El libro como identidad

Hace poco publiqué en Facebook la portada de mi novela “El valle de las hamacas” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 1970) y me decía un contacto de esa red social que le dijera una razón de “por qué leer esa novela”. Aunque mi intención no era invitar a leer, sino documentar su existencia por los olvidos. Uno de los méritos que le encuentro es que fue publicada tres años después de que Gabriel García Márquez había publicado la primera edición en esa editorial argentina de su monumental “Cien años de soledad” (1967). En la nota de la red dije que considero un honor compartir editorial con la obra más conocida de América Latina, y con un agregado más: en 1970 muy difícilmente los suramericanos conocían la existencia de El Salvador.

Comprobado. Mientras camino para dar una charla en la Universidad de Stanford (1985) acompañado del presidente de la Unión de Escritores de Chile el narrador y periodista Poli Délano, y me decía que en los setenta era muy difícil que alguien conociera un país llamado El Salvador. “Nosotros, por ejemplo, me decía Poli, sabíamos que podía existir ese país porque más de alguna vez una revista chilena publicó un poema de Roque Dalton, y entre paréntesis decía “El Salvador”. No se sabía dónde quedaba en el mapa. Cosa que no debe extrañarnos, pues pese a la tecnología informática actual, conocemos lo cotidiano, lo que nos interesa. Por ejemplo, muchos desconocen la existencia en el mapa de países como Palaos y Eritrea o Macedonia.

Bien; por medio de los libros se sensibiliza la sociedad, se conoce la identidad de nación, modos de vida. Hace poco leí la novela “El cisne” (Tusquets Ediciones, 1997), del islandés Gudbergur Bergsson, que permite saber cómo viven, como son los habitantes de esa lejana isla de fuego y hielo, y aun más se dan ciertas sincronías, pues se trata de una novela “picaresca y autobiográfica sobre la infancia del autor”. Mi novela “Siglo de O(g)ro” (DPI, 2000) también es picaresca sobre mi niñez.

Un libro se lee porque se es lector. Se lee como recreación, para conocimiento, y como ampliación de las capacidades cerebrales, caso de la lectura en primera infancia (de cero a seis años).

Si leo “Historia de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo, un soldado de Cortés, conozco los detalles de cómo era Tenochtitlán por la descripción de un testigo participante del asalto de esa ciudad por los españoles (1519), sus mercados, sus “servicios sanitarios”, donde se recogían sus excretas como abono, el asesinato de los emperadores aztecas, los combates, en una ciudad mexicana más grande que París y Londres. Increíble.

Esa recreación, motivada por interés o por cultivo familiar, nos permite saber datos, manejar el idioma, expresarse con exactitud ante circunstancias que lo exigen, en la política, por ejemplo. Todo eso que forma parte del conocimiento. Caso de la novela “Guerra y paz”, (1865-1869, publicada en fascículos) de León Tolstói, conozco la derrota de un ejército moderno dirigido por Napoleón Bonaparte, que quiere liberar a la Rusia, atrasada y oprimida en sus pobres. Conozco la lucha de ese pueblo en contra de una invasión extranjera. Fue el primer fracaso de Bonaparte.

En libros están “La guerra del fin del mundo”, de Vargas Llosa, con esa obra conozco la guerra de los Canudos entre el ejército de Brasil y el movimiento popular campesino (1896-1897); o con “El sueño del celta”, novela sobre el origen de la esclavitud, los africanos cazados o mutilados junto con sus familias para traerlos a América y producir riqueza en las plantaciones agrícolas; o “Cinco esquinas”, obra sobre la primera mujer feminista (Flora Tristán, 1803-1844) y su tragedia ante un patriarcado despótico protegido por las leyes.

No se trata porque sean novelas históricas. Cuando estudiaba Educación Media leí casi toda la novela de Víctor Hugo, y así supe a temprana edad cómo era París (por “Los miserables”, obra romántica, de tema social y análisis teórico); o “Crimen y castigo”, del ruso Fedor Dostoieski (1821-1881), novela sicológica que se considera hizo tantos aportes en esta materia como Freud. Además, con esta obra conocí los rincones urbanos de la ciudad de San Petersburgo.

O bien otra novela del mismo Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”, obra de la cual Albert Einstein dijo que por ella había conocido las fortalezas y debilidades del ser humano. Aunque el francés y el ruso narran y describen en el siglo XIX, aún subsisten sus palacios, la bella arquitectura, pasiones, amor, odio y violencia. Ninguna de estas obras pierde esencia frente al futuro.

Cuando visité París como estudiante universitario lo primero que quise ver fue la catedral de Notre-Dame, pues había leído “Nuestra Señora de París” (escrita en 1831). Cuyo escenario es dicha catedral. Y “Los miserables” (publicada en 1862), ambas de Víctor Hugo. La última tiene como marco París, sus pobrezas y las luchas revolucionarias de los jóvenes.

O cuando para dar a conocer “Un día en la vida” en idioma bengalí, visité la Universidad de Nueva Delhi, y la casa de Rabindranath Tagore (1861-1941) cuyos poemas había leído en mi infancia. Porque leer también implica educarse en emociones y sensibilidad humana. Todo libro trasciende la historia personal para convertirse en historia común, de todos. Por eso cuando escuché las denuncias que hacían las mujeres salvadoreñas de los años setenta, decidí retomar mi oficio de escritor y evidenciar las atrocidades humanas de un Estado en contra de la población más vulnerable, y la única manera que encontré de resarcir la violencia estructural a la que sobreviven las mujeres en cualquier etapa de su vida es visibilizando en mis obras las Guadalupe, las Beatriz, Adelinas y Romelias que viven en Centroamérica. Es la importancia de la obra literaria como documento de identidad universal que me motiva a insistir con necedad incansable el cultivo de emociones, eso es la lectura, una poderosa estrategia para construir un país. Equitativo, solidario, fuente de saberes, preparación clave para el desarrollo humano sostenible.

Premios para reflexionar

La literatura centroamericana está de fiesta. Un par de días después de que Claribel Alegría recibió en Madrid el Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, se anunció al escritor Sergio Ramírez como ganador del Premio Cervantes 2017.
Claribel Alegría, nacida en Santa Ana, de madre salvadoreña y padre nicaragüense, ha dedicado su vida a la poesía con lealtad inquebrantable. Su casa en Managua, donde vive desde la década de los ochenta, ha sido un espacio de tertulia e intercambios literarios entre numerosos artistas, escritores, académicos, periodistas e intelectuales de diferentes rumbos y edades.
Sergio Ramírez, quien se dedica a la escritura desde que abandonó su carrera política, ha sido por su parte un activo promotor de la literatura centroamericana, liderando iniciativas como la revista electrónica Carátula y el encuentro de escritores Centroamérica Cuenta. La idea de Sergio siempre ha sido hacer visible nuestra literatura e insertarla en el discurso literario internacional.
El Premio Reina Sofía y el Premio Cervantes son los dos más altos reconocimientos a la literatura escrita en castellano. El premio logrará, sin duda alguna, enfocar algo de la atención internacional en la narrativa y la poesía de la región. Pero más allá de la eventual mirada internacional a partir de ambos premios, estos deberían funcionar también como un punto de reflexión para las instituciones públicas y privadas de nuestros respectivos países, para reconsiderar la visión y la relación que se tiene desde las instituciones existentes con los autores y sus libros.

Cada país de Centroamérica cuenta con un grupo de escritores talentosos, de diferentes edades, que escriben sobre un sinnúmero de temas. Pero los lectores no suelen tener acceso a libros centroamericanos o desconocen por completo lo que se escribe en los demás países de la región. Muchas veces no conocen ni lo que se escribe en el propio país, a menos que el autor esté publicado en una editorial internacional que le permitirá leerlo, tanto porque su obra es más visible como porque circula un poco mejor; aunque a veces ni así, porque las empresas distribuidoras de libros y las librerías suelen negarse a mover “producto” que no les garantice la recuperación del gasto.

Las editoriales privadas llenan un poco los vacíos de publicación, pero su limitación de recursos económicos y humanos les impide garantizar una mejor visibilidad o distribución del libro. Por desgracia, la pasión con la que muchas de estas pequeñas empresas se incorporan al oficio editorial no es suficiente para solventar los retos monetarios, y la mayoría termina cerrando operaciones poco tiempo después de inauguradas.
Por su parte, las instituciones públicas dedicadas a la cultura no tienen como prioridad la literatura. En El Salvador, por ejemplo, no existe un tan solo concurso de novela. Los que había dentro de la convocatoria de los Juegos Florales fueron eliminados. Tampoco existen becas para creación, residencias artísticas ni eventos literarios que permitirían el intercambio de escritores nacionales con internacionales. Estas actividades favorecen no solo el intercambio y la renovación de ideas, sino que también fomentan la construcción de redes y contactos que el escritor aprovecha para hacer difusión, tanto de su obra como la de sus colegas, única alternativa que nos queda a los centroamericanos para leernos entre nosotros.
Quien se dedica a la escritura en la región centroamericana, sobre todo a la novela, lo hace porque está maldito o bendito (nunca sabré la diferencia) por el fuego literario. Escribir poesía en la región es igual de azaroso, sobre todo por el prejuicio de que es “un género fácil”. Las editoriales evitan publicarla porque dicen que es “un género que no vende”.
Los que estamos en el oficio de la escritura en Centroamérica lo hacemos por vocación comprobada, porque si hay algo que te enseña el ejercicio de la escritura desde esta azarosa región es a perseverar en una labor ingrata que no rinde frutos monetarios y otorga escasas satisfacciones individuales.
Docenas de escritores centroamericanos, ya formados o en formación, intentan desde sus respectivos países capturar las inquietudes del tiempo y la geografía que les ha tocado vivir. La variedad de la literatura de nuestras pequeñas y atribuladas repúblicas es lo que convierte a la región en una zona rica de joyas literarias que corren el riesgo de ser olvidadas debido a la falta de reedición de libros, a la falta de conservación de los manuscritos, bibliotecas y documentos de los archivos de escritores que fallecen, a la falta de una bien diseñada carrera de Literatura en las universidades, que profundice y amplíe el estudio de dichas obras y que las inserte en el estudio de las corrientes mundiales de la literatura; y también, a la falta de una reforma educativa que reconfigure los actuales programas de Letras en la educación secundaria, que siguen matando de tedio a miles de adolescentes, imponiéndoles un canon literario para el cual no tienen todavía las herramientas formales de conocimiento como para apreciarlo en todo su valor, y que lejos de crear hábitos de lectura o una base de cultura literaria los hace aborrecer los libros y hasta despreciar o ver de menos a los narradores locales.
Para quienes se inician en el oficio literario, en estos tiempos cambiantes y confusos, los premios mencionados al inicio pueden servir como aliciente y ejemplo. Ambos, Claribel y Sergio, han dedicado sus vidas a la escritura. La perseverancia y la disciplina son caminos hacia la experiencia, que a la larga puede producir excelencia en el texto escrito.
Los escritores y poetas centroamericanos estamos cumpliendo nuestra parte, trabajando de forma anónima y por cuenta propia, escribiendo y procurando excelencia literaria. ¿Pero cuándo se levantará la cultura literaria y editorial en nuestra región y cuándo se modernizará el tratamiento de la literatura, tanto de parte del Estado como de las instituciones privadas?, ¿cuándo acelerarán el paso para ponerse a la altura de la calidad de nuestros autores?

Inversiones valiosas, festival, memoria

Con motivo del VIII Festival de Literatura Infantil, que comenté hace 15 días antes de su realización, he fortalecido mi sorpresa de percibir interés de los niños por asistir a eventos de animación de la lectura. Este evento desde el primero al octavo ha sido un éxito gracias a la colaboración del equipo de trabajo de la Biblioteca Nacional, el apoyo institucional, además de la cooperación de universidades, organizaciones civiles, empresas y entidades privadas. Sin ellos, imposible haber llegado a una octava versión; igual digo de los escritores y animadores de lectura y su voluntariado ejemplar. Tantas respuestas positivas a un proyecto cuyo centro principal son niños y niñas de comunidades en riesgo, cuyo solo viaje a la ciudad capital es un atractivo y un aprendizaje; un conocimiento valioso como el obtenido en las aulas. Porque la vida está en todas partes; y educación es vida.

El festival ofrece facilitadores de lectura y animadores que hacen del momento del festival infantil un asocio entre libro, lectura y momentos de alegría. No cabe duda, los niños son la esperanza. Pero la esperanza de verdad, la que se proyecta desde un presente, ofreciéndoles sus derechos plenos. Ellos también son la riqueza para el desarrollo futuro.

En este VIII Festival, los niños encontraron a dos escritores salvadoreños que sumados han publicado en Estados Unidos más de 30 libros de literatura infantil y han obtenido premios, uno en Los Ángeles, otro en Nueva York y Washington. En todos los libros la temática es El Salvador. También la diáspora contribuye con valores de país. Y para culminar el evento relacionamos animación lectora con alegría, pues también participan, con ¡voluntariado! Mimos-Clown.

Nuestro proyecto de facilitar el libro y la lectura no se limita a un festival al año. También se logra con una biblioteca móvil que funciona desde la Biblioteca Nacional. Y algo más: los facilitadores conocemos y logramos aprendizaje al visitar las comunidades de difícil acceso. Es un aprendizaje con estímulos similares. Este año visité a niños del cantón Loma del Muerto (por la matanza indígena de 1932), en Sonsonate; a estos y a miles les llegó una libreta sencilla, pero dignamente impresa con más de una docena de poemas infantiles, con igual número de escritores. Fui testigo del entusiasmo en el aula, expresado con acciones creativas.

El festival de noviembre permite observar la importancia de ofrecer oportunidades recreativas y creativas a niños y niñas que responden felices a la facilitación brindada por las instituciones de cultura y educación. No: nada de cruzarse de brazos viendo pasar la tragedia como espectadores. Por eso mi insistencia en promover este tipo de acciones educativas. Porque la esperanza no solo debe visualizar el futuro, sino el presente vital, porque la renovación está en esos grupos base que asisten y participan en encontrarse con el libro y la lectura.

El Festival de Literatura Infantil ofrece lectura desde edades tempranas, entre siete y 12 años. Ojalá pudiéramos hacerlo con la primera infancia (de cero años a cinco años). Para estos el conocimiento o la palabra tierna de leerles un cuento o un poema no solamente recrea, también hace algo más prodigioso, ofrecer a las nuevas generaciones calidad de vida, vida sana entendida como bienestar, semejante al cuido en salud y alimentación. Volverlos permeables al conocimiento permite una transformación al utópico cambio.

“No solo debe cuidarse la supervivencia biológica, protección de enfermedades o desnutrición”, dicen científicos del cerebro y de las emociones, sino atender una educación temprana en el niño que repercuta en el desarrollo intelectivo “(que lo haga) capaz de cambiar su entorno que significa convertirlo en partícipe de la sociedad que necesitamos” (Luz Stella Losada, et al.).

Los autores son profesionales de la salud y la educación, expertos en desarrollo infantil y prevención de agresiones sexuales, tratan el tema de construir familias con desarrollo integral al atender al niño desde antes del nacimiento hasta los cinco años. En mis anteriores planteamientos he insistido en algo que cae por su peso: invertir en educación debe ser una acción estratégica para prevenir la violencia, asegurado con políticas públicas.

Recuerdo cuando en segundo grado, en la primera mitad del siglo XX, a un director chiflado se le ocurrió hacer una excursión con niños de segundo a sexto grado. Yo estaba en segundo, tendríamos que viajar en tren de leña desde la escuela pública en San Miguel hasta Ahuachapán, donde estaba el punto central del viaje: conocer una casa.

Era una actividad de recreación y aprendizaje irreversible (conocer la casa del poeta Alfredo Espino, de quien yo solo conocía el poema “El nido”). Además se trataba de un viaje sin presupuesto estatal, para lo cual se debe planificar con creatividad y ejecutar con eficiencia. Es el caso del Festival de Literatura Infantil, donde las comunidades o las familias contribuyen para el transporte en buses; otros aportes, la mayor parte, se obtienen por las organizaciones civiles, empresas y universidades, y desde la Biblioteca Nacional se hace la gestión de acuerdo con cooperantes con sensibilidad patria.

Continúo con el profesor chiflado: él hacía las gestiones para que las escuelas de las ciudades visitadas nos dieran alojamiento para dormir. El pasaje del tren lo pagaba el padre o la madre de familia. Hicimos la primera parada en Usulután, en la Basilio Blandón; la segunda fue en San Vicente (olvido el nombre de la escuela); la tercera fue en San Salvador; dormimos en la Joaquín Rodezno. De allí salimos a Santa Ana, dormimos en la escuela Mariano Méndez, ahora en ruinas, pero en proceso de restauración. He olvidado, quizás por las penurias, si comíamos o no comíamos. Solo recuerdo que en San Vicente un niño de mi edad me invitó a almorzar a su modesta casa. Bueno, fue mi primera ventura a mis ocho años. Mi madre tuvo la confianza de permitirme un viaje que duró una semana. ¿Cómo ven esa chifladura genial del docente director? Para más datos: poeta, creativo, chiflado.

La pasión según Lispector

En agosto de 1967, el periódico Jornal do Brasil le ofreció a Clarice Lispector la posibilidad de escribir crónicas de manera semanal. Para Lispector, el ejercicio no sería algo nuevo. Había publicado crónicas periodísticas en los años cuarenta, en un periódico de Campinas, ciudad de la municipalidad de Sao Paulo. Luego, en los años cincuenta, publicó una columna llamada “Entre mujeres” que firmaba con los seudónimos de Ilka Soares y Helen Palmer. Hablaba de maquillaje, moda y cocina.

Pese a dudarlo un poco, Lispector aceptó la oferta del Jornal do Brasil. La necesidad económica se impuso sobre su temor de escribir crónicas, un asunto que sería incluso tema ocasional de su columna. “Sé que lo que escribo aquí no puede llamarse crónica, ni columna, ni artículo”, escribe en alguna entrega. Lo cuestionará hasta diciembre de 1973 en que dejó de publicarlas, luego de producir poco más de 400 textos que pueden leerse en diversas antologías.

Las dudas sobre su escritura periodística estaban relacionadas con lo que consideraba su verdadero oficio literario. Lispector escribía novela y cuentos de ficción. Había construido un estilo y un lenguaje propios con un tono tan particular que resulta difícil definirla. En una gripe, en un hombre que ve desde el asiento de un taxi, en una conversación con los hijos, en una canción canturreada por la asistente doméstica, en la evocación de los paseos familiares al mar, en el recuerdo de cuando era niña y robaba rosas, en las preguntas hechas en silencio pero que jamás se enuncian porque son tan banales que no merecen ni el sonido de una voz, en detalles así Lispector encontró el material para la exploración de la vida y del ser humano a través de la palabra escrita.
La construcción de su estilo tan particular le ganó el respeto de sus contemporáneos y la lealtad de un público lector que seguía sus publicaciones con reverencia. A Lispector le agradaba que se le considerara como una escritora seria, pero casi no daba entrevistas y pocas veces asistía a eventos literarios. Eso no le impidió demostrar su felicidad cuando, en una fiesta, João Guimarães Rosa (uno de los novelistas más importantes de Brasil) le confesó que la leía “no para la literatura, sino para la vida”, para luego citar de memoria varias frases que ella ni siquiera recordaba haber escrito. Lo cuenta en uno de los textos incluidos en “Aprendiendo a vivir y otras crónicas” (Ediciones Siruela, 2007), una selección de sus columnas sabatinas en el Jornal do Brasil.
Quien lea sus crónicas podrá encontrar vasos comunicantes con su obra narrativa y la construcción de su estilo. Más de alguno de sus cuentos podría pasar por una de sus crónicas periodísticas, por ejemplo. Siempre está presente en su narrativa la sensación de que Lispector escribe como soltándole una confidencia casual al lector, una confidencia dicha con despreocupación, en un susurro, con el olor del humo de uno de sus cigarrillos.

En una de dichas crónicas, Lispector cuenta que su hijo le pregunta un día “¿por qué a veces escribes sobre cosas personales?” A lo que ella responde: “Nunca he tocado realmente mis cuestiones personales, incluso soy una persona muy secreta. (…) Es inevitable, en una columna que aparece cada sábado, acabar comentando sin querer las repercusiones en nosotros de nuestra vida diaria y nuestra vida extraña”. Lispector lo constata preguntándole a otros cronistas, quienes coinciden con ella en que el escritor siempre se termina revelando a sí mismo en el texto.

Lispector también insiste en que tampoco es personal en su narrativa y que en sus libros no se incluye como personaje. Esto puede resultar desconcertante y hasta difícil de creer para sus lectores. Más de alguna vez en sus textos y novelas, la voz narradora interviene en la historia o en los asuntos del personaje para comentar o hacer preguntas, como ocurre en su novela “La hora de la estrella”. Esas intervenciones son una de las particularidades de su ejecución narrativa, donde lo importante no es tanto la acción como la incidencia de algún hecho, por minúsculo que sea, en el mundo subjetivo de los personajes, del narrador y del lector mismo.

Su novela “La pasión según G. H.” es la culminación de la búsqueda interior a través del lenguaje y no de la acción exterior. El lector acompaña a una escultora sola en su casa, recorriendo los espacios vacíos hasta llegar a la última habitación, la de la asistente doméstica. Encontrar ahí una cucaracha desata recuerdos, reflexiones sobre la vida y la muerte, la inmortalidad, el lenguaje y el sentido de la existencia en un monólogo interno denso. No en vano, la misma Lispector advierte al inicio de la novela que ella se sentiría contenta si el libro fuese leído únicamente por “personas con el alma ya formada”. Hay que estar en una disposición particular de ánimo para leer dicho libro, apreciarlo y dejarse llevar por el fluir analítico al que nos somete Lispector.

La intensidad de su relación con el lenguaje se complementa con su labor de traductora literaria, una faceta suya de la que se habla poco. Desde Oscar Wilde y Edgar Allan Poe hasta Anne Rice y Agatha Christie, la cantidad de traducciones al portugués de obras literarias de diversos autores realizadas por Lispector, también dejó una huella importante en el mundo cultural brasileño.
Escribir es una maldición, “pero una maldición que salva”, dice Lispector en alguna de sus crónicas. Maldición “porque obliga y arrastra como un vicio penoso del que es casi imposible librarse, porque nada lo sustituye”. Salvación porque “salva del día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

A través de su escritura introspectiva, Clarice Lispector supo develar el intimismo de lo cotidiano, de los momentos ordinarios que, pasados por su prosa, se convierten en asuntos trascendentales del ser humano.

Quien busque comprender algo sobre la profundidad de la vida hará bien en leerla.

Aprendizajes de vida a temprana edad

En el año que transcurre se nos ha apoyado por televisión presentar más de 40 programas dedicados al libro y a autores nacionales, temas en los que debemos ser incansables. Estimular la lectura no solo a adultos sino a estudiantes de educación básica. Con el convencimiento de que una sociedad lectora augura una ciudadanía sensible y capaz de conocer respuestas sobre convivencia y prácticas democráticas, apropiarse del logro de ejercer el derecho a ser escuchado como participante en una democracia en construcción. Ser un sujeto y no un objeto.

La proyección por la lectura desde la institución pública, en nuestro caso, nos permite acudir a una audiencia de adultos, niños y jóvenes que acogen entusiastas las iniciativas relacionadas con el tema. Un ejemplo paradigmático sería el de la biblioteca móvil (Bibliobús) que visita comunidades en riesgo cuatro o cinco días a la semana, incluyendo sábados y domingos, según el interés de la comunidad. Después de 10 años de labor institucional, el Bibliobús visita los más apartados rincones del país, de preferencia ahí donde no llega una biblioteca o no conocen un cuentacuentos o un animador de la lectura. Alguien que les facilite leer como un momento agradable.

Otro proyecto de aprendizajes por medio del libro y la lectura es la organización de un Festival de Literatura Infantil, que cuenta con apoyo institucional, pero no podría realizarse si no hubiese una sinergia entre distintos sectores del país que se apropian de la importancia de un evento que incide, no importa si en medida modesta, al desarrollo del país. Se sabe el aporte del libro y la lectura como eje estratégico de una educación nacional.

El octavo festival se celebra esta misma semana en la Biblioteca Nacional. Aspira a favorecer a participantes invitados de acuerdo con el interés de las comunidades y de entidades que las apoyan para hacer posibles los traslados y la organización en cada localidad del interior del país para asistir a una fiesta literaria. Los participantes son de educación básica, de entre ocho y 12 años, de preferencia, que acuden a un espacio agradable bajo el lema, este año, “Por la alegría de leer”. En años pasados fue “Leer es maravilloso”.

Algunos especialistas no están muy de acuerdo con la animación de la lectura si esta es un elemento distractor; argumentan que debe irse directo al libro, sin interferencias. Pero el festival no pretende esa vía directa, sino tratar de comunicarnos con niños en diferentes modalidades que les produzcan un momento inolvidable en su corta experiencia de vida aunada a aprendizajes de excepción. Entre otras cosas, conocen a escritores nacionales y los resultados de su creatividad.

Recuerdo allá en San Miguel, en una escuela pública muy modesta, y en tiempos remotos, sin los medios de comunicación de los conocidos ahora, ni siquiera radiodifusoras, excepto porque en las seis ciudades principales del país llegaba el periódico, siempre contaban con espacios de lecturas para los menores de edad. Fue mi caso.

Recuerdo en segundo grado, bajo el calor de San Miguel, en el que no reparábamos, pues no conocíamos geografías diferentes para comparar, un maestro nos leyó “Corazón” de Edmundo de Amicis. Ahí supe que había ciudades donde existía la nieve y se jugaba con ella, mientras nosotros nos divertíamos con los aguaceros diurnos. Y algo más en primer grado, en esa misma escuela pública de San Miguel, a otro docente, quizá al director, se le ocurrió llevarnos a ver una película al Teatro Nacional (convertido en cine). Fue la primera vez que tuve la experiencia de ver una película. Y tuvo la característica, por el tema, de ser una experiencia inolvidable. El título: “Los huérfanos de Stalingrado”. Por estar en el marco de una guerra mundial, tuvimos acceso a una exhibición que quizá no era para niños, pero nos permitió conocer a edad temprana la barbarie cometida contra niños en una guerra con el protagonismo invasor de un ejército nazi. Conocí el poder de las bombas. El cine fue mi medio de comunicación más avanzado de la época.

Esa película y un año después el libro “Corazón” me ofrecieron un aprendizaje sobre el mundo. Lo importante fue la imagen y la palabra, más que un argumento que podría ser inentendible a esa edad temprana. Aunque sí, en ambos casos hubo emoción que es también elemento esencial para el aprendizaje.
“Corazón” de Amicis, publicado en 1886, me permitió saber en mi segundo grado valores cívicos, de solidaridad, me despertó sentimientos tan importantes para formar la personalidad constructiva. Porque si es desde niño, mejor. Provocar sensibilidad ante el otro, como es el caso de los cuentos “De los Apeninos a los Andes” y “El tamborcillo sardo”; o los juegos inocentes de los niños lanzándose bolas de nieve. También hay un cuento con un niño que escribe un diario donde expresa sus emociones particulares.

De “Los huérfanos de Stalingrado” nunca supe más. ¿Alguien sabe? Recuerdo que a la hora de almuerzo discutimos temas de esa exhibición con un primo que estaba en sexto grado. Supongo que me ayudó a explicar algunas situaciones sobre la primera película de mi vida, cuando apenas tenía tres meses de conocer lo que era una escuela pública que nos ofreció esos aprendizajes de variadas expresiones, con docentes que advirtieron la necesidad de leer o de comunicar elementos artísticos desde una edad temprana. Esa práctica continuó hasta llegar al séptimo grado, en el área de la música, siempre en instituciones públicas de San Miguel.

Sin duda esas imágenes en la memoria repercutieron para introducirme a un oficio de creatividad artística, pese a mis diversas proyecciones de adolescente que incluyeron fútbol, matemáticas y docencia desde temprana edad.
Nota. Dedico esta columna a quienes permitieron fundar el Festival Infantil. Cito a los que ya no están con nosotros: al poeta Ricardo Lindo y al poeta chicano que nos visitaba desde California, Francisco Alarcón. Un saludo hasta la galaxia en infinito movimiento.

El gran silencio

En el cuento titulado “El gran silencio”, del escritor estadounidense Ted Chiang, un loro puertorriqueño reflexiona desde las degradadas selvas de Arecibo sobre la paradoja de Fermi, la búsqueda de vida inteligente extraterrestre por parte de los humanos y la probable extinción de su especie de loros.

A la mejor manera de los cuentos de Franz Kafka “Informe para una academia” (donde el narrador es un mono) o “Investigaciones de un perro” (donde el narrador es un can), el loro de Chiang se pregunta por qué los humanos se empeñan en buscar formas de vida inteligente más allá de su galaxia, pero no reconocen las diversas formas de inteligencia que lo rodean aquí mismo, en la Tierra.

En su alegato, el loro sostiene que su especie, al igual que los humanos, es de las pocas que puede reproducir sonidos nuevos al escucharlos. Se compara con los perros: un perro podrá aprender decenas de órdenes y sabrá ejecutarlas, pero siempre responderá con ladridos. No tiene capacidad para emitir palabras.

Este cuento fue escrito por Chiang como texto de acompañamiento a una videoinstalación realizada por Jennifer Allora y Guillermo Calzadilla y presentada en la 56.ª Bienal de Venecia de 2015. El video, que puede ser visto en internet, utiliza imágenes del radiotelescopio del Observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, y de las selvas circundantes que amparan el hábitat de los loros endémicos, amenazados de extinción.

La propuesta de los tres artistas funciona como una metáfora de cómo obviamos la inteligencia de las diferentes formas de vida aquí mismo en el planeta y deja al lector reflexionando sobre la arrogancia del antropomorfismo, al creer que la única y suprema forma de comunicación es el lenguaje humano, despreciando a todos los otros seres vivos que no articulan su lenguaje de idéntica forma al nuestro.

Este desprecio es base de la odiosa relación que tenemos con la naturaleza. Disponemos de ella a nuestro antojo, porque la inteligencia superior que suponemos tener nos ha hecho considerarnos dueños de todo lo que existe. Bajo esa premisa, la norma es creer que la naturaleza está ahí para satisfacer al ser humano y sus necesidades, y que las reservas naturales son inagotables.

Nos cuesta comprender, pero sobre todo aceptar que somos un eslabón dentro de un sistema complejo, pero rico en posibilidades de convivencia e interacción constructiva mutua. Por lo contrario, nuestra mezquindad y desprecio hacia las demás especies animales y vegetales nos han llevado al actual desequilibrio natural. Desde el cambio climático hasta la extinción de numerosas especies, donde nuestra impronta en provocar y acelerar esos eventos es indiscutible, el ser humano no parece demostrar su inteligencia en lo que se refiere a detener la depredación del entorno ni a construir formas de convivencia más amigables y sustentables.

Algunos científicos han dedicado sus vidas específicamente a la observación, estudio y comprensión del funcionamiento de la inteligencia animal, en un afán de determinar sus formas de comunicación y aprendizaje. Irene Pepperberg, por ejemplo, ha destacado por su trabajo con loros grises africanos, en particular, con uno llamado Álex. Los diferentes resultados de sus estudios la llevaron a concluir que los loros tienen un tipo de inteligencia particular, porque al aprender una palabra, también logran comprender su significado.

Los resultados de las investigaciones de Pepperberg sobre la cognología animal han provocado varios debates sobre la inteligencia de los animales, “una inteligencia no humana, no primate, no mamífera”, según ella misma enuncia. Para Pepperberg, la diferencia en los cerebros y las habilidades de las diferentes especies no debería ser motivo para subestimar sus formas de inteligencia.

El delfín es uno de los animales que también ha sido objeto de diferentes estudios para comprender no solo su inteligencia, sino además su complejo sistema de comunicación, que incluye gestos y chillidos, algunos de ellos emitidos en alta frecuencia y no audibles por los humanos. Su cerebro es similar al nuestro y, junto con el chimpancé, se le considera uno de los animales más inteligentes del planeta.

Es conocida como paradoja de Fermi la contradicción entre la alta probabilidad de que exista vida inteligente extraterrestre y la ausencia o evidencia absoluta de dicha vida. También se le conoce como “El gran silencio”, porque ante los intentos que el ser humano ha hecho para enviar mensajes al espacio exterior y comunicarse con dichas inteligencias, lo único que hemos escuchado y recibido como respuesta es silencio.

El cuento de Chiang, que habla de la mencionada paradoja, también considera al lenguaje como una forma de reafirmar la existencia: “Hablo, luego existo”, dice el loro de la historia. “La extinción de mi especie no significa solamente la pérdida de un grupo de pájaros. Es también la desaparición de nuestro lenguaje, nuestros ritos, nuestras tradiciones. Es el silenciamiento de nuestra voz”.

El loro del cuento reflexiona al final del mismo sobre la actividad de los humanos y cómo estos los han llevado hasta su inminente extinción. El loro no habla con resentimiento y admite que la imaginación de los humanos ha creado bellos mitos y grandes aspiraciones. “Miren Arecibo. Cualquier especie capaz de construir algo así debe contener grandeza dentro de sí”, dice el loro, quien sostiene que al morir su especie, esta se integrará a ese Gran Silencio.

El empeño en encontrar inteligencias extraterrestres podría ser un reflejo de la soledad que sentimos como especie. Una soledad física ante la idea de que estamos solos en un universo tan grande cuya magnitud ni siquiera alcanzamos a imaginar, porque si nos atreviéramos a hacerlo, tendríamos también que tomar consciencia de la dimensión de nuestra pequeñez.

Pero sobre todo, la búsqueda de otras inteligencias es la añoranza que tiene el ser humano por encontrar un interlocutor con el cual compartir nuestros descubrimientos, nuestra curiosidad infinita, el asombro de lo que nos rodea, la impotencia frente a todo lo que todavía ignoramos y la sed de una respuesta para esos grandes silencios con los que andamos por la vida.

Reflexiones del artista joven y adulto

Para escribir una obra literaria, o un ensayo, lo primero por hacer es meditar sobre lo que me gusta con inspiración en mi propio marco referencial –mejor si lo siento desde niño– igual si lo percibo más tarde que el momento llegó. José Saramago se dedicó a escribir después de los 50 años; también hay artistas que sobresalieron desde la minoría de edad. No importa, basta pretender que se obedece a un deseo interno. Es posible que en un momento te dé por abandonar el barco. Me tocó a mí, cuando estaba en Costa Rica, decidí abandonar la literatura para dedicarme a algo más que me atrajo de niño: la matemática. De no haber ocurrido el asesinato de Roque Dalton (1975) estuviera dando lecciones de esa materia en el hermano país. Así, sucedió lo contrario: escribí en el hermano país tres de mis obras más difundidas fuera del idioma español, incluyendo un premio latinoamericano de novela; y el tema fue El Salvador. Ahora, desde mi país, escribo el primer libro de una épica centroamericana que tuvo a Costa Rica dentro del primer plano. Son los tantos enigmas de la producción artística.

A veces pensamos en el papel que deben jugar los maestros. No me refiero al docente. El mejor maestro seré yo mismo. Si no descubro esta clave, mejor no pensar que la creación literaria me sea favorable. Esto incluye tirarse a lo largo de la vida y reflexionar lo que has aprendido de ella, tus entornos sencillos o esplendentes. “Todo lo aprendí de un hombre sabio” –dice José Saramago–, “mi abuelo analfabeto”. En mi caso, yo aprendí mucho de la calle. Aunque eso se vuelve dramático en un país donde desde su independencia ha imperado la violencia rural y urbana. En el país feliz o desilusionado siempre habrá hallazgos para la elaboración estética que contribuyan a la reconstrucción social. Lo feo y lo bello. Sobre el concepto de belleza dice Salarrué en la carta a los patriotas: una puesta de sol, el río que pasa por tu casa, el cerro o el volcán que te absorbe la vista desde que te levantas, “esa es mi patria”, no la elaborada por el prejuicio o el mito, reafirma.

Recuerdo que con el poeta Roberto Armijo comentábamos, cuando llevó a su marimbita de tres niños por primera vez al mar (Rabín, Manlio, Roberto), que lo único que se le ocurrió decir al mayor, en esos momentos con cinco años, fue: “Papá, no atino”.

Si eres escritor puedes rescatar ese instante. Para mí, el mar visto por primera vez a los cuatro años, pensé en un cielo derramándose en agua y el mar como su desaguadero.
El autoaprendizaje es fundamental, no hay escuelas para hacer escritores. ¿Y para las otras artes? Quizás para manejar algunas técnicas. Los talleres son válidos en cuanto escuchas diversas opiniones de quienes te rodean, y del facilitador. Está bien, pero no basta. Nunca tuve un taller, ni un maestro que estimulara mis ocurrencias de niño en la escuela. Al contrario.

No hay nada intrascendente en tu entorno. Puedes sacarles astillas a cada momento de tu vida para hacer una obra artística. A ello se agrega lo fundamental: ¿cómo lo vas a expresar con el cincel, con la palabra o con los sonidos? Es otra clave fundamental: escudriñar la intimidad antes de echar mano a tu expresión. Escudriñar la intimidad significa ejercitar las células neuronales (dicho en forma sencilla: desabotonar o desabrochar el cerebro), interpretar los asombros provenientes de realidades estéticas: la belleza o la fealdad hay que procesarlas con emoción, de manera que sean el vehículo para despertar las emociones de otros.

El intimismo o autenticidad se procesa sin darte cuenta, como se asimila el oxígeno. La idea es que lo que escribo se aleje de mí, se independice de mis deseos de autor. De pronto los personajes, las pinceladas o los sonidos se escapan de mi mano o escribo con intensidad diferente a mi emotividad particular. Sucede que el resultado artístico es colateral a lo que has razonado, es algo superior que “la razón no comprende”.

No hay duda que Bécquer tuvo el sentimiento de amar antes de ponerse a escribir “Rimas”; pero su calidad de poeta la obtuvo cuando, sin dejar de ser emociones suyas, se le escaparon para ser emociones acogidas como propias por los demás. Esto no se contradice con el impulso de escribir o plasmar el entorno particular en la obra. Y ahí es donde juega un papel las habilidades psicosomáticas, como decía el filósofo de la estética Georg Lukács, cuando aún no se habían descubierto los laberintos insondables del cerebro para distenderse (“plasticidad cerebral”), en la medida que se adquiere conocimiento. Y en el caso del arte conocer no es saber, sino percibir, albergar imágenes, pensamientos, amor, rechazo, indignación, como insumos para producir arte: artes plásticas, danza, música o literatura.

Claro, aquí no entran genialidades producto de encuentros cercanos del tercer tipo. Como el caso de Mozart, por ejemplo, que comenzó a escribir piezas de piano a los seis años y sinfonías a los 15; o Darío que no terminó la escuela secundaria y alcanzó altura poética universal; caso parecido es Einstein que tuvo una formación racional y luego voló con alas de genialidad. “Tú no serás nada en la sociedad”, le dijo su profesor, el Dr. Joseph Degenhart, porque solo prestaba atención a la matemática y descuidaba otras asignaturas. Un sabio sensible que nunca dejó de tocar violín.

Con Van Gogh pasó igual, cuando había pintado sus mejores cuadros, al no poder venderlos, le recomendaron estudiar técnicas del color; pero el genial pintor no logró entrar en la academia de Bélgica, ¡no superó el examen de admisión!
La carencia de apoyos no veda la realización artística. Los poetas, en el caso de El Salvador, después del año cincuenta del siglo XX, nunca lo tuvieron. No es que eso sea lo mejor, pero tampoco es una conditio sine qua non.

La discriminación silenciosa

El otro día pregunté por un conocido. Me dijeron que Pedro (nombre ficticio) fue despedido de su trabajo. La empresa había decidido hacer una reestructuración interna. Casualmente todos los despedidos (más de 10 personas) eran los de mayor edad.

Hace meses, otra conocida, Sonia (también nombre ficticio) se entusiasmó con la idea de estudiar un doctorado en una universidad nacional. Todo iba bien hasta que comenzaron a asignarse tareas en grupo. Nadie quería aceptarla en ninguno. ¿El motivo? Su edad. Sonia ronda los 50 años y los demás compañeros eran menores. Ella propuso al profesor hacer las tareas por su cuenta, pero este dijo que no se podía, porque las tareas estaban diseñadas para hacerse en equipo. Escribió una carta a instancias superiores para buscar una solución. La respuesta fue de solidaridad protocolaria, pero no sirvió para hacer una excepción y lograr que la estudiante pudiera cumplir sus tareas de forma individual. Resultado: Sonia se deprimió y se retiró de la universidad.

Estos son apenas dos casos de muchos en los que entra en juego la discriminación por edad conocida como discriminación etaria. No hay una frontera específica de cuándo esto comienza a ocurrir, pero a partir de los 40 años es común comenzar a sufrir una serie de actos discriminatorios (grandes y pequeños) de los que poco o nada se habla. Esto lo convierte en una forma de exclusión difícil de reconocer y de erradicar.

Cuando este tipo de discriminación comienza, la sociedad te invisibiliza y te condena a una muerte social previa a tu muerte física. Ya no se es sujeto de crédito bancario. Ya no se es considerado una opción para formar una pareja estable. Una persona despedida a los 50 años tiene muy pocas posibilidades de encontrar empleo y si lo logra, deberá resignarse a recibir un sueldo infame. Se trata a los mayores de manera condescendiente, no se les escucha ni se da importancia a sus palabras o peticiones.

A esto sumemos el exacerbado culto a la juventud que se vive hoy en día y alrededor del cual giran conceptos como el de la belleza física, la energía vital y la capacidad para emprender ciertas actividades o labores. Para las mujeres, el sexismo agrava las cosas. Una mujer que tenga una pareja de menor edad es calificada de ‘cougar’, roba cunas, vieja calenturienta, etc. Pero un hombre que aparece con una pareja menor es aplaudido por sus pares. Recibirá palmaditas en el hombro y guiños de ojo. Un hombre que alardea una pareja joven es un triunfador envidiable; una mujer que lo hace es criticada y mal vista.

La discriminación etaria se manifiesta de maneras sutiles y cotidianas. Parte de ello nace de los prejuicios y estereotipos que hay sobre las personas adultas. Pero parte del rechazo nace también de esa relación enfermiza, de ese estado de negación que tenemos con nuestra mortalidad. No nos gusta pensar en la muerte aunque sabemos que tarde o temprano, también moriremos. La vejez no hace más que recordar que el proceso de nuestra finitud está en marcha permanente.

La saturación informativa y comercial retrata a las personas mayores en roles cliché: enfermos, incontinentes o tomando jarabes geriátricos para “recuperar la vitalidad perdida”. Los guionistas de cine y televisión repiten el estereotipo del viejito cascarrabias, sordo, cegatón o pasmado; los abuelitos bondadosos como parte del decorado familiar; los que tienen alguna enfermedad y están en el asilo o el hospital sin noción de nada. Esa perspectiva poco estimulante añade al agravio. Nadie quiere llegar a viejo. Todos queremos morir pronto para evitar vernos en esas situaciones degradantes a las que la sociedad nos reduce.

Tampoco se puede obviar la violencia, tanto física como sexual y psicológica, que sufren muchas personas mayores en su círculo familiar y social. Muchos son despojados de sus haberes por sus propios familiares, embaucados, burlados e ignorados, tratados como seres no pensantes, estorbosos e incapaces de tomar decisiones lúcidas.

Cada edad del ser humano marca etapas importantes en su formación. Cuando se está en la veintena de años, la muerte y el tiempo son conceptos relativos e irreales. Pero cuando se llega a los 50, la conciencia de la muerte toma un lugar importante en las reflexiones cotidianas. La noción del tiempo cambia de velocidad y se acelera.

Si nos tomáramos la molestia de conversar con alguien mayor comprenderíamos que nada ha muerto por dentro. Que no importa la edad, se sigue sintiendo pasión, amor, deseo sexual, tristeza, angustia, anhelo y que se siguen teniendo ganas de hacer muchas cosas. La capacidad de sentir del ser humano no muere con el tiempo: muere hasta que muere su cuerpo.

Desde el punto de vista laboral, prescindir de los servicios de personas que pasan de cierta edad significa cerrarse a la experiencia acumulada que, interactuando con la frescura de las nuevas generaciones, podría producir resultados interesantes en muchos ámbitos de trabajo. Pero mientras la sociedad siga concibiendo que el principal valor de sus miembros es su capacidad para producir ingresos económicos, estaremos ignorando y callando a un sector de la población que está subrepresentado en la discusión pública de los problemas de país.

Muchos pueblos indígenas y sociedades orientales tienen una relación constructiva hacia los mayores. Debido a su experiencia de vida, se les considera depositarios de memoria y sabiduría; se les incorpora en la toma de decisiones; son respetados como figuras importantes en sus comunidades y están integrados a la vida del colectivo. Pero en el mundo occidental, la persona mayor es apartada temprano de la vida, reducida al silencio, la invisibilidad, la inactividad y el rechazo.

El ser humano contiene en sí mismo todas las edades y eso debería hacerlo más sensitivo hacia todos sus congéneres. Escuchar lo que cada edad tiene que decirnos podría ser una manera de tender puentes para dejar de competir y agredirnos entre generaciones. Una manera de intercambiar sabiduría en esto que llamamos vida y a donde todos andamos dando palos de ciego.

Historia y bienestar humano

La semana pasada se ha estimulado mi trabajo literario que tiene como marco la historia centroamericana (1855-1860). Entre otras cosas, fui invitado como participante en la nominación como Beneméritos de la Patria a Juan Rafael Mora (expresidente de Costa Rica) y José María Cañas (salvadoreño). En 1860 partieron ambos desde Santa Tecla hacia Puntarenas. Una traición alevosa les preparó una emboscada de militares traidores que habían participado en la derrota de William Walker. Ambos fueron fusilados.

Como sabemos, Walker se apoderó de una parte de Nicaragua nombrándose presidente en unas elecciones falsas, similar a lo que tres años antes había hecho en Sonora y Baja California, México, declarándolas repúblicas independientes. Llegó a Nicaragua con el objetivo declarado de apoderarse de los cinco países de la región y continuar con Cuba. Un sueño loco producto de una mentalidad profética cuyo potencial era la supremacía blanca y traer esclavos africanos a la región.

Para lograrlo se hizo contratar por políticos nicaragüenses liberales que vieron en la formación de una falange americana la posibilidad de ganar la guerra civil contra la facción conservadora. Una guerra civil que llevaba cuatro años entre ambas facciones. El partido liberal radicado en León contrató a Walker y le dio grado de general y jefe del ejército más otras canonjías. Pero el sueño del filibustero era apoderarse de Centroamérica. Para ello dio un segundo paso: invadir Costa Rica, pese a que los conservadores nicaragüenses lo seguían combatiendo con grandes dificultades, pues el ejército filibustero se había agrandado con mercenarios internacionales bien armados, con aprovisionamiento continuo desde las dos costas de Estados Unidos. La invasión a Costa Rica se convirtió en un gran fracaso. La fracción internacional formada por militares europeos y aventureros estadounidenses no soportaba ni una hora de combate para salir en estampida. Walker lo reconoció en su libro por haber caído en la peor ridiculez en Centroamérica, lo vio como una derrota vergonzosa (autobiografía).

Lo raro de esa sangrienta confrontación bélica centroamericana (1855-1860) fue que se inició contratando mercenarios invasores por parte de los liberales nicaragüenses, que se hacían llamar “democráticos” y “revolucionarios” por ofrecer un programa progresista. La paradoja: quienes combatieron a Walker fueron los conservadores; sin embargo, después de varios crímenes incluyendo el incendio de la ciudad de Granada, sede de los conservadores, los liberales se dieron cuenta de los verdaderos planes del filibustero que ya dominaba gran parte del país. Además, los ejércitos centroamericanos ya habían llegado a Nicaragua para combatir a Walker.

Esa coyuntura histórica en Nicaragua me hace pensar en lo que facilita a los nicaragüenses hacer sinergia entre fuerzas ideológicas para lograr objetivos sociales comunes. Se nota más en la ausencia total de la violencia que para un país pobre significa destinar inversión financiera en salud, y evitar emigración para huir del propio país aun a costa de la vida; preferible afrontar el infierno ajeno, antes que el del barrio. Los nicaragüenses neutralizaron ese miedo. Digámoslo sin prejuicio.

Esas lecciones históricas del siglo XIX nos hacen pensar en el error de creer que la historia comenzó ayer. Este criterio no permite priorizar en el análisis interpretativo de un pasado que reitera las tragedias sociales por desconocer sus causas. La violencia ha echado raíces en siglo y medio, y eso hace difícil afrontarla con políticas del presente; y con desesperanza y desesperación se avanza por un camino de dolor.

Siguiendo con la guerra contra los filibusteros, a esa épica podríamos llamarla Guerra Patria Centroamericana. Porque en esos años tuvimos un “ejército aliado centroamericano”, peleando en Nicaragua, cuyos jefes en orden correlativo fueron los generales Ramón Belloso (salvadoreño), Florencio Xatruch (hondureño) y José Joaquín Mora (costarricense). Todos, pese a grandes diferencias, derrotaron a los supremacistas blancos que se hacían llamar inmortales, filibusteros o falange americana, con intención de civilizar con raza pura a Centroamérica, pues los originarios – los híbridos– eran raza impura formada por holgazanes, arteros, incivilizados, (bibliografía: libro del jefe filibustero William Walker, “La guerra en Nicaragua”).

Al reparar en los verdaderos objetivos de los invasores, los liberales y conservadores, no solo de Nicaragua, se unieron para salvar la nación centroamericana en una lucha que costó miles de muertos. La conciencia fue clara, pues luego de varias peticiones de Costa Rica, por su presidente Juan Rafael Mora, los ultraconservadores Francisco Dueñas y Rafael Carrera, presidentes de El Salvador y Guatemala respectivamente, se decidieron por participar para no dejar solas a Nicaragua y Costa Rica. Existen comunicados firmes de ambos mandatarios. Depusieron sus intereses para salvar la gran nación. Lo anterior pareciera leyenda o mito, pero al contrario, es historia real, aunque el tiempo la fue convirtiendo en mito o, lo peor, fue ocultando la épica más gloriosa de Centroamérica.
El desconocimiento de la historia centroamericana nos debilita. La ignoramos cuando tenemos sobre nuestra cabeza el fin del planeta, con dos grandes medios de destrucción masiva: el cambio climático y la destrucción atómica. El peligro se da en un momento donde las competencias deberían ser alrededor de la trepidante creatividad tecnológica que tiene la respuesta para echar mano en las energías renovables y lograr la salvación del planeta. Esto no es tremendismo. La historia universal nos da lecciones y, sin embargo, mientras construirnos palacios de cristal, descreemos en la solidaridad, en lo equitativo; creemos en la confrontación, no en la unidad de contrarios, como si cada facción ideológica fuera un país enemigo, convirtiendo a la nación en víctima de sus contradicciones facciosas.
Mi larga reflexión la despierta haber conocido a fondo esta historia, gracias a la Academia Morista Costarricense, que me hizo miembro correspondiente y me concedió una medalla impuesta por el presidente de la república. Sobre esta gesta escribí un libro con la idea de romper con la leyenda, rescatar a los verdaderos héroes que dieron su vida contra la esclavitud y por la soberanía. En esa gesta se distingue con Juan Rafael Mora el salvadoreño José María Cañas. Ambos beneméritos de Costa Rica. Deben serlo de Centroamérica.

Nuestro silencio sobre El Mozote

A las 6 de la mañana del día 11 de diciembre de 1981, elementos de las Fuerzas Armadas de El Salvador llegaron a un lugar conocido como Poza Honda, al norte del departamento de Morazán. Lidia Chicas Mejía hizo lo que ella y algunos vecinos del lugar solían hacer cuando llegaba el ejército: salió de su casa y fue a esconderse en el monte. Lo hacían porque tenían miedo de que algo fuera a pasarles, ya que la presencia de los soldados siempre era amenazante.

Desde su escondite en medio de unos matorrales, la señora Chicas escuchó gritos y disparos. Observó cómo fue asesinado un matrimonio vecino junto con sus cuatro hijos, todos menores de edad. La madre de los niños tenía ocho meses de embarazo. Primero asesinaron a los adultos y después decapitaron a los cuatro menores. Los soldados mataron a todos los habitantes que encontraron. También mataron a los animales domésticos y quemaron las casas que había en el lugar.

Ese día, Lidia Chicas perdió a 55 familiares. Abuela, tíos, primos. Su madre fue degollada. Su padre vendado y baleado por la espalda. Su hermana fue violada antes de ser asesinada. Toda su familia pereció. Toda. De no haberse escondido junto con su esposo, a ellos les hubiera tocado la misma suerte. Cuando pudieron salir de su escondite, la señora Chicas y su esposo enterraron a los familiares que pudieron.

“Todas las casas quedaron quemadas, bien quemaditas”, dijo la señora Chicas el pasado 28 de septiembre de este año al presentarse para ampliar su declaración en el Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, audiencia en la cual pude estar presente.

Desde marzo de este año se está llevando a cabo el juicio penal sobre la masacre de El Mozote y lugares aledaños, evento considerado no solo como el acto de violencia más grande ocurrido durante los años de la guerra civil salvadoreña, sino también como la peor masacre acontecida en la historia moderna de Latinoamérica. A pesar de ello, la cobertura que ha recibido este juicio, tanto de la prensa nacional como internacional, ha sido mínima.
Tan corta es nuestra memoria que obviamos la importancia que este juicio tiene. El hecho de que un grupo de militares esté siendo acusado y juzgado por crímenes de guerra en nuestro país marca un precedente importante en cuanto al paradigma judicial, pero también en cuanto a la impunidad en la actuación de las fuerzas de seguridad, un tema por desgracia todavía vigente. Baste recordar el reciente juicio sobre la masacre de la finca de San Blas y su desconcertante veredicto final.

El juicio también resulta importante porque se está permitiendo el espacio para que las víctimas de la guerra civil sean escuchadas de manera directa en suelo salvadoreño y que su historia sea por fin conocida, pese a que ya hubo un juicio ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que emitió su sentencia en 2012.

Hay que admitir que el lema de “perdón y olvido” que se nos impuso desde la esfera estatal con la firma de los Acuerdos de Paz no sirvió para cerrar ninguna herida en la sociedad. Por el contrario, queda demostrado después de todos estos años que no hablar ni ventilar nuestro pasado, ignorarlo y esconderlo ante las nuevas generaciones, no ha hecho más que mantener latente un dolor y un quiebre interno, cuya sanación no se mira próxima y cuya manifestación evidente es la violencia que continúa ahogándonos.

Olvidar este tipo de agravios es casi imposible. Para los sobrevivientes no existe consuelo o compensación alguna. Lo único que puede pedirse en estos casos es una restitución moral, porque ningún veredicto de culpabilidad o restituciones materiales o económicas podrán devolver la vida a las mil personas que fueron asesinadas en las terribles jornadas del 10 al 14 de diciembre de 1981. Tampoco podrán subsanar las heridas emocionales y psicológicas de los sobrevivientes, quienes 36 años después todavía sienten temor. Esto se manifestó en la petición de no hacer fotos o filmaciones de los testigos.

Es comprensible que no queramos saber de estos eventos. Son sucesos brutales, perturbadores. Pero ignorarlos, voltear el rostro para evadirlos y no aceptar que ocurrieron supone un arma de doble filo. Porque el olvido nunca ocurre, solo se silencia y se reprime para luego estallar en formas impredecibles. En la actualidad, el ánimo y los comentarios de parte de un sector de la población sobre lo que debe hacerse con la violencia pandillera, por ejemplo, es una caja de resonancia del final de los años setenta, de los años previos a la guerra.

Buscar justicia no es sinónimo de odio y resentimiento, como quieren hacer creer algunos sectores de la sociedad, los mismos que exigen que también se lleven ante la justicia los casos de matanzas ejecutadas por las fuerzas guerrilleras de aquel entonces. Por supuesto, quien tenga denuncias de masacres ocurridas durante la guerra, no importa su hechor, deberá juntar las pruebas necesarias y presentar la demanda correspondiente ante la justicia salvadoreña.

Cuando regresé a mi casa luego de haber asistido a la audiencia del 28 de septiembre, me pregunté una y otra vez cómo es posible continuar adelante después de sobrevivir a un evento como el descrito por la señora Chicas. Cómo se olvidan los gritos de los niños, la visión de la propia familia ejecutada, de todo el cantón destruido. Cómo se empieza a elaborar el duelo por 55 familiares, es decir, por absolutamente todos los miembros de una familia. Estoy segura que se trata de un dolor que jamás termina.
Escuchar a los sobrevivientes de El Mozote e informarnos sobre las audiencias judiciales es un deber moral que tenemos los salvadoreños. Es lo menos que podemos hacer para trasmutar el interminable desangramiento de nuestra sociedad. Porque si no escuchamos, comprendemos ni respetamos el dolor de las víctimas, será impensable olvidar y continuar la vida, como si nada de todo esto hubiera pasado.