3 F desde fuera

Se siente un poco extraño vivir el sentimiento electoral de El Salvador estando lejos. Acá la gente seguía su vida cotidiana como si nada, mientras yo estaba revisando redes sociales a cada rato: leyendo artículos, comentarios y tuits sobre cómo se iba desenvolviendo la jornada electoral el 3 de febrero pasado.

Esta era la primera vez que me tocaba vivir unas elecciones presidenciales desde afuera. Imagino que unos 10 o 15 años atrás, cuando todavía no teníamos el “boom” de las redes sociales como ahora, era mucho más difícil informarse. Ahora podemos dar seguimiento a cada noticia en tiempo real y hasta ver en vivo los debates presidenciales. Aún así uno no deja de sentirse lejos, casi ajeno. Yo lo comparo con la diferencia entre ver un partido de fútbol por televisión versus verlo en el estadio.

Ese 3 de febrero por ahí de las 9 o 10 de la noche ya era bastante claro que Bukele y su partido GANA iban muy por delante del resto, ya tenían ganadas las elecciones. Después de tres décadas de bipartidismo alguien había logrado romper con el péndulo de poder, por lo menos en el Ejecutivo, que habían concentrado ARENA y el FMLN. Desde afuera casi me parecía mentira. Recuerdo despertar el lunes y revisar mi teléfono para cerciorarme que, en efecto, GANA se había llevado las elecciones.

El candidato de GANA, en mi opinión, está muy lejos de ser lo que necesita el país. Ya llevamos décadas sin un presidente que tenga por lo menos educación universitaria, confiando solo en sus “buenas intenciones”. Sé que la educación no garantiza la ética, pero es lo mínimo que deberíamos de exigir de alguien que tome las riendas del país en el Ejecutivo. El tener a alguien con buenas intenciones pero sin aptitudes o la preparación adecuada para gobernar es una receta perfecta para un populismo cortoplacista que genera muchos más problemas de los que soluciona. Ambas cosas, la preparación académica y las ganas de servir no son mutuamente excluyentes. Enfocarnos y demandar de la oferta política solamente uno de estos atributos es ser mediocres. Podemos exigir y nos merecemos más.

A pesar de todo ya tenemos presidente electo. Por primera vez alguien que no responde a cúpulas partidarias tiene la oportunidad de desechar lo malo que se ha venido haciendo y continuar lo que ha venido funcionando de administraciones anteriores. También necesitará contar con apoyo legislativo, ya que los 11 diputados de GANA (13% de la Asamblea Legislativa) no son algo significativo para poder gobernar. El tender puentes con rivales partidarios requerirá de una actitud más conciliadora y humilde de parte de Bukele, lo cual quizá sea su reto más grande hasta ahora en su carrera política. Este también parece ser un punto de quiebre para los partidos tradicionales. El mensaje que ha dado la gente en las urnas es de “evolucionar o morir”. Aplicar las mismas estrategias, los mismos mensajes y seguir con las mismas caras asegurará la extinción merecida de ARENA y el FMLN.

A los ciudadanos nos toca ser más vigilantes. Tenemos a un presidente electo que tiene muchas cosas por las cuales responder, como el financiamiento de su campaña y las investigaciones en proceso en la Fiscalía, y un comportamiento que para muchos es antidemocrático. Por mi parte, estando lejos, veo el panorama muy complicado. Espero equivocarme en mis sospechas y que el país dé un giro para que los salvadoreños tengan menos razones para irse del país y quienes estemos afuera tengamos más razones para regresar.

¿Y hoy?

Ganó por mucho. Los dos partidos grandes siguen revisándose las heridas para entender cómo sangraron tantos votos, sobre todo el FMLN. Lo cierto es que Nayib Bukele ganó, hoy es el presidente electo de la república, y la calidad numérica de su triunfo le abre a él, al país y a su oposición un escenario inédito en muchos ámbitos.

Admito, de entrada, que me cuento entre quienes pensamos que el triunfo de Bukele era una posibilidad, pero la contundencia de su triunfo me ha dejado sorprendido. Yo también me equivoqué al pensar que algunos viejos clichés en la política local, como aquello del territorio, las diferencias en las votaciones legislativas y las presidenciales o la importancia de las marcas partidarias eran factores a tomar en cuenta. Ya no. Al menos no en esta elección.

Nayib Bukele ganó y queda como una de las deudas más urgentes del periodismo local –y de otros como la academia por supuesto– empezar a buscar explicaciones a las causas. Más importante, sin embargo, es intentar entender lo que viene.

Una de las preguntas más importantes, para mí, es esta: cómo un candidato que compitió con un partido tan señalado por actos de corrupción, y cómo siendo él mismo un político que al menos en una de sus administraciones municipales y en su campaña no hizo gala de transparencia logró capitalizar tan bien el hartazgo que la corrupción de la clase política provocó en el electorado.

No me cabe duda de que buena parte de las debacles electorales y políticas de ARENA y el FMLN tienen que ver con su corrupción. Ni Hugo Martínez en el caso del Frente ni Carlos Calleja en la de la coalición arenera fueron capaces de despegarse del inmenso tufo a corrupción que desprenden ya los dos partidos. No fue solo la corrupción, fue también que ambas dirigencias se quedaron por muchos años en las oficinas del poder apreciándose el ombligo mientras se preocupaban por acaparar poder a toda costa, aun en detrimento de su propia clientela política. Nunca FMLN y ARENA se parecieron tanto como en esta derrota.

Bukele, a pesar de GANA, el partido de Guillermo Gallegos y Hérbert Saca, capitalizó ese hartazgo generado por la corrupción. Y capitalizó con creces: ganó en todos los departamentos, en bastiones de unos y otros. Su victoria es incontestable. Eso puede ser bueno para el país, pero también puede ser el augurio de un escenario macabro. Todo depende, ya, de un presidente que ganó sin partido, sin cúpula, a puro voto.

El mandato de Bukele puede ser macabro, si el presidente cede a la tentación de reproducir las prácticas que condenó en campaña, o si no entiende muy pronto que una cosa es desviar durante el proselitismo la atención de preguntas legítimas sobre malas prácticas señaladas a él y su entorno y otra es atarse a ellas durante cinco años sin consecuencias. Si Nayib Bukele opta por acudir a Hérbert Saca como operador político, a usar recursos públicos para promover de forma ilegal su imagen o a pactar con grupos y empresarios vinculados al crimen organizado, me gustaría creer que el mismo electorado que le dio su confianza abrumadora se lo reclame la próxima vez que esté en una urna.

Tampoco será buena noticia que, como le ocurrió a Mauricio Funes, Bukele ceda a los rasgos más confrontativos e irracionales de su personalidad. Me han dicho en las últimas 48 horas que Bukele es diferente; que él, a diferencia de Funes, tiene la humildad suficiente para escuchar y la inteligencia política para entender dónde se dibujan los límites. Espero, por el bien de este país, que así sea.

Si Nayib Bukele entiende su victoria holgada como una señal para hacer cosas atrevidas en el bien de la nación, como nombrar, de verdad, a funcionarios honestos y capaces, no acudir a la compra de voluntades políticas de diputados con los dineros reservados de Casa Presidencial y aprovechar la buena imagen internacional que construyó para hilar una política internacional digna, entonces las noticias serán mejores.

Las primeras señales están a la vuelta de la esquina. Gabinete. Interlocutores políticos. Pacto fiscal. CICIES. Actitud frente a funcionarios de segundo grado como el fiscal general de la república. Decisiones sobre el uso de fondos de CAPRES. La palabra, hoy, la tiene el presidente electo.