Misterios de colmena

MISTERIOS DE COLMENA

El abuelo había sido un lector persistente y disciplinado, y su colección de libros abarcaba múltiples disciplinas, desde el Derecho, que era su especialidad, hasta las novelas costumbristas. Fue un apasionado de Hugo Wast, el novelista argentino tan popular en su época, allá en la primera mitad del siglo XX. El padre conservó la práctica, pero con menos pasión, reduciéndola a los textos de ciencia pura; y él apenas leía algún libro de vez en cuando, y siempre que fuera de temas esotéricos.

Cuando él se quedó en posesión de los bienes familiares, aquel enjambre de textos –porque en verdad eso le parecía– se le reveló como un universo gráfico que hubiera estado aguardándole desde mucho antes de nacer.

Todos aquellos libros no cabrían en ningún espacio de su vivienda y por eso dispuso heroicamente acudir a una biblioteca pública para proponer su donación. El encargado le agradeció el ofrecimiento pero se excusó de inmediato:

— Lo lamento: no nos queda ningún lugar disponible, porque además los libros físicos están cayendo rápidamente en desuso. Los textos electrónicos son una marea en ascenso…
Volvió a la casa y tuvo un impulso insospechado: irse a acompañar a los libros amontonados como si fueran indigentes que hubieran ido a buscar refugio.

Aquella noche fue él quien se refugió entre los montones de volúmenes hasta que el cansancio le cerró todas las persianas de la conciencia, salvo una, esa que estaba escondida detrás de una telaraña.

La apartó con suavidad casi religiosa, y así pudo pasar al interior de otra habitación, que parecía no tener paredes. ¿Qué era aquello: una ensoñación o un augurio?
De pronto, los volúmenes comenzaron a moverse detrás de él, acaso siguiéndole la pista. No volvió la mirada, pero sintió el avance, como si se tratara de una peregrinación de insectos.

Aquella sensación a la vez tan ambigua y tan tranquilizante no le produjo ninguna inquietud; por el contrario, le hacía estar anímicamente en equilibrio pleno, como nunca antes.
Entonces era cierto lo que presintió siempre: los libros, y sobre todo los libros heredados, tienen vida, y esa vida puede asumir las más variadas identidades.
Estaba en campo abierto; y cuando se vio ahí tuvo el impulso de girar la vista, para identificar a quienes le seguían.

Las carátulas de los libros parecían balsas voladoras que iban a integrarse en una estructura acogedora en algún ramaje de los entornos, y las páginas se habían vuelto minúsculas alas de abejas en tránsito hacia su destino…

Se arrodilló, en actitud de veneración extrema. A su alrededor, las abejas volaban como si él fuera el centro de una colmena misteriosa.

MISTERIOS DE VITRAL

Por efecto de la migración incontenible, que se había ido volviendo caudalosa en aquella parte periférica de la ciudad por efecto de los acosos delincuenciales crecientes, la capilla tradicional del lugar estaba casi siempre vacía, aun en los días de más actividad ritual. Como siempre, quedaban asiduos que eran fieles por encima de todas las adversidades, y curiosamente algunos eran muy mayores y otros eran muy jóvenes, como si las puntas del tiempo tendieran a encontrarse por efecto natural.

Pero llegó un día en que el oficiante del lugar fue destinado a otra parroquia en la que había una vacante y mucha feligresía.

Los fieles se sintieron abandonados, y aunque hubo algunas gestiones reparadoras ante las autoridades eclesiásticas, lo único que surgía de ellas era el ofrecimiento de una pronta restitución del servicio. Dichos fieles seguían reuniéndose en el lugar, porque alguien tenía las llaves en su poder.

Por impulso espontáneo, ahora ya no se reunían ante el altarcito mayor, donde la ausencia era lastimosa, sino alrededor del pequeño vitral que quién sabe cuándo había sido ubicado en una de las alas laterales. Era un vitral sencillo, casi rústico, en el que se mostraba una multitud alrededor de alguien que tenía notoria apariencia de personaje sagrado, quizás anónimo. Era obra de algún artesano de los entornos, que, sin embargo, tuvo siempre una luminosidad que parecía superior a cualquier adversidad. Un día, sin embargo, el vitral se mostraba apagado, como si se le hubieran acabado las fuentes de luz.

Uno de los asistentes reaccionó con premura automática, y en aquella penumbra era difícil saber si era uno de los mayores o uno de los jóvenes:

— ¡El vitral se ha ido de aquí, vamos a buscarlo!
Todos se miraron, tocados por la orden invitadora. Salieron con rapidez, y se detuvieron ante el reducido atrio. Alguien preguntó:
— ¿Para dónde vamos?

En un movimiento que tenía todos los visos de ser una orden interior, los asistentes se dirigieron a toda prisa hacia aquel bosquecillo que nadie había plantado y que se hallaba ahí, con todas sus malezas y bejucos desde que había memoria. Avanzaron hacia adentro, hasta llegar a aquel punto desconocido: un lugar limpio, pero oscuro como una catacumba. ¡Ahí estaba el vitral, resplandeciente a su estilo!

Todos cantaron llorando la alabanza a la sorprendente voluntad suprema. Ahora esa era la nueva iglesia, y alguno de los árboles del entorno sería cada vez el oficiante.

MISTERIOS DE CANTINA

Desde los inicios de la adolescencia su principal destino eran las cantinas de la ciudad, independientemente de la ubicación de las mismas. Él había nacido y se había criado en un barrio periférico, que fue yendo a menos por las nuevas tendencias urbanísticas que se imponían sin decir agua va; pero aun en los tiempos en que era un muchacho sencillo y sin recursos se las ingeniaba para acercarse de vez en cuando a los bares de más relieve, incluyendo a veces sitios verdaderamente exclusivos. ¿Cómo hacía para agenciarse fondos disponibles? Siempre fue un enigma, porque además no era alguien cuyas excentricidades pudieran hacer sospechar actividades opacas.

Cuando inició sus estudios universitarios pareció entrar en fase de anímico repliegue, como si las tareas en ese plano le fueran ganando la moral. El trayecto entre su casa y la universidad y viceversa era su nuevo y único destino, haciendo sentir que las cantinas habían desaparecido del mapa. Pero aquel día alternativamente lluvioso y soleado hubo un giro en el aire que le hizo quedarse a la expectativa mientras el bus casi vacío en el que viajaba se detenía de pronto en una de sus “paradas continuas”.

Solo subió un nuevo pasajero: aquella muchacha que tenía toda la pinta de pertenecer a uno de esos grupos de jóvenes que se dedican a las tropelías urbanas. Él se corrió en el asiento hacia la ventana, queriendo pasar inadvertido. Ella recorrió el entorno con la mirada y fue a sentarse precisamente junto a él. Le habló de inmediato en un susurro:

— Hola, al fin te encontré.
Él tiritó sin poder contenerse:
— ¿A mí? Yo no la conozco.
— Ah, pero yo sí. Te he visto muchas veces en las cantinas donde yo merodeo buscando víctimas…
— ¿Víctimas? –gimió él asustado.
— Sí, víctimas que quieran sufrir y gozar al mismo tiempo. En las cantinas siempre hay desconsolados que quisieran unos minutos de placer. Yo soy un hada compasiva y de eso vivo. La tarifa es módica y si me entusiasmo hasta puede ser un cariñoso encuentro de amigos. ¿Te animás?
Él entonces pareció haber sido tocado por una corriente irresistible. En la boca el sabor de un líquido fragante; en los músculos la caricia de un ensueño vivo…
— ¿Y solo en una cantina se puede? Es que últimamente ya no voy por ahí…
— En la cantina se empieza… ¿Estás cambiando de vida, verdad? Pues yo te voy a enseñar cómo ganar lo nuevo sin perder lo viejo… ¡Mirá, ahí nomás está una de tus cantinas favoritas! ¿Nos bajamos?
Él se incorporó de súbito, como si lo moviera un resorte irresistible. Se bajaron. Era en verdad una de sus favoritas: “Tiempos mejores”.

Álbum de libélulas (177)

1451. LISTO PARA EL VIAJE

Navegar en aguas marinas es siempre una experiencia en dos planos: el del agua que es presencia geográfica y el del agua que es vivencia nostálgica. El aprendiz de navegante se encontraba ya sobre el muelle, como había sido su ilusión desde que vivía en una de las montañas vecinas atisbando a diario las lejanías ondulantes. Lo que aún no sabía era en cuál de aquellos navíos ordenados en fila estaba destinado a embarcar. Recorrió varias veces el conjunto, sin encontrar ningún signo revelador. Fue a sentarse en un pequeño banco desde el cual podía tener perspectiva. Iba cayendo la tarde, y como era verano las iluminaciones resplandecientes se hallaban a la orden. Él entonces entró en suspenso emocional, hasta que una gota le cayó en la frente. Era el mensaje de la primera estrella que, detenida sobre el mástil del único velero, parecía invitarlo.

1452. ELLA ESTÁ AQUÍ

No hay necesidad de inventar ninguna memoria, porque todas hallan siempre a nuestra disposición en el desván de los días pasados. Y por eso aquella memoria emergente venía acompañada por un memorándum de datos conductores. Cuando llegó a una de las puertas laterales de su conciencia no tuvo que tocar: la puerta giró suavemente como si hubiera estado esperando la visita. Lo que acababa de entrar era –por todas las señales externas— una dama antigua, de esas que aparecían en los almanaques de antaño. Él se le acercó casi con reverencia: “Bienvenida, señora, está usted en su casa”. Ella lo miró con fijeza a los ojos: “¿Entonces me reconoces?” Él esbozó una sonrisa de buen conocedor: “Quien le envió la invitación fui yo”. Ella se conmovió hasta la humedad visual: “¡Ya decía yo que sólo un poeta memorioso como tú sería capaz de llamar otra vez a su hada madrina!”

1453. EL OTRO RITUAL

El terrorismo asalta en cualquier momento como los bandidos del Lejano Oeste y como los capos de la mafia actual. Y ese sujeto apareció un día de tantos en las calles de aquella ciudad que había sido hasta entonces una especie de remanso ajeno a los trastornos del tiempo. Una bomba sin sentido destruyó la única tienda de conveniencia de los entornos; un tiroteo inesperado acabó con las vidas de unos jóvenes que acudían a un servicio religioso; en la colonia más poblada se desató un agresivo incendio a todas luces provocado… ¿Qué estaba pasando? A alguien se le ocurrió ir a consultar a una médium, que vivía en una choza cercana. “¿El terrorismo? Anda suelto en todas nuestras mentes, aunque no nos demos cuenta. Dejémoslo que salga, para que se vaya lo más lejos que sea posible. En este tiempo, esa es la principal misión de las almas que no quieren perder su identidad original”.

1454. PAZ EN EL CAMINO

Esa mujer que venía caminando en sentido contrario al suyo le produjo de pronto la sensación de ser persona conocida. Como ya sólo faltaban unos pocos pasos para que se cruzaran sus rutas, se animó a detenerse para que ella hiciera lo mismo; pero ella no pareció darse por aludida, y él tuvo que alcanzarla diciéndole: “Nos conocemos, ¿verdad?” Ella no reaccionó, sino que siguió caminando más rápidamente, como si quisiera escapar de un peligro. “Óigame, por favor, que sólo quiero salir de una duda: ¿No tuvimos usted y yo un accidente en la carretera hace algún tiempo?” Ella se quedó pensando, quizás en busca de imágenes orientadoras. De pronto algo le hizo clic. Él asintió sin decir nada más. Se hicieron una reverencia mutua y siguieron sus respectivos trayectos. Era lo más propio que podían hacer aquellas dos almas en pena luego de la colisión que les quitó la vida en este mundo.

1455. POR LA BUENA RUTA

La pureza es un invento de los dioses. “¿Y entonces la impureza qué es?” Una licencia de Dios. Ambos se rieron, celebrándose mutuamente las salidas ingeniosas. Aquella no era una pareja común: el profesor de filosofía clásica y la alumna más reciente, que quería completar su formación ya concluida con otro acercamiento a la sabiduría. Ahora estaban en un resort de montaña, por invitación de una amiga común, que se les acercaba en aquel momento. “¿Hablan de la pureza y de la impureza? ¡Ah, qué buen indicio!” Ambos se miraron, sonriéndose, sin entender la alusión. “Bueno –concluyó la amiga, indicándoles la ruta–, ahora vamos a tomar los aperitivos en la terraza que da al paisaje abierto”. Y mientras caminaban les explicó: “¿Saben por qué les hablé de buen indicio? Porque la pureza y la impureza son las dos caras del amor. ¿Entienden?”

1456. NECESARIO REAJUSTE

Regresaba ya casi de noche a su casa con los efectos corporales y anímicos de haber estado todo el día en el taller reparando vehículos de la más variada naturaleza, desde motocicletas sencillas hasta camiones pesados. Pero aquel día se tardó más de la cuenta, y su compañera de vida empezó a preocuparse, porque los riesgos de la calle no tienen límite ni control. Apareció pasada la medianoche, con signos de haber estado inmerso en alguna diversión absorbente. “¿Dónde estabas”, le preguntó sin acritud. Él sólo hizo un gesto, como si sólo quisiera irse a dormir. Ella, con sospechas normales de mujer insegura, puso cara de circunstancias y se fue hacia otro lugar de la vivienda. Él la siguió: “No vayás a pensar nada malo, Erlinda: lo que he hecho es ir a la capilla a revivir mi conciencia de mecánico, porque al final de cuentas todos somos vehículos de la Providencia…”

1457. ¿FINAL FELIZ?

Vistas desde lejos, las costas brumosas tienen el imán de los paraísos inocentes. La nave se iba desplazando frente a una de esas costas en el Atlántico irlandés, mientras la joven que acababa de embarcar se asomaba a la veranda a sentir el aliento del aire con el que tendría que convivir quién sabe por cuánto tiempo. Descendió en Cobh, pequeña comunidad de pescadores, donde iba a encontrarse con un desconocido llamado Irving, con quien había entablado relación en las redes sociales. No había nadie esperándola en el muelle de atraque, pero eso no la arredró: sabía que él vivía en una posada próxima a la costa. Hacia ahí se dirigió. Al llegar preguntó por él, pero nadie lo conocía. ¿Habría sido una broma macabra? La bruma se espesó a su alrededor. Y alguien surgió de ella: “Soy Irving, y te invito a entrar conmigo en el mundo de los seres astrales”.

1458. ESA CLARA RAZÓN

Se animó por fin a declarársele a aquella chica que no sólo rebosaba energía sino que exudaba encanto. Ella se quedó impávida, como si no fuera con ella. “No espero una respuesta inmediata, pero sí, al menos, una señal orientadora… ¿Tengo esperanza o no?” Ella, entonces, soltó su carcajada más espontánea: “¿Esperanza? ¿Pero por qué me pedís eso, cariño? Dicen que la esperanza mantiene al tonto, y vos estás muy lejos de serlo… Yo no te puedo dar esperanza: lo que te puedo dar es inquietud… ¿No te parece más divertido?… A gozar se ha dicho…”

Álbum de libélulas (175)

1426. PARÁBOLA DEL ECO

Vadim Azarkh, el animoso pianista y cantante ruso, ponía la música de fondo en el ambiente de La Promenade, al centro del Hotel Dorchester, ese clásico de la zona de Mayfair en Londres. Alrededor, los visitantes, distribuidos en mesas entre grandes ramos de flores ubicados en pedestales departían en sus pequeños núcleos. Todos comían “tea sandwiches”, y nadie le ponía atención a las melodías del ejecutante cantor, hasta que comenzó aquella canción de siempre: “What a Wonderful World”. Los presentes suspendieron sus respectivos coloquios, y poco a poco, movidos por un imán insospechado, fueron volviendo los rostros hacia aquel rincón en el que una figura corpulenta era dueña de la voz. Hasta que una bien arreglada dama, fresca y antigua al mismo tiempo, dijo en voz alta: “Es él Louis Armstrong lo conozco de toda la vida… soy su memoria cantante…”

1427. TESTIMONIO FAMILIAR

Los paisajes tienen alma. Lo supe desde siempre, sin tener conciencia de ello. Luego esa naciente conciencia comenzó a dibujarme líneas y manchas de colores en su pizarra de papel de China. Pero el alma de los paisajes parece enamorada de las distancias, porque cuando uno los encuentra en el camino salen a recibirlo con efusión variable pero evidente, y a veces hasta con los ojos húmedos. Pero nunca como aquella vez en mi ruta hacia la cumbre de la colina donde había un castillo abandonado, que me ganó la voluntad desde que lo vi en el mapa de los lugares turísticos de la zona. En ese mismo instante sentí que aquel castillo era el lugar ideal para alojarme, y al solo pensarlo todas las formas naturales del entorno extendieron sus alas y sus manos hacia mí. El alma del paisaje se me abrazaba temblando de emoción.

1428. ADIÓS, MISTERIO

En aquella cuadra los vecinos parecían un muestrario de la diversidad humana, y eso que no era un vecindario que se caracterizara por ningún tipo de sofisticación. Por el contrario, todas las vidas presentes transcurrían en el anonimato perfecto. ¿Dónde estaba entonces el muestrario? Él, un soñador retirado luego de sufrir muchos deslaves económicos, era de seguro el más indicado para tratar de descifrar el enigma. Fue donde su amiga Florence, tiradora de cartas profesional. Él la llamaba Flor. “Flor, este día vengo a descubrir en qué mundo vivo”. Flor aspiró a fondo para que palpitaran todos sus pétalos. Luego de un largo silencio, las palabras fluyeron: “Vives en el mundo real, que siempre es una dualidad que abarca lo externo y lo interno. Externamente eres una especie de extraterrestre; internamente eres un vecino cualquiera…”

1429. DESVELO CON GAVIOTAS

El mar estaba ahí a disposición de todos los sentidos. Aparte de palparlo con solo acercar las manos a su liquidez espumosa se le podía oler como si fuera un infinito frasco de sustancias inmemoriales, observar en la intimidad de los espacios sin fin, degustar en la interminable variedad de sus ofertas comestibles y oír mientras ensaya mañana, tarde y noche sus ejercicios de inspiración musical. Y fue aquella plenitud de acercamientos vivos lo que hizo que el monje autoexiliado de su monasterio se sintiera en perfecta comunión vital y espiritual con el océano a cuya orilla había llegado a refugiarse para siempre. Ahora, ya con la vida corporal a punto de quedar en el camino como un equipaje olvidado, se dijo a sí mismo: “Después de tanto querer dormir en sitio protegido, me dispongo a iniciar mi desvelo con gaviotas a cielo abierto”.

1430. RITUAL DE EXPERTO

Masticaba constantemente un chicle como si con aquel gesto mecánico quisiera significar que todo lo que estaba a su disposición era triturable a voluntad. Así se había comportado siempre, desde niño, porque sus padres no tuvieron el cuidado básico de enseñarle que hay límites y reglas que respetar para que la vida no se exponga al caos. Él, sin dejar su juego de mandíbulas, estaba aquella mañana oyendo la conferencia del experto en salud emocional, a la que había acudido sin ningún propósito. En algún instante, el expositor lanzó una de sus frases incisivas: “Y ahí tenemos a alguien que sufre del síndrome del tiburón: morder, hasta deshacerlo, todo lo que halla a su alcance…” Él se sintió aludido, y se levantó. El conferenciante, sonriente, le hizo un gesto de saludo: “Amigo, vuelva por favor a su sitio, que los tiburones también pueden ser sociables…”.

1431. CRISTALES PRÓFUGOS

Se habían conocido en un café de la calle Grove, en Falmouth, serenísima ciudad en el extremo sur de Inglaterra, junto al mar. Tiempo nuboso, como era lo más normal. Habían llegado a aquel lugar casi sin proponérselo: él en una excursión de turistas mochileros; ella en un crucero masivo. Era la calle principal, poblada de comercios, pero con la tranquilidad propia del ambiente. Ellos, por contraste, provenían de aquel espacio convulso en el que aun salir a la calle era exponer la vida. Se vieron, y la conexión fue instantánea. Misterios de la suerte: venían de la misma ciudad en ultramar, y casi de la misma calle. Él dijo, sacudiendo la larga cabellera: “El destino manda”. Ella respondió, con el brillo del trópico en los ojos: “Y sus palabras hacen nudos”. ¿Entonces era una invitación del destino a quedarse ahí? ¡Sí, aquí, en el centro de las respiraciones confundidas!

1432. FELICIDAD A LA MANO

Se llevó a los labios la copa de Dom Pérignon, y fue saboreando su contenido como si fuera lo que es: un fluido incomparable. Afuera, el viento cálido hacía de las suyas entre el ramaje que rodeaba las construcciones del lugar. Se hallaba, a todas luces, en un resort de lujo, pero para él el lujo era una sensación de plenitud que podía producirse en cualquier parte. Sorbió otro trago de champán y salió a caminar por el entorno. Afuera, el aire lo recibió como a un amigo de siempre, dándole tenues palmadas en los hombros. Él correspondió con una aspiración profunda, que le llenó los pulmones de energía cósmica. Se sentó en una banca del parque inmediato y se puso a pensar. Estaba solo en el mundo, pero acompañado en el pequeño espacio cotidiano. Y entonces dio otro sorbo, pero del Dom Pérignon de la luz.

1433. PRIMER AMOR

Caminaba a pie desnudo por la veredita de polvo que iba circulando entre el cerro más cercano, y como era la primera vez que lo hacía ya en su condición de adulto sentía que aquel contacto era un reencuentro que podía llevarlo hacia lo desconocido secretamente conocido. Así llegó al mirador natural que daba hacia el valle inmediato. Sí, aquella era la casita que fue su santuario inicial, porque allí vivía ella, la niña de largas trenzas que le encendió por primera vez la llamita del anhelo. No volvió a verla, pero jamás dejó de soñarla. Se llamaba Ilusión.

Misterios de garaje

MISTERIOS DE GARAJE

Como no tenían vehículo propio, el pequeño garaje de su casita suburbana lo usaban de depósito para objetos no utilizados que no querían tirar a la basura. Era una familia de cinco: los dos mayores, que eran los padres, y los tres menores, que eran los hijos. Dos niños y una niña: los varones ya en los primeros escalones de la adolescencia y la hembra en el último escalón de la niñez. Los padres no parecían tener ningún punto de afinidad, pero se llevaban lo suficientemente bien para no tener conflictos mayores, al menos en apariencia.

Como el garaje se iba saturando con gran rapidez, la madre, que llevaba las riendas del orden doméstico, tuvo que poner una regla, dirigida especialmente a los hijos:

–Cuando haya alguna cosa que ya no quieran, en vez de ir a amontonarla al garaje me la enseñan para ver lo que hacemos con ella.

Las opiniones no se hicieron esperar:

–Hay cosas que ya no quiero pero tal vez después sí –dijo el varón mayor.

–A mí me gusta guardarlo todo aquí… – alegó el varón menor.

– ¡No voy a botar ningún juguete! –gimió la niña, consternada.

– Bueno, muchachos, pero en la vida hay que tener reglas, y cumplirlas, ¿entienden?

En ese instante, todos parecieron aceptar con gestos de obediencia resignada, aunque nadie asumía la orden.

En los días posteriores no ocurrió nada fuera de lo común. Nadie entró en el garaje, al menos en forma visible. Pero en uno de los fines de semana siguientes la señora se asomó al lugar, según su costumbre, para constatar que no hubiera nada fuera de control.

Lo primero que le llamó la atención fue que el espacio estaba bastante más lleno que la vez anterior que había estado ahí. Regresó entonces a hacer los reclamos del caso:

– ¿Qué no entendieron lo que les dije? Dentro de poco vamos a tener que desocupar el garaje llevando cosas a otra parte.

– Yo no fui, mamá.

– Yo tampoco.

– Yo nunca llevo nada. Ahí sólo están mis juguetes.

–¿Qué quieren decirme?

– ¿Por qué no le preguntás a mi papá?

Ella no reaccionó a la cuestión, pero se quedó con la inquietud. Muchas de las cajas que estaban en el garaje le pertenecían a él, y todas estaban firmemente cerradas como para evitar que alguien pudiera abrirlas. Entonces se decidió a salir de dudas sin tardanza, porque en aquel momento estaba sola en la casa.

Fue al garaje con una tijera de podar y un punzón. Y comenzó a tratar de abrir una de las cajas. Luego de mucho esfuerzo, lo logró. Al destapar lo que había en su interior se quedó en suspenso.

Un montón de pedazos de muñecas desmembradas. ¿Qué era aquello? Un escalofrío le recorrió el cuerpo al presentir que estaba conviviendo con la fantasía de un criminal en potencia.

MISTERIOS DE QUEBRADA

En el origen de la ciudad de seguro aquellas corrientes de agua encajonadas entre paredones quedaban en los alrededores de los pequeños espacios urbanizados, pero el crecimiento natural hizo que ahora las quebradas atravesaran barrios y colonias sin perder su condición de arterias rústicas.

Una de las áreas de mayor expansión era esa que iba acercándose cada vez más a la cadena de colinas y cerros que daba al sur, con el océano al fondo, escondido en su extensión inmensa, a la que ninguno de los habitantes del lugar tenía acceso. Y por ahí justamente corría aquel caudal que en los inviernos se convertía en torrente sonoro y en los veranos llegaba a ser un hilo que daba la impresión de estar extinguiéndose.

Él había estudiado ingeniería forestal, y el trabajo que le salió al graduarse fue en una empresa nueva que hacía desarrollos urbanos en zonas boscosas, y el primer sitio de destino sería aquél, porque ahí iba a desarrollarse un proyecto que incluía viviendas, campos de juego y arboledas acogedoras. Entonces decidió irse a vivir en las cercanías, y lo que encontró fue una casita a la par de la quebrada.

Durante el día pasaba entregado a sus labores profesionales y por la noche se encerraba en su pequeño ambiente. Vivía solo y eso le permitía disponer de todo su tiempo como le viniera bien cada día. Y entonces comenzó a producírsele una sensación desconocida, que fue acrecentándose con el paso de los días.

Cuando la luz solar desaparecía, de la quebrada vecina empezaban a surgir sonidos inconfundiblemente humanos: murmullos, suspiros, carraspeos, silbidos… Para salir de la duda le preguntó a un vecino si oía algo raro por las noches, y el vecino sonriendo le respondió: “Sí, los ronquidos jadeantes de mi mujer”.

Entonces estuvo seguro de que la quebrada sólo se comunicaba con él. Había que corresponder.

Un sábado bajó por la pendiente pedregosa y descubrió unas cuevas casi al ras del agua. Y, sin pensarlo más, se trasladó a vivir a la más espaciosa. Nadie en el lugar pareció darse cuenta. Jamás hubieran podido entender su vínculo sentimental con la entusiasta corriente, que hoy parecía una doncella enamorada.

MISTERIOS DE RELOJ

Se lo heredó su abuela materna, con la que vivió prácticamente toda la infancia, porque su padre fue el eterno ausente y su madre la dependiente obsesiva de su segundo marido. La abuela era trabajadora sin descanso en su tiendita de barrio, y no tenía bienes propios.

Cuando ella se fue de este mundo, él estaba por graduarse de contador. Dejó la vivienda que compartían, que era alquilada desde siempre, y se fue a un rinconcito donde apenas cabía el aire dificultosamente respirable. Afortunadamente ya estaba Alma con él.
Tenían desde luego una sola cama, que era un catre desmontable. Y ahí, ocupando el rincón, ese misterioso reloj de pie que venía siendo el heraldo de la familia, realmente inexistente, a través del tiempo.

–Por fortuna el reloj no camina –dijo Alma, aliviada.
Y para qué lo dijo, porque en ese preciso instante se le activó el tictac, que tenía ese tono marcial de los relojes que quieren hacer historia.
–¡Dios mío! ¡Es como si me hubiera oído! ¿Y ahora qué hacemos? –se alarmó Alma, entre pucheros y sonrisas.
Él estaba impávido, pero palpitando por dentro igual que el reloj. No había nada qué hacer.

Curiosamente, aquella noche ambos durmieron como hacía tiempo que no lo hacían. Al despertar al día siguiente, se miraron sorprendidos con las frentes alineadas en la pequeña almohada disponible. Y entonces descubrieron al unísono algo no explicable fácilmente:

–¿Y a éste que le pasa? Se calló del todo. ¿Se habrá descompuesto? –interrogó Alma.
Él hizo un gesto de desconcierto tranquilizador:
–Bueno, si ya no funciona, ¿qué vamos a hacer?
Y entonces ella reaccionó en forma sorpresiva:
–¿Cómo qué vamos a hacer? ¡Llevarlo a que lo revisen y lo compongan!
Él sintió que todo aquello tenía mensajes ocultos. ¿No estaría su abuela enviándolos desde allá? Ella y su reloj habían sido siempre una sola cosa, y él era el heredero.

–Bueno, vamos a llevarlo.
Santo remedio. En ese mismo instante el reloj comenzó a accionar con entusiasmo.

Álbum de libélulas (174)

1418. ILUSIÓN CUMPLIDA

Los compañeros de siempre hacían todos los sábados tertulia vespertina, que se extendía casi siempre hasta altas horas de la noche, ya con los primeros anuncios de la aurora. Y las casas del encuentro se iban turnando religiosamente. Aquel sábado le tocaba al más taciturno del grupo, ese que en los pasillos del colegio se movía como un duende y que en las calles interiores de la universidad pareció andar con un libro abierto entre las manos, como si circulara por una biblioteca infinita. Fueron llegando todos al ático donde vivía el aludido. Muchas veces habían estado ahí, pero aquel sábado se toparon al llegar al final de la larga escalera empinada con un lugar desconocido: del abandono polvoriento al orden exquisito. El taciturno, ahora sonriente, les hizo saber de inmediato: “Encontré a la mujer de mis sueños. El único problema es que sigue siendo invisible…”

1419. SIN TEMOR AL MISTERIO

Ahora hay en los diversos espacios de la internet infinidad de ofertas de servicios psíquicos. Ella escogió uno al azar. Cuando se puso en contacto, lo que le salió fue una voz masculina grabada. “Hábleme por la noche, porque durante el día me dedico a labores de servicio público”. Aunque la explicación no le daba buena espina, la curiosidad pudo más, y entrado el horario nocturno hizo la llamada correspondiente. Ya en directo, la voz era mucho más comunicante, aunque sonaba como la de una persona muy mayor. Concertaron la cita para iniciar el trabajo. Llegó ella a la dirección indicada. Sorprendentemente era un pequeño parque, de los de antaño. El psíquico estaba sentado en una banca, debajo de un heliotropo en flor, y parecía un adolescente. “Te esperaba —le dijo, incorporándose—: eres la reencarnación de mi primera pareja. ¡Bienvenida a tu mundo de siempre!”

1420. COMPORTAMIENTO TÍPICO

Se resistió al despojo al que un joven de aspecto normal lo conminaba en una de las esquinas del complejo habitacional, y entonces el asaltante le apuntó a la cabeza y disparó. Pero la bala no salió de la recámara, y lo que la víctima frustrada pareció recibir fue una vibrante descarga de energía. Se abalanzó sobre el asaltante, lo redujo contra el suelo encementado y le golpeó varias veces la cabeza hasta dejarlo exánime. Cuando lo vio convertido en un cuerpo sin vida le entró la sensación aterradora de lo inhumano, y de inmediato llamó al 911 para que acudieran en auxilio. Una patrulla se hizo presente, con sus aullidos convencionales. Al asaltado se lo llevaron al interrogatorio policial y al asaltante lo condujeron hacia la unidad de salud más cercana. ¿Qué resultó de todo aquello? La moraleja de siempre: el bien se pone a prueba y el mal recibe cuidados…

1421. COMPARTIR HABITACIÓN

Cuando cruzó la puerta de la habitación que estaba frente al jardín tropical cundido de verdes, tuvo un golpe emocional que estaba por encima de sus propios recuerdos. Era la suite designada, que él no había escogido porque no sabía que existiera, pero que estaba ahí, invitándolo a pasar, con una sonrisa que de seguro era la de ella. ¡Dios mío, un milagro insospechado! El ambiente clásico tenía aureola intemporal. Colgó sus trajes y ubicó sus otras prendas en el ropero de tres cuerpos que estaba en la pared central del dormitorio. Y entonces se dio cuenta de que un trío de retratos colgados daban fe de que aquella presencia había ocupado ese mismo lugar. Se le planteó de inmediato un dilema: ¿“Mogambo” o “La condesa descalza”? No tuvo que pensarlo mucho: “La condesa descalza”. Sí, porque aquella era la suite Ava Gardner, y el sitio era el Hotel Raffles, de Singapur…

1422. CUALQUIER PARECIDO…

Toda la parentela estaba reunida en uno de los salones de espera de la clínica de maternidad donde el acontecimiento se anunciaba inminente. Un nacimiento, desde luego, y del primogénito de la pareja de jovencitos anhelantes que se habían conocido en el salón de prácticas supraconscientes de la universidad en la que estudiaban. Llegó la hora. Por decisión de los futuros padres, nadie que no fuera el personal médico estaría presente en el momento del parto. Era pasada la medianoche, y un silencio profundo imperaba en el lugar. Pero se oían ruidos que daban la impresión de que una campiña remota se hallaba alrededor. De repente, un llanto de recién nacido. Un llanto que parecía cántico. Todos corrieron a la sala de partos. Y uno de los guardianes se acercó al agente de seguridad de turno: “Señor, ¿qué hacemos con una mula y un buey que están a la puerta queriendo entrar?”

1423. PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

Dicen que las ciudades tienen alma, y es que en verdad todo lo existente la tiene. Escribo entonces en mi cuaderno, el cuaderno íntimo, donde se pone lo que tiene que nacer de la punta del lápiz y no del toque de la tecla: “¿Qué alma me espera en el curso de los próximos minutos”? Y no he acabado de escribirlo cuando el toque de unos nudillos muy finos se me hace sensible desde la puertecita de mi habitación de ermitaño que, sin embargo, nunca deja de pensar en horizontes. Me quedo expectante. La variedad de presencias posibles está abierta. Desde un merodeador asaltante hasta un hada desvelada. Los nudillos vuelven a desafiar mi voluntad. ¿Y si fuera un alma en persona? La pregunta me mueve hacia la puerta. Retiro sigilosamente el pasador oxidado. La puerta se abre. Nadie. Solo una sospecha: es mi propia alma regresando al nido original.

1424. MITOLOGÍA DE PUNTA

El jardín se ha ido volviendo cada vez más silvestre, a pesar de que los cuidados jardineriles son de última generación. Y lo que ocurre por las noches es un acontecimiento completamente original, aunque haya imágenes históricas en el trasfondo. Cuando todos los visitantes, cuidadores y guardianes se retiran al descanso natural, el jardín asume su condición también natural de domicilio de ese personaje que se desplaza por las acequias como Pedro por su casa. Es un paseo que, de haber sido accesible a un fotógrafo de lo extravagante, se habría convertido de inmediato en material viral en las redes sociales. Sí, el personaje aludido es un león mitad pez, que recorre las acequias del jardín con voluntad imperial. Si no estuviéramos en Singapur, la imagen sería inverosímil. Pero estamos en Singapur, y el personaje es el emblema del destino.

1425. EL HOGAR IDEAL

Lo primero que hicieron luego de contraer matrimonio fue prepararse para la llegada del primogénito. Cuando el ginecólogo les anunció la buena nueva, lo tenían todo listo para la ocasión anhelada, fuera niño o niña. Se cumplió la fecha señalada por el proceso natural, sin ningún signo de alumbramiento inminente. El médico hizo los exámenes y tomó las radiografías del caso. Su gesto era incredulidad anhelante. “¿Pero la criatura está viva, doctor?” “Tan viva que tiene los ojos abiertos y sonríe… Sospecho que está feliz donde está y no quiere aventurarse a nada diferente…”

Misterios de azotea

1410. MISTERIOS DE AZOTEA

Creció en un cuarto que daba a la azotea. Más que cuarto era un desván medio habilitado para ser habitable. Su madre y él fueron puestos ahí cuando tuvieron que ir a pedirle posada a un medio hermano de ella, luego de que el padre del niño desapareció sin dejar rastro, en tiempos en que no había desaparecidos involuntarios.

Ellos eran lo que en términos familiarmente despectivos eran llamados “recogidos”, y los que les permitían vivir ahí se lo hacían sentir. Más a él que a ella, quizás porque era hijo del ausente. Así fueron pasando los tiempos, y el niño fue a la escuela, luego al instituto y después a la universidad.

No pasaba de ser “el recogido”, pero ni siquiera los que así lo trataban podían eludir el hecho de que se trataba de una especie de genio intelectual, con un abanico de vocaciones posibles.

Escogió la carrera de arquitectura, porque su sueño era ser constructor de avanzada, con torres incomparables en el horizonte. Obtuvo el primer lugar en el examen de ingreso y la beca correspondiente. Lo necesario, porque no hubiera podido costear de otra manera el estudio. Y en cuanto comenzó, su aprovechamiento académico se puso de relieve, y muy pronto le aparecieron oportunidades de trabajo. Ingresó en una firma de arquitectos, en un puesto prometedor, que incluía vivienda gratuita en un desarrollo de clase media. Pero él esto ni siquiera lo tomó en cuenta. Seguiría en su desván, como siempre.

Cuando uno de los jefes le preguntó sobre aquella decisión que a todas luces era incomprensible y no tenía precedentes en la empresa, él respondió en forma evasiva:

—Es que tengo un compromiso de fidelidad que no puedo dejar de lado.

—¿Y eso? Si es para tu mejoría. Sabemos que vivís en condiciones precarias.

Entonces él sonrió, como pidiendo disculpas, pero sin dar otras explicaciones. Y no lo hacía porque sus motivos muy difícilmente serían tomados en serio. Hubiera tenido que decir: “Mi gran maestra en la vida ha sido la azotea a la que pude asomarme siempre, aunque viviera y siga viviendo en un improvisado desván. Desde ella observé el horizonte con todas sus invitaciones a ver hacia lo alto y hacia sus entornos. Si alguna vez tengo que salir irremediablemente de ahí, lo voy a hacer hacia otra azotea…”

1410. MISTERIOS DE DISTANCIA

La casa donde vivían estaba rodeada por un vecindario que semejaba una decoración evocativa: había un par de tienditas que hoy podrían llamarse “de conveniencia”, se alzaban aquí y allá algunos árboles de tronco majestuoso y de amplio ramaje, cerca corría una quebrada que en las épocas de lluvia se desbordaba de su cauce que no era superficial, al fondo destacaba la torre de una iglesia de las de antes, quedaban terrenos baldíos donde los animalitos silvestres aparecían y desaparecían como por arte de magia, ninguna casa daba pared a pared con alguna otra, de vez en cuando hasta pasaba por ahí una carreta tirada por su yunta de bueyes como una estampa perfectamente irreal…

El adolescente de la familia observaba todo aquello con curiosidad que nunca se convertía en verdadero interés, porque todos los indicios apuntaban a que él sería un millennial intuitivo en plena posesión de tal conciencia de época ya que sus recurrentes aleteos psíquicos apuntaban en esa línea como hacia un blanco irresistible. Y lo que le tocaba hacer para ubicarse en el espectro humano donde quería estar era demostrar capacidades sobresalientes. Se lo propuso, y muy pronto era el alumno emblema del instituto nacional de la zona.

—Este Miguel es un genio –dijo un día en el aula su profesor de Matemáticas.

Él lo corrigió:

—Perdone, señor: me llamo Mike.

—Okey, okey –sonrió el maestro, que no hubiera podido decir nada más en el idioma del Norte. Y como se avecinaba la conclusión del bachillerato, Mike estaba pensando ya en el inmediato futuro. Se esforzó aún más, como un corredor de pista en los últimos metros, en pos de una beca hacia “allá”. La ganó, por supuesto. El millennial se hallaba en su ruta.

Pocos bártulos, muchos anhelos. La familia lo despidió con abrazos y lágrimas. Él reaccionó con suspiros profundos, que pertenecían a otra emoción, aunque no lo pareciera. Y un par de días después partió como si escapara, sin echar ni siquiera una ojeada a su entorno. Iba a Canadá, a Quebec, donde estaba radicada la beca. Y era en vísperas de invierno.

Quebec es un lugar acogedor y lleno de pequeñas sorpresas atrayentes. Él se instaló en un ínfimo ático, y desde ahí observaba el vuelo de la nieve. Pronto se incorporó al mundo universitario, como un recién llegado sin más ayuda que la de sus entrañables promesas.

Días, meses, años… ¿Cuánto tiempo había transcurrido? El calendario tenía su respuesta, pero su ánimo venía bordando la propia. Y esa pequeña planta que iba alzándose en un rincón de su memoria solo podía tener un nombre: nostalgia. ¿Qué era aquello: una broma del subconsciente?

Su familia se sorprendió cuando las comunicaciones desde Quebec comenzaron a ser cada vez más frecuentes, sobre todo vía su hermano menor, que las recibía por WhatsApp. Y las peticiones se iban concentrando en una: petición de imágenes sobre los alrededores de la casa. Los árboles, la quebrada, los predios baldíos, la torre de la iglesia y si se podía la carreta pues ni qué mejor…

Y así en una fecha cualquiera envió la noticia:

—Me regreso. Ya terminé aquí. Quiero empezar allá… Y allá mismo…

Era cerrar el círculo. Había llegado a estudiar ingeniería y acabó estudiando filosofía. Su tesis, recién coronada con lauros, era un ensayo sobre el eterno retorno.

1410. MISTERIOS DE PASAJE

Cuando se dispusieron a hacer vida en común, como antesala del enlace formal, fueron a buscar alguna vivienda que les fuera grata y a la vez financiable. Luego de algunas indagaciones y visitas, lo que les quedó a la mano fue aquella pequeña vivienda de dos habitaciones al final del pasaje que estaba en los alrededores del centro de la ciudad, una zona que desde luego ya no era de las más apetecidas, porque todo el mundo buscaba los buenos suburbios.
Se instalaron ahí, llevándose desde luego consigo a su gato Bob, que era en verdad de él, que le puso ese nombre después de ver la emocionante película “A Street Cat Named Bob”, en traviesa referencia al dramón de Tennessee Williams.

A ellos dos la vida en el pasaje, que tenía una doble hilera de casas y en medio una especie de callejón en el que solo cabían motocicletas, bicicletas y si acaso algún autito muy chico, no acababa de convencerlos, porque los vecinos no pasaban de un escueto saludo cuando era inevitable; pero en cambio Bob parecía haber llegado a su destino ideal.

Una atardecida, ya en casa, acomodados en el sofá que apenas cabía en uno de los extremos de la habitación que servía de sala y de comedor, se pusieron a hablar del tema; y casi de inmediato surgió la pregunta para Bob:

—¿Qué es lo que te gusta de aquí, men?

El gato se esponjó, los abarcó con una sola mirada, alzó la cabeza como un competidor olímpico y lanzó un gemido clásico.

—¡Ah, ya entiendo, estás enamorado! ¿Y de quién?

Bob miró directamente a la joven que lo observaba con ojos húmedos.

—¿Cómo es eso? ¿De Karla? ¿Esto es hoy un triángulo, entonces? ¡El triángulo ideal! Amor mío, ¿viste lo que lo que has provocado en nosotros? ¡Una perfecta alianza! Si Bob fuera un hombre como yo, ya estaría en el suelo con la ñola quebrada… Pero no, no… Démonos la paz, como en la misa. ¡Aleluya!

Afuera, el pasaje se había iluminado de pronto como si todas las estrellas hubieran arribado a la vez. Bob maulló en éxtasis.

Álbum de Libélulas (173)

1410. ENCUENTRO MATINAL

La ixora roja tenía prestancia catedralicia, y al estar ubicada en el centro del jardín bordeado de tupidos arbustos de variado verdor los manojos de flores parecían a punto de flotar por su propio impulso. Ellos habían llegado de ultramar aquella madrugada y su horario interior se hallaba a la deriva; pero eso no impedía que estuvieran reconectando de inmediato con los seres que les eran tan familiares en aquel ambiente a la vez urbano y montañoso. Eran ya las 6 de la mañana, y la luz iba haciéndose sentir en el aire quieto. Ellos, que venían viviendo aquel espacio ultramarino como una especie de reiterada luna de miel espiritual, lo primero que hicieron fue salir descalzos al jardín. Aspiraron animosamente el aire de Bengaluru desde el bosque habitable del Taj West End, y se sintieron en perfecta compañía. Los cuervos, las ardillas, los cardenales y las palomas les hacían coro.

1411. OFICIOS DE FAMILIA

Sus tías abuelas sobrevivientes habitaban en una casa céntrica de la colonia Minerva, a la vera del cuartel El Zapote, donde se gestaban los golpes de Estado de la época. Meches, la mayor, trabajaba en la alcaldía municipal y Lydia, la menor, lo hacía en el Ministerio de Trabajo. Él, que era un adolescente con ganas insaciables de conocer detalles de familia, iba a verlas los sábados por la mañana, y ellas lo recibían siempre como al visitante esperado. Meches era la experta en el árbol genealógico familiar, y aquel sábado parecía más inspirada que nunca. Él llevaba un cuaderno de manuscritos, que eran primicias de poemas propios. “Tía Meches, se lo voy a dejar para que los lea cuando tenga tiempo”. A ella le brillaron los ojos: “Entonces voy a llamar a mi padre, tu bisabuelo, que como sabes también era poeta, para que los comparta conmigo… Ahí te cuento…”

1412. SÁBADO DE GLORIA

Por aquellos senderos entre los árboles gigantescos prefería caminar descalzo, y de seguro lo que estaba detrás de tal preferencia era la sensación de que todo aquel espacio arbolado era un templo. Un templo donde el Sol llegaba también en condición de penitente puntual. Él se desplazaba con los pies desnudos haciendo su caminata vespertina, que lo llevaba a distintos puntos de aquella arboleda que aunque permitía labores de albergue hotelero su máxima expresión era ser bosque con todos los atributos de tal. Y el principal de tales atributos consistía en inspirar devoción a cada paso. Por ejemplo ahí, a la sombra del gigantesco gulmohar florido, al que nosotros llamamos flor de fuego. Se arrodilló sobre la tierra, cerró los ojos y se quedó en silencio. Una flor del gulmohar cayó sobre su hombro en señal de bendición.

1413. COSAS QUE PASAN

El vehículo moderno se detuvo frente a la casa, y de él salieron dos hombres: uno muy mayor, de facciones típicamente europeas y de cabellera rala y platinada; el otro en la primera juventud, de talante mestizo local y de cabellera abundante estilo hippie. Hicieron sonar el aldabón oxidado y de inmediato les dejaron pasar. En cuanto ellos lo hicieron, se fue el vehículo que los había conducido. Dentro de la casa se oyeron saludos en voz alta, como si se tratara de una bienvenida ceremonial. Alrededor de la casa fue apareciendo una aureola de suave resplandor. Pasaron las horas. Ya cuando estaba por caer la noche, reaparecieron los visitantes, pero con identidades cambiadas: el europeo mayor era hoy un juvenil mestizo moreno de cabellera flotante; y el joven, un anciano blanco y de cabeza despoblada. Los aguardaba un carruaje tirado por caballos. ¿Juego del tiempo o juego de la luz?

1414. EJERCICIOS FLORALES

Raju llega todas las mañanas a la habitación a preparar las figuras florales multicolores sobre el piso junto a los ventanales de cristal. Tiene la silenciosa habilidad de los artistas artesanos que se han formado en la academia de la supervivencia cotidiana. Y aunque casi no desata palabra, su recogida actitud invita espontáneamente a entablar algún tipo de diálogo. “Hola, Raju, ¿cómo amanecieron los pétalos de crisantemo, de marigold, de clavel y de rosa esta mañana?” Sonríe, como si se le estuviera preguntando sobre un enigma sagrado. Responde en consecuencia: “Como todos los días, saludando al aire”. Es la respuesta que podría dar un soñador esotérico. Después hace el saludo tradicional: el namasté que junta las manos en señal de saludo a la divinidad del ser humano que está enfrente. Los pétalos desde el suelo hacen lo mismo.

1415. MISIÓN DEL CONACASTE

Los trastornos del clima iban cambiando aceleradamente aquellos entornos que en otras épocas parecían intangibles para siempre. Y eso hizo que en el vecindario, que estaba formado por gentes casi todas de arraigo prolongado, se creara una especie de hermandad protectora de lo que caracterizaba la naturaleza del lugar. En particular, esa acción casi paternal se personificaba en el conacaste que era como el patriarca de la zona. Se contactaron con especialistas en conservación vegetal, y los expertos les recomendaron muchas acciones preventivas y regenerativas; pero la decadencia del legendario conacaste era cada vez más notoria. Hasta que llegó el día en que la poderosa estructura se convirtió en un esqueleto sin vida. Entonces un vidente dio su veredicto: “Esto no es cosa del clima, sino del destino. Prepárense: reencarnará en alguno de ustedes…”.

1416. CLARIDAD EN EL LÍMITE

Ninguna palabra es más cambiante que la palabra Nada, y ninguna palabra es más inmóvil que la palabra Todo. Esto tendríamos que tenerlo sabido desde siempre, porque la historia, tanto externa como interna, está hecha con las mutaciones que van generando esas dos dimensiones inescapables de la vida. Él era un monje budista que había vuelto a la vida común, y no para desprenderse de su condición creyente, sino para medirla en la vida cotidiana. Aquella tarde estaba en un parque dándoles de comer a las ardillas que ahí moraban. Se detuvo para concentrarse. El Todo y la Nada se le aparecieron de repente, como expresiones existenciales. El Todo: aquella necesidad de ser partícipe de la vida en todas sus formas; la Nada: aquel sentimiento de que toda experiencia se esfuma como las ardillas entre los follajes…

1417. EN EL CAMINO

El avión de paso saldría dentro de un par de horas, y había tiempo para ir a deambular por las tiendas del aeropuerto. Así lo hizo, y durante un rato anduvo entre la multitud caminante de viajeros, sin hallar nada que le captara la atención. Hasta que se topó con aquel lugarcito que en su diminuta vitrina exhibía retratos antiguos. Observó detenidamente. Ahí estaba: aquel retrato era una pose de familia. La suya. ¿Cómo había llegado a semejante lejanía? Interpretó de inmediato el mensaje: tenía que quedarse a descifrarlo. Perdió el avión pero ganó la pertenencia.

Misterios de escalera

MISTERIOS DE ESCALERA

La casa a la que se trasladaron cuando el jefe de familia –como a él le gustaba que le llamaran– estuvo económicamente capacitado para subir de estatus residencial no era de grandes dimensiones pero tenía tres pisos. Sin duda, una extravagancia arquitectónica en un ambiente de estricta clase media, aunque bien se sabe que la imaginación no tiene límites de clase. Esto, en otros términos, es lo que dijo “el jefe de familia” cuando les comunicó a los suyos la decisión de adquirir el inmueble para trasladarse a vivir ahí de inmediato:

—Tenemos que subir de todas las formas que sea, y para recordárnoslo cada día van a estar los escalones que nos llevarán hacia arriba…

Y es que el tercer piso, el más reducido de los tres, con solo dos pequeñas habitaciones, sería el lugar para reposar y dormir. En una, el señor y la señora; en la otra, las dos hijas en edad escolar. Cuando estuvieron acomodados, todo pareció normal, sin resistencias aparentes. Y como no era ninguna novedad ese reparto de espacios, la vida siguió de inmediato su curso.
El vivir diario, sin embargo, no siempre es lo que parece. Cada uno de los cuatro habitantes de la casa vivenciaba aquel ambiente de manera muy distinta, aunque las diferencias no surgieran a la superficie. El señor, que ahora prestaba servicios de consultoría por internet, pasaba buena parte de su tiempo en el escritorio mínimo que estaba junto a la única ventana de su cuarto; la señora, que era costurera por encargo, elaboraba sus piezas en una antigua máquina Singer que heredó de su madre y que tenía ubicada en el casi vacío segundo piso; y las dos hijas, adolescentes que empezaban a experimentar inquietudes existenciales, siempre estaban en la primera planta, entre la cocina, la sala de estar y el galponcito donde permanecían las bicicletas.

Pasados los meses se fue haciendo evidente que aquella distribución de espacios estaba deshaciendo casi todas las posibilidades de comunicación cotidiana. Hubo días en que ni siquiera se cruzaban, ni siquiera en los momentos habitualmente comunes, como eran los tiempos de comida. El señor se llevaba los alimentos al escritorio; la señora, que era de muy poco comer, tenía un hornito microondas en una repisa a la par de la máquina de coser; y las dos niñas picaban todo el día en cualquier lugar como pájaras insaciables.

Así las cosas, llegó el momento en que el sitio donde más posibilidades había de encontrarse era la escalera, pero como ahí no era posible quedarse quieto por más de unos segundos, los encuentros parecían estaciones en una banda en movimiento, aunque desde luego la escalera siempre estaba inmóvil.

De pronto, aquella rutina tuvo un quebranto inesperado. La señora padeció un desvanecimiento sin antecedentes y hubo que llevarla en ambulancia al hospital más cercano, con todos los signos de una dolencia verdaderamente grave. Los médicos, luego del examen de rigor, llamaron al señor para informarle:

—Su esposa está padeciendo una insuficiencia cardíaca severa, y lo que ha tenido es un aviso de que tiene que cambiar todo su esquema de vida…
—Nosotros dormimos en un tercer piso, y hay que subir escaleras…
—Eso debe ser evitado desde este mismo instante.

No había tiempo que perder. Al nomás volver a la casa comenzó la mutación. Todo lo que estaba en el segundo piso y en el tercer piso pasó al primero, que hoy era un hacinamiento donde apenas se podía dar un paso. ¿Por qué nadie se quedó en el segundo o en el tercer piso? Quizá por un naciente sentimiento de solidaridad. El jefe de familia dio su veredicto:

—Es una lección. Dejamos la escalera que se mira y hoy tenemos que aprender a subir en la escalera que no se ve, que es la escalera de la vida.
La señora, quieta por necesidad, se pronunció al respecto:
—Y yo quiero llevar la iniciativa. El corazón me lo manda.

MISTERIOS DE HORIZONTE

Desde la ventana, suficientemente amplia para tener a disposición un buen trozo del cielo que daba al poniente, aquella señora que era viuda reciente y sin hijos se había vuelto de pronto contemplativa pertinaz. Su marido fue un hombre dominante y absorbente, que apenas le dejaba respiro, sobre todo en la convivencia hogareña, y ahora, cuando él se había ausentado del todo de seguro movido por el azote orgánico de sus mismas ansiedades, ella estaba ahí, ensimismada y silenciosa, como si estuviera invadida de sentimientos depresivos.

Solo tenía una amiga, que era una prima lejana con la cual habían sido cercanas desde la infancia. La amiga la observaba con inquietud, quizá porque presentía que todo aquello podía conducir a algún desenlace indeseable. Incluso podía andar circulando por aquellas estancias el fantasma del suicidio, que daba escalofríos de solo imaginarlo.

Nunca salía de la casa, y la amiga le preguntó el motivo de ello. Su respuesta fue otro enigma:

—Lo hice cuando no tenía horizonte, y hoy que lo tengo no hay para qué.
—¿Horizonte? ¿Cuál horizonte?
—Ése. Míralo.
—Yo lo que veo es una hilera de colinas al fondo de las zonas pobladas, y encima de ellas un telón de nubes… Lo de siempre.
—Es lo que nunca pude contemplar a mis anchas cuando él estaba conmigo.
—¿Pero de qué te sirve estar así todo el día viendo hacia afuera, cuando podrías estar afuera gozando de muchas cosas?
—Ah, es que yo antes veía el paisaje como si hacerlo fuera algo indebido, casi pecaminoso, porque para él yo debía estar siempre haciendo oficio, para que todo estuviera a su gusto; y hoy, en cambio, puedo quedarme aquí el tiempo que yo quiera, respirando como me gusta, soñando con lo que pueda haber detrás…

—Entonces, ¿no estás deprimida?
—¿Deprimida? ¡No! Al contrario: estoy ilusionada. Me he reconciliado con el horizonte, y eso me llena de serenidad. El horizonte es mi nuevo amigo, ¡qué dicha!

MISTERIOS DE TUMBILLA

Tía Ofelia había sido, desde que él tenía memoria, la parienta más cercana a su inmediato círculo familiar. Ella se casó en su primera juventud, tuvo una hija y muy pronto el cónyuge desapareció como por encanto. La hija de tía Ofelia era una niña aparentemente común, pero al iniciar la adolescencia empezó a dar muestras de ensimismamiento sospechoso, y un día de tantos dispuso irse con una caravana de turistas de mochila a recorrer mundo. Tía Ofelia se quedó sola y casi todas las tardes pasaba a verlos a ellos.

Cuando él se independizó, ya con empleo y con pareja, tía Ofelia le hizo una oferta inesperada:

—Yo estoy sola. Ustedes dos trabajan y el primer niño ya viene de camino. Si me dejan vivir con ustedes, yo me puedo encargar de todos los oficios de la casa. Todavía estoy fuerte.
Aceptó, más por compasión que por necesidad. Tía Ofelia, con solo una vieja tumbilla como equipaje, llegó y se instaló en una especie de rincón techado y protegido por piezas de madera rústica que estaba en la parte trasera de la vivienda. Ella permanecía en las otras partes del reducido hogar, realizando las labores domésticas, que cumplía con gran esmero.

Tía Ofelia pareció rejuvenecer con su nueva situación, y tal efecto se intensificó al máximo cuando la señora de la casa estaba a punto de dar a luz. El parto fue perfecto, pero sorpresivo y urgente. Tía Ofelia tuvo que oficiar como partera. Era una niña. Cuando la tuvo entre sus brazos, tía Ofelia se transfiguró, de seguro por la emoción.

En los días siguientes pareció rejuvenecer en forma casi mágica. Y aquella tarde cuando los dos padres volvieron de sus ocupaciones, ni tía Ofelia ni la niña estaban ahí. Quizás andaba por los alrededores, pero nunca volvió. Se activaron todas las alarmas. Los padres hubieran tenido respuesta de haber ido a abrir la tumbilla, agazapada en una esquina. Ahí adentro había una nota escrita en caracteres enigmáticos: “Mi hija ha regresado, y hoy me toca irme con ella a correr mundo. No nos busquen, no nos van a encontrar jamás”.

Álbum de Libélulas (172)

1402. BOSQUE PERFECTO

Fue a ver a una psíquica cuyo servicio le recomendó un amigo dado a los acercamientos esotéricos, porque las inquietudes anímicas le estaban desembocando en soledad depresiva. El lugar de la consulta parecía un tugurio, y eso, curiosamente, le pareció buena señal. La señora, que estaba a todas luces en sus años medios, apenas soltaba palabra. Pero le dijo un par de cosas que se le grabaron de inmediato, sobre todo una: “Vas a encontrar a Dios entre los árboles”. Pero él vivía en una ciudad superpoblada, y cualquier zona boscosa era inaccesible. Se sintió confundido, hasta que la psíquica se le reapareció en un sueño: “No me di a entender contigo, ¿verdad? Te hablé de Dios al que ibas a encontrar en algún bosque… Lo que no te dije es que ese bosque está dentro de ti, y que es ahí donde debes internarte… Puedes hacerlo ahora mismo… La entrada es este sueño…”

1403. LAS PALABRAS NO DUERMEN

Estaba constantemente con ellas, porque constituían el material espontáneo de su trabajo. Sí, era escritor, aunque en verdad su trato con las palabras parecía ser aún más íntimo, como si el vínculo viniera de lejanías indescifrables, quizás en los espacios de otras vidas. Así las cosas, se fue volviendo una especie de ermitaño que apenas tenía los contactos externos que posibilitaban la supervivencia material. Aunque cultivaba varios géneros literarios, lo que le proveía ingresos era la labor periodística y lo que le fertilizaba inspiraciones era la labor poética. Eso hacía que las palabras se hallaran aquí como en su casa. Y así iba sintiendo cada vez más que su vida era un refugio al que solo él y sus palabras tenían acceso. Un allegado le preguntó un día: “¿No te angustia la soledad?” Y él reaccionó: “¿Cuál soledad si estoy siempre rodeado por mis amigas que nunca duermen?…”

1404. AURORA CON MENSAJE

Con el terremoto más reciente muchas construcciones fueron destruidas; y como el lugar era nido de pobrezas, no hubo reconstrucción posible. Él y su familia quedaron prácticamente sin abrigo y tuvieron que ir a arrimarse al sitio donde se hallaban algunas viviendas medio en pie. Los habitantes, que eran conocidos, los miraron con recelo, pero no los ahuyentaron. Eso sí, les advirtieron que no querían relación con ellos. Y ellos lo aceptaron sin chistar, porque no había de otra. Y aunque conservaban los trabajos, la penuria era sentimiento diario. Dormían casi a la intemperie, como cualquier indigente. Y él comenzó a padecer insomnio. Cada día estaba atento a las primeras señales del amanecer. Pero aquel día, esas señales no aparecieron. Se incorporó, ansioso: “¿Dónde estás?” La luz matinal se hizo sentir: “Aquí, a tu lado. Cuidándote aunque no lo parezca”.

1405. SANTA VIDA

Entró en la capilla que frecuentaba desde que, sin que nadie lo instruyera al respecto, presintió y sintió que estar en presencia de un espíritu superior era condición indispensable para vivir de veras. Era niño entonces. Fueron pasando los años y aquel convencimiento se le volvió conciencia; y por desconocido lazo, era en aquella capilla donde se sentía realmente en posesión de esa verdad que aleteaba siempre en su interior. Una noche invernal, la tormenta fue casi un diluvio, y a la mañana siguiente se conoció el estrago principal: la capilla se había desplomado por la fuerza del agua huracanada. Él estaba frente al estrago, como un doliente inmóvil. Una ráfaga sobreviviente lo envolvió de pronto, en función de madre protectora. Y él lo supo de inmediato: era la Vida, recordándole que siempre estaría ahí, como delegada mayor de todos los espíritus superiores.

1406. MISIÓN ASTRAL

Generalmente las preguntas parecen desahogos sin trascendencia, pero aquella vez la pregunta brotó con ánimo casi sagrado, lo cual es mucho decir en la superpoblada cotidianidad. No la dijo en palabras audibles, sino en un murmullo que se le quedó rondando por las estancias cambiantes del interior: “¿Me recuerdas, verdad? Soy un viejo conocido…” Él no supo qué responder, porque las imágenes se le revolvían como si ninguna pudiera prevalecer sobre las otras. “Ah, sí –dijo entonces el murmullo–, estamos en completa sintonía: porque el silencio es la mejor respuesta. Tenemos faena. Ven”. Hubiera querido indagar: “¿Hacia dónde?” Fue como si lo preguntara, porque la voz le explicó, tal si fuera un escolar recién llegado: “Vamos hacia lo más profundo de ti mismo. Yo soy tu destino, y ahora empezaremos a explorar tu universo, eso que llaman alma, ¿entiendes?…”

1407. EL MEJOR AMIGO DEL AIRE

A primera hora, los pájaros de los alrededores comenzaron, como todos los días, a anunciar que el día estaba por llegar. El peregrino, que había hecho infinidad de jornadas hasta llegar a aquel punto, fue despertando como si se tratara de una ceremonia a la vez simple y solemne. Se incorporó en plena desnudez y solo se puso una especie de manto para salir a la intemperie, que era prácticamente donde había dormido, porque no tuvo ningún otro sitio disponible. Aquel en realidad era un parque, descuidado y lleno de malezas, pero sus pies descalzos estaban habituados a todas las rispideces del terreno. Se detuvo en un punto y aspiró a profundidad. Desde esa profundidad una voz le agradeció el gesto: “Gracias de nuevo porque me has puesto en contacto con mi mejor amigo”. Sonrió. Sabía quién era: su espíritu, que volvía a agradecerle la gracia de respirar.

1408. FULGOR DE IDENTIDAD

Se detuvo ante el retrato que estaba en una de las esquinas de la sala, y luego de una minuciosa contemplación se dijo para sus adentros: “Es ella, mi abuela Lillian, y es como si estuviera viéndola por medio del retrovisor más fiel”. Fue a la oficina del museo a hacer la indagación del caso y no pudieron darle ningún dato del autor: “Recuerde que son pintores desconocidos, y muchos envían sus obras en total anonimato”. Él lo que recordó fue que en algún momento del pasado su abuela le había contado que uno de sus hermanos en Nuevo México era aficionado a la pintura. ¿Sería obra de él aquella pintura tan evocativa? Y si lo era, ¿cómo había llegado ahí, tantísimos años después? Entonces se fijó en la casi invisible inscripción en uno de los extremos inferiores del cuadro. ¿Qué era aquello? Su nombre, ¡su nombre! Cerró los ojos para que las lágrimas se le escurrieran hacia adentro…

1409. UN VECINO CONFIABLE

Aquel señor tan poco comunicativo llegó a instalarse en el vecindario sin que nadie conociera su procedencia. Algunos creyeron que era un convicto recién liberado y otros pensaron que era un emigrante que estaba de vuelta. Pero en verdad no había ningún indicio que diera pistas sobre su real condición. Hasta que un adolescente de los entornos propagó lo que había descubierto en el laberinto virtual: era un profeta disfrazado de persona común. Y entonces los vecinos respiraron tranquilos, sin percatarse de que ahora estaban expuestos a todos los enigmas de lo sobrenatural.

Misterios de traspatio

MISTERIOS DE TRASPATIO

Su padre hablaba constantemente de lo que había vivido antes y durante la guerra, como adolescente ilusionado por las expectativas revolucionarias y como joven entregado a la lucha armada en los terrenos más inhóspitos. Estuvo en esos planos durante todo el tiempo que duraron las acciones en el campo; pero un día de tantos pareció que el fusible principal se había fundido, y todo lo que quedaba era una especie de nublazón sin salidas perceptibles. Buscó algún compañero de confianza con quien compartir sensaciones, y ahí estaba “El Tuerto”, limpiando su arma de faena y silbando a medias una canción de Silvio Rodríguez:
—¿Sabés algo, Tuerto?
—¿Ummm? –murmuró sin dejar el silbido.
—Que si sabés algo…
—¿Algo de qué?
—De esa mierda de la paz…
—Ah, pues lo único que sé es que hay que preparar los bártulos.
—¿Y entre los bártulos hay que meter lo que creíamos que iba a ser la vida después de todo este desmadre?
—Eso ya es cosa tuya. Yo me voy con lo puesto.
El mismo diálogo, ya en forma de rememoración a veces lamentosa y a veces colérica, lo había oído mil veces en boca de su padre, sin que nunca se despejara el enigma. Ahora su padre era un hombre que iba llegando a la tercera edad, y ya se había retirado de la ocupación de vigilante a la que se dedicó al regreso de sus largos años como activista en el terreno; y él, que nació dos años después de que se cerró el conflicto bélico, tenía inquietudes intelectuales y estaba iniciándose en el periodismo investigativo, ahora tan en boga en todas partes.
Un día, el hijo quiso tocar más fondo para un reportaje sobre la memoria, y se acercó a su padre, escurridizo en aquellos temas, sin que fuera a sentir que era un interrogatorio en forma. Estaban en el pequeño traspatio de la casita de suburbio que les dejaron unas tías solteras. Y comenzó por el diálogo con el Tuerto.
—Y en fin, papá, ¿te llevaste tus bártulos como te dijo el Tuerto?
—Ah, y eso qué importa ya. Es historia vieja, que se acabó en el polvo.
—Sí, ¿pero te los llevaste?
—Algo metí en la mochila.
—¿Y ahí también metiste la paz?
—Quizás.
—¿Y entonces?
—Pues si la metí se me cayó en el camino. Otros de seguro la recogieron y fueron a venderla cara… ¿Entendés?
—A medias. Pero es suficiente.

MISTERIOS DE INTERIOR

Se oían ruidos que no parecían provenir de ubicaciones precisas. La casa tenía muchos recovecos, y eso estimulaba la dispersión difusa, lo cual había propagado entre los residentes inmediatos la impresión de que era un lugar donde pasaban cosas fuera de lo normal, de seguro en el plano mágico. Y como los brujos y sus brujerías iban poniéndose cada vez más de moda en todas partes, aquella convicción hizo que hubiera hasta visitantes interesados en conocer el sitio, que desde luego nunca llegaron a hacerlo.

En la casa había tres habitantes: la abuela casi inválida, la madre que seguía dedicada a confeccionar artesanías dizque espirituales y el hijo que no quería hacer vida propia porque su mundo era una especie de laberinto imaginativo sin salidas. Durante el día, la casa permanecía en una quietud que no era normal; y por la noche parecía activarse esa energía que también estaba fuera de lo común.

En el día la abuela empujaba apenas su casi inutilizada silla de ruedas hacia un rincón que era su favorito, la madre se inclinaba sobre su mesa de trabajo como si quisiera sumergirse en alguna alberca ceremonial y el hijo, recostado cuan largo era en el sofá que era el habitante más antiguo de la casa, parecía estar rezando una letanía con ritmo de música hippie. En la noche la abuela estaba siempre a punto de incorporarse para iniciar una danza profética, la madre iba repartiendo por todas partes sus figuras a medio hacer y el hijo se sumergía en otro tipo de silencio, que tenía los pálpitos de un reloj recién activado.
Desde afuera, nadie podía advertir aquellos efectos tan personales, y lo que se percibía, por extraños reflejos sonoros, era una sucesión de vibraciones que en verdad invitaban a creer en la presencia de voluntades invisibles.

—Alguno de ellos está aliado con fuerzas oscuras –decía alguien.
—O quizás los tres son practicantes del mismo rito –apuntaba otro.
—A mí se me hace que están jugando a hacerse notar –deslizaba un escéptico.

Y todos llamaban al lugar “la casa de los brujos”. Los tres habitantes de la casa salían de ella a proveerse de lo indispensable para sobrevivir, y nunca se relacionaban con nadie. La abuela, en su silla de ruedas, se desplazaba paradójicamente con mayor soltura que los otros dos. El hijo era el más inhábil para sostener el paso. Los demás los veían de reojo, evitando el contacto, y “los brujos” parecían no fijarse en nada. Lo curioso era que cuando ellos no estaban en la casa, los ruidos que salían de la misma se hacían sentir de otra manera, como con mayor libertad.

Hasta que, un día de tantos, algunas gentes del vecindario observaron cómo los tres asomaban del interior con ciertos bultos no habituales, como los que se llevan para algún desplazamiento de varios días.

Los días pasaron, y la casa permanecía cerrada. Los ruidos que brotaban de ella no habían dejado de hacerlo, con creciente libertad y con una naturalidad casi sonriente. Y cuando el tiempo pasó, las autoridades del lugar decidieron inspeccionar aquel interior abandonado, por razones de seguridad. Y la sorpresa de todos fue dramática. Ahí adentro todo se hallaba en completa normalidad: los tres habitantes en sus sitios, haciendo cada quien lo suyo. La abuela, la madre y el hijo apenas reaccionaron por la presencia externa. Uno de los oficiales les preguntó:

—Creímos que ustedes se habían ido de aquí hace algún tiempo.
La madre respondió:
—Nosotros nunca nos iremos. Los que salieron de aquí fueron ellos.
—¿Quiénes?
—Los tres inadaptados, que nunca estuvieron contentos con ellos mismos, y por eso hacían ruidos que los mantenían al margen. Al fin tuvimos que expulsarlos.
—Pero ustedes son ellos… ¿O no?
—Sí y no. Somos el otro yo de cada uno de ellos. Estuvimos sometidos desde siempre, y hoy estamos liberados. Por eso nuestros ruidos tienen música… ¿La escuchan?

MISTERIOS DE JARDÍN

Cuando ya estaban a punto de unir formalmente sus vidas tuvieron que buscar dónde instalarse, y luego de ver muchas opciones se inclinaron por aquel terreno en las afueras, rodeado de construcciones recientes. Como era terreno baldío había que hacerlo todo. Un amigo arquitecto realizó el diseño y una pequeña empresa constructora se encargó de la obra. Así, al contraer nupcias la casa se encontraba casi lista, con su jardín alrededor. La ocuparon de inmediato.

Las plantas del jardín comenzaron a crecer, y entonces un fenómeno inesperado se fue haciendo presente. Las flores que surgían eran exactamente las mismas, sin importar las especies de que se tratara. Capullos rosados que parecían alas a punto de alzar vuelo. Él consultó con jardineros y con algún experto en jardinería y no había respuestas convincentes. Entonces, y como último recurso, se le ocurrió ir a ver a un psíquico, que luego de concentrarse le hizo saber:

—Aquí veo lo que había en esa zona hace mucho, mucho tiempo: un cementerio de lugareños, y donde está su casa se hallaba el ala de los recién nacidos. Cuando usted plantó ahí un jardín, les dio alas… Esos capullos son sus almas inocentes queriendo hacerse sentir…