El país que se repite

En estos días es bien fácil olvidar que alguna vez aquí se firmó la paz. Será porque el olor a sangre y pólvora aún sigue presente en el aire que respiramos, en el camino a casa de los que nunca llegaron, en el duelo de los hogares donde hace falta un ser querido, en el nuevo listado de huérfanos, en los cientos de salvadoreños que abandonan sus hogares para salvar sus vidas, y como si todo esto no fuera suficiente, en las amenazas que todos los días leemos hacia cualquier ciudadano que opine o desee construir un país diferente del que ya conocemos.

No hace mucho tiempo, la razón para matarnos eran las opciones políticas y los ansiados cambios sociales que aún seguimos esperando. Esas dos grandes razones bastaron para justificar la muerte y la violencia. Y aunque pareciera una cosa del pasado, a la luz del presente, la firma de la paz solo la puedo interpretar como una breve tregua que sirvió como respiro para dar paso a esta nueva guerra que, al parecer, recibió como legado de la anterior la impunidad y el autoritarismo.

Como un retrato del tiempo, otra vez los policías se reúnen en las esquinas, ansiosos, desconfiados, alertas para no ser el número 24 en la lista de agentes asesinados por pandillas. Los jóvenes siguen siendo “los siempre sospechosos de todo”. El periodismo independiente denuncia por enésima vez la existencia de grupos de exterminio dentro de la institución más simbólica de los acuerdos. Cada quien saca la amenaza más sanguinaria que aprendió en la guerra y la exhibe en las redes sociales como parte del performance de la violencia. El vicepresidente de la república, Óscar Ortiz, propone “tocar madera para que no pase algo con un periodista” como garantía de vida. Los “malos” y los “buenos” se turnan los roles.

En esta constante evocación del pasado en el presente encontré tres episodios que deseo compartir: el primero es la amenaza que circuló en redes sociales dirigida a los colegas de la Revista Factum y el periódico digital El Faro: “Los tengo que ver como Christian Poveda, muertos en manos de sus protegidos”. El segundo es una asociación de hechos que posteó el fotoperiodista Francisco Campos a partir de las declaraciones realizadas por el vicepresidente de la república: “Me acordé cuando Duarte dijo: ‘Quieren un muerto en la calle’. Un par de días después asesinaron a Herbert Anaya Sanabria, de la Comisión de Derechos Humanos”. Y el tercero: una de las amenazas que recibió la historiadora Elena Salamanca a partir de un texto publicado en 2014 alusivo al Ejército en la calle y la construcción del enemigo: “Da gracias por vivir en 2000, porque de lo contrario, estarías en el playón”.

Estas tres evocaciones no son casuales. No haber cerrado por completo el capítulo de la guerra civil recién pasada ha dejado la puerta entreabierta para que el país se repita una y otra vez en su peor versión. Ese conflicto inconcluso, por un lado, ha condicionado el desarrollo –en todo el sentido de la palabra– por la incapacidad de las dos principales fuerzas políticas para alcanzar acuerdos, y por otro, ha puesto una vez más a la clase trabajadora en medio del fuego cruzado entre policías y pandilleros. Es como vivir en medio de dos guerras, pero de manera simultánea.

El Salvador se repite no solo en el tipo de conflictos que nos enfrentan como sociedad, sino que también en los métodos que adoptamos para superar esos conflictos. Se repite como un país sordo, inmune a la muerte, a la violencia, a la injusticia, a la tragedia.

A pesar del alto costo humano, como sociedad nos resistimos a escuchar al otro y a reflexionar sobre la necesidad de romper con este molde violento que tanto luto y dolor nos provoca. Como dice el editorial de El Faro, “la labor del periodismo es poner frente a la sociedad un espejo para que se conozca y comprenda, para que se evalúe y redefina”. Me queda claro que solo entonces, cuando decidamos vernos en ese espejo, podremos refundar un país diferente.

Mis 45

Contrario a lo que siempre se nos ha dicho a las mujeres, para mí decir públicamente que he llegado a los 45 años es motivo de orgullo, de reflexión sobre el camino recorrido, de renuncias y reafirmaciones, de restar importancia a la opinión de los demás y de ser cada vez más yo con naturalidad y con menos miedos.

Digo que es motivo de orgullo porque llegar a esta edad en un país que desde el nacimiento te prepara para recibir una patada en el trasero y te marca los caminos según el género, la clase social, el color de la piel y tus opciones políticas es un auténtico motivo de celebración.

Sobre todo si pienso en las mujeres centroamericanas que todos los días se convierten en una cifra más de feminicidio, condena por aborto, violación, mala praxis, pobreza, analfabetismo, trata, ruta del migrante y todas las formas de morir, física o espiritualmente que tenemos en la región.

Y aunque no me gustan los números impares, creo que cumplir 45 es un buen momento para reflexionar sobre el camino recorrido. Esa vida que empieza con el despertar de la guerra civil salvadoreña y el asesinato de nuestro arzobispo que ahora es beato, que transcurre en medio de la revolución que me enseñó a pensar en los demás como si se tratara de mi propia vida, en la firma de la paz que me puso a imaginar con ilusión el país que venía, hasta llegar al acontecimiento más reciente: la izquierda gana el poder y el sueño se convierte en pesadilla.

No hay otra manera de recorrer este camino si no es tomando decisiones que implican renuncias y reafirmaciones. Por eso renuncio a ser amable y cordial con quienes no creo que merezcan mi consideración, a reservarme mis puntos de vista solo para evitar la controversia, a dudar de mis capacidades frente a la prepotencia de los otros, a ser la madre que cocina galletas de chocolate porque ahora sé que no era importante, al matrimonio que olvida el cortejo y pierde el sentido del humor, a la gente incapaz de reírse a carcajadas o dejar su vida en la pista bailando cualquier canción, o peor aún, a los que te saludan solo si defiendes sus intereses o si consideran que les otorga prestigio conocerte. De todos ellos, líbrame Señor.

Renuncio a estar cerca de quienes se aprovechan de la debilidad de los demás para sentirse importantes y poderosos, de quienes no saben en qué país viven, de quienes menosprecian los poderes creadores y curativos del arte y la cultura, de quienes se jactan de conocer a los pobres para lucir justos, de la izquierda que se arropa en los sacrificios del pasado para justificar los abusos del presente. De todos ellos también, líbrame Señor.

Junto a mis renuncias, me reafirmo como la mujer fuerte, capaz de sobrevivir cualquier tempestad sin perder el rumbo que marca la dignidad, la justicia y la honestidad; me reafirmo como la madre que ama con locura a su único hijo, como la hija que siempre estará orgullosa de tener unos padres que se atrevieron a subvertir un orden perverso; como la periodista que no podría vivir sin voz propia y sin armar este rompecabezas de palabras que se llama texto, como la niña que no pude ser a plenitud y que todavía tiene ganas de jugar y reírse de tonterías, como la amiga que nunca olvida a quienes me han querido como soy, como la eterna entusiasta de sumarse a casi cualquier causa perdida.

Sí, me reafirmo como la militante convencida que sigue creyendo en que vale la pena construir un país diferente.

Llego a los 45 orgullosa y cómoda de decir públicamente todo lo que creo y lo que no creo. Si usted encuentra entre mis afirmaciones alguna coincidencia, en buena hora. Si por el contrario, no está de acuerdo conmigo, tenga por seguro que respetaré su punto de vista, pero no intente cambiar el mío, porque este es mi camino y esta soy yo, cada vez más natural y con menos miedos.