Que soplen nuevos vientos

Constantemente he comentado en este valioso espacio de opinión, que no me siento representada por ninguno de los partidos políticos salvadoreños. ¿Por qué? Pues porque me da la sensación de que las dos principales fuerzas partidarias del país, en lugar de ser serios, se pelean por comprobar cuál es más retrógrado o menos consecuente, y la vida se nos va en leer sobre escándalos ridículos, cadenas nacionales, inasistencias a las plenarias o decisiones cuestionables.

Probablemente llego tarde a esta conversación, pero está bien, porque creo que es un tema que no debe perder vigencia y en torno al cual vale la pena continuar hablando: que las vacaciones no nos aparten de lo importante.

Me refiero al reciente episodio en el que una muy preparada joven precandidata a diputada suplente por el partido tricolor fue excluida del listado. Esta expulsión no se debió a una falta de idoneidad para el cargo –porque Aída Betancourt cuenta con un currículum envidiable–, esta negativa se debió a que Aída, que ha cultivado una opinión crítica, ha manifestado desacuerdos con el partido ARENA.

Es decir, un partido que durante años se ha enfrentado a una dura crisis de liderazgos, que pide a gritos una renovación, o al menos, atisbos de nuevos aires y personajes que resulten esperanzadores, decide descartar a una precandidata que además de encarnar esta posibilidad, cuenta con la preparación, las agallas y la disposición para entrar en el mundo político.

¿Es acaso un autoboicot? ¿Es acaso que ARENA tiene la necesidad de demostrar que no hay ninguna expectativa por renovarse, por cambiar la forma de hacer política, por ser mejores?

Si ARENA no demuestra algún ánimo por la autocrítica, por evaluar cómo están haciendo las cosas y cuáles son sus posibilidades de mejorar, únicamente seguirán construyendo el camino hacia la decadencia.

Y este camino no ha sido construido únicamente por el partido opositor. El FMLN también se esfuerza por demostrar una y otra vez esta suerte de surrealismo mágico, en el que todo está bien y El Salvador es incluso un poco mejor que la isla de la fantasía.

El país se encuentra dividido entre dos fuerzas políticas que no ofrecen ninguna propuesta convincente y, mientras tanto, los ciudadanos parece que nos hemos acomodado a la mediocridad de lo que hay: dos partidos retrógrados y adormecidos por la falta de propuestas convincentes con liderazgos creíbles.

¿O no?

Fue interesante ver, durante ese par de días que duró el escándalo, cómo fueron surgiendo diversidad de opiniones lamentando el incidente. Eso significa que hay una suerte de compromiso, o al menos de preocupación, desde algunos sectores que vieron cómo se excluía sin miramientos un perfil idóneo para incorporarse a la Asamblea Legislativa; y al mismo tiempo, que hay voces dispuestas a cuestionar a las cúpulas de los partidos históricos de nuestro país.

No se trata de causar más divisiones o de continuar polarizando la situación, se trata de tener claro que existe una necesidad evidente de renovación y de propuestas políticas dirigidas a un segmento de la población que no está conforme con los partidos actuales.

Por otra parte, esta columna es una invitación a ARENA para que no vea a la crítica como un enemigo, sino como una oportunidad. Dejen de hacer oídos sordos a la imperante necesidad de renovación en sus filas.