El proyecto Prevención del Crimen y la Violencia de USAID acerca oportunidades a jóvenes en riesgo, incluso en aquellas zonas alejadas de los centros urbanos que, tradicionalmente, no han contado para el Estado. Su manifestación más visible son los Centros de Alcance (CDA), enclavados en los puntos más peligrosos de los municipios elegidos, pero el proyecto abarca otros cinco ejes estratégicos dedicados a evitar que los jóvenes ingresen a una estructura delictiva.

Prevenir en el país de las carencias

un reportaje de Moisés Alvarado

fotografias de Frederik Meza

La comunidad. Un grupo de jóvenes juega fútbol en esta cancha hecha por USAID en Huertas, Ilobasco. La entidad ha destinado $644,000 en la realización de 65 obras de distinta naturaleza en 11 municipios. Las municipalidades han aportado $97,000; las comunidades, $30,000.

Un camino sin asfaltar serpentea entre dos montañas. A ratos es de tierra muy fina, blanca, como nieve, donde una llanta bien puede atorarse sin el impulso adecuado. A ratos, también, hay grandes huecos llenos de agua donde el exceso de velocidad puede provocar una desgracia. Ya lo ha hecho: buses con decenas de personas han volcado en esta solitaria arteria.

Esta calle conduce a Huertas, uno de los cantones más alejados de Ilobasco. Aquí, unos jóvenes juegan fútbol en una cancha peculiar: en la parte alta de una cuesta, en un espacio que más parecería una plaza para esperar el bus, está justo a la orilla de la calle. Afortunadamente los carros pasan con poca regularidad y los muchachos no están en peligro. No hay un metro cuadrado donde el sol, en este mediodía, no ejerza su dominio. Ha significado un gran trabajo edificarla en un terreno con tantos desniveles. Una alta pared se alza para mantenerla firme. Esta cancha es uno de los pocos espacios donde los adolescentes y jóvenes de la zona, la mayoría dedicados a labores en el campo, pueden hacer algo diferente de trabajar o estudiar.

El otro sitio es uno de los Centros de Alcance (CDA) que la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) ha instalado dentro de la comunidad. También la cancha es parte de la inversión que la institución extranjera ha hecho en el lejano cantón Huertas.

Lejanía. Dos jóvenes caminan sobre la calle que conduce del casco urbano de Ilobasco al cantón Huertas, cerca del Centro de Alcance de la zona. USAID ha beneficiado a 28,790 personas en 21 municipios con los CDA.

Ambas obras son parte del proyecto Prevención del Crimen y la Violencia de USAID, un apoyo al Ministerio de Justicia y Seguridad Pública de El Salvador, en el que la entidad estadounidense ha dado apoyo técnico y monetario (en diferentes instensidades) a las municipalidades de los 55 municipios más violentos (al menos cuando se hizo el estudio para definirlos, en 2013) a escala nacional. Uno de ellos es Ilobasco. El proyecto responde a cinco ejes. Aquí, esta mañana de marzo, son visibles dos de ellos: Mi segunda casa, el de los CDA, y Disfruto mi comunidad, dedicado a la recuperación de espacios, como esta peculiar cancha-parque.

Pedro Antonio Guerra Flores, de 22 años, suda ante el insistente sol. Es moreno, delgado y luce con orgullo una camiseta que le facilitó USAID. Él es el encargado de liderar el Centro de Alcance instalado aquí, en Huertas, uno de los 164 desperdigados por todo el país. La intención de los impulsores de estos espacios era colocar uno en el corazón de aquellas comunidades que se consideran más peligrosas, aquellas donde, en muchas ocasiones, el Estado apenas se manifiesta en una escuela con pocos recursos para educar.

Ese era el caso de Huertas en 2013, un año antes de que el proyecto se echara a andar. Dos pandillas se disputaban este territorio. La división entre ellas estaba justo a unos pasos de la iglesia católica de la zona, a unos 10 metros de esta cancha. La estructura que dominaba el sitio donde está el templo advirtió a los pobladores de los caseríos más lejanos que tenían prohibido venir a misa. Temían a un infiltrado de la otra pandilla.

De esa guerra hay un testimonio, un orificio de bala que quedó en uno de los vitrales de la iglesia. Este rebotó al suelo (la marca se ve en el pavimento), saltó hacia el vitral y se introdujo en el inmueble. El templo estuvo cerrado por varias semanas debido al incidente. Según Manuel Henríquez, coordinador del Comité Municipal de Prevención de la Alcaldía de Ilobasco, no fue hasta que USAID puso el Centro de Alcance en el sitio cuando la Policía Nacional Civil decidió que era conveniente abrir un puesto policial permanente para este alejado cantón. Se hicieron importantes capturas y la zona, de alguna forma, se pacificó. La iglesia nunca más ha tenido que cerrar sus puertas y aquellos que viven en los caseríos más alejados también pueden venir a misa.

La Policía, por otro lado, ha borrado una gran cantidad de grafitos a lo largo de la calle de tierra que serpentea entre las montañas. Encima de ellos ha puesto mensajes religiosos, como “Dios es amor”.

Pedro Antonio, el coordinador del Centro de Alcance, da fe de lo anterior, apoyado en los barandales. Ahora enumera aquellos elementos con los que cuenta el sitio que dirige, ubicado a unos 100 metros de aquí, que no difiere un ápice del resto de los desperdigados en todo el país: un espacio para que los jóvenes reciban refuerzos para sus clases, una decena de computadoras con acceso a internet, una consola de videojuegos, juegos de mesa y un lugar adecuado para usarlos, alguna mesa de futbolito o de tenis.

Allí, además de él, hay otras personas que apoyan el trabajo y el ocio de niños, adolescentes y jóvenes. Son voluntarios de la misma comunidad, los que no reciben ningún pago para hacer lo que consideran un bien a su gente, una manera de que los jóvenes que aún no han entrado a una pandilla se lo piensen mejor. Ese es un detalle de los Centros de Alcance: allí pueden llegar niños y jóvenes de los ocho a los 29 años, aunque tengan familiares en alguna de estas estructuras. Sin embargo, un pandillero no puede ingresar: se piensa que en él ya no hay nada que pueda prevenirse. Pedro Antonio es el único que recibe un pago por su trabajo, al que le dedica toda su jornada.

Lo de hacer un centro con algunas computadoras y juegos, para que los niños pasen ocupados, puede parecer una medida insuficiente. Sin embargo, al menos en el caso de Huertas, los destinatarios de estos espacios son personas de lugares aislados, donde el Estado llega a cuentagotas. Ni se diga la tecnología.

El único servicio básico en la zona es el de la energía eléctrica. Para el agua, cada familia debe rebuscarse por conseguir un tubo para colocarlo en los nacimientos de agua cercanos, pues la comunidad nunca se ha organizado para obtener un servicio masivo.

La ruta que recorre esta calle tiene apenas un par de autobuses, los que pasan, según los jóvenes que juegan en la cancha, cada cuatro horas. O, lo que es lo mismo, dos veces al día en cada sentido. Ir al centro de Ilobasco, donde está la alcaldía municipal y otras instituciones, es bastante complicado. A pie les toma unas dos horas. Un vehículo particular puede cobrarles $20 por hacer el viaje.

Para Pedro Antonio, el centro de alcance es una oportunidad. Allí jóvenes que nunca han tocado una computadora han aprendido conocimientos básicos en computación, así como tenido en sus manos el control de un Nintendo Wii.

“Quien no es pobre como las personas que viven en estas zonas, piensa que para ellos basta con tener cubiertos los servicios básicos. También necesitan diversión, entretenimiento, es un derecho humano”, comentará más tarde Manuel Henríquez.


***


Manuel Henríquez, coordinador del Comité Municipal de Prevención de la Alcaldía de Ilobasco, es el encargado de gestionar, desde la municipalidad, todos los detalles que tienen que ver con el proyecto de USAID. Es la contraparte del Estado salvadoreño, esta vez representado por un gobierno local, para que el proyecto sea una realidad y se implemente en los cantones y barrios considerados de mayor peligrosidad. En Ilobasco son siete: los cantones Huertas, Azacualpa, Caserío Centro y Agua Zarca en la zona rural; y las colonias Miranda, Milán y Alcaine en las cercanías del casco urbano.

Según Henríquez, el trabajo que se hace es de una gran complejidad. Además de los Centros de Alcance (Mi segunda casa) y la recuperación de espacios para los vecinos (Disfruto mi comunidad), el proyecto Prevención del Crimen y la Violencia de USAID está conformado por otros cuatro ejes.

Somos capaces de proteger a nuestros jóvenes que es una especie de apoyo técnico, en el que se capacita a los miembros de los concejos municipales, a las organizaciones comunitarias y a las instituciones basadas en la fe para que, guiados por algunas directrices, aprendan qué hacer y qué no en el trato de jóvenes en riesgo.

Científico. Uno de los elementos del proyecto de USAID son los observatorios de la violencia, presentes en las alcaldías de 35 municipios, en los que se estudia, mediante cifras, la manera en la que se comporta el problema en el sitio y los factores que inciden para su desarrollo

Comunicando se transforma mi gente, por otro lado, se refiere a la utilización de los medios de comunicación locales en la difusión de contenidos relativos a valores morales y, sobre todo, al uso de la paz como medio para resolver conflictos.

Me amo, me respeto busca sembrar en sus beneficiarios una imagen más positiva de sí mismos, el deseo de conseguir una vida mejor y superarse por medios lícitos. A esta parte corresponden, sobre todo, los proyectos de formación, que se imparten en inmuebles denominados Formate. Aquí en Ilobasco, este está en una casona en el barrio centro. Tiene dos plantas y es suficiente para albergar todos los cursos. Por ello, la municipalidad gasta $900 mensuales en su alquiler.

Aquí hay un aula especial para clases de cocina, con todos los implementos. Una veintena de jóvenes trabajan duro para la consecución de precisos sabores, bajo la atenta mirada de su maestra. En el segundo piso, 10 computadoras esperan nuevos alumnos. Este día de marzo, no se está dando ningún curso. Estos solo se ofrecen en la primera mitad de cada mes. La segunda es utilizada para promocionar las clases entre los jóvenes de Ilobasco.

Son, esencialmente, de dos tipos: el más básico, referido a la utilización de programas de Office; y otro de HTML 5, destinado a que los educandos sean capaces de crear páginas web. Para ambos reciben, al final del programa, que dura 15 días, una certificación internacional de Microsoft. Hasta ahora, la municipalidad ha entregado uno de estos a 207 jóvenes.

Al fondo de la casa, 12 niños y adolescentes afinan sus instrumentos para comenzar con los ensayos de las cuerdas de la orquesta filarmónica. Orquestas como estas se repiten en cada uno de los municipios con el programa de USAID. Los niños vienen de todas partes de Ilobasco, excepto de Huertas y Azacualpa, acaso demasiado lejos para que sus padres los traigan hoy.

El último eje, Hay un empleo digno para mí, aprovecha los beneficios de la formación para conseguirle a sus beneficiarios un empleo. Aquí en Ilobasco, este se topa, sin embargo, con una realidad: en la mayoría de negocios locales los empresarios prefieren emplear a familiares o conocidos, según lo explica Henríquez. Eso les ha limitado los alcances, pero han logrado que 61 jóvenes obtuvieran una plaza desde 2014, cuando inició el plan.

Henríquez afirma que mantener las cosas funcionando, sobre todo los Centros de Alcance, le cuesta a la municipalidad un poco más de $3,000 mensuales, entre alquiler de inmuebles, pago de coordinadores y de servicios básicos. Este año es el primero que, desde 2014, la alcaldía tendrá que volar con sus propias alas, ya sin la ayuda económica de USAID, que se limitará a darles asistencia técnica. Antes, para la construcción de cada CDA, la entidad destinó $25,000.

El último gran aporte de capital de USAID fue el destinado a los parques de los siete sitios priorizados en el municipio. A su inauguración asistió la embajadora de Estados Unidos en El Salvador, Jean Manes, la última semana de marzo. La municipalidad también aportó una parte de los recursos para su construcción.

Música. El proyecto de USAID también cuenta con orquestas filarmónicas, una por cada municipio beneficiado. Un total de 1,043 niños y jóvenes han recibido educación musical con instrumentos donados por la entidad norteamericana.

Henríquez afirma que la alcaldía ha decidido que el proyecto continúe porque es una nueva forma de trabajar. Antes, comenta, las labores de prevención de la municipalidad se limitaban a organizar, de cuando en cuando, un torneo relámpago de fútbol.

“Realmente era una medida que solo generaba impacto en el momento, pero de allí eso quedaba como abandonado”, comenta el funcionario, que ha visto como su municipio baja, año con año, en el conteo de los más violentos del país. Actualmente está en el número 26. En 2014 estaba en el sexto, con una tasa de 130 asesinatos por cada 100,000 habitantes. No sabe, comenta, qué hubieran hecho en el campo de la prevención si solamente hubieran contado con los recursos propios de la municipalidad.

Eso es lo que pasará a partir de ahora, pues a pesar de estar contemplados en el Plan El Salvador Seguro, este no significa, dice, ninguna inyección de capital a la alcaldía para sus labores de prevención. Sí, en cambio, habrá una mayor coordinación entre diferentes instituciones del Estado, como los ministerios de Educación, Salud, Seguridad y entidades como el Instituto Nacional de la Juventud (INJUVE) o el Instituto Nacional de los Deportes (INDES).

Algo que hubieran deseado, comenta, cuando lanzaron el programa con USAID en los tres años anteriores. Entonces, les costó mucho que los apoyaran. “Si el Ministerio de Educación se hubiera sumado, por ejemplo, habríamos tenido una mejor coordinación para saber qué hacer con los adolescentes que llegaban a los Centros de Alcance y nos manifestaban que querían seguir estudiando, pero no podían porque el centro escolar quedaba en el territorio de una mara contraria”, comenta Henríquez.

***

Con 39, Conchagua fue, en 2016, el segundo municipio con más asesinatos de La Unión, solo detrás de la cabecera departamental, con 45, según los datos del Instituto de Medicina Legal. Y ha mantenido un alza en su violencia, al menos desde 2013, cuando se reportaron 28. Por eso, como Ilobasco, ahora forma parte de los municipios priorizados por el Plan El Salvador Seguro.

Formación. Los alumnos de cocina del Fórmate de Ilobasco reciben sus clases. En este mismo edificio se ubica la academia Microsoft. 1449 personas han recibido una certificación por parte de la empresa de informática en 9 municipios a escala nacional.

También fue uno de los contemplados por USAID para su programa Prevención del Crimen y la Violencia, por lo que se abrieron ocho centros de alcance con las mismas características de los instalados en el resto del país.

Uno de ellos es el del cantón Las Tunas, ubicado a unos cuantos metros del mar. Por eso, sus cursos y actividades están destinados a las necesidades de la costa. Uno de los programas de enseñanza, que finalizó hace unas semanas, por ejemplo, tenía como objetivo enseñarles a los jóvenes cómo reparar lanchas de motor.

Fue muy preciso: antes, los dueños de embarcaciones tenían que llevarlas hasta La Unión para darles mantenimiento. El curso fue recibido por 20 jóvenes. Cinco de ellos, ahora, se dedican a hacer ese trabajo, que tiene una frecuencia semanal. Otros, como los hermanos Carlos y Jimmy Andasol, se ahorran unos dólares en mantenimiento, pues son los propietarios de varias lanchas. Se saben más afortunados que muchos jóvenes en la zona.

Mientras revisan un motor en el aula de clases, hablan de las imprevisibles rutinas del mar: ir dos días y dos noches a la oscuridad y la soledad del océano para sacarle sus frutos; allí cubrir la mayor cantidad de territorio, para tener la suerte de dar con curvinas, pargos, a veces camarones; extender las redes, retirarlas y volver a tierra firme. A veces la faena solo da, comentan, para cubrir los gastos de combustible, redes, víveres y pago de pescadores.

En el Centro de Alcance propiamente dicho, varios grupos de niños se arremolinan sobre los juegos de mesa que les facilita el lugar. Y aunque parece una infante más, por su baja estatura y su forma de vestir, Margarita Ulloa es una de las voluntarias que dona su tiempo para que el CDA de Las Tunas funcione. Todos los días asiste, en su tiempo libre, a dedicar un poco de su día a los más pequeños junto a dos de sus hermanas. Las tres visten, siempre, con faldas largas y un velo en la cabeza, como se los señala la iglesia donde profesan su fe.

Empleo digno. Cinco trabajadores del hotel Mar y Sol, en Conchagua, posan frente a la cámara. 831 personas, de 12 municipios, han conseguido un puesto en una empresa privada gracias a USAID.

Su casa no está muy lejos de aquí. Allí vive con su madre, su padre y sus cinco hermanas. Como casi todos los hogares en el sector, sus viviendas se limitan a solares con una construcción de láminas, apenas un cuarto donde han colocado las hamacas que utilizan para dormir.

“Yo he sido beneficiaria del centro y ahora quiero poner algo de mi parte. Nos alegra que la alcaldía y USAID nos apoyen a nosotros, que somos pobres y casi no contamos para las autoridades”, comenta Margarita.

En otro cantón, El Jagüey, se encuentra el único de los CDA apoyados por USAID que es sostenido por la empresa privada. Fue financiado por la Fundación para el Desarrollo de El Tamarindo (Fundatamarindo), que invirtió más de $31,000 en adquirir el equipo y el mobiliario, mientras que la municipalidad de Conchagua destinó $17,000 en adecuaciones del local y el pago del coordinador. Aquí se repite el esquema de los otros centros. También algunas necesidades en la comunidad que lo rodea, que exponen los miembros de la Adesco del sector, como los excesivos cobros en el servicio de agua potable. Afirman que algunas familias pagan hasta $50 por mes por un servicio que no es constante.

Conchagua representa un orgullo para el programa Prevención del Crimen y la Violencia de USAID, pues es uno donde más personas han logrado colocar en un empleo luego de que pasaron por sus programas de prevención. Y gran parte de ellos están en un solo lugar, el hotel Mar y Sol, ubicado en la hacienda El Encantado, del cantón Las Tunas.

Su personal está conformado por 42 empleados, según explica Salvador García, gerente del hotel. Y 35 de estos son jóvenes que antes pasaron por un programa de capacitación, precisamente en servicio hotelero, como parte del proyecto de USAID.

“Antes de colocarnos aquí, teníamos muchas dudas, pues se pensaba que era una zona insegura… luego se nos dio la oportunidad de solo emplear a gente local y nos han respondido muy bien”, comenta García.

Henry Perdomo, quien ahora se encarga de gestionar el área de limpieza, fue uno de los beneficiados con el proyecto. Antes, cuenta, se dedicó a la pesca, un oficio del que dice que podía sacar, en los días buenos, más dinero que en su puesto actual. La imprevisibilidad del acceso a ingresos y los peligros que se corren en altamar, para lo que no existe ni la posibilidad de un protocolo de seguridad, lo hacen agradecer su condición actual.

También, dice, laboró para locales comerciales y como mesero para algunos restaurantes en la zona, en los que ganaba, en promedio, $7 al día por 12 horas de trabajo, un equivalente a $170 al mes. Aquí, en el hotel, gana el salario mínimo del sector servicio por ocho horas de trabajo al día. Dice que nunca pensó poder contar con un trabajo así. En El Salvador, lo que la ley reconoce como mínimo, para muchas personas continúa siendo un sueño.

Ahora, Henry se levanta de la mesa y vuelve a sus labores de limpieza. Luce impecable, con su camisa celeste cielo y sus pantalones negros. Sabe que, dentro de unas horas, podrá volver a su hogar, un solar con una edificación de lámina donde lo espera el amor de su pareja, su hijo y una hamaca para descansar.

 


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