Corazón abierto y cerebro desabrochado

André, de cinco años y medio, acostumbra jugar Nintendo con su padre. Antes de comenzar el juego, su padre, Leonardo, quiso siempre que el niño ganara el derecho a ser primero en el juego. Uno de estos días quiso ver las reacciones del pequeño y se propuso ganar el primer lugar. Y así fue. “Gané, me toca jugar primero”, dijo el padre. Y André de inmediato le reclamó: “Me troleaste, papi”.

Una palabra que este ni la madre nunca habían usado, pero sin duda mi nieto lo escuchó de otros amigos mayores e incorporó el concepto en su chip mental. Este tipo de formación hacia nuevos conocimientos se ha hecho normal con el uso de estas tecnologías: en la calle, en la escuela, y en la escuela parvularia, a los de la Generación Alfa (nacidos en 2010 en adelante), hasta los llamados nativos digitales (nacidos en 1982-1994). Este tipo de habilidades parecieran ser “innatas”, como si el cerebro tuviera por nacimiento el chip incorporado, listo para hacer clic. Así lo he percibido en las nuevas generaciones y, en especial en mis pequeños nietos, como lo observé en mis hijos, ahora profesionales.

Tengo una fotografía del padre de André, ahora un profesional de alta vocación: observa el manejo de mi primera laptop elemental, que me donaron en Londres; aunque solo se llamaba en ese tiempo computadora portátil, allá por 1987. El padre de André ya hacía sus tareas de aritmética, porque desde niño había trabajado en una computadora tradicional que le llamábamos en ese tiempo “el tractor”. Ahora ese padre es doctor en Veterinaria de la Universidad Nacional de Costa Rica. En la actualidad otro nieto menor hace multiplicaciones al cálculo por uso tecnológico desde los tres años.

En verdad, las herramientas informáticas ya se extendieron a todos los niveles. Cada vez es más sorprendente su presencia en la vida familiar sin distinción de posiciones sociales, de niveles de estudio y, menos, de edades. Ha habido un manejo del usuario por la promoción mundial, cuyo mercadeo incluso es motivo de guerra económica entre las potencias avanzadas en el ramo.

Ante esa realidad falta incorporar ese uso a todo el sistema educativo, pero proyectando esos equipos informáticos y su conexión con el mundo hacia la creatividad, no se trata de consumir información sino de generar conocimiento y para eso hay que saber buscar. Pensar que los profesores van a “enseñar” la concepción digital es negar a la niñez y juventud su avance tecnológico. Hay otra manera de aprendizaje: debe ser entre iguales; se puede mediar o dialogar. En mi caso propongo y aprendo, incluso a la Generación Alfa (nacidos después de 2010). No para enseñarles sino para facilitarles el camino apto a las “aplicaciones”, orientadas a crear las posibilidades de cambiar una sociedad conviviente, pacífica, democrática, equitativa e inclusiva. Hacer ver que el juego informático con acceso a imágenes recreativas es también una forma de relacionarse de acuerdo al mundo tecnológico irrebatible.

Para los niños y niñas de ahora es más fácil hacer el trabajo que dar o recibir explicaciones (tenemos que entender esa ruta creativa), porque no es que tengan conductas absolutistas, sino que buscan con autonomía propiciada por su incorporación como nativos digitales a los avances de la ciencia y la tecnología.

Creer que los docentes van a enseñar un mundo digitalizado es un desacierto. Debemos apropiarnos de la tradición que desaparece ante nuevas modalidades informativas, que incluso borra el concepto de territorialidad porque la informática ha globalizado el conocimiento. Ya no son los 20,000 km cuadrados de nuestro mapa: el territorio es el mundo.

Esta verdad afecta las ideologías tradicionales. Por eso insistimos en una educación inclinada a la creatividad. Los procesos mentales se van renovando en la medida que el tiempo generacional transforma las comunicaciones que van más allá de nuestros deseos como Generación Silenciosa (nacidos antes de 1946), o incluso los llamados Baby Boomers (nacidos después de 1946). Elementos generacionales que no necesariamente inciden en los aprendizajes, también influyen diferencias regionales: no es lo mismo los que residen en el quinto mundo con los que viven en el primero. Pero el mercado es global. Por eso no es de extrañar los usos comunicacionales aun en las zonas deprimidas.

Y si esa es la realidad pongamos atención en el modo en que se está invirtiendo en las capacitaciones a los docentes, los contenidos, los recursos, los espacios de aprendizaje, y si estos responden a lo que pasa en la escuela. La tecnología es una valiosa herramienta, sí puede formar al usuario desde edades tempranas aceptando los usos como recreación, pero sin olvidar orientaciones creativas que harán una sociedad desarrollada. Aquí radica la importancia del diálogo entre generaciones.

A propósito cito una frase de las redes sociales: “Sueña tan grande que los demás crean que te falta un tornillo ¡o varios!” Así podría pensarse de los hallazgos tecnológicos cuando parecen incomprensibles hasta que llegan a nuestras manos. La idea es aprovechar sus “aplicaciones” al servicio de los sueños. Lo he comprobado desde la Generación Silenciosa (de 1946 para abajo, hasta ver a Dios. Es mi caso). Pero me siento satisfecho de haber propiciado el uso tecnológico para facilitar aprendizajes, crear y recrear, como primer paso a favor de mis nietos de la Generación Alfa (nacidos después de 2010); o los “posmillennials” (1995-2010). Ambos sectores representan el 32 % de la población mundial. El reto es reforzar los nuevos conocimientos incluyendo familia, educadores, comunicadores, catedráticos, facilitadores. A los de primera infancia y “posmillennials” debemos esperarlos con los brazos y el corazón abiertos, también con el cerebro desabrochado. Es la mejor forma de descubrir la realidad antes que la humanidad futura sea apabullada por la “niñofobia”.

Concluyo: se requiere percepciones lúcidas, no importa la edad, desde los Baby Boomers hasta los Alfa, como mi nieto, André. Los que deciden tienen que cambiar, en especial, para entender la pequeña infancia, sin olvidar que la tecnología es fuente de comunicación intergeneracional.