Familia instantánea

FAMILIA INSTANTÁNEA

En las semanas anteriores al día en que desapareció María del Tránsito no se había producido ninguna situación anormal en todo aquel vecindario que era muy tranquilo en comparación con los del entorno inmediato. Sin embargo, la posibilidad de que aquella ausencia repentina fuera producto de algún atentado delictivo no podía ser descartada, y cuando los familiares fueron a dar parte a la autoridad policial eso fue lo primero que se consideró, dado que María del Tránsito siempre había sido una mujer ordenada y previsible.
Las investigaciones comenzaron a buscar pistas y rastros, pero los días subsiguientes no dejaron nada en concreto. Los familiares iban casi a diario a pedir noticias, pero la respuesta siempre era la misma: “No hay novedades, seguimos investigando”. Un día de tantos, la agente encargada del caso les hizo una sugerencia que podía ser orientadora:

—Busquen bien entre las cosas de ella; tal vez ahí puede haber alguna pista…

La hermana menor fue la encargada de hacer la pesquisa en el cuarto de María del Tránsito. Al principio se resistió a hacerlo, por miedo a lo inesperado; pero luego se animó a la búsqueda. El cuarto de la desaparecida era un verdadero almacén de objetos de la más variada índole, desde juguetes de la infancia hasta muestras comerciales y objetos esotéricos. La hermana se dio cuenta entonces de que María del Tránsito era, por encima de la cotidianidad previsible, una persona desconocida.

— Mamá, esto es lo que he encontrado.

Y puso sobre la mesa un par de bolsas: una llena de papeles y la otra llena de piedras.
La madre revisó ambos contenidos:

— Los papeles son cartas de amor de un desconocido; las piedras parecen objetos religiosos de otras culturas…
— No entiendo nada, mamá. ¿Será que María del Tránsito se ha escapado para ir a vivir su amor muy lejos de aquí?
— ¡Ah, pero aquí parece estar la clave…! –dijo la madre desplegando una hoja escrita que tenía todos los visos de ser el borrador de una carta:

“Mi adorado desconocido: Si tú me llamas, voy a tu encuentro dondequiera que me indiques. Y ahí emprendemos la aventura suprema, que es formar una familia como si fuera producto de un rayo de luz que nos conecta de pronto. Anoche soñé contigo, y aunque no tengo ningún indicio sobre quién eres y sobre cómo eres, me basta con saber que nos hemos comunicado íntimamente por medio de las ondas del aire como los amantes de otros siglos. Si esta es nuestra oportunidad de pasar juntos a un plano superior en esta vida, dejemos que el amor espontáneo haga su obra…”

GATO LIBERADO

Todos lo consideraban un muchacho apático y distraído porque nunca dio ninguna muestra de voluntad propia a la hora de enfilar hacia su futuro. Algunos de sus conocidos habían creído ver en él vena de artista, aunque tampoco hubieran logrado precisar en qué sentido. Estaba en plena adolescencia, y ser casi borroso a esa edad no es lo común. Fue siempre estudiante mediocre, sobre todo en lo tocante a las materias con más componentes abstractos, y ahora que estaba ya en el comienzo de su vida universitaria las vacilaciones parecían incrementarse.

Se inscribió en Ingeniería Mecánica, pero muy pronto se sintió perdido en un laberinto. Algo tenía que hacer al respecto, y entonces optó por la Arquitectura de Interiores, quizás con la intención de hallar un espacio en el que pudiera acomodarse con normalidad apaciguadora. Pero al paso de los días fue imaginando que estaba dentro de una inocente pero al mismo tiempo insoportable Caja de Pandora. Y tuvo que hacer un tercer giro: en el semestre siguiente se inscribió en el área de psicología, ya con el pálpito de que necesitaba conocer más de sí mismo para entender los ejercicios de su propia conciencia, tan renuente al autoexamen orientador.

Durante los primeros días de experiencia en la nueva opción, los pensamientos se le fueron poniendo a la defensiva. Y la pregunta que se le dibujó en la pantalla de la conciencia fue directa y casi inocente: ¿Qué estoy haciendo? El silencio interior se hallaba crecientemente invadido por pequeñas lentejuelas palpitantes.

A medida que avanzaba el ciclo iba sintiéndose a la vez más cómodo y más incómodo. No acababa de entender tal contraste, aunque tampoco le provocaba ninguna reacción desquiciadora. Eso sí, sus funciones vitales se hacían más frágiles y las sensaciones inesperadas empezaban a ser presencia usual. Se sorprendió a sí mismo buscando espacios internos para instalar sus nuevas inquietudes, pero no los encontraba a su disposición. Confundido, fue a consultar con la licenciada Marinero, su profesora en educación de la conducta.

Ella lo escuchó con la atención profesional pertinente, y al final le dijo con amabilidad casi familiar:

— No es que estés confundido, no.

— ¿No? ¿Y entonces por qué no encuentro nada que me quite esta ansiedad?
— Ya lo encontraste.
— ¿Cómo así? Alguien me dijo que en lo que sentía había gato encerrado.
La experta sonrió, y él sintió que en aquella sonrisa estaba descifrándose el enigma.
— Mira, muchacho, aquí lo que hay no es gato encerrado, sino gato liberado. Te estás conociendo a ti mismo antes de salir a conocer el mundo. ¿Te das cuenta? Es lo que deberían hacer todos…

Y entonces él sonrió a su vez, con gesto de gato que aún tenía que descifrar si era doméstico o montés.

SEGUIR EN LA NUBE

Los promotores de aquella iniciativa se presentaban como emprendedores insertos en esa moda que cada día toma mayores impulsos. Él estaba entre los más entusiastas, y sus amigos copartícipes así lo consideraban, asignándole en ciertos momentos condición de líder. Por ejemplo a la hora de decidir el nombre del emprendimiento, ya que él se caracterizaba por sus dotes imaginativas. Los compañeros de tarea lo rodearon para que soltara el nombre:

Y ahí emprendieron el esfuerzo para concretar lo que se proponían.
El proyecto empezó a tomar forma, y muy pronto estaban ya instalados y con propuestas bien concretas para iniciar labores.

La Nube de Voces inició en un local ubicado en la zona comercial más moderna de la ciudad, ahí donde iban principalmente los jóvenes en busca de todo lo que pudiera servirles para estar al día en la tecnología, en el vestuario, en las comidas. Ellos en su tienda se dedicaban a vender productos electrónicos de última moda, y eso les atrajo una clientela inmediata. El negocio iba viento en popa, pero los problemas personales comenzaron a aparecer, como lo que son: roedores implacables e incansables.

Hasta que en algún momento la opción desintegradora se hizo presente.

— Que se acabe esta mierda. Cada uno por su lado.
Y eso lo decía el autor del nombre de la tienda.
— ¿Qué te pasa, loco? ¿Se te sobrecargó la batería?
— ¡No’mbre, se me está recargando!
— ¿Y entonces?
— ¿Es que saben qué: con el nombre que tenemos no vamos a llegar más lejos?
— ¡Ah, ya apareció el peine!
— Por mí no hay problema: yo soy calvo.
—Ja, ja, ja. ¿Y cómo quisieras que se llamaba?
— Nube de ecos.
— ¡Perfecto! ¡Este sí que es creativo aunque sea más cabrón!

Historias sin Cuento

HAY QUE SOÑAR SIN MIEDO

Aún era niño cuando llegó a la academia de don Valero Lecha ubicada en la segunda planta del edificio que estaba enfrente del Teatro Nacional, a un costado de la plaza Morazán. Quien lo llevó ahí fue una vecina ya mayor, artista tanto de la palabra como del pincel, que vivía a cuatro puertas de la suya, en el pasaje Rovira. Ella, quien tenía temperamento elocuente y desinhibido, le presentó a don Valero aquel joven reservado que apenas sonreía:

—Este cipote tiene pasta, pero como es natural aún no sabe lo que quiere. Tal vez usted con su ojo clínico puede ayudarle. Está escribiendo sus primeros versos, pintando sus primeras acuarelas, iniciándose en el piano de mi casa…

El maestro lo saludó con la seriedad afable que le caracterizaba, y de inmediato le dio ingreso en el ambiente, dándole las primeras indicaciones. Era ya tarde, y la academia no tardaría mucho en concluir su jornada. La vecina que lo había introducido tuvo que irse más pronto, por algunos mandados pendientes, y él se quedó ahí un poco más.

Cuando salió, la tarde estaba cayendo y era la hora justa en que iniciaba la siguiente función en el teatro inmediato que funcionaba como cine. Sin siquiera ponerse a ver qué película se estaba exhibiendo aquel día, fue a la taquilla y pagó su entrada a balcón, que era su posición favorita, porque tenía la pantalla de tú a tú.

Se abrió el telón, se apagaron las luces y surgieron los créditos del filme por venir: “Ave del Paraíso”, aquella cinta que había visto ya, con Debra Paget, Louis Jourdan y Jeff Chandler. Una historia de aventura y romance en los mares del sur. Él suspiró con fuerza: el que le tocara ver de nuevo las imágenes de aquel mundo precisamente el día en que estaba por primera vez en contacto manual con los colores vivos tenía que envolver algún mensaje.

Salió de la función cuando ya era de noche, pero el crepúsculo parecía reacio a salir de su propia escena. Eso lo animó a irse caminando hacia su casa, allá en las inmediaciones del Colegio María Auxiliadora. Cuando iba cruzando la colonia Santa Eugenia, las iluminaciones de la atmósfera nocturna parecieron acercarse hacia él, hasta tomar posiciones en el lienzo de su conciencia. Mientras caminaba, otras imágenes iban uniéndose al cortejo. Las de sus anhelos creativos incipientes, las de las historias cinematográficas más concordantes con su naturaleza de infante proclive a la adultez prematura, las de la tierra y el aire que le llegaban como presencias espontáneamente propias…

Estaba ya muy cerca de su lugar de residencia, al fondo del pasaje. Y antes de empezar a subir desde la calle de Mejicanos sintió que todo lo que vendría para él se había definido aquella tarde, al menos en el plano de las emociones, que es lo que verdaderamente importa. Allá arriba, en el cielo estrellado, había un lamparón que tenía la forma de un velero en vuelo. Y en ese instante solo pudo articular un susurro que su propia voz ya adulta le enviaba desde adentro: “Mensaje recibido…”

LOS MUERTOS NUNCA DUERMEN

Sus días estaban orgánicamente contados, y de alguna manera había que empezar a pensar en los detalles del desenlace. Lo hacía sin decírselo a nadie, aunque en algún momento sus decisiones, si es que llegaban a ser tales, tendrían que ser conocidas para que se pudieran poner en práctica.

Lo primero que le vino a la mente fue el destino de su cuerpo. En el ambiente se había ido poniendo de moda la cremación, y mucha gente optaba por ella, de seguro sin pensarlo a fondo: algunos porque eso era más práctico que un entierro y otros porque guardar las cenizas en una caja les permitía sentir que el difunto aún se hallaba ahí. Cuando se lo planteó, lo que de inmediato vino a su memoria fue el fogón de la rústica cocina de leña en su hogar campesino de otro tiempo.

No logró decidirse por ninguna de las dos opciones, y dejó en silencio la decisión a sus descendientes: Helena y Julio César. Tampoco tenía testamento formalizado, y solo de imaginar el posible reparto se le asomaban grandes incertidumbres al cristal de la mente.

Así llegó la hora cero. Paro respiratorio, que fue instantáneo mientras dormía. Ya no despertó, al menos para los que le rodeaban. El médico de cabecera certificó el deceso. Los dos hijos estaban cada uno a un lado de la cama, casi compungidos. Luego se fueron a hacer los preparativos del sepelio. Habría entierro sin misa previa, porque ambos se habían alejado de la religión. El cadáver se hallaba en la sala del velatorio, y como eran dos o tres los asistentes, nadie se percató de aquel movimiento de párpados en el rostro del difunto.
Días más tarde, los hijos fueron a arreglar con el abogado el punto de la herencia intestada. Había que repartir los bienes. Helena llevaba un retrato de su padre, como para que estuviera presente. De inmediato comenzaron las diferencias. Se fueron caldeando los ánimos, y al final cada quien se fue por su lado, y el retrato quedó sobre una silla. Y nadie se dio cuenta de que la mirada del rostro fotografiado parecía de pronto ser el reflejo de una profunda reflexión.

Ahora su cuerpo estaba bajo la tierra apelmazada y sus pertenencias continuaban en el limbo de lo indefinido.

Entonces tuvo, desde algún lugar perteneciente a su nueva ubicación en el tiempo, el impulso de tomar las decisiones que no se animó a tomar antes. Había que imaginar cómo ponerlas en práctica.

Como primera providencia, fue en busca de apoyo entre los espíritus a los que hoy tenía acceso directo.

A la mañana siguiente un fuerte temblor de tierra fracturó la colina donde se hallaba su sepulcro. Este se abrió violentamente y el cadáver voló por los aires, envuelto en una túnica de polvo. Y dos días más tarde, como por arte de magia, un incendio de grandes proporciones se desató en la colonia donde estaba su casa, arrasando con ella y con todo lo que había en su interior, que era lo más valioso que él dejara. Los hijos llegaron a ver los estragos, sin saber qué hacer.

Él, que ejercía ya como eterno insomne, lo observó todo. Hizo un gesto de aceptación de lo inevitable, y se preparó para continuar en lo suyo.

EL BAÚL DE LOS OLVIDOS

Marcó el celular de Irene y por enésima vez, luego de la cadena de timbrazos, la máquina volvió a decirle que el número marcado no estaba disponible en aquel momento. Volvió a preguntarse: “¿Qué le estará pasando que no me responde?” Y para no seguir en el enigma, se fue aquella tarde a la colonia donde vivía Irene. Conocía muy bien a la madre de ella, que fue quien salió a abrirle.

—Hola, Rodrigo, qué bien que te acercaste, porque Irene ha estado diciendo que como que la habías olvidado… No le contestás sus llamadas.

Él puso cara de sorpresa.

—¿Yo? Si soy el que la está llamando siempre y ella es la que no responde…

—Ah, qué divertido. Se están jugando la vuelta.

—¿Ahora no está?

—Creo que ya va a venir porque ya es la hora. Entrá para que la esperés.

Ahí se estuvo hasta que cayó la noche. Irene no aparecía. Entonces se regresó a su casa. Cuando llegó, su hermana le dijo:

—Aquí ha estado Irene, esperándote. Se acaba de ir.

Él se quedó en vilo. ¿Qué quería decir aquel jueguito de desencuentros? En los días subsiguientes no hubo posibilidad de comunicación por ninguna vía. Y tanto él como ella se preguntaban por su cuenta: “¿Será que en algún lugar están escondidas las respuestas a lo que pasa?”

No lo sabrían nunca, porque por alguna coincidencia anímica, que podía venir de lo más profundo de sus ancestros, la suerte de ambos estaba guardada en el baúl de los olvidos.

Álbum de libélulas (179)

1466. EL UNO PARA EL OTRO

Angélica se las sabía todas sobre el comportamiento de las almas en pena, porque era una de ellas, aunque esto lo mantenía en completa reserva. Todo comenzó cuando su madre y su padre se fueron cada uno por su lado, como si se los tragara el polvo o la marea, y ella se quedó en poder de una vecina que se dedicaba a leerles la palma de la mano a los vecinos a cambio de algunas monedas. Nunca pudo encontrar a alguien con quién entablar algún tipo de relación sentimental, y por eso se quedó con la conciencia en suspenso cuando aquel señor que estaba evidentemente en la medianía de la edad se le acercó como si la conociera desde hacía mucho. El recién llegado la envolvió en una gasa emocional insospechada. Y cuando llegó el momento de las definiciones, ella le preguntó: “¿Qué has visto en mí?” “Tu aura, porque yo como tú soy un alma en pena”.

1467. ENTRE APRENDICES

Se había dedicado artesanalmente a descifrar actitudes y conductas de los seres más comunes, y aunque no tenía título que lo acreditara al respecto, contaba con una larga lista de interesados en recibir sus orientaciones. Para no caer en violación de las normas profesionales, no ten ía ningún lugar que se semejara a un consultorio. Se reunían en parques, en cafés, en tabernas o en corredores de centros comerciales. Aquel día recibió una llamada que de entrada parecía misteriosa. El que quería hablar con él no se identificó con ningún nombre y lo citó en una esquina cualquiera de la zona urbana que más se estaba desarrollando. Conversación de pie. Preguntas sencillas, casi ingenuas. Ya para terminar, el consultante le extendió un cuaderno en blanco: “Soy el milenio que está empezando. Necesito ideas simples y espontáneas. Tengo mucho que aprender…”

1468. COMPAÑEROS PARA SIEMPRE

Cuando recordaba sus tiempos como guerrillero activo en distintos campamentos de las montañas del norte del país lo primero que le saltaba a la pantalla de la conciencia era el rostro de Ástrid. Un rostro que estaba centrado en la mirada, que siempre parecía decirlo todo sin necesidad de palabras. Ástrid se fue con él desde que se inició aquel periplo que era azaroso e imaginativo al mismo tiempo. Por las noches no se sabía si las balas o las estrellas estarían a la mano. Lo que sí se sabía era que Ástrid estaba ahí, a su lado como un hada puntual. Y cuando en un combate él resultó herido, Ástrid en ningún instante se apartó de su lado. Se repuso, y Ástrid seguí ahí, radiante. La guerra llegaba a su fin. Pronto habría que volver a la vida común. Y entonces Ástrid le dijo adiós. La enterró en el campamento final. Ástrid, la inolvidable chuchita aguacatera…

1469. MISTERIO EN EL CAMINO

Allá en el Cantón San Nicolás había un cruce de vías: la de las camionetas que iban hacia el norte en la ruta hacia Chalatenango y la del ferrocarril que venía de San Salvador e iba hacia Chiquimula, en Guatemala. En ese cruce, que estaba muy cerca del río Las Cañas, que era en verdad un arenal apenas acariciado por una leve corriente de agua, se decía entre los lugareños que con frecuencia aparecía un grupo de peregrinos que regresaban a pie de Esquipulas, y que parecían levitar sobre el polvo. Él era un niño cuyas circunstancias vitales le habían hecho estar más alerta que otros de su edad, y tal aseveración le rodaba el ánima como una luz desconocida. Aquella tarde vio desde el falso a un lado de la calle a un montón de gente que venía del norte. “¡Romeros de viuelta!” pensó. Cuando llegaron al cruce se detuvieron. Luego se dispersaron en el aire. Él en cuenta. Hasta hoy.

1470. LA MEJOR EXPERTICIA

Dicen que el tiempo todo lo borra, hasta las cicatrices más aparatosas. Quizás sea así, pero lo cierto para ella era que había un desgarro que resistía todas las pomadas que el vivir traía en su alforja. Tal desgarro le había dejado una cicatriz ostensible, aunque sólo ella fuera capaz de advertirla: esa concentración de humo tóxico que quedó del incendio repentino de su primer amor. Cada vez que alguien se le acercaba con presunta intención amorosa, aquel humo se le alborotaba, provocándole la asfixia emocional sin escapatoria. Bueno, hasta que un día cualquiera de verano cálido apareció Nicanor como una especie de estratega activo en situaciones de peligro inminente. Ella notó de inmediato que algo distinto estaba por ocurrir, y luego de los primeros avances vino la pregunta crucial: “¿A qué te dedicás?” Él hizo un gesto de complicidad: “Soy bombero”.

1471. EL CONSEJO MÁS PURO

Arribaron por tierra a la ciudad anhelada y de inmediato fueron a instalarse en el hotel-boutique que tenían reservado de antemano. El sitio no podía ser más propio para el gusto de ambos, que coincidían en la predilección por los espacios de acogida para viajeros memoriosos. La ciudad los envolvió en sus velos aromáticos y el albergue les proveyó los estímulos sensoriales de una estancia intemporal. Aquella misma noche se fueron a cenar en el lugar que les recomendaron junto a las olas. Estaban ahí cuando alguien se les acercó. Pensaban que llegaba a pedirles algo, pero era al revés: estaba ofreciéndoles algo: “Estoy aquí para llevarlos hacia las estrellas en persona, allá en lo más alto. Es un servicio incluido en el paquete. Les aconsejo que acepten, porque será la única vez que tendrán esta oportunidad en su vida…”

1472. LEY DE LA VIDA

Lo único que se sabía de cierto era que había llegado con un grupo de peregrinos que se dispersaron en el lugar, como si así hubiera estado marcado por un designio desconocido. Cada quien cogió por su lado y él se quedó ahí, sin saber qué hacer. Los vecinos eran benévolos y le proveyeron de lo mínimo para sobrevivir. Él, en correspondencia, comenzó a hablarles de lo que está detrás de los montes y más allá de las nubes; y su labia era penetrante aun en las ánimas que parecían ajenas a toda forma de reflexión. Uno de los vecinos por fin lo encaró: “¿Qué querés de nosotros?” Silencio. Los que estaban en torno observaron alternativamente al cuestionador y al cuestionado. Este último comenzó a caminar alejándose. Entonces los presentes comenzaron a seguirlo. Quizás el grupo de peregrinos se había reconstituido. Siguió la marcha y el lugar quedó abandonado.

1473. EL PODER DE EVOCAR

París seguía en su memoria como la estampa más visible. Llegó ahora después de años, y le pareció sin vacilación alguna que sólo habían transcurrido minutos. Se fue a hospedar en una residencia modesta, allá en Boulogne-Billancourt, esa zona donde estuvo la primera vez, allá en sus 14 años. Salió a la calle de inmediato. Sí, era el sitio: el 118, Rue du Chateau. Se fue a caminar por los entornos. Todo igual, exactamente igual. Entonces tuvo la duda y se lo preguntó sin ambages: ¿Es que hoy el mundo externo es sólo mi memoria? ¡Ojalá, ojalá, ojalá!

Portafolios de vida

PORTAFOLIOS DE VIDA

Cuando concluyó su carrera universitaria tuvo la inmediata sensación de que sin tardanza le sería imperativo hacer dos cosas cuanto antes: montar negocio y formar familia. En ninguno de los dos campos tenía nada preparado, ni siquiera imaginado. Afortunadamente, había dos consejeros disponibles: su tío Max y su tía Elsa, en ese orden. Lo curioso era que ni Elsa ni Max eran parientes entre sí, ni tampoco eran consanguíneos con él. ¿Entonces? Vecinos inmediatos en su primera infancia, fueron grandes amigos de sus padres; y cuando estos murieron en un accidente vial, él se quedó viviendo alternativamente con Max y con Elsa, que vivían solos, cada quien en su casita, ambas exactamente iguales, como todas las del pasaje. Lo que dejaron sus padres bastó para llevarlo a donde estaba.
Ahora era arquitecto de interiores, y tenía el futuro por delante, como dice la frase de cajón. Entonces se dio cuenta de que nunca se había puesto a pensar en el futuro, y quizás por eso estaba de pronto poseído por aquella inesperada forma de ansiedad. Había que acudir a la tía Elsa y al tío Max, a los que en los tiempos más recientes veía cada vez menos, porque en los dos últimos años de la carrera alquiló un pequeño apartamento en una colonia casi suburbana.
—Hola, tía. ¿Está desocupada para que hablemos?
Hablaron, y ya para terminar la plática junto al ventanal con cortinas de cretona multicolor, una frase de la tía Elsa quedó aleteando en el aire saturado de mirras y alcanfores:
—Te doy un consejo, mi niño: volvé al parquecito aquel al que te llevaban de chiquito. Te subís al columpio que tanto te gustaba y te quedás meciéndote un buen rato. Ya vas a ver.
Un par de días después, se repitió la pregunta, esta vez dirigida al tío Max:
— Hola, tío. ¿Está desocupado para que hablemos?
Hablaron, y ya para terminar la plática en el saloncito con aire a oficina que le servía al tío Max para no desprenderse del todo de su ya concluido ajetreo de hombre de negocios de mediana fortuna, el tío se resumió a sí mismo con la habilidad que le caracterizaba para eso:
—Te voy a repetir algo que ya te dije de distintas maneras a lo largo de la vida: nunca permitas que tu libertad tenga precio. La vida es la mejor fortuna de todas, pero para que esa fortuna prospere hay que administrar muy bien los otros bienes. Hay que ser inversionista astuto y feliz. Y en lo propio. Nada de empleos, mi amigo.
El mismo día en que fue al banco a solicitar un préstamo personal para empezar a montar su propia empresa destinada al diseño y la habilitación de interiores pasó por el parquecito de la infancia. La respuesta del oficial bancario había sido prometedora: estaban por estimular el emprendimiento; y de inmediato le hizo cita para un día después con la gerente encargada de procesar solicitudes.
El parque de ahora se hallaba casi abandonado, pero el columpio sobrevivía. Como no había nadie, no tuvo reparo en subirse en él. A los primeros movimientos se le hizo presente la imagen. La niña de rizos casi rubios, que le seguía con los ojos. Imagen inolvidable olvidada por tanto tiempo.
Acudió a la cita en el banco a la hora señalada. Lo pasaron a un despacho que en aquel momento estaba vacío. En unos minutos apareció la gerente y lo saludó con gesto profesional. Él se tambaleó por dentro, como si aún estuviera meciéndose en el columpio. Ella le entregó su tarjeta.
— Ah, entonces sí. Eres tú.
—¿Disculpe…?
— Adriana, te saluda Vinicio.
Eran ellos, claro. Podían empezar a vivir. Y, por supuesto, crédito aprobado en todos los sentidos.

VACACIONES PARALELAS

Claire, Pamela, Hope, Amarilis, Samantha… Era mediodía, hora de embarcación temprana. Se habían instalado ya en sus cabinas respectivas, y estaban luego en el Panorama Lounge, tomando sus respectivos tazones de bouillon con unas gotas de jerez y las cucharaditas de parmesano y de perejil al gusto.
— Libres, como siempre, con el mar por delante. Perdón por el bostezo.
— Qué rico es respirar a pleno pulmón. ¡Me pasaste el bostezo!
— Respiremos, pues, como las diosas distraídas que transitaban por estos lugares…
— Libres y felices. Aunque ahora lo que yo tengo es sueño.
— Lo merecemos, ¿verdad? ¡A soñar se ha dicho!
Las cinco amigas, que lo habían sido desde siempre, lo que en verdad celebraban una vez más era estar libres por algunos días de sus responsabilidades hogareñas, y sobre todo hallarse lejos de sus respectivos maridos, tan rutinarios y aburridos los pobres. Y el eco de aquella liberación momentánea se hacía sentir en ultramar, en otra estancia donde los cinco hombres brindaban por su vacación tan ansiada. Nelson, Maurice, Álex, Giuliano, Walterio… Desde luego, no estaban flotando en el mar pero sí lo veían a través de los grandes ventanales de la sala de fiestas, rodeados de jovencitas diligentes que no cesaban de servir y sonreír, con todas las caricias en alerta.
— Ya escogí: voy a dormir en pelota, con una almohada sonriente.
— Yo antes voy a rezar mis oraciones favoritas.
— Esto es vida; lo demás es limosna de la vida.
— Lo desvelado nadie te lo quita.
— ¡Que viva la humedad fragante!

PÍCNIC DOMINICAL

Una mañana de domingo los interesados en adquirir aquella propiedad que había sido radiante ejemplo de bonanza y que en algún momento fue asaltada por el abandono llegaron a revisar todo lo existente, para saber si la compra podía serles beneficiosa. El portón principal daba la impresión de ser un acceso sellado, pero en uno de sus extremos quedaba una pequeña puerta, cuya cerradura de seguro correspondía a la llave que se les proporcionó para entrar. En efecto fue así. Ya adentro, la sensación que surgía de inmediato era la de estar en un bosque artificialmente conservado. Un bosque con ciertas trazas de jardín. Algunos arbustos florecían heroicamente. Y los senderos originarios, invadidos de maleza, eran identificables. Por uno se fueron desplazando, y a medida que avanzaban se les hacía patente que el lugar en verdad tuvo vida propia, con signos de exquisitez prometedora, que desde luego ya no mostraban ninguna vigencia.
Por fin se hallaron ante una especie de plazuela con diferentes perspectivas. Los visitantes se fueron por el rumbo que daba a un bloque de construcción evidentemente original. A medida que avanzaban se les hacía patente que en ese sitio había estado el epicentro humano de la zona. De pronto, en uno de los costados del sendero se hizo notar un grupo de personas que parecían estar gozando del pícnic dominical, por los manteles que tenías extendidos sobre la hierba y por los atuendos de los integrantes del grupo, en el que había hombres, mujeres, niños y una pareja de señores de mucha edad, que estaban en el centro del agasajo.
Desde el grupo les hicieron señales de que se acercaran. Acudieron, más por cortesía que por interés. Uno de los señores habló, como si hubiera estado esperando contar su historia:
— Gracias, amigos, por interesarse en este pequeño mundo que fue nuestro primer hogar. Ustedes quieren adquirir la propiedad entera, ¿verdad? Si lo hacen, tengan en cuenta que cualquier contrato al respecto tendrá una cláusula insoslayable: que se nos permita venir siquiera una vez al mes a hacer nuestro pícnic dominical. Con esa condición nos fuimos y con esa condición hemos estado sobrellevando nuestra nueva vida… Bueno, nueva, ejem…
— ¿Y quiénes son ustedes? –indagó uno de los compradores potenciales.
— Yo soy Adán y mi mujer es Eva. Estamos aquí con nuestros hijos y nietos, que vinieron, como ustedes, de otra galaxia…

Álbum de libélulas (178)

1458. JUEGO DE IDENTIDADES

Tenía toda la pinta de ser uno de esos varones dominantes que no admiten opinión alternativa de ninguna índole. Los gruñidos eran su signo de presentación, y desde el colegio le pusieron un mote característico: lobo feroz. Y para más coincidencia su apellido era Lobo. En la adolescencia, la gesticulación arrogante se acentuó aún más por obra y gracia del urgente brote hormonal. Los compañeros lo observaban con cautela y las compañeras lo veían de reojo. Y eso fue así hasta que llegó al primer curso universitario. Ahí estaba aquella nueva alumna llamada Cristal, que desde que lo vio le echó el ojo sin disimulo. Él se sorprendió, y ella tomó al lobo por las orejas: “Lobito, yo soy Cristal, pero de roca. Y te informo que en el kindergarten me llamaban Caperucita Roja. ¿Qué te parece, camarada? ¿Te animás al juego?”

1459. TÁCTICA DE CONTROL

El presidente de la empresa reunió aquella mañana a su consejo directivo, aunque la reunión no estaba programada de antemano. Ni siquiera había agenda disponible. Cuando todos estuvieron instalados en el salón cuyos ventanales daban hacia una lejanía boscosa, el conductor hizo gesto de bienvenida que tenía un inesperado toque de emoción. “Los he convocado para darles a conocer una decisión irreversible, que no puede esperar más”. Se quedó unos segundos en silencio, como si buscara encender la expectativa. Las expresiones de los asistentes parecieron hacerle gracia al que hablaba. “A ver: ¿quisieran adivinar de qué se trata?” Todos se miraron con desconcierto. El silencio hizo que él tomara impulso. “Si no se atreven, tampoco yo me atreveré a expresar mi decisión. Se irá conociendo en el día a día”. Entonces se levantaron todas las manos.

1460. EL PETATE DEL MUERTO

A raíz de que ella escogió como compañero a aquel músico que andaba por las calles recogiendo monedas de los transeúntes a cambio de unos rasgueos de guitarra realmente hábiles y de una voz encariñada con el falsete, la familia la puso entre la espada y la pared: “O ese bueno para nada o nosotros, tu familia segura”. Y el más belicoso era el hermano mayor, que trabajaba como contador en una empresa y siempre había sido la voz cantante en el ámbito familiar, del cual no se había desprendido para hacer vida propia. Él la amenazaba ya con visos de violencia si seguía con el “musicucho”. Ella estaba cada vez más temerosa y angustiada, y su marinovio trataba de convencerla de que se fuera de una vez con él. Esa tarde, entre abrazos húmedos, le dijo: “Mi amor, no te dejés vencer por el petate del muerto, cuando tenés el colchón del vivo a tu disposición”.

1461. ENTRE MENSAJES

Llegó de hacer su entrenamiento diario como todos los días: con la ropa empapada en sudor y con ganas de recostarse a ver sus programas favoritos en la tele, de esos románticos al tope. Esta vez, sin embargo, le esperaba una sorpresa desconcertante: ahí estaba Felicia, a quien no veía desde hacía años. Ella lo abrazó, sin importarle la humedad que él transmitía. “¿Cómo es que estás aquí? Yo te hacía en New Jersey, trabajando en lo tuyo”. Ella hizo un gesto casi lloroso: “Me deportaron. Con ese señor que ha llegado nadie está a salvo. Y lo primero que he hecho es venir a verte”. Él pensó: “¿A mí por qué?” Habían sido amigos de colegio, nada más. Ella entonces le tomó la mano y lo llevó a un aparte. “Unos días antes de que me agarraran soñé contigo. ¿Y sabés qué me decías?: Nos vamos a ver pronto, aunque tengás que sufrir un poquito”. Y aquí estoy, haciéndote caso”. Ni en la Tele pasan esas cosas.

1462. ESCAPAR DEL POZO

La mara tenía desde hacía tiempos el control de la colonia, y para todo había que contar con su permiso. Aunque los pobladores se habían ido acomodando a aquella sumisión pesarosa, por momentos los impulsos de rebelión eran inevitables, aunque nunca pasaban a los hechos, porque lo que estaba en juego era la vida misma. Para aquel muchacho dispuesto a ser alguien en el futuro, tal situación era un lazo al cuello. Estudiaba en un instituto público, y estaba a punto de bachillerarse. Una noche, sentó a sus padres –jornaleros disciplinados– y les dijo: “Vámonos de aquí, porque esto ya no se aguanta”. “¿Y a dónde nos vamos a ir, hijito?”, casi gimió la madre que lavaba ajeno. “A cualquier parte que no sea un pozo sin fondo como éste. ¿Qué les parece alguna playa donde lleguen los surfistas? Después de esta cárcel de la mara, la libertad del mar, ¡ajúa!”

1463. HASTA PRONTO, ESPESURA

Dicen que todos los caminos llevan a Roma; y el soñador nostálgico había hecho suya tal expresión con un pequeño cambio: todos los caminos llevan a la espesura del bosque. Atado visceralmente a aquel sentimiento, nunca había podido alejarse de su lugar de origen, que era una aldea entre montañas de antigua vegetación tupida. Aunque en ese lugar sólo había tenido acceso a la educación más elemental, las fuerzas interiores le hacían anhelar conocimientos desconocidos. Se dedicaba a la agricultura de siempre, pero algo le decía que había otros cultivos posibles. Y ese impulso, cada vez más intenso, lo movió hacia otras lejanías. Aquella mañana, al partir, se detuvo ante la boscosidad del entorno y le hizo saber: “Me alejo de ti, pero sé que nos vamos a encontrar donde voy a estar, de cualquier manera. Por eso sólo te digo: hasta pronto, hasta muy pronto”.

1464. PROPOSICIÓN IRRESISTIBLE

Mariluz tiene los días contados, pero no contados para morirse, sino contados para pasar aquí mismo a una vida de verdadera plenitud. Ha sido siempre una mujer encargada de su propia suerte, y por eso viene sintiendo que la suerte nunca le ha respondido como corresponde. En su vida personal y en su trabajo las cosas han ido saliendo simplemente okey, y por eso le pide constantemente a la Providencia que le permita un giro de calidad que aunque no sea de 180 grados al menos se acerque a eso. Entonces Alex, un amigo recién llegado casi de la nada, le hace una propuesta no prevista: “¿Qué te parece si nos vamos a vivir juntos en un valle sin límites? No te estoy haciendo una proposición sexual, aunque al final nunca se sabe. Allí podríamos dedicarnos a las artesanías espirituales… ¡María, dame tu luz!” La suerte ha hablado por fin.

1465. ESA PLAYA ESCONDIDA

Londonderry, en el norte de Irlanda, es un muestrario de serenidad. Por eso ha sido una especie de trampa virtuosa para el trotamundos acostumbrado a cambiar de climas. Llegó ahí en un pequeño barco turístico y no embarcó de nuevo, con el aviso correspondiente. Como estaba solo en el mundo, no había a quién darle parte de su decisión. Ahora sería un fantasma migratorio que se instalaría donde le viniera en gana. Se fue a un prado junto a la playa del río Foyle, rodeado de árboles frondosos, en el que ambulaban vacas lecheras. Sitio perfecto para pernoctar en paz.

Misterios de colmena

MISTERIOS DE COLMENA

El abuelo había sido un lector persistente y disciplinado, y su colección de libros abarcaba múltiples disciplinas, desde el Derecho, que era su especialidad, hasta las novelas costumbristas. Fue un apasionado de Hugo Wast, el novelista argentino tan popular en su época, allá en la primera mitad del siglo XX. El padre conservó la práctica, pero con menos pasión, reduciéndola a los textos de ciencia pura; y él apenas leía algún libro de vez en cuando, y siempre que fuera de temas esotéricos.

Cuando él se quedó en posesión de los bienes familiares, aquel enjambre de textos –porque en verdad eso le parecía– se le reveló como un universo gráfico que hubiera estado aguardándole desde mucho antes de nacer.

Todos aquellos libros no cabrían en ningún espacio de su vivienda y por eso dispuso heroicamente acudir a una biblioteca pública para proponer su donación. El encargado le agradeció el ofrecimiento pero se excusó de inmediato:

— Lo lamento: no nos queda ningún lugar disponible, porque además los libros físicos están cayendo rápidamente en desuso. Los textos electrónicos son una marea en ascenso…
Volvió a la casa y tuvo un impulso insospechado: irse a acompañar a los libros amontonados como si fueran indigentes que hubieran ido a buscar refugio.

Aquella noche fue él quien se refugió entre los montones de volúmenes hasta que el cansancio le cerró todas las persianas de la conciencia, salvo una, esa que estaba escondida detrás de una telaraña.

La apartó con suavidad casi religiosa, y así pudo pasar al interior de otra habitación, que parecía no tener paredes. ¿Qué era aquello: una ensoñación o un augurio?
De pronto, los volúmenes comenzaron a moverse detrás de él, acaso siguiéndole la pista. No volvió la mirada, pero sintió el avance, como si se tratara de una peregrinación de insectos.

Aquella sensación a la vez tan ambigua y tan tranquilizante no le produjo ninguna inquietud; por el contrario, le hacía estar anímicamente en equilibrio pleno, como nunca antes.
Entonces era cierto lo que presintió siempre: los libros, y sobre todo los libros heredados, tienen vida, y esa vida puede asumir las más variadas identidades.
Estaba en campo abierto; y cuando se vio ahí tuvo el impulso de girar la vista, para identificar a quienes le seguían.

Las carátulas de los libros parecían balsas voladoras que iban a integrarse en una estructura acogedora en algún ramaje de los entornos, y las páginas se habían vuelto minúsculas alas de abejas en tránsito hacia su destino…

Se arrodilló, en actitud de veneración extrema. A su alrededor, las abejas volaban como si él fuera el centro de una colmena misteriosa.

MISTERIOS DE VITRAL

Por efecto de la migración incontenible, que se había ido volviendo caudalosa en aquella parte periférica de la ciudad por efecto de los acosos delincuenciales crecientes, la capilla tradicional del lugar estaba casi siempre vacía, aun en los días de más actividad ritual. Como siempre, quedaban asiduos que eran fieles por encima de todas las adversidades, y curiosamente algunos eran muy mayores y otros eran muy jóvenes, como si las puntas del tiempo tendieran a encontrarse por efecto natural.

Pero llegó un día en que el oficiante del lugar fue destinado a otra parroquia en la que había una vacante y mucha feligresía.

Los fieles se sintieron abandonados, y aunque hubo algunas gestiones reparadoras ante las autoridades eclesiásticas, lo único que surgía de ellas era el ofrecimiento de una pronta restitución del servicio. Dichos fieles seguían reuniéndose en el lugar, porque alguien tenía las llaves en su poder.

Por impulso espontáneo, ahora ya no se reunían ante el altarcito mayor, donde la ausencia era lastimosa, sino alrededor del pequeño vitral que quién sabe cuándo había sido ubicado en una de las alas laterales. Era un vitral sencillo, casi rústico, en el que se mostraba una multitud alrededor de alguien que tenía notoria apariencia de personaje sagrado, quizás anónimo. Era obra de algún artesano de los entornos, que, sin embargo, tuvo siempre una luminosidad que parecía superior a cualquier adversidad. Un día, sin embargo, el vitral se mostraba apagado, como si se le hubieran acabado las fuentes de luz.

Uno de los asistentes reaccionó con premura automática, y en aquella penumbra era difícil saber si era uno de los mayores o uno de los jóvenes:

— ¡El vitral se ha ido de aquí, vamos a buscarlo!
Todos se miraron, tocados por la orden invitadora. Salieron con rapidez, y se detuvieron ante el reducido atrio. Alguien preguntó:
— ¿Para dónde vamos?

En un movimiento que tenía todos los visos de ser una orden interior, los asistentes se dirigieron a toda prisa hacia aquel bosquecillo que nadie había plantado y que se hallaba ahí, con todas sus malezas y bejucos desde que había memoria. Avanzaron hacia adentro, hasta llegar a aquel punto desconocido: un lugar limpio, pero oscuro como una catacumba. ¡Ahí estaba el vitral, resplandeciente a su estilo!

Todos cantaron llorando la alabanza a la sorprendente voluntad suprema. Ahora esa era la nueva iglesia, y alguno de los árboles del entorno sería cada vez el oficiante.

MISTERIOS DE CANTINA

Desde los inicios de la adolescencia su principal destino eran las cantinas de la ciudad, independientemente de la ubicación de las mismas. Él había nacido y se había criado en un barrio periférico, que fue yendo a menos por las nuevas tendencias urbanísticas que se imponían sin decir agua va; pero aun en los tiempos en que era un muchacho sencillo y sin recursos se las ingeniaba para acercarse de vez en cuando a los bares de más relieve, incluyendo a veces sitios verdaderamente exclusivos. ¿Cómo hacía para agenciarse fondos disponibles? Siempre fue un enigma, porque además no era alguien cuyas excentricidades pudieran hacer sospechar actividades opacas.

Cuando inició sus estudios universitarios pareció entrar en fase de anímico repliegue, como si las tareas en ese plano le fueran ganando la moral. El trayecto entre su casa y la universidad y viceversa era su nuevo y único destino, haciendo sentir que las cantinas habían desaparecido del mapa. Pero aquel día alternativamente lluvioso y soleado hubo un giro en el aire que le hizo quedarse a la expectativa mientras el bus casi vacío en el que viajaba se detenía de pronto en una de sus “paradas continuas”.

Solo subió un nuevo pasajero: aquella muchacha que tenía toda la pinta de pertenecer a uno de esos grupos de jóvenes que se dedican a las tropelías urbanas. Él se corrió en el asiento hacia la ventana, queriendo pasar inadvertido. Ella recorrió el entorno con la mirada y fue a sentarse precisamente junto a él. Le habló de inmediato en un susurro:

— Hola, al fin te encontré.
Él tiritó sin poder contenerse:
— ¿A mí? Yo no la conozco.
— Ah, pero yo sí. Te he visto muchas veces en las cantinas donde yo merodeo buscando víctimas…
— ¿Víctimas? –gimió él asustado.
— Sí, víctimas que quieran sufrir y gozar al mismo tiempo. En las cantinas siempre hay desconsolados que quisieran unos minutos de placer. Yo soy un hada compasiva y de eso vivo. La tarifa es módica y si me entusiasmo hasta puede ser un cariñoso encuentro de amigos. ¿Te animás?
Él entonces pareció haber sido tocado por una corriente irresistible. En la boca el sabor de un líquido fragante; en los músculos la caricia de un ensueño vivo…
— ¿Y solo en una cantina se puede? Es que últimamente ya no voy por ahí…
— En la cantina se empieza… ¿Estás cambiando de vida, verdad? Pues yo te voy a enseñar cómo ganar lo nuevo sin perder lo viejo… ¡Mirá, ahí nomás está una de tus cantinas favoritas! ¿Nos bajamos?
Él se incorporó de súbito, como si lo moviera un resorte irresistible. Se bajaron. Era en verdad una de sus favoritas: “Tiempos mejores”.

Álbum de libélulas (177)

1451. LISTO PARA EL VIAJE

Navegar en aguas marinas es siempre una experiencia en dos planos: el del agua que es presencia geográfica y el del agua que es vivencia nostálgica. El aprendiz de navegante se encontraba ya sobre el muelle, como había sido su ilusión desde que vivía en una de las montañas vecinas atisbando a diario las lejanías ondulantes. Lo que aún no sabía era en cuál de aquellos navíos ordenados en fila estaba destinado a embarcar. Recorrió varias veces el conjunto, sin encontrar ningún signo revelador. Fue a sentarse en un pequeño banco desde el cual podía tener perspectiva. Iba cayendo la tarde, y como era verano las iluminaciones resplandecientes se hallaban a la orden. Él entonces entró en suspenso emocional, hasta que una gota le cayó en la frente. Era el mensaje de la primera estrella que, detenida sobre el mástil del único velero, parecía invitarlo.

1452. ELLA ESTÁ AQUÍ

No hay necesidad de inventar ninguna memoria, porque todas hallan siempre a nuestra disposición en el desván de los días pasados. Y por eso aquella memoria emergente venía acompañada por un memorándum de datos conductores. Cuando llegó a una de las puertas laterales de su conciencia no tuvo que tocar: la puerta giró suavemente como si hubiera estado esperando la visita. Lo que acababa de entrar era –por todas las señales externas— una dama antigua, de esas que aparecían en los almanaques de antaño. Él se le acercó casi con reverencia: “Bienvenida, señora, está usted en su casa”. Ella lo miró con fijeza a los ojos: “¿Entonces me reconoces?” Él esbozó una sonrisa de buen conocedor: “Quien le envió la invitación fui yo”. Ella se conmovió hasta la humedad visual: “¡Ya decía yo que sólo un poeta memorioso como tú sería capaz de llamar otra vez a su hada madrina!”

1453. EL OTRO RITUAL

El terrorismo asalta en cualquier momento como los bandidos del Lejano Oeste y como los capos de la mafia actual. Y ese sujeto apareció un día de tantos en las calles de aquella ciudad que había sido hasta entonces una especie de remanso ajeno a los trastornos del tiempo. Una bomba sin sentido destruyó la única tienda de conveniencia de los entornos; un tiroteo inesperado acabó con las vidas de unos jóvenes que acudían a un servicio religioso; en la colonia más poblada se desató un agresivo incendio a todas luces provocado… ¿Qué estaba pasando? A alguien se le ocurrió ir a consultar a una médium, que vivía en una choza cercana. “¿El terrorismo? Anda suelto en todas nuestras mentes, aunque no nos demos cuenta. Dejémoslo que salga, para que se vaya lo más lejos que sea posible. En este tiempo, esa es la principal misión de las almas que no quieren perder su identidad original”.

1454. PAZ EN EL CAMINO

Esa mujer que venía caminando en sentido contrario al suyo le produjo de pronto la sensación de ser persona conocida. Como ya sólo faltaban unos pocos pasos para que se cruzaran sus rutas, se animó a detenerse para que ella hiciera lo mismo; pero ella no pareció darse por aludida, y él tuvo que alcanzarla diciéndole: “Nos conocemos, ¿verdad?” Ella no reaccionó, sino que siguió caminando más rápidamente, como si quisiera escapar de un peligro. “Óigame, por favor, que sólo quiero salir de una duda: ¿No tuvimos usted y yo un accidente en la carretera hace algún tiempo?” Ella se quedó pensando, quizás en busca de imágenes orientadoras. De pronto algo le hizo clic. Él asintió sin decir nada más. Se hicieron una reverencia mutua y siguieron sus respectivos trayectos. Era lo más propio que podían hacer aquellas dos almas en pena luego de la colisión que les quitó la vida en este mundo.

1455. POR LA BUENA RUTA

La pureza es un invento de los dioses. “¿Y entonces la impureza qué es?” Una licencia de Dios. Ambos se rieron, celebrándose mutuamente las salidas ingeniosas. Aquella no era una pareja común: el profesor de filosofía clásica y la alumna más reciente, que quería completar su formación ya concluida con otro acercamiento a la sabiduría. Ahora estaban en un resort de montaña, por invitación de una amiga común, que se les acercaba en aquel momento. “¿Hablan de la pureza y de la impureza? ¡Ah, qué buen indicio!” Ambos se miraron, sonriéndose, sin entender la alusión. “Bueno –concluyó la amiga, indicándoles la ruta–, ahora vamos a tomar los aperitivos en la terraza que da al paisaje abierto”. Y mientras caminaban les explicó: “¿Saben por qué les hablé de buen indicio? Porque la pureza y la impureza son las dos caras del amor. ¿Entienden?”

1456. NECESARIO REAJUSTE

Regresaba ya casi de noche a su casa con los efectos corporales y anímicos de haber estado todo el día en el taller reparando vehículos de la más variada naturaleza, desde motocicletas sencillas hasta camiones pesados. Pero aquel día se tardó más de la cuenta, y su compañera de vida empezó a preocuparse, porque los riesgos de la calle no tienen límite ni control. Apareció pasada la medianoche, con signos de haber estado inmerso en alguna diversión absorbente. “¿Dónde estabas”, le preguntó sin acritud. Él sólo hizo un gesto, como si sólo quisiera irse a dormir. Ella, con sospechas normales de mujer insegura, puso cara de circunstancias y se fue hacia otro lugar de la vivienda. Él la siguió: “No vayás a pensar nada malo, Erlinda: lo que he hecho es ir a la capilla a revivir mi conciencia de mecánico, porque al final de cuentas todos somos vehículos de la Providencia…”

1457. ¿FINAL FELIZ?

Vistas desde lejos, las costas brumosas tienen el imán de los paraísos inocentes. La nave se iba desplazando frente a una de esas costas en el Atlántico irlandés, mientras la joven que acababa de embarcar se asomaba a la veranda a sentir el aliento del aire con el que tendría que convivir quién sabe por cuánto tiempo. Descendió en Cobh, pequeña comunidad de pescadores, donde iba a encontrarse con un desconocido llamado Irving, con quien había entablado relación en las redes sociales. No había nadie esperándola en el muelle de atraque, pero eso no la arredró: sabía que él vivía en una posada próxima a la costa. Hacia ahí se dirigió. Al llegar preguntó por él, pero nadie lo conocía. ¿Habría sido una broma macabra? La bruma se espesó a su alrededor. Y alguien surgió de ella: “Soy Irving, y te invito a entrar conmigo en el mundo de los seres astrales”.

1458. ESA CLARA RAZÓN

Se animó por fin a declarársele a aquella chica que no sólo rebosaba energía sino que exudaba encanto. Ella se quedó impávida, como si no fuera con ella. “No espero una respuesta inmediata, pero sí, al menos, una señal orientadora… ¿Tengo esperanza o no?” Ella, entonces, soltó su carcajada más espontánea: “¿Esperanza? ¿Pero por qué me pedís eso, cariño? Dicen que la esperanza mantiene al tonto, y vos estás muy lejos de serlo… Yo no te puedo dar esperanza: lo que te puedo dar es inquietud… ¿No te parece más divertido?… A gozar se ha dicho…”

Álbum de libélulas (175)

1426. PARÁBOLA DEL ECO

Vadim Azarkh, el animoso pianista y cantante ruso, ponía la música de fondo en el ambiente de La Promenade, al centro del Hotel Dorchester, ese clásico de la zona de Mayfair en Londres. Alrededor, los visitantes, distribuidos en mesas entre grandes ramos de flores ubicados en pedestales departían en sus pequeños núcleos. Todos comían “tea sandwiches”, y nadie le ponía atención a las melodías del ejecutante cantor, hasta que comenzó aquella canción de siempre: “What a Wonderful World”. Los presentes suspendieron sus respectivos coloquios, y poco a poco, movidos por un imán insospechado, fueron volviendo los rostros hacia aquel rincón en el que una figura corpulenta era dueña de la voz. Hasta que una bien arreglada dama, fresca y antigua al mismo tiempo, dijo en voz alta: “Es él Louis Armstrong lo conozco de toda la vida… soy su memoria cantante…”

1427. TESTIMONIO FAMILIAR

Los paisajes tienen alma. Lo supe desde siempre, sin tener conciencia de ello. Luego esa naciente conciencia comenzó a dibujarme líneas y manchas de colores en su pizarra de papel de China. Pero el alma de los paisajes parece enamorada de las distancias, porque cuando uno los encuentra en el camino salen a recibirlo con efusión variable pero evidente, y a veces hasta con los ojos húmedos. Pero nunca como aquella vez en mi ruta hacia la cumbre de la colina donde había un castillo abandonado, que me ganó la voluntad desde que lo vi en el mapa de los lugares turísticos de la zona. En ese mismo instante sentí que aquel castillo era el lugar ideal para alojarme, y al solo pensarlo todas las formas naturales del entorno extendieron sus alas y sus manos hacia mí. El alma del paisaje se me abrazaba temblando de emoción.

1428. ADIÓS, MISTERIO

En aquella cuadra los vecinos parecían un muestrario de la diversidad humana, y eso que no era un vecindario que se caracterizara por ningún tipo de sofisticación. Por el contrario, todas las vidas presentes transcurrían en el anonimato perfecto. ¿Dónde estaba entonces el muestrario? Él, un soñador retirado luego de sufrir muchos deslaves económicos, era de seguro el más indicado para tratar de descifrar el enigma. Fue donde su amiga Florence, tiradora de cartas profesional. Él la llamaba Flor. “Flor, este día vengo a descubrir en qué mundo vivo”. Flor aspiró a fondo para que palpitaran todos sus pétalos. Luego de un largo silencio, las palabras fluyeron: “Vives en el mundo real, que siempre es una dualidad que abarca lo externo y lo interno. Externamente eres una especie de extraterrestre; internamente eres un vecino cualquiera…”

1429. DESVELO CON GAVIOTAS

El mar estaba ahí a disposición de todos los sentidos. Aparte de palparlo con solo acercar las manos a su liquidez espumosa se le podía oler como si fuera un infinito frasco de sustancias inmemoriales, observar en la intimidad de los espacios sin fin, degustar en la interminable variedad de sus ofertas comestibles y oír mientras ensaya mañana, tarde y noche sus ejercicios de inspiración musical. Y fue aquella plenitud de acercamientos vivos lo que hizo que el monje autoexiliado de su monasterio se sintiera en perfecta comunión vital y espiritual con el océano a cuya orilla había llegado a refugiarse para siempre. Ahora, ya con la vida corporal a punto de quedar en el camino como un equipaje olvidado, se dijo a sí mismo: “Después de tanto querer dormir en sitio protegido, me dispongo a iniciar mi desvelo con gaviotas a cielo abierto”.

1430. RITUAL DE EXPERTO

Masticaba constantemente un chicle como si con aquel gesto mecánico quisiera significar que todo lo que estaba a su disposición era triturable a voluntad. Así se había comportado siempre, desde niño, porque sus padres no tuvieron el cuidado básico de enseñarle que hay límites y reglas que respetar para que la vida no se exponga al caos. Él, sin dejar su juego de mandíbulas, estaba aquella mañana oyendo la conferencia del experto en salud emocional, a la que había acudido sin ningún propósito. En algún instante, el expositor lanzó una de sus frases incisivas: “Y ahí tenemos a alguien que sufre del síndrome del tiburón: morder, hasta deshacerlo, todo lo que halla a su alcance…” Él se sintió aludido, y se levantó. El conferenciante, sonriente, le hizo un gesto de saludo: “Amigo, vuelva por favor a su sitio, que los tiburones también pueden ser sociables…”.

1431. CRISTALES PRÓFUGOS

Se habían conocido en un café de la calle Grove, en Falmouth, serenísima ciudad en el extremo sur de Inglaterra, junto al mar. Tiempo nuboso, como era lo más normal. Habían llegado a aquel lugar casi sin proponérselo: él en una excursión de turistas mochileros; ella en un crucero masivo. Era la calle principal, poblada de comercios, pero con la tranquilidad propia del ambiente. Ellos, por contraste, provenían de aquel espacio convulso en el que aun salir a la calle era exponer la vida. Se vieron, y la conexión fue instantánea. Misterios de la suerte: venían de la misma ciudad en ultramar, y casi de la misma calle. Él dijo, sacudiendo la larga cabellera: “El destino manda”. Ella respondió, con el brillo del trópico en los ojos: “Y sus palabras hacen nudos”. ¿Entonces era una invitación del destino a quedarse ahí? ¡Sí, aquí, en el centro de las respiraciones confundidas!

1432. FELICIDAD A LA MANO

Se llevó a los labios la copa de Dom Pérignon, y fue saboreando su contenido como si fuera lo que es: un fluido incomparable. Afuera, el viento cálido hacía de las suyas entre el ramaje que rodeaba las construcciones del lugar. Se hallaba, a todas luces, en un resort de lujo, pero para él el lujo era una sensación de plenitud que podía producirse en cualquier parte. Sorbió otro trago de champán y salió a caminar por el entorno. Afuera, el aire lo recibió como a un amigo de siempre, dándole tenues palmadas en los hombros. Él correspondió con una aspiración profunda, que le llenó los pulmones de energía cósmica. Se sentó en una banca del parque inmediato y se puso a pensar. Estaba solo en el mundo, pero acompañado en el pequeño espacio cotidiano. Y entonces dio otro sorbo, pero del Dom Pérignon de la luz.

1433. PRIMER AMOR

Caminaba a pie desnudo por la veredita de polvo que iba circulando entre el cerro más cercano, y como era la primera vez que lo hacía ya en su condición de adulto sentía que aquel contacto era un reencuentro que podía llevarlo hacia lo desconocido secretamente conocido. Así llegó al mirador natural que daba hacia el valle inmediato. Sí, aquella era la casita que fue su santuario inicial, porque allí vivía ella, la niña de largas trenzas que le encendió por primera vez la llamita del anhelo. No volvió a verla, pero jamás dejó de soñarla. Se llamaba Ilusión.

Misterios de garaje

MISTERIOS DE GARAJE

Como no tenían vehículo propio, el pequeño garaje de su casita suburbana lo usaban de depósito para objetos no utilizados que no querían tirar a la basura. Era una familia de cinco: los dos mayores, que eran los padres, y los tres menores, que eran los hijos. Dos niños y una niña: los varones ya en los primeros escalones de la adolescencia y la hembra en el último escalón de la niñez. Los padres no parecían tener ningún punto de afinidad, pero se llevaban lo suficientemente bien para no tener conflictos mayores, al menos en apariencia.

Como el garaje se iba saturando con gran rapidez, la madre, que llevaba las riendas del orden doméstico, tuvo que poner una regla, dirigida especialmente a los hijos:

–Cuando haya alguna cosa que ya no quieran, en vez de ir a amontonarla al garaje me la enseñan para ver lo que hacemos con ella.

Las opiniones no se hicieron esperar:

–Hay cosas que ya no quiero pero tal vez después sí –dijo el varón mayor.

–A mí me gusta guardarlo todo aquí… – alegó el varón menor.

– ¡No voy a botar ningún juguete! –gimió la niña, consternada.

– Bueno, muchachos, pero en la vida hay que tener reglas, y cumplirlas, ¿entienden?

En ese instante, todos parecieron aceptar con gestos de obediencia resignada, aunque nadie asumía la orden.

En los días posteriores no ocurrió nada fuera de lo común. Nadie entró en el garaje, al menos en forma visible. Pero en uno de los fines de semana siguientes la señora se asomó al lugar, según su costumbre, para constatar que no hubiera nada fuera de control.

Lo primero que le llamó la atención fue que el espacio estaba bastante más lleno que la vez anterior que había estado ahí. Regresó entonces a hacer los reclamos del caso:

– ¿Qué no entendieron lo que les dije? Dentro de poco vamos a tener que desocupar el garaje llevando cosas a otra parte.

– Yo no fui, mamá.

– Yo tampoco.

– Yo nunca llevo nada. Ahí sólo están mis juguetes.

–¿Qué quieren decirme?

– ¿Por qué no le preguntás a mi papá?

Ella no reaccionó a la cuestión, pero se quedó con la inquietud. Muchas de las cajas que estaban en el garaje le pertenecían a él, y todas estaban firmemente cerradas como para evitar que alguien pudiera abrirlas. Entonces se decidió a salir de dudas sin tardanza, porque en aquel momento estaba sola en la casa.

Fue al garaje con una tijera de podar y un punzón. Y comenzó a tratar de abrir una de las cajas. Luego de mucho esfuerzo, lo logró. Al destapar lo que había en su interior se quedó en suspenso.

Un montón de pedazos de muñecas desmembradas. ¿Qué era aquello? Un escalofrío le recorrió el cuerpo al presentir que estaba conviviendo con la fantasía de un criminal en potencia.

MISTERIOS DE QUEBRADA

En el origen de la ciudad de seguro aquellas corrientes de agua encajonadas entre paredones quedaban en los alrededores de los pequeños espacios urbanizados, pero el crecimiento natural hizo que ahora las quebradas atravesaran barrios y colonias sin perder su condición de arterias rústicas.

Una de las áreas de mayor expansión era esa que iba acercándose cada vez más a la cadena de colinas y cerros que daba al sur, con el océano al fondo, escondido en su extensión inmensa, a la que ninguno de los habitantes del lugar tenía acceso. Y por ahí justamente corría aquel caudal que en los inviernos se convertía en torrente sonoro y en los veranos llegaba a ser un hilo que daba la impresión de estar extinguiéndose.

Él había estudiado ingeniería forestal, y el trabajo que le salió al graduarse fue en una empresa nueva que hacía desarrollos urbanos en zonas boscosas, y el primer sitio de destino sería aquél, porque ahí iba a desarrollarse un proyecto que incluía viviendas, campos de juego y arboledas acogedoras. Entonces decidió irse a vivir en las cercanías, y lo que encontró fue una casita a la par de la quebrada.

Durante el día pasaba entregado a sus labores profesionales y por la noche se encerraba en su pequeño ambiente. Vivía solo y eso le permitía disponer de todo su tiempo como le viniera bien cada día. Y entonces comenzó a producírsele una sensación desconocida, que fue acrecentándose con el paso de los días.

Cuando la luz solar desaparecía, de la quebrada vecina empezaban a surgir sonidos inconfundiblemente humanos: murmullos, suspiros, carraspeos, silbidos… Para salir de la duda le preguntó a un vecino si oía algo raro por las noches, y el vecino sonriendo le respondió: “Sí, los ronquidos jadeantes de mi mujer”.

Entonces estuvo seguro de que la quebrada sólo se comunicaba con él. Había que corresponder.

Un sábado bajó por la pendiente pedregosa y descubrió unas cuevas casi al ras del agua. Y, sin pensarlo más, se trasladó a vivir a la más espaciosa. Nadie en el lugar pareció darse cuenta. Jamás hubieran podido entender su vínculo sentimental con la entusiasta corriente, que hoy parecía una doncella enamorada.

MISTERIOS DE RELOJ

Se lo heredó su abuela materna, con la que vivió prácticamente toda la infancia, porque su padre fue el eterno ausente y su madre la dependiente obsesiva de su segundo marido. La abuela era trabajadora sin descanso en su tiendita de barrio, y no tenía bienes propios.

Cuando ella se fue de este mundo, él estaba por graduarse de contador. Dejó la vivienda que compartían, que era alquilada desde siempre, y se fue a un rinconcito donde apenas cabía el aire dificultosamente respirable. Afortunadamente ya estaba Alma con él.
Tenían desde luego una sola cama, que era un catre desmontable. Y ahí, ocupando el rincón, ese misterioso reloj de pie que venía siendo el heraldo de la familia, realmente inexistente, a través del tiempo.

–Por fortuna el reloj no camina –dijo Alma, aliviada.
Y para qué lo dijo, porque en ese preciso instante se le activó el tictac, que tenía ese tono marcial de los relojes que quieren hacer historia.
–¡Dios mío! ¡Es como si me hubiera oído! ¿Y ahora qué hacemos? –se alarmó Alma, entre pucheros y sonrisas.
Él estaba impávido, pero palpitando por dentro igual que el reloj. No había nada qué hacer.

Curiosamente, aquella noche ambos durmieron como hacía tiempo que no lo hacían. Al despertar al día siguiente, se miraron sorprendidos con las frentes alineadas en la pequeña almohada disponible. Y entonces descubrieron al unísono algo no explicable fácilmente:

–¿Y a éste que le pasa? Se calló del todo. ¿Se habrá descompuesto? –interrogó Alma.
Él hizo un gesto de desconcierto tranquilizador:
–Bueno, si ya no funciona, ¿qué vamos a hacer?
Y entonces ella reaccionó en forma sorpresiva:
–¿Cómo qué vamos a hacer? ¡Llevarlo a que lo revisen y lo compongan!
Él sintió que todo aquello tenía mensajes ocultos. ¿No estaría su abuela enviándolos desde allá? Ella y su reloj habían sido siempre una sola cosa, y él era el heredero.

–Bueno, vamos a llevarlo.
Santo remedio. En ese mismo instante el reloj comenzó a accionar con entusiasmo.

Álbum de libélulas (174)

1418. ILUSIÓN CUMPLIDA

Los compañeros de siempre hacían todos los sábados tertulia vespertina, que se extendía casi siempre hasta altas horas de la noche, ya con los primeros anuncios de la aurora. Y las casas del encuentro se iban turnando religiosamente. Aquel sábado le tocaba al más taciturno del grupo, ese que en los pasillos del colegio se movía como un duende y que en las calles interiores de la universidad pareció andar con un libro abierto entre las manos, como si circulara por una biblioteca infinita. Fueron llegando todos al ático donde vivía el aludido. Muchas veces habían estado ahí, pero aquel sábado se toparon al llegar al final de la larga escalera empinada con un lugar desconocido: del abandono polvoriento al orden exquisito. El taciturno, ahora sonriente, les hizo saber de inmediato: “Encontré a la mujer de mis sueños. El único problema es que sigue siendo invisible…”

1419. SIN TEMOR AL MISTERIO

Ahora hay en los diversos espacios de la internet infinidad de ofertas de servicios psíquicos. Ella escogió uno al azar. Cuando se puso en contacto, lo que le salió fue una voz masculina grabada. “Hábleme por la noche, porque durante el día me dedico a labores de servicio público”. Aunque la explicación no le daba buena espina, la curiosidad pudo más, y entrado el horario nocturno hizo la llamada correspondiente. Ya en directo, la voz era mucho más comunicante, aunque sonaba como la de una persona muy mayor. Concertaron la cita para iniciar el trabajo. Llegó ella a la dirección indicada. Sorprendentemente era un pequeño parque, de los de antaño. El psíquico estaba sentado en una banca, debajo de un heliotropo en flor, y parecía un adolescente. “Te esperaba —le dijo, incorporándose—: eres la reencarnación de mi primera pareja. ¡Bienvenida a tu mundo de siempre!”

1420. COMPORTAMIENTO TÍPICO

Se resistió al despojo al que un joven de aspecto normal lo conminaba en una de las esquinas del complejo habitacional, y entonces el asaltante le apuntó a la cabeza y disparó. Pero la bala no salió de la recámara, y lo que la víctima frustrada pareció recibir fue una vibrante descarga de energía. Se abalanzó sobre el asaltante, lo redujo contra el suelo encementado y le golpeó varias veces la cabeza hasta dejarlo exánime. Cuando lo vio convertido en un cuerpo sin vida le entró la sensación aterradora de lo inhumano, y de inmediato llamó al 911 para que acudieran en auxilio. Una patrulla se hizo presente, con sus aullidos convencionales. Al asaltado se lo llevaron al interrogatorio policial y al asaltante lo condujeron hacia la unidad de salud más cercana. ¿Qué resultó de todo aquello? La moraleja de siempre: el bien se pone a prueba y el mal recibe cuidados…

1421. COMPARTIR HABITACIÓN

Cuando cruzó la puerta de la habitación que estaba frente al jardín tropical cundido de verdes, tuvo un golpe emocional que estaba por encima de sus propios recuerdos. Era la suite designada, que él no había escogido porque no sabía que existiera, pero que estaba ahí, invitándolo a pasar, con una sonrisa que de seguro era la de ella. ¡Dios mío, un milagro insospechado! El ambiente clásico tenía aureola intemporal. Colgó sus trajes y ubicó sus otras prendas en el ropero de tres cuerpos que estaba en la pared central del dormitorio. Y entonces se dio cuenta de que un trío de retratos colgados daban fe de que aquella presencia había ocupado ese mismo lugar. Se le planteó de inmediato un dilema: ¿“Mogambo” o “La condesa descalza”? No tuvo que pensarlo mucho: “La condesa descalza”. Sí, porque aquella era la suite Ava Gardner, y el sitio era el Hotel Raffles, de Singapur…

1422. CUALQUIER PARECIDO…

Toda la parentela estaba reunida en uno de los salones de espera de la clínica de maternidad donde el acontecimiento se anunciaba inminente. Un nacimiento, desde luego, y del primogénito de la pareja de jovencitos anhelantes que se habían conocido en el salón de prácticas supraconscientes de la universidad en la que estudiaban. Llegó la hora. Por decisión de los futuros padres, nadie que no fuera el personal médico estaría presente en el momento del parto. Era pasada la medianoche, y un silencio profundo imperaba en el lugar. Pero se oían ruidos que daban la impresión de que una campiña remota se hallaba alrededor. De repente, un llanto de recién nacido. Un llanto que parecía cántico. Todos corrieron a la sala de partos. Y uno de los guardianes se acercó al agente de seguridad de turno: “Señor, ¿qué hacemos con una mula y un buey que están a la puerta queriendo entrar?”

1423. PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

Dicen que las ciudades tienen alma, y es que en verdad todo lo existente la tiene. Escribo entonces en mi cuaderno, el cuaderno íntimo, donde se pone lo que tiene que nacer de la punta del lápiz y no del toque de la tecla: “¿Qué alma me espera en el curso de los próximos minutos”? Y no he acabado de escribirlo cuando el toque de unos nudillos muy finos se me hace sensible desde la puertecita de mi habitación de ermitaño que, sin embargo, nunca deja de pensar en horizontes. Me quedo expectante. La variedad de presencias posibles está abierta. Desde un merodeador asaltante hasta un hada desvelada. Los nudillos vuelven a desafiar mi voluntad. ¿Y si fuera un alma en persona? La pregunta me mueve hacia la puerta. Retiro sigilosamente el pasador oxidado. La puerta se abre. Nadie. Solo una sospecha: es mi propia alma regresando al nido original.

1424. MITOLOGÍA DE PUNTA

El jardín se ha ido volviendo cada vez más silvestre, a pesar de que los cuidados jardineriles son de última generación. Y lo que ocurre por las noches es un acontecimiento completamente original, aunque haya imágenes históricas en el trasfondo. Cuando todos los visitantes, cuidadores y guardianes se retiran al descanso natural, el jardín asume su condición también natural de domicilio de ese personaje que se desplaza por las acequias como Pedro por su casa. Es un paseo que, de haber sido accesible a un fotógrafo de lo extravagante, se habría convertido de inmediato en material viral en las redes sociales. Sí, el personaje aludido es un león mitad pez, que recorre las acequias del jardín con voluntad imperial. Si no estuviéramos en Singapur, la imagen sería inverosímil. Pero estamos en Singapur, y el personaje es el emblema del destino.

1425. EL HOGAR IDEAL

Lo primero que hicieron luego de contraer matrimonio fue prepararse para la llegada del primogénito. Cuando el ginecólogo les anunció la buena nueva, lo tenían todo listo para la ocasión anhelada, fuera niño o niña. Se cumplió la fecha señalada por el proceso natural, sin ningún signo de alumbramiento inminente. El médico hizo los exámenes y tomó las radiografías del caso. Su gesto era incredulidad anhelante. “¿Pero la criatura está viva, doctor?” “Tan viva que tiene los ojos abiertos y sonríe… Sospecho que está feliz donde está y no quiere aventurarse a nada diferente…”