Carta Editorial

La forma en la que quedó registrada la masacre cometida en enero de 1932 en varios municipios de la zona occidental del país no solo retrata los múltiples intentos de censura. También saca a la luz a quienes con acciones individuales, pero decididas y llenas de valentía, hicieron lo que pudieron por sacar a las víctimas de la ingratitud de anonimato y, así, dejar constancia de la brutalidad y de la sangre derramada.

Con la anécdota de una de estas personas –una mujer que perdió a tres familiares en la jornada de violencia– arranca el reportaje con que abrimos esta edición. El texto de la periodista Valeria Guzmán es un hilo que une pasado y presente desde la historia escrita en libros de actas y revela la ingratitud de un país hacia los archivos.

Así como es significativa la valentía de una mujer que se acercó a la alcaldía a realizar un trámite en plena persecución de cualquier persona que se identificara como indígena; también lo es la insistencia de un hombre que, en la actualidad, lucha por conservar en las mejores condiciones posibles esos documentos que han sido tan poco apreciados. Desde sus trincheras, ambos van en contra de una sociedad que desde siempre ha preferido pasar la página.

En el estado en el que se encuentran los papeles que retratan lo que sucedió en la zona hace 85 años lo que hay es un enorme desprecio por la historia y por la vida. La historia que no solo pertenece a un sector de la población, sino que a todos. Y las vidas de una cantidad todavía no determinada de personas a quienes se les negó el derecho a transcender.

Los esfuerzos de aquella mujer en 1932 y de un hombre que en estos tiempos trabaja para que el libro de actas de defunción no ceda ante el deterioro nos permiten saber el nombre y el apellido de tres de las víctimas de esa represión. El país necesita hacer un ejercicio de empatía y de reconocimiento de sus heridas. Necesita confrontar y ponerle nombre y apellido a los recovecos más dolorosos de su historia.

Carta Editorial

Gregorio Rosa Chávez es un hombre que desde la Iglesia a la que representa ha visto en la labor educativa una manera de edificar comunidades. Así se refleja en el perfil que forma parte de esta edición.

El periodista Moisés Alvarado reúne una serie de escenas que se escapan del protocolo con el que por lo general se maneja una persona en su cargo. En estos retazos de la vida de Rosa Chávez hay risas, preocupaciones, alegrías, nerviosismo; en fin, espontaneidad.

Uno de sus legados más valiosos es el que ha dejado en el Complejo Educativo San Francisco. Y es de este lugar de donde se arranca la parte más sensible de su influencia. Los alumnos ven en él a alguien que ha ayudado a hacer de su proceso educativo algo más integral.

Bajo su cargo, como reseña el personal de la institución, el complejo ha crecido en infraestructura y también en la calidad de la enseñanza que se imparte. Una muestra más de que el camino más efectivo para la transformación de un país es este en el que se enseña a las nuevas generaciones a elevar cada vez más lejos sus ambiciones.

Monseñor Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, viajará a Roma el 28 de junio para ser nombrado cardenal, el primer cardenal del país.

En sus primeras reacciones no ha dejado de nombrar a Monseñor Óscar Arnulfo Romero y al sacerdote Rutilio Grande, ambos asesinados en un intento por callar las injusticias de las que ellos hablaban y que siguen vigentes en muchos sentidos. Rosa Chávez evoca sus figuras y sus palabras, una semilla con un efecto transformador en esta sociedad tan sedienta de modelos.

Carta Editorial

Tenemos un país que no está escrito. Es difícil que se construya una identidad fuerte y una memoria histórica sana si no se promueve que a este país, a este todavía intento que siempre insistimos en llamar país, se le retrate más desde las letras. Todo punto de vista es válido porque de lo que se trata es de plasmar la diversidad sin contaminarla con la polarización que está presente en casi todos los sentidos. Las letras dan a los pueblos la capacidad de acercarse a posturas distintas a la propia sin calores, pero con intensidad y emotividad. La edición de hoy abre con una entrevista de la periodista Valeria Guzmán al escritor Miguel Huezo Mixco en el marco del lanzamiento de su segunda novela, “La casa de Moravia”.

Además de una motivación literaria, el texto explora el proceso tan natural y muy humano de cambiar. Se cambia con las circunstancias, con el entorno, con las personas que nos rodean, con el paisaje que vemos desde la ventana (cuando tenemos una ventana). Se cambia con la luz y los sonidos. Es imposible que una persona se mantenga siendo la misma siempre. Nadie puede sostener posturas rígidas porque eso no da lugar a la posibilidad de ser mejor persona. Y esto es lo que nos ha venido haciendo tanta falta como sociedad. No hemos naturalizado el cambio constante. Solo nos definimos en función de ese a quien creemos opuesto, pero no lo consideramos igual, sino que inferior.

Esta entrevista dirige la atención a las distintas versiones de una persona. Miguel Huezo Mixco hace un recorrido no solo temporal, también lo hace en lo personal. El resultado es sensible, emotivo y en muchos puntos, académico. Un ejercicio indispensable en lo individual y en lo colectivo. A El Salvador falta escribirlo más.