Del sur al norte: la ruta del tráfico de madera del Amazonas

Degradación. El tráfico de madera en la Amazonía poco a poco está acorralando y restándole valor a sus bosques.

En el puerto de Tampico, en el convulsionado estado de Tamaulipas, al norte de México, se dieron los últimos movimientos de una audaz estrategia internacional que logró liberar un millonario cargamento de madera de origen ilegal retenida bajo la denominada Operación Amazonas, la más grande incautación de este tipo en América Latina. Eran 1,312 metros cúbicos de madera proveniente de la selva peruana, equivalente a lo transportado por 60 camiones de carga pesada. La irregular maniobra permitió que la mercancía que tenía orden de inmovilización por parte de la Fiscalía peruana se entregara a un grupo de poderosos empresarios mexicanos.

El cargamento fue liberado con la intervención de diplomáticos de México y Perú, y a espaldas de la justicia de este último país. Una parte importante de la madera que arribó a Tampico fue exportada por Inversiones La Oroza, empresa peruana cuyas importaciones han sido bloqueadas la semana pasada por la Oficina Comercial de Estados Unidos (USTR) por comercializar madera de origen ilegal en el puerto de Houston.

La madera fue transportada por el barco Yacu Kallpa en un largo y azaroso viaje desde Iquitos, el puerto fluvial más importante de la selva del Perú. El 96 % de la madera tenía orden de incautación por la Fiscalía peruana apoyada en un informe técnico del Organismo de Supervisión de los Recursos Forestales (OSINFOR) de Perú, que aseguró que provenía de bosques no autorizados. Luego de la irregular liberación de la madera, la justicia peruana solicitó información a la Procuraduría General de la República de México para identificar a los responsables.

Entre las compañías mexicanas que se beneficiaron con la liberación se encuentran dos de las más importantes del rubro en el país azteca: CG Grupo Forestal, S. A. de C. V y CG Universal Wood, S. A. de C. V. Ambas empresas enfrentan una causa judicial en Houston, Estados Unidos, pues no han logrado demostrar la legalidad del origen de una madera que enviaron a sus subsidiarias en aquel país. En ese caso, se aplicó la Ley Lacey, un marco jurídico que prohíbe la importación de productos extraídos sin cumplir con las normas que certifiquen su procedencia. Una medida de protección contra la deforestación ilegal que contrasta con lo sucedido en México, evidenciando las debilidades que América Latina tiene en la materia.

***

Permanencia. En puerto de Tampico, ubicado en la frontera norte de México, es el lugar en donde estuvo incautada la madera que viajó en el Yacu Kallpa en 2016.

La odisea del Yacu Kallpa comenzó el 24 de noviembre de 2015, en el puerto de Iquitos en Perú. Ese día, la Fiscalía Especializada en Delitos Ambientales ordenó el decomiso del cargamento que tenía como destino México y Estados Unidos. Pero por impedimentos logísticos para descargar la madera, la fiscalía autorizó el zarpe de la embarcación con la orden de que nadie podía movilizar ni comercializar la mercancía que se encontraba en su interior. Un mes después el Yacu Kallpa arribó a Tampico tras un viaje que incluyó una parada en República Dominicana y misteriosos acercamientos a las costas de Surinam, Honduras y Jamaica.

Ellos argumentaron que compraron la madera de buena fe a sus socios de Perú, y que según los documentos recibidos todo estaba en regla. En la administración del puerto de Tampico y en la Cámara Nacional de la Industria de la Madera de México afirman que la persona que logró rescatar el cargamento de la madera decomisada fue el presidente de la Cámara de Comercio Mexicano Peruano (CCMP), Eduardo Guiulfo, un empresario peruano radicado en México.

“Los propietarios presenten ante la Administración Portuaria de Tampico la documentación fehaciente que acredite la propiedad y soliciten su devolución para que, en caso de ser procedente, se levante el mismo”. Una primera parte de la madera se liberó entre septiembre y octubre de 2016, y finalmente, en diciembre de ese año, toda la madera fue entregada. Cada empresario llevó su documentación y recogió su mercancía.

Así se liberó la madera
Según los documentos obtenidos en esta investigación periodística, las gestiones empresariales influyeron sobre todo en los niveles más altos de la diplomacia de Perú y México. Como en un juego de ajedrez, cada uno de los movimientos fue estratégicamente calculado. Uno de los primeros documentos usados por los madereros para interceder por la liberación del cargamento fue un oficio de febrero de 2016 enviado por la entonces ministra de Comercio Exterior y Turismo de Perú Magali Silva Velarde, al secretario de Economía en México, Ildefonso Guajardo.

En la misiva, la entonces ministra asegura que “en ese momento no era posible ni para los importadores de México, las autoridades de Aduanas, la Administración Técnica Forestal de Fauna Silvestre de Lima y los exportadores peruanos que adquirieron la madera (aquellos que compran, no los que producen ) poder conocer sobre un presunto origen ilegal de cualquier de estos productos forestales”…. “Los productos forestales del caso en investigación provienen de bosques de la región Loreto, donde el respectivo gobierno regional ejerce la Autoridad Regional Forestal y de Fauna Silvestre desde 2010”, se lee en el oficio n.º 95 de febrero de 2016, tres meses después de la intervención fiscal.

Pero este oficio solo fue el inicio de una larga cadena de intervenciones de ambos gobiernos. En entrevista para esta investigación periodística el empresario Guiulfo confirmó que el trámite para liberar la madera incluyó varios viajes, reuniones y citas diplomáticas. “(Esto fue posible) gracias al accionar de la Cámara de Comercio y el apoyo de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México”, sostiene.
También que entre los documentos que presentaron para tramitar la entrega del cargamento estuvo un escrito enviado el 21 de abril de 2016 por Carlos Obrador Garrido, encargado de la dirección para América Latina y el Caribe de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) de México que confirma que representantes de la Cámara de Comercio Mexicano Peruano se reunieron el 22 de marzo de 2016 en la cancillería mexicana para abordar “la problemática que han experimentado para importar madera peruana”.

En este último documento, la autoridad diplomática de México se alinea con la versión de los empresarios, de que en “la documentación presentada por la embarcación y la obtenida por esas autoridades no se detecta irregularidad alguna”. La SRE sustenta su respuesta en las consultas realizadas a distintos organismos mexicanos como la Procuraduría General de la República (PGR), la Administración Portuaria Integral de Tampico, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT).

Datos. El representante del Poder Judicial peruano envío el año pasado una carta a las autoridades mexicanas solicitando información sobre el destino de la madera que tenía orden de inmovilización.

De forma llamativa, en ninguna parte de la respuesta de la SRE se menciona la investigación penal que se llevaba en Perú sobre el origen ilegal de ese cargamento. Solo señalan que “para liberar la mercancía, dada la solicitud de asistencia jurídica formulada por el Perú, debe continuarse con las diligencias necesarias hasta su total esclarecimiento”.
Lo que finalmente abrió las puertas a la liberación de la madera fue el último punto del documento de la SRE donde se instruye a las autoridades locales en los siguientes términos: “Los propietarios presenten ante la Administración Portuaria de Tampico la documentación fehaciente que acredite la propiedad y soliciten su devolución para que, en caso de ser procedente, se levante el mismo”. Una primera parte de la madera se liberó entre septiembre y octubre de 2016, y finalmente, en diciembre de ese año, toda la madera fue entregada. Cada empresario llevó su documentación y recogió su mercancía.

Guiulfo sostiene que el papel de la Secretaría de Relaciones de México fue “fundamental en el proceso de liberación” y agradeció que “El Gobierno de México hizo su papel correctamente y hay que felicitarlo. Para él era más fácil para no tener fricción con Perú hacerse de la vista gorda”, mencionó.
El empresario peruano asegura que en 1988, él fue uno de los precursores de la comercialización de madera desde Perú hacia México. Según datos oficiales, México llegó a ser el principal importador de madera proveniente de los bosques tropicales de la Amazonía, solo superado luego por Estados Unidos y recientemente por China. Una ruta que se suspendió tras el decomiso del Yacu Kallpa.

El rastro de las irregularidades en el proceso de entrega de ese cargamento de origen ilegal quedó en documentos oficiales en Perú y México a los que accedió esta investigación. Todas las gestiones se realizaron sin el conocimiento de la Fiscalía Especializada en Delitos Ambientales del Perú. Solo el 2 de febrero de 2017, casi dos meses después de que se liberó la madera, la Embajada de Perú en México envió una nota a la Secretaría de Relaciones Exteriores de México donde señaló que “la Unidad de Cooperación Judicial Internacional de la Fiscalía de la Nación ha tomado conocimiento recientemente de manera extraoficial de la entrega de los 3,331 atados de madera en Tampico, Tamaulipas, a los presuntos propietarios”.

La nota n.º 5-19-M/034 revela el desconocimiento de las autoridades peruanas sobre lo que había ocurrido en México. En el documento se menciona que la Unidad de Cooperación Judicial Internacional del Perú “ha manifestado su preocupación con relación al presente caso, al considerar que no recibió de manera oportuna la información solicitada, ni se informó en su momento de la petición formulada por los supuestos propietarios para la entrega de la madera que como Estado requirente considera que debió ser informada o notificada, para así proceder en defensa de los intereses del Estado, tanto más considerando que dicha madera, según las investigaciones efectuadas, tiene calidad de objeto del delito en Perú”.

Ilegal. Las autoridades del Ministerio Público del Perú declararon la inmovilización de un cargamento de madera de origen ilegal que tenía como destino México.

Mientras los empresarios propietarios de la madera en México celebran la liberación del cargamento, en Perú el procurador en Delitos Ambientales, Julio Guzmán, declaró que la irregular liberación afecta la lucha contra la tala ilegal en la Amazonía y atenta contra las investigaciones por el tráfico de madera. Para el funcionario, bajo ningún motivo ese cargamento debió ser liberado. “Desde la procuraduría iniciaremos acciones legales contra las autoridades de Perú que permitieron la entrega”. Enfatizó también en que “esta autorización solo pudo darla el Ministerio Público y eso no ocurrió”.

Además de estas medidas, el procurador anunció que también están evaluando presentar una acción civil de indemnización por la pérdida de un bien que pertenecía al Estado. “La madera inmovilizada estaba en manos del Estado Peruano y su liberación afecta el patrimonio del Estado”. En estos momentos, como parte del proceso de investigación penal, Guzmán explicó que también solicitarán que se incorporen como terceros responsables a las empresas exportadoras de la cuestionada madera: Inversiones La Oroza, Sico Maderas SAC y la Corporación Inforest MC SAC, empresas de vasta trayectoria en el país andino.

La ilegalidad de la madera que transportaba el Yacu Kallpa se fundamenta en los informes de verificación realizados por el OSINFOR, que constató en el terreno si los lugares registrados como el lugar de la extracción era real y si correspondía a bosques autorizados para la tala. Es así como se determinó que el 96 % del cargamento era de origen ilegal. “No existía ninguna evidencia de que la madera había salido de los lugares de donde decían que había sido extraída. Casi todo el embarque que se intentaban comercializar no se encuentra justificado en campo”, explica con detalle Rolando Navarro, exjefe de OSINFOR, que fue destituido de su cargo precisamente luego de la inspección que lideró para identificar la procedencia de esa madera. Esta información ahora forma parte del expediente fiscal que investiga el caso en Perú por tala ilegal y tráfico de madera.

La autoridad diplomática de México se alinea con la versión de los empresarios, de que en “la documentación presentada por la embarcación y la obtenida por esas autoridades no se detecta irregularidad alguna”. La SRE sustenta su respuesta en las consultas realizadas a distintos organismos mexicanos como la Procuraduría General de la República (PGR), la Administración Portuaria Integral de Tampico, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT).

Liberación. Las autoridades mexicanas permitieron la liberación de este cargamento de madera que provenía de Perú y que tenía un origen fuera del marco de las leyes.

La historia de la madera liberada incorpora una red activa de autoridades y empresarios exportadores e importadores vinculados a la comercialización de los recursos forestales en Perú y México. Todos están conectados. Los empresarios compradores de la madera son a su vez integrantes de la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores de Productos Forestales (IMEXFOR).
Los empresarios beneficiados con la estrategia diplomática son de los más importantes en el rubro, varios ubicados en Guadalajara, México. Entre ellos se encuentra José Ernesto Ceballos Gallardo, quien también es directivo de Grupo Cebra, en Estados Unidos, según el registro del estado de Nevada. Allí, es propietario de Global Plywood, una de las empresas madereras que en 2016 fue allanada en EUA, acusada de importar madera declarada ilegal por el Perú.

Con el nombre de Grupo Forestal, S. A. de C. V. Ceballos Gallardo, de Grupo Cebra, fue uno de los principales compradores del cargamento del Yacu Kallpa. Entre los 16 compradores están también la empresa Tryplays y Madera, de Gerardo Huerta Madrigal; y Sud American Lumber, de Eduardo Guiulfo. Todos integrantes de la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores de Productos Forestales de México (IMEXFOR).

Para esta investigación, se solicitó los descargos a José Ceballos, pero luego de aceptar el pedido nos informó que no daría la entrevista. Eduardo Guiulfo jugó un papel importante como nexo entre ambos países. Fue él quien remitió un escrito a la entonces ministra de Relaciones Exteriores de México, Claudia Ruiz Massieu Salinas. La misiva inicia con una referencia al interés que tiene la canciller en los “procesos de integración comercial de la alianza estratégica con el Perú”. En las mismas fechas, marzo 2016, Ruiz Massieu se reunió en Ciudad de México con su homóloga peruana, Ana María Sánchez Vargas, en el marco del Consejo de Asociación Estratégica México-Perú.

La Cámara de Comercio Mexicano Peruano liderada por Guiulfo aprovechó la coyuntura política y pidió que el tema del cargamento detenido en Tampico fuera incluido en la agenda de la alianza México-Perú. La cámara alegó un “grave daño a toda la cadena comercial logística” que mueve el negocio de la madera en dichos países. “Puede (sic) verse afectados desde sus inicios por la problemática de la madera exportada del Perú e importada por prestigiados (sic) comercializados mexicanos, causando un grave daño económico a toda la cadena comercial logística, además del deterioro de la imagen y de las oportunidades de la alianza)”, se lee en el documento que el empresario maderero envió.

En la carta se acusa además al OSINFOR de haber “entregado información fuera de sus competencias” al interactuar con dependencias como INTERPOL del Perú. La cámara se queja por la mala publicidad que les da “la madera de tala ilegal y robada”. En la misma carta dirigida a la ministra Claudia Ruiz Massieu, Guiulfo hace referencia a la misiva enviada por la entonces ministra del Comercio Exterior y de Turismo peruana, Magali Silva Velarde, al secretario de Economía de México, Ildefonso Guajardo, para reafirmar que “la salida de los productos forestales maderables de Perú era legítima”.

Origen peruano. Las variedades de maderas exportadas de Perú son cumala, lupuna, tornillo, shihuahuaco y capirona.

En los puertos mexicanos, como el de Tampico donde llegó la madera del Yacu Kallpa, las revisiones de la madera se enfocan en especial a evitar que los cargamentos no tengan plagas. El subprocurador de Inspección Industrial de la Procuraduría Federal de Protección al Medio Ambiente (PROFEPA), Arturo Rodríguez Abitia, indicó que el proceso de la madera en los puertos incluye la revisión de los documentos por parte de PROFEPA. Sin embargo, no hay forma de que la autoridad rastree y contraste la documentación con el país de origen para tener certeza del origen legal de la madera.

En esta dependencia hay 90 inspectores que deben verificar 67 puntos de revisión en puertos y aeropuertos de todo México. “Se trabaja al límite, no es la capacidad que quisiéramos para ser más efectivos con esta vigilancia”, reconoció el subprocurador Rodríguez.

De hecho los recorridos de los cargamentos desde la selva suramericana, evidencian como México ha servido como una zona de paso para que la madera bien sea buscando llegar al puerto en Houston, Estados Unidos, o según las investigaciones oficiales, buscando cruzar la frontera por carretera disfrazando el verdadero origen de los gigantescos tablones.

El coordinador de políticas públicas del Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible (CCMSS), Raúl Benet, cuestionó que México liberara la madera que viajaba en el barco Yacu Kallpa. Para el experto, que las autoridades mexicanas hayan entregado el cargamento es solo “el reflejo de las leyes ‘laxas’ ante el mercado de la importación de recursos forestales en un país que solo se enfoca en la revisión fitosanitaria, sin tener certeza del origen legal de la madera”. Medidas a todas luces insuficientes para contrarrestar de manera eficiente la deforestación que avanza en el Amazonas.


Este reportaje fue realizado en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, del International Center for Journalists (ICFJ), en alianza con CONNECTAS.

La bienvenida a un país que expulsa a su gente

De vuelta. Hasta el 30 de octubre se registraron 22,923 deportados. De esos, 13,299 vienen desde Estados Unidos.

Reynaldo es un hombre que durante cuatro años soñó que los agentes de Migración estadounidense tocaban la puerta de su casa en Texas, entraban y se lo llevaban preso. “Soñaba que llegaban a la casa por mí. Todo el tiempo andaba de mal humor. Ya no era alegría dejar mi trabajo e irme para la casa a descansar por estar en la misma situación diaria”, cuenta hoy en un evento realizado para la comunidad de migrantes salvadoreños.

Cuando Reynaldo tenía 28 años, migró hacia Estados Unidos. Tenía visa y viajó en avión. Era la década de los noventa, el país empezaba a sobreponerse a la guerra civil. Él decidió quedarse en Estados Unidos, para ello, solicitó asilo. En 2004 legalizó su situación migratoria y obtuvo su permiso de residencia. Ahí construyó su vida de adulto: tuvo tres hijos, compró su carro para ir de paseo, su camioneta para ir a trabajar, pagó impuestos y se convirtió en un subcontratista de construcción. Ahora Reynaldo tiene 43 años, extraña a sus tres hijos de 13, 11 y 10 años, se levanta a las 3 de la mañana y viaja todos los días en bus desde San Vicente a Soyapango para instalar pisos cerámicos en un centro comercial.

Reynaldo tenía su vida construida sobre una base legal en la que se creía seguro. Ese sentimiento de seguridad terminó en 2012. Él cree que su salida de Estados Unidos estuvo motivada racialmente: un policía lo acusó de un delito que, él asegura, no cometió.

“No estaba manejando en el momento en el que me detuvo el policía. Fue afuera de mi casa. Estaba limpiando las latas que estaban adentro del pick up y el policía me acusó de estar manejando en estado de ebriedad, pero sin hacerme el alcoholímetro, sin hacerme prueba de sangre, sin ninguna cosa. Yo tenía el pick up encendido porque quería medirle el aceite de la transmisión y la única manera de hacerlo es cuando el motor está caliente”, narra.

Luego cuenta que a las 5 de la mañana del día siguiente lo dejaron salir de la cárcel e iniciaron las pesadillas y el miedo de ser deportado. Cuatro años después, en 2016, recibió una carta donde solicitaban su presencia en las oficinas de Migración porque él era un candidato para ser removido del país por haber estado en prisión. Reynaldo dice que se cansó de sentirse en el limbo y se presentó. Así fue como el 16 de septiembre de 2016 se convirtió en una de las 52,938 personas que fueron deportadas hacia El Salvador.

Este año, la cifra de deportados se ha reducido casi a la mitad. Hasta el 30 de octubre se registraron 22,923 deportados. De ellos, 13,299 vienen desde Estados Unidos. Ana Solórzano, la titular de la Dirección de Atención al Migrante de El Salvador, el lugar en el que el Estado recibe a todos los migrantes repatriados, sostiene que lo que ha pasado este año en las deportaciones fue distinto a lo esperaban: “Las proyecciones eran que hubiera un aumento en 2017 por diferentes razones, como mayor cantidad de retenciones en los países de tránsito y de destino, pero fue todo lo contrario”.

Tendencia. En todo el Triángulo Norte las deportaciones han sido cada vez menos. El país con la reducción más marcada ha sido El Salvador.

***

Irse, ¿por qué?

El año pasado el Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) registró que el 40.3 % de su población encuestada deseaba irse a vivir hacia otro país durante 2017. “El porcentaje de personas que expresa su deseo de migrar al extranjero es el más alto registrado en las encuestas de evaluación de año cursadas por la UCA en la última década”, se lee en un informe del instituto.

“No estaba manejando en el momento en el que me detuvo el policía. Fue afuera de mi casa. Estaba limpiando las latas que estaban adentro del pick up y el policía me acusó de estar manejando en estado de ebriedad, pero sin hacerme el alcoholímetro, sin hacerme prueba de sangre, sin ninguna cosa. Yo tenía el pick up encendido porque quería medirle el aceite de la transmisión y la única manera de hacerlo es cuando el motor está caliente”, narra.

Y es que El Salvador no se pinta como un hogar en el que muchos quieren construir su vida. Entre 2014 y 2016 fueron 996 personas las que murieron en masacres, incluyendo a bebés y ancianos. De acuerdo con la Policía Nacional Civil, entre enero y octubre de este año ocurrieron 3,331 asesinatos. A la violencia se le suman las carencias económicas. En este país de 6 millones de habitantes, al menos 2.5 millones viven en pobreza.

En febrero de este año el Departamento de Estado de EUA emitió una alerta para que sus ciudadanos se abstengan de viajar a territorio salvadoreño. Y para quienes lo hagan, las recomendaciones dicen que una persona que entra a El Salvador debe permanecer en estado de alerta en casi todo momento. El documento dice que se debe tener especial cuidado al salir de “casas, hoteles, carros, parqueos, escuelas y lugares de trabajo”. Además, recomienda viajar en grupo, no transportarse en taxis desconocidos, no subirse a buses, no llevar dinero en efectivo y no caminar de noche “en la mayoría de áreas del país”.

Vivir entre precauciones extremas, en pobreza y sabiendo que nada garantiza la seguridad hace que muchos ciudadanos busquen migrar de El Salvador. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) asegura que cerca del 13.9 % de migrantes repatriados se fueron porque buscaban encontrar un lugar más seguro en el que construir sus vidas.

Anhelos. En 2016 el Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) registró que el 40.3 % de los encuestados deseaba irse a vivir hacia otro país.

Steven es un salvadoreño de 25 años que en 2014 decidió irse de Soyapango. Le tomó dos meses poder llegar a vivir de manera indocumentada en Estados Unidos. Ahora reside en California. Él tiene claro que a El Salvador no regresará voluntariamente. “Aunque uno tiene sueños, es diferente para las personas que no tenemos privilegios. Yo vivía en Soyapango, los taxis no entran y si uno va con visita, después te preguntan los pandilleros que quién era, que dónde vive. Todas esas cosas te matan del miedo”, contesta a través de internet durante el receso de su trabajo.

Ese miedo, cuenta Steven, se siembra hasta en los lugares más cotidianos, en casa y en la escuela: “Cuando comencé a estudiar bachillerato, sin saber, me metí en un colegio donde controlaba la pandilla contraria y una semana duré. Ni me había terminado el uniforme el sastre cuando un grupo de estudiantes me dijo que me salía o me mataban”.

Cansado de sentir que todos sus movimientos estaban controlados, migró. “Yo no quiero regresar porque no quiero terminar como uno de mis mejores amigos: con un disparo en el pecho. Lo mataron en el bus. Para los que nos tocó ser pobres, por más que uno quiera no siempre se puede”.

Steven trabaja en labores varias de limpieza en California. Su trabajo está lejos de la carrera de Licenciatura en Letras que soñó, pero con lo que gana puede pagarle la universidad a su hermana y mandarle dinero a su madre. “Mi mami se quebró el lomo por años en una maquila de empaquetado de cloro y no es justo que siga trabajando”, dice. En abril de este año obtuvo un permiso de trabajo. Eso solo significa que tiene el aval para ser mano de obra. Para nada más. Él sabe que la amenaza de la deportación sigue latente: “Me dieron mi permiso de trabajo, pero eso no evita mi deportación, solo me da permiso de trabajar”.

***

El regreso: Dirección de Atención al Migrante

Son las 10:42 de la mañana cuando el bus que viene desde Chiapas, México, entra al parqueo de la Dirección de Atención al Migrante. Los primeros en bajarse son un par de policías y el motorista. El conductor del bus se estira, se desabotona la camisa y se cepilla los dientes en el estacionamiento. Casi al mismo tiempo, empleados del lugar salen a recibir a los salvadoreños que decidieron arriesgar la vida por el sueño americano.

Los primeros en entrar al centro de atención son dos familias nucleares. En la primera familia hay un niño y una niña que no pasan los 10 años de edad, y en la segunda, una niña igual de pequeña. Detrás de ellos viene un puñado de jóvenes hombres. Nadie trae cinta en los zapatos porque estas se decomisan en los centros de resguardo para migrantes de México por motivos de seguridad. Sobre la espalda cargan mochilas sucias, algunas con varias botellas de agua vacías. Ellos son los que no lograron llegar a Estados Unidos.

En este centro se recibe a las personas a las que Estados Unidos deporta en vuelos federales y a quienes vienen desde México en autobuses. Aunque la cantidad es mínima en comparación, también se recibe a migrantes salvadoreños que vienen de otros países, como Australia, Belice y Canadá. Este centro está ubicado en la colonia Chacra, de San Salvador. Al lado izquierdo del edificio hay un salón grande con una televisión. Cuando los migrantes entran a este espacio, se les dice la dirección del lugar, la fecha y la hora de su llegada. Es la vuelta a una realidad no elegida.

“Cuando llegan acá, eso es como lo básico que hay que atender y lo que tratamos es dar una atención integral”, explica Ana Solórzano, la máxima autoridad de esta dirección. Lo básico pueden ser cintas para sus zapatos, llamadas telefónicas, atención a alguna molestia médica y en algunos casos, una mudada de ropa. Los empleados han visto caminar por estos pasillos a migrantes que son capturados en sus lugares de trabajo. Así, se ha visto entrar a gente con uniforme de construcción, con la ropa llena de pintura y algunos migrantes con uniformes de cocinero.

Una mano amiga. USCRI es una ONG que trabaja con refugiados y migrantes deportados. Migración, desde 2016, ha referido a 252 jóvenes para que les brinden ayuda.

El flujo general de personas que llegan a este espacio se ha reducido este año. Se reciben entre uno y dos autobuses con migrantes deportados desde México a diario y, por lo general, tres vuelos de personas repatriadas desde Estados Unidos a la semana. Hace un par de años se recibían al menos dos vuelos más.

El principal perfil del migrante es un muchacho joven. En 2016 fueron 33,764 hombres, es decir, el 77 % de la población adulta migrante. Las mujeres son minoría y son quienes, por tradición, emprenden el viaje con menores a su cargo. El año pasado fueron 9,916 las mujeres adultas que fueron deportadas y 9,259 menores de edad que corrieron la misma suerte. El 60% de los menores que fueron deportados se encontraban acompañados y quien los acompañaba en el 98 % de los casos era una mujer.

En una de las áreas de este edificio se encuentra una familia que acaba de regresar de México en el bus que venía desde Chiapas. La madre, una mujer morena y de mirada cansada, habla con voz baja. Su hija pequeña observa todo con una mirada que parece devorar el salón. Una empleada de Migración busca algo que entregarles. Esta es el área donde si alguien lo necesita, se le brinda vestuario para iniciar el trayecto hasta su lugar de origen. Al padre de esta familia le hacen falta zapatos.

—Mire –dice el hombre y señala los pies en los que lleva puestas unas sandalias de baño que no parecen ser de su talla– me robaron todo, no traigo ni zapatos. En Francisco Rueda, por la vía del tren, ahí nos salieron seis hombres armados y nos quitaron el dinero, las mochilas, los zapatos. Todo.

“Toda la persona que regresa viene en condición de vulnerabilidad, ya sea por los factores que hicieron que las personas salieran del país y tuvieran que migrar, porque el tránsito en muchas ocasiones es violento o por el impacto emocional por haber estado en los centros de resguardo”, explica Solórzano.

Cerca de esta área se encuentra un salón lleno de sillas vacías. Es el salón del reencuentro. Aquí vienen los familiares de los migrantes cuando se les comunica que sus parientes serán deportados.

La única persona que aún espera por sus familiares es un hombre de complexión fornida, piel morena y ojos verde claro. Tiene los codos sobre las rodillas y la cabeza baja, enmarcada entre los brazos.

Un empleado de Migración cuenta, en voz baja, un poco sobre la historia del hombre. De acuerdo con lo que dijo al volver al país, este migrante de cara ruda y ojos claros pertenece a un grupo de personas que “desde que los agarraron no han tenido contacto con su familia. Y me acaba de decir que lo agarraron como hace 15 días”. Quince días en los que su familia no supo nada de él.

En una de las áreas de este edificio se encuentra una familia que acaba de regresar de México en el bus que venía desde Chiapas. La madre, una mujer morena y de mirada cansada, habla con voz baja. Su hija pequeña observa todo con una mirada que parece devorar el salón. Una empleada de Migración busca algo que entregarles. Esta es el área donde si alguien lo necesita, se le brinda vestuario para iniciar el trayecto hasta su lugar de origen. Al padre de esta familia le hacen falta zapatos.

El silencio que predomina en la sala es interrumpido desde afuera por un hombre de camisa celeste y gorra que camina hacia esta sala.

“Buenas”, dice antes de poder entrar. Esa única palabra es suficiente para hacer que el hombre de ojos verdes salga de su letargo. Reconoce la familiaridad del tono de voz y levanta la vista.

“Hey, brother”, dice el hombre con la camisa celeste. El hombre que recién ha sido deportado deja su mochila, no le da tiempo a su pariente siquiera de entrar al salón, sale del cuarto de reencuentro y se abalanza sobre él. Durante 2 minutos los dos hombres de cara ruda se abrazan y lloran como niños pequeños.

En toda la región. Según la OIM, en El Salvador la disminución de deportaciones ha sido del 44.9 %, en Honduras del 34.4 % y en Guatemala del 31.4 %.

La ironía de la oportunidad

Tito se encontró con gente vendada, golpeada y gente que había sido rescatada de secuestros cuando supo que había tenido suerte. Rodeado de historias trágicas, comprendió que “era casi un milagro” que no le hubiera pasado algo similar a él.

Tito tiene 21 años, es risueño, alto y delgado. Su historia es parecida a la de muchos jóvenes que son obligados a crecer de golpe, a colocar en una balanza la esperanza y poner en riesgo su vida. Estudió en Santa Ana hasta noveno grado, intentó estudiar primer año de bachillerato en modalidad flexible, pero no pudo. Tuvo que empezar a trabajar. Fue contratado informalmente como encuestador y con eso pudo aportar un poco de dinero a su casa.

“Decidí migrar por problemas económicos, por buscar un mejor tipo de vida. Yo estaba trabajando eventualmente aquí en el país y con unos amigos hablamos que si no nos salía la plaza, íbamos a viajar. Entonces, cuando pasó el tiempo, no nos salió la plaza y decidimos viajar. Todos ya teníamos un porqué. Mi mamá no trabaja y mi papá no es como un papá para mí. A mi mamá yo la veía frustrada, bastante triste, y por eso decidí ayudarle”, relata con naturalidad.

Sin estudios de bachillerato, sin un empleo formal y sin fuente de ingresos en la familia, decidió irse en 2016. Ahorró $100 y con otros dos compañeros del trabajo tomaron un bus hacia la frontera con Guatemala, sin coyote. Recorrió Guatemala y cruzó sin documentos la frontera de México. “Ya en ese país, ni uno de los tres abría la boca. Todos calladitos porque si no, ellos iban a notar que no éramos de ahí”, narra.

A Tito aún parece molestarle una cosa. No cuenta de quién fue la culpa, pero está seguro de que su propia boca los delató. Él dice que mientras se dirigían en un bus hacia la capital mexicana, el motorista los escuchó decir algo. Un rato después, el conductor paró el bus y un policía subió al transporte directo hacia ellos. Así empezó su deportación, sin haber llegado a ninguna parte.

Tito y sus amigos fueron trasladados a un centro de resguardo para migrantes en México. En una sala con más migrantes que habían corrido peligros como desapariciones, secuestros y golpizas, se dio cuenta de que el camino no era tan sencillo como lo imaginaba. Decidió solicitar asilo en México. Al hacerlo, México tendría que investigar su contexto y analizar las opciones que lo empujaron a tomar la decisión de migrar.

Sin estudios de bachillerato, sin un empleo formal y sin fuente de ingresos en la familia, decidió irse en 2016. Ahorró $100 y con otros dos compañeros del trabajo tomaron un bus hacia la frontera con Guatemala, sin coyote. Recorrió Guatemala y cruzó sin documentos la frontera de México. “Ya en ese país ni uno de los tres abría la boca. Todos calladitos porque si no, ellos iban a notar que no éramos de ahí”, narra.

El gigante del Norte. Estados Unidos sigue siendo el lugar del que proviene el 60 % de los salvadoreños deportados.

En ese centro donde se encontró detenido, el joven cuenta que “una esquina era un sector de una pandilla y en la otra esquina (había) otra”. Y a los 10 días de estar durmiendo “en una cama de cemento solo con una sábana”, desistió de su petición.

El Salvador catalogó su caso dentro de Migración por razones económicas. Cuando volvió, en San Salvador no había nadie esperándolo. Fue hacia la terminal de occidente y recogió sus pasos hasta llegar a la casa de su madre.

“A los meses me llamaron y yo sentí algo extraño y llegué a una reunión del Comité Estadounidense para Refugiados e Inmigrantes (USCRI). Comenzó la aventura porque por ellos es que estoy estudiando”, cuenta con ilusión desde la oficina de esa organización en San Salvador.

USCRI es una ONG que trabaja con refugiados y migrantes deportados. Desde el año pasado, Migración ha referido a 252 jóvenes para que les brinden ayuda. Quienes son enviados a esta organización tienen entre 18 y 25 años, y su motivo para migrar fue la falta de recursos económicos. La organización los contacta, les hace una entrevista y busca colocarlos en algún curso de formación o de inserción laboral. Sin embargo, el teléfono no siempre se responde del otro lado.

Eunice Olán, la coordinadora nacional de USCRI, explica que llevan ya 64 casos cerrados. Estos se traducen en 64 jóvenes que cuando fueron buscados, no quisieron pertenecer a ningún programa o ya habían emprendido de nuevo el camino hacia Estados Unidos.

Hasta que Tito fue deportado su necesidad se hizo visible para el Estado. Ser deportado fue el factor que le dio la oportunidad para entrar en un programa de becas de estudios.

Ahora estudia un Técnico en Electricidad Industrial de dos años en el ITCA de Santa Tecla. Del comité recibe $5 por cada día que estudia. Con eso paga sus fotocopias, sus almuerzos y su pasaje del bus desde Santa Ana.

***

Bajan las deportaciones en el Triángulo Norte

El 57 % de la población de Guatemala, Honduras y El Salvador vive en pobreza, así lo indica un informe de la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte. Además, “el 30 % de los jóvenes entre 14 y 25 años (1.7 millones) no estudia ni trabaja” y la tasa de homicidios de estos países “es tres veces más alta comparada con el resto de Centroamérica”.

Dentro de este tipo de contextos donde predomina la violencia y la pobreza, las razones para seguir yendo a buscar futuro en otro lugar no han dejado de existir. El 9 % de la población de esta región ha decidido migrar en los últimos años. Sin embargo, en la oficina de Atención al Migrante no consideran que menos deportaciones equivalgan a un menor flujo de migración irregular, sino que hace falta estudiar hacia dónde más están migrando los salvadoreños y bajo qué medidas logran establecer su residencia fuera de El Salvador, un país experto en ahuyentar a sus ciudadanos.

“O es que México ha disminuido los controles migratorios y está dejando pasar a la gente o es que los traficantes están utilizando otras rutas de tráfico. Sería muy simple que nosotros hiciéramos ese análisis de que la gente ya no está pensando en irse”, responde la coordinadora de USCRI cuando se le pregunta sobre la disminución de deportados que este año se ha experimentado en El Salvador.

Las deportaciones provenientes de México y de Estados Unidos han bajado drásticamente en los tres países de Centroamérica que conforman el Triángulo Norte. Cifras de OIM permiten establecer que el país que más disminución de deportaciones ha experimentado es El Salvador, pero la tendencia es regional.

Según la OIM, en El Salvador la disminución de deportaciones ha sido del 44.9 %, en Honduras del 34.4 % y en Guatemala del 31.4 %.

Las cifras de la misma institución indican que entre enero y septiembre de este año 20,840 salvadoreños han sido deportados. El 58.3 % de ellos viene de Estados Unidos, el 40.9 % de México y el 0.9 % de otros países.

Entre los adultos, el 71.9 % dijo haber migrado por factores económicos y el 13.9 % por la inseguridad. Entre los menores de edad, el factor de reunificación familiar cobra más protagonismo. El 27.9% de la niñez y adolescencia retornada aseguró que buscó migrar para estar con sus familiares.

Economía e inseguridad. Entre los adultos que han vuelto al país bajo esta figura, el 71.9 % dijo haber migrado por factores económicos y el 13.9 % por la inseguridad.

***

Los que faltan

El ambiente en la Dirección de Atención al Migrante en la colonia Chacra este martes al mediodía es tranquilo y silencioso. La mayoría de empleados almuerza mientras Ana Solórzano, su directora, termina de dar una visita guiada.

El ambiente de tranquilidad que este centro experimenta a la hora del almuerzo y con la disminución de deportaciones podría cambiar pronto. En Estados Unidos hay cerca de 190,000 ciudadanos salvadoreños con Estatus de Protección Temporal (TPS, en inglés). Ese programa se creó tras los terremotos que ocurrieron en el país durante 2001. Brinda un permiso para trabajar y residir, pero no es un camino hacia la legalización.

Bajo el programa del TPS también residen en Estados Unidos cerca de 2,500 nicaragüenses y 60,000 hondureños. La semana pasada el Departamento de Seguridad de EUA anunció que el TPS de los hondureños quedó extendido hasta el 5 de julio y es posible que termine al final de ese plazo. El TPS de Nicaragua se dio por finalizado y los nicaragüenses tienen hasta el 5 de enero de 2019 para buscar medidas alternativas para legalizar su residencia o regresar a su país natal.

En el caso de El Salvador, el país con mayor población protegida por el TPS, se cree que la decisión se tomará en enero del próximo año. El permiso de los salvadoreños vence en marzo de 2018. La otra amenaza de deportación masiva es para los jóvenes “dreamers” (o soñadores) que se encuentran protegidos bajo el programa DACA. Los “dreamers” son jóvenes que llegaron a Estados Unidos antes de los 16 años y han probado ser residentes ejemplares. En septiembre el gobierno del presidente Trump anunció el fin de dicho programa.

Hasta junio de 2016, eran 46,489 los jóvenes salvadoreños con permiso de permanencia aprobado por DACA. Si a esta cifra se suma la de los migrantes con TPS, son al menos 236,000 salvadoreños cuya residencia y futuro están actualmente en el limbo legal.

Solórzano, la directora de Atención al Migrante, responde que ante los posibles cambios de política migratoria, su oficina se encuentra considerando cuál es la mejor manera en la que podrían escalonar o dosificar el tránsito y la atención obligatoria a migrantes deportados. El reto es que durante una emergencia, el centro logre a dar abasto para recibirlos y despacharlos a sus casas, si es que aún tienen una en El Salvador.

Aprendizajes de vida a temprana edad

En el año que transcurre se nos ha apoyado por televisión presentar más de 40 programas dedicados al libro y a autores nacionales, temas en los que debemos ser incansables. Estimular la lectura no solo a adultos sino a estudiantes de educación básica. Con el convencimiento de que una sociedad lectora augura una ciudadanía sensible y capaz de conocer respuestas sobre convivencia y prácticas democráticas, apropiarse del logro de ejercer el derecho a ser escuchado como participante en una democracia en construcción. Ser un sujeto y no un objeto.

La proyección por la lectura desde la institución pública, en nuestro caso, nos permite acudir a una audiencia de adultos, niños y jóvenes que acogen entusiastas las iniciativas relacionadas con el tema. Un ejemplo paradigmático sería el de la biblioteca móvil (Bibliobús) que visita comunidades en riesgo cuatro o cinco días a la semana, incluyendo sábados y domingos, según el interés de la comunidad. Después de 10 años de labor institucional, el Bibliobús visita los más apartados rincones del país, de preferencia ahí donde no llega una biblioteca o no conocen un cuentacuentos o un animador de la lectura. Alguien que les facilite leer como un momento agradable.

Otro proyecto de aprendizajes por medio del libro y la lectura es la organización de un Festival de Literatura Infantil, que cuenta con apoyo institucional, pero no podría realizarse si no hubiese una sinergia entre distintos sectores del país que se apropian de la importancia de un evento que incide, no importa si en medida modesta, al desarrollo del país. Se sabe el aporte del libro y la lectura como eje estratégico de una educación nacional.

El octavo festival se celebra esta misma semana en la Biblioteca Nacional. Aspira a favorecer a participantes invitados de acuerdo con el interés de las comunidades y de entidades que las apoyan para hacer posibles los traslados y la organización en cada localidad del interior del país para asistir a una fiesta literaria. Los participantes son de educación básica, de entre ocho y 12 años, de preferencia, que acuden a un espacio agradable bajo el lema, este año, “Por la alegría de leer”. En años pasados fue “Leer es maravilloso”.

Algunos especialistas no están muy de acuerdo con la animación de la lectura si esta es un elemento distractor; argumentan que debe irse directo al libro, sin interferencias. Pero el festival no pretende esa vía directa, sino tratar de comunicarnos con niños en diferentes modalidades que les produzcan un momento inolvidable en su corta experiencia de vida aunada a aprendizajes de excepción. Entre otras cosas, conocen a escritores nacionales y los resultados de su creatividad.

Recuerdo allá en San Miguel, en una escuela pública muy modesta, y en tiempos remotos, sin los medios de comunicación de los conocidos ahora, ni siquiera radiodifusoras, excepto porque en las seis ciudades principales del país llegaba el periódico, siempre contaban con espacios de lecturas para los menores de edad. Fue mi caso.

Recuerdo en segundo grado, bajo el calor de San Miguel, en el que no reparábamos, pues no conocíamos geografías diferentes para comparar, un maestro nos leyó “Corazón” de Edmundo de Amicis. Ahí supe que había ciudades donde existía la nieve y se jugaba con ella, mientras nosotros nos divertíamos con los aguaceros diurnos. Y algo más en primer grado, en esa misma escuela pública de San Miguel, a otro docente, quizá al director, se le ocurrió llevarnos a ver una película al Teatro Nacional (convertido en cine). Fue la primera vez que tuve la experiencia de ver una película. Y tuvo la característica, por el tema, de ser una experiencia inolvidable. El título: “Los huérfanos de Stalingrado”. Por estar en el marco de una guerra mundial, tuvimos acceso a una exhibición que quizá no era para niños, pero nos permitió conocer a edad temprana la barbarie cometida contra niños en una guerra con el protagonismo invasor de un ejército nazi. Conocí el poder de las bombas. El cine fue mi medio de comunicación más avanzado de la época.

Esa película y un año después el libro “Corazón” me ofrecieron un aprendizaje sobre el mundo. Lo importante fue la imagen y la palabra, más que un argumento que podría ser inentendible a esa edad temprana. Aunque sí, en ambos casos hubo emoción que es también elemento esencial para el aprendizaje.
“Corazón” de Amicis, publicado en 1886, me permitió saber en mi segundo grado valores cívicos, de solidaridad, me despertó sentimientos tan importantes para formar la personalidad constructiva. Porque si es desde niño, mejor. Provocar sensibilidad ante el otro, como es el caso de los cuentos “De los Apeninos a los Andes” y “El tamborcillo sardo”; o los juegos inocentes de los niños lanzándose bolas de nieve. También hay un cuento con un niño que escribe un diario donde expresa sus emociones particulares.

De “Los huérfanos de Stalingrado” nunca supe más. ¿Alguien sabe? Recuerdo que a la hora de almuerzo discutimos temas de esa exhibición con un primo que estaba en sexto grado. Supongo que me ayudó a explicar algunas situaciones sobre la primera película de mi vida, cuando apenas tenía tres meses de conocer lo que era una escuela pública que nos ofreció esos aprendizajes de variadas expresiones, con docentes que advirtieron la necesidad de leer o de comunicar elementos artísticos desde una edad temprana. Esa práctica continuó hasta llegar al séptimo grado, en el área de la música, siempre en instituciones públicas de San Miguel.

Sin duda esas imágenes en la memoria repercutieron para introducirme a un oficio de creatividad artística, pese a mis diversas proyecciones de adolescente que incluyeron fútbol, matemáticas y docencia desde temprana edad.
Nota. Dedico esta columna a quienes permitieron fundar el Festival Infantil. Cito a los que ya no están con nosotros: al poeta Ricardo Lindo y al poeta chicano que nos visitaba desde California, Francisco Alarcón. Un saludo hasta la galaxia en infinito movimiento.

El buen periodismo prevalece

Hay pocas cosas que he querido más en la vida que al periodismo. Fue con lo que soñé desde las aulas de la universidad. Y durante los seis años que lo ejercí a tiempo completo fui feliz. Cada día con la esperanza de interpretar una milésima parte del laberinto de injusticia que llamamos sociedad salvadoreña. Los que lo han practicado saben que es adictivo y que no cualquiera lo entiende. En especial por una jornada laboral extendida, la disponibilidad en emergencias o porque uno vive totalmente inmerso en el trabajo. Pero a cambio te puede dar más. Si se hace bien, se trata de escuchar a otros. En un mundo en el que todos parecen luchar porque su voz se escuche más y que llegue más lejos –algunos incluso ahogando a otros–, es una profesión que conlleva sentarse y escuchar distintas maneras de ver las cosas. Cuestionar y seguir. Siempre seguir. En una batalla constante contra el tiempo.

Es una profesión que ha tardado en cimentarse en este país. Después de todo, no hace mucho que la primera generación de periodistas académicos sustituyó a los empíricos que venían desde antes de la guerra civil. Pero en un abrir y cerrar de ojos, casi tan veloz e inesperado como el flash de una cámara, el paradigma volvió a cambiar. Todo por una nueva era de información con un alcance nunca antes visto. En El Salvador, más que del acceso al internet en general, ha venido de la mano de la telefonía y las redes sociales. De los memes y de llevar una noticia en constante desarrollo al alcance de los dedos. La posibilidad de estar informado o pensar estarlo. Tan radical, sin esperas ni intermediarios, navegando en un océano de basura, curiosidades o exageraciones. En medio de todo, el periodismo en una balsa con tiburones al acecho. Es una de las profesiones que están teniendo más cambios radicales.

Es más, esta es una era que puede crear la falsa ilusión de que el periodismo ya no es útil o que cualquiera puede hacerlo. Solo basta con tener mucho tiempo libre o pagar a alguien para que produzca cualquier tipo de información o desinformación. Noticias falsas de periodistas falsos –o sin ética. Algo que ya pasó a finales del siglo XIX, cuando los medios impresos estaban en su apogeo en Estados Unidos y los periódicos de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer entraron en una disputa por lectores, dando origen al periodismo amarillista. Inventaban historias solo para llamar la atención. Algo que parecen estar haciendo miles en las redes sociales y medios que han nacido en el entorno digital. Desde esas fuentes, es un regreso al periodismo más primitivo y elemental.

Pero la práctica, como todas las demás carreras y ámbitos profesionales, se configura con base en el mercado. A las necesidades de los consumidores de información. Para nadie es un secreto el revés de ingresos que han tenido los grandes medios de comunicación en todo el mundo. Algo que ha implicado recortes de personal, de productos y la precariedad de condiciones laborales. Ante este panorama, ¿cómo cambia el rol del periodista? Los grandes medios crecieron porque suplían la urgencia de la gente de saber lo que acontecía. Antes el problema era tener información, ahora es que hay demasiada. Uno tiene que buscar y buscar para encontrar algo con rigor y que valga la pena.

El periodista, más que nunca, debe aportar análisis y hacer notas que permitan interpretar la realidad. Elaborar investigaciones profundas que den luz sobre los problemas que más atañen a la sociedad. Es una fórmula vieja pero muchas veces parece olvidada. Ahora con el agregado que se deben utilizar los formatos que han popularizado las redes y tener cada vez más conocimientos de la informática. ¿Qué pasó después de la guerra entre Hearst y Pulitzer? Prevaleció el buen periodismo. El que se centra en lo social, el contraste de fuentes y la rigurosidad de los datos. El que busca fortalecer el tejido social y mostrar a la gente que son parte de una colectividad en donde los problemas de uno afectan a otros. Ir en contra de la cultura individualista de hoy en día. Al final de cuentas, el buen periodismo prevalece.

La memoria como praxis

Como niña del año 76’ en El Salvador y habiéndome ido a los cuatro años del país, he heredado una parte de la memoria de la guerra más reciente no a través de recolección directa sino a través de fragmentos; imágenes inquietantes, objetos, historias, comportamientos y afecciones transmitidos como una herencia dentro de la familia y de la cultura en general. Para algunos de mi generación es hasta cansado seguir hablando de la memoria como tema. Para otros las memorias son pistas que nos llevan a desarrollar cierta metodología y praxis, o práctica activa, de la memoria. El pasado nos agarra y no nos suelta. Recordar se convierte en una especie de trabajo de campo que nos lleva a adoptar, bastante al azar, los métodos de historiadores, antropólogos, etnógrafos, abogados y a investigar en archivos, a buscar entrevistas en casas ajenas y a conocer espacios y zonas apartadas del país.

En mi caso, la UCA ha sido un espacio que siempre me ha llamado la atención porque mi mamá estudió la filosofía ahí con los jesuitas en los años 70. Crecí oyendo sus historias del Padre Ignacio Ellacuría y del Padre Martín Baró, de las cosas que más los fastidiaba que hicieran los estudiantes y en varios momentos me ha llevado a la UCA casi como en viaje de peregrinaje para conocer y recordar ese espacio y sus días como estudiante ahí.

Fue en una de estas ocasiones que me captó la atención el Vía crucis del pueblo salvadoreño de Roberto Huezo y sentí que me sobrecogió una necesidad de conocer la historia de esos cuadros en la capilla; si habían sido encargados por los padres jesuitas o cómo es que llegó a estar esa serie de dibujos ahí en la capilla de la UCA. Roberto Huezo, el autor del Vía crucis, me concedió una entrevista y me contó lo siguiente; una historia que comparto aquí porque conocerla me ha llevado más allá de la memoria heredada de mi familia para formar mis propios lazos con la UCA como espacio de la memoria.

Los primeros apuntes para el Vía crucis del pueblo salvadoreño surgieron cuando Roberto Huezo presenció un enfrentamiento violento entre un grupo de guerrilleros y el ejército que duró toda la noche. El artista me describió cómo los soldados llegaron con tanques de artillería pesada y sin piedad, dando fuego con lanzallamas a la vivienda donde habían localizado a unos muchachos guerrilleros, matándolos y dejando aterrorizada a su comunidad de Santa Tecla. “Allí nacieron mis primeros apuntes.” Y allí, en los bosquejos matutinos de Roberto Huezo nació el Vía crucis del pueblo salvadoreño (1983-1984).

Poco después, la hermana mayor y el cuñado de Roberto Huezo fueron secuestrados por soldados del ejército. “Durante las búsquedas de mi cuñado, las cuales realizábamos, con mi hermana, cuando nos avisaban que habían cadáveres en las carreteras, o en “el playón”, ó en algunos otros sitios de fuera de la capital y, en las morgues…ya tenía suficientes apuntes para desarrollar la serie de dibujos.” El Vía crucis llegó a ser un punto de encuentro entre la realidad cruda y la imaginación; un testimonio visual que le dió al artista una manera de aprehender la realidad. Según Huezo los dibujos eran una manera de enfrentarse con la realidad, de confrontar la realidad, de habérselas con ella, para luego cargar con la realidad y, que la realidad no cargase con ellos.

Fue el Padre Ignacio Ellacuría quien le instó a que Huezo dibujara como una forma de exteriorizar las imágenes de bocas y manos contraídas en dolor y de cuerpos heridos y retorcidos que atormentaban a Huezo. Le dijo: “Debes enseñarnos cómo siente el humanista esta deshumanización.” Ellacuría llegó cada lunes por nueve semanas para ver la evolución de su trabajo: “Uno de esos lunes, creo que el tercero, me dio la noticia de que se le había ocurrido de que esos dibujos, formarían parte de la Capilla Monseñor Romero de la UCA…que formarían parte del “Vía crucis del pueblo salvadoreño.” Pero el Padre Ellacuría tardó en escoger y, según el artista, terminó viendo cerca de ochocientos dibujos. La serie completa hoy consta de más de dos mil dibujos de diferentes tamaños.

Según Huezo, los dibujos son su testimonio visual de cómo la guerra deshumaniza al ser humano: “Usé tinta aguada, acuarela, carboncillo, pasteles, lápiz, bolígrafo, sumie, sanguina, lápiz conté, y algunas otras medias secas y húmedas para que aquél papel blanco (la nada), enfrentado, a solas en mi estudio, se convirtiera en algo que mi memoria heredaría a la humanitas, dejándome ser testigo. Testigo de una de las más terribles acciones que el hombre puede llegar a realizar: su deshumanización.”

Investigar la historia del Vía crucis fue una manera de interactuar con el pasado, de hacerle mis propias preguntas y de construir un conocimiento válido y personal de la historia. De la misma forma que unos rechazan al pasado otros de mi generación buscan estas interacciones dinámicas haciendo arte y cultura, yendo a los archivos, buscando entrevistas, conociendo espacios del país y haciendo activismo de varias formas. Hacemos un trabajo multidisciplinario de hacer cultura, antropología, etnografía y de activismo para poder conocer el pasado. De esta forma la historia deja de ser una abstracción intelectual y cobra nueva vida en el presente.

Carta Editorial

Las migraciones se consideran parte del ciclo de la humanidad. En el caso de países como el nuestro, sin embargo, el problema es que las migraciones actuales se dan en condiciones que dejan por fuera muchos derechos considerados fundamentales.

La periodista Valeria Guzmán hace en esta edición un retrato de cómo es volver –herido, vulnerable y sin nada– a un país en el que ya no se puede estar y del cual, en realidad, se huye. Un proceso por el que ya han pasado miles de salvadoreños sin que, hasta el momento, su sufrimiento haya pesado lo suficiente como para que se ejecuten cambios significativos.

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos no ha supuesto, de acuerdo con los registros oficiales, un aumento en la cantidad de salvadoreños deportados. La tendencia es compartida por los tres países del Triángulo Norte: Guatemala, Honduras y El Salvador.

Que los números sean menos abultados que los que se registraron durante la presidencia de Barack Obama no significa necesariamente que los salvadoreños estén migrando menos. Significa que, como indican los especialistas, esto debe ser parte de un fenómeno que puede incluir nuevos destinos o la relajación de controles en México, un país que ha visto deterioradas sus relaciones con Estados Unidos en los últimos años a raíz de la construcción del muro fronterizo a la que Trump no ha renunciado.

Desde la vulnerabilidad de este país que no solo depende de las remesas, sino que es incapaz de ofrecer oportunidades dignas a los que han tenido que irse a buscar desarrollo, las instituciones deberían estar más en alerta a lo que se suceda con dos programas que están en la cuerda floja: el TPS y DACA. ¿Qué va a pasar con los miles que se han amparado a estas figuras si desaparecen y son retornados a un país que en realidad nunca les respondió? ¿Qué les puede ofrecer un país que da más para irse que para el arraigo?

“Soy parte de una generación que pasó del ábaco a la computadora”

¿Qué le gustaría ver en su futuro?

Mi sueño convertido en realidad: El Salvador como país productor de cacaos finos y de calidad que exporta al mundo entero.

¿De quién se siente orgulloso?

De muchas cosas: de mis hijas por su tenacidad, de las personas que están en mi entorno y contribuyen a cumplir los sueños de otros, del equipo de trabajo que lidero aquí, en el país.

¿En qué se siente representado?

En todas las personas que buscan ser mejores cada día, en los que piensan en plural.

¿Cuál fue su primer empleo?

Como técnico en un proyecto de riego parcelario para 1,500 familias de pequeños productores.

¿Cuál ha sido el mejor regalo que ha recibido?

La vida, esta capacidad de respirar, pensar y ser parte de una generación que pasó del ábaco a la computadora.

¿Cuál es la mejor forma de iniciar el día?

Con una taza de chocolate, una sonrisa y un “buenos días” a la primera persona que me encuentro en el camino.

Si pudiera regalarle a El Salvador algo, ¿qué sería?

Le regalaría mis sueños no materializados y luchar juntos hasta alcanzarlos.

Buzón

Buzón

Imparable

Ya se ha repetido tantas veces que la violencia en El Salvador es un problema complejo que debe ser abordado alejado de análisis simplistas y de emociones partidarias, pues estamos en una sociedad condensada en blanco y negro en donde se pierde con facilidad la riqueza de una reflexión que debe estar separada de los credos extremos que tanto daño le vienen haciendo a este país. “La república de las masacres” es la tétrica entrega de Glenda Girón y Ricardo Flores en donde abunda en este luctuoso tema y no termino de leerlo cuando ya ha sucedido otra masacre en una zona rural de Santa Ana, donde acribillaron a un antisocial, su consorte y dos menores inocentes. ¡Imparable escabechina! Las impresionantes imágenes de la barbarie que a diario vuelan por los medios impactan a quienes nos duele El Salvador y otros que talvez ya se acostumbraron a esa devastación humana.

La violencia siempre es un síntoma de problemas más profundos y mientras no se encuentren apropiadas soluciones, los inicuos seguirán ganando terreno. Ya tenemos décadas de estar sufriendo masacres motivadas por diferentes circunstancias y lo que hoy enfrentamos como país es el acabose, se llevan de encuentro a niños que nada tienen que ver con la paranoia. Erasmo de Rotterdam en su “Elogio de la locura” da cuenta de “que en el mundo la razón apenas tiene poder y lo que reina es una insensata confusión”, estamos en el borde del desborde. Y no basta que el país respire el alivio de saber a los asesinos condenados, si el vivero de los malhechores crece al mismo ritmo de las muertes, tampoco borran del imaginario social los dantescos cuadros que cotidianamente están presentes en el escenario delictivo.

Es peligroso acostumbrarse a esas escenas como algo normal como ha sucedido con los actos de corrupción, hay quienes creen que eso es normal y se quedan con los gritos silenciosos ante la angustiada complejidad de tan sangrienta debacle que cada día se arraiga más en la estructura social.
Las autoridades no están actuando en sincronía. Los malhechores son aprehendidos por los uniformados, sentados en el banquillo pero no condenados en variados casos; las instituciones mismas están infiltradas, no solo las alcaldías, sino las mismas encargadas de hacer justicia, así se vuelve difícil el combate de la epidemia de homicidios y solo nos lleva a seguir siendo un país totalmente desencantado sembrado de muertos.

Julio Roberto Magaña
[email protected]


Desde siempre

Los países con organizaciones socio-políticas más complejas se desarrollaron desde hace 2,000 años antes de Cristo. Y cuando llegaron los españoles, existían varias culturas a lo largo de América, pero con la llegada de los conquistadores españoles se inició un exterminio que arrasó con los pobladores de la región. Desde esa época hasta hoy, no estamos exentos de las masacres, si hacemos un recuento desde la conquista de los españoles cuando sucedieron las primeras masacres en nuestro país, los que más han muertos son activistas políticos, religiosos, sindicalistas, obreros organizados, alcaldes, empresarios y ciudadanos extranjeros han sido los casos más significativos en nuestra historia.

Las masacres de hoy se dan en zonas habitadas por la clase trabajadora pobre y queda demostrado que son un vivo reflejo de la intolerancia, arrogancia y maldad del ser humano. De nada sirvió lo proclamado el 16 de enero de 2012, fecha de aniversario de los Acuerdos de Paz, cuando el entonces presidente Mauricio Funes pidió perdón a los familiares de todas las masacres ocurridas durante el conflicto armado y además anunció una serie de medidas para la reparación moral y económica en favor de los afectados por la guerra civil.

El reportaje “La república de las masacres” de los periodistas Glenda Girón y Ricardo Flores es un recuento investigativo de todas las masacres violentas sucedidas en varios municipios del país que muestran, con detalles, evidencia de esta nueva embestida de violencia que sufrimos todos. Cuesta entender el objetivo que nos lleva al estado que vivimos y, por alguna razón, algunas veces es el mismo pueblo que al no ver resultados de investigación, se toma la justicia por sus propios medios, en vista que también han asesinado inocentes que se encontraban en el día y lugar equivocado.

Rutilio López Cortez
[email protected]


“El gran silencio”

Como suscriptor de LA PRENSA GRÁFICA, no me reprimo jamás de la lectura cotidiana en ningún día del año. Sobre todo el domingo en mi descanso laboral, ávido y expectante de Séptimo Sentido.

En esta ocasión me cautiva específicamente “El gran silencio” de Jacinta Escudos. Gabinete Caligari inicia con el cuento de Ted Chiang refiriendo la comunicación de las especies que conviven con nosotros los humanos, y que de una forma u otra pretendemos entendernos con ciertos animales, sean estos loros, delfines o simios, etc. Con frecuencia nos asombra que la coexistencia es cuestión de lógica y fraterna convicción.

Tengo la esperanza de que un día, con la ayuda de la tecnología, podríamos lograrlo, entonces los caudales cognitivos arribarían a las fronteras hoy insondables. En síntesis, hurgamos por doquier la comunicación con otras formas de vida, con la fe y esperanza de hallarla en el espacio sideral. Personalmente, soy expectante soñador que mientras exista la raza más inteligente que somos, llegaremos a realizar esa quimera expresada por muchas generaciones del contacto extraterrestre. Quizá esto se deba a que soy asiduo y apasionado por la lectura de Erich Von Daniken, de J. J. Benítez y su “Caballo de Troya”, “Los ojos de la Virgen de Guadalupe” y “Yo, Julio Verne” , pero al referirme específicamente en la lectura de ficción de Yosip Ibrahim “Yo visité Ganímedes”, satélite de Júpiter llamado el Planeta Amarillo, aduce que en su cosmos ilusorio no existen especies animales porque no son necesarias.

De súbito al leer esto, no imaginé ser vegetariano y carecer mis hijos del afecto tierno por sus mascotas caninas. Finalmente apasionado por el sendero que los escritores me conducen y hoy que leo a Jacinta Escudos, me obliga a agradecerle, así como a todos los columnistas que mediante sus páginas emocionan con la lectura como la que hoy nos da Jacinta, instruyen, transmiten y nos hacen soñar con la esperanza de sana comunicación, arribar y convivir algún día a otras vidas galácticas, con la certidumbre de las civilizaciones antiguas, mayas, sumerios, egipcios, etc., conservan vestigios de las visitas que seres de otros mundos permitieron ciertos conocimientos, según History Channel, National Geographic.

Déjenme soñar que la comunicación pretendida nos permitirá una vida mejor y así erradicar la actual, llena de conflictos, homicidios, guerras, delincuencia y, entre lo más horrendo, vil y despreciable, feminicidos que presencian los hijos de las tantas víctimas. Mientras tanto “El gran silencio” concluya su mutismo, esperemos que Dios nos proteja.

José Carlos Vásquez
[email protected]

Historias sin Cuento

EL FINAL DEL PRINCIPIO

ACuando estábamos en vísperas de graduarnos, Fabricio, el autoproclamado líder del grupo, organizó una excursión a un hotel de playa, en una de las zonas más turísticas de la costa, que era algo así como el paraíso de los surfistas. En realidad, no todos éramos amigos en el mismo grado de cercanía, pero aquel no era momento de hacer distingos.
Fabricio tenía listo un almuerzo propio del ambiente, y todos nos fuimos ubicando bajo las sombrillas que llenaban la terraza frente al mar, que en aquel momento parecía perfectamente sincronizado con su naturaleza típica. Había un muelle muy cerca, al que llegaban los botes de los pescadores del lugar. El ambiente propicio para hacer movimientos de espontaneidad que no se salieran de control.
Estábamos ya todos reunidos, y entonces Fabricio se levantó para decir unas palabras, como era su costumbre que nadie podía cuestionar, porque él estaba siempre en posesión del control; pero en ese preciso instante cruzó una ráfaga de viento, que le arrebató la gorra que llevaba siempre consigo para disimular su incipiente calvicie. Él aleteó, como si fuera un pájaro nervioso, y corrió a alcanzar el objeto volador.
Sin pensarlo, me levanté a aprovechar la ocasión para quitarle a Fabricio la tribuna, en un gesto de picardía escolar, como si siguiéramos siendo niños. Él regresó ya con la gorra en su sitio, y me encontró en posesión de la palabra.
Aquella sencilla lección del aire libre, que se nos daba justamente antes de entrar en la etapa de nuestra puesta en práctica de lo aprendido en el plano formal, sería clave en las vidas de todos nosotros.

IDEAS PARA UNA PROMESA

Era la hora acordada, y entonces se produjo el arribo de aquella voz que mostraba todos los indicios de ser sobrenatural, aunque fuera perfectamente inteligible para nosotros, los seres comunes. A fin de que pudiéramos oírla todos, dondequiera que estuviéramos, se ubicó en la cumbre de la colina que miraba hacia todas las direcciones del horizonte. Y desde ahí habló:
—Compañeros de siempre, al fin se nos presenta de nuevo la oportunidad de compartir las inquietudes de nuestra condición de desconocidos fraternales, que es la única a la que podemos aspirar en este plano. Vamos ahora a un punto que está aquí sin agotarse, y por eso merece tratamiento de oración. Lo sabíamos sin que nadie nos lo tuviera de enseñar: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y sé que a todos nos saca roncha la pregunta: “¿Y desde cuándo es así?”
Intempestivamente, otra voz se alzó del conjunto de los presentes:
—¡Desde el momento de nacer!
El rumor le dio valor colectivo a tal aseveración.
Y la voz que venía de la cumbre de la colina dio su veredicto:
—¡Perfecto! Vamos bien. Podemos seguir. Eso que llamamos evolución humana no es más que una cadena silenciosa que jamás tiene proyecto anticipado. Por más que se esté hablando constantemente de hacer historia, lo que queda del día a día es un reguero de piezas que no pueden hacer rompecabezas, y eso es lo que más le perturba a nuestra aliada más impaciente: la razón. Y es que repitámoslo para nuestro consumo una y otra vez, hasta que nos cale: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y así será en cada ciclo que nos toque. Sí, somos los sobrevivientes de la eternidad que no se repite bajo ningún pretexto; por eso es eternidad.
El murmullo dio muestra de impaciencia. La voz así lo entendió:
—Aquí nos quedamos en este momento. Cuando volvamos a reunirnos, que podría ser mañana, habrá que hablar de lo mismo, porque mañana seremos sobrevivientes que solo se reconocen por el poder de la memoria. Y yo me agrego a la lista. ¡Hasta entonces!

MISIÓN CONSUELO

Regresaba, y esa era hoy la realidad que tenía enfrente. Cruzó la amplia puerta de salida y ahí estaba aquella tupida hilera de personas sencillas que llegaban a esperar a los suyos. Algunos encuentros transmitían una emoción conmovedora. Él se detuvo un instante, aunque en verdad no buscaba a nadie, porque nadie podía estar esperándolo, y mucho menos en el aeropuerto. Empezó a caminar sin rumbo, como si estuviera en un mundo completamente desconocido. En efecto lo estaba. A su alrededor nada era identificable.
Fue una aventura todo aquello del regreso. Una aventura casi irreal, porque él por su sola cuenta había decidido regresar, al sentir que toda su gente alrededor iba siendo sacada por la fuerza. Sacada de allá y mandada para acá, como bultos sin vida. Había que evitar, pues, que eso lo siguiera acorralando, aunque él tenía sus papeles en orden desde hacía mucho tiempo.
Del aeropuerto, aquella tarde, tomó camino hacia su lugar de origen, que era un caserío en el norte del país. Ahí nadie lo esperaba, como si fuera un repatriado sin identidad. Y eso fue lo que sintió con un efecto liberador insospechado. Aquella noche le pidió posada a la única persona que recordaba de sus remotos tiempos: el cura del lugar, que ahora era un anciano que lo reconoció al instante:
—Adrián, estás de vuelta. Por algo será. Dios nunca traza líneas torcidas.
Él se quedó pensativo, como si orara en silencio. Y se fue a ubicar en un rincón y en el suelo, porque no había más.
Como tenía que buscar trabajo para sobrevivir, tuvo de pronto un golpe de intuición. El padre Alberto ya necesitaba apoyo casi para todo, y él podía brindárselo. Desde la labor de sacristán hasta tareas de casa. Luego ya iría viendo. El padre oyó la propuesta y se le iluminó el rostro:
—¡Sos lo que estaba esperando, sin saberlo con certeza! Ya te lo dije: Dios nunca traza líneas torcidas. Ni para vos ni para mí. Y para expresar nuestra gratitud, ¿qué te parece si entramos a rezar un rosario?

JARDÍN ATÁVICO

Para unos cuantos elegidos de la suerte, vivir y morir a la par de un jardín es la mejor experiencia cotidiana que pueda imaginarse. Él, Jacinto Arroyo, era un ejemplo vivo de ese anhelo; y yo, Floriano Pradera, también. Fuimos vecinos en la niñez y en la adolescencia, y aunque nuestras familias nunca llegaron a tratarse personalmente en el vecindario del que eran parte, nosotros sí lo hicimos porque íbamos a la misma escuela y compartíamos sin decírnoslo la ilusión de estar a diario en contacto con algún espacio florido.
Cuando, en los límites entre la niñez y la adolescencia, nos enamoramos de la misma chica, que también habitaba en el vecindario, tuvimos un momento de crisis. Ella se llamaba Dalia, y de seguro el nombre se nos convirtió en el imán irresistible.
Como era de esperar por las edades de todos, el romance con Dalia no llegó a concretarse con ninguno de los dos; pero la experiencia inconclusa nos dejó una especie de advertencia emocional: estábamos atados a un anhelo compartido. Pasó el tiempo, y llegó la hora de pasar a la educación superior, ya en plena adolescencia.
Jacinto estudiaría Arquitectura de Interiores; yo, Floriano, diseño de zonas verdes. Nos veíamos cada vez menos, como si ya no tuviéramos mucho que compartir, aunque nuestras aficiones básicas siguieran siendo las mismas. Hasta que un acontecimiento espontáneo nos volvió a poner en ruta, sin que lo supiéramos. El romance respectivo. Por los mismos días Jacinto conoció a Azucena y yo conocí a Camelia.
Nos comunicamos casi de inmediato, acaso atendiendo a una señal del destino. Nos reunimos los cuatro en un parquecito de los alrededores:
—Hola, Floriano, te presento a Azucena.
—Encantado. Y yo te presento a Camelia.
—Se nos hizo, ¿verdad?
—Pues sí. Lo que estábamos esperando.
Nos envolvieron los aromas, y las sonrisas compartidas no se hicieron esperar, porque aquello era en verdad un reencuentro en clave de destino.
Era como si estuviéramos inaugurando el respectivo jardín, el soñado subconscientemente desde las primeras etapas de la vida. Ahora sí ya podíamos sentir que los días eran nuestro territorio ideal.
Y desde ese instante fuimos otra vez los inseparables amigos de siempre.

Harvey no amilana a mi familia

Destructivo. El huracán Harvey tocó tierra en Texas el 2 de agosto. Llegó como huracán categoría 4, con vientos de más de 200 kilómetros por hora.

Volví a la ciudad donde nací hace pocas semanas, a una urbe abatida por una monstruosa tormenta que dejó caer la cantidad de agua que llueve en un año normalmente, desbordando sus pantanos y sus embalses. El huracán Harvey ya se había ido, pero su legado permanecía en los pisos agrietados de la casa de mi tía Christine, en el moho de la vivienda de mi prima Esther y en los baldes de agua de la casa de mi papá y mi mamá debajo de filtraciones.

Recorrí en auto barrios con montañas de muebles inutilizados y restos de paredes. Cajas repletas de libros dañados y ropa mojada, de decoraciones de navidad arruinadas y de juguetes de los Power Rangers inutilizados.

Trabajos. Cientos de familias cuyas casas resultaron dañadas todavía esperan poder encontrar contratistas que les hagan las reparaciones.

Por cinco generaciones, mi familia sobrevivió a lo peor que envió la madre naturaleza a una ciudad acostumbrada a las grandes tormentas. Pero cuando las aguas ceden, a pesar de la devastación que causan, siempre se recupera y encuentra la forma de empezar de nuevo. Después de todo, mi familia vive aquí desde hace 100 años y ningún huracán ni ninguna inundación la va a ahuyentar.
Mi madre, Amelia Contreras, de 64 años, recuerda que una tía acostumbraba a contarle sobre las tormentas que azotaban Houston. Son la forma que tiene Dios, le comentaba, de decir que “la gente debe unirse, amarse los unos a los otros”, y de recordarnos que “en un minuto Él nos puede dejar sin nada”. Tormentas como Harvey fueron lo que nos llevaron a Houston.

En 1900, un huracán enorme mató a más de 6,000 personas cerca de la isla de Galveston. Meses después, mi bisabuelo, de 16 años, Florencio Contreras, llegó de San Luis Potosí, en México, a Houston porque los planificadores decían que era un sitio más viable. Abundaba el trabajo, por lo que se radicó allí.

En una época de segregación racial, Florencio solo podía vivir en barrios de inmigrantes mexicanos o de negros cerca del embalse de Buffalo Bayou. Abrió una herrería sobre la ribera del estanque e hizo herramientas y herraduras. Llovía a menudo y las calles de la zona se inundaban siempre, pero Florencio sabía que tenía que aprender a vivir con las tormentas si quería quedarse allí y salir adelante.

Se quedó incluso después de que Buffalo Bayou se llevó a uno de sus hijos, Joe, quien tenía solo 13 años cuando se tiró al agua tras una tormenta, golpeó su cabeza contra algo y se ahogó. Permaneció, también, luego de la gran inundación de 1935, que destruyó muchas viviendas de su barrio, pero no la suya.

Mi finado tío abuelo Ernest Eguía, hermano de mi abuela, contaba que estuvo atrapado varios días en su casa después de la inundación del 35. “Los muebles, la ropa y otras cosas hubo que ir a buscarlos al estanque”, expresó en un relato de 11 páginas que me dio. No vio tanta desesperación hasta que peleó en la Segunda Guerra Mundial y su batallón liberó el campo de concentración de Nordhausen, en Alemania.

Mi familia estaba creciendo y no tuvimos otra opción que mudarnos a viviendas dañadas por esa tormenta. Roland Contreras, nieto de Florencio y primo mío, recuerda que sus amigos le preguntaban por qué la casa estaba inclinada. “Era algo muy incómodo”.

El huracán Carla azotó Houston en 1961, rompió ventanas y arrastró los autos estacionados en casa. Mi madre y su familia se prepararon almacenando agua en bolsas de basura y cocinando para 12. Cuando llegó la tormenta, su casa estaba segura sobre soportes. Pero el agua les impidió salir por varios días.

Cuando nací yo, en 1974, Houston ya era una gran metrópoli y Buffalo Bayou no causaba tantos daños. Cruzamos el puente sobre el estanque en un cómodo Chevy Maverick. Cuando se avecinaban tormentas y el agua subía, mi madre nos decía que teníamos tiempo para escapar.

Foto de AP

Nuestra casa en un suburbio estaba también cerca del agua, en Greens Bayou. Yo tenía nueve años cuando vino el huracán Alicia en 1983 y decidimos esperarlo en la casa de Lita, mi abuela materna, montada sobre pilotes en una zona céntrica. Había sobrevivido a todas las tormentas desde 1935 y sin duda estaríamos seguros allí. Esperé la tormenta acurrucado en una cama. Oía las ramas de los árboles que golpeaban el techo y las ventanas. Pude ver por la ventana chispazos del tendido eléctrico poco antes de que nos quedásemos sin luz.

Cuando pasó la tormenta, regresamos a nuestra casa, que no había sufrido daños mayores, excepto por algunos destrozos en el cerco del jardín.

Años más tarde, cuando yo cursaba estudios de posgrado de Redacción Creativa en la Universidad de Columbia, mis padres vinieron a visitarme a Nueva York en el verano de 2001. Caminando por Times Square una noche, nos detuvimos frente a unas pantallas de televisión gigantes y nos conmocionamos al ver una imagen del barrio de mis padres, sumergido bajo el agua por la tormenta tropical Allison. Mi madre dice que pensó que “tal vez no tengamos una casa cuando regresemos”. Pero, como sucede a menudo, depositó su confianza en Dios y se dijo a sí misma “todo sucede por una razón”. Al regresar, comprobaron que la casa había sobrevivido una vez más.
Pero mis parientes no habían tenido la misma suerte.

Mis tíos Christine Contreras Kahn y Andy vieron las escenas de destrucción desde su casa del sector occidental de Houston. Hasta que les llegó la noticia de que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército dejaría correr el agua que se desbordaba del embalse y que el barrio donde estaba su casa se inundaría. Mi tía salió corriendo para tratar de rescatar las fotos de la familia y documentos importantes. Luego se instaló en el porche, abrió una botella de vino y se sentó a esperar. Mi tío Andy limpiaba la piscina. “¿Qué otra cosa podía hacer?”, comentaría más tarde.
Se quedaron hasta que llegaron voluntarios en botes y se los llevaron.

Mi tía Esther González, una madre soltera, vive cerca del mismo embalse con su hijo de 11 años. Al despertarse encontró que había 1 metro (3 pies) de agua en su casa. Madre e hijo, y su perro Da Vinci, caminaron casi 5 kilómetros (unas 3 millas) por sectores inundados hasta llegar a un lugar seguro.

Dos meses después, sus casas siguen siendo reparadas, como las de tantas familias en la costa del golfo de Texas. La casa de mis padres, que está al frente de mi vieja escuela secundaria, sufrió daños menores, aunque los vecinos siguen esperando encontrar algún contratista para arreglar los destrozos causados por el agua en las paredes.

A la luz de tantas tormentas a lo largo de los años le hice a mi madre una pregunta simple: ¿Por qué? ¿Por qué se quedan, soportan penurias y siguen reconstruyendo y empezando de nuevo?
Su respuesta fue igualmente simple: “Houston es nuestra casa”, dijo. “No sales corriendo cada vez que hay un problema. Lo enfrentas y sigues adelante”.

Foto de AP