Álbum de Libélulas (Galindo)

1353. EL MISMO MENSAJE

Cuando traspasó la puerta de la nave aérea para entrar en las instalaciones del aeropuerto, una sensación radiante le aleteó por dentro: “Estoy aquí y ya no dejaré nunca de estar aquí”. Nadie lo esperaba, por supuesto, ya que ahí nadie podía esperarlo, porque él venía de un lugar ubicado en el otro lado del mundo, y ni él ni sus antepasados habían salido de ahí. Pero inesperadamente en la sala de espera un grupo de desconocidos estaba aguardándolo. Cuando lo vieron se le acercaron con expresiones de gran emoción. Él cerró los ojos y aquella bienvenida insospechada se le iluminó por dentro: “¡Gracias, destino, por hacerme sentir así que Dios está en todas partes, y que yo, como su Hijo, debo hacer lo mismo!”

1354. COMUNIDAD ASTRAL

Los árboles rojos y amarillos proliferaban por la ruta, y la activación coreográfica del ambiente era irresistible. Eran las 9 de la mañana en punto, y todo estaba listo para que comenzara el desfile de animaciones multicolores. En las aceras, la multitud parecía instalada en un anfiteatro extendido. La cámara televisiva recorría el mosaico vivo, y de pronto se detuvo ante aquel personaje anónimo que en apariencia no tenía nada de especial. El presentador le acercó el micrófono: “¿Y usted de qué suburbio viene a ver la ‘parade’ de Thanksgiving Day en el corazón de New York?” “Si adivina le regalo un pase para que pueda acercarse a todas las estrellas que quiera…” “Pero usted no es una estrella, joven. ¿O es una estrella disfrazada?” Risita pícara. “Soy un extraterrestre y las conozco a todas, las del cielo digo…”

1355. EL CONCIERTO DEL SIGLO

Caminaba por Central Park como lo hacía allá en tiempos remotos por los caminos polvorientos en los alrededores del río Las Cañas. En aquellos tiempos iba siempre acompañado por una melodía con sabor a bolero que se le había prendido en las telas finas del sentimiento incipiente; hoy la melodía era una plegaria encendida en el interior de la capilla de la primera madurez. Al llegar al lugar del parque en que se recordaba al creador de “My Sweet Lord” tuvo el impulso de arrodillarse para motivar la conexión íntima. No lo hizo físicamente, pero sí en la capilla del sentimiento no expresado. Ahí se quedó hasta que George Harrison apareció entre los árboles y fue a ponerse a su lado con la canción a flor de alma. Fue el concierto supremo, con él como único espectador.1356.

1356.FUTURO PARA DESMEMORIADOS

Llegó del Norte a ver a su familia después de tanto tiempo y a conocer a los nuevos miembros de esta. En el aeropuerto le esperaban muchos parientes, pero para su sorpresa todos le eran desconocidos. ¿Qué había pasado con su gente, la de entonces, con la que se comunicó durante tanto tiempo? No preguntó nada en el trayecto hacia la casa, porque ninguno de los presentes daba muestras de querer explicarle nada en particular. Lo trataban como a un viejo conocido, y nada más. Llegaron. ¿Qué era aquello? La casa tampoco era la recordada ni estaba ubicada en la zona de entonces. Le dio miedo indagar. Miedo tiritante. Y aquella noche, solo en su cuarto, se preguntó entre la oscuridad: “¿Quién soy?” No había respuesta, porque era como volver a nacer…

1357. ACCIÓN DE GRACIAS

Afortunadamente no tenía que desplazarse demasiado para cumplir con su propósito, porque en esa víspera había amenaza de colapso en todas las vías de acceso, aéreas o terrestres. A él le bastaba con tomar su auto y dirigirse a la población inmediata entre boscajes otoñales. Así lo hizo. Llegó al lugar, que aquel día semejaba un oasis casi primaveral. ¿Qué había pasado para que aquel efecto inverosímil se diera? Ni siquiera se lo preguntó: se introdujo casi corriendo en el espacio donde el aire y la vegetación parecían haber hecho un pacto de complicidades fragantes. Y ahí, en el atrio de polvo, se arrodilló como lo hiciera en la catedral mayor: “Naturaleza, el nuestro sí es amor correspondido…”

1358. ALAS ABIERTAS

Le llamaban “el imaginativo” porque siempre andaba imaginando cosas que para casi toda la gente que le conocía eran puras rarezas. Pero cuando se trató de formalizar relación lo hizo con la muchacha más previsible y de la manera más tradicional. Los que más lo conocían pensaron que sus excentricidades habían sido pura distracción de adolescente. Él sonreía para sus adentros, haciendo cábalas sobre lo que vendría después. Y así un día de tantos le dijo a su recién estrenada esposa: “Nos vamos a volar mundo con nuestras propias alas”. Y cuando la gente del vecindario vio aquella pareja alejándose en el aire con las alas abiertas muchos pensaron: “Esto le hubiera lucido al imaginativo. Lástima que vive con su pareja como ermitaño… “

1359. LA TIERRA HABLA

Se llamaba Sally y tenía la personalidad de los seres libres que corretean sin fin por las colinas próximas. Al conocer a Pepino el clic fue inmediato. Como era de esperar, muy pronto la línea del abdomen comenzó a expandirse promisoriamente. Ley del oficio amoroso. Pasó el tiempo previsto y el día del suceso no había signos de ninguna novedad. Entonces Sally dejó de aparecer por los alrededores. Pepino andaba tranquilo por ahí, como si supiera lo que pasaba. Un par de días después los que buscaban a Sally la encontraron con sus cinco cachorros recién nacidos en una cueva entre las raíces del joven conacaste que se hallaba al borde de la pendiente que daba a la calle. Aquel refugio protector era el albergue que ofrecía el terreno a sus habitantes favoritos.

1360. OTRO VIERNES NEGRO

La avalancha de ofertas comerciales lo tomó con el ánimo dispuesto. Ese día todo se podía comprar a precios increíbles. Salió para incorporarse a la multitud ondulante. Y llegó a su lugar elegido sin mayores obstáculos. No tuvo necesidad de revisar escaparates. Sabía a lo que iba. “Este”, le dijo al dependiente. “Y por favor no vaya a envolvérmelo. Los sueños no admiten envolturas…”

1361. CAMINO DE SANTIAGO

Estaba por llegar a destino, después de la caminata que parecía haber durado toda la vida. Y cuando se detuvo respiró por última vez. Ya todo el aire lo tenía dentro.

JUGUEMOS AL TIEMPO PERDIDO

JUGUEMOS AL TIEMPO PERDIDO

Cuando salió de prisión luego de estar encerrado durante más de diez años por delitos diversos se encontró de pronto con una libertad que lejos de cautivarlo le ponía los pelos de punta. Su mujer lo había dejado para irse como inmigrante ilegal con los hijos hacia el Norte, y la pequeña casa donde siempre vivieron estaba hoy en poder del abogado que tuvo su caso por todo el tiempo, para responder por honorarios profesionales. Tuvo entonces que refugiarse, sin pedir permiso y como una especie de invasor de los que hoy se estilan, en el cuchitril donde se alojaba su único pariente vivo: Noé, el que reparaba zapatos y hoy también ejercía labores de brujo; y esto último le daba mucho más ingreso porque en tiempos de penuria y de inseguridad casi todo el mundo quiere ir a hacerles preguntas a los espíritus escondidos.

Noé lo recibió como si él fuera mensajero de algún poder que se hacía sentir sin darse a conocer. Él pronto percibió que Noé, su primo segundo, estaba tratándolo como si fuera su hermano, y como nunca tuvo hermanos tal sensación se le hacía especialmente inefable. Así se lo dijo un domingo con sabor a canela disuelta en café:

–Lástima que no te conocía antes, Noé, porque quizás me hubieras enseñado el buen camino.

–¿Yo? ¿Cómo cres, hombre? Yo ando casi siempre en malas compañías…

–Nunca te he visto con nadie sospechoso.

–Es que la gente con la que ando no se mira. Son puras sombras… A la gente le gustan las sombras, y paga por tenerlas a su alrededor. Yo sólo soy un arriero de sombras…

–Bueno, pues allá vos. Yo lo que te digo es que vengo de conocer las verdaderas sombras, y eso es lo que quiero olvidar. En serio, hermano.

Cuando pronunció la palabra hermano, Noé se cubrió el rostro con los dedos crispados.

–¡Se me hizo, se me hizo! –exclamó, con voz enternecida.

Y en ese instante se le acercó para abrazarlo, como si acabara de encontrar lo que andaba buscando desde siempre.

Él se sintió tocado por una fuerza superior:

–¡Gracias, mano!

EL MORRAL DE JIBOA

Las orquídeas se multiplicaban en las ramas de los morros sin que nadie hiciera nada para que eso ocurriera. Al menos nadie que tuviera identidad humana reconocible. Desde su más remota infancia venía transitando, en caminos de tierra o en rutas de nostalgia, por aquellas extensiones de tierra generosa, y el hecho del florecimiento multiplicado en los ramajes no tenía para él ninguna connotación extraordinaria. Era lo normal en aquel ambiente durante la temporada veraniega, como si las orquídeas silvestres tuvieran nexos familiares con la fresca y soleada libertad del aire que correteaba por los alrededores.

Ahora regresaba a la casa patronal en el centro de la prominencia rocosa que estaba junto al límite con la propiedad vecina, muy cerca ambas del caudal del río Lempa y al pie del cerro casi despoblado de vegetación que estaba en el costado. Cruzó la puerta de golpe y de inmediato estuvo junto a la bodega donde se guardaban todos los aperos de trabajo, incluyendo desde luego las monturas, las riendas, las espuelas, los lazos…

Pensó entonces en Lucero, el caballo que estaba ahí, en el corral, siempre dispuesto a salir trotando por los potreros y los morrales, hasta llegar al cantón vecino, Los Arracados, donde vivía aquella cipota de ojos azules cuya imagen nunca desapareció de su mente, aun en los tiempos más absorbentes de sus distintas ausencias.

Sintió de pronto que todo aquello había sido una odisea de todos los colores imaginables, pero sin perder en ningún momento el destello vagabundo de aquellos ojos, que ahora vivían en muchas de sus historias escritas, como si hubieran encontrado su destino natural. Entró en la bodega, y todo estaba exactamente igual. Eso le produjo una ansiedad inesperada. ¿Significaba que Lucero se hallaba ahí nomás, en el corral de siempre?

No se animó a ir a comprobarlo, y en cambio se dirigió hacia la casa patronal, que estaba rodeada por una especie de cinturón tendido de piedras rústicas y tenía enfrente un amate que parecía haber nacido del tamaño actual. Se detuvo ante la puerta central que tenía sobre el borde superior el sencillo grabado a color y enmarcado en madera limpia de un santo de cuyo nombre nunca pudo acordarse. Pero esa imagen ya había encontrado identidad entre sus devociones presentes: era San Francisco de Asís rodeado de su familia de seres de los montes.

¿Entraría o no entraría? El dilema no duró nada: empujó la puerta, que en verdad estaba ligeramente entreabierta, y pasó al interior. Como venía ocurriéndole desde que inició su travesía después de cruzar el río Lempa, todo se hallaba en su sitio. Y al estar en aquel espacio que era el de la intimidad posible se hizo mentalmente la pregunta obligada:

“¿Qué significa el tiempo, si la voluntad de cruzarlo en la dirección preferida puede tomar cuerpo en el momento menos pensado?”

Y entonces tuvo el impulso irrefrenable de volver a la vegetación más cercana, que se extendía al sólo descender el promontorio de laja donde estaba ubicada toda la edificación principal. Iba de camino cuando una presencia le hizo detenerse con sobresalto: sí, ahí estaba Lucero, ensillado para hacer el paseo de siempre. Y cuando se le acercó se dio cuenta de que el caballo era sólo una brillante nubecilla de polvo. El de entonces se había quedado vagando entre los morros vecinos, con la alegría de los espíritus libres.

Se apuró a bajar para acercarse a las orquídeas florecientes entre los brazos de los morros. Y como el morral venía de un invierno copioso, todas sus energías creadoras se hallaban en acción. Él se introdujo entre los follajes como si lo hiciera entre las estructuras simbólicas de un templo que no tenía ningún temor a encontrarse a merced de los elementos terrestres y astrales. De repente, sin embargo, lo que era una floración perfectamente natural y previsible se le convirtió en un misterio anhelante. Las orquídeas no sólo estaban en los ramajes de afuera sino también en los ramajes de adentro. Y como a ellas, les ocurría lo mismo a la tierra y al aire. Mientras se alejaba hacia el río para cruzarlo y volver al diario vivir, se fue dando cuenta de que estaba entendiendo por fin el significado del tiempo, su guía inseparable…

MISIÓN DE LA CENIZA

Su vida en familia fue siempre entrañable y distante a la vez. Estaba y no estaba entre los suyos, como en un juego de imágenes que se encendían y se desvanecían al mismo tiempo.

Un día de tantos, llegó la hora de sacudir todos los lazos. No tenía que decirle nada a nadie, porque a nadie podía importarle. Bueno, salvo a ella, a la Toña, que había guardado en su tumbilla sus primeros manuscritos inocentes.

–Toñita, ya no vas a verme.

–¿Por qué, niño?

–Porque me voy.

–¿Y para´onde?

–A gozar del aire.

–Ummm… eso está feyo. ¿No será que se quiere horcar de una viga?

–Ah, Toñita, cómo vas a crer. Si a mí me gusta la vida. Y si está ensalivada, mejor, jajá.

–Ah, ya caigo: se va a dormir en una sola cama con alguna cipota sin estrenar.

–¡Toñita!… ¿Qué comés que adivinás?

La verdad era que no había nada de aquello por ahora. Aunque si se daba algo así pues tampoco iba a hacerme el desentendido. En verdad lo que quería era “gozar del aire” de una manera muy personal, que quizás nadie entendería del todo. Bueno, tal vez la Toña.

–Mirá, Toñita, a ver si me enseñás uno de los papeles míos que tenés guardados en tu tumbilla…

La Toña volvió a ver hacia otra parte, como si no le estuvieran hablando a ella. Sentí de pronto una apretura en el pecho. Ella se explicó en un hilo de voz:

–Comenzó un incendio y se quemó la tumbilla.

Tuvo entonces una reacción inesperada: por dentro se le desató un incendio y en unos segundos todo el pasado familiar se hizo ceniza. Ahora sí ya podía gozar del aire a plenitud. Los nudos estaban deshechos para siempre. A su alrededor los rostros de los padres y de los hermanos sonreían.

–¡Gracias, Toñita, me diste en el clavo!

–Ah, muchachito inocente, ¿no te habías dado cuenta?

–¿De qué?

–De que Dios tarda pero nunca olvida.

CIUDADANIA FANTASMAL (11)

MISIÓN DESVELO

Faltaban varias horas para que el vuelo llegara a destino y las luces de la cabina estaban apagadas para que los pasajeros pudieran dormir tranquilamente después de la cena. En la sección de primera todo estaba en silencio, con los tripulantes de cabina en su espacio propio. Por eso nadie pudo prestarle atención a la lucecita voladora que circulaba entre los asientos. Bueno, nadie salvo aquel adolescente que viajaba solo a la par de un asiento vacío.

De pronto la nave tembló, como si fuera presa de un escalofrío premonitorio. Entonces el adolescente insomne se incorporó con impulso que no tenía nada de angustioso. En un instante pareció desvanecerse en la densa penumbra. Si alguien hubiera estado atento al exterior, habría visto una sombra que flotaba aleteando a la expectativa. Cuando el avión se precipitó hacia las aguas, el adolescente solitario se alejó a dar cuenta de su misión cumplida.

EL PRÓXIMO JARDÍN

Fueron a hospedarse en el único hostal disponible en todos los alrededores. Era más bien una posada de las de antaño, con música de victrola, salón de estar con mecedoras y cocina de leña. La persona que estaba en el mostrador de entrada los miró como si hubiera estado esperándolos: “Bienvenidos, aquí pueden quedarse el tiempo que quieran. Ya alguien pagó su estadía”. Ellos se miraron sin sorpresa.

Durante los días siguientes ambos anduvieron por el entorno, como si quisieran reconocer el terreno desconocido. En realidad lo que buscaban eran indicios sobre lo que podría ser su próximo destino. Mientras caminaban por ahí, alguien se les acercó sin que se percataran:

—Hola, soy su guía aunque no me conozcan. Ya sé que ustedes acaban de ser desalojados de su lugar de origen y que andan buscando un nuevo destino. No se preocupen, yo tengo el jardín que buscan. Aquí tengo el brochure, miren: Paraíso II.

ALGUIEN OBSERVA

Salió de la prisión donde había estado recluido por un delito de estafa imaginativa. Su buena conducta le posibilitó volver a la calle antes de cumplir el tiempo de la condena. La primera impresión al salir fue la del aire libre, que era respirable de otra manera. Pero de inmediato llegó la pregunta: ¿Hacia dónde dirigirse? No tenía familia ni amigos. Era un indigente existencial, aunque no tuviera capacidad de identificarse como tal.

Se dedicó a recorrer las calles y mucha gente al verlo hacía el intento de darle limosna. Él seguía de largo, como si no fuera con él. Pero de pronto se dio cuenta de que podía ser una fuente de ingresos fáciles, al menos para comer un poco. Y ahí se quedó entonces, en una esquina, sentado en la acera, con un huacalito a la par.

Un cierto día nadie lo volvió a ver en el lugar. Nadie supo que se había trasladado al alero vecino, y que desde ahí observaba sin animarse aún a desplegar las alas.

EL ALTAR SECRETO

Se conocieron en un tren interestatal cuando iban ubicados en asientos inmediatos. De seguro la armoniosa trepidación de la máquina les removió sedimentos anímicos profundos y de ahí les nació el enlace emocional que se les haría consciente antes de llegar a la estación de destino. No volvieron a separarse, y todo parecía avanzar sobre ruedas. Formalizaron la relación y estaban a punto de casarse.

Entonces tanto él como ella comenzaron a sentir una ansiedad que no tenía precedentes. No se atrevían a comentarlo porque les daba miedo romper el encanto. Así llegó el día del enlace, y todo estaba listo en la capilla más cercana, a la que nunca habían entrado antes. Sonó la hora. Ceremonia común. Pero mientras estaban hincados frente al altar, este empezó a transfigurarse. Parecía un tren que llegaba al destino final, y de él brotaba un oficiante cubierto de luz:

—Contrayentes, ahora que están solos, únanse por su cuenta hasta el fin de los tiempos…

FLORECIMIENTO MAYOR

De pronto tuvo la sensación de que las palabras tienen vida propia, y eso le hizo entrar en una especie de sigilo emocional, porque ya no sabía qué podía surgir de lo que expresaba de viva voz. Así fue entrando en las estancias del silencio, que se le hicieron cada vez más familiares.

A su alrededor, muchos se preguntaban: “¿Qué le estará pasando a Prudencio? ¿Será que quiere hacerle honor a su nombre?” Nadie le hacía la pregunta directa, y él iba sumergiéndose en sí mismo, como en un estanque poblado de nenúfares.

Cuando estuvo a punto de desaparecer en ese pequeño piélago, una mano invisible lo alzó hacia arriba. Él dejó hacer sin resistencia, como si le invadiera la conciencia de lo inevitable, y entonces se oyó la voz:

—Estás perfectamente entrenado para valorar lo que dices y lo que callas. Vuelve a ser el que eras hoy con una maestría plena.

LOS ECOS NO PERDONAN

Empezaron a sentir el calorcillo de la emoción amorosa prácticamente desde que eran niños. Ya adolescentes iniciaron el noviazgo en forma, como si aquello fuera para la vida entera. Pero al traspasar la línea de los 20 años, algo pasó y acabaron yéndose cada quien por su lado.

Pasó el tiempo, y ellos no volvieron a verse. Quisieron rehacer sus respectivos destinos sentimentales y formalizaron uniones que parecían estables. Entonces les renació la más antigua ilusión, como un goteo compartido sin saberlo. Hasta aquella tarde en que ambos estaban solos oyendo boleros cantados por María Dolores Pradera, su favorita de siempre. Ahí a la mano hallaban los respectivos iPads:

—¿Estás oyendo lo que yo oigo?

—Iba a preguntarte eso en este instante.

TRIBUTO A LA CONFIANZA

Ella era estudiante de filosofía y lo único que sabía de Giorgio era que venía de Italia, ese mundo que siempre le pareció la quintaesencia de lo soñable. Él andaba en tareas de investigación social, y de seguro no se estaría mucho tiempo en tierras centroamericanas. Pronto se fueron juntos a pasar un fin de semana en un hotel de la Costa del Sol, y funcionó desde el primer momento la armonía de los aromas.

Pronto estuvieron las cosas a punto para tomar decisiones. “Me encantará irme contigo a Sicilia, a vivir en Agrigento, la tierra de Empédocles, el filósofo griego…” “Y a mí me encantaría quedarme a vivir aquí, donde la tierra, el agua, el aire y el fuego tienen alianza perfecta… “¡Es lo que hubiera anhelado Empédocles!”

Se tomaron de las manos y dijeron a coro:

—Entonces vivamos aquí y allá como en un columpio mágico…