Opinión desde acá

por Mariana Belloso, De cuentos y cuentas

 

Mariana Belloso
Periodista

Sostenibilidad, cuestión de vida o muerte

Es posible que las grandes industrias no traten de cambiar la manera de hacer las cosas por conciencia medioambiental, sobre todo si esto implica aumento de costos o reducción de ganancias, pero es tiempo de que vean que si no lo hacen, no habrá más negocio.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió que Estados Unidos salga del Acuerdo de París. Firmado en 2015, este es el primer acuerdo internacional importante para tomar acción contra el cambio climático.
La decisión pone de nuevo en la lupa mundial el tema del calentamiento global. Nicaragua y Siria eran los únicos dos países no firmantes, y la salida de Estados Unidos, si bien al parecer es inminente, no será inmediata.

Ya que Estados Unidos firmó y ratificó el acuerdo, podrá solicitar su salida tres años después de su entrada en vigor, es decir, hasta el 4 de noviembre de 2019. Una vez hecha la petición formal, tiene que pasar otro año para que la salida sea efectiva, esto es hasta el 4 de noviembre de 2020, el día siguiente a las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

¿Cuáles serán los verdaderos efectos de esta decisión? Estados Unidos se había comprometido a ejecutar planes de acción contra el calentamiento global. Además, ya que los países ricos son los principales emisores de carbono y las naciones pobres las más vulnerables ante sus efectos, los primeros debían apoyar a los segundos en la mitigación de dichos efectos.

La falta de regulaciones para obligar a las grandes industrias a reducir el impacto de sus actividades en el medio ambiente es ciertamente un retroceso. Que quien abandona el barco de este gran acuerdo de acciones globales sea una economía del calibre de Estados Unidos empeora aún más el panorama.

Mientras tanto, las empresas son las principales llamadas a tomar acción, a cambiar sus políticas y sus prácticas, ya sea por presión gubernamental o acatamiento de las leyes. Volcarse a la sostenibilidad no es más una opción, o una moda, o un recurso para proyectarse como altruista o para blanquear reputaciones, es una cuestión de competitividad.

Es posible que las grandes industrias no traten de cambiar la manera de hacer las cosas por conciencia medioambiental, sobre todo si esto implica aumento de costos o reducción de ganancias, pero es tiempo de que vean que si no lo hacen, no habrá más negocio.

Los países de la región estamos llegando tarde a la carrera, las empresas locales cada vez más se dan cuenta de que deben ser sostenibles para cumplir las exigencias de sus clientes en otros mercados, especialmente los europeos. El mercado interno aún no lo exige, pero es lo ideal, el punto al que se debe llegar.

Ser sostenible no es solo rentable, es necesario, es una cuestión de vida o muerte. La gestión irresponsable de los recursos está exacerbando los problemas de hambre, de sequías, de inundaciones. Y sí, es también algo que nos atañe a todos, un esfuerzo conjunto por frenar el daño para el que los gobiernos eran los llamados a tomar la batuta. Ojalá no veamos más retrocesos.


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