Dejar África para llegar a una Europa asustada

Presión. El 9 de diciembre de 2016, unas 400 personas migrantes provenientes de África asaltaron una valla fronteriza
ubicada entre Marruecos y Ceuta, enclave español en el norte del continente.

Guerras, pobreza, violencia, persecución, muchas son las causas que llevan a decenas de miles de seres humanos a abandonar cada año sus hogares en Oriente Medio y África subsahariana para, cruzando el Mediterráneo, alcanzar una mayor seguridad en Europa.

En África negra, donde la emigración hacia Europa es un fenómeno existente desde hace varias décadas, los analistas en seguridad tienen claro que los emigrantes se han convertido en otro “bien” más para las redes que trafican armas, drogas o cualquier mercancía ilegal.

Europa da por sentado que la emigración de África subsahariana tiene motivaciones económicas.

Lo cierto es que esa idea esconde la difícil vida de muchos colectivos o minorías, ya sean cristianos en tierra musulmana (con varias milicias yihadistas operando, como Boko Haram o Al Shabab), homosexuales, albinos (malditos en casi toda África), seropositivos o madres solteras.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), unos 55,000 migrantes del norte, este y oeste de África son introducidos en Europa cada año por las redes de traficantes, que obtienen unos beneficios de $150 millones.

La anarquía en Libia y la multiplicación de medios de rescate, tanto estatales como de ONG, en el Mediterráneo han disparado ese flujo: desde principios de enero hasta el pasado 4 de junio, se registró la llegada de 71,418 inmigrantes, el 85 % de ellos por Italia.

Llegada. Europa registró la llegada de 71,418 inmigrantes entre principios de enero hasta el pasado 4 de junio, el 85 % de ellos por Italia.

La mayoría eran nigerianos.

Benin City es capital del estado nigeriano de Edo, que durante 30 años ha tenido como principal y casi exclusiva fuente de ingresos las remesas que sus hijos emigrados envían desde el exterior ($21,000 millones en 2015, según el Banco Mundial). Aquí, cada pequeña suma llegada del extranjero puede suponer un salario mensual para una familia, siempre que sea en divisas.

El sueño de la emigración ha suplantado incluso a las aspiraciones a una educación digna que suelen ser comunes en todos los países pobres. Socialmente, emigrar es mejor que estudiar, como reconoce el vicegobernador de Edo, Philip Saibu. Las familias de Edo ya no buscan la mejor universidad, sino al mejor agente para llegar a Europa.

Si la candidata al viaje es una mujer, sabe que con gran probabilidad acabará en el mundo de la prostitución, aunque en Benin City lo disfrazan con otra palabra: “hustling” (trapicheo). Las menos viajan creyendo que van a ser peluqueras o azafatas, las más se imaginan en el mundo de la prostitución de lujo, pero la realidad es que terminan haciendo la calle en Palermo o París, cobrando poco más de $10 por servicio para pagar a la mafia una deuda por los “préstamos” contraídos para el viaje, que puede ascender a los $60,000.

Las chicas de Benin City no conocen mucho mundo, pero tienen muy arraigada la idea de que la vida tiene que ser mejor en cualquier otro lugar. “En Europa la gente es buena, son como Jesús”, dice cándidamente la joven nigeriana Miracle, entrevistada por AFP en un hospicio regentado por una iglesia evangélica.

Miracle fue rescatada de las redes de prostitución en Italia.

El salto. Unas 70 personas migrantes provenientes del África subsahariano celebran que han logrado saltar la valla fronteriza
que separa Melilla, ciudad española, de Marruecos, en una foto de diciembre de 2016.

Encrucijada de todos los éxodos

Agadez, en el centro geográfico de Níger, es una ciudad famosa entre los emigrantes: de ella parten las rutas del éxodo.

La de Libia es la preferida desde la caída de Muamar al Gadafi en 2011, gracias a la ausencia del control de las fronteras, aunque ello suponga un riesgo enorme de bandidaje o terrorismo en el camino.

De Agadez parten en horario nocturno viejos camiones atestados de emigrantes. A partir de esa ciudad, todo es desierto y hasta la frontera libia (tres días de viaje) solo existe otra localidad, Dirkou. Los vehículos solo paran para repostar o para que los ocupantes hagan sus necesidades.

Es en esa ruta donde con cierta frecuencia un camión se avería en mitad de la nada y la mayoría de sus ocupantes mueren de sed antes de poder recibir ningún auxilio. El último caso sucedió el pasado 29 de mayo, cuando un camión que transportaba a 50 ghaneses y nigerinos, con numerosas mujeres y niños, se averió y de él solo se salvaron seis personas que llegaron vivas hasta un pozo tras caminar 48 horas.

Aun sabiendo todo esto, emigrantes del centro y oeste de África siguen llegando a Agadez, donde las mafias les prometen un pronto viaje, cuando las condiciones lo permitan. El tiempo de espera lo pasan en “casas de conexión”, construcciones rudimentarias a las afueras de la ciudad fuera del control policial.

Raramente cuentan con agua y electricidad y constan de poco más que un techo bajo el que se agolpan decenas de colchones donde los emigrantes aguardan semanas o meses.

Sus ahorros pronto se agotan, mientras que las mafias les exigen más y más en concepto de “alquiler” en Agadez, lo que obliga a muchos a buscarse pequeños trabajos ilegales en la ciudad, que para las mujeres son sistemáticamente actividades de prostitución.

Otras veces es aún peor: “Nos hacen llamar a los parientes en casa y les tenemos que decir ‘mandadme dinero, o me matan’”, relató el senegalés Ibrahim Kandé.

Quienes parten del oeste de África tienen el camino fácil por una zona de libre circulación hasta Níger. Una vez allí, las redes ilegales los llevan hacia Libia, por unos $170, a los que habrá que sumar más de $1,000 por el cruce del Mediterráneo, reveló el portavoz de la agencia europea de fronteras (FRONTEX), Fabrice Leggeri.

La ruta oriental, que toman eritreos, somalíes o etíopes, es más cara pues todo el viaje es organizado por bandas criminales nacionales que trabajan de forma coordinada. “La tarifa puede llegar a más de $3,000, desde el Cuerno de África a Italia”, según Leggeri.

Un fenómeno que se repite. Un cayuco, barco de pesca utilizado en Senegal para travesías más largas, usado por los traficantes durante la crisis migratoria de 2006.

Huir de la guerra

Los sirios o iraquíes que huyen de la guerra o de la ocupación del llamado Estado Islámico (EI) confluyen en su mayor parte en la larga frontera oriental de Turquía, donde se han desarrollado redes de traficantes que conocen al dedillo las montañas kurdas y los pasos por los que se puede transitar sin ser avistados por los agentes turcos.

Para la mayoría, la vía más segura es la individual, pues un hombre solo se mueve con más discreción y puede cambiar fácilmente de ruta, y una vez refugiado en Europa puede ampararse en la política europea de reunificación familiar.

“Los jóvenes viajan ligeros y pueden correr si se necesita”, explicó a la agencia alemana DPA el sirio Ali, quien huyó de Alepo con su familia en 2014 y se instaló en la provincia turca de Hatay.

Este año, su primo ha escapado solo pagando $500. Mujeres, ancianos o familias deben abonar entre $700 y $800 (de 625 a 715 euros) cada uno para cruzar a Turquía.

En el caso de los iraquíes, al precio se suma el cruce desde su país a Siria.

Aunque el control de vastas áreas del norte de Siria e Irak por parte del EI ha favorecido en cierto modo el tránsito de personas al desaparecer la frontera, eso no significa que los yihadistas no detengan a los migrantes, que viajan en burro camuflados como pastores o en las cisternas de camiones de combustible.

Todo tiene un precio: los conductores de los camiones piden entre $1,200 y $1,500 por persona para llevarlos hasta Turquía.

Una nueva conciencia del problema

Un millón de personas lograron llegar irregularmente a Europa en 2015, la mitad de ellas sirios que entraron en los Balcanes por el Mediterráneo oriental, según datos de la OIM.

EUROPOL calculó que, en ese año de llegadas récord a territorio de la UE, el contrabando de migrantes movió entre $5,700 y $6,700 millones.

La cifra cayó unos $2,000 millones el año pasado, tras cerrarse por acuerdo con Turquía la ruta balcánica, mayoritariamente utilizada por sirios e iraquíes, además de afganos.

En 2016, la cifra de inmigrantes arribados descendió a unos 360,000 y la mayoría provino, nuevamente, de África negra.

La OIM calcula que en Libia hay entre 700,000 y 1 millón de personas esperando su oportunidad para embarcar hacia Europa, la mayoría de Egipto, Níger, Sudán, Nigeria, Bangladesh, Siria y Mali.

Aunque sean menos los que emprenden el viaje, las muertes registradas en el Mediterráneo no dejan de aumentar: 3,770 en 2015, 5,079 en 2016, 1,650 en lo que va de 2017.

Imposible saber cuántos perecieron antes en el desierto.

El director regional para el centro-oeste de África de la OIM, Richard Danzinger, dijo que se abre paso entre todos los países la conciencia de que “el coste humano no es aceptable, ya hablemos de ahogarse en el Mediterráneo o de morir en el desierto”.

Incluso el migrante que sí llega a su destino lo hace físicamente exhausto, debilitado por el hambre y la malaria y con numerosos problemas sicológicos por la violencia de que ha sido objeto y testigo en el camino.

Solo los propios inmigrantes podrían explicar a sus compatriotas las enormes penalidades que deben sufrir en la travesía y también en el país de acogida, pero los sociólogos han demostrado en numerosos estudios que nunca reconocen las dificultades en las que viven.

Está el oprobio que supone el reconocimiento del fracaso: Balde Aboubakar Sidiki, un guineano de 35 años, tuvo que pedir a su familia que vendiera todas sus tierras por $1,800 para poder emigrar a Europa, pero su viaje terminó en una prisión en Libia, donde era maltratado por sus captores.

Al salir de ella, prefirió quedarse en Agadez por “no poder soportar la vergüenza de haber vendido toda la tierra de la  familia para nada”, según su testimonio.

Para los países africanos, la emigración ha sido implícitamente una válvula de escape nunca confesada ante la presión demográfica y económica, y solo en los últimos años comienzan a cobrar conciencia de los riesgos que suponen los flujos incontrolados de personas desde el punto de vista policial, sanitario y humanitario.

Así, el Gobierno de Nigeria ha anunciado planes para castigar el contrabando de personas, aún por concretar; mientras que las autoridades de Níger endurecieron sus leyes en 2015 con castigos que van hasta los 30 años de cárcel.

La UE ha ofrecido un paquete de $1,900 millones en ayuda económica a varios países del centro de África, pero condicionados a que apliquen políticas de control migratorio.

Aun aplicando solo el prisma policial, existe el problema de los medios: en algunas rutas, los traficantes cuentan con sofisticados sistemas de telecomunicación para sortear los controles fronterizos, como sucede en la frontera de Sudán, donde redes eritreas controlan el tráfico llegado desde el Cuerno de África hacia Egipto o Libia.

“Necesitamos ayuda internacional, tecnología sofisticada de telecomunicación, vehículos, cámaras y hasta drones para monitorear la frontera”, dijo a AFP el general de Policía de Kasala (Sudán), Yahya Suleimán.

 

(Sobre)Vivir entre ceniza

Ganado. En La Pastora, los pastos lucen saludables. Sin embargo, los ganaderos de la zona tienen que traer pastos de otras zonas para alimentar el ganado. También se han implementado invernaderos en los cuales permanece el ganado durante los días con más ceniza.

Un sembradío perdido se parece mucho a un cementerio. No solamente en el sentido más estricto –un terreno amplio y silencioso lleno de cosas muertas–, sino incluso en los más improbables: cuando uno camina entre plantíos de papa muerta –muerta antes de siquiera salir de la tierra, de dar frutos–, es sencillo percibir una sensación de lamento, de pérdida y, para quienes no somos más que testigos de la tragedia y no víctimas directas, también de respeto distante.

La muerte, como el cariño, tiene muchas formas.

Es probable que don Greivin Brenes no sintiera particular cariño por sus plantaciones de papa, pero cuando se trabaja arduamente, de sol a sol, durante meses en una siembra –o, realmente, en cualquier otro tipo de empresa– es inevitable desarrollar una relación con las pequeñas plantas verdes, miles de ellas repartidas a lo largo de cientos de hileras.

Más aún cuando de las legumbres depende el bienestar de una –o de varias– familias. Cuando esa consigna se asoma por la cabeza mientras uno camina entre papa muerta, la sensación de estar en un cementerio incrementa y golpea fuerte en la boca del estómago.
Es difícil dimensionar que una catástrofe como esta sea producto de un polvito gris que cae del cielo.

La ceniza es un enemigo inclemente y astuto, capaz de camuflarse entre los sembradíos y, en tiempo récord, inutilizarlos y convertirlos en tierra muerta.

Los campos sembrados con papa de Greivin Brenes dominan parte del paisaje que atraviesa la carretera. El camino, como una gran serpiente grisácea, trepa desde Santa Cruz hasta La Central, un pueblo forzosamente abandonado donde se ubica un minúsculo puesto del Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) que cierra el paso: a la cresta del Volcán Turrialba solo pueden subir quienes cuenten con el beneplácito del gobierno costarricense.

Vivir a las faldas de un volcán en actividad –o vivir de lo que en ellas se produce– es un ejercicio de constante preocupación y, también, de fe ciega: no queda más que sembrar y mirar al cielo esperando que el volcán perdone, que la naturaleza sea piadosa, que no caiga más ceniza.
Aunque las erupciones del Poás –principalmente– y el Rincón de la Vieja han acaparado, y con razones, la atención mediática en semanas recientes, los vecinos del Volcán Turrialba viven en un permanente estado de alerta.

No hacen falta ríos de lava, temblores o erupciones –aunque las segundas sí ocurren con alguna regularidad– para sentir la sombra perenne del volcán.
A las faldas del coloso, la cotidianidad se siente como un riesgo engañoso: un buen día, el trabajo y el sustento, la tranquilidad y la serenidad, pueden quedar reducidos a ceniza.

Retumbos

“A todo se acostumbra uno. Un día de estos, un vecino me dijo: ‘Eli, ¿escuchaste el volcán?’, y yo ni me había dado cuenta. Durante el día uno no se da cuenta, porque pasan carros y uno está ocupado, pero por las noches siempre suena”.

Elieth Romero conoce de primera mano los efectos de la ceniza que arroja el volcán. Sabe, como lo sabe don Greivin Brenes, que en una noche de rocío gris, el esfuerzo de meses de trabajo puede convertirse en un triste recuerdo. Sabe, también, que convivir con un volcán activo es una lucha de todos los días, una que no da tregua.

Elieth vive, junto a su esposo, Francisco Díaz, y sus tres hijos, en una finca ubicada en San Antonio de Santa Cruz de Turrialba, en una bifurcación de la carretera que conduce al Monumento Nacional Guayabo. El pico del volcán se encuentra al noroeste, una casualidad geográfica que durante mucho tiempo los mantuvo a salvo de la fuerza destructiva de la montaña.

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Entre gris. Tras recorrer varios kilómetros, el río Aquiares todavía arrastra muchísima ceniza causal abajo.

Fue hace poco más que una década–el 31 de marzo de 2007– cuando el Volcán Turrialba comenzó a mostrar señales de actividad, tras muchos años de relativa calma. Algunas erupciones de ceniza causaron la quema y calcinación de los cultivos ubicados en el flanco noroeste, producto de la lluvia ácida que resultó de la expulsión de la misma ceniza en combinación con el clima lluvioso propio de la zona.

De acuerdo con el archivo de La Nación , entre 2009 y 2013 hubo ocasionales columnas de vapor de varios kilómetros de alto, así como erupciones de materiales finos. Los sedimentos fueron arrastrados por el viento hacia el interior del país, y así la ceniza se convirtió en un tema de conversación importante para personas en zonas alejadas como Desamparados, Aserrí y Coronado, así como zonas en Cartago como el cantón de Oreamuno.

En enero de 2010, el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (Ovsicori) confirmó que el volcán estaba “en capacidad para expulsar materiales más pesados a la atmósfera”. Es decir, que el Turrialba se estaba preparado para un período de actividad mucho mayor.

En efecto, a partir de 2014 el Volcán Turrialba ha protagonizado un ciclo eruptivo constante que ha puesto en jaque a los vecinos y en aprietos a las autoridades. Detener el poderío de un volcán es imposible; contrarrestarlo, agotador y, muchas veces, poco efectivo.
Nadie sabe cuándo pasará el peligro, nadie sabe cuándo se acabará la ceniza.

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Acumulación. El techo de invernadero suministrado por el MAG a productores de la zona. Está cubierto de ceniza.

Para ir –cuando se podía– de su casa al cráter del volcán, Elieth, Francisco y su familia deben recorrer unos 20 kilómetros de camino empinado. En línea recta y sin obstáculos, sin embargo, atravesando los cielos como lo haría un pájaro –o la ceniza–, apenas hay siete kilómetros de distancia entre un punto y el otro.

Pese a esta cercanía, durante años la amenaza del volcán fue un problema muy real que, por fortuna, los había esquivado a los Díaz Romero y a los demás vecinos de San Antonio. Las cosas comenzaron a cambiar, sin embargo, hace medio año.

“Los problemas comenzaron de unos seis meses para acá. Antes de eso estaba normal; bueno, normal para nosotros, solo afectaba para allá”, cuenta Elieth señalando hacia el oeste, donde hasta hace poco se habían concentrado los efectos devastadores de las erupciones. “Ahora empezó a quemar a la redonda. El humo se empezó a tirar de este lado”.

Cuenta Elieth que, durante los primeros ocho días de erupciones no hubo un solo momento del día en que no cayera ceniza sobre los campos. Los retumbos también eran constantes: “A partir de medianoche, se vuelve insoportable y no deja dormir de lo duro que suena. Es como tener una olla de presión en la cocina; usted oye donde viene subiendo. Es oír un jet todo la noche”.

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El pick up de Didier Quesada apenas se puede ver debajo de una docena de cargas de pasto cortado. El pesado trabajo de carga lo hacen él y Horacio Brenes Bravo, un peón que le ayuda y que, cuentan, es sobrino de Jorge Debravo. Entre ambos, se encargan de acomodar kilos y kilos de pastura en el cajón del vehículo, que cada vez se ve más diminuto. El trabajo de corte y carga es desgastante y extenuante, toma el día entero, pero es necesario.

“La última caída de ceniza afectó mucho los pastos y los animales no pueden comérselo. Hay que cortar la pastura y lavarla, o por lo menos sacudirla, porque es bastante ceniza la que cae”, cuenta Quesada.

Para pequeños ganaderos como él, detener la producción es imposible y toca ingeniárselas como sea posible. Por eso, desde que despunta la mañana, el sobrino del mayor poeta en la historia de este país se dedica a volar machete. El pasto se les da de comer a las vacas, pero es insuficiente.

“Hemos tenido pérdidas en la producción de leche”, cuenta Quesada. “La ceniza afecta a los animales cuando la comen, y también cuando la respiran. Se enferman mucho. El MAG (Ministerio de Agricultura y Ganadería) ha ayudado repartiendo pacas y otras cosas, pero es apenas para sobrevivir porque no hay abasto”.

Quesada también cuenta que su familia se ha visto afectada: su esposa padece de alergias y sus hijos presentan algunos problemas respiratorios y tos cuando la caída de ceniza se intensifica y el olor a azufre se vuelve un mal que no pasa.

Guillermo Solano, quien se dedica a la producción de leche, también ha visto comprometida su estabilidad económica. Su finca, ubicada muy cerca del puesto que restringe el paso hacia el cráter, ha sufrido severas pérdidas tanto para él como para los pocos vecinos que todavía se mantienen en la zona. La Central, el último asentamiento antes de la cima, es un pueblo fantasma.

“La ceniza provoca muchos problemas, pero yo prefiero que vaya soltando la presión así, poco a poco. Prefiero eso en lugar de que haya una gran explosión y no nos queda nada”, dice Solano.

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Hace unos dos, tres meses, Elieth se despertó con una espinita en el corazón que no la dejaba tranquila. Presentía que la noche había sido cruel y cuando salió de la casa lo confirmó: había caído ceniza sin parar durante sepa Dios cuántas horas.

Sin pensarlo, con el corazón estrujado, se lanzó a la carrera a través de la finca en dirección al corazón del terreno, donde estaban los cortes de tomate en los que su familia había trabajado durante unos cinco meses.

Cuando finalmente llegó a su destino, supo que su corazón no se había equivocado. La ceniza había convertido los frutos rojos en bolas negras, muertas, que se deshacían al tacto y que, por supuesto, ya no podrían venderse.

Elieth estima que se perdieron unos ¢2 millones. En una sola noche, medio año de trabajo se perdió.

Todavía quedan, a medio enterrar entre la tierra, los remanentes de la malla utilizada para sostener aquellas plantas. Es una huella, tirada entre la maleza, de lo que pudo ser; a la vez, es un recordatorio de que ahí, asomándose entre las nubes, está inamovible el volcán.

“Una vez un vulcanólogo nos dijo, en una reunión comunal, que nosotros no estábamos viendo una cosa: ‘El volcán está recuperando la tierra que un día ustedes la quitaron. Se apoderaron de dos kilómetros de cono principal que él tiene que quemar. Hasta que él no termine de hacer eso, no va a explotar como tiene que hacerlo’”.

Si el peligro es latente, y su posibilidad es imprevisible, la pregunta brota fácil a la superficie: ¿por qué quedarse allí? En muchos casos, la respuesta es de índole económica: nunca es fácil dejarlo todo botado y trasladarse a otro destino, más aún cuando el bienestar depende de lo que se produce en la tierra. Además, entre los vecinos de la zona abundan los rumores de familias que dejaron sus fincas para irse a tierras más tranquilas y ahora apenas si logran sobrevivir.

Pero, después de todo, quizás el factor de más peso no tiene que ver con dinero. Tiene que ver con algo mucho más simple.

Este es su hogar.

“Llevamos más de 20 años en esta finca, y hemos vivido en esta zona toda la vida. Yo no me voy a ir. Después de que pasó lo de los tomates que perdimos”, recuerda Elieth, “mi hijo mayor se me acercó y me dijo: ‘Mami, nosotros de aquí nos vamos solamente cuando ese volcán estalle y ya no quede de otra’. Y tiene razón”.

A salvo. Víctor Paniagua, peón de la finca de Francisco Díaz, trabaja un corte de tomate que no ha sido afectado por la ceniza.

Medellín y las llaves de un periódico

A la baja. Medellín se asienta entre montañas. En 1991 registró una tasa de 266 homicidios por cada 100,000 habitantes. La del año pasado fue de 20 por cada 100,000.

 

“El periodista cayó al suelo intimidado por el cañón del revólver que le restregaban en la frente. No sintió la aspereza del piso de ladrillo, un material en desuso que las dos ancianas, dueñas del local en donde se distribuía la prensa, se negaron a cambiar oponiéndose al inútil lujo de las baldosas. No tuvo tiempo para el miedo, todo, como suele ocurrir en estos casos, fue tan imprevisto y vertiginoso que apenas habían transcurrido unos cuantos minutos desde que dejó a su madre en la puerta de la iglesia y ahora estaba allí tirado, con la muerte babeando sobre su cara.  Tampoco sintió el peso del sicario que se le paró encima mientras le escupía el término ‘gonorrea’ y lo amenazaba con el gatillo a punto de decidir la suerte mortal que estaba tras el ‘sí’ o tras el ‘no’.

Decí que ya no trabajás más para ese pasquín, que ya no tenés que ver con él, que estás por fuera. Es una orden del ‘Doctor’. El Espectador se va porque se va, y no queremos a nadie que tenga nada que ver con ese periódico de mierda. Confesá o te vuelo la cabeza”.

Era octubre de 1989. “El Doctor” era Pablo Escobar. Y “gonorrea” empezaba a popularizarse como insulto de la mano de sicarios en Medellín, Colombia. Así arranca “Las llaves del periódico”, un libro firmado por Marco Antonio Mejía y Carlos Mario Correa en el que se cuenta cómo era seguir haciendo periodismo en medio de la flagrante persecución que mantuvo el cartel de Medellín contra El Espectador.

 

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Libro. La primera edición de “Las llaves del periódico” salió en abril de 2008, bajo el sello del Fondo Editorial EAFIT. Es parte de la Colección Testigos, dedicada a difundir literatura sin ficción. Hay una versión digital a la venta en www.casadellibro.com.

El primer sueldo que Carlos Mario Correa cobró en El Espectador fue de unos 23,000 pesos colombianos, al cambio de hoy, cerca de $20. Para entonces, la presión del cartel de Medellín para acabar con este periódico incluía acciones como la de mandar coronas de flores con los nombres de los periodistas o de cualquier otra persona involucrada con el medio a quien quisieran amenazar de muerte. “Me dejaban el sueldo en tiendas y en otros negocios de conocidos de la administradora, yo nunca conocí a la administradora, no podía, era muy riesgoso, tampoco podía tener amigos, ni novia”, cuenta Correa en un restaurante de un Medellín que se antoja ya demasiado lejos del que él describe, pero que, en esencia, sigue siendo el mismo.

Si se tuviera que dibujar la voz de Carlos Mario Correa, sería una línea muy estable. Su monótona forma de hablar no impide que un público compuesto por más de una veintena de periodistas le entregue una atención imperturbable a pesar de que hay una vista hermosa del otro lado de los ventanales y un caldo humeante de frijoles y carne sobre la mesa. La razón de esta entrega está amarrada al peso del trozo de historia que cuenta este periodista que inició su carrera en 1988, cuando tenía 23 años de edad. En ese tiempo, la forma en la que el mundo se refería a este territorio montañoso era por medio de un cartel de droga y todas las violencias que había desatado.

Correa decidió ser periodista en lugar de carnicero, el oficio con el que pagaba sus estudios.  La sangre, a pesar de la decisión que tomó, nunca se alejó de su día a día. El Espectador era un medio amenazado por Pablo Escobar, quien había logrado acumular dinero y poder a punta del sicariato y la droga. Correa entró a esta redacción de la mano de la idealización y el romanticismo que implicaba trabajar en el mismo medio que había visto nacer a la máxima figura de la literatura y le periodismo colombiano: Gabriel García Márquez. Pero esa aura desapareció tan pronto escuchó las primeras llamadas telefónicas del “Doctor” y su gente.

“Me di cuenta de que llegué a sustituir a otro periodista que había tenido que salir huyendo para Bogotá bajo amenazas de muerte”, cuenta. Este periódico ya había recibido un golpe brutal un par de años antes, cuando el director, Guillerno Cano Isaza, fue asesinado en Bogotá. La orden vino de los señores de la droga, esos a los que por estos días se les vende como líderes sociales y a quienes se les caricaturiza la violencia en series de televisión y películas. Por aquellos días, todas las sedes de El Espectador estaban bajo amenaza, en especial la de Medellín.

Correa fue periodista de nota roja en uno de los lugares más golpeados y menos contados de Colombia en una época en la que el silencio selectivo era usado como medida de seguridad.  Cubrió masacres e incluso las muertes de sus propios colegas, sus amigos. A esas pocas personas con las que podía tener alguna relación, el cartel se las fue matando.

Culto. Pablo Emilio Escobar fue abatido por las balas de las fuerzas públicas el 2 de diciembre de 1993, mientras intentaba huir por un techo. Todavía hoy hay quienes le rinden culto a un hombre que aplicó la violencia sistemáticamente hasta dominar el negocio de la droga.

Acá se entiende ese tono desengañado y pleno de dolor añejo con el que confiesa que “no era periodista preguntón, no hacía tumulto en la rueda de prensa; iba a las comunidades y escuchaba”.  Correa escribía crónicas sobre muertes violentas mientras él mismo pensaba en cómo iniciar y terminar su jornada diaria en el periódico sin convertirse en una víctima más. Su método pasaba por escuchar con el mismo respeto con el que le hubiera gustado que lo escucharan a él.

Cuando lo contrataron, Correa tuvo la sensación de que por fin había llegado a ser parte de algo grande, de un periódico que, aunque no tenía la circulación de El Tiempo, era “el mejor” por la valentía con la que defendía sus convicciones editoriales. Pero en medio su emoción por comenzar a ejercer, se tuvo que dar cuenta de que algo no cuadraba con lo que tanto había idealizado de una redacción. El rótulo grande y orgulloso que antes identificaba la sede de El Espectador había sido sustituido por un adhesivo de 5 por 2 centímetros colocado en una de las ventanas. Era un anuncio sin sentido, porque comunicaba algo que en realidad no se quería divulgar.

En la medida en que aumentó en la región la violencia ejercida por los carteles de droga, las sedes de El Espectador se fueron volviendo cada vez más secretas. Correa llegó así a trabajar en un edificio en el que ninguno de sus vecinos sabía que él era el periodista de El Espectador. Dejó de firmar las notas y cada vez que se enteraba de que su ubicación había sido descifrada, se mudaba. En el apuro de huir, se fue llevando en el bolsillo las llaves de cada lugar que albergó la redacción clandestina. Se convirtió en el hombre que tenía las llaves del periódico.

“Esas amenazas se hicieron reales al mediodía del 10 de octubre de 1989. El periodista escuchó asombrado la voz de un niño que, al otro lado de la línea telefónica, le anunciaba que al papá -Miguel Arturo Soler Leal, jefe de circulación de El Espectador en Medellín- le habían disparado en el camino a casa en el occidente de la ciudad. Apenas si había colgado cuando una segunda llamada le informó sobre el asesinato de Martha Luz López, gerente regional de El Espectador y encargada de la venta de publicidad.

No quiso responder la tercera llamada, pero la insistencia del timbre obligó al jefe de redacción a atender el teléfono. La persona que llamó se identificó a nombre de Pablo Escobar, pidió que grabaran el mensaje y lo mandaran a Juan Guillermo y Fernando Cano, directores del periódico en Bogotá: esta es una voz de alerta, y lo que digo es definitivo: no queremos volver a ver ese pasquín en Medellín; ustedes, los que quedan, tienen tres días para desocupar, váyanse a trabajar a El Tiempo, al Colombiano, al Mundo, o a otra empresa, pero El Espectador, por a o por b, y por orden del ‘Doctor’, tiene que dejar de circular en Medellín, no responderemos por las vidas de los que sigan ahí”.

El jefe de redacción quedó inmóvil. Sin colgar el teléfono, le sobrevino un llanto nervioso que en cuestión de instantes lo sacó de sí. La amenaza le reveló que estuvo a punto de ser víctima de su propia rutina. Religiosamente, cada mediodía, y por encima de cualquier urgencia o noticia extraordinaria, suspendía su trabajo para buscar el almuerzo. Se estaba preparando para salir cuando llegó al periódico la terrible noticia de la muerte de sus dos colegas. Los extras noticiosos que empezaron a pasarse por la radio confirmaron el asesinato selectivo de sus compañeros de El Espectador. Quizás en alguno de los lugares que elegía para su rutina de almuerzo, los sicarios también lo estaban esperando”.

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El Medellín de hoy  presume de un metro cable. Son un conjunto de góndolas que hacen en 30 minutos  un trayecto que antes tomaba horas y que nadie hacía no por problemas de incomodidad, sino porque al llegar a La Sierra, era recibido a balazos.

La Sierra es el barrio más al oriente de una ciudad llena de desniveles. Esta zona alta en particular ofrecía acceso a una carretera y grandes extensiones de terreno por donde se trazaron rutas para secuestros y para tráfico de armas y drogas. “Estos eran barrios fantasma. Cualquier extraño que ingresara aquí era recibido a balazos”, explica la periodista Mariluz Avendaño, de El Espectador.

La paz de Medellín sabe a poder tomar una cerveza de madrugada en medio de un parque rodeado de bares o en una arteria como la 10, en donde se mezclan ritmos tropicales, olor a arepa y el perfume de quienes buscan divertirse porque pueden. Esta paz se dibuja en la emoción de una comunicadora de una institución de Gobierno que cuenta cómo el gran proyecto de las bibliotecas logró que comunidades hundidas en la violencia empezaran a identificar como propio algo que no era el conflicto.

Esas bibliotecas fueron el punto de entrada para que un proyecto mayor de apertura de oportunidades calara en una población que, sin los señores de la droga, se había quedado huérfana de figuras carismáticas de las que colgar ambiciones.  “A mí lo que más me sorprende es ver a la gente en la calle”, explica Mariluz mientras desde la góndola, al final de la tarde, observa a una gran cantidad de gente de los barrios aledaños a La Sierra hacer vida social, con todo lo que implica. Nadie como ella, que ha visto la guerra, puede valorar tanto esta tranquilidad rutinaria.

Medellín, este Medellín de bibliotecas comunitarias y metro cable, no es perfecto. El año pasado, la cantidad de asesinatos aumentó, pero sin que esto representara una tendencia: la tasa se mantiene en 20 asesinatos por cada 100,000 habitantes. En 1991 este indicador llegó a ser de 266 homicidios por cada 100,000 habitantes. Esta paz que tiene, sin embargo, alcanza a verse en forma de letrero luminoso, uno que brilla sin pena en una transitadísima esquina que aparece mientras se va del armonioso barrio Provenza al no menos elegante Poblado. El letrero, sin más, dice: El Espectador.

Esta no es sede de una sala de redacción. El letrero apenas anuncia que ahí se vende sin ningún tipo de riesgo ni restricción El Espectador, entre otros más.

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A la hacienda Nápoles  o a la antigua cárcel de Envigado, conocida como La Catedral, este Medellín de hoy ofrece por lo menos seis recorridos turísticos que se enmarcan en la cultura del narcotráfico, esta que tantos récords de expectación redituables deja en series y películas. Correa, como alguien que sobrevivió a la violencia desbocada sobre la que se construyeron esos imperios, considera que es un error de empatía, de falta de respeto para con los que cargaron con la peor parte. “A los que más mataron fue a las personas que vendían el periódico, a los que estaban en publicidad”, en otras palabras, a los que no incidían en el contenido editorial que tanto odio sembraba en “el Doctor”.

A la reflexión que pone cara a cara al periodismo de antes con el de hoy que se realiza en el marco del IV Investigatón organizado por la red de periodistas CONNECTAS, Correa le pone una frase pegajosa que guarda una verdad tan complicada como vigente: “Pablo Escobar no corrompió a los políticos, los políticos lo corrompieron a él. Todo se arruinó más desde que él quiso entrar en la política”.

Cuando Pablo Escobar cayó abatido por las balas de las fuerzas públicas, el 3 diciembre de 1993, Correa hacía lo de siempre, su trabajo desde el anonimato. Su madre fue la primera que pudo localizarlo para darle la noticia acerca de la muerte de Escobar.  “Si he sentido felicidad, creo que fue en ese momento”, explica.

Hay fotografías de ese día, en una, el cadáver del narcotraficante yace de lado sobre tejas de barro rojo tan característico de Medellín; la cara, ensangretada, y alrededor, en la misma formación de cualquier equipo de fútbol, posan ocho hombres con armas largas, seis de ellos llevan uniforme color verde olivo. Todos sonríen victoriosos, pletóricos de triunfo ante una persona muerta. La felicidad, al final de un proceso tan traumático, puede ser complicada, difícil de explicar y de reconocer, como esta que Correa confiesa micrófono en mano, mientras las cámaras de los teléfonos celulares le apuntan.

La muerte de Escobar obligó a un proceso de reorganización en todos los sentidos. Correa acabó desligado de El Espectador porque, prácticamente, lo que él hacía ya no encajaba en los intereses de los nuevos dueños. Ni siquiera llegaron a Medellín a despedirlo, a control remoto le pidieron que entregara las propiedades del medio. Acabó mandándoles muy poco, casi todo el equipo con el que había estado trabajando era de él.

El rótulo de El Espectador que brilla en la esquina para cualquiera que viene de Provenza a Poblado no significa nada para Correa. A pesar de que hay en la junta directiva un representante de la familia Cano, este periodista prefiere desmarcarse, no es El Espectador por el que podía haber muerto mientras un sicario le aplastaba la cara contra un suelo de baldosas: “Al final, el último golpe no vino de Pablo Escobar, sino que de la empresa periodística”.

Inaccesible La Sierra estuvo durante décadas secuestrada por la violencia de las bandas de traficantes que la querían usar como salida de armas y drogas. Era un territorio al que no se podía ingresar.

En América Latina, la justicia está politizada

 

“Yo juro, juro, que lo que más tengo, la riqueza de mi esposa y de mi familia es mi credibilidad internacional como académico”, dice en una larga entrevista con la que Alejandro Toledo, expresidente de Perú, ha puesto fin a su aislamiento mediático. Así trata de luchar contra lo que considera una “persecución política” de sus rivales.

Requerido por la justicia de su país y pendiente de que las autoridades estadounidenses respondan a una petición de extradición, Toledo asegura una y otra vez que nunca en su vida hizo “algo ilícito” que le permitiera “tener dinero” como para “no preocuparse” por su futuro.

Las sospechas contra el exmandatario, que gobernó Perú entre 2001 y 2006, surgieron en febrero a raíz del testimonio de quien fuera representante de la constructora brasileña Odebrecht en Lima, Jorge Barata, que después de ser detenido reveló una larga serie de sobornos durante varias presidencias por unos $29 millones, 20 de los cuales ha atribuido a Toledo.

Después de varios meses en Stanford, donde reside desde septiembre pasado, Toledo, de 71 años, visitó la semana pasada Nueva York para dar una conferencia en un foro paralelo a otro de Naciones Unidas.

Preguntado sobre por qué habría Barata de atribuirle a él precisamente esa acusación, apunta que este se ha convertido en “colaborador eficaz” y con ello busca eludir una mayor pena de cárcel.
Toledo supuestamente recibió el dinero por la adjudicación de los tramos 2 y 3 de la Interoceánica sur, y si bien reconoce que la “criatura” es de su gobierno, agrega que por obstáculos burocráticos regionales y nacionales apenas alcanzó a inaugurar “un puente simbólico chiquito entre Asís e Inambari”.

La implementación recayó en el siguiente presidente, Alan García, dirigente del partido aprista y durante cuyo gobierno –aduce– el proyecto saltó de un coste inicial de $850 millones a más de $4,000 millones. Por ello, García es ahora epicentro, junto con la líder de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, de sus acusaciones de conspiración.

Recurrente en su demanda de que Barata revele “dónde, cómo y cuándo” le dio el dinero, adelanta en la entrevista su intención de demandarle $200 millones, pleito que de ganar –afirma– repartirá entre proyectos educativos para zonas rurales.

¿Por qué ha guardado silencio tanto tiempo mientras era requerido por la justicia?

Hago una pequeña corrección: yo no soy requerido por la justicia. Yo no tengo ninguna sentencia. Hay un proceso de Ecoteva en el cual he estado colaborando en el Congreso, en la Fiscalía, en el Poder judicial. No ha habido ningún problema, no he tenido ningún impedimento de salida. Estuve en China, en Azerbaiyán, fui a Perú en diciembre para ver a la familia, mi nombramiento aquí comenzaba en septiembre.

Y regresé el 12 o 13 de enero de este año. Un mes después, me entero por los medios de comunicación que un señor fiscal, Hamilton Castro, había decidido pedir 18 meses de prisión preventiva sin notificarme, ni a mí ni a mis abogados; porque dice que un señor Jorge Barata, de Odebrecht, habría dicho que me ha dado a mí $20 millones. ¿Por qué los $20 millones? Porque, teóricamente, fui creador del proyecto de construcción de la Interoceánica para integrar a América Latina y permitir que Brasil pudiera tener acceso al Pacífico y beneficiar a Bolivia.

¡Grave error! Está profundamente equivocado y el señor Barata va a pagar por ello un precio muy caro. ¿Por qué está equivocado? Porque las fechas no dan. Se creó la criatura de la Interoceánica, pero todo el proceso fue tan burocrático a escala de América Latina, de los países… Y sin embargo, la idea creció tan fuerte, al final, el Congreso de la República logró un consenso impresionante y lo declaró de interés nacional.

Entonces, entraron la Corporación Andina de Fomento y el BID para garantizar $150 millones cada uno como garantías –no financiación, garantías– para que los inversionistas pudieran tener mayor estimulación.

Lamentablemente, no tuvimos tiempo de comenzar a construir. La única cosa que hicimos fue la inauguración de un puente simbólico chiquito entre Asís e Inambari que lo inauguramos con Fernando Henrique Cardoso y Lula. Fue algo simbólico.

 

¿De dónde cree que viene la acusación?

No sé qué arreglos hizo este señor Barata con el gobierno que implementó. Porque nosotros lamentablemente –ya me hubiera encantado– no pudimos hacerlo. Como usted sabe, el señor Barata está sentenciado en la cárcel y se ha convertido en un colaborador eficaz.

El costo original del proyecto fue $850 millones, y según tengo entendido por los medios de comunicación, ha terminado costando $4,500 millones, es decir, que se han hecho adendas a cada uno de los proyectos.

Pero hay también una investigación abierta y hay sospechas graves de corrupción en toda América Latina. Ya no es Alejandro Toledo, están Alan García, Ollanta Humala… Hay otros países que temen que se abran esas “listas Odebrecht”, entre ellos Ecuador. Alguna solidez han de tener esas listas como para que la justicia estadounidense le dé y haya abierto causa ¿Qué esconde Odebrecht que América Latina tanto le teme?

Odebrecht no está únicamente en América Latina, está en Catar, en Abu Dabi, está en muchos países de América Latina y en EUA. Hay una modalidad de corrupción a través de las preferencias en las licitaciones y en las adendas: el proyecto cuesta tanto ahora, sin embargo, al implementar nos damos cuenta de que cuesta más.

 

¿Daba Odebrecht sobornos en América Latina? Tenía usted constancia como presidente de esos sobornos?

No tengo duda de que sí. No he visto yo los datos, están saliendo dos servidores, uno de Brasil que las autoridades han encontrado, particularmente en el caso de Odebrecht, y otro en Suiza. Y para eso han contratado a un exfiscal suizo. Entonces encontrarán información.

 

¿Le constan a usted esos sobornos?

De lo que he escuchado y leído, sí. ¡De lo que he escuchado! No soy testigo de nada. Pero usted es periodista y ha leído, y no me cabe duda de que de abajo –no sé hasta en que niveles– tengo la sospecha de que se han producido sobornos. No solo en América Latina.

Lo que no puedo permitirle al señor Barata –porque él ha sido un gerente principal con el señor Marcelo Odebrecht– que para reducir sus años de condena diga que entregó al presidente Toledo $20 millones. ¡No lo permito! Y quiero ser enfático en decirle que: ¡nunca en mi vida!

El Barata lo va a tener que pagar muy caro, porque lo voy a enjuiciar por $200 millones. Si logramos tener éxito, $100 millones irán para la capacitación de los profesores de las zonas rurales del Perú de los países andinos, y otros 100 para becas para que los niños de las zonas rurales pobres terminen el colegio, para que puedan estudiar en la universidad en Perú o en el extranjero.

 

 ¿Por qué cree usted que al señor Barata se le ha ocurrido acusarle de recibir esos $20 millones?

Buena pregunta.

 

Hay otros presidentes del Perú manchados por este caso.

Sí, pero no me meta en la misma bolsa. Yo no soy Fujimori. Yo no soy Alan García. Yo no sé del señor Ollanta Humala. ¡Yo me llamo Alejandro Toledo! Sospecho que su motivación es, número uno, que perdimos la inscripción del partido, nos vamos a reinscribir, pero perdimos la inscripción, y sin congresistas, no tenemos la fuerza política que teníamos cuando estaba el partido.

 

Está mezclando política con justicia.

Lo que le estoy diciendo es que lamentablemente en América Latina, la justicia está politizada. Los nombramientos de los fiscales y de los jueces los hacen los que tienen el poder. Y los que están juzgando ahora son nombrados, premiados y prometidos de ser congresistas en las elecciones siguientes.

La segunda razón, probablemente la más poderosa, es que yo soy un obstáculo muy fuerte; una revancha política, una persecución política que no tiene nombre. ¡A mí no me quieren juzgar, me quieren colgar!

 

 ¿Quién?

Fujimori.

 

¿Padre o hija?

Padre, hija, hijos. Porque tienen un proyecto de 30 años. No me perdonan haber organizado a los partidos políticos, la sociedad civil, los alumnos, las poblaciones indígenas y amazónicas para derrumbar un gobierno autoritario que cambió tres veces la constitución para reelegirse. Primero es Fujimori padre.

Segundo, en 2011, Keiko Fujimori y Ollanta Humala llegaron a segunda vuelta de las elecciones y la gente de Humala vino a pedir el apoyo de nuestro partido y de nuestra infraestructura: la movilización. Yo, para serle franco, no confiaba en Humala porque su hermano –dicen que con su apoyo– trató de dar un golpe de Estado en 2005. Después de cuatro o cinco reuniones decidimos apoyar al candidato demócrata. Hablamos Mario Vargas Llosa y yo y le dijimos: te apoyamos pero con una sola condición, que si tú te sales del marco democrático te sacamos. Obviamente, eso incendió más aún el odio.

 

 ¿Qué relación hay entre ambas cosas?

¡Es que truncamos que fuese presidenta! ¡No únicamente bajamos al papá! Ella era finalista.

El tercer punto, y por eso es que me odia de muerte, es que en las elecciones de 2016 quedaron finalistas Keiko y Pedro Pablo Kuczynski, que había sido mi ministro de Economía y Finanzas, (un hombre) de derechas, banquero, que tenía experiencia de gobierno.

Esas tres son las razones por las que hoy en día soy un perseguido político y me quieren desaparecer del cuadro, para que no impida la elección de Keiko Fujimori, que ahora ya comienza a competir con su hermano Kenji, dependiendo del papá.

 

 ¿Lo que trata de decirme es que Keiko Fujimori tiene un plan para impedir que Alejandro Toledo pueda torpedear su camino hacia la presidencia?

Por tercera vez: ¡sí! Lo entendió bien. Y han colocado jueces y fiscales ad hoc. Y no lo hace sola, lo hace con Alan García.

 

 ¿Cómo, según su teoría, podría manipular Keiko Fujimori todos los poderes del Estado, y encima hacerlo por encima de una persona –Kuczynski– que llegó a ser su primer ministro, y todo para perseguir a un Alejandro Toledo que la mayor parte de su tiempo vive en EUA y que, en definitiva, le ha dejado campo libre? ¿Para qué tendría que entrar en toda esta trama? ¿Cómo podría acumular tanto poder?

Lo tiene arrinconado, porque Keiko Fujimori tiene absoluta mayoría en el Congreso de la República. Acaba de bajarse al ministro de Transporte y Comunicaciones, Vizcarra, que por coincidencia es también el primer vicepresidente de la república. Y la gente de Fujimori ya planteó la renuncia de este señor no solo como ministro sino como primer vicepresidente.

 

¿Quién entonces –a su juicio– gobierna el país?

No me voy a atrever a especular. El que gobierna el país a través del chantaje es el que tiene mayoría en el Congreso, los fujimoristas con los apristas.

Hoy en día, Perú corre el riesgo de que si siguen presionándolo, y el presidente no reacciona, va a quedar muy mal en la historia. La democracia se va a debilitar y todo lo que hicimos –los heridos y los muertos– puede resultar en vano y el fujimorismo puede volver a retomar la dictadura en complicidad.

 

Perú, a pesar de estos riesgos que menciona, sigue siendo una democracia. Hay un presidente electo al que conoce muy bien, que ha trabajado en su gobierno, y el poder judicial es constitucionalmente independiente. Cuesta creer cómo Keiko Fujimori podría manipular a los jueces y a los fiscales, para perseguir a Alejandro Toledo.

¡Nombrándolos!

 

 ¿Cómo sugiere que los nombra ella?

Los promueve y les ofrece puestos clave en el próximo gobierno.

 

 ¿Nombres? ¿Ejemplos?

No voy a entrar en eso porque yo respeto al poder judicial y a la justicia.

 

Usted ha guardado silencio durante cuatro meses. Hay un pueblo en Perú al que no le ha dado respuesta. Usted es un expresidente, está en otro país y no regresa al suyo. ¿Cuáles son las razones por las que no revela los nombres de aquellos que dice que conspiran contra usted?

Te digo: Alan García y Keiko Fujimori.

 

Pero Alan García es también sospechoso de aceptar sobornos.

Yo le puedo decir, por el nombre de la persona que más amo, que está arriba en el cielo y es mi madre, ¡nunca! Que el señor Barata venga a Lima, o a EUA y diga que me ha entregado $20 millones, cómo hizo, en qué cuenta los puso.

Yo tengo los documentos donde el fiscal de la nación ha declarado tres veces que mi esposa y yo no tenemos ningún desbalance patrimonial. Yo no tengo cuentas en Suiza, las únicas cuentas que tengo son las de Stanford y Perú.

 

 Pero se ha hablado de cuentas de terceros, no de cuentas suyas.

¿De cuáles terceros?

 

 De personas a través de las cuales pudo recibir el dinero.

(Toledo muestra notas de periódicos y documentos de procedimientos judiciales que a su juicio constituyen una violación del debido proceso.)

Se está refiriendo al señor Yosef Maiman. Quiero que sepa que el señor Maiman ha ido al Congreso de la República, a la fiscalía de la nación, al juez, y les ha dicho que las inversiones que ha hecho en la compra de una casa y de una oficina han sido realizadas con su dinero. Consta en los documentos oficiales de la Fiscalía, del juez y del Congreso.

Es cierto que en la casa en la que vivimos por 21 años pagábamos hipotecas y no me di cuenta de que me cobraban un 11 % (de interés). Le dije a Maiman que con 2 % de los EUA podría pagarla. Me prestó $300,000 de la casa y $275,000 para pagar la otra casa chica en el Norte. Eso es todo lo que me prestó.

 

 ¿Prestó o donó?

Prestó, me prestó.

Maiman es un multimillonario con altos y bajos. Lideraba el gasoducto de Egipto a Israel. Ha tenido empresas y un canal de televisión. Tiene subidas y bajadas y espero que se recupere de una enfermedad muy grave. Pero yo no conozco los negocios de mis amigos, ni siquiera los de mi suegra.

Barata ha dicho que me entregó $20 millones. Y hoy día estoy atravesando momentos muy difíciles, porque yo tenía ingresos de mis conferencias por el mundo, de ser miembro de directorios de empresas en la China y en Europa. Mi señora y yo somos profesores en la Universidad de Stanford.

 

¿Puede jurar que no aceptó coimas (sobornos)?

¡En mi vida! Quiero tener al señor Barata enfrente para decirle que lo voy a enjuiciar por $20 millones, y que me diga cuándo me ha entregado $20 millones, cómo, en qué circunstancias, en qué banco.

 

¿Puede jurarlo?

Yo juro, juro, ante lo que más tengo –la riqueza de mi esposa y de mi familia– que es mi credibilidad internacional como académico.

 

 No está jurando que no aceptó coimas.

¡Estoy diciéndole! Le estoy diciendo que de ninguna manera. Se lo prometo. Por eso le digo, tráigame al señor Barata y le va a costar caro.

 

Si es así, ¿por qué no regresa a Perú para defender lo que considera justo? ¿Dónde está ese Alejandro Toledo que salía a luchar y movía masas?

Soy un indio gitano que trota por el mundo. Recibí la noticia de que el juez Hamilton Castro decidía una orden de prisión preventiva de 18 meses estando en Stanford y por los periódicos. ¿Usted quiere que yo regrese para ir a la prisión sin ser escuchado ni notificado? ¿Adónde está el debido proceso?

Este país (EUA) puede tener muchas dificultades, pero aquí el debido proceso funciona. Aquí no se compra ni se vende la justicia. Yo soy un luchador. Usted lo que quiere es que yo vaya al Perú sin que tenga citación de nada. Ingresaron en mi casa a las 2:30 de la mañana sin avisarme. ¿Quiere que yo regrese a la cárcel? ¿Para que comience un juicio sobre lo que ha dicho Barata? ¿Quiere que quede yo por 30 años en la cárcel?

Yo me someto a un juicio sobre esas acusaciones en este país. ¡A mí no me quieren juzgar, me quieren colgar! Por eso es la persecución política y es una persecución impresionante.

Si pudiera leer las atrocidades que han hecho los fiscales. El mismo fiscal de Primera Instancia ha tomado la decisión de la Segunda Instancia, ha negado dos hábeas corpus, ha inventado jueces.

Mire lo que han hecho. A un juez Concha que estaba encargado por mucho tiempo del tema de Ecoteva, le dieron licencia por una semana y pusieron a un juez transitorio, y a ese juez transitorio le ordenan que me dé una segunda prisión preventiva. Y después se va, regresa el juez Concha. ¿Cree que eso es justicia?

El García siempre ha tenido un enorme control del poder judicial. Y mire que yo soy respetuoso de la justicia y colaboro con ellos. Una vez cancelé una conferencia en Praga para testificar en el Congreso. Han dicho que me estaba yendo a Israel, a Australia.

¡Oiga! Soy indio gitano que trota por el mundo, pero no soy noruego. No. Yo soy un luchador y eso no me lo va a cambiar nadie.

 

¿Qué garantías necesitaría para regresar a Perú y abandonar su condición de fugitivo?

Es que no soy un fugitivo porque yo no me he fugado de mi país. Yo estaba aquí trabajando. Si yo hubiera cometido un delito y me hubiera escapado. ¡Eso es un fugitivo! Esto del señor Barata ha salido en febrero. Ya estaba trabajando en mi libro en Stanford.

Si me dan garantías de un Estado de Derecho, de un juez natural. Dicho sea de paso, acabo de recibir la información de que si los presidentes cometen algún error, los juzgan lo que ellos llaman un juez natural, que es un juez supremo, no de Primera Instancia que se presta a muchas cosas. Yo no tengo ningún problema. Yo he estado colaborando con la justicia. ¿Por qué cuando estoy afuera ni siquiera me notifican, ni a mí ni a mis abogados? Qué cosa es eso? ¿A qué estamos regresando? ¿Otra vez al fujimorismo? Y ahora el contexto es mucho más complicado, porque la democracia que construimos está en peligro, porque lo están presionando tanto al presidente Kuczynski, que no le dejan gobernar.

 

Le vuelvo a hacer la pregunta: ¿qué garantías necesita para regresar y probar su inocencia?

  1. K. Clarito. Número 1, yo colaboro con la justicia, que me juzgue un juez natural, que no inventen mentiras. ¿Cómo voy a entrar en la cárcel si no soy declarado culpable?

 

 Es una prisión preventiva, existe en todos los códigos penales.

No, señor. La prisión preventiva es aplicable, como dicen Suiza y EUA, cuando existen evidencias probables de que la persona que ha cometido un delito pueda fugarse. Yo no soy un fugitivo. Mis huesos van a terminar en Cabana.

Entonces, le respondo a la pregunta. Si me dicen que tengo libertad para entrar y salir y que, cuando me necesiten, me citan y yo regreso, no tengo ningún problema. Si me necesitan el juez o el fiscal, yo colaboro con la justicia, pero, ¿una acusación sin fundamento? ¡Soy feo, pero no tonto!

 

 ¿Cómo vive estos días?

Nunca pensé que el querer redibujar el rostro social de mi país, me iba a traer aquí.

¿Idealista? Probablemente. Pero yo no soy un político clásico. Vengo del mundo académico. Mi señora y yo somos académicos, ella tiene su libro, de eso vivimos. Si quieren juzgarme, miren esto o entren a Google y miren mi gobierno.

 

 Me refería a escala personal y emocional ¿Cómo se vive bajo la sombra de una posible extradición?

 

Con mucha incertidumbre. Duermes menos, trabajas más. Para serle muy honesto, tenemos una restricción severa en nuestra economía, porque se han tomado la libertad de quebrar la ley y nuestra jubilación de toda la vida la cobrábamos de una AFP, la pusimos en el banco y la han congelado.

 

 ¿De qué viven?

 

Trabajamos en Stanford. De los sueldos. No es mucho dinero, en el Perú necesito pagar el agua, la luz, el servicio. ¿Cómo se vive? Es muy cruel. ¿Sabe por qué es cruel? Porque nunca en mi vida hice algo ilícito que me permitiera tener dinero para no preocuparme.

 

Hace tres meses se habló de que se iba a Israel. Se interpretó como una posible fuga y, sin embargo, al final no estaban en el avión. ¿Era su intención realmente fugarse a Israel?

No. No, no. Tengo gran respeto por la prensa pero: ¡cuidado con las especulaciones! Dijeron: Toledo está llegando en un vuelo de United con su esposa. Fueron al aeropuerto y no me encontraron.

 

 ¿Llegó a tener billete en ese vuelo?

No. ¡Teníamos el contrato de Stanford! ¿Cómo íbamos a hacer eso? Yo llegué a este país a los 18 años, me crié en sus valores y aquí el Estado de Derecho funciona.

 

 Y, sin embargo, se ofendió cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, anunció que le cerraba las puertas.

Sí, me ofendí. Me dolió mucho, porque tengo una admiración profunda por el Estado judío de Israel.

 

 ¿Habló con Netanyahu después de esa decisión?

Yo he hablado varias veces con él. Pero no de eso. Respeto su opinión, él es el primer ministro.

 

¿Por qué cree que le dijo que no?

No lo sé. Él siempre tuvo celos de mi relación con Shimón Peres. Yo lo respeto como primer ministro, respeto a Israel, no voy a emitir ningún juicio de valor sobre él.

 

 Una última pregunta. Se espera en algún momento la desclasificación de las listas Odebrecht. ¿Qué espera que salga de ellas?

Yo espero que se abran tanto el servidor que dicen que han encontrado en Suiza, como el servidor que tiene la justicia brasileña. ¡Que se abran! Va a doler mucho a una región que es la región prometida en el mundo.

Tengo temor no solo de esas listas, sino temor del regreso a la dictadura disfrazada como la que sucede en Venezuela. Tengo temor, más que a una lista de individuos, a que retrocedamos a un dictadura en la que otra vez el autoritarismo y la violación de los derechos humanos, la libertad de expresión, sea restringida, en la que regrese la exclusión social o la discriminación por el color de la piel.

Jared Kushner, el yerno millennial detrás de Trump

Jared iba a una junta de negocios, no a encontrar al amor de su vida. Menos de camino hacia la Casa Blanca. Los amigos en común entre Ivanka Trump, hija del ahora presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y Jared Kushner, uno de los empresarios de bienes raíces mejor colocados en Estados Unidos, pensaron que sería buena idea que ambos se conocieran. Talvez podrían comenzar una relación de negocios. Lo que en realidad hicieron fue conducir a la unión que se ha convertido en la conciencia del país más poderoso del mundo.

A inicios de 2008 la prensa estadounidense especulaba sobre la relación que había entre Trump y Kushner. Algunas revistas aseguraban que solo eran amigos; otras, que iba en serio. Para finales del mismo año, el sitio Gawker anunciaba el rompimiento de la pareja, aludiendo a que Kushner no podía seguir una relación con una no judía. El mismo año, Ivanka se convirtió al judaísmo y la pareja se casó en 2009, tras dos años de noviazgo. Los Kushner-Trump nunca consolidaron un negocio juntos, pero lograron un proyecto mayor: que el padre de Ivanka llegara a la presidencia de Estados Unidos.

Jared nació en Nueva Jersey, en una familia de judíos ortodoxos. Sus abuelos migraron de Europa a Estados Unidos huyendo del Holocausto, al que sobrevivieron, y se instalaron en el área de Nueva York. El padre de Jared, Charles Kushner, levantó fortuna en el ramo de bienes raíces.

Cuando Jared tenía 24 años le cedió la cabeza de los negocios, cuando estaba por cumplir dos años en prisión por evasión de impuestos y sobornos a políticos de Estados Unidos. Jared, sociólogo y abogado, estudió en Frisch, una escuela conocida por estar fundada bajo la tradición judía ortodoxa moderna y a la cual han asistido celebridades como la cantante Regina Spector y la actriz Rena Sofer, entre otras.

Más tarde acudió a Harvard College, de donde se graduó con distinción académica. Según Daniel Golden, editor de la organización periodística ProPublica, el padre de Jared habría hecho una donación de $2.5 millones a cambio de que aceptaran a dos de sus hijos. En 2007 Jared se graduó de la Universidad de Nueva York con MBA (Maestría en Administración de Empresas), donde también su padre hizo una donación: $3 millones.

Casi inmediatamente después de su graduación de la Universidad de Nueva York, con 25 años, Jared adquirió el semanario New York Observer, una publicación conservadora fundada en 1987. Estuvo al frente del semanario hasta inicios de 2017, cuando se anunció su carrera como consejero del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cediendo su puesto a su hermano Joseph.

La Torre de Jared
En la lujosa Fifth Avenue, en el centro administrativo de Nueva York, Manhattan, se levanta una torre que no resalta por su estatura, sino por el valor de los 41 pisos que la integran: el edificio 666 está valuado en más de $360 millones, una de las propiedades más costosas en todo Nueva York.

La torre 666, terminada en 1957, se levanta solo por 147 metros, una corta estatura comparada con los rascacielos de Nueva York, y ocupa 140,000 metros cuadrados. Pero es el emblema de la imponente carrera de Jared Kushner.

En 2007 Jared hizo la compra más importante por una propiedad con esas dimensiones en la historia de Nueva York: pagó $1,800 millones. Esa fue la primera propiedad adquirida por el mayor de los Kushner luego de que su padre, encarcelado durante dos años, le cedió la compañía familiar Kushner Properties. En el mismo año que compró la torre 666, vendió 17,000 departamentos con un valor de un $1,000 millones en efectivo, más $920 millones en deuda asumida.

El imperio de Jared ha logrado sostener el valor de la familia Kushner, calculado en $1,800 millones, de los que $1,150 millones provienen del mercado de bienes raíces. Tan solo la torre 666 renta, en promedio, en $50 el pie cuadrado, según documentos de su compañía.

El resto de su fortuna se divide entre el New York Observer, con $10 millones, y el programa de salud Oscar, con $240 millones, según la revista Forbes. Jared lo fundó junto con su hermano menor Josh. Se trata de una compañía de seguros valuada en $2,700 millones cuya base es el Obamacare, amenazado por Trump. La aplicación y el sitio en internet venden seguros directamente a quienes no son elegibles para un seguro mediante su empleador o un programa de Gobierno.

Jared es un arquitecto de grandes torres: así como ha alzado el valor de la torre 666 más allá de su estatura, ha hecho lo mismo con el presidente estadounidense y suegro, Donald Trump. Jared, juntó a un grupo de los mejores en lenguaje informático y mercadotecnia en línea, logró levantar una nueva construcción: al próximo presidente de Estados Unidos.

La otra torre de Jared se llama Proyecto Álamo, un grupo de 100 personas de distinto proceder para minimizar el costo de una campaña que en otros tiempos habría valido miles de millones de dólares, pero que Jared supo construir con solo una fracción.

Eric Schmidt, ejecutivo de Google y uno de los desarrolladores de software más ricos del mundo, dijo en una entrevista que Jared ha sabido levantar una campaña prácticamente sin recursos: “Él entiende el valor de un mundo en línea de una manera en que los colegas de los medios tradicionales no lo hacen. Supo hacer una campaña presidencial sin recursos usando las nuevas tecnologías. Y ganó”.

Para Peter Thiel, fundador de Paypal, Jared es más que un consejero para la Casa Blanca: “Si Trump es el presidente de una compañía, Jared es efectivamente el jefe de operaciones”. El mismo Jared lo resumió así en una entrevista para Forbes, una de las pocas que ha ofrecido en su carrera: “Llamé a algunos de mis amigos en Silicon Valley, unos de los mejores mercadólogos digitales en el mundo, y pregunté cómo escalar este asunto y me pasaron a sus subcontratistas”.

Además, dice, recibió un tutorial sobre marketing en Facebook y, desde ahí, comenzó a construir la nueva torre Jared: la campaña de Trump a la presidencia pasó de vender $8,000 en gorras y otros objetos al día, a $80,000 en donaciones y publicidad. La campaña se convirtió en los cimientos de la torre de Jared, los primeros pisos. Lo siguiente fue consolidar relaciones. “Ayudé a facilitar muchas relaciones que no habrían pasado de otra forma”, aseguró Jared en la misma entrevista. Una de esas es el complicado vínculo con México.

Jared ha sido quien más ha abogado por la sana relación entre México y Estados Unidos. Luis Videgaray, secretario de Relaciones Exteriores, y el propio Jared fueron quienes organizaron la visita de Donald Trump a México el 31 de agosto de 2016, donde, según medios estadounidenses, el magnate logró controlarse solo por unas horas para regresar a su retórica agresiva, tan pronto como pisó suelo estadounidense.

El sitio británico The Independent publicó el mes pasado que la “paciencia de Jared está puesta a prueba por su suegro”, luego de que el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, canceló su visita a su contraparte estadounidense tras una serie de tuits. “Kushner estaba furioso. Nunca antes lo había escuchado decir que estaba enojado durante toda la campaña, pero esto lo puso furioso”, dijo una fuente anónima a la publicación.

La vida con Trump
La relación yerno-suegro está hecha de intensas similitudes, pero también de diferencias: Jared, como Trump, ha hecho un imperio dentro del sector inmobiliario en Estados Unidos. Son un par de empresarios ambiciosos. Sin embargo, para muestra de sus diferencias, un botón: mientras que Trump ha tenido una presencia intensa en Twitter, Jared no ha publicado nada en esa red social.

En un reciente artículo publicado por Jared en el New York Observer, titulado “El Donald Trump que conozco”, el empresario de 35 años describe a su suegro como un hombre “no racista, no antisemita, amoroso y tolerante”. “Lo he visto personalmente acoger a personas de todas las razas y religiones en sus empresas y en su vida personal”, escribió Jared. Respecto de lo dicho en medios y redes sociales, Kushner dice: “Yo lo conozco, ellos no. La gente ve en él lo que quiere ver. Si les disgusta su política, ellos ven otras cosas que les disgustan, como el racismo. Si les gusta su política, ellos imaginan que escuchan silbatos de perros”.

El texto de Jared termina explicando por qué ha decidido apoyar la campaña de Trump: “Confío en que mi suegro, con un récord sobresaliente de resultados palpables, será exitoso en barrer estos obstáculos, por eso lo apoyo”.
Según Forbes, sus oficinas reseñan sus distintas personalidades: “La oficina de Trump está atestada de pared a pared con objetos que sirven como altar al ego, mientras que la de Kushner es plana y sobria, pero hay dos cosas en común que unen al par: columnas de trofeos de negocios ganados en bienes raíces y fotografías de Ivanka”.

Hoy se sabe que sin el trabajo de Kushner, al estilo millennial, Trump estaría lejos de la silla presidencial. Los planes de Kushner detrás del apoyo a su suegro, más allá de construir una torre familiar junto a su amada Ivanka, aún están por conocerse. Otro tema que asoma en común como posible trofeo es México.

“Mi gobierno dejó mucho sembrado, hoy se recogen frutos”

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

A casi tres años de haber dejado el poder, Laura Chinchilla Miranda hace un repaso de su elección y de su gobierno, un hito en la participación política de las mujeres en Costa Rica. Por primera vez, una mujer llevó las riendas de la Presidencia de la República.

La entrevista se hizo en el marco de la edición especial de la Revista Dominical de coberturas políticas hechas por el diario La Nación desde su fundación hace 70 años, y en el cual se rememora su histórica elección.

Chinchilla habló sobre su paso por Zapote y cómo se gestó su candidatura, sin ahondar en “temas de coyuntura política doméstica”.

Ella asegura que en lo fundamental, le cumplió al país y que muchos de los frutos que está recogiendo el gobierno de Luis Guillermo Solís son cosecha de su administración.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿En qué momento usted comienza a darle forma a su precandidatura? ¿Era algo que llevaba tiempo analizando?

Aunque sé que a veces es difícil que la gente crea algunas versiones que damos quienes hemos estado en la vida pública, en mi caso sí quiero decir que yo en realidad no venía persiguiendo la meta de convertirme en presidenta. Lo mío siempre había sido una fuerte vocación al servicio público, que había sido sembrada por mi padre en mí.

De manera que había tenido la oportunidad de ocupar, por primera vez, una mujer el cargo de viceministra en las labores de Seguridad, luego el cargo de ministra, fui también la primera ministra de Seguridad, de ahí tuve la oportunidad de servir como diputada en el Congreso, de ahí como vicepresidenta (de la República) y ministra de Justicia. Casi para entonces, 15 o más años, en donde yo creí que ahí terminaba mi carrera política, sirviendo como vicepresidenta de ese gobierno, y fue precisamente durante ese gobierno que crecieron las voces en torno de que el país parecía estar preparado para tener una candidata a la presidencia, con posibilidades reales de ganar y, varias voces, de alguna manera, llevaron a mí en ese sentido. Fue, de verdad, la primera vez que yo comencé a considerar de manera clara y con seriedad.

¿Cuáles voces? ¿Quiénes eran esas voces?

Diversas voces porque ya desde que yo estaba en el Congreso alguna gente me lo había comentado, compañeros de bancadas, tanto de Liberación como de otras fracciones, alguno que otro amigo más ligado a temas periodísticos o conocidos, y durante el gobierno, dado que obviamente se espera que hubiera una sucesión de Liberación, eso siempre es razonable, que haya una sucesión de quien está gobernando, pues también comenzaron a surgir algunos comentarios en torno a mí persona.

¿En algún momento dijo que no?

Sí, claro, vamos a ver. Yo tenía un mandato constitucional y tenía una misión que cumplir a la par de un presidente que me había solicitado que le acompañara en la fórmula, y yo nunca fui de estar jugando por detrás aspiraciones que pudiesen chocar con la misión que estaba cumpliendo, a mí me gustaba cumplir con mis cargos. No fui de estar brincando de un lado para otro y, bueno, habíamos perdido un vicepresidente y yo quedaba como única vicepresidenta; entonces, cuando efectivamente iniciaron algunas voces a planteármelo, no de una manera formal pero sí de ¿por qué no lo pensás?, yo siempre dije ‘mi obligación es terminar con este gobierno’, así que al principio no estaba dentro de mis consideraciones.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿Usted lo consultó con Óscar Arias?

Voy a ser muy franca. Es que yo nunca hubiese podido tomarlo como una iniciativa mía, siempre fui sumamente apegada a cumplir las misiones que se me asignaban; entonces, ni siquiera yo iba a hacer el planteamiento. Me imagino que alguna gente que se me acercó comenzó a conversar entre ellos con don Óscar, hasta que él directamente me llamó un día.

Fue una conversación telefónica y me pregunta abiertamente que si yo estaba considerando esa posibilidad y mi respuesta fue: ‘No, no, señor, yo no estoy considerando esa posibilidad porque usted sabe que mi obligación es terminar con usted este gobierno’. A partir de ahí, se inicia un proceso de conversaciones entre él y yo que básicamente nos lleva a que sea una decisión que se toma de manera conjunta. Si no hubiese sido así, yo nunca habría dejado el gobierno, porque, de nuevo, mi obligación primaria era cumplir con esa obligación constitucional.

Usted renuncia a la vicepresidencia en octubre de 2009, ¿cuánto antes había tomado la decisión de buscar la presidencia?

Esa decisión se tomó a lo largo del primer semestre de ese año. Durante ese semestre hubo conversaciones, fundamentalmente con el entonces presidente y yo, y, por supuesto, también entre mi familia y yo. Esos fueron fundamentalmente los dos focos de conversación y de consulta, eran frente a quienes yo me sentí principalmente obligada.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿Fue inevitable su candidatura, como dijo una vez en La Nación?

No, obviamente fue producto de una gran reflexión. No es simplemente que el destino me lo puso ahí, yo nunca he creído esas cosas de que era inevitable que yo me convirtiera en presidenta, no, pudo haber sido otra mujer.

Pero por la coyuntura de ese momento, ¿su candidatura no se volvía inevitable? Posiblemente sí, ya llegado el mes de octubre sí, porque ya se había llevado un proceso de negociación y de reflexión, en ese sentido, de manera que cuando yo salgo, sí, obviamente era producto de un proceso inevitable que habíamos iniciado con su reflexión a inicios de ese año, 2009.

¿Por qué cree que la gente votó por usted? ¿Por continuidad del gobierno de turno? ¿Por sus logros en la función pública? ¿O por el hecho de ser mujer?

Está todo muy documentado, las encuestas y los testimonios de la gente. Nunca hay un único factor que lleve a la gente a votar por un candidato y eso mismo pasó en mi caso. Yo diría que se podrían resumir en tres elementos fundamentales.

El primero de todos es que la gente me conocía, ya iba a llegar a 20 años de servicio público, con un expediente absolutamente impecable, de manera que la gente me conocía, era confiable, sabía de dónde venía Laura Chinchilla.

El segundo elemento es que hicimos una muy buena campaña, logramos ubicarnos en un centro ideológico, con el candidato del PAC hacia la izquierda y con el candidato del Movimiento Libertario hacia la derecha, y eso fue una clave importante de nuestra estrategia. Así como tratar, desde el principio, de vacunarnos contra los prejuicios de una mujer presidenta, utilizando mucho el tema de la firmeza, que se derivaba de las funciones que yo había cumplido, fundamentalmente combatiendo el crimen en el país.

Y el tercer elemento es que sí había un sector de la población que si bien no era mayoritario, pero era importante, que también quería apostar a otro gobierno que siguiera librando algunas de las luchas que había librado el gobierno anterior.

Usted en medio de la campaña cambió el eslogan, no inició con el “Laura firme y honesta”, era algo así como “Laura somos todos”, no recuerdo bien…

Así es, nosotros empezamos la campaña con un llamado a la unión, eso fue una cabezonada mía y vimos que era débil. Vimos también que, muy rápido pero muy rápido, como forma para descalificarme, empezaron a surgir los estereotipos alrededor de la mujer, a pesar de que yo era la candidata más preparada, con más trayectoria de servicio y que había enfrentado más experiencias y situaciones en el sector público, muy rápidamente me calificaron como la marioneta.

De manera que entonces nos tuvimos que mover, a partir de algunos ejercicios con focus groups y consulta a la gente, hacia un eslogan que sacara la parte más fuerte de mi carácter para compensar un poco ese estereotipo de que las mujeres no están hechas para el poder, porque las mujeres son débiles, son dispersas, son influenciables, hay hombres atrás que las manejan.

La imagen esa, recuérdenla ustedes, era una imagen de una marioneta y yo volvía a ver para arriba y solo hombres estaban manejando los hilos de mi voluntad, entonces fue cuando surge el lema de firmeza asociado a los temas de seguridad, que por demás, le recuerdo, era la principal demanda de la población. La gente quería a una persona que viniese a solucionar los problemas de criminalidad, era lo único que le preocupaba al tico casi en ese momento. Por eso digo que por sobre todo, lo que más pesó en mi elección fue mi trayectoria, la experiencia que yo he acumulado en los temas de seguridad y la garantía que le daba a la gente de firmeza frente a la criminalidad.

¿Cómo recuerda que fue esa campaña? ¿Siente que la atacaron mucho por el hecho de ser mujer?

Apenas saliendo yo de la vicepresidencia, surgieron los estereotipos a través de la figura de las marionetas y, a través de algo, que todavía en 2013, ya yo saliendo, en entrevistas que me hacían de finales de gobierno los periodistas me seguían repitiendo y era ‘mi sujeción a la voluntad del presidente del gobierno anterior’. Pese a que había sido claro y notorio que parte de las divergencias que habían surgido entre nosotros eran porque yo había decidido tomar algunas decisiones con base en mis propios criterios y todavía saliendo yo del gobierno se repetía eso de que ‘doña Laura, ¿es cierto que usted se sometió a los designios de fulano de tal?’

Eso surgió desde el principio, de que yo iba a ser la marioneta de estas personas, mire que hoy hay un candidato que recibe el apoyo de un expresidente, pero no se enfatiza en ese elemento de pérdida de voluntad de ese candidato. En mi caso sí fue así. De manera que la campaña fue una campaña muy exitosa, donde logramos neutralizar ese tipo de aspectos, fue una campaña que ganamos muy pareja tanto frente a hombres como mujeres y, yo la recuerdo, la verdad, como una campaña muy bien planteada y, por lo demás, que disfruté muchísimo.

Ni tan pareja. Usted sumó más votos que Ottón Solís y Otto Guevara juntos, sus dos principales contrincantes. Fue un triunfo contundente…

Nunca hubo razón para cuestionar el que fui capaz de ganar muchas luchas antes de llegar a la presidencia, no solamente durante el ejercicio de mi carrera en el sector público, fue mi aleccionador para mí ser la primera mujer ministra de Seguridad de este país, cuando salió también mucha gente a descalificarme.

En esa campaña llegue a ganar una convención donde llegó a votar casi medio millón de personas y una campaña electoral también, con la mayor participación de la historia, todavía al día de hoy, en primera vuelta. Gané casi con 1 millón de votos, luego se vuelve a repetir hace casi tres años, pero en segunda vuelta y con un candidato único prácticamente.

Hubo un trabajo muy grande, un esfuerzo enorme, pese a ello, de nuevo, pasando la campaña, empezando nosotros el gobierno, otra vez empezaron a salir las voces de que yo estaba ahí no por mis propios méritos, sino porque simple y sencillamente venía cumpliendo los designios de un barón de la política y me iba a convertir simplemente en el sello de hule de la voluntad de ese barón de la política.

¿Qué pensó cuando ya supo que había sido electa presidenta? ¿En qué pensó?

Yo estaba muy preparada y lo digo sin falsa modestia. Yo estaba preparada, primero, para ese resultado porque las encuestas nos venían diciendo que veníamos avanzando con paso muy firme, como para esperar un resultado positivo. Más bien me alegró muchísimo el constatar la diferencia, porque yo no esperaba una diferencia de esa magnitud. Me alegró muchísimo ese resultado.

Y segundo, yo había hecho un gran ejercicio previo de lo que quería durante mi gobierno, de cuáles eran mis prioridades. Yo me sentía muy segura y eso es algo que me sigue acompañando hasta el día de hoy. Yo no puedo dar una conferencia, así sea experta en el tema, si no he revisado mis apuntes y si no tengo un esquema básico hecho, eso lo teníamos para nuestro gobierno. De manera que era una gran alegría. Yo ese día me alegré mucho, jamás me asusté, jamás me inhibí. Iba con mucha seguridad de lo que quería”.

¿Ya se lo esperaba, entonces?

Me lo esperaba y no me inhibía la función pública, si ya la conocía, lo que nunca me esperé es que con tantos años de servicio, conociéndome la gente, de pronto una vez que gané, una vez que me comencé a acercar al gobierno, una vez que entré, parecía que de golpe y porrazo esa trayectoria se hubiese borrado, que el único mérito que yo tenía para estar ahí era que un barón que hubiese llegado y que yo tuviese que empezar a batallar.

Ahí empezó la batalla más dura. La batalla más dura no fue llegar, fue hacer gobierno. Y eso es lo que yo le digo a muchas mujeres que están en política: no crean que lo más duro es llegar, lo más duro es permanecer.

No porque no tengamos la capacidad, sino porque de pronto pareciera que toda esa trayectoria, toda esa lucha que dimos por méritos propios se eliminó y nos convertimos simplemente en una mujer manipulable, a la que todos los días se le cuestiona si va a ser capaz de enfrentar la crisis, de tomar las decisiones fuertes y de terminar el gobierno. Me enteré de que había gente que hacía encuestas de ‘esa señora no va a llegar al final’. Todos los días a la mujer se le prueba en sus capacidades en algunos de los puestos que ocupa, sobre todo si es por primera vez.

Desde el día cero de la campaña, usted habló de liderazgo propio y diálogo. Al final de su mandato, ¿cree que lo consiguió?

Yo no tengo la menor duda de la independencia de criterio con la que goberné, siempre procurando escuchar muchas voces, independientemente de si eran hombres o mujeres, obviamente eso era totalmente secundario para mí, pero sí goberné con una gran independencia.

Sin embargo, los estereotipos de mujer débil, con agenda light, distraída por las obligaciones domésticas, frágil frente a los eventos, la pregunta que más se me repitió, desde el punto de vista de estereotipos, una y otra vez, es si yo había llorado.

Y no solamente eso. La gente empezó a hacer algo que ocurre mucho con nosotras y que las mujeres podemos cometer errores porque somos seres humanos; cuando un hombre comete ese error, ese error tiende a quedarse con el hombre, pero cuando la mujer comete el error, le pasan la factura a todo el género y, entonces, recuerdo cuando además una gran encuestadora nacional, CID Gallup, le pregunta a los costarricenses, me parece que fue ya por 2012, que si volvería a votar por una mujer. Eso fue de lo más ofensivo para mí, porque no era justo que a partir de mis decisiones, que eran mis decisiones, las de Laura Chinchilla, que expusieran a todas las mujeres por igual.

Cuándo, me pregunto yo, en este país habiendo tenido gobiernos jefeados por hombres a lo largo de 180 años de historia republicana, hombres que fracasaron, que llevaron al país a grandes crisis económicas, traicionaron los principios democráticos, incurrieron en grandes actos en contra de la ética… cuándo, me preguntó yo, le preguntaron a la gente que si volverían a votar por un hombre.

Claro que yo fui yo en mis decisiones, para bien y para mal. Soy fundamentalmente la responsable de mi gobierno, pero hasta el final, y desde el inicio me acompañó esa constante estereotipación del liderazgo de la mujer como un liderazgo débil, frágil, disperso, volátil y está documentado en muchas de las preguntas, de las entrevistas y de la forma en que se narró la forma de mi gobierno.

Y con empresarios, políticos, ¿también sintió esa diferencia?

Yo no tenía mucho tiempo para estarme desdoblando y en medio de intensas negociaciones y de lo que supone el manejo de una agenda presidencial, de tratar de hacer también el psicoanálisis de quién estaba de interlocutor mío. Mucho de esto que le estoy contando es un análisis que yo estoy segura que así como yo, lo está haciendo mucha gente, un análisis muy a posteriori, haciendo una lectura de mi gobierno ya con mucha mayor tranquilidad, revisando noticias periodísticas. Hay investigadoras que ya están escribiendo sobre ese tema y ya están documentando eso.

De manera que no es que yo estuviese obsesionada por cómo me estaban tratando, no quiero porque estoy segura de que se va a interpretar de que ‘ah, esa señora estaba más preocupada de cómo la trataban que de cómo gobernar’.

Pero sí, por lo menos hay algunas anécdotas que cuento mucho cuando me invitan a hablar de los temas sobre los desafíos del liderazgo de la mujer y recuerdo una vez que me tuve que encerrar unos días, cancelé la agenda pública porque estábamos nada más y nada menos afinando los últimos detalles del plan fiscal que yo quería presentar a inicios de 2011, pocos meses después de que asumimos el gobierno y, entonces, vaya, cuando un hombre se desaparece y la gente sabe que está encerrado ahí, en su despacho, pues la gente supone que ese hombre está trabajando. Yo presumía lo mismo, yo no tenía por qué presumir que las cosas eran diferentes con respecto a mí. Me comencé a dar cuenta por dos situaciones. Primero, porque es cuando la prensa empieza a acentuar un término, que también se prolongó por mucho tiempo, que es la agenda light de la presidenta, Claro, yo me encerraba a trabajar, y cuando salía era a atender alguna cosa, de alguna invitación que me hacían y a eso les parecía que eran cuestiones light.

Y lo segundo es porque recibo la llamada de un empresario en la que me pregunta: ‘presidenta, ¿qué se ha hecho, hace días que no la vemos?’ Bueno, estamos aquí trabajando, le digo, sacando la propuesta de reforma tributaria que vamos a presentar. Y entonces me dice, sin sonrojo me imagino, no le pude ver la cara, pero con mucha naturalidad: ‘Ah, pues creíamos que estabas en el salón de belleza haciéndote las uñas’. Yo nunca me hago las uñas, hasta ahora es que me las estoy haciendo.

Así que, ese tipo de elementos, claro que daban la pista de que me estaban empezando a leer con estándares diferentes a los que habían leído al hombre en el ejercicio de la presidencia. Desafortunadamente no lo vimos. Yo no tuve un equipo de comunicación que llegara conmigo al gobierno, no el que tenía en la campaña. Tuvimos muchas dificultades para armarlo y no fuimos capaces de enfrentar algo que se le recomienda a todas las mujeres que llegan a la presidencia, especialmente cuando llegan por primera vez, que es estar alertar sobre la forma de manejar la comunicación, porque es un proceso finalmente de aprendizaje de la opinión pública hacia el gobierno y, por qué no también, del gobierno a la opinión pública.

¿Hablaba de esos temas con sus homólogas, con Michelle Bachelet, de Chile; Dilma Rousseff, de Brasil; o Cristina Fernández, de Argentina?

En realidad, sí nos contábamos muchas anécdotas, pero no necesariamente teníamos tiempo suficiente como para ahondar. Sí recuerdo una cena que sostuve en Nueva York –después de que participé, por primera vez, en la Asamblea General de Naciones Unidas– con Michelle Bachelet, ya fuera de la presidencia de Chile, y Hellen Clarke, quien había sido primera ministra de Nueva Zelanda, en la que ellas me advierten que hay enormes desafíos desde el punto de vista de la comprensión que la opinión pública y los medios de comunicación puedan tener sobre la forma en la que una mujer gobierna y el estilo y la forma de cubrirlo.

Se ha escrito mucho sobre el particular, en muchos otros países, en Costa Rica no hemos tenido mucho de eso, pero vaya, entré al gobierno sin el escudo de una fuerte estrategia de comunicación, sin tener al equipo que me ha acompañado en la campaña, muy deseosa simplemente de sacar adelante una tarea que nos habíamos propuesto y fuimos víctimas, de alguna manera, de ese gran descuido que tuvimos en un momento en que se marcaba historia con la primera mujer en la presidencia y, en consecuencia, eso iba a generar todas las reacciones que se conocen que genera la primera vez que una mujer llega a un cargo.

¿Cómo incidió la prensa?

La prensa, sin lugar a dudas, contribuyó en ese proceso de asentar los estereotipos de la mujer y el poder. No hay la menor duda, puedo citarle muchas entrevistas que se me hicieron, comentarios que se emitían, era muy típico que la prensa a la hora de informar, en la misma noticia casi que editorializara, cosa que no lo he visto tanto con respecto a otros gobiernos. Era muy típico que se fijara en elementos bastante accesorios.

Recuerdo como introducción a una entrevista que se me hizo, por ahí de los 100 días, se narra algo que parecía absolutamente irrelevante, a menos de que se analice desde el punto de vista de los estereotipos, y es que se narra que en una de las pantallas que hay en mi despacho se está proyectando la telenovela de las 2 de la tarde. Me pregunté a mí misma ¿cuál es la intención de esto? La gente que lo leyó, sin lugar a dudas, sacó la conclusión de que la presidenta, en lugar de tomar decisiones, seguro que está viendo la telenovela. Cuando decían que iba a pasar algunas festividades en mi casa, pero que no iba a cocinar. Cuando llegaban y me decían ‘¿Por qué no podemos pasar a su casa, nos va a recibir afuera?’ Yo les respondía que sí y, entonces, decían ‘¿Será que no le dio tiempo el fin de semana de arreglar la casa?’

Quizás uno de los momentos más difíciles fue cuando un periodista insistentemente le preguntó a un ministro de mi gabinete por qué yo lo protegía tanto. A la cuarta vez que le pregunta, uno tenía derecho a creer que se estaba insinuando algo que tampoco se le ha insinuado a los hombres. Le cuento algo que nadie se ha enterado: mi marido, que siempre jugó un papel muy discreto durante mi presidencia y fue sumamente solidario, por primera vez sí se molestó y eso hizo que le mandara una nota a la directora de ese medio de comunicación, quien reconoció el exceso en ese trato sexista en contra mío. ¿Qué pensaría la gente entonces de por qué yo tomaba las decisiones y dejaba o no dejaba a un hombre en mi gabinete?

Y algo que me llama muchísimo la atención, me recetaron todas las encuestas, yo creo que le habían recetado, antes y por supuesto ahora, en todos los gobiernos en solo esos cuatro años. Yo recibía prácticamente unas ocho encuestas al año, lo cual nos dificultaba mucho también enfrentar la estrategia de comunicación porque, claro, una encuesta prácticamente cada mes y medio enfatizando que lo que había era una caída, por más que estuviéramos subiendo, la gente volvía a ver que había una caída y, eso a su vez, incidía en las opiniones de las personas.

Por primera vez se preguntaron en las encuestas cosas que no se habían preguntado, no solamente que si volvería a votar por una mujer, sino que se insistía muchísimo si yo tenía control, si tenía control del gobierno, del equipo, lo cual no permitía que nos comparáramos con otros gobiernos.

Así que sí, no tengo la menor duda, porque ahí está confirmado, porque ahí están las noticias, porque ahí está el testimonio de que hubo un trato diferente.

Ya pasaron dos años y 10 meses desde que terminó su gobierno, ¿cómo lo evalúa ahora?

En realidad, mi visión de mi gobierno no ha cambiado mucho de lo que siempre fui viendo, más bien me parece que con el paso del tiempo y la perspectiva más balanceada, más objetiva, menos apasionada, eso está haciendo que yo me encuentre con más y más gente que comparte mi visión de lo que tratamos de hacer.

Fue un gobierno valiente, que se compró pleitos a los cuales muchos han demostrado que le rehuyen. El pleito más complejo de todos los que se pueda comprar cualquier presidente es el de la reforma tributaria, no en vano fue que de febrero de 2011 a noviembre de 2011 que mi gobierno cae prácticamente en 45 puntos y, después, fue muy difícil recuperarse.

Fue un gobierno que no le sacó el hombro a las decisiones controversiales, fue un gobierno que dejó mucho sembrado gracias a lo cual hoy se recogen los frutos. Yo estimo que de lo que dejamos sembrado con inversiones y con el avance en sede administrativa –que es lo más complicado– de contratos que se van a ejecutar, prácticamente vendrán dos gobiernos más que van a poder disfrutar de recoger la cosecha de esos frutos.

Fue también el gobierno de la primera presidenta de este país y, en consecuencia, hubo que abrir surco, de lo cual me siento sumamente orgullosa por más difícil que haya sido porque existen sus retribuciones y, lo más importante, es abrir brecha para las generaciones que vienen detrás de nosotros y ahí fue mi mayor bendición. De alguna manera, las congojas y angustias que se vivieron se vieron sumamente compensadas.

Le cuento la siguiente anécdota y creo que ahí está mi mayor contribución a la política nacional, porque logramos romper esos techos de cristal y porque de eso fue testigo toda una joven generación de niñas y de adolescentes que por primera vez se dieron cuenta de que la mujer podía ser capaz de llegar ahí a donde nunca antes había llegado, a donde solamente los hombres habían llegado.

Poquito después de que yo terminara la campaña, dos semanas después de que ganamos entran las escuelas y yo fui a las escuelas y los colegios porque además gané muy bien las elecciones estudiantiles. Los niños siempre estuvieron muy cerca de mi gobierno con el programa de la red de cuido infantil, con el incremento al 8 % al financiamiento a la educación, etcétera, etcétera.

Inmediatamente, yo me fui a hacer un recorrido a las escuelas y los colegios, y cuando yo llegué, las profesoras, los maestros lo que me decían era: ‘Doña Laura, algo cambió y lo hemos sentido en nuestro centros educativos, después de las vacaciones y después de su elección han venido las niñas, en gran cantidad, a querer convertirse en las presidentas de su colegio, de su escuela, en las presidentas de su aula’. Y a lo largo de mi gobierno las seguí visitando y siempre que yo llegaba eran sobre todo las niñas las que levantaban la mano y me decían: ‘Yo quiero ser presidenta’. De algo, no importa qué, pero querían ser presidentas. Me parece que esa fue una linda contribución y valió la pena ese esfuerzo y, por eso también, para quienes dijeron que Costa Rica iba a tener que esperar hasta el siglo XXV o XXVI un gran intelectual de Costa Rica para poder tener una mujer presidenta, rotundamente se han equivocado y estoy convencida de que no serán muchos los años que tendremos que esperar para que vuelva a haber una mujer presidenta en el país.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿Usted cree que cumplió con las expectativas que el votante tenía sobre usted?

Las expectativas de la gente estuvieron sumamente afectadas por la forma en la que la prensa me cubrió. De manera que, el ruido, la bulla que se generó, la distorsión de muchos de los elementos informativos afectaron sin lugar a dudas las expectativas de la gente. Por eso creo que es importante conocer mucho de los trabajos que se empiezan a hacer. Yo espero que vayan saliendo a la luz pública, que se han hecho en otros países, de cómo se han cubierto campañas presidenciales de mujeres y cómo se han jefeado gobiernos por mujeres.

¿No dejó la finca encharralada?

Mire, yo a lo que primero recurro es al cumplimiento de mis principales compromisos con el país. Dije que iba a mejorar la seguridad y lo hice.
Dije que mi principal programa social iba a ser la Red Nacional de Cuido y logramos lanzar un programa hermoso para el país, con un gran incremento en la cobertura para el cuido de la primera infancia.

Dijimos que íbamos a dar una lucha grande por resolver el tema fiscal y la lucha la dimos, sin ningún tipo de temor por las encuestas.

Dijimos que íbamos a seguir con una inserción inteligente de Costa Rica en el mundo y dimos este hermoso paso de ingresar a la OCDE y dejar muy cerquita a Costa Rica de otros foros, como la Alianza del Pacífico.

Dijimos que íbamos a movernos a la proyección de los mares porque la agenda azul era la que estaba descuidada y nos ganamos reconocimientos internacionales, los premios más importantes por protección de los mares.

En fin, puedo seguir citando, esto por no hablar obviamente, la agenda en favor de las mujeres, logramos disminuir en un 70 % los femicidios en Costa Rica. Para mí eso ha sido de lo más importante que hicimos. Hoy las mujeres están volviendo a morir en cifras como las que morían antes de que nosotros llegáramos.

Entonces, veamos los datos duros, no veamos las percepciones porque las percepciones estuvieron sumamente alteradas por la forma en que se cubrió la noticia de mi gobierno, veamos los datos duros, que ahí están, veamos los frutos que se siguen recogiendo en esta administración y que se sembraron durante nuestra gestión y veamos algo que por ahí dijo algún medio, que se publicó muy poco, y es que de los últimos gobiernos, el mío es el que más porcentaje cumplió con los compromisos que asumió de acuerdo con lo que escribimos en el Plan Nacional de Desarrollo.

Pero también hubo cosas que propuso y no cumplió, como el tren eléctrico, por ejemplo.

Sí, pero los temas fundamentales míos los cumplimos. Un presidente en Costa Rica tiene que concentrarse relativamente en pocas cosas, a efectos de poder culminarlas. Ahí, obviamente, muchas otras cosas en las que estamos trabajando y que dejamos caminando. El tema, por ejemplo, de la infraestructura, ahí quedó la agenda lista de financiamiento y de obras avanzadas. La Terminal de Contenedores de Moín fue la principal obra de infraestructura con la que nos comprometimos con el país, la dejamos solamente para que el gobierno que venía, que no creía en ese proyecto, simplemente fuese a poner la primer piedra. ¿Por qué lo hicimos? Por convicción, porque creíamos en esa obra y, por además, le teníamos miedo a que este gobierno echara para atrás esa decisión.

La terminal de contenedores, la carretera Cañas-Liberia, la carretera Sarapiquí-Limón, todo el corredor Caribe Norte, todos los puntos para agilizar tránsito, todo eso es nuestro y claro que se cumplieron, algunos con seis meses de rezago, algunos con un año o dos años de rezago, algunos con tres años de rezago y son los que se están inaugurando hoy.

Pero algunos de esos proyectos tampoco nacieron en su gobierno, sino desde antes.

Sin lugar a dudas, claro, por supuesto, fue una continuidad, la TCM fue un proyecto de ocho años, del cual yo me siento muy orgullosa y algunos sí fueron propios de mi gobierno. Eso es así, yo lo dije en algún momento, y, como sucede en algunas ocasiones, se interpretó mal, yo dije: ‘Nuestro gobierno es mucho lo que va a sembrar y un poco lo que va a recoger’. Porque uno sabe el ritmo de la administración, lo que uno le pide a un gobierno, y en realidad más se debería medir por eso, es cuánto deja sembrado para que los próximos gobierno puedan recoger. No se vale solamente recoger y no sembrar para que los próximos gobierno recojan.

¿Cuál diría que fue su mayor legado?

Insisto en que no hay la menor duda de que el lema de mi gobierno, que fue ‘Hacer de Costa Rica un hogar más seguro’, lo conseguimos, por eso me angustia tanto el ver que nos hemos devuelto en el crecimiento de las tasas de homicidios y femicidios en nuestro país, porque dejamos a Costa Rica con menos crimen violento, afectando la calidad de vida de los ciudadanos.

Pero el otro gran legado es el que yo he mencionado, rompimos esos techos de cristal y dejamos con un sentimiento de gran empoderamiento a las jóvenes generaciones de mujeres. Son las que uno se toma en muchos sitios y por supuesto en la política, luchando y aspirando por llegar a las cimas más altas, ya son mujeres que no se conforman con hacer el trabajo de base en los partidos políticos.

Durante su gobierno desde un principio usted se pronunció en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto y el Estado laico. ¿Fue su gobierno conservador?

Número uno, nunca me expresé en contra del Estado laico, eso es mentira, y esa fue una de las partes peores de cómo cubrieron a mi gobierno. Número dos, en relación con el tema de aborto y en relación con los derechos de la población LGTBI, no he dicho nada diferente a lo que están diciendo hoy los principales precandidatos de varios partidos políticos y a lo que este gobierno está diciendo, es decir, que el aborto efectivamente hay que aceptarlo en casos calificados, con la criminalización y, que, más que matrimonio, lo que se iba a impulsar en el Congreso era el reconocimiento de los derechos mediante las figuras que el Código Civil y las distintas leyes pudieran aceptar. Exactamente lo mismo. ¿Por qué se cubrió distinto? Es algo que todavía me cuesta entender.

¿Siente que la trataron más fuerte?

Sin lugar a dudas, hubo mayor rigor, más escrutinio. ¿Pregúntese cuántas encuestas le han hecho a este gobierno? Tan solo de La Nación, de Unimer, yo tenía cerca de cuatro encuestas al año, repitiendo una y otra vez las mismas preguntas para mi gobierno que no le habían preguntado a los gobiernos anteriores. CID Gallup compitiendo con ellos y muchas otras más. ¿Cuántas se encuestas se han hecho durante este gobierno? No tengo la menor duda de que hubo más escrutinio, más rigor y, obviamente, eso en el fondo lo que está expresando son las dudas que tienen de si uno será capaz o no. Solamente por el hecho de ser una mujer.

Poco antes de que usted dejara la presidencia, yo le pregunté que si analiza una reelección en el futuro, y usted me respondió con un no rotundo. ¿Sigue manteniendo ese no categórico?

No, no, no. Dentro de mis planes tengo muchas otras cosas y la política se limita a hacer todo lo posible por brindar apoyo a mujeres y jóvenes para que puedan avanzar con el mayor éxito posible. Así lo he estado haciendo cada vez que paso por el país, me reúno con jóvenes, con mujeres, cada vez que ha habido alguna campaña las he acompañado a llevar su mensaje adelante y ese es mi plan. Una vez que pase la campaña electoral de este año, pretendo fundar en el partido, ya con más formalidad, programas de acompañamiento que le ayuden a la mujer a construir un liderazgo todavía más competitivo, todavía más efectivo, aprendiendo precisamente de mis lección.

¿Pero volver a la casa de los sustos, como le decía Abel Pacheco a la Presidencia, jamás?

La política, para quienes tenemos vocación, pero más que la política, el servicio público es hermoso. Si yo guardo en mi corazón y en mis recuerdos experiencias hermosísimas y además, que de verdad nunca me eché para atrás en nada, recuerdo que hasta el último día de mi gobierno sacaron de contexto y quisieron malinterpretar cuando me preguntaron que si me sentía aliviada, pues claro, pero era esa sensación de estar aliviada porque yo salía, independientemente de lo que dijeran las encuestas, yo salía convencida de que si algo no podían decir de mí es que no había sido una mujer luchadora, que nunca me había echado para atrás y que nunca le había echado la culpa a nadie de mis pifias. No le eché la culpa a nadie de mis pifias, porque lo hice con valentía, asumiendo a profundidad la responsabilidad que tenía; entonces, me sentía segura de que había sido una mujer, desde ese punto de vista, ejemplar, porque había dado las luchas sin lloriquear, o echándole la culpa a los demás como algunos varones sí lo han hecho.

Y segundo, porque salía con la conciencia tan tranquila de que lo había hecho con honestidad, como se comprueba muchos años después, y creo que pasaremos a la historia por ser uno de los gabinetes en donde no tuvimos ni siquiera un ministro que llegara a ser acusado por una acto irregular. Sí denunciados, todos los que usted quiera, pero no nos acusaron y mucho menos llegamos a un juicio.

Yo me sentía aliviada por esas consideraciones, pero lo quisieron presentar como ‘ah, la pobre mujer que tanto sufrió y que se pasó llorando, y que los hombres tuvieron que estar manipulando para que saliera adelante, pues finalmente se libera de esa carga’. Entonces, le digo, yo hago planes a futuro, no es simplemente porque le tenga miedo a volver a enfrentar nuevamente una experiencia como esa, en absoluto, es porque simplemente tengo, además, el derecho como mujer a escoger lo que quiero hacer adelante, como siempre lo hice, y dentro de mis elecciones las prioridades son en este momento mi familia y mi futuro profesional, que lo estoy disfrutando ahora.

14 de marzo del 2017. Santa Ana. Retratos de la expresidenta de la Repúlbica Laura Chinchilla en su residencia. Foto: Albert Marín.

¿Cómo la trata la gente ahora?

La gente siempre me trató bien, algo que para mí también es todavía difícil de comprender es por qué en la antesala de muchos eventos públicos, algún medio en particular televisivo iba creando un clima tan espantoso. Por supuesto que basado en gente que no me quería, los sindicatos y los partidos de izquierda, que eran los que se movilizaban a hacerme escándalo y, entonces, querían dar a entender que era todo el pueblo, pero eran esos grupos los que se movilizaban. Yo salía con muy poca escolta, con muy poca protección, y la gente me recibía bien.

Lo que ha sucedido ya en estos últimos años es que la gente me ve con más normalidad, al principio me iba a hacer compras donde antes iba mi esposo y entonces la gente me paraba más de la cuenta, de manera que al hacer las compras en lugar de durar media hora, me tomaba una hora o más, porque alguna gente me preguntaba de mi experiencia en gobierno, alguna gente se tomaba algunas fotos, algunos querían hacerme ver algo que me hubiese servido y que no hice, darme algunas lecciones con muy buena intención. Ya la gente me ve con mucha normalidad, ya me he convertido en una más y creo que eso es algo hermoso en nuestro país, la gente nos vuelve a ver con normalidad a los expresidentes.

¿Cómo cambió su vida la presidencia? ¿Cuán diferente es ahora?

En el ser humano que soy, esencialmente, yo sigo siendo la misma Laura que conocieron cuando tuvo su primer cargo en la función pública, que fue un puestico bastante modesto en el Ministerio de Planificación hasta la presidenta que fui.

Sin ninguna dificultad de regresar a la llanura –porque me habían tildado mucho en eso–, sin haberme mareado por las cimas del poder, sintiéndome muy a gusto con quien yo soy, con mis propias circunstancias y con una conciencia muy tranquila, lo que es claro, es que he acumulado mucho más conocimiento.

Cuando me preguntan en qué consiste eso de la política, digo que es la mayor escuela de antropología que uno pueda tener, el conocimiento del ser humano se da de la manera más descarnada. Vemos todo tipo de actitudes, desde las más nobles hasta las más mezquinas, y creo que ese conocimiento me hace hoy un ser humano mucho más completo, pero además, toda esa experiencia que acumulé la pude incorporar en mi ser para que más bien me alimentara con energías más positivas, si algo no guardo en mí es amargura o rencor. Nunca me tomé las cosas a título personal y siempre creí que detrás de cada experiencia, por más difícil que fuese, había una oportunidad de aprendizaje.

Pero digo, ¿cómo amoldarse, ya no tener a tanta gente encima, a la prensa?

A mí lo que me costó fue frenar mi ritmo de trabajo. Yo puedo decir que tres años después, hasta ahora, estoy empezando a aprender de que si de pronto me despierto en la noche, no es porque hay algo que me esté sobresaltando, de que si de pronto me pude quedar durmiendo un poquito más no es porque le estoy quitando responsabilidades a mis obligaciones, o disminuyendo mis responsabilidades, de que perfectamente tengo derecho a quedarme un rato más haciendo sobremesa con amigos o con la familia, o que puedo pensar en gastar de pronto en un viaje sin preocuparme por cómo esos recursos se vayan a ver, si me llevo a mi esposo, que casi nunca viaja conmigo. En fin, no es sino hasta ahora. Me costó mucho bajar el ritmo y estar casi a la defensiva por la forma en que pudieran interpretarse las cosas que estaba haciendo. Vivo con mucha mayor tranquilidad.

Los rostros de las mujeres en la dictadura

Yolanda Aguilar Urizar tenía 15 años cuando fue detenida por la Policía Nacional en frente de la Torre de Tribunales. Ocurrió un día de 1979, mientras repartía volantes del movimiento popular, contrario al sistema dictatorial militar que imperaba en Guatemala.

El padre de Yolanda, muerto en 1975, había sido dirigente de la Democracia Cristiana Guatemalteca, y su mamá, América Urízar, trabajaba, en aquel entonces en la asesoría jurídica de la Central Nacional de Trabajadores (CNT); en 1983 fue desaparecida por el régimen.

Cuenta Yolanda que entendió la gravedad de la situación sólo cuando fue llevada en un carro de la Policía Judicial, amarrada de manos y pies, desnudada y golpeada duramente. El trágico relato de las violaciones y las torturas que destruyeron su frágil dignidad de adolescente en la sede de la temida Judicial, está contenido en el Informe del Proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica: Guatemala Nunca Mas, entre los miles de testimonios de la política de represión social que los gobiernos de la época impulsaron para someter a los guatemaltecos que protestaban contra el sistema, callarlos y dominarlos, imponiendo el poder del miedo y de la impunidad.

Después de días interminables de calabozo, capucha de gamezán y todo tipo de abusos, Yolanda quedó embarazada y durante meses ciega. Antes de que la liberaran, Yolanda pasó dos semanas en un centro de menores, en donde la directora, de apellidos Porta España, permitía que se reprodujeran las mismas dinámicas de violencia y maltratos que imponía la Policía en las calles y en los centros de detención; favorecía la promiscuidad sexual entre niñas y adolescentes “utilizadas” por el personal adulto del centro. En ese lugar, Yolanda conoció a chicas drogadictas y alcohólicas que entraban y salían del establecimiento y que se habían vuelto colaboradoras de la directora, informantes de lo que sucedía afuera de la casa.

Ahora, más de 35 años después, y tras un largo y lento proceso de sanación gracias al que logró trascender su experiencia desde la mirada de víctima a la de sobreviviente, Yolanda recuerda que lo sucedido en el centro de menores, después de las torturas de la Judicial, fue un aviso para ella y para todas las detenidas: “Si salís de aquí, no vas a poder contar nada de lo que pasó”. Entendió que las condiciones sociales de ese entonces estaban preparando el terreno a la política de terror de Estado de los años ’80; que la represión policíaca se endurecía más, y que ninguna persona, aunque fuera una niña o una adolescente, hubiera podido considerarse a salvo de la violencia arrastrante de los gobiernos militares.

Rosa Amalia Juarez S/a Hurto Agravado

En la actualidad, el Archivo Histórico de la Policía Nacional conserva tres antiguas recopilaciones de fotos carné de mujeres detenidas desde los años 60, cuyo nombre, “Álbum fotográfico de delincuentes”, resume la campaña de represión indiscriminada que el Estado perpetuó en contra de la población para mantener el orden y la seguridad por las calles de Ciudad de Guatemala. Entre sus páginas desgastadas por el paso del tiempo, se descubre que muchas mujeres fueron detenidas, agredidas y abusadas, por todo tipo de motivos, no sólo políticos: desde los insultos al hurto, los malos tratos, la violación de correspondencia, el fraude al fisco, la indocumentación, la prostitución, y por medidas de seguridad, en el caso de militantes de sindicatos u organizaciones guerrilleras.

Rosa Estela Zuniga B. posera indocumentada

Después del relato de Yolanda, es fácil imaginar que no todas de estas acusaciones fueran fundamentadas y que, probablemente, la razón de la detención correspondía más a un deseo de venganza, humillación o abusos sexuales sobre mujeres que, en su mayoría, tenían orígenes humildes y, por eso, eran altamente vulnerables frente a la imposición de la fuerza promovida por el Estado y ejecutada por sus representantes.

 

En esta galería de rostros jóvenes, viejos, despeinados, arreglados o maquillados, destacan muchas, demasiadas, caras de niñas y adolescentes denunciadas por prostitución, consumo de drogas, hurto y por medidas de seguridad. Se sabe, en la mayoría de los casos, sus nombres y, muchas veces, la acusación que las llevó frente a un oficial, pero no se sabe nada de su liberación.

Tal vez, la campaña de seguridad del Estado se pueda justificar bajo explicaciones coyunturales, pero la detención e menores de edad tachadas de acusaciones tan graves evidencia la horrible falta de un Estado ciego frente a su pueblo, drogado por el afán de imponer el miedo como única forma de control social.

 

 

En ese 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, recordamos a estas niñas, adolescentes, mujeres inocentes que, esperamos, sobrevivieron a los abusos de sus vidas complicadas, a las detenciones y la violencia, esperando que cada una de ellas tuviera la suerte de ser liberada y la fuerza de Yolanda que, durante las torturas más indignantes que se abatieron sobre su cuerpo, nunca dejó de resistir gracias a una única convicción: “Pensé en mi mamá. Yo sabía que lo que yo había hecho lo hacía porque creía en eso, pero para mí el modelo ideal de ser humano era mi madre, era la mujer que me había enseñado por qué hacíamos todo eso, que me había enseñado a luchar por la vida y que me había enseñado que si uno se metía a estas cosas, tenía que ser valiente, pero valiente no en términos de que yo soy la heroína, sino en términos de que la vida valía la pena vivirla”.

 

Maternidad en el encierro

Irene habla poco. Es tímida y casi todas sus respuestas se componen de frases cortas. ¿De dónde sos? “De Desamparados”. ¿Qué edad tenés? “En enero cumplí 16”. ¿Te veías siendo mamá? “Al principio no, pero pasó. Diay, lo que Dios quiera”.

Es el último día del curso prenatal en la Clínica de Santo Domingo de Heredia y las mujeres embarazadas del grupo decoran el aula. Unas letras en cartulina pegadas a la pared forman una palabra: “bienvenido”. Hoy todas se “gradúan”, pero la celebración no es para ellas.

Irene se sienta y escucha con atención a Ana Lucía García, enfermera obstetra y coordinadora del Programa de Salud de la Mujer en el centro médico. Algunas mamás del curso se acompañan de sus parejas; otra adolescente embarazada lleva a su mamá. Irene no.

Su compañía durante estos siete lunes no siempre ha sido la misma, pero usa el mismo uniforme: botas negras, pantalón verde oscuro y una camisa beige con un escudo. Centro de Formación Juvenil Zurquí, se lee en él.

El baby shower sorpresa del cierre lo planearon para la única integrante que no lo tendrá afuera de esas cuatro paredes. “Uno como mamá se asusta y le da mucho miedo, pero usted lo va a lograr… porque está luchando”. Ana Lucía le habla a la joven y ella asiente. “Eso es algo de admirar”.

Irene tiene 35 semanas de gestación, 16 años, dos tatuajes en sus brazos, muchos regalos por abrir y una condena que se encuentra pagando en el único centro penitenciario para menores del país, ubicado en San Luis de Santo Domingo. Se ve frágil, casi inofensiva. Deja escapar su retraída risa de vez en cuando. Es –casi– una niña… que le dará vida a otro niño.

Antes de entrar al centro, nunca se imaginó que ella y su hermana –de 17 años– caerían presas juntas por el mismo delito. Tampoco tenía idea de que iba a ser mamá. Tenía temor, cuenta. No sabía para dónde iba. “Ya perdí el miedo”, me dice. “El Zurquí es tranquilo”.

“Me hicieron una prueba de sangre y ahí salió que estaba embarazada. Yo no sospechaba nada”, agrega. Con el papá del niño ya no tiene contacto. “Él andaba conmigo, pero cuando yo entré al centro yo corté con él. Yo dejé las cosas así pero yo no sabía que estaba embarazada”.

El curso le ha ayudado mucho. “Al inicio yo no sabía nada de ser mamá y esas cosas. Me sentía muy asustada de ver a todas las personas y yo siendo menor de edad”.

—¿Te daba miedo que supieran que eras privada de libertad?

—No, eso no.

Avance institucional

“De las dos chicas madres que tenemos acá, una no tiene mucho de ser privada de libertad, pero enfrenta una sentencia importante”, asegura Kattia Góngora, directora del centro penitenciario Zurquí. “Va a implicar que se separe de su bebé por varios años. La otra enfrenta una sentencia muchísimo más corta y ya tiene avanzado un período”.

Irene es una de las 13 mujeres menores de edad del centro penal –popularmente conocido como la cárcel de menores– compuesto actualmente por unos 115 jóvenes. De ellas, siete viven (en distintas formas) la maternidad en el encierro.

Los bebés de dos de estas madres fueron declarados en abandono y puestos en adopción; Karen (de 17 años) es la única que vive con su hijo de un año en su dormitorio; Irene hará lo mismo después de dar a luz y el resto ha buscado apoyo familiar afuera para hacerse cargo de sus hijos en libertad.

“A los tres años de edad del niño, ellas enfrentan el paso amargo de pensar qué va a pasar con ese bebé. Eso depende de afuera, no de lo que ellas hayan avanzado aquí”, agrega Góngora. “Ellas pueden estar súper preparadas para que continúen con su bebé, sin embargo, al cumplir tres años, vuelven a ‘el afuera’. Hay dos posibilidades: si hay una familia con la que cuentan y las apoyan, los bebés van ahí. Si no tienen apoyo o la familia recursos, el bebé puede ir a un albergue. Es el dilema diario que enfrentan las mujeres privadas de libertad”.

Tanto para el centro como para la clínica de Santo Domingo, el caso de Irene es histórico y es un avance que los llena de orgullo. Por primera vez, una joven privada de libertad recibe un curso de preparación para el parto afuera de la cárcel.

“El centro ha tratado de todas maneras que ella lleve su embarazo de la forma más positiva posible”, asegura Góngora. “Nosotros tenemos lo que nadie quiere tener: la gente que ha hecho daño y que ha cometido delitos. Es muy complicado, porque el hecho de que las personas cometan delitos no los excluye de tener derechos: a la educación, al trabajo, a la recreación, a convivir, a vincularse con otras personas. Todos esos son derechos que ni siquiera son discutidos: deben ser”.

Para Ana Lucía García, enfermera que ha liderado todo el proceso del curso prenatal, esta iniciativa del centro es de aplaudir.

“Muchas veces a los privados de libertad se les violan sus derechos y la salud es uno de ellos. Yo desconozco qué fue lo que hizo la muchacha. No le voy a preguntar ni me interesa. Es una adolescente que tiene derecho a venir a un curso y que tiene derecho a prepararse para ser mamá”, dice García.

Elizabeth Díaz, mamá integrante del curso en la clínica, coincide. “Me llena mucho de gozo ver que le están dando una segunda oportunidad, no solo a ella, sino también al bebé. Ella está pagando una condena por un error que cometió, pero el bebé no tiene por qué pagar las consecuencias”, asegura. “Que ella esté disfrutando con nosotras y compartiendo me da mucho gusto. A una persona no se le tiene que castigar dos veces. Ya a ella la castigaron una. ¿Por qué hacerlo de nuevo junto a su bebé?”

La práctica indica que todas las salidas de privados de libertad deben ser autorizadas por un juez, sin embargo, en temas de salud, la autorización la puede dar el mismo director del centro, como sucedió en este caso.

“Desde el concepto de salud integral de la Organización Mundial de la Salud, unido con los objetivos de la justicia penal juvenil –que siempre trata de promover la reinserción social–, (la salida de Irene) se justifica”, dice Sofía Elizondo, trabajadora social del Zurquí. “Para ella este proceso fue fundamental, no solo en su condición como madre, sino en la posibilidad de conectar con gente diferente”.

Para ella, agrega Góngora, dentro del contexto socioeconómico en el que se ha criado, estos espacios sociales positivos no son lo normal. La dinámica es otra.

“El proceso para ellas es doblemente pesado”, añade Elizondo. “Ya son madres adolescentes, que eso ya es una causa de vulnerabilidad. Pero son madres adolescentes en condición de privación de libertad. Algunas sin redes de apoyo fuertes, con un montón de situaciones lo emocional que hay que revisar, con condiciones económicas muy desfavorables en algunos casos; otros con historias de vidas muy dolorosas y llenas de abusos y abandonos”.

“Es un camino que estamos recorriendo con mucho temor, pero con mucha motivación hacia una construcción lo más cercana al respeto de los derechos humanos de ambos menores”, agrega.

Irene tiene mandalas (dibujos circulares, propios del hinduismo) coloreados pegados en la pared de su dormitorio y tres atrapasueños que hizo en la clase de bisutería. Tiene al lado de su cama la compañía de su hermana. Tiene además, en su vientre, un niño que ya está por nacer.

—¿Ya te sentís preparada para ser mamá?

—Sí.

—¿Ya querés que nazca?

—Sí.

Maternidad tras las rejas

Karen habla mucho. Es desinhibida y casi todas sus respuestas se componen de largos testimonios.

“Cuando el OIJ me detuvo lo hizo muy groseramente”, recuerda. “A mí algo me dijo que me cuidara porque seguro estaba embarazada. Ya yo lo sospechaba. Me tiraron al carro y las muchachas me dijeron: ‘eso es lo que todas dicen’. Le dijeron a la fiscal y la fiscal me mandó a hacerme una prueba de sangre en la noche y salió positivo”.

Karen tiene dos años de ser privada de libertad. André, su bebé de año y un mes la sigue por donde vaya. Aún no habla, pero ya camina. Cuando cumpla tres años, la mamá de la Karen se hará cargo de él.

“Fue una mezcla de sentimientos”, dice la joven de 17 años. “Yo quería ser mamá, pero no quería ser mamá encerrada. Para mí es muy duro que él quiera salir (del dormitorio) y yo no pueda sacarlo. Tengo que pedir un permiso y no siempre me lo dan”.

Una de las grandes preocupaciones que enfrenta el Zurquí es que, a diferencia de la cárcel femenina El Buen Pastor, este centro no cuenta con una casa cuna. Las menores embarazadas deben compartir su espacio con sus bebés.

“Karen es una chica que debe tener a su bebé 24 horas. Tiene que estar agotada. No tiene la posibilidad de decir: ‘voy a llamar a mi suegra para que me lo cuide’ o ‘voy a decirle a mi hermana que me lo recoja para yo ir al supermercado’”, dice Góngora. “Nuestra meta es empezar a construir la sección femenina con énfasis en una casa cuna pequeñita. Ya están los planos y el terreno. Lo que no hay es toda la plata. Es un proyecto caro”.

Con un inevitable tono maternal, la directora dice entender el dilema ético al que se enfrentan todos los días.

“Si la madre está privada de libertad y el bebé está con ella, estamos limitando de alguna manera también el tránsito del bebé. Sin embargo, el interés superior del bebé es lo principal y se valida la posibilidad de que él esté con su mamá”.

El dormitorio de Karen mide unos 3 metros cuadrados. Ese espacio reúne una pila, una cama, un baño, una cuna y varios juguetes en el suelo. Cada detalle, cada carta, cada papel de chocolate lo guarda en una gran bolsa de tela que nos muestra con detalle.

“Esto fue de cuando bebé cumplió un añito”, dice mientras nos enseña un gorro de cartón. “¿Sabe qué? Ese fue uno de los días más difíciles para mí… legal. Lo esperé mucho, mucho tiempo. Ese día no era un día de visita. Lo que yo menos me imaginé era que una oficial le pidiera permiso a los jefes para hacerle una fiestita. Fue como… uf, mae”, dice Karen.

“Es una realidad muy dura”, agrega la directora. “Porque es: no solo estoy privada de libertad, no solo tengo que lidiar con todas las emociones que significa ser adolescente. Ella es un fracaso social… está encerrada. Debería estar en el colegio con sus amigas. Pero además de eso, es mamá con todos los controles encima”.

En Costa Rica, hace dos o tres años, el número de mujeres menores privadas de libertad se contaban con los dedos de una mano. Trece es un número anormalmente exorbitante. Sus pronósticos indican que irá en aumento (en un país como El Salvador, sin embargo, ese número es casi 80).

“Están en lugares que no son adecuados”, asegura Góngora. “Deberían tener un jardín para salir, un patio donde tomar el sol a cualquier hora, pero están en lugares que no fueron hechos para contener población. Hemos estado luchando para construir una sección femenina, pero es difícil… nadie quiere invertir en el sistema penitenciario”.

Lo mismo apunta Sofía, la trabajadora social. “Si este centro no estuvo pensado para tener mujeres, mucho menos para tener mujeres con sus bebés. Lo que estamos apostando es estar muy unidas con el equipo técnico de El Buen Pastor para hacer un proyecto lo más parecido posible, con condiciones mucho más limitadas”.

Libertad a medias

Michelle tiene 21 años y una niña de cuatro años y siete meses. La ve cada 15 o 22 días, cuando su mamá se la lleva al centro.

“La primera vez yo caí aquí en 2012, ya embarazada. Solo estuve un mes”, cuenta a través de una verja de metal. “Salí y tuve mi hija afuera. Después de año y medio me hicieron el juicio y me sentenciaron”.

En ese momento, no se permitía la presencia de bebés en el centro. “Tampoco era justo que ella estuviera en un lugar así con uno. Yo cometí mis errores cuando era joven. Todavía era una chiquilla, no sabía lo que hacía”, dice con una voz pausada. “Yo acepto mis errores, tampoco los voy a negar”.

A Michelle le queda poco tiempo para reencontrarse con su libertad. Quiere hacer trámites para que una vez afuera, pueda seguir estudiando en el centro. Empezar de nuevo afuera sería un reto complicado.

“Cuando veo a mi hija es una felicidad, pero cuando se va es muy difícil. No la puedo ver crecer cada día que pasa”, dice. “Yo he sufrido mucho. Me hace mucha falta. Gracias a Dios ella está bien con mi mamá”.

Cuenta los días para volver a ser libre. “Las mujeres jóvenes que anden en cosas raras, legalmente esa vara se para. Tal vez la gente que está afuera no entienda, pero la libertad es lo mejor que puede haber en esta vida”.

Cerca de un tercio de los menores privados de libertad no reciben visitas. Muchos de sus familiares son también privados de libertad en otras cárceles o por sus limitados recursos se les complica transportarse.

“Los adolescentes del centro, lo que tuvieron en ‘el afuera’ fue una pérdida de controles y de límites. La calle no les pone límites. Aquí tienen que vivir con ellos y eso es un reto”, expone Góngora.

“No hay forma de ver esta situación sin que sea compleja. La sociedad quiere ver estas situaciones solo en blanco y negro: cometió un delito, que vaya a la cárcel. Nosotros no podemos dejar de ver la humanidad jamás”.

Karen está sacando noveno año, aunque arrastra materias de octavo. Cuando vamos de salida, me entrega una carta. “Soy ser humano y, como tal, cometo errores. Pero también tengo derecho a una segunda oportunidad. Deseo salir a la sociedad y que no me señalen. Más bien, que mi experiencia sirva de ejemplo para otras mujeres”.

—¿Tenés planes para cuando estés afuera?

—Ay sí, mujer. Mire. La cuestión está así: salgo y quiero vivir sola. Voy a trabajar de día y estudiar de noche. Quiero ser maestra de español, si Dios quiere. Es como romper una cadena de una familia que va así… lo que yo menos quiero es venir a visitar aquí a mi hijo.

Cerca de un tercio de los menores privados de libertad no reciben visitas. Muchos de sus familiares son también privados de libertad en otras cárceles o por sus limitados recursos se les complica transportarse. “Los adolescentes del centro, lo que tuvieron en ‘el afuera’ fue una pérdida de controles y de límites. La calle no les pone límites. Aquí tienen que vivir con ellos y eso es un reto”, expone Góngora. “No hay forma de ver esta situación sin que sea compleja. La sociedad quiere ver estas situaciones solo en blanco y negro: cometió un delito, que vaya a la cárcel. Nosotros no podemos dejar de ver la humanidad jamás”.

Las muertas que no se ven, el limbo de los feminicidios

Perla Vega, de 30 años de edad, fue apuñalada hasta morir, por Juan Carlos Cristerna, en mayo de 2012. Aunque en la entidad de Sinaloa el feminicidio ya estaba tipificado como tal, el presunto asesino quedó en libertad en menos de dos años. ¿La razón? El juez calificó el hecho de homicidio, no de feminicidio (“eran ex novios”) y alegaron tortura en contra de Cristerna, por lo cual fue liberado.

En México, cada día son asesinadas entre 6 y 7 mujeres y solo dos de cada diez crímenes de este tipo son reconocidos como feminicidios, lo que significa que los más de ocho mil asesinos pueden salir libres en poco tiempo, tras cometer el delito.

Entre 2012 y 2015, las procuradurías estatales reportaron al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) 10 mil 203 homicidios de mujeres en todo el país, mientras que en la información entregada para esta investigación, las mismas autoridades reconocieron en el mismo periodo ocho mil 555 asesinatos. Es decir, reportaron mil 648 homicidios menos, que equivale a una diferencia de 19 por ciento.

En el primer semestre del año pasado fueron asesinadas en forma violenta otras mil 26 mujeres en el país.

Casos como los de Perla han quedado en el limbo jurídico por los vacíos que hay en la ley, lo que ha provocado que, durante los últimos cuatro años, los responsables de asesinar de manera violenta a miles de mujeres –incluso descuartizadas o asfixiadas- no siempre sean procesados y, en su caso, castigados con hasta 70 años de prisión por feminicidios.

En este momento, quienes asesinan a mujeres a golpes o a cuchilladas, podrán obtener una pena menor –entre 20 y 25 años de cárcel- si por ejemplo alegan haber sufrido “una emoción violenta” por celos o enojo incontrolable.

No importa la saña con la cual hayan perpetrado esos crímenes. Las procuradurías y fiscalías en México sólo han juzgado como feminicidios a 1 de cada 5 asesinatos de mujeres. Un ejemplo radical ocurre en el estado de Tamaulipas, donde de enero de 2012 a junio de 2016 fueron encontrados los cuerpos mutilados de 50 mujeres, y ni uno sólo de esos casos fue juzgado como feminicidio.

Los vacíos legales y la falta de unificación en el concepto legal de violencia de género han permitido que menos del 20 por ciento de los asesinatos violentos contra mujeres sean reconocidos como feminicidios, revela una investigación de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), en colaboración con la plataforma CONNECTAS y el Centro Internacional para Periodistas (ICFJ, por sus siglas en inglés).

En la investigación se solicitó a cada una de las procuradurías y fiscalías de los 32 estados, el número de homicidios dolosos violentos contra mujeres, y se pidió especificar la causa de la muerte, así como si los cuerpos tenían rastros de violencia sexual, mutilaciones y quemaduras.

Las autoridades estatales reportaron que de enero de 2012 a junio de 2016 habían sido asesinadas en forma violenta en todo el país 9 mil 581 mujeres, pero sólo mil 887 de esos crímenes fueron tipificados como feminicidios, que equivalen al 19 por ciento.

Con base en estos informes oficiales, al menos 7 mil 694 mujeres que fueron asesinadas a balazos, descuartizadas, violadas, asfixiadas o golpeadas hasta morir, no fueron reconocidas como víctimas de feminicidios.

En el análisis de datos se identificó que algunas procuradurías o fiscalías tienen un subregistro de homicidios de mujeres; es decir, reportaron menos crímenes de los que en realidad ocurrieron.

Uno de los estados con subregistro de crímenes es el Estado de México. Según las cifras reportadas al Inegi, entre 2014 y 2015 ocurrieron 770 homicidios de mujeres, en tanto que los informes entregados a MCCI sólo reconocieron 586 mujeres asesinadas, es decir, 31 por ciento menos.

Vacíos legales

Aunque la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia explica que la violencia feminicida es la forma extrema de violencia de género contra las mujeres, en México no existe uniformidad en lo que se entiende por feminicidio.

El Código Penal Federal establece siete circunstancias clave que indican la tipificación de un feminicidio: Los signos de violencia sexual, lesiones o mutilaciones, los antecedentes de violencia, que hayan existido una relación entre la víctima y el victimario, las amenazas o agresiones previas al asesinato, que la víctima haya sido incomunicada y que el cuerpo haya sido expuesto o exhibido en un lugar público.

Pero solamente 11 de las 32 entidades, es decir apenas una tercera parte de los estados del país, han incorporado esas causales a sus códigos penales: Coahuila, Chiapas, Estado de México, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Nayarit, Sonora, Tabasco, Veracruz y Yucatán.

Esto explica por qué en Coahuila se especifica que una relación sentimental, laboral de confianza o consanguinidad entre la víctima y el victimario son indicativos de feminicidio, mientras Campeche no lo reconoce así.

Los signos de violencia sexual y las mutilaciones son el único indicativo uniforme en todo el país. Pese a eso, las procuradurías y fiscalías descartan como feminicidios a homicidios que presentan estas características. Un ejemplo es lo que ha sucedido en Tamaulipas.

Karla Micheel Salas, abogada y directora de la Asociación Civil Grupo de Acción por los Derechos Humanos y la Justicia Social, ha trabajado concretamente en el tema de violencia feminicida. Sus estudios la han llevado a concluir que, si en México no se reconoce la gravedad de los feminicidios, es porque el Gobierno Federal mantiene una negación ante la violencia de género.

Una de las principales causas de que los feminicidios en México sean tipificados de manera distinta en una y otra entidad, se debe a los códigos penales, los cuales siguen sin ser uniformes en la figura del feminicidio y sin modificar los apartados que permiten que los feminicidas no cumplan con las sentencias acordadas para este crimen.

La violencia extrema contra las mujeres se ha extendido a medio país. En peticiones de información realizadas para esta investigación, 15 estados reconocieron tener 107 casos de mutilaciones, el 65 por ciento de las cuales han sido decapitaciones.

La estadística completa de este tipo de crímenes no fue posible obtenerla, porque algunos estados, como Aguascalientes y Durango, declararon como información reservada los casos de mutilaciones, mientras que Quintana Roo, Puebla y Chihuahua se negaron a informar las causas de los homicidios de mujeres.

Si las circunstancias para tipificar un crimen de género fueran respetadas, tal y como aparecen en cada uno de los Códigos Penales locales y en el Código Penal Federal, o si la violencia con la que fueron asesinadas las mujeres hubiera tenido una mayor relevancia, en México habría por lo menos el triple de feminicidios de los mil 887 que reconocen las autoridades.

Juzgar la muerte violenta de una mujer como homicidio común, deriva en impunidad.

Un feminicida puede recibir un castigo de hasta 70 años de cárcel en algunos estados -como Morelos- pero si el asesino alega que el crimen lo cometió bajo un estado “de emoción violenta” (que también se conoce como crimen pasional), la pena se puede reducir a sólo una cuarta parte.

Así lo determinan, hasta la fecha, 17 códigos penales en el país, incluyendo al de la Ciudad de México.

En números absolutos, el Estado de México ocupa el primer lugar nacional en asesinatos de mujeres, con 396 casos ocurridos en 2015.

Sin embargo, en cuanto a número de habitantes con relación a los asesinatos de mujeres, Guerrero fue ese mismo año el estado con la mayor tasa de crímenes de género, con 12 casos por cada 100 mil mujeres.

Acapulco, destino turístico de prestigio internacional, no escapa de las estadísticas a la alza en feminicidios. Ocurrieron 74 asesinatos de mujeres en 2015, lo que representó un caso por cada 9 mil habitantes, es decir, una tasa del doble de la presentada en Guatemala y el triple de la registrada en El Salvador.

Por eso, ya no es extraño encontrar decenas de páginas en las redes sociales que piden justica para Perla, Gaby, Diana, Imelda, Paulina y más nombres que figuran entre el gran listado de páginas que existen en sitios como Facebook y Twitter.

Los familiares de las víctimas piden justicia y cada vez confían menos en las autoridades. Los feminicidios en México aumentan, aunque oficialmente permanecen en la sombra.

19,000 niños enfrentan penurias para educarse en escuelas unidocentes

Entre febrero y diciembre, Jéssica Quesada se levanta, todos los días, a las a las 5 de la mañana para ir a la escuela. Tiene 12 años y vive en una casa construida con tablas de madera, donde el único cuarto lo comparte con su hermana Ángela y su mamá.

Luego de desayunar se mete a un improvisado baño afuera de su casa, donde una gran bolsa negra sirve de cortina y un palo de madera es el gancho para colgar la ropa.

Ya con su uniforme puesto emprende camino hacia la escuela unidocente de Flor de Islita, en Puntarenas. Ahí todos los niños –desde primero hasta sexto grado– comparten la misma aula, el horario y un mismo profesor.

La historia de Jéssica es similar a la que viven otros 19,132 niños que asisten a una de las 1,475 escuelas unidocentes del país, ubicadas casi en su totalidad en la zona rural. Estos centros son el 36 % del total nacional (4,107) y tienen entre uno y 30 alumnos.

Los niños enfrentan una serie de penurias para estudiar que van desde las económicas en su casa hasta falta de internet, libros y útiles en sus escuelas, cuya infraestructura, a veces, está en mala condición.

El trabajo también es parte de sus vidas. Después de clases, Jéssica dedica sus tardes a buscar carnada para pescar; lo hace para que su madre la venda a los pescadores del puerto, en Puntarenas.

En esa tarea, no pocas veces el sol le quema la piel o se expone a la “picadura” de una mantarraya. A cambio de todo ese esfuerzo, la familia recibe un pago mínimo para sostenerse.

El esfuerzo de estos 19,132 niños no siempre es compensado. Materias como arte, educación física o inglés están ausentes de algunos de estos centros.

Así, mientras la cobertura de ese idioma es del 89 % a escala nacional, apenas llega al 26 % de las escuelas unidocentes, donde solo 290 profesores imparten lecciones de esa materia.

El Ministerio de Educación (MEP) no suministró datos sobre el alcance de las otras dos materias, pero su jerarca, Sonia Marta Mora, afirmó que la brecha en inglés debe de reducirse.

“Hemos contemplado alianzas con el Cuerpo de Paz, con voluntarios y organizaciones no gubernamentales. También con la Embajada de Estados Unidos y el Centro Cultural Costarricense Norteamericano”, dijo Mora.

Cuando llegan a la escuela de Santubal, todos los estudiantes pasan al comedor antes que a las aulas. Así, el profesor se asegura de que todos los niños vayan a clases bien desayunados.

A las escuelas unidocentes también les faltan libros que se ajusten a su entorno, una advertencia hecha por el Informe “Estado de la Educación”.

“A estos niños hay que enseñarles a valorar su realidad, sino llegan a lo urbano y lo sienten como un mundo prototípico, en el que deberían de estar inmersos”, advierte Claudio Vargas, encargado de la sección de escuelas unidocentes de la Universidad de Costa Rica.

En ese sentido, su educación también debe considerar que trabajan en el campo y, por lo tanto, carecen de tiempo para hacer tareas fuera del aula.

“En las zonas lecheras, por ejemplo, los niños se levantan en la madrugada, con los papás, para ordeñar a las vacas. Posteriormente, cuando regresan a su casa también se quitan el uniforme, se ponen las botas y se incorporan al trabajo del lugar”, recalca Vargas.

Para él, esa es la razón por la cual en el aula unidocente debe de concentrarse en que los niños logren el mayor aprendizaje y vincularlo a las necesidades futuras de la comunidad.

Luego del desayuno, los alumnos cantan el Himno Nacional y el de su escuela.

Para tratar de solventar algunas de esas carencias, nacieron iniciativas, ciudadanas y empresariales, como la asociación Libros para Todos, la cual dota de libros a niños en escuelas vulnerables.

Otra es el programa de computación de la Fundación Quirós Tanzi en 15 de las escuelas unidocentes, el cual integra a las comunidades rurales al mundo tecnológico, dando una computadora personal a cada estudiante.

Pero esos son solo pequeños pasos. Mientras se mejoran las condiciones de las escuelas unidocentes, niños como Jéssica, Kendall y los hermanos Moya seguirán andando por ríos y trillos con la esperanza de algún día asistir a un colegio y ojalá a la universidad.

Carrera de Obstáculos

Ángela Quesada y Jhon Campos son egresados de una escuela unidocente. Ambos están en edad de ir al colegio, pero solo Jhon asiste.

Aunque Ángela fue el primer promedio en la escuela de Flor de Islita, Puntarenas, eso no le bastó para ir a la secundaria. La marea la detuvo. Cada vez que subía era imposible salir del manglar sin correr el riesgo de ahogarse. Por eso, dejó el colegio y se dedicó a la pesca.

Los viernes, los estudiantes de la escuela Santubal reciben clases de cabécar con un profesor de la zona, quien habla este dialecto tan fluido como el español.

Jhon tuvo mejor suerte. Para andar por el escabroso camino que separa su casa del colegio, en Golfito, su tío le regaló un cuadraciclo.

“Me levanto a las 5 de la mañana para darle comida a los animales, el camino para llegar al cole es de 6 kilómetros”, contó el joven, quien cursa el octavo año.

Recorrer caminos peligrosos no es el único reto de Jhon. También debió adaptarse a un nuevo sistema de enseñanza. Pasar de tener un solo maestro a convivir con más estudiantes y profesores.

“Es una transición más dura. Nadie le da ayuda especial a un muchacho porque venga de una escuela unidocente”, menciona la coordinadora del Estado de la Educación, Isabel Román.

¡Una mejenga! A la hora del merecido recreo, un balón de fútbol une a todos los niños en un mismo juego.

A esos obstáculos se enfrentó el científico Iván Vargas, quien asistió a un centro unidocente en San Carlos, a inicios de los ochenta.

“Viniendo del campo cuando fui al colegio me costaba interactuar con la gente. Estar en un colegio donde había más estudiantes me provocaba timidez. Fue difícil esa transición y aún más la del colegio a la universidad”, contó Vargas, ganador del Premio Nacional de Tecnología 2016 y quien tuvo a cargo el lanzamiento del primer disparo de plasma de Latinoamérica para producir energía eléctrica.

Mientras tanto, al otro extremo del país, en la escuela La Florida de Golfito, la profesora Grace Esquivel les narra a sus alumnos la historia del Duende y la gota de agua.

Para llegar hasta el colegio técnico en Aguas Zarcas, el científico aprovechaba un camión que pasaba por su casa y viajaba en el cajón. Además del largo trayecto diario debía de trabajar en el campo.

“El consejo mío para los niños y adolescentes es mantener el sueño en mente y todos los días hacer algo por alcanzar ese sueño, indistintamente de las situaciones que lo tiren a uno atrás”, menciona el científico Vargas.

Sin embargo, no todos los jóvenes de zona rural, que terminaron la primaria y están en edad de ir al colegio, persisten. Más de 13,000 entre 15 y 17 años guardaron su diploma de primaria y se alejaron de las aulas.

Cada uno con razones distintas detrás de su decisión. Uno de cada tres (35 %) lo hizo al perder el interés por continuar las lecciones; mientras uno de cada cinco (23 %) no va al colegio porque le cuesta el estudio. Estos datos se extrajeron de la Encuesta Nacional de Hogares del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC) de 2016.

Claudio Vargas afirma que esa es la realidad a la que se exponen los egresados de centros con un único profesor.

Luego, a media mañana, Kendall Araya disfruta de una merienda que alista la cocinera de la escuela, quien es madre de una de las estudiantes de este centro educativo.

“Fui maestro unidocente por muchos años, precisamente teníamos el problema de que los estudiantes de nuestras escuelas, cuando iban a los liceos, desertaban. Entonces hicimos una telesecundaria, donde se formaban con unos videos que venían de México, con todas las materias”, recuerda Vargas.

Actualmente, el MEP busca alternativas para solventar la falta de colegios secundarios en las zonas rurales alejadas, aprovechando la infraestructura de las propias escuelas para crear dentro de ellas, un liceo rural, donde los alumnos no se sientan ajenos a las experiencias que conocen.

Maestros sacrifican comodidad.
Óscar Castro dejó su natal Pérez Zeledón para aceptar una plaza como docente en la escuela de Flor de Islita, Puntarenas. Allí no solo educa a ocho niños, también vive en carne propia las carencias que agobian a la comunidad.

Después de comer, Kendall vuelve a clases para colorear al personaje principal de la historia que narraba la profesora Grace: al duende.

Desde que es profesor unidocente –hace 18 años– acumula experiencias que van desde vivir sin luz y agua potable hasta consolar a sus alumnos.

Hace tres meses, los protegió cuando delincuentes, a balazos, intentaron robar las lanchas de pesca de sus padres.

“Usted no sabe lo que es estar durmiendo y que, de un momento a otro, se escuche un tiroteo. Lo primero que hice fue agarrar mi teléfono y llamar al 911. Después de eso, correr con los niños y los papás hacia un extremo de la isla, montarnos en un bote y alejarnos del tiroteo”, recordó el maestro.

Esa zozobra por la violencia no la vive Grace Esquivel, otra maestra unidocente en La Florida de Golfito, pero sí comparte el sacrificio de dejar su casa y a su hijo, seis días a la semana.

Cuando terminan las clases, Kendall se pone de nuevo las botas de hule y se prepara para caminar de vuelta a casa. Lo hace por barriales y quebradas.

Todos los viernes por la tarde, Grace toma un autobús a Palmar Norte, también en Puntarenas. Recorre 90 kilómetros para pasar el sábado con Jahir Ruiz, su hijo, quien entre semana queda al cuidado de sus abuelos.

Teniendo su propia casa, Grace saca de su bolsillo ¢25,000 al mes para alquilar otra y enseñar a sus 10 alumnos. También paga el traslado hasta la escuela, pues el camino no cuenta con carretera pavimentada.

El de Grace no es un caso único. Claudio Vargas, encargado de la sección de escuelas unidocentes de la Universidad de Costa Rica, comenta que otros profesores invierten hasta un total de ¢120,000 para que un chofer los transporte en un vehículo todoterreno, en un viaje ida y vuelta.

La Nación consultó a Anabelle Venegas, jefe de Educación Primaria del MEP, si se debe reembolsar a los maestros unidocentes el dinero que emplean en transporte y vivienda, pero respondió que no sabía si el presupuesto del MEP daba para eso.

Una vez en la orilla del río, Kendall espera a que su padre salga un momento del trabajo para llevarlo de vuelta a casa en el bote de remos.

Más enfática fue la ministra Sonia Marta Mora al afirmar que el Estado aspira a pagar un salario suficientemente competitivo para que los maestros cubran esas necesidades. Añadió que a estos docentes se les paga el incentivo de Índice de Desarrollo Social.

Venegas sí recomendó disminuir la carga administrativa que pesa sobre estos educadores, quienes deben encargarse de funciones de director, al carecer estos centros de esa figura. Eso los aleja de su responsabilidad primordial: enseñar a los niños.

Por esa razón, el MEP y el Consejo Nacional de Rectores los capacita para equilibrar esas funciones y mejorar su interacción con los niños y sus padres.

A pesar de todas estas trabas y dificultades, los maestros de escuelas unidocentes son ingeniosos para enseñar. Para su clase de matemática, Óscar Castro creó una tabla con puntos de colores que facilita a los niños de Flor de Islita aprender a multiplicar.

En el río, Kendall dice ver frecuentemente a su animal favorito, el lagarto.

Este año, el Premio Nacional de Educación lo ganó un maestro unidocente: Humberto González Barrantes. González es docente de la escuela de Jocotal de Aserrí, donde le enseña a sus estudiantes por medio del arte y la lectura.

Los niños que estudien solos o con menos de cuatro compañeros en una escuela unidocente tendrían que abandonar su centro para unirse a otro en el futuro.

Así ocurriría si el MEP aprueba la fusión de escuelas unidocentes, cuya matrícula oscile entre uno y cinco alumnos y se encuentren en un radio de menos de 2 kilómetros de distancia entre sí. La idea es estudiada por la Dirección de Planificación Institucional del ministerio.

Aunque la medida no está en firme, ya la Universidad de Costa Rica (UCR) advirtió que esa fusión propiciaría la deserción.

Cuando llega a casa, Kendall le enseña a su madre las tareas que le dejó la profesora y se prepara para el examen del día siguiente.

“Si yo quito esa escuela que está ahí le estoy agregando un kilómetro más a ese chiquito que camina. Además, un kilómetro en una zona rural, con la geografía de este país, puede implicar un río de por medio, una pendiente muy grande, una montaña. No es un kilómetro sobre asfalto”, explica Claudio Vargas, encargado de la Sección de Escuelas Unidocentes de la UCR.

Sin embargo, para otros la existencia de estas pequeñas escuelas no se justifica, así está plasmado en el Atlas de la Educación, informe elaborado por el “Estado de la Nación”.

“Es muy importante entender que muchas veces el mecanismo que operó para construir una escuela unidocente fue la comunidad presionando a un diputado. Y un diputado, por quedar bien con la comunidad, presionaba al MEP y se construía una escuela, aunque estuviera una a un kilómetro de la otra. Era un tema clientelista”, comentó Isabel Román, coordinadora del “Estado de la Educación”.

Esa versión de presión política fue debatida por la Ministra Mora, quien dijo que, al menos en su administración, esa no ha sido razón para abrir centro educativo alguno.

Finalmente, y después de haber alimentado a los cerdos, patos y aves de la casa, Kendall se sienta en su cuarto a jugar con su imaginación.

Vargas enfatizó que cuando se trata de un derecho humano como la educación de un niño el tema político o económico nunca debe inclinar la balanza de la decisión.

“La escuela unidocente es el corazón de una comunidad, incluso, en muchos lugares, son la única institución del Estado que existe. Ahí se reúnen para hacer la misa y celebrar las efemérides: el Día del Padre, el Día de la Madre, el 15 de setiembre y se hace la graduación de los chiquitos. Entonces la escuela unidocente es un corazón realmente, porque palpita. Le da identidad a una comunidad. Si se muere una escuela, una comunidad muere”, dijo Claudio Vargas, encargado de la Sección de Escuelas Unidocentes de la UCR.