Opinión desde acá

por Sigfredo Ramírez, Árbol de fuego

 

Sigfredo Ramírez
PERIODISTA Y COMUNICADOR INSTITUCIONAL

El origen de la atrocidad

Los hombres debemos ser los primeros en sumarnos a esta batalla, pues siempre hemos sido los perpetradores de un trato desigual en muchos ámbitos de la sociedad. Revertir esto sería un gran legado para las próximas generaciones.

Conocí a Yolanda Henríquez cuando estaba ingresada en el Hospital Rosales. Ella aún se recuperaba de la salvaje agresión que había sufrido meses antes. Su caso era bien conocido por aquellos días. Los periódicos y noticieros informaron sobre el ataque a Yolanda en un caserío remoto en la frontera con Guatemala.

El 8 de febrero de 2014 al anochecer, su expareja la intentó asesinar con un machete en un brutal acto de violencia doméstica. El primer filazo le partió el rostro y le quebró la nariz y la mandíbula. También la laceró en manos, espalda, rodillas y, finalmente, la dejó tirada en el piso para que se desangrara.

Todo ocurrió frente a su hija de seis años. Yolanda logró sobrevivir, pero pasó más de un semestre internada en el Hospital Rosales recuperándose de las heridas. Ahí, acostada en una cama de hospital, fue cuando la conocí. Mejoraba poco a poco en el servicio Ortopedia Mujeres del Hospital Rosales.

Hacía unas semanas que Yolanda, por fin, había recobrado su voz, después de la reconstrucción de su mandíbula. Era una tarde apacible en la que en el pabellón de centro asistencial solo se escucha la radio de una enfermera. Durante esa tarde me contó su caso. El acoso sistemático del que había sido víctima, los malos tratos verbales que sufría de su expareja, quien la seguía incluso cuando salía a trabajar como empleada doméstica a San Salvador.

Y cuando decidió irse a trabajar a Guatemala también la siguió hasta allá. Su testimonio fue publicado en las páginas de esta revista en la crónica titulada “Cicatrices de odio”, que también recogía el caso de otra mujer que fue atacada con cuchillos de destazo por su expareja, quien trabajaba como matarife en Metapán, Santa Ana.

Las dos eran historias entre cientos de casos similares de todo el país, casos en los que denunciar a sus agresores no evitó que la violencia las marcara de por vida. Las dos contaban la indiferencia con la que autoridades y su entorno asumen estos casos. En donde se confunde amor y cariño con acoso y vulneración de la intimidad.

En el archivo del caso de Yolanda en el Juzgado de Paz de San Francisco Menéndez, Ahuachapán, está consignado que las autoridades habían perfilado a Ricardo Cornejo como una amenaza para su expareja. No obstante, ella llamaba a la policía cuando Cornejo pasaba largas horas velando cada uno de sus movimientos en la acera frente a su casa, pero los policías le respondían que solo era un hombre enamorado.

Algunos aún se atrevían a decirle que las mujeres eran las malas por provocar su acoso. Un estribillo bastante popular en El Salvador para justificar cualquier tipo de conducta machista. Sea cuál sea. Paradigmas que hombres de todas las clases sociales, diferentes ideologías y niveles educativos siguen perpetuando diariamente. Unos más evidentes que otros, pero machistas, al fin y al cabo.

Ese es el caldo de cultivo donde se dan casos tan aberrantes de violencia contra la mujer, el origen de la atrocidad. Por los medios de comunicación solo nos enteramos de algunos. Casos que retratan muy bien a El Salvador, como el de hace unas semanas de un exagente de la Policía Nacional Civil (PNC) que violó a sus cuatro hijas en Santiago Nonualco, La Paz. Un hombre que, según las autoridades, justificó sus crímenes diciendo que “no iba a estar criando hijas para que fueran de otros hombres”. “A mí me costaban sudor y trabajo, por eso yo tenía que aprovechar primero”. ¿Qué tipo de sociedad origina casos como estos?

La violencia contra la mujer está interiorizada en nuestra sociedad. Y es una lucha permanente erradicarla. Hay quienes estigmatizan esa lucha diciendo que es una moda ideada por los colectivos feministas o una persecución contra los hombres.

Los hombres debemos ser los primeros en sumarnos a esta batalla, pues siempre hemos sido quienes perpetramos un trato desigual en muchos ámbitos de la sociedad. Revertir esto sería un gran legado para las próximas generaciones. Hasta que esto no pase van a seguir sucediéndose caso tras caso de este tipo de violencia tan aberrante.

Durante esa tarde en la que hablé con Yolanda Henríquez en el hospital, me quedé con su fortaleza para seguir adelante. Esto aun cuando le faltaba una cirugía en una rodilla. Su deseo de recuperarse cuanto antes y volver al lado de su hija. Atenderla después de la escena que le tocó presenciar, y más sabiendo que hasta esa fecha nadie –nadie– se había acercado para darle algún tratamiento psicológico. Me quedé con su fortaleza para cuidar a su hija y con su deseo para que nunca volviera a estar en medio de ningún episodio de violencia doméstica.


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