Antonio Molina: el exsacerdote salvadoreño al que el papa Francisco destituyó por un caso no probado de violación y amenazas

Panchimalco. Los hechos por los que Antonio fue acusado ocurrieron presuntamente en su primera etapa en esta parroquia, de 1993 a 1996.

Antonio Molina fue convocado el 1.º de noviembre de 2016 al Arzobispado de San Salvador. Allí, el titular de la diócesis, José Luis Escobar Alas, le entregó la carta que certificaba que quedaban suspendidos sus derechos y deberes como sacerdote de la Iglesia católica: había sido encontrado culpable por el delito de abusos sexuales en menores de 18 años cometidos en Panchimalco. “Anunciamos de antemano que la máxima decisión no admite recurso alguno, es inapelable”, dice la carta. Que aparezca el nombre del papa Francisco y que se diga que la decisión es “inapelable” significa que fue tomada por el sumo pontífice en persona.
La misiva, escrita en latín, tiene en su cabecera el escudo de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Luego, el nombre del condenado, José Antonio Molina Nieto. Y debajo de este, el título “summus pontifex Franciscus, papa” (“sumo pontífice Francisco, papa”).
Solo para una resolución tomada por el papa no es aceptable ningún recurso, dentro de la Iglesia católica, no hay autoridad más alta. Y esa vía está reservada solo para los casos más graves. Así lo explican los vicarios judiciales de tres arzobispados en Latinoamérica y Miguel Funes, exmiembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Antonio Molina no volvió a la última parroquia que tuvo a su cargo, Santa Cruz de Roma, en Panchimalco. Una en la que estuvo en dos periodos: de 1993 a 1996; y de 2006 a 2016, año en el que fue suspendido tras conocerse las acusaciones en su contra, todas referidas a su primera etapa en el templo.
El exclérigo lleva casi un año de insistir en su inocencia, pese a la condena del Papa. La pelea incluso salió de la Iglesia y llegó a los tribunales civiles de El Salvador en forma de demandas por difamación y calumnia contra sus denunciantes.
Molina acusa al Arzobispado de San Salvador de dejar pasar muchas irregularidades, sobre todo en torno a la denuncia de un hombre de 35 años llamado Isaí Ernesto Mendoza, que lo inculpó de hacer orgías y de haberlo violado cuando era un adolescente y formaba parte de su grupo de acólitos.
El exclérigo alega que no conoce a ese denunciante y que es posible que nunca residiera en Panchimalco, algo que el Arzobispado de San Salvador no confirmó antes de enviar el caso. Fue este cargo el que llevó al papa Francisco a tomar la decisión de dimitirlo del estado clerical, uno que ahora se califica como falso, de acuerdo con las mismas autoridades de la Iglesia encargadas de investigar.

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Dimisión. Esta carta le informó a Molina que dejaba de ser un sacerdote de la Iglesia católica. Allí, resaltados, están el nombre del papa y las palabras que advierten que la decisión es inapelable.

CONDENA POR UNA SOLA DENUNCIA
El de Antonio Molina fue uno de los tres casos de sacerdotes acusados de abusar sexualmente a menores de 18 años que el Arzobispado de San Salvador hizo públicos entre finales de 2015 y principios de 2016. El primero fue el de Jesús Delgado, entonces vicario general de esa diócesis, que fue denunciado por la secretaria de Inclusión Social, Vanda Pignato, por primera vez en un programa radial en noviembre de 2015. Tras ello, la diócesis hizo público el nombre del clérigo y pidió a las víctimas de este delito que se acercaran para denunciar si existían otros casos.

El anuncio de que los tres exsacerdotes habían sido encontrados culpables en el Vaticano se hizo el 18 de diciembre de 2016: la velocidad con la que fueron resueltos los procesos parecía un golpe sobre la mesa, un mensaje de que la Iglesia estaba comprometida con el combate a este delito. Con el de Molina no se tardaron ni un año.

La Congregación para la Doctrina de la Fe es la versión moderna de la Santa Inquisición. Tiene sede en el Vaticano. Es la que, dentro del cuerpo de leyes que tiene la Iglesia para juzgar los delitos de sus miembros, ve los denominados graviora delicta. Entre estos, los más graves conocidos, está el abuso sexual en menores de 18 años.

En el caso de Isaí, el agravante no fueron las agresiones sexuales, sino que las presuntas amenazas de muerte de Molina en su contra. Esta denuncia, a diferencia de las otras, nunca fue revelada a los medios.

Después de recibir e investigar una denuncia, según el proceso de la Iglesia, la diócesis debe enviar un dosier a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Cuando un caso llega a esta entidad, existen al menos seis caminos. Uno, el más expedito, es el de trasladar la decisión al papa. Esta vía fue la que tomó la denuncia de Isaí Mendoza contra Antonio Molina. Este es el único de los casos contra sacerdotes salvadoreños que consta fue resuelto de esta manera.

Este es el procedimiento para casos demasiado evidentes: “Pensemos en material pornográfico descubierto en las manos, pieza o soporte digital del acusado; filmaciones, testimonios de personas que hayan sido testigos de los abusos”, comenta para ilustrar este punto el padre Jaime Ortiz de Lazcano, experto en Derecho Canónico y vicario judicial de Santiago de Chile, una diócesis por la que ya han pasado varios casos de abusos sexuales en menores de 18 años.

También está reservado a aquellos casos que cuentan con elementos agravantes: según Luis Salcedo, vicario judicial de la Diócesis de Guadalajara, México, uno de ellos es que la víctima sea un menor de 10 años. Otro es que haya una gran cantidad de denunciantes para un solo acusado. Aunque no siempre se cumple: el exnuncio de República Dominicana, el polaco Jozef Wesolowski (ya fallecido), fue acusado por decenas de víctimas, pero en su caso la decisión la tomó la Congregación para la Doctrina para la Fe. El sacerdote, por tanto, tuvo la posibilidad de apelar.

Sobre Antonio Molina pesaban otras dos denuncias interpuestas por las gemelas de una familia tradicional de Panchimalco. Las mujeres, ahora de 34 años, aseguraron que los hechos ocurrieron cuando ellas tenían 11 años. Una de ellas afirmó que el sacerdote le “metió las manos” dentro de la camisa, una tarde en la que ella estaba “jugando en el campanario”. La otra contó una experiencia similar: narró que le tocó los pezones al tiempo que le decía “estás creciendo, mi amor”. Esta última también acusó al sacerdote de haberle manoseado las piernas.

La gravedad de los hechos descritos es indiscutible, pero no califican para ser trasladados directamente al papa, de acuerdo con Jaime Ortiz de Lazcano, Luis Salcedo (Guadalajara), Leocadio Morales (vicario judicial de la Diócesis de Santa Ana) y Miguel Funes (exmiembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe): las víctimas tenían más de 10 años y no hubo a la mano evidencias o testimonios de terceros que respaldaran la versión narrada por las gemelas.

La decisión del papa, por tanto, fue tomada solo con respecto al caso de Isaí Mendoza, quien acusó a Molina de haber tenido sexo anal y oral con él. En la denuncia se habla de que los hechos ocurrían en el marco de orgías en la sacristía y en dos casas alquiladas, una en Panchimalco y la otra en Nuevo Cuscatlán*. Isaí tampoco aportó testigos ni el periodo aproximado en el que sucedieron los hechos. La amenaza de muerte denunciada le dio otro tinte a la historia.

Las acusaciones de las gemelas de Panchimalco fueron las primeras en contra de Antonio Molina en llegar al Arzobispado de San Salvador. El tribunal eclesiástico las recibió oficialmente el 10 de febrero de 2016. Molina fue suspendido cuatro días después.

El 15 de abril, el arzobispo le anunció al exsacerdote que existía una nueva acusación en su contra, la de Isaí. Ahora esta es la única inculpación que pesa sobre los hombros del exclérigo: las gemelas aceptaron conciliar en la demanda que el sacerdote presentó en su contra por difamación y calumnia y firmaron un documento en el que se retractaron de las acusaciones.

Autoridad. Toda decisión dentro de la Iglesia tomada por el papa es inapelable. Incluso existe el Principio de Infalibilidad, que reza que en asuntos teológicos es “incapaz de cometer errores”.

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LA BÚSQUEDA DE ISAÍ
“Ha habido casos en los que la congregación toma ella misma la investigación, pero son contadas. Estuve allá muchos años, y esa decisión se tomó una o dos veces”, comenta Miguel Funes desde su nueva residencia en Ciudad de México.
El sacerdote mexicano Miguel Funes perteneció 16 años a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Es una de las personas en el continente mejor certificadas para hablar sobre cómo son los procesos en el interior de esta institución con sede en el Vaticano. Una de las cosas en las que están atados de manos es en la recolectar información relativa a los casos. Para ello dependen exclusivamente de las diócesis locales.

La diócesis u orden religiosa a la que pertenece el acusado se encarga de una fase preliminar, donde colecta información de cargo y de descargo a través de una figura conocida como instructor.
En el caso de Antonio Molina, esta tarea la ocupó Rafael Urrutia, canciller y vicario judicial del Arzobispado de San Salvador. Fue acompañado por los otros dos sacerdotes que conforman junto a él el Tribunal Eclesiástico de la arquidiócesis. Por sus manos pasaron, por tanto, todas las pruebas y todos los testimonios relativos a las tres acusaciones contra Molina.

Rafael Urrutia mismo duda ahora de la veracidad del caso de Isaí. Dice que desde el Arzobispado de San Salvador ya trabajan en una posible restitución del exsacerdote. “Una cosa es que nosotros recojamos todas las evidencias y otra cosa es la veracidad que ellos (la Congregación para la Doctrina de la Fe) le puedan dar… es que (Isaí) no probó (que haya vivido en Panchimalco)”, comenta Urrutia.

Uno de los principales argumentos de Molina para sostener su inocencia durante más de un año ha sido que no recuerda haber conocido a un niño llamado Isaí Mendoza. Otra premisa de su defensa es que él no contó con acólitos en su primera etapa como párroco de Santa Cruz de Roma, del 1.º de julio de 1993 al 25 de febrero de 1996. En la acusación, Isaí escribió que sufrió los abusos del sacerdote cuando se desempeñaba como su monaguillo.

Antonio Molina. Sacerdote desde 1993, además de Panchimalco estuvo en la parroquia de Huizúcar. Fue capellán de dos colegios de señoritas y prefecto de estudios en el seminario de San Salvador.

Molina fue sustituido en esa iglesia por el padre Daniel Coto, quien ahora es el encargado del templo San Juan María Vianney, en San Juan Opico. Coto sirvió como uno de los testigos de descargo de Molina ante el Tribunal Eclesiástico. Vía telefónica, asegura que fue hasta su periodo que comenzó a ejercer su ministerio un grupo de acólitos. Antes de eso, dice, quienes se encargaban de asistir al sacerdote en misa eran los miembros del Camino Neocatecumenal, que eran adultos. Eso mismo está en el testimonio que rindió ante el Tribunal Eclesiástico el 24 de agosto de 2016.
“Yo no encontré acólitos y como su existencia es habitual en todas las parroquias, la necesidad pastoral de que ayudaran en las misas me movió a invitar a estos jóvenes”, dijo Coto ese día. Eso también lo escribió hace 22 años en el libro de gobierno que reposa en la parroquia de Panchimalco.

Otro sacerdote que rindió su testimonio ante el Tribunal Eclesiástico fue Víctor Martínez. Desde pequeño, este hombre nacido y criado en Panchimalco parecía destinado a entregarle su vida a la Iglesia católica. A los 10 años comenzó a ayudar en las actividades del sacristán de la parroquia, en un trabajo que se extendió hasta su vida adulta. Era un quinceañero cuando fue testigo del nombramiento de Antonio Molina como párroco de su municipio, el 1.º de julio de 1993.

“En esta etapa nunca hubo acólitos. A la misa le asistíamos el señor Ciriaco (el sacristán) y yo. El padre no tenía necesidad de acólitos porque lo hacíamos nosotros y los ministros del Camino Neocatecumenal”, escribió Martínez en su declaración. Otros ocho testigos dijeron la misma versión ante el tribunal.
Contactar con Isaí habría sido imposible si en el expediente de la demanda por difamación y calumnia que interpuso Molina contra él no se hubieran incluido los datos relativos a su vivienda.
La tarde comienza a declinar este día de octubre de 2017 en Santa Tecla. La puerta de la casa está entreabierta. Cuando se llama, quien sale es una señora de unos 60 años. Es la madre de Isaí.
—Yo sé toda la historia porque soy su mamá, pero no puedo decirla –dice cuando se le cuenta sobre el motivo de la visita–. Ahorita no está, anda trabajando.
Rafael Urrutia dice que Isaí no aportó ningún elemento que sustentara que haya vivido alguna vez en Panchimalco. La señora sostiene que residieron allá por tres años. Incluso dice que Isaí estudió en un centro escolar de ese pueblo. Sin embargo, en los dos que existen allá no hay registros de su hijo. Ella insiste en que Isaí tiene un diploma, que usualmente decoraba un muro de la casa, que lo prueba. Ahora lo ha bajado, señala, porque planea irse de su hogar. En voz baja, dice que lo han amenazado. También que Isaí sufre de un cáncer en el hueso de la rodilla, y que por ello una amiga residente en Panamá se lo llevará a ese país para que allá continúe su tratamiento.

Cinco minutos después, tras varias preguntas, comenta: “Ah, no, ya me acordé, un hermano mío se lo traía a estudiar a una escuela en San Salvador”.

La señora asegura que cuando Isaí anunció en el seno familiar que iba a denunciar a Antonio Molina, su padre le recomendó no hacerlo. “Le dijo que ya era pasado, y que eso lo dejara reposar”, comenta la madre. Promete que pasará el mensaje a Isaí para que este pueda comunicarse y dar su versión.
La puerta también está entreabierta, en esta nueva visita aderezada por el frío de finales de diciembre de 2017. En esta ocasión quien atiende es el padre de Isaí.
Uno de los principales argumentos de Antonio Molina para sostener su inocencia es que el muchacho nunca vivió en Panchimalco. Eso mismo lo apoya el padre de Isaí, quien asegura que la familia jamás ha residido en ese pueblo del sur de San Salvador. “Yo viví pero en Los Planes de Renderos cuando era niño, con mi abuela”, dice el padre del denunciante.
Y pone una cara de extrañeza cuando se le habla de la acusación que interpuso su hijo contra Antonio Molina por presuntamente haberlo violado cuando era su acólito en Panchimalco. Y el gesto aumenta de volumen cuando se le cuenta lo que dijo su esposa: que él le recomendó a Isaí no denunciar el hecho.
Al centro de la sala, el hermano de Isaí ha estado atento a la conversación y pregunta sobre lo ocurrido. También afirma que no sabe de qué denuncia se está hablando.
“Qué raro, nosotros no tenemos nada que ver con la Iglesia católica. Asistimos al Tabernáculo. Incluso ahorita vamos a ver el culto”, dice el hermano. Pregunta si se le ha filmado. Únicamente se han estado registrando sus voces. Los dos hombres recogen nuevamente el número telefónico para que Isaí pueda comunicarse y dar su versión.
En la noche de este día de diciembre, Isaí escribe un mensaje de WhatsApp: “Soy un enfermo de cáncer terminal, en realidad no tengo tiempo, pero voy a hacer una excepción, además necesito decirle un par de cosas, aquí espero su mensaje”. La llamada comienza.

—Usted dice que los abusos ocurrieron en Panchimalco y en Nuevo Cuscatlán. ¿Me puede decir en qué periodo se dieron los abusos?
—No.
Su madre y su padre dieron dos versiones distintas. Ella dijo que vivieron tres años en Panchimalco; él, que nunca residieron allí, se le explica.
—Mire, hay una cosa que no pareció correcta. ¿Qué llegó a hacer usted allí? Según mi hermano usted lo llegó a filmar –dice.
—Yo no lo he filmado –se le aclara.
—Vaya, yo solamente le voy a advertir algo, yo estoy fuera del país y no tengo ningún problema porque tengo un montón de amigos allá y usted no fue muy inteligente que se diga, porque le dio su número personal a mi hermano, y ya tenemos todos sus datos aquí. Así que le recomiendo que sea prudente –comenta.

Sin embargo accede a seguir conversando. Explica que el motivo de que las versiones de su padre y de su madre no coincidan es que han sido instruidos a no hablar del tema.

Es hora de las preguntas. Las primeras van referidas, justamente, a su residencia en Panchimalco. Como su madre, dice que vivió en ese municipio durante tres años.
—¿Me podría decir dónde estaba ubicada la casa?
—Cerca de la iglesia.
—¿Hay algún otro dato que me ayude a precisar dónde estaba, una referencia, una calle, un número de casa?
Esta última pregunta provoca que Isaí exija cortar con la conversación. En días posteriores se le volverá a contactar. No contestará más.

Señalados. Molina afirma que el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, y el presidente del Tribunal Eclesiástico, Rafael Urrutia, cometieron errores en su proceso.

El casco urbano de Panchimalco, donde afirma Isaí haber residido, es un poblado constituido por unas pocas familias. Gutiérrez, Rodríguez, Martínez son algunos de los apellidos que más se repiten entre los lugareños. Es uno de esos sitios donde se cumple el cliché de que “todos se conocen”.

Los habitantes de las viviendas, custodiadas desde lo alto por la Puerta del Diablo, tienen otra particularidad: casi todos han vivido desde su infancia en la misma casa. Y nadie sabe dar referencias de una familia Mendoza que haya vivido alguna vez en el sector.

Donde sí hay rastros de la familia es en la urbanización Jardines del Volcán, en Merliot, Santa Tecla. Según datos del Registro de la Propiedad Raíz e Hipotecas, el padre de Isaí adquirió el 26 de enero de 1984 una casa del polígono C-12 de dicha urbanización. No se desprendió de ella sino hasta el 16 de octubre de 2006. En Panchimalco nunca hubo una casa a su nombre. Tampoco al de su esposa.

El alquiler también es una posibilidad. Pero al menos una docena de personas en el casco urbano de Panchimalco sostienen que eso no se acostumbra. Uno de los pocos sitios donde se alquila en esta zona, dicen, es un condominio construido en la década del 2000.

Jardines del Volcán, Merliot, parece la antítesis de Panchimalco. Ha habido mucha migración. Varias de las personas que habitan sus viviendas son relativamente nuevas. El pasaje donde está la vivienda que le perteneció al padre de Isaí no es la excepción.
Pero eso no quiere decir que no haya vecinos que perseveren. Ese es el caso de esta mujer, quien ha residido en esta casa desde julio de 1984, el mismo año que, según los registros, la familia de Isaí adquirió su vivienda. Habla quedo y pide no revelar su nombre.
“Estaba de meses él (Isaí), cuando vinieron”, comenta la vecina, algo en lo que su memoria la asiste de forma milimétrica: para julio de 1984, Isaí tenía 10 meses de edad. Dice, con la misma voz apenas perceptible, que no recuerda que se hayan ausentado en alguna época de la casa.
Otros residentes del pasaje, quienes han vivido allí desde los ochenta, dijeron que tampoco recuerdan que la familia se haya ido por algún tiempo de la zona, mucho menos los tres años que afirman Isaí y su madre.
“Yo entiendo que un juicio se perfecciona con un solo caso. Aquí estamos hablando de tres casos. Puede ser que este sea falso, yo no sé, no me doy cuenta si allá (en el Vaticano) le dieron credibilidad o no a este”, comenta el arzobispo José Luis Escobar Alas cuando se le menciona la historia anterior.

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EL OTRO DEFENSOR
Para Antonio Molina, la entrega del libro de gobierno de la parroquia de Panchimalco (donde su sucesor en el templo escribió que el grupo de acólitos inició sus actividades bajo su gestión hasta el 28 de julio de 1996) era suficiente prueba de descargo para que la acusación de Isaí fuera desestimada. Por eso no eligió un defensor, como sí lo había hecho con las denuncias de las gemelas, para las que contrató al sacerdote panameño Carlos Echeverría.
Pero sí tuvo un defensor nombrado por el arzobispo de San Salvador José Luis Escobar Alas: Francisco Alexánder Góngora, párroco de la Catedral Metropolitana. Molina sostiene que nunca habló con él, sino hasta después de que le entregaron la carta de su dimisión del estado clerical.
En el nombramiento de Góngora, fechado el 16 de mayo de 2016, se escribe que se le confieren “todos los derechos y deberes que el cargo exige”. Son exactamente las mismas palabras del nombramiento de Carlos Echeverría, el defensor que Molina escogió para las denuncias de las gemelas.
En el documento de defensa, Góngora se limita a recomendar la realización de peritajes a Isaí, a fin de “comprobar hasta dónde influye en la conducta de la supuesta víctima el supuesto abuso cometido por el acusado”. Ninguna mención al libro de gobierno donde se plasma la ausencia de acólitos en el periodo de Antonio Molina, algo que el mismo exsacerdote habría podido aportar, pues ya lo había entregado al Arzobispado. Tampoco hay constancia de otra actividad de investigación.

El sacerdote Rafael Urrutia mismo duda de la veracidad del caso de Isaí. Dice que desde el Arzobispado de San Salvador ya trabajan en una posible restitución del exsacerdote. “Una cosa es que nosotros recojamos todas las evidencias y otra cosa es la veracidad que ellos (la Congregación para la Doctrina de la Fe) le puedan dar… es que (Isaí) no probó (que haya vivido en Panchimalco)”, comenta Urrutia.

El arzobispo Escobar Alas asegura que consultó a Góngora como a otras personas para conocer una segunda opinión, alternativa a la del panameño Carlos Echeverría.
—¿Pero usted nombró a otras personas mediante un decreto como ese, además de al padre Góngora? –se le pregunta.
—Yo no le voy a dar ninguna explicación. Solo digo que he hecho esta consulta porque no fue parte del juicio y por eso puedo hablar de él –dice, asegurando que no puede referirse a ninguna otra parte del proceso porque está bajo “secreto pontificio”.
En una conferencia del 5 de junio de 2016, el arzobispo de San Salvador anunció que había enviado todos los insumos relativos a los casos de sacerdotes acusados de abusar sexualmente de menores. A Francisco Alexánder Góngora lo nombraron defensor de Antonio Molina el 16 de mayo. El sacerdote tuvo menos de 20 días para redactar su defensa.
El caso de Isaí tuvo otra irregularidad: el arzobispo Escobar Alas se limitó a leerle a Molina el contenido de la denuncia. No le dio una copia de ese documento ni de ningún otro relacionado con la acusación.

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El Vaticano. La Congregación para la Doctrina de la Fe juzga los delitos graves cometidos por los miembros de la Iglesia. Su máxima autoridad es el español Luis Francisco Ladaria Ferrer.

LA AMENAZA DE MUERTE
El arzobispo José Luis Escobar Alas convocó nuevamente al exsacerdote a sus oficinas el 24 de agosto de 2016. Allí le mostró un mensaje de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Era un ultimátum donde se le advertía que si no aclaraba de forma amplia el caso de Isaí Mendoza, este sería trasladado directamente a la consideración del papa. Le dieron un plazo de 10 días (entregó su defensa una semana después). Antonio Molina afirma que tampoco en esa reunión se le informó de manera oficial que Isaí lo había acusado de mandarlo a golpear y amenazarlo de muerte.
Rafael Urrutia asegura que él vio a Isaí únicamente en una ocasión, cuando se presentó a la audiencia ante el tribunal presidido por él para confirmar de viva voz lo que antes había descrito solo en papel. Por tanto, fue esta oportunidad la única en la que Isaí pudo informar sobre las amenazas de muerte y entregar el papel en el que, presuntamente, se refleja la denuncia que puso ante la Policía Nacional Civil de Santa Tecla.
Debido a que tanto el arzobispo Escobar Alas como Rafael Urrutia se niegan a hablar de aspectos muy específicos del proceso, no es posible certificar cuál fue la fecha exacta en que ocurrió esta audiencia, pero Urrutia comenta que su tribunal le entregó antes de mayo al arzobispo todos los insumos relativos a las acusaciones contra los tres sacerdotes imputados por abuso sexual en menores. Es posible que ocurriera incluso antes del 15 de abril, cuando al exclérigo le comunicaron por primera vez la inculpación de Isaí.
Antonio Molina mandó a indagar a Isaí a través de una compañía de investigación privada. Así pudo conocer cuál era la dirección de su casa. Sin embargo, estos datos los obtuvo hasta junio de 2016. La denuncia fue anterior a la fecha en la que Antonio supo cuál era la dirección de quien lo acusaba.
El sacerdote Leopoldo Sosa Tolentino, actualmente al frente de la iglesia Inmaculada Concepción de Santa Tecla, fue por 14 años vicario general del Ordinariato Militar para la Policía Nacional Civil. Por ello tuvo la facilidad para solicitar (y que le entregaran inmediatamente) datos acerca de denuncias presentadas por Isaí Ernesto Mendoza. Le informaron que no existía ninguna en la delegación de Santa Tecla ni en ningún puesto del departamento de La Libertad.
Sosa Tolentino hizo constar esta información en un documento fechado el 30 de agosto de 2016, que fue entregado al Tribunal Eclesiástico que llevó la fase preliminar del caso. En la PNC y en la Fiscalía General de la República no hay datos relacionados con alguna denuncia hecha contra Molina.
Rafael Urrutia también duda que Molina haya mandado a golpear a Isaí. Cuando habla sobre ello, lanza una risa burlona. Para él, lo narrado por Isaí en torno a la golpiza es una mentira. Isaí, por otro lado, tiene antecedentes por dos casos de estafa reportados en 2009 y 2013.

La madre de Isaí no solo dijo eso ante el juzgado, sino también ante personal del Arzobispado de San Salvador. Escobar Alas, titular de la diócesis, acepta que eso ocurrió. “Lo que sucedió es que hubo una llamada por teléfono y nos dijo que era su mamá, habló con mi secretaria diciendo que su hijo había muerto. Entonces nosotros hemos creído, porque nosotros creemos en la persona. Si nos dice que su hijo ha muerto, creemos que está muerto. Nosotros no nos hemos preocupado en ver si es verdad o no”, comenta el arzobispo, para después decir que a él “también le parece extraño” que hayan ocupado esa excusa para no enfrentar la demanda civil.

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LA IGLESIA NO COMPARTE LOS DOCUMENTOS
El 18 de diciembre de 2016, El Salvador y el mundo supieron que Antonio Molina ya no era sacerdote de la Iglesia católica. Dos días después, este interpuso una demanda contra sus denunciantes en un tribunal civil por difamación y calumnia.
El exsacerdote exigía varios puntos a sus demandados, como la firma de un documento donde se retractaran de sus acusaciones. También pedía la realización de una conferencia de prensa donde eso se haría público. Además solicitó una compensación económica, que sería de aproximadamente $133,000** por cada uno.
Como parte del juicio, Molina le pidió a su abogado, Juan Francisco Bonifacio, que solicitara al Arzobispado de San Salvador el expediente completo de su caso, pues nunca pudo tener acceso a la totalidad de documentos que fueron anexados en este. Quería saber, en suma, qué fue lo que se envió desde la diócesis local hasta la Congregación para la Doctrina de la Fe.
El Juzgado Sexto de Sentencia hizo esta petición. La diócesis, a través del canciller Rafael Urrutia, contestó que no poseían esos documentos, pues, escribió, las nuevas disposiciones de la Iglesia indican que se envíe todo el expediente en original a la Santa Sede. El padre Miguel Funes, exmiembro de la CDF, afirma que las reglas son otras: la diócesis envía un informe, pero se queda con una copia de los documentos, que debe conservar durante 10 años a partir del término del juicio, a menos que el acusado muera.
“Nosotros entregamos la documentación al obispo. Yo no sé si él conserva esos documentos”, comenta Rafael Urrutia al respecto. José Luis Escobar Alas afirma que toda la documentación fue enviada al Vaticano.

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EL HOMBRE MUERTO
La audiencia inicial del proceso civil se realizó hasta el 7 de septiembre de 2017. Al Juzgado Sexto de Sentencia solo se presentaron las gemelas de Panchimalco. Isaí no llegó: su madre argumentó que él había muerto, lo que fue desmentido días después con un informe del Registro Nacional de las Personas Naturales. Por ello el Juzgado Sexto de Sentencia pidió que se extendiera una orden de captura en su contra.
La madre de Isaí aseguró en la visita que se hizo a su casa que mintió porque tenía motivos de peso: su hijo había sido amenazado de muerte.
“Tuve que mentir, que Dios me perdone, tuve que mentir, porque me lo han amenazado. Yo fui la que le dijo ‘mirá, hay que decir que moriste’”, dijo la señora. Agrega que un amigo estaba por “llevárselo a Panamá”, para que allá también pudiera tratarse de sus problemas de salud, pues está enfermo de un “cáncer en la rodilla”. Un viaje que, por la demanda que pesa en su contra, no hubiera sido legal. Cuando se habló con Isaí, el 27 de diciembre de 2017, aseguró que ya estaba fuera del país.
La madre de Isaí no solo dijo eso ante el juzgado, sino también ante personal del Arzobispado de San Salvador. Escobar Alas, titular de la diócesis, acepta que eso ocurrió.
“Lo que sucedió es que hubo una llamada por teléfono y nos dijo que era su mamá, habló con mi secretaria diciendo que su hijo había muerto. Entonces nosotros hemos creído, porque nosotros creemos en la persona. Si nos dice que su hijo ha muerto, creemos que está muerto. Nosotros no nos hemos preocupado en ver si es verdad o no”, comenta el arzobispo, para después decir que a él “también le parece extraño” que hayan ocupado esa excusa para no enfrentar la demanda civil.

Ante el hecho de que Isaí nunca apareció, las gemelas de Panchimalco solicitaron que su proceso se ventilara de forma independiente al del otro demandado. Aceptaron conciliar con el sacerdote el 9 de enero de 2018. Firmaron un documento donde se retractan de sus acusaciones.
Urrutia asegura que ya trabajan en la restitución de Molina, quien para siempre será un condenado por abuso sexual en menores de 18 años: el dictamen fue firmado por el papa Francisco. Es inapelable. Pero las condenas no son eternas. Para que el sacerdote vuelva a su puesto debe gozar de un proceso conocido como “gracia”, en el que el sumo pontífice decide que su sentencia ha terminado.
“Antonio va a salir bien”, comenta Rafael Urrutia, el mismo hombre que debía investigar la veracidad de las acusaciones en contra de Molina.

Nombramientos. A la derecha está el decreto que nombra defensor de Molina al panameño Carlos Echeverría, encargado del caso de las gemelas. A la izquierda, el correspondiente a Francisco Góngora, a quien el arzobispo dice que pidió “una segunda opinión”. Los documentos son idénticos.

 

*En la edición impresa de este reportaje se dice que en la denuncia se recoge que los abusos ocurrieron en una parroquia de Nuevo Cuscatlán, cuando debió decir que fue en una casa alquilada en ese municipio. La corrección se realizó el 18 de febrero de 2018.

 

**En la edición impresa de este reportaje se publicó que la cifra era $166,000. La corrección se realizó el 18 de febrero de 2018.


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Ilustración

Ilustración de Moris Aldana

Una carta firmada por Juan XXIII, apodado “el Papa Bueno”, llegó a las más altas autoridades de la Iglesia católica a escala mundial en marzo de 1962. Contenía instrucciones para encubrir, ante las autoridades seculares, casos de abuso sexual en menores de 18 años por parte de sacerdotes. Incluía también amenazas de expulsión para aquellos que rompieran este “pacto de silencio”.
La misiva escrita en latín es uno de los ejemplos incluidos en el informe “Los abusos sexuales y la Santa Sede” (2014), con los que la red mundial Child Rights International Network ilustra cómo la Iglesia católica impidió el combate a este flagelo durante años. En el mismo documento, sin embargo, se reconoce que para cuando se publicó el texto, la institución ya había dado importantes pasos para superarlo.
Pero denunciar una agresión sexual en la que el acusado es un sacerdote sigue siendo un proceso arduo y revictimizante. Eso cuenta Sara, 41 años, estatura media, ojos vivos, quien acusó a un sacerdote de haber abusado de ella en una parroquia de San Salvador cuando era niña.
Sara decidió volver a hundirse en sus recuerdos en la segunda mitad de 2016, después de que la Iglesia católica nacional, a través del Arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar, invitó a las víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes a acercarse para denunciar. Prometió el mayor de los apoyos en un momento en el que el dedo acusador de la sociedad salvadoreña se levantaba en contra de esa institución.
Para presentar su acusación, Sara llegó al Arzobispado de San Salvador, un edificio de tres plantas y colmado de oficinas. Como no hay un lineamiento público sobre cómo poner una denuncia, tuvo que repetirle a varias personas la misma frase: “vengo a denunciar un caso de abuso sexual de un sacerdote. Yo fui la víctima”, hasta que al fin la refirieron a la oficina del Tribunal Eclesiástico.
“El Arzobispado cuenta con muchísimos empleados. Es complicado instruir a tanta gente sobre lo que tiene que hacer. Además ellos andan ocupados en sus propias actividades”, responde Rafael Urrutia, presidente del Tribunal Eclesiástico, acerca de lo anterior.
En una ventanilla similar a la de un banco, una secretaria le preguntó por el motivo de su visita. Tuvo que repetir aquella frase. Le dijo que debía hacer una denuncia por escrito, en donde anotara el nombre completo del acusado y la parroquia donde ocurrió el abuso. No le explicó nada sobre el proceso, solo que se le iba a llamar para que ella se presentara ante el presidente del Tribunal Eclesiástico, Rafael Urrutia.

“La Iglesia dice mucho ‘solo son dos o tres casos, no ha pasado más, ya nadie más denunció’. Al no existir un reconocimiento del problema, la gente tiene más temor a denunciar. Quieren que parezca una realidad superada, cuando no es cierto”.

Tras muchas llamadas, la fecha fue fijada. Cuando llegó el día, Rafael Urrutia, con la denuncia en la mano, le dijo que no podían ocuparse de su caso, pues el acusado pertenece a una orden religiosa. Por ello la envió a preguntar a la parroquia donde sucedieron los abusos. “Es que no nos correspondía, es la verdad”, comenta Urrutia al respecto.
Eso lo desmiente el Derecho Canónico, el cuerpo de leyes que rige a la Iglesia católica: “En las causas penales, el acusado, aunque se halle ausente, puede ser llevado ante el tribunal del lugar donde se cometió el delito”, dice el canon 1,412. Miguel Funes, quien fue miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe por 16 años, sostiene que si un religioso comete un delito, lo hace mientras está en una diócesis, la cual depende de un ordinario, en este caso el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas. La víctima, por tanto, tiene dos posibilidades: denunciar en el obispado donde pasaron los abusos o ante el superior de la orden religiosa en la provincia correspondiente.
Para Leocadio Morales, vicario judicial de la diócesis de Santa Ana, la mejor es la segunda opción cuando el acusado es un sacerdote que ya no está en una parroquia de la misma jurisdicción. Ese es el caso del clérigo señalado por Sara. Pero, dadas las circunstancias, si quien denuncia se acerca al obispado del lugar, es necesario darle una respuesta.
Según Morales, el obispo debe hablar con el superior de la orden e informarle que se tiene una acusación contra el sacerdote sobre un abuso sucedido cuando estuvo bajo su jurisdicción. El tema les concierne a ambos: le corresponde al obispo porque quien denuncia es su feligrés; también al superior, pues el clérigo responde a su autoridad. Deben llegar a un acuerdo sobre quién se hará cargo.
“Es lo más correcto para hacer. No se puede decir ‘a mí no me importa lo que te ha pasado’”, comenta Morales.
Si Sara hubiera aceptado la primera respuesta de Urrutia, el ciclo hubiera comenzado otra vez: ir a la parroquia donde sucedieron los abusos y decirle, quizá al secretario o al sacristán, la misma frase (“vengo a denunciar un caso de abuso sexual de un sacerdote. Yo fui la víctima”) y repetírsela luego al párroco actual.
Pero ella no quedó satisfecha. Le dijo que no confiaba en que la misma congregación a la que pertenecía su abusador fuera la que se ocupara del caso. Le preguntó si ellos podían encargarse, servir como una especie de fiscalizadores del proceso. Urrutia le contestó que sí, contradiciendo lo que había dicho al principio. El acuerdo, por tanto, fue que el Tribunal Eclesiástico del Arzobispado de San Salvador le tomaría su declaración para, luego, pasársela a la orden religiosa a la que pertenece el sacerdote acusado.
Hicieron una audiencia donde rindió su declaración, que luego sería enviada a la orden para que continuara con el proceso.
Ese testimonio no serviría para nada: cuando el caso llegó a las manos de la orden religiosa, esta hizo otra audiencia. Las cosas comenzaron desde cero, pero Sara pudo superar su inicial desconfianza al ver la seriedad con la que la orden religiosa se encargó de su denuncia. La acusación todavía está activa, a la espera de lo que decida la Congregación para la Doctrina de la Fe, el tribunal especializado en juzgar delitos graves.
Sara no ha pedido que al sacerdote se le castigue con la dimisión del estado clerical, la pena más grande que puede imponer la Iglesia a uno de sus miembros. Ha exigido que se reconozca al sacerdote como su victimario y a ella como la víctima.

Las otras peticiones van encaminadas a que dentro de la orden religiosa se tomen medidas concretas para evitar que se sigan dando abusos, como la creación de canales de denuncia y manuales de conducta; también una rigurosa reglamentación de cómo funcionarán las relaciones entre clérigos y niños. Recomendaciones que espera que se extiendan a otras jurisdicciones, como el Arzobispado de San Salvador, para acabar con un problema que, en su opinión, no se ha terminado de superar.

“La Iglesia dice mucho ‘solo son dos o tres casos, no ha pasado más, ya nadie más denunció’. Al no existir un reconocimiento del problema, la gente tiene más temor a denunciar. Quieren que parezca una realidad superada, cuando no es cierto”, dice Sara.


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“Hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación”

María Isabel Rodríguez, asesora presidencial.

A María Isabel Rodríguez parece que nada la exaspera. Es miércoles y en San Salvador cae una tormenta que hace que las calles colapsen, pero ella desde su biblioteca habla con una serenidad que parece solo llegar con los años. Habla tranquila sobre su paso por el Ministerio de Salud y la situación actual de esa entidad. Platica con calma incluso cuando le toca responder sobre temas que parece que preferiría no mencionar, como los sobresueldos recibidos durante el gobierno de Mauricio Funes.

Se sienta en una silla en la segunda planta de su casa y antes de comenzar a platicar, pide una disculpa. Dice que usualmente no hace esperar un mes y medio a una periodista que quiere entrevistarla, pero se enfermó de gripe y canceló muchos compromisos. “Desde que salí del ministerio tenía los planes de dedicarme a escribir de todo lo que he hecho en la vida y ya tenía listo todo, pero ahora se me complicó la vida porque estoy en muchas cosas”, cuenta desde su hogar. Actualmente es la asesora presidencial más longeva y se encarga de aconsejar al Gobierno en temas relacionados con la educación y la salud.

Fue la primera decana de su facultad, primera rectora de la Universidad Nacional y primera ministra de Salud, y afirma que los espacios de participación de mujeres en las esferas de decisión no han sido suficientes. “Hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación”, dice durante esta conversación en la que ofrece agua, jugo, café y quesadilla a sus visitantes. Es difícil imaginar que la mujer que habla con tanto sosiego, mientras afuera se cae el cielo, es la misma estudiante de medicina que repartió panfletos en contra del dictador Maximiliano Hernández Martínez. O que esta mujer que ahora tiene una oficina en Casa Presidencial es la misma que durante su juventud llegó a transportar municiones, mientras se preparaba la huelga de brazos caídos que terminó con la dictadura militar más larga de El Salvador. Pero ha pasado más de medio siglo desde entonces y ahora las cosas que defiende la exministra de Salud son otras.

Anteriormente dijo que si para 2014 no había un cambio notable en salud pública “se habría fracasado de manera rotunda”. Este año en el Hospital Rosales faltaban 70 medicamentos, si alguien necesitaba operarse, le pedían que llevara su propia medicina, y hasta las sábanas del hospital se tuvieron que ir a lavar al Hospital San Rafael. ¿Se logró ese cambio notable?

Mire, analicemos la situación en todo el país. Cuando uno analiza los cambios que ocurrieron por el incremento de cobertura de salud, el acercamiento del especialista, sobre todo el pediatra y obstetra, uno ve que son cambios sustanciales. Uno tiene cifras como mortalidad materna que disminuyó importantemente cuando se crearon los Hogares de Espera Materna y cuando se incrementó el número de partos atendidos en los hospitales. Todas esas son cifras que están indicando que hubo un cambio sustancial, pero lógicamente alguien me podría decir que quizá el ritmo que llevaban las cosas se paró. Si me dicen retrocedió, tengo que aceptarlo.

¿En qué se retrocedió?

Cuando ahora se ha hecho el escándalo de la falta de medicamentos. Para mí era un motivo de quitarme el sueño el hecho de que no se hubiera hecho la licitación a tiempo. Veo en lo que ha ocurrido ahora, que no hay esa responsabilidad de la gente que tiene que saber que si no se hacen las compras a tiempo, eso repercute en la vida de la gente.
La gente necesita sus medicamentos y tienen que ser oportunos y adecuados al momento. Pero si no los tiene, la vida de ellos está en peligro, como un paciente renal que tiene que interrumpir sus diálisis.

No es solo el dinero del que se dispone para los medicamentos, es la posibilidad, es la rapidez de la gestión. Uno tiene que revisar qué está pasando con las unidades que tienen que ver con la compra. ¿Están previniendo que eso ocurra? Yo no puedo salir a decir públicamente “mire, la razón es esta”, porque sería terrible que una persona que ha estado al frente del ministerio vaya a decirle a las autoridades actuales qué está pasando. Yo creo que hay que pedirle a las autoridades el análisis de cuál es el mecanismo a través del que se llega a la obtención del medicamento y por qué hoy no se ha llegado a eso.

¿Usted cree que le hace falta autocrítica a este ministerio?

Fíjese que esa respuesta usted la tiene. Sí, yo creo que usted la tiene. Uno quisiera que una línea que consideró correcta en un determinado momento y que empezó a revivir buenos resultados, se continuara. Pero nuestro país tiene un sistema en que el Estado-nación no tiene una política permanente. Las políticas no son de Estado. Cambian con el que entra al frente. Esa es una de las principales situaciones en todos los organismos, llámense autónomas o públicas. Y la gran desgracia que yo me la voy a llevar a la tumba es que ese gran esfuerzo que uno hace o puede hacer en un determinado campo –en la Facultad de Medicina, en la Universidad de El Salvador, en el Ministerio de Salud– que uno cree que llegó aquí y que necesitaba un poco de tiempo, tal vez, para llegar aquí; se paró o se fue para atrás.

Nuestro país tiene un sistema en que el Estado-nación no tiene una política permanente. Las políticas no son de Estado. Cambian con el que entra al frente.

Cuando usted estuvo en el ministerio criticó fuertemente el Sistema Nacional de Salud porque no se incluyó al sistema privado. ¿Mantiene esa crítica?

Yo creo que se necesita un cambio de estructura política de gobierno muy importante. El sistema privado debería ser objeto de una reorganización interna. No me interesa que desaparezca, pero que sea sometido a las mismas regulaciones, a la misma política de salud que desarrolla el sistema público.

¿Qué mejoraría eso?

Hay elementos que en este momento se están considerando en muchos países, incluso hasta la regulación de costo y cobros. Tampoco es justo que esté suelto el establecimiento de cuotas. El sistema privado debe ser sometido –y yo pienso que hay cosas del sistema privado buenas– en el mismo aspecto epidemiológico. Es indispensable que el sistema privado esté incorporado totalmente, que se reporten los casos de determinadas enfermedades, que se haga el control igual.

Poco a poco algo se ha ido haciendo, pero pienso que sería muy bueno que el sistema fuera integral. Lo que quería hacer era eso, porque no podemos pensar en que se hizo todo público. Para eso necesitaríamos otro tipo de Estado y eso no era lo que se perseguía.

Creo que el Estado debe tener un control de lo que ocurre en medicamentos y en toda la parte contra epidemias. Falta una verdadera planificación conjunta.

Es indudable que hay una brecha enorme entre el sistema privado y el sistema público. ¿Qué falla? ¿A qué le seguimos atribuyendo esa brecha, siempre a la falta de presupuesto?

Hay un criterio que no lo promueve el Estado, y es un criterio de la gente: “Porque es público puedo hacer con él cualquier cosa”. Es decir, no cuidar las cosas. Si usted entra a algún lugar donde hay baños… hasta las cubiertas de las tazas se roban. El criterio de lo público y de lo que debe cuidarse todavía no ha entrado, en general, en el país.

En el trabajo, a veces es distinta la forma en que se trata a un paciente en enfermería a cómo se trata a esa misma persona (en el sistema privado). Nos lo han dicho médicos que tienen enfermeras que trabajan en lo público. Su actitud y su forma de trato al enfermo es absolutamente diferente. Allá es la “señora, pase adelante”, gran respeto…

¿Entonces es porque somos una sociedad hipócrita?

Bueno eso hay que estudiarlo porque es parte de la educación de la gente.

El año pasado estuvo en algo parecido a una crisis mediática cuando en un programa radial usted mencionó que recibió sobresueldos. ¿Esto le trajo problemas?

A mí me trajo problemas desde el punto de vista (de) que me empezaron a mover en esa situación. A mí no me causa problemas a nivel de gobierno ni nada. ¿Qué me podían decir? ¿Que me callara? Era a lo más que podían llegar. Pero si yo en un determinado momento he recibido, ha sido igual que lo reciben todos los ministros e igual que viene ocurriendo. Es la única ocasión en la que yo he recibido como ministra de salud. Lo estableció ARENA y siguió eso. ¿Por qué no se dio el paso de ponerle a los ministros el salario adecuado? Y, entonces, encontraron que la mejor solución era pagarle (los sobresueldos) para que no se diga que se le paga mucho, pero ¿por qué no? Si el salario debe ser adecuado a la función que desempeña la persona.

Yo creí que se iba a hacer la reforma en el sentido de que ese llamado complemento de salario, o sobresueldo, o lo que fuere, iba a ser incorporado oficialmente porque a uno le conviene. Eso es necesario que se haga. Yo no digo si es por ley o por qué, cuándo se estableció, no sé de cuándo viene, pero así se ha hecho.

¿Pidió que se diera ese cambio?
Yo lo dije ahí. Que había hablado con el tipo y yo le dije “pero ¿por qué esto?” Porque cuando yo iba a firmar un documento o cómo se iba a hacer ese proceso, yo creí que iba a Casa Presidencial a esa oficina a hacerlo, pero no se hizo y realmente nunca se ha hecho un esfuerzo de todos para que, así, tal vez hubiera sido más adecuado.

Empatía. Cuando la exministra recorre espacios públicos es común que la población
se le acerque a pedirle una fotografía o saludarla. En la fotografía aparece haciendo un
recorrido por las áreas de comida de una feria en 2012.

¿De todos los ministros?
Claro. Pero si yo lo dije lo tengo que sostener. Yo no lo voy a negar. No quise hacerle daño a ninguno de los compañeros. Yo nunca recibí órdenes de “no lo diga, esto es secreto”. Pero tampoco me hubiera gustado que me lo dijeran. Es una discusión política que debería de existir de lo que es el sistema de gobierno y cómo se maneja. Si los políticos, los que pelean tanto por la pureza del sistema, (son) muchos de los cuales llegan al Gobierno y los cobran.

Debería de haber un análisis: ¿Es ilegal que un ministro gane cinco mil dólares o tres mil dólares cuando hay consultores, o una cantidad de gente que gana más de eso? ¿Es lógico que un presidente gane menos que lo que está ganando un asesor? Entonces si eso es así, hagamos un presupuesto que coloque el valor justo del sistema que cada quien gana. Eso todavía no está claro en la vida de la nación: cuánto debe ganar un funcionario de alto nivel. Porque se considera una cosa inadecuada un salario alto. Deben establecerse salarios adecuados a la función de la gente sin esperar que haya complementos de salario.

¿Eso usted ya lo sabía al asumir el ministerio?

No lo sabía al asumir el ministerio porque yo no pregunté cuánto me iban a pagar. Lo que es inadecuado es lo que después salió: que no solo se daban esos complementos de salario, sino que había personas que no tenían que ver con el Gobierno y que recibían aportes que no eran sueldos, eran como regalías. Eso se hizo público, porque incluso lo dijeron algunas gentes.

Otro tema que también la puso en controversia fue cuando usted se posicionó a favor de la reforma del Código Penal para aprobar cuatro causales de interrupción del embarazo. ¿Por qué es un tema médico?

¿Cómo voy a considerar yo que se ponga en el riesgo de morir a una madre con hijos por un embarazo absolutamente inviable? ¿Se acuerda del caso de Beatriz, la mujer que tenía un feto acéfalo? Eso es un crimen, si la criatura no iba a vivir. Cada hora de ese producto era una hora de la vida de la mujer que se estaba agravando. Exponer a la madre a ver a un producto de estos sin cerebro, sin cráneo, para despertar el instinto materno es una tortura.

Quienes están en contra de esta reforma mencionan que el daño de las mujeres que abortan es mayor porque adquieren un trauma psicológico tras abortar. ¿Esto es algo médico que haya visto en su carrera?

No.

A usted la acusan en redes sociales de ser una exministra abortista.
¿Ah, sí?

Sí.
Bueno, ese es el criterio de ellos, no es el mío. Yo creo que esa es una cosa que se debe ver con mucha seriedad.

¿En qué está trabajando ahora?

Qué divertido eso. Estoy trabajando en todo. Teóricamente estoy como asesora en salud y educación del presidente. Desde que salí del ministerio yo tenía los planes de dedicarme a escribir de todo de lo que he hecho en la vida y ya tenía listo todo, pero ahora se me complicó la vida porque estoy en muchas cosas. Por ejemplo, trabajamos aquí con mi asistente en muchos campos de la educación y la salud. Hay un día de la semana que en la tarde nos reunimos con el ministro de Educación y dos o tres personas que él ha escogido como asesores y trabajamos un poco adelantándonos a los problemas que se van a presentar.

Mi semana es un poco complicada. Mi mañana la dedico a Casa Presidencial. Allá tengo una oficinita. Allá se hacen las reuniones que se pueden hacer, pero algunas de grupo incluso las hacemos aquí porque tenemos las facilidades. Aquí no hay quien cierre las puertas.

¿Se está trabajando en el Ministerio de Educación en planes de educación sexual?
Se está trabajando intensamente. Creo que cualquier trabajo de hoy todavía es débil, pero debe seguirse trabajando muy duramente.

¿La Iglesia también debería tener palabra en el campo de educación y salud sexual?
Claro que sí.

¿Por qué?
Porque la Iglesia está causando también una acción negativa, porque ellos no conciben la prevención del embarazo. Ellos llegan a interferir con esos programas.

Entonces, ¿me está hablando de invitarlos a discutir para que entiendan o para que ellos pongan las reglas?
No, de ninguna manera. Todo lo contrario.

“Las jovencitas llegan a un servicio de salud y piden que se les dé un condón o un anticonceptivo… y los trabajadores de salud las insultan, les niegan la información… ¡Pero si es parte del servicio de salud!”

Hace unos días se mencionó en un evento de Naciones Unidas en El Salvador que en uno de cada cinco embarazos de adolescentes, la relación sexual había ocurrido con un familiar y a la fuerza.
Así es. Padre, padrastro, pariente, todos esos están en la lista. Bueno, pero ¿qué pasa con la niña adolescente? Hay una responsabilidad triple. La responsabilidad no es solo del Ministerio de Salud, la responsabilidad es de la familia en buena parte. La responsabilidad es de la escuela. Los padres no quieren –sobre todo la madre– no quiere que se le dé educación en el campo de salud reproductiva a las niñas.

Que se le hable de lo que representa el condón es un escándalo, porque “le están abriendo los oídos a los niños y es una barbaridad, la niña no debe saber de eso”. Pero esa niña a la cual se le niega esa información, está llegando ya al hospital porque ya está embarazada. Los papás están soñando que la niña es ingenua e inocente, y hemos tenido casos en que, luego, la madre recibe la noticia de que la niña no solo está embarazad,a sino que es seropositiva. Según ella la niña no debía saber nada nunca de eso. Pero la niña ya ha pasado ignorando muchas cosas que tiene a la mano. Todavía no tenemos una educación de los padres que haga que sean uno de los elementos que deben formar a la joven. Luego, las jovencitas llegan a un servicio de salud y piden que se le dé un condón o un anticonceptivo… y los trabajadores de salud las insultan, les niegan la información… ¡pero si es parte del servicio de salud!

Detalle. En todas sus apariciones públicas María Isabel Rodríguez se encarga de lucir elegante y ser puntual.

En los grupos feministas es reconocida como pionera, ¿usted se considera feminista?
Yo considero que algo he hecho, tal vez no todo lo que debería, en favor del crecimiento de la mujer y del reconocimiento que tenemos el mismo derecho que los hombres. Para mí es una pena que digan que soy la única mujer rectora de la Universidad de El Salvador. Me preocupa muchísimo eso y no tengo el porqué alegrarme. Al contrario, tendría que ponerme muy triste que no haya podido llegar otra mujer. Los grupos llamados progresistas, los grupos de la izquierda universitaria y demás deberían de responder por qué no ha sido posible que otra mujer llegue a la rectoría de la universidad, llegar a la punta es difícil.

Cuando usted entró al Ministerio de Salud con el gobierno de Mauricio Funes se señaló que había muy pocas mujeres en el Gabinete. ¿Cree en las cuotas de género?

Mi opinión en ese sentido es un tanto crítica. En ocasiones establecer la cuota es una cosa simbólica. Muy bien que se diga que van a subir el número de mujeres, pero ¿qué tipo de mujeres suben? ¿Es una mujer bien preparada que va a contribuir? ¿Va realmente a ser una persona que va a influir en decisiones trascendentales?

Por ejemplo, en el caso de organismos internacionales, llegaban a mi oficina a buscar a unas de las funcionarias que trabajan conmigo para decirles “por favor, aplica a esta plaza”. Y la persona a la cual se le invitaba a entrar a la plaza decía: “Yo no lleno el perfil”. “Pero no importa. Lo que importa es la cuota que yo tengo que llenar porque si no, no puedo abrir el concurso”, respondían. Totalmente simbólico y la llenaban con gente que no llenaba los requisitos y ya sabían que no iban a salir electas.

La otra razón es que hay una serie de razonamientos que son ingratos en las selecciones para mujeres. Por ejemplo, cuando llega una mujer se toman argumentos como estos: “Está en edad de casarse. Va a resultar embarazada. Va a estar necesitando permisos de maternidad. No es conveniente”. Hemos tenido experiencias incluso de una persona que fue director de sanidad, que era el equivalente al Ministerio de Salud en El Salvador, que hacía que las mujeres firmaran su renuncia sin poner la fecha y en el caso de salir embarazadas, se hacía efectiva. Injusto, pero ocurría y a alto nivel.

¿Le tocó enfrentarse a eso?

Quizá nunca me vieron cara de que iba a ser madre, ja, ja. Como fui un poquito peleona desde el inicio, nunca me lo hicieron. Peleé esas situaciones porque las mujeres hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación. No se dice “no puede entrar aquí una mujer”. No, eso no, pero sí hay mecanismos.

A partir de la preparación de los discursos para las memorias anuales de la universidad y analizando las notas, se graduaban con mejores calificaciones las mujeres. Hasta ahí todo bien. Pero a partir de ahí yo empecé a seguir a las personas que en la universidad están en posiciones importantes, que adquieren posiciones de docentes a partir del que es instructor, el que sube a la posición de profesor auxiliar, y ya se empieza a ver la diferencia. El número de mujeres empieza a disminuir y el número de hombres a crecer. Y eso sigue en forma piramidal hasta el momento de las posiciones directivas.

Usted creció en un matriarcado, ¿alguna vez le hizo falta una figura paterna?

A veces me han dicho que soy ingrata en ese sentido. Yo diría que no. No me hizo falta porque tuve unas mujeres que fueron madres y padres. Yo sabía que tenía un padre que era abogado, pero nunca se ocupó de llegar a la casa, realmente nunca me hizo falta.
Fui hija única, pero mis tías fueron capaces de hacer crecer sus hijos y educarlos sin mucho escándalo.

Usted se educó en la Facultad de Medicina cuando aún el general Maximiliano Hernández Martínez gobernaba, ¿cómo vivió la caída de Martínez?

Como éramos estudiantes, con mucha alegría, con mucha diversión, pero tal vez no midiendo las dimensiones del proceso. Quizá no teníamos la suficiente preparación política para medir hasta dónde se había llegado. Ya estábamos en la Facultad de Medicina y había caído Martínez, había caído Ubico en Guatemala, había caído Carías en Honduras. Vivíamos una época de gran celebración.

Usted ha dicho que uno de los más grandes dolores de su vida fue en el 1972 cuando un movimiento en el que estaba Schafik Hándal la expulsó de la universidad porque la tachaban de imperialista.

Yo termino mi decanato en el 71, la intervención es en el 72, pero esa época es muy confusa, muy convulsa. Entonces ese problema del imperialismo era una cosa muy tonta. Muy burda. Ese San Benito del imperialismo no me lo pude quitar durante mucho tiempo por el hecho de haber tenido relación con algunas fundaciones que nos ayudaron, incluso, para el desarrollo de la educación médica. Era tan ridículo el pensamiento, tan polarizado de la izquierda extrema salvadoreña que llegó al grado de que un dirigente llegara a la biblioteca de la Facultad de Medicina a ver los libros de la biblioteca y dijera: “Miren cuántos libros de estos están en inglés. Aquí casi no hay libros en español. ¿Por qué? Porque la doctora es una imperialista”.

¿Ese era Schafik Hándal?

No, no. Yo debo decirle que tengo el mayor de los respetos por Shafick. Él me respetó y me apoyó mucho cuando yo estaba en la UES. Al grado tal de que en el momento más difícil de mi vida como rectora, Schafik fue de las personas que me apoyaron y le dijeron a la gente el error en el que estaban al no aprobar el préstamo que hubiera representado el desarrollo universitario. El problema es que la vida de la universidad no solo ha estado expuesta a los golpes de afuera, sino a los de adentro. Los internos han sido terribles.

Después de ser decana usted comenzó a trabajar con la Organización Panamericana de la Salud y tenía pasaporte diplomático, ¿venía a El Salvador durante la guerra?

Sí. No venía tan seguido porque estaba en ese programa tan fuerte, pero sí, vine. Había que pensar que en ese momento no era fácil, pero ya después de los Acuerdos de Paz consideré que se estaban dando las condiciones para venirse a El Salvador.

¿Estuvo alejada por completo del proceso de los Acuerdos de Paz?

No. Todo lo contrario. Yo creo que muchos de los organismos internacionales tienen una función dependiendo de su ideología, de su punto de vista, que no se conoce pero que es de apoyo.

¿Y cuál era esa función?
Quizás eso no vale la pena contarlo.

Cómo no, a mí sí me parece que vale la pena. Ya pasaron 25 años desde la firma de los Acuerdos.
Sí, pero… no es fácil traer a cuenta procesos y compromisos que se dieron y que la gente los mantuvo ocultos incluso hasta su muerte. No tiene uno derecho. A veces aquí en las conversaciones con los compañeros salen cosas que no deberían de salir, pero que las comentamos. Realmente la guerra es la guerra.

Usted ha visto cambiar El Salvador durante todos estos años, ¿por qué vale la pena quedarse?
¡Uy!, esa pregunta es una cosa terrible. Yo creo que todos tenemos una responsabilidad por hacer crecer este país.

Claribel, nuestra alegría

La entrega. Claribel viajó a España a mediados de noviembre para recibir el premio Reina Sofía. “El sexo del autor no tiene nada que ver con la calidad de su obra”, dijo en su discurso de aceptación.

Claribel Alegría contesta el teléfono desde su residencia en Managua, Nicaragua. Al otro lado, la casa parece un jardín henchido de pájaros. Sus cantos se enredan en su voz, vibrante y colorida como paisaje tropical.

La escritora nicaragüense-salvadoreña, que fue galardonada la semana pasada con el premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, evoca en sus palabras una imagen de vitalidad en medio del retiro, de esa soledad perfecta para escuchar con el más atento de los oídos el mensaje incesante que se forma del silencio.

El galardón, uno más de los que engrosan su lista, es el más importante de la poesía que se escribe en español. Se dice feliz y sorprendida por el reconocimiento, uno que llega justo una semana antes del inicio de Centroamérica Cuenta, el evento que reunirá en su ciudad a escritores de todas partes del mundo. A sus 93 años, sorprende que apenas pida, de cuando en cuando, que se suba el volumen de la voz ante una pregunta mal escuchada, en casi media hora de conversación.

En esta entrevista, Claribel habla, sobre todo, de uno de sus temas más queridos, de aquel al que considera la esencia de sí misma: el amor. El amor por su fallecido esposo, Darwin Flakoll (1923-1995); por la literatura en general y la literatura latinoamericana en particular, a la que se encargó de difundir más allá del idioma; del amor a sus amigos (los que están y los que ya no) y a las sorpresas que le están dando estos días, unos en los que se encuentra, en su casa henchida de pájaros, a la espera del silencio.

Vamos a iniciar la entrevista con un tema ajeno al premio Reina Sofía, pues sé que en estos días la han entrevistado decenas de veces alrededor de eso. Me imagino que está un poco cansada de ello. Así que el tema con el que iniciaremos es el amor.
Ay, sí, qué bueno, tiene toda la razón, es el mejor tema del mundo.

Su esposo, Darwin Flakoll (Bud), falleció en 1995. Su más reciente libro, “Amor sin fin”, está dedicado al amor y, por añadidura, a él. ¿Cuál es su relación con el recuerdo de Darwin?
Yo siempre digo que su ausencia es su presencia. Todos los días lo recuerdo. Todos los días su recuerdo está junto a mí.

Me han dicho que usted acostumbra llevar un retrato de Bud adonde sea que vaya…
Ah, sí, yo llevo siempre un medallón y dentro del medallón está un poquito de sus cenizas. Ese medallón yo nunca me lo quito.

¿Cómo fue esa relación donde confluían el amor con la colaboración literaria? Julio Cortázar incluso se refería a ustedes como Claribud.
Así es. Fue una relación muy estrecha, tuvimos mucha amistad mi marido y yo, trabajamos juntos. Hicimos libros testimoniales y una novela juntos. Él era mi crítico y mi traductor al inglés. Tradujo muchos de mis poemas al inglés. Así que fue una relación muy estrecha, demasiado, porque estuvo cimentada en la amistad. Éramos compinches, éramos cómplices.

¿Cómo era ese proceso de escribir libros a cuatro manos junto al amor de su vida?
Muy difícil, la novela que escribimos juntos, “Cenizas de Izalco”, donde se cuenta toda la masacre horrible que hubo en El Salvador en 1932, yo no quería escribirla, porque no tenía oficio como narradora, sino como poeta. Pero Carlos Fuentes insistía mucho, vivíamos en París: “Claribel, tú nos cuentas todo eso y nadie ha escrito sobre esa masacre, tienes que hacerlo, tienes que hacerlo”. Entonces Bud, que era periodista, me dijo “¿Y si lo hacemos a cuatro manos? Yo te ayudo”. Así lo hicimos, nos peleamos mucho. Él estaba mejor en algunas cosas y yo no. Nos tirábamos los platos a la cabeza. El libro casi no sale por eso. Pero un día los dos nos sentamos y dijimos: “Lo importante es que nazca el niño, nosotros somos los padres y no somos tan importantes como el niño que va a crecer”. Fuimos más tolerantes los dos. Él escribía en inglés y yo le traducía al español. Yo escribía en español, él me traducía al inglés. Así nació ese libro, pero fue muy difícil. Los libros de testimonio ya fueron más fáciles, porque ya no eran una novela. Yo entrevistaba por hablar mejor el español. Fue mucho más suave.

¿Por qué después de la muerte de Bud, a excepción de “Mágica tribu”, dejó de escribir libros de no ficción?
No sé, ya había escrito sobre El Salvador y Nicaragua, que son los dos países que más me importan, y ya no tenía nada que decir, al menos por esa vía.

Me han comentado que tras la muerte de Bud, realizó un viaje a Asia que duró, más o menos, un mes.
Así es, así es. Yo estaba desesperada. Fue la única vez que yo vislumbre el suicido. Pero entonces me dije: “Me voy para Asia, donde nadie me conoce, voy a visitar templos budistas, voy a meditar, voy a reflexionar”. Y entonces hice un viaje que lo venimos planificando ya con Julio Cortázar, su tercera esposa Carol, Bud y yo. Los otros tres ya estaban muertos. Así que decidí hacerlo yo solita. Me hizo mucho bien. Conocí Borobudur (el templo budista más grande del mundo), ese templo maravilloso que queda en (la isla de) Java. Me fui a los templos y medité. Regresé muy mejorada.

¿Qué otras cosas la ayudaron a comenzar a acostumbrarse a esa ausencia?
Eso y, sobre todo, la poesía. Yo pensaba que nunca más iba a escribir, pero sí, después de ese viaje me tranquilicé. La poesía vino a rescatarme y me sacó del todo de ese pozo terrible en el que yo me estaba hundiendo, el pozo de la tristeza.

¿Sin Bud Claribel no sería la mujer que es ahora, la mujer tan importante que es ahora?
No soy importante, jajaja. Pero es verdad, sin Bud no habría escrito muchas de las cosas que he escrito.
Una de las facetas menos conocidas en la carrera de Claribel Alegría es su labor como traductora y difusora de la literatura latinoamericana. Ella es la compiladora y traductora (junto a Darwin Flakoll) de la antología “New Voices of Hispanic America” (1962), en la que por primera ocasión se publicaron en inglés los trabajos de muchos de los escritores que, tiempo después, formarían parte del boom latinoamericano. La lista incluye a 41 autores en un trabajo que buscaba darle al lector norteamericano un panorama de lo nuevo que, como región, Latinoamérica tenía para ofrecer. Los géneros elegidos fueron la poesía y el cuento, por razones de espacio. Casi todos los países están representados, incluyendo El Salvador, con Hugo Lindo y Dora Guerra como bandera. Juan Rulfo, Julio Cortázar, Augusto Monterroso, José Donoso, Augusto Roa Bastos, Octavio Paz, Gonzalo Rojas, Cintio Vitier, Ernesto Cardenal son algunos de los nombres incluidos en la antología. “New Voices of Hispanic America” ha continuado reeditándose por editoriales en Estados Unidos. Algunas ediciones pueden encontrarse en Google Books y Amazon. Fue un proyecto innovador en su época, tomando en cuenta lo complicado que era que escritores latinoamericanos fueran leídos incluso en países vecinos de habla hispana.

Hablemos, ahora, de la antología “New Voices of Hispanic America”. ¿Cómo nace el proyecto?
Lo que sucedió es que estábamos viviendo en México y éramos muy amigos de Tito Monterroso, que nos presentó a grandes escritores, como Juan Rulfo, Juan José Arreola, Alí Chumacero y más. Y Bud leía todo eso, que estaba inédito. Te estoy hablando del año 1951. Bud me decía: “No es posible que ni en su propio país sean conocidos, y son grandes escritores”. Entonces a él se le ocurrió la idea de que hiciéramos una antología de poetas y narradores, pero de cuentos, no novela porque era muy largo, que habían nacido desde 1914. Esa fue la fecha que elegimos. Pedimos que nos mandaran libros, no manuscritos. Y, claro, nos llenamos de libros. Teníamos cuartos llenos de libros. Ese fue el primer trabajo que hicimos juntos, antes de “Cenizas de Izalco”. Nos fue muy bien, pero con un trabajo tremendo. Estuvimos trabajando en ello tres años. Estoy muy contenta. Fíjate, tú, que muchos de los que nosotros elegimos allí fueron después del boom (de la literatura latinoamericana), así que elegimos bien, jajaja.

Claribel Alegría, Escritora.

Entiendo que para este proceso también se movieron a Chile.
Sí, vivíamos en México, entonces conocíamos bastante la literatura mexicana y centroamericana, pero no conocíamos nada de la literatura, sobre todo de los jóvenes, en América del Sur. Entonces se nos ocurrió que lo mejor sería buscar un lugar en el sur para poder viajar por los países cercanos. Elegimos Chile. De allí viajamos a Uruguay, y allí conocimos a Mario Benedetti. Nos ayudó muchísimo, nos presentó a otros escritores, viajamos a Argentina. Así que fue por eso que elegimos Chile. Para estar en Suramérica.
¿Es cierto que el editor estadounidense dejó fuera de ella a Gabriel García Márquez por cuestiones de espacio?
Es verdad, porque habíamos elegido un cuento muy lindo de García Márquez, ahorita se me va el nombre, y entonces nos escribieron y nos dijeron, fijate qué tontos, nos dijeron que lo sentían en el alma, pero que el cuento era demasiado largo, que era casi una novela corta y que, por ese motivo, no iba a estar. Sí estuvo Julio Cortázar, Mario Benedetti. A través de esa antología conocimos a personas maravillosas que fueron nuestros amigos durante toda su vida.

Usted también fue la primera traductora del inglés Robert Graves al español.
Él me lo pidió. Robert Graves vino a mi casa, éramos muy amigos cuando vivíamos en Mallorca, y me dijo que le habían pedido sus poemas en español, porque él era más conocido en nuestra lengua como novelista, por novelas como “Yo, Claudio”, o como mitólogo. Entonces me dijo él: “Pero yo ya les dije que yo quería que fueras tú la que me tradujera”. Yo temblé, porque fue muy difícil. Pasé más de dos años trabajando. Bud me ha ayudado muchísimo, así que fuimos los dos, y después el mismo Robert, nosotros le leíamos las traducciones y él nos ayudaba. También Lucía, su hija.

¿Cómo fue el proceso para trabajar con un material poético como este, tan enciclopédico?
Yo traducía los poemas literalmente. Yo puse como condición que yo iba a elegir los poemas, porque había algunos que yo no me sentía capaz de traducir… los traducía literalmente. Después los leía en español y en inglés. Luego se los llevaba a Bud, quien hacía correcciones y me ayudaba. Así fue.

En una entrevista con esta revista hace siete años, decía que el único temor que tenía es que le diera un derrame cerebral y que quedara como un vegetal.
Sí, en dos ocasiones he estado muy mal, me dieron pequeños derrames. Pero ahora estoy muy bien, solo esperando el momento en que me toque partir. Y después de esas dos experiencias, eso ya no forma parte de mí, digámoslo así, catálogo de temores.

El Salvador la reclama como una de sus escritoras más importantes. Nicaragua la reclama como una de sus grandes escritoras.
Soy muy dichosa, porque tengo patria y matria. Mi patria es El Salvador; mi matria, Nicaragua. Así de simple. Pero también podría decir que soy ciudadana del mundo. En todos lados me han recibido con los brazos abiertos.

Alguien dijo alguna vez que usted es una mujer con muy buena estrella. ¿Es cierto?
Sí, he tenido muchísima suerte. El factor suerte ha influido mucho en todos los reconocimientos que se me han dado.

Su primer encuentro con la poesía fue gracias a “Cartas a un joven poeta”, de Rainer Maria Rilke. A los 93 años, ¿todavía tiene esa vocación, siente que no puede vivir sin escribir?
Así es, no le encuentro sentido a la vida si no la puedo decir en un poema, todavía a mis 93 años. Leí ese libro a los 14 años, dos veces en una noche, sabrá usted que es muy corto. Pensé y reflexioné y llegué a esa temprana edad a la conclusión de que mi gran vocación, mi gran pasión era la poesía, y que iba a ser poeta.

¿En alguna época ha mermado esa vocación?
No, nunca. La poesía siempre estuvo presente. Eso sí lo afirmo. He tenido una vocación y la he seguido; y la seguiré hasta que muera.

Estamos en 2017 y Daniel Ortega parece ser un dictador en toda regla, algo que usted temía que pasara hace siete años cuando estaba a punto de reelegirse por primera vez. ¿Qué piensa de esta situación?
Estoy bastante desencantada. Pero mejor hablemos de poesía.

Quisiera que me hablara del caso concreto de su amigo Ernesto Cardenal, a quien lo condenaron a pagar $800,000 a una exsocia, presuntamente de manera injustificada, por el tema de un terreno (un juez decidió anular la sentencia, por lo que Cardenal tiene posibilidades de apelar).
Ernesto es uno de mis mejores amigos. Yo estoy indignada de cómo lo acosan con eso de “Solentiname”. Eso ya debería parar. Es un acoso innecesario. Pienso que Ernesto, además de ser un gran poeta, es un gran hombre, de una honradez enorme.

Las dictaduras marcaron una época, ¿qué piensa de gobernantes que repiten las viejas prácticas de perpetuarse en el poder?
Yo no estoy de acuerdo con ese tipo de acciones. Y sí, la de Nicaragua es una dictadura con todas sus letras.

¿Qué le hacen las dictaduras a una región como la América Latina del siglo XXI?
Representan, claramente, un retroceso. Una traición a la lucha de todos aquellos que querían una realidad mejor, más libre, para todos. A mí no me han molestado todavía, y a esta edad ya no tengo ganas de que eso ocurra. Afortunadamente, sí puedo decir lo que pienso.

¿Qué significa un premio con tanta importancia en el ámbito latinoamericano como el Reina Sofía, sobre todo cuando se tienen 93 años?
Estoy impresionada y muy feliz. Ha sido otro golpe de suerte. No me esperaba que pasara ahora. Creo que es algo que una nunca espera.

De todos los premios que ha recibido a lo largo de su vida, ¿cuál cree que es el más importante?
Ay no, no sé, es que hay muchos. Pero quizá el más prestigioso sea este. Sin embargo, si hay que elegir uno, diría que el primer premio. Me lo dieron en Cuba, Casa de las Américas, fue el que me lanzó al extranjero. Y el premio Neustadt, que me lo dieron en Estados Unidos en 2006, que es importantísimo, sobre todo para el habla española.
Claribel Alegría fue la primera mujer en recibir el Neustadt International Prize for Literature, el más importante entregado en Estados Unidos para escritores no nacidos en ese país. Después de ella, dos mujeres más han logrado llevarse el galardón, la neozelandesa Patricia Grace y la croata Dubravka Ugrešic. A menudo, el premio es comparado en peso con el Nobel de Literatura. Solo otros tres escritores hispanoamericanos han sido premiados con el Neustadt en 47 años de historia: Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis.

En una reciente entrevista para la agencia Efe, dijo que el Reina Sofía coronaba su carrera. ¿Pero cuál es el libro que coronó su carrera, por el cual le gustaría ser recordada?
A lo mejor el último, “Amor sin fin”. No estoy segura. Mis hijos me dicen que hay muchos, que hay tres o cuatro que me representan. Pero para mí es ese y “Saudade”. Es un libro que yo escribí después de muerto mi marido, me importa mucho, y como le digo, fue el momento en el que la poesía me sacó de ese pozo de tristeza. El amor, creo yo, es lo que mejor me representa, el perfume donde está contenida mi esencia.

Usted dijo que se retiraba, que ya no iba a volver a publicar más. A pesar del premio, ¿sigue siendo así?
Sí. No creo que haya en el futuro novedades literarias mías, estoy escribiendo poemitas, pero ya tengo 93 años, ¿te das cuenta? Y no quiero publicar chochadas.

¿Lo que pasa con los premios importantes como el Reina Sofía es que a su receptor se le abren, todavía más, las puertas del mundo editorial, que está ávido de publicar nuevas cosas.
Como te digo, prefiero que “Amor sin fin” sea mi último libro. Estoy en una edad en la que estoy esperando el silencio, la gran llamada hacia lo desconocido.

¿Dónde se enflora a un desaparecido?

Guadalupe Mejía, fundadora de CODEFAM

Se llama Guadalupe Mejía y sus allegados la conocen como madre Lupe. Ahora es una señora de 74 años que camina lento y apoyada en un bastón, pero ha pasado los últimos 40 años de su vida organizando marchas, gritando consignas en megáfonos, realizando protestas y exigiendo justicia. Este año se anunció en Casa Presidencial la creación de CONABUSQUEDA y para Guadalupe esa es una señal de que después de décadas buscando a hombres y mujeres desaparecidos, hoy se encuentra un poco más cerca de conocer su paradero.

Su plan nunca fue ser activista. Quería graduarse de maestra, sin embargo, solo pudo estudiar hasta segundo grado. Guadalupe nació en el cantón La Ceiba, de Chalatenango, y cuando tenía 17 años, se casó con Justo Mejía. Pronto formaron una familia que se sostenía vendiendo atarrayas y trabajando la tierra.

Sin dinero para hacer la siembra, Justo fundó la Unión de Trabajadores del Campo y una cooperativa campesina para acceder a créditos. Los militares señalaron como comunistas a los integrantes de la cooperativa. En 1977, Justo fue asesinado. Guadalupe tenía 34 años cuando quedó viuda y con nueve hijos que criar.

La historia de ese período de la vida de Guadalupe inspiró al escritor Manlio Argueta para escribir la novela “Un día en la vida”. Ella le brindó una entrevista en la que le contó el origen de su dolor. “Si yo no hubiera tenido esa entrevista, no hubiera tenido material para escribir”, reconoce ahora Argueta.

Tras el asesinato de Justo, vinieron otras muertes. Uno de los hermanos de Guadalupe fue desaparecido y no se ha podido encontrar sus restos. Y ya en 1981, fuerzas estatales asesinaron a siete de sus familiares.

Guadalupe, junto a otras personas, fundó el Comité de Familiares de Víctimas de las Violaciones de los Derechos Humanos Marianella García Villas (CODEFAM) en 1981. Desde ahí denunció las torturas que sus familiares vivieron. También presionó a cuanta autoridad fue necesaria para liberar a cientos de presos políticos. Desde los ochenta, su organización ha brindado apoyo para las madres y familiares que tienen la esperanza de encontrar, al menos, los huesos de sus seres queridos.

Durante esta plática, Guadalupe a veces olvida algún detalle específico y cierra los ojos, hace una mueca y se pone las manos sobre la cara como si le avergonzara olvidar. Todo su trabajo ha sido enfocado en recordar. Ella también fue una de las principales impulsoras del Monumento a la Memoria y a la Verdad ubicado en el parque Cuscatlán, en San Salvador. Ahí se recogen los nombres de los desaparecidos y asesinados durante el conflicto armado. Es un espacio donde se concreta la memoria, pero es un monumento descuidado que se deteriora ante la indiferencia pública.

Irónicamente, aunque los dolores de la vida de Guadalupe son de conocimiento público y su legado se materializó en un libro y un monumento nacional, su nombre no suele resaltar con letras grandes. La historia no ha sido justa retratando a una mujer que se ha esforzado por combatir el olvido en un país que parece ser amnésico.

¿Cree que el país ya aprendió su lección con respecto a los desaparecidos?
Yo digo que está lejos todavía para aprender eso. Mire cómo hay desapariciones de gente. Yo pensaba que después de los Acuerdos de Paz ya no se iban a seguir dando estos hechos, pero se siguen dando y no sé hasta dónde vamos a llegar. No sé qué hacer. Me siento incapaz de decir “hagamos esto para que eso no se dé”.

Guadalupe Mejía

¿Cómo vive una madre que no encuentra a sus hijos?
Es una gran tristeza y angustia quererlos encontrar. Ya cuando los encuentra es tranquilidad para ella, porque por lo menos les dan cristiana sepultura. Con eso ya uno queda más tranquilo.

Hay algunas personas que dicen que es mejor dejar eso en el pasado. ¿Por qué es importante hacer excavaciones para encontrar los restos de los desaparecidos?

Porque uno entierra y ya queda conforme que ya queda ahí descansando la persona. Mientras (eso) no está, uno anda pensando que dónde están, que no sabe qué pasó. Encontrar los restos le ayuda a uno a sanar las heridas.

¿Entonces no es cosa del pasado?
No, si para nosotros ese tema es como que fuera ahorita. Porque pasó hace años, pero uno todos los días los recuerda y piensa en ellos. Para uno no es cosa del pasado. Es cosa de presente y de mañana también.

¿Cuántos familiares desaparecidos tiene usted?
Solo mi hermano Gilberto. Está desaparecido desde agosto de 1981.

¿Cómo lo desaparecieron a él?
Él venía para Aguilares a ver a mi mamá. Y en el puente de hamacas lo detuvieron y se lo llevaron. No estoy segura de quién se lo llevó, pero iban vestidos de soldados.

¿El asesinato de su esposo, Justo Mejía, fue de los primeros casos violentos que vio en Chalatenango?
Sí, de los primeros casos en 1977.

Se casó con él bien jovencita.
De 17 años. Bien jóvenes comenzábamos la vida ya acompañadas o casadas.

¿Justo se organizó después de casarse?
Sí, hasta después. Nosotros solo trabajábamos. Hacíamos los paños y las atarrayas para irlas a vender. Mañaneaba a trabajar en los paños y de ahí se iba a la milpa. Regresaba en la tarde y no teníamos otra preocupación.
Recuerdo que nos reuníamos para estudiar el evangelio y entonces salíamos a las comunidades y analizábamos lo que la biblia nos decía. Así fue como comenzó la vida organizada. Después él se organizó en una cooperativa de campesinos que era de ahorro y crédito. La formó para que los campesinos obtuvieran tierras y créditos para trabajar porque no se tenía cómo comprar el abono.

¿Usted sintió algún presentimiento de que eso era peligroso?
Al principio no. Lo que hacíamos era estudiar la biblia e ir a las comunidades, haciendo asambleas con ellas. Hasta que un día nos dijeron que no teníamos que andar en eso porque era peligroso. Eso dijeron los orejones.

¿Cómo fue avanzando todo hasta que pasó el asesinato de su esposo?
Los campesinos formaron la cooperativa y se reunían. Ahí llegaban los soldados y la Guardia a ver qué hablaban. Así fue agudizándose más porque ya los vigilaban y donde nosotros andábamos, ellos también andaban.

Quienes estaban en contra de que los campesinos se organizaran decían que esa era una causa comunista. ¿Qué sabían del comunismo?
No sabíamos qué era comunismo. Nos decían que nosotros estábamos enseñándolo, y yo les decía: “¿Y qué es comunismo?” Porque así era, no sabíamos y nos decían que éramos subversivos, todas esas palabras.

¿Usted, en ese momento, entendía esas palabras?
No, yo no les entendía qué quería decir subversivo, ja, ja… no entendíamos qué era, hasta que nos decían revoltosos.

Cuando a su esposo lo mataron, usted ha contado que tuvo que negar que él era familiar suyo. En esa constante huida en la que estaban, ¿tuvo algún momento privado para llorarlo?
Muy poco espacio nos quedaba para eso. Sí me daban ganas de llorar, y lo hice, quizá, pero lloré en silencio, sin que la gente lo supiera. Su cadáver lo hicieron destrozado. Por eso Monseñor Romero decía que Justo Mejía había sufrido la pasión de Cristo. A él le quebraron los brazos, le sacaron el ojo, le quitaron las uñas con las boquillas de los fusiles y lo colgaron de los árboles. Lo tiraron allá, en una quebradita, cerca de un palo de quina.

Cuando usted encontró el cadáver de Justo, ¿lo enterró en ese mismo lugar?
Sí. Cuando estábamos en el entierro de él, los guardias nos pusieron en una fila y nos preguntaron quién era el familiar del muerto. Nosotros les dijimos que no había nadie de la familia, que estábamos haciendo una obra de caridad. Es bien duro tener que negarlo por amor a la vida de mis hijos.

Leí que días después sacaron el ataúd del primer lugar donde lo enterraron y lo llevaron a otro lugar para hacer una vela.
Sí, a los 17 días lo vinieron a sacar los compañeros. Lo asearon y lo bajaron por esas lomas hasta llegar a El Jícaro.

¿Pudo ir a la vela?
Sí, ahí fui toda la noche. Lo llevamos para El Jícaro en el día y después fuimos a La Ceiba. Ahí lo velamos. Al siguiente día lo enterramos ya en el cementerio. Después de que a Justo lo mataron, nos quedamos viviendo allá en la comunidad. Pero llegaron los escuadrones de la muerte y nos sacaron. En la puerta habían puesto un letrero y la mano blanca. Nos daban 15 días para que abandonáramos la casa.

¿Cómo la apoyó Monseñor Romero?
Cuando se llevaron a mi esposo, que estaba como desaparecido, vine a poner la denuncia donde él y ahí fue donde lo conocí.

En una homilía Monseñor Romero dijo que se le “horrorizó el corazón” cuando la vio llegar con sus nueve niños a contarle de la tortura y el asesinato de su esposo. ¿Cómo era la relación con Monseñor Romero?
Con Monseñor Romero convivimos desde que estaban haciendo una champa que ocupábamos nosotros mismos en el arzobispado.

Como familiares de desaparecidos, ¿cómo vivieron ustedes el momento en el que mataron a Monseñor Romero?
Fue duro porque nosotros teníamos una gran esperanza en él porque nos ayudaba. Era la persona a la que íbamos a denunciar los hechos que habían pasado. Por ejemplo, los que capturaban en la semana, nosotros el domingo lo íbamos a denunciar a Monseñor. Por eso él los daba en la homilía del domingo.

¿No pensó que si a él lo mataron, le podían hacer eso a cualquiera?
Ah, cómo no. Eso lo pensábamos nosotros. Que habían tenido el valor de hacerle eso a nuestro obispo, ¿cómo no a cualquiera se lo iban a hacer? Cuando llegábamos a los cuarteles, nos decían: “Váyanse, viejas. ¿Qué vienen a buscar? Aquí van a quedar ustedes también”. Nosotros hacíamos eso conformes a que cualquier cosa nos podía pasar.

Guadalupe se convirtió en una voz de denuncia de las violaciones a los derechos humanos. En 1979 realizó un viaje por Centroamérica denunciando los crímenes contra los campesinos y conoció al escritor Manlio Argueta. Él asegura que primero entrevistó a Guadalupe en un grupo de cinco mujeres. Luego le realizó una entrevista privada de 45 minutos. “En ese momento no estaba pensando escribir una novela”, cuenta Argueta. Ocho meses después de haber escuchado su historia, se dispuso a escribir el libro “Un día en la vida” y lo basó en el testimonio de Guadalupe. Argueta comenta que aunque la novela ha sido catalogada de carácter testimonial, es un texto de ficción basado en hechos reales. Le tomó tres meses escribir ese libro.

¿Cómo fue el viaje a Costa Rica?
Hicimos una gira que nos organizó aquí la universidad. Íbamos con estudiantes, con maestros, y fuimos a Honduras, a Panamá y Costa Rica. Allá, en Costa Rica, fue que encontramos a Manlio Argueta. Y ahí él tomó mi testimonio.

¿Cómo se sintió cuando vio el libro “Un día en la vida”?
En Inglaterra, en una gira que andaba allá, me dijo una persona donde me quedé que si ya había visto mi libro y le dije que no. “Ah, ya se lo voy a enseñar”, me dijo, y me lo enseñó. Yo no sabía que estaba ese libro, pues.

¿Le hubiera gustado que le pidieran permiso para usar su historia?
Como no. Sí porque ahí no me pidieron permiso. Nada más fue así.

La historia está basada en usted, pero tiene elementos de ficción. ¿Cómo se sintió cuando la leyó?
El libro tiene bastante de lo que sufrimos allá, en La Ceiba. Eso sí, pienso que me removió porque yo eso no lo había contado así a otra gente y en el libro salía lo que habíamos sufrido en la comunidad.

Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.

¿Se sintió extrañada?
Como no, pero como ya estaba hecho el libro… así se da cuenta mucha gente de lo que vivimos. Muchos no conocen la realidad y por lo menos leyendo libros conocen un poco.

Hablemos de cómo empezó su organización, CODEFAM. ¿Cómo decide organizarse?
El espíritu de fortaleza me lo da mi esposo, porque uno no tiene otra cosa más que contar lo que pasó y hacerse fuerte para contarlo con la idea de que estos hechos no se repitan.

Además del caso de su esposo, ¿hubo otro caso que la hiciera decidirse para estar en la organización?
Sí, el asesinato de siete familiares, entre primos, sobrinos y una señora que era comadre de nosotros. Fue terrible, en 1981. Allá, en Las Vueltas. Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.
También había otra muerte que nos dolía: se llamaba Catochita y era una señora que no tenía dónde dormir y se quedaba donde le agarraba la noche. La mataron a ella. Su niña, que tenía unos 10 meses, estaba tomando pecho y pasó toda la noche tomando pecho en la señora muerta. Viera, eso sí duele. Muchas barbaridades hicieron con nosotros.

¿Actualmente usted recibe salario por su trabajo?
En los años que teníamos dinero sí nos daban un salario. Después ya no se podía, ya no recibimos.

¿Cuál diría que es el mayor logro de CODEFAM?
La libertad de los presos políticos. Pudimos sacar como a 1,000 presos políticos de diferentes penales del país.

¿Cómo lo lograron?
Luchando, haciendo actividades en las calles, consiguiendo fondos para pagarle a los abogados para que ellos tomaran los datos. Así fue como se logró. Con la presión de las madres que hacíamos marchas y hablábamos con el director general de los penales y así.

Muchos dirían que organizaciones como CODEFAM perdieron su sentido de existir si ya pasó la guerra. ¿Por qué su trabajo es importante 25 años después de haber firmado la paz?
Mi trabajo como defensora de los derechos humanos es importante porque siempre se violan los derechos humanos. Talvez no igual como se violaron en la guerra, sin embargo, hoy se viola lo mismo en otra forma. No dejo de trabajar hasta que Dios me llame porque estamos viendo que haya justicia y que haya reparación. Hay que buscar a las personas que mataron, las tiraron y no se sabe a dónde.

Me acuerdo de una madre que se llamaba Yolanda. Ella hace cuatro años murió y me decía: “Madre Lupita, no quiero morirme sin saber de mi hijo. Quiero morirme pero cuando ya sepa de mi hijo. No quiero quedar así”. Ella lo anduvo buscando varias veces. Hubo una vez que le dijeron que les llevara dinero, que se lo iban a tener en un lugar, y ella llegó y solo le quitaron el dinero y no le llevaron al hijo.

A mí no se me olvida otra vez que ella me dijo: “Fíjese lo que me pasó: me subí al bus de la ruta 2 y allá, al fondo, vi a mi hijo y caminé para donde él y lo toqué. ‘Hijo’, le dije, y me volteó a ver el muchacho. ‘Ay, me equivoqué’”. Imagínese con qué fe ella pensó que él era su hijo. A mí eso no se me olvida y me da no sé qué no poder hacer nada con el caso de ella, porque se murió así, con su hijo desaparecido.

Yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Usted cree que las madres de desaparecidos están desilusionadas de no poder conocer la verdad del paradero de sus hijos con los gobiernos de ARENA y FMLN?
Sí, porque ellas tenían otra esperanza de que cuando ya estuviera un gobierno del FMLN, que hubiera más apoyo en esos casos, pero no. Todavía no se sabe.

¿Con dos gobiernos del FMLN eso ya debería haberse destapado?
Yo digo que sí, debería ser así. Ya la información la debería de pedir el presidente para poderla conocer. Si estando el FMLN no hemos podido y si llega otro, cómo la vamos a conocer.

En 2014, el Ministerio de la Defensa no permitió que el Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP) ingresara a las instalaciones del archivo castrense. El IAIP buscaba determinar la existencia de documentos de planes militares e información sobre las personas que participaron en violaciones a derechos humanos. En abril de este año, el IAIP concluyó con que hay evidencias de que la Defensa destruyó varios documentos referentes a operativos militares que terminaron con el asesinato de población civil.

La Fuerza Armada se ha negado a compartir la información de los casos de las masacres y usted les ha pedido que colaboren con la justicia.
En una pedida (de perdón) pública les dije que colaboren con la información. Ellos conocen lo que hicieron y también tienen esa información. Si no lo hacen es porque no quieren, no porque no la tengan.

¿Recuerda alguna ocasión en que la Fuerza Armada sí haya colaborado brindando información?
No, no me acuerdo nunca que nos hayan dado algo de información.

Guadalupe Mejía

En 2003 CODEFAM y otras organizaciones lograron inaugurar el Monumento a la Memoria y a la Verdad en el parque Cuscatlán. ¿Cómo fue luchar por la creación de ese monumento?
Fue muy difícil, pero se logró porque se hizo una campaña para que la gente viniera a dejar sus nombres. Aquí venían y (más) los que sacábamos nosotros de afuera.

¿Por qué era importante tener en un monumento los nombres de las víctimas?
Para guardar la memoria de ellos y para que los jóvenes conozcan lo que pasó. También es importante para las madres porque ellas van a depositar la flor y cuando quieren ir a ver, van. Ahí hablan con su ser querido. Cuando no teníamos ningún monumento no se hallaba dónde ir a enflorar. No teníamos un lugar fijo porque ¿dónde se enflora a un desaparecido si uno no conoce el lugar?

Ahora la gente llega y pone nuevos nombres…
Sí, así es. Y ellos manchan también el muro. Ponen cosas de tirro, y nosotros ya les dijimos que no pongan porque se va manchando el espacio.

¿Quién le da mantenimiento a ese monumento?
Pues sí eso es lo que hace falta: alguien que le dé mantenimiento. Nosotros ya hablamos con la alcaldía y con SECULTURA para ver si le dan mantenimiento y han expresado que sí le van a dar, pero todavía no. Y se está manchando de arriba, cae lodo cuando llueve y se mancha la plancha.

¿A ustedes les dicen que no o les dicen sí pero no lo hacen?
Nos han dicho que sí, pero todavía no lo han hecho.

¿Desde cuándo están pidiendo el mantenimiento del monumento?
Ya tiene como ocho años.

Los familiares mantienen la esperanza de encontrar a las personas cuyos nombres están inscritos en el monumento. En septiembre de este año el presidente anunció la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el Contexto del Conflicto Armado en El Salvador (CONABUSQUEDA). Esta comisión será una dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores y estará conformada por tres comisionados que tendrán la misión de identificar el paradero de los desaparecidos durante la guerra. Aún no se conoce cómo será su mecanismo de actuación.
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Usted ha dicho que va a seguir trabajando hasta que un día se haga justicia. Eso suena a tener un montón de esperanza.
Pues sí, yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Cree que sus nietos van a ver un país más justo?
Espero que así sea, porque uno sale con miedo porque cualquier cosa le puede pasar a sus hijos. Eso es lo que uno no quisiera porque ya vivimos esos hechos y no quisiéramos que se repitan.

La historia parece que sí se repite.
Sí, parece y se repite. En otro ámbito, pero siempre se repite.

¿Cuál es su plan para 2018?
No es mucho el plan, lo que espero es que la Comisión de Búsqueda funcione y se empiece a conocer la verdad de los hechos, que se empiece a saber de los desaparecidos, que los encuentren. Eso es lo que pienso de 2018.

La promesa de Caluco y el cacao

Símbolo de identidad. El cacao es originario de la región mesoamericana y fue utilizado por las culturas precolombinas en ceremonias, medicinas y bebidas sagradas.

La historia de Caluco y el cacao es una de prueba y error. De siembra con esperanza y de árboles que se secan. María de los Ángeles Escobar es una lideresa de Caluco, Sonsonate. Hace siete años motivó a un puñado de vecinos para sembrar cacao y poder progresar como comunidad. Así, cada uno sembró en su parcela los árboles, pero estos se echaron a perder y María fue quien tuvo que dar la cara ante los agricultores y decirles que confiaran, que una vez el cacao prosperara, ellos tendrían un ingreso económico estable porque sus semillas se venden bien durante todo el año. El fruto de este árbol es una mazorca y al procesar sus granos se puede crear chocolate.

María cuenta que los productores de Caluco pidieron asesoría al Centro Nacional de Tecnología Agropecuaria y Forestal (CENTA). Ellos preguntaron cuál era la mejor manera para hacer progresar sus cultivos. Pero el conocimiento técnico que se tenía entonces era limitado y María asegura que les recomendaron sembrar los árboles directamente bajo el sol, sin sombra. Las plantas soportaron la estación de lluvias, pero cuando la estación seca llegó, todo lo que habían sembrado se marchitó y María de los Ángeles se encontró cara a cara con otra siembra fallida.

María tiene ojos claros y una voz dulce que parece flotar entre el calor y la humedad intensa del centro de Caluco. Sus conocidos le dicen Angelita y trabaja como la directora de la Casa de la Cultura del municipio. Desde este espacio se potencian las actividades de una asociación fundada hace siete años llamada Grupo Calicacao.

La asociación reúne a 29 agricultores, 25 mujeres en el área de procesamiento del cacao y 20 jóvenes en talleres de aprendizaje de creatividades y de buenas prácticas de un vivero. Así está escrito en un rótulo de la Casa de la Cultura. La meta es hacer que Caluco sea reconocido como un municipio productor de cacao de alta calidad. En 2014, los productores de Caluco se convirtieron en beneficiarios de la Alianza Cacao. Esta alianza es un proyecto con financiamiento internacional que busca motivar la reactivación de este cultivo durante cinco años.

La idea oficial del programa es comercializar el cacao en “los rentables segmentos especiales y gourmet de mercado internacional”. En la práctica, el beneficio local es tentador: si los campesinos de Caluco encuentran en este cultivo un trabajo con ingresos dignos, no se verán obligados a dejar la vida que conocen para poder subsistir.

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SEMBRAR, TRANSFORMAR, PINTAR Y BAILAR CACAO

Apoyo durante un lustro. La Alianza Cacao busca reactivar la siembra de cacao durante un periodo de cinco años que va desde 2014 hasta 2019.

Dentro de la Casa de la Cultura que María de los Ángeles dirige se han creado varios talleres para formar a los jóvenes en diferentes ramas creativas. Los talleres son gratis y se ha formado un grupo de muchachos que pinta cuadros y trozos de madera con dibujos alusivos al cacao y un grupo de mujeres jóvenes que elaboran aretes y collares con granos de este cultivo. Y si esos talleres no son suficientes para motivar a la población juvenil, hay un grupo de danza para realizar coreografías con canciones que tengan una letra alusiva al cacao.

María de los Ángeles es el motor de este proyecto. No solo convenció a algunos campesinos para sembrar e impulsó que los jóvenes se involucren en actividades creativas, además ha producido un festival, ha motivado la creación de una tienda para vender chocolate en tablilla y ha influido en que los postes de electricidad y las paredes del casco urbano del municipio tengan dibujos que hagan referencia a la temática.

“Creo que está dando resultados porque los señores son agricultores, las señoras están procesando, los jóvenes están haciendo arte y a los que no les gusta todo esto… están bailando. Hay espacio para todos”, dice entre risas la directora de la Casa de la Cultura desde un salón multiusos.

En Caluco las oportunidades de trabajo no abundan. El año pasado el nombre del municipio estuvo varias semanas en los periódicos porque las pandillas provocaron el desplazamiento de la mayoría de los habitantes de El Castaño, uno de sus cantones. Además, varios pobladores del lugar afirman que hace dos años, algunos campesinos dejaron de ir a sembrar a sus tierras por el temor de encontrarse a un grupo de pandilleros armados.

En el último mapa de pobreza realizado por el Estado, el panorama de Caluco no se mostró favorable. La investigación evidenció que el 79 % de su población vivía en pobreza extrema y el 43.7 % de sus habitantes vivía en pobreza extrema severa. El panorama educativo tampoco es esperanzador. De acuerdo con el Observatorio del Ministerio de Educación, en todo el municipio hay 10 escuelas y solo una brinda clases de bachillerato. Además, la mitad de los centros escolares tiene problemas de seguridad interna por las pandillas y por lo menos el 12 % de los maestros de la localidad ha sido extorsionado por pandilleros.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

El que habla es Noé Villalta, parte del Grupo Calicacao. Él pinta un cuadro en el salón multiusos de la Casa de la Cultura y dice que estudió hasta primer año de bachillerato, que la cooperativa le ha ayudado a formarse y que tiene una hija que alimentar. Para ello trabaja en un restaurante, pero sueña con un día poder sostenerse a través del arte sin tener que salir de Caluco.

Si uno de los cuadros que Noé realiza se vende por t $3, se calcula que el costo es de $1.50. Entonces a Noé le corresponden $0.50 en concepto de ganancia, $0.50 se destinan a la cooperativa y $0.50 se guardan para la compra de materiales. El pago es bajo, pero Noé dice que “poco a poco se van formando las cosas y ya se mira uno con futuro”.

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Calicacao. Los integrantes del Grupo Calicacao no solo siembran y procesan el cacao, también lo utilizan en manualidades.

SEMBRAR, TRANSFORMAR, PINTAR Y BAILAR CACAO
Dentro de la Casa de la Cultura que María de los Ángeles dirige se han creado varios talleres para formar a los jóvenes en diferentes ramas creativas. Los talleres son gratis y se ha formado un grupo de muchachos que pinta cuadros y trozos de madera con dibujos alusivos al cacao y un grupo de mujeres jóvenes que elaboran aretes y collares con granos de este cultivo. Y si esos talleres no son suficientes para motivar a la población juvenil, hay un grupo de danza para realizar coreografías con canciones que tengan una letra alusiva al cacao.

María de los Ángeles es el motor de este proyecto. No solo convenció a algunos campesinos para sembrar e impulsó que los jóvenes se involucren en actividades creativas, además ha producido un festival, ha motivado la creación de una tienda para vender chocolate en tablilla y ha influido en que los postes de electricidad y las paredes del casco urbano del municipio tengan dibujos que hagan referencia a la temática.

“Creo que está dando resultados porque los señores son agricultores, las señoras están procesando, los jóvenes están haciendo arte y a los que no les gusta todo esto… están bailando. Hay espacio para todos”, dice entre risas la directora de la Casa de la Cultura desde un salón multiusos.

En Caluco las oportunidades de trabajo no abundan. El año pasado el nombre del municipio estuvo varias semanas en los periódicos porque las pandillas provocaron el desplazamiento de la mayoría de los habitantes de El Castaño, uno de sus cantones. Además, varios pobladores del lugar afirman que hace dos años, algunos campesinos dejaron de ir a sembrar a sus tierras por el temor de encontrarse a un grupo de pandilleros armados.

En el último mapa de pobreza realizado por el Estado, el panorama de Caluco no se mostró favorable. La investigación evidenció que el 79 % de su población vivía en pobreza extrema y el 43.7 % de sus habitantes vivía en pobreza extrema severa. El panorama educativo tampoco es esperanzador. De acuerdo con el Observatorio del Ministerio de Educación, en todo el municipio hay 10 escuelas y solo una brinda clases de bachillerato. Además, la mitad de los centros escolares tiene problemas de seguridad interna por las pandillas y por lo menos el 12 % de los maestros de la localidad ha sido extorsionado por pandilleros.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

El que habla es Noé Villalta, parte del Grupo Calicacao. Él pinta un cuadro en el salón multiusos de la Casa de la Cultura y dice que estudió hasta primer año de bachillerato, que la cooperativa le ha ayudado a formarse y que tiene una hija que alimentar. Para ello trabaja en un restaurante, pero sueña con un día poder sostenerse a través del arte sin tener que salir de Caluco.

Si uno de los cuadros que Noé realiza se vende por t $3, se calcula que el costo es de $1.50. Entonces a Noé le corresponden $0.50 en concepto de ganancia, $0.50 se destinan a la cooperativa y $0.50 se guardan para la compra de materiales. El pago es bajo, pero Noé dice que “poco a poco se van formando las cosas y ya se mira uno con futuro”.

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EL ORIGEN DE LA ALIANZA Y EL CACAO
Alianza Cacao brinda un servicio de asistencia técnica a quienes quieran ser productores de este cultivo. La alianza está pensada para tener una duración de cinco años, por finalizar en 2019. Está liderada por Catholic Relief Services y espera crear 13,500 empleos.

La alianza capacita a productores no solo para sembrar cacao, sino para organizarse y que en sus comunidades lleguen a procesar este producto originario de la región mesoamericana. En algunas publicaciones se dice que antes de la conquista española los granos del cacao eran ocupados para hacer una bebida amarga para los caciques mayas; otras investigaciones afirman que se utilizaba como ofrenda en sacrificios, como moneda de cambio y que era ocupado en tratamientos medicinales.

Sembrar este cultivo implica, de cierta forma, la recuperación de la memoria de la tierra. Así lo deja ver Jairo Andrade, el director de la alianza: “No hay otro lugar en el mundo donde el cacao esté tan vinculado en términos culturales como lo es acá en El Salvador. Es histórico. El famoso cacao que llevaron de México a España, ¿de dónde cree que era originario? Era de los territorios que hoy son El Salvador”, cuenta Andrade.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

A pesar de esa identidad tan ligada a este fruto, su presencia mermó en la vida agrícola de los salvadoreños. Poco a poco, el café, el algodón y la caña de azúcar sustituyeron la producción del cacao. Y a pesar de ser originario de estas tierras, ahora el continente africano es el mayor productor del cultivo en todo el mundo.

Sin embargo, El Salvador sigue teniendo una ventaja. El cacao de esta región tiene más de 3 mil años de historia. Genéticamente, asegura la alianza, es una de las mejores y más antiguas semillas del cultivo. Se considera que es de excelente calidad y que solo el 5 % de la producción mundial es de este tipo.

Andrade afirma que las semillas que se producen en El Salvador “pueden llegar a costar cuatro veces más de lo que cuesta el cacao masivo. Eso hace que el potencial como un generador de ingreso para las familias en El Salvador sea alto”.
A pesar de ello hay un problema para quien necesite utilizar la tierra para que esta produzca rápido. Quien siembre debe tener paciencia. Andrade lo explica: “Es un cultivo que para alcanzar el pico de producción demora entre cinco y seis años”.

En la ruta del cacao. Hasta la fecha se ha logrado registrar que por el impacto directo de este programa han sido sembradas en cuatro años al menos 4,735 hectáreas de cacao.

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LA TIERRA AGRADECE EL CACAO
Emilio Escobar está harto de los pájaros carpinteros. Es un hombre de 56 años que camina con el pecho en alto, es fuerte y está dedicado completamente a la vida del campo. Cuando llega a su terreno sembrado con cacao, no puede evitar mostrar su molestia con los chejes, como le llaman aquí a esas aves. En esta zona del cantón Plan de Amayo, de Caluco, él plantó hace cuatro años una manzana y media de árboles de este cultivo. Pero la suerte, hasta hoy, no ha estado de su lado.

Hace un par de años, un vecino estaba limpiando su terreno con fuego, vino una ventisca, el fuego se pasó hacia el terreno de Emilio y arrasó por completo con una manzana de árboles de cacao sembrados. Su producción se redujo a media manzana. Aquí es donde, a diario, debe pelear sus frutos con los chejes.

“Hemos tratado de ver si los podemos ahuyentar poniéndoles cosas brillantes. Hemos recolectado botellas plásticas y las hemos forrado con papel aluminio. Las colgamos en diferentes partes de la plantación y donde la pichinga tiene sol, pega resplandor”, narra después de inspeccionar su plantación. Él calcula que, de cada 10 mazorcas de cacao maduras, hay seis picadas por los chejes.

A pesar de las botellas brillosas, los pájaros siguen llegando y picando sus mazorcas de cacao. Ahora, lo único que se le ocurre a Emilio es sembrar árboles de naranja para que los chejes se distraigan comiendo esos frutos.

Y es que la venta de cacao, cuando se puede sacar, es buena. Él ya ha llegado a cortar 800 mazorcas cada ocho días. En el mercado de Sonsonate ha logrado vender cada libra a $2.50. Por ello, la recompensa económica de este trabajo es prometedora. Además, un árbol cacaotero puede llegar a producir hasta por 70 años. Pero hoy, todas las mazorcas picadas representan pérdidas para su hogar conformado por su esposa y tres hijos.

“No hay otro lugar en el mundo donde el cacao esté tan vinculado en términos culturales como lo es acá en El Salvador. Es histórico. El famoso cacao que llevaron de México a España, ¿de dónde cree que era originario? Era de los territorios que hoy son El Salvador”, cuenta Jairo Andrade, el director de la Alianza Cacao.

Emilio es uno de los 4,680 productores que han sido apoyados por la Alianza Cacao. Este miércoles de diciembre le pregunta a un representante de la alianza qué es lo que puede hacer para evitar más pérdidas en su terreno. El representante le asegura que enviará a un técnico con mejor información.

Para Emilio las razones por las cuales se unió al proyecto son sencillas: con estos árboles viene la promesa de un ingreso económico extra para su familia. Además, él dice que la mano de obra para recolectar las mazorcas “es más suave”, pues se trabaja bajo sombra. Esta posibilidad de trabajar la tierra con una mano de obra “suave” suena tentadora en un espacio como este. A solo unos metros, sus hijos recogen cilantro bajo el sol en otra parcela. El mediodía y el cielo completamente despejado hacen que el verde de las plantas hasta parezca fosforescente.

A pesar de que ya es hora de almuerzo, los hijos de Emilio siguen trabajando en este campo verde y oloroso. Emilio espera que ellos, al ver la posibilidad de una vida digna a través de la venta de mejores productos, decidan estudiar para encontrar mejores maneras de vivir sin tener que dejar su origen. “Mi hijo se va a graduar de bachiller en Contaduría y me dice ‘si la vida la tenemos en el campo, la tenemos en la tierra, vamos a echarle ganas para ver de qué forma aumentar los ingresos’”, relata Emilio orgulloso.

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Un cultivo agradecido. El cacao da frutos durante la época seca y de lluvias. Además, un solo árbol puede llegar a tener una vida productiva de hasta 70 años.

LOS OTROS BENEFICIOS DE LA SIEMBRA DE CACAO
Para llegar a una parte de la parcela de Emilio es necesario abrir el camino con una cuma, cortar ramas con espinas y cruzar un río pequeño. Por un momento, mientras Emilio inspecciona su terreno, sospecha que no hay suficiente humedad en la tierra. Pero la tierra no está visible, pues una capa de hojas la cubren. Las aparta con la cuma y se encuentra con una tierra negra y húmeda, adecuada para el cultivo.

A diferencia de lo que alguna vez les recomendaron, los productores ya saben que el cacao necesita un 50 % de sombra y un 50 % de sol para crecer. Por eso deben sembrar árboles que funcionen como su sombra. La clave que ha encontrado la alianza para hacer que los productores vean esto como un beneficio es recomendarles sembrar árboles que den sombra y que también sean productivos como el coco o plátano.

Emilio optó por hacer una sombra de plátano. Él y su esposa se han dedicado en los últimos meses a vender tostadas de plátanitos. Ellos mismos cosechan, cortan y fríen el producto que luego las personas les compran como bocadillo.

El cacao y el plátano no solo ayudan a sostener a la familia, cuando sus hojas caen y es invierno, ayudan a preservar el suelo en época de lluvias. Durante la época seca, esa misma cobertura vegetal sirve para que no se pierda la humedad de la tierra. El director de la alianza asegura que con esto “se genera una microfauna muy interesante. Empieza a mejorarse la calidad biológica del suelo”.

El cultivo del cacao, a diferencia del café, también representa un ingreso más sostenido para las familias campesinas. El árbol da fruto tanto en verano como en invierno. Otros cultivos tradicionales se siembran más por necesidad que por la oportunidad de hacer negocio.

Manuel Beltrán, otro productor de cacao de Caluco, lo cuenta de una manera simple. “El cacao ya es un aliciente que viene a llenarle algunos vacíos a uno”, dice. Dentro de una plantación del cantón Plan de Amayo, él dice: “Lo que es agrícola, puramente maíz y frijol, uno lo hace porque tiene que comer tortillas, pero que uno diga que le va a ganar, no. Mire ahora cuánto vale el quintal, en esas condiciones uno sobrevive porque Dios es grande”.

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MUJERES QUE TRANSFORMAN
En octubre de este año, una muestra de cacao de El Salvador figuró por primera vez como una de las mejores 18 a escala mundial. Esto ocurrió en el Salón del Chocolate en París, Francia, donde se realizó un certamen que reunió a países con producción gourmet de dicho producto.

Fue un logro para el productor salvadoreño Eduardo Zacapa, que logró posicionar su muestra y también se entendió como un logro para la producción nacional de cacao. No obstante, en Caluco el impacto directo de la reactivación de un cultivo como este no se mide en premios o en ranking internacionales, se mide en que, por ejemplo, una mujer como Marta Posada ahora tiene un ingreso fijo por cada jornada que trabaja transformando cacao.

Grupo Calicacao. En él participan jóvenes que reciben clases de pintura y luego realizan artesanías y pinturas que son comercializadas. En la fotografía, Noé Villalta pinta una de sus piezas en madera.

Se le llama transformar al proceso de convertir la semilla seca de cacao en un producto comestible o bebible, según se prefiera. Marta tiene 59 años, es ama de casa, tuvo seis hijos y cuando se le pregunta por los nietos, duda por un segundo mientras calcula que, quizá, sus nietos llegan a la docena. Esta mujer espontánea y de plática amena logró criar a todos sus hijos vendiendo tablillas de chocolate.

Ella cuenta que había días tan buenos en los que lograba vender unos 100 colones de tablilla, unos $8.75. Ella aprendió de su mamá las recetas para procesar el cacao. Su padre tenía unos árboles de los cuales sacaban la materia prima y, con lo que aprendió en su familia, se consolidó como la vendedora de chocolate del municipio. La tradición de su producto es tanta que algunos lugareños afirman que “bien sabe uno cuando el chocolate es de la niña Marta”.

Por eso, cuando la directora de la Casa de la Cultura inició el proyecto de desarrollo local a través del cacao, Marta fue una de las contactadas. Ella sabía bien cómo tratar las semillas y le enseñó algunas recetas al resto de mujeres que se unieron al Grupo Calicacao.

“Los hombres suelen migrar en busca de un ingreso extrafinca para solventar la economía familiar, y la mujer, frecuentemente, queda a cargo de las actividades productivas de la parcela, pero eso no se sincera porque si uno ve las listas de las personas donde decimos cuáles son las personas beneficiarias del proyecto, vemos que el 80 % o un 90 % son hombres, cuando el trabajo real lo está haciendo la mujer”.

Al lado del parqueo de la Casa de la Cultura hay un cuarto con varias mesas y material para realizar tablillas de chocolate. Es el cuarto donde las mujeres del Grupo Calicacao se reúnen para transformar la semilla. A veces trabajan en función de un pedido y en otras ocasiones, como explica Marta, esperan venderlo entre vecinos: “Hay que salir a pasearlo y esperamos, primero Dios, ya con la cooperativa salir adelante”.

Al igual que sucede con las pinturas que hacen los jóvenes, todo el ingreso del producto que se vende, se divide. Una es la ganancia personal y otra parte está destinada a la cooperativa. En esta asociación se intenta generar capital y, aunque su inicio ha sido lento y lleno de baches, sus integrantes hablan con ilusión por el futuro. La meta fijada para 2018 es ambiciosa. Esperan aumentar sus ingresos, mejorar la presentación de sus productos y consolidar una marca.

Mientras Marta trabaja en unas tablillas de chocolate afirma que “aquí lo que va a salir de ganancia lo vamos a ver después. Ahorita trabajamos, nos pagan a nosotros el día y lo que quede de ganancia, va a quedar. Ya cuando tengamos bastante ya vamos a ver qué hacemos”.

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POR EL FUTURO
“Históricamente ha habido discriminación hacia la mujer en general, hacia los jóvenes y los enfoques de los proyectos han sido generalmente trabajar con el jefe de familia”, asegura el director de Alianza Cacao, Jairo Andrade, desde su oficina en San Salvador.

De acuerdo con las estadísticas de esta institución, en estos cuatro años del programa se ha logrado sembrar 4,735 hectáreas de cacao a través de 4,680 productores. De esos, mil son mujeres enlistadas como productoras. Sin embargo, Andrade hace un matiz:

“Los hombres suelen migrar en busca de un ingreso extrafinca para solventar la economía familiar y la mujer, frecuentemente, queda a cargo de las actividades productivas de la parcela, pero eso no se sincera porque si uno ve las listas de las personas donde decimos cuáles son las personas beneficiarias del proyecto, vemos que el 80 % o un 90 % son hombres, cuando el trabajo real lo está haciendo la mujer”.

Además de la búsqueda por reivindicar la labor de la mujer en el campo, este proyecto tiene un componente de arraigo. La directora de la Casa de la Cultura de Caluco, María de los Ángeles, afirma que lo más común al ver las pocas oportunidades que existen para las personas de la zona rural es preguntarse: “¿Y qué va a hacer toda esta gente?”

Ella cree que si se le asegura a las personas campesinas un trabajo con ingresos dignos y la oportunidad de desarrollar una técnica adecuada y conocimiento especializado sobre sus productos, es posible que los jóvenes del municipio decidan quedarse a mejorar los cultivos y ser un referente del cacao gourmet.

Ahora mismo eso es un sueño. Pero María de los Ángeles se adelanta al pesimismo y responde que “hay que tener paciencia. No es de la noche a la mañana que esto produce. La esperanza es que le dejemos algo mejor a las nuevas generaciones”.

Un cultivo antiguo. A pesar de que el cacao es originario de Mesoamérica, su siembra como producto para comerciar a gran escala se descontinuó. Ahora se intenta reactivarlo.

El reclamo de transparencia que llega desde una colonia que se inunda

Riesgo. Una de las residentes de Jardines de Zaragoza señala hasta dónde puede llegar el agua cuando hay inundación. Los dos muros que se observan están débiles después de varios embates.

El esposo de Ana Violeta quería colocar un clavo en esa pared que linda con la casa contigua y da a su área de lavadero. “Con el primer martillazo, todo esto se meció como que era hamaca”, relata ella, parada en el mismo lugar en el que, dice, se puso su esposo. Este muro-hamaca se cruza con el otro, el que está peor, porque tiene una inclinación de unos 30 grados. No se cae porque lo sostiene un árbol. Aquella vez, desistieron. Así es vivir acá, en Jardines de Zaragoza. No se puede colocar un clavo en una casa que apenas se mantiene en pie después de soportar 10 años de inundaciones, una detrás de otra.

Alicia Montano ha venido hasta esta esquina y se ha parado frente a estos desvencijados muros de la casa de Ana Violeta para argumentar que el proyecto de instalación de tuberías que ejecuta la alcaldía no va a ser suficiente para detener un caudal que ya ha botado otros muros y que tiene a este otro en agonía. “A esta casa viene a parar el agua lluvia de tres cuadras para allá y de otras tres cuadras para acá –apunta con los brazos abiertos–, esos que ve ahí son los únicos tragantes que hay desde allá, hasta allá”, vuelve a señalar con los brazos a lo más que le dan.

Alicia conoce bien sobre este problema, no solo como parte de los afectados, sino como una activa lideresa. Su cabello largo y cano y sus trajes de falda recta y blusa de botones se han paseado por la alcaldía, por el Ministerio de Obras Públicas, y más recientemente, por el Instituto de Acceso a la Información. Busca datos que sirvan para decirle a la alcaldía eso que parada desde esta esquina se le hace a ella bastante obvio: que la canaleta de más o menos 1.5 metros de profundidad que están haciendo en medio de uno de los pasajes que más sufre inundaciones no será suficiente para terminar con el problema. “Pero para poder pararnos bien en esto, nos hace falta información, esa que nos pertenece y no nos han querido dar todavía”, explica con un fajo de papeles en la mano.

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—¿Falta más cultura democrática entre los políticos o entre la sociedad civil?
—Falta entre los políticos y entre los ciudadanos. Yo creo que no hay democracia si no hay demócratas, ciudadanos comprometidos. Mi lucha contra la corrupción tiene mucho que ver con la democracia, lo que estamos discutiendo es la calidad de la democracia. Si uno busca la definición de democracia, siempre ve que existe una conexión directa con la transparencia.
Así respondió a una agencia de noticias Delia Ferreira, quien desde octubre de 2017 preside Transparencia Internacional, el principal organismo de lucha contra la corrupción. Ferreira fue una de las panelistas durante el Encuentro Regional de las Américas de la Alianza por el Gobierno Abierto. En Buenos Aires, Argentina, ante un auditorio lleno, dijo algo que a Alicia en Zaragoza, La Libertad, se le hace palabra viva: “No podemos estar discutiendo en términos de ‘participación, sí o participación, no’; este es un derecho que nos hemos ganado”.
Un día antes de mostrar la casa con los muros a medio caer, Alicia estuvo en el Instituto de Acceso a la Información. Llegó a San Salvador en una día frío y de ventisca para hacer el que, en teoría, debe ser el último trámite para recibir lo que han solicitado a la alcaldía. Ella y la ADESCO (Asociación de Desarrollo Comunitario), a la que representa, se han metido a llevar a cabo un proceso de solicitud del presupuesto y los planos, entre otras cosas, de la obra que la alcaldía ejecuta en la colonia.

A Alicia, y con ella la gente a la que representa, le tocó que solicitar en tres ocasiones la misma información. En una colonia en donde se construyeron casas encima de cajas receptoras de aguas lluvias, la junta de vecinos quería tener acceso a los presupuestos y planos del proyecto de tuberías para verificar que la obra y la inversión estuvieran al mismo nivel de la necesidad.

Los entresijos de pedir información que es pública no son algo que domina cualquiera en el municipio. Alicia y Norma Rivas son dos mujeres que forman parte del Comité de Educación de Comunidades por la Transparencia y la Contraloría de Zaragoza. Este organismo fue creado el 18 de noviembre de este año y es el fruto de haber formado parte de un diplomado sobre transparencia y acceso a la información que facilitó la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).
“Para lo que nos sirvió eso fue para sentirnos más empoderadas para pedir esa información que nos sirve para saber cómo están los proyectos de la comunidad”, explica Norma, mientras recorre con Alicia un pasaje angosto y zanjado por la mitad en donde trabajan cuatro hombres.

La obra en papel. A falta de planos, Alicia consiguió que el maestro de obra le dibujara en una hoja de papel un esquema rústico de qué es lo que se está ejecutando.

El Salvador forma parte de la Alianza por el Gobierno Abierto (AGA) desde 2011. La AGA es un acuerdo suscrito por 70 países. Parte de sus responsabilidades como miembro, en el país se creó en 2015, es el Observatorio de Gobierno Abierto. Este estuvo formado en un principio por 25 instituciones de la sociedad civil y por representantes de universidades.

En papel, El Salvador ha suscrito 92 compromisos y ha cumplido 76. Así se confirma en la página web de la AGA que es alimentada con la información que brinda el observatorio. En la calle, sin embargo, la realidad es otra.
A Alicia, y con ella la gente a la que representa, le tocó que solicitar en tres ocasiones la misma información. En una colonia en donde se construyeron casas encima de cajas receptoras de aguas lluvias, la junta de vecinos quería tener acceso a los presupuestos y planos del proyecto de tuberías para verificar que la obra y la inversión estuvieran al mismo nivel de la necesidad. Aquí no es raro escuchar a la gente contar que ha tenido que botar los colchones de las camas hasta en tres ocasiones en la misma cantidad de años. La mayoría tiene bien fresco en la memoria aquel día en que el agua saltó muros y, a algunos, los tiró. Y no, no se confían, pero en su búsqueda de datos han encontrado vacíos.
“Primero nos dieron unos documentos en los que no venía el presupuesto detallado y, poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que la gente que está trabajando ahí, no tiene los planos a la mano”, cuenta Alicia.

“No es que los Gobiernos no hayan hecho nada, porque muchos Gobiernos están trabajando en acceso a información pública, pero hay muchas cosas que corregir”, explicaba Ferreira, en nombre de Transparencia Internacional.

El maestro de obra que trabaja en la zanja del pasaje saca una cinta de medir de la cintura y la usa para decir con exactitud que la actual canaleta solo tiene 80 centímetros de profundidad. Además, la rejilla de la tapa tiene las varillas muy unidas, lo que hace que se tape fácilmente. Con eso así, no se explica cómo las inundaciones en Jardines de Zaragoza no han pasado a más. El proyecto en el que trabaja, dice, primero buscaba colocar unas tuberías; sin embargo, hace unas semanas la indicación cambió. Se harán canaletas con dimensiones que superan por mucho las actuales. Y no, no tiene los planos. “Esos, usted sabe, quedan allá en las oficinas”.
Tras la insatisfacción que le produjo la primera entrega de documentos, Alicia volvió dos veces más. En ambas ocasiones, dice, le entregaron el mismo fajo de papeles fotocopiados. Algo en la comunicación establecida parecía no llegar a las autoridades municipales.

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“Yo tengo una fórmula de cuatro letras ‘i’ que me parece que si las abordamos, solucionamos el problema: más información, más integridad, menos impunidad y menos indiferencia. No es que los gobiernos no hayan hecho nada, porque muchos gobiernos están trabajando en acceso a información pública, pero hay muchas cosas que corregir”, explicó Ferreira, en nombre de Transparencia Internacional en la entrevista publicada por la agencia noticiosa dpa.
El Salvador, como miembro de AGA, ha ejecutado ya dos planes de trabajo en esto de abrir las instituciones a la gente que así lo demande. En el tercero, a ejecutarse entre 2016 y 2018 tiene 14 compromisos, que se agrupan en cinco componentes: transparencia, desarrollo económico y social, mejora de servicios públicos, medio ambiente sustentable y participación ciudadana.
En la carrera por hacer méritos suficientes para marcar como cumplidos los compromisos se han presentado retos. Uno de los más importantes ha sido que, pese a que El Salvador marca 100 % en los indicadores de marco legal, el grado de arbitrariedad con el que se maneja la información todavía es alto. “Tenemos que entender que cualquier información pública le pertenece a la gente; y si la tiene el funcionario, es en su calidad de delegado de la sociedad, pero la información sigue perteneciendo a la gente”, declara Ramón Villalta, de la Iniciativa Social para la Democracia (ISD) durante la presentación de un informe con un nombre tan largo como el alcance pretendido: “Balance Técnico y Político del año 2017 en los Temas de Acceso a la Información, Transparencia y Lucha contra la Corrupción por parte del Observatorio de Gobierno Abierto.
El ISD ha calificado como retroceso, por ejemplo, una de las decisiones de la Sala de lo Constitucional. En octubre de este año se conoció que esta sala declaró como inaccesible tres clases de información. Una, los aspectos “superfluos” como mobiliario y papelería, entre otros. La otra, es la que “implique un importante desvío de recursos humanos y materiales para su producción”. Y, la tercera, cuando se considere que la solicitud busca bloquear el trabajo de la institución. La Sala de lo Constitucional también cree inconveniente que los ciudadanos pidan datos sobre hechos que no tuvieron lugar en presencia de los titulares actuales de las instituciones.
“La Corte Suprema de Justicia debe ser consecuente con la Constitución y asumir de manera directa compromisos para combatir la impunidad, discrecionalidad y arbitrariedad que en algunas instancias judiciales aún se mantienen”, señala el informe del ISD por escrito.

Antes de despedirse, Ana Violeta, la dueña de la casa con los muros tambaleantes, le cuenta a Alicia que cada vez que llueve, los niños de la zona son los primeros en sacar a cuenta lo de irse al albergue. En esta colonia no hay uno como tal, con los requisitos reglamentarios, pero a falta de eso, lo que los niños ven como un lugar seguro en momentos de crisis no es otra que la casa de Alicia. Ella abre las puertas a quien necesite compañía o un lugar más o menos seco para pasar el agua.

El libre acceso a la información ha sido el concepto en torno al cual giró otro evento, uno organizado por el Consorcio por la Transparencia y Lucha contra la Corrupción, que entre sus instituciones miembros cuenta a la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES). Durante el primero de los cuatro días de la actividad, se tuvo como invitado al secretario de Transparencia, Marcos Rodríguez. Durante una parte de su ponencia, Rodríguez acompañó sus palabras con una diapositiva en la que delimitó el trabajo de la institución que dirige: “El papel de esta secretaría es preventivo (lo colocó en negrita) en materia anticorrupción y proactivo (también en negrita) en la promoción de la transparencia y la participación ciudadana”. Rodríguez destacó que en tres años se ha incrementado en casi tres veces el número de requerimientos a instituciones del gobierno central. Por último, también habló de la necesidad de que haya mayor coordinación con las municipalidad. Ahí, en donde Alicia y sus vecinos libran una batalla en la que, pese a que muchas instituciones hablan y escriben del tema, pocas acaban por entender, dimensionar y acompañar.

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En comunidad. Norma Rivas y Alicia Montano visitan a una de las vecinas que más sufre las consecuencias de las inundaciones.

Javier Guevara Turcios es el alcalde de Zaragoza. Aparece en la sala de recepción del edificio del Instituto de Acceso a la Información pocos minutos después de que Alicia se ha retirado. Guevara escribe con prisa un mensaje en el celular. “No me gusta ir pendiente del celular ya cuando manejo”, se excusa.
Lo primero que aclara es que la alcaldía ha aceptado entregar a los vecinos de Jardines de Zaragoza la información sobre la obra de ampliación de tuberías de agua lluvia.
—¿Por qué no se les ha entregado la información?
—Porque en la carpeta no está tal y como la señora la pedía. Ahí no está el presupuesto así como de todas las partes. Esto lo están tratando más en un contexto político.
—Los presupuestos de las obras son públicos. —¿Por qué no se le entregó eso desde el principio?
—No en la forma en la que ella lo pide.
A continuación, el alcalde se excusa en que no puede hablar más del tema porque se mete en problemas. Señala con efusividad que tiene cuatro contendientes para las próximas elecciones municipales, en las que piensa reelegirse, y que sí, que los presupuestos son públicos, pero no para ser usados en contextos políticos. “Perdone que no le diga más, pero me meto en líos si lo hago, y este es un momento en que tengo que encarar el pago de $125,000 en aguinaldos”, dicho esto, se retira.
Guevara Turcios enfrentó en septiembre de este año una audiencia inicial en el Juzgado de Paz de Zaragoza. Una empleada de la municipalidad lo denunció por agredirla verbalmente. Al alcalde se le acusó de violar la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia contra las Mujeres.

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La Semana de la Transparencia impulsada por el consorcio cerró con una conclusión que suena a llamado: “La lucha contra la corrupción y la promoción de la transparencia en El Salvador requiere no solo de las actuaciones de las instituciones públicas, sino también de la participación de todos los sectores de la sociedad salvadoreña. Todos los ciudadanos podemos incidir en estas elecciones, exigiendo a los candidatos a diputados y alcaldes que elegiremos en marzo de 2018 que se comprometan con una agenda anticorrupción”.
Al plan de acción 2016-2017 le quedan unos siete meses de vigencia y su avance, según el Observatorio de Gobierno Abierto, es del 48 %. Esto sin contar que dos compromisos sensibles han sido retirados: uno que buscaba facilitar el acceso a información actualizada sobre el abastecimiento de medicamentos para enfermedades crónicas en el sistema público de salud y el otro que pretendía echar luz sobre los procesos de producción agrícola azucarera. Según el observatorio, esto le ha restado ambición y relevancia al plan.
Al igual que el Consorcio para la Transparencia, Óscar Campos, del ISD, reclama la importancia del siguiente plan de acción, ya que enmarca un proceso de elecciones municipales y legislativas en las que el acceso a la información va a ser determinante tanto para confirmar la idoneidad de los candidatos como para medir el grado de ejecución de promesas de quienes en la actualidad tienen un cargo público. “Este es un momento en el que necesitamos que todas las instituciones avancen en transparencia y en ejercicio de rendición de cuentas”.
Desde su balcón como directora de Transparencia Internacional, Delia Ferreira define la relación entre ciudadanos e información abierta de una manera visceral: “Las víctimas de la corrupción son los ciudadanos de a pie, esos son los que sufren, porque el dinero que se fue por corrupción es el que falta en educación, hospitales, desarrollo o infraestructuras. Toda la sociedad. Si uno fuera consciente de que la víctima es uno, probablemente fuese más activo”.

Después de encender proyectos y plantar conceptos en 70 países, en el encuentro regional de AGA, en Buenos Aires, se habló de ir más allá de “gobierno abierto” para apuntar a algo que sea un “Estado abierto”. Este es un tipo de fiscalización que no se limita a gobiernos centrales y municipales, sino que abarca a organizaciones no gubernamentales y al sector privado. Una discusión a la que El Salvador todavía no puede asistir porque tiene temas básicos en proceso, de acuerdo con lo expuesto por expertos.

Antes de despedirse, Ana Violeta, la dueña de la casa con los muros tambaleantes, le cuenta a Alicia que cada vez que llueve, los niños de la zona son los primeros en sacar a cuenta lo de irse al albergue. En esta colonia no hay uno como tal, con los requisitos reglamentarios, pero a falta de eso, lo que los niños ven como un lugar seguro en momentos de crisis no es otra que la casa de Alicia. Ella abre las puertas a quien necesite compañía o un lugar más o menos seco para pasar el agua. “¿Y va a creer que todavía dicen que esto puede ser político?”, pregunta.
Tras el último careo en el IAIP, el alcalde de Zaragoza se comprometió a dar el presupuesto y los planos, la información en los términos solicitados. Tiene hasta el 20 de diciembre para cumplir. Alicia cuenta que el funcionario pidió un plazo más largo, pero ella no accedió debido a que hacerlo implicaba esperar a que el personal volviera de las vacaciones de fin de año y a ella, como a los demás vecinos, le urge prepararse para la siguiente época lluviosa en esta colonia que se inunda.

En proceso. Así se ve por estos días el proyecto de ampliación de canaletas de aguas lluvias en Jardines de Zaragoza.

Imágenes contra la violencia

“Hay colectivos de ilustradores donde hay una o dos mujeres, pero generalmente el protagonismo es masculino y ellos son los que deciden”, asegura la artista Paola Lorenzana, quien junto a Mercy González y Daniela Moisa, estuvo encargada de la curaduría de esta exposición.

La presentación de los trabajos se realizó como parte del cierre de la campaña de 16 días de activismo para luchar contra la violencia contra niñas y mujeres. En ella se resaltó el trabajo de 13 artistas jóvenes. Paola Lorenzana sostiene que la exposición surgió como una respuesta hacia una realidad de desintegración de algunas mujeres y su medio artístico. “La idea era explorar que, hasta cierto punto, (ellas) no se sienten integradas dentro del mundo de la ilustración, que se sintieran parte de un colectivo y que empezaran a soñar con un mundo libre de violencia”. Las técnicas utilizadas van desde el dibujo tradicional hasta la ilustración digital o “collage”.

¿Dónde se enflora a un desaparecido?

Guadalupe Mejía, fundadora de CODEFAM

Se llama Guadalupe Mejía y sus allegados la conocen como madre Lupe. Ahora es una señora de 74 años que camina lento y apoyada en un bastón, pero ha pasado los últimos 40 años de su vida organizando marchas, gritando consignas en megáfonos, realizando protestas y exigiendo justicia. Este año se anunció en Casa Presidencial la creación de CONABUSQUEDA y para Guadalupe esa es una señal de que después de décadas buscando a hombres y mujeres desaparecidos, hoy se encuentra un poco más cerca de conocer su paradero.

Su plan nunca fue ser activista. Quería graduarse de maestra, sin embargo, solo pudo estudiar hasta segundo grado. Guadalupe nació en el cantón La Ceiba, de Chalatenango, y cuando tenía 17 años, se casó con Justo Mejía. Pronto formaron una familia que se sostenía vendiendo atarrayas y trabajando la tierra.

Sin dinero para hacer la siembra, Justo fundó la Unión de Trabajadores del Campo y una cooperativa campesina para acceder a créditos. Los militares señalaron como comunistas a los integrantes de la cooperativa. En 1977, Justo fue asesinado. Guadalupe tenía 34 años cuando quedó viuda y con nueve hijos que criar.

La historia de ese período de la vida de Guadalupe inspiró al escritor Manlio Argueta para escribir la novela “Un día en la vida”. Ella le brindó una entrevista en la que le contó el origen de su dolor. “Si yo no hubiera tenido esa entrevista, no hubiera tenido material para escribir”, reconoce ahora Argueta.

Tras el asesinato de Justo, vinieron otras muertes. Uno de los hermanos de Guadalupe fue desaparecido y no se ha podido encontrar sus restos. Y ya en 1981, fuerzas estatales asesinaron a siete de sus familiares.

Guadalupe, junto a otras personas, fundó el Comité de Familiares de Víctimas de las Violaciones de los Derechos Humanos Marianella García Villas (CODEFAM) en 1981. Desde ahí denunció las torturas que sus familiares vivieron. También presionó a cuanta autoridad fue necesaria para liberar a cientos de presos políticos. Desde los ochenta, su organización ha brindado apoyo para las madres y familiares que tienen la esperanza de encontrar, al menos, los huesos de sus seres queridos.

Durante esta plática, Guadalupe a veces olvida algún detalle específico y cierra los ojos, hace una mueca y se pone las manos sobre la cara como si le avergonzara olvidar. Todo su trabajo ha sido enfocado en recordar. Ella también fue una de las principales impulsoras del Monumento a la Memoria y a la Verdad ubicado en el parque Cuscatlán, en San Salvador. Ahí se recogen los nombres de los desaparecidos y asesinados durante el conflicto armado. Es un espacio donde se concreta la memoria, pero es un monumento descuidado que se deteriora ante la indiferencia pública.

Irónicamente, aunque los dolores de la vida de Guadalupe son de conocimiento público y su legado se materializó en un libro y un monumento nacional, su nombre no suele resaltar con letras grandes. La historia no ha sido justa retratando a una mujer que se ha esforzado por combatir el olvido en un país que parece ser amnésico.

¿Cree que el país ya aprendió su lección con respecto a los desaparecidos?
Yo digo que está lejos todavía para aprender eso. Mire cómo hay desapariciones de gente. Yo pensaba que después de los Acuerdos de Paz ya no se iban a seguir dando estos hechos, pero se siguen dando y no sé hasta dónde vamos a llegar. No sé qué hacer. Me siento incapaz de decir “hagamos esto para que eso no se dé”.

Guadalupe Mejía

¿Cómo vive una madre que no encuentra a sus hijos?
Es una gran tristeza y angustia quererlos encontrar. Ya cuando los encuentra es tranquilidad para ella, porque por lo menos les dan cristiana sepultura. Con eso ya uno queda más tranquilo.

Hay algunas personas que dicen que es mejor dejar eso en el pasado. ¿Por qué es importante hacer excavaciones para encontrar los restos de los desaparecidos?

Porque uno entierra y ya queda conforme que ya queda ahí descansando la persona. Mientras (eso) no está, uno anda pensando que dónde están, que no sabe qué pasó. Encontrar los restos le ayuda a uno a sanar las heridas.

¿Entonces no es cosa del pasado?
No, si para nosotros ese tema es como que fuera ahorita. Porque pasó hace años, pero uno todos los días los recuerda y piensa en ellos. Para uno no es cosa del pasado. Es cosa de presente y de mañana también.

¿Cuántos familiares desaparecidos tiene usted?
Solo mi hermano Gilberto. Está desaparecido desde agosto de 1981.

¿Cómo lo desaparecieron a él?
Él venía para Aguilares a ver a mi mamá. Y en el puente de hamacas lo detuvieron y se lo llevaron. No estoy segura de quién se lo llevó, pero iban vestidos de soldados.

¿El asesinato de su esposo, Justo Mejía, fue de los primeros casos violentos que vio en Chalatenango?
Sí, de los primeros casos en 1977.

Se casó con él bien jovencita.
De 17 años. Bien jóvenes comenzábamos la vida ya acompañadas o casadas.

¿Justo se organizó después de casarse?
Sí, hasta después. Nosotros solo trabajábamos. Hacíamos los paños y las atarrayas para irlas a vender. Mañaneaba a trabajar en los paños y de ahí se iba a la milpa. Regresaba en la tarde y no teníamos otra preocupación.
Recuerdo que nos reuníamos para estudiar el evangelio y entonces salíamos a las comunidades y analizábamos lo que la biblia nos decía. Así fue como comenzó la vida organizada. Después él se organizó en una cooperativa de campesinos que era de ahorro y crédito. La formó para que los campesinos obtuvieran tierras y créditos para trabajar porque no se tenía cómo comprar el abono.

¿Usted sintió algún presentimiento de que eso era peligroso?
Al principio no. Lo que hacíamos era estudiar la biblia e ir a las comunidades, haciendo asambleas con ellas. Hasta que un día nos dijeron que no teníamos que andar en eso porque era peligroso. Eso dijeron los orejones.

¿Cómo fue avanzando todo hasta que pasó el asesinato de su esposo?
Los campesinos formaron la cooperativa y se reunían. Ahí llegaban los soldados y la Guardia a ver qué hablaban. Así fue agudizándose más porque ya los vigilaban y donde nosotros andábamos, ellos también andaban.

Quienes estaban en contra de que los campesinos se organizaran decían que esa era una causa comunista. ¿Qué sabían del comunismo?
No sabíamos qué era comunismo. Nos decían que nosotros estábamos enseñándolo, y yo les decía: “¿Y qué es comunismo?” Porque así era, no sabíamos y nos decían que éramos subversivos, todas esas palabras.

¿Usted, en ese momento, entendía esas palabras?
No, yo no les entendía qué quería decir subversivo, ja, ja… no entendíamos qué era, hasta que nos decían revoltosos.

Cuando a su esposo lo mataron, usted ha contado que tuvo que negar que él era familiar suyo. En esa constante huida en la que estaban, ¿tuvo algún momento privado para llorarlo?
Muy poco espacio nos quedaba para eso. Sí me daban ganas de llorar, y lo hice, quizá, pero lloré en silencio, sin que la gente lo supiera. Su cadáver lo hicieron destrozado. Por eso Monseñor Romero decía que Justo Mejía había sufrido la pasión de Cristo. A él le quebraron los brazos, le sacaron el ojo, le quitaron las uñas con las boquillas de los fusiles y lo colgaron de los árboles. Lo tiraron allá, en una quebradita, cerca de un palo de quina.

Cuando usted encontró el cadáver de Justo, ¿lo enterró en ese mismo lugar?
Sí. Cuando estábamos en el entierro de él, los guardias nos pusieron en una fila y nos preguntaron quién era el familiar del muerto. Nosotros les dijimos que no había nadie de la familia, que estábamos haciendo una obra de caridad. Es bien duro tener que negarlo por amor a la vida de mis hijos.

Leí que días después sacaron el ataúd del primer lugar donde lo enterraron y lo llevaron a otro lugar para hacer una vela.
Sí, a los 17 días lo vinieron a sacar los compañeros. Lo asearon y lo bajaron por esas lomas hasta llegar a El Jícaro.

¿Pudo ir a la vela?
Sí, ahí fui toda la noche. Lo llevamos para El Jícaro en el día y después fuimos a La Ceiba. Ahí lo velamos. Al siguiente día lo enterramos ya en el cementerio. Después de que a Justo lo mataron, nos quedamos viviendo allá en la comunidad. Pero llegaron los escuadrones de la muerte y nos sacaron. En la puerta habían puesto un letrero y la mano blanca. Nos daban 15 días para que abandonáramos la casa.

¿Cómo la apoyó Monseñor Romero?
Cuando se llevaron a mi esposo, que estaba como desaparecido, vine a poner la denuncia donde él y ahí fue donde lo conocí.

En una homilía Monseñor Romero dijo que se le “horrorizó el corazón” cuando la vio llegar con sus nueve niños a contarle de la tortura y el asesinato de su esposo. ¿Cómo era la relación con Monseñor Romero?
Con Monseñor Romero convivimos desde que estaban haciendo una champa que ocupábamos nosotros mismos en el arzobispado.

Como familiares de desaparecidos, ¿cómo vivieron ustedes el momento en el que mataron a Monseñor Romero?
Fue duro porque nosotros teníamos una gran esperanza en él porque nos ayudaba. Era la persona a la que íbamos a denunciar los hechos que habían pasado. Por ejemplo, los que capturaban en la semana, nosotros el domingo lo íbamos a denunciar a Monseñor. Por eso él los daba en la homilía del domingo.

¿No pensó que si a él lo mataron, le podían hacer eso a cualquiera?
Ah, cómo no. Eso lo pensábamos nosotros. Que habían tenido el valor de hacerle eso a nuestro obispo, ¿cómo no a cualquiera se lo iban a hacer? Cuando llegábamos a los cuarteles, nos decían: “Váyanse, viejas. ¿Qué vienen a buscar? Aquí van a quedar ustedes también”. Nosotros hacíamos eso conformes a que cualquier cosa nos podía pasar.

Guadalupe se convirtió en una voz de denuncia de las violaciones a los derechos humanos. En 1979 realizó un viaje por Centroamérica denunciando los crímenes contra los campesinos y conoció al escritor Manlio Argueta. Él asegura que primero entrevistó a Guadalupe en un grupo de cinco mujeres. Luego le realizó una entrevista privada de 45 minutos. “En ese momento no estaba pensando escribir una novela”, cuenta Argueta. Ocho meses después de haber escuchado su historia, se dispuso a escribir el libro “Un día en la vida” y lo basó en el testimonio de Guadalupe. Argueta comenta que aunque la novela ha sido catalogada de carácter testimonial, es un texto de ficción basado en hechos reales. Le tomó tres meses escribir ese libro.

¿Cómo fue el viaje a Costa Rica?
Hicimos una gira que nos organizó aquí la universidad. Íbamos con estudiantes, con maestros, y fuimos a Honduras, a Panamá y Costa Rica. Allá, en Costa Rica, fue que encontramos a Manlio Argueta. Y ahí él tomó mi testimonio.

¿Cómo se sintió cuando vio el libro “Un día en la vida”?
En Inglaterra, en una gira que andaba allá, me dijo una persona donde me quedé que si ya había visto mi libro y le dije que no. “Ah, ya se lo voy a enseñar”, me dijo, y me lo enseñó. Yo no sabía que estaba ese libro, pues.

¿Le hubiera gustado que le pidieran permiso para usar su historia?
Como no. Sí porque ahí no me pidieron permiso. Nada más fue así.

La historia está basada en usted, pero tiene elementos de ficción. ¿Cómo se sintió cuando la leyó?
El libro tiene bastante de lo que sufrimos allá, en La Ceiba. Eso sí, pienso que me removió porque yo eso no lo había contado así a otra gente y en el libro salía lo que habíamos sufrido en la comunidad.

Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.

¿Se sintió extrañada?
Como no, pero como ya estaba hecho el libro… así se da cuenta mucha gente de lo que vivimos. Muchos no conocen la realidad y por lo menos leyendo libros conocen un poco.

Hablemos de cómo empezó su organización, CODEFAM. ¿Cómo decide organizarse?
El espíritu de fortaleza me lo da mi esposo, porque uno no tiene otra cosa más que contar lo que pasó y hacerse fuerte para contarlo con la idea de que estos hechos no se repitan.

Además del caso de su esposo, ¿hubo otro caso que la hiciera decidirse para estar en la organización?
Sí, el asesinato de siete familiares, entre primos, sobrinos y una señora que era comadre de nosotros. Fue terrible, en 1981. Allá, en Las Vueltas. Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.
También había otra muerte que nos dolía: se llamaba Catochita y era una señora que no tenía dónde dormir y se quedaba donde le agarraba la noche. La mataron a ella. Su niña, que tenía unos 10 meses, estaba tomando pecho y pasó toda la noche tomando pecho en la señora muerta. Viera, eso sí duele. Muchas barbaridades hicieron con nosotros.

¿Actualmente usted recibe salario por su trabajo?
En los años que teníamos dinero sí nos daban un salario. Después ya no se podía, ya no recibimos.

¿Cuál diría que es el mayor logro de CODEFAM?
La libertad de los presos políticos. Pudimos sacar como a 1,000 presos políticos de diferentes penales del país.

¿Cómo lo lograron?
Luchando, haciendo actividades en las calles, consiguiendo fondos para pagarle a los abogados para que ellos tomaran los datos. Así fue como se logró. Con la presión de las madres que hacíamos marchas y hablábamos con el director general de los penales y así.

Muchos dirían que organizaciones como CODEFAM perdieron su sentido de existir si ya pasó la guerra. ¿Por qué su trabajo es importante 25 años después de haber firmado la paz?
Mi trabajo como defensora de los derechos humanos es importante porque siempre se violan los derechos humanos. Talvez no igual como se violaron en la guerra, sin embargo, hoy se viola lo mismo en otra forma. No dejo de trabajar hasta que Dios me llame porque estamos viendo que haya justicia y que haya reparación. Hay que buscar a las personas que mataron, las tiraron y no se sabe a dónde.

Me acuerdo de una madre que se llamaba Yolanda. Ella hace cuatro años murió y me decía: “Madre Lupita, no quiero morirme sin saber de mi hijo. Quiero morirme pero cuando ya sepa de mi hijo. No quiero quedar así”. Ella lo anduvo buscando varias veces. Hubo una vez que le dijeron que les llevara dinero, que se lo iban a tener en un lugar, y ella llegó y solo le quitaron el dinero y no le llevaron al hijo.

A mí no se me olvida otra vez que ella me dijo: “Fíjese lo que me pasó: me subí al bus de la ruta 2 y allá, al fondo, vi a mi hijo y caminé para donde él y lo toqué. ‘Hijo’, le dije, y me volteó a ver el muchacho. ‘Ay, me equivoqué’”. Imagínese con qué fe ella pensó que él era su hijo. A mí eso no se me olvida y me da no sé qué no poder hacer nada con el caso de ella, porque se murió así, con su hijo desaparecido.

Yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Usted cree que las madres de desaparecidos están desilusionadas de no poder conocer la verdad del paradero de sus hijos con los gobiernos de ARENA y FMLN?
Sí, porque ellas tenían otra esperanza de que cuando ya estuviera un gobierno del FMLN, que hubiera más apoyo en esos casos, pero no. Todavía no se sabe.

¿Con dos gobiernos del FMLN eso ya debería haberse destapado?
Yo digo que sí, debería ser así. Ya la información la debería de pedir el presidente para poderla conocer. Si estando el FMLN no hemos podido y si llega otro, cómo la vamos a conocer.

En 2014, el Ministerio de la Defensa no permitió que el Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP) ingresara a las instalaciones del archivo castrense. El IAIP buscaba determinar la existencia de documentos de planes militares e información sobre las personas que participaron en violaciones a derechos humanos. En abril de este año, el IAIP concluyó con que hay evidencias de que la Defensa destruyó varios documentos referentes a operativos militares que terminaron con el asesinato de población civil.

La Fuerza Armada se ha negado a compartir la información de los casos de las masacres y usted les ha pedido que colaboren con la justicia.
En una pedida (de perdón) pública les dije que colaboren con la información. Ellos conocen lo que hicieron y también tienen esa información. Si no lo hacen es porque no quieren, no porque no la tengan.

¿Recuerda alguna ocasión en que la Fuerza Armada sí haya colaborado brindando información?
No, no me acuerdo nunca que nos hayan dado algo de información.

Guadalupe Mejía

En 2003 CODEFAM y otras organizaciones lograron inaugurar el Monumento a la Memoria y a la Verdad en el parque Cuscatlán. ¿Cómo fue luchar por la creación de ese monumento?
Fue muy difícil, pero se logró porque se hizo una campaña para que la gente viniera a dejar sus nombres. Aquí venían y (más) los que sacábamos nosotros de afuera.

¿Por qué era importante tener en un monumento los nombres de las víctimas?
Para guardar la memoria de ellos y para que los jóvenes conozcan lo que pasó. También es importante para las madres porque ellas van a depositar la flor y cuando quieren ir a ver, van. Ahí hablan con su ser querido. Cuando no teníamos ningún monumento no se hallaba dónde ir a enflorar. No teníamos un lugar fijo porque ¿dónde se enflora a un desaparecido si uno no conoce el lugar?

Ahora la gente llega y pone nuevos nombres…
Sí, así es. Y ellos manchan también el muro. Ponen cosas de tirro, y nosotros ya les dijimos que no pongan porque se va manchando el espacio.

¿Quién le da mantenimiento a ese monumento?
Pues sí eso es lo que hace falta: alguien que le dé mantenimiento. Nosotros ya hablamos con la alcaldía y con SECULTURA para ver si le dan mantenimiento y han expresado que sí le van a dar, pero todavía no. Y se está manchando de arriba, cae lodo cuando llueve y se mancha la plancha.

¿A ustedes les dicen que no o les dicen sí pero no lo hacen?
Nos han dicho que sí, pero todavía no lo han hecho.

¿Desde cuándo están pidiendo el mantenimiento del monumento?
Ya tiene como ocho años.

Los familiares mantienen la esperanza de encontrar a las personas cuyos nombres están inscritos en el monumento. En septiembre de este año el presidente anunció la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el Contexto del Conflicto Armado en El Salvador (CONABUSQUEDA). Esta comisión será una dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores y estará conformada por tres comisionados que tendrán la misión de identificar el paradero de los desaparecidos durante la guerra. Aún no se conoce cómo será su mecanismo de actuación.
*

Usted ha dicho que va a seguir trabajando hasta que un día se haga justicia. Eso suena a tener un montón de esperanza.
Pues sí, yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Cree que sus nietos van a ver un país más justo?
Espero que así sea, porque uno sale con miedo porque cualquier cosa le puede pasar a sus hijos. Eso es lo que uno no quisiera porque ya vivimos esos hechos y no quisiéramos que se repitan.

La historia parece que sí se repite.
Sí, parece y se repite. En otro ámbito, pero siempre se repite.

¿Cuál es su plan para 2018?
No es mucho el plan, lo que espero es que la Comisión de Búsqueda funcione y se empiece a conocer la verdad de los hechos, que se empiece a saber de los desaparecidos, que los encuentren. Eso es lo que pienso de 2018.

Él tiene la costumbre de golpear a las mujeres

Fernanda, UNA MUJER QUE ENFRENTA VIOLENCIA DOMÉSTICA

Fernanda es una mujer de ojos grandes y manos trabajadoras. Es treintañera y todos los días se levanta temprano para ir a trabajar en un sitio donde realiza labores domésticas. Por su propia seguridad se ha omitido su nombre real y su ubicación en el país. Ella vive con su pareja quien es, a su vez, su agresor.

“La violencia contra la mujer es la forma más extrema de discriminación y, en los casos más graves, esa violencia puede provocar la muerte”, sostiene la ONU. La pareja de Fernanda la ha golpeado incontables veces en los últimos años, se ha referido a ella como “perra” y cuando ella menciona la palabra denuncia, él amenaza con matarla.

Su historia, lejos de ser única, forma parte de un patrón. De acuerdo con un informe del secretario general de la ONU, el 19 % de mujeres entrevistadas en 87 países entre 2005 y 2016 dijeron que habían experimentado violencia física o sexual de su pareja en el último año previo a ser encuestadas. En otras palabras, de cada 10 mujeres entrevistadas, dos aseguraron que sus novios o esposos las habían golpeado o agredido sexualmente.

El compañero de vida de Fernanda es un hombre trabajador, no pertenece a pandillas y no tiene nexos con grupos delictivos. Es un hombre que tiene la mala “costumbre” de golpear mujeres.

Un artículo de la revista Realidad de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas titulado “Mujer y violencia en El Salvador” sostiene que uno de los mitos de la violencia doméstica es que esta solo sucede en hogares pobres. La realidad suele ser distinta. El texto afirma que “no es difícil encontrar similares actitudes violentas en obreros y patronos, en analfabetos y profesionales, en albañiles y psicólogos”.

De acuerdo con cifras de la Policía Nacional Civil en 2016 se recibieron 1,176 denuncias de violencia intrafamiliar. En 1,020 ocasiones las denuncias fueron interpuestas por mujeres. Las organizaciones que trabajan con mujeres maltratadas aseguran que el nivel de denuncia aún es bajo en comparación con la realidad de mujeres que experimentan violencia. Aun así, el observatorio de la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA) registró que en el primer trimestre de este año se denunciaron cinco casos de violencia intrafamiliar al día.

“Nosotros tenemos aproximadamente cuatro años de estar juntos. Y como toda pareja, cuando comienza es todo color de rosa”, narra Fernanda durante un descanso de su trabajo.

¿Dónde lo conoció?
Acá cerca. Andábamos paseando con una tía de él y de repente nos vimos. Yo le dije a la tía de él: “¿Y ese bombón?”, “¿cuál bombón? Ese es mi sobrino”, me dijo ella. Él andaba con su niño chiquito y cruzamos miradas. Desde ese día comenzamos a platicar, a hablarnos por teléfono y así se fue dando la relación.

Él le dijo a la tía que le consiguiera mi número. Yo, emocionada, hasta mariposas sentía. Le dije: “Está bonito tu sobrino, ¿qué pasó?, ¿está solo?” Es lo primero que le pregunté. “Sí”, me dijo, “hace como ocho meses terminó una relación, le ha ido mal”. “¿Ah, de verdad?” dije más emocionada. “Si querés hablémosle”, me dijo. Le hablamos y él bien nervioso y yo igual.

Desde ese día ya prácticamente no nos apartamos porque va de hablar, eran las 2, 3 de la mañana y nosotros hablando.

¿De qué hablaban?
De su vida, de qué había hecho… cosas así. Él me contaba sus cosas y yo le contaba las mías y fue bonito…

¿Viven juntos?
Sí, hoy sí vivimos juntos. La primera vez que salimos fue como a los tres meses y medio. Fuimos a tomarnos un café, pero nosotros como que éramos bichitos, todos nerviosos y todo bien chivo. Yo sentí como mariposas. Bien emocionada y ya después, como yo le había dicho que no andaba con nadie, me preguntó: “¿Qué pasó, vamos a andar?”, “vaya”, le dije yo. Desde ahí comenzamos a salir. Yo venía a su casa y así, nos llevábamos bien.

¿Ha sucedido un cambio?
Sí, cuando uno comienza todo es bien bonito, pero ya después… como a los seis meses ya nos acompañamos. Yo llegaba a su casa y de repente ahí me quedé, jaja… quizás ese fue mi error, no sé.

¿Él vivía solo?
Sí, él vivía solo. Y no sé cuál fue el error, pero la cuestión es que nos quedamos juntos. Después de que ya nos acompañamos… puya. Uno nunca termina de conocer a la persona, pero yo no sabía cómo era él. En la primera discusión que tuvimos, si más me ahorca. Como a los cuatro o cinco meses que teníamos de estar acompañados, un día llegó algo tomado. Como es bien alto y más grande que mí, me levantó por detrás y yo de tonta le decía como podía: “¡Hey!, soltame” porque me tenía bien aprisionada. Y él: “No, que te voy a matar”.

¿Por qué estaba enojado?
No me acuerdo por qué discutimos y de un solo me agarró del (cuello). De ahí yo solo me le quedaba viendo, pero no le decía nada y los ojos llorosos. Ya después le dije “nombre, mejor andate, que te pase la cólera, no sé qué sentís”. Y al siguiente día como que no había hecho nada y yo solo me le quedaba viendo. Desde ese día comenzaron los problemas. Y me costó que me soltara y pasé como 15 días con dolor de garganta porque me la presionó. Él toma seguido y cada vez que llegaba bolo, no había día que no me dejaba así.

Los motivos por los que este tipo de agresiones no se denuncian son múltiples. Entre ellos están la “vergüenza y estigma, las barreras financieras, la impunidad percibida para los perpetradores, la falta de conocimiento de los servicios disponibles, amenaza de perder a los hijos, el miedo a meter al agresor en problemas, el miedo a represalias, actitudes discriminatorias hacia las víctimas en los tribunales y las instituciones policiales, y desconfianza hacia los trabajadores de la salud”. Así lo recoge la investigación “La punta del iceberg: la denuncia de la violencia de género en los países en desarrollo” de la Revista Americana de Epidemiología.

Uno nunca termina de conocer a la persona, pero yo no sabía cómo era él. En la primera discusión que tuvimos, si más me ahorca. Como a los cuatro o cinco meses que teníamos de estar acompañados, un día llegó algo tomado. Como es bien alto y más grande que mí, me levantó por detrás y yo de tonta le decía como podía: ‘¡Hey!, soltame’, porque me tenía bien aprisionada. Y él: ‘No, que te voy a matar’.

¿Usted le contó a alguien?
No. La familia de él bien feo el modo. Como tres veces me vieron golpeada en mi cara. Incluso, la última vez me vio la mamá de él. Ella vio cómo me bajó él de las mechas.
“Soltame, ¿qué te pasa?”, le decía yo, porque estábamos discutiendo por una cipota. “Mirá, platiquemos que a vos no te gusta hablar”, le pedía. “No, que vos ya me tenés harto”, me respondía. “No me golpees, que yo solo un papá tuve”, le dije. Como que más alas agarró… me bajó del pelo para el suelo y la señora solo se hizo para atrás, como que una basura iba pasando.

Me le quedé viendo y me puse a llorar porque, obvio, me dolía. Y yo dije, “si le pego una manada, voy a dar lástima”. Por eso he tratado la manera de no oponérmele. Ese día me llevó la que no me trajo, como dicen. A mi suegra le dije: “¿por qué no te metiste?”, y ella me dijo: “Yo no, eso es problema de pareja”. Ese mismo día en la noche me había dejado el pómulo izquierdo hinchado y me dejó al lado de afuera, así en el patio. Y ahí teníamos la refri nosotros.

¿Cómo la dejó afuera?
No me dejó entrar al cuarto. Mi suegra vivía entonces ahí. Y yo toda la noche pasé ahí. Y como tenía que venir a trabajar, pasé toda la noche poniéndome escarcha porque no tenía hielo para que se me desinflamara. Y yo va de llorar y llorar. Y le pedía a mi suegra que abriera y no me quiso abrir. Ella solo tosía. Y yo con unas cobijas todas sucias me arropaba y mi chuchito solo se me quedaba viendo y se me acercaba. A él lo abrazaba porque tenía frío y así pasé toda la noche. No pude ni dormir y va de ponerme escarcha, se me desinflamó un poco. De ahí como a las 5 me enojé y agarré a patadas la puerta, “abrime”, le dije yo y él se levantó. Me dijo: “Entrá, perra, para dentro”.

Se me rodaron las lágrimas y me le quedé viendo a la maitra bien dormida. Púchica, está bueno. Por ser mujer yo dije que se iba a poner en mi lado… qué. Como a las 9 de la mañana comenzamos a discutir y yo le dije: “Mirá cómo me has dejado la cara, si yo voy a la Policía te van a llevar preso”. Él me dijo: “Andá, andá, pero te mato”.

Y quizá no sé, aquel temor que siempre me ha puesto él, yo solo me le quedaba viendo. Le dije a la maitra “¿por qué no te metiste? como es tu hijo a él sí lo defendés”. A ella le dio una risita y me dijo: “Ja”. ¿Y por qué te reís?”, le pregunté yo. “Mirá, ahí puedo ver que él haga un hoyo y puedo ver que te entierre y yo ¿cómo le voy a echar tierra a mi hijo?” Sentí como una puñalada y solo volteé a ver para otro lado y me puse a llorar.

¿Hace cuánto fue eso?
Hace como seis meses. Fue la última. Sí ahorita él no me golpea porque yo le he dicho que lo voy a meter preso, pero cuánto le he aguantado. Mi jefa me dijo que hable con él. Ella moralmente sí me ha ayudado bastante. No es bueno oponérsele a la pareja porque el hombre siempre es hombre. Pero de que me ha golpeado, varias veces. Si anantes no me ha sacado los ojos.

La violencia dentro de las parejas, por lo general, es entendida dentro de un ciclo. El ciclo tiene varias fases y no todas son violentas. Se habla de una primera fase en la que dentro de la relación se acumula tensión y la persona violenta no explota. En la segunda fase es cuando ocurre un episodio de violencia aguda. En la tercera fase, conocida comúnmente como “la luna de miel”, el agresor expresa que se arrepiente de lo sucedido. A eso le sigue el perdón de parte de su víctima. Después viene una etapa de calma que puede durar varias semanas hasta que se regresa a la primera fase y se reactivan los episodios agresivos.

¿Usted nunca le ha dicho a nadie?
Solo a mi jefa. Una vez me dijeron que fuera ahí a Las Dignas, pero no me atrevo, no sé.

¿Él la amenaza?
Puesí, me amenaza. Yo le digo: “Te voy a echar a la Policía si me volvés a golpear”. Solo le da risa y me dice: “Andá y ya vas a ver lo que te va a pasar”.

¿Ya no se han peleado?
Siempre discutimos. O sea, vamos a lo mismo. Él ya no me golpea porque le dije que lo voy a llevar a la Policía. Él moralmente me acaba. Cuando discutimos viera cómo me dice unas palabras que duelen más que un porrazo. Duele.

¿Usted por qué cree que él sea así?
No sé.

¿A la mamá no la trataba así?
No, con ella es diferente.

¿Él tiene un hijo?
Tres hijos tiene, pero sí, él tiene la costumbre de golpear a las mujeres. A veces hablo con la muchacha anterior, la mamá de los niños de él. Ella me dice: “Ay, Fernanda, yo no sé qué está haciendo con ese hombre. Si ese hombre es mala persona”. O sea que él, mala costumbre de pegarle a las mujeres.

¿Usted ya había conocido a un hombre así?
No, primera vez. Me ha dejado traumada este hombre. Yo me pongo a pensar, volteo a ver al cielo y digo Señor…

Durante toda la conversación Fernanda se ha mostrado seria. Su cara ha sostenido un semblante fuerte, pero a punto de desbordarse. Cuando habla del cielo, vuelve a ver hacia arriba y no puede contenerse más. Empieza a llorar mientras posa la mirada en el techo, como quien espera alguna respuesta.

¿Usted tiene niños?
Tengo tres.

Antes estaba delgada. O sea, comía, pero como que no me caía bien la comida. Aquí en el trabajo bien galán, pero ya llegando a la casa, otra vez, es una gran agonía. Ya no es felicidad como cuando uno comienza. Cuando iba cerca de su casa yo me alegraba porque ya iba a llegar. No, hoy aflicción me da.

¿Viven con él?
No. Hace poco se me fue una porque él me le quiso pegar. Hasta ella me dijo: “Valorate, ese hombre no te valora”. Ella ya está grande, ya entiende. “No, mamá –me dice– yo no sé por qué está con este hombre”. Ellos viven con mi mamá.

¿Usted ha querido irse?
Cómo no. No sé, yo también tengo la culpa, no sé si lo quiero tanto, pero no vale la pena.

Usted lo quiere…
Sí, yo acepto, lo quiero. Yo siempre pienso, si hubiera una bayuncada… un lavado de cerebro quiero para quitarme una gran venda. A mi sentir, una gran venda que tengo que no me puedo ir… tanto maltrato físico.

¿Él a usted le da para los gastos?
Sí da, pero no alcanza. Prácticamente con mi trabajo yo me visto, me calzo, como. Porque lo que él da son $20. Qué van a andar alcanzando a la semana.

¿Usted ha pensado separarse del todo de él?
Yo le pido a Dios que me ayude. Prácticamente sí. Un día mi jefa me dijo que buscara ayuda. Yo creo que ya pronto porque ya esta situación…
Hoy diga que estoy gordita, si antes estaba delgada. O sea, comía, pero como que no me caía bien la comida. Aquí en el trabajo bien galán, pero ya llegando a la casa, otra vez, es una gran agonía. Ya no es felicidad como cuando uno comienza. Cuando iba cerca de su casa yo me alegraba porque ya iba a llegar. No, hoy aflicción me da.

¿Él es tranquilo ante los amigos?
Él es cruel porque cuando lo voy a buscar con los amigos me maltrata. “Andate, maje, andate, ¿qué venís a hacer?” Y a los amigos solo risa les da y yo digo púchica, si soy tonta, es que es la verdad.

Ahora que usted ve ese recorrido por el cual ha pasado, si usted hubiera sabido todo eso, usted no…
No, yo por eso digo ahora: “Señor, ayudame para algún día voy a dejar a este hombre”, pero otra vez acompañarme ya no. Mejor estar solo. Porque estar así no es vida.

¿Ahora lo que más la sostiene ahí es el cariño hacia él?
Eso.

¿Usted se podría regresar a la casa de su mamá?
O alquilar algún cuarto. Yo sola me mantengo. ¿Qué yo debo depender de él? No. Si a mí me falta un par de zapatos, yo reúno y los compro. Si no tengo ropa, yo la compro. Si hasta él mismo dice: “Yo no puedo mantener a ninguna mujer”. “Si yo soy la tonta que estoy aquí –le digo– porque vos qué”.

¿Qué es aquello que usted ve en él que la hace quererlo? ¿Él es atento aunque sea en algunos días?
Es que mire, es bien raro. Yo hace poco tuve un problema. Él, a capa y espada, me estaba defendiendo y yo me le quedé viendo y se para y me dice: “No, es que de fregarte, solo yo te puedo fregar, te puedo verguear y todo, pero otra gente, no. Eso sí no me gusta”. No sé, bien raro.

¿Usted qué le diría a otra mujer que pasa por esto?
A las jóvenes, que conozcan a la persona, que no solo se dejen ir, como a mí me pasó. Que no solo se dejen ir. Que piensen una y once mil veces porque cuando uno comienza es todo color de rosa. Y después ya estando en la situación, ahí se ve quién es quién. Y si alguna mujer está en mi caso, que abra los ojos, porque no es vida estar así, para nada.

¿Me podría hablar de algún plan a futuro que tiene para usted misma?
Lo que quisiera primero es ya no estar con esta persona. Ya no sufrir. Y otra mejor, echarle ganas a la vida con mis hijas para una vida mejor. Yo aconsejo a mis hijas, les digo que se fijen, les pongo mi ejemplo. Las tres saben la situación. Una de ellas me dice: si algún día yo te llego a ver (golpeada), yo voy a llamar a la Policía y que se lo lleven preso y lo hace. “No mamá –me dice– no es tu papá”.

¿Por qué ella está tan despierta a la situación?
De ver tanta situación. Acuérdese que hoy está más tremenda la situación. Mejor ellas. Si yo por eso digo: “Ay, dios mío, ayudame”. Se lo juro, yo no sé, como que una venda tengo.

¿Cree que es miedo?
Una parte es miedo y otra parte es que como mujer, no le voy a mentir, lo quiero.


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