Opinión desde acá

por Mariana Belloso, De cuentos y cuentas

 

Mariana Belloso
Periodista

Sanvergones

Juzgar desde el privilegio es fácil. Salirse de esta burbuja y ver que la realidad del resto de la gente es distinta, más difícil, cruda y complicada, eso es algo que todos deberíamos tratar de hacer.

Todos somos mejor que el que está a la par. Nuestro equipo de fútbol es mejor, nuestro instituto era mejor que el otro, nuestra iglesia es el único camino a la salvación eterna, mi santo es más milagroso que el suyo, doña, y tengo pruebas. Mi pelo se ve mejor, mi forma de pensar es la correcta, mi político —corrupto y todo— es menos ladrón y menos pajero que el tuyo.

Vivimos en una ilusión constante de superioridad, que en sí no sería mala si fuera nada más una vía para ayudarnos a tolerar este rosario de dolores y sufrimiento que nos proporciona la existencia. Porque sí, creer que uno es bueno no es una cosa perjudicial y es incluso sana y necesaria. Autoestima, le dicen. El problema es cuando esta ilusión de superioridad requiere despreciar, condenar o atropellar al otro.

Lo peor es que muchas veces esta pantalla de perfección y esta crítica constante al prójimo esconden a gente débil, con personalidades inseguras, dadas a la furia y al enojo rápido. Por eso ha habido tanto conflicto originado por causas mínimas que termina a golpes o, peor aún, a tiros.

Los temas controvertidos, como la educación sexual, la enorme cantidad de niños y niñas violados y la alta tasa de embarazos en adolescentes, son campos propicios en los que sale a relucir la policía de la moral, con argumentos que rayan en el absurdo. Hace unos días, se publicó en este periódico el testimonio de una adolescente de 16 años embarazada de su novio mayor de edad.

El tema acá era cómo los casos de estupro (sexo con un adolescente, aún con supuesto consentimiento de este) se dan en medio de una extraña normalidad. Saltaron inmediatamente los comentarios de hombres inmaculados que afirman que la culpa es de las niñas que desde pequeñas andaban de busconas y coquetas.

En lo personal, lo que más me duele es leer a mujeres prestas a condenar, a acusar y señalar a la menor de edad, y no al adulto, como las culpables. Los comentarios van desde quienes dicen que las niñas se embarazan por tontas (¿¡!?), hasta quienes disfrutan poniéndose como ejemplos a sí mismas: “Yo por eso estudié y me gradué en lugar de andar de caliente”, “yo me embaracé joven, pero le hice ovarios y he sacado adelante a mis niños”, y una larga lista de etcéteras.

Sanvergones y sanvergonas por doquier, carecemos de la más mínima empatía, nos cuesta demasiado pensar que la realidad del otro es distinta, sobre todo la realidad de miles de niños y niñas en nuestro país que carecen de las condiciones básicas de vida digna en sus hogares, que crecen entre hambre, pobreza, marginalidad y promiscuidad, que muchas veces no viven con sus padres sino con otros familiares, que sufren abusos de parte de esos adultos que se supone deberían de cuidarlos y a quienes nunca se les ha hablado de que su cuerpo es suyo, que merecen respeto y protección y que carecen de conocimiento sobre cómo prevenir embarazos o enfermedades venéreas —de nuevo entramos al terreno de lo absurdo, como si una víctima de violación tuviera posibilidad de prevenir en estos casos—.

Pero, sobre todo, juzgamos desde el privilegio. “La educación sexual deben darla los padres en el hogar”, me dijeron al menos 10 personas la semana pasada cuando pregunté en una red social por qué se le teme tanto a la educación sexual. ¿Acaso es tan poco conocido el dato de que en este país solo un tercio de los hogares cuenta con madre, padre e hijos (dato de UNICEF, 2012) y que las familias en las que solo hay uno de los padres o el jefe es otro tipo de familiar crecen año con año?

Esa es la realidad en este país. Tener un hogar con las condiciones básicas de vida digna es un lujo. Tener padre y madre en casa es una excepción y no la regla. La cantidad de hogares donde los padres son adolescentes también ha aumentado en los últimos años, y la pobreza es un mal que se rehúsa a dejar de afectar a un tercio de la población, según la última Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples.

Juzgar desde el privilegio es fácil. Salirse de esta burbuja y ver que la realidad del resto de la gente es distinta, más difícil, cruda y complicada, eso es algo que todos deberíamos tratar de hacer. El país no necesita más sanvergones, ya son epidemia.


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