Álbum de libélulas (177)

1451. LISTO PARA EL VIAJE

Navegar en aguas marinas es siempre una experiencia en dos planos: el del agua que es presencia geográfica y el del agua que es vivencia nostálgica. El aprendiz de navegante se encontraba ya sobre el muelle, como había sido su ilusión desde que vivía en una de las montañas vecinas atisbando a diario las lejanías ondulantes. Lo que aún no sabía era en cuál de aquellos navíos ordenados en fila estaba destinado a embarcar. Recorrió varias veces el conjunto, sin encontrar ningún signo revelador. Fue a sentarse en un pequeño banco desde el cual podía tener perspectiva. Iba cayendo la tarde, y como era verano las iluminaciones resplandecientes se hallaban a la orden. Él entonces entró en suspenso emocional, hasta que una gota le cayó en la frente. Era el mensaje de la primera estrella que, detenida sobre el mástil del único velero, parecía invitarlo.

1452. ELLA ESTÁ AQUÍ

No hay necesidad de inventar ninguna memoria, porque todas hallan siempre a nuestra disposición en el desván de los días pasados. Y por eso aquella memoria emergente venía acompañada por un memorándum de datos conductores. Cuando llegó a una de las puertas laterales de su conciencia no tuvo que tocar: la puerta giró suavemente como si hubiera estado esperando la visita. Lo que acababa de entrar era –por todas las señales externas— una dama antigua, de esas que aparecían en los almanaques de antaño. Él se le acercó casi con reverencia: “Bienvenida, señora, está usted en su casa”. Ella lo miró con fijeza a los ojos: “¿Entonces me reconoces?” Él esbozó una sonrisa de buen conocedor: “Quien le envió la invitación fui yo”. Ella se conmovió hasta la humedad visual: “¡Ya decía yo que sólo un poeta memorioso como tú sería capaz de llamar otra vez a su hada madrina!”

1453. EL OTRO RITUAL

El terrorismo asalta en cualquier momento como los bandidos del Lejano Oeste y como los capos de la mafia actual. Y ese sujeto apareció un día de tantos en las calles de aquella ciudad que había sido hasta entonces una especie de remanso ajeno a los trastornos del tiempo. Una bomba sin sentido destruyó la única tienda de conveniencia de los entornos; un tiroteo inesperado acabó con las vidas de unos jóvenes que acudían a un servicio religioso; en la colonia más poblada se desató un agresivo incendio a todas luces provocado… ¿Qué estaba pasando? A alguien se le ocurrió ir a consultar a una médium, que vivía en una choza cercana. “¿El terrorismo? Anda suelto en todas nuestras mentes, aunque no nos demos cuenta. Dejémoslo que salga, para que se vaya lo más lejos que sea posible. En este tiempo, esa es la principal misión de las almas que no quieren perder su identidad original”.

1454. PAZ EN EL CAMINO

Esa mujer que venía caminando en sentido contrario al suyo le produjo de pronto la sensación de ser persona conocida. Como ya sólo faltaban unos pocos pasos para que se cruzaran sus rutas, se animó a detenerse para que ella hiciera lo mismo; pero ella no pareció darse por aludida, y él tuvo que alcanzarla diciéndole: “Nos conocemos, ¿verdad?” Ella no reaccionó, sino que siguió caminando más rápidamente, como si quisiera escapar de un peligro. “Óigame, por favor, que sólo quiero salir de una duda: ¿No tuvimos usted y yo un accidente en la carretera hace algún tiempo?” Ella se quedó pensando, quizás en busca de imágenes orientadoras. De pronto algo le hizo clic. Él asintió sin decir nada más. Se hicieron una reverencia mutua y siguieron sus respectivos trayectos. Era lo más propio que podían hacer aquellas dos almas en pena luego de la colisión que les quitó la vida en este mundo.

1455. POR LA BUENA RUTA

La pureza es un invento de los dioses. “¿Y entonces la impureza qué es?” Una licencia de Dios. Ambos se rieron, celebrándose mutuamente las salidas ingeniosas. Aquella no era una pareja común: el profesor de filosofía clásica y la alumna más reciente, que quería completar su formación ya concluida con otro acercamiento a la sabiduría. Ahora estaban en un resort de montaña, por invitación de una amiga común, que se les acercaba en aquel momento. “¿Hablan de la pureza y de la impureza? ¡Ah, qué buen indicio!” Ambos se miraron, sonriéndose, sin entender la alusión. “Bueno –concluyó la amiga, indicándoles la ruta–, ahora vamos a tomar los aperitivos en la terraza que da al paisaje abierto”. Y mientras caminaban les explicó: “¿Saben por qué les hablé de buen indicio? Porque la pureza y la impureza son las dos caras del amor. ¿Entienden?”

1456. NECESARIO REAJUSTE

Regresaba ya casi de noche a su casa con los efectos corporales y anímicos de haber estado todo el día en el taller reparando vehículos de la más variada naturaleza, desde motocicletas sencillas hasta camiones pesados. Pero aquel día se tardó más de la cuenta, y su compañera de vida empezó a preocuparse, porque los riesgos de la calle no tienen límite ni control. Apareció pasada la medianoche, con signos de haber estado inmerso en alguna diversión absorbente. “¿Dónde estabas”, le preguntó sin acritud. Él sólo hizo un gesto, como si sólo quisiera irse a dormir. Ella, con sospechas normales de mujer insegura, puso cara de circunstancias y se fue hacia otro lugar de la vivienda. Él la siguió: “No vayás a pensar nada malo, Erlinda: lo que he hecho es ir a la capilla a revivir mi conciencia de mecánico, porque al final de cuentas todos somos vehículos de la Providencia…”

1457. ¿FINAL FELIZ?

Vistas desde lejos, las costas brumosas tienen el imán de los paraísos inocentes. La nave se iba desplazando frente a una de esas costas en el Atlántico irlandés, mientras la joven que acababa de embarcar se asomaba a la veranda a sentir el aliento del aire con el que tendría que convivir quién sabe por cuánto tiempo. Descendió en Cobh, pequeña comunidad de pescadores, donde iba a encontrarse con un desconocido llamado Irving, con quien había entablado relación en las redes sociales. No había nadie esperándola en el muelle de atraque, pero eso no la arredró: sabía que él vivía en una posada próxima a la costa. Hacia ahí se dirigió. Al llegar preguntó por él, pero nadie lo conocía. ¿Habría sido una broma macabra? La bruma se espesó a su alrededor. Y alguien surgió de ella: “Soy Irving, y te invito a entrar conmigo en el mundo de los seres astrales”.

1458. ESA CLARA RAZÓN

Se animó por fin a declarársele a aquella chica que no sólo rebosaba energía sino que exudaba encanto. Ella se quedó impávida, como si no fuera con ella. “No espero una respuesta inmediata, pero sí, al menos, una señal orientadora… ¿Tengo esperanza o no?” Ella, entonces, soltó su carcajada más espontánea: “¿Esperanza? ¿Pero por qué me pedís eso, cariño? Dicen que la esperanza mantiene al tonto, y vos estás muy lejos de serlo… Yo no te puedo dar esperanza: lo que te puedo dar es inquietud… ¿No te parece más divertido?… A gozar se ha dicho…”

Instantáneas del verbo apasionado (7)

DE ORILLA A ORILLA

Nos vamos encontrando con nuestra vocación de desvelos colgantes.

EL VIEJO OFICIO

La Luna se va abriendo camino entre los árboles del bosque como una veladora clandestina.

MENSAJE ASTRAL

Me lo envían tus ojos cada vez que amanece.

VIAJAR EN CÍRCULO

Es lo que hacemos cada día para que se ejerciten los músculos secretos del amor.

ALEJANDRO MAGNO

Su verdadero nombre es Alejandro Dumas padre.

SABIDURÍA CON AROMA

Cada vez que palpita, tu corazón me la recuerda.

ENJAMBRE MÍSTICO

Lo descubrimos con el primer albor en el traspatio de los ensueños compartidos.

OFERTA DE PRESENTES

Porque a diario nos toca escoger la memoria que queremos vivir.

A LA HORA NONA

Se abren los campanarios a la emoción de homenajear al arco iris que vendrá.

LOS OTROS DIOSES

Son los que nunca nos dirán su nombre pero nos tratan como hermanos.

TIEMPO DE RESPIRAR

Es el que con más ansia nos dedicamos mutuamente.

ILUSIÓN

Nuestra casa por obra del destino.

JARDÍN DE ANTURIAS

Lo plantamos por fin a cuatro manos, y por eso es eterno.

PRIMER AMOR

Es este que inventamos cada día y que luego guardamos en el baúl de las promesas.

AQUEL BOLERO MÁGICO

Nos dormimos oyéndolo; nos despertamos reviviéndolo.

LECCIÓN VIRTUAL

La plenitud aprende de sí misma.

EL BUEN ABRIGO

Se hace sentir cuando la luz externa sale a pasear sin hora de retorno.

LA CONFIANZA TRANSPIRA

Y en eso se conoce que ha hecho su jornada cotidiana sin miedo.

LUNA FELIZ

Nos enseña el poder de la sonrisa mientras el corazón les habla a las estrellas.

CRISTAL CON MORALEJA

Hay que aprender a levitar para que el aire nos respete.

IPSO FACTO

Así se dio la luz el Primer Día, y así se hará la oscuridad en la Última Noche.

EL ARTE APRENDE

Y aprende de nosotros, sus más fieles discípulos.

NOVELA ROSA

Surge algún mediodía mientras la novela negra duerme la siesta.

CUANDO EL RÍO SUENA

Los espejismos de la orilla sacan a relucir sus instrumentos de aire vivo.

SUBURBIOS DE LA FE

Donde buscan refugio desde que el mundo es mundo todas las dudas que nos acompañan.

LO QUE SABEMOS DEL CREPÚSCULO

Es lo que dicen unas cuantas notas de pie de página en el diario de viaje de la aurora.

EL TIEMPO ESTÁ ESPERÁNDONOS

Pero si no le hacemos una señal de que entendemos su mensaje se perderá de vista en la primera esquina.

MISIÓN DE LA CENIZA

Lo sabemos por íntima experiencia: es la preparadora de los ritos del fuego.

ROSTROS OLVIDADOS

Los que vamos soltando a lo largo del viento para que no nos reconozca.

LAS NUBES NOS AVISAN

Habrá canícula para que el Sol se sienta seguro en su azotea.

CUANDO EL ALTAR SE ENCIENDE

Nos acercamos de la mano a rendirle tributo a la divinidad de nuestra propia luz.

SABOR A SED

El que dejan los besos que florecen con ansia.

FACSÍMILES SAGRADOS

Los que nos marcan la conciencia desde el instante mismo de nacer.

Álbum de libélulas (175)

1426. PARÁBOLA DEL ECO

Vadim Azarkh, el animoso pianista y cantante ruso, ponía la música de fondo en el ambiente de La Promenade, al centro del Hotel Dorchester, ese clásico de la zona de Mayfair en Londres. Alrededor, los visitantes, distribuidos en mesas entre grandes ramos de flores ubicados en pedestales departían en sus pequeños núcleos. Todos comían “tea sandwiches”, y nadie le ponía atención a las melodías del ejecutante cantor, hasta que comenzó aquella canción de siempre: “What a Wonderful World”. Los presentes suspendieron sus respectivos coloquios, y poco a poco, movidos por un imán insospechado, fueron volviendo los rostros hacia aquel rincón en el que una figura corpulenta era dueña de la voz. Hasta que una bien arreglada dama, fresca y antigua al mismo tiempo, dijo en voz alta: “Es él Louis Armstrong lo conozco de toda la vida… soy su memoria cantante…”

1427. TESTIMONIO FAMILIAR

Los paisajes tienen alma. Lo supe desde siempre, sin tener conciencia de ello. Luego esa naciente conciencia comenzó a dibujarme líneas y manchas de colores en su pizarra de papel de China. Pero el alma de los paisajes parece enamorada de las distancias, porque cuando uno los encuentra en el camino salen a recibirlo con efusión variable pero evidente, y a veces hasta con los ojos húmedos. Pero nunca como aquella vez en mi ruta hacia la cumbre de la colina donde había un castillo abandonado, que me ganó la voluntad desde que lo vi en el mapa de los lugares turísticos de la zona. En ese mismo instante sentí que aquel castillo era el lugar ideal para alojarme, y al solo pensarlo todas las formas naturales del entorno extendieron sus alas y sus manos hacia mí. El alma del paisaje se me abrazaba temblando de emoción.

1428. ADIÓS, MISTERIO

En aquella cuadra los vecinos parecían un muestrario de la diversidad humana, y eso que no era un vecindario que se caracterizara por ningún tipo de sofisticación. Por el contrario, todas las vidas presentes transcurrían en el anonimato perfecto. ¿Dónde estaba entonces el muestrario? Él, un soñador retirado luego de sufrir muchos deslaves económicos, era de seguro el más indicado para tratar de descifrar el enigma. Fue donde su amiga Florence, tiradora de cartas profesional. Él la llamaba Flor. “Flor, este día vengo a descubrir en qué mundo vivo”. Flor aspiró a fondo para que palpitaran todos sus pétalos. Luego de un largo silencio, las palabras fluyeron: “Vives en el mundo real, que siempre es una dualidad que abarca lo externo y lo interno. Externamente eres una especie de extraterrestre; internamente eres un vecino cualquiera…”

1429. DESVELO CON GAVIOTAS

El mar estaba ahí a disposición de todos los sentidos. Aparte de palparlo con solo acercar las manos a su liquidez espumosa se le podía oler como si fuera un infinito frasco de sustancias inmemoriales, observar en la intimidad de los espacios sin fin, degustar en la interminable variedad de sus ofertas comestibles y oír mientras ensaya mañana, tarde y noche sus ejercicios de inspiración musical. Y fue aquella plenitud de acercamientos vivos lo que hizo que el monje autoexiliado de su monasterio se sintiera en perfecta comunión vital y espiritual con el océano a cuya orilla había llegado a refugiarse para siempre. Ahora, ya con la vida corporal a punto de quedar en el camino como un equipaje olvidado, se dijo a sí mismo: “Después de tanto querer dormir en sitio protegido, me dispongo a iniciar mi desvelo con gaviotas a cielo abierto”.

1430. RITUAL DE EXPERTO

Masticaba constantemente un chicle como si con aquel gesto mecánico quisiera significar que todo lo que estaba a su disposición era triturable a voluntad. Así se había comportado siempre, desde niño, porque sus padres no tuvieron el cuidado básico de enseñarle que hay límites y reglas que respetar para que la vida no se exponga al caos. Él, sin dejar su juego de mandíbulas, estaba aquella mañana oyendo la conferencia del experto en salud emocional, a la que había acudido sin ningún propósito. En algún instante, el expositor lanzó una de sus frases incisivas: “Y ahí tenemos a alguien que sufre del síndrome del tiburón: morder, hasta deshacerlo, todo lo que halla a su alcance…” Él se sintió aludido, y se levantó. El conferenciante, sonriente, le hizo un gesto de saludo: “Amigo, vuelva por favor a su sitio, que los tiburones también pueden ser sociables…”.

1431. CRISTALES PRÓFUGOS

Se habían conocido en un café de la calle Grove, en Falmouth, serenísima ciudad en el extremo sur de Inglaterra, junto al mar. Tiempo nuboso, como era lo más normal. Habían llegado a aquel lugar casi sin proponérselo: él en una excursión de turistas mochileros; ella en un crucero masivo. Era la calle principal, poblada de comercios, pero con la tranquilidad propia del ambiente. Ellos, por contraste, provenían de aquel espacio convulso en el que aun salir a la calle era exponer la vida. Se vieron, y la conexión fue instantánea. Misterios de la suerte: venían de la misma ciudad en ultramar, y casi de la misma calle. Él dijo, sacudiendo la larga cabellera: “El destino manda”. Ella respondió, con el brillo del trópico en los ojos: “Y sus palabras hacen nudos”. ¿Entonces era una invitación del destino a quedarse ahí? ¡Sí, aquí, en el centro de las respiraciones confundidas!

1432. FELICIDAD A LA MANO

Se llevó a los labios la copa de Dom Pérignon, y fue saboreando su contenido como si fuera lo que es: un fluido incomparable. Afuera, el viento cálido hacía de las suyas entre el ramaje que rodeaba las construcciones del lugar. Se hallaba, a todas luces, en un resort de lujo, pero para él el lujo era una sensación de plenitud que podía producirse en cualquier parte. Sorbió otro trago de champán y salió a caminar por el entorno. Afuera, el aire lo recibió como a un amigo de siempre, dándole tenues palmadas en los hombros. Él correspondió con una aspiración profunda, que le llenó los pulmones de energía cósmica. Se sentó en una banca del parque inmediato y se puso a pensar. Estaba solo en el mundo, pero acompañado en el pequeño espacio cotidiano. Y entonces dio otro sorbo, pero del Dom Pérignon de la luz.

1433. PRIMER AMOR

Caminaba a pie desnudo por la veredita de polvo que iba circulando entre el cerro más cercano, y como era la primera vez que lo hacía ya en su condición de adulto sentía que aquel contacto era un reencuentro que podía llevarlo hacia lo desconocido secretamente conocido. Así llegó al mirador natural que daba hacia el valle inmediato. Sí, aquella era la casita que fue su santuario inicial, porque allí vivía ella, la niña de largas trenzas que le encendió por primera vez la llamita del anhelo. No volvió a verla, pero jamás dejó de soñarla. Se llamaba Ilusión.

Misterios de garaje

MISTERIOS DE GARAJE

Como no tenían vehículo propio, el pequeño garaje de su casita suburbana lo usaban de depósito para objetos no utilizados que no querían tirar a la basura. Era una familia de cinco: los dos mayores, que eran los padres, y los tres menores, que eran los hijos. Dos niños y una niña: los varones ya en los primeros escalones de la adolescencia y la hembra en el último escalón de la niñez. Los padres no parecían tener ningún punto de afinidad, pero se llevaban lo suficientemente bien para no tener conflictos mayores, al menos en apariencia.

Como el garaje se iba saturando con gran rapidez, la madre, que llevaba las riendas del orden doméstico, tuvo que poner una regla, dirigida especialmente a los hijos:

–Cuando haya alguna cosa que ya no quieran, en vez de ir a amontonarla al garaje me la enseñan para ver lo que hacemos con ella.

Las opiniones no se hicieron esperar:

–Hay cosas que ya no quiero pero tal vez después sí –dijo el varón mayor.

–A mí me gusta guardarlo todo aquí… – alegó el varón menor.

– ¡No voy a botar ningún juguete! –gimió la niña, consternada.

– Bueno, muchachos, pero en la vida hay que tener reglas, y cumplirlas, ¿entienden?

En ese instante, todos parecieron aceptar con gestos de obediencia resignada, aunque nadie asumía la orden.

En los días posteriores no ocurrió nada fuera de lo común. Nadie entró en el garaje, al menos en forma visible. Pero en uno de los fines de semana siguientes la señora se asomó al lugar, según su costumbre, para constatar que no hubiera nada fuera de control.

Lo primero que le llamó la atención fue que el espacio estaba bastante más lleno que la vez anterior que había estado ahí. Regresó entonces a hacer los reclamos del caso:

– ¿Qué no entendieron lo que les dije? Dentro de poco vamos a tener que desocupar el garaje llevando cosas a otra parte.

– Yo no fui, mamá.

– Yo tampoco.

– Yo nunca llevo nada. Ahí sólo están mis juguetes.

–¿Qué quieren decirme?

– ¿Por qué no le preguntás a mi papá?

Ella no reaccionó a la cuestión, pero se quedó con la inquietud. Muchas de las cajas que estaban en el garaje le pertenecían a él, y todas estaban firmemente cerradas como para evitar que alguien pudiera abrirlas. Entonces se decidió a salir de dudas sin tardanza, porque en aquel momento estaba sola en la casa.

Fue al garaje con una tijera de podar y un punzón. Y comenzó a tratar de abrir una de las cajas. Luego de mucho esfuerzo, lo logró. Al destapar lo que había en su interior se quedó en suspenso.

Un montón de pedazos de muñecas desmembradas. ¿Qué era aquello? Un escalofrío le recorrió el cuerpo al presentir que estaba conviviendo con la fantasía de un criminal en potencia.

MISTERIOS DE QUEBRADA

En el origen de la ciudad de seguro aquellas corrientes de agua encajonadas entre paredones quedaban en los alrededores de los pequeños espacios urbanizados, pero el crecimiento natural hizo que ahora las quebradas atravesaran barrios y colonias sin perder su condición de arterias rústicas.

Una de las áreas de mayor expansión era esa que iba acercándose cada vez más a la cadena de colinas y cerros que daba al sur, con el océano al fondo, escondido en su extensión inmensa, a la que ninguno de los habitantes del lugar tenía acceso. Y por ahí justamente corría aquel caudal que en los inviernos se convertía en torrente sonoro y en los veranos llegaba a ser un hilo que daba la impresión de estar extinguiéndose.

Él había estudiado ingeniería forestal, y el trabajo que le salió al graduarse fue en una empresa nueva que hacía desarrollos urbanos en zonas boscosas, y el primer sitio de destino sería aquél, porque ahí iba a desarrollarse un proyecto que incluía viviendas, campos de juego y arboledas acogedoras. Entonces decidió irse a vivir en las cercanías, y lo que encontró fue una casita a la par de la quebrada.

Durante el día pasaba entregado a sus labores profesionales y por la noche se encerraba en su pequeño ambiente. Vivía solo y eso le permitía disponer de todo su tiempo como le viniera bien cada día. Y entonces comenzó a producírsele una sensación desconocida, que fue acrecentándose con el paso de los días.

Cuando la luz solar desaparecía, de la quebrada vecina empezaban a surgir sonidos inconfundiblemente humanos: murmullos, suspiros, carraspeos, silbidos… Para salir de la duda le preguntó a un vecino si oía algo raro por las noches, y el vecino sonriendo le respondió: “Sí, los ronquidos jadeantes de mi mujer”.

Entonces estuvo seguro de que la quebrada sólo se comunicaba con él. Había que corresponder.

Un sábado bajó por la pendiente pedregosa y descubrió unas cuevas casi al ras del agua. Y, sin pensarlo más, se trasladó a vivir a la más espaciosa. Nadie en el lugar pareció darse cuenta. Jamás hubieran podido entender su vínculo sentimental con la entusiasta corriente, que hoy parecía una doncella enamorada.

MISTERIOS DE RELOJ

Se lo heredó su abuela materna, con la que vivió prácticamente toda la infancia, porque su padre fue el eterno ausente y su madre la dependiente obsesiva de su segundo marido. La abuela era trabajadora sin descanso en su tiendita de barrio, y no tenía bienes propios.

Cuando ella se fue de este mundo, él estaba por graduarse de contador. Dejó la vivienda que compartían, que era alquilada desde siempre, y se fue a un rinconcito donde apenas cabía el aire dificultosamente respirable. Afortunadamente ya estaba Alma con él.
Tenían desde luego una sola cama, que era un catre desmontable. Y ahí, ocupando el rincón, ese misterioso reloj de pie que venía siendo el heraldo de la familia, realmente inexistente, a través del tiempo.

–Por fortuna el reloj no camina –dijo Alma, aliviada.
Y para qué lo dijo, porque en ese preciso instante se le activó el tictac, que tenía ese tono marcial de los relojes que quieren hacer historia.
–¡Dios mío! ¡Es como si me hubiera oído! ¿Y ahora qué hacemos? –se alarmó Alma, entre pucheros y sonrisas.
Él estaba impávido, pero palpitando por dentro igual que el reloj. No había nada qué hacer.

Curiosamente, aquella noche ambos durmieron como hacía tiempo que no lo hacían. Al despertar al día siguiente, se miraron sorprendidos con las frentes alineadas en la pequeña almohada disponible. Y entonces descubrieron al unísono algo no explicable fácilmente:

–¿Y a éste que le pasa? Se calló del todo. ¿Se habrá descompuesto? –interrogó Alma.
Él hizo un gesto de desconcierto tranquilizador:
–Bueno, si ya no funciona, ¿qué vamos a hacer?
Y entonces ella reaccionó en forma sorpresiva:
–¿Cómo qué vamos a hacer? ¡Llevarlo a que lo revisen y lo compongan!
Él sintió que todo aquello tenía mensajes ocultos. ¿No estaría su abuela enviándolos desde allá? Ella y su reloj habían sido siempre una sola cosa, y él era el heredero.

–Bueno, vamos a llevarlo.
Santo remedio. En ese mismo instante el reloj comenzó a accionar con entusiasmo.

Álbum de Libélulas (173)

1410. ENCUENTRO MATINAL

La ixora roja tenía prestancia catedralicia, y al estar ubicada en el centro del jardín bordeado de tupidos arbustos de variado verdor los manojos de flores parecían a punto de flotar por su propio impulso. Ellos habían llegado de ultramar aquella madrugada y su horario interior se hallaba a la deriva; pero eso no impedía que estuvieran reconectando de inmediato con los seres que les eran tan familiares en aquel ambiente a la vez urbano y montañoso. Eran ya las 6 de la mañana, y la luz iba haciéndose sentir en el aire quieto. Ellos, que venían viviendo aquel espacio ultramarino como una especie de reiterada luna de miel espiritual, lo primero que hicieron fue salir descalzos al jardín. Aspiraron animosamente el aire de Bengaluru desde el bosque habitable del Taj West End, y se sintieron en perfecta compañía. Los cuervos, las ardillas, los cardenales y las palomas les hacían coro.

1411. OFICIOS DE FAMILIA

Sus tías abuelas sobrevivientes habitaban en una casa céntrica de la colonia Minerva, a la vera del cuartel El Zapote, donde se gestaban los golpes de Estado de la época. Meches, la mayor, trabajaba en la alcaldía municipal y Lydia, la menor, lo hacía en el Ministerio de Trabajo. Él, que era un adolescente con ganas insaciables de conocer detalles de familia, iba a verlas los sábados por la mañana, y ellas lo recibían siempre como al visitante esperado. Meches era la experta en el árbol genealógico familiar, y aquel sábado parecía más inspirada que nunca. Él llevaba un cuaderno de manuscritos, que eran primicias de poemas propios. “Tía Meches, se lo voy a dejar para que los lea cuando tenga tiempo”. A ella le brillaron los ojos: “Entonces voy a llamar a mi padre, tu bisabuelo, que como sabes también era poeta, para que los comparta conmigo… Ahí te cuento…”

1412. SÁBADO DE GLORIA

Por aquellos senderos entre los árboles gigantescos prefería caminar descalzo, y de seguro lo que estaba detrás de tal preferencia era la sensación de que todo aquel espacio arbolado era un templo. Un templo donde el Sol llegaba también en condición de penitente puntual. Él se desplazaba con los pies desnudos haciendo su caminata vespertina, que lo llevaba a distintos puntos de aquella arboleda que aunque permitía labores de albergue hotelero su máxima expresión era ser bosque con todos los atributos de tal. Y el principal de tales atributos consistía en inspirar devoción a cada paso. Por ejemplo ahí, a la sombra del gigantesco gulmohar florido, al que nosotros llamamos flor de fuego. Se arrodilló sobre la tierra, cerró los ojos y se quedó en silencio. Una flor del gulmohar cayó sobre su hombro en señal de bendición.

1413. COSAS QUE PASAN

El vehículo moderno se detuvo frente a la casa, y de él salieron dos hombres: uno muy mayor, de facciones típicamente europeas y de cabellera rala y platinada; el otro en la primera juventud, de talante mestizo local y de cabellera abundante estilo hippie. Hicieron sonar el aldabón oxidado y de inmediato les dejaron pasar. En cuanto ellos lo hicieron, se fue el vehículo que los había conducido. Dentro de la casa se oyeron saludos en voz alta, como si se tratara de una bienvenida ceremonial. Alrededor de la casa fue apareciendo una aureola de suave resplandor. Pasaron las horas. Ya cuando estaba por caer la noche, reaparecieron los visitantes, pero con identidades cambiadas: el europeo mayor era hoy un juvenil mestizo moreno de cabellera flotante; y el joven, un anciano blanco y de cabeza despoblada. Los aguardaba un carruaje tirado por caballos. ¿Juego del tiempo o juego de la luz?

1414. EJERCICIOS FLORALES

Raju llega todas las mañanas a la habitación a preparar las figuras florales multicolores sobre el piso junto a los ventanales de cristal. Tiene la silenciosa habilidad de los artistas artesanos que se han formado en la academia de la supervivencia cotidiana. Y aunque casi no desata palabra, su recogida actitud invita espontáneamente a entablar algún tipo de diálogo. “Hola, Raju, ¿cómo amanecieron los pétalos de crisantemo, de marigold, de clavel y de rosa esta mañana?” Sonríe, como si se le estuviera preguntando sobre un enigma sagrado. Responde en consecuencia: “Como todos los días, saludando al aire”. Es la respuesta que podría dar un soñador esotérico. Después hace el saludo tradicional: el namasté que junta las manos en señal de saludo a la divinidad del ser humano que está enfrente. Los pétalos desde el suelo hacen lo mismo.

1415. MISIÓN DEL CONACASTE

Los trastornos del clima iban cambiando aceleradamente aquellos entornos que en otras épocas parecían intangibles para siempre. Y eso hizo que en el vecindario, que estaba formado por gentes casi todas de arraigo prolongado, se creara una especie de hermandad protectora de lo que caracterizaba la naturaleza del lugar. En particular, esa acción casi paternal se personificaba en el conacaste que era como el patriarca de la zona. Se contactaron con especialistas en conservación vegetal, y los expertos les recomendaron muchas acciones preventivas y regenerativas; pero la decadencia del legendario conacaste era cada vez más notoria. Hasta que llegó el día en que la poderosa estructura se convirtió en un esqueleto sin vida. Entonces un vidente dio su veredicto: “Esto no es cosa del clima, sino del destino. Prepárense: reencarnará en alguno de ustedes…”.

1416. CLARIDAD EN EL LÍMITE

Ninguna palabra es más cambiante que la palabra Nada, y ninguna palabra es más inmóvil que la palabra Todo. Esto tendríamos que tenerlo sabido desde siempre, porque la historia, tanto externa como interna, está hecha con las mutaciones que van generando esas dos dimensiones inescapables de la vida. Él era un monje budista que había vuelto a la vida común, y no para desprenderse de su condición creyente, sino para medirla en la vida cotidiana. Aquella tarde estaba en un parque dándoles de comer a las ardillas que ahí moraban. Se detuvo para concentrarse. El Todo y la Nada se le aparecieron de repente, como expresiones existenciales. El Todo: aquella necesidad de ser partícipe de la vida en todas sus formas; la Nada: aquel sentimiento de que toda experiencia se esfuma como las ardillas entre los follajes…

1417. EN EL CAMINO

El avión de paso saldría dentro de un par de horas, y había tiempo para ir a deambular por las tiendas del aeropuerto. Así lo hizo, y durante un rato anduvo entre la multitud caminante de viajeros, sin hallar nada que le captara la atención. Hasta que se topó con aquel lugarcito que en su diminuta vitrina exhibía retratos antiguos. Observó detenidamente. Ahí estaba: aquel retrato era una pose de familia. La suya. ¿Cómo había llegado a semejante lejanía? Interpretó de inmediato el mensaje: tenía que quedarse a descifrarlo. Perdió el avión pero ganó la pertenencia.

Álbum de libélulas (171)

1394. LIBÉLULA REBELDE

Desperté con ganas de dedicar mi domingo al dolce far niente, pero lo que me esperaba era una jornada cundida de desafíos. Para empezar, apenas llegada la aurora se apagaron de repente todas las luces de la casa y tuve que actuar de inmediato con los instrumentos a disposición. Y desde luego no soy electricista. Al mediodía una bandada de pájaros desconocidos se dio contra todos los cristales de la casa y me vi obligado a las reparaciones de emergencia. Y tampoco soy experto en arreglos caseros. Al anochecer tocó a la puerta un presunto vendedor de cosas de casa, pero al abrirle se me abalanzó porque era un asaltante. Luché contra él hasta dominarlo y entregarlo a la Policía. Y la defensa personal nunca ha sido mi fuerte. Así las cosas, me fui a dormir. Y para suerte compensatoria mi domingo concluyó en un dulce desvelo.

1395. OLVIDÉMONOS DEL FUEGO

Había sido un vagabundo imaginativo por excelencia, y por eso casi todos se sorprendieron cuando se supo que su última voluntad fue que lo cremaran para guardar sus cenizas en un cofre. La ceremonia era totalmente previsible; y cuando concluyó, el depósito metálico pasó a sus familiares más cercanos, que luego del acto religioso se lo llevarían para cumplir lo que tuvieran previsto. Aquella noche, el cofre con las cenizas del difunto quedó en una repisa de la única habitación desocupada de la casa, y ahí estuvo por algunos días, como si nadie reparara en su presencia. Hasta aquel momento en que una de las hijas, aún solteras, pasó tan cerca del mueble que estuvo a punto de volcar el cofre. Lo tomó para reubicarlo y tuvo la instantánea sensación de que estaba vacío. En efecto, así era. Corrió a avisar. Misterio sin resolver. Las cenizas, desde el aire, decían adiós.

1396. DANDO Y DANDO

“Te resistís a soñar, ¿verdá?” Él sonrió sin decir palabra, como era su costumbre. Y aunque la pregunta se la hacía ella, la mujer escogida para compartir el presente y el futuro, no estaba dispuesto a soltar prenda. Cuando llegó la hora de formalizar la relación, porque había pasado ya suficiente tiempo en aquellas vísperas, él fue el que hizo la observación inesperada: “Si me enseñás tu sueño te muestro el mío…”. Fue ella, entonces, la que esbozó una sonrisa sin más. Así se quedaron las cosas, y los preparativos de la boda siguieron adelante. Llegó el día señalado. Contra la costumbre, ella arribó primero a la pequeña iglesia del barrio, vestida con el atuendo tradicional de las novias. Expectativa de todos. ¿Dónde estaba el novio? “¡Aquí!” Y prendido de un lazo se descolgó de alguna abertura en el techo. “Tu sueño era vestir de blanco y el mío es trabajar en un circo: ya estamos a mano…”

1397. RACHA DE MENSAJES

Concluyó su formación universitaria, y como lo que había estudiado era una Licenciatura en Historia las posibilidades que tenía abiertas de inmediato eran la enseñanza y la investigación. Entonces, advirtió, ya con opciones a mano, que lo único que podía seguir moviéndole las fibras de la voluntad era ser lector libre, como siempre. Para su beneficio, los padres estaban dispuestos a mantenerlo sin trabajar. Y cuando aquella fórmula de vida tomó cuerpo, él empezó a vivir experiencias emocionales desconocidas, siempre vinculadas a las voces magnéticas del tiempo. En tanto más se sumergía en el pasado más señales iban llegándole del futuro. Cada suceso y cada personaje se le aparecían como dentro de un juego de espejos. Y él siempre estaba ahí, en el centro del antes y del después. Así fue cómo desapareció del presente, aunque de eso nadie se dio cuenta.

1398. BUEN VECINO

Trabajaba en un taller de mecánica en los suburbios, ya al borde de aquellos terrenos baldíos en los que nadie se había interesado nunca. Y como lo que ganaba apenas servía para la manutención elemental de su pequeña familia, halló alivio en ir a instalarse en la interioridad de un bosquecillo rústico inmediato. El sitio semejaba un refugio natural, que a la vez producía sensación protectora en estos tiempos de avasallante inseguridad. Se instalaron, y cada quien reaccionó a su manera: los hijos con un inesperado entusiasmo, la señora sin decir ni sí ni no y él sintiendo el peso de la soledad. Lo acuciaba el desvelo, y una noche tuvo el impulso de salir al entorno a vagar sin más. De pronto escuchó un aullido quejumbroso, casi a la par, y de inmediato surgió la presencia: aquel coyote de seguro inmigrante desde alguna montaña vecina. Y entonces él se sintió acompañado como nunca.

1399. HIBERNACIÓN VERANIEGA

Su segundo marido era un industrial que había acumulado una gran fortuna, y con él se fueron a vivir en el penthouse de un edificio majestuoso en Fifth Avenue, frente al Central Park. Ninguno de los dos tenía hijos previos y ya no era tiempo de tener propios; por eso cuando él se alejó de este mundo como si tuviera prisa por tomar el primer tren de la tarde, ella se quedó acomodada en su poltrona favorita frente al ventanal que daba al horizonte de torres impasibles. Literalmente permanecía anclada ahí, y no porque la ausencia del difunto le ensombreciera la voluntad de hacer algo por su cuenta, sino porque ahora estaba entendiendo que su vida había sido un torbellino inútil, sentimentalmente hablando. Aún era joven, aunque estaba al final de su verano cronológico. Aquella hibernación espontánea quizás sería su tratamiento reparador.

1400. OFICIO SIN RETORNO

Su experticia en la reparación y en el tratamiento de joyas finas le había proporcionado no solo ingresos crecientes sino también reconocimiento expansivo. A diario tenía entre sus dedos diamantes de real valor, piezas de oro de exquisita factura, perlas impecables, zafiros cautivadores, rubíes impecables y así por el estilo. Trabajaba en su casa, donde estaba el taller al que nadie tenía acceso, porque era para él como un santuario de devoción exclusiva. Pero eso tuvo un giro cuando conoció a Melania, que lo deslumbró desde el primer momento. Ninguna joya le produjo nunca aquel efecto posesivo. Siguió con su trabajo, aunque ahora en su conciencia parecía haberse abierto una caja con tesoro propio. Así fue como descubrió que el amor es la joya suprema, y que su oficio de siempre era una gracia de Dios.

1401. NUBES QUE VUELVEN

El tiempo climático parecía haber perdido todo control sobre sí mismo, y de eso nadie podía escapar. Él era un escéptico empedernido, y ni siquiera daba por seguras las verdades más inamovibles. Aquella tarde, sin embargo, un runrún nunca antes percibido andaba rondándole por dentro. Era como si alguien estuviera mandándolo gentilmente hacia afuera. Fue a la ventana más próxima y desde ahí pudo observar la caravana. Sí, eran nubes de regreso que se dirigían hacia el lugar en que él estaba. Entonces el runrún se le volvió palabras propias: “Yo nunca he creído en nada, pero hoy sí voy a confiar en la fidelidad de en las nubes…”

El arte de resucitar (Galindo)

EL ARTE DE RESUCITAR

Desde que era muy niño tuvo aquel sueño recurrente, que era el mismo salvo por los colores con los que aparecía: en época lluviosa prevalecía el celeste y en época seca se imponía el rosa. Nunca le contó a nadie sobre aquello, como por temor a que al mencionarlo se rompiera el encanto. Así llegó a la primera juventud, en la que se abren espontáneamente los caminos de la vida. Para él lo que estaba enfrente era un solo camino. Tampoco se lo dijo a nadie, aunque las preguntas no faltaban:

—¿Ya decidiste lo que vas a hacer de aquí en adelante? —quería indagar su madre con su tenue voz natural.

—Estoy pensando –respondía él, mirando hacia otra parte.

—Hijo, el tiempo no espera. ¿Qué es lo que te llama? —le preguntaba el padre, con su seriedad habitual.

—Oigo voces, nada más —se evadía él, sin soltar prenda.

—A mí se me hace que vas a ser maestro de algo. ¿Te capté? —le decía uno de sus contemporáneos del vecindario.

—No sé todavía —era su respuesta más en confianza.

Y así hasta que un día de tantos desapareció como por arte de magia, sin llevarse ninguna de sus pocas pertenencias. Sus familiares dieron parte a la autoridad, y comenzó la búsqueda. Ningún rastro, ningún indicio. Alguien dijo: “Se lo tragó la tierra”.

Pasó el tiempo, y con la ausencia silenciosa llegó el olvido. Entonces, sin previo aviso, comenzaron a aparecer señales, no de él, sino de sucesos que parecían enlazados por el misterio. Presencias sigilosas, voces en busca de eco, evocaciones e invocaciones en clave espiritual. Y todo aquello era cada vez más atrayente para muchos de los habitantes del lugar y de las zonas circunvecinas.

Un domingo entró la caravana inesperada. Al frente aquel hombre vestido de blanco sobre un caballo de lento andar, como en las estampas más antiguas.

La aldea entera cayó de rodillas, sin que nadie diera indicación para ello. Los recién llegados se reunieron en la plaza, que más parecía un predio baldío. El hombre de blanco se colocó en el centro y comenzó a hablar como si se tratara de un encuentro familiar largamente postergado, con su familia biológica en la primera línea:

—Amados hermanos, yo soy aquel muchacho que un día desapareció de este lugar. Sí, me tragó la tierra. Pero dentro de la tierra no me esperaba la muerte, porque mi sueño de siempre me protegió a cada instante. Era el sueño de resucitar, que estaba conmigo según el color de las estaciones. Llegó el momento en que ese sueño me ordenó seguir su ejemplo, y volví al aire, como un resucitado. Era hora de romper el silencio y de predicar el milagro natural. Es lo que he hecho desde entonces, pero me faltaba el homenaje final al sueño que ha sido mi maestro: envolverme en la luz que nos vio nacer a ambos, a mí y a mi sueño…

Alzó los brazos y la pequeña multitud le acompañó clamando:

—¡Gracias, Maestro!

PALABRAS ENTRE EL HUMO

Los terroristas han existido siempre, y lo que cambia son los argumentos y las vestimentas. En aquella zona los atentados eran frecuentes, porque los bandos políticos se habían vuelto cada vez más adictos a disfrazarse de religiosidad extrema. Y en medio de ellos la población sencilla y natural quedaba como víctima inminente o consumada, sin ninguna capacidad de defensa.

Por eso ahí la vida era un sacrificio cotidiano, que comenzaba por la imposibilidad de respirar sin angustia sofocante. Y es que las explosiones y los incendios habían hecho que el aire libre se fuera convirtiendo en humo atribulado. Las calles eran regueros de ceniza; los balcones, bocanadas de angustia; los jardines, ensayos de cementerios…

Y entonces el silencio fue tomando posesión de todos los espacios disponibles, como un capitán que hubiera resultado vencedor de la campaña de conquista. Un silencio que solo les daba permiso de expresarse a las bombas, a las metralletas y a los gritos que enarbolaban consignas.

Un grupo de muchachos muy jóvenes estaba ahí, sin embargo, aprovechando el silencio para organizar su resistencia.

De pronto algo totalmente insospechado comenzó a hacerse sentir como una onda expansiva con voluntad de invadirlo todo. Un runrún no identificable, un murmullo que quería valer por su cuenta, un tartamudeo insistente…

Hasta que la voz rompió todas las barreras envueltas en papel de aluminio:

—¡La respiración de Dios es el único antídoto contra el terror, cualquiera que sea el origen de este!

PEREGRINOS DE LA MEMORIA

Ahí, muy cerca, se iniciaban los cordones de colinas que se extendían hasta la cordillera del fondo. Detrás de seguro se hallaba el mar oceánico, al que ninguno de los habitantes de los alrededores había tenido acceso nunca, y no porque estuviera demasiado distante, sino porque las gentes del lugar eran obsesivamente montañeses. Ni siquiera los cielos abiertos eran objeto de contemplación, aunque sus colores tunantes parecían la giratoria fantasía de un pintor impresionista.

Aquella actitud y aquella sensación se venían sucediendo con puntualidad impecable generación tras generación, pero algo novedoso estaba empezando a tomar forma en la conciencia de los que eran aún niños aunque ya al borde de la adolescencia. Los mayores no acababan de advertirlo, porque no tenían experiencia al respecto, aunque quizás, sobre todo, por temor a cualquier novedad que les alterara los moldes perfectamente introyectados.

Un día, sin embargo, se produjo un acontecimiento que nadie esperaba: uno de aquellos niños emergentes reunió a todos sus contemporáneos en el único espacio abierto dentro del poblado. Al principio era un encuentro silencioso, como si todos estuvieran esperando alguna señal desconocida.

De repente, y como si brotara de las entrañas del aire, se dejó ver un pájaro que venía agitando sus grandes alas que parecían bordadas con finura magistral. Hizo varios giros sobre las cabezas de los presentes y fue luego a posarse en la rama más cercana, que era la de un árbol que había estado ahí desde siempre, como heraldo impenitente.

Entre los niños se desató un murmullo. Y uno de ellos tomó la palabra sin más, con la precisión de un hombre perfectamente consciente de su destino:

—¿Qué estamos haciendo aquí? Ya es tiempo de que salgamos a cumplir con nuestro trabajo… Hay que ir a rescatar todos los tiempos perdido… Esas vidas que nuestros ascendientes no han vivido y que nos están esperando…

Hubo un estremecimiento entre todos los que recibían el mensaje. Nadie comentó nada, pero era notorio que lo dicho se tomaba como un mandato.

De inmediato la reunión comenzó a disolverse. Se formaron espontáneamente tres columnas que fueron avanzando hacia las afueras de la población, y que se perdieron de inmediato en los entornos.

Los mayores del pueblo parecían recluidos o escondidos en sus rincones habituales. Aquel era ahora un pueblo fantasma y así de seguro se quedaría para siempre.

RESUMEN PARA INICIADOS

El próximo velero llegaría en el siguiente amanecer y había que tenerlo todo listo para el desembarque. Aquella tarde y noche los lugareños de la ensenada hicieron todo lo necesario para que, como siempre, el arribo tuviera el rango de un acontecimiento. Estaba todo listo. El lugar se quedó en silencio, mientras los habitantes se habían ido a descansar por algunos minutos.

Por algunos minutos… El aire circundante pareció suspirar. Y en ese preciso momento la luz solar lanzó sus primeros dardos entusiastas. Y al hacerlo se hizo evidente que todo el entorno estaba irreconocible. Altas torres, calles asfaltadas y jardines de catálogo. Y ahí, desde el horizonte próximo, venía acercándose el velero… Aquel velero, el que debió haber llegado hacía tres siglos… Y cuando atracó, la transfiguración fue perfecta. Los habitantes salieron de sus escondrijos, como escarabajos atávicos. El Tiempo sonreía desde cualquier azotea.

Álbum de Libélulas (Galindo)

1353. EL MISMO MENSAJE

Cuando traspasó la puerta de la nave aérea para entrar en las instalaciones del aeropuerto, una sensación radiante le aleteó por dentro: “Estoy aquí y ya no dejaré nunca de estar aquí”. Nadie lo esperaba, por supuesto, ya que ahí nadie podía esperarlo, porque él venía de un lugar ubicado en el otro lado del mundo, y ni él ni sus antepasados habían salido de ahí. Pero inesperadamente en la sala de espera un grupo de desconocidos estaba aguardándolo. Cuando lo vieron se le acercaron con expresiones de gran emoción. Él cerró los ojos y aquella bienvenida insospechada se le iluminó por dentro: “¡Gracias, destino, por hacerme sentir así que Dios está en todas partes, y que yo, como su Hijo, debo hacer lo mismo!”

1354. COMUNIDAD ASTRAL

Los árboles rojos y amarillos proliferaban por la ruta, y la activación coreográfica del ambiente era irresistible. Eran las 9 de la mañana en punto, y todo estaba listo para que comenzara el desfile de animaciones multicolores. En las aceras, la multitud parecía instalada en un anfiteatro extendido. La cámara televisiva recorría el mosaico vivo, y de pronto se detuvo ante aquel personaje anónimo que en apariencia no tenía nada de especial. El presentador le acercó el micrófono: “¿Y usted de qué suburbio viene a ver la ‘parade’ de Thanksgiving Day en el corazón de New York?” “Si adivina le regalo un pase para que pueda acercarse a todas las estrellas que quiera…” “Pero usted no es una estrella, joven. ¿O es una estrella disfrazada?” Risita pícara. “Soy un extraterrestre y las conozco a todas, las del cielo digo…”

1355. EL CONCIERTO DEL SIGLO

Caminaba por Central Park como lo hacía allá en tiempos remotos por los caminos polvorientos en los alrededores del río Las Cañas. En aquellos tiempos iba siempre acompañado por una melodía con sabor a bolero que se le había prendido en las telas finas del sentimiento incipiente; hoy la melodía era una plegaria encendida en el interior de la capilla de la primera madurez. Al llegar al lugar del parque en que se recordaba al creador de “My Sweet Lord” tuvo el impulso de arrodillarse para motivar la conexión íntima. No lo hizo físicamente, pero sí en la capilla del sentimiento no expresado. Ahí se quedó hasta que George Harrison apareció entre los árboles y fue a ponerse a su lado con la canción a flor de alma. Fue el concierto supremo, con él como único espectador.1356.

1356.FUTURO PARA DESMEMORIADOS

Llegó del Norte a ver a su familia después de tanto tiempo y a conocer a los nuevos miembros de esta. En el aeropuerto le esperaban muchos parientes, pero para su sorpresa todos le eran desconocidos. ¿Qué había pasado con su gente, la de entonces, con la que se comunicó durante tanto tiempo? No preguntó nada en el trayecto hacia la casa, porque ninguno de los presentes daba muestras de querer explicarle nada en particular. Lo trataban como a un viejo conocido, y nada más. Llegaron. ¿Qué era aquello? La casa tampoco era la recordada ni estaba ubicada en la zona de entonces. Le dio miedo indagar. Miedo tiritante. Y aquella noche, solo en su cuarto, se preguntó entre la oscuridad: “¿Quién soy?” No había respuesta, porque era como volver a nacer…

1357. ACCIÓN DE GRACIAS

Afortunadamente no tenía que desplazarse demasiado para cumplir con su propósito, porque en esa víspera había amenaza de colapso en todas las vías de acceso, aéreas o terrestres. A él le bastaba con tomar su auto y dirigirse a la población inmediata entre boscajes otoñales. Así lo hizo. Llegó al lugar, que aquel día semejaba un oasis casi primaveral. ¿Qué había pasado para que aquel efecto inverosímil se diera? Ni siquiera se lo preguntó: se introdujo casi corriendo en el espacio donde el aire y la vegetación parecían haber hecho un pacto de complicidades fragantes. Y ahí, en el atrio de polvo, se arrodilló como lo hiciera en la catedral mayor: “Naturaleza, el nuestro sí es amor correspondido…”

1358. ALAS ABIERTAS

Le llamaban “el imaginativo” porque siempre andaba imaginando cosas que para casi toda la gente que le conocía eran puras rarezas. Pero cuando se trató de formalizar relación lo hizo con la muchacha más previsible y de la manera más tradicional. Los que más lo conocían pensaron que sus excentricidades habían sido pura distracción de adolescente. Él sonreía para sus adentros, haciendo cábalas sobre lo que vendría después. Y así un día de tantos le dijo a su recién estrenada esposa: “Nos vamos a volar mundo con nuestras propias alas”. Y cuando la gente del vecindario vio aquella pareja alejándose en el aire con las alas abiertas muchos pensaron: “Esto le hubiera lucido al imaginativo. Lástima que vive con su pareja como ermitaño… “

1359. LA TIERRA HABLA

Se llamaba Sally y tenía la personalidad de los seres libres que corretean sin fin por las colinas próximas. Al conocer a Pepino el clic fue inmediato. Como era de esperar, muy pronto la línea del abdomen comenzó a expandirse promisoriamente. Ley del oficio amoroso. Pasó el tiempo previsto y el día del suceso no había signos de ninguna novedad. Entonces Sally dejó de aparecer por los alrededores. Pepino andaba tranquilo por ahí, como si supiera lo que pasaba. Un par de días después los que buscaban a Sally la encontraron con sus cinco cachorros recién nacidos en una cueva entre las raíces del joven conacaste que se hallaba al borde de la pendiente que daba a la calle. Aquel refugio protector era el albergue que ofrecía el terreno a sus habitantes favoritos.

1360. OTRO VIERNES NEGRO

La avalancha de ofertas comerciales lo tomó con el ánimo dispuesto. Ese día todo se podía comprar a precios increíbles. Salió para incorporarse a la multitud ondulante. Y llegó a su lugar elegido sin mayores obstáculos. No tuvo necesidad de revisar escaparates. Sabía a lo que iba. “Este”, le dijo al dependiente. “Y por favor no vaya a envolvérmelo. Los sueños no admiten envolturas…”

1361. CAMINO DE SANTIAGO

Estaba por llegar a destino, después de la caminata que parecía haber durado toda la vida. Y cuando se detuvo respiró por última vez. Ya todo el aire lo tenía dentro.

JUGUEMOS AL TIEMPO PERDIDO

JUGUEMOS AL TIEMPO PERDIDO

Cuando salió de prisión luego de estar encerrado durante más de diez años por delitos diversos se encontró de pronto con una libertad que lejos de cautivarlo le ponía los pelos de punta. Su mujer lo había dejado para irse como inmigrante ilegal con los hijos hacia el Norte, y la pequeña casa donde siempre vivieron estaba hoy en poder del abogado que tuvo su caso por todo el tiempo, para responder por honorarios profesionales. Tuvo entonces que refugiarse, sin pedir permiso y como una especie de invasor de los que hoy se estilan, en el cuchitril donde se alojaba su único pariente vivo: Noé, el que reparaba zapatos y hoy también ejercía labores de brujo; y esto último le daba mucho más ingreso porque en tiempos de penuria y de inseguridad casi todo el mundo quiere ir a hacerles preguntas a los espíritus escondidos.

Noé lo recibió como si él fuera mensajero de algún poder que se hacía sentir sin darse a conocer. Él pronto percibió que Noé, su primo segundo, estaba tratándolo como si fuera su hermano, y como nunca tuvo hermanos tal sensación se le hacía especialmente inefable. Así se lo dijo un domingo con sabor a canela disuelta en café:

–Lástima que no te conocía antes, Noé, porque quizás me hubieras enseñado el buen camino.

–¿Yo? ¿Cómo cres, hombre? Yo ando casi siempre en malas compañías…

–Nunca te he visto con nadie sospechoso.

–Es que la gente con la que ando no se mira. Son puras sombras… A la gente le gustan las sombras, y paga por tenerlas a su alrededor. Yo sólo soy un arriero de sombras…

–Bueno, pues allá vos. Yo lo que te digo es que vengo de conocer las verdaderas sombras, y eso es lo que quiero olvidar. En serio, hermano.

Cuando pronunció la palabra hermano, Noé se cubrió el rostro con los dedos crispados.

–¡Se me hizo, se me hizo! –exclamó, con voz enternecida.

Y en ese instante se le acercó para abrazarlo, como si acabara de encontrar lo que andaba buscando desde siempre.

Él se sintió tocado por una fuerza superior:

–¡Gracias, mano!

EL MORRAL DE JIBOA

Las orquídeas se multiplicaban en las ramas de los morros sin que nadie hiciera nada para que eso ocurriera. Al menos nadie que tuviera identidad humana reconocible. Desde su más remota infancia venía transitando, en caminos de tierra o en rutas de nostalgia, por aquellas extensiones de tierra generosa, y el hecho del florecimiento multiplicado en los ramajes no tenía para él ninguna connotación extraordinaria. Era lo normal en aquel ambiente durante la temporada veraniega, como si las orquídeas silvestres tuvieran nexos familiares con la fresca y soleada libertad del aire que correteaba por los alrededores.

Ahora regresaba a la casa patronal en el centro de la prominencia rocosa que estaba junto al límite con la propiedad vecina, muy cerca ambas del caudal del río Lempa y al pie del cerro casi despoblado de vegetación que estaba en el costado. Cruzó la puerta de golpe y de inmediato estuvo junto a la bodega donde se guardaban todos los aperos de trabajo, incluyendo desde luego las monturas, las riendas, las espuelas, los lazos…

Pensó entonces en Lucero, el caballo que estaba ahí, en el corral, siempre dispuesto a salir trotando por los potreros y los morrales, hasta llegar al cantón vecino, Los Arracados, donde vivía aquella cipota de ojos azules cuya imagen nunca desapareció de su mente, aun en los tiempos más absorbentes de sus distintas ausencias.

Sintió de pronto que todo aquello había sido una odisea de todos los colores imaginables, pero sin perder en ningún momento el destello vagabundo de aquellos ojos, que ahora vivían en muchas de sus historias escritas, como si hubieran encontrado su destino natural. Entró en la bodega, y todo estaba exactamente igual. Eso le produjo una ansiedad inesperada. ¿Significaba que Lucero se hallaba ahí nomás, en el corral de siempre?

No se animó a ir a comprobarlo, y en cambio se dirigió hacia la casa patronal, que estaba rodeada por una especie de cinturón tendido de piedras rústicas y tenía enfrente un amate que parecía haber nacido del tamaño actual. Se detuvo ante la puerta central que tenía sobre el borde superior el sencillo grabado a color y enmarcado en madera limpia de un santo de cuyo nombre nunca pudo acordarse. Pero esa imagen ya había encontrado identidad entre sus devociones presentes: era San Francisco de Asís rodeado de su familia de seres de los montes.

¿Entraría o no entraría? El dilema no duró nada: empujó la puerta, que en verdad estaba ligeramente entreabierta, y pasó al interior. Como venía ocurriéndole desde que inició su travesía después de cruzar el río Lempa, todo se hallaba en su sitio. Y al estar en aquel espacio que era el de la intimidad posible se hizo mentalmente la pregunta obligada:

“¿Qué significa el tiempo, si la voluntad de cruzarlo en la dirección preferida puede tomar cuerpo en el momento menos pensado?”

Y entonces tuvo el impulso irrefrenable de volver a la vegetación más cercana, que se extendía al sólo descender el promontorio de laja donde estaba ubicada toda la edificación principal. Iba de camino cuando una presencia le hizo detenerse con sobresalto: sí, ahí estaba Lucero, ensillado para hacer el paseo de siempre. Y cuando se le acercó se dio cuenta de que el caballo era sólo una brillante nubecilla de polvo. El de entonces se había quedado vagando entre los morros vecinos, con la alegría de los espíritus libres.

Se apuró a bajar para acercarse a las orquídeas florecientes entre los brazos de los morros. Y como el morral venía de un invierno copioso, todas sus energías creadoras se hallaban en acción. Él se introdujo entre los follajes como si lo hiciera entre las estructuras simbólicas de un templo que no tenía ningún temor a encontrarse a merced de los elementos terrestres y astrales. De repente, sin embargo, lo que era una floración perfectamente natural y previsible se le convirtió en un misterio anhelante. Las orquídeas no sólo estaban en los ramajes de afuera sino también en los ramajes de adentro. Y como a ellas, les ocurría lo mismo a la tierra y al aire. Mientras se alejaba hacia el río para cruzarlo y volver al diario vivir, se fue dando cuenta de que estaba entendiendo por fin el significado del tiempo, su guía inseparable…

MISIÓN DE LA CENIZA

Su vida en familia fue siempre entrañable y distante a la vez. Estaba y no estaba entre los suyos, como en un juego de imágenes que se encendían y se desvanecían al mismo tiempo.

Un día de tantos, llegó la hora de sacudir todos los lazos. No tenía que decirle nada a nadie, porque a nadie podía importarle. Bueno, salvo a ella, a la Toña, que había guardado en su tumbilla sus primeros manuscritos inocentes.

–Toñita, ya no vas a verme.

–¿Por qué, niño?

–Porque me voy.

–¿Y para´onde?

–A gozar del aire.

–Ummm… eso está feyo. ¿No será que se quiere horcar de una viga?

–Ah, Toñita, cómo vas a crer. Si a mí me gusta la vida. Y si está ensalivada, mejor, jajá.

–Ah, ya caigo: se va a dormir en una sola cama con alguna cipota sin estrenar.

–¡Toñita!… ¿Qué comés que adivinás?

La verdad era que no había nada de aquello por ahora. Aunque si se daba algo así pues tampoco iba a hacerme el desentendido. En verdad lo que quería era “gozar del aire” de una manera muy personal, que quizás nadie entendería del todo. Bueno, tal vez la Toña.

–Mirá, Toñita, a ver si me enseñás uno de los papeles míos que tenés guardados en tu tumbilla…

La Toña volvió a ver hacia otra parte, como si no le estuvieran hablando a ella. Sentí de pronto una apretura en el pecho. Ella se explicó en un hilo de voz:

–Comenzó un incendio y se quemó la tumbilla.

Tuvo entonces una reacción inesperada: por dentro se le desató un incendio y en unos segundos todo el pasado familiar se hizo ceniza. Ahora sí ya podía gozar del aire a plenitud. Los nudos estaban deshechos para siempre. A su alrededor los rostros de los padres y de los hermanos sonreían.

–¡Gracias, Toñita, me diste en el clavo!

–Ah, muchachito inocente, ¿no te habías dado cuenta?

–¿De qué?

–De que Dios tarda pero nunca olvida.

CIUDADANIA FANTASMAL (11)

MISIÓN DESVELO

Faltaban varias horas para que el vuelo llegara a destino y las luces de la cabina estaban apagadas para que los pasajeros pudieran dormir tranquilamente después de la cena. En la sección de primera todo estaba en silencio, con los tripulantes de cabina en su espacio propio. Por eso nadie pudo prestarle atención a la lucecita voladora que circulaba entre los asientos. Bueno, nadie salvo aquel adolescente que viajaba solo a la par de un asiento vacío.

De pronto la nave tembló, como si fuera presa de un escalofrío premonitorio. Entonces el adolescente insomne se incorporó con impulso que no tenía nada de angustioso. En un instante pareció desvanecerse en la densa penumbra. Si alguien hubiera estado atento al exterior, habría visto una sombra que flotaba aleteando a la expectativa. Cuando el avión se precipitó hacia las aguas, el adolescente solitario se alejó a dar cuenta de su misión cumplida.

EL PRÓXIMO JARDÍN

Fueron a hospedarse en el único hostal disponible en todos los alrededores. Era más bien una posada de las de antaño, con música de victrola, salón de estar con mecedoras y cocina de leña. La persona que estaba en el mostrador de entrada los miró como si hubiera estado esperándolos: “Bienvenidos, aquí pueden quedarse el tiempo que quieran. Ya alguien pagó su estadía”. Ellos se miraron sin sorpresa.

Durante los días siguientes ambos anduvieron por el entorno, como si quisieran reconocer el terreno desconocido. En realidad lo que buscaban eran indicios sobre lo que podría ser su próximo destino. Mientras caminaban por ahí, alguien se les acercó sin que se percataran:

—Hola, soy su guía aunque no me conozcan. Ya sé que ustedes acaban de ser desalojados de su lugar de origen y que andan buscando un nuevo destino. No se preocupen, yo tengo el jardín que buscan. Aquí tengo el brochure, miren: Paraíso II.

ALGUIEN OBSERVA

Salió de la prisión donde había estado recluido por un delito de estafa imaginativa. Su buena conducta le posibilitó volver a la calle antes de cumplir el tiempo de la condena. La primera impresión al salir fue la del aire libre, que era respirable de otra manera. Pero de inmediato llegó la pregunta: ¿Hacia dónde dirigirse? No tenía familia ni amigos. Era un indigente existencial, aunque no tuviera capacidad de identificarse como tal.

Se dedicó a recorrer las calles y mucha gente al verlo hacía el intento de darle limosna. Él seguía de largo, como si no fuera con él. Pero de pronto se dio cuenta de que podía ser una fuente de ingresos fáciles, al menos para comer un poco. Y ahí se quedó entonces, en una esquina, sentado en la acera, con un huacalito a la par.

Un cierto día nadie lo volvió a ver en el lugar. Nadie supo que se había trasladado al alero vecino, y que desde ahí observaba sin animarse aún a desplegar las alas.

EL ALTAR SECRETO

Se conocieron en un tren interestatal cuando iban ubicados en asientos inmediatos. De seguro la armoniosa trepidación de la máquina les removió sedimentos anímicos profundos y de ahí les nació el enlace emocional que se les haría consciente antes de llegar a la estación de destino. No volvieron a separarse, y todo parecía avanzar sobre ruedas. Formalizaron la relación y estaban a punto de casarse.

Entonces tanto él como ella comenzaron a sentir una ansiedad que no tenía precedentes. No se atrevían a comentarlo porque les daba miedo romper el encanto. Así llegó el día del enlace, y todo estaba listo en la capilla más cercana, a la que nunca habían entrado antes. Sonó la hora. Ceremonia común. Pero mientras estaban hincados frente al altar, este empezó a transfigurarse. Parecía un tren que llegaba al destino final, y de él brotaba un oficiante cubierto de luz:

—Contrayentes, ahora que están solos, únanse por su cuenta hasta el fin de los tiempos…

FLORECIMIENTO MAYOR

De pronto tuvo la sensación de que las palabras tienen vida propia, y eso le hizo entrar en una especie de sigilo emocional, porque ya no sabía qué podía surgir de lo que expresaba de viva voz. Así fue entrando en las estancias del silencio, que se le hicieron cada vez más familiares.

A su alrededor, muchos se preguntaban: “¿Qué le estará pasando a Prudencio? ¿Será que quiere hacerle honor a su nombre?” Nadie le hacía la pregunta directa, y él iba sumergiéndose en sí mismo, como en un estanque poblado de nenúfares.

Cuando estuvo a punto de desaparecer en ese pequeño piélago, una mano invisible lo alzó hacia arriba. Él dejó hacer sin resistencia, como si le invadiera la conciencia de lo inevitable, y entonces se oyó la voz:

—Estás perfectamente entrenado para valorar lo que dices y lo que callas. Vuelve a ser el que eras hoy con una maestría plena.

LOS ECOS NO PERDONAN

Empezaron a sentir el calorcillo de la emoción amorosa prácticamente desde que eran niños. Ya adolescentes iniciaron el noviazgo en forma, como si aquello fuera para la vida entera. Pero al traspasar la línea de los 20 años, algo pasó y acabaron yéndose cada quien por su lado.

Pasó el tiempo, y ellos no volvieron a verse. Quisieron rehacer sus respectivos destinos sentimentales y formalizaron uniones que parecían estables. Entonces les renació la más antigua ilusión, como un goteo compartido sin saberlo. Hasta aquella tarde en que ambos estaban solos oyendo boleros cantados por María Dolores Pradera, su favorita de siempre. Ahí a la mano hallaban los respectivos iPads:

—¿Estás oyendo lo que yo oigo?

—Iba a preguntarte eso en este instante.

TRIBUTO A LA CONFIANZA

Ella era estudiante de filosofía y lo único que sabía de Giorgio era que venía de Italia, ese mundo que siempre le pareció la quintaesencia de lo soñable. Él andaba en tareas de investigación social, y de seguro no se estaría mucho tiempo en tierras centroamericanas. Pronto se fueron juntos a pasar un fin de semana en un hotel de la Costa del Sol, y funcionó desde el primer momento la armonía de los aromas.

Pronto estuvieron las cosas a punto para tomar decisiones. “Me encantará irme contigo a Sicilia, a vivir en Agrigento, la tierra de Empédocles, el filósofo griego…” “Y a mí me encantaría quedarme a vivir aquí, donde la tierra, el agua, el aire y el fuego tienen alianza perfecta… “¡Es lo que hubiera anhelado Empédocles!”

Se tomaron de las manos y dijeron a coro:

—Entonces vivamos aquí y allá como en un columpio mágico…