¿Dónde se enflora a un desaparecido?

Guadalupe Mejía, fundadora de CODEFAM

Se llama Guadalupe Mejía y sus allegados la conocen como madre Lupe. Ahora es una señora de 74 años que camina lento y apoyada en un bastón, pero ha pasado los últimos 40 años de su vida organizando marchas, gritando consignas en megáfonos, realizando protestas y exigiendo justicia. Este año se anunció en Casa Presidencial la creación de CONABUSQUEDA y para Guadalupe esa es una señal de que después de décadas buscando a hombres y mujeres desaparecidos, hoy se encuentra un poco más cerca de conocer su paradero.

Su plan nunca fue ser activista. Quería graduarse de maestra, sin embargo, solo pudo estudiar hasta segundo grado. Guadalupe nació en el cantón La Ceiba, de Chalatenango, y cuando tenía 17 años, se casó con Justo Mejía. Pronto formaron una familia que se sostenía vendiendo atarrayas y trabajando la tierra.

Sin dinero para hacer la siembra, Justo fundó la Unión de Trabajadores del Campo y una cooperativa campesina para acceder a créditos. Los militares señalaron como comunistas a los integrantes de la cooperativa. En 1977, Justo fue asesinado. Guadalupe tenía 34 años cuando quedó viuda y con nueve hijos que criar.

La historia de ese período de la vida de Guadalupe inspiró al escritor Manlio Argueta para escribir la novela “Un día en la vida”. Ella le brindó una entrevista en la que le contó el origen de su dolor. “Si yo no hubiera tenido esa entrevista, no hubiera tenido material para escribir”, reconoce ahora Argueta.

Tras el asesinato de Justo, vinieron otras muertes. Uno de los hermanos de Guadalupe fue desaparecido y no se ha podido encontrar sus restos. Y ya en 1981, fuerzas estatales asesinaron a siete de sus familiares.

Guadalupe, junto a otras personas, fundó el Comité de Familiares de Víctimas de las Violaciones de los Derechos Humanos Marianella García Villas (CODEFAM) en 1981. Desde ahí denunció las torturas que sus familiares vivieron. También presionó a cuanta autoridad fue necesaria para liberar a cientos de presos políticos. Desde los ochenta, su organización ha brindado apoyo para las madres y familiares que tienen la esperanza de encontrar, al menos, los huesos de sus seres queridos.

Durante esta plática, Guadalupe a veces olvida algún detalle específico y cierra los ojos, hace una mueca y se pone las manos sobre la cara como si le avergonzara olvidar. Todo su trabajo ha sido enfocado en recordar. Ella también fue una de las principales impulsoras del Monumento a la Memoria y a la Verdad ubicado en el parque Cuscatlán, en San Salvador. Ahí se recogen los nombres de los desaparecidos y asesinados durante el conflicto armado. Es un espacio donde se concreta la memoria, pero es un monumento descuidado que se deteriora ante la indiferencia pública.

Irónicamente, aunque los dolores de la vida de Guadalupe son de conocimiento público y su legado se materializó en un libro y un monumento nacional, su nombre no suele resaltar con letras grandes. La historia no ha sido justa retratando a una mujer que se ha esforzado por combatir el olvido en un país que parece ser amnésico.

¿Cree que el país ya aprendió su lección con respecto a los desaparecidos?
Yo digo que está lejos todavía para aprender eso. Mire cómo hay desapariciones de gente. Yo pensaba que después de los Acuerdos de Paz ya no se iban a seguir dando estos hechos, pero se siguen dando y no sé hasta dónde vamos a llegar. No sé qué hacer. Me siento incapaz de decir “hagamos esto para que eso no se dé”.

Guadalupe Mejía

¿Cómo vive una madre que no encuentra a sus hijos?
Es una gran tristeza y angustia quererlos encontrar. Ya cuando los encuentra es tranquilidad para ella, porque por lo menos les dan cristiana sepultura. Con eso ya uno queda más tranquilo.

Hay algunas personas que dicen que es mejor dejar eso en el pasado. ¿Por qué es importante hacer excavaciones para encontrar los restos de los desaparecidos?

Porque uno entierra y ya queda conforme que ya queda ahí descansando la persona. Mientras (eso) no está, uno anda pensando que dónde están, que no sabe qué pasó. Encontrar los restos le ayuda a uno a sanar las heridas.

¿Entonces no es cosa del pasado?
No, si para nosotros ese tema es como que fuera ahorita. Porque pasó hace años, pero uno todos los días los recuerda y piensa en ellos. Para uno no es cosa del pasado. Es cosa de presente y de mañana también.

¿Cuántos familiares desaparecidos tiene usted?
Solo mi hermano Gilberto. Está desaparecido desde agosto de 1981.

¿Cómo lo desaparecieron a él?
Él venía para Aguilares a ver a mi mamá. Y en el puente de hamacas lo detuvieron y se lo llevaron. No estoy segura de quién se lo llevó, pero iban vestidos de soldados.

¿El asesinato de su esposo, Justo Mejía, fue de los primeros casos violentos que vio en Chalatenango?
Sí, de los primeros casos en 1977.

Se casó con él bien jovencita.
De 17 años. Bien jóvenes comenzábamos la vida ya acompañadas o casadas.

¿Justo se organizó después de casarse?
Sí, hasta después. Nosotros solo trabajábamos. Hacíamos los paños y las atarrayas para irlas a vender. Mañaneaba a trabajar en los paños y de ahí se iba a la milpa. Regresaba en la tarde y no teníamos otra preocupación.
Recuerdo que nos reuníamos para estudiar el evangelio y entonces salíamos a las comunidades y analizábamos lo que la biblia nos decía. Así fue como comenzó la vida organizada. Después él se organizó en una cooperativa de campesinos que era de ahorro y crédito. La formó para que los campesinos obtuvieran tierras y créditos para trabajar porque no se tenía cómo comprar el abono.

¿Usted sintió algún presentimiento de que eso era peligroso?
Al principio no. Lo que hacíamos era estudiar la biblia e ir a las comunidades, haciendo asambleas con ellas. Hasta que un día nos dijeron que no teníamos que andar en eso porque era peligroso. Eso dijeron los orejones.

¿Cómo fue avanzando todo hasta que pasó el asesinato de su esposo?
Los campesinos formaron la cooperativa y se reunían. Ahí llegaban los soldados y la Guardia a ver qué hablaban. Así fue agudizándose más porque ya los vigilaban y donde nosotros andábamos, ellos también andaban.

Quienes estaban en contra de que los campesinos se organizaran decían que esa era una causa comunista. ¿Qué sabían del comunismo?
No sabíamos qué era comunismo. Nos decían que nosotros estábamos enseñándolo, y yo les decía: “¿Y qué es comunismo?” Porque así era, no sabíamos y nos decían que éramos subversivos, todas esas palabras.

¿Usted, en ese momento, entendía esas palabras?
No, yo no les entendía qué quería decir subversivo, ja, ja… no entendíamos qué era, hasta que nos decían revoltosos.

Cuando a su esposo lo mataron, usted ha contado que tuvo que negar que él era familiar suyo. En esa constante huida en la que estaban, ¿tuvo algún momento privado para llorarlo?
Muy poco espacio nos quedaba para eso. Sí me daban ganas de llorar, y lo hice, quizá, pero lloré en silencio, sin que la gente lo supiera. Su cadáver lo hicieron destrozado. Por eso Monseñor Romero decía que Justo Mejía había sufrido la pasión de Cristo. A él le quebraron los brazos, le sacaron el ojo, le quitaron las uñas con las boquillas de los fusiles y lo colgaron de los árboles. Lo tiraron allá, en una quebradita, cerca de un palo de quina.

Cuando usted encontró el cadáver de Justo, ¿lo enterró en ese mismo lugar?
Sí. Cuando estábamos en el entierro de él, los guardias nos pusieron en una fila y nos preguntaron quién era el familiar del muerto. Nosotros les dijimos que no había nadie de la familia, que estábamos haciendo una obra de caridad. Es bien duro tener que negarlo por amor a la vida de mis hijos.

Leí que días después sacaron el ataúd del primer lugar donde lo enterraron y lo llevaron a otro lugar para hacer una vela.
Sí, a los 17 días lo vinieron a sacar los compañeros. Lo asearon y lo bajaron por esas lomas hasta llegar a El Jícaro.

¿Pudo ir a la vela?
Sí, ahí fui toda la noche. Lo llevamos para El Jícaro en el día y después fuimos a La Ceiba. Ahí lo velamos. Al siguiente día lo enterramos ya en el cementerio. Después de que a Justo lo mataron, nos quedamos viviendo allá en la comunidad. Pero llegaron los escuadrones de la muerte y nos sacaron. En la puerta habían puesto un letrero y la mano blanca. Nos daban 15 días para que abandonáramos la casa.

¿Cómo la apoyó Monseñor Romero?
Cuando se llevaron a mi esposo, que estaba como desaparecido, vine a poner la denuncia donde él y ahí fue donde lo conocí.

En una homilía Monseñor Romero dijo que se le “horrorizó el corazón” cuando la vio llegar con sus nueve niños a contarle de la tortura y el asesinato de su esposo. ¿Cómo era la relación con Monseñor Romero?
Con Monseñor Romero convivimos desde que estaban haciendo una champa que ocupábamos nosotros mismos en el arzobispado.

Como familiares de desaparecidos, ¿cómo vivieron ustedes el momento en el que mataron a Monseñor Romero?
Fue duro porque nosotros teníamos una gran esperanza en él porque nos ayudaba. Era la persona a la que íbamos a denunciar los hechos que habían pasado. Por ejemplo, los que capturaban en la semana, nosotros el domingo lo íbamos a denunciar a Monseñor. Por eso él los daba en la homilía del domingo.

¿No pensó que si a él lo mataron, le podían hacer eso a cualquiera?
Ah, cómo no. Eso lo pensábamos nosotros. Que habían tenido el valor de hacerle eso a nuestro obispo, ¿cómo no a cualquiera se lo iban a hacer? Cuando llegábamos a los cuarteles, nos decían: “Váyanse, viejas. ¿Qué vienen a buscar? Aquí van a quedar ustedes también”. Nosotros hacíamos eso conformes a que cualquier cosa nos podía pasar.

Guadalupe se convirtió en una voz de denuncia de las violaciones a los derechos humanos. En 1979 realizó un viaje por Centroamérica denunciando los crímenes contra los campesinos y conoció al escritor Manlio Argueta. Él asegura que primero entrevistó a Guadalupe en un grupo de cinco mujeres. Luego le realizó una entrevista privada de 45 minutos. “En ese momento no estaba pensando escribir una novela”, cuenta Argueta. Ocho meses después de haber escuchado su historia, se dispuso a escribir el libro “Un día en la vida” y lo basó en el testimonio de Guadalupe. Argueta comenta que aunque la novela ha sido catalogada de carácter testimonial, es un texto de ficción basado en hechos reales. Le tomó tres meses escribir ese libro.

¿Cómo fue el viaje a Costa Rica?
Hicimos una gira que nos organizó aquí la universidad. Íbamos con estudiantes, con maestros, y fuimos a Honduras, a Panamá y Costa Rica. Allá, en Costa Rica, fue que encontramos a Manlio Argueta. Y ahí él tomó mi testimonio.

¿Cómo se sintió cuando vio el libro “Un día en la vida”?
En Inglaterra, en una gira que andaba allá, me dijo una persona donde me quedé que si ya había visto mi libro y le dije que no. “Ah, ya se lo voy a enseñar”, me dijo, y me lo enseñó. Yo no sabía que estaba ese libro, pues.

¿Le hubiera gustado que le pidieran permiso para usar su historia?
Como no. Sí porque ahí no me pidieron permiso. Nada más fue así.

La historia está basada en usted, pero tiene elementos de ficción. ¿Cómo se sintió cuando la leyó?
El libro tiene bastante de lo que sufrimos allá, en La Ceiba. Eso sí, pienso que me removió porque yo eso no lo había contado así a otra gente y en el libro salía lo que habíamos sufrido en la comunidad.

Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.

¿Se sintió extrañada?
Como no, pero como ya estaba hecho el libro… así se da cuenta mucha gente de lo que vivimos. Muchos no conocen la realidad y por lo menos leyendo libros conocen un poco.

Hablemos de cómo empezó su organización, CODEFAM. ¿Cómo decide organizarse?
El espíritu de fortaleza me lo da mi esposo, porque uno no tiene otra cosa más que contar lo que pasó y hacerse fuerte para contarlo con la idea de que estos hechos no se repitan.

Además del caso de su esposo, ¿hubo otro caso que la hiciera decidirse para estar en la organización?
Sí, el asesinato de siete familiares, entre primos, sobrinos y una señora que era comadre de nosotros. Fue terrible, en 1981. Allá, en Las Vueltas. Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.
También había otra muerte que nos dolía: se llamaba Catochita y era una señora que no tenía dónde dormir y se quedaba donde le agarraba la noche. La mataron a ella. Su niña, que tenía unos 10 meses, estaba tomando pecho y pasó toda la noche tomando pecho en la señora muerta. Viera, eso sí duele. Muchas barbaridades hicieron con nosotros.

¿Actualmente usted recibe salario por su trabajo?
En los años que teníamos dinero sí nos daban un salario. Después ya no se podía, ya no recibimos.

¿Cuál diría que es el mayor logro de CODEFAM?
La libertad de los presos políticos. Pudimos sacar como a 1,000 presos políticos de diferentes penales del país.

¿Cómo lo lograron?
Luchando, haciendo actividades en las calles, consiguiendo fondos para pagarle a los abogados para que ellos tomaran los datos. Así fue como se logró. Con la presión de las madres que hacíamos marchas y hablábamos con el director general de los penales y así.

Muchos dirían que organizaciones como CODEFAM perdieron su sentido de existir si ya pasó la guerra. ¿Por qué su trabajo es importante 25 años después de haber firmado la paz?
Mi trabajo como defensora de los derechos humanos es importante porque siempre se violan los derechos humanos. Talvez no igual como se violaron en la guerra, sin embargo, hoy se viola lo mismo en otra forma. No dejo de trabajar hasta que Dios me llame porque estamos viendo que haya justicia y que haya reparación. Hay que buscar a las personas que mataron, las tiraron y no se sabe a dónde.

Me acuerdo de una madre que se llamaba Yolanda. Ella hace cuatro años murió y me decía: “Madre Lupita, no quiero morirme sin saber de mi hijo. Quiero morirme pero cuando ya sepa de mi hijo. No quiero quedar así”. Ella lo anduvo buscando varias veces. Hubo una vez que le dijeron que les llevara dinero, que se lo iban a tener en un lugar, y ella llegó y solo le quitaron el dinero y no le llevaron al hijo.

A mí no se me olvida otra vez que ella me dijo: “Fíjese lo que me pasó: me subí al bus de la ruta 2 y allá, al fondo, vi a mi hijo y caminé para donde él y lo toqué. ‘Hijo’, le dije, y me volteó a ver el muchacho. ‘Ay, me equivoqué’”. Imagínese con qué fe ella pensó que él era su hijo. A mí eso no se me olvida y me da no sé qué no poder hacer nada con el caso de ella, porque se murió así, con su hijo desaparecido.

Yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Usted cree que las madres de desaparecidos están desilusionadas de no poder conocer la verdad del paradero de sus hijos con los gobiernos de ARENA y FMLN?
Sí, porque ellas tenían otra esperanza de que cuando ya estuviera un gobierno del FMLN, que hubiera más apoyo en esos casos, pero no. Todavía no se sabe.

¿Con dos gobiernos del FMLN eso ya debería haberse destapado?
Yo digo que sí, debería ser así. Ya la información la debería de pedir el presidente para poderla conocer. Si estando el FMLN no hemos podido y si llega otro, cómo la vamos a conocer.

En 2014, el Ministerio de la Defensa no permitió que el Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP) ingresara a las instalaciones del archivo castrense. El IAIP buscaba determinar la existencia de documentos de planes militares e información sobre las personas que participaron en violaciones a derechos humanos. En abril de este año, el IAIP concluyó con que hay evidencias de que la Defensa destruyó varios documentos referentes a operativos militares que terminaron con el asesinato de población civil.

La Fuerza Armada se ha negado a compartir la información de los casos de las masacres y usted les ha pedido que colaboren con la justicia.
En una pedida (de perdón) pública les dije que colaboren con la información. Ellos conocen lo que hicieron y también tienen esa información. Si no lo hacen es porque no quieren, no porque no la tengan.

¿Recuerda alguna ocasión en que la Fuerza Armada sí haya colaborado brindando información?
No, no me acuerdo nunca que nos hayan dado algo de información.

Guadalupe Mejía

En 2003 CODEFAM y otras organizaciones lograron inaugurar el Monumento a la Memoria y a la Verdad en el parque Cuscatlán. ¿Cómo fue luchar por la creación de ese monumento?
Fue muy difícil, pero se logró porque se hizo una campaña para que la gente viniera a dejar sus nombres. Aquí venían y (más) los que sacábamos nosotros de afuera.

¿Por qué era importante tener en un monumento los nombres de las víctimas?
Para guardar la memoria de ellos y para que los jóvenes conozcan lo que pasó. También es importante para las madres porque ellas van a depositar la flor y cuando quieren ir a ver, van. Ahí hablan con su ser querido. Cuando no teníamos ningún monumento no se hallaba dónde ir a enflorar. No teníamos un lugar fijo porque ¿dónde se enflora a un desaparecido si uno no conoce el lugar?

Ahora la gente llega y pone nuevos nombres…
Sí, así es. Y ellos manchan también el muro. Ponen cosas de tirro, y nosotros ya les dijimos que no pongan porque se va manchando el espacio.

¿Quién le da mantenimiento a ese monumento?
Pues sí eso es lo que hace falta: alguien que le dé mantenimiento. Nosotros ya hablamos con la alcaldía y con SECULTURA para ver si le dan mantenimiento y han expresado que sí le van a dar, pero todavía no. Y se está manchando de arriba, cae lodo cuando llueve y se mancha la plancha.

¿A ustedes les dicen que no o les dicen sí pero no lo hacen?
Nos han dicho que sí, pero todavía no lo han hecho.

¿Desde cuándo están pidiendo el mantenimiento del monumento?
Ya tiene como ocho años.

Los familiares mantienen la esperanza de encontrar a las personas cuyos nombres están inscritos en el monumento. En septiembre de este año el presidente anunció la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el Contexto del Conflicto Armado en El Salvador (CONABUSQUEDA). Esta comisión será una dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores y estará conformada por tres comisionados que tendrán la misión de identificar el paradero de los desaparecidos durante la guerra. Aún no se conoce cómo será su mecanismo de actuación.
*

Usted ha dicho que va a seguir trabajando hasta que un día se haga justicia. Eso suena a tener un montón de esperanza.
Pues sí, yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Cree que sus nietos van a ver un país más justo?
Espero que así sea, porque uno sale con miedo porque cualquier cosa le puede pasar a sus hijos. Eso es lo que uno no quisiera porque ya vivimos esos hechos y no quisiéramos que se repitan.

La historia parece que sí se repite.
Sí, parece y se repite. En otro ámbito, pero siempre se repite.

¿Cuál es su plan para 2018?
No es mucho el plan, lo que espero es que la Comisión de Búsqueda funcione y se empiece a conocer la verdad de los hechos, que se empiece a saber de los desaparecidos, que los encuentren. Eso es lo que pienso de 2018.

La promesa de Caluco y el cacao

Símbolo de identidad. El cacao es originario de la región mesoamericana y fue utilizado por las culturas precolombinas en ceremonias, medicinas y bebidas sagradas.

La historia de Caluco y el cacao es una de prueba y error. De siembra con esperanza y de árboles que se secan. María de los Ángeles Escobar es una lideresa de Caluco, Sonsonate. Hace siete años motivó a un puñado de vecinos para sembrar cacao y poder progresar como comunidad. Así, cada uno sembró en su parcela los árboles, pero estos se echaron a perder y María fue quien tuvo que dar la cara ante los agricultores y decirles que confiaran, que una vez el cacao prosperara, ellos tendrían un ingreso económico estable porque sus semillas se venden bien durante todo el año. El fruto de este árbol es una mazorca y al procesar sus granos se puede crear chocolate.

María cuenta que los productores de Caluco pidieron asesoría al Centro Nacional de Tecnología Agropecuaria y Forestal (CENTA). Ellos preguntaron cuál era la mejor manera para hacer progresar sus cultivos. Pero el conocimiento técnico que se tenía entonces era limitado y María asegura que les recomendaron sembrar los árboles directamente bajo el sol, sin sombra. Las plantas soportaron la estación de lluvias, pero cuando la estación seca llegó, todo lo que habían sembrado se marchitó y María de los Ángeles se encontró cara a cara con otra siembra fallida.

María tiene ojos claros y una voz dulce que parece flotar entre el calor y la humedad intensa del centro de Caluco. Sus conocidos le dicen Angelita y trabaja como la directora de la Casa de la Cultura del municipio. Desde este espacio se potencian las actividades de una asociación fundada hace siete años llamada Grupo Calicacao.

La asociación reúne a 29 agricultores, 25 mujeres en el área de procesamiento del cacao y 20 jóvenes en talleres de aprendizaje de creatividades y de buenas prácticas de un vivero. Así está escrito en un rótulo de la Casa de la Cultura. La meta es hacer que Caluco sea reconocido como un municipio productor de cacao de alta calidad. En 2014, los productores de Caluco se convirtieron en beneficiarios de la Alianza Cacao. Esta alianza es un proyecto con financiamiento internacional que busca motivar la reactivación de este cultivo durante cinco años.

La idea oficial del programa es comercializar el cacao en “los rentables segmentos especiales y gourmet de mercado internacional”. En la práctica, el beneficio local es tentador: si los campesinos de Caluco encuentran en este cultivo un trabajo con ingresos dignos, no se verán obligados a dejar la vida que conocen para poder subsistir.

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SEMBRAR, TRANSFORMAR, PINTAR Y BAILAR CACAO

Apoyo durante un lustro. La Alianza Cacao busca reactivar la siembra de cacao durante un periodo de cinco años que va desde 2014 hasta 2019.

Dentro de la Casa de la Cultura que María de los Ángeles dirige se han creado varios talleres para formar a los jóvenes en diferentes ramas creativas. Los talleres son gratis y se ha formado un grupo de muchachos que pinta cuadros y trozos de madera con dibujos alusivos al cacao y un grupo de mujeres jóvenes que elaboran aretes y collares con granos de este cultivo. Y si esos talleres no son suficientes para motivar a la población juvenil, hay un grupo de danza para realizar coreografías con canciones que tengan una letra alusiva al cacao.

María de los Ángeles es el motor de este proyecto. No solo convenció a algunos campesinos para sembrar e impulsó que los jóvenes se involucren en actividades creativas, además ha producido un festival, ha motivado la creación de una tienda para vender chocolate en tablilla y ha influido en que los postes de electricidad y las paredes del casco urbano del municipio tengan dibujos que hagan referencia a la temática.

“Creo que está dando resultados porque los señores son agricultores, las señoras están procesando, los jóvenes están haciendo arte y a los que no les gusta todo esto… están bailando. Hay espacio para todos”, dice entre risas la directora de la Casa de la Cultura desde un salón multiusos.

En Caluco las oportunidades de trabajo no abundan. El año pasado el nombre del municipio estuvo varias semanas en los periódicos porque las pandillas provocaron el desplazamiento de la mayoría de los habitantes de El Castaño, uno de sus cantones. Además, varios pobladores del lugar afirman que hace dos años, algunos campesinos dejaron de ir a sembrar a sus tierras por el temor de encontrarse a un grupo de pandilleros armados.

En el último mapa de pobreza realizado por el Estado, el panorama de Caluco no se mostró favorable. La investigación evidenció que el 79 % de su población vivía en pobreza extrema y el 43.7 % de sus habitantes vivía en pobreza extrema severa. El panorama educativo tampoco es esperanzador. De acuerdo con el Observatorio del Ministerio de Educación, en todo el municipio hay 10 escuelas y solo una brinda clases de bachillerato. Además, la mitad de los centros escolares tiene problemas de seguridad interna por las pandillas y por lo menos el 12 % de los maestros de la localidad ha sido extorsionado por pandilleros.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

El que habla es Noé Villalta, parte del Grupo Calicacao. Él pinta un cuadro en el salón multiusos de la Casa de la Cultura y dice que estudió hasta primer año de bachillerato, que la cooperativa le ha ayudado a formarse y que tiene una hija que alimentar. Para ello trabaja en un restaurante, pero sueña con un día poder sostenerse a través del arte sin tener que salir de Caluco.

Si uno de los cuadros que Noé realiza se vende por t $3, se calcula que el costo es de $1.50. Entonces a Noé le corresponden $0.50 en concepto de ganancia, $0.50 se destinan a la cooperativa y $0.50 se guardan para la compra de materiales. El pago es bajo, pero Noé dice que “poco a poco se van formando las cosas y ya se mira uno con futuro”.

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Calicacao. Los integrantes del Grupo Calicacao no solo siembran y procesan el cacao, también lo utilizan en manualidades.

SEMBRAR, TRANSFORMAR, PINTAR Y BAILAR CACAO
Dentro de la Casa de la Cultura que María de los Ángeles dirige se han creado varios talleres para formar a los jóvenes en diferentes ramas creativas. Los talleres son gratis y se ha formado un grupo de muchachos que pinta cuadros y trozos de madera con dibujos alusivos al cacao y un grupo de mujeres jóvenes que elaboran aretes y collares con granos de este cultivo. Y si esos talleres no son suficientes para motivar a la población juvenil, hay un grupo de danza para realizar coreografías con canciones que tengan una letra alusiva al cacao.

María de los Ángeles es el motor de este proyecto. No solo convenció a algunos campesinos para sembrar e impulsó que los jóvenes se involucren en actividades creativas, además ha producido un festival, ha motivado la creación de una tienda para vender chocolate en tablilla y ha influido en que los postes de electricidad y las paredes del casco urbano del municipio tengan dibujos que hagan referencia a la temática.

“Creo que está dando resultados porque los señores son agricultores, las señoras están procesando, los jóvenes están haciendo arte y a los que no les gusta todo esto… están bailando. Hay espacio para todos”, dice entre risas la directora de la Casa de la Cultura desde un salón multiusos.

En Caluco las oportunidades de trabajo no abundan. El año pasado el nombre del municipio estuvo varias semanas en los periódicos porque las pandillas provocaron el desplazamiento de la mayoría de los habitantes de El Castaño, uno de sus cantones. Además, varios pobladores del lugar afirman que hace dos años, algunos campesinos dejaron de ir a sembrar a sus tierras por el temor de encontrarse a un grupo de pandilleros armados.

En el último mapa de pobreza realizado por el Estado, el panorama de Caluco no se mostró favorable. La investigación evidenció que el 79 % de su población vivía en pobreza extrema y el 43.7 % de sus habitantes vivía en pobreza extrema severa. El panorama educativo tampoco es esperanzador. De acuerdo con el Observatorio del Ministerio de Educación, en todo el municipio hay 10 escuelas y solo una brinda clases de bachillerato. Además, la mitad de los centros escolares tiene problemas de seguridad interna por las pandillas y por lo menos el 12 % de los maestros de la localidad ha sido extorsionado por pandilleros.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

El que habla es Noé Villalta, parte del Grupo Calicacao. Él pinta un cuadro en el salón multiusos de la Casa de la Cultura y dice que estudió hasta primer año de bachillerato, que la cooperativa le ha ayudado a formarse y que tiene una hija que alimentar. Para ello trabaja en un restaurante, pero sueña con un día poder sostenerse a través del arte sin tener que salir de Caluco.

Si uno de los cuadros que Noé realiza se vende por t $3, se calcula que el costo es de $1.50. Entonces a Noé le corresponden $0.50 en concepto de ganancia, $0.50 se destinan a la cooperativa y $0.50 se guardan para la compra de materiales. El pago es bajo, pero Noé dice que “poco a poco se van formando las cosas y ya se mira uno con futuro”.

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EL ORIGEN DE LA ALIANZA Y EL CACAO
Alianza Cacao brinda un servicio de asistencia técnica a quienes quieran ser productores de este cultivo. La alianza está pensada para tener una duración de cinco años, por finalizar en 2019. Está liderada por Catholic Relief Services y espera crear 13,500 empleos.

La alianza capacita a productores no solo para sembrar cacao, sino para organizarse y que en sus comunidades lleguen a procesar este producto originario de la región mesoamericana. En algunas publicaciones se dice que antes de la conquista española los granos del cacao eran ocupados para hacer una bebida amarga para los caciques mayas; otras investigaciones afirman que se utilizaba como ofrenda en sacrificios, como moneda de cambio y que era ocupado en tratamientos medicinales.

Sembrar este cultivo implica, de cierta forma, la recuperación de la memoria de la tierra. Así lo deja ver Jairo Andrade, el director de la alianza: “No hay otro lugar en el mundo donde el cacao esté tan vinculado en términos culturales como lo es acá en El Salvador. Es histórico. El famoso cacao que llevaron de México a España, ¿de dónde cree que era originario? Era de los territorios que hoy son El Salvador”, cuenta Andrade.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

A pesar de esa identidad tan ligada a este fruto, su presencia mermó en la vida agrícola de los salvadoreños. Poco a poco, el café, el algodón y la caña de azúcar sustituyeron la producción del cacao. Y a pesar de ser originario de estas tierras, ahora el continente africano es el mayor productor del cultivo en todo el mundo.

Sin embargo, El Salvador sigue teniendo una ventaja. El cacao de esta región tiene más de 3 mil años de historia. Genéticamente, asegura la alianza, es una de las mejores y más antiguas semillas del cultivo. Se considera que es de excelente calidad y que solo el 5 % de la producción mundial es de este tipo.

Andrade afirma que las semillas que se producen en El Salvador “pueden llegar a costar cuatro veces más de lo que cuesta el cacao masivo. Eso hace que el potencial como un generador de ingreso para las familias en El Salvador sea alto”.
A pesar de ello hay un problema para quien necesite utilizar la tierra para que esta produzca rápido. Quien siembre debe tener paciencia. Andrade lo explica: “Es un cultivo que para alcanzar el pico de producción demora entre cinco y seis años”.

En la ruta del cacao. Hasta la fecha se ha logrado registrar que por el impacto directo de este programa han sido sembradas en cuatro años al menos 4,735 hectáreas de cacao.

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LA TIERRA AGRADECE EL CACAO
Emilio Escobar está harto de los pájaros carpinteros. Es un hombre de 56 años que camina con el pecho en alto, es fuerte y está dedicado completamente a la vida del campo. Cuando llega a su terreno sembrado con cacao, no puede evitar mostrar su molestia con los chejes, como le llaman aquí a esas aves. En esta zona del cantón Plan de Amayo, de Caluco, él plantó hace cuatro años una manzana y media de árboles de este cultivo. Pero la suerte, hasta hoy, no ha estado de su lado.

Hace un par de años, un vecino estaba limpiando su terreno con fuego, vino una ventisca, el fuego se pasó hacia el terreno de Emilio y arrasó por completo con una manzana de árboles de cacao sembrados. Su producción se redujo a media manzana. Aquí es donde, a diario, debe pelear sus frutos con los chejes.

“Hemos tratado de ver si los podemos ahuyentar poniéndoles cosas brillantes. Hemos recolectado botellas plásticas y las hemos forrado con papel aluminio. Las colgamos en diferentes partes de la plantación y donde la pichinga tiene sol, pega resplandor”, narra después de inspeccionar su plantación. Él calcula que, de cada 10 mazorcas de cacao maduras, hay seis picadas por los chejes.

A pesar de las botellas brillosas, los pájaros siguen llegando y picando sus mazorcas de cacao. Ahora, lo único que se le ocurre a Emilio es sembrar árboles de naranja para que los chejes se distraigan comiendo esos frutos.

Y es que la venta de cacao, cuando se puede sacar, es buena. Él ya ha llegado a cortar 800 mazorcas cada ocho días. En el mercado de Sonsonate ha logrado vender cada libra a $2.50. Por ello, la recompensa económica de este trabajo es prometedora. Además, un árbol cacaotero puede llegar a producir hasta por 70 años. Pero hoy, todas las mazorcas picadas representan pérdidas para su hogar conformado por su esposa y tres hijos.

“No hay otro lugar en el mundo donde el cacao esté tan vinculado en términos culturales como lo es acá en El Salvador. Es histórico. El famoso cacao que llevaron de México a España, ¿de dónde cree que era originario? Era de los territorios que hoy son El Salvador”, cuenta Jairo Andrade, el director de la Alianza Cacao.

Emilio es uno de los 4,680 productores que han sido apoyados por la Alianza Cacao. Este miércoles de diciembre le pregunta a un representante de la alianza qué es lo que puede hacer para evitar más pérdidas en su terreno. El representante le asegura que enviará a un técnico con mejor información.

Para Emilio las razones por las cuales se unió al proyecto son sencillas: con estos árboles viene la promesa de un ingreso económico extra para su familia. Además, él dice que la mano de obra para recolectar las mazorcas “es más suave”, pues se trabaja bajo sombra. Esta posibilidad de trabajar la tierra con una mano de obra “suave” suena tentadora en un espacio como este. A solo unos metros, sus hijos recogen cilantro bajo el sol en otra parcela. El mediodía y el cielo completamente despejado hacen que el verde de las plantas hasta parezca fosforescente.

A pesar de que ya es hora de almuerzo, los hijos de Emilio siguen trabajando en este campo verde y oloroso. Emilio espera que ellos, al ver la posibilidad de una vida digna a través de la venta de mejores productos, decidan estudiar para encontrar mejores maneras de vivir sin tener que dejar su origen. “Mi hijo se va a graduar de bachiller en Contaduría y me dice ‘si la vida la tenemos en el campo, la tenemos en la tierra, vamos a echarle ganas para ver de qué forma aumentar los ingresos’”, relata Emilio orgulloso.

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Un cultivo agradecido. El cacao da frutos durante la época seca y de lluvias. Además, un solo árbol puede llegar a tener una vida productiva de hasta 70 años.

LOS OTROS BENEFICIOS DE LA SIEMBRA DE CACAO
Para llegar a una parte de la parcela de Emilio es necesario abrir el camino con una cuma, cortar ramas con espinas y cruzar un río pequeño. Por un momento, mientras Emilio inspecciona su terreno, sospecha que no hay suficiente humedad en la tierra. Pero la tierra no está visible, pues una capa de hojas la cubren. Las aparta con la cuma y se encuentra con una tierra negra y húmeda, adecuada para el cultivo.

A diferencia de lo que alguna vez les recomendaron, los productores ya saben que el cacao necesita un 50 % de sombra y un 50 % de sol para crecer. Por eso deben sembrar árboles que funcionen como su sombra. La clave que ha encontrado la alianza para hacer que los productores vean esto como un beneficio es recomendarles sembrar árboles que den sombra y que también sean productivos como el coco o plátano.

Emilio optó por hacer una sombra de plátano. Él y su esposa se han dedicado en los últimos meses a vender tostadas de plátanitos. Ellos mismos cosechan, cortan y fríen el producto que luego las personas les compran como bocadillo.

El cacao y el plátano no solo ayudan a sostener a la familia, cuando sus hojas caen y es invierno, ayudan a preservar el suelo en época de lluvias. Durante la época seca, esa misma cobertura vegetal sirve para que no se pierda la humedad de la tierra. El director de la alianza asegura que con esto “se genera una microfauna muy interesante. Empieza a mejorarse la calidad biológica del suelo”.

El cultivo del cacao, a diferencia del café, también representa un ingreso más sostenido para las familias campesinas. El árbol da fruto tanto en verano como en invierno. Otros cultivos tradicionales se siembran más por necesidad que por la oportunidad de hacer negocio.

Manuel Beltrán, otro productor de cacao de Caluco, lo cuenta de una manera simple. “El cacao ya es un aliciente que viene a llenarle algunos vacíos a uno”, dice. Dentro de una plantación del cantón Plan de Amayo, él dice: “Lo que es agrícola, puramente maíz y frijol, uno lo hace porque tiene que comer tortillas, pero que uno diga que le va a ganar, no. Mire ahora cuánto vale el quintal, en esas condiciones uno sobrevive porque Dios es grande”.

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MUJERES QUE TRANSFORMAN
En octubre de este año, una muestra de cacao de El Salvador figuró por primera vez como una de las mejores 18 a escala mundial. Esto ocurrió en el Salón del Chocolate en París, Francia, donde se realizó un certamen que reunió a países con producción gourmet de dicho producto.

Fue un logro para el productor salvadoreño Eduardo Zacapa, que logró posicionar su muestra y también se entendió como un logro para la producción nacional de cacao. No obstante, en Caluco el impacto directo de la reactivación de un cultivo como este no se mide en premios o en ranking internacionales, se mide en que, por ejemplo, una mujer como Marta Posada ahora tiene un ingreso fijo por cada jornada que trabaja transformando cacao.

Grupo Calicacao. En él participan jóvenes que reciben clases de pintura y luego realizan artesanías y pinturas que son comercializadas. En la fotografía, Noé Villalta pinta una de sus piezas en madera.

Se le llama transformar al proceso de convertir la semilla seca de cacao en un producto comestible o bebible, según se prefiera. Marta tiene 59 años, es ama de casa, tuvo seis hijos y cuando se le pregunta por los nietos, duda por un segundo mientras calcula que, quizá, sus nietos llegan a la docena. Esta mujer espontánea y de plática amena logró criar a todos sus hijos vendiendo tablillas de chocolate.

Ella cuenta que había días tan buenos en los que lograba vender unos 100 colones de tablilla, unos $8.75. Ella aprendió de su mamá las recetas para procesar el cacao. Su padre tenía unos árboles de los cuales sacaban la materia prima y, con lo que aprendió en su familia, se consolidó como la vendedora de chocolate del municipio. La tradición de su producto es tanta que algunos lugareños afirman que “bien sabe uno cuando el chocolate es de la niña Marta”.

Por eso, cuando la directora de la Casa de la Cultura inició el proyecto de desarrollo local a través del cacao, Marta fue una de las contactadas. Ella sabía bien cómo tratar las semillas y le enseñó algunas recetas al resto de mujeres que se unieron al Grupo Calicacao.

“Los hombres suelen migrar en busca de un ingreso extrafinca para solventar la economía familiar, y la mujer, frecuentemente, queda a cargo de las actividades productivas de la parcela, pero eso no se sincera porque si uno ve las listas de las personas donde decimos cuáles son las personas beneficiarias del proyecto, vemos que el 80 % o un 90 % son hombres, cuando el trabajo real lo está haciendo la mujer”.

Al lado del parqueo de la Casa de la Cultura hay un cuarto con varias mesas y material para realizar tablillas de chocolate. Es el cuarto donde las mujeres del Grupo Calicacao se reúnen para transformar la semilla. A veces trabajan en función de un pedido y en otras ocasiones, como explica Marta, esperan venderlo entre vecinos: “Hay que salir a pasearlo y esperamos, primero Dios, ya con la cooperativa salir adelante”.

Al igual que sucede con las pinturas que hacen los jóvenes, todo el ingreso del producto que se vende, se divide. Una es la ganancia personal y otra parte está destinada a la cooperativa. En esta asociación se intenta generar capital y, aunque su inicio ha sido lento y lleno de baches, sus integrantes hablan con ilusión por el futuro. La meta fijada para 2018 es ambiciosa. Esperan aumentar sus ingresos, mejorar la presentación de sus productos y consolidar una marca.

Mientras Marta trabaja en unas tablillas de chocolate afirma que “aquí lo que va a salir de ganancia lo vamos a ver después. Ahorita trabajamos, nos pagan a nosotros el día y lo que quede de ganancia, va a quedar. Ya cuando tengamos bastante ya vamos a ver qué hacemos”.

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POR EL FUTURO
“Históricamente ha habido discriminación hacia la mujer en general, hacia los jóvenes y los enfoques de los proyectos han sido generalmente trabajar con el jefe de familia”, asegura el director de Alianza Cacao, Jairo Andrade, desde su oficina en San Salvador.

De acuerdo con las estadísticas de esta institución, en estos cuatro años del programa se ha logrado sembrar 4,735 hectáreas de cacao a través de 4,680 productores. De esos, mil son mujeres enlistadas como productoras. Sin embargo, Andrade hace un matiz:

“Los hombres suelen migrar en busca de un ingreso extrafinca para solventar la economía familiar y la mujer, frecuentemente, queda a cargo de las actividades productivas de la parcela, pero eso no se sincera porque si uno ve las listas de las personas donde decimos cuáles son las personas beneficiarias del proyecto, vemos que el 80 % o un 90 % son hombres, cuando el trabajo real lo está haciendo la mujer”.

Además de la búsqueda por reivindicar la labor de la mujer en el campo, este proyecto tiene un componente de arraigo. La directora de la Casa de la Cultura de Caluco, María de los Ángeles, afirma que lo más común al ver las pocas oportunidades que existen para las personas de la zona rural es preguntarse: “¿Y qué va a hacer toda esta gente?”

Ella cree que si se le asegura a las personas campesinas un trabajo con ingresos dignos y la oportunidad de desarrollar una técnica adecuada y conocimiento especializado sobre sus productos, es posible que los jóvenes del municipio decidan quedarse a mejorar los cultivos y ser un referente del cacao gourmet.

Ahora mismo eso es un sueño. Pero María de los Ángeles se adelanta al pesimismo y responde que “hay que tener paciencia. No es de la noche a la mañana que esto produce. La esperanza es que le dejemos algo mejor a las nuevas generaciones”.

Un cultivo antiguo. A pesar de que el cacao es originario de Mesoamérica, su siembra como producto para comerciar a gran escala se descontinuó. Ahora se intenta reactivarlo.

Literatura de los escombros

Hace 15 años hice un recuento de mi visita a Alemania con ocasión de asistir a la presentación en la Deutsche Welle de uno de mis dos libros traducidos al alemán. En dicho recuento escribí menos de mi obra para concentrarme en emblemáticas ciudades: Koln (Colonia) y Kessel, ciudades dejadas en escombros en la Segunda Guerra Mundial. Kassel fue borrada del mapa. Por varios meses miles de bombas, lanzadas por las fortalezas volantes, cayeron las 24 horas en las ciudades alemanas, cuando estaba a punto de ser derrotado su ejército nacionalsocialista.
¿Por qué escribí sobre ese tema? Porque se estaba celebrando el 88.º aniversario de uno de los escritores más importantes de Alemania, Heinrich Böll, nacido en Koln. La fundación que lleva su nombre me asignó como coeditor de un libro para Centroamérica con dedicatoria a este “santo de la literatura”, no obstante, que él mismo se consideraba un escritor comprometido; aún más, Böll perteneció a la Wehrmacht (fuerzas armadas de Alemania nazi), como incluso lo hicieron niños y ancianos ofreciendo su vida por su führer o “conductor”. Pero el escritor alemán fue rebelde aún sirviendo al ejército.
Dice René Böll, uno de sus hijos, “Siempre tomó partido por los no privilegiados, y lo hizo con sus propios medios, con su palabra escrita y hablada, por consiguiente como artista y no como político, y pese a estar bajo todos los fuegos, no se dejó enmarcar en ningún campo político”.
No ocurrió igual con otro Premio Nobel alemán, Günter Grass, a quien se recriminó pertenecer a las fuerzas especiales nazis. Böll se manifestó en contra de la guerra y del hecho de ser soldado, buscando siempre desertar. Mientras que Grass, autor de esa fenomenal novela “El tambor de hojalata”, ocultó por años su militancia en el nazismo. Pero ese pasado no los minimiza como escritores que han contribuido a la grandeza de su país.
Independiente de una justificación u otra, fue muy raro que un joven no fuera enlistado en el ejército para hacer grande a Alemania, país humillado en la Primera Guerra Mundial, y que 10 años después vio surgir a un líder con una enorme capacidad para canalizar las emociones populares.
Y así, sus discursos enardecieron a un pueblo que no imaginó que se llevaba al suicidio a toda la nación. Un nacionalismo que se justificó con la idea de hacer grande a Alemania, imponer su poderío a todas las naciones del mundo basado en la supremacía de una raza superior. Y los políticos, militares y clase económica alta lo creyeron.
Fueron conducidos con su nacionalismo grandioso a invadir Estados y llevar al holocausto a pueblos enteros de la culta Europa. Ese nacionalismo, que también era aislacionismo, pues su “conductor” no necesitaba de nadie si tenía el ejército más temible del mundo. Invadió Europa del este y el norte, incluyendo la Unión Soviética hasta declararle la guerra a Estados Unidos, al grado que estos últimos hicieron alianza para combatir esa fuerza superior dejando al margen cualquier hegemonía ideológica, porque primero se pensó en la sobrevivencia. La Unión Soviética luchó en el este y los otros aliados en el oeste, desde Inglaterra y Francia.
La Segunda Guerra Mundial produjo un aproximado de 55 millones de muertos, de los cuales 20 millones fueron de la antigua Unión Soviética, 6 millones de judíos, unos 8 millones de chinos, y esta misma cantidad de alemanes; habría que agregar a los miles de franceses, estadounidenses y japoneses. Y esto cuando aún no había misiles balísticos nucleares que solo dejarían vivas a las cucarachas y las ratas.
Esa guerra dejó en el suelo a Alemania, pero produjo una paz duradera, en el sentido que ya pasaron 72 años; aparte de una guerra fría que nunca contó por millones sus muertos. Y si alguna vez se estuvo al borde de un desastre nuclear, la sensatez mundial optó por no exterminar el planeta.
Estas fueron algunas de las reflexiones que tuve después de que leí la primera edición del libro “Leer nos hace rebeldes” (2002, para celebrar un aniversario más de Böll). “Leer es más que un proceso técnico, o estudio mecánico… hace pensar, lo vuelve a uno libre y rebelde…”, dice el escritor. En 2017, centenario del escritor, ha salido la segunda edición, y las reflexiones son las mismas, 15 años no han sido suficientes para superar el peligro en el que estaba la paz mundial, ni las secuelas de cualquier guerra, aunque no haya dejado las ciudades en escombros.
Y a 25 años de la paz en El Salvador nunca vimos los escombros materiales, y ese espejismo nos engañó pensando que no había ninguna destrucción. Sí la tuvimos, pero fue emotiva, difícil de superar y, al parecer, irreparable, porque no la vimos, como lo hicieron los alemanes que reconstruyeron sus ciudades con las piedras de sus escombros.
Entre nosotros la destrucción fue moral, dolor y deshumanización contra familias campesinas. No pudimos vislumbrarlo porque eran penas y llantos en el interior de nuestra conciencia. En Alemania las ciudades fueron reconstruidas con las mismas piedras y eso fue un homenaje a sus muertos. Nosotros no vimos ciudades en el suelo cuando se firmó el Acuerdo de Paz, no vimos piedras, ni edificios ni iglesias en llamas, solamente los escombros de un dolor escondido, lo esencial en la vida que no pudimos ver con el corazón, como dice “El principito”. Dos años, cinco años, 20 años después de firmada la paz no logramos detectar esas ruinas emocionales, fuimos dejando que cada quien viviera bajo los escombros de sus tragedias.

Liderazgos y tiempos

“Dedicarse a impedir que tus oponentes políticos cumplan sus metas no es el trabajo más inspirador. La mayor satisfacción es respetar nuestras diferencias pero sin impedir los acuerdos”. John McCain
Todo parece indicar que en 2019 el aún estable sistema de partidos salvadoreño podría experimentar algo similar a lo sucedido en España y Francia, donde el bipartidismo tradicional izquierda-derecha se transformó en un sistema de cuatro partidos con capacidad de competir para alcanzar el Ejecutivo.
Dicha posibilidad está íntimamente ligada al surgimiento de nuevos liderazgos, que –como suele suceder en buena parte de las transformaciones en los sistemas de partidos– nacen del interior de los mismos partidos y fuerzas regentes en el anterior statu quo partidista. Si bien esto es algo aún por concretarse en nuestro país, parece tener hoy más que nunca una significativa probabilidad.
Sin embargo, la fuerzas políticas emergentes solo tienen sentido si vienen a responder las necesidades de sus tiempos, para las cuales los partidos tradicionales ya no están en disposición o capacidad de hacerlo. En tal sentido, uno de los primeros retos de los nuevos liderazgos es la construcción de fuerzas políticas que deberán saber administrar las diferencias –y a los diferentes– y poder convertir sus coincidencias en acciones que les cohesionen.
Otro desafío importante será superar las ansias electorales personalistas, pero, al mismo tiempo, caminar rápidamente hacia su constitución como fuerzas legales y aptas para participar electoralmente. En esa misma lógica, es trascendental la construcción de liderazgos democráticos, con capacidad de movilizar a ciudadanos conscientes, dejando atrás las tentaciones del caudillismo y del clientelismo. Se trata de construir partidos y liderazgos que sean capaces de proceder transparente, democrática y austeramente.
La construcción de propuestas y agendas actuales, necesarias y sentidas por la población, es otro reto fundamental. Se trata de construir más proyecto de nación y menos proyección electorera, pues más que de candidaturas, este país urge de instituciones y liderazgos políticos que se vinculen nuevamente con la población, superando la actual antipatía y desconfianza existente entre la ciudadanía y sus representantes.
Los Acuerdos de Paz están quedando cada vez más en franco sinsentido para importantes porciones de la población, sobre todo para las nuevas generaciones. Cuidar la herencia de la paz anhelada e intentada en 1992 es también un desafío, pues si algo nos ha quedado de lección es que no se construyen instituciones democráticas saltándose la ley ni tomando la justicia por la propia mano. Nuestra historia reciente ya nos ha enseñado bastante al respecto.
Si las nuevas fuerzas políticas no actúan rápida y audazmente, podemos pensar que El Salvador no está por quebrarse. Ya está roto. Este país no está por desangrarse, se está desangrando a borbollones desde hace décadas. En ese sentido, urgen nuevos liderazgos con el coraje para hacer los giros de timón necesarios para retomar el camino pactado en 1992.
Corren tiempos difíciles para el mundo y para el país, con tendencias que agitan a la intolerancia y el aislamiento. Quienes fuimos niños durante la guerra y los que nacieron luego de la firma de los Acuerdos de Paz debemos aportar en la construcción de fuerzas políticas cuyo principal capital y apuesta sean la esperanza y la tolerancia, no el miedo ni el odio que últimamente ha llevado al poder a verdaderos pregoneros de la locura en diversas partes del globo.
Es precisamente el crecimiento de esas tendencias el que exige y da más sentido al surgimiento de nuevas fuerzas, que apuesten por sociedades más tolerantes, plurales, multiculturales, diversas y abiertas. Fuerzas políticas que redoblen sus energías por la integración social y de las naciones, que se asuman seguras de que las diferencias y la heterogeneidad hacen más ricas a las sociedades.
Quedarnos inmóviles mientras algunos empujan el mundo hacia la xenofobia y la violencia no es una opción.

Futuro nublado

Este año termina con un panorama oscuro para una buena parte de migrantes latinoamericanos que viven en Estados Unidos. Aunque siempre los más afectados sean aquellos que no tienen sus documentos migratorios en regla, esta vez se unirán a la fila muchos de aquellos que sí los tienen. El limbo de los permisos de trabajo y la reforma tributaria que se viene podrían significar nuevos obstáculos para familias enteras.

Marvin, un exalumno recién graduado, es uno de los muchos que se van en la colada. Ante sus preocupaciones, aseguró hace unos días llevar semanas sin poder dormir tranquilo. Su situación migratoria en este país es cada día más frágil. Hace unos días visitó las aulas que le permitieron sacar su equivalente al diploma de bachillerato el semestre pasado. El día que se graduó salió con una sonrisa de sien a sien y con una meta fija de estudiar cocina profesional.

Estaba a punto de ir a una audiencia legal donde le dirían si aprobaban su solicitud de residencia permanente. Después de eso, con la ayuda de la escuela, se inscribiría en un programa universitario bilingüe para avanzar un paso más en su objetivo. “Cuando venga a visitarlo de nuevo, le voy a traer la buena noticia de que ya estoy más cerca de ser chef”, me dijo con alegría entonces.

Sin embargo, esa noche de invierno llegó con la sonrisa extinta y con la cabeza llena de preguntas. La audiencia no fue favorable y solo se tuvo que conformar con mantener su Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés). El problema es que ese permiso expira en los primeros meses de 2018, y como el Gobierno estadounidense no ha dejado claro si dará oportunidad de que se renueve, eso lo dejaría a la intemperie en términos legales. Estaría a merced de las autoridades migratorias y podría ser deportado con facilidad.

Por si fuera poco, la reforma tributaria que está por venir no le ofrece beneficios. Por tener ingresos bajos, no será favorecido con exenciones como aquellos contribuyentes de clase media y alta que ganen más de $75,000 al año. Verá menos devoluciones de impuestos y eso podría afectar la cantidad de dinero que mes a mes envía para sus abuelos y para su hija.

La situación de Marvin es una metáfora de la dependencia que El Salvador tiene de Estados Unidos. Las remesas, que para este año podrían superar los $5 millones, siguen siendo un pilar fundamental en la economía. Por más falacias de prosperidad y progreso económico que asegura el gobierno actual, ha demostrado con hechos ser tan incapaz para mantener de pie esos 20,000 kilómetros cuadrados sin la ayuda de esos envíos de dinero –que se hacen desde acá– como lo han sido todos los gobiernos anteriores, de derecha e izquierda.

En el peor de los casos, Marvin podría perder su empleo actual como cocinero en un famoso restaurante de carnes por la falta de permiso para trabajar con legalidad. Se vería obligado a buscar trabajo en uno de los muchos lugares que se aprovechan de quienes tienen una situación migratoria irregular. Sería explotado, mal pagado y, si se atreviera a volver a declarar impuestos, podría incluso pagar en lugar de recibir devoluciones. Como culmen, podría ser deportado al no estar cobijado con el TPS.

¿Puede nuestro país recibir con dignidad a los hijos que un día expelió? La respuesta es más que obvia. Lo cierto es que muchos salvadoreños como Marvin no tendrán una noche tan buena este 24 de diciembre. Por ahora, lo único que quieren es divisar qué es lo que les depara el porvenir, que por ahora sigue borroso.

Carta Editorial

Esta edición reúne historias de fracaso. Desde Chile y desde El Salvador se han escrito relatos sobre lo difícil que es apostarle a una idea y no rendirse con los primeros o con los subsecuentes tropiezos. Allá, en Suramérica, el protagonista es un chef. Y aquí, desde Caluco, la que se niega a que su cuento termine en que no pudo es una mujer de la tierra, de la agricultura.

Lo que hace falta destacar entre estas dos historias tan diferentes entre sí es que ninguno de los dos abandonó cuando llegaron los tiempos difíciles: ni el chef cuando a su restaurante no llegaba ni un solo comensal, ni la agricultora cuando se le secaron las primeras siembras.

Innovar no es fácil. Buscar instalar en sistemas cerrados, como los de los países latinoamericanos, algo distinto es más difícil que en cualquier otro lado. Pero hay gente, como este hombre y esta mujer, que no se meten a esto para ganar, sino que entran con la completa seguridad de que antes de alcanzar algo, van a tener que trabajar mucho. Y así lo siguen haciendo.

Para el chef, el tiempo de cosecha ya llegó. Ha logrado entrar en la lista de los mejores restaurantes del mundo y se ha ganado un respetable espacio sirviendo platos que, ante todo, son originales y llamativos.

Ella, por su lado, no se piensa rendir en su meta de promover el cacao como cultivo, ya que estas tierras ofrecen múltiples ventajas.

Cada vez más, El Salvador necesita ampliar y renovar sus arraigos. Necesita gente que levante pasiones, las defienda, las conquiste y sirva de ejemplo para que otros no renuncien ni se dejen vencer. Estos son los ideales indispensables en las revoluciones que necesitamos llevar a término.

“Si vale la pena el lugar donde estamos, no hay que arrepentirse”

¿Qué significa para usted la muerte?

Es la finalización del ciclo. Para unos es el inicio de algo, para otros el final. No le veo nada de mítico realmente.

¿Por qué elegir el rock sobre cualquier otro género musical?

Más bien, la música lo elige a uno. Uno elige tocar algo que lo llena, que lo mueve. Eso depende de cada persona. A algunos los mueve el jazz, a otros la salsa. A mí, el rock.

¿Por qué elegir la guitarra?

Eso tiene que ver con la música que toco, que está basada en la guitarra. Cuando empecé, quería ser bajista, pero no tenía bajo, solo una guitarra acústica. Mis hermanos medio me enseñaron a tocarla y me gustó. Ya no me pude zafar de eso. Fue parte circunstancial y parte elección.

¿De qué hecho de su vida se arrepiente?

Al final no me arrepiento de muchas cosas. Todo lo que hacemos nos lleva a donde estamos. Si vale la pena el lugar donde estamos, no hay que arrepentirse.

¿Cree que es necesario tener un trabajo estable?

Es difícil para mí contestar eso porque soy free lancer, no soy asalariado, y ahí voy. Creo que lo estable es bien relativo, porque mi trabajo me ofrece más estabilidad emocional que otro tipo de ocupación. Y la estabilidad emocional es bien importante, no solo la económica.

¿Qué persona viva admira?

A muchas personas, un montón de bandas, a gente con la que toco… pero si hay que elegir a alguien, supongo que a mis padres, por la forma en la que crecieron, por lo que lograron. También los admiro porque, a pesar de que no entendían la música que mis hermanos y yo hacíamos, aún así nos apoyaron.

Mencione tres discos que lo hayan marcado

El primero de Yngwie Malmsteen, “Rising Force”. Cuando oí algunas canciones de ese disco, dije “¿Cómo puede tocar alguien de esa manera?”. “Rust in Peace”, de Megadeth, que es un disco de trash con bastante tecnicidad. Y, para no solo mencionar discos viejos, hay una banda que se llama Nevermore, que tiene un disco, “Dead Heart in a Dead World”, que es un balance perfecto entre lo moderno y lo ortodoxo, entre lo técnico y lo emocional.

Buzón

Buzón

Sin garantías

El régimen democrático lo conforman un conjunto de procedimientos en donde la información debe ser la base mínima y la libertad en esa dirección es vital, pues solo cuando los ciudadanos están bien informados pueden involucrarse en la búsqueda de soluciones a sus problemas; si la democracia exige transparencia, esta a su vez requiere de la participación ciudadana para poder custodiar el uso racional de los recursos financieros que son de su propiedad. Sócrates decía “que el hombre virtuoso era el llamado a gobernar”, pero en nuestro escenario político eso no encaja plenamente, salvo rarísimas excepciones, de ahí que la mayoría de funcionarios públicos actúan con mente altamente prejuiciada y apasionada a sus intereses, hasta con ignorancia e inepcia, y al ejercer el derecho a solicitar información les resulta urticante y hasta irritable a muchos de los que ostentan cargos.
En efecto, la clase de gente que llega a los cargos se vuelve el principal freno para la rendición de cuentas. Sin información y sin rendición de cuentas no puede haber transparencia y sin esta se anulan los principios democráticos. El acompañamiento del pueblo como lupa gigante no cae en gracia, prefieren lidiar con el encubrimiento antes que el pueblo se dé cuenta de sus malas jugadas, olvidando que ocultar es siempre una mala señal.
El título “El clamor de transparencia que llega desde una colonia que se inunda” que Glenda Girón deja ver no da la suficiente talla para ese indignante problema que corretea por todas las alcaldías del país; en unas más que en otras, existe el temor de entregar información porque luego lo que se desenreda son maniobras ilícitas con los erarios sobre lo que nadie tiene control. Con esas malsanas actitudes de los funcionarios, tanto los municipios como el Estado mismo permanecen sin garantía de futuro.
Al observar tantos desvaríos sin respuesta, la ciudadanía se ha ido resignando desde la comodidad de la indiferencia. Si las instituciones son públicas y manejan fondos del público, es una obligación que le rindan buenas cuentas al público, sin escudarse en que la información sea reservada o confidencial. Hoy día son contadas las alcaldías donde ejecutan cabildos, que por ley deben realizarse y no por conveniencia, sienten que es un acoso a su cargo y a todo lo que hacen; sin embargo, como el poder es adictivo, el voto sí lo piden sin reparo para su siguiente período.

José Roberto Magaña
[email protected]


La carta hacia la Fiscalía

No soy periodista, pero sí un asiduo lector de Séptimo Sentido. Así que estoy de acuerdo en un 90 % sobre lo que escribe el periodista Héctor Silva Ávalos. Pero también hay que darle mérito al señor Douglas Meléndez, ya que a pesar de lo poco que gana, o el poco presupuesto que le otorga el gobierno central en el año, es allí donde está el cuello de botella para el fiscal y toda la Fiscalía, pues acordémonos que si un empleado está bien pagado, entonces este le será más fiel al patrono como tampoco le robará. Esto lo menciono como ejemplo por mi experiencia vivida dentro de mi profesión, ya que yo nunca trabaje para el Gobierno.
El señor Silva Ávalos dice en su artículo que el fiscal debería procesar a todos los funcionarios que no colaboran, a todos los bancos del sistema, también menciona que todos los bancos ven pasar mucho dinero y no le colaboran al fiscal. Bueno, entonces, esta es mi opinión: que el señor fiscal agote todos los medios a su alcance del poco dinero que le dan y procese a todos estos corruptos que existen en este país, incluyendo a sus propios fiscales y jueces de todo el país. Sobre lo de Mauricio Funes que menciona el señor Silva Ávalos, yo opino lo siguiente: como este señor fue el presidente por medio del partido FMLN, este señor fue factor importante para que este partido ganara en ese tiempo las elecciones presidenciales debido a sus programas televisivos que el conducía en el Canal 12, del cual era propietario mi amigo coterráneo Jorge Zedán, que en paz descanse. Él se ganó bastante popularidad por la crítica hacia los políticos millonarios de ARENA, ironías de la vida ya que ahora él se encuentra exiliado, en Nicaragua, por lo que él tanto criticaba.
En mi opinión, el señor fiscal tendría que enjuiciarlo penalmente para que puedan extraditarlo por medio de la INTERPOL, para que su conciencia lo ajusticie como le sucedió al señor Flores, a quien tanto criticó en sus programas televisivos.

Raúl Medrano Morán
[email protected]


Recibir y dar

¿Cuándo fue la última vez que permitiste recibir? Esta es la pregunta obligada que debemos realizarnos, porque recibir no significa egoísmo, sino valorar lo que los otros nos dan. Pero para esto se necesita valentía para recibir la manifestación de lo deseado. 1.ª Samuel 1:20: “Si lo pedido con fe es bueno para ti y los demás, y lo ves manifestarse en tu vida… acéptalo, es tuyo”.
Uno de los grandes secretos es tener una actitud de agradecimiento para vivir en paz. Vivir en familia implica una construcción permanente donde cada uno de nosotros debe dar lo mejor de sí para el beneficio de todos, el valor principal para que las familias vivan en armonía es el amor. Muchas veces nos disgustamos con los demás por tener un punto ajeno al nuestro. Dar sin pedir nada a cambio es un regalo, que decidamos ser personas predispuestas a dar a los que nos necesitan y una simple actitud puede cambiar una vida. Quien da recibe lo mismo que otorga. Por eso este domingo me llamó la atención la columna “Aprender a recibir”, de la periodista Mariana Belloso, en la cual ella se ubica en la realidad que ha vivido y son pocas las personas que lo hacen. Ese valor es de admirar y servir de ejemplo para que otras personas no se olviden de sus raíces.
Una paradoja que nos puede parecer contradictoria es que es mejor dar que recibir. Lo mismo sucede con las personas que viven dando a los demás, viven y hacen vivir; lo contrario son los que reciben, guardan y no dan. Se parecen al agua estancada que muere y causa la muerte a su alrededor. Pensamos que cuando damos nuestro dinero, tiempo y honor, nos empobrecemos, porque los demás se quedan con lo nuestro y nosotros nos vamos quedando pobres, pero es exactamente lo contrario. El que acumula para sí solo llama a gritos a la infelicidad y esta llega. El que reparte abre la puerta a la felicidad.
Acaparar y ser egoístas nos cierra la puerta a la felicidad.

Rutilio López Cortez
[email protected]

Historias sin Cuento

LOS OTROS PEREGRINOS

Había caído la tarde y las nubes espumosas ambulaban a través de los tenues velos del colorido crepuscular. Todo parecía inmerso en una serenidad que mostraba más elocuencia de la usual. Apenas algún transeúnte iba recorriendo el camino, que se deslizaba entre las colinas despobladas de vegetación. Había un hálito desértico en el ambiente, y esa era una característica muy propia de la zona. A lo lejos, algunas luces parpadeantes evidenciaban la presencia de hogueras; y algunos destellos voladores hacían saber que aquella era tierra de espejismos vesperales y nocturnos.
Ya cuando la impulsiva penumbra le ganaba cada vez más espacios a la atribulada claridad, el paisaje entró en una especie de éxtasis, como si fuera un ser contemplativo. Los rebaños que menudeaban en los alrededores se iban difuminando como si quisieran volver a sus orígenes más ingenuos. Y allí, en la lejanía del vacío celeste, la primera estrella tomaba posesión de su sitio reservado desde el día primero.
Todo lo que se sucedía en los entornos era perfectamente común, y ninguno de los que habitaban o circulaban por ahí hubiera detectado nada raro o imprevisto. Pero sí había algo que podía despertar la atención del observador inquisitivo, que tampoco andaba por ahí. Era aquel pequeño grupo de caminantes envueltos en túnicas que por momentos eran oscuras al máximo y de repente adquirían fosforescencias deslumbrantes.
La noche, recién llegada, les seguía los pasos a una distancia casi inexistente.
Tras subir un leve promontorio del camino, el grupo se detuvo, a la expectativa. Del grupo surgió una voz:
—¿Es este el sitio, entonces?
Otra voz de los presentes le respondió:
—Solo necesitamos una señal para saberlo.
Se concentró el silencio, más profundo que antes.
Y mientras el silencio lo iba envolviendo y llenando todo, los oídos expectantes se sentían convocados a recibir el mensaje esperado.
¿Cuánto tiempo estuvieron así, aguardando que algo se hiciera presente con voluntad de respuesta? Afortunadamente, en aquellas condiciones el tiempo era libre para ordenar a su gusto las horas, los días, los años y los siglos…
Y entonces se hizo presente el testimonio doble, que tenía todas las características de un armonioso efluvio en el que coincidían la voluntad del infinito y la emoción del aire. La estrella estaba ahora exactamente sobre las coronillas de los peregrinos y desde algún rincón muy cercano venía aquel llanto de recién nacido.
Los peregrinos se abrazaron y saltaron de alegría:
—¡Este es el lugar y Él está aquí! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
Y en ese justo instante los peregrinos desaparecieron porque tenían que cumplir con su misión de repartir la buena nueva en las redes sociales de la eternidad.

ENTRE EL AGUA Y EL AIRE

El marinero se hallaba recostado en cubierta oteando el horizonte, que como siempre en alta mar semejaba una inmensa piscina sin fin. Recién había pasado el mediodía y la luz del sol brillaba en su momento estelar. Como si se hallaran prendidas de alambres invisibles, algunas nubes se balanceaban haciendo flotar sus sombras sobre las aguas tranquilas. El marinero permanecía absorto en su contemplación habitual de aquella hora, cuando sus compañeros reposaban antes de asumir las responsabilidades vespertinas, y entonces el sosiego era total.
Estaba a punto de quedarse dormido en estado casi fetal cuando el golpe de una ola inesperada lo sacó de su inmersión interior. Se incorporó al instante, como ante el llamado de la fuerza suprema, y comenzó a caminar en círculos, acercándose cada vez más a las barandas laterales, cual si el agua que parecía despertar de su propio letargo fuera de pronto un imán de espuma viva que le hablara al oído.
En verdad, anímicamente venía de otras profundidades, porque su vida en tierra había sido una cadena de adversidades hasta que no halló más salida que buscar las rutas del agua; y hoy la profundidad externa, que se le hacía tan inmediata, lejos de producirle angustia o ansiedad lo ponía en estado de gracia. Escaló el barandal y se mantuvo erguido ahí, sin sostenerse en nada, como si fuera una forma ilusoria del mascarón de proa que no faltaba nunca en los buques antiguos.
De pronto, una ráfaga llegó a envolverlo en un abrazo que tenía todas las características de la bienvenida largamente esperada. Él dejó hacer al aire, con una mezcla espontánea de entrega y de inspiración. En un segundo se encontraba suspendido sobre el piélago líquido, como si ambos, él piélago y él, fueran una sola presencia sobrenatural. Era la sublimación de la libertad perfecta.
Otro de los marineros se asomó cuando eso ocurría y el grito no se hizo esperar:
—¡Milagro, milagro, uno de los nuestros también camina sobre las aguas!

PARÁBOLA DEL PÉNDULO

Estuvo activo en las lides clandestinas desde que aparecieron los primeros grupos de la guerrilla en el país. Pasó ahí toda la guerra, haciendo labores de reclutamiento y de organización. Al llegar el fin de la contienda bélica, pasó a la vida política ya en la legalidad, y cuando el Frente guerrillero arribó al poder dispuso colarse en el área internacional, y así cogió rumbo hacia un puesto en la diplomacia activa. Le dieron a escoger y él escogió Europa. Francia, para ser más precisos. De las barrancas pobladas de malezas en los montes del pasado a las callejuelas clásicas cerca del Arco del Triunfo en el presente el salto no podía ser más espectacular, y él lo tomaba con la naturalidad propia de su naturaleza imaginativa.
Poco tiempo después de su llegada conoció en una recepción de las muchas a las que acudía a una dama de procedencia evidentemente aristocrática. A todas luces era mayor que él y mostraba la elegancia siempre puesta al día de las féminas acostumbradas a lucirse al máximo sin perder el buen gusto en ningún instante. Madame lo miraba de pronto hasta el fondo de los ojos, como si quisiera descubrir en él imágenes anheladas.
Unos pocos días después se juntaron en un café cerca del Louvre. Ellos dos, solos, ahora ya en el espacio fragante de la confianza.
—¿Cómo me dijiste que te llamas? –le preguntó ella mientras sorbía con exquisito gesto su café nostálgico.
—Adán.
—¡Qué feliz coincidencia: así se llamaba mi padre, Adam! Fue mi cariño más profundo. Lo llevo siempre aquí –y se tocaba el corazón y la frente.
—¿Y tú?
—Alice.
—Como ella: la mujer del personaje que más admiro, Claude Monet, el impresionista. Sus nenúfares flotantes son mi ejemplo. Desde que visité su casa y su jardín en Giverny, ahí nomás en Normandía, he soñado con tener un refugio en los alrededores…
—Pues mira lo que son las cosas: yo tengo una pequeña quinta justamente en ese entorno, también con un estanque poblado de nenúfares… Pero mi sueño está al otro lado del mar: tener una casita muy sencilla en alguna aldea del trópico.
—Ah, pues mi antigua vivienda, que aún conservo en un pueblito del interior del país, rodeado de arboledas y colinas, sería perfecta.
De inmediato juntaron intensamente las manos en un impulso que lo decía todo. Como por obra mágica de un juego existencial, acababan de descubrir que eran el uno para el otro. Así de simple, así de intrépido.
—Vamos a vivir en un péndulo, entonces, entre la Ruta de las Flores y los estanques de Giverny. El destino es el que conduce.
Ambos se rieron con dulzura saboreable para sellar el pacto.

¿Cómo ser uno de los mejores chefs del mundo?

BORAGó
Rodolfo Guzmán, chef chileno del restaurante Boragó

“Farsante”. “Sirve comida para vacas”. “Un insulto a la tradición chilena”. “Guzmán es un fabuloso publicista de sí mismo… pero muy pocos dicen haber comido deliciosamente de la mano de él”.

Esos fueron algunos de los señalamientos que, en 2006, utilizó la prensa para referirse a Rodolfo Guzmán poco después de que él abrió su restaurante de cocina chilena contemporánea en un pequeño local del distrito de Vitacura (Santiago, Chile), donde meses antes funcionaba un desvencijado bar.
Con tan solo 38 puestos y una jugosa cantidad de ideas que había coleccionado durante dos años de trabajo en restaurantes de tres estrellas Michelin en Europa, el joven chef se había dado a la tarea de dar de comer a los santiaguinos de la misma manera como se alimentaba –y aún se alimenta– el pueblo mapuche: utilizando ingredientes endémicos (propios de la región) del territorio chileno, cortándolos y cocinándolos de acuerdo con las tradiciones milenarias de esta población. La regla general era no trabajar con ningún insumo importado, así eso le costara un ojo de la cara.

Y así fue. Cuando Boragó salió al aire, nadie entendió lo que estaba tratando de hacer: un laboratorio donde había hongos silvestres, frutillas salvajes, algas, pencas, lenguas de erizo, fresas de mar y plantas suculentas de las alturas chilenas que se combinaban meticulosamente en platos de barro negro. De hecho, los comensales, perdidos y desconcertados, extrañaban los grandes cortes de carnes y pescados –preferiblemente importados– con los que habían construido su idea de la alta gastronomía chilena.

La poca acogida que tuvo la propuesta no tardó en traducirse en una enorme cifra en rojo en su extracto bancario. Y para no tener que cerrar el restaurante, Rodolfo tuvo que vivir de una empresa de cáterin –con una oferta de producto bastante más comercial de lo que él hubiera querido–, de otros créditos bancarios y del apoyo de sus familiares y amigos, que iban a cenar a Boragó cada vez que podían.

Así pasaron algunos meses, durante los cuales agotó su capital. El cierre de Boragó era inminente. Pero como nadie se muere la víspera, una tarde entró una llamada al restaurante que Rodolfo asumió como una broma: provenía de una revista de una prestigiosa línea aérea y anunciaba que Boragó había sido incluido en la lista de los mejores restaurantes de Latinoamérica y que aparecería en todos los ejemplares de los vuelos que arribaran a Santiago de Chile. De un día para otro el restaurante pasó de cero comensales a un lleno parcial. Un poco de gasolina para unos buenos kilómetros más.

A los pocos meses conoció a Alejandra, con quien, después de noventa días de noviazgo, decidió casarse. Ella, consciente de la titánica pelea que daba Rodolfo, decidió dejar su proyecto personal de arquitectura y enfrentar con su esposo a un comensal escéptico que ridiculizaba y trapeaba el piso con la revolucionaria propuesta de Boragó. Sin embargo, pese al apoyo, la afluencia de público volvió a bajar y Rodolfo, ahogado por las deudas, decidió poner en venta el restaurante.

Pero hubo un último intento. En 2009, Boragó, que aún no se vendía, cambió su sede a una casa más grande gracias a otro crédito, esta vez otorgado por el Gobierno chileno. Y aunque la nueva locación parecía prometer bastante, las cifras continuaron siendo casi las mismas: todas en rojo. Entonces vino el segundo empujonazo. En 2011, Boragó fue incluido en una guía de restaurantes europea en donde figuraban varios locales con tres estrellas Michelin. El efecto de la nominación fue inmediato y las finanzas de Boragó empezaron a resucitar. Para finales de ese año, Rodolfo y su esposa estaban en punto de equilibrio y con motivo del quinto aniversario de Boragó, Andoni Luis Aduriz y el equipo del famoso restaurante Mugaritz –uno de los mejores del mundo– decidieron viajar a Chile para cocinar con Rodolfo.
Faltaba la cereza en el pastel. El hecho que partió en dos la historia de este restaurante en Santiago fue la sorpresiva visita del crítico Andrea Petrini, conocido como el Todopoderoso de la alta gastronomía mundial: presidente del jurado de The World’s 50 Best Restaurants y muy famoso por lanzar al estrellato jóvenes chefs a escala mundial. Le fue tan bien que, en 2013, el restaurante entró a la lista latinoamericana en el puesto número ocho y desde 2014 se ha mantenido dentro del top cinco de la región.

No hay un plato estrella, no existe. Existe el menú de degustación que yo veo como un solo plato. Un solo momento para expresar la comida de un lugar.

Cuatro años después de su figuración en el prestigioso listado, Rodolfo es un referente de la cocina latinoamericana, además de ser un cocinero exitoso, feliz, reservado, silente y muy apuesto. Un artista que a punta de firmeza y testarudez logró consolidar un restaurante que sirve un único menú de degustación, elaborado exclusivamente con ingredientes recogidos por pequeños productores a lo largo de toda la geografía chilena.

Y como bien lo dice Luis Andoni Aduriz en uno de los dos prólogos del libro de Boragó –el otro lo escribió Petrini–, Rodolfo no escogió el camino fácil. Al contrario, optó por serle fiel a la revelación que tuvo durante su estadía en Europa, se aferró a su concepto de cocina de territorio y soportó con dignidad las piedras que le tiraron y las pruebas que a diario le significó sobrevivir a la incomprensión de sus comensales.

Una historia que acaba con un final feliz y con el reconocimiento de una nueva generación de cocineros y comensales que ven en Guzmán al chef que cambió para siempre la forma de ver y de pensar la cocina en Chile.

¿Cuál es el plato estrella de Boragó?
No hay un plato estrella, no existe. Existe el menú de degustación que yo veo como un solo plato. Un solo momento para expresar la comida de un lugar.

¿Cuántos pasos tiene su menú de degustación?
Entre 16 y 20 pasos, dependiendo de la temporada.

¿Cuál es ese ingrediente endémico (propio de la región) chileno que lo vuelve loco?
Las algas, los frutos y los hongos silvestres. Por su potencial y porque en Chile no se había hecho nada con ellos.

Rodolfo Guzmán

¿Cuál ha sido el mayor descubrimiento con respecto de una preparación, obtenido en el laboratorio de Boragó?
Son miles, pero le puedo decir dos. El primero, lograr que un ingrediente pasara de tener una posibilidad a tener 400 posibilidades. A punta de ensayos y experimentos logramos, con un solo ingrediente, 400 resultados distintos. El otro, haber engañado a la bacteria del pajarito, una especie de kéfir chileno que se hace con leche de vaca. En el laboratorio, después de haber trabajado e insistido durante meses y meses, logramos que la bacteria de ese fermento creyera que la leche vegetal con la que lo alimentábamos era leche animal. Entonces imagínese, logramos algo así como un yogur griego, pero hecho de leche vegetal. ¡Maravilloso!

¿Cuándo y cómo supo que Andrea Petrini iba a ir a Boragó?
No lo supe. Él simplemente llamó a hacer la reserva y se apareció.

¿Sabe por qué razón Petrini se enteró de la existencia de Boragó?
No lo sé con exactitud, pero creo que alguien le contó que había un restaurante muy interesante en Chile y que valía la pena hacer el viaje desde Europa.

¿Qué le dio de comer a Petrini cuando vino a su restaurante?
No me acuerdo del menú de degustación exactamente. Muy difícil tenerlo en la cabeza, ya que ese año hicimos unas 700 preparaciones. Pero con seguridad le puedo decir que le dimos locos (una especie de molusco).

¿Qué le dijo Petrini después de cenar?
“Esto es impresionante”. Y a partir de ahí empezó a hablar de nosotros con mucho énfasis. Quedó impresionado. Él no se esperaba algo de ese tipo, porque Chile nunca ha tenido la reputación de ser un país gastronómico.

¿En qué restaurantes, aparte de Mugaritz, trabajó durante su estadía en España?
En Azul Profundo y Balzac.

¿De los tres, cuál le tocó más la fibra?
Todos me aportaron de una manera invaluable. Lo que sí le puedo decir es que fue en Mugaritz en donde me sentí más cómodo. Ver cómo la cocina mundial iba para un lado mientras que la de Mugaritz iba en contra de la corriente era muy estimulante. Me sentí removido por dentro como cocinero y, pues ni hablar de tener la oportunidad de aprender de un maestro tan relevante como Aduriz.

Durante seis meses, después de la entrada a la lista y de que Boragó empezó a llenarse totalmente cada noche, yo entraba todos los días a la oficina de “Gordo”, el encargado de las reservas, a mirar si el restaurante volvía a su estado normal de no tener reservas. Lo tenía tan presionado con eso que, un día, me prohibió la entrada.

¿Cuál es la anécdota más memorable sobre aquellos días de principiante?
En mi primera práctica en Chile, en un restaurante muy famoso de Santiago, había una jefa de cocina muy pequeñita, pero muy buena. Hacía una cocina tremenda y los servicios eran muy intensos. Ella me dijo que le gustaba trabajar con gente que se interesara por aprender y me dio la instrucción de preguntar ante cualquier duda. Y yo, intenso y ansioso por aprender, básicamente la sequé a punta de preguntas. Ella soportaba bien la cosa y me respondía y yo sentía que había llegado al paraíso. ¡Por fin alguien me quería enseñar! Pero resulta que yo estaba totalmente obsesionado por emplatar y todos los días durante meses le preguntaba si podía pasar ya a la estación de emplatado. Ella muy paciente me decía que no, que todavía no, y yo, cada día más intenso y ansioso, insistía e insistía. Hasta que un buen día la mujer no aguantó más, se salió de casillas y me mandó callar. Recuerdo que gritaba la pobre: “Rodolfo me tienes harta, no quiero que emplates nunca. ¡Nunca vas a emplatar! Te voy a sacar de la cocina, no te soporto”. Pobrecita, se notaba lo desesperada que estaba. Finalmente, un día me dejó emplatar, se dio cuenta de que era muy bueno y fui nombrado oficialmente en esa posición, donde me fue muy bien.

¿Y ha vuelto a verla? ¿Son amigos?
La vi hace como cinco años. Fue muy deferente conmigo y me dijo que se sentía muy orgullosa de mí.

¿En dónde estudió cocina?
Estudié en Santiago en una escuela cualquiera, medio de batalla.

¿Hizo marchas blancas (cenas de prueba) antes de abrir Boragó?
Sí. Invité a todos mis amigos y familia.

¿Alguna embarrada monumental?
Ninguna. Fue impresionante. Se sentía como si el restaurante estuviera andando hacía mucho tiempo. Lo que sí le puedo decir es que ese día conocí una habilidad mía que no sabía que tenía; ese día sentí que floreció en mí la capacidad de improvisación. En ese servicio logramos cambiar platos completos durante la marcha sin que se interrumpiera el ritmo del servicio.

¿Cuál es su magia y cuál el secreto de su éxito?
Yo soy un fiel creedor de que las cosas buenas se consiguen sí y solo sí con metodología y mucha disciplina. No creo en eso del “free ride” (salirse del camino). El “free ride” atenta contra los resultados correctos en el proceso de una cocina.

¿Quién fue la primera persona a la que llamó cuando se enteró de que había entrado en la lista de los 50 Best?
No llamé a nadie. Me quedé solo, encerrado en mí mismo como una hora sin poder hablar. Y de hecho puedo decirle algo más punzante que se convirtió más tarde en una pequeña anécdota del restaurante. Durante seis meses, después de la entrada a la lista y de que Boragó empezó a llenarse totalmente cada noche, yo entraba todos los días a la oficina de “Gordo”, el encargado de las reservas, a mirar si el restaurante volvía a su estado normal de no tener reservas. Lo tenía tan presionado con eso que, un día, me prohibió la entrada y me dijo: “Rodolfo, estoy cansado de usted; no lo quiero más acá con ese cuento. El restaurante cambió, no es el mismo que usted conoció, ahora está lleno, por fin. Se acabó, acéptelo, ya que parece un loco”. Pero es que había algo en mí que no lo creía, me tomó mucho tiempo aceptar esta nueva realidad.

¿Un error que nunca volverá a cometer?
No escucharme a mí mismo. Solo cuando uno se escucha a sí mismo es cuando puede empezar a escuchar a los demás y a volverse más permeable con lo que pasa alrededor.

¿Cuál es su lado oscuro?
Mi infancia. En casa yo siempre fui el “chachito”, que en Chile quiere decir el problema. Me iba muy mal en el colegio. Lo que más recuerdo es el examen de pruebas de grado que en mi caso fue superfrustrante; lo abría, lo miraba, pero lo quería cerrar enseguida, y pensaba: “Señor, usted no es bueno para nada, no tiene ninguna habilidad, ni para matemáticas, ni para física, ni para nada”. Recuerdo que no fui capaz de mostrárselo a mis padres, me dio mucha vergüenza.

Pero no todo podía ser malo. ¿En qué le iba a bien?
Bueno, me atrevo a decir que tenía habilidades con las manos y que fui muy buen deportista, lo que sacaba la cara por mí.

Me cuentan que usted antes de querer ser chef se quiso dedicar profesionalmente al esquí acuático. ¿Qué pasó ahí?
¡Tengo un tobillo biónico! Sufrí una fractura total de huesos y ligamentos mientras estaba esquiando un día y me tuvieron que hacer un reemplazo total de esa coyuntura. Ahora no puedo practicar casi ningún deporte.

Platillos

¿Y cuál practica?
Corro. Los cocineros podemos llevar una vida de excesos, comemos mucho, viajamos… En fin, es importante equilibrar.

¿Cómo le cambió la vida el accidente? ¿Qué pasó a partir de ahí?
Dejé el esquí y entré a estudiar cocina en Chile como cualquier muchacho.

Usted trabajó en España entre 2003 y 2004. ¿Qué lo impulsó a irse de Chile?
Tuve decepciones muy importantes en los restaurantes en los que trabajé al graduarme en Chile. Veía cómo la comida era menos relevante que la decoración y que casi todo eran réplicas de conceptos de afuera. El chef era un tipo muy culto y, en cambio, el equipo con el que trabajaba estaba compuesto por personas que no tenían esa cultura y que sufrían una desconexión gigantesca con el oficio. Eso me produjo una frustración tremenda porque finalmente yo tenía una pasión muy grande por lo que hacía y había entendido otra cosa cuando estaba estudiando. En ese momento decidí dejar todo lo que tenía e irme en busca de una nueva realidad y adoptarla como si fuera mía. Quería encontrar eso que había leído en algún libro de los restaurantes de afuera y, finalmente, terminé tocando puertas en el País Vasco.

BORAGó

¿Qué significa Boragó?
No significa nada. Es una palabra que yo me inventé a la cual le puse un acento visible porque quería reflejar el hecho de que, en el español, un acento puede cambiar todo el sentido de una palabra. Algo así como lo que puede suceder con los platos que creamos en el restaurante.

Para muchos puede ser un enigma la operación de un restaurante como Boragó. ¿Cómo es ese proceso?
Detrás del restaurante hay más de 200 personas, entre pequeños recolectores y pequeños productores a lo largo de todo Chile. Hay gente que vive de nosotros y que corta ingredientes que son únicos en el mundo, debido a situaciones geográficas muy singulares. Chile es un país muy angosto y muy largo que llega hasta el final del planeta, muy abajo, donde tenemos unas condiciones naturales que son muy distintas a las del resto de los países en Latinoamérica y que determinan que esos ingredientes, que nosotros usamos, existan. En Boragó nos inventamos un concepto desconocido e inexplorado, no teníamos referentes de nada. La operación se fue gestando ella sola en reacción a los problemas y dificultades que iban surgiendo. Al principio no sabíamos nada, pero luego todo comenzó a tomar una personalidad muy definida y con los años empezamos a desarrollar lo que yo llamo un muy largo “proceso de aprendizaje”.

¿Qué representa para su obra el libro “Boragó” (Phaidon), que está por publicarse?
El libro es el resultado de ese proceso de aprendizaje que duró 10 años. Algo que llamamos el punto cero. El momento en el que decimos: “¡Por fin aprendimos a cocinar!” De aquí para adelante sentimos lo mismo que cuando abrimos las puertas del restaurante. El libro es el manifiesto de este logro.

¿Qué lo hace sentir que en efecto ha alcanzado ese llamado punto cero?
Tener la certeza de que, como grupo humano, hemos alcanzado el entendimiento de tres cosas que, pienso, son fundamentales: uno, quiénes somos; dos, de dónde venimos; y tres, qué tenemos alrededor.

¿Qué fue eso que encontraron en ese proceso de entendimiento?
Identidad. Imagínese que para los chilenos la comida local nunca fue importante. Lo mejor y lo realmente bueno era lo que venía de afuera. Los ingredientes mapuches eran considerados muy ordinarios. ¡Pero imagínese que el 80 % de nuestra sangre es mapuche! ¡Una de las culturas más antiguas de América! Si hay una cultura lo suficientemente profunda para sentirnos arraigados al territorio chileno es esta precisamente.

Detrás del restaurante hay más de 200 personas, entre pequeños recolectores y pequeños productores a lo largo de todo Chile. Hay gente que vive de nosotros y que corta ingredientes que son únicos en el mundo, debido a situaciones geográficas muy singulares. Chile es un país muy angosto y muy largo que llega hasta el final del planeta, muy abajo, donde tenemos unas condiciones naturales que son muy distintas a las del resto de los países en Latinoamérica y que determinan que esos ingredientes, que nosotros usamos, existan. En Boragó nos inventamos un concepto desconocido e inexplorado, no teníamos referentes de nada.

Imagen del restaurante

Y hablando de su equipo de trabajo, ¿qué hay de diferente en Boragó que no hay en ningún otro restaurante?
Hay una persona que se dedica exclusivamente a hacerles seguimiento a todos los ingredientes que usamos, desde que crecen en algún arbusto entre la Patagonia y el desierto de Atacama, hasta que llegan a la puerta del restaurante. Su misión es solamente asegurarse de que cada insumo llegue en las mejores condiciones posibles desde todas las latitudes del territorio chileno. Y todo esto para afianzar que Boragó no es un concepto, sino la continuidad del pueblo mapuche.

Y en un sentido más comercial, ¿qué lo diferencia de otros restaurantes comparables con el suyo?
Entender el territorio. Imagínese que nos tardó más de 10 años entender las estaciones. Sabemos qué está sucediendo en este momento en el Valle Central, en la Patagonia, en el desierto de Atacama… Y esto es muy importante para nosotros.

¿Algo así como el resultado de un largo proceso de investigación?
No. Nosotros no somos investigadores, somos cocineros, aprendedores profesionales. Aprendemos de campesinos, de pescadores, de recolectores. No tenemos ningún apego, observamos y aprendemos todo lo que nos lleve a esos tres puntos que ya comenté. La investigación la usamos solo cuando necesitamos aprender a cocinar mejor.

¿Cuál es la fuente de ese conocimiento y esa sensibilidad hacia lo mapuche?
La sangre. Mejor dicho, ese conocimiento está dentro de nosotros. Mi familia es de Chiloé y tengo una cercanía al pueblo mapuche desde hace muchos años. Es algo natural en mí. Pasé todos los veranos de mi infancia en Chiloé con mi abuela, cultivando, cosechando, ordeñando… De ahí que esa memoria tenga un rol muy importante hoy en día en mi trabajo como cocinero.

¿Qué hay detrás de cámaras, fuera del proceso en el restaurante, que nutra el concepto de Boragó?
Nuestra finca a unos 30 kilómetros del restaurante. Manejamos agricultura biodinámica, criamos nuestros patos y cultivamos todos los vegetales que servimos en el restaurante. Criamos a los animales con mucho amor, los queremos como perros. Les damos una vida increíble y estoy seguro de que esto le da un sabor a la comida muy diferente porque entendemos las cosas desde otra perspectiva. Y también, y esto nadie lo sabe, todos los días a las 9 de la mañana el equipo de producción se va a sacar con sus propias manos algunos insumos de los cerros alrededor de Santiago. Las cosas que hay que hacer para esta recolección son impresionantes.

Y con respecto a eso, ¿ha sucedido que algún naturalista acérrimo pudiera argumentar que esas prácticas atentan contra el ecosistema?
Sí, ha pasado y hay mucha gente que ha querido molestar. Alguna vez subí a Instagram una foto de uno de nuestros patos sacrificados y algún seguidor comentó: “Rodolfo, eres un asesino…”. Y bueno, me pueden catalogar de asesino, ¿pero qué hay de los demás sacrificios de animales que consumimos en el mundo? En Boragó procuramos cuestionarnos todo lo que hacemos y tratamos de entender las posibilidades de la naturaleza, de tal manera que lo hagamos bien para que cuando cortemos uno, salgan dos. En la naturaleza todo está diseñado para que esto sea así. Es el principio de la vida más básico.

¿Esa habilidad para hacer combinaciones innovadoras viene de una técnica que se aprende? ¿Hay alguna teoría para este arte de combinar? ¿De dónde sale?
No hay una técnica o una teoría. Estas mezclas salen de la intuición humana. Es precisamente lo que nos hace humanos. Y si a lo largo de la historia han surgido combinaciones que funcionan muy bien, como la albahaca y el tomate, dichas combinaciones nos las podemos aprender de memoria y utilizarlas si queremos. Sin embargo, la mayoría de las mezclas en Boragó surgen de nuestra intuición.

Los dueños de restaurantes tienen por lo general un diablito que les habla y los tienta a crecer y expandirse. La mayoría cae en ello. ¿Qué le hablan los demonios a Rodolfo Guzmán?
Le mentiría si le dijera que no me llama la atención dar de comer a más personas. Sin embargo, ese diablito aún no me ha hablado y no está dentro de mis planes expandirme por ahora.

¿Quién es para usted ese cocinero que inspiró a los latinoamericanos, acostumbrados a alabar lo internacional, a buscar adentro?
No fue uno, fueron varios: Adrià, Andriz, la Escuela Nórdica. Ellos empezaron a trabajar con el concepto de territorio y fue como en la música o en el arte: unos crean un nuevo estilo de expresión y por simple inercia el resto de las comunidades del mundo los empiezan a seguir.

¿Leyó alguna vez la carta del cocinero argentino Francis Mallmann en la que rechazaba su nombramiento como juez de los 50 Best? ¿Qué opina de esta posición?
No la leí, pero algo oí. Admiro mucho a Mallmann y, bueno, me considero una persona muy respetuosa y me siento muy bien cuando respeto y mal cuando no lo hago. Estoy seguro de que la posición de Mallmann cuenta con buenos fundamentos.

Y por último, un amigo suyo que lo admira mucho le manda a preguntar si realmente entendió que usted cambió la forma de ver la cocina de toda una generación en Chile.
La verdad no me he detenido a pensar en eso. Mi mundo gira entre mis dos familias: la de mi casa y la de mi cocina. Estas me absorben totalmente y el tiempo pasa muy rápido. No me he detenido a pensar en eso, la verdad. No aún.