Opinión

por Manlio Argueta, Escribiviendo

 

Manlio Argueta
Escritor

Valentín Estrada y su Atlacatl

Pero algo que no supieron los políticos y urbanistas de barriada es que Estrada posó de modelo frente a un espejo. ¡Y Atlacatl es Valentín Estrada! Él lo asumió ante sus vecinos, y el olvidado se eterniza mientras dure el bronce de su obra.

Escribo estas líneas inspirado por los artistas invisibles que algunas veces llamé del mal, siguiendo la nominación europea de íconos inmortales: Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, y los norteamericanos Bukowski y Henry Miller. Creo que entre nosotros cabe mejor hablar de condenados al silencio. Se sabe que la llamada Generación Comprometida, cuyo nombre se lo puso el periodista y escritor Ítalo López Vallecillos, se inició con la publicación del libro “Bomba hidrógena”, de Orlando Fresedo, Eugenio Martínez Orantes, Waldo Chávez Velasco, entre otros; uno de esos otros, el periodista José Luis Urrutia, ha sido olvidado. Algunos artistas tienen ese sino, como si no hubiesen existido. Y con eso se priva de formación sensible al entorno social.

Muchas veces el arte puede proyectarse con inocencia destructiva. En El Salvador podemos citar a quienes manejan la palabra, caso del “poeta salvaje” Antonio Gamero, y en menor recuerdo a Oswaldo Escobar Velado, y Vicente Rosales y Rosales. El mismo Quino Caso, aunque recibió el privilegio del bienestar político, y Serafín Quiteño, ambos poetas, tienen ya su sitio en el olvido; quizá prefirieron la comodidad de la que gozaron y prefirieron optar ellos mismos por su relegamiento literario.

Este concepto del olvido me hizo pensar en el escultor Valentín Estrada, creador de la escultura de Atlacatl, obra original erigida en la residencial del mismo nombre, aunque se ha hecho una réplica en antiguo Cuscatlán.

Pocos hemos conocido que el escultor mencionado estudió en la Academia San Fernando, España, de las mejores del mundo; y que realizó aventuras estéticas por varios años en la Europa de museos maravillosos.

Estrada fue becado en 1918; pero creyó que aprovecharía mejor su beca si abandonaba la academia de pintura, quizás porque su vocación desde niño fue la escultura. Para un joven trabajador de 16 años recorrer ciudades europeas fue un deslumbramiento, un afán de apropiarse de la universalidad desde el trópico ignoto. “Me equivoqué de academia”, expresa en una entrevista. También afirma que se equivocó de edad. Roma y París fueron mucho para un niño que había comenzado a trabajar con su padre a los 10 años. Hasta ahí todo iba bien para Valentín Estrada.

El olvido llega cuando retorna a su pueblo desde Europa. Es una historia triste. Regresó con una de sus pocas obras conocidas: Atlacatl, escultura que se vio como una mala réplica de los indios pieles rojas de Estados Unidos; con el demérito de que Atlacatl nunca existió. Mentiras históricas aparte, Estrada se inspiró en Miguel Ángel: los torsos, la tensión de los músculos, fueron captados de ese maestro universal.

Para los jóvenes de 1950 en adelante, Atlacatl solo era un adorno en la zona de las trabajadoras del sexo, la avenida Independencia. En los planes de urbanización no había otro espacio para concederle; igual ha sucedido con diversos murales y obras de arte.

Pero bien, Valentín Estrada terminó haciendo muñequitos de barro para vender a los niños, o fabricando piscuchas para los pobres del barrio. De remate se le hizo juicio de desahucio de su casucha de láminas en una barranca de Soyapango. Esto me hace pensar en una pesadilla que tuve con Claudia Lars: soñé que su casa era cateada y sus muebles destruidos, buscaban artilugios ilegales o subversivos. La pesadilla la tuve al saber de su muerte, cuando estuve fuera del país.

Volviendo al Atlacatl, de Valentín Estrada, ya en su patria real, los políticos de barrio lo hicieron desfilar en carrozas disfrazado del cacique inexistente en la historia. Pero algo que no supieron los políticos y urbanistas de barriada es que Estrada posó de modelo frente a un espejo. ¡Y Atlacatl es Valentín Estrada! Él lo asumió ante sus vecinos, y el olvidado se eterniza mientras dure el bronce de su obra, no importa entonces si se olvidan de sus 200 esculturas, como las que están en Atecozol y en Los Planes de Renderos.

La vida de Valentín Estrada debe hacernos reflexionar, por su inocencia; pero más por la ingratitud cultural. Estrada seguirá siendo un desconocido en su país, un hombre de este tiempo pero de otro mundo que quiso hacer de la escultura su expresión de vida y terminó como hermano lejano en su propia patria. ¿Tuvo patria verdadera Valentín Estrada? Inclusive, fue sometido a las peores incomprensiones que puede sufrir un artista al negarle el derecho a hacer su obra, que él asumía con grandeza y humildad, no como maldición de anonimidad.

No olvidemos que Van Gogh nunca pudo vender ninguno de sus cuadros, y tres años después del suicidio comenzó a ser reconocido. Sin embargo, muchos, como Valentín Estrada, van por el camino tortuoso del olvido, privan así al artista de contribuir a forjar conciencia de país, memoria de nación.

Que nada nos extrañe en el mundo de las artes: en los últimos días de Rubén Darío, en Nicaragua, el eminente médico que le hace la autopsia se escabulle por la ventana para preservar de otras manos el cerebro privilegiado que ha extraído de su cuenca. El médico es perseguido por la viuda; el primero tropieza y el frasco de vidrio y su contenido terminan salpicando el empedrado. La idea era averiguar sobre su brujería poética genial.

Agradezco al pintor Armando Solís que escribió la autobiografía de Valentín Estrada (“Yo, Atlacatl, memorias de un escultor”), en 1996, y que me estimuló a escribir unas líneas para esa biografía. Un espejo para las nuevas generaciones que tratan de romper estigmas. Una última reflexión: ¿por qué tenemos tantos poetas jóvenes? No hay duda: por vocación educativa, cuyos resultados solo se detectan con el corazón, como dice “El Principito”.

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  • 5 agosto, 2018 / Opinión de Manlio Argueta  (SÉPTIMO SENTIDO)

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