La herida de la que estamos hechos

El Salvador está roto. Roto desde hace demasiado tiempo. No hemos querido explorar esa herida de la que está hecho este país. Muy pocos nos interesamos por ella, y los que lo hacemos intuimos que es por ahí, en ese espacio de dolor, vergüenza y culpa, donde están muchas de las claves para salir del infierno en el que diariamente viven miles y miles de salvadoreños.

En esa herida profunda, podrida y descuidada, nacen y crecen niños y niñas, cada día, que se convierten en miles cada año y en millones a lo largo del tiempo. Una buena parte ha fallecido víctima del abandono y de la violencia, otros han huido o viven como esclavos de redes de trata y prostitución. Algunos logran insertarse en algún espacio laboral y otros intentan reconstruir sus vidas fuera de esta tierra; mientras algunos se convierten en delincuentes.

Lo más increíble de este pequeño país es que todos los días podemos ser testigos de la fortaleza de esas miles de personas que, a pesar de las duras circunstancias, deciden sobrevivir, levantarse y hacer lo que tengan que hacer –aunque eso signifique ir en contra de su misma gente– para darle sentido a sus vidas.

Vivimos distraídos de la realidad de los otros. Nos creemos diferentes y algunos piensan que “son los buenos” y el resto los malos. Pero esas diferencias pasan únicamente por cuánto dinero se tiene, por los títulos o cargos obtenidos o por la zona en la que viven y, también, por el color de la piel. Diferencias ridículas en un país tan pequeño, pero que hacen muchísimo daño al tejido social, a la construcción de confianza que debería existir en un lugar con una historia tan común, tan clara y transparente que muestra que todos, indistintamente, tenemos cuotas de responsabilidad, unos más que otros, por lo que hemos construido.

En El Salvador, los paradigmas acerca del trabajo, el dinero, los indígenas, izquierdas y derechas, la vida y la muerte, el color de la piel, entre otros, están presentes en cada uno de nosotros; y los vivimos la mayoría de las veces sin hacernos conscientes de lo que decimos, de las decisiones que tomamos y de cómo estas afectan directa y profundamente a otros. Los salvadoreños nos tomamos a pecho las ideologías y hemos sido y aún somos capaces de matar en nombre de esas “creencias” tóxicas con las que hemos construido el ideario de “nación”.

Los salvadoreños nos distraemos pensando en exceso, hablando en exceso, sin reflexionar, sin evaluar, sin intentar observar, mucho menos comprender la realidad de otros, esos que consideramos tan diferentes y que juzgamos tan fácilmente.

Gritamos que deseamos paz, seguridad y trabajo. Pero nos olvidamos que esas tres aspiraciones son imposibles si para obtenerlas tenemos que aprovecharnos de los demás; si tenemos que sacrificar a muchos para el beneficio de pocos. Si construimos muros y barreras para creer que así estaremos seguros, cuando en realidad lo que hacemos es aislarnos.

¿Cómo nos humanizamos? ¿Cómo entendemos en profundidad que detrás de cada persona, cada empleado, cada socio, colaborador o aliado hay historias personales de dolor, de lucha, de ilusiones? ¿Cómo entendemos que detrás de cada mujer y de cada hombre, con los que entramos en algún tipo de relación, existen hijos, familias que requieren atención, tiempo, compañía y respeto, y que sin esa dedicación las familias se diluyen y se dañan, y con ese daño estamos sembrando más dolor en esta sociedad? ¿Cómo entendemos de una vez por todas que solo el trabajo y solo el dinero no construyen tejido social, no alimentan las buenas relaciones, si detrás de ellos está el estrés, el esfuerzo extremo, el maltrato y el irrespeto?

¿Cómo reconstruimos a esta nación?

Fluir en el tiempo, como la naturaleza

Los griegos utilizaban dos conceptos acerca del tiempo: Kronos y Kairos. Kronos como la “medida” lineal del tiempo; y Kairos como la “participación” en el tiempo. Nuestras vidas en la actualidad están regidas por el primero que se expresa a través del reloj, los horarios, el estrés provocado por el hacer excesivo; y el permanecer ocupados y preocupados tratando de cumplir con él, olvidándonos de estar verdaderamente presentes.

Kronos cuadricula, y aunque efectivo, si Kairos no se incluye, corremos el riesgo de perder el disfrute de lo que hacemos. Vivir desde Kronos es correr, estar adentro de los esquemas y atados. Vivir a través de Kairos es participar, implicarse, fluir y renovarse en el proceso.

Kairos es como la naturaleza, que siempre está concentrada en su constante renovación. Hace algunos años me acerqué a la naturaleza y empecé a comprender sus ciclos. Me alegraba cuando todo florecía, y me entristecía cuando lo verde y colorido empezaba a envejecer y morir. En aquel entonces, no entendía que ella se mantiene en un ciclo constante de renovación y renacimiento; en ese “tiempo sin tiempo”, en un fluir que se asemeja a una espiral que gira y avanza lenta y constantemente.

Los humanos nos hemos desconectado de ese estar “dentro” del tiempo, y nos hemos casado con la idea de que este nunca se detiene; perdiendo energía valiosa en una lucha incesante para que la vida se mantenga en línea recta y sin desviaciones.
La energía se dispersa cuando perseguimos aquello que “otros” nos dicen que debemos alcanzar; cuando creemos que el “tiempo” se nos acaba y corremos detrás de él en lugar de ir por nuestros sueños, ideas y motivaciones. Y la energía se renueva cuando reconocemos los ciclos naturales del espacio que habitamos, y aprendemos a descansar para reponernos.

Pensadores, escritores y filósofos han hablado de ese fluir durante siglos: “Sé cómo un árbol, deja que las hojas muertas se caigan”. “…planta tu jardín y adorna tu alma…”. “Adopta el paso de la naturaleza: su secreto es la paciencia”. “El secreto no es correr detrás de las mariposas, es cuidar el jardín para que ellas vengan a ti”.

Las claves para fluir en el tiempo se expresan en la naturaleza. La tierra que recibe la semilla, el viento, el sol, las aves e insectos que movilizan lo necesario para que esa semilla se alimente y crezca; la lluvia que llena de vida las profundidades; los frutos que se ofrecen una y otra vez hasta que llega el momento de cerrar un ciclo y dar paso a una nueva fase.

Entender la naturaleza es comprender el manejo del tiempo; porque en ella todo llega en su justo momento. Como señala la analista junguiana Jean Shinoda Bolen: “Todas y cada una de las cosas que existen en la naturaleza pertenecen a su grupo particular con el que comparten semejanzas, al tiempo que cada una es en sí misma única; en ningún caso hay dos ejemplares idénticos. Sin embargo, cada una de ellas florece o fructifica junto con las demás, cuando llega su temporada”.