esa manera no hay dinero que alcance al país para salir adelante. El fenómeno de la corrupción constituye una vulneración a los derechos humanos por cuanto que generalmente entraña una violación del derecho a la igualdad ante la ley y, por supuesto, a los más elementales postulados de una incipiente democracia como la nuestra. Hay instituciones como Corte de Cuentas de la República y el Tribunal de Ética Gubernamental que no contribuyen al combate del flagelo que ya se percibe institucionalizado, pues en vez de revelar, esconden, y en vez de investigar, protegen. Con ese látigo a las finanzas oficiales, el país ha ido bajando en la calificación, quedando varios puntos abajo en el ranking evaluativo, alejado de los países donde hay menos percepción de corrupción y más cercano con los que se colocan como más corruptos. Al final, la mala administración de los recursos de un país es el aspecto principal tomado en cuenta por los cooperantes internacionales. Solo con cuentas claras y ciudadanos satisfechos podemos caminar hacia la paz y la democracia.

Julio Roberto Magaña
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No se vale

A uno le gustaría pensar que de verdad el tiempo de desfalcar el erario público se les acabó a los políticos de turno, porque en eso se puede pensar al leer el tema de la semana pasada sobre la investigación de las empresas que estaban todas en una sola oficina. Pero al mismo tiempo, uno se acuerda de que ya ha habido otros casos en los que la razón y la lógica han asistido a la Fiscalía General de la República e igual ha perdido los casos.

Entonces, hay alguna esperanza y alguna compensación en el hecho de que los acusados están ya en la cárcel, detenidos, y aunque salgan con alguna sentencia favorable, ya pasaron un su rato allá, donde debe estar todo aquel que hace algo en contra de todos. Porque no se vale estar robándole a un país tan sufrido y tan pobre. Encima para algo tan cutre como un tipo de enriquecimiento vulgar, lleno de lujos huecos y sin nada que aporte educación o la elevación del espíritu, pero claro, no se puede esperar nada más de las personas con tan poca conciencia que pueden robar al que no tiene.

Cristian Salazar
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Todos necesitamos ayuda emocional

Jacinta Escudos nos trae a cuenta el déficit que arrastramos en materia de salud mental en nuestro país. Si de hacer un estudio se trata, es un rubro no atendido en materia de salud. ¿Quién no ha sido afectado por alguna causa? Desde la década de los ochenta, damos traspié por toda la cadena de desgracias sufridas y a cada salvadoreño nos corresponde llevar cada uno nuestras cargas emocionales, sean familiares o laborales. Basta solo ver en la calle cuando nos trasladamos a nuestros hogares y vemos los desequilibrios en el tráfico debido algunas veces a la recarga laboral de tareas que se ha vuelto una moda de explotación moderna para generar más ingresos a los patronos con la consabida consigna de que lo que hacemos no es suficiente. Desde ese momento comienza una cadena de desequilibrio en que, muchas veces, los resultados son de violencia emocional que afecta en la productividad. Por esta razón tenemos elevados índices de violencia y agresividad que los manifestamos de diversa forma en la calle, hogar u oficina.

Las empresas no deben subestimar al exigir a sus empleados metas difíciles de cumplir. Los policías son los más afectados por las exigencias del trabajo que realizan y algunos transgreden las normas involuntariamente todo por salvaguardar su vida y la de su familia, que muchas veces reside en zonas dominadas por maras.
Todos necesitamos apoyo en término de salud mental por los diversos males que nos aquejan, como la injusticia laboral, impunidad de leyes y no dejar por fuera nuestra clase política, que ha perdido el beneficio de servir por lo cual fue elegida.

Rutilio López Cortez
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Historias sin Cuento

DESTINO EN TRES PALABRAS

Tenía la vida a su disposición, al menos en cuanto a seguridad de ingresos y a la tranquilidad de ánimo. Desde la primera infancia tuvo un plan de progreso personal, y lo fue siguiendo paso a paso, sin hablar de eso con nadie, ni siquiera con sus padres, que siempre fueron responsables de su progenie, al estilo de los viejos tiempos; es decir, imponiendo su voluntad, sin violencia pero a la vez sin comunicación esclarecedora. Él en aquel ambiente era, pues, un conocido perfectamente desconocido.

Contra todo pronóstico, tal condición le fue abriendo internamente ventanas de libertad. A través de esos cristales observaba el entorno y se iba haciendo sensible a su capacidad de eso que comúnmente se conoce como “ser alguien en la vida”. Sus compañeros de juventud, en el mundo escolar y fuera de él, lo visualizaban como un exitoso constructor de sueños.

Pero a medida que pasaba el tiempo, y aunque sus perspectivas parecieran mantenerse intactas, la sensación interior era cada vez más alejada de lo previsible. Y todo comenzaba con aquella imagen difusa que iba avanzando por alguno de los caminos de la conciencia remembrante.

En esas estaba cuando, en un encuentro formativo de emprendedores que organizaba la empresa en la que tenía posición gerencial, conoció a Francine, que se movía graciosamente por los espacios de la primera juventud. Su padre era un francés tropicalizado y ella era una salvadoreña euro anhelante. Él la observó mientras el consultor exponía las líneas básicas del emprendimiento, y al estar haciéndolo con muy poco disimulo fueron apareciendo otras imágenes en la pantalla rotativa de su conciencia.

—¿Me permites sentarme a tu lado después de la pausa?

Ella lo miró como si lo conociera desde hacía largo tiempo.

—Lo que me extrañaba es que no me lo hubieras pedido… ¿Te acordás de mí, verdá?

Él dudó.

—Eres ella.

—¡Claro, soy ella! La emprendedora perfecta. ¿Querés pasar a mi servicio?

Aquella proposición, que en cualquier otra circunstancia le habría parecido grotesca, hoy se le hacía saboreable.

—Pues claro que sí. Dime cuándo comenzamos nuestra alianza.

—Ahorita mismo, al salir de aquí –respondió ella, con risa de triunfadora.

CAMIÓN CON MERCANCÍA

Era repartidor de productos vegetales orgánicos, y para eso usaba un pequeño camión que era herencia de familia. Su padre lo había ocupado para llevar variadas cosas de venta a los cantones aledaños a su vivienda de entonces, y a él le servía para hacer el reparto por las colonias de clase media de la ciudad donde ahora residía.

Con frecuencia, los agentes policiales lo detenían para preguntarle lo que llevaba, y él ya estaba acostumbrado a tales indagaciones en estos tiempos en que la droga se camufla en todas las formas imaginables.

Aquel era un día con amenazas de lluvia inminente, y él salió un poco más tarde que de costumbre a hacer su recorrido habitual. Sin pensarlo de antemano se fue por una callecita lateral, en la que había muchas viviendas marginales. Iba pasando frente a un bloque de ellas cuando el vehículo se detuvo de súbito, como si el motor hubiera sufrido colapso mecánico.

Logró apenas orillarse a una acera deteriorada y de inmediato fue a revisar qué pasaba dentro del motor. Nada perceptible. ¿Y entonces? Algunos transeúntes se iban acercando.

—Se te murió de viejo el cacharro –le dijo un joven con pinta de colegial.

—Si querés te ayudamos a sacar los bultos –se ofreció un hombre con apariencia de obrero.

—¡Apártense, que aquí venimos nosotros!

Eran cuatro muchachos con tatuajes, que sin decir más se dedicaron a bajar todo lo que llevaba el vehículo. Cuando lo tuvieron en el suelo abrieron de prisa las bolsas y las cajas. Sorpresa para todos: no había nada adentro.

Se le fueron a golpes al motorista, pero este se escabulló como si fuera un gimnasta intrépido. Todo quedó regado ahí, salvo la mercancía inexistente, que iba a recoger cuando se dieron los sucesos. “Soy suertudo” iba pensando mientras caminaba a grandes zancadas hacia la agencia donde estaba esperándolo su nuevo pichirilo.

NOSTALGIA DEL OLEAJE

Nació en un poblado de la costa sobrepoblada de arboledas, creció junto a la playa de entusiasta oleajes, y ya de joven se dedicó a hacer excursiones turísticas en aquel barquito que era propiedad de un amigo de infancia. El mar era, pues, su vínculo espontáneo con la naturaleza, la interior y la que le rodeaba, y ya ni siquiera tenía que pensar en ello para vivenciarlo en el plano de lo entrañable.

Todo se mantuvo así hasta que un día de verano radiante llegó al lugar aquel grupo de excursionistas extranjeros que andaban recorriendo la zona en busca de sensaciones acordes con el paisaje que ellos se habían imaginado y que hoy tenían a la mano. Entre ellos venía aquella muchacha que era el ejemplo típico de los que hoy se conocen como turistas de mochila.

El clic emocional fue inmediato, como si una ola desconocida los envolviera de repente. El primer beso con sabor a sal atávica fue el vínculo ferviente. Y antes de que el grupo partiera había que tomar la decisión: quedarse juntos o irse juntos. La mirada de ella abrió la ruta del horizonte. Él preparó su equipaje, que era mínimo y a la vez infinito, porque en aquella pequeña caja de madera iba encerrado un copo de espuma, que era el símbolo sagrado de su nostalgia.

MILAGRO EN LA JOYERÍA

Lo vio al paso en la vitrina, y esperó que ambos salieran de la tienda de pashminas para mostrárselo a ella. Adentro Ahmed, su antiguo conocido del lugar, ya había descubierto que ellos estaban ahí y les hacía ostentosas señales de bienvenida. Pasaron al interior de la tienda de joyas, y los saludos fueron calurosos como siempre. Ahmed era un vendedor nato, y su simpatía estaba a flor de piel.

—¡Bienvenidos, amigos! Aquí tengo lo que ustedes buscan, como siempre.

Y de inmediato abrió la vitrina donde se hallaban las piedras ordenadas en depósitos transparentes. Él, como siempre, centró su atención en los topacios. Y ahí estaba uno que parecía aguardarles. “¡Este!”, dijo él de inmediato y ella sonrió. Ahmed hizo una reverencia complacida.

—Antes de envolverlo, véanlo de nuevo…

Él lo tomó en la palma de su mano derecha, y se quedó contemplándolo sin decir palabra. La escena se volvió volátil. El topacio lo miraba como si fuera el ojo benévolo del amor feliz.

México capea el huracán Trump sin alzar la voz

Trabajadores. Cada vez son más los deportados que no tienen antecedentes. EUA está expulsando a gente que trabaja.

México y Estados Unidos están encerrados en la misma habitación. Un cuarto con más de 3,000 kilómetros de frontera. Una de las metáforas preferidas del Gobierno de Enrique Peña Nieto es que México se comporta como el adulto de esta relación. El prudente ante los desmanes berrinchudos del niño; el que ha procurado no alzar la voz, mostrarse constructivo, abierto al diálogo. En cierto sentido es una idea que puede resultar creíble. De no ser, claro, porque hay una asimetría de poder. Porque el adulto traslada una permanente sensación de miedo hacia el niño. Porque el niño, Donald Trump, es errático. Problemático.

No hay país al que el presidente de Estados Unidos haya humillado tanto como México. En campaña y desde su llegada a la Casa Blanca, el vecino del sur ha sido el sparring preferido mientras combate al resto del mundo. Una de sus grandes promesas de campaña, la construcción de un muro en la frontera, sigue siendo un quebradero de cabeza para el Gobierno de Peña Nieto, por mucho que se le considere ya un asunto más de política doméstica, al que Trump recurre para soliviantar a su electorado cuando la coyuntura lo reclama. La mera invocación de la construcción o cómo se pagaría –desde cargárselo a los carteles de la droga hasta sugerir incluirlo en la negociación del Tratado de Libre Comercio (TLC)– obligan a los dirigentes a repetir un mantra: “No vamos a pagar ningún muro. Esta determinación no es parte de una estrategia negociadora mexicana, sino un principio de soberanía y dignidad nacional”, volvió a insistir la cancillería este jueves, después de los últimos ataques de Trump.

El único muro, por el momento, es el de contención que México ha tratado de levantar. Ante las impertinencias de Trump, cuando no insultos, el Gobierno de Peña Nieto ha elevado el tono, sin mostrarse en ningún caso disruptivo. El mayor conato de amenaza ha llegado cuando, ante la incertidumbre sobre el futuro del TLC, México ha asegurado que dejaría de colaborar en materia de seguridad y migración, algo que, en la práctica, se antoja complicado. “Ha sido una contención relativa”, considera el excanciller mexicano Jorge Castañeda, para quien aún se puede hacer más. “Videgaray no quiere decir un ‘hasta aquí llegamos’ ni en cooperación ni en otros frentes. Ni mucho menos usar las armas de México para presionar en materia de comercio”, asegura.

La personificación en el actual canciller no es baladí. Luis Videgaray, para muchos no solo el hombre fuerte de Peña Nieto, sino el presidente de facto, sigue siendo la puerta de entrada en la Casa Blanca por su cercanía con Jared Kushner, yerno del presidente. El impulsor de la desastrosa visita a México de Trump durante la campaña electoral capitanea la relación con Estados Unidos desde hace un año, cuando llegó a la cancillería: “Vengo a aprender”, dijo entonces. “Contra lo que muchos piensan, yo sí creo que cumplió y aprendió. Ha cambiado el tono, ha empezado a responder más fuerte”, opina Carlos Bravo Regidor, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). “Ha acertado en que la forma de ser más efectiva para tratar de mitigar los daños ha sido activar los aliados de México en Estados Unidos. Se da cuenta de que la posibilidad de cabildear directamente a Trump es mínima, porque no es capaz de reconocer a México como un interlocutor válido”, añade Bravo, quien recuerda también la distancia que existe entre la actitud de presidente de Estados Unidos y su embajadora, Roberta Jacobson, comprometida con los problemas de México, especialmente los asesinatos de periodistas.

Más allá de la retórica que México trata de hacer calar, el escenario no es precisamente halagüeño. El número de detenciones de mexicanos ha aumentado casi un 40 % en el último año. De los más de 41,000 arrestados, un tercio no había cometido delito, según cifras oficiales. En materia económica, las dudas sobre el mayor pacto comercial del mundo han disminuido la llegada de capitales extranjeros a México. En octubre y noviembre pasado, cayeron hasta su nivel más bajo desde 2011, según el Instituto de Finanzas Internacionales.

La relación entre ambos países este año estará marcada principalmente por dos asuntos. México se ha dado de bruces con la realidad en la renegociación del TLC. El Gobierno de Peña Nieto confiaba en que las conversaciones, iniciadas durante el verano, iban a fructificar a finales del pasado año. Lejos de eso, el acuerdo da la sensación de ser cada vez más inestable. Trump ha llevado las negociaciones al escenario en el que más cómodo se siente: el de las amenazas, el de los constantes tira y afloja, el que provoca la desesperación de las contrapartes. Es su forma de negociar. Está a punto de llevar a México y a Canadá al borde del abismo. Si se tira o no lo decidirá en el último momento.

El último movimiento de Trump, visto con buenos ojos por Canadá, ha sido especular con que las conversaciones pueden extenderse a después de las presidenciales en México, el 1.º de julio, la gran cita del año. “Una ruptura del TLC antes de las elecciones puede ser demoledor para el PRI”, opina Jorge Castañeda, para quien la sugerencia del mandatario de Estados Unidos de esperar suscita otro interrogante: “¿Hasta cuándo va a poder negociar Peña Nieto algo para México siendo un presidente saliente?”

La sombra de Trump se cierne también sobre la precampaña electoral mexicana, marcada por la corrupción y la inseguridad, y en donde la relación con Estados Unidos apenas ha sido tratada por ninguno de los aspirantes. “Creo que va a influir poco, solo veo posible que apoye a Meade (candidato del PRI), por lo que el beneficiado sería López Obrador”, considera el excanciller Castañeda. “No creo que vaya a tener un interés especial en la campaña mexicana, tiene fuegos más importantes que apagar, dentro y en el resto del mundo”, completa Bravo Regidor, para quien, no obstante, lo que pueda decir Trump sí tendrá un efecto. “Va a obligar a los candidatos a posicionarse, sino a responderle. No va a ser un actor, pero sí una presencia”.

Blanco. Durante el gobierno de Obama, las deportaciones eran aplicadas a gente en caliente, que recién llegaba a EUA. Ahora son, cada vez más, de personas que ya tienen una vida hecha en ese país.

“Yo vivía en Sunnyside, en el estado de Washington”, cuenta Felipe, un tipo alto, tímido, con el pelo al rape. “Llevaba allí dos años, trabajaba en una granja lechera. Un día, por la tarde, cuando iba a trabajar, me pararon. Iba manejando la camioneta de mi hermano. Me pararon y me pidieron mi licencia. Se me hizo raro, porque no iban en carro de Policía. Yo les dije que no tenía licencia. Entonces uno se me acercó y me enseñó una foto de su celular. ¿Conoces a esta persona?, dijeron. ¡Y era yo, era mi foto!”.

***

LA HISTORIA DE UNO Y DE MUCHOS

El muro.

A sus 29 años, Felipe Alcaraz ya ha sido soldado, lechero, inspector de urbanismo. Ha cosechado limones y tamarindos, ha construido casas. Ha tenido novias y sufrido penas. Y a ratos, también, ha sido feliz. Pero ahora, Felipe es un deportado, categoría total. Desde su expulsión a México hace semana y media, la negación define su existencia: no puede vivir en Estados Unidos, ni puede ir a la granja a trabajar, ni ver a su hermano, ni ahorrar dólares. No puede, en definitiva, seguir con su vida.

Originario del estado de Colima, en la costa del Pacífico, Felipe encarna el paradigma del migrante en la era Trump. Del migrante deportado. Trabajador, habitante de un estado del interior y sin antecedentes criminales.

De acuerdo con datos de la Secretaría de Gobernación mexicana, las deportaciones disminuyeron en los primeros nueve meses de 2017, los primeros meses del gobierno de Trump. Un 27 % menos que en el mismo periodo del último año del presidente Obama. De 151,460 a 109,842. Sin embargo, han aumentado las expulsiones de migrantes detenidos lejos de la frontera. Si antes lo más habitual eran las deportaciones en caliente, de migrantes que acababan de pasar a EUA, ahora son cada vez más normales casos como el de Felipe.
En el primer año de Gobierno del mandatario también han aumentado las detenciones y las expulsiones de migrantes sin antecedentes. En sus primeros tres meses, los arrestos de migrantes indocumentados sin antecedentes aumentaron el 150 %, de acuerdo con cifras de la Oficina de Fronteras y Migración (ICE por su sigla en inglés).

“Yo vivía en Sunnyside, en el estado de Washington”, cuenta Felipe, un tipo alto, tímido, con el pelo al rape. “Llevaba allí dos años, trabajaba en una granja lechera. Un día, por la tarde, cuando iba a trabajar, me pararon. Iba manejando la camioneta de mi hermano. Me pararon y me pidieron mi licencia. Se me hizo raro, porque no iban en carro de Policía. Yo les dije que no tenía licencia. Entonces uno se me acercó y me enseñó una foto de su celular. ¿Conoces a esta persona?, dijeron. ¡Y era yo, era mi foto!”

Felipe, que asegura que nunca tuvo un problema con la justicia, cree que la sacaron de su Facebook. No se le había ocurrido que “los del ICE” estuvieran buscando a gente como él. Menos que mirasen sus redes sociales. “Nunca me sentí en la lista de Trump”, dice.

Resulta difícil definir los límites de la lista Trump. En los meses que lleva en la Casa Blanca, y antes durante la campaña, el magnate se ha mostrado errático respecto de los objetivos de su política migratoria. ¿Quiere echar a los bad hombres, como llama a criminales y delincuentes; quiere eliminar estatus especiales de protección a migrantes como el DACA, que protege a los “soñadores” o el TPS, que hace lo propio con los salvadoreños? ¿Le da todo igual siempre que se construya el muro en la frontera con México?, Eunice Rendón, mexicana experta en migración, resumía la situación hace unas semanas en las páginas de la revista Nexos: “Bajo la administración del presidente Obama, las prioridades y categorías para la deportación eran diferentes, incluían a aquellos con antecedentes criminales graves o a todo aquel considerado un peligro para la seguridad del país. Hoy todos son prioridad”.

De acuerdo con esa idea, Oliverto Pérez, chiapaneco de 35 años, 1. 60 de estatura y 65 kilos, se había convertido en una prioridad con patas. Vivía en Pittsburg desde hacía siete años. Había trabajado de todo: albañil, lavaplatos, pinche de cocina. Su último empleo había sido de ayudante en un restaurante coreano. Luego lo dejó, no se llevaba bien con el encargado. Un día, cuenta, iba caminando por la calle, “una colonia de güeros” y le abordaron los agentes del ICE. “Me llevaron a la cárcel del condado”. De ahí lo mandaron a otra y luego, por último, a una “más grande, pero solo de deportados. Ahí ya decides si quieres pelear o no. Pero yo no”. Y lo mandaron de vuelta a México.

Eso fue en diciembre y ahora trabaja lavando platos en un restaurante de Ciudad de México. “Aquí es una batalla sacar la grasa”, dice, comparando sus manos con los lavaplatos que manejaba en el país vecino. Y aunque hable de platos sucios, parece que lo hace de sí mismo, de lo difícil que parece todo ahora, a los 35 años, deportado. “Yo ya soy viejo”, murmura.
Cada lunes, martes y miércoles, a eso del mediodía, el avión de los deportados aterriza en Ciudad de México. Decenas de migrantes aparecen con lo puesto, sin maletas, ni regalos, ni nada que indique que su viaje es normal, deseado, un viaje de vacaciones, de turismo, una visita a los papás. En las manos traen una bolsa de plástico de cierre hermético. Dentro guardan un jugo, una botella de agua y un sándwich de jamón. Algunos, cuando salen, se van corriendo a comer, otros van a comprar un boleto de avión para su ciudad. Algunos, como Felipe y Oliverto, buscan asilo en la capital y se quedan unos días. O se quedan, simplemente, sin saber por cuánto tiempo. Una inercia.

El futuro se antoja una cuesta para ellos. Felipe podría volver a Colima, pero ¿a qué? Dice que salió hace años por la violencia. Llegó un punto en que los criminales imponían el toque de queda. ¿Volver? En el caso de Oliverto no es tanto la violencia como la pobreza sempiterna del campo chiapaneco. “Hay gente que planta café y le va bien, pero yo no tengo. Antes cultivaba maíz y frijol, pero la tierra se hizo mala por los pesticidas”, zanja.

Piezas arqueológicas regresan a Costa Rica

Obra. Entre las obras hay dos esferas de piedra, estatuas de piedra, vasijas de barro, ocarinas, metates de piedra, así como diversas representaciones de humanos y animales.
Pieza.

La colección llegó a Costa Rica el pasado 5 de enero. Una parte de ella fue mostrada en una conferencia de prensa en la que estuvo presente el presidente del país, Luis Guillermo Solís; el canciller Manuel González; la ministra de Cultura y Juventud, Sylvie Durán; y la directora del Museo Nacional, Rocío Fernández.

“Costa Rica está más completa. Con el regreso de estas piezas del patrimonio se llena de parte de sí que no estaba con nosotros, es como si la república tuviera un poquito más de cuerpo porque hemos recuperado expresiones de talento, de ciencia, de la cosmovisión de nuestros pueblos precolombinos”, afirmó el presidente Solís.

El mandatario lamentó que esta colección estuviese durante tantos años fuera de Costa Rica y que haya sufrido “vejámenes en manos de quienes ilegalmente se apropiaron de esta importante parte de nuestra historia”.
“Como historiador más que como presidente, creo que recuperar estas piezas forma parte de algo más que un acto de reparación jurídica, es una acción muchísimo más trascendente: estamos recuperando hoy parte del alma nacional”, manifestó.

Extracción. Las autoridades costarricenses creen que las piezas fueron sacadas de Costa Rica vía marítima en la década de los setenta por una familia de origen estonio de apellido Mannil, que aún tiene propiedades en Costa Rica.

El Gobierno costarricense agradeció al de Venezuela por haber custodiado las piezas y haber colaborado para lograr una repatriación exitosa, proceso que se extendió por siete años y que incluyó varias inspecciones y estudios de arqueólogos costarricenses para confirmar el origen y la autenticidad de las obras.

Por el tamaño y el peso de las piezas, las autoridades costarricenses creen que fueron sacadas del país vía marítima en la década de los setenta del siglo pasado por una familia de origen estonio de apellido Mannil, que aún tiene propiedades en Costa Rica.

Las primeras 57 piezas de esta colección fueron decomisadas por las autoridades de Venezuela en 2009 en la aduana de La Guaira, en Caracas, cuando iban a ser trasladadas a Estados Unidos, y el lote restante fue confiscado en una casa de la familia Mannil en Caracas en 2014 y 2015.

Las piezas son originarias de varios pueblos y zonas indígenas de Costa Rica, como la zona central, la atlántica, el Pacífico Norte y Diquís (sur).

Entre estas obras hay dos esferas de piedra, estatuas de piedra, vasijas de barro, ocarinas, metates de piedra (para moler maíz), así como diversas representaciones del hombre, de la mujer y de animales como el jaguar y el águila arpía.
“Hoy es un día muy particular para el Museo Nacional porque significa presentar a la sociedad una recopilación de piezas que nos ha llevado un esfuerzo mancomunado a diferentes instancias del Gobierno a lo largo de siete años”, expresó la directora el museo.

El Museo Nacional ha calificado como “invaluable” esta colección arqueológica, ya que son piezas únicas, pero según calcula, en el mercado negro internacional una sola estatua de piedra puede llegar a costar al menos $40,000.

La colección será estudiada a profundidad por los expertos del Museo Nacional, y parte de ella será exhibida al publico próximamente.

Largo proceso. Las piezas estaban bajo custodia del Gobierno de Venezuela. Entregarlas a Costa Rica fue un proceso que tomó siete años.

 

Aparición. Las piezas fueron detectadas en 2009, cuando estaban a punto de ser trasladadas desde Caracas hasta Estados Unidos.