El trabajo infantil es un fenómeno que, a pesar de algunos esfuerzos, continúa siendo una realidad en El Salvador. La familia Obando, de Izalco, es un retrato de esta permanencia y de la naturalidad con la que el problema es visto en el país. Una naturalidad impuesta por la falta de oportunidades.

Trabajar desde antes de los 10 años

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de Éricka Chávez y Archivo

Fotografía

Para llegar al terreno donde esta mañana trabaja Luis Enrique, hay que cruzarse la calle de tierra y caminar por un sendero sinuoso, adornado por tantos árboles que muy poca luz se logra colar entre las ramas. Al arribar a la milpa, el horizonte se amplía, los ojos se llenan de claridad. El verde llega hasta donde alcanza la vista, a veces cortado por altas palmeras de coco.
Con la cuma en la mano, se encorva para desherbar, con minucioso amor, los alrededores de cada mata, teniendo cuidado de no dañarlas en su intento por protegerlas. Lo hace para evitar que otras especies le ganen terreno a su planta, para que esta pueda crecer a sus anchas hasta un momento en que ya no necesite de ayuda, más allá de abonos, insecticidas y riego.
Lo más duro, la siembra, ya pasó, pero esto también exige un enorme esfuerzo físico, de doblar el cuerpo para que la filosa hoja quede casi al ras del suelo y avanzar, avanzar, en un par de manzanas que, debido a la monotonía, podrían parecer interminables. El sonido del metal contra el suelo, del viento rompiéndose en cada golpe, se mantendrá constante por más de tres horas. Deshierba concentrado, con solo un poco de sudor sobre la frente, con la mirada atenta en su herramienta.

En un país adscrito a varios convenios internacionales contra el trabajo infantil, que se comprometió a que ningún menor de 18 años trabajaría en 2020, Luis Enrique ya cuenta con casi una década de experiencia trabajando la tierra. Tiene 17 años, empezó cuando solo tenía ocho. Ha laborado por más de la mitad de su vida.
Luis Enrique es parte de una familia formada por padre, madre y 15 hijos, que viven en el cantón Quebrada Española, de Izalco. Es un retrato del trabajo infantil asumido con normalidad: cada uno de los hijos varones ha empezado a trabajar antes de los 10 años junto con su padre, Rolando Obando, en las labores del campo. Desde el mayor, que ahora tiene 25 años. Los más pequeños esperan su turno, si las circunstancias no cambian.

Luis Enrique trabaja en la milpa junto con dos de sus hermanos, Miguel Ángel, de 15 años, y Rónald, de 12, quien no rebasa el umbral establecido por la ley para que un adolescente comience a trabajar. Su rostro contrasta con la edad promedio del agricultor en El Salvador, que el MARN coloca en 57 años. Al no contar ni con la edad mínima legal para realizar estas labores, no existe en ese censo.

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JESÚS DE LA PEÑA, coordinador subregional de la Organización Internacional del Trabajo, señaló en 2009 que, al ritmo en el que iba el país, no se llegaría a las metas con las que El Salvador se había comprometido tres años atrás en una Hoja de Ruta (2006) destinada a acabar con el trabajo infantil. Las metas trazadas, en las que también se anotaron otros Estados de la región, apuntaban a hacerlo para 2020: entonces, se pensaba, ningún menor de 18 años tendría que realizar ninguna labor para ganarse la vida. El proyecto parecía condenado al fracaso. Las promesas no se cumplirán.

Rónald, de 12 años, asistirá más tarde a sus clases en el quinto grado del Centro Escolar Quebrada Española. Tiene 19 compañeros en el aula, cinco son varones. Tres de ellos realizan labores en el campo en la mañana, como él, para estudiar por la tarde. En las lecciones de hoy, quizá, verán las partes del cuerpo humano, algo que le fascina al niño, conocer cómo está compuesto por dentro, qué hace que cada parte de sí mismo funcione. A diferencia de lo que se pensaría, parecerá fresco, atento a cada palabra que sale de la boca de su profesor. El profesor señalará en el pizarrón los órganos y sus funciones, y Rónald preguntará, preguntará y preguntará para estar seguro de que ha entendido.

Que no se hayan cumplido las promesas de la Hoja de Ruta no se traduce en la nulidad de logros: según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM) de 2017, publicada por la DIGESTYC hace unas semanas, son 41,735 los niños menores de 14 años que se ven obligados a trabajar, 20,000 menos que hace una década, cuando, por ejemplo, Luis Enrique fue llevado por primera vez al campo por su padre. El país ha vivido una disminución constante al menos desde 2012, cuando se reportó el último incremento con respecto al ejercicio anterior.

La mayor conquista se ha registrado en las labores de corta de caña, donde el problema, al menos según datos del Ministerio de Trabajo, ha llegado casi a cero. Ese es el resultado de más de una década de apoyo de la Organización Internacional del Trabajo, que le aportó en torno a $1,000,000 al sector azucarero entre 2002 y 2009, y que continuó su camino en FUNDAZUCAR, la organización no gubernamental que aglutina al sector*.

Pero eso no se ha traducido en que la prohibición se ha cumplido a rajatabla, y el Ministerio de Trabajo ha sancionado, desde 2012, a 12 empresas y cooperativas por seguir empleando a menores, como en el caso de la Cooperativa de Los Chilamates, de Nueva Concepción, Chalatenango, a la que en 2013 se le descubrió que había empleado a 11 menores de edad.

En un país adscrito a varios convenios internacionales contra el trabajo infantil, que se comprometió a que ningún menor de 18 años trabajaría en 2020, Luis Enrique ya cuenta con casi una década de experiencia trabajando la tierra. Tiene 17 años, empezó cuando solo tenía ocho. Ha laborado por más de la mitad de su vida. Luis Enrique es parte de una familia formada por padre, madre y 15 hijos que viven en el cantón Quebrada Española, de Izalco. Es un retrato del trabajo infantil asumido con normalidad.

En la escuela, Rónald ignora, sin embargo, que su cuerpo todavía no está lo suficientemente desarrollado para hacer el trabajo que realiza. Porque no es solo la labor del campo.
Para poder ganar entre $3.60 y $7 por cada paquete de 12 pares de zapatos, tras salir de la escuela, Rónald se sumará a su madre y a sus dos hermanos Luis Enrique y Miguel Ángel (15 años) para coser calzado. Pacientemente unirá decenas de suelas a igual número de piezas a la luz de una lámpara, en una jornada que puede extenderse hasta las 10 de la noche. Para la familia esto significa un ingreso importante, dependiendo del número de lotes que les encarguen.

A Miguel Ángel, el hermano de 15 años de Rónald, las semanas de escuela se le vuelven, a veces, de tres días. Cuando tiene que extender su jornada en la milpa en la tarde, los días en que su padre necesita más ayuda, pide permiso para ausentarse de sus clases. Eso, dice, ocurre una o dos veces cada semana.
En la escuela a la que asisten los hermanos son conscientes de que muchos de los niños a los que atienden cumplen con una responsabilidad que no les corresponde. Por eso suelen ser más pacientes con ellos, según lo comenta Cecilia Morán, la directora del centro.

Izalco. Rolando Obando posa junto a cuatro de sus 15 hijos. De derecha a izquierda: Miguel Ángel (15 años), Luis Enrique (17), Rónald (12), Rolando y su hijo mayor, de 25 años.

Aparte de ello, no cuentan con programas constantes para atender a este tipo de población. Los que poseen en la actualidad se limitan a un taller de banda de paz y otro de instrumentos musicales. De vez en cuando llegan cursos de otra cosa, como uno muy reciente de panadería, al que los niños trabajadores asisten gustosos: piensan que eso les permitirá conseguir un mejor empleo. Eso mismo piensan los padres. En la zona no hay lugares para formarse en algún oficio. Lo más cercano está en el casco urbano de Izalco. Dado el problema de caminos del sitio, moverse hasta allá de forma constante representa una fuerte inversión que muchas familias no son capaces de cubrir.

Pero incluso las clases de música y de banda de paz están en peligro. En la escuela es casi imposible mantener actividades que vayan más allá de los cursos normales, según lo explica la directora del centro, pues no cuentan con un presupuesto para hacerlo. Por años las han mantenido haciendo malabares. Si no llega un patrocinador, deberán retirarlos en el corto plazo.
En El Salvador, el combate al trabajo infantil ha estado en manos de una mesa conformada por varias instituciones: los ministerios de Trabajo, Salud y Educación, el ISNA, el CONNA y las municipalidades, que pueden tener una mayor incidencia en el seguimiento a la eficacia de las políticas dada su cercanía con la población.

Pero desde las instituciones no ha habido un esfuerzo constante, al menos en la última década, siquiera por entender el fenómeno. Por ejemplo, para establecer el dato de niños trabajando, la única referencia es la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples. La otra fuente es lo reportado por el Ministerio de Educación, que toma en cuenta a la población que va a un centro educativo.
Para darse cuenta de esta ausencia, solo basta con consultar el número de comités municipales de protección de derechos habilitados por el CONNA a escala nacional: menos de 100, cuando la ley establece que debe existir al menos uno por municipio.

“Eso impide que para problemas como el trabajo infantil, que exige un constante monitoreo, se tenga la capacidad para mantener ese seguimiento. Debe haber una reestructuración, en la que se aprovechen otras infraestructuras ya instaladas en el país, como los ECOS del Ministerio de Salud. Ahorita, solo estamos actuando mediante una denuncia previa”, comenta Víctor Serrano, técnico de Promoción de Derechos del ISNA. Reconoce que para esta labor esa institución no cuenta siquiera con 100 empleados.

Señala, sin embargo, algunas conquistas, sobre todo referidas a la casi total eliminación de algunas de las formas más peligrosas de trabajo infantil: la de los que laboraban en las minas de cal en el norte de Santa Ana; la de los niños utilizados en la pesca con explosivos.

Pero incluso el ISNA, según reconoce el mismo Serrano, ha dejado de batallar por poner en el centro de la discusión el problema. Algo que puede ilustrarse en el hecho de que el último estudio sobre trabajo infantil se publicó en un ya lejano 2014. Era el referido a Madresal, la isla de las madres-niñas, en San Dionisio, Usulután, de la que Séptimo Sentido realizó un amplio reportaje, publicado ese mismo año.

El Estado no sabrá, por tanto, sobre Rónald, el niño que después de sudar sobre la milpa preguntará en su clase de Ciencias sobre las partes del cuerpo humano para, después, partir a su casa a coser calzado.

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—¿VIO A AQUEL SEÑOR que estaba en el portón? Ese es mi papá –comenta Rolando Obando, el padre de 15 hijos, mientras arroja agua a su milpa con la bomba que carga a la espalda. —A mí me sacó a los ocho años y me llevó a unos lugares allá por el cerro de Las Flores, a pasarnos ese gran rillón, que a veces él me pasaba en el lomo cuando estaba crecido.

Rolando habla de algo que parece una tradición en la zona, pero que contraviene los tratados internacionales y la LEPINA. Sin embargo, cuando él crecía, los derechos de los niños eran algo que no le importaba al Estado.

Rolando cuenta cómo empezó a trabajar en los cañales cuando tenía 12 años, cómo soportaba los calores de la época de la zafra, cómo se hizo un hombre duro a base de trabajo en una de las labores catalogadas entre las más peligrosas para un niño.

Rolando es todo un líder comunitario, forma parte de APROMUPIZALCO, la asociación de cooperativas de agua que surte a 10,000 personas en ese municipio de Sonsonate. Ha sido elegido para representar a su comunidad, Quebrada Española, en las diferentes iniciativas que han llegado hasta este lugar, aislado por calles de tierra y piedra suelta a pesar de estar a unos cuantos cientos de metros de la carretera que de San Salvador conduce a Sonsonate.

A lo único que no apoyó con fuerza, comenta, fue a PRONIÑO, un programa de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y una empresa privada de telefonía que entre 2012 y 2013 intentó concienciar a los padres de la zona sobre la inconveniencia de que sus hijos comenzaran a trabajar a tan temprana edad.

Según la directora del centro escolar del sitio, Cecilia Morán, el programa tuvo una incidencia positiva. Fue la época en que un mayor porcentaje de niños dejó de trabajar. Eso es algo que se repitió en el resto del país. Entre 2011 y 2014, el país vivió su mayor disminución en el número de infantes menores de 14 años obligados a trabajar, que pasó de 60,171 a 47,488.

Esta tarea, comenta Morán, se hizo no sin enfrentar una enorme oposición de parte de los padres, que se preguntaban quién, ante la ausencia de los hijos, les ayudaría a completar la obtención de los recursos para tener una vida digna.

Una persona que ha visto el fenómeno del trabajo infantil de cerca desde finales de los noventa es Víctor Serrano, técnico de la Dirección y Promoción de Derechos del ISNA. Eso, el hecho de que los menores de edad pueden significar un importante ingreso para familias pobres, es un elemento que complejiza la discusión. Ahí no basta la enumeración de leyes y posibles sanciones, pues está en juego, comenta, la propia sobrevivencia del menor.

“Pero eso no quiere decir que hay que dejar de concienciar sobre los derechos de los menores. Hay que cambiar la estrategia, como dejarles claro que la escuela, a pesar de las carencias que tiene, es una oportunidad para romper con el ciclo de la pobreza en un futuro”, comenta Serrano.

De nuevo en su milpa, mientras sus hijos adolescentes y el niño Rónald continúan con la faena, Rolando explica las razones de por qué lo que representaba PRONIÑO le parecía tan mala idea.

—Yo hablé con mis hijos y les dije “no voy a apoyar eso porque ustedes son los que se me van a arruinar” –dice Rolando, dejando por un rato su semblante dicharachero para poner un rostro serio. —No quiero un hijo huevón. Necesitan el estudio, pero también trabajar, porque aquí nos hemos acostumbrado a trabajar en la tierra.

Muchos padres de la zona piensan como Rolando. Incluso aseguran que parte de la violencia que se ha vivido en la zona en los últimos años se debió a ese período en el que muchos niños dejaron de trabajar.

“Para mí, es 1,000 veces preferible que un niño de 12 años esté ahí, en la milpa, aprendiendo cómo se trabaja, a que esté en una esquina sirviéndole a los grupos delincuenciales”, comenta un padre de familia que, por motivos obvios, prefiere no decir su nombre.

El Salvador no es un país de blancos y negros. Tampoco este argumento es suficiente para justificar el trabajo infantil, según la opinión de Víctor Serrano, del ISNA.

“Hay casos extremos en que la familia es negligente… Una vez me encontré a unos adolescentes trabajando en el cañal, a unas altas temperaturas, cuando las personas adultas estaban en la casa, viendo la telenovela”, ilustra.

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A PESAR DE QUE sus hijos han tenido que trabajar desde pequeños, Rolando Obando cree en la importancia de la educación. Por eso ha animado a sus hijos a completar, “aunque sea”, su bachillerato. Eso ocurrió con dos de sus hijos mayores de edad que, tras ello, pudieron acceder a un puesto en una empresa cercana a la capital. Para Rolando, es toda una conquista: que sus hijos puedan ganarse la vida “sin molestarse mucho”, como él, en las labores del campo.
Los dos hermanos son un ejemplo para el resto de la familia. El punto al que alcanzar o superar. Por eso Miguel Ángel, de 15 años, ha decidido seguir estudiando, a pesar de la dureza de una jornada que comienza en la mañana en las labores de la tierra y continúa en la tarde en la escuela. Y que, incluso, se puede extender con los zapatos que lleva su hermano Luis Enrique para coser.
“Yo siento que no me cuesta tanto, ya me acostumbré”, comenta Miguel Ángel, lleno de timidez.
Dice que, a pesar de todo, terminará con su bachillerato. Pero luego no existe en su panorama la idea de incorporarse a la universidad o continuar con su educación. Quiere contar con un título para convertirse en empleado de una fábrica, conseguir un trabajo con el que pueda obtener un ingreso constante con el cual ayudar a su hogar. Ese es su sueño, que todavía le suena lejano.
Con lo escuchado se podría pensar que a, semejanza de lo que escribe Martín Caparrós en el libro “El hambre”, salvando las distancias, la pobreza y la necesidad de trabajar desde pequeño te quita, incluso, la oportunidad de ver más allá.
Por ahora, Miguel Ángel, Rónald y Luis Enrique continuarán el trabajo en la milpa de su padre, esperando que este año la cosecha no los decepcione.

Otros ejemplos. Maybelline Shupan, de 12 años, ayuda a su madre a recoger leña a 40 minutos de camino de su casa, en Cuyagualo, Izalco. También su hermano, Enrique, de 14, trabaja.

 

*Este párrafo pudo causar alguna confusión. Por ello fue modificado el 12 de junio de 2018, con el monto que fue entregado por la OIT exclusivamente al sector azucarero.

 


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