Descifrando los pergaminos de Gabo

Resguardo. El archivo de García Márquez fue adquirido por el Centro Harry Ransom de la Universidad de Texas, en Austin.

Hace 10 años participé en un breve taller que Gabriel García Márquez impartió en la Fundación para las Letras Mexicanas. A lo largo de dos sesiones, el Nobel escuchó nuestros proyectos de novela, nos dio consejos para mejorarlos y respondió con paciencia las muchas preguntas que llevábamos. Nunca he olvidado que don Gabriel comenzó la primera sesión con una frase que incluye en el prólogo a sus “Doce cuentos peregrinos”: “Un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica”. A la luz de esa sentencia, la reciente apertura al público de su archivo personal es una herramienta insuperable para conocer mejor sus métodos de trabajo a partir de notas, borradores y versiones descartadas de sus novelas, guiones, cuentos y crónicas.

Inversión. Los documentos que dan cuenta de cómo trabajaba el escritor colombiano fueron adquiridos por $2.2 millones.

Como ocurre con los pergaminos de Melquíades en “Cien años de soledad”, los procedimientos de escritura del Nobel colombiano han estado todo el tiempo a la vista para quien sepa descifrarlos: además de que fue siempre un entusiasta y generoso promotor de talleres literarios, no pocos entre sus libros contienen útiles consejos para los jóvenes que desean acercarse al oficio. No obstante, la publicación de su archivo personal permite apreciar el rigor con que aplicaba en su obra ese conjunto de herramientas al que llamaba carpintería literaria. El acervo, que documenta una trayectoria de más de 50 años de intensa producción literaria y periodística, es además testimonio puntual de la vida de uno de los escritores más influyentes del siglo XX, quien al mismo tiempo fue un viajero incansable, un hábil y sigiloso mediador en conflictos internacionales y un dedicado esposo y padre.

Adquirido por $2.2 millones por el Centro Harry Ransom de la Universidad de Texas en Austin, el archivo se conserva hoy al lado de documentos de otros autores notables del siglo XX, como Jorge Luis Borges, William Faulkner, Ernest Hemingway y James Joyce, todos ellos influyentes en el trabajo de García Márquez. Allí se encuentran también archivos y correspondencia de Samuel Beckett, J. M. Coetzee, T. S. Eliot, Doris Lessing, Isaac Bashevis Singer, John Steinbeck y W. B. Yeats, además de archivos de autores hispanohablantes como Julio Cortázar, Gabriela Mistral, José Revueltas y María Luisa Puga.
El material de García Márquez llegó al Centro Ransom en forma de 79 cajas de documentos, 15 cajas de gran tamaño, tres carpetas grandes y 67 disquetes de computadora. Las cajas incluían manuscritos originales de 10 libros, borradores de obras publicadas e inéditas, 40 álbumes de fotografías, libros de recortes, más de 2,000 piezas de correspondencia, cuadernos, guiones, archivos electrónicos, pasaportes, ejemplares con correcciones e incluso las máquinas de escribir y las computadoras que el novelista usó para crear algunas de sus obras. Muchos de estos materiales forman parte del acervo de más de 27,500 documentos que tras 18 meses de trabajo están disponibles en línea en forma gratuita desde el pasado 12 de diciembre. Así, hoy cualquier persona con acceso a internet puede consultar de manera profunda el archivo en la página de la institución (www.hrc.utexas.edu).

“El mayor interés de mi madre, mi hermano y el mío siempre fue que el archivo de mi padre alcanzara la mayor audiencia posible”, comenta Rodrigo García, uno de los hijos del autor, en un comunicado emitido ese día por el centro. Y es que el apoyo de la familia del escritor ha sido decisivo en la preservación y difusión del archivo.

De acuerdo con otro comunicado del centro, “los materiales documentan la gestación y los cambios en la obra de García Márquez, y revelan sus luchas con el lenguaje y la estructura”. Imposible no estar de acuerdo. El vasto archivo incluye, entre muchos otros materiales, fichas sobre la vida y costumbres de Simón Bolívar usadas por García Márquez para escribir “El general en su laberinto”, dos cuadernos con notas escritas a mano para la redacción de “Noticia de un secuestro”, decenas de borradores numerados de novelas como “Memoria de mis putas tristes”, “Del amor y otros demonios”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Crónica de una muerte anunciada”, así como galeras de “El otoño del patriarca” y una copia al carbón y una fotocopia de los originales de “Cien años de soledad”, ambas con las mismas correcciones ligeras marcadas por el autor (debido a que al principio de su carrera García Márquez destruyó la mayoría de sus borradores, las obras más antiguas contienen una menor cantidad de material en comparación con las obras posteriores). Hay también borradores y manuscritos de “La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile” (cuyo nombre original era “Gracias y desgracias de Miguel Littín clandestino en Chile”). Hay diversos textos mecanografiados de la obra inédita “En agosto nos vemos”, incluyendo la versión final que se envió en 2004 a Carmen Balcells, su agente literaria, y engargolados con notas que servirían de base al novelista para escribir sus memorias, tituladas “Vivir para contarla”. Debido a las precisiones que hace respecto de su forma de trabajar, pero también a sus reflexiones acerca de los intrincados mecanismos de la memoria, los borradores de ese libro resultan un magnífico punto de entrada para explorar el archivo.

***

RECUERDOS FALSOS, FICCIONES VERDADERAS

Más letras. El Centro Harry Ramsom también guarda archivos de Samuel Beckett, J. M. Coetzee, T. S. Eliot, Doris Lessing, Isaac Bashevis Singer, John Steinbeck y W. B. Yeats.

“Tantas versiones encontradas han sido la causa de mis recuerdos falsos”, escribe García Márquez en la página 80 de “Vivir para contarla”. Si bien se refiere a los distintos recuerdos que en su familia circulaban sobre la matanza de las bananeras, la frase puede ser aplicada a muchos pasajes en la obra del novelista. El contraste entre distintas versiones de una historia es la estructura sobre la que se sostienen varios de sus libros: desde “La hojarasca”, su primera novela, pasando por “El otoño del patriarca”, obra polifónica sobre la soledad del poder, hasta “Crónica de una muerte anunciada”, reconstrucción ficticia de un crimen verdadero ocurrido en 1951.

Publicado en 2002, “Vivir para contarla” supuso un acontecimiento editorial sin precedentes, pues como se anunció entonces, se trataba del primero de una serie de tres libros que conformarían las memorias del Nobel colombiano. En las 579 páginas del primer volumen, García Márquez cuenta, en forma no lineal, sus años de formación: desde su nacimiento en 1927 hasta que, el 15 de julio de 1955, salió de Colombia por primera vez con la misión periodística de cubrir en Ginebra la conferencia de los Cuatro Grandes.

La redacción de esta autobiografía fue un proyecto largamente acariciado por el escritor, quien ya en 1981 estaba recopilando información para esta. Se sabe, por ejemplo, que el 23 de marzo de ese año se encerró en su departamento de Bogotá para hacer una larga entrevista con el también escritor Juan Gustavo Cobo Borda, en un “comadreo literario” de cuatro horas que habría de servirle para sus memorias. De hecho, la evocación de pasajes autobiográficos y la redacción de las memorias se convirtió en un tema que con frecuencia se menciona en sus artículos periodísticos durante 1982, año en que obtuvo el Premio Nobel, hasta 1986, cuando publicó artículos de prensa explícitamente autobiográficos, como “De mis memorias: visita al papa” y “De mis memorias: Guillermo Cano”. Durante esos años mencionó, en entrevista con Óscar Collazos, que su intención era escribir unas memorias que “no serán las memorias clásicas, sino las memorias de un escritor que devela su biografía a través de sus personajes de ficción”. Así pues, no se trata de una autobiografía en sentido estricto sino de unas falsas memorias, como él mismo las llamaba. En ellas un recuerdo inventado o deformado puede ser tan importante como el más real de los pasajes.

“Los materiales documentan la gestación y los cambios en la obra de García Márquez, y revelan sus luchas con el lenguaje y la estructura”. Imposible no estar de acuerdo. El vasto archivo incluye, entre muchos otros materiales, fichas sobre la vida y las costumbres de Simón Bolívar usadas por García Márquez para escribir “El general en su laberinto”, dos cuadernos con notas escritas a mano para la redacción de “Noticia de un secuestro”, decenas de borradores numerados de novelas como “Memoria de mis putas tristes”, “Del amor y otros demonios”, “El amor en los tiempos del cólera” y “Crónica de una muerte anunciada”.

A pesar de lo anunciado, los dos volúmenes faltantes de “Vivir para contarla” jamás vieron la luz. Sin embargo, la revisión de los archivos permite reconstruir períodos clave en la vida y la obra del autor de “Cien años de soledad”. Un rastreo simple arroja que hay en el archivo al menos 30 documentos relacionados con “Vivir para contarla”. Entre estos destacan dos: uno identificado como un bosquejo temprano del primer volumen y otro señalado como el material que daría pie al segundo.

El primer borrador, cuya versión digital comprende 271 páginas, se encontró en la caja fuerte del escritor en un sobre de manila. Por alguna razón, las primeras cuartillas del documento aparecen entremezcladas con pasajes de “Memoria de mis putas tristes”, la última novela publicada por García Márquez. Si bien el manuscrito no tiene fecha ni número de versión, los contenidos permiten establecer que se trata de un borrador, pues hay decenas o acaso cientos de pasajes breves que fueron suprimidos o cambiados de sitio en tratamientos posteriores. Nos enteramos, por ejemplo, de que Alejo Carpentier le dio a García Márquez una receta para dejar de fumar, o que un jovencísimo Gabo leyó por primera vez a Mark Twain y a Hemingway por Carlos Julio Calderón, uno de sus maestros del Liceo de Zipaquirá.

Contenido. El archivo de García Márquez está formado por decenas de cajas que incluían manuscritos originales de 10 libros, borradores de obras publicadas e inéditas y, entre otros, 40 álbumes de fotografías.

Más allá del anecdotario, el manuscrito permite rastrear los procedimientos de un autor que forjó varias entre las obras más sólidas y consistentes de la literatura universal. García Márquez solía decir que dada su formación como periodista, no escribía a mano, sino en máquina o en computadora, y este manuscrito lo confirma. Acaso para no interrumpir el flujo de las ideas, los pasajes están redactados sin detenerse a precisar algunos nombres, fechas o cantidades que en ese momento no tenía al alcance. Así, por ejemplo, en la página 21 se lee: “Por el trabajo de Crónica, que tenía mucho de imprevisible, ganaba (tanto) al mes, que me pagaban cuando Dios quería sin derecho a reclamos laborales”. En el reverso de las cuartillas hay anotaciones en plumín negro. En otra hace una lista de los colaboradores del semanario Crónica, esfuerzo periodístico dirigido por Alfonso Fuenmayor y con el joven García Márquez como jefe de redacción. Las anotaciones incluyen también preguntas que el autor dirige a sí mismo, por ejemplo “¿cuánto ganaba en Crónica y El Heraldo? ¿En qué año se fundó El Heraldo?”, y hasta las sumas y restas que hacía cuando necesitaba precisar el año en que algo había ocurrido.

En los márgenes del manuscrito abundan las precisiones. No es extraño, pues en la exactitud radicaba otra de las estrategias del escritor. Es probable que, mientras hacía la primera revisión del texto, García Márquez recordara nuevos pasajes o información relacionada con las personas y los lugares evocados. Es de imaginarse que en ese momento haría solo una anotación rápida al borde del texto, y que posteriormente ponía en marcha una maquinaria destinada a lograr lo que él llamaba “el problema de la credibilidad”, que consistía en apuntalar los relatos con cifras y fechas precisos. Por ejemplo, al margen de la página 30 del manuscrito se lee: “Ojo: el papá de Julio Mario inventó el correo aéreo”. En una versión posterior, esa sencilla nota se transforma en el siguiente párrafo: “En 1919, el joven industrial Mario Santodomingo —el padre de Julio Mario— se había ganado la gloria cívica de inaugurar el correo aéreo nacional con cincuenta y siete cartas en un saco de lona que tiró en la playa de Puerto Colombia, a cinco leguas de Barranquilla, desde un avión elemental pilotado por el norteamericano William Knox Martin. Al término de la Primera Guerra Mundial llegó un grupo de aviadores alemanes —entre ellos Helmuth von Krohn— que establecieron las rutas aéreas con Junkers F-13, los primeros anfibios que recorrían el río Magdalena como saltamontes providenciales con seis pasajeros intrépidos y las sacas del correo. Ese fue el embrión de la Sociedad Colombo–Alemana de Transportes Aéreos —SCADTA—, una de las más antiguas del mundo”.

Durante esos años mencionó, en entrevista con Óscar Collazos, que su intención era escribir unas memorias que “no serán las memorias clásicas, sino las memorias de un escritor que devela su biografía a través de sus personajes de ficción”. Así pues, no se trata de una autobiografía en sentido estricto, sino de unas falsas memorias, como él mismo las llamaba. En ellas un recuerdo inventado o deformado puede ser tan importante como el más real de los pasajes.

***

DIPLOMÁTICO ENCUBIERTO
Otro de los manuscritos incluidos en el archivo personal del escritor es un engargolado de 44 páginas que se titula “Visita a la Casa Blanca”. Las páginas, que incluyen un texto de la autoría de García Márquez, revelan que durante la redacción de “Vivir para contarla” el colombiano se vio inmerso en una historia digna de una novela de espionaje. Como se sabe, durante la década de los noventa el autor fungió como intermediario entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, concretamente entre Fidel Castro y Bill Clinton. Aprovechando que el 25 de abril de 1994 visitaría la Universidad de Princeton para impartir un taller literario, García Márquez llevaba una nota confidencial del mandatario cubano donde este informaba que su gobierno había descubierto una conspiración terrorista que podría afectar no solo a Estados Unidos y a Cuba, también a otras naciones. Se tramaba un ataque que ponía en riesgo la vida de personas inocentes. Por obvias razones, el mensaje debía ser entregado en mano al inquilino de la Casa Blanca. Sin embargo, el presidente norteamericano estaba de viaje. García Márquez resolvió posponer su regreso a México hasta que pudiera entregar el mensaje, lo que significó pasar varios días de encierro voluntario en un hotel de Washington, donde se ocupó en redactar sus memorias en jornadas de escritura de hasta 10 horas al día y con la certeza de que los teléfonos estaban intervenidos. “Sin embargo, aunque no me lo confesara, la verdadera razón del encierro era la custodia del mensaje guardado en la caja de seguridad”, escribió García Márquez años después en un artículo periodístico.
El desenlace de aquella aventura se describe con detalles en un reporte de seis cuartillas del que falta la carátula, y en donde el dirigente cubano es mencionado solo con la letra F. Hay también una impresión en computadora de un artículo periodístico de Juan Cruz donde se reseña el encuentro que el 30 de agosto de 1994 tuvo el presidente Bill Clinton con García Márquez y Carlos Fuentes en la casa del escritor norteamericano William Styron.
Otra serie de manuscritos que echan luz sobre los métodos de trabajo del escritor es la relacionada con “Noticia de un secuestro”, magistral crónica que narra una cadena de plagios ocurridos en Colombia a inicios de los noventa. Los secuestros, perpetrados por el grupo de narcotraficantes conocido como Los Extraditables, son narrados con detalle en las 336 páginas del libro. Una búsqueda simple arroja que el archivo digital contiene 16 documentos relacionados con esta obra, en donde destacan versiones primigenias y pruebas de imprenta corregidas a mano por el propio García Márquez. Un borrador fechado en octubre de 1995 contiene dos versiones del segundo capítulo. Así, quienes exploramos el acervo constatamos lo que el autor llama en el prólogo “la carpintería confidencial del libro”, tarea que compartió con solo dos personas: la periodista Luzángela Arteaga y su prima hermana y secretaria privada, Margarita Márquez Caballero. En la primera página del documento, Gabo hace a mano las siguientes anotaciones:

“Margo: el signo (*) debes transcribirlo en la copia en limpio que me hagas a mí.
—Las notas al margen, que son para recordar algo, y que no se incorporan al texto, debes transcribirlas también en mi copia.
—Las fechas, los nombres o las direcciones que puedas llenar, lo haces sin que te tiemble el pulso.
—Datos sencillos en los que Yiyo o Luzángela puedan ayudarte, se los pides a ellos.
—Las palabras dentro de (y traza un círculo con el plumín) no van ahora en negritas, sino señaladas así en mi copia”.

Sin embargo, para García Márquez el riguroso proceso de corrección no terminaba con el envío del manuscrito a su editor. Como demuestran las pruebas de imprenta incluidas en el archivo, el escritor solía cambiar párrafos completos al revisar galeras e incluso pruebas finas. En “El otoño del patriarca”, por ejemplo, redacta a mano largos pasajes al margen de la caja de texto (si no escribo párrafos es porque esa novela no los tiene). Más aún, en su archivo conservaba no pocos ejemplares de sus novelas en donde su plumín despiadado indicaba correcciones y cambios que debían ser contemplados en ediciones futuras.

Trilogía fallida. “Vivir para contarla” supuso una propuesta sin precedentes que iba a ser el primero de tres volúmenes, pero los otros dos nunca vieron la luz.

***

CUENTOS SUELTOS E IDEAS PARA CINE
“Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior. ¿Cómo saber cuál es la última?”, escribe García Márquez en el ya citado prólogo a los “Cuentos peregrinos”. Él mismo, en las líneas siguientes, aventura una respuesta: “Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia, sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuando está la sopa”.
Esto viene al caso porque en la colección destaca otro cuaderno que, bajo el rótulo “Textos/cuentos” contiene trabajos misceláneos entre los que sobresale el manuscrito de “La noche del eclipse”, relato de García Márquez publicado el 25 de mayo de 2003 en el diario El País. En una nota en la carátula del texto se sostiene que este es el tercero de seis cuentos que conformarían “En agosto nos vemos”, libro que no llegó a publicarse. El cuaderno incluye además otras ideas que jamás fueron desarrolladas, como la anotación titulada “Idea para cine. Película partido de fútbol perfecto”, que en una cuartilla describe un proyecto de guion para un filme que recrearía en tiempo real un partido “entre dos equipos formados por los veintidós jugadores mejor calificados del mundo”. En la misma línea de ideas para cine se encuentra otro trabajo con un título nerudiano: “Tango del viudo”. Una nota aclara que el guion nunca se filmó.

Respaldo. En este archivo hay 16 documentos relacionados con la escritura de “Noticia de un secuestro”, el libro en el que se narran las acciones de un grupo delincuencial que se hizo llamar Los Extraditables. También hay fotos más personales.

Se conservan también cuatro versiones del cuento “La tigra”, cada una con correcciones y, sobre todo, supresiones. La primera, sin fechar, tiene el título y el nombre del autor escritos a mano y es de 37 páginas; la cuarta, fechada el 14 de febrero de 2007, tiene 26 páginas.
En el renglón de las versiones descartadas sobresale también un epílogo de 20 páginas escrito para “Crónica de una muerte anunciada”. Fechado en Ixtapa en 1980, el texto aparece al inicio del manuscrito y no al final, como correspondería. En él se evoca a Carmen Balcells, a Álvaro Mutis y a otros conocidos cercanos del autor. El contraste con versiones posteriores de la obra permite apreciar que, si bien algunos párrafos fueron incorporados a la novela, la mayor parte del texto fue suprimida.
Un buen escritor se conoce mejor por lo que rompe que por lo que publica. Si se le da vueltas, la frase deja ver que para García Márquez la literatura era disciplina y riesgo constante. A fin de cuentas, por cada una de las páginas que publicó su archivo contiene muchas más que jamás vieron la luz. Notas. Borradores. Cuartillas llenas de tachaduras, galeras con observaciones e incluso ejemplares de sus libros con remiendos. Si se le da vueltas, la frase deja ver que, aún para alguien con su talento, el oficio de escritor estribaba más en la búsqueda que en los hallazgos. Quizá por eso el elemento clave en la más leída de sus novelas son unos enigmáticos pergaminos que acompañan a una familia a lo largo de varias generaciones hasta que, cuando alguien logra descifrarlos, se da cuenta de que allí, reflejada hasta en los más pequeños detalles, aparece su propia vida.

Agradecemos al Harry Ransom Center de la Universidad de Texas en Austin por las facilidades otorgadas para este reportaje (www.hrc.utexas.edu).

Angustia y soledad, la realidad de los que buscan a sus hijos

Esperanzas. Antonio Vaca es un padre que, después de un accidente que le ocurrió cuando buscaba a su hija, siente que la vida le ha dado una segunda oportunidad para seguir con su misión.
Sin acompañamiento institucional. Además de enfrentarse al dolor por la ausencia de sus hijos, sienten que el Estado no hace lo suficiente para ponerle fin a su peregrinación.

¡Si sigues buscando a tu hija, te vas a morir vieja %6&$!

Ni había atravesado la puerta del set de televisión donde la entrevistaron por la desaparición de su hija víctima de trata de personas, cuando una amenaza de muerte y un sonido seco de una llamada que se cortaba le laceraron el alma. Lidia Ramos tiene miedo, pero también coraje.

El deseo de encontrar a su hija, Juliva Nina Ramos, desaparecida desde el 10 de julio de 2014, cuando recorría las seis cuadras que separan su casa de la Universidad Pública de El Alto (UPEA), la ha llevado a hacer cosas que hasta entonces jamás imaginó. Como ella, en 2014 otras 598 familias en Bolivia quedaban con la vida congelada por el secuestro de sus hijos, víctimas de trata y tráfico de personas, según cifras del Ministerio Público. Desde 2012 hasta julio de 2017 ya se han contabilizado 3,000 casos.

—Salimos a buscarla toda la noche. Fuimos a la Policía a denunciar y me preguntaron cuántos años tenía. Le dije que 21 y me contestaron que seguro se había ido con su chico. Les dije que no tenía ningún chico, y me contestaron con burlas.

Así recuerda Lidia el inicio de su viacrucis. Lo primero que supo luego, por la información que colectó del extracto de llamadas, fue que del teléfono celular de su hija salieron cuatro llamadas a lenocinios (o casas donde se comercia el sexo sin ningún o muy poco control del Estado), en la ciudad de La Paz.

El primer lenocinio estaba ubicado en la calle Cuba, en la zona de Miraflores; el segundo, en la Cancha Zapata; el tercero, en la Capitán Ravelo, y el cuarto, en Sopocachi. Al visitarlos junto con su esposo, vio que el de la Cancha Zapata tenía fachada de gimnasio, pero dentro había ‘señoritas’ atendiendo clientes. No encontró en ninguno a Juliva, pero ahí comenzó a recibir mensajes de texto desde el celular de su hija, groseros y con errores ortográficos. No había duda: Juliva había caído en manos de ‘tratantes de blancas’.
Pidió a la Policía que investigara de dónde venían los mensajes. También que siguieran la pista de los lenocinios. Pero después de tres años y 13 investigadores nunca encontraron nada.

Lidia, entonces, hizo lo mismo que tantos padres: investigar por su cuenta, acercar las pistas a la Policía y a la justicia. Invertir todo su tiempo y dinero en encontrar a su hija. No hubo caso: el Estado no encuentra respuestas a la ausencia. En Bolivia hay una ley, una División de Trata en la Policía y un mandato para que Fiscalía actúe de inmediato en estos casos. Pero los padres que buscan a sus hijos víctimas de trata se encuentran solos en las calles, con fotos de sus seres queridos, investigando por su cuenta. Hay pocos registros de casos y, de los registrados, poca Justicia: de los 3,000 en los últimos cinco años y medio en Bolivia, solo el 39 llegaron a sentencias: el 1.3 %. Además del dolor por la pérdida, los padres padecen la soledad de un sistema que no consigue, por falta de capacidad, de presupuesto o de organización, combatir este delito.

***

REINVENTARSE ANTE EL DOLOR

Lidia ha dejado de usar el tradicional sombrero de chola paceña. Ahora lleva uno de mezclilla, color azul, que le oculta hasta la nariz y le tapa el rostro. Camina con la cabeza agachada y, de cuando en cuando, mira por el rabillo del ojo a los costados.
—Tengo que evitar de alguna forma que me reconozcan.

Esta mujer aimara, que apenas concluyó los estudios de primaria y que es madre de otras tres hijas, además de Juliva, ha tenido que inventar sus propias medidas de seguridad y aprender de leyes; infiltrarse en las entrañas del negocio clandestino del sexo y hacer ‘lobby’ con las autoridades de Gobierno; a dar apoyo a otros padres que como ella penan por sus hijos y, ante todo, a ser valiente.

Ariel Ramírez, que desde hace 10 años investiga la violencia sexual comercial contra menores de edad y desde hace seis, la trata y tráfico en Bolivia; conoció a Lidia en un antro de El Alto cuando hacía el trabajo de campo del estudio “Dinámicas de la Trata, Proxenetismo y Violencia Sexual Comercial de Niñas, Niños y Adolescentes en Bolivia”. La mujer de sombrero y pollera, que miraba a las chicas que atendían al enjambre de hombres pululando en ese lugar, no encajaba. “Me acerqué y le pregunté que qué hacía ahí. No quería responder en principio, hasta que le expliqué la razón por la que yo estaba ahí y recién me confesó que estaba buscando a su hija”, dice Ariel.

A medida que uno se va internando en esta zona, van apareciendo más bares, más karaokes y muchas casas de cita que tienen por única identificación un número con luz fosforescente en el frente. Los que saben lo que ofertan estos lugares no necesitan más señal.

En esos prostíbulos, la botella de cerveza cuesta 60 bolivianos (unos $8.5) y viene con derecho a pieza, es decir, con una chica incluida. En 2015 un estudio de la Fundación Munasim Kullakita identificó seis zonas de riesgo en El Alto en las que contabilizó 105 lenocinios, alojamientos, discotecas y bares clandestinos de remate de chicas. Una de esas seis zonas es la 12 Octubre.

La 12 de Octubre se divide en tres niveles que Ariel Ramírez identifica como lo medio clandestino, lo clandestino y lo súper clandestino. Los tres son pobres.

***

EN LO UNDERGROUND DE EL ALTO

El viernes 24 de noviembre, Ariel hizo de guía nocturno por este municipio paceño que se encuentra a poco más de 10 kilómetros de la sede de Gobierno. El punto de inicio es el medio clandestino, que comienza en la Ceja de El Alto, por las calles 2, 3 y 4. Allí, hay niños trabajando, karaokes que retumban pero a puerta cerrada, calles atiborradas de comercios de toda clase y una decena de alojamientos a los que suelen ingresar huéspedes con menores de edad.

A medida que uno se va internando en esta zona, van apareciendo más bares, más karaokes y muchas casas de cita que tienen por única identificación un número con luz fosforescente en el frente. Los que saben lo que ofertan estos lugares no necesitan más señal. También se ven a adolescentes en espera de ‘clientes’, a trabajadoras sexuales, a proxenetas apostados en las esquinas, monitoreando a sus víctimas, y a hombres de guardapolvos blancos repartiendo volantes en los que se ofertan chicas: son los que hacen de nexo entre el explotador sexual y la víctima de trata de personas o prostituta que ofrece sus servicios en las mal llamadas casas de citas o lenocinios.

En lo más underground de la 12 de Octubre, cuando ya se ha pasado la calle 5 y en las proximidades de la zona Villa Dolores, hay hombres pululando por las calles poco iluminadas, adolescentes y jóvenes, adultos y ancianos. Unos van, otros vuelven, los primeros lo hacen con prisa; los segundos, con ese aire de satisfacción. También están los que aún visten ropa de oficina, los que cargan aguayo o mochila. No hay una sola mujer por las calles de la zona.

Son las 21:30, el frío arrecia. En una casa de tres plantas, con paredes verdes, en cuya pequeña entrada las luces titilan débiles, las ventanas están tapiadas como queriendo tapar lo que ocurre dentro. Lo mismo sucede en los otros siete lenocinios de alrededor.

Desde ese 14 de julio de 2016 su vida es también un peregrinar. Ha empapelado las trancas de control de los caminos de El Alto, La Paz y Desaguadero con la foto de Juliana. Cree que si hubiera mayor control a los sitios de expendio de bebidas alcohólicas y donde se comercia el sexo clandestino no habría tantos padres buscando a sus hijos. “No queremos promesas, queremos que nos ayuden a encontrarlos”, suplica.

—Ahí adentro hay como 40 chicas. El promedio de piezas que hacen por noche está entre 30 y 40. Y si es nueva… ¡vaya uno a saber!

Pero eso no es todo, agrega Ariel, hay hombres que ofrecen a sus víctimas 10 o 20 bolivianos para tener sexo sin preservativo. Todo esto sucede ante la vista de los vecinos y de cualquiera que se acerque. También de la patrulla policial que esa noche rondaba la zona, pero sin llegar a lo más sórdido de la 12 de Octubre.

El artículo 36 de la Ley 263 Contra la Trata y el Tráfico de Personas instruye a la Policía boliviana a realizar patrullajes de recorrido en lenocinios, bares, cantinas, salas de masajes, clubes nocturnos, fábricas, negocios y otros, a fin de detectar hechos relacionados con este flagelo que cada año afecta a casi tres millones de personas en el mundo. La Policía está, pero los lenocinios siguen con su oferta como si nada.

No podemos saber cómo llegaron las jóvenes allí ni si todas son víctimas de trata. Lo que sí se sabe es que las redes sociales, especialmente Facebook, son el medio favorito de los explotadores para “captar” adolescentes. Marcos Arce, fiscal que atiende casos de trata y tráfico en Santa Cruz, dice que se ha identificado a redes de bolivianos y extranjeros que utilizan esta vía.

Camino al colegio. Édgar Flores y Nora Abasto son dos padres que sufren por la ausencia de su hija Sandy Luz. Desapareció en septiembre de 2015, cuando fue a su colegio, ubicado cerca del estadio Tahuichi Aguilera, de la ciudad de Santa Cruz.

La ONUDC señala, en su informe de 2016, que los niños representan casi una tercera parte de las víctimas de trata detectadas. De cada tres víctimas menores, dos son niñas y una es niño. Principalmente, son explotados sexual y laboralmente.

Un informe del Viceministerio de Justicia y Derechos Fundamentales, que funge como Secretaría Técnica del Consejo Plurinacional Contra la Trata y el Tráfico de Personas, cita a los 2,822 operativos realizados por la Policía y el Ministerio Público en 2016, en toda Bolivia, como una muestra del compromiso del Estado para disminuir el número de víctimas de la trata de personas. Sin embargo, para los padres los informes del Gobierno son solo eso: hojas y hojas con tinta que terminan en nada. Eso piensa Lorenza Hilario, otra madre que busca a su hija de 12 años desaparecida el 14 de julio de 2016, entre las calles alteñas de Juntuma y Atiride D.

Desde ese 14 de julio de 2016 su vida es también un peregrinar. Ha empapelado las trancas de control de los caminos de El Alto, La Paz y Desaguadero con la foto de Juliana. Cree que si hubiera mayor control a los sitios de expendio de bebidas alcohólicas y donde se comercia el sexo clandestino no habría tantos padres buscando a sus hijos. “No queremos promesas, queremos que nos ayuden a encontrarlos”, suplica.

***

CANSADOS DE ESPERAR

Niñas víctimas. Lorenza Hilario es una mujer que después de enviudar perdió a su hija. La niña de 12 años desapareció cuando hacía un corto recorrido de la casa de su hermano a la de su madre, en El Alto.

—Mientras hayan lenocinios funcionando, va a seguir habiendo trata en el mundo, familias sufriendo y sueños destrozados, ¿por qué fingimos que queremos vivir bien, si permitimos que hayan estas atrocidades?

María Rita Hurtado, mientras hojea el álbum de fotos de Dayanna Algarañaz Hurtado parada en la ‘Esquina de Dayanna’ en su casa en el barrio San Antonio del Plan Tres Mil de Santa Cruz, dice que desde que desapareció su hija, el 20 de junio de 2015, viene exigiendo a la Policía, Fiscalía y Ministerio de Gobierno tres cosas: controlar los lenocinios, volver a tipificar los casos de sus hijos desaparecidos y ponerse de acuerdo con las estadísticas de trata y tráfico de personas.

En esa esquina, rodeada de fotos de su hija, María Rita repasa su travesía sin descanso. Hubo ocasiones en las que vistió de hombre para ingresar a los prostíbulos, otras en las que administradores de los moteles le tiraban la puerta en la cara cuando llegaba con la fotografía de su hija preguntando si la habían visto. Algunas veces cuando, cansada de tanto caminar, se sentaba a conversar con las chicas de los burdeles, terminaba con el corazón más roto por sus relatos.

Aún no consigue que la desaparición forme parte de los 3,000 casos de trata y tráfico de personas que registra el Ministerio Público desde 2012 hasta julio de 2017, aunque ella ha dedicado los dos últimos años y medio de su vida a buscarla por ese delito. Está como supuesta privación de libertad.

El fiscal que atiende los casos de trata y tráfico de personas en Santa Cruz, Marcos Arce Gandarias, indica que no toda desaparición es trata o tráfico de personas; sin embargo, la ley faculta, de manera provisional, tipificar como trata cuando la persona sigue sin aparecer y se tiene poca o nula información.

Sandy Luz Bella Flores Abasto, que tenía 16 años cuando desapareció de su colegio en septiembre de 2015 en la ciudad de Santa Cruz, es otro de los casos que no está contabilizado como trata y tráfico, pero que su familia la busca por esta causa. Édgar y Nora Abastos decidieron no volver más a la Policía por la falta de interés y empatía. Nora dice que los uniformados les pidieron hacer sus propias averiguaciones.

—Que para poner una denuncia teníamos que saber con quiénes estaba (Sandy) o con quiénes había salido. Que vaya a averiguar yo. No quisieron ayudarme. No fui más. Si ellos no nos quieren ayudar, ¿para qué volver?

La desaparición de Sandy quedó registrada como un extravío. Ahora Édgar, un exárbitro de fútbol del municipio de Warnes y transportista, decidió “tomar al toro por los cuernos” e irse a las fronteras de Bolivia con Perú, Argentina y Brasil, con una cámara filmadora, para buscar a la penúltima de sus cuatro hijos. Dice que no solo irá por Sandy, también por las hijas de los otros padres con los que se ha asociado. Documentará su recorrido, para luego denunciarlo.

¿Cómo eligió esos países? Édgar dice que ha hecho sus propias investigaciones sobre las rutas de la trata en Bolivia que lo llevaron a elegir estos destinos. Está claro: los estudios realizados por el Observatorio Nacional de Trata y Tráfico y por la Fundación Munasim Kullakita indican que Chile y Perú son los países donde las redes criminales llevan a sus víctimas desde Bolivia, para explotarlas sexualmente en las zonas mineras, especialmente. A Argentina y a Brasil las llevan para someterlas a condiciones laborales infrahumanas.

***

LE LLUEVE SOBRE MOJADO
Antonio Vaca también se siente como Lidia, Lorenza, María Rita y Édgar: abandonado. Su hija Valeria desapareció cuando tenía 18 años, el 30 de marzo de 2014. Un año y medio después la justicia liberó a la única persona que había declarado tenerla secuestrada.

Al igual que Édgar, indagó sobre las rutas internas de la trata en Bolivia, desempolvó su traje de torero, copió en unos DVD sus aventuras de jocheo de toros, hobby que practicaba desde niño, y se lanzó a recorrer el país. Vendiendo discos compactos (para solventar sus gastos y ayudar con los gastos de su familia) y mostrando la foto de Valeria llegó hasta a Oruro, allí se accidentó y ahora busca cómo recuperarse para seguir su peregrinación.

A Antonio le dijeron que a las chicas que secuestraban en el oriente de Bolivia (Santa Cruz, Beni y Pando) las llevaban al occidente, en la zona andina. Por eso fue a Oruro.

La teniente Gaby Coca, jefa de la División de Trata y Tráfico de La Paz, indicó que los tratantes captan a sus víctimas de oriente y las llevan a occidente o viceversa, las tienen en continuo movimiento con el fin de sacarlas de su zona de confort y complicarles la posibilidad de pedir ayuda.


Todos juntos. Los padres de familia se han organizado para buscar a sus hijos y demandar la ayuda de las instituciones del Estado.

***

LA ORGANIZACIÓN COMO RESISTENCIA
Se encontraron en el camino, buscando a sus hijos y se organizaron. En Santa Cruz, María Rita Hurtado le tomó el consejo a un jefe policial que le sugirió reunir a más padres que tenían a sus hijos desaparecidos para visibilizarlos.

La mujer, que ahora también va a los colegios a contar su historia a los estudiantes para que no caigan en manos de tratantes, se dio a la tarea de contactar a los que salían en los medios de comunicación pidiendo ayuda; los organizó y conformaron la Asociación de Apoyo a Familiares Víctimas de Trata y Tráfico de Personas y Delitos Conexos. En principio eran 25, ahora son 15 activos. Lidia Ramos, que ha hecho lo mismo en El Alto, también forma parte de este grupo.

Hacen plantones en instituciones públicas como la Fiscalía, organizan marchas, se asesoran en los ‘papeleos’ y comparten las fotos de sus hijos, así la búsqueda no es individual y el dolor es más llevadero. Cuando se enteran de que aparecen cadáveres de jóvenes muertas van, no solo pensando en sus hijas, sino en las de todos.

Fue la reacción ante tanta soledad y el desamparo. Porque, dicen, aunque pasaron cinco años de la promulgación de la Ley N.º 263 contra la Trata y el Tráfico de Personas; aunque se creó un consejo plurinacional, integrado por nueve ministerios, dos instituciones públicas, gobernaciones y sociedad civil, y aunque existe una división policial especializada, no tienen respuestas.

El cambio continuo de investigadores policiales, la falta de sensibilidad de algunos agentes y fiscales y los recursos escasos –se han dado casos en los que los policías les piden hasta para la gasolina cuando tienen que salir a operativos– alargan ese estado de vida en pausa, de espera.

Si bien el presupuesto destinado para combatir este flagelo es de 32 millones 582,424 bolivianos ($4 millones 715,328) para la gestión 2016-2020, las instituciones responsables de hacer efectiva la búsqueda, como es el caso de la Policía, no cuentan con el personal necesario ni con los equipos que le ayuden a efectivizar su trabajo, dijeron investigadores que pidieron la reserva de su identidad. Hay casos en los que, como en Santa Cruz, no cuentan con internet para hacer patrullajes cibernéticos.

El mayor Dennys Montaño, jefe de la división de Trata Santa Cruz, señala que con su personal redobla esfuerzos para reducir el número de víctimas. El director de Políticas Sociales de la Gobernación cruceña, Duberty Soleto, informa que su institución entrega 500,000 bolivianos ($72,360) a la Policía para el área de Trata y Tráfico, pero que no le hace seguimiento a la distribución de estos recursos en el interior de la institución verde olivo. Prometió tomar ‘cartas en el asunto’ en la próxima gestión.

En el Viceministerio de Justicia y Derechos Fundamentales señalaron que el Estado ha desarrollado planes multisectoriales de cara a 2020, protocolos de atención a víctimas y rutas de intervención, así como acuerdos bilaterales entre Paraguay, Brasil, Perú y Argentina y campañas de prevención a escala nacional para combatir este flagelo. Los que mantuvieron silencio todas las veces que fueron requeridos para esta investigación y cuyas instituciones son clave en la lucha contra la trata son: el ministro de Gobierno, Carlos Romero; el comandante nacional de la Policía, Abel de la Barra, y el fiscal General, Ramiro Guerrero.

Mientras la Policía requiere recursos y las autoridades hacen sus informes, los padres les demandan resultados. Piden sancionar a los explotadores sexuales, controlar los lenocinios y que, por un momento, se pongan en sus zapatos.


Este reportaje fue elaborado por Nelfi Fernández para El Deber, Bolivia, y es republicado por LA PRENSA GRÁFICA por medio de CONNECTAS gracias a un acuerdo de difusión de contenidos.

Crimen de reportero revela complejidad de informar en México

Su tierra. A Gumaro Pérez lo velaron en la casa de su madre, en Acayucan, el mismo lugar en el que de joven había comenzado a trabajar en un periódico de circulación local.

Para unos, Gumaro Pérez era un experimentado reportero de trato amable, apodado “el hombre rojo” por su cobertura de temas policíacos en Acayucan, Veracruz, uno de los estados mexicanos más peligrosos tanto para la prensa como para la sociedad en general.

A ojos de la Fiscalía del estado, sin embargo, era un presunto colaborador del crimen organizado que tuvo un final macabro: hombres armados, supuestamente de un grupo rival, irrumpieron el 19 de diciembre en la escuela de su hijo de seis años, en plena fiesta navideña, y le dispararon a bocajarro.

En cualquiera de los casos, el brutal crimen cometido a plena luz del día dejó al descubierto el complejo escenario en el que se mueve la prensa en varios estados mexicanos, incluidas las zonas donde las organizaciones criminales controlan a autoridades corruptas, aterrorizan a la población y se sienten libres de amenazar y asesinar a periodistas con total impunidad.
Muchas veces, ser periodista en estos lugares supone escribir o subir fotografías en portales de internet muy rudimentarios o en una página de Facebook; en otras ocasiones, significa trabajar a tiempo parcial para pequeñas publicaciones con salarios insuficientes para vivir y que obligan a tener otros empleos. Algunos son taxistas o tienen pequeños negocios. Otros trabajan para gobiernos locales. Y no puede descartarse que alguno esté en nómina de los carteles o de las autoridades corruptas por el crimen, aunque sean una minoría.

Con al menos 10 reporteros asesinados en 2017, observadores internacionales consideran que el país vive una seria crisis para la libertad de expresión. En México, además, los riesgos se multiplican para aquellos que trabajan sin editores, sin medios de comunicación que los respalden y sin la ayuda o el asesoramiento necesario si se encuentran en peligro.
“Está claro que eso les hace más vulnerables”, asegura Jan-Albert Hootsen, representante en México del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por su sigla en inglés), con sede en Nueva York.

Y cita el caso de Moisés Sánchez, un reportero de Veracruz que con el dinero que sacaba como taxista imprimía su propio periódico. Fue decapitado y mutilado en enero de 2015 por motivos que –el CPJ confirmó– se debían a su labor informativa en un pequeño y violento pueblo de ese estado. “No tenía ningún apoyo institucional, así que cuando empezó a recibir amenazas de muerte, nadie le respaldó”, lamenta Hootsen.

El último reportero asesinado, Gumaro Pérez, de 34 años, empezó muy joven a trabajar para el Diario de Acayucan, en la localidad del mismo nombre, de menos de 100,000 habitantes. Ubicada en el sur del estado y cerca del golfo de México, es una región rica en petróleo y un corredor estratégico de tráficos ilegales que, según los expertos, actualmente se disputan los carteles de los Zetas y de Jalisco Nueva Generación.

“Entonces era un muchacho trabajador”, cuenta el subdirector del Diario de Acayucan, Cecilio Pérez, quien no tiene ninguna relación familiar con Gumaro. Después, asegura, le perdió la pista por mucho tiempo.
Gumaro Pérez enviaba notas a varios portales e incluso abrió el suyo propio: La voz del Sur. En paralelo, hace unos años empezó a colaborar también con el alcalde de Acayucan, Marco Antonio Martínez, para quien lo mismo hacía de chofer que de fotógrafo o asistente personal, aunque no estaba en la nómica del ayuntamiento y no está claro cómo se le pagaba, explicó Jorge Morales, de la Comisión Estatal de Atención y Protección a Periodistas de Veracruz, un organismo gubernamental.
El alcalde no contestó a reiteradas solicitudes de entrevista para este artículo.

Y según varios periodistas locales entrevistados por The Associated Press, Gumaro Pérez, parecía tener un trabajo más: vigilar a sus colegas y coaccionarles para que publicaran o callaran información de acuerdo con los intereses del cartel de los Zetas.

Dos reporteros de Acayucan, que pidieron el anonimato por cuestiones de seguridad personal, dijeron a la AP haber recibido llamadas intimidantes de Gumaro.
En una de esas conversaciones, supuestamente pidió al reportero “bajar una nota” o en caso contrario pasaría su teléfono “a ya sabes quién y que se comuniquen contigo”. Esas palabras sonarían inofensivas en otros lugares, pero en zonas controladas por el crimen organizado pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.
“Los periodistas de Acayucan vivían aterrorizados y en una angustia constante con ese sujeto”, dice Ignacio Carvajal, un veterano reportero que cubre la zona, y asegura que ese patrón se reproduce en otras partes del estado, donde prevalece la “narcopolítica”. Para él, “no es un caso aislado”.

La Fiscalía de Veracruz lanzó su versión sobre los supuestos nexos de Gumaro con el crimen 24 horas después del homicidio. Hasta ahora no ha presentado pruebas y se limitó a decir que su versión se basa en conversaciones extraídas de su celular y registros de visitas a un líder criminal preso.
Sus allegados han negado cualquier implicación con la delincuencia. “Para mí y mi familia, mi hermano era una persona muy decente que caminaba con la frente en alto y al que muchos admiraban”, afirmó su hermana, Maribel Pérez, durante el velorio.
Fidel Pérez, un reportero que tampoco tiene vínculos familiares con Gumaro, dijo conocerlo hace casi 10 años y que era un hombre tranquilo, que vivía sin los lujos que se presuponen en alguien implicado con el narco. A su juicio, el señalamiento de la Fiscalía fue “muy precipitado, muy aventurado”, sin haber investigado nada más.
La Fiscalía no ha dado tampoco ningún dato que apunte a que su homicidio pudo ser consecuencia de alguna historia que publicó. Una de sus últimas notas fue sobre asuntos policiales enviadas al portal Golfo Pacífico, en septiembre y octubre de 2017. Virgilio Reyes, director de la página, dijo que después de eso dejó de colaborar porque estaba ocupado con sus trabajos para el alcalde.
En México, cuando matan a un periodista, es común que las autoridades intenten desvincular su labor informativa del móvil del crimen e incluso empañar la imagen de la víctima, lo que ha llevado a que muchos duden de las versiones oficiales.
Y aunque Carvajal es de los que cree que Gumaro Pérez hacía “lobby” para el crimen, también considera que el pronunciamiento de la Fiscalía huele a querer apaciguar el golpe político de un asesinato brutal, en lugar de hacer una verdadera investigación que esclarezca la verdad. “Sean buenos o sean malos periodistas, lo que queda al final del día es impunidad”, sentenció.
Muchos analistas consideraban que la peor época para la prensa en Veracruz fue con el anterior gobernador, Javier Duarte (2010-1016), actualmente preso bajo cargos de corrupción y lavado de dinero.
Sin embargo, la llegada de un nuevo gobernador –de otro partido– no mejoró la situación: al menos tres periodistas veracruzanos han sido asesinados este año. Las muertes han ocurrido en medio de una oleada creciente de violencia en Veracruz y otros estados del país, no vista desde los peores años de guerra frontal contra el crimen organizado.
“En un estado como Veracruz, si la violencia ha crecido y la impunidad ha crecido, incluso si hay un cambio de administración, la situación para los periodistas no cambia de forma significativa”, dice Hootsen.
Y advierte que el peligro es que si no se investigan adecuadamente los asesinatos de informadores, “casos aislados podrían usarse para criminalizar y generar un ambiente más hostil” contra un gremio que ya se encuentra muy acosado.

Cita el caso de Moisés Sánchez, un reportero de Veracruz que con el dinero que sacaba como taxista imprimía su propio periódico. Fue decapitado y mutilado en enero de 2015 por motivos que –el CPJ confirmó– se debían a su labor informativa en un pequeño y violento pueblo de ese estado. “No tenía ningún apoyo institucional, así que cuando empezó a recibir amenazas de muerte, nadie le respaldó”, lamenta Hootsen.

El principio de la “descomposición” de Veracruz comenzó hace más de una década, explicó Jorge Morales, de la comisión estatal para periodistas, cuando el cartel de los Zetas penetró en las estructuras políticas y de seguridad y fracturó el Estado de derecho. La creciente violencia que se vive hoy, añadió, es la “metástasis” de ese cáncer.
Los días posteriores al asesinato de Gumaro Pérez, Acayucan parecía estar en relativa calma y con los patrullajes policiales habituales. Sin embargo, pocos se atrevían a hablar y los que lo hacían aseguraban que la ciudad está al rojo vivo.

“Desde inicios de año es demasiado”, afirmó Lilia Domínguez, cuya casa está justo frente a la primaria donde se cometió el homicidio. “Matan aquí, matan allá…”
Uno de los reporteros que presuntamente fue víctima del acoso de Pérez asegura que no hay motivo para sentirse ahora más seguro. El crimen organizado sigue presente en la ciudad y dice que nunca se sabe qué posición asumirá la autoridad.
“Su muerte solo deja miedo”

Público. La muerte de Gumaro Pérez causó conmoción, pero no la suficiente como para fortalecer la seguridad de los informadores.

¿Cómo ser uno de los mejores chefs del mundo?

BORAGó
Rodolfo Guzmán, chef chileno del restaurante Boragó

“Farsante”. “Sirve comida para vacas”. “Un insulto a la tradición chilena”. “Guzmán es un fabuloso publicista de sí mismo… pero muy pocos dicen haber comido deliciosamente de la mano de él”.

Esos fueron algunos de los señalamientos que, en 2006, utilizó la prensa para referirse a Rodolfo Guzmán poco después de que él abrió su restaurante de cocina chilena contemporánea en un pequeño local del distrito de Vitacura (Santiago, Chile), donde meses antes funcionaba un desvencijado bar.
Con tan solo 38 puestos y una jugosa cantidad de ideas que había coleccionado durante dos años de trabajo en restaurantes de tres estrellas Michelin en Europa, el joven chef se había dado a la tarea de dar de comer a los santiaguinos de la misma manera como se alimentaba –y aún se alimenta– el pueblo mapuche: utilizando ingredientes endémicos (propios de la región) del territorio chileno, cortándolos y cocinándolos de acuerdo con las tradiciones milenarias de esta población. La regla general era no trabajar con ningún insumo importado, así eso le costara un ojo de la cara.

Y así fue. Cuando Boragó salió al aire, nadie entendió lo que estaba tratando de hacer: un laboratorio donde había hongos silvestres, frutillas salvajes, algas, pencas, lenguas de erizo, fresas de mar y plantas suculentas de las alturas chilenas que se combinaban meticulosamente en platos de barro negro. De hecho, los comensales, perdidos y desconcertados, extrañaban los grandes cortes de carnes y pescados –preferiblemente importados– con los que habían construido su idea de la alta gastronomía chilena.

La poca acogida que tuvo la propuesta no tardó en traducirse en una enorme cifra en rojo en su extracto bancario. Y para no tener que cerrar el restaurante, Rodolfo tuvo que vivir de una empresa de cáterin –con una oferta de producto bastante más comercial de lo que él hubiera querido–, de otros créditos bancarios y del apoyo de sus familiares y amigos, que iban a cenar a Boragó cada vez que podían.

Así pasaron algunos meses, durante los cuales agotó su capital. El cierre de Boragó era inminente. Pero como nadie se muere la víspera, una tarde entró una llamada al restaurante que Rodolfo asumió como una broma: provenía de una revista de una prestigiosa línea aérea y anunciaba que Boragó había sido incluido en la lista de los mejores restaurantes de Latinoamérica y que aparecería en todos los ejemplares de los vuelos que arribaran a Santiago de Chile. De un día para otro el restaurante pasó de cero comensales a un lleno parcial. Un poco de gasolina para unos buenos kilómetros más.

A los pocos meses conoció a Alejandra, con quien, después de noventa días de noviazgo, decidió casarse. Ella, consciente de la titánica pelea que daba Rodolfo, decidió dejar su proyecto personal de arquitectura y enfrentar con su esposo a un comensal escéptico que ridiculizaba y trapeaba el piso con la revolucionaria propuesta de Boragó. Sin embargo, pese al apoyo, la afluencia de público volvió a bajar y Rodolfo, ahogado por las deudas, decidió poner en venta el restaurante.

Pero hubo un último intento. En 2009, Boragó, que aún no se vendía, cambió su sede a una casa más grande gracias a otro crédito, esta vez otorgado por el Gobierno chileno. Y aunque la nueva locación parecía prometer bastante, las cifras continuaron siendo casi las mismas: todas en rojo. Entonces vino el segundo empujonazo. En 2011, Boragó fue incluido en una guía de restaurantes europea en donde figuraban varios locales con tres estrellas Michelin. El efecto de la nominación fue inmediato y las finanzas de Boragó empezaron a resucitar. Para finales de ese año, Rodolfo y su esposa estaban en punto de equilibrio y con motivo del quinto aniversario de Boragó, Andoni Luis Aduriz y el equipo del famoso restaurante Mugaritz –uno de los mejores del mundo– decidieron viajar a Chile para cocinar con Rodolfo.
Faltaba la cereza en el pastel. El hecho que partió en dos la historia de este restaurante en Santiago fue la sorpresiva visita del crítico Andrea Petrini, conocido como el Todopoderoso de la alta gastronomía mundial: presidente del jurado de The World’s 50 Best Restaurants y muy famoso por lanzar al estrellato jóvenes chefs a escala mundial. Le fue tan bien que, en 2013, el restaurante entró a la lista latinoamericana en el puesto número ocho y desde 2014 se ha mantenido dentro del top cinco de la región.

No hay un plato estrella, no existe. Existe el menú de degustación que yo veo como un solo plato. Un solo momento para expresar la comida de un lugar.

Cuatro años después de su figuración en el prestigioso listado, Rodolfo es un referente de la cocina latinoamericana, además de ser un cocinero exitoso, feliz, reservado, silente y muy apuesto. Un artista que a punta de firmeza y testarudez logró consolidar un restaurante que sirve un único menú de degustación, elaborado exclusivamente con ingredientes recogidos por pequeños productores a lo largo de toda la geografía chilena.

Y como bien lo dice Luis Andoni Aduriz en uno de los dos prólogos del libro de Boragó –el otro lo escribió Petrini–, Rodolfo no escogió el camino fácil. Al contrario, optó por serle fiel a la revelación que tuvo durante su estadía en Europa, se aferró a su concepto de cocina de territorio y soportó con dignidad las piedras que le tiraron y las pruebas que a diario le significó sobrevivir a la incomprensión de sus comensales.

Una historia que acaba con un final feliz y con el reconocimiento de una nueva generación de cocineros y comensales que ven en Guzmán al chef que cambió para siempre la forma de ver y de pensar la cocina en Chile.

¿Cuál es el plato estrella de Boragó?
No hay un plato estrella, no existe. Existe el menú de degustación que yo veo como un solo plato. Un solo momento para expresar la comida de un lugar.

¿Cuántos pasos tiene su menú de degustación?
Entre 16 y 20 pasos, dependiendo de la temporada.

¿Cuál es ese ingrediente endémico (propio de la región) chileno que lo vuelve loco?
Las algas, los frutos y los hongos silvestres. Por su potencial y porque en Chile no se había hecho nada con ellos.

Rodolfo Guzmán

¿Cuál ha sido el mayor descubrimiento con respecto de una preparación, obtenido en el laboratorio de Boragó?
Son miles, pero le puedo decir dos. El primero, lograr que un ingrediente pasara de tener una posibilidad a tener 400 posibilidades. A punta de ensayos y experimentos logramos, con un solo ingrediente, 400 resultados distintos. El otro, haber engañado a la bacteria del pajarito, una especie de kéfir chileno que se hace con leche de vaca. En el laboratorio, después de haber trabajado e insistido durante meses y meses, logramos que la bacteria de ese fermento creyera que la leche vegetal con la que lo alimentábamos era leche animal. Entonces imagínese, logramos algo así como un yogur griego, pero hecho de leche vegetal. ¡Maravilloso!

¿Cuándo y cómo supo que Andrea Petrini iba a ir a Boragó?
No lo supe. Él simplemente llamó a hacer la reserva y se apareció.

¿Sabe por qué razón Petrini se enteró de la existencia de Boragó?
No lo sé con exactitud, pero creo que alguien le contó que había un restaurante muy interesante en Chile y que valía la pena hacer el viaje desde Europa.

¿Qué le dio de comer a Petrini cuando vino a su restaurante?
No me acuerdo del menú de degustación exactamente. Muy difícil tenerlo en la cabeza, ya que ese año hicimos unas 700 preparaciones. Pero con seguridad le puedo decir que le dimos locos (una especie de molusco).

¿Qué le dijo Petrini después de cenar?
“Esto es impresionante”. Y a partir de ahí empezó a hablar de nosotros con mucho énfasis. Quedó impresionado. Él no se esperaba algo de ese tipo, porque Chile nunca ha tenido la reputación de ser un país gastronómico.

¿En qué restaurantes, aparte de Mugaritz, trabajó durante su estadía en España?
En Azul Profundo y Balzac.

¿De los tres, cuál le tocó más la fibra?
Todos me aportaron de una manera invaluable. Lo que sí le puedo decir es que fue en Mugaritz en donde me sentí más cómodo. Ver cómo la cocina mundial iba para un lado mientras que la de Mugaritz iba en contra de la corriente era muy estimulante. Me sentí removido por dentro como cocinero y, pues ni hablar de tener la oportunidad de aprender de un maestro tan relevante como Aduriz.

Durante seis meses, después de la entrada a la lista y de que Boragó empezó a llenarse totalmente cada noche, yo entraba todos los días a la oficina de “Gordo”, el encargado de las reservas, a mirar si el restaurante volvía a su estado normal de no tener reservas. Lo tenía tan presionado con eso que, un día, me prohibió la entrada.

¿Cuál es la anécdota más memorable sobre aquellos días de principiante?
En mi primera práctica en Chile, en un restaurante muy famoso de Santiago, había una jefa de cocina muy pequeñita, pero muy buena. Hacía una cocina tremenda y los servicios eran muy intensos. Ella me dijo que le gustaba trabajar con gente que se interesara por aprender y me dio la instrucción de preguntar ante cualquier duda. Y yo, intenso y ansioso por aprender, básicamente la sequé a punta de preguntas. Ella soportaba bien la cosa y me respondía y yo sentía que había llegado al paraíso. ¡Por fin alguien me quería enseñar! Pero resulta que yo estaba totalmente obsesionado por emplatar y todos los días durante meses le preguntaba si podía pasar ya a la estación de emplatado. Ella muy paciente me decía que no, que todavía no, y yo, cada día más intenso y ansioso, insistía e insistía. Hasta que un buen día la mujer no aguantó más, se salió de casillas y me mandó callar. Recuerdo que gritaba la pobre: “Rodolfo me tienes harta, no quiero que emplates nunca. ¡Nunca vas a emplatar! Te voy a sacar de la cocina, no te soporto”. Pobrecita, se notaba lo desesperada que estaba. Finalmente, un día me dejó emplatar, se dio cuenta de que era muy bueno y fui nombrado oficialmente en esa posición, donde me fue muy bien.

¿Y ha vuelto a verla? ¿Son amigos?
La vi hace como cinco años. Fue muy deferente conmigo y me dijo que se sentía muy orgullosa de mí.

¿En dónde estudió cocina?
Estudié en Santiago en una escuela cualquiera, medio de batalla.

¿Hizo marchas blancas (cenas de prueba) antes de abrir Boragó?
Sí. Invité a todos mis amigos y familia.

¿Alguna embarrada monumental?
Ninguna. Fue impresionante. Se sentía como si el restaurante estuviera andando hacía mucho tiempo. Lo que sí le puedo decir es que ese día conocí una habilidad mía que no sabía que tenía; ese día sentí que floreció en mí la capacidad de improvisación. En ese servicio logramos cambiar platos completos durante la marcha sin que se interrumpiera el ritmo del servicio.

¿Cuál es su magia y cuál el secreto de su éxito?
Yo soy un fiel creedor de que las cosas buenas se consiguen sí y solo sí con metodología y mucha disciplina. No creo en eso del “free ride” (salirse del camino). El “free ride” atenta contra los resultados correctos en el proceso de una cocina.

¿Quién fue la primera persona a la que llamó cuando se enteró de que había entrado en la lista de los 50 Best?
No llamé a nadie. Me quedé solo, encerrado en mí mismo como una hora sin poder hablar. Y de hecho puedo decirle algo más punzante que se convirtió más tarde en una pequeña anécdota del restaurante. Durante seis meses, después de la entrada a la lista y de que Boragó empezó a llenarse totalmente cada noche, yo entraba todos los días a la oficina de “Gordo”, el encargado de las reservas, a mirar si el restaurante volvía a su estado normal de no tener reservas. Lo tenía tan presionado con eso que, un día, me prohibió la entrada y me dijo: “Rodolfo, estoy cansado de usted; no lo quiero más acá con ese cuento. El restaurante cambió, no es el mismo que usted conoció, ahora está lleno, por fin. Se acabó, acéptelo, ya que parece un loco”. Pero es que había algo en mí que no lo creía, me tomó mucho tiempo aceptar esta nueva realidad.

¿Un error que nunca volverá a cometer?
No escucharme a mí mismo. Solo cuando uno se escucha a sí mismo es cuando puede empezar a escuchar a los demás y a volverse más permeable con lo que pasa alrededor.

¿Cuál es su lado oscuro?
Mi infancia. En casa yo siempre fui el “chachito”, que en Chile quiere decir el problema. Me iba muy mal en el colegio. Lo que más recuerdo es el examen de pruebas de grado que en mi caso fue superfrustrante; lo abría, lo miraba, pero lo quería cerrar enseguida, y pensaba: “Señor, usted no es bueno para nada, no tiene ninguna habilidad, ni para matemáticas, ni para física, ni para nada”. Recuerdo que no fui capaz de mostrárselo a mis padres, me dio mucha vergüenza.

Pero no todo podía ser malo. ¿En qué le iba a bien?
Bueno, me atrevo a decir que tenía habilidades con las manos y que fui muy buen deportista, lo que sacaba la cara por mí.

Me cuentan que usted antes de querer ser chef se quiso dedicar profesionalmente al esquí acuático. ¿Qué pasó ahí?
¡Tengo un tobillo biónico! Sufrí una fractura total de huesos y ligamentos mientras estaba esquiando un día y me tuvieron que hacer un reemplazo total de esa coyuntura. Ahora no puedo practicar casi ningún deporte.

Platillos

¿Y cuál practica?
Corro. Los cocineros podemos llevar una vida de excesos, comemos mucho, viajamos… En fin, es importante equilibrar.

¿Cómo le cambió la vida el accidente? ¿Qué pasó a partir de ahí?
Dejé el esquí y entré a estudiar cocina en Chile como cualquier muchacho.

Usted trabajó en España entre 2003 y 2004. ¿Qué lo impulsó a irse de Chile?
Tuve decepciones muy importantes en los restaurantes en los que trabajé al graduarme en Chile. Veía cómo la comida era menos relevante que la decoración y que casi todo eran réplicas de conceptos de afuera. El chef era un tipo muy culto y, en cambio, el equipo con el que trabajaba estaba compuesto por personas que no tenían esa cultura y que sufrían una desconexión gigantesca con el oficio. Eso me produjo una frustración tremenda porque finalmente yo tenía una pasión muy grande por lo que hacía y había entendido otra cosa cuando estaba estudiando. En ese momento decidí dejar todo lo que tenía e irme en busca de una nueva realidad y adoptarla como si fuera mía. Quería encontrar eso que había leído en algún libro de los restaurantes de afuera y, finalmente, terminé tocando puertas en el País Vasco.

BORAGó

¿Qué significa Boragó?
No significa nada. Es una palabra que yo me inventé a la cual le puse un acento visible porque quería reflejar el hecho de que, en el español, un acento puede cambiar todo el sentido de una palabra. Algo así como lo que puede suceder con los platos que creamos en el restaurante.

Para muchos puede ser un enigma la operación de un restaurante como Boragó. ¿Cómo es ese proceso?
Detrás del restaurante hay más de 200 personas, entre pequeños recolectores y pequeños productores a lo largo de todo Chile. Hay gente que vive de nosotros y que corta ingredientes que son únicos en el mundo, debido a situaciones geográficas muy singulares. Chile es un país muy angosto y muy largo que llega hasta el final del planeta, muy abajo, donde tenemos unas condiciones naturales que son muy distintas a las del resto de los países en Latinoamérica y que determinan que esos ingredientes, que nosotros usamos, existan. En Boragó nos inventamos un concepto desconocido e inexplorado, no teníamos referentes de nada. La operación se fue gestando ella sola en reacción a los problemas y dificultades que iban surgiendo. Al principio no sabíamos nada, pero luego todo comenzó a tomar una personalidad muy definida y con los años empezamos a desarrollar lo que yo llamo un muy largo “proceso de aprendizaje”.

¿Qué representa para su obra el libro “Boragó” (Phaidon), que está por publicarse?
El libro es el resultado de ese proceso de aprendizaje que duró 10 años. Algo que llamamos el punto cero. El momento en el que decimos: “¡Por fin aprendimos a cocinar!” De aquí para adelante sentimos lo mismo que cuando abrimos las puertas del restaurante. El libro es el manifiesto de este logro.

¿Qué lo hace sentir que en efecto ha alcanzado ese llamado punto cero?
Tener la certeza de que, como grupo humano, hemos alcanzado el entendimiento de tres cosas que, pienso, son fundamentales: uno, quiénes somos; dos, de dónde venimos; y tres, qué tenemos alrededor.

¿Qué fue eso que encontraron en ese proceso de entendimiento?
Identidad. Imagínese que para los chilenos la comida local nunca fue importante. Lo mejor y lo realmente bueno era lo que venía de afuera. Los ingredientes mapuches eran considerados muy ordinarios. ¡Pero imagínese que el 80 % de nuestra sangre es mapuche! ¡Una de las culturas más antiguas de América! Si hay una cultura lo suficientemente profunda para sentirnos arraigados al territorio chileno es esta precisamente.

Detrás del restaurante hay más de 200 personas, entre pequeños recolectores y pequeños productores a lo largo de todo Chile. Hay gente que vive de nosotros y que corta ingredientes que son únicos en el mundo, debido a situaciones geográficas muy singulares. Chile es un país muy angosto y muy largo que llega hasta el final del planeta, muy abajo, donde tenemos unas condiciones naturales que son muy distintas a las del resto de los países en Latinoamérica y que determinan que esos ingredientes, que nosotros usamos, existan. En Boragó nos inventamos un concepto desconocido e inexplorado, no teníamos referentes de nada.

Imagen del restaurante

Y hablando de su equipo de trabajo, ¿qué hay de diferente en Boragó que no hay en ningún otro restaurante?
Hay una persona que se dedica exclusivamente a hacerles seguimiento a todos los ingredientes que usamos, desde que crecen en algún arbusto entre la Patagonia y el desierto de Atacama, hasta que llegan a la puerta del restaurante. Su misión es solamente asegurarse de que cada insumo llegue en las mejores condiciones posibles desde todas las latitudes del territorio chileno. Y todo esto para afianzar que Boragó no es un concepto, sino la continuidad del pueblo mapuche.

Y en un sentido más comercial, ¿qué lo diferencia de otros restaurantes comparables con el suyo?
Entender el territorio. Imagínese que nos tardó más de 10 años entender las estaciones. Sabemos qué está sucediendo en este momento en el Valle Central, en la Patagonia, en el desierto de Atacama… Y esto es muy importante para nosotros.

¿Algo así como el resultado de un largo proceso de investigación?
No. Nosotros no somos investigadores, somos cocineros, aprendedores profesionales. Aprendemos de campesinos, de pescadores, de recolectores. No tenemos ningún apego, observamos y aprendemos todo lo que nos lleve a esos tres puntos que ya comenté. La investigación la usamos solo cuando necesitamos aprender a cocinar mejor.

¿Cuál es la fuente de ese conocimiento y esa sensibilidad hacia lo mapuche?
La sangre. Mejor dicho, ese conocimiento está dentro de nosotros. Mi familia es de Chiloé y tengo una cercanía al pueblo mapuche desde hace muchos años. Es algo natural en mí. Pasé todos los veranos de mi infancia en Chiloé con mi abuela, cultivando, cosechando, ordeñando… De ahí que esa memoria tenga un rol muy importante hoy en día en mi trabajo como cocinero.

¿Qué hay detrás de cámaras, fuera del proceso en el restaurante, que nutra el concepto de Boragó?
Nuestra finca a unos 30 kilómetros del restaurante. Manejamos agricultura biodinámica, criamos nuestros patos y cultivamos todos los vegetales que servimos en el restaurante. Criamos a los animales con mucho amor, los queremos como perros. Les damos una vida increíble y estoy seguro de que esto le da un sabor a la comida muy diferente porque entendemos las cosas desde otra perspectiva. Y también, y esto nadie lo sabe, todos los días a las 9 de la mañana el equipo de producción se va a sacar con sus propias manos algunos insumos de los cerros alrededor de Santiago. Las cosas que hay que hacer para esta recolección son impresionantes.

Y con respecto a eso, ¿ha sucedido que algún naturalista acérrimo pudiera argumentar que esas prácticas atentan contra el ecosistema?
Sí, ha pasado y hay mucha gente que ha querido molestar. Alguna vez subí a Instagram una foto de uno de nuestros patos sacrificados y algún seguidor comentó: “Rodolfo, eres un asesino…”. Y bueno, me pueden catalogar de asesino, ¿pero qué hay de los demás sacrificios de animales que consumimos en el mundo? En Boragó procuramos cuestionarnos todo lo que hacemos y tratamos de entender las posibilidades de la naturaleza, de tal manera que lo hagamos bien para que cuando cortemos uno, salgan dos. En la naturaleza todo está diseñado para que esto sea así. Es el principio de la vida más básico.

¿Esa habilidad para hacer combinaciones innovadoras viene de una técnica que se aprende? ¿Hay alguna teoría para este arte de combinar? ¿De dónde sale?
No hay una técnica o una teoría. Estas mezclas salen de la intuición humana. Es precisamente lo que nos hace humanos. Y si a lo largo de la historia han surgido combinaciones que funcionan muy bien, como la albahaca y el tomate, dichas combinaciones nos las podemos aprender de memoria y utilizarlas si queremos. Sin embargo, la mayoría de las mezclas en Boragó surgen de nuestra intuición.

Los dueños de restaurantes tienen por lo general un diablito que les habla y los tienta a crecer y expandirse. La mayoría cae en ello. ¿Qué le hablan los demonios a Rodolfo Guzmán?
Le mentiría si le dijera que no me llama la atención dar de comer a más personas. Sin embargo, ese diablito aún no me ha hablado y no está dentro de mis planes expandirme por ahora.

¿Quién es para usted ese cocinero que inspiró a los latinoamericanos, acostumbrados a alabar lo internacional, a buscar adentro?
No fue uno, fueron varios: Adrià, Andriz, la Escuela Nórdica. Ellos empezaron a trabajar con el concepto de territorio y fue como en la música o en el arte: unos crean un nuevo estilo de expresión y por simple inercia el resto de las comunidades del mundo los empiezan a seguir.

¿Leyó alguna vez la carta del cocinero argentino Francis Mallmann en la que rechazaba su nombramiento como juez de los 50 Best? ¿Qué opina de esta posición?
No la leí, pero algo oí. Admiro mucho a Mallmann y, bueno, me considero una persona muy respetuosa y me siento muy bien cuando respeto y mal cuando no lo hago. Estoy seguro de que la posición de Mallmann cuenta con buenos fundamentos.

Y por último, un amigo suyo que lo admira mucho le manda a preguntar si realmente entendió que usted cambió la forma de ver la cocina de toda una generación en Chile.
La verdad no me he detenido a pensar en eso. Mi mundo gira entre mis dos familias: la de mi casa y la de mi cocina. Estas me absorben totalmente y el tiempo pasa muy rápido. No me he detenido a pensar en eso, la verdad. No aún.

En busca del nuevo Caribe colombiano

Caribe Colombiano
Menos ingresos. El ingreso per cápita en el Caribe Colombiano está en un 30 % por debajo del promedio del resto del país.

Decir Caribe supone una reflexión sobre el sentimiento de pertenencia. Hablar de una conciencia casi familiar que define en buena medida la identidad de esta región de Colombia, una de las más mitificadas y a la vez olvidadas del país. La tierra de Gabriel García Márquez, la costa de Cartagena de Indias, una de las urbes que marcaron el destino de América, la de Barranquilla y del pueblo wayúu es hoy un territorio que busca dejar atrás la pobreza, los latigazos de la corrupción y allanar el camino a la transformación y el crecimiento. Ese propósito quedó negro sobre blanco la semana pasada en la ciudad de Santa Marta con un compromiso, impulsado por Casa Grande Caribe, una iniciativa apoyada por el Banco de la República –inspirada en el título de la novela del escritor Álvaro Cepeda Samudio– que persigue la inversión de $16,548 millones en 12 años en un ambicioso programa de inclusión social.

La región, con alrededor de 10 millones de habitantes repartidos en ocho departamentos, tiene que hacer frente a emergencias en materia de nutrición, salud, educación, suministro de agua y alcantarillado. La mortalidad infantil es de 254 niños por cada 100,000 personas, el analfabetismo supera el 9 % y, por ejemplo, en La Guajira solo el 56.5 % de la población tiene acceso a un acueducto. “El Caribe colombiano, que es más grande que muchos países latinoamericanos, es parte de la periferia colombiana y esa periferia tiene niveles de pobreza y de ingresos per cápita menores que el resto del país”, explica Adolfo Meisel, codirector del Banco de la República y organizador de la cumbre que reunió a algunas de las personalidades más respetadas de la costa y trató de dibujar un nuevo horizonte.

“El ingreso per cápita del Caribe colombiano está un 30 % por debajo del promedio del resto de Colombia. Y una tercera parte de los pobres vive en este territorio. Durante el boom petrolero no se invirtió en las prioridades. Hay muchos elefantes blancos. Hay la plata, falta la voluntad”, continúa Meisel. “El problema para avanzar en la lucha contra la pobreza extrema no tiene que ver ya con falta de recursos. Tiene que ver con el liderazgo, con un liderazgo que es inadecuado, por la corrupción, por la mediocridad, por la ineptitud y por la irresponsabilidad”. El alcalde de Cartagena, Manuel Vicente Duque, fue detenido en agosto con la acusación de cohecho y tráfico de influencias. El de Santa Marta estuvo bajo arresto dos días la semana pasada por presuntas irregularidades en la concesión de contratos.

Menos ingresos. El ingreso per cápita en el Caribe Colombiano está en un 30 % por debajo del promedio del resto del país.

Desde el puerto de esa ciudad se exporta café, carbón, aceite o banano. La región cuenta con cauces para crecer, pero debe mutar. “Tiene una falla de liderazgo en el sector empresarial, el sector político, académico, en los medios que guardan silencio. Y eso tiene que empezar a cambiar. Casa Grande Caribe tiene que vincular a gente joven, gente muy bien preparada, gente que tiene una ética muy diferente”, razona el directivo del Banco de la República.

El pacto recoge “el firme propósito de apoyar las inversiones y políticas públicas necesarias para eliminar las inhumanas condiciones de vida de amplios de sectores de la población del Caribe”. El objetivo consiste en alcanzar una inversión de $3,002 millones en nutrición, $6,275 en educación, $2,158 en salud y $5,113 en mejora y construcción de alcantarillado y suministro de agua. La iniciativa, apoyada por la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI), calcula que esas cantidades pueden salir “de los recaudos tributarios propios de la región, de los ingresos de regalías (las concesiones que pagan las empresas que extraen recursos naturales no renovables, por ejemplo, hidrocarburos y minerales) y de la participación del Caribe en el presupuesto nacional”. Casa Grande asegura que “en esas fuentes habrá recursos más que suficientes”.

No obstante, para ello es necesaria una reforma de la ley de regalías. Por esta razón, cuando faltan seis meses para las elecciones presidenciales de 2018, los promotores del pacto instan a los candidatos que lleguen a la segunda vuelta a participar en un debate público “para que se pronuncien sobre estas propuestas y respectivas inversiones. Que el próximo presidente apoye esta iniciativa de inversión en capital humano es la prioridad de la región y que le dé participación a nuevos líderes del Caribe, que no estén contaminados”, concluye Meisel.

***

LOS RETOS DE LA COMUNICACIÓN

El papel de la conversación pública y de los medios resulta decisivo en la construcción de esta cultura. Jaime Abello Banfi, director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), incide en la importancia del momento. “Estamos asistiendo a una evolución del regionalismo del Caribe colombiano. Está basado en una identidad cultural, en el territorio y tiene la sensación de que ha estado históricamente rezagado. En este encuentro nos estamos poniendo una meta muy concreta, sensata, para cerrar esa brecha social. Se está proponiendo generar un consenso”, señala.

“Pero tenemos amenazas, y la mayor de todas es la corrupción”, advierte Abello. Para combatirla, explica, el periodismo tiene que intervenir en tres niveles. “Uno, que la gente esté mejor informada. En segundo lugar, una clásica tarea de vigilancia del poder. Hay que luchar contra la tendencia a una alta dependencia de lo público, especialmente de lo oficial. Hay que desoficializar la agenda informativa. Lo tercero es generar esa gran conversación pública a través de esa manera de actuar que pueden ser las redes sociales”, reflexiona.

Desde el puerto de esa ciudad se exporta café, carbón, aceite o banano. La región cuenta con cauces para crecer, pero debe mutar. “Tiene una falla de liderazgo en el sector empresarial, el sector político, académico, en los medios que guardan silencio. Y eso tiene que empezar a cambiar”.

Mejoras en la alimentación. Uno de los grandes objetivos de la región es alcanzar una inversión de $3,002 millones en nutrición.

El compromiso se firmó en Santa Marta, capital del departamento del Magdalena, donde Gabo se subía al tren para regresar a su casa, en Aracataca. Carlos Nelson Noches, amigo de infancia del premio nobel, contó hace unos meses a EL PAÍS que cuando pasaba por la finca bananera de la United Fruit Company veía esa tablilla que decía finca Macondo. El universo del pueblo literario de “Cien años de soledad” contribuyó a difundir un imaginario colectivo del Caribe.

“Él y sus amigos como Álvaro Cepeda Samudio, yo creo que aspiraban a que el Caribe pudiera lograr la dignidad de vivir decentemente sin perder nuestra esencia cultural, nuestra manera de ser, nuestra identidad, y sobre todo demostrando que se puede ser feliz en la tierra del eterno verano”, apunta Jaime Abello. La necesidad de fortalecer ese sentimiento de pertenencia se traduce hoy también en el deporte. En el fútbol, por ejemplo. En la cumbre participó el cantante Carlos Vives, quien señaló que algo está fallando, cuando los niños caribeños dicen ser hinchas del Atlético o del Madrid. Eso quizá tenga que ver, sin más, con un mundo globalizado. En cualquier caso, la anécdota habla de un orgullo regional sin complejos, otra de las premisas para la transformación del Caribe.

Mea Shearim, el barrio de las cien puertas

Hermetismo. Una de las calles de Mea Shearim, un barrio de Jerusalén donde la comunidad judía ultraortodoxa está más cerrada que otras zonas hebreas.

“La comunidad judía ultraortodoxa de Mea Shearim es una sociedad religiosa más cerrada que otras muchas. Está luchando constantemente contra la revolución digital porque cree que eso los alejará de la religión”, asegura Ofir Barak, fotógrafo que ha dedicado dos años a retratar sus calles.

“Mientras estuve en Mea Shearim, de día o de noche, solo vestía ropa negra y hasta me dejé crecer una larga barba”, asegura Barak quien realizó este gesto “para integrarse en la zona”, donde los varones llevan traje negro y sombrero de ala o peculiares vestimentas con batines y medias de hace dos siglos.

Las mujeres deben llevar falda o vestido y cubrir todo su cuerpo, excepto las manos, el cuello y la cara. Algunas tapan el cabello con un tocado y otras lo hacen con pelucas que ocultan el pelo original.

***

UNA GRAN VARIEDAD DE ORÍGENES
Barak fue testigo día a día de un año difícil en el barrio: 2015, cuando se firmó el primer borrador de ley que obligaba a las comunidades haredíes (literalmente, temerosas de Dios) a cumplir con el servicio militar, obligatorio para hombres y mujeres en todo Israel, y al que estas se oponen férreamente.

La norma motivó decenas de manifestaciones violentas en las que estos mostraban su rechazo.

Los varones ultraortodoxos dedican su día a día al estudio de la torá (pentateuco), muy pocos trabajan y viven en buena medida de las subvenciones que reciben por número de hijos, lo que genera malestar entre la población laica, que exige que contribuyan y aporten a la sociedad.

“A pesar de que históricamente la fundación de Mea Shearim en el siglo XIX, fue askenazí, hay una mezcla de orígenes, explica a Efe Tamar El Or, profesora de Antropología de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

En sus calles se habla mayoritariamente yidish, el dialecto vernáculo originado en centroeuropa en el siglo IX, y no hebreo, la lengua de la erudición o semítica, que recuperó Israel tras su fundación en 1948.

En Mea Shearim las mujeres deben llevar falda o vestido y cubrir todo su cuerpo, excepto las manos, el cuello y la cara. Algunas tapan el cabello con un tocado y otras lo hacen con pelucas que ocultan el pelo original.

El Or asegura que, aunque “todos comparten las mismas raíces y la mayoría de sus residentes son hasídicos, una corriente dentro de los haredí, existen muchas diferencias. Cada uno tiene su propia comunidad. Vienen de Hungría, Rusia, Polonia y Rumanía, entre otros lugares”.

Mensaje. Los pasquines por las paredes del barrio son habituales y hacen veces de periódicos de Mea Shearim.

Benjamin Brown, Profesor y experto en Ortodoxia Judía en la misma universidad, asegura que la corriente que impera en Mea Shearim sigue la rama hasídica, cuyo padre fundador y primer líder fue el rabino ucraniano Israel Baal Shem Tov (1700-1760), aunque la fecha de su nacimiento, e incluso su misma existencia, son un misterio en algunos círculos religiosos.

Se le conoció como el Amo del Buen Nombre y quiso introducir modelos de vida nuevos para revitalizar la comunidad judía en Europa Oriental. Además, fue un curandero que “alivió a los enfermos a través de la torá”, según coinciden los que escribieron sobre él.

En uno de esos textos se dice que las últimas palabras que pronunció, y que su hijo pudo escuchar, fueron: “No temáis a nadie más que a Dios”, de donde los haredíes recibieron el nombre temerosos de Dios.

“Después de él tomó el relevo su hijo y así hasta nuestros días, en que muchos de los rabinos descienden de él”, explica la joven Maty Shlomo, pálida y de ojos azules por su origen húngaro y eslovaco, que trabaja en una tienda de libros bíblicos del barrio ultraortodoxo.

***

GRAN VARIEDAD DE TENDENCIAS
Como reniegan de todo avance tecnológico, usan pasquines para informarse: carteles colgados en las paredes de las calles y renovados a diario que hacen la función de periódicos.

En algunos denuncian al estado de Israel y lo tachan de sionista y colonizador. “Los judíos no son sionistas”, se lee sobre una bandera palestina, “Israel ocupa la Tierra Santa”, objeta otro, colgado por los grupos antisionistas, minoritarios entre los ultraortodoxos pero muy llamativos.

Sentada cerca de Shlomo está su compañera Faigui Avraham, que cubre su pelo con una peluca desde que se casó: “Cuando ves en las noticias las protestas de los haredíes en Jerusalén, la gente piensa que eso somos todos, pero no se dan cuenta que dentro de ese gran grupo hay muchísimos más y no todos pensamos igual”, asegura Avraham.

Su abuelo llegó a este lugar después del shoá (palabra hebrea para referirse al Holocausto), pero su familia es originaria de Hungría.

“Yo tampoco quise ir al Ejército y de hecho no fui, pero sí reconozco a Israel como un Estado”, defiende ella, que tiene cinco hijos, la mitad del número considerado “normal” en estas calles.

“Todos somos haredíes pero no pensamos igual, algunos no quieren saber nada de Israel ni del sionismo, para ellos es una herejía que haya un estado israelí que no haya sido proclamado por el Mesías”, continúa Avraham.

“Hablamos distinto, vestimos distinto y vivimos de otra manera”, sentencia a su lado, tras el mostrador, Shlomo, que lleva el pelo cubierto con un sombrero además de una peluca.

“Ella es ‘bels’ y yo soy ‘letaim’, nombres que definen su corriente haredí, “pero están los vishnis, los gu, bobob… Cada corriente haredí recibe el nombre de la localidad de donde viene, y cada uno tiene su propio rabino”, aclara.

La mayor parte de los vecinos de Mea Shearim son askenazíes, descendientes de inmigrantes de Europa del este, apenas hay mizrajís (provenientes de Medio Oriente y norte de África) y los pocos conversos se adhieren a la corriente sefardí, “mucho más relajada y más amigable que las demás”, opinan.

“Nosotras sabemos a qué corriente pertenece cada uno con solo mirar su ropa. Los sombreros, aunque parezcan todo negros, son específicos de un grupo, si por ejemplo llevan la chaqueta abierta o cerrada, o si los calcetines son negros o blancos, definen una rama distinta dentro de la misma comunidad Haredí”, dice Shlomo.

***

LOS CASAMENTEROS
“Hasta la manera de comprometerse cambia de una rama a otra”, continúa Avraham, “muchos matrimonios son acordados entre las familias sin que la futura pareja se conozca y sin opción de negarse, en otras familias los jóvenes se conocen y en otras, tienen libertad para decidir por ellos mismos”, especifica.

Como si se tratara de un gran secreto, agrega: “Existe lo que se llaman ‘shadján’, casamenteros, que si creen que dos personas pueden encajar, presentan a las dos familias” y si culmina en matrimonio, recibe hasta mil dólares de cada familia.

“Cuanto más mayor es la pareja, más se paga”, desvela ella, que reconoce haber ejercido de shadján con su marido para una pareja que acaba de tener su cuarto hijo.

Ella tuvo la oportunidad de conocer a su esposo y de elegir si lo quería o no, y Shlomo se reunió con su marido solo una vez antes del enlace, su padre se encargó de saber cómo era el chico. “Preguntó a los amigos, a los familiares, al rabino, a toda la gente que le rodeaba”, así es como funciona, sentencia orgullosa.

Dentro de estos matices que tiene el barrio, donde los asuntos se resuelven entre los miembros de la comunidad y donde las leyes religiosas son las que gobiernan, Barak, el fotógrafo, confiesa que durante su trabajo allí capturó a menudo lo que denomina la “tristeza del lugar” un sitio donde, asegura, “se oprime a la mujer, hay pobreza y una muy mala educación”.

Sus residentes, no lo ven así. Mea Shearim es uno de los pocos lugares de Jerusalén donde las calles se cortan totalmente al tráfico rodado los shabat y no se permite ninguna violación de las leyes judías en su interpretación más estricta.

Así, sus habitantes lo perciben como uno de los pocos reductos donde pueden vivir realmente como Dios ordenó a sus fieles.

Ritual. Un judío ultraortodoxo realiza un ritual llamado Kaparot; realizado antes de Yom Kippur, el Día de la Expiación y el más sagrado de las fiestas judías, en el barrio de Mea Shearim en Jerusalén, Israel.

El periplo de una adolescente iraquí para sobrevivir al EI

Encierro. La toma del poder del Daesh dejó a Mosul sin libertades. Una adolescente cuenta cómo sobrevivió a esos días en los que a todos los cercaron.

Las tres mujeres se tensaron cuando su taxi se acercó al puesto de control vigilado por combatientes del grupo extremista Estado Islámico. Todos en Mosul temían los puestos de control; no podías predecir lo que esos hombres armados harían motivados por su fanatismo para destrozar cualquier indicio de “pecado”. Uno de ellos observó a Ferah, la chica en el asiento trasero.
La joven de 14 años llevaba el velo exigido sobre la cara, pero había olvidado bajar la tela para cubrir también sus ojos. Un combatiente le gritó para que lo hiciera. Pero Ferah no llevaba guantes, otra de las piezas requeridas. Si arreglaba el velo, verían sus manos desnudas y las cosas empeorarían.
En un intento por desaparecer, se hundió en su asiento.
Los hombres explotaron y gritaron que se llevarían a Ferah, a su madre y a su hermana ante la hisba, la temida policía religiosa que sancionaba a quienes violaban las órdenes del grupo EI. Sacaron a rastras al conductor y lo interrogaron. ¿De qué conoces a estas mujeres?
Ferah sentía a los hombres acechando al otro lado de la ventana; temibles, enormes y musculosos y con una barba que les llegaba al pecho. Su madre palideció. Una simple visita a casa de un amigo se estaba convirtiendo en un desastre.

Y de repente, se acabó. De alguna forma, el conductor tranquilizó a los hombres armados.
Ya seguros en casa de su amigo, Ferah se vino abajo. No solo temblaba, su cuerpo entero convulsionaba.

Este era el nuevo mundo de pesadilla en el que tendría que vivir la joven iraquí.
Ferah nunca había escuchado del grupo EI hasta que los milicianos tomaron el poder. Cuando comenzó el verano de 2014, el mundo se abría ante ella. Había terminado el primer curso en una nueva escuela privada, la mejor de la ciudad, que le encantaba. Había hecho nuevas amigas. Sus clases eran en inglés, su materia favorita. Soñaba con ser diseñadora de interiores.
Pero en junio, los milicianos del grupo EI invadieron Mosul y la ciudad cayó en el caos.
Los faros iluminaron las calles alrededor de la casa de Ferah alrededor de la medianoche. Vecinos con maletas se amontonaban en autos, soldados aventaban bolsas a camionetas, alejándose a toda velocidad bajo el ruido de la artillería y los disparos. Al otro lado de la ciudad, estalló un éxodo de pánico. Las dos hermanas mayores de Ferah, que estaban casadas y vivían cerca, llamaron para decir que huían a la cercana zona kurda. Su mejor amiga de la escuela le dijo por mensaje que su familia se iba a Turquía.
La familia de Ferah se quedó.

A la mañana siguiente, despertó a un mundo gobernado por milicianos, a los que se refiere despectivamente por su acrónimo árabe, Daesh.

Conforme los días se convertían en semanas y las semanas en meses, Ferah ya no quería salir. Era demasiado peligroso. Se refugió en su habitación, lejos del horror, de las historias de hombres acribillados en plazas públicas y de mujeres apedreadas hasta la muerte.
Su refugio eran las palabras. Colocó una vela en un vidrio viejo y, con su tenue luz, sacó su iPad y escribió en su muro de Facebook. Unas cuantas líneas al día sobre un sentimiento o pensamiento, un temor o una esperanza.
No tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que vivir así, o si ella y su familia sobrevivirían.
“¿Cuál es el problema?”, preguntó en uno de sus diálogos imaginados.
“El futuro desapareció. Se vino abajo”.
“¿Cómo puedo comprender tus sentimientos?”
“Ponte en medio del Daesh… Intenta ser un soñador mientras estás entre Daesh”.

***

LA PLAGA
Cada día había más hombres fanáticos. Estaban por todos lados, con sus barbas largas y sus túnicas justo por encima del tobillo. Nunca sonreían y parecían estar enojados todo el tiempo.
Cuando regresó a la escuela, esta también estaba bajo el control del grupo EI. La escuela privada a la que asistía antes estaba cerrada, así que fue a una pública. Estaba segura de que algunas niñas de su clase eran del Daesh: llevaban las caras tapadas por velos, casi nunca hablaban con los demás y cuando lo hacían, era para hacer juicios severos.
Ferah les tenía miedo. Dejó de asistir a las clases.
El hijo de la familia de la casa contigua se volvió miembro del grupo EI. “¿Cómo puedes permitirle unirse?”, preguntó la madre de Ferah a la otra, que se encogió de hombros como respuesta. Pronto, también el esposo de la mujer usaba la ropa de los milicianos. Toda la familia era de Daesh. La familia de Ferah conocía a esa gente desde hacía años, se visitaban mutuamente en casa. La habitación de Ferah daba a su vivienda.
Era como una plaga que se propagaba y transformaba a la gente.
Uno por uno, los amigos que quedaban de Ferah se despedían para irse a Turquía o zonas kurdas.
Los parientes y amigos de la familia que se quedaron pasaban por la casa con frecuencia y comentaban las noticias. Ferah se enteró de las leyes que habían impuesto. El Daesh prohibió fumar. Durante el ramadán, arrestaban a personas sospechosas de no respetar el ayuno. Quienes violaban las reglas eran azotados en plazas públicas.
Comenzaron las atrocidades. Cientos de reos chiíes de la principal prisión de Mosul fueron asesinados. Policías y soldados fueron abatidos en plena calle para que todos lo vieran.
El padre de Ferah, profesor universitario, utilizaba un dicho árabe para explicar que el Daesh explotaba la religión: “Hablando con rectitud, mientras cometes el mal”, decía. Él y su esposa habían criado a sus cuatro hijas para que valoraran la educación y la fe. Eran una familia musulmana suní religiosa y con frecuencia rezaban juntos. Ferah, sus hermanas y su madre usaban velo, como casi todas las musulmanas en Mosul. Pero esto no se parecía en nada al islam que conocían.
Proliferaban los patrullajes de la policía religiosa de la hisba y se imponían cada vez más reglas. A las mujeres se les exigió usar el niqab: túnicas negras, guantes y velo que ocultan toda forma corporal y las mantienen lejos de las miradas de los hombres incluso en público.
Ferah odiaba usar el niqab. Odiaba al Daesh. Y odiaba su vida.

El padre de Ferah, profesor universitario, utilizaba un dicho árabe para explicar que el Daesh explotaba la religión. “Hablando con rectitud, mientras cometes el mal”, decía. Él y su esposa habían criado a sus cuatro hijas para que valoraran la educación y la fe. Eran una familia musulmana suní religiosa y con frecuencia rezaban juntos. Ferah, sus hermanas y su madre usaban velo, como casi todas las musulmanas en Mosul. Pero esto no se parecía en nada al islam que conocían.

La mañana del 16 de octubre de 2014, desayunó como de costumbre, ayudó a su madre con las tareas y rezó a mediodía.
Luego entró a su habitación, cerró la puerta con llave y lloró.
Sus amigas se habían ido. Sus dos hermanas mayores también. Una estaba embarazada cuando huyó, y ahora Ferah tenía una sobrina recién nacida a la que solo conocía por fotos. Estaba aislada y sola, temerosa de salir.
A la hora de la comida no salió. Sus padres se preocuparon.
“Puedes superar esto, Ferah”, le dijeron a través de la puerta.
“Necesito estar sola”, sollozó.
Escribió sus ideas en inglés en hojas de papel. ¿Por qué nada resulta como esperaba? ¿Por qué pasa esto? Le gustaba escribir sus pensamientos más profundos, lo que no quería que nadie supiera, en inglés, no en árabe. Luego cortaba el papel, tal como le hubiera gustado cortar su realidad, y guardaba los pedazos en una caja en su armario.
Pero entrada la noche, luego de horas sentada en la cama, intentó algo diferente. Escribió en árabe.
“De repente, la vida te despoja de lo que amas, como si te castigara por un crimen que aún no se cometió”, escribió. “Me da miedo preocuparme por los dispersos restos de mi alma, solo para después perderla. ¡A veces le tengo miedo a la felicidad!”
Lo publicó en su página de Facebook y, curiosamente, se sintió mejor, “como una luz al final de un misterioso camino”.

***

LOS SIETE HÁBITOS DE ADOLESCENTES
Ferah nunca se consideró escritora. Pero abrió una nueva cuenta de Facebook y publicaba cada pocos días. Pronto tenía cientos de seguidores que se convirtieron en miles.
Desde su habitación, creó un nuevo mundo. Hizo mariposas con hojas azules, rojas y verdes y las colgaba alrededor del espejo. Las mariposas: brillantes, optimistas. Colgó tiras de luces blancas desde el techo. Pegaba letreros en inglés en las paredes: “Sé tú misma”.
Y, para crear ambiente, prendía su vela.
En sus escritos se enfrentaba a su mayor temor: Probablemente su vida nunca empezaría. El Daesh podría quedarse siempre.
“Cuando cierras los ojos, sientes lo horrible que es tener las manos encadenadas y ser incapaz de imaginar el futuro. Te acurrucas en el suelo y lloras”.
Sabía que estaba sensible. Podía llorar durante horas o salía de su cuarto gritando: “¿Qué hago aquí? Todos me abandonaron”. La hermana de Ferah evadía el estrés o dormía. Pero a la menor provocación, Ferah se encendía.
Su madre se preocupó y encontró excusas para entrar a su cuarto y vigilarla.
No era fácil criar a una adolescente en una ciudad tomada por fanáticos. Una palabra equivocada podía matarte.
En el verano de 2015 se extendió la noticia de que un hombre fue arrestado después de señalar la casa de los vecinos de Ferah que se habían convertido al Daesh a la coalición liderada por Estados Unidos. Convencidos de que habría un ataque aéreo, la familia de Ferah y otros vecinos decidieron irse unos días.
Al partir, vieron que la esposa de la familia señalada también lo hacía.
Ferah estalló. “¿Por qué te vas? ¿No quieres el martirio?”, gritó. “Regresa a tu casa y deja que la ataquen. ¡Irás directa al paraíso!”
Aterrorizada, la madre de Ferah se llevó a su hija.
La casa del vecino nunca fue atacada. Los milicianos dispararon al presunto informante en la cabeza en una plaza pública y el esposo mostró con orgullo el video, jactándose: “Este fue uno que intentó intimidarnos”.
Al poco tiempo, el 19 de julio, Ferah cumplió 15 años. Su madre intentó organizar una fiesta, pero ella lo evitó. No quería soplar velitas y actuar como si fuera un cumpleaños feliz. ¿Qué tenía de feliz?
No solo era el miedo. El aburrimiento era paralizante.

Sin libertades. El Daesh impuso en Mosul una serie de reglas cuyo cumplimiento se verificaba de forma discrecional. Esto dejó muchas víctimas mortales.

Mes tras mes, Ferah y su hermana deambulaban por la casa intentado llenar unas horas que pasaban agonizantemente lentas.
La noche traía lo más cercano a la libertad: internet. Durante el día, la compañía limitaba su uso, lo que complicaba ver un video. Pero pasada la medianoche, los megabytes eran ilimitados.
En todo Mosul, la sociedad se protegía tras puertas cerradas y vivía vidas virtuales, nocturnas, y dormían hasta bien entrado el día. Incluso el padre de Ferah estaba atrapado. No tenía empleo porque el grupo EI cerró las universidades. Además, no le crecía la barba, así que al salir arriesgaba ser acosado por la hisba, que exigía que los hombres llevaran barba como la del profeta Mahoma. Pasaba gran parte de sus días escribiendo un libro en su estudio.
Ferah leía. Se descargó traducciones árabes de libros de autoayuda: “Succeed for Yourself: Unlock Your Potential for Success and Happiness” (“Ten éxito por ti mismo: Desbloquea tu potencial al éxito y la felicidad”), “You Will See It When You Believe It” (“Lo verás cuando lo creas”) o “The Power of Intention” (“El poder de la intención”).
Le gustaba tanto “Los siete hábitos de adolescentes altamente efectivos” que lo leyó dos veces. Primer hábito: “Sé proactivo”. Eso significaba decir: “Soy la fuerza. Soy el capitán de mi vida. Puedo escoger mi actitud”.
Optó por libros sobre la adolescencia porque quería comprender la fase de desarrollo por la cual pasaba. Aprendió que eran sus años formativos, cuando la personalidad se define.
Ferah cayó en la cuenta que no podía seguir así. Si estoy deprimida y atemorizada, esa forma de pensar se quedará conmigo para siempre.
No tenía caso quejarse, se dijo a sí misma. Debía aprovechar ese tiempo para lograr algo que pudiese permanecer con ella. Podía ser una soñadora entre el Daesh, sería la capitana de su vida. Este sería su proyecto.
Su diario en Facebook creció. Sus seguidores, ya más de 6,000, elogiaban su escritura y eso le daba fuerzas.
Una tarde notó que la comenzó a seguir una chica iraquí. Ferah le envió un mensaje para preguntarle el motivo. “Porque entré a tu perfil y vi que eres una buena persona”, respondió.
Era Rania, también originaria de Mosul, pero su familia había huido a Dahuk, en territorio kurdo. Ferah y Rania comenzaron a chatear con frecuencia, al principio sobre cosas superficiales, pero luego surgió una amistad.
Aun así, todos estos pasos parecían demasiado pequeños para evadir la realidad del Daesh. “Sé que después de todo este tiempo vivía en mi mundo de ensueño”, escribió Ferah. “Una sola palabra puede devolverme todo el dolor”.

***

EL AROMA DEL PARAÍSO
En ninguna parte de Mosul se podía escapar del terror del Daesh.
Una vez, Ferah fue con sus padres a una de sus comprobaciones ocasionales a la casa de su hermana mayor. No se atrevieron a detener el auto, pasaron lentamente por delante. La casa había sido confiscada y ahora familias partidarias de EI vivían ahí. Ferah los vio entrar y salir con sus túnicas cortas, barbas y velos como si fuera su casa. Las calles eran un peligro.
Los ojos vigilantes y obsesionados de la hisba captaban “errores” de mujeres que ni ellas mismas sabían que cometían. De afuera de la casa del tío de Ferah se llevaron a una niña. Su túnica se había abierto y vieron algo rojo debajo, un toque de color prohibido en lo que debía ser un atuendo totalmente negro.
La propia azotea de Ferah era un peligro. Era un lugar para disfrutar de la brisa en las sofocantes noches veraniegas, pero la casa familiar estaba expuesta, totalmente visible desde tres direcciones. ¿Cómo saber de qué podían acusarte si te veían ahí?
En un barrio cercano, una niña de unos 12 años había subido a su azotea. Por casualidad, un niño en la casa contigua estaba en la suya al mismo tiempo. Fueron vistos y se levantaron sospechas. El Daesh los arrestó y los mató. La niña fue lapidada en la calle frente a su casa, el castigo por adulterio. Todos en el barrio comentaban lo sucedido. Comentaron que cuando dejaron de apedrearla y se llevaron el cuerpo de la niña, permaneció un cálido olor a almizcle, uno de los aromas del paraíso, señal inequívoca de que era inocente y Dios se la había llevado.
Definitivamente no subas a la azotea. El único lugar seguro era entre las cuatro paredes.
“¿No hay un derecho a la libertad de soñar, la libertad de tener los mejores años de mi vida?”, escribió Ferah. “Solo me gustaría saber cuándo viviré realmente”.

***

SUS PEQUEÑAS OBRAS
En su cuarto, Ferah profundizaba en un mundo que se volvía cada vez más elaborado.
Imprimía fotos de Instagram y Tumblr de caras o de la moda que le gustaba y las pegaba sobre su cama. “Todo lo que imaginas es real”, decía un cartel. Otro mostraba a una niña con alas de hada. “¿Y si caigo?”, decía la imagen, que también respondía: “Ah, querida, ¿y si vuelas?”
Sus recortes de papel se multiplicaban, ya no solo había mariposas, sino flores, corazones y un nido de crías de pájaro. Los llamaba “mis pequeñas obras”.
La luz de su vela la motivaba. “Háblame con frecuencia”, decía. “Estoy aquí para meditar y reflexionar contigo”.
Por la noche, exploraba la red. Descubrió toda una microcultura de entusiastas del diseño de interiores en YouTube. Su favorito: cualquier cosa de la cadena IKEA. Practicó su inglés viendo caricaturas. Vio “Asalto al poder”, con Channing Tatum, una y otra vez hasta que comprendió casi todos los diálogos.
Lo mejor era su amistad con Rania.

En un barrio cercano, una niña de unos 12 años había subido a su azotea. Por casualidad, un niño en la casa contigua estaba en la suya al mismo tiempo. Fueron vistos y se levantaron sospechas. El Daesh los arrestó y los mató a ambos. La niña fue lapidada en la calle frente a su casa, el castigo por adulterio. Todos en el barrio comentaban lo sucedido. Comentaron que cuando dejaron de apedrearla y se llevaron el cuerpo de la niña, permaneció un cálido olor a almizcle.

Tenían gustos similares. Rania le envió una foto suya y su ropa era algo que Ferah se pondría. Decoraban juntas cuartos en línea, intercambiaban fotos de muebles.
Ferah nunca había visto a Rania en persona; sin embargo, su amistad era más profunda que cualquiera que hubiera tenido en la niñez. Probablemente porque nació de la adversidad. En sus peores momentos, Ferah escuchaba el aviso de un mensaje de Rania y sabía que nada más abrirlo, reiría.
“Me entristece que un cielo nos cubre a ambas y no podemos conocernos, que las fotos digitales nos unen y no podemos conocernos”, escribió Ferah. Pero le dio las gracias a Dios: superar la distancia “es absolutamente lo más hermoso que he experimentado”.
Al menos dentro del mundo que creó en su habitación podía encontrar confort y pasear lejos en la red con sus amigas, sus escritos y sus lectores.
Pero eso también desapareció.
El 19 de julio de 2016, en su 16.º cumpleaños, el Daesh desconectó el internet.
El grupo EI acordonaba a la población de Mosul. Temía que espías guiaran ataques aéreos estadounidenses mientras las fuerzas iraquíes más al sur comenzaban su marcha hacia la ciudad con el objetivo de recuperar el feudo más importante del Daesh.
Ferah quedó sola. Comenzó a tomar clases de costura con una amiga de la familia. Le encantaba. A veces se quedaba en la máquina de coser hasta las 3 de la madrugada y con el tiempo hizo casi 20 atuendos, algunos los regaló.
Y escribía, ahora para ella, no para sus seguidores. Escribió largas reflexiones donde se retaba y se enfrentaba a sus dudas.
Conforme pasaban los meses, halló que sus pocas obras –sus manualidades, su ropa, sus escritos– eran sus éxitos secretos. Le dieron confianza para valerse por sí misma.
“Nadie puede detenerte cuando confías en lo que tienes dentro, cuando sobrevivir está en tu corazón incluso cuando tu cuerpo se hunde, cuando la luz está adentro incluso cuando te rodea la oscuridad”, escribió. “Obligaré a mi realidad a someterse a mis deseos y lograr mis objetivos. Incluso cuando aumenten las dificultades, no caeré. Vamos, guerra, empeora”.
Solo extrañaba a una persona. Para el cumpleaños de Rania, le escribió un mensaje.
“Construyo un lugar eterno para ti en mí”, le dijo. “Cuando crea que me rindo, tú pasas y estoy segura que, contigo ahí, nunca me rendiré… Gracias por tu corazón, mi amiga, mi flor, mi galaxia, mi mariposa. Te quiero mucho, mucho”.
Podía recibir una débil señal en su tarjeta SIM en el piso superior de su casa. Se paraba en el lugar justo, sostenía el teléfono en alto, presionaba enviar, rezaba que su mensaje, byte por byte, llegara a la amiga que nunca había conocido.

***

Hacia afuera. Mientras tuvo internet, Ferah usó las redes sociales para compartir sus escritos y también para hacer amigos. En el momento más álgido, ya no le quedó ni esa ventana.

CENIZAS
En enero de 2017, el Daesh irrumpió en el mundo de Ferah.
Las fuerzas iraquíes se abrieron camino hacia el este de Mosul en una dura contienda urbana. Los milicianos tomaron viviendas y se atrincheraron en ellas para una sangrienta lucha con las fuerzas de Bagdad, luego se iban al siguiente vecindario. La ciudad se sacudió con disparos, coches bomba y ataques aéreos.
Una tarde, se escuchó un golpe en la verja frontal. No respondieron, así que los hombres armados del Daesh se abrieron camino a tiros.
“Salgan todos”, ordenaron los hombres. Querían la casa, la azotea les daría a sus francotiradores una buena visión. Ferah estaba enfurecida de ver a estos niños armados, no mayores de 17 años y sin duda de aldeas de fuera de Mosul, gritándole a su padre, un hombre respetable de unos 50 años. Incluso en este momento crítico previo a la batalla, lo reprendieron por no tener barba.
La familia de Ferah se refugió con un vecino. Amontonados en un solo cuarto, podían escuchar a los combatientes a un lado, subiendo y bajando escaleras. Esperaron horas para que se debilitara el fragor de la batalla.
Justo antes del amanecer, un golpe. La explosión de un misil, una ráfaga de disparos. Cada vez se acercaba más el zumbido que siempre precede a un ataque aéreo.
Luego una enorme explosión. El cuarto se oscureció. Parte del techo colapsó. Tuvieron dificultades para respirar y los niños pequeños del vecino gritaron en la oscuridad. Ferah y su hermana también gritaron. El padre de Ferah guardaba silencio, estupefacto.
Y así como llegó la tormenta, pasó. El Daesh retrocedió y las tropas del 8.º Ejército Iraquí se dispersaron por las calles que rodeaban la casa de Ferah. Casi después de tres años, su barrio quedaba fuera del control de los fanáticos y en manos del Gobierno.
Sin saber lo que sucedía, Ferah, sus padres y su hermana salieron de su refugio.
“La familia de la casa en llamas está saliendo. No disparen”, dijo un agente por su radio.
Ferah se paró frente a su casa. Las llamas salían de las ventanas de una forma que no se atrevía a mirar. El fuego estaba en su cuarto.
Los combatientes del Daesh habían hecho estallar explosivos en la cocina antes de huir.
Cuando aminoró el fuego, la familia entró. La habitación de Ferah se había derretido. Las paredes eran negras, la pintura se pelaba en dolorosas tiras. El techo había caído sobre su cama.
Sus pequeñas obras eran ceniza: las mariposas, las luces, los corazones y pájaros de papel, la ropa, incluso la caja de su armario llena de recortes con sus pensamientos más profundos en inglés.
“Vi mis sueños mientras se convertían en nada”, escribió. “Mi confianza en el mañana se desvaneció… Mi corazón se encendió”.

***

EPÍLOGO
Pero no fue el final.
Después del incendio, la familia se quedó con la hermana mayor de Ferah en Irbil. Desde ahí, el padre supervisó la reconstrucción de su casa. Ferah tomó un curso de repaso para la secundaria y aprobó. Cuando finalmente retomara las clases, solo estaría un grado atrás.
Visitaron a la hermana de Ferah en Dahuk y conocieron a su hija, de ya casi tres años.
Una mañana, Ferah pasó por una escuela en Dahuk y encontró a un grupo de estudiantes reunido en los pasillos antes de entrar a clase. Buscaba a una en particular.
Rania no supo quién era hasta que Ferah se paró frente a ella.
“¿En serio? ¿Viniste?”, lloró Rania.
“¡Esta es la Ferah con la que has hablado todos estos años!”, rieron las otras niñas.
Las dos jóvenes se abrazaron durante 10 largos minutos. Rania le mostró a Ferah su teléfono: había hecho capturas de pantalla de sus mejores conversaciones. Entre ellas, estaba el mensaje de cumpleaños de Ferah.
En Mosul, el cuarto de Ferah tiene pintura nueva, pero no es el santuario que alguna vez fue. Su madre sacó de un almacén los viejos muebles de su infancia, que ella odia. Extraña sus mariposas, pero no colgará nada hasta que compre nuevos muebles, con suerte de IKEA.
Nada es normal, pero tiene libertad. Todavía es una soñadora, pero ya no entre el Daesh.
A veces, relee uno de sus textos favoritos. Una canción de amor a ella misma. La escribió cuando estaba desesperanzada, elogiando lo bueno que descubrió en su interior.
“Buenos días a todos los que sienten la belleza en su interior, sin importar a quién moleste”, lee en silencio. “Gloria a la luz de los finales que se debilita y la explosión de nuevos comienzos. Nada más durará tanto”.


Por temor a su seguridad en Mosul, Ferah y su familia hablaron con The Associated Press bajo condición de que no se utilizaran sus nombres completos y que algunos detalles que los pudieran identificar no fueran mencionados. Se reportó desde El Cairo.

La revolución contra el acoso sexual sacude a EUA

Con nombre y apellido. Mujeres como Rose Mcgowan han encabezado una revuelta en contra de los hombres que, aprovechándose de sus cargos, han cometido delitos de corte sexual.
#metoo cobra fuerza

Lo recuerdan las víctimas. La película solía empezar así. El presentador de la CBS Charlie Rose, ícono del rigor en la televisión americana, invitaba a su casa a la peticionaria de trabajo y, tras ausentarse un minuto, aparecía ante ella en bata y con los genitales al aire. Knight Landesman, el gurú del arte y editor del magazine Artforum, llamaba a sus empleadas más jóvenes a tomar el té y, una vez sentadas, no dudaba en pasar delicadamente un dedo por sus hombros mientras les murmuraba obscenidades. El antiguo cómico y ahora senador demócrata Al Franken aprovechaba que su subordinada estuviera dormida para tocarle los senos y fotografiarse junto a ella como un sátiro. El entonces asistente del fiscal, luego presidente de la Corte Suprema de Alabama y ahora candidato republicano al Senado, Roy Moore, merodeaba por los juzgados en los años setenta en busca de menores y, si alguna se dejaba convencer, intentaba fundirse con ella en la oscuridad.
No es Babilonia. Ni siquiera Hollywood. Es Estados Unidos. Una nación que de golpe ha visto caer un velo y emerger la basura oculta durante décadas. En menos de dos meses, 34 altos directivos, empresarios y famosos han sido fulminados por acusaciones de acoso sexual. Hay inversores de Silicon Valley, mandamases de Amazon y Pixar, cineastas, directores de medios como Vox o The New Republic, un periodista estrella de The New York Times, senadores, aspirantes a senadores, luminarias culturales, actores, productores, escritores, presentadores, presidentes deportivos… La ola de denuncias ha roto el dique. No pasa el día en que no surja un escándalo y dimita el implicado. Algunos casos son de hace 40 años y otros de este mismo otoño. Pero todos tienen un denominador común: el abuso de poder.

Al igual que ocurriera en la pasada década con la pederastia en las iglesias, un nuevo umbral ha nacido. La tolerancia cero con el acoso sexual ha encontrado tierra firme. Y aquello que durante años permaneció silenciado sale ahora a luz y es juzgado por una sociedad que, bajo el impulso colectivo del #metoo (yo también), apoya a las víctimas.
“Durante demasiado tiempo hemos callado. Una de cada cuatro mujeres ha sufrido acoso en el trabajo. No es una cuestión de Hollywood, o de demócratas y republicanos, sino de un futuro mejor para nuestros hijos. Hay que denunciar los abusos para acabar con ellos”, ha declarado la muy conservadora e influyente Penny Nance, líder de Mujeres Preocupadas por América, una organización cristiana, antiabortista y cercana al presidente Donald Trump.

“¡Ya es hora de limpiar la casa!”, ha clamado desde el otro lado del cuadrilátero ideológico la actriz Rose McGowan. Ella fue de las primeras en acusar por violación al productor Harvey Weinstein, y se ha vuelto un símbolo de la lucha. Su discurso ante la Convención de Mujeres de Detroit marcó un hito. “Durante 20 años me han callado, me han insultado, me han acosado, me han vilipendiado. ¿Y sabéis qué? Lo que me pasó detrás de la escena nos ocurre a todas en esta sociedad. Y no lo vamos a aceptar. Somos libres. Somos fuertes. ¡Todas somos #metoo!”

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Sus palabras recordaron algo que muchos ya sabían. Que el poder y el abuso van a menudo de la mano. Sobre todo en el sexo. No es nada nuevo. Los antecedentes son amplios. Y estos días se están recuperando. Enfrentada a sí misma, la sociedad americana ha vuelto la vista atrás. Y ahí, en la memoria, aparece Anita Hill. La profesora negra que en 1991, ante 10 senadores, todos hombres y blancos, se atrevió a testificar por acoso sexual contra el aspirante al Tribunal Supremo Clarence Thomas. Fue humillada y despreciada por ello. Ni siquiera logró frenar la designación. Pero su valor quedó en el recuerdo. Y poco a poco ayudó a abrir la falla que ahora hace temblar a América: “Soy una superviviente y estoy con #metoo. Pero que nadie se engañe, el cambio no se deberá a un episodio, sino a que todos formemos parte de esta historia”.

Hill no ha sido la única en empujar. Innumerables mujeres han participado y se han visto pisoteadas por hacerlo. Otras han logrado sobrevivir e incluso algunas lo han transformado en una historia de fortaleza. Es el caso de Gretchen Carlson. Miss América 1989 y graduada en Stanford, esta presentadora de Fox denunció el año pasado por acoso al presidente de la cadena, Roger Ailes, y logró su derribo así como $20 millones. Su decisión reveló la cultura de abuso que se había instalado entre los jerarcas de Fox, incluyendo al presentador estrella Bill O’Reilly. Pero el golpe no fue más allá. Como tampoco la caída en junio del presidente de Uber, Travis Kalanick, tras descubrirse un enjambre de acosadores en su empresa.
Durante décadas se ha repetido un esquema bien conocido: se presentaba denuncia, había ruido y luego venía el silencio. Solo el estallido Weinstein ha tenido fuerza suficiente para romper la secuencia. En parte, porque sus víctimas eran más conocidas que él.

Weinstein pertenecía al círculo mágico de los demócratas. Se codeaba con Hillary, financiaba a Barack Obama, tenía por amiga a Michelle y hasta había contratado a su hija Malia de becaria en sus estudios. Poseía influencia y la sabía utilizar. Era el demiurgo de Hollywood y parecía blindado frente a cualquier ataque hasta que el pasado 5 de octubre The New York Times publicó una implacable investigación.

Avalado por la actriz Ashley Judd y más víctimas, el reportaje daba cuenta de décadas de depredación sexual sin límite. Un escándalo que conocía toda la meca del cine y que el productor de “Pulp Fiction” llevaba años tapando con acuerdos extrajudiciales y manadas de detectives privados dispuestos a hacer callar a quien hiciera falta.
Pero esta vez la riada fue demasiado grande. De poco sirvió que Weinstein fuese expulsado de su trono y acabase en una clínica a la espera de una orden de detención. La ola no paró y hasta la fecha le han denunciado 80 actrices, entre ellas Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Rosanna Arquette, Kate Beckinsale, Cara Delevinge, Claire Forlani, Paz de la Huerta (por violación), Lupita N’yongo, Sarah Polley, Léa Seydoux, Mira Sorvino, Uma Thurman…

Familia. La investigación del Times que abrió la caja de Pandora la escribió Ronan Farrow, el hijo de Woody Allen y Mia Farrow. Woody ha estado en el ojo del huracán por casarse con la hija que adoptó junto a Mia.

El efecto ha sido telúrico. Con su capacidad empática, Hollywood ha puesto rostro al acoso. Las actrices han hecho universal el dolor y explicado mejor que nadie la humillación, pero también su decisión de romper con el silencio y quitarse el fango que les hicieron pisar. El resultado ha desbordado el mundo del cine y ha prendido una llama que pocos creen que pueda apagarse.
En este incendio han jugado un papel determinante los medios de comunicación. Las víctimas han hallado en el cuarto poder un camino que les permite sortear el temor a verse aplastadas por demandas de difamación y costes procesales. El medio no solo las avala, sino que contrasta y hace suyo el caso. Tras su difusión, la pelota queda en el otro campo. Las compañías saben que si mantienen al implicado, corren el riesgo de ser acusadas de complicidad. Y la indemnización se puede multiplicar.

El mecanismo ha funcionado. Los denunciantes están ganando la batalla y la prensa, como ya hiciera con los abusos de los sacerdotes, ha vuelto a mostrar su músculo. El peligro de que en esta marejada caigan inocentes es evidente, aunque, de momento, no se ha dado ningún caso conocido. Los escándalos, por el contrario, van a más y la sensación general es que se ha franqueado un umbral. El mismísimo Capitolio ha impuesto a los parlamentarios cursos antiacoso y los presidentes están bajo escrutinio. Figuras como el priápico Bill Clinton son analizadas bajo otra luz y muchos consideran que los casos de Paula Jones y Mónica Lewinsky serían entendidos ahora de otro modo. Tampoco se ha librado George Bush padre, de quien ha aflorado su costumbre de agarrar las nalgas de las mujeres con quienes se fotografía. Seis casos de los últimos 15 años han sido destapados. Bush, de 93 años, ha pedido disculpas por todos.

Pero la mayor presión recae sobre Trump. En 30 años, al menos 24 mujeres le han señalado. Aunque ninguna imputación ha prosperado, el tiovivo de escenas incluye desde tocamientos en avión e irrupciones en camerinos hasta besos salvajes a recepcionistas y supuestos intentos de violación.

Trump siempre ha negado cualquier abuso. Y preguntado esta semana, ha mostrado su “alegría” por la actual ola de denuncias. “Es muy bueno para las mujeres y soy muy feliz de que estas cosas salgan a la luz”, ha dicho. Sus palabras no han tranquilizado a casi nadie. “Ha cometido demasiadas afrentas a la decencia para creérselas”, resume el analista y profesor de Yale Walter Shapiro.
Entre estas “afrentas” figura haber apoyado estos mismos días al candidato por Alabama Roy Moore, acusado de abusar de menores cuando tenía 30 años. Pero también aquella explosiva grabación de 2005 que se hizo pública en la campaña electoral y en la que Trump dijo: “Yo empiezo besándolas… Ni siquiera espero. Cuando eres una estrella, entonces te dejan hacer. Agárralas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”. Una definición perfecta del acoso.

A un año del acuerdo, la paz sigue esperando

Otras guerras. La retirada de las FARC ha derivado en que en algunas regiones en donde el Estado tiene una presencia debilitada se desaten auténticas guerras por el control del tráfico de drogas.

Cuando el envejecido comandante Rodrigo Londoño firmó el 24 de noviembre de 2016 un acuerdo para que sus tropas abandonaran la guerra, el mundo creyó que Colombia había alcanzado el mejor mecanismo para acabar con el conflicto armado más antiguo de América Latina.
Pero un año después, la esperanza ha empezado a decaer.
Los fusiles de las FARC quedaron atrás, pero más de la mitad de sus combatientes han abandonado las zonas de desarme, desilusionados por la falta de proyectos para su paso a la vida civil, según Naciones Unidas.
“Eso es exactamente lo que no se quiere en un proceso de paz”, dijo Dag Nylander, representante en la mesa de negociaciones entre el Gobierno y las FARC por Noruega, país garante junto a Cuba. La desmovilización de los más de 11,000 excombatientes en solo seis meses fue un “logro enorme”, pero insuficiente para llevar el acuerdo a puerto seguro.
“Si Colombia no actúa ahora este proceso no será el ejemplo que muchos habían pensado que se estaba dando al mundo”, agregó Nylander en entrevista con The Associated Press.
El viernes, durante un acto en conmemoración del primer aniversario de la firma del acuerdo en el Teatro Colón de Bogotá, el presidente Juan Manuel Santos y Londoño coincidieron en que no se va claudicar en la meta de paz.
“Este proceso de implementación de la paz tiene dificultades, tiene retos, pero vamos avanzando, trabajando bien y siempre uno puede ver el vaso medio lleno a medio vacío. Hay unos que siempre están interesados en verlo medio vacío, pero la verdad es que va medio lleno y el reto es llenarlo cada vez más rápido”, señaló el mandatario.
A su vez, Londoño sostuvo: “Un año después… transformados en partido político legal, habiendo cumplido completamente con la dejación de las armas y con la satisfacción plena de haber honrado la palabra en cada uno de los compromisos adquiridos nos presentamos ante la sociedad civil para reiterar nuestro compromiso con la paz y la justicia social”.
Por la tarde Santos y Londoño mantendrán un encuentro, en un lugar no confirmado, en el que analizarán varios aspectos del acuerdo de paz.
Para las Naciones Unidas, que verifica el proceso de implementación del pacto, la seguridad es lo que se debe solucionar con mayor urgencia.
Tras la retirada de las FARC como grupo armado y autoridad, muchas zonas del país viven una guerra de bandas por el control del narcotráfico. Con la retirada de un actor clave en el control territorial se triplicó la superficie de cultivos ilícitos desde 2012, cuando iniciaron los diálogos, pese a los esfuerzos del Gobierno por erradicar la coca y difundir programas de agricultura legal.
Mientras el índice de homicidios a escala nacional se mantiene en mínimos históricos, en zonas tradicionalmente dominadas por las FARC los asesinatos aumentaron 14 % en la primera mitad de este año.
Tumaco, el municipio con más cultivos ilícitos de todo el país y uno de los principales puertos de exportación de la cocaína, es la muestra más clara de las nuevas luchas de poder con la presencia de grupos disidentes de las FARC –que siguen reclutando combatientes–, bandas criminales y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la última guerrilla del país tras el desarme de las FARC y que está actualmente en negociaciones de paz con el Gobierno.
El mes pasado siete campesinos cocaleros murieron en Tumaco en enfrentamientos con la policía durante una manifestación contra la erradicación de cultivos. En todo el país, 61 activistas por los derechos humanos han muerto en lo que va del año, frente a los 52 del año pasado, según Naciones Unidas. Ya en 2016, ante la firma del acuerdo de paz, esa persecución se había disparado.
Tumaco es también uno de los principales focos de las disidencias de las FARC, que ya conforman varios grupos y aglutinan en todo el país a un millar de exguerrilleros que no ven en el desarme un futuro viable, según varias organizaciones internacionales.
La fragilidad del pacto en el terreno se suma a la lentitud de la maquinaria política para materializar los acuerdos: 17 % de las 558 medidas necesarias para hacerlo realidad han sido aprobadas, mientras que más de la mitad no han iniciado siquiera su trámite, según un conteo del Kroc Institute para estudios de paz internacional de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos.
El 1.º de diciembre expira la vía rápida que tiene el Congreso para aprobar estas leyes. Ya han sido avaladas reformas difíciles como la Ley de Amnistía para los presos rebeldes y la creación del partido de las FARC, ahora llamada Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común; pero aún falta que avance un elemento clave y que para muchos es el núcleo del acuerdo: la llamada Justicia Especial de Paz, que juzgará a los actores del conflicto armado.
“Sin la justicia transicional en su lugar, el acuerdo entero fracasará”, dijo Nylander, que culpó de la lentitud a la dinámica electoral del Congreso.

La fragilidad del pacto en el terreno se suma a la lentitud de la maquinaria política para materializar los acuerdos: 17 % de las 558 medidas necesarias para hacerlo realidad han sido aprobadas, mientras que más de la mitad no han iniciado siquiera su trámite, según un conteo del Kroc Institute para estudios de paz internacional de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos.

El presidente Santos, galardonado con un Nobel de la Paz por su empeño en acabar el conflicto, admite que la tibia recepción de los acuerdos no es sorprendente tras medio siglo de enfrentamiento armado, 250,000 muertos y millones de desplazados.
El año pasado, el pacto con las FARC fue rechazado en un plebiscito por la mitad de la población, lo que forzó a Santos a tomar la impopular medida de aprobar en el Parlamento un acuerdo modificado.
“Los mejores acuerdos de paz son los que dejan gente insatisfecha de los dos lados”, dijo. “Algunos ya quieren firmar el certificado de defunción de los acuerdos, pero hay que tener en cuenta que construir la paz toma tiempo y que en menos de un año la implementación en Colombia está más adelantada que en otros acuerdos de paz”, añadió.
Santos, sin embargo, es optimista de que su coalición en el Congreso –favorable a la paz– se mantendrá el suficiente tiempo para blindar el pacto ante un eventual viraje político en las próximas elecciones presidenciales.
Pero sobre todo en las filas de los excombatientes temen que se caiga lo acordado. Para Imelda Daza, número dos de Londoño para las presidenciales de 2018, el balance de un año de paz es “fatal”.
“Los excombatientes no se sienten seguros, sienten que el Gobierno no está cumpliendo nada”, dijo. “Hoy, tal como están las cosas, corremos el riesgo de devolvernos a la conflictividad”, agregó la histórica líder de la izquierda.
Para Bernard Aronson, el enviado del expresidente estadounidense Barack Obama a los diálogos de paz, el acuerdo entre el gobierno de Santos y las FARC ha sido el más ambicioso de la historia del país. “Ahora la guerra ha terminado y nadie piensa que volverá a empezar”, dijo a la AP.
Este proceso ha ahorrado a Colombia la muerte de 2,796 personas, sobre todo guerrilleros y militares, según el Centro de Recursos para el Análisis del Conflicto que monitorea el cese al fuego.
“Era inevitable que, dadas las complejidades, la implementación tomara mucho tiempo y fuera más lenta de lo que la gente quiere”, afirmó Aronson. “Es inevitable que haya frustraciones dadas las altas expectativas… (el acuerdo) no iba a convertir Colombia en un paraíso”.

Presidente Juan Manuel Santos

Una fábrica de belleza donde los “santos” hacen milagros

Ganancias. Las modelos que logran ser elegidas como candidatas, aunque no ganen ningún concurso, pueden cobrar hasta 10 veces más después de participar.

En Venezuela hay muy pocas certezas. En uno de los países más violentos del mundo, nadie sabe si llegará vivo a su casa, si conseguirá comida o encontrará el medicamento necesario para sobrevivir. Sin embargo, hay una figura que se mantiene casi inamovible, escondida detrás de escarcha y stilettos con altura de Pirineos: el Miss Venezuela.

Desde 1952, fecha de su creación, este concurso forma parte de la idiosincrasia nacional. La noche del certamen las ciudades se paralizan, las redes sociales se inundan de comentarios y en los sueños infantiles aparece con frecuencia la corona hecha de cristales austríacos, madreperlas japonesas y circones de piedra rusa. Puedes estar de acuerdo o no, pero igual te enteras; aunque sea solo de lo que aparece frente a las cámaras.

Detrás del Miss Venezuela hay un mundo oculto para el televidente, pero también para muchas chicas que desde diferentes rincones del país llegan al certamen con la ilusión de ser protagonistas de lo que creen será una vida de princesas.

Con lo primero que se encuentran, por no decir que tropiezan, es con el costo de participar en el certamen. Unos $32 mil (según cálculos realizados en abril de 2017) debe invertir una candidata que quiera estar en el cuadro de las chicas que compiten por la corona.

Mariana tiene 22 años, mide 1.78 m, es blanca con el pelo muy largo y negro, de cara delgada; su actitud es ligeramente tímida. Fue descubierta por su mánager y maquillador en una panadería del estado Zulia, mientras trabajaba como cajera, para poder pagar sus estudios universitarios de Administración.

Vive en un hogar modesto, sostenido económicamente por su padre que es un soldador. Desde que decidió ingresar en el certamen regional que servirá de filtro para llevarla posteriormente al concurso de Miss Venezuela, prácticamente toda la economía familiar está destinada para pagar los dos meses de intenso entrenamiento que incluyen gimnasio, clases de nutrición, oratoria y pasarela. Pero este es apenas el primer paso. En caso de que sea elegida para participar en el Miss Venezuela, las facturas se irán amontonando.

En un país en el que según estimaciones del Fondo Monetario Internacional la inflación excederá 2.300 % en 2018 y el PIB caerá en 12 % este año, la carrera por la corona es el equivalente a 924 salarios mínimos mensuales o 77 años de trabajo.

Los gastos, o la inversión en caso de que el Miss Venezuela sea trampolín para una carrera como modelo, son tan elevados pues, al menos durante cuatro meses, deben mantenerse impecables las 24 horas, los siete días. “La persona que participa en el Miss Venezuela rápidamente se convierte en figura pública y, si son modelos, después de participar en el certamen cobran 10 veces más”, asegura Diego Montaldo, periodista de espectáculo con más de 30 años de experiencia en la cobertura del Miss Venezuela y profesor de oratoria.

Viviana Valente, Miss Portuguesa 2016, lo corrobora. Dice que en menos de dos meses ha logrado recuperar su inversión luego de participar en los casting y las campañas publicitarias.

La cifra por participar podría parecer demasiado alta para una trabajadora clase media, pero no para Osmel Sousa, el zar de la belleza y quien lleva la batuta del concurso desde principios de los ochenta. Deslenguado, extravagante y controlador, en el certamen no se mueve una pluma sin su consentimiento.

Sousa no tiene complejos en admitir que busca un resultado óptimo –que a sus ojos es la “fabricación” de una Barbie en vida con medidas 90-60-90– y que hará uso de cualquier artimaña estética para alcanzarlo. “Si hay que hacerle a una niña una cirugía en la nariz, se hace. Esto es una industria y como industria debemos apuntar a la perfección. No podemos quedarnos en la mediocridad”, señaló en un documental que hizo la BBC en 2014.

Y, para él, la perfección tiene un precio.

Un vestido de gala puede costar entre $5 y $10 mil dependiendo del diseñador. No obstante, en la mayoría de los casos, hay un acuerdo con la aspirante que lo desfila, lo muestra y luego lo devuelve.

Lo más costoso es mantenerse regia cada día durante los cuatro meses que dura la preparación. Durante este lapso las chicas gastan unos $10 mil en prendas de vestir, zapatos y accesorios, preferiblemente de marca. Los Dolce & Gabbana, Louis Vuitton, Armani, Rayban y Louboutin se pasean por la Quinta (sede de la Organización Miss Venezuela) como en cualquier pasarela de París o Milán.

Las extensiones de cabello natural han pasado a ser tan importantes como la vestimenta. Comprarlas y colocarlas está por el orden de los $550.

“Al principio yo vivía con una amiga en Caracas y luego un amigo de mi papá, me dio un apartamento alquilado. Todos los días yo compraba ropa nueva, siempre uno tiene que estar de punta en blanco”, asegura Miss Bolívar 2015, Alvany Goncalves, quien deja en claro que los gastos del concurso se los cubrió su papá.

Ante los altos costos de participación, algunas chicas desisten de participar, otras hacen recolectas y rifas en sus barrios o parroquias, una especie de “crowdfunding” analógico y otras apelan a los “santos”: empresarios y funcionarios gubernamentales que se mueven en el mundo de la belleza, siempre prestos a ayudar a cambio de compañía y/o favores sexuales. Algunas de las muchachas que acceden a este trato usan en las redes sociales el hashtag #bendecidayafortunada o #blindadaporDios.

El patrocinio oscuro no le resulta desconocido a Goncalves, aunque aclara que muy probablemente cualquiera que haya accedido a este trato lo mantendrá en secreto. “Si les ofrecen algo, ellas se quedan calladas, nadie va a decir ‘me está pagando tal persona a cambio de que yo sea su acompañante’. Eso es algo que todo el mundo se reserva”.

El gimnasio se convierte en un elemento tan importante como el agua para las futuras candidatas, que pueden gastar hasta $90 mensuales que incluyen un entrenador personal. Eso, en una economía como la venezolana es un verdadero lujo.

Una vez que son elegidas candidatas, el costo del gimnasio corre por cuenta de la Organización Miss Venezuela. En otros casos se hacen intercambios publicitarios, como por ejemplo con las carillas o prótesis dentales que hacen ver la dentadura “perfecta”, es una intervención conocida como “diseño de la sonrisa”. Las cirugías plásticas son caso aparte.

Los gastos, o la inversión en caso de que el Miss Venezuela sea trampolín para una carrera como modelo, son tan elevados pues, al menos durante cuatro meses, deben mantenerse impecables 24 horas, los siete días. “La persona que participa en el Miss Venezuela rápidamente se convierte en figura pública y, si son modelos, después de participar en el certamen cobran 10 veces más”, asegura Diego Montaldo, periodista de espectáculo con más de 30 años de experiencia.

Transformación con bisturí

Si tocara describir a Pina rápidamente, uno de sus principales rasgos sería la delgadez. Tiene 25 años, mide 1.62 metros y pesa 50 kilos. Para este trabajo acudió a la consulta de Peter Romer, reconocido como uno de los cirujanos plásticos de las mises. El consultorio asemeja la sala de una casa con detalles de madera y cuadros coloridos. Por supuesto, una revista Cosmopolitan descansa en una de las mesas de la esquina. En la decoración no hay alusión alguna al concurso.

Ya en la oficina, un cuadro en blanco y negro del Salto Ángel se roba la atención. Eso y un implante de glúteos que descansa en el escritorio.

Romer halaga la figura de Pina y le pregunta qué le gustaría hacerse. Trata de que se sienta confortable y le asegura que no le gusta que sus pacientes critiquen sus cuerpos.

Ella le dice que quiere parecerse a Edymar Martínez, la Miss Internacional de 2015.

El cirujano sabe perfectamente qué es lo que ella necesita. Le sugiere una rinoplastia (nariz), una mamoplastia (senos), una cirugía de orejas y una liposucción para quitarte un poco de grasa de las caderas.

Durante la consulta, no hablan de dinero, solo al salir, la secretaria le entrega el presupuesto. Estos procedimientos descritos por el médico tendrían un costo total de $13,800. Además habría que sumarle los $50 de la consulta. Pina gana un promedio de $60 mensuales como diseñadora. Para costear las operaciones tendría que disponer de su sueldo intacto durante casi 20 años. La mayoría de las jóvenes que participan en el concurso pasan por el bisturí.

Negocios. Osmel Sousa es el “hacedor de mises”, es quien está a cargo de una industria de belleza que mueve millones de dólares.

Secreto maquillado

Cinco muchachas esperan entre inquietas y apuradas que mencionen su nombre. Se mueven en las sillas. El asfixiante calor de Maracaibo (estado Zulia, a unos 700 kilómetros al occidente de Caracas) no les afecta porque están bajo el aire acondicionado del hotel más lujoso de la capital zuliana. Solo quieren que las mencionen para poder mostrar en el casting que sí poseen lo que se necesita para llegar a ser mises. ¿Y el dinero, lo tienen? Al preguntarles cómo piensan costear su participación en caso de ser electas, cinco de las muchachas responden al unísono: “Con patrocinantes”.

La figura del patrocinante no es una novedad en el certamen. Desde los inicios del Miss Venezuela, algunos diseñadores cedían sus confecciones para que las chicas desfilaran en traje de gala. En otros casos, algunos maquilladores y estilistas preparaban a las participantes a cambio de que se hiciera mención a su trabajo, práctica que aún se mantiene. Incluso se ha repotenciado gracias a las redes sociales. Este, se conoce como un patrocinio transparente.

Pero en los últimos cuatro años, precisamente cuando se ha profundizado la crisis económica, se fortaleció la figura del patrocinante oculto o la participación del “santo”, un personaje que no busca publicidad por su trabajo, por el contrario, prefiere permanecer bajo las sombras y actúa como un mecenas clandestino.

José Rafael Briceño fue profesor de oratoria de tres Miss Universo, una Miss Mundo, dos reinas hispanoamericanas, dos Miss International, una Miss Tierra y una Reina del Café. Asegura que cuando se fue del Miss Venezuela (2014) el patrocinio oscuro o los “santos” era algo excepcional. “Lo que sí me han dicho es que ahora se ha extendido”.

Leoncio Barrios, psicólogo social y estudioso del Miss Venezuela, sostiene: “Por tradición, la política del colchón forma parte del mundo del espectáculo”, por lo que estas situaciones no les son ajenas al Miss Venezuela, pero tampoco son exclusivas. De acuerdo con las fuentes consultadas, los “santos” no obligan a las muchachas a aceptar estos acuerdos. Por lo general, se organizan fiestas o cenas en donde son presentadas a los posibles patrocinantes. En la joven queda decidir si acepta o no.

Opinión pública. En Venezuela se habla, se discute, se escribe, se analiza hasta el más mínimo detalle sobre los concursos de belleza. Es un asunto de país.

De acuerdo con cifras tentativas, un 30 % de las candidatas cada año accede a este tipo de mecenazgo, según una “missóloga” que prefiere mantener el anonimato.

En el país de las mises, la missología es una disciplina: hay expertos en el certamen, se hacen tesis doctorales, se discuten ganadoras y perdedoras, se crean páginas web y blogs para describir hasta el último detalle de la pasarela.

Angely Stewart conoce los intríngulis del concurso, pues ha intentado participar un par de veces en el certamen. Cuando se hizo esta entrevista, en marzo de 2017, estaba convencida de que este sí era su año para portar la banda. Sin embargo, no figuró entre las 24 candidatas nacionales.

“Yo no he tenido oportunidad de que me suceda algo así, pero sí tengo conocidas que han participado –incluso han ganado– y pasa mucho eso. Obviamente lo hacen porque no tienen cómo pagar los costos, quieren ganar, quieren verse bien. Ya después, yo me imagino que saldrán o se terminarán casando con esa persona. Pero hay otras que lo agarran como vicio”.

—¿Y se ha planteado que esto podría pasarle a usted?
—Sí, muchas veces. Pero yo pienso que todo está en la inteligencia y en ser astuta. Tú puedes tener ese contacto allí y decirle: “¡Ayyy, qué lindo detalle!”, pero no porque me mandes esto, tengo que ir a tu casa. En mi caso, yo optaría por jugar vivo.

Por su parte, otra chica que prefirió mantener su identidad en resguardo decidió que ella no. Que eso no era lo suyo. Sin embargo, el hombre al que rechazó no lo tomó muy bien. “Maldita, te voy a mandar a matar. Voy a inventar todo lo que sea necesario para destruirte. Maldita, ni se te ocurra salir si no quieres que te desfiguren la cara”, fueron algunas de las advertencias que recibió a través de vía telefónica y personalmente. La joven tuvo que abandonar el concurso y el país.

“Lo ideal para ellas es conseguir el apoyo de banqueros o alguien del Gobierno, son los que prestan la ayuda más fuerte y así no tienen que salir con varios. Estos padrinos, por así decirlo, generalmente son hombres casados. Es obvio que sus familias no están al tanto, así que todo se maneja de manera muy cautelosa”, asegura la aspirante.

“Existen otros patrocinadores –santos– que ya tienen un trato con esos famosos mánager. Cada año les buscan una o más niñas (jóvenes), se las presentan y las envuelven de tal manera que ellas no sientan que se prostituyen”, agrega.

Aclara que en otras situaciones, “Osmel mismo es quien consigue a los patrocinadores más fuertes, cuando la candidata es de su agrado”.

Las alarmas en la Organización Miss Venezuela se encendieron y Sousa respondió a la acusación de proxeneta que le hacía Castellanos en su obra teatral. “En una obra de teatro en Miami dijo que yo le había mandado a hablar con hombres. Todo el que me conoce sabe que no me dedico a eso. Si me dedicara a eso, sería multimillonario, porque tengo a las mejores. El único hombre con quien la mandé a hablar fue con el psiquiatra, porque tenía varios tornillos flojos. Y no creo que haya ido”.

El tema del financiamiento oculto o el patrocinio de los “santos” dejó de ser un secreto a voces luego de que la exmiss venezolana y hoy actriz y supermodelo Patricia Velásquez lo narrara en su autobiografía, “Sin tacones, sin reservas (2014)”, que había tenido que “prostituirse” para costearse su participación en el certamen Miss Venezuela en 1989.

“Muy pronto entendí que para poder pagar los gastos del concurso del Miss Venezuela tendría que usar mis dones con el fin de encontrar un patrocinador. No todo el mundo tenía que ir tan lejos, pero, erradamente, pensé que esa sería mi única posibilidad”, afirma Velásquez.

Describe al individuo con un rostro grande y un enorme bigote. “Hice lo posible por simpatizarle mucho y lo logré. Me buscó un apartamento en Caracas y pagó todo lo necesario para el certamen”, cuenta Velásquez al tiempo que detalla que los encuentros con su patrocinante, al que describe como una persona 15 o 20 años mayor que ella y de trato amable, se producían semanalmente.

En mayo de 2017, tres años después de la revelación de Patricia Velásquez, en una sala de teatro de Miami, Estados Unidos, la exmis Venezuela 2013, Migbelis Castellanos, vuelve a encender las redes con el tema del mundo oculto del Miss Venezuela con la obra “Todo por una arepa”.

Castellanos, hace referencia en su monólogo, que ella misma califica de autobiográfico, de las “sutiles” sugerencias que le hizo su jefe, indirectamente refiriéndose a Sousa, para que agradeciera a una persona externa a la organización el pago del costoso ajuar que llevaría al Miss Universo.

“‘Aquí están tus siete maletas con la ropa que debes usar durante el certamen’; yo, de inmediato, pensé ¿y quién pagó todo eso? Porque, hasta donde yo sabía, la organización solo había aprobado 300 mil bolívares, que solo alcanzaron para una chaqueta y un pantalón… Acto seguido me dijo: ‘Y esta es una cartera carísima que te mandó un querido amigo mío que te quiere conocer’. Ahí me paralicé… porque, de inmediato se me vino a la mente la imagen clarita de que me tocaría cenar con el supuesto fan y así, de algún modo, agradecerle el regalo. ¡No, que va!, ni yo ni mi primera finalista vamos a pagar regalitos de desconocidos”, dijo la exmis ante su público en Miami.

Las alarmas en la Organización Miss Venezuela se encendieron y Sousa respondió a la acusación de proxeneta que le hacía Castellanos en su obra teatral.
“En una obra de teatro en Miami dijo que yo le había mandado a hablar con hombres. Todo el que me conoce sabe que no me dedico a eso. Si me dedicara a eso, sería multimillonario, porque tengo a las mejores. El único hombre con quien la mandé a hablar fue con el psiquiatra, porque tenía varios tornillos flojos. Y no creo que haya ido”, dijo el hacedor de mises durante un desfile de moda organizado por Raenrra, en el que participaron los 14 concursantes del Míster Venezuela 2017.
La historia de la supermodelo Patricia Velásquez no le es ajena a uno de los principales preparadores de jóvenes del Miss Venezuela. Esteban Velásquez tiene 17 años viviendo en las entrañas de la organización. Ha sido mánager de muchachas que se han llevado varios premios.
De entrada, admite que el patrocinio oculto es común y se refiere a esta práctica sin nombrarla, tomando distancia de ella. “Eso pasa en todas partes… Pero yo les digo –a las chicas– que yo no trabajo con putas. Yo sé que detrás de todo esto siempre va a venir una situación que las va a perjudicar. Eso es inevitable. Estamos viviendo en un país donde la gente se vende por un jabón. Eso ni siquiera está pasando solo en el Miss Venezuela, está pasando en la universidad, en el supermercado”, confiesa.

El primer contacto

De décadas. El Miss Venezuela se creó en 1952; y desde entonces dejó al país varios títulos. Ahora, todavía se sigue con fervor y da lugar a especializaciones de diversos tipos.

Los casting regionales han proliferado. De uno que existía hace 15 años –Miss Aragua– hoy, hay nueve que funcionan como franquicias: Aragua, Bolívar, Zulia, Carabobo, Centro-Occidental, Miranda, Anzoátegui, Mérida y Táchira.

De cada casting regional, se seleccionan entre cinco y 10 muchachas que posteriormente son escogidas por Osmel Sousa y su equipo, en un gran concurso nacional que se realiza en Caracas.

El mánager Velásquez comenta que él anteriormente iba a los centros comerciales, gimnasios y liceos para buscar a las chicas; hoy lo hace directamente a través del Miss Miranda, casting regional del cual es organizador.

Ibrahim Rivas es otro mánager y al igual que Velásquez admite la existencia de los “santos”, aunque niega que él tenga algo que ver con esto.
Asegura que les habla claro a las participantes. Les hace saber que no están solas y que cuentan con un representante que puede apoyarlas ante cualquier situación que lesione su integridad. “Yo no voy a llevar a ninguna de mis niñas donde un patrocinante –santo– y que yo sepa que lo que quiere es una noche de pasión”. Según él, les dice que “no están obligadas a hacer nada que vaya en contra de su voluntad”.
“Yo siempre fui muy claro y directo (con alumnas) en advertirles el riesgo que existe en este mundo del modelaje y más ahora en Venezuela, que está pasando por una situación y crisis económica”, agrega el missólogo Montaldo.
Rónald Perozo, maquillador de mises, considera que el gran problema es social y ante la crisis y el deseo de participar de chicas que no tiene recursos, la realidad se impone. “Es un tema país. Yo te voy a decir algo, si yo fuese mujer y tuviera 19 años, esta misma estatura (más de 1.80 m) y me dicen: ‘Este es el portugués que tiene todos los frigoríficos del estado Miranda y está interesado en ti’; entonces yo vengo y me siento a negociar. Tú te pones a pensar en tu mamá, tu papá, tu hermanito, la educación… y entonces, allí, no me vengan a hablar de valores”.


Este texto es parte de un especial de Efecto Cocuyo en el marco de un acuerdo de promoción del periodismo por parte de Organized Crime and Corruption Reporting Project y el International Center for Journalists. Esta nota es republicada por CONNECTAS y, a su vez, por LA PRENSA GRÁFICA, gracias a un acuerdo de redifusión de contenidos.