Dejar África para llegar a una Europa asustada

Presión. El 9 de diciembre de 2016, unas 400 personas migrantes provenientes de África asaltaron una valla fronteriza
ubicada entre Marruecos y Ceuta, enclave español en el norte del continente.

Guerras, pobreza, violencia, persecución, muchas son las causas que llevan a decenas de miles de seres humanos a abandonar cada año sus hogares en Oriente Medio y África subsahariana para, cruzando el Mediterráneo, alcanzar una mayor seguridad en Europa.

En África negra, donde la emigración hacia Europa es un fenómeno existente desde hace varias décadas, los analistas en seguridad tienen claro que los emigrantes se han convertido en otro “bien” más para las redes que trafican armas, drogas o cualquier mercancía ilegal.

Europa da por sentado que la emigración de África subsahariana tiene motivaciones económicas.

Lo cierto es que esa idea esconde la difícil vida de muchos colectivos o minorías, ya sean cristianos en tierra musulmana (con varias milicias yihadistas operando, como Boko Haram o Al Shabab), homosexuales, albinos (malditos en casi toda África), seropositivos o madres solteras.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), unos 55,000 migrantes del norte, este y oeste de África son introducidos en Europa cada año por las redes de traficantes, que obtienen unos beneficios de $150 millones.

La anarquía en Libia y la multiplicación de medios de rescate, tanto estatales como de ONG, en el Mediterráneo han disparado ese flujo: desde principios de enero hasta el pasado 4 de junio, se registró la llegada de 71,418 inmigrantes, el 85 % de ellos por Italia.

Llegada. Europa registró la llegada de 71,418 inmigrantes entre principios de enero hasta el pasado 4 de junio, el 85 % de ellos por Italia.

La mayoría eran nigerianos.

Benin City es capital del estado nigeriano de Edo, que durante 30 años ha tenido como principal y casi exclusiva fuente de ingresos las remesas que sus hijos emigrados envían desde el exterior ($21,000 millones en 2015, según el Banco Mundial). Aquí, cada pequeña suma llegada del extranjero puede suponer un salario mensual para una familia, siempre que sea en divisas.

El sueño de la emigración ha suplantado incluso a las aspiraciones a una educación digna que suelen ser comunes en todos los países pobres. Socialmente, emigrar es mejor que estudiar, como reconoce el vicegobernador de Edo, Philip Saibu. Las familias de Edo ya no buscan la mejor universidad, sino al mejor agente para llegar a Europa.

Si la candidata al viaje es una mujer, sabe que con gran probabilidad acabará en el mundo de la prostitución, aunque en Benin City lo disfrazan con otra palabra: “hustling” (trapicheo). Las menos viajan creyendo que van a ser peluqueras o azafatas, las más se imaginan en el mundo de la prostitución de lujo, pero la realidad es que terminan haciendo la calle en Palermo o París, cobrando poco más de $10 por servicio para pagar a la mafia una deuda por los “préstamos” contraídos para el viaje, que puede ascender a los $60,000.

Las chicas de Benin City no conocen mucho mundo, pero tienen muy arraigada la idea de que la vida tiene que ser mejor en cualquier otro lugar. “En Europa la gente es buena, son como Jesús”, dice cándidamente la joven nigeriana Miracle, entrevistada por AFP en un hospicio regentado por una iglesia evangélica.

Miracle fue rescatada de las redes de prostitución en Italia.

El salto. Unas 70 personas migrantes provenientes del África subsahariano celebran que han logrado saltar la valla fronteriza
que separa Melilla, ciudad española, de Marruecos, en una foto de diciembre de 2016.

Encrucijada de todos los éxodos

Agadez, en el centro geográfico de Níger, es una ciudad famosa entre los emigrantes: de ella parten las rutas del éxodo.

La de Libia es la preferida desde la caída de Muamar al Gadafi en 2011, gracias a la ausencia del control de las fronteras, aunque ello suponga un riesgo enorme de bandidaje o terrorismo en el camino.

De Agadez parten en horario nocturno viejos camiones atestados de emigrantes. A partir de esa ciudad, todo es desierto y hasta la frontera libia (tres días de viaje) solo existe otra localidad, Dirkou. Los vehículos solo paran para repostar o para que los ocupantes hagan sus necesidades.

Es en esa ruta donde con cierta frecuencia un camión se avería en mitad de la nada y la mayoría de sus ocupantes mueren de sed antes de poder recibir ningún auxilio. El último caso sucedió el pasado 29 de mayo, cuando un camión que transportaba a 50 ghaneses y nigerinos, con numerosas mujeres y niños, se averió y de él solo se salvaron seis personas que llegaron vivas hasta un pozo tras caminar 48 horas.

Aun sabiendo todo esto, emigrantes del centro y oeste de África siguen llegando a Agadez, donde las mafias les prometen un pronto viaje, cuando las condiciones lo permitan. El tiempo de espera lo pasan en “casas de conexión”, construcciones rudimentarias a las afueras de la ciudad fuera del control policial.

Raramente cuentan con agua y electricidad y constan de poco más que un techo bajo el que se agolpan decenas de colchones donde los emigrantes aguardan semanas o meses.

Sus ahorros pronto se agotan, mientras que las mafias les exigen más y más en concepto de “alquiler” en Agadez, lo que obliga a muchos a buscarse pequeños trabajos ilegales en la ciudad, que para las mujeres son sistemáticamente actividades de prostitución.

Otras veces es aún peor: “Nos hacen llamar a los parientes en casa y les tenemos que decir ‘mandadme dinero, o me matan’”, relató el senegalés Ibrahim Kandé.

Quienes parten del oeste de África tienen el camino fácil por una zona de libre circulación hasta Níger. Una vez allí, las redes ilegales los llevan hacia Libia, por unos $170, a los que habrá que sumar más de $1,000 por el cruce del Mediterráneo, reveló el portavoz de la agencia europea de fronteras (FRONTEX), Fabrice Leggeri.

La ruta oriental, que toman eritreos, somalíes o etíopes, es más cara pues todo el viaje es organizado por bandas criminales nacionales que trabajan de forma coordinada. “La tarifa puede llegar a más de $3,000, desde el Cuerno de África a Italia”, según Leggeri.

Un fenómeno que se repite. Un cayuco, barco de pesca utilizado en Senegal para travesías más largas, usado por los traficantes durante la crisis migratoria de 2006.

Huir de la guerra

Los sirios o iraquíes que huyen de la guerra o de la ocupación del llamado Estado Islámico (EI) confluyen en su mayor parte en la larga frontera oriental de Turquía, donde se han desarrollado redes de traficantes que conocen al dedillo las montañas kurdas y los pasos por los que se puede transitar sin ser avistados por los agentes turcos.

Para la mayoría, la vía más segura es la individual, pues un hombre solo se mueve con más discreción y puede cambiar fácilmente de ruta, y una vez refugiado en Europa puede ampararse en la política europea de reunificación familiar.

“Los jóvenes viajan ligeros y pueden correr si se necesita”, explicó a la agencia alemana DPA el sirio Ali, quien huyó de Alepo con su familia en 2014 y se instaló en la provincia turca de Hatay.

Este año, su primo ha escapado solo pagando $500. Mujeres, ancianos o familias deben abonar entre $700 y $800 (de 625 a 715 euros) cada uno para cruzar a Turquía.

En el caso de los iraquíes, al precio se suma el cruce desde su país a Siria.

Aunque el control de vastas áreas del norte de Siria e Irak por parte del EI ha favorecido en cierto modo el tránsito de personas al desaparecer la frontera, eso no significa que los yihadistas no detengan a los migrantes, que viajan en burro camuflados como pastores o en las cisternas de camiones de combustible.

Todo tiene un precio: los conductores de los camiones piden entre $1,200 y $1,500 por persona para llevarlos hasta Turquía.

Una nueva conciencia del problema

Un millón de personas lograron llegar irregularmente a Europa en 2015, la mitad de ellas sirios que entraron en los Balcanes por el Mediterráneo oriental, según datos de la OIM.

EUROPOL calculó que, en ese año de llegadas récord a territorio de la UE, el contrabando de migrantes movió entre $5,700 y $6,700 millones.

La cifra cayó unos $2,000 millones el año pasado, tras cerrarse por acuerdo con Turquía la ruta balcánica, mayoritariamente utilizada por sirios e iraquíes, además de afganos.

En 2016, la cifra de inmigrantes arribados descendió a unos 360,000 y la mayoría provino, nuevamente, de África negra.

La OIM calcula que en Libia hay entre 700,000 y 1 millón de personas esperando su oportunidad para embarcar hacia Europa, la mayoría de Egipto, Níger, Sudán, Nigeria, Bangladesh, Siria y Mali.

Aunque sean menos los que emprenden el viaje, las muertes registradas en el Mediterráneo no dejan de aumentar: 3,770 en 2015, 5,079 en 2016, 1,650 en lo que va de 2017.

Imposible saber cuántos perecieron antes en el desierto.

El director regional para el centro-oeste de África de la OIM, Richard Danzinger, dijo que se abre paso entre todos los países la conciencia de que “el coste humano no es aceptable, ya hablemos de ahogarse en el Mediterráneo o de morir en el desierto”.

Incluso el migrante que sí llega a su destino lo hace físicamente exhausto, debilitado por el hambre y la malaria y con numerosos problemas sicológicos por la violencia de que ha sido objeto y testigo en el camino.

Solo los propios inmigrantes podrían explicar a sus compatriotas las enormes penalidades que deben sufrir en la travesía y también en el país de acogida, pero los sociólogos han demostrado en numerosos estudios que nunca reconocen las dificultades en las que viven.

Está el oprobio que supone el reconocimiento del fracaso: Balde Aboubakar Sidiki, un guineano de 35 años, tuvo que pedir a su familia que vendiera todas sus tierras por $1,800 para poder emigrar a Europa, pero su viaje terminó en una prisión en Libia, donde era maltratado por sus captores.

Al salir de ella, prefirió quedarse en Agadez por “no poder soportar la vergüenza de haber vendido toda la tierra de la  familia para nada”, según su testimonio.

Para los países africanos, la emigración ha sido implícitamente una válvula de escape nunca confesada ante la presión demográfica y económica, y solo en los últimos años comienzan a cobrar conciencia de los riesgos que suponen los flujos incontrolados de personas desde el punto de vista policial, sanitario y humanitario.

Así, el Gobierno de Nigeria ha anunciado planes para castigar el contrabando de personas, aún por concretar; mientras que las autoridades de Níger endurecieron sus leyes en 2015 con castigos que van hasta los 30 años de cárcel.

La UE ha ofrecido un paquete de $1,900 millones en ayuda económica a varios países del centro de África, pero condicionados a que apliquen políticas de control migratorio.

Aun aplicando solo el prisma policial, existe el problema de los medios: en algunas rutas, los traficantes cuentan con sofisticados sistemas de telecomunicación para sortear los controles fronterizos, como sucede en la frontera de Sudán, donde redes eritreas controlan el tráfico llegado desde el Cuerno de África hacia Egipto o Libia.

“Necesitamos ayuda internacional, tecnología sofisticada de telecomunicación, vehículos, cámaras y hasta drones para monitorear la frontera”, dijo a AFP el general de Policía de Kasala (Sudán), Yahya Suleimán.