La extorsión nuestra de cada día

Captura. Un policía observa en la pared una serie de números telefónicos, en la casa de Antonio Barahona, capturado por el delito de extorsión en el cantón Joya Galana, de Apopa, en septiembre de 2009.

Esa mañana, la del 3 de junio de 2014, Calixto vio salir a su hija Irene hacia la escuela, con su maletín café en la espalda, vestida con su uniforme escolar. La vio salir como se mira llover, esperando que regresara a la hora acostumbrada. La adolescente no llegó a la casa nunca más.

Al siguiente día, Calixto recibió una llamada. Desde el otro lado, una voz de hombre le advirtió que tenían a su hija y que debía pagar $700 para recuperarla. Para ver de nuevo con vida a su hija, Calixto estaba obligado a conseguir el equivalente del salario de un cabo de la Policía Nacional Civil con 16 años de servicio dentro de la corporación.

El 9 de junio, apenas cinco días después del primer contacto telefónico y tras ser bombardeados por otras llamadas y mensajes amenazantes, Calixto y su pareja, Marina, depositaron $350 en una cuenta de banco, la mitad de lo exigido. Quizá como una muestra de su compromiso, una promesa de que cubrirían lo pactado. Pero esto no convenció a la voz que hablaba desde el otro lado.

Por eso, ese mismo día, ambos padres enviaron otros $150 por medio de un servicio de transferencias de dinero vía telefónica. Dos días después, el 11 de junio, y por el mismo medio, Calixto y Marina despacharon $105 más: $605 en total. Creyeron que eso les traería a su hija de nuevo a su hogar. Pensaron que quizá estaba sufriendo, pasándola muy mal.
El miedo es el paralizante más eficaz. El que impide que se sigan los pasos lógicos. En este caso, denunciar la desaparición de Irene ante las autoridades. Por eso les tomó cinco días, desde que la adolescente desapareció, para denunciar su secuestro a la Policía Nacional Civil. Lo hicieron el 8 de junio. Un día después, hicieron el primer pago, el de $350.
El caso le fue asignado a un equipo de investigadores y a un negociador, que se habían limitado a observar cómo se desarrollaban los hechos después de que la pareja realizó los pagos.

El 14 de junio, 11 días después de la última vez en que Calixto vio a su hija, uno de los investigadores recibió por parte de sus informantes una pista, una auténtica sorpresa: Irene, la misma adolescente por la que unos padres habían pagado a un desconocido más de $600 para que se las regresara a su casa, caminaba tranquilamente en las cercanías de la alameda Juan Pablo II, en San Salvador. Al investigador le llegaron otros detalles: Irene había sido vista con miembros de la Mara Salvatrucha, la misma que domina la colonia en que vivía.

El policía actuó con rapidez: le pidió a su informante que no se despegara de Irene, mientras otros agentes se acercaban al lugar para comprobar si, en efecto, la que andaba ahí caminando por su propio pie era la misma adolescente.
Era Irene, que no vestía ya su uniforme escolar. Los agentes la interceptaron en una gasolinera ubicada entre la 3.ª avenida norte y la alameda Juan Pablo Segundo. Le preguntaron su nombre y qué hacía en el sitio. Al principio, respondió tranquila a los requerimientos. Aseguró que esperaba a un grupo de amigos. Los agentes insistieron un poco más y la adolescente se quebró. Entonces, según los policías que estaban en el sitio, intentó huir.

Fue retenida. Por ser una menor de edad, le preguntaron a quién podían avisar de su detención. Respondió que a nadie. En el sitio se le incautó una mochila de lona gris, en la que andaba sus zapatos y su uniforme escolar. También dos teléfonos móviles. Ahí se comprobó que había mantenido contacto con el mismo número que, en más de 70 ocasiones, había marcado a los celulares de sus padres para exigir un rescate por ella. Un rescate que ascendía a $700.

El número en uno de los aparatos de Irene aparecía identificado simplemente como Anderson. En el otro, era más comprometedor. Ahí el nombre asignado al número de la persona que extorsionaba era Amor.

“Se infiere que la menor nunca estuvo secuestrada y confabuló con varios sujetos para extorsionar a los ofendidos clave Calixto y Marina”, escribieron los fiscales del caso en su requerimiento de acusación. Además de Irene, quien fue juzgada como menor infractor, fueron acusadas otras dos mujeres.

La primera de ellas, a la que las autoridades simplemente identifican como Glenda Arely A. L., fue la encargada de recoger los $350 de la cuenta de banco que estaba a su nombre, “materializando el lucro económico de la extorsión”. La otra, Wendy Liseth C. L., retiró los $255 que Calixto y Marina enviaron por un servicio de transferencia vía telefónica.

El 22 de junio de 2015, las dos mujeres fueron condenadas a cinco años de prisión y a pagarles a las víctimas $300 cada una. Las autoridades habían logrado condenar a las involucradas apenas un año después de que se cometieron los hechos.

Sin embargo, no fue un acto de efectividad: ello ocurrió así porque la Fiscalía General de la República solicitó un proceso abreviado, en el que propuso a las acusadas y a su defensa una considerable reducción a la pena con la condición de que se declararan culpables. Así evitaron la verdadera pena para el delito que cometieron, extorsión agravada, que va de los 10 a los 20 años de cárcel.

Al menos en este proceso, no hubo ni huella de aquel hombre que hablaba desde el otro lado del teléfono. La única pista de las autoridades es que las llamadas provenían, con un “99 % de probabilidad”, de la finca Argentina, más específicamente desde el interior del centro penal La Esperanza, Mariona. El que extorsionaba, según las autoridades, era un reo de esa cárcel al que aún hoy no han logrado identificar.

Especialización. La PNC cuenta con una subdirección Antiextorsiones. En 2012 se creo la Fuerza de Tarea Antiextorsiones, una especie de grupo élite dedicado a casos especiales.

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La extorsión se funda en el miedo. En la incertidumbre de que las amenazas que llegan desde el otro lado del teléfono o desde quien se presenta ante uno sean ciertas. Es un delito comúnmente identificado con las pandillas, su principal fuente de financiamiento. Pero también es cometido echando mano de familiares y personas cercanas, como en la historia de Irene y sus padres.

Y aunque se trate de un delito que atenta contra el patrimonio, pues siempre tiene tras de sí un componente económico, se le ha denominado un crimen “pluriofensivo”, pues también socava la voluntad de sus víctimas, vuelve su corazón materia maleable al arbitrio de quien amenaza.

Por eso es que, según las mismas autoridades de Seguridad en El Salvador, el de la extorsión es, seguramente, el delito con la cifra negra (la diferencia entre los hechos cometidos y aquellos que se denuncian) más grande de todos. Una situación grave si se toma en cuenta que se denuncia no pocas veces y que, también, es uno de los crímenes que con más frecuencia se judicializan en el sistema salvadoreño.

Un punto interesante es el tipo de personas que se procesan por extorsión en el país. La revisión de 30 sentencias condenatorias relacionadas con este delito, proclamadas entre 2014 y 2016 y seleccionadas al azar, da cuenta de que la mayor parte de condenas recaen en exclusiva en aquellas personas encargadas de recoger el dinero, no en quien amenaza.

Y de que es un delito cuya magnitud no puede medirse con exactitud da cuenta también la diferencia existente entre las denuncias que se presentan en la Fiscalía General de la República y en la Policía Nacional Civil.

Por ejemplo, en 2014 la FGR contabilizó 3,010 casos de extorsión a escala nacional. La PNC, en el mismo período, reportó 2,480, es decir, 500 menos. Lo mismo ocurrió al siguiente año, cuando la primera institución certificó que trataron 2,840 procesos por este delito y la segunda, 2,242, es decir, 600 menos.

Eso no es exclusivo del caso salvadoreño. Pasa exactamente lo mismo en países como Guatemala. Según el documento “Entendiendo el fenómeno de extorsiones en Guatemala”, publicado por el Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN) de ese país en 2014, las cifras variaban entre la Policía Nacional Civil guatemalteca y el Ministerio Público en porcentajes incluso más altos que en El Salvador. En 2013, por ejemplo, el MP tuvo 7,200 denuncias, mientras que la PNC se limitó a 5,600, casi 2,000 menos.

Según el mismo estudio, lo anterior puede deberse a que las personas tienen más confianza de denunciar en una sede fiscal, mucho más centralizada y alejada de los lugares donde ocurren los hechos, que en un puesto policial. Los denunciantes piensan que en un sitio muy cercano a sus hogares la información se puede filtrar y significar, por ende, una muerte segura. Cierto reparo con respecto a la PNC en Guatemala también puede ser parte de la ecuación.

Algo muy similar a lo que pasa en El Salvador, donde incluso policías se han visto involucrados en hechos como estos. Según datos de la Fiscalía General de la República, 28 agentes de la institución fueron denunciados por extorsión entre 2013 y marzo de 2017.
Un punto interesante es el tipo de personas que se procesan por extorsión en el país. La revisión de 30 sentencias condenatorias relacionadas con este delito, proclamadas entre 2014 y 2016 y seleccionadas al azar, da cuenta de que la mayor parte de condenas recae en exclusiva en aquellas personas encargadas de recoger el dinero, no en quien amenaza.

Fallecido. Un policía recolecta evidencia en la escena donde una grupo de policías asesinó a una persona
en San Miguel Las Mercedes, Chalatenango.
Se trataba de un pandillero que había llegado a recoger el pago de una extorsión.
Al ver a los agentes, los atacó.

Entre los 30 casos hay 40 personas acusadas, 24 son hombres y 23 de estos fueron individualizados después de que investigadores de la Policía Nacional Civil programaron junto a las víctimas una entrega de dinero controlada. Solo uno de ellos fue identificado al recoger el dinero mediante un servicio de transferencias electrónicas.

Es el único caso de los 30 consultados para este trabajo donde quien llama para extorsionar es la misma persona que recoge la plata. Se trata de un reo que, al momento de cometer el ilícito, guardaba prisión en el centro penal La Esperanza, condenado, precisamente, por extorsión. Por eso recogió el dinero mediante una transferencia electrónica.

De las 16 mujeres, 15 fueron individualizadas tras recoger el dinero en una cuenta bancaria que estaba a su nombre o mediante un servicio de transferencias electrónicas. Es la manera más fácil para identificar a alguien involucrado en un delito de extorsión.
Según datos de la PNC, en 2015, de los 2,242 casos que recibieron en sus sedes, 1,159 extorsiones iniciaron mediante una llamada telefónica. Un poco más de la mitad. En 936 ocasiones, el extorsionador se presentó personalmente. En 209 el mensaje llegó por medio de un manuscrito que la víctima pudo encontrar en su lugar de trabajo, en su casa o le fue entregado por un menor de edad.

En los 30 casos revisados para este trabajo, 28 iniciaron con una llamada telefónica. Por eso es que en apenas una ocasión (la que ya se explicó más arriba) fue posible individualizar a la persona que se encargaba de amenazar, por lo que, en la práctica, el resto quedó en la impunidad. En algunas ocasiones las amenazas han continuado incluso después de que se iniciaron los procesos judiciales, según lo expresado por las víctimas en los documentos que recogen las sentencias condenatorias.

Esto último vuelve ambiguas las declaraciones tanto del actual director de la Policía Nacional Civil, Howard Cotto, como del jefe fiscal de Áreas Especializadas, Allan Hernández, que aseguran que el 93 % de las denuncias por el delito de extorsión son resueltas. Es cierto que el país ha avanzado mucho en torno de la persecución del delito, con la creación de unidades especializadas y de una ley especial para la extorsión, pero ¿es cierto que solo el 7 % de los culpables quedan en la impunidad cuando a quien se juzga no es quien amenaza, sino quien recoge el dinero, posiblemente quien no es su beneficiario final?

“Se sigue un proceso parecido a cuando una persona tiene un familiar con una enfermedad terminal, cuando se está seguro que ese proceso durará largo tiempo. Algo así como “usted piense, esté consciente de que este es un proceso de largo tiempo, por lo que debe aprender a sobrellevarlo tranquilo”.

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Denuncias. En el 2016, la PNC contabilizó 2183 casos de extorsión.
657 de estos ocurrieron en el departamento de San Salvador.

La cifra negra del delito de la extorsión no es calculable en toda su magnitud. Se habla incluso de que se ha convertido en una norma, en una especie de tributo no oficial que vendedores informales, micro y pequeños comerciantes, maestros y un largo etcétera pagan por descontado.

Eso se traduce en que una persona puede pasar años pagando una extorsión, lo que hace mella no solo en sus finanzas, sino también en su salud mental, la gran marginada del sistema salvadoreño.

Para el psiquiatra Carlos Alberto Escalante, fundador del Programa Nacional de Salud Mental en el quinquenio pasado, esto, la ubicuidad de la extorsión en El Salvador, es un fenómeno que tiene mucho de problema de salud pública: un ejército de personas sometidas a un estrés que tiene que ver con su sobrevivencia, que, al extenderse en el tiempo, puede mudarse en una depresión ansiosa. También ahí están los deseos de venganza, la aspiración de que aquel que ha sometido mi libertad y se ha llevado parte de mis (siempre escasos) recursos pague incluso con su vida.

Según el profesional, solo ha tenido la oportunidad de atender, desde su consultorio, a una persona que ha llegado explícitamente para tratarse problemas mentales relativos al estrés provocado por una extorsión. El hombre era dueño de un local de ropa y se había habituado a pagar ese tributo no oficial.

Pero lo conturbaba el hecho de que las cosas nunca adquirieran la mimada fidelidad de una costumbre. La víctima se adecuaba a negociar con alguien que, apenas un tiempo después, era sustituido por otra persona acaso mucho menos razonable. Vivir en una zona controlada por pandillas, donde había observado algunos cadáveres producto de un asesinato, terminó de quebrarlo.

Decidió, entonces, cambiar su domicilio, cambiar su estilo de vida. Lo que no podía hacer era dejar su negocio. Dispuso que solo él se expondría al peligro, que su esposa no llegaría más a ayudarlo. Las imágenes de asesinatos que había visto durante la vigilia lo asediaban por la noche, se volvían palpables, como si fuera él y no otro el que había sufrido esas experiencias. El constante riesgo de que, en efecto, ese dolor se convirtiera en realidad lo hicieron hacer una cosa que pocas veces hace un ciudadano salvadoreño: acudir a un psiquiatra.

Pero ¿cómo se trata la ansiedad provocada por un hecho traumático cuando el detonante de esa misma ansiedad sigue presente en tu vida? El doctor Escalante duda mucho en su respuesta. Habla de la ingesta de ansiolíticos para lograr conciliar mejor el sueño. Y, sobre todo, de un ejercicio que mucho tiene que ver con la resignación.

—Se sigue un proceso parecido a cuando una persona tiene un familiar con una enfermedad terminal, cuando se está seguro que ese proceso durará largo tiempo. Algo así como “usted piense, esté consciente de que este es un proceso de largo tiempo, por lo que debe aprender a sobrellevarlo tranquilo”. No le puedo decir que las cosas se solucionarán pronto porque esa no es la realidad –comenta el psiquiatra, con su característico hablar pausado.

—Un estrés como ese, que se extiende por el tiempo, es difícil de superar. No podría decirle qué tipo de huella puede dejar en la cabeza de una persona –concluye.

El dinero. Agentes de la Unidad Antipandillas cuentan el dinero encontrado escondido en una olla de cocina en San Vicente. La suma llegaba a los $3,500. En esa vivienda habitaba toda una familia que fue capturada el 12 de enero de 2015.

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Durante la tregua entre pandillas, las estructuras lograron desplomar la cifra de homicidios. Lo mismo no pasó, sin embargo, con las extorsiones, que han sido desde al menos la pasada década su fuente de financiamiento más poderosa. Fuente de financiamiento y medio para la subsistencia de miles de sus familiares. Por eso, a sus principales cabecillas les resultaba un tema tabú hablar de ella en las múltiples entrevistas que brindaron en el marco de la estrategia. Una auténtica paradoja: para seguir extorsionando, amenazaban con hacer aquello que, precisamente, se habían comprometido a dejar de hacer: matar personas.

Lavado. El dinero obtenido con la extorsión también va a dar a variados negocios
para darles una apariencia de licitud a los fondos.

Quien extorsiona parece un fantasma. Quien manda y es, en suma, el máximo beneficiario de esa actividad nunca da la cara. Siempre es una voz que habla desde el otro lado del teléfono, o el autor de un mensaje anónimo o el jefe de aquel que se presenta para explicar que la víctima debe pagar un tributo a la pandilla para continuar con vida. Y según los 30 casos revisados para este trabajo, también es poco frecuente ver a un miembro vigente de la pandilla participando activamente en la recolección de dinero.

Eso no fue lo que le pasó a Mauricio, un hombre al que, el 13 de enero de 2015, la pandilla le pidió $15,000 por medio de un mensaje anónimo escrito en un sucio papel, entregado por un joven, quizá menor de 18 años, al que nunca había visto antes. La sentencia judicial que recoge su historia no aclara a qué se dedicaba la víctima, pero a juzgar por la cantidad de dinero solicitada, era un negocio mediano.

Decidió denunciar. La Policía lo apoyó en cada etapa desde ahí, primero porque le asignó un negociador, alguien que contestara el teléfono por él, quien consiguió que la cantidad pactada no fuera la inicial, sino solo $2,500, que se entregarían en una reunión en un centro comercial de Soyapango el 23 de enero de 2015. Ese día llegó y la autoridad estaba bien preparada, con cuatro equipos de investigadores, para capturar a aquellos que llegarían a recoger el dinero.

Colocaron $10 en un sobre de manila, al que acompañaron con recortes de periódicos para simular el resto del dinero. Los dos pandilleros llegaron vestidos justamente como la voz que hablaba desde el otro lado del teléfono lo había indicado y los investigadores no tardaron mucho en reconocerlos. La víctima entregó el sobre y, cuando uno de los pandilleros que había recogido la plata se disponía a abrirlo para cerciorarse de que estuviera completo, uno de los equipos interceptó a la pareja.

Uno de los dos pandilleros pudo huir. El otro fue capturado y condenado, 11 meses después, a seis años con ocho meses de prisión, pues el juez decidió rebajar el delito a extorsión tentada, una pena mucho menor a la exigida por la Fiscalía General de la República, colocada en 15 años.

Fue el único procesado en el juicio, que dejó en la impunidad tanto a quien lo acompañó a recoger el dinero de Mauricio como a todos aquellos que participaron en la trama, desde aquel muchacho que entregó el primer papel amenazador hasta la persona que, desde el otro lado del teléfono, quiso hacer del corazón de una víctima un instrumento maleable a su arbitrio.

Canalización. Los fondos obtenidos con la extorsión son destinados a las familias de los pandilleros, pero también a la compra de armas.

Una canasta contra la desigualdad

Siembra. Ana Andrade, productora de la Canasta Campesina, muestra sus plantas de chile. Las sembró en septiembre pasado y aún corta entre 50 y 100 cada semana.

Ana Andrade es una mujer con la piel quemada por el sol y una voz firme y dulce. Ahora camina entre los terrenos que rodean su casa, pero hace unos años caminaba cuatro horas diarias entre las milpas de Comasagua, en La Libertad. Dos horas de ida y otras dos para regresar a su casa. A ella no le molestaba la caminata. El problema era el peso que transportaba a diario bajo el sol de mediodía. Sobre los hombros cargaba a su hijo y sobre la espalda, una mochila llena de frescos, tortillas y el con qué para que almorzara su esposo y los mozos de la milpa familiar.

Ana Andrade. Esta productora ha ganado autonomía al cultivar y vender berenjenas, zanahorias,
chiles, lechugas, tomates y apio en la parcela que rodea su casa en la comunidad El Cortez.

“A veces me iba a las 10 de la mañana. Iba lejos a dejar la comida, caminando en medio de todas estas milpas”, cuenta Ana desde su casa rodeada por vegetación en el cantón El Faro. Así transcurría su vida: moliendo maíz, haciendo tortillas, cargando el almuerzo y cruzando los dedos para que la cosecha del año no se perdiera. Su esposo, Ángel, hacía préstamos de hasta mil dólares para poder sembrar la milpa y el frijolar. La deuda estaba asegurada, la ganancia, no. “Un año fue tan doloroso que todo el maíz se fue… fue tristeza ver las milpas. Eran 3 manzanas y quedamos con un saco que costaba entonces como $17”, cuenta hoy en medio de unas plantas de berenjenas que ella misma sembró.

Cuando ella tenía dinero era porque su esposo le daba o porque lograba vender algunas gallinas. “De andar pidiendo, gracias a Dios, hoy ya tengo mi trabajo”, cuenta. Con la venta de verduras, hortalizas y hierbas aromáticas que siembra en los terrenos que rodean su casa ha logrado conseguir un ingreso mensual de $400. Y el rol ha cambiado. Ahora es ella quien a veces le da dinero a su esposo “para que se motive con el mozo” y ellos chapoden el huerto que Ana sembró. Ya no tiene que cargar almuerzos hacia ninguna parte.

Ella es una de las 72 productoras de la Canasta Campesina, un proyecto de una cooperativa agropecuaria que les ha presentado a mujeres de la zona rural la posibilidad de ser económicamente independientes.

El proyecto ha sido diseñado específicamente para mejorar el desarrollo de campesinas de todas las edades y hombres menores de 27 años. El 80 % de los beneficiarios directos son mujeres y el 20 %, hombres jóvenes. Johanna Arenívar, la técnica de comercialización y organización de la cooperativa, ha sido testigo del cambio que las mujeres atraviesan cuando una oportunidad de trabajo justo se les acerca. “Solo eran mujeres de cocinar, cuidar a los niños y esperar lo que el esposo le podía dar”, relata. Ahora, cuenta Arenívar, algunas de estas mujeres se han convertido en jefas de hogar.

¿Qué contiene una canasta campesina?

 

Precio favorable. Los productores de la Canasta Campesina parten de la premisa de lo justo y solidario.
En algunos cantones es posible comprar una bolsa de 10 o 12 chiles verdes por $1.

Una canasta campesina puede incluir tomates, chiles verdes, rábanos, frijoles, cebollines, berenjenas, aguacates, limones, maracuyá, naranjas, zanahorias y mangos. Todos orgánicos, es decir, sin haber sido cultivados con químicos. A eso se le suman hierbas aromáticas como romero y apio. Y, si se tiene suerte y hay producción, el consumidor que compre la canasta puede recibir por el mismo precio unos huevos de gallina india y hasta tabletas de chocolate artesanal.

Buscan construir un modelo de intercambio justo. Así lo explica Marvin Molina, el vicepresidente de la cooperativa. Los productores de Comasagua siembran para alimentarse a sí mismos y para comerciar en un mercado creciente: el orgánico. Consumir estos productos significa comer frutas y verduras que no han sido expuestas a pesticidas, herbicidas, ni fertilizantes artificiales.

Las canastas se venden en diferentes puntos de San Salvador y se entregan cada 15 días. Los consumidores pueden decidir entre comprar una de 12 productos de $10, $15 o $20. Todos los paquetes de hortalizas llevan las mismas hortalizas. Lo que varía, según el precio, es la cantidad.

La clave, además de eliminar a intermediarios que compren a precio bajo los productos, radica en que los campesinos producen solo lo que van a vender. Eliminan las pérdidas y cultivan según la demanda. Por eso su sistema de venta es planificado.

Alguien que quiere adquirir la canasta debe anotarse en una lista y comprometerse a comprarla durante tres o seis meses. La garantía de los productores es que los consumidores pagan de manera adelantada la mitad del producto; con base en eso se planea la siembra.

Si una persona se inscribe para comprar la canasta de $10 por tres meses, deberá pagar $30 antes de recibir los primeros productos. A eso se le suma el precio de un canasto. Cada vez que el nuevo consumidor vaya por sus productos frescos, deberá llevarlo vacío y le entregarán uno lleno de productos cortados el día anterior.

Quienes más consumen los productos son extranjeros, aunque cada vez se hace más grande el sector de la población salvadoreña que ha decidido completar con estos su dieta. Algunos los compran para apoyar una transacción justa con los campesinos que trabajan la tierra; otros, por los beneficios de una alimentación saludable.

Trabajar la tierra y recibir un pago digno. “Nos sentimos orgullosos de ser campesinos. Aunque sí, hay unos compañeros –más que todo señores– que dicen que mejor nos vayamos a la ciudad a buscar trabajo de policía. Hay rechazo al campo, de decir ‘no vivás aquí’ porque hay una ilusión de que van a salir a la ciudad y van a encontrar trabajo. Pero allá todo es correr, es contaminación”. El que habla con distancia de la ciudad es Éver Valles, el presidente de la cooperativa la Canasta Campesina.

En El Salvador ser campesino es tener menos ingresos económicos. En la zona urbana el promedio de ingresos de un hogar es $646.99, mientras que en las zonas rurales, el ingreso es de $368.81. Así quedó recogido en la Encuesta de Hogares con Propósitos Múltiples de 2016 (EHPM).

Ser campesino también es tener que salir de las comunidades para educarse. Hay “brechas en términos de área geográfica de residencia”, asegura esa misma investigación. En el área urbana la tasa de analfabetismo es de 6.9 %, mientras que en lo rural es del 17.3 %. Y las diferencias no solo ocurren entre la zona urbana y rural, también están marcadas por el género de las personas. Mientras en los hombres existe una tasa de analfabetismo del 8.8 %, en las mujeres ese porcentaje sube hasta el 12.5 %. No es difícil imaginar por qué el proyecto de la Canasta Campesina está dirigido, en su mayoría, a mujeres de la zona rural, un sector demográfico en condiciones de desventaja.

El inicio de este proyecto puede ubicarse en un fenómeno natural. En 2009 el huracán Ida dañó Comasagua y una organización internacional, el Socorro Popular Francés, implementó programas de huertos caseros para garantizar la seguridad alimentaria de los habitantes de la zona. Poco a poco el proyecto se fue transformando hasta que la Canasta Campesina empezó a ser comercializada en 2013.

La cooperativa se legalizó hace cuatro años y, desde entonces, ha logrado generar empleo, producir 400 canastas mensuales y generar autonomía entre las trabajadoras de la tierra.

Éver, el joven que habla con orgullo sobre ser campesino, tiene 25 años. Hace unos años, cuando terminó de estudiar bachillerato, se fue a trabajar a una finca en Santa Tecla. Ahí laboró como escribiente y llegó a ganar $110 por quincena. Dejó de trabajar en esa finca y regresó a su casa. Ahí fue cuando su madre lo invitó a las reuniones que tenía con otras mujeres y que representaron el inicio de la Cooperativa de la Canasta Campesina. Poco a poco se fue ganando la confianza de las demás mujeres y, cuando hubo que elegir a un presidente de la cooperativa, él fue electo. Lleva cuatro años en el cargo y asegura que cultivar la tierra es un honor cuando el dinero que se recibe es equiparable con el trabajo que se hace.

La cooperativa calcula que, en promedio, cada productor tiene ingresos mensuales de $350. La cifra duplica lo que se está ganando en promedio a escala nacional por trabajar la tierra: $147, de acuerdo con la EHPM 2016.

Además de tener ingresos económicos fijos, sembrar nuevos productos contribuye a la salud de las familias campesinas. “Con la canasta aprendimos a comer. Antes solo frijol y huevo… cuando había. Hoy comemos hasta productos que en restaurantes son carísimos, como la arúgula. Y nuestros productos no están envenenados”, asegura Éver.

En total $138 cuesta la canasta básica alimentaria en las zonas rurales del país para una familia promedio de cuatro personas. Así lo recogen las estadísticas de la Dirección General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC). Pero dentro de las casas de las familias productoras, los gastos se reducen y el dinero se puede utilizar para pagar otros servicios básicos. Así lo cuenta Ana Andrade, la mujer que dejó de cargar almuerzos sobre sus hombros y se dedicó a sembrar hortalizas: “Antes se iba a Comasagua a comprar la cebolla, el chile y todo eso. Ahora se ahorra. Solo se compra el jabón, el azúcar, el tambo de gas y el pago de luz”.

Aunque los ingresos por productor dentro del programa de la Canasta Campesina distan de acercarlos a la riqueza, sí ayudan a la economía familiar en un municipio donde el 60.2 % de sus habitantes vive en la pobreza.

El armado de la canasta

Mujeres empoderadas

Es un lunes caluroso de julio y la discusión de hoy es por guineos. Dentro de un salón con plásticos celestes que cubren las paredes de láminas, hay un grupo de mujeres y un hombre que habla sobre la necesidad de entregar productos con proporciones similares. Piden que cuando se entreguen bananos para la canasta campesina, la cantidad sea similar entre guineos majonchos y guineos de seda porque el sabor de las dos clases es diferente.

La cooperativa tiene dos cuartos que funcionan como base de operaciones. Uno es la oficina administrativa y este otro, el celeste, es el lugar de reuniones y donde se arman las canastas. Los dos espacios están ubicados en el centro de Comasagua.

En la oficina trabajan cinco personas: la técnica de comercialización, dos técnicos en agricultura, un gestor contable y un asistente administrativo. Sus salarios aún son pagados por el Socorro Popular Francés, pero la idea de la cooperativa es crecer tanto que, al llegar a posicionar 600 canastas en el mercado (200 más de las que actualmente venden), puedan absorber ellos mismos los egresos de los sueldos.

Este día se discute sobre guineos majonchos y guineos de seda porque es la reunión del comité de producción y comercialización municipal. La reunión se hace todos los lunes y en ella se le pide a los representantes de cada comunidad la cantidad de hortalizas que deberán entregar dentro de dos días.

Es un salón lleno de mujeres porque los productos se comercializan en 11 comunidades, y nueve de esas comunidades tienen por líder a una mujer. Afanadas, escriben en una libreta los pedidos que tendrán que hacerles a sus vecinos. Todas son morenas y visten sencillo. Ninguna parece abstraída de la reunión. Todas opinan, preguntan, se ríen, anotan. Al lado también tienen una calculadora y ahí hacen cuentas de cuántos tomates, chiles y berenjenas son necesarios para lograr llenar las canastas de esta semana.

Al finalizar la reunión todas las líderes de comunidad firman la lista de asistencia y pasan hacia la oficina de la cooperativa. Ahí se les entrega un cheque por las hortalizas que su comunidad entregó en días anteriores y regresan a sus comunidades para pagarle a sus vecinos.

El miércoles por la mañana un camión recoge los productos. En este se transporta Marvin Molina, el vicepresidente de la cooperativa. Él recolecta las verduras, hortalizas y hierbas aromáticas que llevará a San Salvador. Cuando se recogen los productos, le entrega un recibo a cada productor. Esa es la constancia con la que luego podrán exigir su pago.

El mismo miércoles por la tarde, las canastas se organizan en el salón celeste de la cooperativa. Sobre una mesa y sobre estantes metálicos se colocan y se empiezan a llenar de frutas y verduras de manera que no se aplasten entre sí. Al terminar de colocar todo, el canasto es cubierto con una tela blanca que protege a las frutas y verduras de insectos, pero permite que estas respiren y lleguen frescas a los puntos de venta en San Salvador.

Un día después, el jueves por la mañana, un pick up sale desde Comasagua y baja por una calle llena de curvas pronunciadas hasta San Salvador. Los productos se entregan en lugares como el Liceo Francés, la Embajada de Francia, la Embajada de España y tiendas de productos orgánicos.

Los productores están comprometidos a vender la cantidad de hortalizas acordadas en el plan de siembra a la cooperativa, pero no están amarrados a comercializar solo con esta organización. Por ejemplo, si alguien calculó mal o produjo más de lo que estaba estipulado en el plan comunitario, todavía tiene una oportunidad de vender sus productos en mercaditos que la cooperativa realiza en algunas empresas o ministerios. Ahí las frutas y verduras se venden de manera separada y no en canasta.

Incluso, pueden vender las hortalizas entre vecinos. Por ejemplo, una productora de Comasagua vende 10 chiles verdes por $1 a sus vecinos. Los precios difieren de manera marcada de los de las cadenas de supermercados. El precio actual de un chile verde –cultivado con agroquímicos– en un supermercado llega a $0.45.

Plantinero. En este espacio se siembran las semillas y se les da especial atención antes de trasplantarlas a la tierra.

Mujeres empoderadas

El impacto de este proyecto es local. Al eliminar al intermediario, los ingresos son para Comasagua y sus habitantes. De acuerdo con un informe realizado por la Universidad Luterana, el 90 % de los ingresos del programa es destinado para los productores y solo el 10 % se utiliza para costos operativos. Por ello, los invernaderos o algunos implementos que usan los campesinos para sembrar le pertenecen a la cooperativa y, cuando se arruinan, esta es la que corre con los gastos de reparación.

El impacto del proyecto no es solo monetario. Se transforma en poder de decisión y en capacidad de liderazgo. Hay mujeres que aprendieron a firmar y solicitaron su Documento Único de Identidad porque querían tener la oportunidad de formar parte de la junta directiva de la cooperativa.

En la zona rural del país, la agricultura es la principal actividad económica. Y si bien el promedio nacional de salarios mensuales por agricultura es de $147, específicamente el ingreso de las mujeres que se dedican a este mismo rubro es ligeramente menor: $143.44.

Johanna Arenívar cuenta que cuando inició el proyecto las mujeres llegaban a firmar los documentos, pero le pedían al equipo técnico que le explicara a su esposo de qué iba el asunto. Ahora “es un cambio total en las mujeres”, afirma.

Luego pone otros ejemplos, como mujeres que lograron pagar la conexión de energía eléctrica para sus casas, o que ahora sí pueden darle dinero para el pasaje a sus hijos para que viajen a estudiar. También relata historias de otras campesinas que tenían quejas de salud y que, en confianza, le han contado que solo ahora que tienen su propio dinero pueden pagarse exámenes médicos.

El conocimiento y el dinero se transforman en poder. Y eso se puede sentir en esta pequeña comunidad de mujeres campesinas que hablan con seguridad mientras utilizan términos técnicos de agricultura y sostenibilidad. Arenívar resume el impacto de manera simple: “Se ven cambios que ellas han tenido en la forma de expresarse y en la forma de tener decisiones en su familia”.

Variedad. Aunque todas las canastas tengan dentro los mismos productos,
el consumidor puede elegir comprar una de $10, $15 o $20, dependiendo el tamaño.

Las amenazas a la agricultura

Una de las mujeres campesinas que ha asistido a la reunión de productores de este lunes se acerca a Arenívar después de la reunión de producción y, con toda propiedad, empieza a hablar sobre el proceso para crear el líquido con el que rocían sus plantas en lugar de agroquímicos: “No tengo microorganismo activado, solo el sólido. Si no tengo el activado no puedo hacer nada”, le explica con naturalidad.

Quien habla es Emilia Alfaro de la comunidad La Dalia de Comasagua. Ella, como el resto de productores de la zona, conoce a pie de letra qué procesos debe cumplir para realizar una siembra orgánica.

Cosechar productos orgánicos requiere más trabajo. En lugar de comprar los agroquímicos para cultivar, ellos mismos deben crear sus fertilizantes. Para eso, los productores caminan hasta terrenos en los que no se ha sembrado nada con químicos durante al menos los últimos 25 años y ahí recogen parte de la naturaleza que se encuentra en el suelo como hojarascas de bambú, afrecho de zompopos y hojas con microorganismos. Con eso se llena por completo un barril de 200 litros. Ese es el microorganismo sólido.

Pero esa mezcla de tierra, hojas y materia viva no es la que se aplica directamente en los huertos. Veintidós libras de microorganismo sólido se mezclan en otro barril con agua y melaza. Ahí se crea el microorganismo activado del que hablaba Emilia. Eso se coloca en la bomba y se aplica sobre lo sembrado para ayudar a que las plantas absorban los nutrientes de la tierra.

Se puede evitar el uso de químicos, pero –al menos desde este rincón del país– no se puede evitar el cambio climático. Y esa es una de las cuestiones que tiene preocupados a los productores de esta canasta. Por ejemplo, las altas temperaturas que se están alcanzando aún en esta época lluviosa.

Gabriel Valles es un veinteañero que colabora en el trabajo de la tierra con su madre, Ana Andrade. Desde un plantinero que está ubicado en el terreno de su familia, explica los retos a los que se están enfrentando para lograr cultivar las hortalizas. El plantinero es un cobertizo con láminas transparentes y redes a los lados para evitar que entren los insectos. Son las 11 de la mañana y dentro de este espacio, que es el que se usa para lograr que las semillas se desarrollen, la temperatura es de 38 °C.

El problema, cuenta Gabriel, es que el tomate no se está desarrollando porque el clima de hoy es difícil de prever. En esta zona verde y montañosa, la temperatura por las madrugadas baja de 20 °C y al mediodía alcanza los 45 °C. Cuando hace demasiado calor, la flor del tomate se quema y no puede dar paso al fruto.

La misma organización cuenta con un diagnóstico que realizaron sobre su proyecto de la canasta. Entre las debilidades del proyecto mencionan factores que están fuera de su alcance. Los problemas van desde la falta de agua hasta las plagas. Ninguna de estas situaciones ha sido crítica, pero habla de la vulnerabilidad de este trabajo, en el que, a pesar de la organización, hay amenazas de las que no se pueden proteger.

 

De Comasagua a las embajadas

La venta. Productores de las hortalizas entregan sus hortalizas recién cortadas a sus clientes
en diferentes puntos de San Salvador cada 15 días.

Este jueves ha sido el turno de entregar los productos de Beatriz Azucena y Marvin Molina. Entre los dos bajan las canastas y las colocan en la entrada de The Green Corner, una tienda de productos orgánicos ubicada en San Benito, una zona exclusiva de San Salvador. Este es uno de la veintena de puntos en los que se entregan cada 15 días los productos recién cortados.

Beatriz solía trabajar haciendo oficios varios en casas ajenas. Ahora le dedica en promedio tres horas diarias al trabajo en su huerto y, debido a que la tierra de la que dispone es limitada, puede sembrar poco y está teniendo ingresos mensuales de $130. Es poco dinero al mes, pero al menos no tiene que hacer oficios para otras personas. “Esto es más bonito. Uno va a trabajar a la hora que quiere”, cuenta antes de ir a entregar a pie un pedido a la Embajada de España, dos cuadras abajo de esta tienda.

Entre el listado de personas que recogerán sus hortalizas, los que predominan son los apellidos extranjeros. Los productores y consumidores no solo están distantes geográficamente, sino que las condiciones de vida del campesino y las del consumidor que vive en San Salvador son profundamente desiguales. La canasta se presenta como esa conexión entre dos mundos que se necesitan mutuamente por salud y por economía.

“La idea es contribuir a una economía más justa. Aquí no se apuesta políticamente a la agricultura porque se ve como algo atrasado”, dice Benjamín Schwab, originario de Alemania y residente en El Salvador. Él es uno de los 35 consumidores que tienen a su nombre una canasta este jueves. “Comprar en las grandes cadenas de supermercado es apoyar un sistema dominante en el que no se genera empleo. Aquí directamente se apoya a los productores para ayudarlos a salir de la pobreza”, explica Schwab, quien reconoce que otro de los beneficios de este proyecto es que los precios fijos son garantizados.

En la Canasta Campesina los precios cambian anualmente. Eso juega como un arma de doble filo, como lo explica la técnica en comercialización de la cooperativa, Johanna Arenívar: “Aquí una cajilla de tomate cuesta $15. Afuera está a $40. Pero en diciembre del año pasado llegó a $5”. Y en ese momento, aunque el precio del mercado era $10 más bajo, la cooperativa mantuvo sus precios.

En San Salvador, la dueña de The Green Corner afirma que los productos orgánicos están teniendo una mayor demanda en el país porque las personas lo están entendiendo como un método de prevención de enfermedades más que una dieta. En este local, lleno de otros productos con etiquetas que pregonan ser orgánicos, es posible encontrar pequeñas botellas de refrescos naturales que cuestan casi $5.

En el caso de la Canasta Campesina, la tienda solo sirve como nexo entre los productores y los consumidores. La tienda es el lugar de descarga del producto y no obtienen ganancia de las hortalizas de Comasagua.

Ya sea por salud, por apoyar a los campesinos a salir de la pobreza o por la creencia de que a través de estos productos se logra crear un modelo de consumo más justo, la demanda de la canasta está creciendo. Y aunque los motivos de la compra variados, la repercusión en Comasagua suele ser la misma: la independencia que se cosecha en la tierra. O, como una empleada de la cooperativa lo ha comprobado, la oportunidad de desarrollo para las campesinas, un sector de la población tradicionalmente relegado en el campo: “Hay mujeres que están solas y con esto se han vuelto independientes. Se cuidan”.

Tiendas especializadas. El consumo de productos orgánicos crece. En la foto, una tienda exclusiva para productos locales y extranjeros que se cultivan y empacan sin uso de químicos o preservantes.

La ley inspirada por Pablo Escobar, ¿hasta dónde debe reformarse en El Salvador?

Una de las críticas que se le hacen a la ley es que puede reñir con el artículo 106 de la Constitución, en el que se le prohíbe al Estado realizar confiscaciones. Pero no es tal, pues este concepto se refiere a la privación de un bien a una persona sin el debido proceso, lo que no pasa en la ley. Lo contemplado en la Ley de Extinción de Dominio se sustenta en el artículo 103 de la Constitución, que dice que la propiedad privada no es un derecho absoluto: siempre debe cumplir una función social. Algo obtenido ilícitamente no lo hace.

La figura del colombiano Pablo Escobar es un mito en toda Latinoamérica. Es el nombre que acude a la mente inmediatamente después de que se escucha la frase “capo del narcotráfico”. Ríos de tinta han corrido para contar los pasajes de su historia, hasta los más banales. Varios actores lo han interpretado en la pantalla.

Fuera de la ficción, Pablo Escobar ha representado un auténtico dolor de cabeza para las autoridades colombianas. Fue un hombre que traficó cantidades ingentes de droga y de influencias y, con eso, amasó incalculables cantidades de dinero. Parte de esas ganancias quedó en las manos de su viuda, Victoria Eugenia Henao, y de sus dos hijos, Juan Pablo y Manuela.

El capo. Pablo Escobar es una de las figuras por las que nació la Ley de Extinción de Dominio en Colombia.
Esta, además de perseguir bienes adquiridos con fondos ilícitos, también se encarga de incautar aquellos que sirvieron
para cometer un delito, como una casa que sirvió para alojar secuestrados o para vender droga. A estos últimos se les conoce
como bienes de destinación ilícita.

Y aunque para el imaginario colectivo de todo un continente Pablo Escobar era, definitivamente, un narcotraficante, la justicia colombiana nunca lo pudo condenar por ningún delito, hasta su muerte en diciembre de 1993. En términos prácticos, Pablo Escobar murió siendo inocente.

Al fallecer, toda causa penal se desvaneció y, con eso, la posibilidad del decomiso de todo aquello que había comprado con el dinero del narcotráfico. Había casos que hacían más difícil, todavía, el trabajo. Como el del edificio Mónaco, famoso por ser el escenario de un atentado contra él perpetuado por uno de sus rivales. Este había sido puesto a nombre de su pequeña hija, Manuela, cuando solo tenía tres años, en 1987. La niña contaba con solo nueve primaveras cuando su padre murió.

Con esa edad, a Manuela no se le podía acusar de nada y, por ser una menor, era civilmente incapaz. La propiedad de ese inmueble se hubiera legitimado a favor de la familia de Escobar si, dos años después de la muerte del capo, Colombia no hubiera promulgado una legislación inédita, la Ley de Extinción de Dominio, la misma que ha permitido que en años tan recientes como 2012 se hayan podido seguir recuperando, a favor del Estado suramericano, bienes adquiridos con el dinero de la droga traficada por Escobar. Y no solo del extinto líder del cartel de Medellín, sino de tantos otros nombres ligados con el crimen organizado en Colombia, como Gonzalo Rodríguez Gacha.

Uno de los casos. Esta vivienda perteneciente al diputado Reynaldo Cardoza le fue incautada de manera preventiva a través de la ley. Un agente custodia la entrada de esta casa, ubicada en los Planes de Renderos.

El Salvador: La discusión servida en la mesa

El Salvador cuenta con su propia versión de la Ley de Extinción de Dominio desde 2013. Fue producto de un largo proceso de consulta interinstitucional e internacional. En 2010, la Organización de los Estados Americanos (OEA) le dio vida al proyecto de Bienes Decomisados para América Latina, más conocido como BIDAL. En ese marco, suscribió, el 20 de diciembre de ese mismo año, un memorando de entendimiento con la Comisión Nacional Antidrogas de El Salvador.

Este incluyó la evaluación del sistema de decomiso nacional. Expertos internacionales vinieron al país para analizar las normas, regulaciones e infraestructura institucionales relacionadas con el rubro. Comprobaron, incluso, la forma en que operaba el parqueo que la PNC tiene en la hacienda Changallo, en Ilopango, donde cientos de carros parecen dormir el sueño de los justos.

Tras ello, la OEA presentó esos resultados al Gobierno salvadoreño a través de la Comisión Nacional Antidrogas, que a su vez trabajaba con Naciones Unidas en un proyecto de ley para traer a la legislación una adaptación de la Ley Modelo de Extinción de Dominio.
Se conformó un comité interinstitucional para discutir la pertinencia de la ley, donde estuvo la Fiscalía General de la República, la Corte Suprema de Justicia, la Policía Nacional Civil, la Corte de Cuentas de la República, la Superintendencia del Sistema Financiero y, cómo no, la Asamblea Legislativa a través de sus asesores técnicos.

La ley finalmente fue aprobada por 82 de los 84 diputados de la Asamblea Legislativa en octubre de 2013, tras una larga discusión dentro del congreso y la presión de Estados Unidos, que la puso como uno de los ítems a cumplir para el desembolso de los fondos para la segunda fase de FOMILENIO.

Fue la primera en todo el continente que estuvo basada en la ley modelo de Naciones Unidas. Colombia, en 2014, tuvo que hacerle unas reformas a la suya para que se adecuara más a la propuesta por el ente internacional.

Desde su promulgación ha permitido que el Estado tenga la oportunidad de aprovechar los bienes (que lo haga satisfactoriamente ya es otra historia) de personajes como el exdiputado Wílber Rivera Monge o José Misael Cisneros, apodado “Medio Millón”. Solo a partir de bienes que antes pertenecían a estas dos personas, el Gobierno ha podido recuperar más de dos millones de dólares.

Es penal en cuanto al uso de técnicas especializadas de investigación, que son desarrolladas por la policía y el ministerio público de un país, en nuestro caso la Fiscalía General de la República. También en cuanto a la posibilidad de actuar de oficio, es decir, sin una demanda previa. Y es civil porque su objetivo es vislumbrar si un bien fue adquirido o no con fondos provenientes del cometimiento de un delito. Si el presupuesto anterior se cumple, eso se traduce en que ese acto, el de la adquisición, no fue legal.

Pero el mismo concepto “extinción de dominio” continúa representando un reto. La ley es una rara avis dentro del sistema de justicia salvadoreño, un tanto difícil de comprender para alguien que no sea abogado.

El costarricense Dennis Cheng es especialista internacional en decomiso y administración de activos del crimen. También ayudó a la redacción de la Ley Modelo de Extinción de Dominio de Naciones Unidas y dio aportes técnicos a la legislación promulgada en El Salvador. Para él, una forma más fácil de comprender la ley es la siguiente: tener en cuenta que es una mezcla de dos mundos jurídicos diferentes, el penal y el civil.

Es penal en cuanto al uso de técnicas especializadas de investigación, que son desarrolladas por la policía y el ministerio público de un país, en nuestro caso la Fiscalía General de la República. También en cuanto a la posibilidad de actuar de oficio, es decir, sin una demanda previa.

Empresa. El Juzgado de Extinción de Dominio avaló la cautelación de GUMARSAL, perteneciente a Juan Umaña Samayoa y su hijo Wilfredo Guerra Umaña, en abril de 2017.

Y es civil porque su objetivo es vislumbrar si un bien fue adquirido o no con fondos provenientes del cometimiento de un delito. Si el presupuesto anterior se cumple, eso se traduce en que ese acto, el de la adquisición, no fue legal y, por tanto, no existió: la persona nunca fue dueña del bien. Solo hubo una apariencia de derecho. Es un punto simple donde no importa si la persona es culpable de un delito o no. Se enfoca en la propiedad o bien, no en el individuo.

Pero no todos han estado conformes con ella, pues ya ha sido objeto de tres demandas de inconstitucionalidad en la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. La primera de ellas, presentada en 2014 por el abogado Luis Mario Pérez Bennett, por violaciones a varios derechos constitucionales, fue admitida por la Sala de lo Constitucional y estaría a punto de emitir su fallo. La Sala evalúa si la normativa viola la Constitución por ser retroactiva e imprescriptible, porque revierte la prueba (es decir, el acusado debe probar que es inocente), porque violenta el derecho a la intimidad o porque confisca antes de ser vencido en juicio.

Este año, Mayra Salazar Martínez, hija de José Adán Salazar (Chepe Diablo), procesado por lavado de $215 millones, promovió otra demanda de inconstitucionalidad contra la ley.
Posteriormente, en mayo pasado, algunos diputados comenzaron a verle defectos, a decir que reñía con la Constitución de la República. También fue en mayo de 2017 cuando comenzaron a trabajar en una propuesta técnica para reformarla. Ahora está al centro de un debate público, en el que el diputado Mario Tenorio, de GANA, y René Portillo Cuadra, de ARENA, son los rostros más habituales en los medios de comunicación. La iniciativa, empero, también tiene el apoyo de la bancada del FMLN.

Esta semana, incluso, parecía inminente que se realizaría una votación en torno a estas reformas en el pleno de la Asamblea Legislativa. Eso provocó que personajes como la embajadora de Estados Unidos en el país, Jean Manes, se pronunciaran al respecto, señalando una sospechosa prisa. El fiscal general, Douglas Meléndez, también salió a la defensa de la normativa.

Y es que las reformas que se han pensado no son accesorias. La primera de ellas, por ejemplo, busca modificar el artículo 3, el que se refiere a la naturaleza de la ley. En la redacción actual se establece que las disposiciones de la ley son “de orden público y de interés social”. La nueva versión diría que es “de carácter sancionatorio”. ¿Qué quiere decir eso?

Alguien con las suficientes credenciales para opinar sobre lo anterior es el exfiscal colombiano Gilmar Santander. Fue parte de la unidad de extinción de dominio y contra el lavado de activos de Colombia; también integrante del grupo de expertos de la Ley Modelo de Extinción de Dominio de Naciones Unidas, y del proyecto BIDAL (Bienes incautados de América Latina) de la OEA.

Para él, modificar la naturaleza de la ley se traduciría en que la acción de extinción de dominio sería un castigo, una pena, para la conducta de una persona. Estaría regulada, por lo tanto, por lo estipulado en el Código Penal.

El suramericano opina que las intenciones de cambiarle la naturaleza a la ley representan una “auténtica trampa”, pues minan, precisamente, aquellas ventajas por las que una legislación como esta fue pensada. Así, comenta, no tendría ningún sentido.

En el Código Penal se contempla un término llamado “comiso”. Es la incautación preventiva de un bien. Se hace por variadas razones: si este fue usado para cometer el ilícito; si puede servir para resarcir a las víctimas del crimen, sobre todo en delitos como la estafa. Está ligado, por tanto, a un proceso penal. La extinción de dominio puede definirse como un comiso desarrollado en un proceso no penal.

Cuando a alguien le incautan algo en un proceso penal, es un tercero, porque allí lo principal es la conducta del delincuente. En la extinción de dominio no será tercero, sino el extremo pasivo de la acción, es decir, el demandado.

“¿Por qué se saca? Para que operen unas garantías distintas a las del proceso penal y se superen los obstáculos que este mismo presenta”, comenta Gilmar.

En otros países. Pablo Escobar y los hondureños Yani y Jaime Rosenthal han sido algunas de las personas a las que se les ha aplicado la ley de extinción de dominio en otros países. Para el exfiscal colombiano Gilmar Santander, es otra forma de combatir la impunidad. “La verdadera impunidad en estos tiempos es que el criminal pueda disfrutar de los bienes que adquiere producto de sus actividades ilícitas”, comenta.

Uno de los obstáculos que el colombiano señala con respecto al enfoque penal es que la persona a la que se pretende extinguir un dominio muera, como en el caso de Pablo Escobar. Al no haber a quién castigar, porque no se le puede revivir para hacerle un juicio y encontrarlo culpable, no hay forma de que esos bienes puedan ser devueltos al Estado. Quedarán, por tanto, en las manos de sus herederos.

“En mi país pasaba algo. Y es que estaba el sicario, que era muchas veces de extracción pobre, al que lo mandaban a matar a alguien a cambio de un dinero. A él no le importaban los riesgos o que estuviera en peligro su vida. ‘No importa’, decía, ‘que me maten, porque mi mamá queda con casa’”, acota Santander.

Otro escenario es el del imputado en rebeldía. Si este nunca se presenta al juicio, porque se encuentra prófugo, ¿cómo se le puede juzgar? Puede ocultarse en otro país tanto tiempo como para que el delito prescriba y, al regresar a El Salvador, volver a tomar posesión de sus bienes. La Ley de Extinción de Dominio, al perseguir a la propiedad y no a la persona, supera estos impedimentos.

Para otros profesionales del derecho, como Pedro Cruz, abogado de la Asociación Salvadoreña por los Derechos Humanos (ASDEHU), el cambio en la redacción no representaría tal modificación, sino que se limitaría a establecer que las cautelaciones de bienes podrán hacerse efectivas hasta que el juicio de extinción de dominio llegue a su fin. Sin embargo, sigue siendo un cambio que se antoja radical con respecto a la legislación actual.

Pero esto, sostiene Cruz, permitiría que existieran unas garantías que, en su opinión, no se respetan en la ley. En la forma en la que se establece actualmente, todo lo cautelado de manera preventiva pasa a manos del Consejo Nacional de Administración de Bienes (CONAB), lo que Cruz considera incorrecto.

Algo en lo que tanto Cruz como el colombiano Gilmar Santander coinciden, una especie de punto medio entre dos posiciones que pueden parecer contrapuestas, es que se haga una pequeña modificación en ese punto en específico, y que los inmuebles que sirven de habitación para una persona no pasen a la administración del CONAB, sino que solo se les imponga la notificación en el Centro Nacional de Registros para que su dueño no pueda traspasarlos.

Así se evitarán hechos como la curiosa situación del diputado Reynaldo Cardoza, a quien le han cautelado su residencia: para poder seguir viviendo allí, tiene que pagar un alquiler mensual al CONAB. Pedro Cruz ve otros problemas.

“Un gallito que le veo a la ley es que no tiene una prelación, es decir, no se sabe cuál ley se va a aplicar primero. Porque a una persona le pueden estar haciendo un juicio civil por enriquecimiento ilícito, un juicio penal que tiene responsabilidad civil y un juicio de extinción de dominio. Y los tres procesos recaen en la misma casa. No se la pueden quitar tres veces… creo que no hay que modificar el espíritu, solo arreglar pequeñísimos detalles como ese”, comenta.

¿El Estado como lavador de dinero?

Otra de las medidas que se estudian para reformar la ley es la de agregarle un tiempo de prescripción. La sugerencia es de 10 años después de adquirirse el bien. Es decir que si un narcotraficante compró hace 10 años y un día una finca con dinero proveniente del crimen, este terreno pasará a ser de su propiedad con todas las garantías constitucionales que tendría una vivienda por la que una persona se ha tardado 25 años en pagar todas las cuotas en el Fondo Social para la Vivienda.

“Es una norma que pondría al Estado a lavar activos. Porque si pasan 10 años, automáticamente, la ley lavaría activos. A cualquiera. Narcotraficantes, proxenetas, secuestradores. Es como una patente de corso para delinquir. ¿Cuál es el mensaje que una norma así le manda al ciudadano? ‘Usted se puede enriquecer ilícitamente y, si pasan 10 años, eso es suyo’. Lo que tiene origen ilícito, no se puede legitimar”.

Nelson Mena fue el jefe de la Unidad de Investigación Financiera de la Fiscalía General de la República en El Salvador a principios de 2000. Actualmente es especialista legal senior del Departamento contra la Delincuencia Organizada Transnacional de la Secretaría de Seguridad Multidimensional de la OEA. Para él, quien opina a título personal y no en representación de la entidad internacional, la medida sería absurda.

“Cuando un bien procede de las ganancias del narcotráfico o la corrupción, ese bien se obtuvo con el producto de una actividad ilícita. Ilícito lo será toda la vida. El transcurso del tiempo no va a sanear ese bien, no importa por las manos que haya pasado”, comenta. En eso coincide con las observaciones enviadas por la Fiscalía General de la República a la Sala de lo Constitucional para defender la constitucionalidad de la ley.

El colombiano Gilmar Santander opina que se trata de algo “gravísimo” y cuenta la historia de la ley en su país, cómo los legisladores habían propuesto, en 1995, que sus posibilidades de acción prescribieran después de 20 años de adquirido el bien, el doble de lo que se pretende en El Salvador.

Allí fue la Corte de Constitucionalidad la que declaró que establecerle un límite temporal a la legislación era inconstitucional, por razones como las expuestas por el salvadoreño Nelson Mena. Fue una resolución que la entidad tomó de oficio, sin una demanda previa, pues consideraba que era un error inhibir al Estado de poder realizar esa acción. Pero Gilmar Santander va aún más lejos.

“Es una norma que pondría al Estado a lavar activos. Porque si pasan 10 años, automáticamente, la ley lavaría activos. A cualquiera. Narcotraficantes, proxenetas, secuestradores. Es como una patente de corso para delinquir. ¿Cuál es el mensaje que una norma así le manda al ciudadano? ‘Usted se puede enriquecer ilícitamente y, si pasan 10 años, eso es suyo’. Lo que tiene origen ilícito, no se puede legitimar”, asegura el exfiscal suramericano.

Los no afectados. La ley contempla una figura conocida como tercero de buena fe, una persona que adquirió un bien sin saber que se trataba de algo que uno de sus dueños anteriores había obtenido ilícitamente. A este se le respetará la propiedad.

Problemas del mundo real

Colombia es el país donde nació la ley. Ha convivido con ella desde hace 22 años. Por eso puede ser un espejo pertinente para saber qué hacer y qué no hacer con una legislación como esta.

En el país suramericano, uno de los principales inconvenientes recae en la histórica mora judicial. Con una realidad de múltiples formas del crimen organizado, con guerrilla, carteles, paramilitares y otras bandas delincuenciales, los casos no dejan de llegar.

Por eso algunos se han eternizado en los tribunales. El periódico colombiano El Tiempo reportó que en septiembre de 2016 la Corte Constitucional le ordenó a la Fiscalía, a la Agencia de Defensa Jurídica del Estado y a la Judicatura que diera rápido trámite a casos que llevaban años e, incluso, décadas.

El caso ilustrativo de los problemas en el proceso era el que inició esa orden de la máxima autoridad de la justicia colombiana. Es el de Antonio Nel Zúñiga, un empresario de la palma africana, quien fue acusado y condenado por apoyar a paramilitares en el desplazamiento forzado de miles de campesinos en el departamento de Chocó. Los hechos ocurrieron en 1997. La fiscalía presume que una fortuna de, aproximadamente, $31 millones perteneciente a él y a su hermano Julio César (también acusado y condenado) procedió de estas acciones, que los beneficiaron en la obtención de grandes territorios.

La fiscalía había mantenido ese proceso vivo desde 2003, sin hacer avanzar las investigaciones. Casi 15 años no habían sido suficientes para recabar las pruebas. La corte ordenó celeridad en el caso, que a día de hoy no se ha resuelto.

En El Salvador la ley establece que la cautelación no puede realizarse sino hasta que la petición de la fiscalía es admitida por la jueza Especializada de Extinción de Dominio. Es hasta entonces cuando esos bienes pasan a la administración del Consejo Nacional de Administración de Bienes (CONAB).

Cuando esto ocurre los plazos están determinados para darle trámite: el juez tiene 20 días para avisar a los afectados, entre los que puede estar un tercero de buena fe, es decir, una persona que no tenía idea de que el bien que le vendieron tenía un origen ilícito (a él se le respetará la propiedad del bien). Tras eso, deberá fijar la fecha de la audiencia inicial para dentro de los siguientes 10 días.

Cuando esta se realice y si, en efecto, las pruebas son suficientes para continuar con el proceso, se establecerá en el calendario cuándo se realizará la audiencia de sentencia, que se hará dentro de los siguientes 15 días. Ese es el proceso normal, pero puede extenderse si la complejidad del caso lo amerita.

En El Salvador, el único Juzgado Especializado de Extinción de Dominio ha despachado en un tiempo razonable los casos que le ha presentado la fiscalía, aunque no eran más de dos o tres al año. 2017 ha representado un parteaguas, con la entrada en el escenario de los procesos contra los bienes del fallecido expresidente Francisco Flores y de los presuntos miembros del cartel de Texis.

La ley ha sido criticada con fuerza por los abogados defensores de aquellas personas a quienes se les ha, precisamente, aplicado. Y en la opinión pública se objetan algunos hechos que todavía no se comprenden de la ley, como las razones de por qué las propiedades de Francisco Flores, expresidente ya fallecido, fueron cauteladas de manera preventiva, pues fueron transmitidas a él por su padre en herencia, lo que hace imposible que hayan sido compradas con los fondos que, presuntamente, el exmandatario desvió de Taiwán.

Sin embargo ello tiene sustento de ley, pues se trata de un concepto conocido como “mezcla”, donde un bien lícito sirve para ocultar lo proveniente de actividades ilícitas. Entre sus variables están las mejoras que se pueden hacer a un inmueble, como los lagos artificiales de la hacienda Zapotitán, en Ciudad Arce, que estuvo en propiedad de Francisco Flores.

“Eso está contemplado en las convenciones internacionales, el concepto de la mezcla no es algo que se inventaron en El Salvador. Es como que usted haga un café con leche, no puede separar ya los ingredientes. Usted no puede iniciar un proceso solo contra las mejoras, debe hacerse contra el bien en su integridad”, asegura el costarricense Dennis Cheng, especialista internacional en decomiso y administración de activos del crimen.

¿Somos todos iguales ante la ley?

La otra modificación incluida en la propuesta técnica de reforma corresponde al artículo 5. En la legislación actual, para que se inicie un proceso de extinción de dominio, el fiscal debe realizar una investigación previa para aportar al juez Especializado pruebas conducentes. Con eso a la vista, el juzgador decide si hay razones suficientes para iniciar el procedimiento.

La nueva versión pide que el juez razone fehacientemente la existencia de evidencia. Según el abogado salvadoreño Nelson Mena, del Departamento contra la Delincuencia Organizada Transnacional de la Secretaría de Seguridad Multidimensional de la OEA, esto modificará el estándar de la prueba requerida. Esta ya no será de probabilidades razonables, sino que, en la práctica, un proceso de extinción de dominio ya no será admitido si en lo presentado en la investigación preliminar no están todos los elementos requeridos para que la fiscalía gane el caso.

En la actual redacción también se estipula que la extinción de dominio se puede aplicar a todos los bienes “que constituyen un incremento patrimonial no justificado”. Con la modificación, solo se podrá promover previa declaratoria de autoridad competente, es decir, si el imputado fue hallado culpable. Eso, por ejemplo, habría hecho imposible iniciar el procedimiento contra el diputado Reynaldo Cardoza, al que le han sido cautelados todos sus bienes gracias a la ley a pesar de que el Tribunal Civil lo eximió de sus cargos.

La restante modificación incluida en la propuesta técnica de reforma indica que la ley se mantendrá tal cual solo para las pandillas y para las estructuras del crimen organizado. Eso significa que no procederá así contra una persona que haya adquirido bienes ilícitamente por delitos como robar fondos del erario público o aceptar un soborno por adjudicar una licitación: en pocas palabras, corrupción.

Eso vulnera un artículo de la Constitución, según el exfiscal colombiano Gilmar Santander. Se trata del número 3, que indica que “todos somos iguales ante la ley”. La propuesta de modificación ni siquiera contempla el argumento de una justificación para el trato diferenciado.

“Me recuerda esa frase que aprendí aquí en Centroamérica: ‘La justicia es una serpiente que solo muerde al descalzo’”, acota.

Las otras utilidades de la ley

¿Cómo ha funcionado la ley en otros países, qué otras utilidades puede darle a la justicia de una nación? El costarricense Dennis Cheng, especialista internacional en decomiso y administración de activos del crimen, asegura que una de sus principales funciones es la de despojar a las grandes organizaciones criminales de sus brazos financieros, aquellos que les permiten canalizar recursos para corromper la justicia, es decir, comprar jueces, policías y cualquier otra parte del rompecabezas del sistema. En pocas palabras, ayuda a debilitar su capacidad para asegurarse impunidad.

“Es una herramienta indispensable para los nuevos enfoques que buscan perseguir a la macrocriminalidad, sobre todo la transnacional, porque es un golpe a un aspecto que no siempre se toma en cuenta al estudiar a estas organizaciones: sus finanzas. Es un mensaje muy claro a la sociedad de que el delito no paga, de que en algún momento, si usted adquirió lo que tiene de forma ilícita, se lo van a quitar”.

El centroamericano trae a cuenta dos casos que le son muy cercanos, pues en los últimos tiempos ha trabajado en Honduras. Se trata del proceso contra Los Valle y Los Cachiros, dos de los carteles más poderosos de ese país, a los que las autoridades catrachas y norteamericanas han identificado como nodos estratégicos entre organizaciones criminales de Colombia, Guatemala y México.

Para Cheng, el proceso de extinción de dominio puede convertirse en un excelente antecedente de ofensivas mayores contra organizaciones de la criminalidad organizada. Así pasó, precisamente, en estos casos.

En agosto de 2014, las autoridades hondureñas le cautelaron varias lujosas propiedades a la familia Valle, en un momento en el que sus miembros eran considerados intocables. Luego vinieron otras extinciones. Tras eso, sus principales líderes fueron capturados y extraditados a Estados Unidos.

Otro tanto pasó con Los Cachiros, a los que les incautaron de manera preventiva (el proceso no ha terminado) unos $800 millones. Algunos de sus socios también fueron atacados gracias a la ley. Ese es el caso de Jaime Rosenthal y Yoni Oliva, acusados por Estados Unidos de lavarle dinero a esta organización a través de sus empresas y su banco, el Continental.

“Es una herramienta indispensable para los nuevos enfoques que buscan perseguir a la macrocriminalidad, sobre todo la transnacional, porque es un golpe a un aspecto que no siempre se toma en cuenta al estudiar a estas organizaciones: sus finanzas. Es un mensaje muy claro a la sociedad de que el delito no paga, de que en algún momento, si usted adquirió lo que tiene de forma ilícita, se lo van a quitar”, comenta Cheng.

Bienes equivalentes. Cuando la fiscalía no puede disponer del bien que fue adquirido ilícitamente (porque fue destruido o pasó a las manos de un tercero de buena fe), puede dirigir la acción de extinción de dominio a otras pertenencias de la persona que obtuvo ilegalmente el bien en cuestión. Estas tienen que ser de un valor equivalente.

La masacre de la que no hay registro

Sagrado. Esta placa se encuentra en El Llanito, un lugar sagrado para la comunidad indígena de Izalco. Se cree que aquí se encuentran los restos de muchas de las víctimas de la masacre de 1932.

A María Cruz Pérez le mataron a tres de sus familiares entre enero y febrero de 1932. Tuvo que esperar dos meses, hasta que el martes 5 de abril de ese año, a las 11 de la mañana, llegó a la Alcaldía de Izalco a decir algo que nadie más se había atrevido a declarar ante las autoridades locales. Dio los datos para crear el acta de defunción de su esposo Felipe Tiguin y de sus cuñados José y Andrés, muertos en medio de la persecución indígena. Los tres eran jornaleros.

Tesoros. Los dos libros más preciados de Benjamín Arucha en el archivo
de la Alcaldía de Izalco son el de las actas de defunciones y
el de las actas municipales, ambos de 1932.

“Felipe Tiguin, varón indígena de 30 años de edad falleció el 29 de enero pasado en el barrio Dolores de esta ciudad, murió trágicamente sin asistencia médica”, reza una de las actas. María Cruz Pérez declaró, pero no firmó ninguna acta. No sabía leer ni escribir.

Los tres parientes de María Cruz Pérez fueron los primeros indígenas cuyas muertes trágicas se registraron en la Alcaldía de Izalco. Fueron de los pocos indígenas asesinados de ese municipio de los cuales quedó constancia. Ninguno de los empleados actuales de la alcaldía se explica cómo, en unos tiempos en los que se perseguía a los indígenas hasta la muerte, esa mujer se atrevió para romper el anonimato oficial en el que habían quedado esos difuntos y pedir que sus nombres y fechas de muerte quedaran por escrito.

María fue la primera viuda en declarar que su esposo indígena había muerto tras los sucesos de 1932. Entre abril y agosto de ese año, otras personas, en su mayoría mujeres, hicieron lo mismo. Se acercaron a la alcaldía para sacar el acta de defunción de sus familiares fallecidos durante las semanas en las que se llevó a cabo la matanza campesina más grande del siglo XX en el occidente del país.

Estos datos están en el libro de actas de defunciones de 1932 que resguarda el archivo de la Alcaldía Municipal de Izalco hasta el día de hoy. Además de ese libro remendado y manchado, que tiene páginas llenas de cinta adhesiva, hay también otros documentos que dan cuenta de la masacre.

Las condiciones del archivo no son las más favorables ni ayudan a preservar sus documentos. A pesar de que estos dan cuenta del inicio del Martinato, de la crisis étnica de El Salvador y del accionar de un presidente derrocado, la documentación se mantiene en un espacio que no cumple con las recomendaciones del Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP).

Esos archivos dan pistas sobre el calibre de la masacre indígena en Izalco y de cómo la municipalidad de hace 85 años se encargó de sepultar no solo cadáveres, sino las oportunidades de una raza entera.

Los muertos oficiales de 1932

Documentos. Esta es una de las actas que María Cruz Pérez se animó
a tramitar tras la muerte violenta de tres de sus familiares,
en el Izalco de 1932.

El libro de actas de defunciones izalqueñas de 1932 recoge que ese año en el municipio murieron 439 personas por diferentes causas. Solo 24 de esas muertes, de acuerdo con el registro, fueron violentas. La documentación local dice que la mayoría de personas fallecieron a causa de enfermedades como fiebre, indigestión, paludismo, bronquitis, lombrices y cólicos en el estómago. Investigaciones posteriores demuestran que esa versión oficial es una manipulación de la historia y la negación de un genocidio.

La alcaldía izalqueña cerró enero con actas de defunción de 34 personas. Eso a pesar de que en ese mes las calles de la ciudad se llenaron de cadáveres, según historiadores. De los 34 fallecidos que la comuna contabilizó al cierre del mes, solo se escribió de la muerte violenta de una persona.

“Salvador Angulo, varón ladino de 17 años de edad, soltero, panadero, falleció el 11 del corriente a las diez horas a consecuencia de una lesión que se causó con arma de fuego en la sien derecha”, se lee en el acta número 13.

“Dependiendo de quién haga el cálculo, la cifra de víctimas de la represión oscila entre 5,000 y 35,000”, escribió el investigador Héctor Lindo en la revista Historia (enero-diciembre 2004). Algo se tiene claro: los asesinatos sobrepasaron el millar de personas en las poblaciones de Tacuba, Ahuachapán, Sonzacate, Juayúa, Salcoatitán, Nahuizalco, Sonsonate, Colón e Izalco.

La historia de la masacre de miles de indígenas comenzó la medianoche del 22 de enero, cuando cientos de jornaleros (en su mayoría indígenas) se armaron con machetes y se abalanzaron contra haciendas de terratenientes y cuarteles al occidente del país. La insurrección campesina, harta de las profundas desigualdades económicas, demandaba mayor acceso a la tierra.

La respuesta del presidente Maximiliano Hernández Martínez fue brutal. Para someter a los rebeldes, ordenó asesinar a todo aquel que pareciera indígena. “Uno de los peores casos de represión estatal en la historia moderna de América Latina”, llama a este suceso el investigador Erik Ching.

Por dicha represión, que se extendió semanas después del asalto a cuarteles, es que nadie en la Alcaldía de Izalco puede explicar cómo esa mujer, María Cruz Pérez, tuvo el valor de declarar la muerte de su esposo y cuñados en abril del mismo año.

El libro de defunciones de 1932 de Izalco permite establecer la existencia de un subregistro de asesinados. Las actas sostienen que en el transcurso de todo ese año, solo 24 personas murieron de forma violenta en este municipio. Al menos 21 de esas muertes sucedieron a finales de enero e inicios de febrero. No es casualidad que la mayoría de muertes violentas coincidan en fecha. Ese fue el periodo en el que se ha documentado la persecución contra los indígenas. De esos 21 difuntos, solo cuatro eran ladinos.

Para entonces en la alcaldía se hacía un consolidado de muertes al final de cada mes. Con caligrafía de carta se escribía en una columna las causas del deceso de los fallecidos. A partir de la declaración de María Cruz Pérez, ese año se agregó otra categoría entre las causas de muertes. De un listado de padecimientos como paludismo, bronquitis e indigestión, otra palabra salta a la vista: “trágica”.

Esa palabra, según Benjamín Arucha, el encargado actual del archivo de la comuna, sirvió para identificar a los asesinados por sospechas de ser comunistas. Para él, la prueba es que ese término se ocupó en documentación oficial como la causa de muerte de uno de los líderes del levantamiento campesino: Feliciano Ama.

Ama era un jornalero. Se casó con la hija del cacique Patricio Shupan y de él heredó su influencia en la comunidad indígena. Su acta de defunción dice que fue ahorcado en público el 28 de enero y la tradición oral registra que su cadáver se dejó colgado varios días para que sirviera como advertencia. Nadie más debía rebelarse si no quería terminar de esa forma. Y a pesar de que la mayoría del pueblo sabía que esa persona estaba muerta, el primero de junio de 1932, Josefa Shupan, la hija del antiguo cacique, llegó a las 8 de la mañana a la alcaldía para crear el acta de defunción de su esposo.

El acta de defunción de Ama se encuentra en una página amarillenta y marcada con un post-it azul que alguien pegó para encontrar el escrito más rápidamente. Ahí se lee “José Feliciano Ama, varón indígena de 55 años de edad, casado con Josefa Shupan, sobreviviente de este origen y vecindario, jornalero, originario y vecino de esta ciudad, murió el 28 de enero del corriente año trágicamente a las 15 horas en el barrio Asunción de esta misma”.

Ochenta y cinco años después, frente a estas páginas históricas, el encargado del archivo de Izalco y guardián de estos documentos afirma que conoce a algunos descendientes de los indígenas que aparecen en ese libro por haber tenido una “muerte trágica”. Después de revisar los archivos, hace un comentario sarcástico, una denuncia tímida: “La palabra trágica es común y es raro que tanta gente se haya muerto trágicamente”.

Historia. Benjamín Arucha es quien está a cargo del archivo de la Alcaldía de Izalco. No cuenta con los recursos suficientes para cumplir con los requisitos para preservarlos.

El archivo, patrimonio de la Alcaldía de Izalco

Sin huella. Los archivos dan cuenta de los esfuerzos por no
dejar registro escrito de lo que sucedió a finales de enero de 1932.

Benjamín Arucha es un hombre pequeño y moreno. Dice que estudió hasta bachillerato, luego trabajó como administrador en el mercado municipal y ahora se encarga de clasificar, restaurar, ordenar y resguardar el archivo de Izalco. Es de apellido, rasgos y familia indígena. Entre miles de libros, encontró en 2003 la documentación oficial del intento estatal por hacer que personas como él desaparecieran hace 85 años.

Por eso no pudo evitar sorprenderse cuando se topó con agradecimientos oficiales de Izalco hacia el dictador Maximiliano Hernández Martínez, “por el oportuno envío de las tropas a esta ciudad cuando se encontraba en poder de los bandoleros comunistas”.

Los dos libros más preciados de Benjamín que pertenecen al archivo izalqueño son el de acta de defunciones de 1932 y las actas municipales de ese mismo año. Dice que, entre sus ocupaciones, a veces saca tiempo para sacudir el polvo que se posa sobre esos documentos con el paso de los meses. El valor que les da a los archivos no es en vano o por capricho. De acuerdo con el historiador Roberto Turcios, registros como estos sirven para construir la memoria de un país.

“Además de ayudar a construir la memoria histórica, son fundamentales para las investigaciones históricas”, dice. Turcios opina que esta clase de archivos constituyen una “huella de lo que pasó, pero no hay información fidedigna. Hay, clarisímamente, un subregistro”, explica.

El investigador Óscar Meléndez es uno de los autores que más ha investigado ese subregistro. Él se dio a la tarea de revisar el “Anuario Estadístico” de los años en los que el general Hernández Martínez gobernó y encontró que, según las cifras estatales, en 1932 solo 1,081 ciudadanos fallecieron por muerte violenta.

“Un análisis acucioso de las estadísticas gubernamentales podría llevar a concluir que no fueron exactas o que fueron parcializadas, debido a que, por ejemplo, hacia 1932 no se contabilizan las muertes causadas durante la matanza; las que en las últimas investigaciones se cuentan por varios miles”, escribió el autor en su investigación “Homicidio, justicia y práctica durante el Martinato”, de la Dirección Nacional de Investigaciones en Cultura y Arte.

Los dos libros que Benjamín considera joyas históricas no se encuentran en el archivo central de la alcaldía izalqueña. “A partir de 2003 empecé a leer estos archivos y les he guardado el interés –cuenta– los he guardado por un lado y por el otro, porque la gente los trata mal”.

El maltrato se observa en las páginas rotas con bordes doblados y las pastas deshilachadas. Estas actas son más que meros registros. Son los únicos documentos oficiales de Izalco que dan cuenta de una de las masacres más grandes del occidente de El Salvador. Ayudan a explicar por qué la comunidad indígena de hoy vive marginada, despojada de tierras, costumbres y hasta de su propia historia.

“El acta de defunción de Feliciano Ama no la he visto, para serle sincera”, confiesa Betty Pérez, la coordinadora nacional del Consejo Coordinador Nacional Indígena Salvadoreño. Ese consejo fue creado en 1992 y agrupa a 23 organizaciones de pueblos originarios. Betty Pérez tiene cinco años de ser su coordinadora nacional y afirma que no conoce “muchos documentos oficiales” sobre la matanza de 1932. Por décadas las organizaciones indígenas, comenta Pérez, se han dedicado a entrevistar a sus ancianos para poder reconstruir su propia memoria.

Esos libros históricos que podrían ayudar en la reconstrucción de memoria se guardan en espacios separados. El encargado del archivo llegó a la conclusión de que el cuarto del archivo central no era lo suficientemente grande para toda la documentación de la comuna y se realizaron algunas mudanzas.

El libro de actas de defunciones se resguarda en la oficina de registro del Estado Familiar de la alcaldía. Ese es un cuarto que tiene estantes rozando una pared lateral en los que se mantienen las actas de nacimiento y defunciones de miles de personas. Ese cuarto está abierto al público, pues ahí algunos funcionarios tienen sus escritorios y atienden a usuarios. Ahí, como si fuera un nombre más, se encuentra el acta de defunción de Feliciano Ama, quien se convirtió en insignia de la lucha campesina.

El otro libro que más valora Benjamín –el de actas municipales en el que la alcaldía le agradeció al presidente Hernández Martínez por haber mandado a sus tropas a matar indígenas– se resguarda en una casa anexa a las oficinas centrales de la alcaldía. Al fondo de esa casa hay un cuarto de 19 metros cuadrados. Ahí se le autorizó a Benjamín para trasladar algunos documentos. A pesar de tener estantería nueva, es un “área que no es correcta ni cumple los lineamientos del Instituto de Acceso a la Información Pública, pero ya no tengo la saturación de documentos”, explica el encargado.

En este anexo Benjamín ha colocado actas del siglo XIX que él mismo ha intentado restaurar. Las portadas y contraportadas de algunos libros son cajas de cartón que ha recortado y añadido a las páginas en una especie de empastado artesanal.

Esta es una ciudad donde lo frágiles que pueden ser los libros en los que se esconde la historia se pone en evidencia. A finales de diciembre del año pasado y antes de hacer la mudanza de cientos de libros hacia este cuarto, Benjamín empezó a ordenar los documentos del archivo central según unos lineamientos que el IAIP le brindó. Tuvo que reclasificar algunas cosas y mover algunos muebles del archivo central de la alcaldía.

El 22 de diciembre él fue a pasar consulta al Seguro Social. Cuando volvió a su archivo, se encontró con una sorpresa. Calcula que eso de las 10 de la mañana, a un estante se le “dobló una pata” y cayó sobre otro. Con el otro mueble pasó igual y el archivo “se vino todo abajo como si era juego de dominó. Todo, todo cayó en el suelo”. Pero, cuando se le pregunta si estos libros de 1932, los que cuentan la historia de una herida profunda, también terminaron en el suelo, él asegura que no. Que estos documentos estaban en un estante al fondo que, como la comunidad indígena, resistió ante la debacle.

La alcaldía le agradece al dictador y sepulta al indígena

El lunes 25 de enero de 1932, el consejo municipal de Izalco (llamado entonces corporación municipal) se reunió y nombró un alcalde transitorio. Diversos investigadores han calculado que en el levantamiento indígena los campesinos mataron entre 50 y 100 personas. El alcalde de Izalco, Miguel Call, fue uno de los asesinados. Su acta de defunción dice que tenía 37 años, era hijo de un español y murió por “lesiones sin asistencia médica” el 23 de enero de 1932.

El lunes, la ciudad llevaba dos días sin líder en la comuna. A pesar de que fue la primera reunión extraordinaria de la alcaldía que se sostuvo tras el levantamiento campesino, este tema fue omitido y solo se mencionaron por escrito “los acontecimientos ocurridos”.

“Con motivo de los acontecimientos ocurridos en esta ciudad y habiendo muerto trágicamente el señor alcalde propietario don Miguel Call, (se) acuerda: depositar la alcaldía en el regidor primero don Juan Rivera Menéndez”, se puede leer en el acta. Las investigaciones posteriores dictan que en esa fecha la cacería contra miles de indígenas ya había comenzado. Pero ese día la alcaldía nombró a una comisión formada por tres personas solo “para que pase a la casa de la familia doliente (alcalde) a hacerle presente nuestro profundo pesar”.

La información se lee en el libro de actas municipales de Izalco, un libro con pasta verde oscuro y sucio con bordes dañados por el uso y paso del tiempo. Algunas de sus páginas están subrayadas con lápiz y la portada está manchada con plumón azul y rojo. Este libro habla de la crueldad con la que la esfera ladina y poderosa de la ciudad interpretó la matanza.

El levantamiento tuvo un efecto adverso al que se planteaba. En lugar de más libertades, la alcaldía estableció medidas severas contra los indígenas. El 3 de febrero la municipalidad acordó un reglamento de aguas para regar las tierras del municipio en el marco de su “deber primordial de velar por los intereses del conglomerado social”.

Los indígenas fueron vistos como un obstáculo para fomentar la agricultura. De acuerdo con esta acta, la agricultura experimentaba problemas por estar “tropezando con muchas dificultades en los riegos de terrenos que han permanecido en poder de la clase indígena, quienes siempre han puesto obstáculos injustificables al elemento ladino que se dedica a la siembra de cereales en la estación seca”.

El nuevo reglamento de aguas estableció cuánto se debía pagar por el agua recibida e hizo una aclaración: La “municipalidad (…) acuerda que desde esta fecha en adelante quedará el servicio de las aguas de riego de terrenos a cargo de esta corporación, no reconociendo ningún derecho que los indígenas pretendan tener por no estar reglamentado conforme a la ley”.

A partir de estos documentos es posible establecer que no solo la vida de los indígenas fue arrebatada. Los documentos hablan del despojo de vida y agua para la clase indígena. Pero eso no les fue suficiente. Una semana había pasado desde el levantamiento campesino cuando las autoridades municipales, según registros, decidieron que intentarían arrebatarle las imágenes de santos a las cofradías de los indígenas.

“Siendo muchas las cofradías de imágenes entre la clase indígena que acaparados por ellos mismos hacen sus grandes reuniones (…) se ha tomado de la determinación siguiente: que se pida autorización del señor gobernador político departamental para recoger todas las imágenes existentes entre los indígenas para colocarlas en el templo. En la actualidad las imágenes siguen como patrimonio en las familias indígenas. Es herencia y forma de organización de un pasado que intentó ser anulado.

El 6 de febrero de 1932, los integrantes de la corporación municipal de Izalco no se preocuparon por contar los cadáveres que quedaron en el pueblo o relatar cómo campesinos que no tuvieron nada que ver en la revuelta rebelde fueron asesinados. Ese día, la corporación se reunió para felicitar “al señor presidente constitucional de la república general don Maximiliano Hernández Martínez por el justo y merecido reconocimiento que la honorable Asamblea Nacional Legislativa ha hecho de su gobierno que él dignamente preside y al mismo tiempo le ofrecemos nuestra adhesión y simpatía”.

Maximiliano Hernández Martínez gobernó el país durante 13 años y llegó a la presidencia tras un golpe de Estado. Izalco se preocupó por dejar constancia de su apoyo a la presidencia.

Así, la adhesión de las autoridades locales hacia el presidente se puso en evidencia en otro párrafo de la misma acta: “Esta corporación en nombre del mismo pueblo izalqueño y el suyo propio rinde sus más expresivos agradecimientos al señor presidente constitucional de la república general don Maximiliano Hernández Martínez por el oportuno envío de las tropas a esta ciudad cuando se encontraba en poder de los bandoleros comunistas que estaban en su obra destructora sembrando el terror en toda forma entre la gente honrada y pacífica de la ciudad. Dichas tropas al mando de sus dignos jefes oficiales procedieron con mucho tino para recuperar la plaza y no tardaron mucho tiempo en lograrlo sin tener que lamentar ni una baja y de no haber procedido así con tanto tino y valentía a esta hora la ciudad entera hubiera perecido bajo el terror de las hordas comunistas”.

Las actas municipales cuentan la historia de los ladinos, pero omiten mencionar la cantidad de bajas de los indígenas o de los que fueron calificados como comunistas. En su libro “Democracias y tiranías del Caribe en 1940”, el periodista de la revista Time, William Kerhn, quien cubrió el conflicto político de El Salvador en la década de los cuarenta, menciona una entrevista al general Hernández Martínez en la que el mandatario “insistió en que el ejército había matado solamente dos mil campesinos”.

Dilema. El IAIP ha hecho llegar instrucciones de cómo se deben
almacenar los documentos para poder mantenerlos en buen estado por más
tiempo, pero la alcaldía no cuenta con suficientes recursos
para adquirir lo necesario.

Las recomendaciones del IAIP se estrellan en la realidad

“El nivel de avance de la gestión documental y de la protección de documentos en este municipio no es sobresaliente. Las condiciones del archivo no son las más favorables”, sostiene René Valiente, jefe de la Unidad de Fiscalización del IAIP.

Al igual que el historiador Turcios, el funcionario del IAIP sostiene que la importancia de estas páginas radica en que son un insumo para investigar “las reacciones de la época y ver cuáles fueron las condiciones previas a lo sucedido en 1932”. Además, sirven para entender “uno de los hechos históricos más relevantes después de la época colonial, un capítulo que no ha sido cerrado”.

En el plano de lo ideal, la municipalidad de Izalco debería tener control sobre la ventilación de su archivo, la humedad del aire, la iluminación y control de la temperatura para evitar que los documentos se desgasten más. Sin embargo, las recomendaciones del instituto chocan con la realidad presupuestaria de la alcaldía, en la que ningún salón tiene la tecnología necesaria para poder asegurarlos de manera ejemplar.

Las recomendaciones del instituto no abarcan solo lo que debe hacerse para preservar documentos históricos, también dan una guía sobre cómo deben crearse los nuevos documentos de la alcaldía para que resistan el paso del tiempo.

El 9 de junio, Día Internacional del Archivo, el IAIP le entregó a una comitiva de la alcaldía una caja que contiene ejemplos del material con el que deben crear sus documentos. De acuerdo con el instituto, la papelería oficial de las alcaldías debe crearse en hojas libres de ácido en lugar de papel bond.

La caja también incluye una muestra de varios clips y fasteners de plástico que podrían usarse para descartar los metálicos. Estos materiales terminan oxidándose y manchando las páginas. Benjamín duda de la posibilidad de poner en marcha el uso de estos insumos porque implica un mayor gasto. “Esto es más caro. Está difícil porque en algunas jefaturas hay quejas de que no hay presupuesto y no le dan importancia a esto también. Solo hemos hecho un poquito de lo que está sugerido”, explica.

En decadencia. Algunos documentos han sido reparados con cartón y
cinta adhesiva. No hay, ni en esta alcaldía ni en el país, un esfuerzo
integral por mantener en buenas condiciones los documentos históricos.

Tras unas visitas a las municipalidades, el IAIP dará a finales de este mes una calificación a los archivos de algunas alcaldías. A partir de ahí emitirá más recomendaciones y una hoja de ruta para el resguardo de los documentos. Pero, al final, reconoce René Valiente, el instituto solo tiene un programa de acompañamiento y el cuido de los documentos “requiere, sin duda, de la voluntad política de parte de la municipalidad”.

El problema de bajos presupuestos para la gestión de archivos no sucede solo en alcaldías y pueblos pequeños. Ocurre en el mismo Archivo General de la Nación. José Amaya, técnico restaurador de documentos históricos, explica desde el Palacio Nacional de San Salvador que varias veces en su trabajo, en lugar de usar un papel japonés especial para pegar hojas que se han roto en documentos oficiales, se han ocupado tiras de papel “de pupusería”. Luego, Amaya muestra unas hojas de ese papel semitransparente que ocupa para unir pedazos de páginas rotas o rasgadas. En Izalco, eso se resuelve con cinta adhesiva.

Símbolo. En El Llanito es en donde cada año
se hacen los actos de conmemoración de la masacre.
Se ha identificado la zona con esta placa y una gruta.

85 años después de la masacre indígena, otra mujer que no sabe leer –como la primera en declarar la muerte de sus parientes indígenas en 1932– llega este lunes de junio la alcaldía.

Con una voz sobresaltada y oraciones que parecen nunca acabar, la mujer de 40 años le cuenta al encargado del archivo que su mamá no tiene documentos y está enferma de gravedad. Está preocupada porque tiene una sospecha: teme ir a la cárcel cuando su madre muera. La historia de la mujer se detiene en una pregunta:

—¿Va que no es cierto que lo meten preso a uno si no se saca el acta de defunción?– pregunta con semblante serio.
—No– responde Benjamín Arucha.
—Vaya– dice, ya tranquila, la mujer y luego sonríe, casi avergonzada– ¡y la gente que le mete miedo a uno!

Benjamín le explica a la mujer que no tener la partida de nacimiento o el Documento Único de Identidad de su madre no es una falta grave y que, si su mamá muere, de todas maneras tendrán que enterrarla en el cementerio municipal y resolverán el papeleo para crear el acta de defunción. Hay algunas preocupaciones que no tienen caducidad.

Después de atender a la mujer, Benjamín parece contrariado por su pueblo. Habla de lo poco que conocen los habitantes de este municipio sobre los acontecimientos que mancharon de sangre sus calles principales. “Me da cólera –dice sobresaltado–, los izalqueños no nos interesamos por nuestra historia”. Mientras habla, pone cara seria y da golpes sobre la mesa con su mano izquierda y derecha en una coreografía improvisada por la indignación.

El etnocidio comandado por Maximiliano Hernández Martínez logró su cometido en el occidente del país. En 1930, Izalco tenía 19 mil habitantes. Dos mil sabían leer y 17 mil eran analfabetas. Era una de las zonas del país con mayor presencia indígena y donde la figura del cacique estaba acompañada de poder. En 2007, el municipio contaba con 79,959 habitantes y el rechazo a lo indígena se asimiló de tal manera que, en el último censo poblacional, solo 154 izalqueños se identificaron a sí mismos como nahua-pipiles.

En “Historia Mínima”, un libro de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, se asegura que “no existe manera de determinar el número de personas muertas (en la masacre del 32). Nadie hizo cuenta y los archivos no dicen nada al respecto”. No obstante, los archivos de la Alcaldía de Izalco sí hablan sobre la frialdad con la que se documentó un hecho que intentó sepultar la identidad originaria de todo un pueblo.

 

El desgaste de Montecristo

Laderas. Las elevaciones afuera del Parque Nacional Montecristo están habitadas por comunidades y propietarios de grandes extensiones. Aunque hay tratados que buscan la conservación de los bosques y los mantos acuíferos, cambiar el uso de suelos es una constante.

“Aunque estuviera el sol despejado, aquí siempre se siente como estar en aire acondicionado”, dice Gabriel. La espesura de un bosque primario da la sensación de un mundo diferente.

Gabriel es cauteloso y prefiere no incluir su apellido al presentarse. Sí cuenta que es guardabosques y tiene 55 años. Fornido y con muestras tímidas de canas, relata que las veredas por las que camina fueron abiertas por su abuelo. Cien años después, él solo se encarga de limpiarlas de la acumulación de hojarasca en la época lluviosa.

Gabriel es uno de los habitantes del caserío Honduritas, dentro del cantón El Rosario, en Metapán. Su comunidad tiene cerca la frontera con Honduras y el Parque Nacional Montecristo. Para llegar a donde trabaja, debe atravesar calles de tierra y pastizales en un trayecto de 1 hora.

El terreno boscoso que cuida Gabriel, a una altura de 2,000 metros sobre el nivel del mar, es un área protegida privada. Para avalar la entrada, la organización a cargo toma precauciones: pidió no revelar su identidad ni su ubicación exacta, tiene miedo de atraer invasores y turistas. Conservar es su objetivo, así que quiere que el bosque permanezca intacto a toda costa.

Bosque original. El tiempo, la sombra, la altura y la humedad permiten que diversas plantas crezcan sobre los troncos y puedan acumular agua.

Alfredo Umaña vive en Metapán, a unos 10 kilómetros del Parque Nacional Montecristo y a unos 20 kilómetros de donde trabaja Gabriel. Tiene 23 años y trabaja como guía de camino para quienes obtienen acceso al área protegida privada, por lo que conoce bien las calles y las comunidades de la zona. En lo alto lo espera Gabriel, a quien cuesta localizar debido a que en lo alto de su comunidad solo hay señal de una compañía telefónica.

Antes de comenzar la empinada calle para ir a los cantones de la zona alta, en el cantón San Miguel Ingenio, la ruta 463, una de las pocas que pasan por la zona, hace su parada. Llega una vez al día desde Metapán hasta el municipio de Citalá, en Chalatenango, y de regreso. No existen rutas que se internen hasta lo profundo de las comunidades, cuenta Alfredo. Si tienen suerte, un carro que pase por la zona y les dé aventón puede evitarles subidas de hasta cinco horas.

Estas comunidades son las que rodean al Parque Nacional Montecristo. Son los cantones El Rosario al este, El Limo al oeste y una parte de San José Ingenio que está fuera del área declarada como protegida al sur. Al norte, parte de El Limo, está el punto trifinio. La elevación en la zona inicia a partir de los 1,000 metros sobre el nivel del mar y puede llegar hasta los 2,000. Bajo la ley de áreas naturales protegidas, este territorio es la zona de amortiguamiento de Montecristo.

Incendios. Aunque este año el fuego no entró al parque, la zona de amortiguamiento sí sufrió los efectos de la quema.

“Montecristo es una fuente muy importante de agua para toda la zona en la región del alto Lempa”, cuenta Pablo Galán, asistente técnico del herbario ubicado en el Jardín Botánico La Laguna, en Antiguo Cuscatlán. Sus investigaciones sobre las plantas del lugar lo han llevado a conocer el sitio de cerca, así como su importancia. “La vegetación es diversa por las elevaciones. Comienzan desde los 600-700 metros sobre el nivel del mar y llegan a los 2,400. La diferencia altitudinal da diferentes tipo de ecosistemas”.

Montecristo es un macizo montañoso que abarca los territorios de El Salvador, Guatemala y Honduras. Los territorios de los tres países se conectan en el punto trifinio, ubicado en la parte más alta de la montaña. Luego parte en altibajos hacia cada territorio. La división montañosa en el país, dentro de la cordillera de Metapán-Alotepeque, posee un aproximado de 7,111 hectáreas, 1,973 están protegidas como parque nacional desde 1986.

Las 6,926 hectáreas restantes son la zona de amortiguamiento, que se extiende por comunidades y ecosistemas desde Metapán, en Santa Ana, hasta La Palma, en Chalatenango.

En las zonas de amortiguamiento, “todas las personas, instituciones y los proyectos que están ahí deben tener en consideración que cerca hay un área natural protegida y el tema ambiental debe ser importante en sus actividades productivas y cotidianas”, comenta el gerente de Áreas Naturales Protegidas y Corredor Biológico del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), Javier Magaña.

El MARN, principal encargado de gestionar un área protegida a escala local, debe velar porque así se cumpla. En el caso de Montecristo, se hace con el Comité Asesor Local del Parque Montecristo, que busca juntar a las autoridades del parque con líderes de las comunidades, concejos municipales y organizaciones no gubernamentales para tratar el tema ambiental en las zonas de amortiguamiento. Magaña dice que en esta zona el tema puede ser más complicado de tratar.

Las calles de tierra de San Miguel Ingenio son el inicio de un recorrido de 25 kilómetros hacia arriba. Las laderas son de poco relieve y suben de los 1,000 a los 1,400 metros sobre el nivel del mar. Alfredo Umaña cuenta que las actividades de agricultura y ganadería son comunes en toda la zona desde hace bastantes años.

La calle toma una subida más empinada hacia el cantón El Rosario. Umaña dice que es de las últimas partes que un vehículo sin doble tracción puede transitar.

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El río El Rosario y las quebradas que pasan por la comunidad se quedaron sin agua durante la época seca. El problema afectó a los cultivos y algunos agricultores perdieron su cosecha, cuenta Nora Beatriz de Hernández. Ella es una testigo de la relación de las comunidades con el parque nacional. También es la presidenta de la Asociación de Desarrollo Comunal (ADESCO) del cantón El Rosario desde octubre de 2016. Afirma que por ello se encuentran en gestión con el parque para que del área protegida se les proporcione agua.

La disminución de caudales es normal en época seca debido a la falta de lluvias. Los agricultores pueden subsistir con afluentes más pequeños, pero no secos. La parte baja de El Rosario y San Miguel Ingenio comenzó a sentir las consecuencias de la deforestación hace tiempo, cuenta Alfredo Umaña al subir por El Rosario. El problema pasó sin llamar la atención en su mayoría debido a los proyectos de potabilización en la zona. Nora lo confirma, comenta que aunque los ríos se secaron, el servicio de agua potable que alimenta al centro del cantón fue estable. El resto de caseríos, sin embargo, vive de los ríos y nacimientos.

Montecristo es importante porque la cuenca alta del río Lempa se forma ahí. Un 58 % está en Guatemala, un 12 % en Honduras y el otro 30 % en El Salvador, señala el proyecto estratégico de Plan Trifinio para la región. El agua que se acumula en la zona alta desciende en miles de quebradas, que se unen en cientos de ríos pequeños que desembocan en cuerpos de agua más grandes. Todos ellos reúnen los 2,161 millones de metros cúbicos anuales que bajan por todo el país hasta desembocar en el océano Pacífico, dice el mismo estudio de 2011.

Esta importancia ha llevado a que el territorio esté declarado como Área Protegida Trinacional desde 1987, con un acuerdo entre los vicepresidentes de los tres países bajo el nombre de Plan Trifinio. La zona también es parte de la Reserva de Biosfera Trifinio Fraternidad, declarada por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) desde 2011. Todas las declaratorias reconocen lo mismo: Montecristo es una importante fuente de agua y necesita ser protegida, pero se encuentra bajo muchas presiones.

Entre 1982 y 2006, la recarga acuífera de El Salvador se redujo en un 19 %, señaló un estudio de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) en 2006. Once años después, la sustitución de zona boscosa para agricultura y ganadería, técnicas agropecuarias inapropiadas para el territorio, incendios forestales, la degradación de suelos, la contaminación y el cambio climático son problemas que todavía hacen daño a los ecosistemas. Las primeras consecuencias están fuera del Parque Nacional Montecristo.

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Sustitución. Los dueños de tierras en las laderas fuera del parque suelen cambiar el bosque natural por sus plantaciones.

El río El Rosario y las quebradas que pasan por la comunidad se quedaron sin agua durante la época seca. El problema afectó a los cultivos y algunos agricultores perdieron su cosecha, cuenta Nora Beatriz de Hernández. Ella es una testigo de la relación de las comunidades con el parque nacional. También es la presidenta de la Asociación de Desarrollo Comunal (ADESCO) del cantón El Rosario desde octubre de 2016. Afirma que por ello se encuentran en gestión con el parque para que del área protegida se les proporcione agua.

Sustitución. Los dueños de tierras en las laderas fuera del parque suelen cambiar el bosque natural por sus plantaciones.

La disminución de caudales es normal en época seca debido a la falta de lluvias. Los agricultores pueden subsistir con afluentes más pequeños, pero no secos. La parte baja de El Rosario y San Miguel Ingenio comenzó a sentir las consecuencias de la deforestación hace tiempo, cuenta Alfredo Umaña al subir por El Rosario. El problema pasó sin llamar la atención en su mayoría debido a los proyectos de potabilización en la zona. Nora lo confirma, comenta que aunque los ríos se secaron, el servicio de agua potable que alimenta al centro del cantón fue estable. El resto de caseríos, sin embargo, vive de los ríos y nacimientos.

Montecristo es importante porque la cuenca alta del río Lempa se forma ahí. Un 58 % está en Guatemala, un 12 % en Honduras y el otro 30 % en El Salvador, señala el proyecto estratégico de Plan Trifinio para la región. El agua que se acumula en la zona alta desciende en miles de quebradas, que se unen en cientos de ríos pequeños que desembocan en cuerpos de agua más grandes. Todos ellos reúnen los 2,161 millones de metros cúbicos anuales que bajan por todo el país hasta desembocar en el océano Pacífico, dice el mismo estudio de 2011.

Esta importancia ha llevado a que el territorio esté declarado como Área Protegida Trinacional desde 1987, con un acuerdo entre los vicepresidentes de los tres países bajo el nombre de Plan Trifinio. La zona también es parte de la Reserva de Biosfera Trifinio Fraternidad, declarada por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) desde 2011. Todas las declaratorias reconocen lo mismo: Montecristo es una importante fuente de agua y necesita ser protegida, pero se encuentra bajo muchas presiones.

Entre 1982 y 2006, la recarga acuífera de El Salvador se redujo en un 19 %, señaló un estudio de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) en 2006. Once años después, la sustitución de zona boscosa para agricultura y ganadería, técnicas agropecuarias inapropiadas para el territorio, incendios forestales, la degradación de suelos, la contaminación y el cambio climático son problemas que todavía hacen daño a los ecosistemas. Las primeras consecuencias están fuera del Parque Nacional Montecristo.

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Altura. Los árboles a más de 1,800 metros sobre el nivel del mar son fundamentales para los nacimientos y las quebradas que bajan por las comunidades.

En el otro lado de las afueras del Parque Montecristo, en el cantón El Limo, el río también se secó. Carlos Magaña, agricultor, ganadero y representante de la ADESCO de su comunidad, sabe que la deforestación tiene mucho que ver. “Algunos dueños de terrenos, cuando este no les da nada y otra gente tiene necesidad de cultivar, dan permiso para cortar el bosque. Sacan la madera y siembran”.

Deforestación. Pequeños árboles de café crecen entre los restos de un bosque. La sustitución de bosques por cultivos es uno de los problemas más graves de la zona de amortiguamiento.

El Limo, en la zona de amortiguamiento, se encuentra cerca de los 1,400 metros sobre el nivel del mar. Sus partes más elevadas pertenecen al parque, donde se encuentran los cerros más importantes y de mayor atractivo turístico. Las comunidades fuera de ese sector viven las mismas implicaciones que el resto.

La situación que explica Carlos ocurre en toda la zona de amortiguamiento. La pérdida de cobertura boscosa para su sustitución por cultivos es una constante, a pesar de que los suelos no poseen sostenibilidad para ello. “La mayoría vive de la agricultura. El clima y los precios afectan a la gente, pero de eso viven”, dice Carlos.

“Muchas de las personas viven de los beneficios ambientales que los ecosistemas dan. No bajan al pueblo a hacer las compras. Son poblaciones rurales”, cuenta Berta Medrano, directora ejecutiva de la Asociación GAIA de El Salvador. Ella impulsa proyectos en los cantones de la zona de amortiguamiento que priorizan el beneficio de la población y de los bosques.

La ley de áreas naturales protegidas establece que quienes gestionan un área natural deben tener un plan de manejo con el objetivo de ejecutar “el conjunto de instrucciones priorizadas para el desarrollo de actividades a corto, mediano y largo plazo enmarcadas en el mismo”. En Montecristo, el plan es trinacional, por lo que las actividades enmarcadas incluyen a las áreas protegidas de Montecristo en Guatemala y Honduras.

Berta Medrano cuenta que todo Montecristo y su zona de amortiguamiento tiene la misma característica: más del 71% de las tierras es de clases VII y VIII. En la clasificación de suelos por su fertilidad establecida por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), la clase I es la más apta para actividades agropecuarias, mientras que en las clases VII y VIII se recomienda evitar las actividades productivas debido a que consisten en superficies montañosas, donde el suelo fértil es superficial y el riesgo de erosión y deslizamientos es alto. Sin los bosques, el agua no se acumula, lo que crea más sequía en época seca.

El plan de manejo establece que más del 80 % de la tierra en Montecristo debería ser solo para uso forestal. En 2005, año del plan, este solo cubría el 18.4 %. La persistencia de problemas como incendios forestales, sequía de afluentes y la permanencia de cultivos a nivel de subsistencia e industrial muestran que el problema no ha mejorado.

La situación es complicada, cuenta Carlos Magaña. Nadie denuncia la tala indiscriminada por miedo. La ley forestal, regulada por el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), establece que debe emitir permisos para talar bosques. Esto no ocurre en El Limo ni en los otros cantones. “La gente no interviene porque si uno se mete, se echa enemigos”.

Carlos también calla porque entiende la situación económica. Entre el 86 % y el 93 % de las personas que viven en ladera tienen situación de pobreza en Centroamérica. En el caso de El Salvador, un 32 % tiene condiciones de extrema pobreza, afirmó la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 2011. “La agricultura está mala porque el clima y los precios han afectado a la gente, pero de eso viven. Al menos les queda maíz y frijol para comer”, dice resignado.

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En la parte alta del cantón El Rosario, desde los 1,800 metros sobre el nivel del mar, la neblina golpea los restos de unos árboles de pino en una ladera muy inclinada. Tienen señas de haber sido cortados hace poco. Abajo nacen monocultivos de café y se preparan para crecer durante la época lluviosa. Gabriel, con unas botas todoterreno, un machete, una mochila cargada y una peculiar gorra color verde chillante, espera al lado de una vereda. El camino viene de Honduritas.

Alfredo Umaña lo divisa y se saludan con la gratitud de buenos conocidos. Continúan ladera arriba hasta llegar al área protegida privada. Los claros permiten divisar, a lo lejos, la ciudad de Metapán y el complejo lagunar de Güija. Afirma que una elevación llena de árboles al este es el Parque Nacional Montecristo. Al oeste, las laderas desde los 1,800 metros sobre el nivel del mar hacia abajo están listas para los cultivos de la temporada. “Puedo contar los árboles con los dedos de la mano”, dice Gabriel.

El bosque secundario consiste en árboles de la zona alta que han permanecido en pie por un aproximado de 50 años, luego de que las tierras en las que estaban fueron deforestadas hace medio siglo. Gabriel entra a sus recuerdos y comenta que hace unos 25 años la mayoría del territorio sobre los 1,500 metros todavía era bosque. Hace 25 años los ríos tampoco se secaban colina abajo.

Antes de entrar al bosque primario, Gabriel observa una parcela. Un caballo con aspecto joven y fuerte galopa en la ladera. Gabriel señala un montículo donde el semental estuvo parado. “La persona que vio este terreno (el bosque secundario) en estado virgen fue mi abuelita. Aquí tenía su cabañita. Murió hace 11 años. Tenía 102”.

Gran parte del bosque primario se encuentra en el Parque Nacional Montecristo, mismo lugar al que Pablo Galán ha ido repetidas veces a estudiar especies. El herbario, una amplia oficina llena de enciclopedias y documentos académicos sobre flora y fauna, es la base donde analiza sus recolecciones. Él explica que la vegetación particular de un bosque primario permite cumplir funciones igual de particulares.

Los árboles de las zonas altas aproximan una altura de 40 metros y ayudan a retener grandes cantidades de agua gracias a las flores y raíces que se forman en sus troncos. Los árboles de las zonas bajas ayudan a que no corra con rapidez ni que cause inundaciones o deslaves. “Toda el agua que está en Montecristo va a parar a los ríos que son afluentes del Lempa, como el San José Ingenio y El Rosario”, explica Galán.

Aunque la mayor parte del bosque nebuloso como inicio de los afluentes se encuentra en el parque nacional, la zona de amortiguamiento también requiere cobertura boscosa para mantener los nacimientos en época seca y proveer de agua para la subsistencia de las comunidades ladera abajo.

Javier Magaña reconoce que no se hace lo suficiente en la zona. El río que sale del parque nacional también disminuyó su caudal por la falta de lluvias. Añadió que esa escasez no puede evitarse en el área de amortiguamiento a menos que tuviera árboles y conservación de suelos. “El manantial que baja ahora es más pequeño. Eso no lo resiente el parque, sino la zona de amortiguamiento”.

Gabriel llega con rapidez al final de la vereda. Sus movimientos para esquivar ramas y saltar troncos en la humedad parecen los de alguien más joven. El bosque primario se caracteriza por tener constante lluvia. La altura se aproxima a los 2,000 metros sobre el nivel del mar. Alfredo y el guardabosques observan una correntada de agua transparente y helada que sale entre la vegetación y abre camino colina abajo. Sin los árboles, la falta de humedad reduciría el cauce y el calor del sol lo evaporaría. En las zonas bajas, las comunidades recibirán el mínimo de agua.

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“Hay muchos que todavía no comprenden qué es el medio ambiente. Hace falta más información”, dice Carlos Magaña. Cuenta que desde el año pasado los acercamientos del parque nacional en el cantón El Limo han sido dos, el primero consistió en charlas a las escuelas, el otro fue para contener la plaga de gorgojo descortezador, que también atacó la zona.

Aparte del parque, Plan Trifinio también influye en la zona. “El año pasado hubo muy pocas actividades. Dicen que no tienen fondos”, cuenta Carlos. En 2016 presentaron a un especialista en veterinaria. Solo llegó una vez y no volvió. “Esperaba que nos apoyaran en áreas de ganadería que no sabemos cómo aplicar”, dice. Carlos Magaña se refiere a los sistemas silvopastoriles. Combinan las actividades de pastoreo con la siembra de árboles, lo que permite que el ganado pueda alimentarse sin necesidad de caer en la tala indiscriminada para abrir terreno.

Combinación. Los sistemas silvopastoriles son los que combinan las actividades de pastoreo con la siembra de árboles, lo que permite que el ganado pueda alimentarse sin tener que talar.

La comunidad sufre de esto constantemente, cuenta Carlos. Los proyectos que traen para mejorar su situación no cumplen lo prometido o carecen de seguimiento: “A la gente de las comunidades no le gusta que se le mienta. Estas instituciones tienen eso, que mucho mienten”. Cuando convocan para nuevos proyectos, Carlos cuenta que la visión de la comunidad es que “para ir a escuchar a gente así”, mejor no van.

Pablo Galán presencia el problema continuamente desde sus inspecciones. “El bienestar de los ecosistemas requiere de mucha voluntad y esfuerzos entre propietarios privados y las personas que trabajan, que cuidan y la gente del parque. Es un acuerdo bastante fuerte y no es fácil. La agricultura, la ganadería, el uso de las maderas y el turismo en zonas aledañas alrededor de Montecristo requieren bastante trabajo”, asegura. “Se tiende a aislar una cosa de otra, pero todo está conectado. Si en la parte alta se tala, se quema y se comienzan a secar las fuentes de agua, abajo se va a sentir y con más presión”.

Gabriel sale del bosque primario. En cuestión de minutos, vuelve al lado de la vereda que lo lleva a Honduritas. Se ajusta la mochila y se despide temporalmente de Alfredo Umaña para entrar en la vereda y desaparecer en la maleza.

En sus últimas declaraciones, intenta resumir la situación: “El problema con los bosques y el agua no se ha detenido. Ahora ya avanzó, como cuando alguien siente dolor en un lugar y lo ignora, después va al médico y le dicen que es cáncer. Esto todavía se puede recuperar, pero todos tendríamos que ser más críticos”.