Proyecto Plato Lleno: La comida no se bota

Plato Lleno. El proyecto inició operaciones en Costa Rica en septiembre del año pasado.

El olor de las especias que se reparten uniformemente sobre la masa blanca dispara los sentidos: seduce sutilmente.

El panadero Deykel Jackson coloca las piezas rectangulares de la masa ya condimentada al lado del fuego que calienta el horno.

“Se hace masa nueva todos los días”, dice Jackson. “La masa, por reglas del restaurante, si está cruda no la puedo hornear al otro día. En la mañana la cuento, la apunto y la tengo que desechar. Por eso comencé a tratar de dejar en la noche todo el pan horneado para poder guardarlo”.

Estamos en el restaurante Cosí de La Sabana, y el pan fresco, como todos los días, se hornea para acompañar los platos fuertes del menú.

Todos los días también sobra pan. Las piezas no consumidas antes terminaban en el basurero. Ya no.
Desde hace un mes este restaurante comenzó a colaborar con el proyecto Plato Lleno, una iniciativa ciudadana que busca evitar que lleguen al basurero alimentos que todavía podrían ser consumidos por alguien más. Su emblema principal: la comida no se bota.

Solidaridad. Han contactado a restaurantes y salas de eventos para recoger la comida que sobra para entregarla a gente pobre o a indigentes.

No al desperdicio

Tatiana Vargas, comunicadora de profesión, trabajó con la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) durante siete años. Fue ahí cuando tuvo su primer acercamiento al tema de desperdicio de comida y al derecho a la alimentación.

Junto con su prima Mónica Ortiz, decidieron poner foco sobre una problemática mundial que las incomodaba y así replicaron la iniciativa de origen argentino en nuestro país. “En 2013, Alexis Vidal y Paula Martino tenían una empresa de eventos sostenibles y se dieron cuenta de que en los eventos que ellos realizaban en Argentina siempre sobraba mucha comida y siempre se botaba. Basados en eso fue que decidieron abrir Plato Lleno en Argentina”, explicó Vargas, una de las cuatro líderes del proyecto en Costa Rica. “Los contactamos para ver qué posibilidades había de replicar el proyecto acá. Es la primera réplica en Centroamérica. Ellos han replicado el proyecto en cuatro ciudades argentinas y Costa Rica fue el primer país”.

Hace mes y medio, Colombia se unió a las filas desde Cartagena. En septiembre del año pasado, Plato Lleno Costa Rica lanzó su imagen y su campaña y en octubre se abrieron al público, invitando a restaurantes, hoteles, empresas, organizadores de eventos privados y demás a contactarlos para hacer rescates de comida que de otra forma sería desechada.

En estos meses de operación, el proyecto ya ha realizado 100 rescates en eventos y restaurantes, ha capacitado a más de 50 personas para que puedan realizarlos con un proceso que evite la contaminación de la comida y han logrado salvar del basurero más de 2 toneladas de alimentos.

“Mi cálculo es que no logramos rescatar ni el 0.5 % de lo que se desperdicia en el país. Si tuviéramos la capacidad de rescatar todo lo que se bota, estaríamos hablando de toneladas de toneladas mensuales de comida”, expresa Vargas.

Voluntariado. “Siempre he sido una mujer muy activa, pero ahora no estaba haciendo nada.
Después de los 40 ya no nos dan trabajo”, expresa la voluntaria Vivian Solano.

Nueva vida

No todos los alimentos pueden ser salvados. La organización cuenta con un protocolo ya establecido de rescate para no poner en riesgo la salud de los beneficiados; así se dejan por fuera platos con tomate, huevo, algunos tipos de pescado y otras comidas propensas a desarrollar bacterias con facilidad.

Una vez rescatados los alimentos, se llevan a albergues, comedores, hogares o instituciones sociales que entreguen comida a sus beneficiarios. El criterio principal de la entrega es la proximidad al lugar del rescate y la cantidad de personas que atiende el lugar.

Instituciones como la Fundación Fundamente, el Comedor Infantil San Francisco y la Casa María Auxiliadora son solo algunas de las entidades que han sido beneficiadas por el trabajo del proyecto que hoy cuenta con 20 voluntarios activos.

Vivian Solano. Ella es una de las 20 voluntarias activas del proyecto.

“La Casa María Auxiliadora es un engranaje de instituciones y grupos que nos apoyan. Detrás de este proyecto uno sabe que hay muchas personas de buen corazón. Hacia esas personas va nuestro agradecimiento”, dice Sor Susana Li, religiosa de la institución que atiende a personas adultas mayores y a jóvenes en riesgo social.

El pan donado por Cosí que la voluntaria Vivian Solano les ha hecho llegar tres veces por semana se ha convertido en budín y en pizzas.

“Lo importante es que la comida no se desperdicie”, dice Solano. “Yo siempre he sido una mujer muy activa, pero ahora no estaba haciendo nada. Después de los 40 ya no nos dan trabajo. Gracias a Dios, económicamente estoy bien, así que dije, si nadie me quiere, voy a buscar voluntariados. Este me gustó mucho”.

“Es una cosa muy cotidiana, además. Todos botamos comida a la basura, siempre. El hecho de botar comida implica muchísimas cosas, por ejemplo, el tema ambiental. Si el desperdicio de alimentos fuera un país, estaría en el tercer lugar de emisiones de gases de efecto invernadero después de Estados Unidos y China”, asegura. “Por el lado económico, se calcula que todo el dinero que se bota a la basura es aún mayor que toda la ayuda que dan todos los países y todos los organismos internacionales al desarrollo.

¿Por qué importa?

Annia Prado, cocinera de la Casa María Auxiliadora, recibe los panes donados por Cosí.

“Mucha gente nos dice: ‘Qué bueno que ustedes van y le regalan comida a las personas’. Esa es una de las partes importantes de Plato Lleno, pero lo más importante para nosotros es que la comida no se bote. Es el eje central de la iniciativa, el respeto por el alimento”, asegura Vargas. “Toda la cadena de producción de alimentos es enorme. Implica muchos recursos tanto humanos como financieros, que al final terminan en la basura”.

Con la problemática del desperdicio de alimentos, encontraron un voluntariado ciudadano innovador y con mucho impacto.

“Es una cosa muy cotidiana, además. Todos botamos comida a la basura, siempre. El hecho de botar comida implica muchísimas cosas, por ejemplo, el tema ambiental. Si el desperdicio de alimentos fuera un país, estaría en el tercer lugar de emisiones de gases de efecto invernadero después de Estados Unidos y China”, asegura. “Por el lado económico, se calcula que todo el dinero que se bota a la basura es aún mayor que toda la ayuda que dan todos los países y todos los organismos internacionales al desarrollo. Son razones de mucho peso en temas ambientales, económicos y sociales que me hacen pensar a mí ¿por qué nunca nadie le había puesto atención a este problema?”

En efecto, según datos de la FAO, el volumen mundial del desecho de alimentos se calcula en 1,600 millones de toneladas anuales en el equivalente de productos primarios. El total de los alimentos para ser ingeridos equivale a 1,300 millones de toneladas.

“Las consecuencias económicas directas del despilfarro de alimentos (excluyendo el pescado y el marisco) alcanzan los $750 millones anuales”, confirma el organismo. “El volumen total de agua que se utiliza cada año para producir los alimentos que se pierden o desperdician (250 kilómetros cúbicos) equivale al caudal anual del río Volga en Rusia, o tres veces el volumen del lago de Ginebra”.

El director general de la FAO, José Graziano da Silva, urgió a agricultores, pescadores, procesadores de alimentos y supermercados, gobiernos y consumidores a “hacer cambios para evitar, en primer lugar, que ocurra el desperdicio y reciclar cuando no podamos impedirlo”. “No podemos permitir que un tercio de todos los alimentos que producimos se pierda o desperdicie debido a prácticas inadecuadas, cuando 870 millones de personas pasan hambre todos los días”, agregó.

De acuerdo con datos de Plato Lleno, con apenas un tercio de los alimentos que llegan a la basura se podría alimentar a toda la población hambrienta en el mundo.

La lucha que han emprendido desde la organización es también con políticas empresariales que dictan que la comida debe botarse de no ser consumida por sus clientes, así como con el miedo de las grandes empresas de alimentos que buscan evitar meterse en problemas.
“Algunos restaurantes nos dicen: ‘¿y qué va a pasar? ¿Usted me va a firmar un contrato para que si a alguien le pasa algo a mí no me echen la culpa?’ Cuando llegamos a ese punto, nosotros decimos: ‘Gracias por su tiempo, pero Plato Lleno no es para usted’”, añade Vargas. “Es justamente para que las empresas y la gente entiendan que cuando compran un alimento, tienen una responsabilidad sobre él. Usted adquiere una responsabilidad sobre la producción de ese alimento y es su responsabilidad ver qué pasa cuando ese alimento no se consume”.

La gente no lo percibe así. “La gente lo ve como si fuera caridad o por hacer algo por los demás, pero realmente es una responsabilidad que se tiene”, agrega. “Si usted como empresa de alimentos no es consciente de eso, no está entendiendo el objetivo que tiene Plato Lleno”.

Colaboradores. El restaurante Cosí colabora con el proyecto desde hace un mes donando los panes sobrantes de sus locales.

(Sobre)Vivir entre ceniza

Ganado. En La Pastora, los pastos lucen saludables. Sin embargo, los ganaderos de la zona tienen que traer pastos de otras zonas para alimentar el ganado. También se han implementado invernaderos en los cuales permanece el ganado durante los días con más ceniza.

Un sembradío perdido se parece mucho a un cementerio. No solamente en el sentido más estricto –un terreno amplio y silencioso lleno de cosas muertas–, sino incluso en los más improbables: cuando uno camina entre plantíos de papa muerta –muerta antes de siquiera salir de la tierra, de dar frutos–, es sencillo percibir una sensación de lamento, de pérdida y, para quienes no somos más que testigos de la tragedia y no víctimas directas, también de respeto distante.

La muerte, como el cariño, tiene muchas formas.

Es probable que don Greivin Brenes no sintiera particular cariño por sus plantaciones de papa, pero cuando se trabaja arduamente, de sol a sol, durante meses en una siembra –o, realmente, en cualquier otro tipo de empresa– es inevitable desarrollar una relación con las pequeñas plantas verdes, miles de ellas repartidas a lo largo de cientos de hileras.

Más aún cuando de las legumbres depende el bienestar de una –o de varias– familias. Cuando esa consigna se asoma por la cabeza mientras uno camina entre papa muerta, la sensación de estar en un cementerio incrementa y golpea fuerte en la boca del estómago.
Es difícil dimensionar que una catástrofe como esta sea producto de un polvito gris que cae del cielo.

La ceniza es un enemigo inclemente y astuto, capaz de camuflarse entre los sembradíos y, en tiempo récord, inutilizarlos y convertirlos en tierra muerta.

Los campos sembrados con papa de Greivin Brenes dominan parte del paisaje que atraviesa la carretera. El camino, como una gran serpiente grisácea, trepa desde Santa Cruz hasta La Central, un pueblo forzosamente abandonado donde se ubica un minúsculo puesto del Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) que cierra el paso: a la cresta del Volcán Turrialba solo pueden subir quienes cuenten con el beneplácito del gobierno costarricense.

Vivir a las faldas de un volcán en actividad –o vivir de lo que en ellas se produce– es un ejercicio de constante preocupación y, también, de fe ciega: no queda más que sembrar y mirar al cielo esperando que el volcán perdone, que la naturaleza sea piadosa, que no caiga más ceniza.
Aunque las erupciones del Poás –principalmente– y el Rincón de la Vieja han acaparado, y con razones, la atención mediática en semanas recientes, los vecinos del Volcán Turrialba viven en un permanente estado de alerta.

No hacen falta ríos de lava, temblores o erupciones –aunque las segundas sí ocurren con alguna regularidad– para sentir la sombra perenne del volcán.
A las faldas del coloso, la cotidianidad se siente como un riesgo engañoso: un buen día, el trabajo y el sustento, la tranquilidad y la serenidad, pueden quedar reducidos a ceniza.

Retumbos

“A todo se acostumbra uno. Un día de estos, un vecino me dijo: ‘Eli, ¿escuchaste el volcán?’, y yo ni me había dado cuenta. Durante el día uno no se da cuenta, porque pasan carros y uno está ocupado, pero por las noches siempre suena”.

Elieth Romero conoce de primera mano los efectos de la ceniza que arroja el volcán. Sabe, como lo sabe don Greivin Brenes, que en una noche de rocío gris, el esfuerzo de meses de trabajo puede convertirse en un triste recuerdo. Sabe, también, que convivir con un volcán activo es una lucha de todos los días, una que no da tregua.

Elieth vive, junto a su esposo, Francisco Díaz, y sus tres hijos, en una finca ubicada en San Antonio de Santa Cruz de Turrialba, en una bifurcación de la carretera que conduce al Monumento Nacional Guayabo. El pico del volcán se encuentra al noroeste, una casualidad geográfica que durante mucho tiempo los mantuvo a salvo de la fuerza destructiva de la montaña.

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Entre gris. Tras recorrer varios kilómetros, el río Aquiares todavía arrastra muchísima ceniza causal abajo.

Fue hace poco más que una década–el 31 de marzo de 2007– cuando el Volcán Turrialba comenzó a mostrar señales de actividad, tras muchos años de relativa calma. Algunas erupciones de ceniza causaron la quema y calcinación de los cultivos ubicados en el flanco noroeste, producto de la lluvia ácida que resultó de la expulsión de la misma ceniza en combinación con el clima lluvioso propio de la zona.

De acuerdo con el archivo de La Nación , entre 2009 y 2013 hubo ocasionales columnas de vapor de varios kilómetros de alto, así como erupciones de materiales finos. Los sedimentos fueron arrastrados por el viento hacia el interior del país, y así la ceniza se convirtió en un tema de conversación importante para personas en zonas alejadas como Desamparados, Aserrí y Coronado, así como zonas en Cartago como el cantón de Oreamuno.

En enero de 2010, el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (Ovsicori) confirmó que el volcán estaba “en capacidad para expulsar materiales más pesados a la atmósfera”. Es decir, que el Turrialba se estaba preparado para un período de actividad mucho mayor.

En efecto, a partir de 2014 el Volcán Turrialba ha protagonizado un ciclo eruptivo constante que ha puesto en jaque a los vecinos y en aprietos a las autoridades. Detener el poderío de un volcán es imposible; contrarrestarlo, agotador y, muchas veces, poco efectivo.
Nadie sabe cuándo pasará el peligro, nadie sabe cuándo se acabará la ceniza.

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Acumulación. El techo de invernadero suministrado por el MAG a productores de la zona. Está cubierto de ceniza.

Para ir –cuando se podía– de su casa al cráter del volcán, Elieth, Francisco y su familia deben recorrer unos 20 kilómetros de camino empinado. En línea recta y sin obstáculos, sin embargo, atravesando los cielos como lo haría un pájaro –o la ceniza–, apenas hay siete kilómetros de distancia entre un punto y el otro.

Pese a esta cercanía, durante años la amenaza del volcán fue un problema muy real que, por fortuna, los había esquivado a los Díaz Romero y a los demás vecinos de San Antonio. Las cosas comenzaron a cambiar, sin embargo, hace medio año.

“Los problemas comenzaron de unos seis meses para acá. Antes de eso estaba normal; bueno, normal para nosotros, solo afectaba para allá”, cuenta Elieth señalando hacia el oeste, donde hasta hace poco se habían concentrado los efectos devastadores de las erupciones. “Ahora empezó a quemar a la redonda. El humo se empezó a tirar de este lado”.

Cuenta Elieth que, durante los primeros ocho días de erupciones no hubo un solo momento del día en que no cayera ceniza sobre los campos. Los retumbos también eran constantes: “A partir de medianoche, se vuelve insoportable y no deja dormir de lo duro que suena. Es como tener una olla de presión en la cocina; usted oye donde viene subiendo. Es oír un jet todo la noche”.

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El pick up de Didier Quesada apenas se puede ver debajo de una docena de cargas de pasto cortado. El pesado trabajo de carga lo hacen él y Horacio Brenes Bravo, un peón que le ayuda y que, cuentan, es sobrino de Jorge Debravo. Entre ambos, se encargan de acomodar kilos y kilos de pastura en el cajón del vehículo, que cada vez se ve más diminuto. El trabajo de corte y carga es desgastante y extenuante, toma el día entero, pero es necesario.

“La última caída de ceniza afectó mucho los pastos y los animales no pueden comérselo. Hay que cortar la pastura y lavarla, o por lo menos sacudirla, porque es bastante ceniza la que cae”, cuenta Quesada.

Para pequeños ganaderos como él, detener la producción es imposible y toca ingeniárselas como sea posible. Por eso, desde que despunta la mañana, el sobrino del mayor poeta en la historia de este país se dedica a volar machete. El pasto se les da de comer a las vacas, pero es insuficiente.

“Hemos tenido pérdidas en la producción de leche”, cuenta Quesada. “La ceniza afecta a los animales cuando la comen, y también cuando la respiran. Se enferman mucho. El MAG (Ministerio de Agricultura y Ganadería) ha ayudado repartiendo pacas y otras cosas, pero es apenas para sobrevivir porque no hay abasto”.

Quesada también cuenta que su familia se ha visto afectada: su esposa padece de alergias y sus hijos presentan algunos problemas respiratorios y tos cuando la caída de ceniza se intensifica y el olor a azufre se vuelve un mal que no pasa.

Guillermo Solano, quien se dedica a la producción de leche, también ha visto comprometida su estabilidad económica. Su finca, ubicada muy cerca del puesto que restringe el paso hacia el cráter, ha sufrido severas pérdidas tanto para él como para los pocos vecinos que todavía se mantienen en la zona. La Central, el último asentamiento antes de la cima, es un pueblo fantasma.

“La ceniza provoca muchos problemas, pero yo prefiero que vaya soltando la presión así, poco a poco. Prefiero eso en lugar de que haya una gran explosión y no nos queda nada”, dice Solano.

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Hace unos dos, tres meses, Elieth se despertó con una espinita en el corazón que no la dejaba tranquila. Presentía que la noche había sido cruel y cuando salió de la casa lo confirmó: había caído ceniza sin parar durante sepa Dios cuántas horas.

Sin pensarlo, con el corazón estrujado, se lanzó a la carrera a través de la finca en dirección al corazón del terreno, donde estaban los cortes de tomate en los que su familia había trabajado durante unos cinco meses.

Cuando finalmente llegó a su destino, supo que su corazón no se había equivocado. La ceniza había convertido los frutos rojos en bolas negras, muertas, que se deshacían al tacto y que, por supuesto, ya no podrían venderse.

Elieth estima que se perdieron unos ¢2 millones. En una sola noche, medio año de trabajo se perdió.

Todavía quedan, a medio enterrar entre la tierra, los remanentes de la malla utilizada para sostener aquellas plantas. Es una huella, tirada entre la maleza, de lo que pudo ser; a la vez, es un recordatorio de que ahí, asomándose entre las nubes, está inamovible el volcán.

“Una vez un vulcanólogo nos dijo, en una reunión comunal, que nosotros no estábamos viendo una cosa: ‘El volcán está recuperando la tierra que un día ustedes la quitaron. Se apoderaron de dos kilómetros de cono principal que él tiene que quemar. Hasta que él no termine de hacer eso, no va a explotar como tiene que hacerlo’”.

Si el peligro es latente, y su posibilidad es imprevisible, la pregunta brota fácil a la superficie: ¿por qué quedarse allí? En muchos casos, la respuesta es de índole económica: nunca es fácil dejarlo todo botado y trasladarse a otro destino, más aún cuando el bienestar depende de lo que se produce en la tierra. Además, entre los vecinos de la zona abundan los rumores de familias que dejaron sus fincas para irse a tierras más tranquilas y ahora apenas si logran sobrevivir.

Pero, después de todo, quizás el factor de más peso no tiene que ver con dinero. Tiene que ver con algo mucho más simple.

Este es su hogar.

“Llevamos más de 20 años en esta finca, y hemos vivido en esta zona toda la vida. Yo no me voy a ir. Después de que pasó lo de los tomates que perdimos”, recuerda Elieth, “mi hijo mayor se me acercó y me dijo: ‘Mami, nosotros de aquí nos vamos solamente cuando ese volcán estalle y ya no quede de otra’. Y tiene razón”.

A salvo. Víctor Paniagua, peón de la finca de Francisco Díaz, trabaja un corte de tomate que no ha sido afectado por la ceniza.

“Mi gobierno dejó mucho sembrado, hoy se recogen frutos”

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

A casi tres años de haber dejado el poder, Laura Chinchilla Miranda hace un repaso de su elección y de su gobierno, un hito en la participación política de las mujeres en Costa Rica. Por primera vez, una mujer llevó las riendas de la Presidencia de la República.

La entrevista se hizo en el marco de la edición especial de la Revista Dominical de coberturas políticas hechas por el diario La Nación desde su fundación hace 70 años, y en el cual se rememora su histórica elección.

Chinchilla habló sobre su paso por Zapote y cómo se gestó su candidatura, sin ahondar en “temas de coyuntura política doméstica”.

Ella asegura que en lo fundamental, le cumplió al país y que muchos de los frutos que está recogiendo el gobierno de Luis Guillermo Solís son cosecha de su administración.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿En qué momento usted comienza a darle forma a su precandidatura? ¿Era algo que llevaba tiempo analizando?

Aunque sé que a veces es difícil que la gente crea algunas versiones que damos quienes hemos estado en la vida pública, en mi caso sí quiero decir que yo en realidad no venía persiguiendo la meta de convertirme en presidenta. Lo mío siempre había sido una fuerte vocación al servicio público, que había sido sembrada por mi padre en mí.

De manera que había tenido la oportunidad de ocupar, por primera vez, una mujer el cargo de viceministra en las labores de Seguridad, luego el cargo de ministra, fui también la primera ministra de Seguridad, de ahí tuve la oportunidad de servir como diputada en el Congreso, de ahí como vicepresidenta (de la República) y ministra de Justicia. Casi para entonces, 15 o más años, en donde yo creí que ahí terminaba mi carrera política, sirviendo como vicepresidenta de ese gobierno, y fue precisamente durante ese gobierno que crecieron las voces en torno de que el país parecía estar preparado para tener una candidata a la presidencia, con posibilidades reales de ganar y, varias voces, de alguna manera, llevaron a mí en ese sentido. Fue, de verdad, la primera vez que yo comencé a considerar de manera clara y con seriedad.

¿Cuáles voces? ¿Quiénes eran esas voces?

Diversas voces porque ya desde que yo estaba en el Congreso alguna gente me lo había comentado, compañeros de bancadas, tanto de Liberación como de otras fracciones, alguno que otro amigo más ligado a temas periodísticos o conocidos, y durante el gobierno, dado que obviamente se espera que hubiera una sucesión de Liberación, eso siempre es razonable, que haya una sucesión de quien está gobernando, pues también comenzaron a surgir algunos comentarios en torno a mí persona.

¿En algún momento dijo que no?

Sí, claro, vamos a ver. Yo tenía un mandato constitucional y tenía una misión que cumplir a la par de un presidente que me había solicitado que le acompañara en la fórmula, y yo nunca fui de estar jugando por detrás aspiraciones que pudiesen chocar con la misión que estaba cumpliendo, a mí me gustaba cumplir con mis cargos. No fui de estar brincando de un lado para otro y, bueno, habíamos perdido un vicepresidente y yo quedaba como única vicepresidenta; entonces, cuando efectivamente iniciaron algunas voces a planteármelo, no de una manera formal pero sí de ¿por qué no lo pensás?, yo siempre dije ‘mi obligación es terminar con este gobierno’, así que al principio no estaba dentro de mis consideraciones.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿Usted lo consultó con Óscar Arias?

Voy a ser muy franca. Es que yo nunca hubiese podido tomarlo como una iniciativa mía, siempre fui sumamente apegada a cumplir las misiones que se me asignaban; entonces, ni siquiera yo iba a hacer el planteamiento. Me imagino que alguna gente que se me acercó comenzó a conversar entre ellos con don Óscar, hasta que él directamente me llamó un día.

Fue una conversación telefónica y me pregunta abiertamente que si yo estaba considerando esa posibilidad y mi respuesta fue: ‘No, no, señor, yo no estoy considerando esa posibilidad porque usted sabe que mi obligación es terminar con usted este gobierno’. A partir de ahí, se inicia un proceso de conversaciones entre él y yo que básicamente nos lleva a que sea una decisión que se toma de manera conjunta. Si no hubiese sido así, yo nunca habría dejado el gobierno, porque, de nuevo, mi obligación primaria era cumplir con esa obligación constitucional.

Usted renuncia a la vicepresidencia en octubre de 2009, ¿cuánto antes había tomado la decisión de buscar la presidencia?

Esa decisión se tomó a lo largo del primer semestre de ese año. Durante ese semestre hubo conversaciones, fundamentalmente con el entonces presidente y yo, y, por supuesto, también entre mi familia y yo. Esos fueron fundamentalmente los dos focos de conversación y de consulta, eran frente a quienes yo me sentí principalmente obligada.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿Fue inevitable su candidatura, como dijo una vez en La Nación?

No, obviamente fue producto de una gran reflexión. No es simplemente que el destino me lo puso ahí, yo nunca he creído esas cosas de que era inevitable que yo me convirtiera en presidenta, no, pudo haber sido otra mujer.

Pero por la coyuntura de ese momento, ¿su candidatura no se volvía inevitable? Posiblemente sí, ya llegado el mes de octubre sí, porque ya se había llevado un proceso de negociación y de reflexión, en ese sentido, de manera que cuando yo salgo, sí, obviamente era producto de un proceso inevitable que habíamos iniciado con su reflexión a inicios de ese año, 2009.

¿Por qué cree que la gente votó por usted? ¿Por continuidad del gobierno de turno? ¿Por sus logros en la función pública? ¿O por el hecho de ser mujer?

Está todo muy documentado, las encuestas y los testimonios de la gente. Nunca hay un único factor que lleve a la gente a votar por un candidato y eso mismo pasó en mi caso. Yo diría que se podrían resumir en tres elementos fundamentales.

El primero de todos es que la gente me conocía, ya iba a llegar a 20 años de servicio público, con un expediente absolutamente impecable, de manera que la gente me conocía, era confiable, sabía de dónde venía Laura Chinchilla.

El segundo elemento es que hicimos una muy buena campaña, logramos ubicarnos en un centro ideológico, con el candidato del PAC hacia la izquierda y con el candidato del Movimiento Libertario hacia la derecha, y eso fue una clave importante de nuestra estrategia. Así como tratar, desde el principio, de vacunarnos contra los prejuicios de una mujer presidenta, utilizando mucho el tema de la firmeza, que se derivaba de las funciones que yo había cumplido, fundamentalmente combatiendo el crimen en el país.

Y el tercer elemento es que sí había un sector de la población que si bien no era mayoritario, pero era importante, que también quería apostar a otro gobierno que siguiera librando algunas de las luchas que había librado el gobierno anterior.

Usted en medio de la campaña cambió el eslogan, no inició con el “Laura firme y honesta”, era algo así como “Laura somos todos”, no recuerdo bien…

Así es, nosotros empezamos la campaña con un llamado a la unión, eso fue una cabezonada mía y vimos que era débil. Vimos también que, muy rápido pero muy rápido, como forma para descalificarme, empezaron a surgir los estereotipos alrededor de la mujer, a pesar de que yo era la candidata más preparada, con más trayectoria de servicio y que había enfrentado más experiencias y situaciones en el sector público, muy rápidamente me calificaron como la marioneta.

De manera que entonces nos tuvimos que mover, a partir de algunos ejercicios con focus groups y consulta a la gente, hacia un eslogan que sacara la parte más fuerte de mi carácter para compensar un poco ese estereotipo de que las mujeres no están hechas para el poder, porque las mujeres son débiles, son dispersas, son influenciables, hay hombres atrás que las manejan.

La imagen esa, recuérdenla ustedes, era una imagen de una marioneta y yo volvía a ver para arriba y solo hombres estaban manejando los hilos de mi voluntad, entonces fue cuando surge el lema de firmeza asociado a los temas de seguridad, que por demás, le recuerdo, era la principal demanda de la población. La gente quería a una persona que viniese a solucionar los problemas de criminalidad, era lo único que le preocupaba al tico casi en ese momento. Por eso digo que por sobre todo, lo que más pesó en mi elección fue mi trayectoria, la experiencia que yo he acumulado en los temas de seguridad y la garantía que le daba a la gente de firmeza frente a la criminalidad.

¿Cómo recuerda que fue esa campaña? ¿Siente que la atacaron mucho por el hecho de ser mujer?

Apenas saliendo yo de la vicepresidencia, surgieron los estereotipos a través de la figura de las marionetas y, a través de algo, que todavía en 2013, ya yo saliendo, en entrevistas que me hacían de finales de gobierno los periodistas me seguían repitiendo y era ‘mi sujeción a la voluntad del presidente del gobierno anterior’. Pese a que había sido claro y notorio que parte de las divergencias que habían surgido entre nosotros eran porque yo había decidido tomar algunas decisiones con base en mis propios criterios y todavía saliendo yo del gobierno se repetía eso de que ‘doña Laura, ¿es cierto que usted se sometió a los designios de fulano de tal?’

Eso surgió desde el principio, de que yo iba a ser la marioneta de estas personas, mire que hoy hay un candidato que recibe el apoyo de un expresidente, pero no se enfatiza en ese elemento de pérdida de voluntad de ese candidato. En mi caso sí fue así. De manera que la campaña fue una campaña muy exitosa, donde logramos neutralizar ese tipo de aspectos, fue una campaña que ganamos muy pareja tanto frente a hombres como mujeres y, yo la recuerdo, la verdad, como una campaña muy bien planteada y, por lo demás, que disfruté muchísimo.

Ni tan pareja. Usted sumó más votos que Ottón Solís y Otto Guevara juntos, sus dos principales contrincantes. Fue un triunfo contundente…

Nunca hubo razón para cuestionar el que fui capaz de ganar muchas luchas antes de llegar a la presidencia, no solamente durante el ejercicio de mi carrera en el sector público, fue mi aleccionador para mí ser la primera mujer ministra de Seguridad de este país, cuando salió también mucha gente a descalificarme.

En esa campaña llegue a ganar una convención donde llegó a votar casi medio millón de personas y una campaña electoral también, con la mayor participación de la historia, todavía al día de hoy, en primera vuelta. Gané casi con 1 millón de votos, luego se vuelve a repetir hace casi tres años, pero en segunda vuelta y con un candidato único prácticamente.

Hubo un trabajo muy grande, un esfuerzo enorme, pese a ello, de nuevo, pasando la campaña, empezando nosotros el gobierno, otra vez empezaron a salir las voces de que yo estaba ahí no por mis propios méritos, sino porque simple y sencillamente venía cumpliendo los designios de un barón de la política y me iba a convertir simplemente en el sello de hule de la voluntad de ese barón de la política.

¿Qué pensó cuando ya supo que había sido electa presidenta? ¿En qué pensó?

Yo estaba muy preparada y lo digo sin falsa modestia. Yo estaba preparada, primero, para ese resultado porque las encuestas nos venían diciendo que veníamos avanzando con paso muy firme, como para esperar un resultado positivo. Más bien me alegró muchísimo el constatar la diferencia, porque yo no esperaba una diferencia de esa magnitud. Me alegró muchísimo ese resultado.

Y segundo, yo había hecho un gran ejercicio previo de lo que quería durante mi gobierno, de cuáles eran mis prioridades. Yo me sentía muy segura y eso es algo que me sigue acompañando hasta el día de hoy. Yo no puedo dar una conferencia, así sea experta en el tema, si no he revisado mis apuntes y si no tengo un esquema básico hecho, eso lo teníamos para nuestro gobierno. De manera que era una gran alegría. Yo ese día me alegré mucho, jamás me asusté, jamás me inhibí. Iba con mucha seguridad de lo que quería”.

¿Ya se lo esperaba, entonces?

Me lo esperaba y no me inhibía la función pública, si ya la conocía, lo que nunca me esperé es que con tantos años de servicio, conociéndome la gente, de pronto una vez que gané, una vez que me comencé a acercar al gobierno, una vez que entré, parecía que de golpe y porrazo esa trayectoria se hubiese borrado, que el único mérito que yo tenía para estar ahí era que un barón que hubiese llegado y que yo tuviese que empezar a batallar.

Ahí empezó la batalla más dura. La batalla más dura no fue llegar, fue hacer gobierno. Y eso es lo que yo le digo a muchas mujeres que están en política: no crean que lo más duro es llegar, lo más duro es permanecer.

No porque no tengamos la capacidad, sino porque de pronto pareciera que toda esa trayectoria, toda esa lucha que dimos por méritos propios se eliminó y nos convertimos simplemente en una mujer manipulable, a la que todos los días se le cuestiona si va a ser capaz de enfrentar la crisis, de tomar las decisiones fuertes y de terminar el gobierno. Me enteré de que había gente que hacía encuestas de ‘esa señora no va a llegar al final’. Todos los días a la mujer se le prueba en sus capacidades en algunos de los puestos que ocupa, sobre todo si es por primera vez.

Desde el día cero de la campaña, usted habló de liderazgo propio y diálogo. Al final de su mandato, ¿cree que lo consiguió?

Yo no tengo la menor duda de la independencia de criterio con la que goberné, siempre procurando escuchar muchas voces, independientemente de si eran hombres o mujeres, obviamente eso era totalmente secundario para mí, pero sí goberné con una gran independencia.

Sin embargo, los estereotipos de mujer débil, con agenda light, distraída por las obligaciones domésticas, frágil frente a los eventos, la pregunta que más se me repitió, desde el punto de vista de estereotipos, una y otra vez, es si yo había llorado.

Y no solamente eso. La gente empezó a hacer algo que ocurre mucho con nosotras y que las mujeres podemos cometer errores porque somos seres humanos; cuando un hombre comete ese error, ese error tiende a quedarse con el hombre, pero cuando la mujer comete el error, le pasan la factura a todo el género y, entonces, recuerdo cuando además una gran encuestadora nacional, CID Gallup, le pregunta a los costarricenses, me parece que fue ya por 2012, que si volvería a votar por una mujer. Eso fue de lo más ofensivo para mí, porque no era justo que a partir de mis decisiones, que eran mis decisiones, las de Laura Chinchilla, que expusieran a todas las mujeres por igual.

Cuándo, me pregunto yo, en este país habiendo tenido gobiernos jefeados por hombres a lo largo de 180 años de historia republicana, hombres que fracasaron, que llevaron al país a grandes crisis económicas, traicionaron los principios democráticos, incurrieron en grandes actos en contra de la ética… cuándo, me preguntó yo, le preguntaron a la gente que si volverían a votar por un hombre.

Claro que yo fui yo en mis decisiones, para bien y para mal. Soy fundamentalmente la responsable de mi gobierno, pero hasta el final, y desde el inicio me acompañó esa constante estereotipación del liderazgo de la mujer como un liderazgo débil, frágil, disperso, volátil y está documentado en muchas de las preguntas, de las entrevistas y de la forma en que se narró la forma de mi gobierno.

Y con empresarios, políticos, ¿también sintió esa diferencia?

Yo no tenía mucho tiempo para estarme desdoblando y en medio de intensas negociaciones y de lo que supone el manejo de una agenda presidencial, de tratar de hacer también el psicoanálisis de quién estaba de interlocutor mío. Mucho de esto que le estoy contando es un análisis que yo estoy segura que así como yo, lo está haciendo mucha gente, un análisis muy a posteriori, haciendo una lectura de mi gobierno ya con mucha mayor tranquilidad, revisando noticias periodísticas. Hay investigadoras que ya están escribiendo sobre ese tema y ya están documentando eso.

De manera que no es que yo estuviese obsesionada por cómo me estaban tratando, no quiero porque estoy segura de que se va a interpretar de que ‘ah, esa señora estaba más preocupada de cómo la trataban que de cómo gobernar’.

Pero sí, por lo menos hay algunas anécdotas que cuento mucho cuando me invitan a hablar de los temas sobre los desafíos del liderazgo de la mujer y recuerdo una vez que me tuve que encerrar unos días, cancelé la agenda pública porque estábamos nada más y nada menos afinando los últimos detalles del plan fiscal que yo quería presentar a inicios de 2011, pocos meses después de que asumimos el gobierno y, entonces, vaya, cuando un hombre se desaparece y la gente sabe que está encerrado ahí, en su despacho, pues la gente supone que ese hombre está trabajando. Yo presumía lo mismo, yo no tenía por qué presumir que las cosas eran diferentes con respecto a mí. Me comencé a dar cuenta por dos situaciones. Primero, porque es cuando la prensa empieza a acentuar un término, que también se prolongó por mucho tiempo, que es la agenda light de la presidenta, Claro, yo me encerraba a trabajar, y cuando salía era a atender alguna cosa, de alguna invitación que me hacían y a eso les parecía que eran cuestiones light.

Y lo segundo es porque recibo la llamada de un empresario en la que me pregunta: ‘presidenta, ¿qué se ha hecho, hace días que no la vemos?’ Bueno, estamos aquí trabajando, le digo, sacando la propuesta de reforma tributaria que vamos a presentar. Y entonces me dice, sin sonrojo me imagino, no le pude ver la cara, pero con mucha naturalidad: ‘Ah, pues creíamos que estabas en el salón de belleza haciéndote las uñas’. Yo nunca me hago las uñas, hasta ahora es que me las estoy haciendo.

Así que, ese tipo de elementos, claro que daban la pista de que me estaban empezando a leer con estándares diferentes a los que habían leído al hombre en el ejercicio de la presidencia. Desafortunadamente no lo vimos. Yo no tuve un equipo de comunicación que llegara conmigo al gobierno, no el que tenía en la campaña. Tuvimos muchas dificultades para armarlo y no fuimos capaces de enfrentar algo que se le recomienda a todas las mujeres que llegan a la presidencia, especialmente cuando llegan por primera vez, que es estar alertar sobre la forma de manejar la comunicación, porque es un proceso finalmente de aprendizaje de la opinión pública hacia el gobierno y, por qué no también, del gobierno a la opinión pública.

¿Hablaba de esos temas con sus homólogas, con Michelle Bachelet, de Chile; Dilma Rousseff, de Brasil; o Cristina Fernández, de Argentina?

En realidad, sí nos contábamos muchas anécdotas, pero no necesariamente teníamos tiempo suficiente como para ahondar. Sí recuerdo una cena que sostuve en Nueva York –después de que participé, por primera vez, en la Asamblea General de Naciones Unidas– con Michelle Bachelet, ya fuera de la presidencia de Chile, y Hellen Clarke, quien había sido primera ministra de Nueva Zelanda, en la que ellas me advierten que hay enormes desafíos desde el punto de vista de la comprensión que la opinión pública y los medios de comunicación puedan tener sobre la forma en la que una mujer gobierna y el estilo y la forma de cubrirlo.

Se ha escrito mucho sobre el particular, en muchos otros países, en Costa Rica no hemos tenido mucho de eso, pero vaya, entré al gobierno sin el escudo de una fuerte estrategia de comunicación, sin tener al equipo que me ha acompañado en la campaña, muy deseosa simplemente de sacar adelante una tarea que nos habíamos propuesto y fuimos víctimas, de alguna manera, de ese gran descuido que tuvimos en un momento en que se marcaba historia con la primera mujer en la presidencia y, en consecuencia, eso iba a generar todas las reacciones que se conocen que genera la primera vez que una mujer llega a un cargo.

¿Cómo incidió la prensa?

La prensa, sin lugar a dudas, contribuyó en ese proceso de asentar los estereotipos de la mujer y el poder. No hay la menor duda, puedo citarle muchas entrevistas que se me hicieron, comentarios que se emitían, era muy típico que la prensa a la hora de informar, en la misma noticia casi que editorializara, cosa que no lo he visto tanto con respecto a otros gobiernos. Era muy típico que se fijara en elementos bastante accesorios.

Recuerdo como introducción a una entrevista que se me hizo, por ahí de los 100 días, se narra algo que parecía absolutamente irrelevante, a menos de que se analice desde el punto de vista de los estereotipos, y es que se narra que en una de las pantallas que hay en mi despacho se está proyectando la telenovela de las 2 de la tarde. Me pregunté a mí misma ¿cuál es la intención de esto? La gente que lo leyó, sin lugar a dudas, sacó la conclusión de que la presidenta, en lugar de tomar decisiones, seguro que está viendo la telenovela. Cuando decían que iba a pasar algunas festividades en mi casa, pero que no iba a cocinar. Cuando llegaban y me decían ‘¿Por qué no podemos pasar a su casa, nos va a recibir afuera?’ Yo les respondía que sí y, entonces, decían ‘¿Será que no le dio tiempo el fin de semana de arreglar la casa?’

Quizás uno de los momentos más difíciles fue cuando un periodista insistentemente le preguntó a un ministro de mi gabinete por qué yo lo protegía tanto. A la cuarta vez que le pregunta, uno tenía derecho a creer que se estaba insinuando algo que tampoco se le ha insinuado a los hombres. Le cuento algo que nadie se ha enterado: mi marido, que siempre jugó un papel muy discreto durante mi presidencia y fue sumamente solidario, por primera vez sí se molestó y eso hizo que le mandara una nota a la directora de ese medio de comunicación, quien reconoció el exceso en ese trato sexista en contra mío. ¿Qué pensaría la gente entonces de por qué yo tomaba las decisiones y dejaba o no dejaba a un hombre en mi gabinete?

Y algo que me llama muchísimo la atención, me recetaron todas las encuestas, yo creo que le habían recetado, antes y por supuesto ahora, en todos los gobiernos en solo esos cuatro años. Yo recibía prácticamente unas ocho encuestas al año, lo cual nos dificultaba mucho también enfrentar la estrategia de comunicación porque, claro, una encuesta prácticamente cada mes y medio enfatizando que lo que había era una caída, por más que estuviéramos subiendo, la gente volvía a ver que había una caída y, eso a su vez, incidía en las opiniones de las personas.

Por primera vez se preguntaron en las encuestas cosas que no se habían preguntado, no solamente que si volvería a votar por una mujer, sino que se insistía muchísimo si yo tenía control, si tenía control del gobierno, del equipo, lo cual no permitía que nos comparáramos con otros gobiernos.

Así que sí, no tengo la menor duda, porque ahí está confirmado, porque ahí están las noticias, porque ahí está el testimonio de que hubo un trato diferente.

Ya pasaron dos años y 10 meses desde que terminó su gobierno, ¿cómo lo evalúa ahora?

En realidad, mi visión de mi gobierno no ha cambiado mucho de lo que siempre fui viendo, más bien me parece que con el paso del tiempo y la perspectiva más balanceada, más objetiva, menos apasionada, eso está haciendo que yo me encuentre con más y más gente que comparte mi visión de lo que tratamos de hacer.

Fue un gobierno valiente, que se compró pleitos a los cuales muchos han demostrado que le rehuyen. El pleito más complejo de todos los que se pueda comprar cualquier presidente es el de la reforma tributaria, no en vano fue que de febrero de 2011 a noviembre de 2011 que mi gobierno cae prácticamente en 45 puntos y, después, fue muy difícil recuperarse.

Fue un gobierno que no le sacó el hombro a las decisiones controversiales, fue un gobierno que dejó mucho sembrado gracias a lo cual hoy se recogen los frutos. Yo estimo que de lo que dejamos sembrado con inversiones y con el avance en sede administrativa –que es lo más complicado– de contratos que se van a ejecutar, prácticamente vendrán dos gobiernos más que van a poder disfrutar de recoger la cosecha de esos frutos.

Fue también el gobierno de la primera presidenta de este país y, en consecuencia, hubo que abrir surco, de lo cual me siento sumamente orgullosa por más difícil que haya sido porque existen sus retribuciones y, lo más importante, es abrir brecha para las generaciones que vienen detrás de nosotros y ahí fue mi mayor bendición. De alguna manera, las congojas y angustias que se vivieron se vieron sumamente compensadas.

Le cuento la siguiente anécdota y creo que ahí está mi mayor contribución a la política nacional, porque logramos romper esos techos de cristal y porque de eso fue testigo toda una joven generación de niñas y de adolescentes que por primera vez se dieron cuenta de que la mujer podía ser capaz de llegar ahí a donde nunca antes había llegado, a donde solamente los hombres habían llegado.

Poquito después de que yo terminara la campaña, dos semanas después de que ganamos entran las escuelas y yo fui a las escuelas y los colegios porque además gané muy bien las elecciones estudiantiles. Los niños siempre estuvieron muy cerca de mi gobierno con el programa de la red de cuido infantil, con el incremento al 8 % al financiamiento a la educación, etcétera, etcétera.

Inmediatamente, yo me fui a hacer un recorrido a las escuelas y los colegios, y cuando yo llegué, las profesoras, los maestros lo que me decían era: ‘Doña Laura, algo cambió y lo hemos sentido en nuestro centros educativos, después de las vacaciones y después de su elección han venido las niñas, en gran cantidad, a querer convertirse en las presidentas de su colegio, de su escuela, en las presidentas de su aula’. Y a lo largo de mi gobierno las seguí visitando y siempre que yo llegaba eran sobre todo las niñas las que levantaban la mano y me decían: ‘Yo quiero ser presidenta’. De algo, no importa qué, pero querían ser presidentas. Me parece que esa fue una linda contribución y valió la pena ese esfuerzo y, por eso también, para quienes dijeron que Costa Rica iba a tener que esperar hasta el siglo XXV o XXVI un gran intelectual de Costa Rica para poder tener una mujer presidenta, rotundamente se han equivocado y estoy convencida de que no serán muchos los años que tendremos que esperar para que vuelva a haber una mujer presidenta en el país.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿Usted cree que cumplió con las expectativas que el votante tenía sobre usted?

Las expectativas de la gente estuvieron sumamente afectadas por la forma en la que la prensa me cubrió. De manera que, el ruido, la bulla que se generó, la distorsión de muchos de los elementos informativos afectaron sin lugar a dudas las expectativas de la gente. Por eso creo que es importante conocer mucho de los trabajos que se empiezan a hacer. Yo espero que vayan saliendo a la luz pública, que se han hecho en otros países, de cómo se han cubierto campañas presidenciales de mujeres y cómo se han jefeado gobiernos por mujeres.

¿No dejó la finca encharralada?

Mire, yo a lo que primero recurro es al cumplimiento de mis principales compromisos con el país. Dije que iba a mejorar la seguridad y lo hice.
Dije que mi principal programa social iba a ser la Red Nacional de Cuido y logramos lanzar un programa hermoso para el país, con un gran incremento en la cobertura para el cuido de la primera infancia.

Dijimos que íbamos a dar una lucha grande por resolver el tema fiscal y la lucha la dimos, sin ningún tipo de temor por las encuestas.

Dijimos que íbamos a seguir con una inserción inteligente de Costa Rica en el mundo y dimos este hermoso paso de ingresar a la OCDE y dejar muy cerquita a Costa Rica de otros foros, como la Alianza del Pacífico.

Dijimos que íbamos a movernos a la proyección de los mares porque la agenda azul era la que estaba descuidada y nos ganamos reconocimientos internacionales, los premios más importantes por protección de los mares.

En fin, puedo seguir citando, esto por no hablar obviamente, la agenda en favor de las mujeres, logramos disminuir en un 70 % los femicidios en Costa Rica. Para mí eso ha sido de lo más importante que hicimos. Hoy las mujeres están volviendo a morir en cifras como las que morían antes de que nosotros llegáramos.

Entonces, veamos los datos duros, no veamos las percepciones porque las percepciones estuvieron sumamente alteradas por la forma en que se cubrió la noticia de mi gobierno, veamos los datos duros, que ahí están, veamos los frutos que se siguen recogiendo en esta administración y que se sembraron durante nuestra gestión y veamos algo que por ahí dijo algún medio, que se publicó muy poco, y es que de los últimos gobiernos, el mío es el que más porcentaje cumplió con los compromisos que asumió de acuerdo con lo que escribimos en el Plan Nacional de Desarrollo.

Pero también hubo cosas que propuso y no cumplió, como el tren eléctrico, por ejemplo.

Sí, pero los temas fundamentales míos los cumplimos. Un presidente en Costa Rica tiene que concentrarse relativamente en pocas cosas, a efectos de poder culminarlas. Ahí, obviamente, muchas otras cosas en las que estamos trabajando y que dejamos caminando. El tema, por ejemplo, de la infraestructura, ahí quedó la agenda lista de financiamiento y de obras avanzadas. La Terminal de Contenedores de Moín fue la principal obra de infraestructura con la que nos comprometimos con el país, la dejamos solamente para que el gobierno que venía, que no creía en ese proyecto, simplemente fuese a poner la primer piedra. ¿Por qué lo hicimos? Por convicción, porque creíamos en esa obra y, por además, le teníamos miedo a que este gobierno echara para atrás esa decisión.

La terminal de contenedores, la carretera Cañas-Liberia, la carretera Sarapiquí-Limón, todo el corredor Caribe Norte, todos los puntos para agilizar tránsito, todo eso es nuestro y claro que se cumplieron, algunos con seis meses de rezago, algunos con un año o dos años de rezago, algunos con tres años de rezago y son los que se están inaugurando hoy.

Pero algunos de esos proyectos tampoco nacieron en su gobierno, sino desde antes.

Sin lugar a dudas, claro, por supuesto, fue una continuidad, la TCM fue un proyecto de ocho años, del cual yo me siento muy orgullosa y algunos sí fueron propios de mi gobierno. Eso es así, yo lo dije en algún momento, y, como sucede en algunas ocasiones, se interpretó mal, yo dije: ‘Nuestro gobierno es mucho lo que va a sembrar y un poco lo que va a recoger’. Porque uno sabe el ritmo de la administración, lo que uno le pide a un gobierno, y en realidad más se debería medir por eso, es cuánto deja sembrado para que los próximos gobierno puedan recoger. No se vale solamente recoger y no sembrar para que los próximos gobierno recojan.

¿Cuál diría que fue su mayor legado?

Insisto en que no hay la menor duda de que el lema de mi gobierno, que fue ‘Hacer de Costa Rica un hogar más seguro’, lo conseguimos, por eso me angustia tanto el ver que nos hemos devuelto en el crecimiento de las tasas de homicidios y femicidios en nuestro país, porque dejamos a Costa Rica con menos crimen violento, afectando la calidad de vida de los ciudadanos.

Pero el otro gran legado es el que yo he mencionado, rompimos esos techos de cristal y dejamos con un sentimiento de gran empoderamiento a las jóvenes generaciones de mujeres. Son las que uno se toma en muchos sitios y por supuesto en la política, luchando y aspirando por llegar a las cimas más altas, ya son mujeres que no se conforman con hacer el trabajo de base en los partidos políticos.

Durante su gobierno desde un principio usted se pronunció en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto y el Estado laico. ¿Fue su gobierno conservador?

Número uno, nunca me expresé en contra del Estado laico, eso es mentira, y esa fue una de las partes peores de cómo cubrieron a mi gobierno. Número dos, en relación con el tema de aborto y en relación con los derechos de la población LGTBI, no he dicho nada diferente a lo que están diciendo hoy los principales precandidatos de varios partidos políticos y a lo que este gobierno está diciendo, es decir, que el aborto efectivamente hay que aceptarlo en casos calificados, con la criminalización y, que, más que matrimonio, lo que se iba a impulsar en el Congreso era el reconocimiento de los derechos mediante las figuras que el Código Civil y las distintas leyes pudieran aceptar. Exactamente lo mismo. ¿Por qué se cubrió distinto? Es algo que todavía me cuesta entender.

¿Siente que la trataron más fuerte?

Sin lugar a dudas, hubo mayor rigor, más escrutinio. ¿Pregúntese cuántas encuestas le han hecho a este gobierno? Tan solo de La Nación, de Unimer, yo tenía cerca de cuatro encuestas al año, repitiendo una y otra vez las mismas preguntas para mi gobierno que no le habían preguntado a los gobiernos anteriores. CID Gallup compitiendo con ellos y muchas otras más. ¿Cuántas se encuestas se han hecho durante este gobierno? No tengo la menor duda de que hubo más escrutinio, más rigor y, obviamente, eso en el fondo lo que está expresando son las dudas que tienen de si uno será capaz o no. Solamente por el hecho de ser una mujer.

Poco antes de que usted dejara la presidencia, yo le pregunté que si analiza una reelección en el futuro, y usted me respondió con un no rotundo. ¿Sigue manteniendo ese no categórico?

No, no, no. Dentro de mis planes tengo muchas otras cosas y la política se limita a hacer todo lo posible por brindar apoyo a mujeres y jóvenes para que puedan avanzar con el mayor éxito posible. Así lo he estado haciendo cada vez que paso por el país, me reúno con jóvenes, con mujeres, cada vez que ha habido alguna campaña las he acompañado a llevar su mensaje adelante y ese es mi plan. Una vez que pase la campaña electoral de este año, pretendo fundar en el partido, ya con más formalidad, programas de acompañamiento que le ayuden a la mujer a construir un liderazgo todavía más competitivo, todavía más efectivo, aprendiendo precisamente de mis lección.

¿Pero volver a la casa de los sustos, como le decía Abel Pacheco a la Presidencia, jamás?

La política, para quienes tenemos vocación, pero más que la política, el servicio público es hermoso. Si yo guardo en mi corazón y en mis recuerdos experiencias hermosísimas y además, que de verdad nunca me eché para atrás en nada, recuerdo que hasta el último día de mi gobierno sacaron de contexto y quisieron malinterpretar cuando me preguntaron que si me sentía aliviada, pues claro, pero era esa sensación de estar aliviada porque yo salía, independientemente de lo que dijeran las encuestas, yo salía convencida de que si algo no podían decir de mí es que no había sido una mujer luchadora, que nunca me había echado para atrás y que nunca le había echado la culpa a nadie de mis pifias. No le eché la culpa a nadie de mis pifias, porque lo hice con valentía, asumiendo a profundidad la responsabilidad que tenía; entonces, me sentía segura de que había sido una mujer, desde ese punto de vista, ejemplar, porque había dado las luchas sin lloriquear, o echándole la culpa a los demás como algunos varones sí lo han hecho.

Y segundo, porque salía con la conciencia tan tranquila de que lo había hecho con honestidad, como se comprueba muchos años después, y creo que pasaremos a la historia por ser uno de los gabinetes en donde no tuvimos ni siquiera un ministro que llegara a ser acusado por una acto irregular. Sí denunciados, todos los que usted quiera, pero no nos acusaron y mucho menos llegamos a un juicio.

Yo me sentía aliviada por esas consideraciones, pero lo quisieron presentar como ‘ah, la pobre mujer que tanto sufrió y que se pasó llorando, y que los hombres tuvieron que estar manipulando para que saliera adelante, pues finalmente se libera de esa carga’. Entonces, le digo, yo hago planes a futuro, no es simplemente porque le tenga miedo a volver a enfrentar nuevamente una experiencia como esa, en absoluto, es porque simplemente tengo, además, el derecho como mujer a escoger lo que quiero hacer adelante, como siempre lo hice, y dentro de mis elecciones las prioridades son en este momento mi familia y mi futuro profesional, que lo estoy disfrutando ahora.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿Cómo la trata la gente ahora?

La gente siempre me trató bien, algo que para mí también es todavía difícil de comprender es por qué en la antesala de muchos eventos públicos, algún medio en particular televisivo iba creando un clima tan espantoso. Por supuesto que basado en gente que no me quería, los sindicatos y los partidos de izquierda, que eran los que se movilizaban a hacerme escándalo y, entonces, querían dar a entender que era todo el pueblo, pero eran esos grupos los que se movilizaban. Yo salía con muy poca escolta, con muy poca protección, y la gente me recibía bien.

Lo que ha sucedido ya en estos últimos años es que la gente me ve con más normalidad, al principio me iba a hacer compras donde antes iba mi esposo y entonces la gente me paraba más de la cuenta, de manera que al hacer las compras en lugar de durar media hora, me tomaba una hora o más, porque alguna gente me preguntaba de mi experiencia en gobierno, alguna gente se tomaba algunas fotos, algunos querían hacerme ver algo que me hubiese servido y que no hice, darme algunas lecciones con muy buena intención. Ya la gente me ve con mucha normalidad, ya me he convertido en una más y creo que eso es algo hermoso en nuestro país, la gente nos vuelve a ver con normalidad a los expresidentes.

¿Cómo cambió su vida la presidencia? ¿Cuán diferente es ahora?

En el ser humano que soy, esencialmente, yo sigo siendo la misma Laura que conocieron cuando tuvo su primer cargo en la función pública, que fue un puestico bastante modesto en el Ministerio de Planificación hasta la presidenta que fui.

Sin ninguna dificultad de regresar a la llanura –porque me habían tildado mucho en eso–, sin haberme mareado por las cimas del poder, sintiéndome muy a gusto con quien yo soy, con mis propias circunstancias y con una conciencia muy tranquila, lo que es claro, es que he acumulado mucho más conocimiento.

Cuando me preguntan en qué consiste eso de la política, digo que es la mayor escuela de antropología que uno pueda tener, el conocimiento del ser humano se da de la manera más descarnada. Vemos todo tipo de actitudes, desde las más nobles hasta las más mezquinas, y creo que ese conocimiento me hace hoy un ser humano mucho más completo, pero además, toda esa experiencia que acumulé la pude incorporar en mi ser para que más bien me alimentara con energías más positivas, si algo no guardo en mí es amargura o rencor. Nunca me tomé las cosas a título personal y siempre creí que detrás de cada experiencia, por más difícil que fuese, había una oportunidad de aprendizaje.

Pero digo, ¿cómo amoldarse, ya no tener a tanta gente encima, a la prensa?

A mí lo que me costó fue frenar mi ritmo de trabajo. Yo puedo decir que tres años después, hasta ahora, estoy empezando a aprender de que si de pronto me despierto en la noche, no es porque hay algo que me esté sobresaltando, de que si de pronto me pude quedar durmiendo un poquito más no es porque le estoy quitando responsabilidades a mis obligaciones, o disminuyendo mis responsabilidades, de que perfectamente tengo derecho a quedarme un rato más haciendo sobremesa con amigos o con la familia, o que puedo pensar en gastar de pronto en un viaje sin preocuparme por cómo esos recursos se vayan a ver, si me llevo a mi esposo, que casi nunca viaja conmigo. En fin, no es sino hasta ahora. Me costó mucho bajar el ritmo y estar casi a la defensiva por la forma en que pudieran interpretarse las cosas que estaba haciendo. Vivo con mucha mayor tranquilidad.

Maternidad en el encierro

Irene habla poco. Es tímida y casi todas sus respuestas se componen de frases cortas. ¿De dónde sos? “De Desamparados”. ¿Qué edad tenés? “En enero cumplí 16”. ¿Te veías siendo mamá? “Al principio no, pero pasó. Diay, lo que Dios quiera”.

Es el último día del curso prenatal en la Clínica de Santo Domingo de Heredia y las mujeres embarazadas del grupo decoran el aula. Unas letras en cartulina pegadas a la pared forman una palabra: “bienvenido”. Hoy todas se “gradúan”, pero la celebración no es para ellas.

Irene se sienta y escucha con atención a Ana Lucía García, enfermera obstetra y coordinadora del Programa de Salud de la Mujer en el centro médico. Algunas mamás del curso se acompañan de sus parejas; otra adolescente embarazada lleva a su mamá. Irene no.

Su compañía durante estos siete lunes no siempre ha sido la misma, pero usa el mismo uniforme: botas negras, pantalón verde oscuro y una camisa beige con un escudo. Centro de Formación Juvenil Zurquí, se lee en él.

El baby shower sorpresa del cierre lo planearon para la única integrante que no lo tendrá afuera de esas cuatro paredes. “Uno como mamá se asusta y le da mucho miedo, pero usted lo va a lograr… porque está luchando”. Ana Lucía le habla a la joven y ella asiente. “Eso es algo de admirar”.

Irene tiene 35 semanas de gestación, 16 años, dos tatuajes en sus brazos, muchos regalos por abrir y una condena que se encuentra pagando en el único centro penitenciario para menores del país, ubicado en San Luis de Santo Domingo. Se ve frágil, casi inofensiva. Deja escapar su retraída risa de vez en cuando. Es –casi– una niña… que le dará vida a otro niño.

Antes de entrar al centro, nunca se imaginó que ella y su hermana –de 17 años– caerían presas juntas por el mismo delito. Tampoco tenía idea de que iba a ser mamá. Tenía temor, cuenta. No sabía para dónde iba. “Ya perdí el miedo”, me dice. “El Zurquí es tranquilo”.

“Me hicieron una prueba de sangre y ahí salió que estaba embarazada. Yo no sospechaba nada”, agrega. Con el papá del niño ya no tiene contacto. “Él andaba conmigo, pero cuando yo entré al centro yo corté con él. Yo dejé las cosas así pero yo no sabía que estaba embarazada”.

El curso le ha ayudado mucho. “Al inicio yo no sabía nada de ser mamá y esas cosas. Me sentía muy asustada de ver a todas las personas y yo siendo menor de edad”.

—¿Te daba miedo que supieran que eras privada de libertad?

—No, eso no.

Avance institucional

“De las dos chicas madres que tenemos acá, una no tiene mucho de ser privada de libertad, pero enfrenta una sentencia importante”, asegura Kattia Góngora, directora del centro penitenciario Zurquí. “Va a implicar que se separe de su bebé por varios años. La otra enfrenta una sentencia muchísimo más corta y ya tiene avanzado un período”.

Irene es una de las 13 mujeres menores de edad del centro penal –popularmente conocido como la cárcel de menores– compuesto actualmente por unos 115 jóvenes. De ellas, siete viven (en distintas formas) la maternidad en el encierro.

Los bebés de dos de estas madres fueron declarados en abandono y puestos en adopción; Karen (de 17 años) es la única que vive con su hijo de un año en su dormitorio; Irene hará lo mismo después de dar a luz y el resto ha buscado apoyo familiar afuera para hacerse cargo de sus hijos en libertad.

“A los tres años de edad del niño, ellas enfrentan el paso amargo de pensar qué va a pasar con ese bebé. Eso depende de afuera, no de lo que ellas hayan avanzado aquí”, agrega Góngora. “Ellas pueden estar súper preparadas para que continúen con su bebé, sin embargo, al cumplir tres años, vuelven a ‘el afuera’. Hay dos posibilidades: si hay una familia con la que cuentan y las apoyan, los bebés van ahí. Si no tienen apoyo o la familia recursos, el bebé puede ir a un albergue. Es el dilema diario que enfrentan las mujeres privadas de libertad”.

Tanto para el centro como para la clínica de Santo Domingo, el caso de Irene es histórico y es un avance que los llena de orgullo. Por primera vez, una joven privada de libertad recibe un curso de preparación para el parto afuera de la cárcel.

“El centro ha tratado de todas maneras que ella lleve su embarazo de la forma más positiva posible”, asegura Góngora. “Nosotros tenemos lo que nadie quiere tener: la gente que ha hecho daño y que ha cometido delitos. Es muy complicado, porque el hecho de que las personas cometan delitos no los excluye de tener derechos: a la educación, al trabajo, a la recreación, a convivir, a vincularse con otras personas. Todos esos son derechos que ni siquiera son discutidos: deben ser”.

Para Ana Lucía García, enfermera que ha liderado todo el proceso del curso prenatal, esta iniciativa del centro es de aplaudir.

“Muchas veces a los privados de libertad se les violan sus derechos y la salud es uno de ellos. Yo desconozco qué fue lo que hizo la muchacha. No le voy a preguntar ni me interesa. Es una adolescente que tiene derecho a venir a un curso y que tiene derecho a prepararse para ser mamá”, dice García.

Elizabeth Díaz, mamá integrante del curso en la clínica, coincide. “Me llena mucho de gozo ver que le están dando una segunda oportunidad, no solo a ella, sino también al bebé. Ella está pagando una condena por un error que cometió, pero el bebé no tiene por qué pagar las consecuencias”, asegura. “Que ella esté disfrutando con nosotras y compartiendo me da mucho gusto. A una persona no se le tiene que castigar dos veces. Ya a ella la castigaron una. ¿Por qué hacerlo de nuevo junto a su bebé?”

La práctica indica que todas las salidas de privados de libertad deben ser autorizadas por un juez, sin embargo, en temas de salud, la autorización la puede dar el mismo director del centro, como sucedió en este caso.

“Desde el concepto de salud integral de la Organización Mundial de la Salud, unido con los objetivos de la justicia penal juvenil –que siempre trata de promover la reinserción social–, (la salida de Irene) se justifica”, dice Sofía Elizondo, trabajadora social del Zurquí. “Para ella este proceso fue fundamental, no solo en su condición como madre, sino en la posibilidad de conectar con gente diferente”.

Para ella, agrega Góngora, dentro del contexto socioeconómico en el que se ha criado, estos espacios sociales positivos no son lo normal. La dinámica es otra.

“El proceso para ellas es doblemente pesado”, añade Elizondo. “Ya son madres adolescentes, que eso ya es una causa de vulnerabilidad. Pero son madres adolescentes en condición de privación de libertad. Algunas sin redes de apoyo fuertes, con un montón de situaciones lo emocional que hay que revisar, con condiciones económicas muy desfavorables en algunos casos; otros con historias de vidas muy dolorosas y llenas de abusos y abandonos”.

“Es un camino que estamos recorriendo con mucho temor, pero con mucha motivación hacia una construcción lo más cercana al respeto de los derechos humanos de ambos menores”, agrega.

Irene tiene mandalas (dibujos circulares, propios del hinduismo) coloreados pegados en la pared de su dormitorio y tres atrapasueños que hizo en la clase de bisutería. Tiene al lado de su cama la compañía de su hermana. Tiene además, en su vientre, un niño que ya está por nacer.

—¿Ya te sentís preparada para ser mamá?

—Sí.

—¿Ya querés que nazca?

—Sí.

Maternidad tras las rejas

Karen habla mucho. Es desinhibida y casi todas sus respuestas se componen de largos testimonios.

“Cuando el OIJ me detuvo lo hizo muy groseramente”, recuerda. “A mí algo me dijo que me cuidara porque seguro estaba embarazada. Ya yo lo sospechaba. Me tiraron al carro y las muchachas me dijeron: ‘eso es lo que todas dicen’. Le dijeron a la fiscal y la fiscal me mandó a hacerme una prueba de sangre en la noche y salió positivo”.

Karen tiene dos años de ser privada de libertad. André, su bebé de año y un mes la sigue por donde vaya. Aún no habla, pero ya camina. Cuando cumpla tres años, la mamá de la Karen se hará cargo de él.

“Fue una mezcla de sentimientos”, dice la joven de 17 años. “Yo quería ser mamá, pero no quería ser mamá encerrada. Para mí es muy duro que él quiera salir (del dormitorio) y yo no pueda sacarlo. Tengo que pedir un permiso y no siempre me lo dan”.

Una de las grandes preocupaciones que enfrenta el Zurquí es que, a diferencia de la cárcel femenina El Buen Pastor, este centro no cuenta con una casa cuna. Las menores embarazadas deben compartir su espacio con sus bebés.

“Karen es una chica que debe tener a su bebé 24 horas. Tiene que estar agotada. No tiene la posibilidad de decir: ‘voy a llamar a mi suegra para que me lo cuide’ o ‘voy a decirle a mi hermana que me lo recoja para yo ir al supermercado’”, dice Góngora. “Nuestra meta es empezar a construir la sección femenina con énfasis en una casa cuna pequeñita. Ya están los planos y el terreno. Lo que no hay es toda la plata. Es un proyecto caro”.

Con un inevitable tono maternal, la directora dice entender el dilema ético al que se enfrentan todos los días.

“Si la madre está privada de libertad y el bebé está con ella, estamos limitando de alguna manera también el tránsito del bebé. Sin embargo, el interés superior del bebé es lo principal y se valida la posibilidad de que él esté con su mamá”.

El dormitorio de Karen mide unos 3 metros cuadrados. Ese espacio reúne una pila, una cama, un baño, una cuna y varios juguetes en el suelo. Cada detalle, cada carta, cada papel de chocolate lo guarda en una gran bolsa de tela que nos muestra con detalle.

“Esto fue de cuando bebé cumplió un añito”, dice mientras nos enseña un gorro de cartón. “¿Sabe qué? Ese fue uno de los días más difíciles para mí… legal. Lo esperé mucho, mucho tiempo. Ese día no era un día de visita. Lo que yo menos me imaginé era que una oficial le pidiera permiso a los jefes para hacerle una fiestita. Fue como… uf, mae”, dice Karen.

“Es una realidad muy dura”, agrega la directora. “Porque es: no solo estoy privada de libertad, no solo tengo que lidiar con todas las emociones que significa ser adolescente. Ella es un fracaso social… está encerrada. Debería estar en el colegio con sus amigas. Pero además de eso, es mamá con todos los controles encima”.

En Costa Rica, hace dos o tres años, el número de mujeres menores privadas de libertad se contaban con los dedos de una mano. Trece es un número anormalmente exorbitante. Sus pronósticos indican que irá en aumento (en un país como El Salvador, sin embargo, ese número es casi 80).

“Están en lugares que no son adecuados”, asegura Góngora. “Deberían tener un jardín para salir, un patio donde tomar el sol a cualquier hora, pero están en lugares que no fueron hechos para contener población. Hemos estado luchando para construir una sección femenina, pero es difícil… nadie quiere invertir en el sistema penitenciario”.

Lo mismo apunta Sofía, la trabajadora social. “Si este centro no estuvo pensado para tener mujeres, mucho menos para tener mujeres con sus bebés. Lo que estamos apostando es estar muy unidas con el equipo técnico de El Buen Pastor para hacer un proyecto lo más parecido posible, con condiciones mucho más limitadas”.

Libertad a medias

Michelle tiene 21 años y una niña de cuatro años y siete meses. La ve cada 15 o 22 días, cuando su mamá se la lleva al centro.

“La primera vez yo caí aquí en 2012, ya embarazada. Solo estuve un mes”, cuenta a través de una verja de metal. “Salí y tuve mi hija afuera. Después de año y medio me hicieron el juicio y me sentenciaron”.

En ese momento, no se permitía la presencia de bebés en el centro. “Tampoco era justo que ella estuviera en un lugar así con uno. Yo cometí mis errores cuando era joven. Todavía era una chiquilla, no sabía lo que hacía”, dice con una voz pausada. “Yo acepto mis errores, tampoco los voy a negar”.

A Michelle le queda poco tiempo para reencontrarse con su libertad. Quiere hacer trámites para que una vez afuera, pueda seguir estudiando en el centro. Empezar de nuevo afuera sería un reto complicado.

“Cuando veo a mi hija es una felicidad, pero cuando se va es muy difícil. No la puedo ver crecer cada día que pasa”, dice. “Yo he sufrido mucho. Me hace mucha falta. Gracias a Dios ella está bien con mi mamá”.

Cuenta los días para volver a ser libre. “Las mujeres jóvenes que anden en cosas raras, legalmente esa vara se para. Tal vez la gente que está afuera no entienda, pero la libertad es lo mejor que puede haber en esta vida”.

Cerca de un tercio de los menores privados de libertad no reciben visitas. Muchos de sus familiares son también privados de libertad en otras cárceles o por sus limitados recursos se les complica transportarse.

“Los adolescentes del centro, lo que tuvieron en ‘el afuera’ fue una pérdida de controles y de límites. La calle no les pone límites. Aquí tienen que vivir con ellos y eso es un reto”, expone Góngora.

“No hay forma de ver esta situación sin que sea compleja. La sociedad quiere ver estas situaciones solo en blanco y negro: cometió un delito, que vaya a la cárcel. Nosotros no podemos dejar de ver la humanidad jamás”.

Karen está sacando noveno año, aunque arrastra materias de octavo. Cuando vamos de salida, me entrega una carta. “Soy ser humano y, como tal, cometo errores. Pero también tengo derecho a una segunda oportunidad. Deseo salir a la sociedad y que no me señalen. Más bien, que mi experiencia sirva de ejemplo para otras mujeres”.

—¿Tenés planes para cuando estés afuera?

—Ay sí, mujer. Mire. La cuestión está así: salgo y quiero vivir sola. Voy a trabajar de día y estudiar de noche. Quiero ser maestra de español, si Dios quiere. Es como romper una cadena de una familia que va así… lo que yo menos quiero es venir a visitar aquí a mi hijo.

Cerca de un tercio de los menores privados de libertad no reciben visitas. Muchos de sus familiares son también privados de libertad en otras cárceles o por sus limitados recursos se les complica transportarse. “Los adolescentes del centro, lo que tuvieron en ‘el afuera’ fue una pérdida de controles y de límites. La calle no les pone límites. Aquí tienen que vivir con ellos y eso es un reto”, expone Góngora. “No hay forma de ver esta situación sin que sea compleja. La sociedad quiere ver estas situaciones solo en blanco y negro: cometió un delito, que vaya a la cárcel. Nosotros no podemos dejar de ver la humanidad jamás”.