La clínica de la nicotina

Terapia de grupo. Pacientes de la Clínica de Cesación del Tabaco del ISSS se informan sobre los químicos del tabaco.

—¿Para qué les voy a mentir? Yo aquí ando mis cigarros –dice Stanley mientras se toca la bolsa derecha del pantalón.

Tiene 49 años, aprendió a fumar a los 11 y ha llegado a fumar más de 60 cigarros al día. Ahora quiere dejarlos pero no ha sido capaz de llegar sin ellos a esta, su primera sesión de terapia. Se presenta y un grupo escucha su testimonio en el auditorio de especialidades del Seguro Social.

—¡Bótelos! –le grita alguien desde el fondo del salón. Stanley no responde.
—A pues, repártalos –le ordena un anciano.
—Denos cigarros a nosotros. Denos uno a cada uno –dice otro hombre del salón.

Stanley se mantiene serio. Parece no entender muy bien qué pasa ni por qué un grupo de personas que ha dejado de fumar le pide compartir su vicio. Algunos comienzan a reírse y le explican que si él les entrega sus cigarros, ellos pueden tirarlos por la ventana.

Este jueves 1.º de junio, 14 personas adictas a la nicotina se han anotado en la lista de asistencia de la terapia. Todos pertenecen a la Clínica de Cesación de Tabaco del ISSS. La clínica fue creada hace 25 años. En ella tratan al tabaquismo como una enfermedad y a los pacientes se les brinda acompañamiento psicológico y medicamento para que dejen de consumir su droga: la nicotina.

En esas más de dos décadas, la médica fundadora ha visto pasar (y morir) a pacientes con cáncer, enfermedades coronarias y problemas respiratorios crónicos. Aquí se reúnen los que todavía no están desahuciados. Los que aún tienen una oportunidad para abandonar el tabaco antes de que los mate.

Entre los asistentes de hoy hay un hombre de 40 años que acaba de sobrevivir a un ataque cardíaco provocado por su vicio. Fumar mata a 20 hombres cada semana en El Salvador. Así lo afirma el Atlas del Tabaco de la Asociación Americana del Cáncer y la Fundación Mundial del Pulmón. Estos datos indican que, en promedio, cada día tres salvadoreños mueren por el cigarro.

***

Tratamiento. Los pacientes de la Clínica de Cesación del Tabaco reciben un sustituto de nicotina en espray que les ayuda a superar la ansiedad de fumar.

La terapia grupal se realiza todos los lunes y jueves de 8 a 10 de la mañana en un auditorio en el sexto piso. Liliana Choto de Parada es la fundadora de la Clínica de Cesación del Tabaco y está cansada porque subió por las gradas hasta acá. Ella dice que los elevadores le producen claustrofobia. Ingresa al auditorio donde ya la esperan sus pacientes y empieza a toser. Uno de los que esperan, como quien devuelve un regaño, le dice entre risas que deje de fumar para que se le quite esa tos.

La médica no fuma, aunque un par de días atrás ha aceptado que, cuando era joven, sí probó los cigarros: “Yo fumé en mi época de juventud. ¿Cómo no íbamos a fumar si en los 70 todo mundo fumaba? Ahí no había restricciones”. Cuando era joven no había restricciones, pero en la década pasada ella fue una de las personas que tuvieron mayor incidencia para que en 2011 se aprobara la Ley para el Control del Tabaco. Por su trabajo ha sido nombrada Heroína de la Salud por la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Choto de Parada es neumóloga del Seguro Social. Regresó de México en 1991 con una subespecialización en cesación del tabaco y para 1992 ya había instalado su primera clínica en la Unidad Médica Atlacatl.

Dice que su vocación nació cuando vio la muerte que provoca el tabaco. “Son unas muertes dolorosas por problemas respiratorios y cáncer de pulmón. Las personas se asfixian. Por más oxígeno que se les ponga, ya no hay intercambio de oxígeno. Mueren como ahogados”.

La dinámica de la sesión de terapia es sencilla. La doctora da la bienvenida y pregunta si alguien quiere dar su testimonio. En el salón hay personas que han dejado de fumar hace ocho años, otros hace dos meses y otros que solo llevan una hora sin nicotina.

“Hace 14 días que no fumo”, dice Juan Solórzano, un hombre de 61 años. Él celebra su logro y habla de su vicio con distancia, como si hubiera dejado de fumar hace 40 años. Mientras da su testimonio, la doctora Choto de Parada proyecta una presentación de Power Point en la pared detrás de él.

Una de las diapositivas es una foto de 2008 en la que aparece al centro el expresidente Antonio Saca acompañado por Choto de Parada y otros doctores. La médica asegura que la fotografía fue tomada en Casa Presidencial. Esa vez –cuenta sin que la escuchen los pacientes– le pidió al expresidente que interfiriera para que El Salvador ratificara un convenio internacional que implicaba un mayor control de los cigarrillos. “Él dijo que ese tipo de acuerdos no le convenían al país. Y ahí salimos todos con la cabeza gacha”, afirma Choto de Parada.

“Son unas muertes dolorosas por problemas respiratorios y cáncer de pulmón. Las personas se asfixian. Por más oxígeno que se les ponga, ya no hay intercambio de oxígeno. Mueren como ahogados”.

***

La sesión sigue su curso. “Mi problema son las emociones”, dice Érick para explicar su adicción. Su nombre es otro pero pide que no se revele porque también pertenece a un grupo de alcohólicos anónimos. Es un hombre alto y moreno de 52 años que fumó durante casi cuatro décadas.
Cuenta que empezó a consumir drogas a los 11 años. Dice que fue adicto al alcohol, a la marihuana, al crack y la cocaína, pero que ninguna sustancia fue tan difícil de dejar como la nicotina.

Pero el problema son las emociones, repite Érick. Aquellas que quiere callar o exaltar con las drogas. “La abstinencia es yuca”, afirma, y el resto asiente. Cuando una persona deja de fumar, puede experimentar ansiedad, nerviosismo, problemas para concentrarse, cambios de humor abruptos, sudoración de manos, insomnio y cambios en el apetito.

En la clínica controlan la abstinencia dando dosis bajas de nicotina vía spray nasal. Choto de Parada lo explica así: “Cada cigarrillo tiene entre 10 y 12 miligramos de nicotina y estos medicamentos en spray tienen microgramos. Se les pone en cada fosa nasal y ahí esa pequeñita dosis de nicotina se absorbe y se calma la ansiedad de fumar”.

La cobertura total de la terapia de sustitución de nicotina no es la regla en la región. De un total de 35 países que la OPS estudió en 2014, solo seis países cubrían para entonces los costos de dicha terapia: Brasil, Panamá, Surinam, Uruguay, Venezuela y El Salvador.

Érick cuenta que hasta hace dos años, cuando todavía no había dejado de fumar, su compañera de vida lo regañaba. Ella no toleraba el humo. La OMS sostiene que el tabaquismo mata anualmente a 7 millones de personas en el mundo y alrededor de 890,000 de esos fallecidos son personas expuestas al humo de tabaco ajeno.

De eso también entiende Toño, un hombre de la tercera edad que dejó de fumar hace seis años, pero sigue asistiendo al grupo, como quien teme recaer. Toño fumó por cuatro décadas. Así lo contó un par de días antes a esta sesión. Cuando él cumplió 42 años perdió la dentadura completa. Su trayectoria como fumador le dejó la pérdida de los dientes, un colchón quemado de la vez que se durmió con el cigarrillo encendido, dos quemadas a su perro y, lo que más le duele, el hecho de que su hija de 17 años y su esposa desarrollaron asma y no respiran bien: “Mi hija me ataca, me dice que por fumar la dejé dañada”.

***

Exfumador. Un paciente da su testimonio frente a otras personas que luchan contra su adicción a la nicotina. El hombre de la foto llevaba 16 días sin fumar. “A lo macho, ya no fumo”, dijo.

A las 9 de la mañana y después de oír los problemas y las culpas que algunos exfumadores cargan consigo, el auditorio del ISSS se vuelve un lugar más sombrío. Es la hora del receso y algunos se levantan y caminan hacia una mesa al fondo del salón donde se sirven café y pan dulce. El hombre que recién sale de una crisis por paro cardíaco se va de la sesión y no regresa más. Otro paciente, nuevo también, muerde un palillo blanco de los que se usan para mover el azúcar cuando se endulza el café. Cuando habla, sostiene el palillo en la mano como se sujeta un cigarro. Él ha fumado durante 27 años y aún no ha parado. A diario consume 20 cigarros. “Hoy fumé dos y ya estoy con el deseo de salir a fumar”, dice. Todo el receso se mantiene sentado.

Después de unos minutos, la psicóloga del grupo, Yanet Portillo, toca una campana similar a la que cuelga de los carretones de venta de helados. Los asistentes siguen platicando entre ellos como niños en recreo. Portillo sigue tocando la campana hasta que los pacientes –en su mayoría hombres de la tercera edad– le hacen caso y se sientan.

Es el turno de la única fumadora que ha asistido a la reunión. Es alta, delgada, usa un vestido largo, collar y aretes. Está bien maquillada y tiene el cabello recogido. No es coincidencia que solo haya una mujer fumadora en este salón. El consumo del cigarrillo está marcado por el sexo. El Atlas del Tabaco indica que en El Salvador 62,000 mujeres fuman a diario, mientras que la cifra de hombres fumadores asciende a los 370,000.
La mujer de apariencia elegante dice apenada que hoy no quería hablar, pero que la psicóloga la convenció.

“No quería pasar acá y decir que he recaído”, confiesa. Luego relata que ha sido fumadora por 23 años. Vino a la Clínica de Cesación del Tabaco por primera vez hace seis meses, pero ahora está pasando por problemas y ha vuelto a fumar. Cálculos de la Clínica de Cesación del Tabaco indican que el 28% de sus pacientes recae al mes de asistir al proceso y que la cifra de recaída aumenta al 35 % o al 40 % al año.

Un hombre gordo sentado en las primeras filas la interrumpe. En su voz hay un tono paternal. “¡No compre cigarros! Métaselo en la cabeza”, le dice. El hombre frunce el ceño y junta los dedos de las manos para colocarlos sobre su frente dándose golpes pequeños: “¡No compre! Métase eso en la cabeza”.

El artículo 9 de Ley para el Control del Tabaco establece que está prohibida la venta de cigarros por unidades. Esta medida tiene como objetivo reducir el consumo de tabaco haciendo más difícil su adquisición. Si la ley se cumpliera, las personas que los venden serían multadas con $57. Si la ley se cumpliera, los negocios que están a 3 minutos de esta terapia con canastos llenos de cajetillas en la acera del Hospital de Especialidades serían multados. Ahí se compra un cigarrillo por $0.25.

Otro paciente parece estar más conmovido por la historia de recaída de la mujer. “Licenciada, ¿por qué no le da un spray?”, le pregunta a la psicóloga. La psicóloga responde que la mujer dejó de llegar a la clínica, por eso no tiene ahora mismo un sustituto de la nicotina que la ayude a superar la ansiedad para fumar. Luego, le señala a la paciente: “Usted ya sabe lo que tiene que hacer, ya conoce el proceso para dejar de fumar”. La mujer, mitad apenada y mitad reanimada, hace una mueca de sonrisa y respira profundo.

***

Gasto estatal. De acuerdo con cifras de FOSALUD, El Salvador destina $53 millones para el tratamiento de enfermedades relacionadas con el consumo del tabaco.

Entre testimonios de las personas que han dejado de fumar y otras que aún luchan contra sus propios deseos, las 2 horas de la sesión pasan rápido. Una trabajadora social que se sienta al fondo del salón empieza a revisar papeles. Para estar acá, algunos de los pacientes piden permiso en sus trabajos y la clínica les da una constancia.

La psicóloga de la clínica se encarga de que la última parte de la terapia grupal sea un resumen de instrucciones para los pacientes nuevos: deben fijar un día de la siguiente semana para dejar de fumar y comprar solo los cigarros necesarios para llegar hasta ese día. Deben llegar el siguiente lunes con 24 horas de abstinencia para conocer cómo reacciona su cuerpo ante la ausencia de nicotina y saber qué medicinas debe recetarles la neumóloga.

Las cifras estatales confirman esa sentencia. El Fondo Solidario para la Salud (FOSALUD) sostiene en su página web que “se estima un gasto de más de $53 millones anuales para la atención de algunas enfermedades respiratorias asociadas al consumo y la exposición de humo de tabaco”. Ahí mismo se afirma que la recaudación de impuestos del tabaco en 2016 fue de $ 28.1 millones.

La OMS sugiere que para reducir el consumo de tabaco, el impuesto de los cigarros debe aumentarse hasta el 70%. En El Salvador ese impuesto ronda 52 %, de acuerdo con el Informe sobre el Control de Tabaco de la Región de las Américas.

Mientras se llega la hora de salida, los pacientes de la Clínica de Cesación del Tabaco escuchan las instrucciones de la psicóloga Portillo. Aunque para la mayoría es un discurso que se repite, la miran y escuchan atentos. Portillo les dice que, además de desarrollar problemas en los pulmones, es probable que también tengan problemas de vista y audición. A veces algún fumador o exfumador interviene para dar un ejemplo o asentir.

En este salón todos hablan como si las cosas se dijeran por primera vez, con esmero y determinación en cada palabra, como si en lugar de convencer a los demás, buscaran convencerse otro día a ellos mismos.

Maternidad en el encierro

Irene habla poco. Es tímida y casi todas sus respuestas se componen de frases cortas. ¿De dónde sos? “De Desamparados”. ¿Qué edad tenés? “En enero cumplí 16”. ¿Te veías siendo mamá? “Al principio no, pero pasó. Diay, lo que Dios quiera”.

Es el último día del curso prenatal en la Clínica de Santo Domingo de Heredia y las mujeres embarazadas del grupo decoran el aula. Unas letras en cartulina pegadas a la pared forman una palabra: “bienvenido”. Hoy todas se “gradúan”, pero la celebración no es para ellas.

Irene se sienta y escucha con atención a Ana Lucía García, enfermera obstetra y coordinadora del Programa de Salud de la Mujer en el centro médico. Algunas mamás del curso se acompañan de sus parejas; otra adolescente embarazada lleva a su mamá. Irene no.

Su compañía durante estos siete lunes no siempre ha sido la misma, pero usa el mismo uniforme: botas negras, pantalón verde oscuro y una camisa beige con un escudo. Centro de Formación Juvenil Zurquí, se lee en él.

El baby shower sorpresa del cierre lo planearon para la única integrante que no lo tendrá afuera de esas cuatro paredes. “Uno como mamá se asusta y le da mucho miedo, pero usted lo va a lograr… porque está luchando”. Ana Lucía le habla a la joven y ella asiente. “Eso es algo de admirar”.

Irene tiene 35 semanas de gestación, 16 años, dos tatuajes en sus brazos, muchos regalos por abrir y una condena que se encuentra pagando en el único centro penitenciario para menores del país, ubicado en San Luis de Santo Domingo. Se ve frágil, casi inofensiva. Deja escapar su retraída risa de vez en cuando. Es –casi– una niña… que le dará vida a otro niño.

Antes de entrar al centro, nunca se imaginó que ella y su hermana –de 17 años– caerían presas juntas por el mismo delito. Tampoco tenía idea de que iba a ser mamá. Tenía temor, cuenta. No sabía para dónde iba. “Ya perdí el miedo”, me dice. “El Zurquí es tranquilo”.

“Me hicieron una prueba de sangre y ahí salió que estaba embarazada. Yo no sospechaba nada”, agrega. Con el papá del niño ya no tiene contacto. “Él andaba conmigo, pero cuando yo entré al centro yo corté con él. Yo dejé las cosas así pero yo no sabía que estaba embarazada”.

El curso le ha ayudado mucho. “Al inicio yo no sabía nada de ser mamá y esas cosas. Me sentía muy asustada de ver a todas las personas y yo siendo menor de edad”.

—¿Te daba miedo que supieran que eras privada de libertad?

—No, eso no.

Avance institucional

“De las dos chicas madres que tenemos acá, una no tiene mucho de ser privada de libertad, pero enfrenta una sentencia importante”, asegura Kattia Góngora, directora del centro penitenciario Zurquí. “Va a implicar que se separe de su bebé por varios años. La otra enfrenta una sentencia muchísimo más corta y ya tiene avanzado un período”.

Irene es una de las 13 mujeres menores de edad del centro penal –popularmente conocido como la cárcel de menores– compuesto actualmente por unos 115 jóvenes. De ellas, siete viven (en distintas formas) la maternidad en el encierro.

Los bebés de dos de estas madres fueron declarados en abandono y puestos en adopción; Karen (de 17 años) es la única que vive con su hijo de un año en su dormitorio; Irene hará lo mismo después de dar a luz y el resto ha buscado apoyo familiar afuera para hacerse cargo de sus hijos en libertad.

“A los tres años de edad del niño, ellas enfrentan el paso amargo de pensar qué va a pasar con ese bebé. Eso depende de afuera, no de lo que ellas hayan avanzado aquí”, agrega Góngora. “Ellas pueden estar súper preparadas para que continúen con su bebé, sin embargo, al cumplir tres años, vuelven a ‘el afuera’. Hay dos posibilidades: si hay una familia con la que cuentan y las apoyan, los bebés van ahí. Si no tienen apoyo o la familia recursos, el bebé puede ir a un albergue. Es el dilema diario que enfrentan las mujeres privadas de libertad”.

Tanto para el centro como para la clínica de Santo Domingo, el caso de Irene es histórico y es un avance que los llena de orgullo. Por primera vez, una joven privada de libertad recibe un curso de preparación para el parto afuera de la cárcel.

“El centro ha tratado de todas maneras que ella lleve su embarazo de la forma más positiva posible”, asegura Góngora. “Nosotros tenemos lo que nadie quiere tener: la gente que ha hecho daño y que ha cometido delitos. Es muy complicado, porque el hecho de que las personas cometan delitos no los excluye de tener derechos: a la educación, al trabajo, a la recreación, a convivir, a vincularse con otras personas. Todos esos son derechos que ni siquiera son discutidos: deben ser”.

Para Ana Lucía García, enfermera que ha liderado todo el proceso del curso prenatal, esta iniciativa del centro es de aplaudir.

“Muchas veces a los privados de libertad se les violan sus derechos y la salud es uno de ellos. Yo desconozco qué fue lo que hizo la muchacha. No le voy a preguntar ni me interesa. Es una adolescente que tiene derecho a venir a un curso y que tiene derecho a prepararse para ser mamá”, dice García.

Elizabeth Díaz, mamá integrante del curso en la clínica, coincide. “Me llena mucho de gozo ver que le están dando una segunda oportunidad, no solo a ella, sino también al bebé. Ella está pagando una condena por un error que cometió, pero el bebé no tiene por qué pagar las consecuencias”, asegura. “Que ella esté disfrutando con nosotras y compartiendo me da mucho gusto. A una persona no se le tiene que castigar dos veces. Ya a ella la castigaron una. ¿Por qué hacerlo de nuevo junto a su bebé?”

La práctica indica que todas las salidas de privados de libertad deben ser autorizadas por un juez, sin embargo, en temas de salud, la autorización la puede dar el mismo director del centro, como sucedió en este caso.

“Desde el concepto de salud integral de la Organización Mundial de la Salud, unido con los objetivos de la justicia penal juvenil –que siempre trata de promover la reinserción social–, (la salida de Irene) se justifica”, dice Sofía Elizondo, trabajadora social del Zurquí. “Para ella este proceso fue fundamental, no solo en su condición como madre, sino en la posibilidad de conectar con gente diferente”.

Para ella, agrega Góngora, dentro del contexto socioeconómico en el que se ha criado, estos espacios sociales positivos no son lo normal. La dinámica es otra.

“El proceso para ellas es doblemente pesado”, añade Elizondo. “Ya son madres adolescentes, que eso ya es una causa de vulnerabilidad. Pero son madres adolescentes en condición de privación de libertad. Algunas sin redes de apoyo fuertes, con un montón de situaciones lo emocional que hay que revisar, con condiciones económicas muy desfavorables en algunos casos; otros con historias de vidas muy dolorosas y llenas de abusos y abandonos”.

“Es un camino que estamos recorriendo con mucho temor, pero con mucha motivación hacia una construcción lo más cercana al respeto de los derechos humanos de ambos menores”, agrega.

Irene tiene mandalas (dibujos circulares, propios del hinduismo) coloreados pegados en la pared de su dormitorio y tres atrapasueños que hizo en la clase de bisutería. Tiene al lado de su cama la compañía de su hermana. Tiene además, en su vientre, un niño que ya está por nacer.

—¿Ya te sentís preparada para ser mamá?

—Sí.

—¿Ya querés que nazca?

—Sí.

Maternidad tras las rejas

Karen habla mucho. Es desinhibida y casi todas sus respuestas se componen de largos testimonios.

“Cuando el OIJ me detuvo lo hizo muy groseramente”, recuerda. “A mí algo me dijo que me cuidara porque seguro estaba embarazada. Ya yo lo sospechaba. Me tiraron al carro y las muchachas me dijeron: ‘eso es lo que todas dicen’. Le dijeron a la fiscal y la fiscal me mandó a hacerme una prueba de sangre en la noche y salió positivo”.

Karen tiene dos años de ser privada de libertad. André, su bebé de año y un mes la sigue por donde vaya. Aún no habla, pero ya camina. Cuando cumpla tres años, la mamá de la Karen se hará cargo de él.

“Fue una mezcla de sentimientos”, dice la joven de 17 años. “Yo quería ser mamá, pero no quería ser mamá encerrada. Para mí es muy duro que él quiera salir (del dormitorio) y yo no pueda sacarlo. Tengo que pedir un permiso y no siempre me lo dan”.

Una de las grandes preocupaciones que enfrenta el Zurquí es que, a diferencia de la cárcel femenina El Buen Pastor, este centro no cuenta con una casa cuna. Las menores embarazadas deben compartir su espacio con sus bebés.

“Karen es una chica que debe tener a su bebé 24 horas. Tiene que estar agotada. No tiene la posibilidad de decir: ‘voy a llamar a mi suegra para que me lo cuide’ o ‘voy a decirle a mi hermana que me lo recoja para yo ir al supermercado’”, dice Góngora. “Nuestra meta es empezar a construir la sección femenina con énfasis en una casa cuna pequeñita. Ya están los planos y el terreno. Lo que no hay es toda la plata. Es un proyecto caro”.

Con un inevitable tono maternal, la directora dice entender el dilema ético al que se enfrentan todos los días.

“Si la madre está privada de libertad y el bebé está con ella, estamos limitando de alguna manera también el tránsito del bebé. Sin embargo, el interés superior del bebé es lo principal y se valida la posibilidad de que él esté con su mamá”.

El dormitorio de Karen mide unos 3 metros cuadrados. Ese espacio reúne una pila, una cama, un baño, una cuna y varios juguetes en el suelo. Cada detalle, cada carta, cada papel de chocolate lo guarda en una gran bolsa de tela que nos muestra con detalle.

“Esto fue de cuando bebé cumplió un añito”, dice mientras nos enseña un gorro de cartón. “¿Sabe qué? Ese fue uno de los días más difíciles para mí… legal. Lo esperé mucho, mucho tiempo. Ese día no era un día de visita. Lo que yo menos me imaginé era que una oficial le pidiera permiso a los jefes para hacerle una fiestita. Fue como… uf, mae”, dice Karen.

“Es una realidad muy dura”, agrega la directora. “Porque es: no solo estoy privada de libertad, no solo tengo que lidiar con todas las emociones que significa ser adolescente. Ella es un fracaso social… está encerrada. Debería estar en el colegio con sus amigas. Pero además de eso, es mamá con todos los controles encima”.

En Costa Rica, hace dos o tres años, el número de mujeres menores privadas de libertad se contaban con los dedos de una mano. Trece es un número anormalmente exorbitante. Sus pronósticos indican que irá en aumento (en un país como El Salvador, sin embargo, ese número es casi 80).

“Están en lugares que no son adecuados”, asegura Góngora. “Deberían tener un jardín para salir, un patio donde tomar el sol a cualquier hora, pero están en lugares que no fueron hechos para contener población. Hemos estado luchando para construir una sección femenina, pero es difícil… nadie quiere invertir en el sistema penitenciario”.

Lo mismo apunta Sofía, la trabajadora social. “Si este centro no estuvo pensado para tener mujeres, mucho menos para tener mujeres con sus bebés. Lo que estamos apostando es estar muy unidas con el equipo técnico de El Buen Pastor para hacer un proyecto lo más parecido posible, con condiciones mucho más limitadas”.

Libertad a medias

Michelle tiene 21 años y una niña de cuatro años y siete meses. La ve cada 15 o 22 días, cuando su mamá se la lleva al centro.

“La primera vez yo caí aquí en 2012, ya embarazada. Solo estuve un mes”, cuenta a través de una verja de metal. “Salí y tuve mi hija afuera. Después de año y medio me hicieron el juicio y me sentenciaron”.

En ese momento, no se permitía la presencia de bebés en el centro. “Tampoco era justo que ella estuviera en un lugar así con uno. Yo cometí mis errores cuando era joven. Todavía era una chiquilla, no sabía lo que hacía”, dice con una voz pausada. “Yo acepto mis errores, tampoco los voy a negar”.

A Michelle le queda poco tiempo para reencontrarse con su libertad. Quiere hacer trámites para que una vez afuera, pueda seguir estudiando en el centro. Empezar de nuevo afuera sería un reto complicado.

“Cuando veo a mi hija es una felicidad, pero cuando se va es muy difícil. No la puedo ver crecer cada día que pasa”, dice. “Yo he sufrido mucho. Me hace mucha falta. Gracias a Dios ella está bien con mi mamá”.

Cuenta los días para volver a ser libre. “Las mujeres jóvenes que anden en cosas raras, legalmente esa vara se para. Tal vez la gente que está afuera no entienda, pero la libertad es lo mejor que puede haber en esta vida”.

Cerca de un tercio de los menores privados de libertad no reciben visitas. Muchos de sus familiares son también privados de libertad en otras cárceles o por sus limitados recursos se les complica transportarse.

“Los adolescentes del centro, lo que tuvieron en ‘el afuera’ fue una pérdida de controles y de límites. La calle no les pone límites. Aquí tienen que vivir con ellos y eso es un reto”, expone Góngora.

“No hay forma de ver esta situación sin que sea compleja. La sociedad quiere ver estas situaciones solo en blanco y negro: cometió un delito, que vaya a la cárcel. Nosotros no podemos dejar de ver la humanidad jamás”.

Karen está sacando noveno año, aunque arrastra materias de octavo. Cuando vamos de salida, me entrega una carta. “Soy ser humano y, como tal, cometo errores. Pero también tengo derecho a una segunda oportunidad. Deseo salir a la sociedad y que no me señalen. Más bien, que mi experiencia sirva de ejemplo para otras mujeres”.

—¿Tenés planes para cuando estés afuera?

—Ay sí, mujer. Mire. La cuestión está así: salgo y quiero vivir sola. Voy a trabajar de día y estudiar de noche. Quiero ser maestra de español, si Dios quiere. Es como romper una cadena de una familia que va así… lo que yo menos quiero es venir a visitar aquí a mi hijo.

Cerca de un tercio de los menores privados de libertad no reciben visitas. Muchos de sus familiares son también privados de libertad en otras cárceles o por sus limitados recursos se les complica transportarse. “Los adolescentes del centro, lo que tuvieron en ‘el afuera’ fue una pérdida de controles y de límites. La calle no les pone límites. Aquí tienen que vivir con ellos y eso es un reto”, expone Góngora. “No hay forma de ver esta situación sin que sea compleja. La sociedad quiere ver estas situaciones solo en blanco y negro: cometió un delito, que vaya a la cárcel. Nosotros no podemos dejar de ver la humanidad jamás”.