Opinión desde acá

por Marlon Hernández-Anzora, Sin correcciones políticas

 

Marlon Hernández-Anzora
Politólogo

Saludo a la marcha

Debemos apelar a la más básica de las capacidades humanas: la empatía. Esa capacidad de abrir nuestro ser para comprender a los otros y reconocer que no todos somos iguales.

«He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos».

Antoine de Saint-Exupéry

Fue una noche, mientras jugábamos encima de la cama del pick up Toyota Hilux del 79 de mis padres, cuando escuchamos aquellos gritos. Nos miramos con miedo mientras lo oíamos gritar, desangrado, inflamado, reventado, con las ropas rasgadas. Se bamboleaba por la calle Rafael A. Gutiérrez, un poco por efecto del alcohol y otro tanto por la golpiza –y quién sabe qué más– que llevaba encima.

Gritaba como clamando por algún tipo de justicia, o por algún tipo de fuerza que le explicara por qué a él. La gente salía a verlo. Algunos le decían cosas en son de burla y otros, como nosotros, solo mirábamos callados. Todos ahí lo conocíamos y sabíamos que era incapaz de hacerle daño a alguien. Se llamaba David, aunque muy pocos lo recordarán por el que fue su nombre legal. Le gustaba que le dijeran Yeni.

A pesar de conocerlo y de verlo así, no lo auxiliamos. Dejamos pasar frente a nuestros ojos uno de los más terribles desfiles de dolor y angustia. Lo recuerdo como se perpetúan las memorias de la niñez, entre borrosas y reelaboradas, con la impronta del miedo y la angustia que me marcaron. Recuerdo buscar la mirada de mi hermano mayor, como intentando encontrar alguna respuesta, pero él –igual que yo– era tan solo un niño.

No dejo de preguntarme por lo profundamente desolado que se sintió David en ese momento ni por todas las veces en que debió sentirse así durante toda su vida. No dejo de preguntarme por el infortunio que le mandó a nacer en un tiempo y en una comunidad donde todo lo distinto era rechazado, violentado y objeto de burla. Nada nunca lo protegió. No hubo Estado, derecho ni democracia para él.

Sin embargo, tantos años después, escenas como esta de mi niñez continúan dándose con igual o mayor brutalidad en muchas comunidades de El Salvador. A pesar de que todos convivimos con personas LGBTI, de que todos conocemos a una, somos amigos de una, hay más de una en la escuela, en la familia y en la colonia, nos empeñamos en negarles. Les rechazamos, les ignoramos o nos burlamos de ellos.

Nos escudamos en nuestro derecho y en nuestra religión para excluirlos. Pero quizá debamos volver a leer el espíritu de nuestras leyes y los principios de nuestra fe para darnos cuenta de que, muy probablemente, hemos construido un mundo muy lejano a sus principios fundamentales y nos hemos perdido en formalismos y esquemas que nos vuelven sociedades miserables.

Debemos apelar a la más básica de las capacidades humanas: la empatía. Esa capacidad de abrir nuestro ser para comprender a los otros y reconocer que no todos somos iguales, que hay personas que son y deciden vivir distinto. Pero la diversidad en nuestro país, lastimosamente, aún huele a peligro.

Por eso saludo a la marcha que lucha y se pronuncia por el orgullo y por la diversidad para intentar que no volvamos a caminar avergonzados, entre la oscuridad, como esa noche en que caminamos con Yeni y todos aquellos que no hicimos nada por protegerla. Y voto porque esta democracia les proteja, incluya y dignifique como ciudadanos plenos.

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  • 8 julio, 2018 / Opinión desde acá de Marlon Hernández-Anzora  (SÉPTIMO SENTIDO)

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