En el limbo cultural

Comparar puede ser muy molesto. Sin embargo, exponer un elemento frente a otro para evaluar y contraponer sus características es una práctica común y necesaria. Es gracias a esa acción de identificar opuestos y semejantes que los seres humanos empezamos a construir significados durante las primeras etapas de nuestra vida, por ejemplo. Y aunque mantengamos cierta relación de amor-odio con esta forma de entender el mundo, abordamos la existencia en gran medida a través de las comparaciones.

Así, comparando, es como muchos migrantes nos adaptamos con más fluidez a los entornos que desconocemos. Eso discutía hace unos días con colegas provenientes de varios países hispanohablantes. La tertulia que se desencadenó por un comentario frívolo sobre la calidad de un tomate en un almuerzo de planificación terminó haciéndonos reconocer que, sin importar lo derrumbado que esté el lugar de donde provenimos, siempre anhelamos volver a él. Y que cuando volvemos, ya somos otros. Regresamos híbridos entre dos culturas, y que son las comparaciones las que nos permiten mantenernos conectados con ambas realidades.

No soy el más cualificado para hablar de cómo afecta a nuestra identidad que estemos en un país extranjero por un tiempo prolongado, pero voy a conjeturar –desde mi experiencia– que nos hace situarnos en un limbo. En el sociolecto salvadoreño, se podría decir que los que vivimos afuera nos volvemos “ni chicha, ni limonada”. Y no es porque algunos terminen pegados con la muletilla del “¿oh, sí?” o porque la rutina haga adoptar al spanglish que algunos puristas acusan de mutilar el español. Si estamos en ese borde es porque hemos tenido que incorporar rasgos de esa otra cultura para poder desenvolvernos con solvencia dentro de la sociedad en la que está inserta. Esos rasgos se funden y, lo queramos o no, modifican nuestra forma de actuar y pensar.

No es que sea por enajenación, pero el sentido de pertenencia se congestiona cuando se está lejos de la tierra donde uno enterró el cordón umbilical. Se ama tanto el nido de donde se voló que nunca se puede terminar de llamar hogar al destino extranjero; pero cuando se vuelve a ese nido es difícil salir del rol de visitante, como si alguna parte de uno se hubiera quedado pendiendo en la otra realidad. Es esa dualidad generada por nuestra capacidad de adaptación la que nos deja pegados en el limbo cultural.
Hace unas semanas, cuando regresé a El Salvador al menos por unos días, hice tantas comparaciones como cuando llegué por primera vez a Estados Unidos. Que si aquí la mayoría de la gente es afable, que si las normas de conducir son más estrictas allá, que si aquí las principales preocupaciones están relacionadas con el cumplimiento de los derechos fundamentales, que si allá el sistema judicial parece ser más eficiente… Aunque pueda resultarle molesto, hacerlo sirve para saber qué terreno se está pisando.

En esos 14 días que había anhelado tanto (y que sin duda fueron insuficientes) reconocí que El Salvador puede ser tan bonito como horroroso, pero que a pesar de todo lo que se ha echado a perder de nuestra sociedad, los que nos vamos seguimos necesitando estar conectados con él. No importa cuántos rasgos de otras culturas deba incorporar, ni cómo le cambien la forma de ver la vida, estar en el lugar de donde uno brotó no tiene comparación.

Grupos de exterminio y la hipocresía selectiva

El periodista Bryan Avelar y el antropólogo Juan José Martínez publicaron esta semana en Revista Factum un extenso reportaje sobre escuadrones de la muerte de la Policía Nacional Civil cuyos miembros, uniformados, con armas de equipo y utilizando recursos del Estado, se han embarcado en crímenes que van desde los homicidios agravados hasta la extorsión y la agresión sexual a menores de edad.

La entrega periodística de Factum certifica que los abusos y crímenes cometidos por agentes del Estado no se reducen a casos específicos, como el publicado por La Prensa Gráfica de ejecuciones en Panchimalco, la historia de El Faro sobre una masacre perpetrada por policías en San Blas o el caso de la ejecución de un discapacitado en Zaragoza a manos de agentes que contó el periodista Jorge Beltrán también en Factum.

Este reportaje termina de abrir la puerta para mostrar lo que esas historias ya insinuaban: la cultura del exterminio y la ilegalidad, engendrada a la sombra de la impunidad, es un cáncer que lleva carcomiendo la entraña de la Policía desde que nació. Y muestra algo más: la Fiscalía General de la República ha sido protagonista activa en el encubrimiento de los crímenes ejecutados por los policías. Lo es hoy como lo fue en el pasado.

Cáncer dije. Una enfermedad terminal capaz de socavar la salud de la democracia, de matarla: una fuerza pública sin control, autorizada por la complicidad de las élites políticas a delinquir no es más que el embrión de un Estado fallido, de una tiranía en el sentido más específico de la palabra.

Uno de los pasajes que más me indignó al leer las primeras versiones del reportaje fue el que cuenta las agresiones sexuales cometidas por los agentes Bladimir de Jesús Flores Ávalos y José Roberto Ventura Gámez contra dos adolescentes a las que se encontraron en un cerro de Aguilares y a quienes acusaron de ser cómplices de pandilleros. La reconstrucción de esas escenas habla, sin equívocos, de los protagonistas de esta historia: policías uniformados, agentes del Estado que se entienden autorizados para cometer, sin temor a consecuencia alguna, todo tipo de delitos.

Flores Ávalos y Ventura Gámez agredieron a las niñas porque podían, porque entendían que nadie les haría nada, porque se consideraban parte de una comunidad amparada por un hálito de heroicidad construido en redes social gracias, en muy buena medida, a la tolerancia de los autoridades de la policía: si podían subir fotos de cadáveres en Whatssap y Facebook, si podían utilizar el pick up asignado por la policía para matar, si podían sumarse a la práctica extendida de hacer pasar una ejecución como un “enfrentamiento”, por qué no iban a poder manosear a dos adolescentes o cobrar por una extorsión. ¿Por qué no?

Tras la publicación de la historia hemos recibido, a través de redes, en buena medida de los mismos troles que han alimentado estos grupos de exterminio, amenazas de todo tipo. Entendemos los mensajes como lo que son: las pataletas de grupos criminales que se saben descubiertos; pasa cuando los señalados son políticos, funcionarios o empresarios. Pero en este caso entendemos que quienes amenazan defienden a criminales que portan armas y uniformes proveídos por el Estado. Por ello, desde ya, hacemos responsables a las autoridades de contenerlos.

En varias de esos mensajes los remitentes anónimos dicen estar indignados porque nos acusan de defender delincuentes. No es así, estamos denunciando a delincuentes: hemos señalado a cuatro criminales uniformados por matar, agredir sexualmente y extorsionar. En otras ocasiones hemos hablado hasta el cansancio de los crímenes cometidos por las pandillas MS-13 y Barrio 18, y de la complicidad de los políticos que, desde los partidos ARENA y FMLN, los han acuerpado y les han ofrecido dinero.

¿Hasta dónde llega nuestra indignación? ¿Nuestra tolerancia a la impunidad? ¿Damos impunidad a unos y a otros no? ¿Se nos revuelve el estómago ante el homicidio cometido por un pandillero, pero no ante la agresión sexual o la ejecución perpetrada por un uniformado y la impunidad que lo protege? Repito: La única forma de combatir la ilegalidad es desde la fuerza de la ley. Lo demás es tiranía.

Robert E. Lee y el basurero de la historia

Después de la muerte del general Robert Edward Lee en 1870, Frederick Douglass, el esclavo fugitivo y el afroamericano más prominente de Estados Unidos, escribió: “Apenas podemos ver un periódico que no está lleno de adulaciones nauseabundas sobre Lee, de las que pareciera que el soldado que mata más hombres en batalla, incluso si es por una mala causa, es el mejor cristiano, y que se merece el lugar más alto en el cielo”.

Este comentario de Douglass resume bien la polémica actual que se está dando en Estados Unidos sobre la memoria de Lee, símbolo de nobleza e heroísmo para algunos y de esclavitud para otros; la misma polémica fue la detonante de la violencia en Charlottesville, Virginia, la semana pasada entre un grupo de supremacistas blancos y otros que se manifestaban a favor de la inclusión total de los afroamericanos en la sociedad.

Vale aclarar que lo que está detrás de la polémica de Lee no es solo la preservación o destrucción de un monumento, sino el discurso de la memoria que evoca. En este caso, para muchos ese discurso tiene que ver con la ideología de la supremacía blanca que el Estado proyecta a través de la producción cultural. Lo que está en juego, además, es la posición de Robert E. Lee como símbolo del país; si debe ocupar una posición central hoy en día o si pertenece ya al “basurero de la historia” así como expresó Trotsky de los mencheviques en 1917.

Para algunos el general Robert Lee sigue siendo el ícono central del orgullo sureño y una figura importante de la historia estadounidense. El mismo presidente Trump lamentó “ver la historia y la cultura de nuestro gran país destrozada por la eliminación de nuestras hermosas estatuas y monumentos”.

La estatua de Lee en Charlottesville fue levantada en 1924 como parte de una serie de monumentos que avanzan una memoria revisionista del conflicto bélico entre el Norte y el Sur. Dentro del imaginario colectivo sureño gana popularidad la idea de que la derrota en la Guerra Civil fue una “causa perdida” en que la Confederación luchó con nobleza aun sabiendo que estaba en una posición inferior al ejército de la Unión.

A pesar de su peso histórico hay que distinguir entre lo que las imágenes de Lee significaron en el pasado y lo que representan en la actualidad. Invocando la figura del general hoy en el espacio público trae a la mente un repertorio de recuerdos relacionados con la Confederación en un contexto sociopolítico de fuertes tensiones culturales y raciales en la era de Trump, del movimiento político Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan), y de la lucha por los derechos de los inmigrantes en EUA. Dentro del momento histórico actual la figura de Lee ya no invoca solo la narrativa de la “causa perdida”, sino también trae a la mente un discurso de supremacía blanca.

Muchos a favor de preservar los monumentos de la Confederación señalan que la figura de Lee no se debe censurar porque representa la libertad de expresión de una parte del Sur. Pero la libertad de expresión también incluye la libertad de manifestarse en contra de estos monumentos.

En fin, este es el peligro que corren las imágenes y los monumentos públicos; siempre están sujetos a la opinión popular, a cambios en la memoria colectiva y en el significado de la historia. El espacio que se abrió en un momento al monumento, que le otorgó autoridad y un sentido de consenso público puede volverse hostil e iconoclasta.

La presuposición más aceptada es que la historia solo existe en el pasado, pero la indagación crítica que estamos viendo con respecto a la iconografía de la Confederación revela que estamos viviendo la historia, haciéndola y deshaciéndola vigorosamente –recordándola, negándola–, de una forma dinámica y viva.

Piel sospechosa

Hace unos días, durante una visita relámpago a Nueva York, fui testigo de una escena absurda y cruel. Una colega y compatriota, en plan de turista, quiso hacerse una fotografía en las afueras de la biblioteca pública. Mientras posaba, rozó por accidente el brazo de una delgadísima mujer blanca, alta y rubia que caminaba de prisa. “Excuse me”, ofreció la compatriota, a pesar de que el descuido había sido de ambas. La estadounidense, quien por su vestimenta estilizada y caminar de pasarela de modas parecía salida de alguna comedia de Hollywood, le lanzó una mirada de profundo desprecio. Se alejó unos pasos. Tomo un suéter que llevaba colgando y se limpió el brazo con una mueca de asco.

Fue un momento de caricatura, una burda expresión de racismo, de odio. La mujer quiso dejar claro que los que no tenemos la piel nívea como la suya le repugnamos. Y lo logró. Los presentes quedamos pasmados ante su actitud tan retrógrada y ofensiva.

La discriminación racial es robusta en Estados Unidos. Algunas veces es tan evidente como esa mueca de asco. Y en ocasiones es más sutil, como hace tres meses, cuando un oficial de Migración me retuvo en el aeropuerto de Boston y examinó mi pasaporte hasta que se cansó. Cuando se convenció de que todo estaba en regla, ya habían pasado al menos 3 minutos –que sentí lentísimos e incómodos. Solo después, y tras un “Sorry, Sir. Have a good flight”, me permitió pasar al área de abordaje.

Ese oficial retuvo mi pasaporte porque mi piel acanelada contrastaba con la blancura de la mayoría del resto de pasajeros, cuyos pasaportes apenas miraba y a quienes dejaba pasar sin peros. Lo revisó varias veces con una lámpara UV –de las que se usan para detectar las marcas de agua ocultas en los documentos oficiales–, porque los latinoamericanos siempre somos sospechosos. Miraba mi rostro y la foto de mi documento, porque mi aspecto le daba desconfianza.

Bajo la excusa de esa desconfianza, hay gente que se cruza de acera cuando ve que un latino se acerca y algún oficial de seguridad prefiere rondar los pasillos de la tienda por donde una centroamericana se pasea. Puede haberse extinto la segregación racial tan gráfica que oprimió a los afroamericanos durante casi 100 años tras la abolición de la esclavitud, pero hablar de igualdad en este país sería una falacia. Ante la desigualdad, es la población latinoamericana la que siempre resulta más perjudicada. Y un claro ejemplo es que en la mayoría de trabajos siempre se le exija más a un latino que a los empleados de otras razas.

Seguir creyendo que una raza puede ser superior a otra es retroceder, involucionar. Los seres humanos somos iguales en dignidad, sin importar la cantidad de melanina que se lleve en el cuerpo. Aceptar este hecho no debe ser una opción, aunque en la práctica quede a juicio de aquellos que exacerban las facultades de su etnia.

Generalizar al país entero como discriminador sería una equivocación y desmerecería a los que sí respetan y tratan a todos por igual, como debe ser. Sin embargo, es imperioso tratar y retratar todo acto de exclusión –por pequeño que sea–, hasta que nuestra piel deje de ser sospechosa y nuestras facciones ya no sean vistas como el molde de una delincuencia potencial. Por ahora, aunque haya discursos políticos que se empeñan en afirmar lo contrario, el camino continúa largo y sinuoso.

*Esta columna se publicó en julio de 2016. El mensaje sigue más vigente que nunca.

Sobreseimiento

Por recomendación de mis abogados tenía preparadas unas líneas para, si era necesario, hacer uso de mi derecho al uso de la última palabra durante la audiencia de presentación y aceptación de pruebas, que fue lo que se llevó a cabo el jueves.

Considero que este fallo judicial es una victoria importante para el periodismo salvadoreño que hace suya la convicción de que este oficio cumple una función social muy importante, sobre todo en una sociedad que como la salvadoreña vive carcomida por la corrupción y el abuso de poder: la de denunciar a quienes abusan y a quienes corrompen. Por ello me permito reproducir aquí algunos párrafos de lo que escribí:

“Entiendo, como siempre lo he dicho, que este caso se trata de un ataque al derecho a la información y al libre ejercicio del periodismo, ambos garantizados por nuestras leyes primaria y secundarias. Este no es, como pretender hacer ver los abogados de mi acusador, el caso de la victimización de un particular; es, simplemente, el caso de un empresario acostumbrado a usar su poder económico y sus influencias políticas para hacer que el sistema de justicia juegue a su favor.

“He ejercido el periodismo durante 23 años y a lo largo de esa carrera he confrontado decenas de veces la incomodidad del poder, económico y político, ante los señalamientos hechos desde mi oficio por conductas sospechosas de corrupción, de uso ilegal del recurso público o de connivencia con el crimen común y organizado. Enfrenté esa incomodidad, traducida algunas veces en amenazas y acoso contra mí o mi grupo familiar, cuando investigué, por ejemplo, la complicidad de los más altos mandos de la Policía Nacional Civil con el narcotráfico durante la década 2000; cuando señalé la connivencia de unidades especializadas de la Fiscalía General de la República con contrabandistas del oriente del país a finales de la década de los 90; y, más recientemente, cuando publiqué artículos exponiendo la corrupción existente en la Fiscalía General durante la gestión del ex fiscal general, el licenciado Luis Martínez, quien actualmente se encuentra detenido y enfrenta tres procesos judiciales por delitos relacionados con la corrupción y otras conductas ilícitas.

“Siempre entendí el periodismo como una forma de traer luz a los rincones de la vida nacional que las élites económicas y políticas pretenden dejar en la oscuridad con el fin de salvaguardar sus intereses o, en el peor de los casos, sus actuaciones que riñen con los marcos legales que rigen a nuestra sociedad. Entiendo el periodismo, sí, como un ejercicio de denuncia de los abusos del poder.

“Dice el académico estadounidense Bruce Bagley que el crimen organizado y quienes se alían a él desde el poder son como las cucarachas: buscan siempre esos rincones sucios y oscuros. El periodismo pretende, dije, echar luz sobre ellos.

“Fue con estos principios en mente que, como he emprendido decenas de investigaciones durante mis dos décadas de carrera, emprendí una investigación periodística encaminada a determinar si existían abusos de poder y corrupción en la Fiscalía General dirigida por Martínez. Y fue, en el marco de esa investigación, que surgió el nombre del empresario que hoy me acusa, el señor Enrique Rais.

“Es importante, su señoría, que el tribunal entienda que la investigación periodística empezó teniendo al centro a un funcionario público, porque como dije antes, una de las principales misiones del periodismo es investigar a quienes ejercen el poder y denunciarlos si están actuando ilegalmente o en forma anti ética, sobre todo si son funcionarios públicos bajo cuya administración el soberano ha encomendado el buen uso del recurso público o la potestad de la investigación criminal”.

Cárceles clandestinas

Hace poco tuve la oportunidad de formar parte de un encuentro sobre la política y la memoria en Santiago, Chile. Como parte del encuentro conocimos Villa Grimaldi y Londres 38, dos cárceles clandestinas de la DINA bajo Augusto Pinochet. En el tiempo de la dictadura los dos espacios eran cárceles clandestinas; centros de represión, tortura y exterminio. Ahora estos son espacios tomados para la memoria activa y para la transmisión de la memoria a las nuevas generaciones. Como puntos culturales de la memoria ofrecen talleres, conversatorios, foros, intervenciones culturales, exhibiciones artísticas y forman parte de un diálogo internacional con otros lugares de la memoria como el ESMA en Buenos Aires, Argentina. Durante la visita a Londres 38 y a Villa Grimaldi pensaba en la falta de memoria de las cárceles clandestinas de El Salvador. ¿Por qué no se recuerda públicamente el terror y la tortura de las cárceles secretas del centro de San Salvador? ¿Por qué siguen intactos esos espacios, pero sin rastro del pasado, como si nada hubiera pasado ahí? ¿Será que los que antes fueron detenidos o sometidos a torturas en estos espacios reviven la memoria cruzando las calles del centro o pasando enfrente de estos edificios? ¿Será que la falta de reconocimiento público de la historia sea otra capa del trauma de la guerra?

En su testimonio “Cárceles clandestinas” (1992), Ana Guadalupe Martínez narra su captura, su tortura y las condiciones miserables de las cárceles clandestinas de los cuerpos de seguridad (la Policía Nacional, la Guardia Nacional, la Policía de Hacienda, la Policía de Aduana). La reconstrucción de las cárceles clandestinas es de los pocos documentos testimoniales que recuerdan esos lugares. Martínez describe las cárceles clandestinas en detalle e incluye varios croquis con las direcciones exactas de los edificios en que estuvo detenida.

Otra pista documental que existe de la localidad de las cárceles clandestinas es un estudio llevado a cabo en los años setenta por la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos. La comisión recibió denuncias de maltrato de prisioneros políticos en cárceles secretas en San Salvador y realizó un estudio sobre los centros de detención en la Policía de Hacienda y, especialmente, en la Guardia Nacional. Los funcionarios encontraron, en el tercer piso de la sede de la Guardia Nacional, un cuarto que correspondía al lugar de interrogación que se les había descrito en testimonios recogidos anteriormente. Tomaron nota, además de aparatos eléctricos que podrían haberse utilizado para aplicar choques, como se les había denunciado, y de un espejo que aparentaba ser transparente. La comisión concluye que estos son centros clandestinos de terror y tortura que constituyen un tratamiento inhumano incompatible con los derechos humanos. Con la firma de los Acuerdos de Paz se desmoviliza la Policía Nacional y el cuartel central pasa a albergar las oficinas del nuevo cuerpo policial, la Policía Nacional Civil. Hace poco le escribí a Ana Guadalupe Martínez sobre el espacio donde fue detenida y me comentó: “El edificio está intacto, de lo que no dejaron mucha evidencia es de las cárceles clandestinas”.

Es lamentable que se haya borrado esa parte de la memoria del Centro Histórico del país. Tomando otros lugares de la memoria como Londres 38, Villa Grimaldi, en Santiago de Chile, y el ESMA, en Buenos Aires, Argentina, como modelos, me pregunto si no sería posible la recuperación de una parte de las cárceles clandestinas del centro de San Salvador para servir de huella, documento y evidencia del pasado traumático que vivió la población en ese momento de la historia nacional. Propongo este proyecto no como otro museo histórico ni como un monumento conmemorativo, sino como una intervención para interrumpir la narrativa arquitectónica de “nada pasó aquí”.

Un tema curioso

Cuando un chileno descubre que tu país de origen es El Salvador, hay tres caminos posibles. El primero, que se pregunte dónde queda eso; el segundo, que su mente viaje rápidamente a playa, sol y, por tanto, caribe (aunque El Salvador, en rigor, es trópico); el tercero, más común en aquellos que están más informados, surge la inquietud sobre las pandillas.

Puede que inicialmente naveguen por lo fácil: la playa, el clima. Y entonces, lanzan la pregunta. Algo así como: “¿Y es cierto que en esos países hay una especie de grupos delincuenciales que son terribles?” Dudan un poco. “Maras, parece que les dicen. Sí, Mara Salvatrucha”.

La pregunta siempre está cargada de curiosidad, suele ser formulada con cuidado y con un dejo de duda sobre la real existencia de estos delincuentes, porque de esos no hay en Chile, de esos solo se ven en los periódicos. Es ahí cuando hacen referencia a algún reportaje o a alguna noticia internacional, un titular sobre asesinatos macabros. Y los tatuajes, no pueden faltar los tatuajes: “Parece que están todos tatuados, hasta la cara. ¿Has visto alguno?”

Entonces, uno tiene que mantener la calma y decidir si poner cara de serio y profundizar en el asunto o tomárselo con ligereza y cambiar de tema. Es incómodo. O al menos, para mí lo es. Y después de cuatro años, cada vez que me preguntan sobre “las pandillas”, aún no sé cómo reaccionar, más allá de la confirmación sobre su existencia, los tatuajes y todo eso.

En algunos países, Chile incluido, las maras han alcanzado un estatus mítico, un casi surrealismo. Se escuchan historias, se leen noticias, pero siempre cabe la duda. “¿Será cierto? Los medios inventan cada cosa”, como si se tratara del chupacabras.

Es doloroso que parte del legado de tu país y su imagen en el extranjero estén vinculados casi automáticamente a las pandillas, cuando hay tanta riqueza cultural entre el resto de gente que también vive en El Salvador.

Las pandillas han logrado que otros países dejen de mirar otros temas importantes sobre nuestra realidad: la pobreza, la deficiente educación, el deficiente sistema de salud. Todo eso queda en un segundo plano, cuando también son temas primordiales. Pero lo que genera curiosidad es la violencia, son las maras con sus tatuajes y sus rituales de iniciación, “porque he leído que tienen que violar a mujeres o matar a alguien para poder entrar”.

Sería ridículo, absurdo e irresponsable asumir demencia o negar todos los datos que tu interlocutor te provee sobre estos personajes de película. Entonces uno tiene que entrar al cuidadoso discurso del equilibrio, entre corroborar la realidad, sin restarle importancia, pero al mismo tiempo insertar en la conversación atributos positivos, como la belleza natural, el eterno verano, la gente trabajadora y las pupusas. Las pupusas nunca fallan.

Aunque parece que la sombra de las maras nos persigue mundialmente, estos grupos no nos definen como país ni como salvadoreños. Hay muchísimo más. El Salvador es más y mejor que los grupos delincuenciales cuyos reportajes atraviesan fronteras. Son parte de nuestra realidad, sí, no podemos negarlo y debemos afrontarlo. Pero tampoco podemos permitir que hagan desaparecer lo bueno de llamarnos salvadoreños.

Mientras tanto, tengo que aprender a disimular la incomodidad cada vez que me enfrento a la pregunta de rigor.

Lidiar con el racismo

Este país norteño ya demostró que puede ser una pesadilla para el foráneo. El futuro próximo, tal y como se vio venir desde el cambio de gobierno, se está tornando cada vez más turbulento para la comunidad latinoamericana. Su mensaje y sus obras están siendo levadura para la xenofobia y el odio racial que desde siempre han tenido un lugar preponderante en el podio de valores de muchos estadounidenses.

Esa idea repudiable de que hay razas superiores que otras es expresada cada vez con más libertad. Los latinos estamos recibiendo desprecios y humillaciones públicos, a la luz del día y con más recurrencia. Han sido varias las clases, en este año escolar que está por terminar, que se han tornado en un espacio de desahogo para mis alumnos que han pasado por una de esas situaciones desagradables.

Una vez, Gabriela, una salvadoreña que dobla turnos en un restaurante oriental, llegó pálida al salón de clases. Sus manos temblaban y parecía al borde del llanto. Acababa de presenciar cómo una mujer blanca, acolitada por tres o cuatro personas más, ofendía a un mexicano de edad madura.

El señor de piel morena y estatura baja, quien más adelante aclaró que era médico y que solo se dirigía a su consultorio, había rozado por accidente el brazo de la mujer, al subir al autobús. “Lo trató de violador, de criminal, le decía que volviera a su sucio país, que era un latino asqueroso. Y todos los demás gringos le decían que se bajara del bus”, escupió Gabriela entre tartamudeos.

En otra ocasión, Elmar, un guatemalteco que obtendrá su diploma equivalente al bachillerato en agosto, apareció en el aula lleno de indignación. Había tenido que ir a una ciudad de Virginia a terminar un proyecto con la empresa de aires acondicionados para la que trabaja. Cuando llegó a una tienda a pedir algo de comer, la cajera, rubia hasta de las pestañas, lo miró con menosprecio y le preguntó: “¿Estás seguro de que puedes pagar lo que vas a pedir?” El joven resolvió por contestarle que era una racista, mostrarle el dinero que tenía gracias a sus dos trabajos e irse de la tienda.

Podría llenar al menos ocho páginas de esta revista con los encontronazos que mis alumnos han tenido que pasar con gente racista. En este país primermundista hay un buen porcentaje de la población que se sentiría extasiado si el segregacionismo se restableciera.

Ese retroceso, que les privilegiaría (todavía más) por sobre el resto de colores de piel les daría la tranquilidad y la paz que pierden cuando se ven obligados a interactuar con aquellos a los que consideran inferiores.

Es una verdadera vergüenza que los seres humanos sigamos rigiendo nuestro actuar y pensar por valores racistas y clasistas. Juzgar a alguien por su color de piel, por su origen cultural o religioso, o por la cantidad de dinero que tiene en el bolsillo, solo afirma la miseria que se lleva por dentro.

Los seres humanos somos los únicos animales que no aprendemos de nuestros errores. La historia nos demuestra lo mal que nos ha ido cuando hemos dejado que la discriminación tome el control de nuestras acciones. Aún así, seguimos reproduciéndola con la misma torpeza.

De momento, en la escuela hemos reforzado la educación en derechos. No podemos evitar que nuestros jóvenes sigan exponiéndose a esas situaciones, así que les damos herramientas legales para que no se olviden de que valen tanto como cualquier otra persona, y para que exijan que se les respete su dignidad.

Ramiro

Corrían los últimos meses de 2008. José Luis Merino me mandó un mensaje con mi padre: quería, le dijo, hablar conmigo para aclararme algunas cosas sobre los textos que yo y otros colegas habíamos escrito en LA PRENSA GRÁFICA sobre los correos electrónicos del comandante Raúl Reyes de las FARC, donde Merino aparece nombrado como mediador en la compra de armas para la guerrilla colombiana.

Le dije a mi padre que le diera mi teléfono celular. Ramiro me llamó. Y se identificó así: “Habla Ramiro”, me dijo, y me citó en una casa de la colonia Flor Blanca, cerca del Gimnasio Nacional. Fui a la hora que me dijo al lugar que me indicó. Me bajé, pero ahí solo había dos personas que cuidaban un garaje lleno de cajas viejas. Ramiro, me dijeron, solía llegar a esa casa, pero ese día no lo haría. Marqué al teléfono y nadie me contestó.

Aquella fue la única vez que hablé, en teléfono o en persona, con José Luis Merino, el comandante Ramiro. He escrito mucho sobre él después del episodio de las FARC, y siempre busqué entrevistarlo, a menudo a través de funcionarios del partido. Nunca contestó. Esa es una de las características de este líder efemelenista: es escurridizo; prefiere hablar desde la comodidad que le otorgan los medios partidarios para asegurarse de que no haya preguntas incómodas y que su discurso llega, sin molestias, al coro fiel de sus seguidores.

Para escribir lo del nexo con las FARC viajé a Bogotá a entrevistar a los fiscales colombianos que procesaron los correos de Raúl Reyes y a los agentes estadounidenses y europeos que certificaron que las computadoras del comandante fariano no habían sido manipuladas.

En el marco de aquella investigación, asesores cercanos al entonces presidente Saca me dijeron que Merino había sido pieza importante en la negociación política que siguió al 5 de julio de 2006, cuando Mario Belloso, un francotirador asociado al FMLN, mató a dos agentes de la PNC durante una manifestación.

Aquel año, asociados de Merino fundaron ALBA Petróleos con dinero proveniente de Venezuela. En los meses siguientes, ALBA Petróleos se diversificó y llegó a servir de paraguas a una docena de empresas, varias de ellas afincadas en Panamá. Para 2014, los ingresos del grupo rozaban los $1,000 millones. Dos años después, el conglomerado está al borde de la bancarrota, como lo demuestran la quiebra de la aerolínea VECA y comentarios públicos de algunos de sus operativos.

Este año, al calor del caos en Venezuela, el senador estadounidense Marco Rubio, republicano de Florida, acusó a Merino de lavar dinero del narcotráfico y pidió sanciones en su contra. La reacción del FMLN entonces fue acuerpar a Ramiro y escudarse en que lo de Rubio era una pataleta más del lobby cubano-americano de Florida, asociado con la derecha salvadoreña.

Después vino la carta de los 14 congresistas de la cámara baja, entre ellos demócratas identificados con la izquierda que no han dudado en apoyar en Washington la agenda de los gobiernos efemelenistas, y que, durante la gestión de Funes, incluso ayudaron a abrir las puertas del Capitolio al primer gobierno del FMLN.

Ya no es solo Rubio, son más los que ven con mucha preocupación la lista de sospechas que se suman en torno de Ramiro.

El FMLN, después de esa carta, optó por cerrar filas y asegurar el blindaje a Merino. Todos en el partido corrieron a defenderlo, y han usado los recursos del Estado para hacerlo: cancillería le creó, ad hoc, un puesto de viceministro.

El ruido en torno del comandante es demasiado, y los indicios suficientes como para que la Fiscalía salvadoreña lo investigue en serio. Pero no, por ahora, al menos en El Salvador, Ramiro Vásquez sigue siendo intocable. Y con su caso el FMLN ha dejado claro que la impunidad es también un asunto que se tiñe de rojo.

La (in)seguridad de confiar

Últimamente escucho por todas partes el término “colaborativo”. Es una especie de bonita descripción que está de moda para ponerle como apellido a casi todo. Buscando información al respecto, di con un artículo –no muy nuevo– titulado “El boom del consumo colaborativo”, publicado por Carlos Fresneda en www.elmundo.es

El artículo habla sobre la rápida expansión de opciones colaborativas para gran diversidad de actividades que van desde el turismo, con Airbnb; transporte, con Uber; financiamiento, con Crowndfunding; hasta trabajo, con Coworking, por mencionar algunas.

Este tipo de “economía compartida” o “consumo colaborativo” está asociado al auge de la conectividad a través de los teléfonos inteligentes y a la búsqueda de intercambios comerciales de persona a persona que resulten menos costosos y más eficientes.

La tendencia apunta hacia nuevos modelos económicos que privilegien la colaboración y el intercambio, generando formas novedosas de ganar dinero y, al mismo tiempo, creando nuevos mercados y diferentes maneras de hacer cosas más bien tradicionales: como ir en taxi o alojarse en un hotel.

Sin embargo, y es aquí donde la cosa se pone interesante, el autor del artículo hace énfasis en que, para que este modelo de consumo sea exitoso, hay un factor clave: la confianza.
Estos intercambios colaborativos están basados en un voto de confianza entre usuarios. Por ejemplo, en el caso de Airbnb, el turista “confía” en que el arrendatario cumplirá con la promesa realizada y recibirá los productos y servicios acordados, por el precio definido. Es casi como volver a lo básico: yo te digo la verdad y tú me crees.

No se trata de un intercambio con una gran empresa o con una razón social. Se trata de intercambios entre personas comunes y corrientes que hacen un voto de confianza que le permite al sistema funcionar.

Yendo a terreno nacional y con un ejemplo concreto, Uber ha llegado a El Salvador. Este polémico nuevo estilo de transporte que en otros países existe hace años, en El Salvador se ha tardado mucho en aparecer y no dejó de levantar dudas y miedos con respecto a temas de seguridad.

Y es que, gracias a la inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, es difícil confiar en subirte al carro de un desconocido. Y una vez más, como mensaje recurrente en mis columnas, insisto en cómo la violencia modifica de manera trascendental la forma en que suceden las cosas. En un país no violento, los problemas de Uber tienen que ver con la legalidad del servicio, pero no con temas de confianza/seguridad.

La confianza es un tema transversal a las personas y a las instituciones que, en países con altos índices de violencia como el nuestro, se vuelve un valor difícil de encontrar. Desconfiar se transforma casi en una forma de supervivencia: confiar puede ser peligroso.

Por tanto, esta gravísima crisis de confianza por la que atravesamos, alentada por las circunstancias violentas que nos rodean, limitan enormemente el desarrollo de nuestro país, colocando barreras de entrada casi infranqueables para la innovación, como el caso de esta nueva tendencia en consumo colaborativo.

Entonces, como conclusión, es inmensamente relevante trabajar en temas de seguridad y disminución de los índices de delincuencia para recién ahí empezar un importante camino hacia la reconstrucción de la confianza que nos permita, como fin último, vivir en libertad.