La omisión de la cultura

Una de las grandes omisiones del informe de tres años de gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén fue mencionar que durante el transcurso de los últimos 12 meses se aprobó una Ley de Cultura. De hecho, en todo su discurso no hizo referencia ni una vez, de manera directa, al tema cultural.

La única mención más o menos relacionada fue de forma general en el siguiente párrafo que reproduzco textual: “Fortaleceremos el tejido social a través de la convivencia y participación ciudadana, las expresiones artísticas, la Red de Casas de la Cultura y Convivencia, el teatro nacional infantil con La Colmenita, los encuentros culturales y el deporte”.

En otro párrafo posterior, hace una alusión aún más difusa y lejana al tema, donde “los trabajadores del arte” aparecemos mezclados, junto a los deportistas, los niños, la juventud, los empresarios y todo el pueblo, siendo felicitados por participar “con entusiasmo a nivel nacional en actividades que llevan alegría y sana convivencia a las comunidades”.

Si se lee bien, eso de “fortalecer el tejido social” tiene que ver en realidad con los planes de prevención de violencia que el Gobierno intenta instaurar y para los cuales los espacios artísticos y culturales serán utilizados como puntos de reunión para actividades recreativas y de entretenimiento para población en zonas de riesgo.

“Fortalecer el tejido social” no implica, en este caso, reforzar la creación y la formación artística, abrir espacios de discusión e intercambio de pensamiento e ideas ni elevar la calidad de los eventos que se ofrece a los salvadoreños ampliando las perspectivas más allá de lo meramente folclórico.

La omisión del presidente sobre el tema cultural en su discurso de logros de gobierno dice mucho de la nula importancia que le da al tema. La Ley de Cultura fue una promesa de campaña y fue uno de los temas alrededor de los cuales se logró reunir a trabajadores culturales, artísticos e intelectuales, gremio que siempre es reacio a este tipo de cosas.

En varias ocasiones fuimos convocados por la Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN para discutir y analizar el anteproyecto de ley. Una ley que cuando finalmente fue aprobada en agosto del año pasado, quedó reducida a su mínima expresión y dejó por fuera peticiones de vital importancia para quienes trabajamos en cultura, como la pensión y el seguro social.

Varios de los elementos discutidos y que se suponían vitales para fomentar y elevar la calidad, no solo de la producción cultural nacional, sino de su percepción por parte de la ciudadanía, no solo fueron sacados de la ley, sino que al día de hoy no se ha vuelto a hablar nada del asunto. Nada se sabe de los avances en la reglamentación de la ley ni de las alternativas para cumplir con las promesas de pensión y seguro social para los trabajadores artísticos y culturales.

¿Por qué no se ha renovado la editorial del Estado? ¿Por qué no se realiza una Feria Internacional del Libro de lujo, como ocurre en otros países de la región? ¿Por qué nuestro orgullo cultural se reduce a las pupusas y al fútbol, sin recordar que tenemos grandes artistas, escritores, pintores, fotógrafos, músicos, escultores, actores, cineastas? ¿Será porque no los conocemos? ¿Será porque no hay suficientes espacios para la difusión y la preservación de sus obras?

Es absurdo seguir disculpando el descuido y la falta de asignación de un presupuesto decente en la labor cultural, argumentando que es prioritario resolver los problemas urgentes de país que ya todos sabemos. Pero este país siempre está en emergencia y con problemas graves sobre la nuca. ¿Cuándo hemos estado bien? Siempre estamos resolviendo los mismos problemas. O intentándolo, pero la verdad es que nunca lo logramos.

Alguna vez leí que después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reorganizó el Gobierno alemán, hubo muchas discusiones en torno al presupuesto a asignarse al área cultural. Algunos decían que no era el problema prioritario, que después resolverían qué hacer al respecto. El país estaba en ruinas, la economía en el suelo, la honra nacional destrozada. No había tiempo ni ánimo para pensar en el arte. No había presupuesto para invertir en cultura. Todo debía ir para la reconstrucción.

Pero otro grupo pensaba lo contrario. También había que pensar en reconstruir el alma nacional. Era necesario comenzar una labor para rescatar la sensibilidad de la ciudadanía hacia la belleza, después de tanta muerte y destrucción. Era necesario superar el complejo de culpa y la humillación del vencido ante un mundo impactado por el genocidio. Era necesario que los artistas participaran activamente de la reconstrucción porque sus testimonios y observaciones eran vitales para el retrato de lo que pasaba en aquel momento. Era necesario volver a crear. Prevaleció este último grupo.

Queda claro que el Gobierno salvadoreño maneja un concepto limitado y desfasado de lo que es cultura. Se limita a considerarlo como un instrumento de entretenimiento colectivo y de terapia de prevención de violencia, pero no como una herramienta que permite reflexionar, cuestionar e inquirir sobre nuestra realidad y nuestra condición humana. No considera el talento, la creatividad y la inteligencia de sus ciudadanos como un valor nacional en el cual hay que invertir y se conforma con aplaudir los triunfos que muchos de ellos logran en el exterior, porque en su propia tierra no encontraron el espacio para desarrollar todo su potencial y se vieron obligados a realizar sus proyectos en otra parte.

Es lamentable que el FMLN, ya con un segundo gobierno, haya perdido la oportunidad histórica de darle un giro al trabajo cultural de este país. Aunque ya sabemos que la cultura ocupa el último lugar de importancia en El Salvador, no hay que callar al respecto. A dos años de terminar el actual mandato, habrá que aceptar una vez más que quedarán en deuda varias promesas de campaña.

La cultura nacional continuará siendo una tarea pendiente, la eterna deuda de los gobernantes con la ciudadanía.

Renovar el sistema económico

A fines de mayo pasado, el Foro Económico Mundial emitió un reporte donde advierte que a más tardar para 2050, deberá aumentarse la edad de retiro de los ciudadanos. Además, estos deberán pagar cuotas más altas que las actuales, para poder mantener los sistemas de pensión a flote.

Dicho reporte estudió los seis sistemas de pensiones más grandes del mundo, correspondientes a Estados Unidos, el Reino unido, Japón, Holanda, Canadá y Australia. Los ciudadanos de estos países nacidos hoy en día tendrán una expectativa de vida que se prevé llegará a los 100 años.

En los países europeos, donde la edad promedio para el retiro laboral es de 60 años, los retirados podrían tener que vivir todavía algunas décadas, teniendo su pensión como único ingreso económico. Esto significará también que los correspondientes gobiernos deberán ampliar sus servicios sociales para dar abasto a una población que va en aumento cada año.

Dichos pensionados serán los afortunados, en comparación con quienes no cotizan ni tienen previsiones económicas a futuro. Para estos, la pobreza y el deterioro de su estatus de vida están predichos. La sociedad rechaza contratar a personas mayores de 50 años, a menos que sea en labores mal pagadas, apelando a prejuicios sobre limitaciones físicas, de aprendizaje o de lucidez e inteligencia.

La discriminación etaria y la exaltación de la juventud como motor productivo y social no solo invisibiliza a los mayores expulsándolos del mercado laboral, sino también de la toma de decisiones sobre las necesidades y cambios políticos que se necesitan para mejorar la calidad de vida de dicho bloque poblacional.

Con la creciente automatización de servicios y la también creciente cantidad de trabajos que ya están siendo realizados por mecanismos de robótica o inteligencia artificial, el mercado laboral se torna cada día más competitivo y escaso. Ni la acumulación de estudios universitarios, ni la juventud del postulante ni mucho menos su talento, cualidades, buenas intenciones o ganas de triunfar garantizan por sí solos el poder obtener un empleo.

Miles de personas se ven obligadas a entrar en el área del trabajo informal, el autoempleo o fundar pequeñas empresas para ofrecer algún producto o servicio. Sin embargo, estos emprendimientos individuales suelen tener una vida limitada. Pocas subsisten o logran consolidarse y expandirse porque la competencia del gran mercado los ahoga. La mayoría termina cerrando, fusionándose con otros emprendimientos, siendo vendidos al mejor postor o declarando la bancarrota.

De esto derivan en parte, las masas de migrantes que se establecen en otro país. Aferrados a su sentido nacional y reproduciendo las costumbres y la vida del país dejado atrás, no se integran culturalmente al país receptor. Los hay quienes comercializan los productos que nutren y fortalecen esa nostalgia. Los hay quienes encuentran la muerte por buscar la vida en otra parte, porque sus países no ofrecen las oportunidades necesarias para poder tener una vida digna.

Todo esto debería llevarnos a reflexionar sobre la inconsistencia del sistema económico actual y de la urgencia de su renovación. No hay ni habrá nunca suficiente trabajo para todos en todas partes. La fuerza laboral, de todas las edades y capacidades, aumenta a ritmo veloz cada año. Aunque los gobiernos y las empresas emitan estadísticas triunfales sobre el aumento en la cantidad de empleos, habría que examinar la calidad de los mismos (trabajos en condiciones de esclavitud, que exprimen hasta el alma de los empleados por sueldos infames, pero que nadie se atreve a abandonar ni a denunciar porque más valen esos pocos centavos en mano que aventurarse a lo que termina convirtiéndose en la frustrante odisea de buscar empleo).

En 1973, el economista británico E. F. Schumacher publicó el libro “Lo pequeño es hermoso. Economía como si la gente importara”. Ya entonces, Schumacher advirtió sobre lo insostenible del modelo económico moderno, que considera los recursos naturales como mercancía, en vez de ser considerados como un capital, dada su condición no renovable.

También criticó conceptos como “el mayor crecimiento económico es mejor” o “lo más grande es mejor”, haciendo notar cómo ello promueve la acumulación de riqueza excesiva.
Uno de los capítulos del libro, “Economía budista”, aboga por la reconversión de esas nociones de sobreproducción masiva hacia formas manejables de autogestión comunal; la renovación del intercambio de bienes o trueque como forma de pago; y la organización mediante colectivos locales, cuyos individuos trabajen en los oficios para los cuales tienen aptitud. Ello permitiría que comunidades y vecinos establezcan verdaderas redes sociales (no electrónicas), cuya calidad de vida mejoraría a partir de un desarrollo enfocado en la realización del ser humano en todo su potencial y no limitado a ser considerado como un instrumento productivo, cuyo único objetivo es el consumo de bienes.

Muchos pensaron que las propuestas de Schumacher eran soñadoras e irrealizables, porque dicho cambio de modelo económico no podrá realizarse si no hay un cambio de mentalidad individual.

“El hombre moderno no puede comprender el espíritu de una sociedad que no esté centrada en la propiedad y en la codicia”, decía el psicoanalista alemán Erich Fromm en su libro “¿Tener o ser?”, publicado en 1976. “Para tener éxito se debe ser capaz de imponer la personalidad en competencia con muchos otros. Si para ganarse la vida se pudiera depender de lo que se sabe y lo que se puede hacer, la propia estima estaría en proporción con la propia capacidad, con el valor de uso; pero como el éxito depende en gran medida de cómo se vende la personalidad, el individuo se concibe como mercancía o, más bien, simultáneamente como el vendedor y la mercancía que vende”. Las palabras de Fromm resuenan como si se hablara de nuestro tiempo.

Las perspectivas a futuro obligan a repensar el sistema económico y convertirlo en un sistema más humano y equitativo, como el modelo propuesto por Schumacher. Es una idea soñadora, sí. Pero si no hacemos algo hoy, algo al respecto, nuestros hijos y nietos vivirán mañana tiempos más duros que los actuales.

Llámenlo eternidad

A las 9:30 de la mañana del 3 de mayo de 1991, Katharina von Fraunhofer buscó a su esposo. Aunque compartían el mismo piso en Manhattan, tenían habitaciones y baños separados. La última vez que lo había visto fue la noche anterior, mientras él se arreglaba para ir a una fiesta organizada por su amigo Gay Talese.

Cuando entró al baño, encontró el cuerpo de su esposo, desnudo, metido en la bañera a medio llenar. Tenía una bolsa plástica amarrada a la cabeza. Fraunhofer llamó a los servicios de emergencia, quienes declararon muerto en el lugar a Jerzy Kosinski, autor de “Desde el jardín” y “El pájaro pintado”, entre otras obras.

Según la reconstrucción de los eventos realizada por la policía, Kosinski habría regresado de la fiesta de madrugada y después de su arribo al apartamento habría decidido ejecutar el suicidio. Pero quienes habían estado con él en la fiesta estaban desconcertados. Kosinski no parecía un hombre a punto de matarse. Todo lo contrario, se le vio animado, conversador y encantador con todos, como solía ser. Gay Talese recuerda que, aunque no tuvo mucho tiempo para atender a su amigo, sí hubo un momento en que conversaron y rieron mientras Talese le puso el brazo sobre los hombros.

Por el procedimiento utilizado, estaba claro de que Kosinski no quería fallar. Tomó una gran cantidad de barbitúricos, los cuales engulló con su bebida favorita, ron con Coca Cola; tomó la primera bolsa que encontró a mano, la de un supermercado, se metió en la tina de baño y se la amarró alrededor de la cabeza.

Katharina von Fraunhofer, la segunda esposa de Kosinski, declaró que su marido estaba pasando una depresión causada por varios motivos. Se le había descubierto una afección cardíaca que le cortaba la respiración, el medicamento que debía tomar le causaba lagunas mentales y no se sentía capaz de escribir. Le preocupaba llegar a un estado de deterioro físico que le hiciera dependiente de los demás. Por otro lado, su carrera estaba en entredicho.

El comienzo de su declive como escritor fue un artículo escrito por Geoffrey Stokes y Eliot Fremont-Smith aparecido en la revista Village Voice en junio de 1982, donde Jerzy Kosinski no solo fue acusado de plagio, sino también de utilizar escritores fantasma para escribir sus libros.

De su novela “Desde el jardín” se decía que era en realidad la traducción de una novela polaca publicada en 1932, escrita por Tadeusz Dolega-Mostowicz y titulada “La carrera de Nicodemus Dyzma”. “Desde el jardín” era la obra más conocida de Kosinski. Fue adaptada a guion de cine por él mismo y fue filmada por Hal Ashby en 1979. Protagonizada por Peter Sellers y Shirley MacClaine, la película ganó varios premios, entre ellos el premio BAFTA (y otros reconocimientos) como mejor guion adaptado.

Señalamientos graves se hacían también sobre su primera novela “El pájaro pintado”, publicada como una historia basada en eventos autobiográficos. El artículo sostenía que la trama no era cierta ni por cerca. Jerzy Kosinski, de origen judío, había nacido en Lodz, Polonia, en 1933. Su apellido original era Lewinkopf. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, su padre trasladó a la familia a Polonia central, donde le cambió el nombre a todos y compró constancias de bautizo para hacer pasar a la familia por católicos.
La flamante familia Kosinski vivió la mayor parte de la guerra en Dabrowa Rzeczycka, donde asistían a misa y cumplían con todos los ritos de la Iglesia católica. El pequeño Jerzy incluso sirvió como monaguillo en el poblado vecino de Wola Rzeczycka. A pesar de la guerra, a los Kosinski les iba lo suficientemente bien como para tener una asistente doméstica, un auténtico lujo para los tiempos que corrían.

Pero la novela “El pájaro pintado”, publicada por primera vez en 1965 en Estados Unidos, contaba la historia de un niño que vagaba por la campiña de un país no identificado, durante la Segunda Guerra Mundial, observando las atrocidades cometidas por los campesinos que iba encontrando en su camino. Se especuló que Kosinski la había escrito originalmente en polaco y la habría mandado a traducir al inglés, haciéndola pasar como el idioma original del escrito. Esto nunca se comprobó.

Aunque el libro no detalla nombres de lugares, sus compatriotas se vieron tan insultados por la descripción del campesinado polaco, que no pudo ser publicado en Polonia hasta después de la caída del régimen socialista en 1989.

Las sospechas de plagio ya se habían ido alimentando entre corrillos hasta que la publicación del artículo en Village Voice ofreció datos que pusieron en seria duda todo lo dicho y escrito por Kosinski hasta entonces. Hubo quienes lo defendieron y hubo quienes confirmaron las acusaciones.

El mismo Kosinski no fue de mucha ayuda. Su personalidad llamativa y conversadora lo convirtió en un asiduo de las fiestas del jet-set neoyorquino. Contaba historias fascinantes sobre su vida que finalmente nadie entendía si eran ciertas o inventadas. Al intentar confrontarse con una declaración definitiva sobre su infancia, que pareció no ser tan desgraciada como hacía pintar en su primera novela, Kosinski insistió en que era una historia de ficción, aunque dijo que incluyó historias que escuchó de niño, durante la guerra.

Kosinski mismo se contradeciría después, aduciendo que había hecho pasar la novela como autobiográfica a petición de la editorial. Una historia real del holocausto se podía vender mejor que una imaginaria. Por último, Kosinski se limitó a decir que se trataba de autoficción y evadió seguir hablando sobre el tema. Pero sus amigos cercanos insistieron en que nunca se recuperó de ese golpe.

Días después de su muerte, se dio a conocer el contenido de su nota suicida, encontrada en el estudio de su apartamento: “Me voy a dormir un rato más largo de lo usual. Llámenlo eternidad”.

Al morir, Jerzy Kosinski tenía 57 años. No tuvo hijos.

Tras Bastidores

Cada quince días enfrento la tarea de escribir esta columna. Trato de escribirla tres o cuatro días antes del cierre de edición, para poder corregirla sin presión alguna. Entregar un texto que no pase suficiente tiempo de reposo es algo que siempre me pone nerviosa. Pero es parte de las tribulaciones de trabajar en prensa y hay que convivir con ello.

Tengo una lista de ideas que voy anotando, temas que voy rumiando y que pienso pueden ser de interés general. En algunas ocasiones, han ocurrido tantos eventos o he tenido tantas ideas sobre temas a tratar, que la dificultad ha sido decidirse por algo en particular. En no pocas ocasiones, el problema es todo lo contrario y no tengo ni la más remota idea sobre lo que voy a escribir. Como hoy.

Cuando eso ocurre, a medida que se aproxima la inevitable hora del cierre de edición y mientras picoteo en el teclado párrafos y temas que no me terminan de convencer, recuerdo al poeta y periodista salvadoreño Serafín Quiteño, quien mantuvo una columna diaria durante dieciséis años en El Diario de Hoy. Comenzó a publicarse en 1961 y se llamaba “Ventana de colores”. Quiteño la publicó bajo el pseudónimo Pedro C. Maravilla y, según entiendo, fue una lectura muy gustada en su época. El hecho de que haya durado tanto es prueba de ello.

Hace un par de años, por asuntos circunstanciales, tuve oportunidad de conversar con su hija Margarita. Algo hablamos sobre su padre, de quién leí hace muchos años su poemario Corasón con S. Lo que no sabía era que Quiteño tuvo esa columna diaria. No sé de cuántas palabras constaban sus entregas, pero tener que hacerlo día a día debió ser todo un reto.

No pude evitar expresarle mi admiración por su padre, porque supuse que más de alguna vez se le habría complicado tener algo qué escribir. Margarita me comentó que, en efecto, en varias ocasiones, su padre andaba por toda la casa, exasperado, porque no sabía qué iba a escribir para el día siguiente; pero siempre, aunque fuera a última hora, lo lograba y entregaba el material justo a tiempo. Como lo suyo era una entrega cotidiana, el asunto no terminaba ahí, porque entregar una columna significaba comenzar a pensar de inmediato en la siguiente.

Pude imaginar a perfección los momentos de ansiedad, la mente en blanco y la desesperación del no poder escribir algo que debe entregarse en pocas horas. Lo puedo imaginar porque lo he pasado muchas veces. En momentos así, la angustia suele ser tan profunda que me pregunto si ya se me acabaron las palabras.

No hay que olvidar tampoco que los escritores somos humanos y que no estamos exentos de los múltiples problemas que la vida cotidiana nos impone. Tenemos que comer, pagar el alquiler y cumplir con compromisos laborales, como todos. Algún evento de nuestras vidas puede llegar a ser tan apabullante que resulta difícil tener la concentración adecuada para escribir algo que se sabe será leído por un amplio rango de lectores. No es que uno no tenga nada qué decir, pero lo que nos carcome el pensamiento en esas etapas de la vida no siempre es material que pueda hacerse público.

Para algunos escritores continuar escribiendo en medio de adversidades de cualquier índole es, precisamente, la prueba máxima. Pienso en Tomás Eloy Martínez y Henning Mankell, por ejemplo, quienes a pesar de sus enfermedades terminales, continuaron entregando sus columnas y escribiéndolas hasta el final.
Hace pocas semanas, un participante en mis talleres de narrativa me preguntaba si los escritores debemos pensar en el lector a la hora de escribir. Es una pregunta que me hacen a menudo y para la cual no hay una respuesta única ni correcta. Pienso que cada escritor debe encontrar la manera en que le fluya mejor su escritura. Le comenté que, en lo personal, cuando escribo mi narrativa no pienso nunca en el lector, en lo que vaya a opinar sobre mi persona o sobre el texto, si le gustará o le causará rechazo. No escribo mis novelas o cuentos para complacer a nadie ni para convencer a nadie de nada. Traslado en palabras las historias tal como las siento e imagino. No pensar en el lector es, en mi caso, un mecanismo necesario para no incurrir en la auto censura y para mantener la escritura como un ejercicio de libertad plena, que es lo que me interesa de escribir, como he manifestado en más de alguna ocasión.

El único momento de mi escritura en el que tengo muy presente al lector es cuando escribo esta columna, no sólo por la conciencia de que mi texto aparecerá publicado en el periódico de mayor circulación nacional y que será compartida en diversos espacios de la web, sino también por los comentarios que recibo por vías diversas. Es un privilegio saber que me lee gente de diferentes ámbitos, pero la conciencia de esos lectores también me hace asumir este espacio como una responsabilidad pública, que es como asumo la tarea de ser columnista.

Escribir con fecha de entrega es todo lo opuesto de la escritura literaria, donde el tiempo sirve para macerar la escritura hasta llevarla a su punto óptimo. En ese sentido, escribir esta columna es un reto constante y también un auto aprendizaje permanente. No sólo toca escribir a contratiempo y afanarse por escribir lo mejor posible, sino que también toca escribir sobreponiéndose a uno mismo, a sus circunstancias personales y hasta a sus silencios interiores.

Imagino que más de alguna vez, Serafín Quiteño habrá pensado en renunciar a escribir su columna, ante la angustia del posible agotamiento de las ideas. Lo supongo porque a veces, yo también lo pienso. Pero la escritura ocurre de maneras misteriosas y siempre, aunque sea en el último momento, desde nuestras oscuridades innombrables, surgen las palabras necesarias para neutralizar el silencio de la página en blanco. Justo a tiempo para el cierre de edición.

Para matar a un Hipopótamo

La muerte del hipopótamo Gustavito en el Parque Zoológico Nacional de El Salvador es una muestra emblemática de lo mal que anda el país en muchas cosas.

Para algunos puede parecer banal y hasta impertinente ocuparse de la muerte de un animal, tomando en consideración los múltiples homicidios y demás problemas urgentes que debemos resolver como nación. Pero es importante que se discuta porque es un problema antiguo que mientras no se resuelva de manera definitiva, continuará teniendo lamentables consecuencias. También es importante que se discuta porque el zoológico es una institución pública, cuyo mantenimiento proviene de nuestros impuestos. Es decir, el hipopótamo muerto era un bien público sobre el cual el Gobierno tiene que rendir cuentas a la ciudadanía, de manera veraz y oportuna. Sin excusas.

Enumero de manera rápida algunos de los problemas que esta situación plantea y que son lo que realmente debería preocuparnos: el pésimo manejo de la información de parte de las autoridades correspondientes, que incluye versiones contradictorias y dudosas; la validez sobre el concepto del zoológico y su necesaria transformación, adecuada a la realidad de este siglo; la reacción de la ciudadanía a la que le enardece más la muerte de un animal que la de nuestros compatriotas asesinados todos los días, sea en territorio nacional o en sus viajes migratorios; la ineficiencia de las autoridades correspondientes en el manejo de este tipo de instalaciones; la infaltable politización del asunto. También han circulado una serie de rumores, cada uno de ellos a cual más perverso y preocupante, de los cuales no haré eco porque son asuntos no confirmados.

Son demasiadas cosas para tratarse en un espacio tan corto como este, pero hablaré de otros aspectos que también son importantes. Para comenzar, el zoológico no debería de ser parte del organigrama de la Secretaría de Cultura (SECULTURA). El tipo de trabajo y de expertos que se necesitan en un zoológico no tienen nada que ver con el trabajo cultural, por lo menos no de manera directa. Sería más provechoso conformar un asocio público-privado, en el que haya representaciones del Ministerio de Medio Ambiente, SECULTURA, Ministerio de Educación, la alcaldía, la sociedad civil y la empresa privada, para hacerle una buena inversión económica, conseguir un terreno amplio y refundar el zoológico, transformándolo en un moderno centro de estudios, investigación científica, preservación y rescate de la fauna autóctona.

Cerrar el zoológico, como exigen algunos, no soluciona los problemas de fondo. En el minúsculo espacio geográfico de nuestro territorio, las áreas naturales protegidas son escasas. Los animales han tenido que adaptarse a la expansión de nuestra descontrolada e irreflexiva urbanización. Prueba de ello es ver pájaros y ardillas haciendo nidos en lugares extraños de nuestras ciudades. Los humanos estamos aniquilando el hábitat de las especies animales y vegetales. Ello refleja nuestra insensibilidad ante el medio ambiente y nuestra deplorable relación con la vida natural.

El zoológico, mal que bien, es el espacio donde las autoridades y particulares depositan animales silvestres que han sido rescatados de comerciantes o maltratadores. Algunos de los animales incluso llegaron al zoo luego del paso de algún circo que ya no quería seguir acarreando animales viejos o enfermos.

Las leyes existentes no ayudan ni sirven de mucho. A pesar de la supuesta protección que gozan las tortugas que desovan en nuestras costas, por ejemplo, son miles los huevos de tortuga robados de los nidos y vendidos para el consumo humano. También es común ver en algunas carreteras de nuestro país, a gente que vende cusucos, iguanas, pericos, zorros y otros animales que se supone son fauna protegida. Tampoco hay que olvidar las ventas ilegales de animales en el mercado central, los cazadores y leñadores furtivos, la minería y las empresas que contaminan nuestros recursos naturales.
Estas situaciones forman parte del ejemplo que le estamos dando a las actuales y futuras generaciones sobre nuestra relación con el medio ambiente. ¿Cómo podemos infundir respeto a la naturaleza en la niñez y la juventud, cuando las mismas instituciones públicas permiten la deforestación masiva, en nombre de un mal concebido progreso donde el concreto y el asfalto son marcadores inequívocos de desarrollo? ¿Cómo infundir conciencia ecológica en un país donde los crímenes que atentan contra el medio ambiente no son castigados de manera ejemplarizante? ¿Cómo lograr que nuestros niños y jóvenes respeten a los animales, las plantas y los árboles, si gracias a la excesiva urbanización están perdiendo toda relación con la naturaleza; si vivimos en una cultura de violencia que de manera sádica disfruta del tormento de las especies animales, seres humanos incluidos; si permitimos que lleguen al poder funcionarios corruptos e inescrupulosos que solo buscan obtener ganancias económicas para beneficio personal; si vivimos en una cultura donde un letrero comercial o monumentos horripilantes son mucho más importantes que los árboles que son cortados para instalarlos?

Esto es una consecuencia de la falta de inversión en cultura. Si la Secretaría de Cultura gozara de un presupuesto adecuado a las necesidades de cada una de las instituciones que tiene a su cargo, quizás esto no hubiera pasado. Y digo “quizás”, porque otro problema a resolver es la alcahuetería gubernamental que impide despedir a empleados públicos ineficientes, cuyo único interés es cobrar su cheque a fin de mes, pero que no tienen motivación ni conciencia de la importancia de la labor cultural en la sociedad. No me refiero únicamente a funcionarios en puestos de dirección, sino también al personal medio y básico, que es el que ejecuta las órdenes de los superiores.

Aunque Gustavito fue enterrado de manera apresurada, dizque para que no causara mal olor, el tufo del cadáver del hipopótamo y de los demás animales que han muerto en el zoológico por negligencia y descuido se seguirá sintiendo durante mucho tiempo. Pero, como suele pasar con la llamarada de tuza que es nuestra indignación nacional, nos acostumbraremos pronto y conviviremos con ello, al igual que convivimos de manera muda con todo lo demás que apesta en nuestra zoociedad.