Cómo encontrar oro en el Acelhuate

En un origen el río Acelhuate lo era todo. Era el principio y el fin. Para muchos pobladores de San Salvador, era un afluente de aguas diáfanas que representaba un lugar para bañarse, donde ir a llenar sus tinajas o donde pescar. Agua cristalina que refrescaba el Valle de Las Hamacas. La toxicidad de la gente cambió todo aquello. Con la población de su ribera y las fábricas capitalinas, el río se fue contaminando poco a poco y, eventualmente, se convirtió en una cloaca. Una triste metáfora del país. Después de haber vivido de él por generaciones, todos le dieron la espalda. Pero el Acelhuate sigue ahí.

Algunos solo se acuerdan de él cuando su caudal crece tras alguna tormenta descomunal o cuando en su ribera aparece un cadáver. Sin embargo, hay gente que vive del río. Que se sumerge en su espumosa y contaminada agua para tratar de sacar restos de oro u otros metales que alguien más desechó. Cualquier pensaría que están locos. Pero de nuevo, esta no es más que una metáfora del país. Algo así como saber que estamos ya con el agua hasta las rodillas y próximos a “sumergirnos” en una nueva campaña electoral. Zambullirse en el Acelhuate ya no parece tan mala idea.

Como siempre, los partidos han comenzado a mover sus piezas y a hacer una especie de campaña nada simulada. Las redes sociales y los medios tradicionales ya se comienzan a llenar de políticos que abrazan a bebés y a abuelitas, y de mítines con banderitas. Es un caudal de promesas vacías, desechables. Y las disputas entre miembros de los mismos partidos para lograr una candidatura solo es un paso más. Esta campaña llega en el peor de los momentos –si eso es posible. Cuando la clase política se ha superado a sí misma y ha empujado al país a situaciones insostenibles, como la crisis en el sistema de pensiones. Todo por falta de acuerdos entre los dos principales partidos.

El FMLN y ARENA nunca se habían presentado más parecidos entre sí: dos bandos velando por sus propios intereses, sin un proyecto a largo plazo ni cuadros en sus filas que entusiasmen a la población. Dos discursos llenos de inconsistencias y contradicciones. Dos partidos y un sistema político en el que cada vez menos parecen creer, pero en donde las cúpulas se rodean de un coro de voces que se encarga de decirles que todo va bien. Hay una atemorizante falta de liderazgo. Buscar soluciones a los problemas del país en los políticos actuales es tan remoto como que alguien inexperto encuentre una pepita de oro en las aguas del Acelhuate. Por más que se sumerja una y otra vez, le será imposible.

Enfrascados en los problemas –o siendo parte de estos– y no en las soluciones. Actúan como una parsimonia, como si la crisis fuera menor. Y como siempre, el castigado por su necedad es la gente más desfavorecida de la sociedad y que depende de las escuelas públicas, el transporte público, los hospitales de la red nacional y habita los guetos creados por las pandillas. A los que más les ofrecen y menos les cumplen. Con este panorama se avecina una nueva contienda política en el país. Muchos solo van a apagar la televisión y otros se van a quejar en redes sociales, pero la política salvadoreña seguirá siendo como el río Acelhuate que serpentea por San Salvador: contaminado, hediondo, sucio.
Una nueva campaña electoral es como darse un nuevo chapuzón en ese mismo río en el que nos hemos sumergido por las últimas décadas. Para mal, es una creación de nosotros mismos, nuestro desorden y falta de interés. Todos sabemos que está ahí, pero nadie hace mayor cosa por cambiarlo. Ya hemos soportado demasiado su pestilencia. Sobre todo los pobres –siempre los pobres– que viven en su ribera. Para bien, depende de nosotros recuperarlo. Aunque la labor parezca imposible por ahora, pero no lo es. Lo primero es frenar a los que contaminan.

El país que se repite

En estos días es bien fácil olvidar que alguna vez aquí se firmó la paz. Será porque el olor a sangre y pólvora aún sigue presente en el aire que respiramos, en el camino a casa de los que nunca llegaron, en el duelo de los hogares donde hace falta un ser querido, en el nuevo listado de huérfanos, en los cientos de salvadoreños que abandonan sus hogares para salvar sus vidas, y como si todo esto no fuera suficiente, en las amenazas que todos los días leemos hacia cualquier ciudadano que opine o desee construir un país diferente del que ya conocemos.

No hace mucho tiempo, la razón para matarnos eran las opciones políticas y los ansiados cambios sociales que aún seguimos esperando. Esas dos grandes razones bastaron para justificar la muerte y la violencia. Y aunque pareciera una cosa del pasado, a la luz del presente, la firma de la paz solo la puedo interpretar como una breve tregua que sirvió como respiro para dar paso a esta nueva guerra que, al parecer, recibió como legado de la anterior la impunidad y el autoritarismo.

Como un retrato del tiempo, otra vez los policías se reúnen en las esquinas, ansiosos, desconfiados, alertas para no ser el número 24 en la lista de agentes asesinados por pandillas. Los jóvenes siguen siendo “los siempre sospechosos de todo”. El periodismo independiente denuncia por enésima vez la existencia de grupos de exterminio dentro de la institución más simbólica de los acuerdos. Cada quien saca la amenaza más sanguinaria que aprendió en la guerra y la exhibe en las redes sociales como parte del performance de la violencia. El vicepresidente de la república, Óscar Ortiz, propone “tocar madera para que no pase algo con un periodista” como garantía de vida. Los “malos” y los “buenos” se turnan los roles.

En esta constante evocación del pasado en el presente encontré tres episodios que deseo compartir: el primero es la amenaza que circuló en redes sociales dirigida a los colegas de la Revista Factum y el periódico digital El Faro: “Los tengo que ver como Christian Poveda, muertos en manos de sus protegidos”. El segundo es una asociación de hechos que posteó el fotoperiodista Francisco Campos a partir de las declaraciones realizadas por el vicepresidente de la república: “Me acordé cuando Duarte dijo: ‘Quieren un muerto en la calle’. Un par de días después asesinaron a Herbert Anaya Sanabria, de la Comisión de Derechos Humanos”. Y el tercero: una de las amenazas que recibió la historiadora Elena Salamanca a partir de un texto publicado en 2014 alusivo al Ejército en la calle y la construcción del enemigo: “Da gracias por vivir en 2000, porque de lo contrario, estarías en el playón”.

Estas tres evocaciones no son casuales. No haber cerrado por completo el capítulo de la guerra civil recién pasada ha dejado la puerta entreabierta para que el país se repita una y otra vez en su peor versión. Ese conflicto inconcluso, por un lado, ha condicionado el desarrollo –en todo el sentido de la palabra– por la incapacidad de las dos principales fuerzas políticas para alcanzar acuerdos, y por otro, ha puesto una vez más a la clase trabajadora en medio del fuego cruzado entre policías y pandilleros. Es como vivir en medio de dos guerras, pero de manera simultánea.

El Salvador se repite no solo en el tipo de conflictos que nos enfrentan como sociedad, sino que también en los métodos que adoptamos para superar esos conflictos. Se repite como un país sordo, inmune a la muerte, a la violencia, a la injusticia, a la tragedia.

A pesar del alto costo humano, como sociedad nos resistimos a escuchar al otro y a reflexionar sobre la necesidad de romper con este molde violento que tanto luto y dolor nos provoca. Como dice el editorial de El Faro, “la labor del periodismo es poner frente a la sociedad un espejo para que se conozca y comprenda, para que se evalúe y redefina”. Me queda claro que solo entonces, cuando decidamos vernos en ese espejo, podremos refundar un país diferente.

Sanvergones

Todos somos mejor que el que está a la par. Nuestro equipo de fútbol es mejor, nuestro instituto era mejor que el otro, nuestra iglesia es el único camino a la salvación eterna, mi santo es más milagroso que el suyo, doña, y tengo pruebas. Mi pelo se ve mejor, mi forma de pensar es la correcta, mi político —corrupto y todo— es menos ladrón y menos pajero que el tuyo.

Vivimos en una ilusión constante de superioridad, que en sí no sería mala si fuera nada más una vía para ayudarnos a tolerar este rosario de dolores y sufrimiento que nos proporciona la existencia. Porque sí, creer que uno es bueno no es una cosa perjudicial y es incluso sana y necesaria. Autoestima, le dicen. El problema es cuando esta ilusión de superioridad requiere despreciar, condenar o atropellar al otro.

Lo peor es que muchas veces esta pantalla de perfección y esta crítica constante al prójimo esconden a gente débil, con personalidades inseguras, dadas a la furia y al enojo rápido. Por eso ha habido tanto conflicto originado por causas mínimas que termina a golpes o, peor aún, a tiros.

Los temas controvertidos, como la educación sexual, la enorme cantidad de niños y niñas violados y la alta tasa de embarazos en adolescentes, son campos propicios en los que sale a relucir la policía de la moral, con argumentos que rayan en el absurdo. Hace unos días, se publicó en este periódico el testimonio de una adolescente de 16 años embarazada de su novio mayor de edad.

El tema acá era cómo los casos de estupro (sexo con un adolescente, aún con supuesto consentimiento de este) se dan en medio de una extraña normalidad. Saltaron inmediatamente los comentarios de hombres inmaculados que afirman que la culpa es de las niñas que desde pequeñas andaban de busconas y coquetas.

En lo personal, lo que más me duele es leer a mujeres prestas a condenar, a acusar y señalar a la menor de edad, y no al adulto, como las culpables. Los comentarios van desde quienes dicen que las niñas se embarazan por tontas (¿¡!?), hasta quienes disfrutan poniéndose como ejemplos a sí mismas: “Yo por eso estudié y me gradué en lugar de andar de caliente”, “yo me embaracé joven, pero le hice ovarios y he sacado adelante a mis niños”, y una larga lista de etcéteras.

Sanvergones y sanvergonas por doquier, carecemos de la más mínima empatía, nos cuesta demasiado pensar que la realidad del otro es distinta, sobre todo la realidad de miles de niños y niñas en nuestro país que carecen de las condiciones básicas de vida digna en sus hogares, que crecen entre hambre, pobreza, marginalidad y promiscuidad, que muchas veces no viven con sus padres sino con otros familiares, que sufren abusos de parte de esos adultos que se supone deberían de cuidarlos y a quienes nunca se les ha hablado de que su cuerpo es suyo, que merecen respeto y protección y que carecen de conocimiento sobre cómo prevenir embarazos o enfermedades venéreas —de nuevo entramos al terreno de lo absurdo, como si una víctima de violación tuviera posibilidad de prevenir en estos casos—.

Pero, sobre todo, juzgamos desde el privilegio. “La educación sexual deben darla los padres en el hogar”, me dijeron al menos 10 personas la semana pasada cuando pregunté en una red social por qué se le teme tanto a la educación sexual. ¿Acaso es tan poco conocido el dato de que en este país solo un tercio de los hogares cuenta con madre, padre e hijos (dato de UNICEF, 2012) y que las familias en las que solo hay uno de los padres o el jefe es otro tipo de familiar crecen año con año?

Esa es la realidad en este país. Tener un hogar con las condiciones básicas de vida digna es un lujo. Tener padre y madre en casa es una excepción y no la regla. La cantidad de hogares donde los padres son adolescentes también ha aumentado en los últimos años, y la pobreza es un mal que se rehúsa a dejar de afectar a un tercio de la población, según la última Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples.

Juzgar desde el privilegio es fácil. Salirse de esta burbuja y ver que la realidad del resto de la gente es distinta, más difícil, cruda y complicada, eso es algo que todos deberíamos tratar de hacer. El país no necesita más sanvergones, ya son epidemia.