Prioridades

La espiritualidad es una necesidad humana. Crea o no en un ser superior, el hombre necesita arraigarse de dogmas que le den sentido a su vida. De ahí que desde el origen de la civilización se haya buscado rendir adoración a uno o varios seres dioses; o que, ante los problemas que tenemos los contemporáneos, sea recurrente buscar refugio y ayuda en lugares que prometen religarnos con el Creador. Nuestro país, aunque parezca paradójico porque es un cómodo y holgado nido para la violencia y la corrupción, vive mucho su espiritualidad a través de la religión.

El nuestro es un territorio predominantemente cristiano —bastante polarizado por evangélicos y católicos— en el que se encuentran tantas iglesias y ermitas como tiendas. Y que haya suficiente libertad de religión es una verdadera fortuna para quienes dedican su vida al servicio de sus respectivas creencias. En El Salvador, cualquiera puede hacer una vigilia al aire libre sin temor a ser castigado. Nadie es reprendido por hacer procesiones, campañas evangelizadoras o acciones de caridad. Ser creyente es sinónimo de “ser bueno”, y llevar una biblia en la mano es una forma ideal de ganar simpatía y afinidad por casi todo salvadoreño promedio.

Creer es un derecho que no debería llegar hasta la frontera del fanatismo. Cuando supe de esa iniciativa legal para cambiar el nombre de la Puerta del Diablo solo se me vino a la mente ese concepto. Pensé que solo era un chiste, pero al darme cuenta que esa idea está siendo respaldada por representantes legislativos me convencí de lo pésimos que podemos ser los salvadoreños para ordenar nuestra lista de prioridades. Cambiar el nombre de un lugar histórico, solo porque hace alusión al “mal”, más que iniciativa religiosa parece una rabieta caprichosa de niño malcriado. Aunque sería maravilloso que al rebautizar esas piedras como Puerta de Jesús se detuvieran esos hasta 80 homicidios cada 72 horas, eso es tan irreal como la honestidad de la mayoría (porque quiero creer que a lo mejor hay algún par íntegro) de nuestros funcionarios de ayer y hoy.

Es una pena que las iglesias, con todo el poder e influencia que tienen, no tengan el valor que tuvo el Jesús que predican para señalar lo que de verdad le hace mal a nuestra sociedad. Es una lástima que todo ese poder —basta con recordar cuando renegaron de la iniciativa de fomentar una educación sexual integral en las escuelas, hasta que la detuvieron—, se malgaste en iniciativas tan sin sentido. Iniciativas que, como digno carroñero, más de alguno con ansias de poder y simpatía de la gente está aprovechando para legitimarse como “bueno” y hacedor de la voluntad de Dios. Porque ahora que se acercan las elecciones, nuestros excelsos candidatos tienen que hacer lo que sea necesario para afianzar ese puestecito lleno de tantos beneficios y de oportunidades de (enrique)crecimiento. Visitar cultos y misas, así como posar para las fotos con la actitud más nívea que se tenga, siempre ha sido una carta infalible para ganar votos.

Ordenemos nuestras prioridades. Para poder ver al menos una pizca de progreso en la situación del país hay que comenzar por remover, más que nombres diabólicos, a todo el que esté al frente y que incumple su deber. No podemos resignarnos en pensar que todo el que llega al poder es por la voluntad de Dios. Ya va siendo hora de que le recordemos a nuestros gobernantes, del color que sean, que así como los votamos los podemos botar.

Odio el Ironman

Odiar es una palabra muy fuerte, pero sí que cada año espero con ansias la conclusión de ese evento. Esta semana en la ciudad de Wisconsin, donde vivo, tuvo lugar el Ironman. Fue casi imposible no estar pendiente del triatlón puesto que cerraron varias de las calles principales de la municipalidad por una gran parte del fin de semana en observación de la carrera. Los que tenían que trabajar, hacer mandados o cumplir con obligaciones en esos días se encontraron con un buen lío. Opté por pasar esas horas del sábado y domingo en casa para evitar los aprietos de tránsito y la manía colectiva.

Para los que no estamos muy versados en el tema, la competencia del Ironman está considerada como la prueba deportiva más dura y exigente del mundo, que se celebra en un solo día. Consiste en nadar 3.9 kilómetros, seguido de 180 kilómetros en bicicleta y terminar corriendo una maratón de 42.2 kilómetros. Las tres disciplinas se realizan de forma consecutiva, y el tiempo de un deportista medio es entre las 12 y 14 horas. Dentro del imaginario gringo el Ironman no es solo un evento en que se participa, sino una identidad y un título que ya otorgado nadie te lo vuelve a quitar. Uno no solo hace un Ironman sino llega a ser un Ironman. Cuesta escribir esto último sin poner los ojos en blanco.

En muchos sentidos, Ironman parece un culto elitista con su propia comunidad, subcultura y requisitos de membresía. Los aspirantes, convencidos del valor de su causa y retando los límites del cuerpo físico, preparan una prueba que requiere un entrenamiento mínimo de seis días a la semana durante seis meses o más. Entre tanto sufrimiento y abnegación, casi nadie da pausa para considerar el cinismo del proceso de preparación en un contexto global en que una gran parte de la población humana lleva el cuerpo al límite por exigencias económicas y para sobrevivir su cotidianidad y no por juego ni diversión.

En su proyecto investigativo multidisciplinario con el título “Ironman”, el artista salvadoreño Mauricio Esquivel explora los retos y riesgos físicos que asume un inmigrante indocumentado en la travesía al Norte. El artista adopta una rutina intensa de entrenamiento de cinco horas diarias durante cuatro meses parecida a la de un aspirante a Ironman preparando su cuerpo para las exigencias físicas de cruzar la frontera, y examina el acondicionamiento físico y la capacidad de sobrevivencia que implica llegar al Norte. El proyecto de Mauricio Esquivel hace visible el privilegio del entrenamiento deportivo frente a los retos que experimentan los inmigrantes en su cotidianidad y para tener posibilidades de cruzar la frontera ilegalmente con éxito.

Con todo, el Ironman celebra las posibilidades de adaptación del cuerpo a condiciones extremas y cada año me hace pensar en el lujo que implica asumir ese proceso por curiosidad y recreación. Para mí, siempre es una exhibición de pura ostentación que hace contraste con la realidad social de la mayor parte de la humanidad. Por todo eso y a pesar de correr el riesgo de ser una verdadera aguafiestas, confieso que me cae tan mal el Ironman.

En el limbo cultural

Comparar puede ser muy molesto. Sin embargo, exponer un elemento frente a otro para evaluar y contraponer sus características es una práctica común y necesaria. Es gracias a esa acción de identificar opuestos y semejantes que los seres humanos empezamos a construir significados durante las primeras etapas de nuestra vida, por ejemplo. Y aunque mantengamos cierta relación de amor-odio con esta forma de entender el mundo, abordamos la existencia en gran medida a través de las comparaciones.

Así, comparando, es como muchos migrantes nos adaptamos con más fluidez a los entornos que desconocemos. Eso discutía hace unos días con colegas provenientes de varios países hispanohablantes. La tertulia que se desencadenó por un comentario frívolo sobre la calidad de un tomate en un almuerzo de planificación terminó haciéndonos reconocer que, sin importar lo derrumbado que esté el lugar de donde provenimos, siempre anhelamos volver a él. Y que cuando volvemos, ya somos otros. Regresamos híbridos entre dos culturas, y que son las comparaciones las que nos permiten mantenernos conectados con ambas realidades.

No soy el más cualificado para hablar de cómo afecta a nuestra identidad que estemos en un país extranjero por un tiempo prolongado, pero voy a conjeturar –desde mi experiencia– que nos hace situarnos en un limbo. En el sociolecto salvadoreño, se podría decir que los que vivimos afuera nos volvemos “ni chicha, ni limonada”. Y no es porque algunos terminen pegados con la muletilla del “¿oh, sí?” o porque la rutina haga adoptar al spanglish que algunos puristas acusan de mutilar el español. Si estamos en ese borde es porque hemos tenido que incorporar rasgos de esa otra cultura para poder desenvolvernos con solvencia dentro de la sociedad en la que está inserta. Esos rasgos se funden y, lo queramos o no, modifican nuestra forma de actuar y pensar.

No es que sea por enajenación, pero el sentido de pertenencia se congestiona cuando se está lejos de la tierra donde uno enterró el cordón umbilical. Se ama tanto el nido de donde se voló que nunca se puede terminar de llamar hogar al destino extranjero; pero cuando se vuelve a ese nido es difícil salir del rol de visitante, como si alguna parte de uno se hubiera quedado pendiendo en la otra realidad. Es esa dualidad generada por nuestra capacidad de adaptación la que nos deja pegados en el limbo cultural.
Hace unas semanas, cuando regresé a El Salvador al menos por unos días, hice tantas comparaciones como cuando llegué por primera vez a Estados Unidos. Que si aquí la mayoría de la gente es afable, que si las normas de conducir son más estrictas allá, que si aquí las principales preocupaciones están relacionadas con el cumplimiento de los derechos fundamentales, que si allá el sistema judicial parece ser más eficiente… Aunque pueda resultarle molesto, hacerlo sirve para saber qué terreno se está pisando.

En esos 14 días que había anhelado tanto (y que sin duda fueron insuficientes) reconocí que El Salvador puede ser tan bonito como horroroso, pero que a pesar de todo lo que se ha echado a perder de nuestra sociedad, los que nos vamos seguimos necesitando estar conectados con él. No importa cuántos rasgos de otras culturas deba incorporar, ni cómo le cambien la forma de ver la vida, estar en el lugar de donde uno brotó no tiene comparación.