Piñatas políticas

“País amanecerá en condición de impago por culpa de ARENA”. Esta es la primera línea de un comunicado de prensa emitido por la Casa Presidencial de El Salvador este jueves 6 de abril. Un Gobierno anunciando que amanecerá en impago. No es ficción ni una sátira, son las palabras textuales que envió el equipo de prensa de la Presidencia.

Lo habitual es que los países agoten hasta el último recurso posible antes de decir públicamente que no están en capacidad de honrar sus deudas. ¿La razón? Gritar al mundo que uno ya no puede pagar es como darse un tiro en un pie. El capital es cobarde, no hay nada tan asustadizo como el dinero, si usted se declara mala paga habrá pocos que quieran prestarle, y quienes lo hagan le recetarán tasas de interés astronómicas.

Pero eso fue lo que hizo nuestro Gobierno. ¿Qué lo llevó a ello? La negativa de los diputados de ARENA de aprobar una emisión de bonos de $282 millones que había solicitado Hacienda, y que usaría para pagar la deuda que tiene el Estado con los fondos de pensiones, y para garantizar los pagos a los militares retirados.

Efectivamente, en la sesión plenaria del jueves no hubo manera de aprobar estos bonos, ni cambios en el presupuesto de la nación que permitieran que el Gobierno contara con los $70 millones que, según Hacienda, le urgían para el cortísimo plazo.

¿Por qué no se tenía este dinero? ¿No se sabía que se necesitaría? En realidad, sí. Hacienda sabe cuánto le tocará pagar cada año a los fondos de pensión, porque esta deuda es el resultado de una venta de títulos, los llamados Certificados de Inversión Previsional (CIP), con los que se financia el Fideicomiso de Obligaciones Previsionales (FOP). Las Administradoras de Fondos de Pensión (AFP) compran los CIP con el dinero de los trabajadores que están ahorrando para su futuro retiro, y con este dinero se pagan las pensiones de los jubilados del antiguo sistema, quienes cotizaron con el ISSS y el INPEP.

Todo este embrollo financiero fue una solución que encontró el gobierno de Antonio Saca en 2006, luego de que el ISSS y el INPEP se quedaran sin reservas para pagar a sus jubilados. Y así se ha hecho desde entones, y Hacienda sabía que este año tendría que pagarles $230 millones a los fondos de ahorro de los trabajadores. Pero no lo hizo.

Incluir todas las necesidades de dinero que se tendrían en 2017 habría implicado presentar un presupuesto por más de $5,000 millones, con la respectiva necesidad de financiamiento, ya que la cifra supera por mucho los ingresos tributarios que se esperan para este año. Para aprobar un presupuesto y la deuda para completarlo, se necesita mayoría calificada, los votos de 56 de los 84 diputados. Significaba que el Gobierno debía lograr los votos de ARENA.
En cambio, prefirieron dejar sin llenar partidas como el pago de la deuda con los fondos de pensión, al Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA) y otros gastos como el subsidio a la energía eléctrica. El que no se hayan presupuestado no hizo que estos gastos desaparecieran y, efectivamente, ahora el Gobierno requiere esos fondos.

Este jueves, en lugar de un diálogo franco para encontrar una solución, vimos a los dos partidos mayoritarios, al Gobierno del FMLN y a la oposición de ARENA, en un cruce estéril de acusaciones que nos llevó a esta declaratoria de impago con la que se amaneció el viernes.

Ser percibidos como un país insolvente hará que baje nuestra calificación crediticia y que se vuelva más caro conseguir financiamiento. Para los bancos también se encarecerá el dinero, y estos, a su vez, aplicarán tasas más altas al financiamiento local. Todo porque nuestros gobernantes y legisladores prefieren dejar que la carreta se descarrile para, ante el espectáculo de la destrucción, señalarse mutuamente, acusarse, con el único interés de conseguir votos y simpatías entre la población.

Ojalá nos demos cuenta de que aquí todos tienen cuota de culpa y, como ciudadanos y electores, no caigamos en este juego ridículo. Ojalá comencemos a exigir responsabilidad, honestidad y eficiencia a nuestros gobernantes. Ya basta.

No son costillas

Tampoco son bellas rosas de jardín, ni la creación más dulce de Dios, menos íconos de lo frágil y delicado. Que los hombres hayamos suprimido su condición de iguales durante generaciones también ha causado estos eufemismos que solo robustecen nuestro menosprecio por las mujeres. Sí, menosprecio, esa palabra que no nos gusta a los que creemos no ser machistas, pero que en el fondo estamos tan infectados de su escala de valores como cualquier misógino.

Ver a la mujer como una sensible doncella que necesita ser rescatada es una de las más perversas manifestaciones del machismo, porque, aunque no hace que la golpeemos y castremos, sí nos conduce a sentirnos superiores y nos ata la voluntad para unirnos a sus esfuerzos. Así solo alejamos la igualdad que les debemos. Es legitimarlas incapaces, débiles, sin inteligencia suficiente como para que resuelvan sus problemas por su cuenta. Es otra manera de anularlas, por “inferiores”.

Por eso es que causa tanta sensación una mujer mecánica, una motorista de camiones que cruce fronteras o una joven que atrape y entregue a las autoridades a un ladrón que la atacó en la calle. Por eso es que todavía los periodistas preguntamos a una funcionaria “cómo hace para equilibrar su maternidad y sus responsabilidades laborales”, cuestionando una actividad parental que ni se nos ocurriría abordar si fuese hombre. Por eso juzgamos de mala madre a la mujer que llega noche a su casa por una sobrecarga de trabajo, pero calificamos de responsable y laborioso a un hombre en la misma situación. Es que todavía nos provoca alergia concebir a una mujer lideresa, empoderada, con las mismas facultades físicas e intelectuales que cualquier hombre.

Como ejemplo: aunque no formemos parte de esos 30 países de África, Oriente Medio y Asia que les arrancan el clítoris –según la OMS–, sí mutilamos su derecho legítimo de tomar el control de su sexualidad. Porque, aunque cause escozor en algunas mentes, las mujeres deberían tener el derecho pleno de decidir sobre su cuerpo y su intimidad, sin ser tachadas de “putas” o “cerdas”. Aun cuando las niñas deberían ser educadas con verdadera responsabilidad sobre sexo y prevención, optamos por vetar todo lo sexual de nuestras hijas, hermanas, sobrinas. Creemos que basta con vigilarlas como perros guardianes para garantizar su bienestar.
No se confunda, que una niña sepa cómo se desarrolla el coito, sus riesgos físicos y emocionales, o cómo se usa un preservativo no la transformará en “una sucia promiscua”, más bien la hará consciente –pero sin tabús– de que intimar no es un juego, y de que debe haber mucha responsabilidad de por medio para hacerlo. Esta es una necesidad urgente que no debería ser refutada con argumentos religiosos, porque está en juego la salud sexual y reproductiva de un sector vulnerable. Que en un territorio tan pequeño como el nuestro haya habido 69 embarazos de adolescentes por cada día de 2016 es una alerta roja.

Si más hombres entendiéramos que nuestras actitudes y pensamientos micromachistas se suman a las vejaciones históricas a las que hemos sometido a las mujeres, y que sirven de obstáculo para que consigan la igualdad que se merecen, buscaríamos desaprenderlas. No es necesario ser un activista y protestar en las calles para apoyar su lucha. Reeducarnos, es decir, tirar a la basura cualquier idea que nos aleje de ver a la mujer como igual, es la forma más positiva para reivindicarnos de todas las veces en las que hemos sido sus verdugos. El machismo se puede curar si hay voluntad.

Antonia Navarro, la mujer del presente

“1889. Mucha gente en la ciudad estaba pendiente de la llegada del 20 de septiembre. Incluso el presidente de la república hizo un espacio en su agenda para celebrar la fecha. En los días previos, los periódicos habían comentado la defensa de una tesis doctoral acerca de la luna de las mieses que tendría lugar ese día en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional. Aunque el fenómeno ya había sido descrito en varios textos de astronomía que corrían en manos de los estudiantes de aquella época, este trabajo demostraba que no era observable en El Salvador. El hecho no solo era importante porque se oponía a la mayor parte de escritos en el extranjero, sino porque su defensora, Antonia Navarro, era la primera salvadoreña en obtener un grado universitario en el país y la primera mujer en graduarse como ingeniera en toda Iberoamérica”.

Como el tráiler de una película que nadie quiere perderse, así arranca “Mujeres en público”, una investigación académica que su autora, Olga Vásquez, y la reconocida escritora salvadoreña, Claudia Hernández, convirtieron en un libro con características literarias. Después de este arranque es imposible no querer saber más sobre la historia de Antonia Navarro y las salvadoreñas del siglo XIX que lucharon por salir de la casa, por entrar a la universidad, por leer muchos libros y tener el placer de saborear una vida llena de preguntas.

Juan José Tamayo, teólogo y filósofo de la Universidad Carlos III de Madrid, explica en el prólogo que este libro profundiza en el debate sobre la educación de las mujeres que se dio durante un breve pero intenso período de la historia de El Salvador, que abarca de 1871 a 1889, en el cual intelectuales, políticos y ciudadanos discutieron sobre el acceso de las mujeres a la educación.

Para Olga Vásquez, doctora en Filosofía Iberoamericana y profesora universitaria, el valor de su investigación radica en la posibilidad de revalidar la pregunta que los mandatarios liberales se hicieron en el siglo XIX durante el proceso de la construcción del Estado salvadoreño: ¿cuál debería ser el rol de las mujeres en la sociedad?

Mientras la corriente católica de la época se opuso a la formación de las mujeres y las limitó al ejercicio de las funciones maternas y educadoras de los hijos, la visión liberal apoyó la formación intelectual de las mujeres, para convertirlas en aliadas del progreso y en el pilar fundamental durante la transición de estado católico a estado laico.

Pero si en el siglo XIX los liberales salvadoreños apoyaban la decisión de apostar por la educación de las mujeres, ¿dónde nos perdimos? Esta es una de las preguntas más frecuentes que la autora debe responder y dice que el problema es que “los herederos de este planteamiento a lo largo de 200 años no hemos podido interpretar los nuevos tiempos y no hemos hecho nuevos planteamientos educativos. Los niveles de violencia y falta de cohesión nos hablan de una sociedad que no se entiende a sí misma”, afirma Vásquez.
Por esta razón, Olga Vásquez reitera la importancia de que la historia nacional proponga “modelos que nos inspiren”. Y sostiene que ser mujer es una desventaja “cuando no somos conscientes del bagaje que tenemos y de cómo hacer uso de él, a eso debería apuntar el proceso educativo en la familia y en la escuela”.

En estos tiempos en los que seguimos estancados discutiendo sobre si es pertinente la educación sexual en nuestras escuelas o si las mujeres deberían tener el derecho a decidir sobre su maternidad, me inspira un libro como “Mujeres en público”, porque no solo anima a hacer una relectura de la historia nacional para no repetir los errores del pasado, sino que también rescata del olvido la figura de Antonia Navarro, como un modelo de ciudadana salvadoreña para el presente. Gracias a Olga Vásquez y a Claudia Hernández por reescribir este período de nuestra historia y destacar el protagonismo de mujeres salvadoreñas inteligentes, independientes y educadas.

Las culpables

Todos los dedos te señalan. La ladrona, la puta, la asesina, la maldita esa. Ves hacia todos lados y no entiendes lo que pasa. Hace un rato estabas en tu colonia, con tus vecinas y tus hijos.

Hubo una redada y ahora te tienen esposada frente a un montón de cámaras. Te acusan de cosas que ni siquiera entiendes y enumeran una serie de pruebas inverosímiles en tu contra. No sabes qué hacer, agachas la cabeza y lloras. Parece una pesadilla.

Esa pesadilla la pasan cientos de personas cada año en nuestro país. Hombres y mujeres que son capturados por parecerse o llamarse igual a alguien que ha sido acusado de algún delito, o que simplemente están en el lugar y la hora equivocadas. Pero hoy, a pocos días de haberse celebrado el Día Internacional de la Mujer, quiero referirme a ellas, a las siempre culpables.

Como sociedad somos especialistas en señalar, acusar, juzgar y condenar con rapidez y facilidad. El debate de la presunción de inocencia se ha tardado mucho, muchísimo. Si eres joven y pobre es fácil que te acusen de cualquier cosa y que pases mucho tiempo preso antes de que se logre comprobar que no eras culpable de nada.

A Saraí la conocí en un edificio de Washington, donde hacía la limpieza. La escuché decir la palabra “cumbo” y le pregunté si era salvadoreña. Me contestó que sí y poco a poco la plática llegó a cómo tenía tres años de vivir en Estados Unidos, después de estar casi un año detenida en El Salvador, donde su patrona la acusó de ladrona y llamó a la Policía.

El proceso no prosperó y la dejaron salir porque quien la acusaba no presentó nunca pruebas. Eso no la libró de estar detenida durante los seis meses que le dieron a la Fiscalía para armar su caso y otros tantos meses más de puros trámites.

Nunca logró quitarse el mote de ladrona con su familia y vecinos ni con potenciales empleadores. Optó por migrar.
También están los casos en los que a las mujeres se les amenaza para participar en delitos. Chicas que van obligadas a cobrar extorsiones, madres a las que les encuentran en su casa drogas que no sabían que alguien había escondido, mujeres que deben introducir artículos prohibidos a los penales. Todas ellas caen fácilmente presas, leo los casos muy seguido debido a mi trabajo. Luego, uno se queda esperando que caiga quien las amenazó, quien las obligó… rara vez pasa.

Algunas logran salir libres, pero retomar su vida es otra historia. Ya las señalamos y categorizamos, llevan el delito en la frente y allí nos falla la memoria corta que nos caracteriza para otros temas. También están las mujeres que aún están presas por haber perdido a sus bebés, mientras la justicia debe decidir si fueron emergencias obstétricas o ellas mismas los mataron.

Lo más común es, sigue siendo, lo segundo, y a las largas condenas por este tipo de casos -de hasta 30- años, se le suma la correspondiente lapidación social.

Este marzo, mes de la mujer, les dedico estas líneas a quienes están presas injustamente, a quienes se asumió culpables antes de cualquier proceso, a quienes aún esperan justicia, a quienes no lograremos reponerles la vida ni la reputación perdidas. También se las dedico a usted que me lee, le invito a volver al primer párrafo y tratar de ponerse en ese lugar. Si le pasara a usted, ¿verdad que le gustaría que se cumpliera aquello de que todos somos inocentes hasta que se nos pruebe lo contrario?

El origen de la atrocidad

Conocí a Yolanda Henríquez cuando estaba ingresada en el Hospital Rosales. Ella aún se recuperaba de la salvaje agresión que había sufrido meses antes. Su caso era bien conocido por aquellos días. Los periódicos y noticieros informaron sobre el ataque a Yolanda en un caserío remoto en la frontera con Guatemala.

El 8 de febrero de 2014 al anochecer, su expareja la intentó asesinar con un machete en un brutal acto de violencia doméstica. El primer filazo le partió el rostro y le quebró la nariz y la mandíbula. También la laceró en manos, espalda, rodillas y, finalmente, la dejó tirada en el piso para que se desangrara.

Todo ocurrió frente a su hija de seis años. Yolanda logró sobrevivir, pero pasó más de un semestre internada en el Hospital Rosales recuperándose de las heridas. Ahí, acostada en una cama de hospital, fue cuando la conocí. Mejoraba poco a poco en el servicio Ortopedia Mujeres del Hospital Rosales.

Hacía unas semanas que Yolanda, por fin, había recobrado su voz, después de la reconstrucción de su mandíbula. Era una tarde apacible en la que en el pabellón de centro asistencial solo se escucha la radio de una enfermera. Durante esa tarde me contó su caso. El acoso sistemático del que había sido víctima, los malos tratos verbales que sufría de su expareja, quien la seguía incluso cuando salía a trabajar como empleada doméstica a San Salvador.

Y cuando decidió irse a trabajar a Guatemala también la siguió hasta allá. Su testimonio fue publicado en las páginas de esta revista en la crónica titulada “Cicatrices de odio”, que también recogía el caso de otra mujer que fue atacada con cuchillos de destazo por su expareja, quien trabajaba como matarife en Metapán, Santa Ana.

Las dos eran historias entre cientos de casos similares de todo el país, casos en los que denunciar a sus agresores no evitó que la violencia las marcara de por vida. Las dos contaban la indiferencia con la que autoridades y su entorno asumen estos casos. En donde se confunde amor y cariño con acoso y vulneración de la intimidad.

En el archivo del caso de Yolanda en el Juzgado de Paz de San Francisco Menéndez, Ahuachapán, está consignado que las autoridades habían perfilado a Ricardo Cornejo como una amenaza para su expareja. No obstante, ella llamaba a la policía cuando Cornejo pasaba largas horas velando cada uno de sus movimientos en la acera frente a su casa, pero los policías le respondían que solo era un hombre enamorado.

Algunos aún se atrevían a decirle que las mujeres eran las malas por provocar su acoso. Un estribillo bastante popular en El Salvador para justificar cualquier tipo de conducta machista. Sea cuál sea. Paradigmas que hombres de todas las clases sociales, diferentes ideologías y niveles educativos siguen perpetuando diariamente. Unos más evidentes que otros, pero machistas, al fin y al cabo.

Ese es el caldo de cultivo donde se dan casos tan aberrantes de violencia contra la mujer, el origen de la atrocidad. Por los medios de comunicación solo nos enteramos de algunos. Casos que retratan muy bien a El Salvador, como el de hace unas semanas de un exagente de la Policía Nacional Civil (PNC) que violó a sus cuatro hijas en Santiago Nonualco, La Paz. Un hombre que, según las autoridades, justificó sus crímenes diciendo que “no iba a estar criando hijas para que fueran de otros hombres”. “A mí me costaban sudor y trabajo, por eso yo tenía que aprovechar primero”. ¿Qué tipo de sociedad origina casos como estos?

La violencia contra la mujer está interiorizada en nuestra sociedad. Y es una lucha permanente erradicarla. Hay quienes estigmatizan esa lucha diciendo que es una moda ideada por los colectivos feministas o una persecución contra los hombres.

Los hombres debemos ser los primeros en sumarnos a esta batalla, pues siempre hemos sido quienes perpetramos un trato desigual en muchos ámbitos de la sociedad. Revertir esto sería un gran legado para las próximas generaciones. Hasta que esto no pase van a seguir sucediéndose caso tras caso de este tipo de violencia tan aberrante.

Durante esa tarde en la que hablé con Yolanda Henríquez en el hospital, me quedé con su fortaleza para seguir adelante. Esto aun cuando le faltaba una cirugía en una rodilla. Su deseo de recuperarse cuanto antes y volver al lado de su hija. Atenderla después de la escena que le tocó presenciar, y más sabiendo que hasta esa fecha nadie –nadie– se había acercado para darle algún tratamiento psicológico. Me quedé con su fortaleza para cuidar a su hija y con su deseo para que nunca volviera a estar en medio de ningún episodio de violencia doméstica.