El área de conservación de Los Cóbanos abarca siete municipios en el occidente del país. Cada zona forma parte de una cadena interdependiente. Y en cada una de ellas es posible ver el conflicto entre la sobrevivencia de sus pobladores y la misión de conservar los ecosistemas. La deuda, en todo caso, sigue siendo del Estado, incapaz aún de controlar lo que ocurre dentro de sus zonas protegidas, esas en las que está en juego el destino de decenas de especies.

“Si no paramos, en unos años no habrá nada que proteger”

Un reportaje de Moisés Alvarado

Fotografías de Franklyn Zelaya

Andrés Pinto, colono de la finca Tonina, de Tepecoyo, camina al pie de los verdes bambúes que flanquean la entrada de la propiedad. Tiene 61 años y la mayor parte de ellos los ha ocupado para el cultivo de la tierra. Cuando avanza, lo hace casi sin mover las manos, como tratando de no gastar energía en actividades que no lo merecen.

Cuando no es el tiempo del café, siembra maíz y frijol en una parcela que está en el otro extremo de la finca. Y lo hace como lo ha venido haciendo desde hace décadas, ocupando abonos, foliares y herbicidas químicos, el método de trabajo más rápido, aunque no el más seguro para el ambiente, algo que se vuelve especialmente importante en estas tierras, que forman parte del área de conservación Los Cóbanos. Este engloba el espacio marino en el que está uno de los arrecifes de coral más importantes del continente, ubicado en Acajutla, Sonsonate. También el territorio de otros seis municipios en el occidente del país, en los que hay otros tipos de ecosistemas.

Todo forma parte de una cadena. En las montañas de Tepecoyo, por ejemplo, nacen los afluentes que van a dar a los ríos que luego desembocan en el bosque salado de la costa, que incide directamente sobre el ecosistema de Los Cóbanos, un espacio que fue declarado área natural protegida hasta febrero de 2008. Si los afluentes llevan sedimentos de herbicidas u otro tipo de elementos que puedan afectar el equilibrio en la parte baja, eso es un peligro para aquello que se pretende conservar.

Andrés Pinto asegura que han recibido capacitaciones por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), pero se queja de que se trata de períodos muy cortos. Dice que les mostraron, “a la carrera”, cómo hacer abonos orgánicos. Para él no fue suficiente.

“Es que no es lo mismo que a uno rapidito le digan así se hace, en una pizarra, a que vengan a donde uno trabaja y le enseñen a elaborar las cosas haciéndolas”, comenta, al subir una pronunciada pendiente hacia la milpa trabajada por Carlos Artiga, el mandador de la finca Tonina.

A diferencia de Pinto, Artiga ha sembrado esta manzana usando solo abonos orgánicos. Pero no lo ha hecho con un objetivo ambientalista: hacerlo de esa forma le sale más barato, aunque tenga que esperar un poco más de tiempo por los resultados.

El mandador recita los nombres de los árboles que él conoce dentro del sitio, pero se queja de que el MARN solo le haya dado una hoja con una multiplicidad de nombres científicos y comunes que, sin embargo, él no domina. Le da miedo que haya especies en peligro de extinción que no haya podido identificar. Aquí esos árboles son intocables. Talarlos les puede significar una multa. Eso si las autoridades se enteran de ello, lo que no es tan fácil.

Hace un cálculo al aire: el quintal de abono orgánico se prepara a base de gallinaza (heces de pollo), basura podrida y algunos elementos que ayuden a crear microorganismos, como la melaza. En cada quintal invierte $2, dice. Si decidiera hacerla con productos químicos, el costo subiría hasta los $12. Colaborar con el ambiente a veces puede ser rentable, concluye Artiga.

Lo mismo están haciendo con el café, un cultivo que requiere, sin embargo, mucho más tiempo. Un frijolar o una milpa de maíz tienen un ciclo de 72 días desde que se siembra hasta que se arranca. El arbusto que da el fruto de la bebida más popular del mundo requiere hasta un año con productos químicos, que empiezan a trabajar al instante. Hacerlo con orgánicos dobla el período de espera. Pero, de la misma forma, vale la pena.

“Viera qué bonito sale el fruto, más pesado y más dulce. Como que la tierra agradece que se le trate así, con más mimos”, comenta Andrés Pinto, el colono que, sin embargo, en cultivos propios ha preferido seguir laborando como lo hacía antes.

Carlos Artiga, el mandador, sigue trabajando en su milpa. Arranca las hierbas con su machete mientras conversa. El ambiente se ha comenzado a calentar. Muy cerca viene una tormenta, que empieza a notarse con un silbido entre las ramas de los árboles, de los que aquí hay una envidiable colección de especies amenazadas o en peligro de extinción. Conacastes, laureles, robles, cedros y el famoso bálsamo habitan la finca, como viejos amigos venidos de un tiempo muy lejano.

El mandador recita los nombres de los árboles que él conoce dentro del sitio, pero se queja de que el MARN solo le haya dado una hoja con una multiplicidad de nombres científicos y comunes que, sin embargo, él no domina. Le da miedo que haya especies en peligro de extinción que no haya podido identificar. Aquí esos árboles son intocables. Talarlos les puede significar una multa. Eso si las autoridades se enteran de ello, lo que no es tan fácil.

Tepecoyo vive un problema de inseguridad debido a las pandillas que han llegado a instalarse en los cantones de la parte alta. Decenas de familias han sido desplazadas de sus antiguos hogares. Por eso no es una zona que cualquiera pueda visitar de forma constante, sobre todo para un tema como la conservación del medio ambiente.

Manuel Valiente es el encargado de la Unidad de Recursos Naturales de la Alcaldía Municipal de Tepecoyo desde marzo de este año. Es el único empleado de ese departamento. Incluso debe colaborar con la Unidad de Adquisiciones y Contrataciones (UACI) debido a la escasez de personal.

A él le corresponde velar porque las fincas y cooperativas de la zona cumplan con lo requerido al formar parte de un área de conservación. En la práctica, funciona como una especie de guardarrecursos, pues es el enlace del MARN en Tepecoyo. \

Patrulla a bordo de su moto de enduro. Pero debido a la inseguridad, no lo hace tan a menudo. Sin embargo, ha podido obtener algunos resultados. Hace solo un par de semanas, él y un escuadrón de la División de Medio Ambiente de la PNC sorprendieron a un grupo de personas miembros de la Cooperativa El Shahuite haciendo tala rasa (eliminación de toda la vegetación en un terreno) para acondicionar allí sembradíos de maíz y frijol, una práctica prohibida. Esto favorece la erosión de la tierra, un factor de riesgo para el bosque salado y los arrecifes de coral en la costa.
“Nadie les había puesto un paro a esta gente. Yo creo que esa es una de las mayores deudas que tenemos. Hay unas metas de reforestación que se han cumplido, me atrevería a decir, solo en un 5 % de las manzanas depredadas”, comenta. Dice que un negocio que ha llegado en detrimento al esfuerzo es el de la manufactura de biomasa, de la que hay varias empresas en Colón y en Ateos que se nutren de la madera de lugares como Tepecoyo. La biomasa es utilizada como un potente combustible para carbón comprimido.

Valiente muestra las fotos en las que se mira a un lado la tierra yerma y al otro, la vegetación. También comparte una grabación en audio del operativo. Allí, quienes hablan son campesinos pobres, quienes ruegan porque los dejen seguir, pues eso significa una oportunidad para sembrar y llevarle subsistencia a los suyos. No hay muchos espacios para esto en Tepecoyo debido al crecimiento poblacional experimentado en las últimas décadas.

¿Cómo se conserva el medio ambiente en un espacio con tantas carencias, donde no están todavía solucionados problemas como el acceso a alimentos o el desempleo? En el municipio, el 24.2 % de la población vive bajo pobreza extrema, según el informe de Indicadores Municipales y Desarrollo Humano del PNUD. La alimentación es un problema fuerte, sobre todo para los más vulnerables: el 34.3 % de niños menores de cinco años tiene un peso menor al recomendado para su edad.

En Tepecoyo se vivieron tiempos mejores, cuando existían hasta tres beneficios de café que le daban trabajo permanente a cientos de personas. Ahora todos han cerrado operaciones.
“Hay que llegar a un punto de armonía, donde haya una agricultura sustentable, donde todos quedemos bien. Ahorita, sin embargo, yo no hallo alguna alternativa a la problemática”, comenta Valiente desde su escritorio en la UACI de la alcaldía municipal.

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EL MEDIODÍA CASI SE HA INSTALADO de lleno en las afueras de este bosque salado en el municipio de Sonsonate, otro punto del área de conservación Los Cóbanos. En la bocana, Saqueo Rodas lanza sus redes en espera de que el día sea de buena suerte.

Una y otra vez el laberinto de hilos penetra la superficie del agua, que se revienta en astillas de cristal. Al fin, parece que algo ha llenado el vacío. Tres peces se retuercen en el interior de la red. Saqueo los coloca en una pequeña laguna aislada del resto de agua. Nota que uno de los peces es pequeño y decide devolverlo a la bocana, para que siga su camino.
—Nosotros venimos de Chalatenango. Allá así se hace con la tilapia. Solo te aceptan de cierto tamaño. Más pequeño es como desperdicio –dice Saqueo, quien sonríe bajo el sombrero que lo protege del sol. —En unas semanas quizá ya esté bueno, más grande, y sea yo mismo el que lo vuelva a pescar. U otro compañero.

Esta es una práctica recomendada no solo en esta bocana, sino en toda el área de conservación, sobre todo en Los Cóbanos. Respetar la talla para pescar es una medida que permite que la especie se renueve y nunca escasee. No está prohibido que se pesque cualquier especie, pues a excepción del caballito de mar y del tiburón ballena, el MARN no reconoce en estado de amenaza o en peligro de extinción a ningún otro.

A pesar de tratarse de un área protegida, en los linderos del bosque hay un caserío, Barra Salada. Allí viven decenas de familias que fueron ubicadas a inicios del milenio. Desde la alcaldía se decidió cederles estos terrenos después de que las viviendas en las que vivían, ubicadas en la costa, fueron destruidas por una tormenta. En ese entonces, ni siquiera Los Cóbanos era reconocido como área natural protegida por el Estado salvadoreño. La medida fue humanitaria.

Dice que es así porque, de todas formas, la madera es un producto escaso en este bosque salado, parte de una extensa área de conservación. —Si aquí ya ni hay madera, usted –dice Santana con una mirada en la que se funde la complicidad y el enojo. —Usted puede ver que en la orilla se ven los manglares bien sanos, pero eso es solo allí, por la marea. Adentro hay manzanas y manzanas desérticas, que se han secado. De allí ya nada se puede sacar, ya no es como antes –comenta.

Santana, barba escasa, ojos vivos, sonrisa fácil, es una de estas personas. Su casa es una de las que más adentro del bosque se encuentran. Es un lugar paradisiaco, con mar y ríos que desembocan hasta donde puede alcanzar la vista. Lo único que arruina el paisaje es el intenso calor, que parece respetar a las flores que Santana ha sembrado en su jardín.

Uno de los principales problemas de la presencia de personas en el bosque salado es el de la tala de los árboles, sobre todo de los manglares, para conseguir leña y madera. Así lo asegura Jorge, presidente de la ADESCO del caserío. Dice que desde el MARN, la idea es que no se tale ninguna especie, sobre todo el muy valorado mangle rojo. Pero la realidad los supera: para algunas familias no es posible abastecerse de otra forma.

“Es que en eso deberían concentrarse las autoridades, en pensar en alternativas para el pobre”, comenta Jorge.
Santana, mientras trabaja en preparar sus anzuelos, apunta en medio de su casa que ya desde hace algunos años él prefiere la madera dulce: “La única diferencia entre las dos es que la dulce la tiene que comprar. La otra solo la tiene que ir a buscar al bosque”.

Alternativas. Las autoridades esperan que los habitantes del área protegida comiencen a diversificar sus fuentes de empleo. El turismo sustentable es una de las opciones.

Dice que es así porque, de todas formas, la madera es un producto escaso en este bosque salado, parte de una extensa área de conservación.
—Si aquí ya ni hay madera, usted –dice Santana con una mirada en la que se funde la complicidad y el enojo.
—Usted puede ver que en la orilla se ven los manglares bien sanos, pero eso es solo allí, por la marea. Adentro hay manzanas y manzanas desérticas, que se han secado. De allí ya nada se puede sacar, ya no es como antes –comenta.

Jorge, el presidente de la ADESCO, hace un gesto de aprobación para lo dicho por Santana mientras trabaja en el vivero de tortugas que FIAES y FUNZEL han habilitado en el caserío.
Dice que una de las razones principales para ello es un fenómeno que, desde hace algunos años, se ha comenzado a vivir con mayor regularidad: que el estero se tape. Es decir que el afluente de los ríos que desembocan en el bosque, el Mandinga y el Pululuya, no sea suficiente como para que estos se conecten con el mar.

Pasa sobre todo en verano. Cuando el sol logra penetrar en algún claro hasta el suelo fangoso, este comienza a calentarse. Llega a temperaturas que superan los 40 grados. Esto afecta los árboles más jóvenes y pequeños, que mueren debido a la presión. Si el problema aumenta, el agua puede hacer un efecto espejo y provocar pequeños incendios, que pueden cobrarse cientos de víctimas, incluso a los más robustos troncos. La muerte, dice Jorge, quien ha vivido aquí desde su infancia, puede extenderse por manzanas y manzanas.

—Antes eso pasaba cada 15 años. Era raro. Después se fue haciendo más frecuente, hasta que hace como 10 años ya era una cosa anual –dice, vistiendo una camisa de manga larga que se puso especialmente para esta entrevista. —Hasta que en 2016 pasó tres veces en el año. ¿Se imagina usted esa mortandad de palos y de animales? –comenta en un testimonio sobre el cambio climático que nada tiene de teórico. Este mismo fenómeno afecta directamente a los arrecifes ubicados más al occidente. Según los expertos, el aumento de las temperaturas hace que pierdan muchas de sus propiedades y que la vida alrededor comience a morir.

En 2016, la comunidad se organizó para construir un canal que permitiera desazolvar el estero. Una veintena de personas aportó su esfuerzo por varios días, algunos pusieron lanchas, otros sus pick ups para trabajar un poco más tierra adentro. Los dueños de los ranchos vacacionales de la zona aportaron dinero para la gasolina. La alcaldía ayudó con equipo pesado y personal para trabajar. El MARN dio los permisos para que lo hicieran.

Cuando el sol logra penetrar en algún claro hasta el suelo fangoso, este comienza a calentarse. Llega a temperaturas que superan los 40 grados. Esto afecta los árboles más jóvenes y pequeños, que mueren debido a la presión. Si el problema aumenta, el agua puede hacer un efecto espejo y provocar pequeños incendios, que pueden cobrarse cientos de víctimas, incluso a los más robustos troncos. La muerte, dice Jorge, quien ha vivido aquí desde su infancia, puede extenderse por manzanas y manzanas.

“Del ministerio vinieron y nos dijeron que habíamos hecho un excelente trabajo. Ayudó para que el estero no se tapara por un buen tiempo”, comenta Jorge.
Pero la medida será solo temporal. No pasará mucho rato para que vuelva a suceder lo que temen. Desde el MARN hay un proyecto que posiblemente comience a rodar en noviembre, en el que se pretende crear un canal de 2 kilómetros que sea difícil de azolvar.

Ana Velasco es parte de los tres guardarrecursos del MARN encargados del área protegida de Los Cóbanos, una de las más grandes del país. Con 32,623 manzanas de extensión, el trabajo de ella y sus compañeros es uno que bien podría resumir a este país de carencias: largas jornadas de trabajo y ni siquiera un vehículo para desplazarse a las zonas más alejadas, como la ubicada en el caserío Barra Salada, el bosque de manglar.

Por eso acepta que hay comunidades con las que no ha sido posible trabajar con la intensidad con la que se ha hecho en el caso de Los Cóbanos. Desde hace cinco años, este grupo de personas ha logrado librarse de algunas costumbres que afectaban al manglar, sobre todo la de pescar con red profunda.

Según Velasco, es posible que esta, que se deja por varios días en el lecho marino, arrastre no solo peces, sino otras especies protegidas y migrantes, como tortugas y ballenas. Apenas en marzo de este año se vivió un episodio de esta naturaleza, cuando dos ballenas jorobadas quedaron atrapadas en un trasmallo.
La red también puede enrollarse en los arrecifes de coral. Cuando es extraída, se lleva consigo un trozo de arrecife.
“Cuando esto pasa, el coral se muere. Y eso significa la muerte de un montón de especies que dependen de este”, dice Velasco.

Manuel es uno de los habitantes de la comunidad que han aprendido a vivir en la zona protegida. Sabe de memoria cuáles son todas las prohibiciones: no sacar arena (hacerlo dejaría la playa solo con piedras), respetar a las especies de animales (como aves y reptiles), no botar basura y un largo etcétera. Sin embargo, no siempre está de acuerdo con lo recomendado.
“Estos señores del ministerio son bien ignorantes, ¿sabe? Le dicen a uno ‘no pesque con trasmallo, no pesque con red’. Si esa cosa solo está encimita del agua y es tan delgadito el hilo que si una tortuga, digamos, se llega a trabar, bien fácil se suelta”, comenta.

El nivel del agua ha comenzado a aumentar cuando finaliza la tarde. Juguetonas barcas, amarradas a la orilla, parecen coquetear con el mar. Se alistan para salir más tarde. En medio de la noche, cuadrillas de hombres batallarán para traer el sustento a casa, entre olas y sombras.

Ahora, sin embargo, el ambiente es más relajado y se disipa en el humo de un salobre café. Los hermanos Guillermo y Douglas Ávalos disfrutan de este melancólico final de tarde. Son dos orgullosos habitantes del área protegida y evangelizan sobre la importancia del sitio, sus especies únicas, el hecho de que les provee de todo aquello que necesitan para vivir, en un diálogo de eterna paciencia: hay semanas buenas, en las que se gana lo necesario; hay otras malas, en las que no se cubren ni los costos.

Incluso en este nutrido ecosistema, la pesca es una actividad de subsistencia. Por lo menos para pescadores artesanales como los hermanos Ávalos, que son los que pescan hasta 3 millas náuticas dentro del mar. Otras 27 son para los barcos, que pescan en cantidades industriales. Vienen de todas partes, ninguno es de la comunidad. Según sus habitantes, estos son los que más violan el área protegida con enormes redes de profundidad.

Son los que están más lejos del alcance de los guardarrecursos, que ni siquiera pueden desplazarse en vehículo de un lugar a otro en las partes terrestres del área protegida. Su control le corresponde a la Fuerza Naval, que cubre, con escaso personal, otra variopinta lista de actividades.

“Si el ecosistema se muere, también nosotros nos vamos a morir. Nosotros no dependemos de nosotros mismos, dependemos de la naturaleza. Si no paramos, en unos años en esta área natural protegida ya no habrá nada que proteger”, dice como una especie de mantra la guardarrecursos Ana Velasco, sentada en su pequeño escritorio a un paso del mar.

Colección. El MARN cataloga 13 especies de coral en la categoría en peligro de extinción. Todas están presentes en el arrecife de Los Cóbanos. De allí su importancia.

 


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