Opinión desde allá

por Ronald Portillo, Rumbos confluidos

 

Ronald Portillo
Periodista salvadoreño radicado en Hyattsville, Maryland.

Valemos

La mejor manera de callar las bocas sucias que nos insultan, más que con argumentos, es con hechos que confirmen que los salvadoreños valemos la pena.

Que El Salvador fuera tildado como “un hoyo de mierda”, por el presidente de Estados Unidos despertó ese nacionalismo que casi solo surge cuando juega la selección de fútbol. Salieron a flote los golpes de pecho, las vestiduras rasgadas y la indignación por esa declaración llena de discriminación y menosprecio. Quién no se va a enfadar que hablen mal de su casa, así esa casa se esté cayendo.
En efecto, esa declaración ha sido una de las ofensas más despreciables que el país ha recibido en los últimos años. Y sí, a la luz de las relaciones diplomáticas, El Salvador debe exigir respeto a la dignidad de sus hijos. Es un insulto que no se debe dejar pasar, así nos lo haya escupido el representante de uno de los países más poderosos del mundo, y del que tanto dependemos. Sin embargo, este espacio no pretende abordar eso. Por supuesto que nuestro país no es un hoyo pútrido, por muchos problemas que tenga.
Lo que sí podemos hacer es aprovechar ese baldazo de alfileres calientes para tomar conciencia de lo que está minando cada día más nuestro pedazo de mundo, al grado de volverlo tan difícil de habitar. Y no solo es porque esté inundado en sangre, o se lo esté carcomiendo el oportunismo de la clase política. Todos, así estemos lejos, tenemos una cuota de responsabilidad en que nuestro país no avance y que no sea sinónimo de bienestar.
Casi todos los salvadoreños tenemos maestría para señalar, para quejarnos de lo que hacen los otros, pero somos incapaces de aceptar esa cuota que nosotros aportamos para alimentar el caos. Hay acciones que vemos insignificantes, que tildamos positivamente como astutas y de las que hasta nos ufanamos, que en realidad contribuyen así sea una pizca a que El Salvador sea más hostil. Esas acciones van desde colarse en una fila, pitarle “la vieja” a otro conductor cuando manejamos, hasta intentar sobornar a otros para que actúen a nuestro beneficio.
Seguimos pensando bajo la lógica del más “vivo” y supeditamos la empatía, la amabilidad y el respeto que les debemos a los demás. Exigimos una cultura de no violencia, pero somos capaces de nombrarle hasta al último de sus antecesores a cualquier prójimo que desde nuestro punto de vista nos provoque. Cuando estamos lejos, nos invade la nostalgia al ver esos ríos, lagos, playas y volcanes, pero no dudamos en meter zancadilla a algún compatriota, bajo el argumento “que le cueste salir adelante, así como a mí me costó”. En nuestra escala de valores hay un buen lugar para las contradicciones. Y una a una esas aparentes insignificancias contribuyen a que tengamos El Salvador que tenemos, uno que sigue escupiendo a sus hijos hacia un lugar donde los ven de menos.
Por muy en llamas que esté, El Salvador jamás será un hoyo de porquería. Los salvadoreños somos iguales en dignidad que cualquier ciudadano de otro país, sin importar cuánta melanina tenga en su piel o cuán desarrollado social y económicamente sea ese territorio. Eso sí, con nuestras actitudes –dentro y fuera del país–, podríamos ayudar a que la realidad de nuestra nación sea menos tóxica. La mejor manera de callar las bocas sucias que nos insultan más que con argumentos es con hechos que confirmen que los salvadoreños valemos la pena. Ese es el nacionalismo que deberíamos profesar y aplicar.


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