La (in)seguridad de confiar

Últimamente escucho por todas partes el término “colaborativo”. Es una especie de bonita descripción que está de moda para ponerle como apellido a casi todo. Buscando información al respecto, di con un artículo –no muy nuevo– titulado “El boom del consumo colaborativo”, publicado por Carlos Fresneda en www.elmundo.es

El artículo habla sobre la rápida expansión de opciones colaborativas para gran diversidad de actividades que van desde el turismo, con Airbnb; transporte, con Uber; financiamiento, con Crowndfunding; hasta trabajo, con Coworking, por mencionar algunas.

Este tipo de “economía compartida” o “consumo colaborativo” está asociado al auge de la conectividad a través de los teléfonos inteligentes y a la búsqueda de intercambios comerciales de persona a persona que resulten menos costosos y más eficientes.

La tendencia apunta hacia nuevos modelos económicos que privilegien la colaboración y el intercambio, generando formas novedosas de ganar dinero y, al mismo tiempo, creando nuevos mercados y diferentes maneras de hacer cosas más bien tradicionales: como ir en taxi o alojarse en un hotel.

Sin embargo, y es aquí donde la cosa se pone interesante, el autor del artículo hace énfasis en que, para que este modelo de consumo sea exitoso, hay un factor clave: la confianza.
Estos intercambios colaborativos están basados en un voto de confianza entre usuarios. Por ejemplo, en el caso de Airbnb, el turista “confía” en que el arrendatario cumplirá con la promesa realizada y recibirá los productos y servicios acordados, por el precio definido. Es casi como volver a lo básico: yo te digo la verdad y tú me crees.

No se trata de un intercambio con una gran empresa o con una razón social. Se trata de intercambios entre personas comunes y corrientes que hacen un voto de confianza que le permite al sistema funcionar.

Yendo a terreno nacional y con un ejemplo concreto, Uber ha llegado a El Salvador. Este polémico nuevo estilo de transporte que en otros países existe hace años, en El Salvador se ha tardado mucho en aparecer y no dejó de levantar dudas y miedos con respecto a temas de seguridad.

Y es que, gracias a la inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, es difícil confiar en subirte al carro de un desconocido. Y una vez más, como mensaje recurrente en mis columnas, insisto en cómo la violencia modifica de manera trascendental la forma en que suceden las cosas. En un país no violento, los problemas de Uber tienen que ver con la legalidad del servicio, pero no con temas de confianza/seguridad.

La confianza es un tema transversal a las personas y a las instituciones que, en países con altos índices de violencia como el nuestro, se vuelve un valor difícil de encontrar. Desconfiar se transforma casi en una forma de supervivencia: confiar puede ser peligroso.

Por tanto, esta gravísima crisis de confianza por la que atravesamos, alentada por las circunstancias violentas que nos rodean, limitan enormemente el desarrollo de nuestro país, colocando barreras de entrada casi infranqueables para la innovación, como el caso de esta nueva tendencia en consumo colaborativo.

Entonces, como conclusión, es inmensamente relevante trabajar en temas de seguridad y disminución de los índices de delincuencia para recién ahí empezar un importante camino hacia la reconstrucción de la confianza que nos permita, como fin último, vivir en libertad.

Volver a las sombras

Vivir como indocumentado en Estados Unidos implica, por lo que he visto y escuchado en las calles de este país, caminar con la vista escorada, con el alma pendiente de una patrulla con la sirena encendida o de un uniforme azul. Significa vivir con un miedo permanente, ya no a la muerte que ronda en el barrio, sino de ser obligado a regresar a ese barrio en la tierra de origen.

Llegué a Maryland en 2009 y aquí he vivido desde entonces, en Silver Spring, una de las ciudades del estado que hacen vecindad con la capital de la Unión. Esta ciudad ha sido hogar de decenas de miles de salvadoreños y centroamericanos desde hace al menos dos décadas, cuando las migraciones cíclicas empezaron a poblarla de latinos. Hasta hace muy poco, vivir aquí, como latino, aun como indocumentado, no se asociaba al miedo a ser deportado. Hasta hace muy poco.

El condado de Montgomery, donde está Silver Spring, no tiene estatus de “área santuario” para indocumentados, pero en la práctica este es un lugar sumamente amigable con el extranjero; aquí, hasta hace muy poco, la situación migratoria no iba aparejada necesariamente con la discriminación.

Aquí, en Silver Spring, la diversidad manda. Esta es, de acuerdo con un estudio elaborado por la casa de asesoría financiera WalletHub, la quinta ciudad más diversa de Estados Unidos. Aquí conviven en los mismos espacios públicos –escuelas, bibliotecas, oficinas– y privados razas, idiomas, religiones, cosmovisiones. Es una ciudad café, mestiza, donde el inglés, con marcados acentos hindis, etíopes o salvadoreños, sirve de vehículo común de intercambio.

Una de las principales razones que siguen atándonos a mi familia y a mí a este lugar es esa, la diversidad: saber que mis hijas crecen rodeadas de riqueza cultural y no enclaustradas en una burbuja. Estados Unidos tiene muchas cosas feas, pero también, en sus condados más diversos, ofrece inmensas ventanas a cosas buenas que el mundo tiene que ofrecer.
Todo eso, hoy, está en peligro.

Los vientos políticos que la administración republicana de Donald J. Trump ha traído a Washington, que se nutren en gran medida de los miedos más oscuros de la “América blanca” que nunca vivió el sueño americano, han hecho que la diversidad alimentada por las comunidades migrantes vuelva a cubrirse de sombras.

Una de las formas en que la administración de Donald Trump quiere revertir la diversidad es a golpe de un chantaje financiero monumental. La Casa Blanca ha amenazado a los gobiernos locales de estados y ciudades con retirarles los fondos que el gobierno federal les otorga anualmente si los departamentos de policía de estos condados no ayudan a la Migración federal a deportar indocumentados.

El tema, además, ha cobrado especial relevancia desde que Trump y su fiscal general, Jeff Sessions, aplicaron la fórmula del odio retórico para criminalizar a las comunidades latinas al equipararlas con las actividades delictivas de la pandilla MS-13. Es la vieja fórmula que esta derecha estadounidense ya había usado antes al equiparar el terrorismo islámico con la comunidad musulmana: criminalizar al extranjero, culparlo de todos los males y montar sobre él la parla populista. Como Hitler.

A seis meses de presidencia, la retórica ya está animando a los funcionarios que no comulgan con la diversidad a promover políticas públicas con tintes xenofóbicos, mientras que amenaza con cohibir a funcionarios que han entendido la diversidad como la forma de vida que rige su función pública.

Y mientras todo esto pasa, los indocumentados siguen viendo sobre el hombro, caminando de nuevo por las sombras.