El estratega de la paz

Sergio Jaramillo, comisionado para la paz, Colombia

El domingo 6 de agosto de 2017 y la semana siguiente sucedió algo que muy pocas veces ocurre. Varios de los principales columnistas de los grandes diarios y revistas del país, entre ellos Francisco de Roux, Antonio Caballero y Ricardo Silva, hicieron un elogio y un reconocimiento a la labor que desempeñó Sergio Jaramillo como alto comisionado para la paz.

Jaramillo acababa de anunciar que entregaba su cargo, ya que, como él mismo había pactado con el presidente Santos, lo dejaría cuando terminara el proceso de entrega de armas por parte de las FARC. Era paradójico que un funcionario de tan bajo perfil recibiera en tan pocos días semejante despliegue mediático.

Jaramillo, quien nació en 1966, es ante todo un intelectual curtido en la academia. Estudiante del Colegio Anglo Colombiano de Bogotá, terminó su bachillerato en Canadá. En las universidades de Toronto, Oxford, Cambridge y Heidelberg estudió filosofía, filología y griego antiguo. En ese tránsito de 17 años por Canadá y varios países de Europa, perfeccionó el inglés, el francés, el alemán y el italiano. Antes de regresar a Colombia vivió en Moscú, donde aprendió ruso.

Decidió que era el momento de volver a Colombia (o de no regresar nunca), y a su llegada, en tiempos del proceso de paz del Caguán, lo llamaron para que trabajara en la cancillería: un políglota resultaba de gran utilidad para divulgar en el exterior los alcances y desarrollos del proceso.

Desde entonces, Jaramillo no ha parado. Hoy vive rodeado de montañas de libros apilados en varias mesas y además es aficionado a la música: desde Bach hasta Thelonious Monk, Talking Heads y “Chocolate” Armenteros. Es tímido, austero e introvertido, muy poco amigo de hablar de su vida privada. Considera que su casa es un refugio íntimo que no le gusta mostrar en fotografías ni artículos de prensa. Está casado con Ana María Romero y no tiene hijos. Desempeñará en Bruselas el cargo de embajador de Colombia ante Bélgica y la Unión Europea.

¿Por qué estudió en Canadá?
En 1950 mi abuela paterna se iba a ir a vivir a París y estalló la guerra de Corea. Le dijeron que cómo se le ocurría irse a París, que se venía la tercera guerra mundial. Entonces decidió irse a Montreal a escampar. A los seis meses se dio cuenta que no había tal, cogió sus maletas y siguió para París con sus dos hijas. A mi papá lo dejó clavado seis años en un internado jesuita en Montreal. Veinte años después volvió a Canadá y por eso terminé mi bachillerato allá.

¿Estuvo mucho tiempo afuera?
Yo estuve 17 años por fuera de un tirón, desde 1982 hasta 1999. Estuve en la Universidad de Toronto, salté a Inglaterra y me pasé como 14 años entre Inglaterra, Francia y Alemania.

¿Por qué tanto tiempo?
Me fui a la Universidad de Heidelberg, primero por un año en un intercambio con Cambridge, y me quede cinco. Tenía una vida muy austera pero muy buena: trabaja en un café –el Cafe Burkardt– donde primero lavaba platos y hacia ensaladas, y luego de dos años y medio me ascendieron a barman. Con lo que me ganaba podía pagar un buen cuarto, leía todo el día, estudiaba griego –que era lo que me interesaba– caminaba por las montañas… Hasta que un íntimo amigo mío de la Universidad de Oxford que se había ido a vivir a Moscú me invitó a su casa a pasar unas semanas y terminé quedándome casi un año estudiando ruso. Allá me dije: “Qué pereza volver a Europa Occidental, o me quedo acá, que está muy interesante –eran los años de Yeltsin– o me devuelvo a Colombia. Y si no me devuelvo ya, no me devuelvo nunca”.

Era la primera vez que el Gobierno y las FARC se veían las caras en más de 10 años y porque había que construir algo de la nada. Cada cinco minutos se paraba alguien a servirse un café o una botella de agua, simplemente para tener un respiro. Pero, una vez engranó, funcionó supremamente bien. Cubrimos las paredes de tableros blancos donde íbamos construyendo el acuerdo general sobre la base de un único texto.

Usted estudió filosofía y lingüística. Al volver a Colombia ¿por qué entró a trabajar temas de seguridad y al Ministerio de Defensa?
Por decisión de los dioses. Guillermo Fernández de Soto me llamó para trabajar en la cancillería en “la diplomacia por la paz”. En ese momento estaba vivo el proceso del Caguán, y como había vivido tanto tiempo en Europa podía ayudar a explicar algo que nadie entendía. A raíz de una conferencia que organicé en el Instituto de Estudios Latinoamericanos en 2001, Juan Camilo Restrepo, que era el embajador, le pidió a Fernández de Soto que me mandara a París. Yo no quería porque me acababa de regresar, además acababa de comprar un Land Rover 1964 con el que iba para arriba y para abajo por todos lados: me recorrí buena parte de Boyacá y me metí a los llanos en el peor momento de la guerra, cuando los “paras” del Sinú se paseaban por las calles de los pueblos como Pedro por su casa y todo el mundo tenía un familiar secuestrado por las FARC. Un horror, pero aprendí mucho.

Estaba redescubriendo Colombia después de tanto tiempo afuera.
Exacto. Pero todo el mundo me decía que no fuera bruto, que me fuera. Finalmente pensé que podía ayudar más allá y me fui de consejero político. Juan Camilo (Restrepo) se fue y llegó Marta Lucía Ramírez. Cuando ganó Álvaro Uribe en 2002 y le pidió que fuera su ministra, ella me llamó desde Bogotá y me dijo: “Empaque sus maletas que se viene al Ministerio de Defensa”.

Todo fue de carambola.
Sí, claro. Me aburre hacer planes. Prefiero tratar de hacer bien lo que tengo que hacer y que pase lo que tenga que pasar.

¿Usted empezó a trabajar en ese momento el tema de la paz?
No exactamente. Tenía el encargo de escribir la política de seguridad democrática. Queríamos enfocarnos en el control territorial, en desarrollar programas contra las amenazas que más se sentían, como el secuestro y la inseguridad en las carreteras, pero la gente olvida que desde el comienzo siempre estuvo presente la opción de la negociación. Para mí siempre fue obvio que todo debía terminar ahí: el control territorial era necesario para recuperar la autoridad del Estado en medio de esa guerra bárbara entre el Estado, los paramilitares y las FARC. Había que recuperar autoridad y eso sin duda lo hizo Álvaro Uribe, nadie se lo puede quitar. Pero solo por la vía de las armas, nunca íbamos a llegar a la paz.

¿Por qué renunció al ministerio en 2003?
Porque llegó un nuevo ministro y me pareció que lo más correcto era retirarme para que escogiera a su gente.

¿No pensó en volver a sus clásicos griegos?
No, porque al día siguiente me invitaron a ser director de la Fundación Ideas para la Paz. Durante casi tres años hicimos muchas cosas, a pesar de que en ese momento no había proceso de paz. Tuve mucho tiempo para pensar, escribir y hablar con la gente. Todo eso me sirvió después.

¿Cómo fue su regreso al Gobierno?
Cuando a Juan Manuel Santos lo nombraron ministro de Defensa en 2006. Sin conocerme, me llamó a trabajar con él.

El trato siempre fue respetuoso. Sin eso es imposible negociar. Usted no puede avanzar en temas tan delicados si está en plan de acusarse todo el tiempo. La tarea era llegar a un acuerdo. Por eso es tan importante asegurar un espacio dentro del cual se pueda hablar respetuosa, pero francamente.

¿En qué momento pensó que había llegado el momento de la paz?
En 2008, el año en que cayó Raúl Reyes, el año de la Operación Jaque. Yo recuerdo haberle dicho a una amiga periodista que la guerra ya se había acabado y que la pregunta ahora era cómo terminarla. Eso fue lo que vio el presidente Santos siendo ministro, pero lo dijo cuando ya era presidente.

¿Por qué Santos esperaría tanto para decirlo?
La primera virtud de un presidente es saber cuándo hacer las cosas y en eso el presidente tiene un sexto sentido. Sorprendió a todo el mundo cuando anunció la famosa “llave de la paz” en su discurso de posesión. Él ya había identificado que había llegado el momento, pero sabía que debía hacerlo con suprema prudencia, sin crear falsas expectativas.

Una discreción al estilo del Comité Internacional de la Cruz Roja.
Nosotros no podíamos arriesgarnos a un nuevo fracaso, porque después de un cuarto proceso de paz fracasado nadie iba a aguantar otro intento de negociación con las FARC. Con el presidente Santos pusimos en marcha una estrategia que yo llamo “incremental”: ponga primero un ladrillo, y luego otro y luego otro. Eso sienta una base que crea confianza. Es realmente como construir una casa. Primero los cimientos, luego el primer piso, luego el segundo. Sobre todo, deje que los resultados hablen por sí mismos.

¿Cómo hacerlo en un país ávido de “chivas” y adicto a los rumores?
Esa fue la lección del Caguán: no anuncie nada hasta que no tenga algo que anunciar. En eso fuimos extraordinariamente rigurosos, sobre todo en la fase secreta, que comenzó en febrero de 2012, cuando fuimos Enrique Santos, Frank Pearl y los demás a hablar por primera vez con las FARC. Nos pasamos casi seis meses en La Habana, ronda tras ronda, hasta que firmamos el acuerdo general el 26 de agosto. El presidente sorprendió a todos una semana más tarde con el anuncio de un proceso de paz. Una negociación por los micrófonos es imposible, por ahí no se llega a ninguna parte.

Pero la opinión pública quiere saber qué sucede y más en un tema tan álgido.
Una cosa es la obligación que tiene uno en democracia de informarle al país cuáles son los avances. Pero si cada posición y cada detalle se vuelven tema de un tuit o de controversia pública, usted se queda inmediatamente sin oxígeno, sin margen, y no hay posibilidad de llegar a un acuerdo. Esa es parte de la tragedia de Venezuela hoy: no han podido armar un espacio para hablar en serio fuera de cámaras. Cuando todo es público, ganan los radicales.

Poco se habló de eso. ¿Cómo lograron evadir el cerco de los micrófonos y las cámaras?
Tomamos medidas extremas. Volábamos en un pequeño avión de la Policía por encima del Caribe, aterrizábamos en un islote de las Islas Caimán a tanquear sin que nadie lo supiera. Nos echábamos seis horas de ida y seis horas de vuelta, con las mujeres sufriendo porque no había baño en el avión, y todo porque era esencial mantener la confidencialidad. El propósito de la fase secreta era asegurar de parte y parte que había una voluntad y, sobre todo, que estuvieran claros los términos de la negociación. Eso fue el Acuerdo General de agosto de 2012.

Sergio Jaramillo

Que fue, por decirlo así, el primer destape.
Sí. El 4 de septiembre de 2012 el presidente Santos, con un acuerdo en la mano, anunció que se abría un proceso de paz con las FARC.

¿Cómo era negociar en esos momentos tan inciertos?
Eran unas reuniones de una inmensa tensión. Estábamos encerrados en una casa en La Habana, en una estrecha mesa de comedor viéndonos las caras, cuatro o cinco de cada lado.

¿Por qué el ambiente era tan tenso? ¿No había una esperanza o un propósito que llamara al optimismo, al entusiasmo?
Porque era la primera vez que Gobierno y las FARC se veían las caras en más de 10 años y porque había que construir algo de la nada. Cada cinco minutos se paraba alguien a servirse un café o una botella de agua, simplemente para tener un respiro. Pero, una vez engranó, funcionó supremamente bien. Cubrimos las paredes de tableros blancos donde íbamos construyendo el acuerdo general sobre la base de un único texto.

¿Cuál fue el papel de Enrique Santos?
Importantísimo. Era el hermano del presidente, una prueba física de seriedad. Pero, sobre todo, era una persona con una enorme experiencia –conocía a las FARC desde los tiempos de La Uribe– y de mucha claridad sobre lo que había que hacer.

¿Cómo era la metodología?
Alguien se paraba a corregir una palabra en el tablero, discutíamos y seguíamos. El acuerdo general era una hoja de ruta. Yo lo llamo un contrato. Los términos estaban claros para el Gobierno, para las FARC y para los colombianos: esto es lo que vamos a hacer –los 5 puntos– y, por deducción, esto otro no lo vamos a hacer.

No debe ser fácil negociar con una contraparte como las FARC.
El trato siempre fue respetuoso. Sin eso es imposible negociar. Usted no puede avanzar en temas tan delicados si está en plan de acusarse todo el tiempo. La tarea era llegar a un acuerdo. Por eso es tan importante asegurar un espacio dentro del cual se pueda hablar respetuosa, pero francamente. Luego se fortalecieron las delegaciones con la llegada de Humberto de la Calle como jefe de la delegación del Gobierno en La Habana y de Iván Márquez, de las FARC.

¿Eso significó algún cambio?
Por supuesto, porque el proceso entró en una nueva dimensión. Había que tener muy en cuenta a la opinión pública. Recuerde la extraordinaria reacción de De la Calle en Oslo. Y había que seguir construyendo acuerdos sobre la base de la metodología que ya nos había funcionado. Eso tomó tiempo con los nuevos de las FARC.

Según recuerdo, no era nada fácil.
No, no fue fácil porque no podíamos haber sido personas más distintas. El presidente Santos tuvo un cabezazo cuando puso al frente de la delegación a Humberto de la Calle, con su enorme prestigio y enorme capacidad, y añadió a los generales Mora y Naranjo. En ese experimento me parece que también está la base del éxito.

¿Cómo hacían para avanzar en la construcción de un acuerdo tan complejo?
Todo lo discutíamos primero los miembros del equipo de negociación del Gobierno. Cada quien daba su punto de vista y lo debatíamos hasta el final, sin contemplaciones. Pero una vez llegábamos a la mesa teníamos una sola posición, a la que habíamos llegado después de pasar las propuestas por el filtro de esa intensa discusión.

¿Y cómo eran las relaciones entre ustedes?
Recuerdo que muy al comienzo de la fase secreta Frank Pearl trajo a un profesor de Harvard que nos dijo: “Ojo, porque en una negociación como esta los negociadores por la presión externa que siente cada quien tienden a canibalizarse entre sí”. Sin duda hubo mordiscos en las discusiones internas, pero De la Calle siempre supo mantener la calma y al final sacamos el mejor resultado, que es lo que importa. Lo demás es anecdótico. A mí lo que más me impresiona, por el contrario, es la entrega y la generosidad del equipo en La Habana y de la gente que nos apoyó. Por ejemplo, nadie sabe en Colombia quién es Elena Ambrosi, y, sin embargo, escasamente hubo alguien más importante para la construcción del acuerdo. O personas como Rodrigo Uprimny, o el padre Francisco de Roux, o el padre Darío Echeverri… Sin ser necesariamente amigos del Gobierno bastaba una llamada y en dos horas estaban en mi casa, listos para ayudar.

¿Cuáles otros elementos exitosos destacaría?
Yo le hago un reconocimiento a las FARC por su gran capacidad para enfrentar esa negociación. El Gobierno, al fin y al cabo, tenía todas las ventajas. Incluso Santrich, que tiene ese gusto por la controversia pública, fue un gran rival. Un hombre de enorme inteligencia y capacidad de comprensión. Una de las mentes más rápidas que he conocido.

Estábamos convencidos de que habíamos cumplido con la tarea, pero nada era suficiente para los del no. Lo único que no pudimos cambiar fue lo que habría hecho imposible el acuerdo: que hubiera cárcel y que no hubiera participación política. Eso las FARC nunca lo iban a aceptar, porque es la negación del proceso de paz. Ninguna guerrilla deja las armas para no participar en política.

¿Cómo fue la participación internacional?
Fue una negociación directa, no queríamos mediadores, algo que es muy inusual. Los textos los construimos conjuntamente con las FARC sobre temas muy complejos. Yo digo que eso fue un milagro. Fíjese que con el ELN no se ha podido escribir un solo párrafo.

Pero varios países participaron en el proceso de manera directa.
La estrategia del Gobierno era una estrategia minimalista. O, mejor, de espiral. Invitamos a los países que eran estrictamente necesarios. En la fase secreta solo necesitábamos dos garantes, que fueron Cuba, nuestro anfitrión, y Noruega, que le dio un marco de seriedad y un apoyo crítico al proceso. En la fase pública se invitó a Chile y a Venezuela. En su debido momento involucramos a Estados Unidos y, más adelante, a la Unión Europea. Ya firmado el acuerdo, el presidente invitó a todos los que quisieran apoyarnos.

¿Por qué adoptaron esa estrategia?
No queríamos repetir el Caguán. Usted termina reuniéndose con un grupo de veintipico países y cree que porque unos embajadores viajan algo está pasando, pero resulta que ahí no hay nada porque no se ha llegado a ningún acuerdo. No queríamos distraernos con la discusión internacional.

¿Por qué refrendar? Muchas voces señalaron que ese era un riesgo innecesario.
En el acuerdo general siempre estuvo claro que debía haber una refrendación.

¿Y por qué?
A mi juicio hay dos razones principales. La primera, un respeto básico al principio democrático. Estábamos haciendo un acuerdo no solamente para silenciar los fusiles, sino para cerrar el conflicto histórico; y ese acuerdo tenía efectos sobre terceros: estaban en juego los temas de desarrollo rural, de participación política, de drogas y en particular de víctimas, que eran tan sensibles. Entonces usted tenía que darles a todos una oportunidad de opinar. Segundo, teníamos un problema con la participación. A pesar de los foros y todo lo que hicimos para recoger opiniones, la gente veía la negociación de La Habana como algo distante. El plebiscito le permitía enterarse, meterse y hacerse partícipe de esa decisión.

¿Pero sí fue así?
Esa era la teoría, la realidad muestra que ocurrió lo contrario. Eso tampoco fue una sorpresa porque si uno estudia un poco la literatura sobre referendos y plebiscitos encuentra que en otros lugares ha ocurrido lo mismo: que el resultado final, lejos de crear un consenso, consolida las fracturas de la sociedad. La gente votó por el no por 20 razones distintas y, al final, terminó pareciendo que todos eran parte de un mismo bando. Igual puede haber sucedido con el sí. Terminamos divididos en dos bandos bastante artificiales.

¿Para ustedes el resultado fue un fracaso?
Perder siempre es un fracaso.

Cómo fueron esos meses entre el triunfo del no, la revisión de los acuerdos y la entrega de armas.
Fueron muy difíciles. Todo eso podría haber salido muy mal para Colombia y finalmente salió muy bien.

¿Cómo así?
Las FARC perfectamente podrían haber dicho: “Nosotros firmamos el acuerdo en Cartagena y no los vamos a cambiar, el plebiscito es problema de ustedes”. Pero cuando el presidente Santos, luego de reconocer como buen demócrata la derrota ante el país, nos mandó al día siguiente a La Habana a Humberto de la Calle y a mí, encontramos mucha sensatez. Les dijimos: “Señores, aquí hay que reconocer el resultado del plebiscito, hacerle cambios al acuerdo y mantener el cese al fuego”. Las FARC aceptaron inmediatamente. Luego volvimos a Colombia a oír a los del no.

¿Qué tanto opinaron los del no?
Mucho. Primero hubo unas reuniones que lideró Luis Carlos Villegas y después nos encerramos una semana en el Ministerio del Interior con los principales representantes del no. De ahí salió un documento con 70 puntos con el que nos fuimos a La Habana a una renegociación que parecía imposible desde todo punto de vista.

Era casi como empezar de cero…
Además todo el mundo estaba agotado, nadie podía creer que teníamos que volver a esto. Al final la gente estaba tirada en los sofás, dormida del cansancio. Logramos negociar con las FARC la inmensa mayoría de los cambios que pidió el no. Un 98 por ciento, diría yo. Estábamos convencidos de que habíamos cumplido con la tarea, pero nada era suficiente para los del no. Lo único que no pudimos cambiar fue lo que habría hecho imposible el acuerdo: que hubiera cárcel y que no hubiera participación política. Eso las FARC nunca lo iban a aceptar, porque es la negación del proceso de paz. Ninguna guerrilla deja las armas para no participar en política. Eso fue lo que le dije al expresidente Uribe.

Pero la oposición dice que ustedes le regalaron el país a las FARC.
Logramos acordar puntos que para las FARC significaban unas concesiones muy duras. Es una tragedia que no hayamos llegado a un acuerdo con los representantes del no. Todos los elementos estaban sobre la mesa y, como dije el otro día, estuvimos a centímetros.

¿Por qué faltó ese centavo para llegar al peso?
La lógica política derrotó el interés por la paz. Piense que todos los presentes eran precandidatos: los tres del expresidente Uribe, Marta Lucía, Ordóñez…, hasta Rafael Nieto resultó ser precandidato. Los cristianos fueron más directos y sinceros, y de una vez nos dijeron: “Nos vemos en 2018”.

También les pasó algo similar a los británicos con el “brexit”.
Sí y no. Los referendos y los plebiscitos son muy distintos a las elecciones. Las elecciones tienen unos referentes conocidos, la gente sabe quiénes son los candidatos, se sabe orientar. En un referendo usted se puede inventar cualquier cosa para confundir al electorado, que es lo que pasó en el “brexit” y pasó acá. Piense en lo que hicieron con la “ideología de género”. Pero hay una diferencia grande, porque, según el no, el plebiscito no era una decisión de blanco o negro, siempre dijeron que no estaban en contra de la paz, ni siquiera del acuerdo, sino que exigían “modificaciones”. Eso es lo que Uribe pedía y eso fue lo que hicimos.

Volver trizas el proceso de paz será un grito de batalla en las elecciones de 2018. ¿Qué tan factible lo ve?
Ahí no nos podemos equivocar. Claramente las FARC no se van a rearmar, pero nosotros tenemos la obligación de cumplir con nuestra parte del acuerdo, que además es lo que nos garantiza que este conflicto se cierre de verdad y no caigamos en los reciclajes de siempre. Si al próximo gobierno no le da la gana cumplir, no cumple. Por eso no me puedo imaginar una elección más importante que la de 2018.

“Como cualquier ser humano, llegué a llorar”

Radamel Falcao García
Radamel Falcao García

“¿Quién es mejor? Retuit si votas por la vaca. Favorito si votas por Falcao”. El tuit apareció en una cuenta británica de chistes en octubre de 2015, justo cuando Radamel Falcao García, el máximo goleador de la selección de Colombia, el artillero que a punta de desmarques y golazos había clasificado a su país a un mundial de fútbol después de 16 años de ausencia, pasaba por uno de los momentos más oscuros de su carrera: su paso por el fútbol inglés.

Los cinco goles que marcó durante los dos años que jugó en el Manchester United y en el Chelsea lo convirtieron en el principal objetivo de listas, artículos y noticias que se regodeaban en su fracaso para convertirlo en una avalancha de retuits y de páginas vistas. El resultado del tuit registró 1,063 retuits y poco más de 200 favoritos. En más de un blog se referían a él como “Failcow” –una palabra inventada en inglés que junta el término fail, fracaso, con cow, vaca– y en las entrevistas, los hinchas más condescendientes eran francamente crueles: “¿Falcao? ¡Me había olvidado de él! Dios mío, qué malo era. No vale absolutamente para nada, parece que solo tiene una pierna y que no puede ni andar. Me da hasta un poco de pena”, dijo el escritor inglés Hanif Kureishi, fanático del Manchester United.

La rabia visceral da resultados extraordinarios. Mientras sus equipos se lavaban las manos con declaraciones tibias, o simplemente con el silencio, los medios se apresuraron a crucificar al delantero y los hinchas, como si fueran ovejas guiadas por falsos pastores, le hicieron eco al vía crucis del “Tigre”. Cuando se acabó la temporada 2015, el Mirror, por ejemplo, señaló que Falcao, para el Manchester United, había sido “un error sumamente costoso”, The Telegraph lo incluyó dentro de las cinco peores contrataciones de la temporada. Lo peor es que la avalancha de odio no paraba en el Viejo Continente: en Colombia, su propia tierra, alguien dijo que Falcao era un “exfutbolista”.
Cuando le preguntan sobre esa época de su vida, Falcao desvía la mirada y hace un chasquido con la lengua. Cualquiera diría que él no quiere hablar de eso, pero después mira al periodista a los ojos y dice con firmeza. “Hay momentos en que uno se quebranta. Hay situaciones difíciles que uno no puede contener y como cualquier ser humano, lloré”.

El drama de Falcao comenzó el 22 de enero de 2014, en un partido del Mónaco contra el Chasselay, un equipo de la Cuarta División francesa: “el Tigre” recibió el balón en el borde del área, lo pisó, se dio media vuelta y picó hacia el arco, pero desde el centro Soner Ertek, un defensa del rival, se barrió para derribarlo justo en el instante en que apoyaba la pierna izquierda para definir. Desde el piso, Falcao pidió penalti, pero de repente sus gestos cambiaron y ya no le interesaba tanto el penalti, sino su rodilla. Cuando entraron los médicos, Falcao se llevó las manos a la cara y empezó a negar con la cabeza. No lo podía creer.

La rotura del ligamento cruzado de la rodilla izquierda lo sacó casi seis meses de los estadios. Después de una operación de rodilla, empezó un largo proceso de fisioterapia que llevó a cabo en Madrid y justo cuando sus compañeros de la selección de Colombia viajaban a Brasil para disputar el mundial de fútbol, él se refugió en Miami con su familia y apenas vio los partidos por televisión. Otros los vio solo, ya en su apartamento en Mónaco. “Era muy duro”, dice Falcao con desgano. “Después de todo lo que había vivido, no poder estar ahí era complicado, pero creo que lo viví como un hincha más”.
Pero “el Tigre” volvió. Para olvidar su mal paso por Inglaterra, volvió a jugar con el Mónaco. Marcó 30 goles en la última temporada, incluyendo dos de antología, un tiro libre letal contra el París Saint-Germain en el que confirmó el liderazgo de su equipo en la liga francesa y un inolvidable “globito” contra el Manchester City en la Champions League. Además, se convirtió en un grave problema para los técnicos rivales: “Era uno de los mejores delanteros del mundo y ahora está volviendo. Es extraordinario y peligroso, es un zorro en el área”, dijo Massimiliano Allegri, el técnico de Juventus, cuando le preguntaron. Diego Simeone, técnico del Atlético Madrid, también testificó sobre su resurrección: “Tiene una rebeldía y una fuerza interior enorme. Su presente es extraordinario”.

Falcao se consolidó como el capitán indiscutible de los rojiblancos. Con su experiencia fue capaz de organizar a Mbappe y Mendy –dos figuras en ascenso del fútbol europeo– en un ataque demoledor que consiguió el título de la liga francesa y que llegó hasta las semifinales de la Champions League. El único problema que ha tenido que enfrentar este año es una investigación tributaria que adelantan las autoridades españolas.

Finalmente, el 7 de junio de 2017, en un partido amistoso de la selección de Colombia contra España, “el Tigre” picó hacia el área pequeña, cazó con un salto un tiro de esquina que cobró James Rodríguez y mandó el balón al pie del poste. Fue su gol número 26 con la camiseta amarilla, el gol que lo puso a encabezar en solitario la lista de goleadores históricos de la selección de Colombia, que compartía desde 2015 con Arnoldo Iguarán. Después de celebrar, Falcao, como siempre, señaló hacia el cielo, pero luego se tapó la cara y la sonrisa con las manos, como si no pudiera creer lo que ya sabía: que ese gol era la confirmación absoluta de su resurrección.

Le dicen “Tigre” porque un día, cuando jugaba en las dimensiones menores del River Plate –a donde llegó cuando tenía 15 años–, jugó tan bien que un compañero colombiano le dijo en broma que iba a salir en la sección “El tigre de la jornada”, un espacio de un programa de televisión en el que se perfilaba al mejor jugador de la fecha profesional del fútbol argentino. Lo que empezó como un chiste se quedó para siempre, porque ver jugar al “Tigre” es entender que para meter gol se necesita la habilidad de un depredador capaz de cazar una pequeña presa –el balón– dentro del área rival.

Su primer gol con la selección de Colombia, casualmente, lo marcó casi 10 años antes de consagrarse como el máximo goleador del equipo: sucedió el 3 de junio de 2007 en el estadio de Matsumoto, una ciudad de Japón donde Colombia jugaba un campeonato amistoso. En el partido contra Montenegro, un joven Falcao de 21 años corre por el centro de la cancha mientras Colombia arma una jugada por la derecha; frena en seco para desmarcarse de un defensa rival, caza en el área un pase de David Ferreira y, como si fuera la cosa más fácil del mundo, manda el balón con fuerza al pie del poste izquierdo para marcar un gol. “La tenía clara”, dice Falcao. Mientras recuerda, se le iluminan los ojos y como un niño narra cada uno de los pases de ese gol con el que empezó a convertirse en uno de los ídolos deportivos de Colombia.

Hasta su lesión, en 2014, tuvo varios años de gloria: fue campeón de Argentina con el River Plate; campeón de la liga, la copa y la supercopa de Portugal con el F. C. Porto; campeón de la Copa del Rey española con el Atlético Madrid; y dos veces campeón de la Europa League con el F. C. Porto y con el Atlético Madrid. Marcaba más de 30 goles en cada temporada y el precio de su pase aumentaba exponencialmente. En 2012 Pep Guardiola, que entonces era el técnico del Barcelona, dijo que Falcao era el mejor delantero de área que había en el mundo. No habló de Higuaín, ni de Suárez, ni de Diego Costa: habló del “Tigre”, de Radamel Falcao García.

Conoció a su esposa, Lorelei Tarón, en una iglesia cristiana de Buenos Aires cuando jugaba en las inferiores del River Plate, y en 2007 se casó con ella. Hoy viven en Mónaco y tienen dos hijas, Dominique, de cuatro años, y Desiree, de dos. A principios de este año, Falcao anunció que tendría un tercer bebé que va a nacer en agosto, justo antes de que comience la etapa final de las eliminatorias suramericanas que definirán los clasificados al mundial Rusia 2018.

Ahora, Colombia está en busca de un redentor: “Contra Venezuela y Brasil tenemos que ganar”, dice Falcao sin titubeos, y luego sonríe. En las canchas de todos los barrios del país hay niños que juegan fútbol con el número nueve de su camiseta en la espalda, que imitan sus enganches y jugadas en los partidos de los recreos. “¿A quién le gustaría meterle goles? ¿A Brasil en Barranquilla?”, le preguntan. Falcao se ríe y desvía la mirada: no quiere comprometerse: ¿Para qué echarse encima esa presión innecesaria? Sin embargo, es imposible olvidar que él y sus nueve goles fueron una de las claves para esa mágica selección de 2014 que clasificó a Brasil.

Falcao llega con afán a una suite del hotel Four Seasons Casa Medina, en Bogotá. Lo acompañan cuatro guardaespaldas y algunos ejecutivos de Hublot: está de paso rápido por Bogotá para presentar su edición especial del Hublot Classic Fusion, un reloj de cerámica negra con manecillas de oro rosa que él ayudó a diseñar y del que solo se elaboraron 25 unidades numeradas que llevan, en su honor, la imagen de un tigre en la tapa trasera.

Hay más de 15 personas en el lugar y la presencia de tanta gente resulta agobiante, pero él sortea la situación con profesionalismo: se toma un par de selfis, firma camisetas y posa con seguridad para el fotógrafo. Unos minutos después se prende la grabadora: Falcao habla despacio y reflexiona antes de cada respuesta. Habla Falcao: el máximo goleador de la selección de Colombia, “el Tigre” que, a sus 31 años, quiere cumplir el mismo sueño de cuando era niño: jugar un mundial.

“Yo te libraré de las tristezas que son para ti una carga deshonrosa. En aquel tiempo yo mismo me ocuparé de todos los que te oprimen; salvaré a la oveja que cojea y juntaré a la descarriada. Les daré a ustedes fama y renombre en los países donde fueron avergonzados. En aquel tiempo yo les traeré, en aquel tiempo los reuniré. Daré a ustedes fama y renombre entre todos los pueblos de la tierra cuando yo los restaure ante sus mismos ojos. Así lo ha dicho el Señor”.

Sofonías 3:18.

¿Y el que marcó contra el Manchester City en la Champions?
Claro. Sí, ese también significó mucho.

¿Talvez una revancha con Inglaterra?
Sí, de alguna manera (sonríe).

Del Mónaco se dice que es un equipo sin hinchas, pero evidentemente los tiene que haber. ¿Usted ya tiene ubicados a los hinchas del Mónaco? ¿Lo saludan en la calle?
No… Es que en Mónaco, dentro de la ciudad, vive otro tipo de personas, otra clase. Los verdaderos hinchas están en las afueras de Mónaco. Además, el equipo tiene muchos hinchas por toda Francia; entonces, cuando jugamos de visitantes, siempre se ven muchos hinchas.

¿Cómo se vive un clásico contra el Saint-Germain?
Se sienten mucho en el estadio, pero también son especiales los juegos contra el Marsella y contra el Niza, que es el derbi.

Hablemos de ese paso difícil por Inglaterra. Apenas cuatro goles con el Manchester United y uno con el Chelsea entre 2014 y 2016. Pero no hablemos del fútbol, sino de su vida cotidiana en Manchester y en Londres.
Manchester es una ciudad sin muchas oportunidades de vida social o para distraerse. Ahí era más la vida en familia, en la casa, algo más reservado. Además, el tiempo no ayudaba mucho, era bastante difícil por la lluvia y el frío. Y la experiencia de vivir en inglés y en un inglés diferente… porque el de Manchester no es ese inglés que hablan en Londres, sino que es más local, más cerrado, el acento es complicado. En cambio, Londres sí es una ciudad maravillosa, quizá una de las mejores del mundo. Uno se encuentra con culturas de todas partes y para mí fue una experiencia de vida muy buena.

¿Le dejó amigos?
Tengo conocidos, sí. Gente muy cercana. Pocas personas, pero Inglaterra sí me dejó amigos.

¿Jugadores?
Sí. Tanto en los clubes como afuera.

¿Qué tal fue para usted haber jugado con Wayne Rooney?
Un jugador superespecial, un ícono del fútbol inglés y del Manchester United. Un capitán. Conmigo fue muy cercano: me ayudó mucho, me invitaba a interaccionar con él, aun con la barrera del idioma y de las costumbres.

¡Pero su inglés debe ser bueno, Falcao!
Pero en ese momento no tenía la fluidez que tengo hoy. Eso no quiere decir que no hable bien el idioma, sino que si el acento de Manchester es complicado, el de él, que es de Liverpool, es muchísimo más difícil.

2017 es un año importante: en febrero se cumplieron 10 años del debut con la selección y en junio también se cumplieron 10 años de su primer gol, frente a Montenegro…
Sí, 10 años. Pasaron muy rápido, realmente. En ese entonces Jorge Luis Pinto era el entrenador. Él me llamó por primera vez a un amistoso que jugamos en la ciudad de Cúcuta contra Uruguay. Casualmente, ese mismo día debutaron Luis Suárez y David Ospina.

¿Ah, sí?
Sí. Tuve la oportunidad de entrar en la segunda parte y aunque perdimos, fue superespecial.

¿Se acuerda en dónde estaba cuando lo llamó Pinto?
Me acuerdo de que estaba de pretemporada con el River Plate. Eso fue en enero y me llegó el fax de la federación donde me convocaban para ese partido. Fue para mí algo muy especial, es algo que nunca voy a olvidar.

¿A quién le contó de primero que iba a jugar con la selección?
A mi familia. Estaban mis padres, mis hermanas, y en ese entonces ya estaba con Lorelei, mi esposa, pero de novios. Entonces le conté a ella también.

¿Lo acompañaron a Cúcuta?
No, no fueron, estaban en Argentina. Yo viajé un lunes, llegué muy tarde en la noche, entrené el martes y el miércoles fue el partido. No hubo tiempo para planear.

Y el gol frente a Montenegro ¿cómo lo recuerda?
Fue en Japón, en una gira que hicimos justo antes de la Copa América 2007. Fue el primer partido: una jugada que hizo Colombia, empezó por la izquierda, cambiaron a la derecha, Sergio Herrera se la pone a David Ferreira, él me da la pelota y yo solamente tengo que definir. La tenía clara.

¿Cuál fue la diferencia entre ese primer gol y el número 26, que le hizo a España hace poco?
No, es que el primero es muy emocionante. El primer gol con tu selección tiene mucho significado: por ser el primero, porque llevaba poco tiempo en la selección… Es especial el primer gol.

¡Pero este contra España fue un récord!
Claro, y tiene eso de especial, que rompe un récord.

A finales de este año, además, cumple 10 años de casado con Lorelei Tarón. ¿Cómo celebran los aniversarios?
Para mí es difícil porque ella tiene tanta imaginación. Hace cosas diferentes que me humillan, prácticamente, me pone en una situación complicada en cada aniversario.

“Nos devolvíamos echando dedo. Claro, porque como uno quería ahorrar dinero o gastarse la plata comprando cualquier cosa, no teníamos para el bus. Tocaba buscar cualquier manera de viajar, ya fuera proponiéndole al conductor del bus un ‘pague dos, viajan tres’ o echar dedo…”.

Falcao en Inglaterra
Falcao en Inglaterra

¿Se acuerda de algún regalo en especial?
Es que siempre hace cosas especiales que yo nunca me imaginaría. Celebraciones únicas, diferentes, llenas de detalles… Y en cuanto a regalos… ¡No! Muchos, ella es muy de darme regalos, pero tanto cosas materiales como sentimentales.

Hablemos de su infancia. Su mamá se llama Carmenza Zárate, pero usted a ella le dice Juana. ¿Por qué?
(Risas) no, es que es de familia, todos le dicen así.

¿Y desde cuándo?
No, siempre. Todos la llaman Juana.

Hay un cuento que dice que cuando usted tenía 12 años y entrenaba en la Liga de Bogotá, se devolvía en una volqueta desde una cancha en el barrio Venecia con Abel Aguilar y Rafael Robayo…
Nos devolvíamos echando dedo. Claro, porque como uno quería ahorrar dinero o gastarse la plata comprando cualquier cosa, no teníamos para el bus. Tocaba buscar cualquier manera de viajar, ya fuera proponiéndole al conductor del bus un “pague dos, viajan tres” o echar dedo…

Ahora volvamos a tiempos más recientes. En las eliminatorias para Brasil 2014, usted y Yepes se convirtieron en unos líderes para la selección. ¿Qué le aportaba cada uno a ese equipo?
Mario era el capitán. ¿Sabe? A veces uno tiene un capitán que no transmite, pero Mario es un capitán que cumple con cada una de las letras de esa palabra. No solo nos representaba como capitán, también nos hacía sentir siempre bien, era el líder. Yo, gracias a la experiencia y a los goles, por lo que estaba haciendo en Europa, pude hacer un aporte que sirvió en algunos momentos para empujar al equipo.

¿Cuál fue el momento en que esa selección hizo el clic y se convirtió en ese gran equipo que todos recordamos?
Yo creo que fue en el partido contra Chile, en Chile. Ese partido fue clave, importantísimo. Habíamos ganado contra Uruguay, pero en casa; luego íbamos a Chile a enfrentarnos con una selección muy fuerte. Cuando ganamos ese partido, nos afirmamos y tomamos confianza para el resto de la eliminatoria.

¿Cuándo se volvieron amigos todos los de ese equipo?
Con muchos veníamos conociéndonos desde procesos de juveniles, entonces teníamos una relación más cercana. Eso fue con la gran mayoría. Otros se fueron agregando en el proceso y se acoplaron rápidamente al grupo: había una buena relación.

¿Tienen un chat de WhatsApp de la selección?
Por momentos, en las concentraciones… A veces tenemos chat.

¿Y quiénes son los más amigos?
Como en todas partes, hay más afinidad con unos que con otros.

Hablemos de técnicos. Cuéntenos qué recuerdo tiene del “Mostaza” Merlo, con quien quedó campeón de Argentina en el River Plate.
Un tipo particular, mítico del fútbol. De esos ya no quedan. Es un técnico de la vieja escuela, lo viví empezando mi carrera y fue una gran experiencia trabajar con “el Mostaza”.

El Simeone del River y el del Atleti.
El del River era muy ofensivo, buscaba los partidos. Realmente era de un fútbol bastante ofensivo. El del Atleti fue otro: hoy quizá lo critican por defender, pero hubo un cambio, sin duda.

Leonardo Jardim, con quien trabaja hoy en el Mónaco.
Leonardo es un tipo muy sagaz, sabe manejar bien los grupos. A mí me dio una confianza y un respaldo importantísimos, así que estoy muy agradecido con él.

Luis van Gaal, en el Manchester.
Un tipo muy estructurado, cuadriculado. Creo que en el fondo era un tipo sensible y que talvez ponía una coraza para que no se viera ese lado cercano al jugador. Pero creo que en el fondo lo era porque mostraba actitudes más humanas que las que vemos por televisión.

Ranieri, en su primer paso por el Mónaco.
Un tipo que sabe vivir bien. Un señor en todo el sentido de la palabra: educado, respetuoso… En el fútbol él sabe manejar códigos, es un tipo muy transparente.

Mourinho, en el Chelsea.
¿Mourinho? Bueno, yo tuve una etapa difícil con Mourinho. Lo tuve seis meses solamente y fue su peor temporada, entonces tuve que ver una cara que quizá no es la de él. Quiero creer que no es la de él.

¿Y Pékerman?
Le gusta el buen fútbol. Tiene ese ojo clínico que ve más allá de lo que otros ven. Además, vio un momento especial en mi carrera y me respaldó. Para mí es muy especial.

“Tigre”, toquemos un tema difícil. En el mejor momento de la selección, a usted le lesionaron el ligamento cruzado de la rodilla izquierda y por cuenta de eso no pudo jugar en Brasil. ¿Dónde se vio el mundial? ¿Dónde estaba en ese momento?
Ufff… Durante el mundial yo estaba en etapa de recuperación. Yo continué la recuperación de mi cirugía durante varios meses. Primero estuve en Estados Unidos y luego me devolví a Mónaco para comenzar los entrenamientos con el equipo. Al principio veía los partidos con mi familia, luego en Mónaco estuve más solo porque tenía que entrenar, entonces por ahí me perdí un poco de todo el ambiente que se vivió en el país.

¿Pero trató de desconectarse o veía los partidos?
¡No! Los vi, los vi. Era muy duro porque después de todo lo que había vivido no poder estar ahí era complicado, pero creo que lo viví como un hincha más.

¿Llamaba a sus compañeros?
Pues tenía relación… Me escribía con algunos, intentaba estar cerca del equipo.

¿A quién le escribía?
Es que no pude compartir ese día a día. Yo estaba lejos. Era más que todo para felicitarlos por las victorias y demás, pero no tenía conocimiento del día a día del equipo.

¿Quiénes son sus grandes amigos, Falcao?
Los del colegio, los de mi iglesia. Ellos son mis grandes amigos.

Cuéntenos cómo fue su relación con los fisioterapeutas y qué fue lo más difícil del proceso de recuperación.
Mi recuperación fue con Joaquín Juan, mi fisioterapeuta personal, en España. Fue una relación que iba mucho más allá del trabajo porque por esos días compartía más tiempo con él que con mi familia.

¿Cómo pasaba el día?
Pasaba el día en la sala de terapias, en la piscina, en el gimnasio… Creamos una relación muy cercana.

¿Todavía se hablan?
Sí, seguimos trabajando juntos.

Esos son tiempos que Dios utiliza para trabajar en el ser humano. Son tiempos en que quizá uno ve desde otra perspectiva lo físico, lo material, lo deportivo. Yo creo que Él vio a un Falcao humano, yo lo sentía trabajando conmigo.

Radamel Falcao
Radamel Falcao

Hace poco su esposa, Lorelei Tarón, lanzó una canción que se llama “No me rendiré”. La canción está dedicada a usted y a esos días duros que tuvo que vivir después de la lesión. Pero frente a eso lo que quiere saber la gente es usted cómo vivió la lesión. ¿Qué sentía en esos días?
Fue duro, fue difícil. Era como un túnel oscuro en el que no se veía la luz, pero había que persistir. Yo creo que todos en la vida tenemos etapas así.

¿Pero qué pasaba cuando volvía a la casa? ¿Llegó a llorar?
Sí, claro. Hay momentos en que uno se quebranta. Hay situaciones difíciles que uno no puede contener y como cualquier ser humano, llegué a llorar.

¿Sintió rabia?
Sí. Yo creo que esas son épocas en que uno siente todos los sentimientos que pueden haber.

Y usted que es tan creyente en Dios, ¿qué le decía a Dios?
Esos son tiempos que Dios utiliza para trabajar en el ser humano. Son tiempos en que quizá uno ve desde otra perspectiva lo físico, lo material, lo deportivo. Yo creo que Él vio a un Falcao humano, yo lo sentía trabajando conmigo.

A Colombia solo le quedan cuatro partidos de eliminatoria de aquí hasta octubre. ¿Vamos a clasificar?
Bueno, dependemos de nosotros, tenemos que ganar. Contra Venezuela y Brasil tenemos que ganar.

¿A quién se ve haciéndole goles?
No sé, no sé…

A Brasil en Barranquilla.
Ojalá.

Ya para terminar le queremos proponer una serie de listas. ¿Cuáles son los cinco mejores partidos que ha jugado?
La final de la Europa League con el Atlético Madrid contra el Athletic de Bilbao, la final de la Supercopa contra el Chelsea, un partido de Colombia contra Paraguay en el que hice los dos goles, un partido del Atlético Madrid contra La Coruña en el que hice cinco y un triplete que hice con River contra el Botafogo.

Cinco grandes equipos que usted haya visto en la historia.
Yo no alcancé a ver mucho del A. C. Milán de Van Basten y Gullit, pero mi papá me hablaba mucho de ese equipo. Ya después seguí mucho al Brasil del mundial de 1994 y al del mundial de 1998, la Francia de 2000 que se ganó la Eurocopa… Y el Barcelona de Guardiola.

Ahora que habla del Brasil de 1998, usted ha dicho que uno de sus ídolos de infancia era Ronaldo, el gordo. ¿Ya lo conoció?
Sí, lo vi. Lo conocí en la gala del Balón de Oro, pero no pude conversar mucho. Pero para mí siempre fue un referente.

“Fue duro, fue difícil. Era como un túnel oscuro en el que no se veía la luz, pero había que persistir. Yo creo que todos en la vida tenemos etapas así”.

Falcao
Falcao

Y otro punto de la lista: tres nueves que admire.
Ronaldo, Van Basten y… no sé. ¿El tercero quién puede ser? En su momento admiré a Batistuta, a Crespo y a Van Niestelroy.

Y la última pregunta: ¿cuál es su cita favorita de la Biblia?
Uy, no sé, tengo varias.

Pero una que sienta cercana últimamente.
A ver… Sofonías 3, creo que es del 18 o del 19 para adelante.

¿Y de qué se trata?
Búsquela. Habla de la restauración de Dios.

En América Latina, la justicia está politizada

 

“Yo juro, juro, que lo que más tengo, la riqueza de mi esposa y de mi familia es mi credibilidad internacional como académico”, dice en una larga entrevista con la que Alejandro Toledo, expresidente de Perú, ha puesto fin a su aislamiento mediático. Así trata de luchar contra lo que considera una “persecución política” de sus rivales.

Requerido por la justicia de su país y pendiente de que las autoridades estadounidenses respondan a una petición de extradición, Toledo asegura una y otra vez que nunca en su vida hizo “algo ilícito” que le permitiera “tener dinero” como para “no preocuparse” por su futuro.

Las sospechas contra el exmandatario, que gobernó Perú entre 2001 y 2006, surgieron en febrero a raíz del testimonio de quien fuera representante de la constructora brasileña Odebrecht en Lima, Jorge Barata, que después de ser detenido reveló una larga serie de sobornos durante varias presidencias por unos $29 millones, 20 de los cuales ha atribuido a Toledo.

Después de varios meses en Stanford, donde reside desde septiembre pasado, Toledo, de 71 años, visitó la semana pasada Nueva York para dar una conferencia en un foro paralelo a otro de Naciones Unidas.

Preguntado sobre por qué habría Barata de atribuirle a él precisamente esa acusación, apunta que este se ha convertido en “colaborador eficaz” y con ello busca eludir una mayor pena de cárcel.
Toledo supuestamente recibió el dinero por la adjudicación de los tramos 2 y 3 de la Interoceánica sur, y si bien reconoce que la “criatura” es de su gobierno, agrega que por obstáculos burocráticos regionales y nacionales apenas alcanzó a inaugurar “un puente simbólico chiquito entre Asís e Inambari”.

La implementación recayó en el siguiente presidente, Alan García, dirigente del partido aprista y durante cuyo gobierno –aduce– el proyecto saltó de un coste inicial de $850 millones a más de $4,000 millones. Por ello, García es ahora epicentro, junto con la líder de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, de sus acusaciones de conspiración.

Recurrente en su demanda de que Barata revele “dónde, cómo y cuándo” le dio el dinero, adelanta en la entrevista su intención de demandarle $200 millones, pleito que de ganar –afirma– repartirá entre proyectos educativos para zonas rurales.

¿Por qué ha guardado silencio tanto tiempo mientras era requerido por la justicia?

Hago una pequeña corrección: yo no soy requerido por la justicia. Yo no tengo ninguna sentencia. Hay un proceso de Ecoteva en el cual he estado colaborando en el Congreso, en la Fiscalía, en el Poder judicial. No ha habido ningún problema, no he tenido ningún impedimento de salida. Estuve en China, en Azerbaiyán, fui a Perú en diciembre para ver a la familia, mi nombramiento aquí comenzaba en septiembre.

Y regresé el 12 o 13 de enero de este año. Un mes después, me entero por los medios de comunicación que un señor fiscal, Hamilton Castro, había decidido pedir 18 meses de prisión preventiva sin notificarme, ni a mí ni a mis abogados; porque dice que un señor Jorge Barata, de Odebrecht, habría dicho que me ha dado a mí $20 millones. ¿Por qué los $20 millones? Porque, teóricamente, fui creador del proyecto de construcción de la Interoceánica para integrar a América Latina y permitir que Brasil pudiera tener acceso al Pacífico y beneficiar a Bolivia.

¡Grave error! Está profundamente equivocado y el señor Barata va a pagar por ello un precio muy caro. ¿Por qué está equivocado? Porque las fechas no dan. Se creó la criatura de la Interoceánica, pero todo el proceso fue tan burocrático a escala de América Latina, de los países… Y sin embargo, la idea creció tan fuerte, al final, el Congreso de la República logró un consenso impresionante y lo declaró de interés nacional.

Entonces, entraron la Corporación Andina de Fomento y el BID para garantizar $150 millones cada uno como garantías –no financiación, garantías– para que los inversionistas pudieran tener mayor estimulación.

Lamentablemente, no tuvimos tiempo de comenzar a construir. La única cosa que hicimos fue la inauguración de un puente simbólico chiquito entre Asís e Inambari que lo inauguramos con Fernando Henrique Cardoso y Lula. Fue algo simbólico.

 

¿De dónde cree que viene la acusación?

No sé qué arreglos hizo este señor Barata con el gobierno que implementó. Porque nosotros lamentablemente –ya me hubiera encantado– no pudimos hacerlo. Como usted sabe, el señor Barata está sentenciado en la cárcel y se ha convertido en un colaborador eficaz.

El costo original del proyecto fue $850 millones, y según tengo entendido por los medios de comunicación, ha terminado costando $4,500 millones, es decir, que se han hecho adendas a cada uno de los proyectos.

Pero hay también una investigación abierta y hay sospechas graves de corrupción en toda América Latina. Ya no es Alejandro Toledo, están Alan García, Ollanta Humala… Hay otros países que temen que se abran esas “listas Odebrecht”, entre ellos Ecuador. Alguna solidez han de tener esas listas como para que la justicia estadounidense le dé y haya abierto causa ¿Qué esconde Odebrecht que América Latina tanto le teme?

Odebrecht no está únicamente en América Latina, está en Catar, en Abu Dabi, está en muchos países de América Latina y en EUA. Hay una modalidad de corrupción a través de las preferencias en las licitaciones y en las adendas: el proyecto cuesta tanto ahora, sin embargo, al implementar nos damos cuenta de que cuesta más.

 

¿Daba Odebrecht sobornos en América Latina? Tenía usted constancia como presidente de esos sobornos?

No tengo duda de que sí. No he visto yo los datos, están saliendo dos servidores, uno de Brasil que las autoridades han encontrado, particularmente en el caso de Odebrecht, y otro en Suiza. Y para eso han contratado a un exfiscal suizo. Entonces encontrarán información.

 

¿Le constan a usted esos sobornos?

De lo que he escuchado y leído, sí. ¡De lo que he escuchado! No soy testigo de nada. Pero usted es periodista y ha leído, y no me cabe duda de que de abajo –no sé hasta en que niveles– tengo la sospecha de que se han producido sobornos. No solo en América Latina.

Lo que no puedo permitirle al señor Barata –porque él ha sido un gerente principal con el señor Marcelo Odebrecht– que para reducir sus años de condena diga que entregó al presidente Toledo $20 millones. ¡No lo permito! Y quiero ser enfático en decirle que: ¡nunca en mi vida!

El Barata lo va a tener que pagar muy caro, porque lo voy a enjuiciar por $200 millones. Si logramos tener éxito, $100 millones irán para la capacitación de los profesores de las zonas rurales del Perú de los países andinos, y otros 100 para becas para que los niños de las zonas rurales pobres terminen el colegio, para que puedan estudiar en la universidad en Perú o en el extranjero.

 

 ¿Por qué cree usted que al señor Barata se le ha ocurrido acusarle de recibir esos $20 millones?

Buena pregunta.

 

Hay otros presidentes del Perú manchados por este caso.

Sí, pero no me meta en la misma bolsa. Yo no soy Fujimori. Yo no soy Alan García. Yo no sé del señor Ollanta Humala. ¡Yo me llamo Alejandro Toledo! Sospecho que su motivación es, número uno, que perdimos la inscripción del partido, nos vamos a reinscribir, pero perdimos la inscripción, y sin congresistas, no tenemos la fuerza política que teníamos cuando estaba el partido.

 

Está mezclando política con justicia.

Lo que le estoy diciendo es que lamentablemente en América Latina, la justicia está politizada. Los nombramientos de los fiscales y de los jueces los hacen los que tienen el poder. Y los que están juzgando ahora son nombrados, premiados y prometidos de ser congresistas en las elecciones siguientes.

La segunda razón, probablemente la más poderosa, es que yo soy un obstáculo muy fuerte; una revancha política, una persecución política que no tiene nombre. ¡A mí no me quieren juzgar, me quieren colgar!

 

 ¿Quién?

Fujimori.

 

¿Padre o hija?

Padre, hija, hijos. Porque tienen un proyecto de 30 años. No me perdonan haber organizado a los partidos políticos, la sociedad civil, los alumnos, las poblaciones indígenas y amazónicas para derrumbar un gobierno autoritario que cambió tres veces la constitución para reelegirse. Primero es Fujimori padre.

Segundo, en 2011, Keiko Fujimori y Ollanta Humala llegaron a segunda vuelta de las elecciones y la gente de Humala vino a pedir el apoyo de nuestro partido y de nuestra infraestructura: la movilización. Yo, para serle franco, no confiaba en Humala porque su hermano –dicen que con su apoyo– trató de dar un golpe de Estado en 2005. Después de cuatro o cinco reuniones decidimos apoyar al candidato demócrata. Hablamos Mario Vargas Llosa y yo y le dijimos: te apoyamos pero con una sola condición, que si tú te sales del marco democrático te sacamos. Obviamente, eso incendió más aún el odio.

 

 ¿Qué relación hay entre ambas cosas?

¡Es que truncamos que fuese presidenta! ¡No únicamente bajamos al papá! Ella era finalista.

El tercer punto, y por eso es que me odia de muerte, es que en las elecciones de 2016 quedaron finalistas Keiko y Pedro Pablo Kuczynski, que había sido mi ministro de Economía y Finanzas, (un hombre) de derechas, banquero, que tenía experiencia de gobierno.

Esas tres son las razones por las que hoy en día soy un perseguido político y me quieren desaparecer del cuadro, para que no impida la elección de Keiko Fujimori, que ahora ya comienza a competir con su hermano Kenji, dependiendo del papá.

 

 ¿Lo que trata de decirme es que Keiko Fujimori tiene un plan para impedir que Alejandro Toledo pueda torpedear su camino hacia la presidencia?

Por tercera vez: ¡sí! Lo entendió bien. Y han colocado jueces y fiscales ad hoc. Y no lo hace sola, lo hace con Alan García.

 

 ¿Cómo, según su teoría, podría manipular Keiko Fujimori todos los poderes del Estado, y encima hacerlo por encima de una persona –Kuczynski– que llegó a ser su primer ministro, y todo para perseguir a un Alejandro Toledo que la mayor parte de su tiempo vive en EUA y que, en definitiva, le ha dejado campo libre? ¿Para qué tendría que entrar en toda esta trama? ¿Cómo podría acumular tanto poder?

Lo tiene arrinconado, porque Keiko Fujimori tiene absoluta mayoría en el Congreso de la República. Acaba de bajarse al ministro de Transporte y Comunicaciones, Vizcarra, que por coincidencia es también el primer vicepresidente de la república. Y la gente de Fujimori ya planteó la renuncia de este señor no solo como ministro sino como primer vicepresidente.

 

¿Quién entonces –a su juicio– gobierna el país?

No me voy a atrever a especular. El que gobierna el país a través del chantaje es el que tiene mayoría en el Congreso, los fujimoristas con los apristas.

Hoy en día, Perú corre el riesgo de que si siguen presionándolo, y el presidente no reacciona, va a quedar muy mal en la historia. La democracia se va a debilitar y todo lo que hicimos –los heridos y los muertos– puede resultar en vano y el fujimorismo puede volver a retomar la dictadura en complicidad.

 

Perú, a pesar de estos riesgos que menciona, sigue siendo una democracia. Hay un presidente electo al que conoce muy bien, que ha trabajado en su gobierno, y el poder judicial es constitucionalmente independiente. Cuesta creer cómo Keiko Fujimori podría manipular a los jueces y a los fiscales, para perseguir a Alejandro Toledo.

¡Nombrándolos!

 

 ¿Cómo sugiere que los nombra ella?

Los promueve y les ofrece puestos clave en el próximo gobierno.

 

 ¿Nombres? ¿Ejemplos?

No voy a entrar en eso porque yo respeto al poder judicial y a la justicia.

 

Usted ha guardado silencio durante cuatro meses. Hay un pueblo en Perú al que no le ha dado respuesta. Usted es un expresidente, está en otro país y no regresa al suyo. ¿Cuáles son las razones por las que no revela los nombres de aquellos que dice que conspiran contra usted?

Te digo: Alan García y Keiko Fujimori.

 

Pero Alan García es también sospechoso de aceptar sobornos.

Yo le puedo decir, por el nombre de la persona que más amo, que está arriba en el cielo y es mi madre, ¡nunca! Que el señor Barata venga a Lima, o a EUA y diga que me ha entregado $20 millones, cómo hizo, en qué cuenta los puso.

Yo tengo los documentos donde el fiscal de la nación ha declarado tres veces que mi esposa y yo no tenemos ningún desbalance patrimonial. Yo no tengo cuentas en Suiza, las únicas cuentas que tengo son las de Stanford y Perú.

 

 Pero se ha hablado de cuentas de terceros, no de cuentas suyas.

¿De cuáles terceros?

 

 De personas a través de las cuales pudo recibir el dinero.

(Toledo muestra notas de periódicos y documentos de procedimientos judiciales que a su juicio constituyen una violación del debido proceso.)

Se está refiriendo al señor Yosef Maiman. Quiero que sepa que el señor Maiman ha ido al Congreso de la República, a la fiscalía de la nación, al juez, y les ha dicho que las inversiones que ha hecho en la compra de una casa y de una oficina han sido realizadas con su dinero. Consta en los documentos oficiales de la Fiscalía, del juez y del Congreso.

Es cierto que en la casa en la que vivimos por 21 años pagábamos hipotecas y no me di cuenta de que me cobraban un 11 % (de interés). Le dije a Maiman que con 2 % de los EUA podría pagarla. Me prestó $300,000 de la casa y $275,000 para pagar la otra casa chica en el Norte. Eso es todo lo que me prestó.

 

 ¿Prestó o donó?

Prestó, me prestó.

Maiman es un multimillonario con altos y bajos. Lideraba el gasoducto de Egipto a Israel. Ha tenido empresas y un canal de televisión. Tiene subidas y bajadas y espero que se recupere de una enfermedad muy grave. Pero yo no conozco los negocios de mis amigos, ni siquiera los de mi suegra.

Barata ha dicho que me entregó $20 millones. Y hoy día estoy atravesando momentos muy difíciles, porque yo tenía ingresos de mis conferencias por el mundo, de ser miembro de directorios de empresas en la China y en Europa. Mi señora y yo somos profesores en la Universidad de Stanford.

 

¿Puede jurar que no aceptó coimas (sobornos)?

¡En mi vida! Quiero tener al señor Barata enfrente para decirle que lo voy a enjuiciar por $20 millones, y que me diga cuándo me ha entregado $20 millones, cómo, en qué circunstancias, en qué banco.

 

¿Puede jurarlo?

Yo juro, juro, ante lo que más tengo –la riqueza de mi esposa y de mi familia– que es mi credibilidad internacional como académico.

 

 No está jurando que no aceptó coimas.

¡Estoy diciéndole! Le estoy diciendo que de ninguna manera. Se lo prometo. Por eso le digo, tráigame al señor Barata y le va a costar caro.

 

Si es así, ¿por qué no regresa a Perú para defender lo que considera justo? ¿Dónde está ese Alejandro Toledo que salía a luchar y movía masas?

Soy un indio gitano que trota por el mundo. Recibí la noticia de que el juez Hamilton Castro decidía una orden de prisión preventiva de 18 meses estando en Stanford y por los periódicos. ¿Usted quiere que yo regrese para ir a la prisión sin ser escuchado ni notificado? ¿Adónde está el debido proceso?

Este país (EUA) puede tener muchas dificultades, pero aquí el debido proceso funciona. Aquí no se compra ni se vende la justicia. Yo soy un luchador. Usted lo que quiere es que yo vaya al Perú sin que tenga citación de nada. Ingresaron en mi casa a las 2:30 de la mañana sin avisarme. ¿Quiere que yo regrese a la cárcel? ¿Para que comience un juicio sobre lo que ha dicho Barata? ¿Quiere que quede yo por 30 años en la cárcel?

Yo me someto a un juicio sobre esas acusaciones en este país. ¡A mí no me quieren juzgar, me quieren colgar! Por eso es la persecución política y es una persecución impresionante.

Si pudiera leer las atrocidades que han hecho los fiscales. El mismo fiscal de Primera Instancia ha tomado la decisión de la Segunda Instancia, ha negado dos hábeas corpus, ha inventado jueces.

Mire lo que han hecho. A un juez Concha que estaba encargado por mucho tiempo del tema de Ecoteva, le dieron licencia por una semana y pusieron a un juez transitorio, y a ese juez transitorio le ordenan que me dé una segunda prisión preventiva. Y después se va, regresa el juez Concha. ¿Cree que eso es justicia?

El García siempre ha tenido un enorme control del poder judicial. Y mire que yo soy respetuoso de la justicia y colaboro con ellos. Una vez cancelé una conferencia en Praga para testificar en el Congreso. Han dicho que me estaba yendo a Israel, a Australia.

¡Oiga! Soy indio gitano que trota por el mundo, pero no soy noruego. No. Yo soy un luchador y eso no me lo va a cambiar nadie.

 

¿Qué garantías necesitaría para regresar a Perú y abandonar su condición de fugitivo?

Es que no soy un fugitivo porque yo no me he fugado de mi país. Yo estaba aquí trabajando. Si yo hubiera cometido un delito y me hubiera escapado. ¡Eso es un fugitivo! Esto del señor Barata ha salido en febrero. Ya estaba trabajando en mi libro en Stanford.

Si me dan garantías de un Estado de Derecho, de un juez natural. Dicho sea de paso, acabo de recibir la información de que si los presidentes cometen algún error, los juzgan lo que ellos llaman un juez natural, que es un juez supremo, no de Primera Instancia que se presta a muchas cosas. Yo no tengo ningún problema. Yo he estado colaborando con la justicia. ¿Por qué cuando estoy afuera ni siquiera me notifican, ni a mí ni a mis abogados? Qué cosa es eso? ¿A qué estamos regresando? ¿Otra vez al fujimorismo? Y ahora el contexto es mucho más complicado, porque la democracia que construimos está en peligro, porque lo están presionando tanto al presidente Kuczynski, que no le dejan gobernar.

 

Le vuelvo a hacer la pregunta: ¿qué garantías necesita para regresar y probar su inocencia?

  1. K. Clarito. Número 1, yo colaboro con la justicia, que me juzgue un juez natural, que no inventen mentiras. ¿Cómo voy a entrar en la cárcel si no soy declarado culpable?

 

 Es una prisión preventiva, existe en todos los códigos penales.

No, señor. La prisión preventiva es aplicable, como dicen Suiza y EUA, cuando existen evidencias probables de que la persona que ha cometido un delito pueda fugarse. Yo no soy un fugitivo. Mis huesos van a terminar en Cabana.

Entonces, le respondo a la pregunta. Si me dicen que tengo libertad para entrar y salir y que, cuando me necesiten, me citan y yo regreso, no tengo ningún problema. Si me necesitan el juez o el fiscal, yo colaboro con la justicia, pero, ¿una acusación sin fundamento? ¡Soy feo, pero no tonto!

 

 ¿Cómo vive estos días?

Nunca pensé que el querer redibujar el rostro social de mi país, me iba a traer aquí.

¿Idealista? Probablemente. Pero yo no soy un político clásico. Vengo del mundo académico. Mi señora y yo somos académicos, ella tiene su libro, de eso vivimos. Si quieren juzgarme, miren esto o entren a Google y miren mi gobierno.

 

 Me refería a escala personal y emocional ¿Cómo se vive bajo la sombra de una posible extradición?

 

Con mucha incertidumbre. Duermes menos, trabajas más. Para serle muy honesto, tenemos una restricción severa en nuestra economía, porque se han tomado la libertad de quebrar la ley y nuestra jubilación de toda la vida la cobrábamos de una AFP, la pusimos en el banco y la han congelado.

 

 ¿De qué viven?

 

Trabajamos en Stanford. De los sueldos. No es mucho dinero, en el Perú necesito pagar el agua, la luz, el servicio. ¿Cómo se vive? Es muy cruel. ¿Sabe por qué es cruel? Porque nunca en mi vida hice algo ilícito que me permitiera tener dinero para no preocuparme.

 

Hace tres meses se habló de que se iba a Israel. Se interpretó como una posible fuga y, sin embargo, al final no estaban en el avión. ¿Era su intención realmente fugarse a Israel?

No. No, no. Tengo gran respeto por la prensa pero: ¡cuidado con las especulaciones! Dijeron: Toledo está llegando en un vuelo de United con su esposa. Fueron al aeropuerto y no me encontraron.

 

 ¿Llegó a tener billete en ese vuelo?

No. ¡Teníamos el contrato de Stanford! ¿Cómo íbamos a hacer eso? Yo llegué a este país a los 18 años, me crié en sus valores y aquí el Estado de Derecho funciona.

 

 Y, sin embargo, se ofendió cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, anunció que le cerraba las puertas.

Sí, me ofendí. Me dolió mucho, porque tengo una admiración profunda por el Estado judío de Israel.

 

 ¿Habló con Netanyahu después de esa decisión?

Yo he hablado varias veces con él. Pero no de eso. Respeto su opinión, él es el primer ministro.

 

¿Por qué cree que le dijo que no?

No lo sé. Él siempre tuvo celos de mi relación con Shimón Peres. Yo lo respeto como primer ministro, respeto a Israel, no voy a emitir ningún juicio de valor sobre él.

 

 Una última pregunta. Se espera en algún momento la desclasificación de las listas Odebrecht. ¿Qué espera que salga de ellas?

Yo espero que se abran tanto el servidor que dicen que han encontrado en Suiza, como el servidor que tiene la justicia brasileña. ¡Que se abran! Va a doler mucho a una región que es la región prometida en el mundo.

Tengo temor no solo de esas listas, sino temor del regreso a la dictadura disfrazada como la que sucede en Venezuela. Tengo temor, más que a una lista de individuos, a que retrocedamos a un dictadura en la que otra vez el autoritarismo y la violación de los derechos humanos, la libertad de expresión, sea restringida, en la que regrese la exclusión social o la discriminación por el color de la piel.