ÁLBUM DE LIBÉLULAS (218)

1783. MEMORIA DE DOMINGO

Cuando llegaron a ver el sepulcro recién ocupado la sorpresa fue mayúscula al constatar que se hallaba vacío. Se quedaron silenciosos, buscando respuestas, y la que surgió unánimemente era una frase con aliento intemporal: “El cuerpo convertido en ráfaga se escapó sin dejar huella”. Y aquella frase tuvo el inmediato efecto de una orden, porque los presentes salieron de inmediato a recorrer los entornos, para ver si el aire les daba alguna pista. Así llegaron a aquel claro del bosque más próximo. Ahí otro alzó la voz: “Él está aquí. ¿Lo sienten?” Todos, de distintas formas, dijeron que sí. Y entonces fue unánime la exclamación: “¡Ha resucitado para ya no dejarnos jamás!…”

1784. CUANDO GIRA EL VITRAL

En el primer momento, los rostros de los presentes permanecieron impasibles, como si nada extraño estuviera pasando. El lugar, aunque muy concurrido, siempre se mantenía tranquilo, porque los habituales eran siempre los mismos: muchos hombres y algunas mujeres de la tercera edad, que iban ahí a distenderse un rato. Pero esta vez pasaba algo que no era común: había llegado un grupo de adolescentes que se estaban de seguro estrenando en las bebidas mayores. De pronto, cambiaron los papeles: los jóvenes se quedaron quietos y los mayores saltaron de sus asientos cuando se encendió la música pop. Alguien gritó: “¡Viva el cruce de caminos!”

1785. LA OTRA CARAVANA

La gente fluía por el camino pétreo con lentitud ceremonial. A diario se daba aquella concentración en movimiento, porque los habitantes de los entornos confluían hacia los centros de trabajo que se apiñaban en el corazón urbano. Aquel día, sin embargo, un pálpito diferente se movía entre los transeúntes. Uno de ellos hizo de pronto un gesto para que todos se detuvieran, y fue como si se diera una orden superior. No hubo palabras, pero la señal era inequívoca. Había que seguir, sabiendo que el destino estaba muy próximo. Todos lo sintieron, y ese justo instante el aire se animó como si los abrazara. El Señor hallaba cerca, en algún rincón de los alrededores.

1786. EN EL JARDÍN MÁS PRÓXIMO

“Te quiero regalar la flor más bella que encuentre”, le dijo él, acercándosele hasta sentir su aliento cálido y aromado. Ella pareció no escuchar aquel ofrecimiento, quizás porque ya sabía que él era prometedor por naturaleza. Como era hora de volver a las respectivas aulas, se despidieron con una sonrisa y se fueron por su lado. Al día siguiente él apareció con una rosa incomparable. La llevaba envuelta en una leve gasa. Pero ella no llegó. Al terminar las clases, se fue a buscarla. Se encontraba sentada en una banca del parque más próximo. “¿Qué haces?” “Te voy a entregar la flor”. Ella la tomó. “¿Dónde la encontraste?” “Aquí”. Y se señaló el lugar del corazón.

1787. COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL

Estaban en el cine, uno de los de entonces. Faltaban algunos minutos para que la función comenzara, y prácticamente todas las butacas estaban ya ocupadas. Era una película extraña, que anunciaba novedades del futuro. Como aquel aparatito que manejaba el protagonista: un teléfono manual que parecía saberlo todo. Al salir se dirigieron a la cafetería más próxima, como era costumbre. Ya ahí, se ubicaron en su rincón. Y entonces el leve timbre empezó a sonar. Era un teléfono igual al que había aparecido en la pantalla. Se miraron a los ojos mientras el aparatito seguía sonando. Él y ella se preguntaron: “¿En qué siglo estamos?”

1789. JUEGO DE CONTRASTES

Recordaba que su padre, ya cerca de la etapa senil, decía con frecuencia: “Me duele todo, hasta el pelo”. En aquellos lejanos entonces, él se reía como si fuera una broma; pero hoy, cuando le estaba tocando llegar a ese borde de la edad, lo que le venía era un amago de rictus, quizás impulsado por el hecho contrastante de que a él no le dolía nada. Cualquiera hubiera dicho que era un privilegio de la buena salud, pero lo que le embargaba era la sensación de lo imprevisible. ¿Y si un día de tantos caía sin aliento y no volvía a despertar? Y así se volvió devoto del dolor, que es un compañero que aconseja y previene. Así, cada vez que lo sentía se ponía a sonreír agradecido.

1790. CRISTAL VIVIENTE

Sus padres trabajaban todo el día. Salían de madrugada y volvían de noche. Él entonces se acostumbró a una libertad que se intensificaba en períodos vacacionales. Y tal sensación le hacía sentirse un cristal viviente.

1791. HACIA EL OLIMPO

Era un creyente fervoroso en el alma feliz. Y por eso cada vez que le preguntaban hacia dónde se dirigía él contestaba: “Hacia el Olimpo”.

1792. HOLA, ARROYO

Por las tardes, al concluir la jornada de trabajo como repartidor motorizado de productos alimenticios, se sentía satisfecho sin haber probado bocado durante el día. Era su rutina casi fantasmal, que nadie parecía advertir, ni siquiera su pareja, embebida en los melodramas televisivos, ni sus hijos, que ya eran adolescentes instalados en la nube. Y todos los días se escapaba de la pequeña vivienda de la manera más sigilosa posible, aunque en verdad nadie le prestaba atención. Y se iba hacia aquel distante predio baldío que daba a una pendiente cubierta de vegetación ríspida. Un día, uno de los hijos lo observó, levantando la mirada de la pantallita: “¿De dónde venís?” Él no dudó: “De estar un rato con mi mejor amigo”. “¿Y quién es?” No hubo respuesta. A lo lejos, el arroyo dio un salto sobre las piedras.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (217)

1774. HAY QUE SABER SOÑAR

La temporada de lluvias nos tomó desprevenidos, y los planes que teníamos para el par de semanas finales de la temporada seca tuvieron que quedar en la gaveta, con muchos costos prepagados. Y es que aquel año el clima parecía haber perdido todo autocontrol, hasta el punto que el sol y las nubes parecían almas en pena. Y nosotros nos pusimos a la defensiva, por si acaso. Como de alguna manera había que aprovechar el asueto programado, nos sentamos en el corredor posterior para ver qué podíamos hacer. Nos miramos. La sonrisa se nos dibujó por dentro, y cuando salió al aire ya teníamos la manos unidas. No había necesidad de hablar. Ambos tuvimos al unísono la sensación de que el tiempo nos estaba invitando a una segunda luna de miel, en casa. Suspiramos emocionados. No hay temporal que por cielo claro no venga.

1775. DESPERTAR ENTRE PÉTALOS

Aquella había sido una unión arreglada por los progenitores, que eran grandes amigos desde siempre, allá en el vecindario de gente acomodada por tradición. Ellos, Marga y Fermín, crecieron juntos, pero sin que nunca surgiera entre ellos algún indicio de atracción sentimental. Se fueron a vivir a un apartamento rentado por sus padres, que de inmediato comenzaron a exigirles descendencia. Lo que estos no sabían es que ellos jamás se habían tocado. Pero de repente algo comenzó a cambiar en la extraña intimidad que compartían. Un amigo en común les regaló una perrita pastora alemana, y eso lo cambió todo. Ellos fueron donde sus padres y les exigieron una casa por pequeña que fuera pero con jardín. Y la primera noche mientras Alba dormía, ellos hicieron el amor. Y al día siguiente despertaron cubiertos de pétalos.

1776. AQUÍ ESTAMOS, A BORDO

“¿Qué será que el vuelo no despega, cuando ya tenemos más de una hora de estar ubicados todos los pasajeros y de hallarse el avión en la pista?” Se lo preguntó a la azafata, que le respondió con una sonrisa enigmática: “No se preocupe, estamos a tiempo”. Ella miró su reloj de puño, que había sido el último regalo de su esposo recién fallecido en un accidente de motocicleta mientras se desplazaba a gran velocidad por un terreno montañoso. Siguieron pasando los minutos, y ella quiso distraerse un poco abriendo su laptop. Y, aunque no había entrado en Facebook, un mensaje le salió de inmediato al paso: “Gaviota, no te impacientes. El mar está picado, y es peligroso volar en este momento. Mejor duérmete unos minutos. Yo te cuido”. Sí, era él, desde su nueva latitud. No hubo sollozo, sino suspiro.

1777. ALBOR CREPUSCULAR

El calendario se hallaba colgado en la pared y ellos lo tenían a la vista a cada instante. Pero esta vez el diálogo entre los tres –ellos dos y el calendario— tuvo más movilidad emocional.

— Como la vida avanza, hay que programar –dijo él.

— Pero si uno programa, se pierde la gracia de lo inesperado –acotó ella.

— ¿Y tú qué piensas? –se dirigió él al calendario.

La hoja que estaba expuesta se quedó impávida.

— Ya ves, el calendario nos lo deja todo a nosotros –sonrió ella.

— Nos trata como a adolescentes maduros –concluyó él, devolviendo la sonrisa.

Y el calendario también pareció sonreír como un maestro satisfecho.

1778. POR LA CALLE DE ZORRILLA

Desde que estaba en Madrid haciendo su Maestría en Letras Hispánicas iba a recorrer La Castellana casi como un rito. Compartía alojamiento con unos compatriotas que también estudiaban especialidad, y sin decirlo él anhelaba vivir solo. Muchas veces había pasado frente a la boca de aquella angosta calle que iba en ascenso por el Viejo Madrid; y el nombre de la calle era evocador: calle de Zorrilla. Ese día, soleado en pleno invierno, tuvo el repentino impulso de doblar hacia arriba, y al pasar junto al restorán La Ancha no resistió la tentación de entrar. Esa misma tarde inició la búsqueda de un pequeño piso en aquella calle. Cuando se lo comunicó a sus compañeros de vivienda, uno de ellos soltó la carcajada: “¡Ya apareció el peine! De seguro sos un Tenorio solapado, y hoy estás saliendo del clóset existencial. ¡Buen provecho, mano!”

1779. EN LA ESPALDA DEL CERRO

Los caminos nacían en las tierras bajas y tomaban impulso hacia arriba. Ahí, a la par de una quebrada que iba a disolverse en el río más próximo, el Guaicume, andaba él de la mano de aquella señora que parecía una figura de tiempos remotos, pero que hablaba como los personajes de las radionovelas del momento. A medida que avanzaban la vereda se iba haciendo más empinada y más sólida, como si el terreno se sintiera inspirado por la ascensión y anhelara llegar la cumbre para animarse al salto. La señora se detuvo y el niño que llevaba de la mano le preguntó: “Carmen, ¿ya llegamos?” “Sí, niño José, ya va a poder descansar en una hamaca”. Y ahí enfrente estaba la choza rústica, que no tenía puertas ni ventanas. Se detuvieron. La vereda seguía subiendo, sin mirar hacia atrás. Ellos se quedaron ahí, y de seguro siguen estando ahí.

1780. ME LO DIJO JUAN RUIZ DE TORRES

Conocí a Juan sin proponérmelo, como ocurre casi siempre en el mundo de las letras que vuelan alrededor. No era aún la época de las redes sociales, y ya no recuerdo si él me envió alguno de sus trabajos o si yo le hice llegar uno de los míos. Lo cierto es que cuando contactamos, su energía creadora inagotable ya no dejó de sorprenderme. Tenía proyectos literarios a granel, y me invitó a participar en muchos de ellos. Un día de tantos, en el Madrid enerino, departíamos con nuestras respectivas esposas en la Vinoteca Barbechera, frente a la plaza de Santa Ana. Yo le pregunté de pronto: “Juan, ¿qué piensas hacer mañana?” Me miró con su expresión inquisitiva: “¿A qué mañana te refieres?” “Al único que existe: el que amanece y anochece”. “Ah, pues entonces te respondo: “Voy a rasurarme, voy a salir a la calle y voy a escribir una línea, una sola…”

1781. ENTRE COMETAS

— ¿A ti cuándo te toca ir a recordarles a los mortales que existimos?

— Después de ti.

— ¡No me digas! Entonces puedes esperar sentado.

1782. HUELGA DE TAXIS

Era la noticia del día: “Los taxis de Madrid le han declarado la guerra al Uber y a sus congéneres”. Y debajo una nota: “La guerra comercial ha bajado de las esferas globales a los laberintos urbanos”.

HIDROPONÍA MÁGICA (4)

OTRA REVELACIÓN

El Día y la Noche fornican diariamente y el orgasmo es un cielo estrellado.

TAREA PRIORITARIA

Los humanos vivimos atrapados en una red de desvelos, y la sabiduría consiste en transformar los desvelos en vigilias.

DESDE EL SILENCIO LEVITANTE

Hay que seguirles la pista a las palabras, que si se dejan sueltas se pierden en el polvo.

FUNCIÓN VITAL

Lo que siempre hemos querido es que la vida sea un manual con todos sus criterios expuestos y ordenados; y por eso la vida, que es rebelde por naturaleza, va rompiendo todas las páginas que se le ponen enfrente.

EL ÁRBOL HABLA

Anochece en el parque. Los visitantes vespertinos se van retirando a sus espacios personales. Y cuando la Luna asoma, la pequeña arboleda ya no tiene a nadie ajeno a sí misma. Como cada día, hay un árbol designado para comunicarse con La Luna a nombre de todos.

–Te saludamos como a nuestra amiga favorita.

–Gracias, hermanos. Les traigo hoy otro regalo: este pequeño rayo de luz para que lo guarden en su alacena imaginaria.

FUEGOS ALADOS

El tiempo abrió los ojos, y todas las nubes circundantes se pusieron en guardia. Era domingo por la mañana: el momento para iniciar la ceremonia semanal. Comenzó la música, que sólo los pájaros podían escuchar. Luego una de las nubes, elegida de antemano, saludó en nombre de todos. El tiempo estaba ubicado en el sillón central, que era una mezcla de raíces y de ramas. Todos los presentes fueron recibiendo su mensaje específico. La concurrencia vegetal y animal se ordenó para esperar la bendición ritual, que era otorgada por el tiempo. Y sus palabras finales sí fueron inteligibles para nosotros los humanos:

–Sigan siendo un conglomerado de ánimas afines, porque somos familia inmemorial…

BIBLIOTECA VIRTUAL

Cuando los textos aprendieron a volar, el aire recordó que es un reservorio de mensajes.

A LA HORA NONA

Hubo una conmoción de espejos, que se hicieron presentes para que nadie olvidara que no hay imagen que escape a su destino.

ESTA OTRA BASÍLICA

Y cuando lo digo estoy de pronto en París, en cualquier hora intemporal de la memoria.

LOS DÍAS SIEMPRE VUELVEN

Y como nunca lo pensamos, nuestra experiencia cotidiana se nos presenta siempre en un lugar desconocido.

CUANDO EL ALTAR SONRÍE

No caemos en cuenta de que se nos anuncia el milagro supremo.

DIÁLOGO JUNTO AL AGUA

–Vine hasta aquí para sentir que existes.

–Entonces te recuerdo que hay un lazo feliz entre nosotros.

–Gracias, Espuma, porque me recuerdas.

–No te recuerdo a ti sino a tu huella…

RECIBIMIENTO CÓSMICO

El tren prácticamente volaba sobre los rieles, y dentro de pocos minutos llegaríamos a nuestra estación de destino. Alrededor, las aldeas y las colinas se turnaban con agilidad insólita. Cuando la máquina se detuvo llegó con ella la penumbra que era el primer velamen de la noche. Los pasajeros nos fuimos bajando por los escalones estrechos. Al tocarme el turno me quedé inmóvil, como si esperara otra orden. Y esa orden vino de inmediato.

Un cuervo inesperado se posó en mi hombro. De ahí en adelante ya no había cómo perderse hacia el monasterio más próximo. Y a mi oído llegó el susurro:

–¡Bienvenida, alma en pena!

MISTERIO CIUDADANO

Llueve sobre la ciudad. Y cuando llueve, la ciudad respira de otra manera. No es extraño. Cada ciudad tiene su estilo respiratorio propio. Cada ciudad es irrepetible por la forma en que cambia de respiración.

San Salvador respira como una doncella distraída en los días soleados, que son los más. Como un animalito doméstico en las tardes de llovizna persistente. Como un volcán imaginario cuando la tormenta la envuelve. Como un navegante que espera barco, en las noches de luna. Y así.

Este día, la lluvia ha venido de lejos. Se sabe, se siente. Meteorólogos aparte, la sensación es la que manda. Y cuando la lluvia viene de lejos la ciudad respira de una manera diferente, de veras muy diferente a cuando la lluvia llega de ahí nomás.

Me quedo oyendo la lluvia por unos instantes, en silencio.

–Es tarde de rezo –me dice de pronto una ráfaga–. Tenés que cubrirte para aguantar la armonía del cielo.

Y sigue lloviendo sobre la ciudad, que esta vez es una capilla donde respiran los dioses ausentes.

TERTULIA CLÁSICA

–¿Estamos todos?

Nos recorremos con los ojos, como si tuviéramos que reconocernos. Y uno de nosotros responde:

–Sólo falta alguien: mi otro yo.

–¡Hey, estoy aquí, y me quitaste la palabra: sólo faltas tú, que eres mi otro yo!

Y el que hizo la primera pregunta hace un gesto de calma:

–¡Paz, paz, paz…, aquí todos somos imágenes dobles, y de eso nadie escapa! Empecemos, pues…

ROSTROS OLVIDADOS

–¿Es la película mexicana en la que aparece tu actriz favorita: Martha Roth?

–Sí, pero es más que eso: es revivir mi ilusión de que el tiempo me consiente con mis imágenes más amadas, sin que importen los años…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (216)

1766. PARÁBOLA INVERNAL

Cuando llegaban los meses del invierno, mucha gente del vecindario le ponía atención al riachuelo que cruzaba en medio y que parecía ser pacífico por naturaleza. Nunca había pasado nada, pero quién quita. Ellos, que vivían justamente al borde de la pendiente, también esperaban las tormentas con aprensión. Ese año la temporada invernal parecía extrañamente sigilosa, como si no quisiera soltar prenda sobre sus verdaderas intenciones. Aquella mañana, antes de que despuntaran las primeras iluminaciones solares, se dio un retumbo subterráneo, que quizás anunciaba algún brote sísmico. Pero lo que en verdad estaba pasando es que el riachuelo crecía sin explicación visible. Y cuando se desbordó, ellos sacaron su balsa escondida y se fueron con la corriente, que hoy sí les despertaba confianza, porque venía de adentro y no de afuera.

1767. EL MEJOR ENLACE

El amor es la sustancia más volátil que existe, aunque cuando uno lo siente se imagine que está ante un misterio de insobornable solidez. Mariluz miraba a los ojos a Floridor, y esa simple mirada producía en él una corriente de ida y vuelta, que hacía retornar hacia ella todas las emociones acumuladas a lo largo del tiempo. Estaban a punto de hacer un enlace duradero, pero las fuerzas traviesas de la voluntad se les alborotaban de inmediato, impidiéndoles la conexión permanente. Así las cosas, este día ambos se hallan inesperadamente resueltos a no dejar pasar ni un día más. “¿Me aceptas como soy?”, le pregunta él, con voz radiante. “Siempre que tú me aceptes como soy”, responde ella, con pálpito aromado. Él es la luz y ella es la flor. Armonía perfecta, de nombres y de almas. El amor vuela alrededor, ya sin temor a sus propios impulsos.

1768. SALIDA LATERAL

—¿Qué haces ahora, Irene, después de que te fuiste de tu último empleo?

—Trabajo en casa.

—¿Y lo haces en línea?

—No, lo hago con los ojos cerrados.

—¿Cómo así?

—Soy buscadora de fantasmas.

—Entonces, ¿es brujería?

—No. Es servicio de limpieza anímica. Hay gran clientela.

—Ya me imagino. La locura global es tu negocio.

1769. MIGRANTE CON AUREOLA

Cuando las bandas criminales invadieron la zona para imponer su ley sin que nadie se les pusiera enfrente, él, un joven de origen humilde pero con ambiciones ilimitadas, sintió que era el momento de emigrar. Un tío instalado en el Norte desde hacía mucho le ofreció pagarle el costo del ingreso sin documentos. Así ocurrió. De una colonia en las vecindades soleadas de Apopa a un vecindario congelado de Wisconsin. Pero no podía quedarse mucho ahí, porque el tío padecía Mal de Parkinson y tenía que irse a vivir con uno de sus hijos. ¿Y él, ahora qué? Se puso a trabajar en un restaurante de comida rápida. Y ahí, en la cocina, conoció a Amalie, inmigrante de otra latitud. Entre los olores y los sabores se instaló aquel suspiro mutuo. Ella tomó la iniciativa de besarlo, luego del beso él exclamó: “Gracias por la saliva mágica. ¡Sobreviviremos!”

1770. OPERACIÓN CLANDESTINA

Desde el primer momento se sintió vinculada a él por un lazo que era aún más fuerte que los lazos de sangre. Y, sin que hablaran de ello, él sentía lo mismo. Armonía subliminal hubiera dicho un experto en misterios psíquicos. Se veían casi clandestinamente, porque las condiciones del ambiente así lo determinaban –vivían en una comunidad donde dominaban dos pandillas contrapuestas–, y siempre en lugares escondidos que favorecían la intimidad. Una intimidad que, contra todo lo que hubiera sido presumible, nunca se daba en el plano físico. Y es que ellos, por sus respectivas naturalezas anímicas, se asumían más como almas que como cuerpos. Aquello no tenían que decírselo a nadie, precisamente porque era una convicción y no un secreto. Así les llegó el punto en que todo los impulsaba a hacer vida en común. La hicieron desapareciendo.

1771. A VECES LO QUE BRILLA ES CENIZA

—Te propongo lo mejor que puedo proponerte.

—¿Boda?

—Es que eso ya no lo necesitamos. Somos uno.

—De todas maneras importan los papeles.

—Sobre todo los papeles en blanco.

—¿Qué quieres decir?

—Que te propongo que escribamos juntos una historia.

—Ah, tus consejeras las libélulas andan por aquí.

—No, no son ellas. Son los restos de las hogueras que nos quemaron antes de conocernos.

1772. LITURGIA SOLAR

Caminaba como siempre por una de aquellas callecitas del viejo Madrid que tenía un nombre grande: calle Lope de Vega. Y lo hacía a diario, en ruta al trabajo en una de los restaurantes de la zona, porque su ilusión cotidiana era ver, aunque fuera desde lejos, a aquel muchacho que provenía sin duda de otra zona del mundo. Cada vez lo veía menos, como si se le estuviera ocultando. Pero en ese momento de la mañana, un impulso desconocido la fue conduciendo hacia ese vivero que estaba muy cerca de la plaza de Santa Ana, a la par de la iglesia donde está enterrado Lope de Vega. Entró en el vivero, cuyo nombre es El Jardín del Ángel, y ahí estaba él, con traje de servicio. “¿Eres tú?”, le preguntó, conmovida. Él sonrió. “¿No reconoces a tu ángel de la guarda?” El beso fue inmediato y fragante. Y el sol se abrió paso entre las nubes de invierno.

1773. INTIMIDADES DE LA LUZ

Aquella pareja de jóvenes estaba apenas conociéndose, y a las habilidades del tacto iban sumándole las animaciones de la trascendencia. Parecían seres comunes, y en realidad lo eran, aunque esa normalidad se les apareciera de pronto como una deidad voluntariosa. “Yo soy un enamorado del crepúsculo”. “Y yo una apasionada de la aurora”. ¿Y cuál es la diferencia?” “La aurora nunca duerme y el crepúsculo siempre sueña”. “Ah, entonces son perfectamente compatibles”. “Como tú y como yo”. “Probémoslo, pues, en el lecho de los elegidos”. “¡Qué buena onda”.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (215)

1758. PRINCIPIO DEL FESTIVAL

Sonó la alarma de incendio, y como era hora en que todos los habitantes del lugar se hallaban en sus recintos luego de la jornada laboral, la estampida fue inmediata. Bajaron sin tiempo para recoger nada hasta la primera planta por las escaleras de emergencia, y ahí se congregaron a observar lo que estaba ocurriendo. No se observaba nada anómalo, ni siquiera un conato de humareda. En las terracitas había ya algunos focos prendidos, como siempre. Alguien fue a buscar al encargado de seguridad, que era un joven recién llegado al puesto. “¿Podría decirnos dónde está el fuego que se anuncia?” “¿Fuego? ¿Cuál fuego?” “Pues el que hizo sonar la alarma… ¿Que no se dio cuenta?” El aludido hizo un gesto de desconcierto. Y en ese mismo instante las llamas coparon el lugar, pero como una invasión de bailarinas astrales.

1759. ¿SERÁ BROMA, ACASO?

Se sacudió el polvo del camino e ingresó en la casa para darse una ducha reconfortante. La noche se anunciaba con burbujas voladoras, y aunque aquella era una sensación típicamente anímica, en el aire parecían estarle respondiendo con igual signo los fantasmas risueños con los que siempre había tenido tan buena relación. Cuando salió del baño con la toalla amarrada a la cintura marcó el número de Tania. “El número que usted marcó no existe”. “¡Qué joden! ¿Cómo no va a existir?” Dos, tres, cuatro veces. Igual. Se fue en busca de Tania, a quien aquella noche le pediría formalizar la relación. Llegó al edificio de apartamentos y en la recepción le informaron: “Desalojó hoy por la mañana. Su vuelo salía al mediodía”. “¿Vuelo? ¿Hacia dónde?” “Sólo le dejó esta tarjeta en blanco”. Las burbujas voladoras se posaron sobre sus hombros por si quería seguir la pista…

1760. EN RUTA HACIA ARRIBA

El amigo astrólogo le dijo, sin que aparentemente viniera al caso, mientras departían aquella tarde de sábado en el bar de la esquina donde se habían reunido desde que eran contemporáneos en la universidad: “Quizás lo que necesitás es entenderte con el tiempo, para que él te provea el password de tu verdadera identidad”. Cuando él se quedó inmóvil ante tal consejo, el astrónomo le dio un sorbo a su copa de ron campestre y esbozó una sonrisa ingenua. Desde aquel momento, él siguió rumiando las enigmáticas palabras, hasta que tuvo un golpe de intuición, que quedó para sus adentros: “Ya estoy empezando a calar en el significado de lo que me dijo mi amigo conocedor de las fuerzas estelares: el tiempo, que siempre está aquí, tendría que darme la clave para pasar al otro plano, al de las nubes y al de los astros… ¡Consejo fino, que voy a seguir al pie de la letra!”

1761. LA ETERNA AVENTURA

Después de conversar con Ángel durante unos pocos minutos, lo que le quedó fue un sabor agridulce y una sensación polvihúmeda. Aunque la diferencia de edad entre ellos era casi simbólica, Ángel había sido durante muchos años su consejero espiritual, y ahora estaba dirigiéndose a un estadio de la vida en el que todo se va volviendo distante. Tuvo que preguntarle: “¿Estás pensando dejar este mundo por otro mejor?” Ángel lo miró directamente a los ojos: “Pues esa idea nunca se debe descartar del todo. Tú, que eres un imaginativo por excelencia, deberías comprenderlo con más claridad que nadie”. “¿Yo? Pero si continúo siendo un aprendiz casi de todo…” “Por eso mismo: porque los aprendices son los que verdaderamente ejercen sabiduría. Quiero ser como tú. ¿Me lo permites? El cambio de roles es la mejor vía para evolucionar…”

1762. EL MEJOR MECANISMO DE DEFENSA

El jefe la había acosado de muchas maneras, sin lograr que ella cediera ni un milímetro en su negativa a convertirse en objeto sexual; y aunque de seguro él continuaría haciéndolo, algo impedía que aquel acoso se convirtiera en agresión material. Una tarde, ya cuando la jornada estaba por concluir, él se acercó al escritorio donde ella se hallaba instalada: “Quiero invitarla a dar un paseo por el jardín, para que me aconseje sobre algunas plantas”. Ella lo miró con ojos incrédulos: “Yo nunca he tenido jardín y no sé nada de eso”. Él sonrió: “Pero si usted es como un jardín viviente, y no me vaya a decir que no”. El argumento pareció surtir efecto, aunque las consecuencias pusieron las cosas en su sitio. Unos minutos después, él se había transfigurado en un gorgojo que perseguía inútilmente a una libélula.

1763. OTRO JUEGO DEL TIEMPO

Estuvimos en esa taberna penumbrosa donde antes se reunían los mayores descendentes y los jóvenes emergentes. Lo que más nos gustaba del lugar era que abundaban las parejas, lo cual le daba a la atmósfera un toque de familiaridad hogareña que inducía a una dulce frivolidad. Ya cuando estábamos por retirarnos, nos encontramos con Lucy y Marcelo que iban subiendo por una escalera que parecía venir de un sótano que todos creíamos sellado. Ellos eran nuestros amigos de siempre, pero en cuanto los encontramos nos dimos cuenta de que mostraban una cierta imagen desconocida. Intercambiamos sólo unas pocas palabras, y lo que más nos tocó fue una frase de Marcelo: “Todos estamos por salir a un viaje muy largo, pero no tenemos que despedirnos”. Enigma total. Se fueron sin más, y nosotros también. Hoy es el día siguiente, aunque no lo parece.

1764. PETICIÓN CUMPLIDA

“Que los ángeles me ayuden a encontrarte”, esa era la petición que él hacía cada día en un susurro que iba repitiendo tanto entre paredes como al aire libre. Pero los ángeles parecían estar ocupados en otras cosas, porque no aparecía por ningún lado alguna señal de que el encuentro estuviera por ocurrir. Los signos, sin embargo, se presentan cuando uno menos lo espera; y para él eso se manifestó aquella tarde mientras regresaba a su vivienda solitaria por una ruta enmontada. De pronto estaba junto a un pequeño arroyo que jamás había descubierto, y al seguirlo se halló ante una fila de ashokas que cubrían la entrada de una cueva entre las rocas. Ya en la cueva se percató de que en verdad era una capilla subterránea. Al fondo, la oficiante se volvió: ¡Era ella, la diosa anhelada! Y a su alrededor, los ángeles disfrazados de duendes le hacían valla…

1765. PUDIERA SER VERDAD

Toda la vida estuvo marcado por un ansia indescifrable: acercarse a cualquier forma de Divinidad sin perder contacto con los anhelos cotidianos. Y nunca se lo dijo a nadie para no perder la pureza del impulso. Pero pasaba el tiempo y poco a poco iba sintiéndose ajeno a sí mismo. Entonces le vino una prueba de fuego emocional: conoció a Nadine, que era una virgen incandescente. Él se sintió envuelto en una nube de deseos sin control. Y eso le hizo sentirse expuesto a un desafío casi mágico: la Divinidad acariciable dormía junto a él, sin tener que hacer ningún tránsito. Anhelo realizado.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (214)

1750. PRUEBA FINAL

El taxi se detuvo frente al número indicado en la calle correspondiente, la 78. El pasajero, vestido como si tuviera que asistir de inmediato a una ceremonia formal, pagó la carrera desde el aeropuerto internacional y esperó que el portero del edificio le ayudara con el equipaje. Pero nadie apareció. Entró y el sitio del doorman se hallaba vacío. Entonces se dirigió hacia el ascensor para subir al piso 12 donde estaba ubicado su apartamento. Caminó hasta su puerta, y tuvo la sensación de que lo hacía por una larga ruta desconocida, aunque externamente todo estaba igual. Llegó a la puerta y en cuanto introdujo la llave la hoja se abrió. ¿Pero qué era aquello? Un espacio totalmente ajeno al suyo. Entonces, sin ninguna ansiedad, empezó a sospecharlo: todo era el ensayo de una nueva realidad en otra dimensión, y por eso sin proponérselo iba vestido así.

1751. ENCUENTRO EN EL CAMINO

La vio en una parada de buses y desde el primer instante sintió que la atracción era irresistible, al menos de su parte. Iban en la misma ruta hacia el mismo punto: una colonia suburbana, superpoblada y peligrosa como tantas otras. Ella se bajó antes que él, y él no tuvo tiempo de hacerlo antes de que el vehículo reemprendiera la marcha. Desde ese momento, el ansia de identificar el lugar donde ella vivía se le volvió obsesiva. Hasta que lo logró algunos días después. Era en una casita que parecía choza, al borde de una ladera con quebrada al fondo. Se le acercó, sin más. “Estoy dispuesto a acompañarte a donde me digas. Tengo vacaciones en mi trabajo y dispongo de todo el tiempo libre”. Ella no pareció sorprenderse por el ofrecimiento repentino: “Ah, pues entonces vámonos hacia el nuevo destino. Soy un hada que está de paso y que ya quiere escapar…”

1752. ACCIÓN DE GRACIAS

El jueves 22 de noviembre de 2018 fue el día de Thanksgiving en Estados Unidos, y por una de esas travesuras cada vez más usuales del clima resultó el más frío desde 1901. En la escalera de la iglesia de Santa Mónica, en la neoyorquina Calle 79 ya muy cerca del cruce con la 2ª. Avenida, el indigente mayor que acudía siempre a la iglesia a buscar refugio y no consuelo estaba esperando que el templo abriera sus puertas. La frigidez del aire contrastaba con la luminosidad del cielo. Parecía un contraste fuera de razón natural, y en el interior de aquel hombre perfectamente desprotegido ese contraste tenía su reflejo fiel: la necesidad total con el ansia sublime. Si alguien hubiera podido escuchar el susurro que salía de sus labios habría oído una oración sin fin con propósito de trascendencia agradecida. Se abrieron las hojas de entrada, pero él se quedó ahí, en éxtasis ya perpetuo.

1753. DE LAS OLAS AL NIDO

Despertó en el límite del tiempo necesario para estar listo a iniciar la jornada. Para colmo era lunes, ese día en que según decían nuestros antepasados “ni las gallinas ponen”. Él había nacido un lunes, a las 4:20 de la madrugada, y siempre le dijo a su madre: “Dicen que el lunes ni las gallinas ponen, pero usté sí puso”. Habían pasado los años y este era otro lunes, el día en que le tocaba ir a pedir la mano de Debbie, la novia que había descubierto en una de las playas donde menudean los surfistas. Iban, pues, a emprender la aventura sobre otras olas. Pero él lo que ahora quería era nido. Y luego de la petición de mano, ya cuando todos los presentes alzaban sus copas, él le expresó casi al oído a su novia ya formal: “Lo que te pido es que no nos casemos un lunes caluroso, porque lo que anhelo es que mi gallinita dé a luz entre las mantas suaves y no entre la espuma crispada…”

1754. PETICIÓN NATURAL

La fiesta se prolongó hasta que la luz solar estuvo a las puertas. Era uno de esos días especialmente luminosos, como si el aire quisiera demostrar a plenitud sus poderes más íntimos. Y cuando la señora encargada del servicio se asomó al amplio espacio de la casa donde se había dado el festejo, lo que vio fue una buena cantidad de jóvenes acomodados en los muebles o tendidos en el suelo, en total privación durmiente. No hizo ningún ruido, pero su presencia tuvo efecto. El que despertó era el más bizarro, y la orden estentórea no se hizo esperar: “¡Arriba, huevones, que la vida sigue!” Todos reaccionaron, cada uno a su manera, menos la bailarina del vientre, que parecía inmersa en un reposo mágico. Él fue a animarla, y ella al fin abrió los ojos: “No me interrumpas, que estoy ensayando mi próximo manejo de placenta…”

1755. EL MEJOR CONSEJO

En el cielo no había ni una sola nube. Era, pues, muy oportuno salir a pasear al aire libre para recibir directamente los efluvios de aquella nitidez estelar. Y así lo hizo, en compañía de su perrita basset hound, que ya tenía bastantes años de estar con ella. Mientras caminaban por una calle tranquila de los alrededores se les acercó casi corriendo un joven con un paquete en las manos. Ella se retrajo asustada, pero él quiso tranquilizarla, jadeante: “No tema nada, señora, que yo lo que quiero es ofrecerle esta mercancía con la que estoy juntado pisto para irme hacia el Norte”. Abrió el paquete y aparecieron las imágenes pintadas en los cartones. Ella las revisó. “Ésta”. Era su basset hound en persona. Le pagó mucho más de lo que él le pedía. “Gracias, sos un alma grande aunque parezcás un cipote pequeño. Y no tenés que irte al Norte: buscá los cuatro puntos cardinales…”

1756. TESTIMONIO VIVIENTE

Estaban preparando su próxima exposición en común, y ya había acuerdo en llamarla “La Artista y el Poeta”. Ella era escultora y pintora y él narrador y poeta. La combinación perfecta, afirmaban los que los conocían. Habría imágenes y textos alternados. Lo que nadie advirtió, ni ellos mismos, fue que aquello que en apariencia era sólo un esfuerzo de armonía en común iba a convertirse en una aventura existencial de proyecciones abiertas. Cuando la exposición estaba montada, y la inauguración vendría muy pronto, fueron ellos dos solos, una tarde ya casi de noche, a revisar lo expuesto. En la penumbra, las dos figuras fantasmales iban recorriendo su propio universo íntimo. Cuando concluyeron la caminata, se quedaron detenidos en la puerta de acceso, y entonces el horizonte se les dilató hasta sus respectivos infinitos. La noche viva los llevaba de la mano.

1757. LA COMPAÑÍA IDEAL

Todas las estaciones del año tienen su agenda, porque la Naturaleza, como los seres personalizados, cumple un destino propio. En ese momento, y en el hemisferio norte, el otoño estaba en funciones. Y, como es normal en estos tiempos imprevisibles, había días gélidos y días amables. ¿Cómo era aquel día? Los recién casados salieron a la intemperie a constatarlo. Y lo primero que ella hizo fue preguntarle a su compañero: “¿Y nosotros en qué estación estamos?” Él se quedó dudando sin responder. Ella lo miró a los ojos: “Tu respuesta es perfecta: el calendario es todo nuestro…”

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (213)

1742. LLEGÓ LA MEDIANOCHE

Se hallaba internado porque los médicos que le atendían habían dispuesto, luego de los exámenes y las tomografías correspondientes, extirparle de urgencia el tumor maligno que tenía en el cerebro. Llegó el día de la operación y todo estaba listo para entrar en el quirófano, pero en el último minuto uno de los médicos jóvenes llegó de prisa para anunciar que el procedimiento no sería necesario porque la prueba final había mostrado que el tumor ya no existía. En ese justo minuto se oyó la campana que anunciaba la medianoche. Los médicos se miraron sin entender. Uno de ellos se animó a decir: “Pues aquí lo único que puede haber es un milagro”. Otro redarguyó: “Según lo que sé, este hombre es un malviviente con algunos recursos. ¿Quién habrá pedido el milagro?” Y en ese instante sonó una ráfaga de viento, como si la medianoche quisiera responder.

1743. AÑO VIEJO, RECUÉRDANOS

Salimos a caminar por los entornos arbolados para que aquella sensación de vivir entre la naturaleza pese a residir en una zona profusamente urbanizada se nos mantuviera siempre viva. Como todos los años en aquel día en que el calendario multiplica sus pálpitos, nosotros, que somos una pareja que comparte desde adentro sus más sensibles emociones, estábamos listos para hacer el ruego usual. Pero ahora algo nos movía a buscar el lugar más propicio para ello. Pasamos frente al atrio de la iglesia a la que concurrimos los domingos y pasamos de largo. Seguimos avanzando hasta llegar a aquel predio baldío, abandonado desde siempre. Ahí nos detuvimos, y de pie alzamos los rostros hacia arriba. “Estrella, síguenos acompañando, para que el Año Viejo no nos olvide”. Después volvimos a la casa, donde la cena ya estaba lista.

1744. MADRUGADA EN CÍRCULO

La caravana de migrantes indocumentados que apuntaba hacia el Norte estaba ya por partir. Circulaban dudas y menudeaban advertencias, pero la decisión era una: llegar a destino para empezar a construir destino. La corriente humana se activó, como si una señal superior hubiera surgido; y en efecto, la claridad del día iba haciéndose presente con impulsos ansiosos. Nadie podía saber cuántas jornadas estaban por delante, y de seguro era mejor no saberlo. Las hojas del calendario empezaron a pasar con mucha más rapidez que la habitual. Y de pronto, los integrantes de la caravana vieron al fondo una elevada reja que rodeaba todo el horizonte. No se detuvieron, más bien avanzaron con mayor impulso. Y cuando estaban enfrente sonó un redoble de campana y la reja se disolvió como por encanto. La madrugada incipiente daba las órdenes…

1745. LA DOBLE MISIÓN

El grupo que transitaba por aquel camino polvoriento iba alejándose, luego de haber rodeado por algunas horas el establo perdido entre las brumas inmóviles y los claros por donde asomaban las estrellas. Habían cumplido la misión inicial, alrededor de aquel pesebre, con un recién nacido en su lecho de paja y un grupo de pastores acompañados por sus ovejas. Los presentes estaban entregados. Sólo quedaba la ruta por delante. Y en un momento inesperado, mientras ellos avanzaban, todo en los  entornos empezó a desvanecerse, para darle paso a una nueva iluminación. Sí, allá en el valladar rocoso del horizonte iba asomando la presencia solar. Los tres miembros del grupo detuvieron sus cabalgaduras y pensaron al unísono: “Hemos sido testigos de dos nacimientos: el de la luz celestial y el de la luz solar. El oro, la mirra y el incienso seguirán vivos para siempre”.

1746. INVITADO OLVIDADIZO

Cuando empezó a car la noche se oyeron por todos los rumbos las explosiones de los petardos propios del día y la hora. Pero en aquella oportunidad dichos retumbos tenían resonancias de un festejo supremo. Entonces empezó a circular un rumor: “El señor mayor está por llegar en su carroza de caballos voladores…” Pasaron unas cuantas horas y ya la medianoche se hallaba a las puertas. El rumor se volvió a oír: “El señor de seguro está ya en la entrada… de la mano del alba por venir” Pero cuando sonó la campanada del inicio del nuevo día se abrió la puerta como todos los años, sin nada novedoso. Los espectadores aglomerados se quedaron estupefactos: “Y el Milenio, que es el señor mayor, ¿dónde está?” El rumor se convirtió en murmullo irónico: “Ah, es que ustedes no lo conocen. Es un señor que quizás está empezando a padecer Mal de Alzheimer…”

1747. MILAGRO DE ARBOLEDA

La cabaña ubicada entre los árboles sólo tenía un ventanuco, que permanecía cerrado, y por eso el habitante único describía el lugar como “mi sepulcro anticipado”. No era un calificativo siniestro, porque cada vez que pensaba en ello se ponía a imaginar cuál sería la fórmula para hacer que aquella imagen pudiera llegar a ser verdad. Hasta que un día de tantos hubo una borrasca invernal en tiempo que no era de invierno, y todo lo que ahí había quedó con estragos evidentes; bueno, casi todo, porque la cabaña escondida permanecía intacta, como si una fuerza superior la hubiera cubierto con su manto protector. Cuando el habitante, que había dormido a profundidad toda la noche, se dio cuenta de lo ocurrido tuvo un rapto de reconocimiento subliminal. Se arrodilló, besó la tierra, y dijo en voz alta: “Gracias, sepulcro anhelado, por avisarme que serás mi refugio más fiel”.

1748. ANTES DE LLEGAR AL PUENTE

La experiencia existencial de cada quien es, en el curso de la vida, una colección de imágenes que parecen brotadas de las manos de diversos artistas, algunos muy experimentados y otros inmaduros. Las imágenes que pertenecen al inicio de la vida son, como es natural, las más entrañables, sea que recojan testimonios inspiradores o que reflejen vivencias lacerantes. Las dos primeras imágenes guardadas en la memoria de aquel hombre que parecía ajeno a toda aventura imaginaria eran un puente de madera sobre un pequeño río y los rieles de una vía férrea detenida en el tiempo. Las guardaba como un tesoro secreto. Nunca trató de desentrañarlas. Hasta que una vez un psíquico a quien conoció por casualidad le dijo sin que él le preguntara nada: “Vas a cruzar un río sagrado antes de encontrar la estación por donde pasa el tren de tu destino”.

1749. DON TOÑO Y SU GUITARRA

Algunas noches de cielo despejado se escuchaba en la vecindad inmediata un hábil guitarreo unido a una voz de tenor entusiasta. Boleros y tangos de otras épocas eran lo esperable siempre, pero en aquel atardecer de atmósfera transparente se estaban colando melodías desconocidas. El espectador invisible se animó a acercarse al sitio donde don Toño, el jefe de la estación del ferrocarril de Oriente, revivía su concierto espontáneo sin auditorio. Llegó hasta la puerta de la oficina del jefe. Todo en ruinas, salvo la voz y la guitarra, que son eternas.

Familia instantánea

FAMILIA INSTANTÁNEA

En las semanas anteriores al día en que desapareció María del Tránsito no se había producido ninguna situación anormal en todo aquel vecindario que era muy tranquilo en comparación con los del entorno inmediato. Sin embargo, la posibilidad de que aquella ausencia repentina fuera producto de algún atentado delictivo no podía ser descartada, y cuando los familiares fueron a dar parte a la autoridad policial eso fue lo primero que se consideró, dado que María del Tránsito siempre había sido una mujer ordenada y previsible.
Las investigaciones comenzaron a buscar pistas y rastros, pero los días subsiguientes no dejaron nada en concreto. Los familiares iban casi a diario a pedir noticias, pero la respuesta siempre era la misma: “No hay novedades, seguimos investigando”. Un día de tantos, la agente encargada del caso les hizo una sugerencia que podía ser orientadora:

—Busquen bien entre las cosas de ella; tal vez ahí puede haber alguna pista…

La hermana menor fue la encargada de hacer la pesquisa en el cuarto de María del Tránsito. Al principio se resistió a hacerlo, por miedo a lo inesperado; pero luego se animó a la búsqueda. El cuarto de la desaparecida era un verdadero almacén de objetos de la más variada índole, desde juguetes de la infancia hasta muestras comerciales y objetos esotéricos. La hermana se dio cuenta entonces de que María del Tránsito era, por encima de la cotidianidad previsible, una persona desconocida.

— Mamá, esto es lo que he encontrado.

Y puso sobre la mesa un par de bolsas: una llena de papeles y la otra llena de piedras.
La madre revisó ambos contenidos:

— Los papeles son cartas de amor de un desconocido; las piedras parecen objetos religiosos de otras culturas…
— No entiendo nada, mamá. ¿Será que María del Tránsito se ha escapado para ir a vivir su amor muy lejos de aquí?
— ¡Ah, pero aquí parece estar la clave…! –dijo la madre desplegando una hoja escrita que tenía todos los visos de ser el borrador de una carta:

“Mi adorado desconocido: Si tú me llamas, voy a tu encuentro dondequiera que me indiques. Y ahí emprendemos la aventura suprema, que es formar una familia como si fuera producto de un rayo de luz que nos conecta de pronto. Anoche soñé contigo, y aunque no tengo ningún indicio sobre quién eres y sobre cómo eres, me basta con saber que nos hemos comunicado íntimamente por medio de las ondas del aire como los amantes de otros siglos. Si esta es nuestra oportunidad de pasar juntos a un plano superior en esta vida, dejemos que el amor espontáneo haga su obra…”

GATO LIBERADO

Todos lo consideraban un muchacho apático y distraído porque nunca dio ninguna muestra de voluntad propia a la hora de enfilar hacia su futuro. Algunos de sus conocidos habían creído ver en él vena de artista, aunque tampoco hubieran logrado precisar en qué sentido. Estaba en plena adolescencia, y ser casi borroso a esa edad no es lo común. Fue siempre estudiante mediocre, sobre todo en lo tocante a las materias con más componentes abstractos, y ahora que estaba ya en el comienzo de su vida universitaria las vacilaciones parecían incrementarse.

Se inscribió en Ingeniería Mecánica, pero muy pronto se sintió perdido en un laberinto. Algo tenía que hacer al respecto, y entonces optó por la Arquitectura de Interiores, quizás con la intención de hallar un espacio en el que pudiera acomodarse con normalidad apaciguadora. Pero al paso de los días fue imaginando que estaba dentro de una inocente pero al mismo tiempo insoportable Caja de Pandora. Y tuvo que hacer un tercer giro: en el semestre siguiente se inscribió en el área de psicología, ya con el pálpito de que necesitaba conocer más de sí mismo para entender los ejercicios de su propia conciencia, tan renuente al autoexamen orientador.

Durante los primeros días de experiencia en la nueva opción, los pensamientos se le fueron poniendo a la defensiva. Y la pregunta que se le dibujó en la pantalla de la conciencia fue directa y casi inocente: ¿Qué estoy haciendo? El silencio interior se hallaba crecientemente invadido por pequeñas lentejuelas palpitantes.

A medida que avanzaba el ciclo iba sintiéndose a la vez más cómodo y más incómodo. No acababa de entender tal contraste, aunque tampoco le provocaba ninguna reacción desquiciadora. Eso sí, sus funciones vitales se hacían más frágiles y las sensaciones inesperadas empezaban a ser presencia usual. Se sorprendió a sí mismo buscando espacios internos para instalar sus nuevas inquietudes, pero no los encontraba a su disposición. Confundido, fue a consultar con la licenciada Marinero, su profesora en educación de la conducta.

Ella lo escuchó con la atención profesional pertinente, y al final le dijo con amabilidad casi familiar:

— No es que estés confundido, no.

— ¿No? ¿Y entonces por qué no encuentro nada que me quite esta ansiedad?
— Ya lo encontraste.
— ¿Cómo así? Alguien me dijo que en lo que sentía había gato encerrado.
La experta sonrió, y él sintió que en aquella sonrisa estaba descifrándose el enigma.
— Mira, muchacho, aquí lo que hay no es gato encerrado, sino gato liberado. Te estás conociendo a ti mismo antes de salir a conocer el mundo. ¿Te das cuenta? Es lo que deberían hacer todos…

Y entonces él sonrió a su vez, con gesto de gato que aún tenía que descifrar si era doméstico o montés.

SEGUIR EN LA NUBE

Los promotores de aquella iniciativa se presentaban como emprendedores insertos en esa moda que cada día toma mayores impulsos. Él estaba entre los más entusiastas, y sus amigos copartícipes así lo consideraban, asignándole en ciertos momentos condición de líder. Por ejemplo a la hora de decidir el nombre del emprendimiento, ya que él se caracterizaba por sus dotes imaginativas. Los compañeros de tarea lo rodearon para que soltara el nombre:

Y ahí emprendieron el esfuerzo para concretar lo que se proponían.
El proyecto empezó a tomar forma, y muy pronto estaban ya instalados y con propuestas bien concretas para iniciar labores.

La Nube de Voces inició en un local ubicado en la zona comercial más moderna de la ciudad, ahí donde iban principalmente los jóvenes en busca de todo lo que pudiera servirles para estar al día en la tecnología, en el vestuario, en las comidas. Ellos en su tienda se dedicaban a vender productos electrónicos de última moda, y eso les atrajo una clientela inmediata. El negocio iba viento en popa, pero los problemas personales comenzaron a aparecer, como lo que son: roedores implacables e incansables.

Hasta que en algún momento la opción desintegradora se hizo presente.

— Que se acabe esta mierda. Cada uno por su lado.
Y eso lo decía el autor del nombre de la tienda.
— ¿Qué te pasa, loco? ¿Se te sobrecargó la batería?
— ¡No’mbre, se me está recargando!
— ¿Y entonces?
— ¿Es que saben qué: con el nombre que tenemos no vamos a llegar más lejos?
— ¡Ah, ya apareció el peine!
— Por mí no hay problema: yo soy calvo.
—Ja, ja, ja. ¿Y cómo quisieras que se llamaba?
— Nube de ecos.
— ¡Perfecto! ¡Este sí que es creativo aunque sea más cabrón!

Historias sin Cuento

HAY QUE SOÑAR SIN MIEDO

Aún era niño cuando llegó a la academia de don Valero Lecha ubicada en la segunda planta del edificio que estaba enfrente del Teatro Nacional, a un costado de la plaza Morazán. Quien lo llevó ahí fue una vecina ya mayor, artista tanto de la palabra como del pincel, que vivía a cuatro puertas de la suya, en el pasaje Rovira. Ella, quien tenía temperamento elocuente y desinhibido, le presentó a don Valero aquel joven reservado que apenas sonreía:

—Este cipote tiene pasta, pero como es natural aún no sabe lo que quiere. Tal vez usted con su ojo clínico puede ayudarle. Está escribiendo sus primeros versos, pintando sus primeras acuarelas, iniciándose en el piano de mi casa…

El maestro lo saludó con la seriedad afable que le caracterizaba, y de inmediato le dio ingreso en el ambiente, dándole las primeras indicaciones. Era ya tarde, y la academia no tardaría mucho en concluir su jornada. La vecina que lo había introducido tuvo que irse más pronto, por algunos mandados pendientes, y él se quedó ahí un poco más.

Cuando salió, la tarde estaba cayendo y era la hora justa en que iniciaba la siguiente función en el teatro inmediato que funcionaba como cine. Sin siquiera ponerse a ver qué película se estaba exhibiendo aquel día, fue a la taquilla y pagó su entrada a balcón, que era su posición favorita, porque tenía la pantalla de tú a tú.

Se abrió el telón, se apagaron las luces y surgieron los créditos del filme por venir: “Ave del Paraíso”, aquella cinta que había visto ya, con Debra Paget, Louis Jourdan y Jeff Chandler. Una historia de aventura y romance en los mares del sur. Él suspiró con fuerza: el que le tocara ver de nuevo las imágenes de aquel mundo precisamente el día en que estaba por primera vez en contacto manual con los colores vivos tenía que envolver algún mensaje.

Salió de la función cuando ya era de noche, pero el crepúsculo parecía reacio a salir de su propia escena. Eso lo animó a irse caminando hacia su casa, allá en las inmediaciones del Colegio María Auxiliadora. Cuando iba cruzando la colonia Santa Eugenia, las iluminaciones de la atmósfera nocturna parecieron acercarse hacia él, hasta tomar posiciones en el lienzo de su conciencia. Mientras caminaba, otras imágenes iban uniéndose al cortejo. Las de sus anhelos creativos incipientes, las de las historias cinematográficas más concordantes con su naturaleza de infante proclive a la adultez prematura, las de la tierra y el aire que le llegaban como presencias espontáneamente propias…

Estaba ya muy cerca de su lugar de residencia, al fondo del pasaje. Y antes de empezar a subir desde la calle de Mejicanos sintió que todo lo que vendría para él se había definido aquella tarde, al menos en el plano de las emociones, que es lo que verdaderamente importa. Allá arriba, en el cielo estrellado, había un lamparón que tenía la forma de un velero en vuelo. Y en ese instante solo pudo articular un susurro que su propia voz ya adulta le enviaba desde adentro: “Mensaje recibido…”

LOS MUERTOS NUNCA DUERMEN

Sus días estaban orgánicamente contados, y de alguna manera había que empezar a pensar en los detalles del desenlace. Lo hacía sin decírselo a nadie, aunque en algún momento sus decisiones, si es que llegaban a ser tales, tendrían que ser conocidas para que se pudieran poner en práctica.

Lo primero que le vino a la mente fue el destino de su cuerpo. En el ambiente se había ido poniendo de moda la cremación, y mucha gente optaba por ella, de seguro sin pensarlo a fondo: algunos porque eso era más práctico que un entierro y otros porque guardar las cenizas en una caja les permitía sentir que el difunto aún se hallaba ahí. Cuando se lo planteó, lo que de inmediato vino a su memoria fue el fogón de la rústica cocina de leña en su hogar campesino de otro tiempo.

No logró decidirse por ninguna de las dos opciones, y dejó en silencio la decisión a sus descendientes: Helena y Julio César. Tampoco tenía testamento formalizado, y solo de imaginar el posible reparto se le asomaban grandes incertidumbres al cristal de la mente.

Así llegó la hora cero. Paro respiratorio, que fue instantáneo mientras dormía. Ya no despertó, al menos para los que le rodeaban. El médico de cabecera certificó el deceso. Los dos hijos estaban cada uno a un lado de la cama, casi compungidos. Luego se fueron a hacer los preparativos del sepelio. Habría entierro sin misa previa, porque ambos se habían alejado de la religión. El cadáver se hallaba en la sala del velatorio, y como eran dos o tres los asistentes, nadie se percató de aquel movimiento de párpados en el rostro del difunto.
Días más tarde, los hijos fueron a arreglar con el abogado el punto de la herencia intestada. Había que repartir los bienes. Helena llevaba un retrato de su padre, como para que estuviera presente. De inmediato comenzaron las diferencias. Se fueron caldeando los ánimos, y al final cada quien se fue por su lado, y el retrato quedó sobre una silla. Y nadie se dio cuenta de que la mirada del rostro fotografiado parecía de pronto ser el reflejo de una profunda reflexión.

Ahora su cuerpo estaba bajo la tierra apelmazada y sus pertenencias continuaban en el limbo de lo indefinido.

Entonces tuvo, desde algún lugar perteneciente a su nueva ubicación en el tiempo, el impulso de tomar las decisiones que no se animó a tomar antes. Había que imaginar cómo ponerlas en práctica.

Como primera providencia, fue en busca de apoyo entre los espíritus a los que hoy tenía acceso directo.

A la mañana siguiente un fuerte temblor de tierra fracturó la colina donde se hallaba su sepulcro. Este se abrió violentamente y el cadáver voló por los aires, envuelto en una túnica de polvo. Y dos días más tarde, como por arte de magia, un incendio de grandes proporciones se desató en la colonia donde estaba su casa, arrasando con ella y con todo lo que había en su interior, que era lo más valioso que él dejara. Los hijos llegaron a ver los estragos, sin saber qué hacer.

Él, que ejercía ya como eterno insomne, lo observó todo. Hizo un gesto de aceptación de lo inevitable, y se preparó para continuar en lo suyo.

EL BAÚL DE LOS OLVIDOS

Marcó el celular de Irene y por enésima vez, luego de la cadena de timbrazos, la máquina volvió a decirle que el número marcado no estaba disponible en aquel momento. Volvió a preguntarse: “¿Qué le estará pasando que no me responde?” Y para no seguir en el enigma, se fue aquella tarde a la colonia donde vivía Irene. Conocía muy bien a la madre de ella, que fue quien salió a abrirle.

—Hola, Rodrigo, qué bien que te acercaste, porque Irene ha estado diciendo que como que la habías olvidado… No le contestás sus llamadas.

Él puso cara de sorpresa.

—¿Yo? Si soy el que la está llamando siempre y ella es la que no responde…

—Ah, qué divertido. Se están jugando la vuelta.

—¿Ahora no está?

—Creo que ya va a venir porque ya es la hora. Entrá para que la esperés.

Ahí se estuvo hasta que cayó la noche. Irene no aparecía. Entonces se regresó a su casa. Cuando llegó, su hermana le dijo:

—Aquí ha estado Irene, esperándote. Se acaba de ir.

Él se quedó en vilo. ¿Qué quería decir aquel jueguito de desencuentros? En los días subsiguientes no hubo posibilidad de comunicación por ninguna vía. Y tanto él como ella se preguntaban por su cuenta: “¿Será que en algún lugar están escondidas las respuestas a lo que pasa?”

No lo sabrían nunca, porque por alguna coincidencia anímica, que podía venir de lo más profundo de sus ancestros, la suerte de ambos estaba guardada en el baúl de los olvidos.

Álbum de libélulas (179)

1466. EL UNO PARA EL OTRO

Angélica se las sabía todas sobre el comportamiento de las almas en pena, porque era una de ellas, aunque esto lo mantenía en completa reserva. Todo comenzó cuando su madre y su padre se fueron cada uno por su lado, como si se los tragara el polvo o la marea, y ella se quedó en poder de una vecina que se dedicaba a leerles la palma de la mano a los vecinos a cambio de algunas monedas. Nunca pudo encontrar a alguien con quién entablar algún tipo de relación sentimental, y por eso se quedó con la conciencia en suspenso cuando aquel señor que estaba evidentemente en la medianía de la edad se le acercó como si la conociera desde hacía mucho. El recién llegado la envolvió en una gasa emocional insospechada. Y cuando llegó el momento de las definiciones, ella le preguntó: “¿Qué has visto en mí?” “Tu aura, porque yo como tú soy un alma en pena”.

1467. ENTRE APRENDICES

Se había dedicado artesanalmente a descifrar actitudes y conductas de los seres más comunes, y aunque no tenía título que lo acreditara al respecto, contaba con una larga lista de interesados en recibir sus orientaciones. Para no caer en violación de las normas profesionales, no ten ía ningún lugar que se semejara a un consultorio. Se reunían en parques, en cafés, en tabernas o en corredores de centros comerciales. Aquel día recibió una llamada que de entrada parecía misteriosa. El que quería hablar con él no se identificó con ningún nombre y lo citó en una esquina cualquiera de la zona urbana que más se estaba desarrollando. Conversación de pie. Preguntas sencillas, casi ingenuas. Ya para terminar, el consultante le extendió un cuaderno en blanco: “Soy el milenio que está empezando. Necesito ideas simples y espontáneas. Tengo mucho que aprender…”

1468. COMPAÑEROS PARA SIEMPRE

Cuando recordaba sus tiempos como guerrillero activo en distintos campamentos de las montañas del norte del país lo primero que le saltaba a la pantalla de la conciencia era el rostro de Ástrid. Un rostro que estaba centrado en la mirada, que siempre parecía decirlo todo sin necesidad de palabras. Ástrid se fue con él desde que se inició aquel periplo que era azaroso e imaginativo al mismo tiempo. Por las noches no se sabía si las balas o las estrellas estarían a la mano. Lo que sí se sabía era que Ástrid estaba ahí, a su lado como un hada puntual. Y cuando en un combate él resultó herido, Ástrid en ningún instante se apartó de su lado. Se repuso, y Ástrid seguí ahí, radiante. La guerra llegaba a su fin. Pronto habría que volver a la vida común. Y entonces Ástrid le dijo adiós. La enterró en el campamento final. Ástrid, la inolvidable chuchita aguacatera…

1469. MISTERIO EN EL CAMINO

Allá en el Cantón San Nicolás había un cruce de vías: la de las camionetas que iban hacia el norte en la ruta hacia Chalatenango y la del ferrocarril que venía de San Salvador e iba hacia Chiquimula, en Guatemala. En ese cruce, que estaba muy cerca del río Las Cañas, que era en verdad un arenal apenas acariciado por una leve corriente de agua, se decía entre los lugareños que con frecuencia aparecía un grupo de peregrinos que regresaban a pie de Esquipulas, y que parecían levitar sobre el polvo. Él era un niño cuyas circunstancias vitales le habían hecho estar más alerta que otros de su edad, y tal aseveración le rodaba el ánima como una luz desconocida. Aquella tarde vio desde el falso a un lado de la calle a un montón de gente que venía del norte. “¡Romeros de viuelta!” pensó. Cuando llegaron al cruce se detuvieron. Luego se dispersaron en el aire. Él en cuenta. Hasta hoy.

1470. LA MEJOR EXPERTICIA

Dicen que el tiempo todo lo borra, hasta las cicatrices más aparatosas. Quizás sea así, pero lo cierto para ella era que había un desgarro que resistía todas las pomadas que el vivir traía en su alforja. Tal desgarro le había dejado una cicatriz ostensible, aunque sólo ella fuera capaz de advertirla: esa concentración de humo tóxico que quedó del incendio repentino de su primer amor. Cada vez que alguien se le acercaba con presunta intención amorosa, aquel humo se le alborotaba, provocándole la asfixia emocional sin escapatoria. Bueno, hasta que un día cualquiera de verano cálido apareció Nicanor como una especie de estratega activo en situaciones de peligro inminente. Ella notó de inmediato que algo distinto estaba por ocurrir, y luego de los primeros avances vino la pregunta crucial: “¿A qué te dedicás?” Él hizo un gesto de complicidad: “Soy bombero”.

1471. EL CONSEJO MÁS PURO

Arribaron por tierra a la ciudad anhelada y de inmediato fueron a instalarse en el hotel-boutique que tenían reservado de antemano. El sitio no podía ser más propio para el gusto de ambos, que coincidían en la predilección por los espacios de acogida para viajeros memoriosos. La ciudad los envolvió en sus velos aromáticos y el albergue les proveyó los estímulos sensoriales de una estancia intemporal. Aquella misma noche se fueron a cenar en el lugar que les recomendaron junto a las olas. Estaban ahí cuando alguien se les acercó. Pensaban que llegaba a pedirles algo, pero era al revés: estaba ofreciéndoles algo: “Estoy aquí para llevarlos hacia las estrellas en persona, allá en lo más alto. Es un servicio incluido en el paquete. Les aconsejo que acepten, porque será la única vez que tendrán esta oportunidad en su vida…”

1472. LEY DE LA VIDA

Lo único que se sabía de cierto era que había llegado con un grupo de peregrinos que se dispersaron en el lugar, como si así hubiera estado marcado por un designio desconocido. Cada quien cogió por su lado y él se quedó ahí, sin saber qué hacer. Los vecinos eran benévolos y le proveyeron de lo mínimo para sobrevivir. Él, en correspondencia, comenzó a hablarles de lo que está detrás de los montes y más allá de las nubes; y su labia era penetrante aun en las ánimas que parecían ajenas a toda forma de reflexión. Uno de los vecinos por fin lo encaró: “¿Qué querés de nosotros?” Silencio. Los que estaban en torno observaron alternativamente al cuestionador y al cuestionado. Este último comenzó a caminar alejándose. Entonces los presentes comenzaron a seguirlo. Quizás el grupo de peregrinos se había reconstituido. Siguió la marcha y el lugar quedó abandonado.

1473. EL PODER DE EVOCAR

París seguía en su memoria como la estampa más visible. Llegó ahora después de años, y le pareció sin vacilación alguna que sólo habían transcurrido minutos. Se fue a hospedar en una residencia modesta, allá en Boulogne-Billancourt, esa zona donde estuvo la primera vez, allá en sus 14 años. Salió a la calle de inmediato. Sí, era el sitio: el 118, Rue du Chateau. Se fue a caminar por los entornos. Todo igual, exactamente igual. Entonces tuvo la duda y se lo preguntó sin ambages: ¿Es que hoy el mundo externo es sólo mi memoria? ¡Ojalá, ojalá, ojalá!