ÁLBUM DE LIBÉLULAS (215)

1758. PRINCIPIO DEL FESTIVAL

Sonó la alarma de incendio, y como era hora en que todos los habitantes del lugar se hallaban en sus recintos luego de la jornada laboral, la estampida fue inmediata. Bajaron sin tiempo para recoger nada hasta la primera planta por las escaleras de emergencia, y ahí se congregaron a observar lo que estaba ocurriendo. No se observaba nada anómalo, ni siquiera un conato de humareda. En las terracitas había ya algunos focos prendidos, como siempre. Alguien fue a buscar al encargado de seguridad, que era un joven recién llegado al puesto. “¿Podría decirnos dónde está el fuego que se anuncia?” “¿Fuego? ¿Cuál fuego?” “Pues el que hizo sonar la alarma… ¿Que no se dio cuenta?” El aludido hizo un gesto de desconcierto. Y en ese mismo instante las llamas coparon el lugar, pero como una invasión de bailarinas astrales.

1759. ¿SERÁ BROMA, ACASO?

Se sacudió el polvo del camino e ingresó en la casa para darse una ducha reconfortante. La noche se anunciaba con burbujas voladoras, y aunque aquella era una sensación típicamente anímica, en el aire parecían estarle respondiendo con igual signo los fantasmas risueños con los que siempre había tenido tan buena relación. Cuando salió del baño con la toalla amarrada a la cintura marcó el número de Tania. “El número que usted marcó no existe”. “¡Qué joden! ¿Cómo no va a existir?” Dos, tres, cuatro veces. Igual. Se fue en busca de Tania, a quien aquella noche le pediría formalizar la relación. Llegó al edificio de apartamentos y en la recepción le informaron: “Desalojó hoy por la mañana. Su vuelo salía al mediodía”. “¿Vuelo? ¿Hacia dónde?” “Sólo le dejó esta tarjeta en blanco”. Las burbujas voladoras se posaron sobre sus hombros por si quería seguir la pista…

1760. EN RUTA HACIA ARRIBA

El amigo astrólogo le dijo, sin que aparentemente viniera al caso, mientras departían aquella tarde de sábado en el bar de la esquina donde se habían reunido desde que eran contemporáneos en la universidad: “Quizás lo que necesitás es entenderte con el tiempo, para que él te provea el password de tu verdadera identidad”. Cuando él se quedó inmóvil ante tal consejo, el astrónomo le dio un sorbo a su copa de ron campestre y esbozó una sonrisa ingenua. Desde aquel momento, él siguió rumiando las enigmáticas palabras, hasta que tuvo un golpe de intuición, que quedó para sus adentros: “Ya estoy empezando a calar en el significado de lo que me dijo mi amigo conocedor de las fuerzas estelares: el tiempo, que siempre está aquí, tendría que darme la clave para pasar al otro plano, al de las nubes y al de los astros… ¡Consejo fino, que voy a seguir al pie de la letra!”

1761. LA ETERNA AVENTURA

Después de conversar con Ángel durante unos pocos minutos, lo que le quedó fue un sabor agridulce y una sensación polvihúmeda. Aunque la diferencia de edad entre ellos era casi simbólica, Ángel había sido durante muchos años su consejero espiritual, y ahora estaba dirigiéndose a un estadio de la vida en el que todo se va volviendo distante. Tuvo que preguntarle: “¿Estás pensando dejar este mundo por otro mejor?” Ángel lo miró directamente a los ojos: “Pues esa idea nunca se debe descartar del todo. Tú, que eres un imaginativo por excelencia, deberías comprenderlo con más claridad que nadie”. “¿Yo? Pero si continúo siendo un aprendiz casi de todo…” “Por eso mismo: porque los aprendices son los que verdaderamente ejercen sabiduría. Quiero ser como tú. ¿Me lo permites? El cambio de roles es la mejor vía para evolucionar…”

1762. EL MEJOR MECANISMO DE DEFENSA

El jefe la había acosado de muchas maneras, sin lograr que ella cediera ni un milímetro en su negativa a convertirse en objeto sexual; y aunque de seguro él continuaría haciéndolo, algo impedía que aquel acoso se convirtiera en agresión material. Una tarde, ya cuando la jornada estaba por concluir, él se acercó al escritorio donde ella se hallaba instalada: “Quiero invitarla a dar un paseo por el jardín, para que me aconseje sobre algunas plantas”. Ella lo miró con ojos incrédulos: “Yo nunca he tenido jardín y no sé nada de eso”. Él sonrió: “Pero si usted es como un jardín viviente, y no me vaya a decir que no”. El argumento pareció surtir efecto, aunque las consecuencias pusieron las cosas en su sitio. Unos minutos después, él se había transfigurado en un gorgojo que perseguía inútilmente a una libélula.

1763. OTRO JUEGO DEL TIEMPO

Estuvimos en esa taberna penumbrosa donde antes se reunían los mayores descendentes y los jóvenes emergentes. Lo que más nos gustaba del lugar era que abundaban las parejas, lo cual le daba a la atmósfera un toque de familiaridad hogareña que inducía a una dulce frivolidad. Ya cuando estábamos por retirarnos, nos encontramos con Lucy y Marcelo que iban subiendo por una escalera que parecía venir de un sótano que todos creíamos sellado. Ellos eran nuestros amigos de siempre, pero en cuanto los encontramos nos dimos cuenta de que mostraban una cierta imagen desconocida. Intercambiamos sólo unas pocas palabras, y lo que más nos tocó fue una frase de Marcelo: “Todos estamos por salir a un viaje muy largo, pero no tenemos que despedirnos”. Enigma total. Se fueron sin más, y nosotros también. Hoy es el día siguiente, aunque no lo parece.

1764. PETICIÓN CUMPLIDA

“Que los ángeles me ayuden a encontrarte”, esa era la petición que él hacía cada día en un susurro que iba repitiendo tanto entre paredes como al aire libre. Pero los ángeles parecían estar ocupados en otras cosas, porque no aparecía por ningún lado alguna señal de que el encuentro estuviera por ocurrir. Los signos, sin embargo, se presentan cuando uno menos lo espera; y para él eso se manifestó aquella tarde mientras regresaba a su vivienda solitaria por una ruta enmontada. De pronto estaba junto a un pequeño arroyo que jamás había descubierto, y al seguirlo se halló ante una fila de ashokas que cubrían la entrada de una cueva entre las rocas. Ya en la cueva se percató de que en verdad era una capilla subterránea. Al fondo, la oficiante se volvió: ¡Era ella, la diosa anhelada! Y a su alrededor, los ángeles disfrazados de duendes le hacían valla…

1765. PUDIERA SER VERDAD

Toda la vida estuvo marcado por un ansia indescifrable: acercarse a cualquier forma de Divinidad sin perder contacto con los anhelos cotidianos. Y nunca se lo dijo a nadie para no perder la pureza del impulso. Pero pasaba el tiempo y poco a poco iba sintiéndose ajeno a sí mismo. Entonces le vino una prueba de fuego emocional: conoció a Nadine, que era una virgen incandescente. Él se sintió envuelto en una nube de deseos sin control. Y eso le hizo sentirse expuesto a un desafío casi mágico: la Divinidad acariciable dormía junto a él, sin tener que hacer ningún tránsito. Anhelo realizado.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (214)

1750. PRUEBA FINAL

El taxi se detuvo frente al número indicado en la calle correspondiente, la 78. El pasajero, vestido como si tuviera que asistir de inmediato a una ceremonia formal, pagó la carrera desde el aeropuerto internacional y esperó que el portero del edificio le ayudara con el equipaje. Pero nadie apareció. Entró y el sitio del doorman se hallaba vacío. Entonces se dirigió hacia el ascensor para subir al piso 12 donde estaba ubicado su apartamento. Caminó hasta su puerta, y tuvo la sensación de que lo hacía por una larga ruta desconocida, aunque externamente todo estaba igual. Llegó a la puerta y en cuanto introdujo la llave la hoja se abrió. ¿Pero qué era aquello? Un espacio totalmente ajeno al suyo. Entonces, sin ninguna ansiedad, empezó a sospecharlo: todo era el ensayo de una nueva realidad en otra dimensión, y por eso sin proponérselo iba vestido así.

1751. ENCUENTRO EN EL CAMINO

La vio en una parada de buses y desde el primer instante sintió que la atracción era irresistible, al menos de su parte. Iban en la misma ruta hacia el mismo punto: una colonia suburbana, superpoblada y peligrosa como tantas otras. Ella se bajó antes que él, y él no tuvo tiempo de hacerlo antes de que el vehículo reemprendiera la marcha. Desde ese momento, el ansia de identificar el lugar donde ella vivía se le volvió obsesiva. Hasta que lo logró algunos días después. Era en una casita que parecía choza, al borde de una ladera con quebrada al fondo. Se le acercó, sin más. “Estoy dispuesto a acompañarte a donde me digas. Tengo vacaciones en mi trabajo y dispongo de todo el tiempo libre”. Ella no pareció sorprenderse por el ofrecimiento repentino: “Ah, pues entonces vámonos hacia el nuevo destino. Soy un hada que está de paso y que ya quiere escapar…”

1752. ACCIÓN DE GRACIAS

El jueves 22 de noviembre de 2018 fue el día de Thanksgiving en Estados Unidos, y por una de esas travesuras cada vez más usuales del clima resultó el más frío desde 1901. En la escalera de la iglesia de Santa Mónica, en la neoyorquina Calle 79 ya muy cerca del cruce con la 2ª. Avenida, el indigente mayor que acudía siempre a la iglesia a buscar refugio y no consuelo estaba esperando que el templo abriera sus puertas. La frigidez del aire contrastaba con la luminosidad del cielo. Parecía un contraste fuera de razón natural, y en el interior de aquel hombre perfectamente desprotegido ese contraste tenía su reflejo fiel: la necesidad total con el ansia sublime. Si alguien hubiera podido escuchar el susurro que salía de sus labios habría oído una oración sin fin con propósito de trascendencia agradecida. Se abrieron las hojas de entrada, pero él se quedó ahí, en éxtasis ya perpetuo.

1753. DE LAS OLAS AL NIDO

Despertó en el límite del tiempo necesario para estar listo a iniciar la jornada. Para colmo era lunes, ese día en que según decían nuestros antepasados “ni las gallinas ponen”. Él había nacido un lunes, a las 4:20 de la madrugada, y siempre le dijo a su madre: “Dicen que el lunes ni las gallinas ponen, pero usté sí puso”. Habían pasado los años y este era otro lunes, el día en que le tocaba ir a pedir la mano de Debbie, la novia que había descubierto en una de las playas donde menudean los surfistas. Iban, pues, a emprender la aventura sobre otras olas. Pero él lo que ahora quería era nido. Y luego de la petición de mano, ya cuando todos los presentes alzaban sus copas, él le expresó casi al oído a su novia ya formal: “Lo que te pido es que no nos casemos un lunes caluroso, porque lo que anhelo es que mi gallinita dé a luz entre las mantas suaves y no entre la espuma crispada…”

1754. PETICIÓN NATURAL

La fiesta se prolongó hasta que la luz solar estuvo a las puertas. Era uno de esos días especialmente luminosos, como si el aire quisiera demostrar a plenitud sus poderes más íntimos. Y cuando la señora encargada del servicio se asomó al amplio espacio de la casa donde se había dado el festejo, lo que vio fue una buena cantidad de jóvenes acomodados en los muebles o tendidos en el suelo, en total privación durmiente. No hizo ningún ruido, pero su presencia tuvo efecto. El que despertó era el más bizarro, y la orden estentórea no se hizo esperar: “¡Arriba, huevones, que la vida sigue!” Todos reaccionaron, cada uno a su manera, menos la bailarina del vientre, que parecía inmersa en un reposo mágico. Él fue a animarla, y ella al fin abrió los ojos: “No me interrumpas, que estoy ensayando mi próximo manejo de placenta…”

1755. EL MEJOR CONSEJO

En el cielo no había ni una sola nube. Era, pues, muy oportuno salir a pasear al aire libre para recibir directamente los efluvios de aquella nitidez estelar. Y así lo hizo, en compañía de su perrita basset hound, que ya tenía bastantes años de estar con ella. Mientras caminaban por una calle tranquila de los alrededores se les acercó casi corriendo un joven con un paquete en las manos. Ella se retrajo asustada, pero él quiso tranquilizarla, jadeante: “No tema nada, señora, que yo lo que quiero es ofrecerle esta mercancía con la que estoy juntado pisto para irme hacia el Norte”. Abrió el paquete y aparecieron las imágenes pintadas en los cartones. Ella las revisó. “Ésta”. Era su basset hound en persona. Le pagó mucho más de lo que él le pedía. “Gracias, sos un alma grande aunque parezcás un cipote pequeño. Y no tenés que irte al Norte: buscá los cuatro puntos cardinales…”

1756. TESTIMONIO VIVIENTE

Estaban preparando su próxima exposición en común, y ya había acuerdo en llamarla “La Artista y el Poeta”. Ella era escultora y pintora y él narrador y poeta. La combinación perfecta, afirmaban los que los conocían. Habría imágenes y textos alternados. Lo que nadie advirtió, ni ellos mismos, fue que aquello que en apariencia era sólo un esfuerzo de armonía en común iba a convertirse en una aventura existencial de proyecciones abiertas. Cuando la exposición estaba montada, y la inauguración vendría muy pronto, fueron ellos dos solos, una tarde ya casi de noche, a revisar lo expuesto. En la penumbra, las dos figuras fantasmales iban recorriendo su propio universo íntimo. Cuando concluyeron la caminata, se quedaron detenidos en la puerta de acceso, y entonces el horizonte se les dilató hasta sus respectivos infinitos. La noche viva los llevaba de la mano.

1757. LA COMPAÑÍA IDEAL

Todas las estaciones del año tienen su agenda, porque la Naturaleza, como los seres personalizados, cumple un destino propio. En ese momento, y en el hemisferio norte, el otoño estaba en funciones. Y, como es normal en estos tiempos imprevisibles, había días gélidos y días amables. ¿Cómo era aquel día? Los recién casados salieron a la intemperie a constatarlo. Y lo primero que ella hizo fue preguntarle a su compañero: “¿Y nosotros en qué estación estamos?” Él se quedó dudando sin responder. Ella lo miró a los ojos: “Tu respuesta es perfecta: el calendario es todo nuestro…”

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (213)

1742. LLEGÓ LA MEDIANOCHE

Se hallaba internado porque los médicos que le atendían habían dispuesto, luego de los exámenes y las tomografías correspondientes, extirparle de urgencia el tumor maligno que tenía en el cerebro. Llegó el día de la operación y todo estaba listo para entrar en el quirófano, pero en el último minuto uno de los médicos jóvenes llegó de prisa para anunciar que el procedimiento no sería necesario porque la prueba final había mostrado que el tumor ya no existía. En ese justo minuto se oyó la campana que anunciaba la medianoche. Los médicos se miraron sin entender. Uno de ellos se animó a decir: “Pues aquí lo único que puede haber es un milagro”. Otro redarguyó: “Según lo que sé, este hombre es un malviviente con algunos recursos. ¿Quién habrá pedido el milagro?” Y en ese instante sonó una ráfaga de viento, como si la medianoche quisiera responder.

1743. AÑO VIEJO, RECUÉRDANOS

Salimos a caminar por los entornos arbolados para que aquella sensación de vivir entre la naturaleza pese a residir en una zona profusamente urbanizada se nos mantuviera siempre viva. Como todos los años en aquel día en que el calendario multiplica sus pálpitos, nosotros, que somos una pareja que comparte desde adentro sus más sensibles emociones, estábamos listos para hacer el ruego usual. Pero ahora algo nos movía a buscar el lugar más propicio para ello. Pasamos frente al atrio de la iglesia a la que concurrimos los domingos y pasamos de largo. Seguimos avanzando hasta llegar a aquel predio baldío, abandonado desde siempre. Ahí nos detuvimos, y de pie alzamos los rostros hacia arriba. “Estrella, síguenos acompañando, para que el Año Viejo no nos olvide”. Después volvimos a la casa, donde la cena ya estaba lista.

1744. MADRUGADA EN CÍRCULO

La caravana de migrantes indocumentados que apuntaba hacia el Norte estaba ya por partir. Circulaban dudas y menudeaban advertencias, pero la decisión era una: llegar a destino para empezar a construir destino. La corriente humana se activó, como si una señal superior hubiera surgido; y en efecto, la claridad del día iba haciéndose presente con impulsos ansiosos. Nadie podía saber cuántas jornadas estaban por delante, y de seguro era mejor no saberlo. Las hojas del calendario empezaron a pasar con mucha más rapidez que la habitual. Y de pronto, los integrantes de la caravana vieron al fondo una elevada reja que rodeaba todo el horizonte. No se detuvieron, más bien avanzaron con mayor impulso. Y cuando estaban enfrente sonó un redoble de campana y la reja se disolvió como por encanto. La madrugada incipiente daba las órdenes…

1745. LA DOBLE MISIÓN

El grupo que transitaba por aquel camino polvoriento iba alejándose, luego de haber rodeado por algunas horas el establo perdido entre las brumas inmóviles y los claros por donde asomaban las estrellas. Habían cumplido la misión inicial, alrededor de aquel pesebre, con un recién nacido en su lecho de paja y un grupo de pastores acompañados por sus ovejas. Los presentes estaban entregados. Sólo quedaba la ruta por delante. Y en un momento inesperado, mientras ellos avanzaban, todo en los  entornos empezó a desvanecerse, para darle paso a una nueva iluminación. Sí, allá en el valladar rocoso del horizonte iba asomando la presencia solar. Los tres miembros del grupo detuvieron sus cabalgaduras y pensaron al unísono: “Hemos sido testigos de dos nacimientos: el de la luz celestial y el de la luz solar. El oro, la mirra y el incienso seguirán vivos para siempre”.

1746. INVITADO OLVIDADIZO

Cuando empezó a car la noche se oyeron por todos los rumbos las explosiones de los petardos propios del día y la hora. Pero en aquella oportunidad dichos retumbos tenían resonancias de un festejo supremo. Entonces empezó a circular un rumor: “El señor mayor está por llegar en su carroza de caballos voladores…” Pasaron unas cuantas horas y ya la medianoche se hallaba a las puertas. El rumor se volvió a oír: “El señor de seguro está ya en la entrada… de la mano del alba por venir” Pero cuando sonó la campanada del inicio del nuevo día se abrió la puerta como todos los años, sin nada novedoso. Los espectadores aglomerados se quedaron estupefactos: “Y el Milenio, que es el señor mayor, ¿dónde está?” El rumor se convirtió en murmullo irónico: “Ah, es que ustedes no lo conocen. Es un señor que quizás está empezando a padecer Mal de Alzheimer…”

1747. MILAGRO DE ARBOLEDA

La cabaña ubicada entre los árboles sólo tenía un ventanuco, que permanecía cerrado, y por eso el habitante único describía el lugar como “mi sepulcro anticipado”. No era un calificativo siniestro, porque cada vez que pensaba en ello se ponía a imaginar cuál sería la fórmula para hacer que aquella imagen pudiera llegar a ser verdad. Hasta que un día de tantos hubo una borrasca invernal en tiempo que no era de invierno, y todo lo que ahí había quedó con estragos evidentes; bueno, casi todo, porque la cabaña escondida permanecía intacta, como si una fuerza superior la hubiera cubierto con su manto protector. Cuando el habitante, que había dormido a profundidad toda la noche, se dio cuenta de lo ocurrido tuvo un rapto de reconocimiento subliminal. Se arrodilló, besó la tierra, y dijo en voz alta: “Gracias, sepulcro anhelado, por avisarme que serás mi refugio más fiel”.

1748. ANTES DE LLEGAR AL PUENTE

La experiencia existencial de cada quien es, en el curso de la vida, una colección de imágenes que parecen brotadas de las manos de diversos artistas, algunos muy experimentados y otros inmaduros. Las imágenes que pertenecen al inicio de la vida son, como es natural, las más entrañables, sea que recojan testimonios inspiradores o que reflejen vivencias lacerantes. Las dos primeras imágenes guardadas en la memoria de aquel hombre que parecía ajeno a toda aventura imaginaria eran un puente de madera sobre un pequeño río y los rieles de una vía férrea detenida en el tiempo. Las guardaba como un tesoro secreto. Nunca trató de desentrañarlas. Hasta que una vez un psíquico a quien conoció por casualidad le dijo sin que él le preguntara nada: “Vas a cruzar un río sagrado antes de encontrar la estación por donde pasa el tren de tu destino”.

1749. DON TOÑO Y SU GUITARRA

Algunas noches de cielo despejado se escuchaba en la vecindad inmediata un hábil guitarreo unido a una voz de tenor entusiasta. Boleros y tangos de otras épocas eran lo esperable siempre, pero en aquel atardecer de atmósfera transparente se estaban colando melodías desconocidas. El espectador invisible se animó a acercarse al sitio donde don Toño, el jefe de la estación del ferrocarril de Oriente, revivía su concierto espontáneo sin auditorio. Llegó hasta la puerta de la oficina del jefe. Todo en ruinas, salvo la voz y la guitarra, que son eternas.

Familia instantánea

FAMILIA INSTANTÁNEA

En las semanas anteriores al día en que desapareció María del Tránsito no se había producido ninguna situación anormal en todo aquel vecindario que era muy tranquilo en comparación con los del entorno inmediato. Sin embargo, la posibilidad de que aquella ausencia repentina fuera producto de algún atentado delictivo no podía ser descartada, y cuando los familiares fueron a dar parte a la autoridad policial eso fue lo primero que se consideró, dado que María del Tránsito siempre había sido una mujer ordenada y previsible.
Las investigaciones comenzaron a buscar pistas y rastros, pero los días subsiguientes no dejaron nada en concreto. Los familiares iban casi a diario a pedir noticias, pero la respuesta siempre era la misma: “No hay novedades, seguimos investigando”. Un día de tantos, la agente encargada del caso les hizo una sugerencia que podía ser orientadora:

—Busquen bien entre las cosas de ella; tal vez ahí puede haber alguna pista…

La hermana menor fue la encargada de hacer la pesquisa en el cuarto de María del Tránsito. Al principio se resistió a hacerlo, por miedo a lo inesperado; pero luego se animó a la búsqueda. El cuarto de la desaparecida era un verdadero almacén de objetos de la más variada índole, desde juguetes de la infancia hasta muestras comerciales y objetos esotéricos. La hermana se dio cuenta entonces de que María del Tránsito era, por encima de la cotidianidad previsible, una persona desconocida.

— Mamá, esto es lo que he encontrado.

Y puso sobre la mesa un par de bolsas: una llena de papeles y la otra llena de piedras.
La madre revisó ambos contenidos:

— Los papeles son cartas de amor de un desconocido; las piedras parecen objetos religiosos de otras culturas…
— No entiendo nada, mamá. ¿Será que María del Tránsito se ha escapado para ir a vivir su amor muy lejos de aquí?
— ¡Ah, pero aquí parece estar la clave…! –dijo la madre desplegando una hoja escrita que tenía todos los visos de ser el borrador de una carta:

“Mi adorado desconocido: Si tú me llamas, voy a tu encuentro dondequiera que me indiques. Y ahí emprendemos la aventura suprema, que es formar una familia como si fuera producto de un rayo de luz que nos conecta de pronto. Anoche soñé contigo, y aunque no tengo ningún indicio sobre quién eres y sobre cómo eres, me basta con saber que nos hemos comunicado íntimamente por medio de las ondas del aire como los amantes de otros siglos. Si esta es nuestra oportunidad de pasar juntos a un plano superior en esta vida, dejemos que el amor espontáneo haga su obra…”

GATO LIBERADO

Todos lo consideraban un muchacho apático y distraído porque nunca dio ninguna muestra de voluntad propia a la hora de enfilar hacia su futuro. Algunos de sus conocidos habían creído ver en él vena de artista, aunque tampoco hubieran logrado precisar en qué sentido. Estaba en plena adolescencia, y ser casi borroso a esa edad no es lo común. Fue siempre estudiante mediocre, sobre todo en lo tocante a las materias con más componentes abstractos, y ahora que estaba ya en el comienzo de su vida universitaria las vacilaciones parecían incrementarse.

Se inscribió en Ingeniería Mecánica, pero muy pronto se sintió perdido en un laberinto. Algo tenía que hacer al respecto, y entonces optó por la Arquitectura de Interiores, quizás con la intención de hallar un espacio en el que pudiera acomodarse con normalidad apaciguadora. Pero al paso de los días fue imaginando que estaba dentro de una inocente pero al mismo tiempo insoportable Caja de Pandora. Y tuvo que hacer un tercer giro: en el semestre siguiente se inscribió en el área de psicología, ya con el pálpito de que necesitaba conocer más de sí mismo para entender los ejercicios de su propia conciencia, tan renuente al autoexamen orientador.

Durante los primeros días de experiencia en la nueva opción, los pensamientos se le fueron poniendo a la defensiva. Y la pregunta que se le dibujó en la pantalla de la conciencia fue directa y casi inocente: ¿Qué estoy haciendo? El silencio interior se hallaba crecientemente invadido por pequeñas lentejuelas palpitantes.

A medida que avanzaba el ciclo iba sintiéndose a la vez más cómodo y más incómodo. No acababa de entender tal contraste, aunque tampoco le provocaba ninguna reacción desquiciadora. Eso sí, sus funciones vitales se hacían más frágiles y las sensaciones inesperadas empezaban a ser presencia usual. Se sorprendió a sí mismo buscando espacios internos para instalar sus nuevas inquietudes, pero no los encontraba a su disposición. Confundido, fue a consultar con la licenciada Marinero, su profesora en educación de la conducta.

Ella lo escuchó con la atención profesional pertinente, y al final le dijo con amabilidad casi familiar:

— No es que estés confundido, no.

— ¿No? ¿Y entonces por qué no encuentro nada que me quite esta ansiedad?
— Ya lo encontraste.
— ¿Cómo así? Alguien me dijo que en lo que sentía había gato encerrado.
La experta sonrió, y él sintió que en aquella sonrisa estaba descifrándose el enigma.
— Mira, muchacho, aquí lo que hay no es gato encerrado, sino gato liberado. Te estás conociendo a ti mismo antes de salir a conocer el mundo. ¿Te das cuenta? Es lo que deberían hacer todos…

Y entonces él sonrió a su vez, con gesto de gato que aún tenía que descifrar si era doméstico o montés.

SEGUIR EN LA NUBE

Los promotores de aquella iniciativa se presentaban como emprendedores insertos en esa moda que cada día toma mayores impulsos. Él estaba entre los más entusiastas, y sus amigos copartícipes así lo consideraban, asignándole en ciertos momentos condición de líder. Por ejemplo a la hora de decidir el nombre del emprendimiento, ya que él se caracterizaba por sus dotes imaginativas. Los compañeros de tarea lo rodearon para que soltara el nombre:

Y ahí emprendieron el esfuerzo para concretar lo que se proponían.
El proyecto empezó a tomar forma, y muy pronto estaban ya instalados y con propuestas bien concretas para iniciar labores.

La Nube de Voces inició en un local ubicado en la zona comercial más moderna de la ciudad, ahí donde iban principalmente los jóvenes en busca de todo lo que pudiera servirles para estar al día en la tecnología, en el vestuario, en las comidas. Ellos en su tienda se dedicaban a vender productos electrónicos de última moda, y eso les atrajo una clientela inmediata. El negocio iba viento en popa, pero los problemas personales comenzaron a aparecer, como lo que son: roedores implacables e incansables.

Hasta que en algún momento la opción desintegradora se hizo presente.

— Que se acabe esta mierda. Cada uno por su lado.
Y eso lo decía el autor del nombre de la tienda.
— ¿Qué te pasa, loco? ¿Se te sobrecargó la batería?
— ¡No’mbre, se me está recargando!
— ¿Y entonces?
— ¿Es que saben qué: con el nombre que tenemos no vamos a llegar más lejos?
— ¡Ah, ya apareció el peine!
— Por mí no hay problema: yo soy calvo.
—Ja, ja, ja. ¿Y cómo quisieras que se llamaba?
— Nube de ecos.
— ¡Perfecto! ¡Este sí que es creativo aunque sea más cabrón!

Historias sin Cuento

HAY QUE SOÑAR SIN MIEDO

Aún era niño cuando llegó a la academia de don Valero Lecha ubicada en la segunda planta del edificio que estaba enfrente del Teatro Nacional, a un costado de la plaza Morazán. Quien lo llevó ahí fue una vecina ya mayor, artista tanto de la palabra como del pincel, que vivía a cuatro puertas de la suya, en el pasaje Rovira. Ella, quien tenía temperamento elocuente y desinhibido, le presentó a don Valero aquel joven reservado que apenas sonreía:

—Este cipote tiene pasta, pero como es natural aún no sabe lo que quiere. Tal vez usted con su ojo clínico puede ayudarle. Está escribiendo sus primeros versos, pintando sus primeras acuarelas, iniciándose en el piano de mi casa…

El maestro lo saludó con la seriedad afable que le caracterizaba, y de inmediato le dio ingreso en el ambiente, dándole las primeras indicaciones. Era ya tarde, y la academia no tardaría mucho en concluir su jornada. La vecina que lo había introducido tuvo que irse más pronto, por algunos mandados pendientes, y él se quedó ahí un poco más.

Cuando salió, la tarde estaba cayendo y era la hora justa en que iniciaba la siguiente función en el teatro inmediato que funcionaba como cine. Sin siquiera ponerse a ver qué película se estaba exhibiendo aquel día, fue a la taquilla y pagó su entrada a balcón, que era su posición favorita, porque tenía la pantalla de tú a tú.

Se abrió el telón, se apagaron las luces y surgieron los créditos del filme por venir: “Ave del Paraíso”, aquella cinta que había visto ya, con Debra Paget, Louis Jourdan y Jeff Chandler. Una historia de aventura y romance en los mares del sur. Él suspiró con fuerza: el que le tocara ver de nuevo las imágenes de aquel mundo precisamente el día en que estaba por primera vez en contacto manual con los colores vivos tenía que envolver algún mensaje.

Salió de la función cuando ya era de noche, pero el crepúsculo parecía reacio a salir de su propia escena. Eso lo animó a irse caminando hacia su casa, allá en las inmediaciones del Colegio María Auxiliadora. Cuando iba cruzando la colonia Santa Eugenia, las iluminaciones de la atmósfera nocturna parecieron acercarse hacia él, hasta tomar posiciones en el lienzo de su conciencia. Mientras caminaba, otras imágenes iban uniéndose al cortejo. Las de sus anhelos creativos incipientes, las de las historias cinematográficas más concordantes con su naturaleza de infante proclive a la adultez prematura, las de la tierra y el aire que le llegaban como presencias espontáneamente propias…

Estaba ya muy cerca de su lugar de residencia, al fondo del pasaje. Y antes de empezar a subir desde la calle de Mejicanos sintió que todo lo que vendría para él se había definido aquella tarde, al menos en el plano de las emociones, que es lo que verdaderamente importa. Allá arriba, en el cielo estrellado, había un lamparón que tenía la forma de un velero en vuelo. Y en ese instante solo pudo articular un susurro que su propia voz ya adulta le enviaba desde adentro: “Mensaje recibido…”

LOS MUERTOS NUNCA DUERMEN

Sus días estaban orgánicamente contados, y de alguna manera había que empezar a pensar en los detalles del desenlace. Lo hacía sin decírselo a nadie, aunque en algún momento sus decisiones, si es que llegaban a ser tales, tendrían que ser conocidas para que se pudieran poner en práctica.

Lo primero que le vino a la mente fue el destino de su cuerpo. En el ambiente se había ido poniendo de moda la cremación, y mucha gente optaba por ella, de seguro sin pensarlo a fondo: algunos porque eso era más práctico que un entierro y otros porque guardar las cenizas en una caja les permitía sentir que el difunto aún se hallaba ahí. Cuando se lo planteó, lo que de inmediato vino a su memoria fue el fogón de la rústica cocina de leña en su hogar campesino de otro tiempo.

No logró decidirse por ninguna de las dos opciones, y dejó en silencio la decisión a sus descendientes: Helena y Julio César. Tampoco tenía testamento formalizado, y solo de imaginar el posible reparto se le asomaban grandes incertidumbres al cristal de la mente.

Así llegó la hora cero. Paro respiratorio, que fue instantáneo mientras dormía. Ya no despertó, al menos para los que le rodeaban. El médico de cabecera certificó el deceso. Los dos hijos estaban cada uno a un lado de la cama, casi compungidos. Luego se fueron a hacer los preparativos del sepelio. Habría entierro sin misa previa, porque ambos se habían alejado de la religión. El cadáver se hallaba en la sala del velatorio, y como eran dos o tres los asistentes, nadie se percató de aquel movimiento de párpados en el rostro del difunto.
Días más tarde, los hijos fueron a arreglar con el abogado el punto de la herencia intestada. Había que repartir los bienes. Helena llevaba un retrato de su padre, como para que estuviera presente. De inmediato comenzaron las diferencias. Se fueron caldeando los ánimos, y al final cada quien se fue por su lado, y el retrato quedó sobre una silla. Y nadie se dio cuenta de que la mirada del rostro fotografiado parecía de pronto ser el reflejo de una profunda reflexión.

Ahora su cuerpo estaba bajo la tierra apelmazada y sus pertenencias continuaban en el limbo de lo indefinido.

Entonces tuvo, desde algún lugar perteneciente a su nueva ubicación en el tiempo, el impulso de tomar las decisiones que no se animó a tomar antes. Había que imaginar cómo ponerlas en práctica.

Como primera providencia, fue en busca de apoyo entre los espíritus a los que hoy tenía acceso directo.

A la mañana siguiente un fuerte temblor de tierra fracturó la colina donde se hallaba su sepulcro. Este se abrió violentamente y el cadáver voló por los aires, envuelto en una túnica de polvo. Y dos días más tarde, como por arte de magia, un incendio de grandes proporciones se desató en la colonia donde estaba su casa, arrasando con ella y con todo lo que había en su interior, que era lo más valioso que él dejara. Los hijos llegaron a ver los estragos, sin saber qué hacer.

Él, que ejercía ya como eterno insomne, lo observó todo. Hizo un gesto de aceptación de lo inevitable, y se preparó para continuar en lo suyo.

EL BAÚL DE LOS OLVIDOS

Marcó el celular de Irene y por enésima vez, luego de la cadena de timbrazos, la máquina volvió a decirle que el número marcado no estaba disponible en aquel momento. Volvió a preguntarse: “¿Qué le estará pasando que no me responde?” Y para no seguir en el enigma, se fue aquella tarde a la colonia donde vivía Irene. Conocía muy bien a la madre de ella, que fue quien salió a abrirle.

—Hola, Rodrigo, qué bien que te acercaste, porque Irene ha estado diciendo que como que la habías olvidado… No le contestás sus llamadas.

Él puso cara de sorpresa.

—¿Yo? Si soy el que la está llamando siempre y ella es la que no responde…

—Ah, qué divertido. Se están jugando la vuelta.

—¿Ahora no está?

—Creo que ya va a venir porque ya es la hora. Entrá para que la esperés.

Ahí se estuvo hasta que cayó la noche. Irene no aparecía. Entonces se regresó a su casa. Cuando llegó, su hermana le dijo:

—Aquí ha estado Irene, esperándote. Se acaba de ir.

Él se quedó en vilo. ¿Qué quería decir aquel jueguito de desencuentros? En los días subsiguientes no hubo posibilidad de comunicación por ninguna vía. Y tanto él como ella se preguntaban por su cuenta: “¿Será que en algún lugar están escondidas las respuestas a lo que pasa?”

No lo sabrían nunca, porque por alguna coincidencia anímica, que podía venir de lo más profundo de sus ancestros, la suerte de ambos estaba guardada en el baúl de los olvidos.

Álbum de libélulas (179)

1466. EL UNO PARA EL OTRO

Angélica se las sabía todas sobre el comportamiento de las almas en pena, porque era una de ellas, aunque esto lo mantenía en completa reserva. Todo comenzó cuando su madre y su padre se fueron cada uno por su lado, como si se los tragara el polvo o la marea, y ella se quedó en poder de una vecina que se dedicaba a leerles la palma de la mano a los vecinos a cambio de algunas monedas. Nunca pudo encontrar a alguien con quién entablar algún tipo de relación sentimental, y por eso se quedó con la conciencia en suspenso cuando aquel señor que estaba evidentemente en la medianía de la edad se le acercó como si la conociera desde hacía mucho. El recién llegado la envolvió en una gasa emocional insospechada. Y cuando llegó el momento de las definiciones, ella le preguntó: “¿Qué has visto en mí?” “Tu aura, porque yo como tú soy un alma en pena”.

1467. ENTRE APRENDICES

Se había dedicado artesanalmente a descifrar actitudes y conductas de los seres más comunes, y aunque no tenía título que lo acreditara al respecto, contaba con una larga lista de interesados en recibir sus orientaciones. Para no caer en violación de las normas profesionales, no ten ía ningún lugar que se semejara a un consultorio. Se reunían en parques, en cafés, en tabernas o en corredores de centros comerciales. Aquel día recibió una llamada que de entrada parecía misteriosa. El que quería hablar con él no se identificó con ningún nombre y lo citó en una esquina cualquiera de la zona urbana que más se estaba desarrollando. Conversación de pie. Preguntas sencillas, casi ingenuas. Ya para terminar, el consultante le extendió un cuaderno en blanco: “Soy el milenio que está empezando. Necesito ideas simples y espontáneas. Tengo mucho que aprender…”

1468. COMPAÑEROS PARA SIEMPRE

Cuando recordaba sus tiempos como guerrillero activo en distintos campamentos de las montañas del norte del país lo primero que le saltaba a la pantalla de la conciencia era el rostro de Ástrid. Un rostro que estaba centrado en la mirada, que siempre parecía decirlo todo sin necesidad de palabras. Ástrid se fue con él desde que se inició aquel periplo que era azaroso e imaginativo al mismo tiempo. Por las noches no se sabía si las balas o las estrellas estarían a la mano. Lo que sí se sabía era que Ástrid estaba ahí, a su lado como un hada puntual. Y cuando en un combate él resultó herido, Ástrid en ningún instante se apartó de su lado. Se repuso, y Ástrid seguí ahí, radiante. La guerra llegaba a su fin. Pronto habría que volver a la vida común. Y entonces Ástrid le dijo adiós. La enterró en el campamento final. Ástrid, la inolvidable chuchita aguacatera…

1469. MISTERIO EN EL CAMINO

Allá en el Cantón San Nicolás había un cruce de vías: la de las camionetas que iban hacia el norte en la ruta hacia Chalatenango y la del ferrocarril que venía de San Salvador e iba hacia Chiquimula, en Guatemala. En ese cruce, que estaba muy cerca del río Las Cañas, que era en verdad un arenal apenas acariciado por una leve corriente de agua, se decía entre los lugareños que con frecuencia aparecía un grupo de peregrinos que regresaban a pie de Esquipulas, y que parecían levitar sobre el polvo. Él era un niño cuyas circunstancias vitales le habían hecho estar más alerta que otros de su edad, y tal aseveración le rodaba el ánima como una luz desconocida. Aquella tarde vio desde el falso a un lado de la calle a un montón de gente que venía del norte. “¡Romeros de viuelta!” pensó. Cuando llegaron al cruce se detuvieron. Luego se dispersaron en el aire. Él en cuenta. Hasta hoy.

1470. LA MEJOR EXPERTICIA

Dicen que el tiempo todo lo borra, hasta las cicatrices más aparatosas. Quizás sea así, pero lo cierto para ella era que había un desgarro que resistía todas las pomadas que el vivir traía en su alforja. Tal desgarro le había dejado una cicatriz ostensible, aunque sólo ella fuera capaz de advertirla: esa concentración de humo tóxico que quedó del incendio repentino de su primer amor. Cada vez que alguien se le acercaba con presunta intención amorosa, aquel humo se le alborotaba, provocándole la asfixia emocional sin escapatoria. Bueno, hasta que un día cualquiera de verano cálido apareció Nicanor como una especie de estratega activo en situaciones de peligro inminente. Ella notó de inmediato que algo distinto estaba por ocurrir, y luego de los primeros avances vino la pregunta crucial: “¿A qué te dedicás?” Él hizo un gesto de complicidad: “Soy bombero”.

1471. EL CONSEJO MÁS PURO

Arribaron por tierra a la ciudad anhelada y de inmediato fueron a instalarse en el hotel-boutique que tenían reservado de antemano. El sitio no podía ser más propio para el gusto de ambos, que coincidían en la predilección por los espacios de acogida para viajeros memoriosos. La ciudad los envolvió en sus velos aromáticos y el albergue les proveyó los estímulos sensoriales de una estancia intemporal. Aquella misma noche se fueron a cenar en el lugar que les recomendaron junto a las olas. Estaban ahí cuando alguien se les acercó. Pensaban que llegaba a pedirles algo, pero era al revés: estaba ofreciéndoles algo: “Estoy aquí para llevarlos hacia las estrellas en persona, allá en lo más alto. Es un servicio incluido en el paquete. Les aconsejo que acepten, porque será la única vez que tendrán esta oportunidad en su vida…”

1472. LEY DE LA VIDA

Lo único que se sabía de cierto era que había llegado con un grupo de peregrinos que se dispersaron en el lugar, como si así hubiera estado marcado por un designio desconocido. Cada quien cogió por su lado y él se quedó ahí, sin saber qué hacer. Los vecinos eran benévolos y le proveyeron de lo mínimo para sobrevivir. Él, en correspondencia, comenzó a hablarles de lo que está detrás de los montes y más allá de las nubes; y su labia era penetrante aun en las ánimas que parecían ajenas a toda forma de reflexión. Uno de los vecinos por fin lo encaró: “¿Qué querés de nosotros?” Silencio. Los que estaban en torno observaron alternativamente al cuestionador y al cuestionado. Este último comenzó a caminar alejándose. Entonces los presentes comenzaron a seguirlo. Quizás el grupo de peregrinos se había reconstituido. Siguió la marcha y el lugar quedó abandonado.

1473. EL PODER DE EVOCAR

París seguía en su memoria como la estampa más visible. Llegó ahora después de años, y le pareció sin vacilación alguna que sólo habían transcurrido minutos. Se fue a hospedar en una residencia modesta, allá en Boulogne-Billancourt, esa zona donde estuvo la primera vez, allá en sus 14 años. Salió a la calle de inmediato. Sí, era el sitio: el 118, Rue du Chateau. Se fue a caminar por los entornos. Todo igual, exactamente igual. Entonces tuvo la duda y se lo preguntó sin ambages: ¿Es que hoy el mundo externo es sólo mi memoria? ¡Ojalá, ojalá, ojalá!

Portafolios de vida

PORTAFOLIOS DE VIDA

Cuando concluyó su carrera universitaria tuvo la inmediata sensación de que sin tardanza le sería imperativo hacer dos cosas cuanto antes: montar negocio y formar familia. En ninguno de los dos campos tenía nada preparado, ni siquiera imaginado. Afortunadamente, había dos consejeros disponibles: su tío Max y su tía Elsa, en ese orden. Lo curioso era que ni Elsa ni Max eran parientes entre sí, ni tampoco eran consanguíneos con él. ¿Entonces? Vecinos inmediatos en su primera infancia, fueron grandes amigos de sus padres; y cuando estos murieron en un accidente vial, él se quedó viviendo alternativamente con Max y con Elsa, que vivían solos, cada quien en su casita, ambas exactamente iguales, como todas las del pasaje. Lo que dejaron sus padres bastó para llevarlo a donde estaba.
Ahora era arquitecto de interiores, y tenía el futuro por delante, como dice la frase de cajón. Entonces se dio cuenta de que nunca se había puesto a pensar en el futuro, y quizás por eso estaba de pronto poseído por aquella inesperada forma de ansiedad. Había que acudir a la tía Elsa y al tío Max, a los que en los tiempos más recientes veía cada vez menos, porque en los dos últimos años de la carrera alquiló un pequeño apartamento en una colonia casi suburbana.
—Hola, tía. ¿Está desocupada para que hablemos?
Hablaron, y ya para terminar la plática junto al ventanal con cortinas de cretona multicolor, una frase de la tía Elsa quedó aleteando en el aire saturado de mirras y alcanfores:
—Te doy un consejo, mi niño: volvé al parquecito aquel al que te llevaban de chiquito. Te subís al columpio que tanto te gustaba y te quedás meciéndote un buen rato. Ya vas a ver.
Un par de días después, se repitió la pregunta, esta vez dirigida al tío Max:
— Hola, tío. ¿Está desocupado para que hablemos?
Hablaron, y ya para terminar la plática en el saloncito con aire a oficina que le servía al tío Max para no desprenderse del todo de su ya concluido ajetreo de hombre de negocios de mediana fortuna, el tío se resumió a sí mismo con la habilidad que le caracterizaba para eso:
—Te voy a repetir algo que ya te dije de distintas maneras a lo largo de la vida: nunca permitas que tu libertad tenga precio. La vida es la mejor fortuna de todas, pero para que esa fortuna prospere hay que administrar muy bien los otros bienes. Hay que ser inversionista astuto y feliz. Y en lo propio. Nada de empleos, mi amigo.
El mismo día en que fue al banco a solicitar un préstamo personal para empezar a montar su propia empresa destinada al diseño y la habilitación de interiores pasó por el parquecito de la infancia. La respuesta del oficial bancario había sido prometedora: estaban por estimular el emprendimiento; y de inmediato le hizo cita para un día después con la gerente encargada de procesar solicitudes.
El parque de ahora se hallaba casi abandonado, pero el columpio sobrevivía. Como no había nadie, no tuvo reparo en subirse en él. A los primeros movimientos se le hizo presente la imagen. La niña de rizos casi rubios, que le seguía con los ojos. Imagen inolvidable olvidada por tanto tiempo.
Acudió a la cita en el banco a la hora señalada. Lo pasaron a un despacho que en aquel momento estaba vacío. En unos minutos apareció la gerente y lo saludó con gesto profesional. Él se tambaleó por dentro, como si aún estuviera meciéndose en el columpio. Ella le entregó su tarjeta.
— Ah, entonces sí. Eres tú.
—¿Disculpe…?
— Adriana, te saluda Vinicio.
Eran ellos, claro. Podían empezar a vivir. Y, por supuesto, crédito aprobado en todos los sentidos.

VACACIONES PARALELAS

Claire, Pamela, Hope, Amarilis, Samantha… Era mediodía, hora de embarcación temprana. Se habían instalado ya en sus cabinas respectivas, y estaban luego en el Panorama Lounge, tomando sus respectivos tazones de bouillon con unas gotas de jerez y las cucharaditas de parmesano y de perejil al gusto.
— Libres, como siempre, con el mar por delante. Perdón por el bostezo.
— Qué rico es respirar a pleno pulmón. ¡Me pasaste el bostezo!
— Respiremos, pues, como las diosas distraídas que transitaban por estos lugares…
— Libres y felices. Aunque ahora lo que yo tengo es sueño.
— Lo merecemos, ¿verdad? ¡A soñar se ha dicho!
Las cinco amigas, que lo habían sido desde siempre, lo que en verdad celebraban una vez más era estar libres por algunos días de sus responsabilidades hogareñas, y sobre todo hallarse lejos de sus respectivos maridos, tan rutinarios y aburridos los pobres. Y el eco de aquella liberación momentánea se hacía sentir en ultramar, en otra estancia donde los cinco hombres brindaban por su vacación tan ansiada. Nelson, Maurice, Álex, Giuliano, Walterio… Desde luego, no estaban flotando en el mar pero sí lo veían a través de los grandes ventanales de la sala de fiestas, rodeados de jovencitas diligentes que no cesaban de servir y sonreír, con todas las caricias en alerta.
— Ya escogí: voy a dormir en pelota, con una almohada sonriente.
— Yo antes voy a rezar mis oraciones favoritas.
— Esto es vida; lo demás es limosna de la vida.
— Lo desvelado nadie te lo quita.
— ¡Que viva la humedad fragante!

PÍCNIC DOMINICAL

Una mañana de domingo los interesados en adquirir aquella propiedad que había sido radiante ejemplo de bonanza y que en algún momento fue asaltada por el abandono llegaron a revisar todo lo existente, para saber si la compra podía serles beneficiosa. El portón principal daba la impresión de ser un acceso sellado, pero en uno de sus extremos quedaba una pequeña puerta, cuya cerradura de seguro correspondía a la llave que se les proporcionó para entrar. En efecto fue así. Ya adentro, la sensación que surgía de inmediato era la de estar en un bosque artificialmente conservado. Un bosque con ciertas trazas de jardín. Algunos arbustos florecían heroicamente. Y los senderos originarios, invadidos de maleza, eran identificables. Por uno se fueron desplazando, y a medida que avanzaban se les hacía patente que el lugar en verdad tuvo vida propia, con signos de exquisitez prometedora, que desde luego ya no mostraban ninguna vigencia.
Por fin se hallaron ante una especie de plazuela con diferentes perspectivas. Los visitantes se fueron por el rumbo que daba a un bloque de construcción evidentemente original. A medida que avanzaban se les hacía patente que en ese sitio había estado el epicentro humano de la zona. De pronto, en uno de los costados del sendero se hizo notar un grupo de personas que parecían estar gozando del pícnic dominical, por los manteles que tenías extendidos sobre la hierba y por los atuendos de los integrantes del grupo, en el que había hombres, mujeres, niños y una pareja de señores de mucha edad, que estaban en el centro del agasajo.
Desde el grupo les hicieron señales de que se acercaran. Acudieron, más por cortesía que por interés. Uno de los señores habló, como si hubiera estado esperando contar su historia:
— Gracias, amigos, por interesarse en este pequeño mundo que fue nuestro primer hogar. Ustedes quieren adquirir la propiedad entera, ¿verdad? Si lo hacen, tengan en cuenta que cualquier contrato al respecto tendrá una cláusula insoslayable: que se nos permita venir siquiera una vez al mes a hacer nuestro pícnic dominical. Con esa condición nos fuimos y con esa condición hemos estado sobrellevando nuestra nueva vida… Bueno, nueva, ejem…
— ¿Y quiénes son ustedes? –indagó uno de los compradores potenciales.
— Yo soy Adán y mi mujer es Eva. Estamos aquí con nuestros hijos y nietos, que vinieron, como ustedes, de otra galaxia…

Álbum de libélulas (178)

1458. JUEGO DE IDENTIDADES

Tenía toda la pinta de ser uno de esos varones dominantes que no admiten opinión alternativa de ninguna índole. Los gruñidos eran su signo de presentación, y desde el colegio le pusieron un mote característico: lobo feroz. Y para más coincidencia su apellido era Lobo. En la adolescencia, la gesticulación arrogante se acentuó aún más por obra y gracia del urgente brote hormonal. Los compañeros lo observaban con cautela y las compañeras lo veían de reojo. Y eso fue así hasta que llegó al primer curso universitario. Ahí estaba aquella nueva alumna llamada Cristal, que desde que lo vio le echó el ojo sin disimulo. Él se sorprendió, y ella tomó al lobo por las orejas: “Lobito, yo soy Cristal, pero de roca. Y te informo que en el kindergarten me llamaban Caperucita Roja. ¿Qué te parece, camarada? ¿Te animás al juego?”

1459. TÁCTICA DE CONTROL

El presidente de la empresa reunió aquella mañana a su consejo directivo, aunque la reunión no estaba programada de antemano. Ni siquiera había agenda disponible. Cuando todos estuvieron instalados en el salón cuyos ventanales daban hacia una lejanía boscosa, el conductor hizo gesto de bienvenida que tenía un inesperado toque de emoción. “Los he convocado para darles a conocer una decisión irreversible, que no puede esperar más”. Se quedó unos segundos en silencio, como si buscara encender la expectativa. Las expresiones de los asistentes parecieron hacerle gracia al que hablaba. “A ver: ¿quisieran adivinar de qué se trata?” Todos se miraron con desconcierto. El silencio hizo que él tomara impulso. “Si no se atreven, tampoco yo me atreveré a expresar mi decisión. Se irá conociendo en el día a día”. Entonces se levantaron todas las manos.

1460. EL PETATE DEL MUERTO

A raíz de que ella escogió como compañero a aquel músico que andaba por las calles recogiendo monedas de los transeúntes a cambio de unos rasgueos de guitarra realmente hábiles y de una voz encariñada con el falsete, la familia la puso entre la espada y la pared: “O ese bueno para nada o nosotros, tu familia segura”. Y el más belicoso era el hermano mayor, que trabajaba como contador en una empresa y siempre había sido la voz cantante en el ámbito familiar, del cual no se había desprendido para hacer vida propia. Él la amenazaba ya con visos de violencia si seguía con el “musicucho”. Ella estaba cada vez más temerosa y angustiada, y su marinovio trataba de convencerla de que se fuera de una vez con él. Esa tarde, entre abrazos húmedos, le dijo: “Mi amor, no te dejés vencer por el petate del muerto, cuando tenés el colchón del vivo a tu disposición”.

1461. ENTRE MENSAJES

Llegó de hacer su entrenamiento diario como todos los días: con la ropa empapada en sudor y con ganas de recostarse a ver sus programas favoritos en la tele, de esos románticos al tope. Esta vez, sin embargo, le esperaba una sorpresa desconcertante: ahí estaba Felicia, a quien no veía desde hacía años. Ella lo abrazó, sin importarle la humedad que él transmitía. “¿Cómo es que estás aquí? Yo te hacía en New Jersey, trabajando en lo tuyo”. Ella hizo un gesto casi lloroso: “Me deportaron. Con ese señor que ha llegado nadie está a salvo. Y lo primero que he hecho es venir a verte”. Él pensó: “¿A mí por qué?” Habían sido amigos de colegio, nada más. Ella entonces le tomó la mano y lo llevó a un aparte. “Unos días antes de que me agarraran soñé contigo. ¿Y sabés qué me decías?: Nos vamos a ver pronto, aunque tengás que sufrir un poquito”. Y aquí estoy, haciéndote caso”. Ni en la Tele pasan esas cosas.

1462. ESCAPAR DEL POZO

La mara tenía desde hacía tiempos el control de la colonia, y para todo había que contar con su permiso. Aunque los pobladores se habían ido acomodando a aquella sumisión pesarosa, por momentos los impulsos de rebelión eran inevitables, aunque nunca pasaban a los hechos, porque lo que estaba en juego era la vida misma. Para aquel muchacho dispuesto a ser alguien en el futuro, tal situación era un lazo al cuello. Estudiaba en un instituto público, y estaba a punto de bachillerarse. Una noche, sentó a sus padres –jornaleros disciplinados– y les dijo: “Vámonos de aquí, porque esto ya no se aguanta”. “¿Y a dónde nos vamos a ir, hijito?”, casi gimió la madre que lavaba ajeno. “A cualquier parte que no sea un pozo sin fondo como éste. ¿Qué les parece alguna playa donde lleguen los surfistas? Después de esta cárcel de la mara, la libertad del mar, ¡ajúa!”

1463. HASTA PRONTO, ESPESURA

Dicen que todos los caminos llevan a Roma; y el soñador nostálgico había hecho suya tal expresión con un pequeño cambio: todos los caminos llevan a la espesura del bosque. Atado visceralmente a aquel sentimiento, nunca había podido alejarse de su lugar de origen, que era una aldea entre montañas de antigua vegetación tupida. Aunque en ese lugar sólo había tenido acceso a la educación más elemental, las fuerzas interiores le hacían anhelar conocimientos desconocidos. Se dedicaba a la agricultura de siempre, pero algo le decía que había otros cultivos posibles. Y ese impulso, cada vez más intenso, lo movió hacia otras lejanías. Aquella mañana, al partir, se detuvo ante la boscosidad del entorno y le hizo saber: “Me alejo de ti, pero sé que nos vamos a encontrar donde voy a estar, de cualquier manera. Por eso sólo te digo: hasta pronto, hasta muy pronto”.

1464. PROPOSICIÓN IRRESISTIBLE

Mariluz tiene los días contados, pero no contados para morirse, sino contados para pasar aquí mismo a una vida de verdadera plenitud. Ha sido siempre una mujer encargada de su propia suerte, y por eso viene sintiendo que la suerte nunca le ha respondido como corresponde. En su vida personal y en su trabajo las cosas han ido saliendo simplemente okey, y por eso le pide constantemente a la Providencia que le permita un giro de calidad que aunque no sea de 180 grados al menos se acerque a eso. Entonces Alex, un amigo recién llegado casi de la nada, le hace una propuesta no prevista: “¿Qué te parece si nos vamos a vivir juntos en un valle sin límites? No te estoy haciendo una proposición sexual, aunque al final nunca se sabe. Allí podríamos dedicarnos a las artesanías espirituales… ¡María, dame tu luz!” La suerte ha hablado por fin.

1465. ESA PLAYA ESCONDIDA

Londonderry, en el norte de Irlanda, es un muestrario de serenidad. Por eso ha sido una especie de trampa virtuosa para el trotamundos acostumbrado a cambiar de climas. Llegó ahí en un pequeño barco turístico y no embarcó de nuevo, con el aviso correspondiente. Como estaba solo en el mundo, no había a quién darle parte de su decisión. Ahora sería un fantasma migratorio que se instalaría donde le viniera en gana. Se fue a un prado junto a la playa del río Foyle, rodeado de árboles frondosos, en el que ambulaban vacas lecheras. Sitio perfecto para pernoctar en paz.

Misterios de colmena

MISTERIOS DE COLMENA

El abuelo había sido un lector persistente y disciplinado, y su colección de libros abarcaba múltiples disciplinas, desde el Derecho, que era su especialidad, hasta las novelas costumbristas. Fue un apasionado de Hugo Wast, el novelista argentino tan popular en su época, allá en la primera mitad del siglo XX. El padre conservó la práctica, pero con menos pasión, reduciéndola a los textos de ciencia pura; y él apenas leía algún libro de vez en cuando, y siempre que fuera de temas esotéricos.

Cuando él se quedó en posesión de los bienes familiares, aquel enjambre de textos –porque en verdad eso le parecía– se le reveló como un universo gráfico que hubiera estado aguardándole desde mucho antes de nacer.

Todos aquellos libros no cabrían en ningún espacio de su vivienda y por eso dispuso heroicamente acudir a una biblioteca pública para proponer su donación. El encargado le agradeció el ofrecimiento pero se excusó de inmediato:

— Lo lamento: no nos queda ningún lugar disponible, porque además los libros físicos están cayendo rápidamente en desuso. Los textos electrónicos son una marea en ascenso…
Volvió a la casa y tuvo un impulso insospechado: irse a acompañar a los libros amontonados como si fueran indigentes que hubieran ido a buscar refugio.

Aquella noche fue él quien se refugió entre los montones de volúmenes hasta que el cansancio le cerró todas las persianas de la conciencia, salvo una, esa que estaba escondida detrás de una telaraña.

La apartó con suavidad casi religiosa, y así pudo pasar al interior de otra habitación, que parecía no tener paredes. ¿Qué era aquello: una ensoñación o un augurio?
De pronto, los volúmenes comenzaron a moverse detrás de él, acaso siguiéndole la pista. No volvió la mirada, pero sintió el avance, como si se tratara de una peregrinación de insectos.

Aquella sensación a la vez tan ambigua y tan tranquilizante no le produjo ninguna inquietud; por el contrario, le hacía estar anímicamente en equilibrio pleno, como nunca antes.
Entonces era cierto lo que presintió siempre: los libros, y sobre todo los libros heredados, tienen vida, y esa vida puede asumir las más variadas identidades.
Estaba en campo abierto; y cuando se vio ahí tuvo el impulso de girar la vista, para identificar a quienes le seguían.

Las carátulas de los libros parecían balsas voladoras que iban a integrarse en una estructura acogedora en algún ramaje de los entornos, y las páginas se habían vuelto minúsculas alas de abejas en tránsito hacia su destino…

Se arrodilló, en actitud de veneración extrema. A su alrededor, las abejas volaban como si él fuera el centro de una colmena misteriosa.

MISTERIOS DE VITRAL

Por efecto de la migración incontenible, que se había ido volviendo caudalosa en aquella parte periférica de la ciudad por efecto de los acosos delincuenciales crecientes, la capilla tradicional del lugar estaba casi siempre vacía, aun en los días de más actividad ritual. Como siempre, quedaban asiduos que eran fieles por encima de todas las adversidades, y curiosamente algunos eran muy mayores y otros eran muy jóvenes, como si las puntas del tiempo tendieran a encontrarse por efecto natural.

Pero llegó un día en que el oficiante del lugar fue destinado a otra parroquia en la que había una vacante y mucha feligresía.

Los fieles se sintieron abandonados, y aunque hubo algunas gestiones reparadoras ante las autoridades eclesiásticas, lo único que surgía de ellas era el ofrecimiento de una pronta restitución del servicio. Dichos fieles seguían reuniéndose en el lugar, porque alguien tenía las llaves en su poder.

Por impulso espontáneo, ahora ya no se reunían ante el altarcito mayor, donde la ausencia era lastimosa, sino alrededor del pequeño vitral que quién sabe cuándo había sido ubicado en una de las alas laterales. Era un vitral sencillo, casi rústico, en el que se mostraba una multitud alrededor de alguien que tenía notoria apariencia de personaje sagrado, quizás anónimo. Era obra de algún artesano de los entornos, que, sin embargo, tuvo siempre una luminosidad que parecía superior a cualquier adversidad. Un día, sin embargo, el vitral se mostraba apagado, como si se le hubieran acabado las fuentes de luz.

Uno de los asistentes reaccionó con premura automática, y en aquella penumbra era difícil saber si era uno de los mayores o uno de los jóvenes:

— ¡El vitral se ha ido de aquí, vamos a buscarlo!
Todos se miraron, tocados por la orden invitadora. Salieron con rapidez, y se detuvieron ante el reducido atrio. Alguien preguntó:
— ¿Para dónde vamos?

En un movimiento que tenía todos los visos de ser una orden interior, los asistentes se dirigieron a toda prisa hacia aquel bosquecillo que nadie había plantado y que se hallaba ahí, con todas sus malezas y bejucos desde que había memoria. Avanzaron hacia adentro, hasta llegar a aquel punto desconocido: un lugar limpio, pero oscuro como una catacumba. ¡Ahí estaba el vitral, resplandeciente a su estilo!

Todos cantaron llorando la alabanza a la sorprendente voluntad suprema. Ahora esa era la nueva iglesia, y alguno de los árboles del entorno sería cada vez el oficiante.

MISTERIOS DE CANTINA

Desde los inicios de la adolescencia su principal destino eran las cantinas de la ciudad, independientemente de la ubicación de las mismas. Él había nacido y se había criado en un barrio periférico, que fue yendo a menos por las nuevas tendencias urbanísticas que se imponían sin decir agua va; pero aun en los tiempos en que era un muchacho sencillo y sin recursos se las ingeniaba para acercarse de vez en cuando a los bares de más relieve, incluyendo a veces sitios verdaderamente exclusivos. ¿Cómo hacía para agenciarse fondos disponibles? Siempre fue un enigma, porque además no era alguien cuyas excentricidades pudieran hacer sospechar actividades opacas.

Cuando inició sus estudios universitarios pareció entrar en fase de anímico repliegue, como si las tareas en ese plano le fueran ganando la moral. El trayecto entre su casa y la universidad y viceversa era su nuevo y único destino, haciendo sentir que las cantinas habían desaparecido del mapa. Pero aquel día alternativamente lluvioso y soleado hubo un giro en el aire que le hizo quedarse a la expectativa mientras el bus casi vacío en el que viajaba se detenía de pronto en una de sus “paradas continuas”.

Solo subió un nuevo pasajero: aquella muchacha que tenía toda la pinta de pertenecer a uno de esos grupos de jóvenes que se dedican a las tropelías urbanas. Él se corrió en el asiento hacia la ventana, queriendo pasar inadvertido. Ella recorrió el entorno con la mirada y fue a sentarse precisamente junto a él. Le habló de inmediato en un susurro:

— Hola, al fin te encontré.
Él tiritó sin poder contenerse:
— ¿A mí? Yo no la conozco.
— Ah, pero yo sí. Te he visto muchas veces en las cantinas donde yo merodeo buscando víctimas…
— ¿Víctimas? –gimió él asustado.
— Sí, víctimas que quieran sufrir y gozar al mismo tiempo. En las cantinas siempre hay desconsolados que quisieran unos minutos de placer. Yo soy un hada compasiva y de eso vivo. La tarifa es módica y si me entusiasmo hasta puede ser un cariñoso encuentro de amigos. ¿Te animás?
Él entonces pareció haber sido tocado por una corriente irresistible. En la boca el sabor de un líquido fragante; en los músculos la caricia de un ensueño vivo…
— ¿Y solo en una cantina se puede? Es que últimamente ya no voy por ahí…
— En la cantina se empieza… ¿Estás cambiando de vida, verdad? Pues yo te voy a enseñar cómo ganar lo nuevo sin perder lo viejo… ¡Mirá, ahí nomás está una de tus cantinas favoritas! ¿Nos bajamos?
Él se incorporó de súbito, como si lo moviera un resorte irresistible. Se bajaron. Era en verdad una de sus favoritas: “Tiempos mejores”.

Álbum de libélulas (177)

1451. LISTO PARA EL VIAJE

Navegar en aguas marinas es siempre una experiencia en dos planos: el del agua que es presencia geográfica y el del agua que es vivencia nostálgica. El aprendiz de navegante se encontraba ya sobre el muelle, como había sido su ilusión desde que vivía en una de las montañas vecinas atisbando a diario las lejanías ondulantes. Lo que aún no sabía era en cuál de aquellos navíos ordenados en fila estaba destinado a embarcar. Recorrió varias veces el conjunto, sin encontrar ningún signo revelador. Fue a sentarse en un pequeño banco desde el cual podía tener perspectiva. Iba cayendo la tarde, y como era verano las iluminaciones resplandecientes se hallaban a la orden. Él entonces entró en suspenso emocional, hasta que una gota le cayó en la frente. Era el mensaje de la primera estrella que, detenida sobre el mástil del único velero, parecía invitarlo.

1452. ELLA ESTÁ AQUÍ

No hay necesidad de inventar ninguna memoria, porque todas hallan siempre a nuestra disposición en el desván de los días pasados. Y por eso aquella memoria emergente venía acompañada por un memorándum de datos conductores. Cuando llegó a una de las puertas laterales de su conciencia no tuvo que tocar: la puerta giró suavemente como si hubiera estado esperando la visita. Lo que acababa de entrar era –por todas las señales externas— una dama antigua, de esas que aparecían en los almanaques de antaño. Él se le acercó casi con reverencia: “Bienvenida, señora, está usted en su casa”. Ella lo miró con fijeza a los ojos: “¿Entonces me reconoces?” Él esbozó una sonrisa de buen conocedor: “Quien le envió la invitación fui yo”. Ella se conmovió hasta la humedad visual: “¡Ya decía yo que sólo un poeta memorioso como tú sería capaz de llamar otra vez a su hada madrina!”

1453. EL OTRO RITUAL

El terrorismo asalta en cualquier momento como los bandidos del Lejano Oeste y como los capos de la mafia actual. Y ese sujeto apareció un día de tantos en las calles de aquella ciudad que había sido hasta entonces una especie de remanso ajeno a los trastornos del tiempo. Una bomba sin sentido destruyó la única tienda de conveniencia de los entornos; un tiroteo inesperado acabó con las vidas de unos jóvenes que acudían a un servicio religioso; en la colonia más poblada se desató un agresivo incendio a todas luces provocado… ¿Qué estaba pasando? A alguien se le ocurrió ir a consultar a una médium, que vivía en una choza cercana. “¿El terrorismo? Anda suelto en todas nuestras mentes, aunque no nos demos cuenta. Dejémoslo que salga, para que se vaya lo más lejos que sea posible. En este tiempo, esa es la principal misión de las almas que no quieren perder su identidad original”.

1454. PAZ EN EL CAMINO

Esa mujer que venía caminando en sentido contrario al suyo le produjo de pronto la sensación de ser persona conocida. Como ya sólo faltaban unos pocos pasos para que se cruzaran sus rutas, se animó a detenerse para que ella hiciera lo mismo; pero ella no pareció darse por aludida, y él tuvo que alcanzarla diciéndole: “Nos conocemos, ¿verdad?” Ella no reaccionó, sino que siguió caminando más rápidamente, como si quisiera escapar de un peligro. “Óigame, por favor, que sólo quiero salir de una duda: ¿No tuvimos usted y yo un accidente en la carretera hace algún tiempo?” Ella se quedó pensando, quizás en busca de imágenes orientadoras. De pronto algo le hizo clic. Él asintió sin decir nada más. Se hicieron una reverencia mutua y siguieron sus respectivos trayectos. Era lo más propio que podían hacer aquellas dos almas en pena luego de la colisión que les quitó la vida en este mundo.

1455. POR LA BUENA RUTA

La pureza es un invento de los dioses. “¿Y entonces la impureza qué es?” Una licencia de Dios. Ambos se rieron, celebrándose mutuamente las salidas ingeniosas. Aquella no era una pareja común: el profesor de filosofía clásica y la alumna más reciente, que quería completar su formación ya concluida con otro acercamiento a la sabiduría. Ahora estaban en un resort de montaña, por invitación de una amiga común, que se les acercaba en aquel momento. “¿Hablan de la pureza y de la impureza? ¡Ah, qué buen indicio!” Ambos se miraron, sonriéndose, sin entender la alusión. “Bueno –concluyó la amiga, indicándoles la ruta–, ahora vamos a tomar los aperitivos en la terraza que da al paisaje abierto”. Y mientras caminaban les explicó: “¿Saben por qué les hablé de buen indicio? Porque la pureza y la impureza son las dos caras del amor. ¿Entienden?”

1456. NECESARIO REAJUSTE

Regresaba ya casi de noche a su casa con los efectos corporales y anímicos de haber estado todo el día en el taller reparando vehículos de la más variada naturaleza, desde motocicletas sencillas hasta camiones pesados. Pero aquel día se tardó más de la cuenta, y su compañera de vida empezó a preocuparse, porque los riesgos de la calle no tienen límite ni control. Apareció pasada la medianoche, con signos de haber estado inmerso en alguna diversión absorbente. “¿Dónde estabas”, le preguntó sin acritud. Él sólo hizo un gesto, como si sólo quisiera irse a dormir. Ella, con sospechas normales de mujer insegura, puso cara de circunstancias y se fue hacia otro lugar de la vivienda. Él la siguió: “No vayás a pensar nada malo, Erlinda: lo que he hecho es ir a la capilla a revivir mi conciencia de mecánico, porque al final de cuentas todos somos vehículos de la Providencia…”

1457. ¿FINAL FELIZ?

Vistas desde lejos, las costas brumosas tienen el imán de los paraísos inocentes. La nave se iba desplazando frente a una de esas costas en el Atlántico irlandés, mientras la joven que acababa de embarcar se asomaba a la veranda a sentir el aliento del aire con el que tendría que convivir quién sabe por cuánto tiempo. Descendió en Cobh, pequeña comunidad de pescadores, donde iba a encontrarse con un desconocido llamado Irving, con quien había entablado relación en las redes sociales. No había nadie esperándola en el muelle de atraque, pero eso no la arredró: sabía que él vivía en una posada próxima a la costa. Hacia ahí se dirigió. Al llegar preguntó por él, pero nadie lo conocía. ¿Habría sido una broma macabra? La bruma se espesó a su alrededor. Y alguien surgió de ella: “Soy Irving, y te invito a entrar conmigo en el mundo de los seres astrales”.

1458. ESA CLARA RAZÓN

Se animó por fin a declarársele a aquella chica que no sólo rebosaba energía sino que exudaba encanto. Ella se quedó impávida, como si no fuera con ella. “No espero una respuesta inmediata, pero sí, al menos, una señal orientadora… ¿Tengo esperanza o no?” Ella, entonces, soltó su carcajada más espontánea: “¿Esperanza? ¿Pero por qué me pedís eso, cariño? Dicen que la esperanza mantiene al tonto, y vos estás muy lejos de serlo… Yo no te puedo dar esperanza: lo que te puedo dar es inquietud… ¿No te parece más divertido?… A gozar se ha dicho…”