Libro, lectura y vida

Alberto Masferrer escribió (1915): “La mitad de los salvadoreños no sabe leer ni escribir”. Han pasado ciento dos años y la cifra ha disminuido considerablemente, pero solo lectura y escritura elemental. “Leer” puede significar deletrear el nombre de un banco, de una medicina, de un comercio o el anuncio publicitario de un periódico. No debemos conformarnos con esa alfabetización elemental. También se crea entusiasmo por lo números, para llevar cuentas en los bancos o telefonear para pedir la remesa. En una de mis visitas a comunidades excluidas le preguntaba a una campesina sobre su principal interés en saber leer y conocer los números; su respuesta fue más o menos esa.

Masferrer vio el libro y la lectura como el cordón umbilical que da pautas para crecer. Para el desarrollo individual y nacional. Inspirado en estas ideas, cien años después, pienso que el fomento y promoción de la lectura da conocimiento, información y despierta el espíritu crítico, la acción educativa que “puede y debe realizarse dentro y fuera del marco gubernamental”, como lo mencionaba don Alberto, quien además combatía el analfabetismo por desuso, del que aprende pero olvida. Quien sabe leer pero no lee, desaprovecha ese potencial de desarrollo para contribuir al bienestar social. Hay que aprovechar las bibliotecas decía el maestro, periodista y filósofo, para ser más sensibles y sujetos creativos y con iniciativas. Y ser menos objetos políticos.

En fin, el libro nos da calidad integral; y para lograrlo debemos una sinergia que parta desde la institucionalidad y se multiplique con las organizaciones civiles, las empresas, los maestros (cito a Masferrer).

En nuestro caso, impulsamos desde la institucionalidad una biblioteca móvil, (solo en los seis meses de 2017 recorrió casi 2,000 kilómetros) con un vehículo modelo 1992, pero gracias al mantenimiento preventivo y restaurativo visita comunidades de difícil acceso. La iniciativa fructificó. Y el bibliobús con sus libros hace milagros llevando la maravilla de la lectura, especialmente a niños y jóvenes, visita comunidades de difícil acceso en Chalatenango; Morazán o La Unión. El bus y los libros hacen el milagro.

Pese a que el vehículo fue donado, no fue fácil implementarlo porque no todos creían en el proyecto, un bibliobús no se consideraba viable. ¿Por gastos en combustible? ¿Por echarse una responsabilidad adicional? ¿Por motivos políticos? Imposible, no podíamos devolver un vehículo donado por un organismo internacional. Pero la disyuntiva era esa. Dimos la pelea institucional y por fin fue aceptado. La biblioteca móvil existe desde 2007.
Es increíble el entusiasmo en las comunidades. También por excepción se hace visitas a los cascos urbanos, a centros escolares. Porque “atender a un niño o niña en el presente es prepararlo para toda la vida”.

Tener respuestas de niños y niñas al visitar, por ejemplo, el cantón Loma del Muerto, es tan estimulante como una visita a universidades extranjeras. Los estímulos internacionales son importantes, porque igual lo son esos ejemplos de formación educativa esperanzadora. Otro ejemplo: en junio recibí la visita de una niña de cinco años, llegó a mi oficina para decir de memoria mi poema publicado en la antología “Lluvia de estrellas” (MINED, 2016), a cambio solicitó fotografiarse conmigo. Olvidé pedir sus señas, pero estoy seguro que la encontraré de nuevo, porque ella es presente y futuro. Es como si hubiera dejado escapar la esperanza nacional, esa niña destruye todo pesimismo y construye patria.

Con esos dos ejemplos es suficiente para sentir que he “ganado” el año. Un abono que hace sentirnos ganadores. No estamos desvalidos, pero debemos salir del buró. La esperanza no es abstracta, podemos revertirla con resultados reales.

Muchos de estos sueños los tuvo Masferrer, que está por cumplir 150 años de su nacimiento. Cito sus palabras: las bondades de “la lectura (es para) no ser presa fácil de cualquier nación poderosa… (sino hay bondad) el ignorante es fácilmente víctima del instruido… y lo mismo que se dice de los individuos cabe decir de las naciones” (“Leer y escribir”, Masferrer, DPI, 1996). Es una paradoja que esta edición tenga 21 años y que aún hay ejemplares en bodega. Sea porque no hay lectores o porque no interesa el tema o porque la edición fue de miles de ejemplares o porque la tecnología inhibe de leer, un pretexto para explicar el déficit lector. Falso. Desde antes de la tecnología informática tenemos ese vacío: don Alberto pidió hace un siglo fundar bibliotecas en cada comunidad. Además, la informática tiene variadas modalidades para informarse, investigar y conocer. Se lee en esa modalidad, incluso obras literarias.

Cabe mencionar que con afán de promover el libro nuestra institución bibliotecaria cuenta con un espacio cada semana, apoyado por un canal de TV, con el espacio “Letras salvadoreñas”, más de un año sin interrupciones.

Todas las mencionadas “chifladuras” (ojo este concepto promueve y asocia el aprendizaje con creatividad) tienen por objeto llamar la atención sobre obras literarias y científicas, fomentar su lectura, propiciar acercarse a todo público, incluso internacional, caso de la TV o los alojamientos digitales (REDICCES y Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano).

Nos alegramos que junio ha sido fructífero en promoción de lectura en la Biblioteca Nacional. Cito tres casos: presentación del libro de poesía de Alexánder Campos, quien tiene el “atrevimiento” de hacer ediciones de cinco mil ejemplares, ¡¡de poesía!! Luego siguió un libro científico, Paul Amaroli: “Antropología de El Salvador”, obra que puede proyectarse a un público no académico, promueve el conocimiento de nuestra riqueza ancestral. Asistieron más de cien estudiantes universitarios.

Otro libro fue “Así era mi pueblo, memorias de Berlín”, de Miguel Ángel Reyes, que proyecta una visión cultural con historias del pasado popular de esa población oriental. Esto me hace recordar a Salarrué que propuso dignificar “el espacio donde nacemos, el río cercano, el árbol de pájaros, el volcán y su paisaje; esa es la patria, nos dijo. Descubramos sus valores, escribiendo y leyendo para conocernos mejor en paz fraterna; porque hay vida y humanismo en todas partes.

Una buena historia de miedo

Nueva Inglaterra, año mil seiscientos treinta y tantos. Una familia de colonos es forzada a abandonar la comunidad en la que habitan, debido a diferencias religiosas con los líderes de esta. William, su esposa y sus cinco hijos emprenden la aventura de establecerse solos, en una zona cercana a un bosque. En el nuevo lugar, empiezan a ocurrir eventos inexplicables que van escalando en intensidad y que ponen en duda no solo la fe de la familia, sino también su cordura.

Es el argumento de la película “La bruja” (2015), dirigida y escrita por Robert Eggers y que ganó el premio a mejor dirección de drama estadounidense en el Festival de Sundance ese mismo año. Para los amantes del género de terror, esta película resultó ser una agradable sorpresa, sobre todo por la manera en que el director construye la tensión y el suspenso.

Si en los últimos años los directores del género nos inundaron con argumentos repetitivos, con efectos excesivos de violencia gráfica o sorpresas visuales que impactan al espectador por lo súbito, Eggers tuvo la inteligencia de pensar una historia que presenta elementos acumulativos de tensión y sugestión.

Sin ser demasiado obvio ni abusando de la violencia gráfica, Eggers aprovecha al máximo los elementos fotográficos y de edición, que van provocando en el espectador dudas y ansiedad sobre lo que está ocurriendo. ¿Están los hijos poseídos por algún espíritu maligno, están jugando y fingiendo o es un asunto de histeria colectiva? ¿Es cierto que la cabra negra es el demonio mismo y habla con los niños más pequeños? ¿Es Thomasin, la hija mayor de la familia, realmente una bruja, o solo dice ciertas cosas para asustar a sus pequeños hermanos?

Uno de los elementos con los que juega Eggers para contribuir al ambiente de inquietud es lo visual. La coloración neutra de la película, el uso de un tono opaco y de una luz en la que parece que siempre está por comenzar una tormenta, la fotografía de exteriores donde la naturaleza y lo desconocido del territorio son amenazantes para aquellos colonos aislados de todo ser humano, los cortes de las escenas en el momento preciso para evitar ver su culminación junto con el uso de la música y del sonido como elementos constructores de tensión, todo se conjuga de manera efectiva para inquietar al espectador.

“La bruja” tiene también momentos de una belleza estética sorprendente e inusual para el género. Hay una escena, por ejemplo, en que la familia come a la luz de las velas y que recuerda al cuadro “Los comedores de papas”, de Vincent Van Gogh. No detallo otros momentos para no dar “spoilers” sobre la trama, pero hay varias escenas que llaman la atención por la belleza de la composición fotográfica.

El uso acertado de todos esos elementos, más las estupendas actuaciones, logran construir una película que toca los mitos y leyendas propios de la época, sin caer en el ridículo o los lugares comunes. Por el contrario, la investigación antropológica efectuada por Eggers para reconstruir las costumbres, las oraciones, las viviendas y la vestimenta de los colonos, así como su manera de hablar, fueron ampliamente documentados para lograr que la ambientación fuera lo más cercano posible a la época descrita. Esa reconstrucción minuciosa también permite comprender el marco mental y emocional en el que viven los personajes y que explican las reacciones de temor, dudas e impotencia de cada quien.

Recordé esta película mientras preparaba el temario de un taller sobre el género del horror en la literatura. Porque “La bruja” deja pensando en cómo ha ido cambiando el tratamiento del horror a lo largo de la historia, tanto en el cine como en la literatura, y por qué nos gustan tanto dicho tipo de historias. Visto de manera superficial, pareciera que el ser humano es sádico y que le gusta retar sus propios miedos, de manera voluntaria, al ver una película o leer una historia de terror.

En mi opinión, la clave para una buena historia de miedo es lograr que sea el espectador o el lector el que vaya construyendo dentro de sí esa tensión, a partir de pistas y sugerencias que nunca le quedan del todo claras. Eso obliga al espectador o al lector a imaginar cosas, a visualizarlas a partir de sus propios temores y fobias. No a todos nos asustan las mismas cosas, por lo que tener la capacidad de dejar una situación sugerida puede resultar más efectivo que mostrarla de manera obvia.

A pesar de ello, hay escritores y cineastas que han sabido utilizar lo evidente de manera afortunada. Recordemos la película “Nosferatu: sinfonía del horror” (1922), de F.W. Murnau, donde la figura del vampiro es simplemente grotesca; o historias de H. P. Lovecraft, como “El horror de Dunwich”, donde desde el título mismo, el escritor nos advierte que van a ocurrir eventos abrumadores.

El ser humano siempre se ha sentido atraído por lo misterioso, lo no verificable, lo que no tiene explicación. Golems, monstruos, espíritus, vampiros, licántropos, brujas, lugares u objetos encantados, maldiciones, supersticiones, fenómenos paranormales y todo tipo de eventos inexplicables son nada más algunos de los personajes y situaciones que pueblan ese imaginario oscuro que rechazamos, pero que, al mismo tiempo, ha seducido al ser humano desde que es capaz de contar historias.

Aunque el género de terror ha sido considerado por algunos críticos como “menor”, la verdad es que representa un gran reto técnico para quien decide trabajarlo. No todos somos capaces de contar una historia y calar en los miedos ajenos hasta causarle una reacción de temor o inquietud a los demás.

Para muchos, trabajar una historia de horror implica explorar la región oscura de las personas, sus instintos primarios, la parte incontrolable e inexplicable de nuestros temores más profundos. Quizás por eso sea un género de tanta popularidad, porque nos permite canalizar esos temores inconfesables para luego continuar adelante, como si nada, tragando en silencio el terror de estar vivos.

Casa en tierra ajena

He visitado Estados Unidos más de una veintena de veces, incluye visita a unos 20 estados y el doble de universidades; además de centros culturales. Esto lo considero como acciones de humanización educativa, promoción de valores, solidaridad y fraternidad. Nunca recibí maltrato en Migración. Alguna vez lo tuve en Noruega y en México, aunque solo fueron zipizapes desagradables. En los años ochenta me pasó algo excepcional en Estados Unidos, venía de la Feria del Libro de Fráncfort, Alemania, vía Nueva York hacia Costa Rica, mi país de residencia. Al hacer migración, percibí movimientos extraños en mi cercanía, aunque éramos cientos de personas. De pronto una joven, vestida de jeans y jacket, se me acerca y me dice de buen modo que si puedo salir de la fila. La sigo y me lleva a una oficina cercana donde hay cuatro personas. Estoy sorprendido porque nunca me había pasado algo similar en ese país y solo estoy en tránsito.

Interrogatorio: “¿Qué hacía usted en Fráncfort el 20 de diciembre el año pasado?” Respondo: “visitaba la feria del libro”. Me dicen: “En esa fecha viajaste en Panamerican, y hoy, un año después, estás viajando Bonn-Fráncfort-Nueva York”. Respondo: “Vengo de presentar un libro en la Deutsche Welle (DW), en Bonn”. Sacan de mi maletín la edición en inglés de mi novela “Un Día en la vida”, y la traducción alemana de “Cuscatlán, donde bate la mar del Sur”. Los hojean, comparan nombre del autor con mi pasaporte. Soy escritor, son mis libros. La edición inglesa lleva mi foto. “Sin problema, continúe a Migración”, me dicen.

Entonces recordé que un año antes, regresando de la Feria del Libro de Fráncfort se anunció en el vuelo que la compañía aérea invitaba a una comida especial a todos los pasajeros, con un brindis de pésame. Por venir leyendo no escuché el motivo. Las azafatas lloraban al servir, y reparé que el día anterior, por esa misma línea, un atentado terrorista había derribado ese mismo vuelo sobre Escocia, con más de doscientos soldados de Estados Unidos radicados en Berlín, viajaban Fráncfort-Nueva York, a pasar la Navidad.

Así aclaré el registro decente de los agentes especiales. Por coincidencia había hecho dos viajes en la misma fecha con intermedio de un año, por la misma ruta y línea aérea. Ese es el Estados Unidos que conozco, deferente, puntual en sus investigaciones y sospechas, incluso amables en un caso grave como el trágico atentado.

Todo cambió el 11 de septiembre de 2001; aunque con posterioridad nunca he tenido ningún problema, las universidades me invitan con gastos pagados (siempre viajo sin viáticos). No los acepto por principio, son dineros que pueden ocuparse en necesidades prioritarias: escuelas, edición de libros, salud. Además, voy al “mandado” con mi cultura migueleña de frugalidad. Es la cultura de la diáspora, concepto que implica migración forzada; no es mi caso, pero me considero incluido en la dispersión poblacional que me permite visitar casi todo el mundo, el exilio trashumante de la tribu mesoamericana.

Para el común de la gente, en Estados Unidos y en el Caribe, nos conocen como “mexicanos”, por el evidente mestizaje, híbridos indígenas, afros y españoles. De modo que cuando se dice que los “mexicanos” somos los tales por cuales, criminales, delincuentes, que padecemos todas las pestes sociales, se están refiriendo a toda la región de Mesoamérica. Son calificativos ingratos que con razón los verdaderos mexicanos se sienten ofendidos, como si solo fuera con ellos, en verdad nos incluyen a los mesoamericanos en el mismo guacal.
No cabe duda que toda diáspora es problema estatal y global; tragedia de la población excluida. Ahora somos unos, mañana seremos otros; ayer fueron los irlandeses, los judíos, eslovacos y griegos, que viajaron de Europa a Estados Unidos para formar más tarde una comunidad aceptable.

Igual será el caso de la diáspora mesoamericana, los que buscan Canadá, Australia, Estados Unidos y el mundo entero, una emigración no exenta de tragedias, prejuicios, odio, desprecio y muerte, por querer vivir en tierra ajena. Pero así que se han formado los pueblos a lo largo de la historia. Lo vemos ahora con las migraciones de afganos, iraquíes, libios, algunas comunidades africanas y asiáticas que se toman por asalto Europa. Buscan oportunidades para vivir en un mundo que gira alrededor de la infinita galaxia, donde todos somos pasajeros de la misma nave, con divisiones de primera, segunda y tercera clase, pero es igual, la diáspora con diversos matices, exceptuando aquellos que hacen viajes de placer turístico en primera clase y con nuestros impuestos.

Este tema me lo inspiró el documental costarricense “Casa en tierra ajena”, película sobre la tragedia de la migración del llamado Triángulo Norte: Honduras, Guatemala y El Salvador.
Lo triste es cuando se presentan datos de 200 mil muertos en las últimas tres décadas; y 50 mil desaparecidos, incluye violencia interna, muertes y violaciones en el camino de la diáspora. Y es más trágico cuando la mitad de esas cifras han ocurrido en la década del noventa y principios del 2000, después de haberse establecido la paz regional. Un cuarto de la migración mundial es de Centroamérica.

Reflexión para todos: ¿Qué sucedió? ¿Por qué se excluyó a parte de la población que debió abandonar su país en calidad de desechables y por paradoja producen estabilidad económica circulante?

Recuerdo que después de dar una charla en la Universidad de Stanford, fui acompañado por el escritor chileno Poli Délano, presidente de la Sociedad de Escritores Chilenos. Y cometí un lapsus linguae que hizo retorcer mi interioridad, le dije que en El Salvador nos estábamos acostumbrando a la muerte. Me reclamó con ese estilo chileno que no camina por las ramas: ¿Cómo es posible que hables de acostumbrarse a la muerte? A él le sonaba de mal gusto, pese a haber padecido los muertos de la dictadura de Pinochet. Fue difícil explicarle que para nosotros la muerte era el eslabón de una cadena esclava difícil de romper para liberarse.

La omisión de la cultura

Una de las grandes omisiones del informe de tres años de gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén fue mencionar que durante el transcurso de los últimos 12 meses se aprobó una Ley de Cultura. De hecho, en todo su discurso no hizo referencia ni una vez, de manera directa, al tema cultural.

La única mención más o menos relacionada fue de forma general en el siguiente párrafo que reproduzco textual: “Fortaleceremos el tejido social a través de la convivencia y participación ciudadana, las expresiones artísticas, la Red de Casas de la Cultura y Convivencia, el teatro nacional infantil con La Colmenita, los encuentros culturales y el deporte”.

En otro párrafo posterior, hace una alusión aún más difusa y lejana al tema, donde “los trabajadores del arte” aparecemos mezclados, junto a los deportistas, los niños, la juventud, los empresarios y todo el pueblo, siendo felicitados por participar “con entusiasmo a nivel nacional en actividades que llevan alegría y sana convivencia a las comunidades”.

Si se lee bien, eso de “fortalecer el tejido social” tiene que ver en realidad con los planes de prevención de violencia que el Gobierno intenta instaurar y para los cuales los espacios artísticos y culturales serán utilizados como puntos de reunión para actividades recreativas y de entretenimiento para población en zonas de riesgo.

“Fortalecer el tejido social” no implica, en este caso, reforzar la creación y la formación artística, abrir espacios de discusión e intercambio de pensamiento e ideas ni elevar la calidad de los eventos que se ofrece a los salvadoreños ampliando las perspectivas más allá de lo meramente folclórico.

La omisión del presidente sobre el tema cultural en su discurso de logros de gobierno dice mucho de la nula importancia que le da al tema. La Ley de Cultura fue una promesa de campaña y fue uno de los temas alrededor de los cuales se logró reunir a trabajadores culturales, artísticos e intelectuales, gremio que siempre es reacio a este tipo de cosas.

En varias ocasiones fuimos convocados por la Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN para discutir y analizar el anteproyecto de ley. Una ley que cuando finalmente fue aprobada en agosto del año pasado, quedó reducida a su mínima expresión y dejó por fuera peticiones de vital importancia para quienes trabajamos en cultura, como la pensión y el seguro social.

Varios de los elementos discutidos y que se suponían vitales para fomentar y elevar la calidad, no solo de la producción cultural nacional, sino de su percepción por parte de la ciudadanía, no solo fueron sacados de la ley, sino que al día de hoy no se ha vuelto a hablar nada del asunto. Nada se sabe de los avances en la reglamentación de la ley ni de las alternativas para cumplir con las promesas de pensión y seguro social para los trabajadores artísticos y culturales.

¿Por qué no se ha renovado la editorial del Estado? ¿Por qué no se realiza una Feria Internacional del Libro de lujo, como ocurre en otros países de la región? ¿Por qué nuestro orgullo cultural se reduce a las pupusas y al fútbol, sin recordar que tenemos grandes artistas, escritores, pintores, fotógrafos, músicos, escultores, actores, cineastas? ¿Será porque no los conocemos? ¿Será porque no hay suficientes espacios para la difusión y la preservación de sus obras?

Es absurdo seguir disculpando el descuido y la falta de asignación de un presupuesto decente en la labor cultural, argumentando que es prioritario resolver los problemas urgentes de país que ya todos sabemos. Pero este país siempre está en emergencia y con problemas graves sobre la nuca. ¿Cuándo hemos estado bien? Siempre estamos resolviendo los mismos problemas. O intentándolo, pero la verdad es que nunca lo logramos.

Alguna vez leí que después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reorganizó el Gobierno alemán, hubo muchas discusiones en torno al presupuesto a asignarse al área cultural. Algunos decían que no era el problema prioritario, que después resolverían qué hacer al respecto. El país estaba en ruinas, la economía en el suelo, la honra nacional destrozada. No había tiempo ni ánimo para pensar en el arte. No había presupuesto para invertir en cultura. Todo debía ir para la reconstrucción.

Pero otro grupo pensaba lo contrario. También había que pensar en reconstruir el alma nacional. Era necesario comenzar una labor para rescatar la sensibilidad de la ciudadanía hacia la belleza, después de tanta muerte y destrucción. Era necesario superar el complejo de culpa y la humillación del vencido ante un mundo impactado por el genocidio. Era necesario que los artistas participaran activamente de la reconstrucción porque sus testimonios y observaciones eran vitales para el retrato de lo que pasaba en aquel momento. Era necesario volver a crear. Prevaleció este último grupo.

Queda claro que el Gobierno salvadoreño maneja un concepto limitado y desfasado de lo que es cultura. Se limita a considerarlo como un instrumento de entretenimiento colectivo y de terapia de prevención de violencia, pero no como una herramienta que permite reflexionar, cuestionar e inquirir sobre nuestra realidad y nuestra condición humana. No considera el talento, la creatividad y la inteligencia de sus ciudadanos como un valor nacional en el cual hay que invertir y se conforma con aplaudir los triunfos que muchos de ellos logran en el exterior, porque en su propia tierra no encontraron el espacio para desarrollar todo su potencial y se vieron obligados a realizar sus proyectos en otra parte.

Es lamentable que el FMLN, ya con un segundo gobierno, haya perdido la oportunidad histórica de darle un giro al trabajo cultural de este país. Aunque ya sabemos que la cultura ocupa el último lugar de importancia en El Salvador, no hay que callar al respecto. A dos años de terminar el actual mandato, habrá que aceptar una vez más que quedarán en deuda varias promesas de campaña.

La cultura nacional continuará siendo una tarea pendiente, la eterna deuda de los gobernantes con la ciudadanía.

Ideas interminables de Masferrer

Continúo en mi esfuerzo por no olvidar las ideas subsistentes de Alberto Masferrer. Pese a los años que han pasado, continúa vivo en los intentos de llevar adelante el sueño que se manifiesta en hacer real un país justo, más humano, menos desigual. Quizá sin darnos cuenta esas manifestaciones parecieran cobijarse en una sola bandera que representa a El Salvador. Antes los intelectuales lo quisieron resucitar recordando su nombre y sus ideas, ahora se vitaliza en el discurso político, quizá con ánimo de cumplir lo mínimo de su planteamiento que precisamente Masferrer anhelaba como logro mínimo de redención social.

Veamos esas fuerzas por validarlo hechas por escritores y periodistas. Uno de ellos fue Ítalo López Vallecillos, quien dice del maestro: “Es el único salvadoreño de este siglo (siglo XX) que trató de desbarbarizarnos; hombre humilde, generoso, hizo su vida un apostolado de lucha diaria contra el mal poder; combatió contra todo y contra todos, seguramente porque en estos medios inhóspitos a la inteligencia, solo la voluntad al servicio de la acción y al servicio de la verdad puede crear conciencia”.

Matilde Elena López dice: “Erróneo es suponer una validez permanente del pensamiento masferreriano y otorgar categoría de verdad eterna a su criterio político porque ya es sabido que las circunstancias históricas cambian. Hay que entender a Masferrer dentro del juego de las fuerzas históricas”. Aquí la historia, como lo platea Matilde Elena, la entiendo como un presente continuo.

El periodista Rafael Antonio Tercero afirma: “Su obra más discutida no la escribió en forma de libro, la fue redactando desde el escritorio de director de un diario, entre el círculo polémico o doctrinario, entre en el ajetreo de la noticia corriente y lo sensacional del momento”. Se refiere a la labor de Masferrer en el Diario Patria.

El educador Francisco Morán dice: “Desde muy temprano Masferrer provoca discusiones, suscita odios y motiva medidas contra la propagación de sus ideas. Desde muy temprano despertó conciencia, polarizó voluntades e inspiró palabras y actos de liberación”.

Pedro Geffroy Rivas, escritor y periodista, afirma: “Masferrer fue necesariamente un hombre contradictorio, de internas pugnas agotadoras, enemigo de sí mismo, dulce y terrible, áspero y acariciador, y conmovido hasta las lágrimas por los dolores humanos, odiando a los que no sabían librarse del verdugo que cada quien lleva en su alma”.

Su secretaria privada, escritora y empresaria de libros, Ana Rosa Ocho, quien estuvo con él hasta el día de su muerte, dejó un testimonio inobjetable: “Quiso hacerlo todo desde arriba… Predicó el amor donde existía una batalla de siglos, abogó por la comprensión donde solo había obcecación y ceguera, luchó por la fraternidad entre las ovejas y los lobos”.

En su libro “La cultura por medio del libro”, Masferrer habla de hacer pequeñas bibliotecas en cada comunidad. “Esta debe ser una empresa nacional organizada por municipalidades, Gobierno, empresarios, prensa, maestros y organizaciones, y basta con 300 a 1,000 volúmenes”.

Y luego, Masferrer se pregunta qué fines tienen estas bibliotecas. Crean diversión agradable y honesta, accesible a toda la población, y contribuyen a extirpar el analfabetismo, porque si los padres leen, sus hijos leerán y escribirán, además de “crear un nivel de cultura general sin la cual las aspiraciones de libertad, democracia, orden, salud y bienestar son irrealizables”. Y evitar así “la anarquía de las ideas, tirando cada uno la sábana por su lado”. Sin esa sinergia con pacto social, “no hay nación, solamente un territorio poblado. Para Masferrer no existe nación si no hay lazos comunes y espirituales que unan para el bien común.

Los anteriores conceptos, sacados del ideario masferreriano, nos muestran su gran visión, porque lo planteó hace 101 años, como si estuviera viviendo en esta época. Ve en el libro y la lectura una solución educativa, un medio para la convivencia social porque crea una comunión mental que nos vincula y orienta. A veces es poeta cuando elogia el libro: “Qué compañía en el destierro y la prisión; qué comunión con aquellos que fueron mártires de una noble causa y que sus sacrificios repercuten en nuestro propio corazón”.

Y continúa: “Toda ciencia esta en los libros y en la vida, el que sabe leer posee el secreto de la sabiduría; los libros van de mano en mano enseñando… como la luz del sol que nos vivifica y nos llena de hermosura”. Es el motivo por el que se le llamó “romántico”, porque soñó que las personas debemos aprender de la convivencia para ser felices.

También afirma que el verdadero mal ocurre cuando nuestra fe se desvía, y “en vez de existir 10 escuelas solo existe una, donde hacen falta tres hospitales contamos solo con uno”. Y agrega: “Con esto no se ataca al Gobierno ni se pretende rechazar su colaboración, sino hacerse cargo cada uno de su deber y de sus responsabilidades”.

Y luego insiste en las bibliotecas públicas: “Si hubiera una en cada población de la república, habría derecho para grabar en la memoria de nuestro país la palabra cultura”. Y en otra ocasión se extiende en estas ideas: la tarea no debe dejarse solo al decreto de “la Asamblea Legislativa, sino que debe ser una empresa colectiva”. Responsabilidad de toda la sociedad, una empresa nacional donde participe la ciudadanía entera, todos los sectores, porque esa empresa cultural significa beneficio de la nación.

Masferrer pelea, discute, escribe sin temor sus ideas, se enferma de tristeza ante la indiferencia del poder, odia a quien no tiene conciencia y por eso cae mal. “Tuvo que huir de la jauría a finales de 1931” y murió nueve meses después de la masacre indígena de 1932.

Aprovecho para reconocer a dignos masferrerianos: Marta Elena Casaús Arzú, investigadora guatemalteca, con un libro extraordinario sobre el maestro; otra es la universidad que lleva su nombre, donde cada seis meses sus facultades dedican tres días de expresiones creativas basadas en la literatura de Alberto Masferrer. Todo nos hace pensar que sus ideas son interminables en búsqueda del bienestar nacional.

Renovar el sistema económico

A fines de mayo pasado, el Foro Económico Mundial emitió un reporte donde advierte que a más tardar para 2050, deberá aumentarse la edad de retiro de los ciudadanos. Además, estos deberán pagar cuotas más altas que las actuales, para poder mantener los sistemas de pensión a flote.

Dicho reporte estudió los seis sistemas de pensiones más grandes del mundo, correspondientes a Estados Unidos, el Reino unido, Japón, Holanda, Canadá y Australia. Los ciudadanos de estos países nacidos hoy en día tendrán una expectativa de vida que se prevé llegará a los 100 años.

En los países europeos, donde la edad promedio para el retiro laboral es de 60 años, los retirados podrían tener que vivir todavía algunas décadas, teniendo su pensión como único ingreso económico. Esto significará también que los correspondientes gobiernos deberán ampliar sus servicios sociales para dar abasto a una población que va en aumento cada año.

Dichos pensionados serán los afortunados, en comparación con quienes no cotizan ni tienen previsiones económicas a futuro. Para estos, la pobreza y el deterioro de su estatus de vida están predichos. La sociedad rechaza contratar a personas mayores de 50 años, a menos que sea en labores mal pagadas, apelando a prejuicios sobre limitaciones físicas, de aprendizaje o de lucidez e inteligencia.

La discriminación etaria y la exaltación de la juventud como motor productivo y social no solo invisibiliza a los mayores expulsándolos del mercado laboral, sino también de la toma de decisiones sobre las necesidades y cambios políticos que se necesitan para mejorar la calidad de vida de dicho bloque poblacional.

Con la creciente automatización de servicios y la también creciente cantidad de trabajos que ya están siendo realizados por mecanismos de robótica o inteligencia artificial, el mercado laboral se torna cada día más competitivo y escaso. Ni la acumulación de estudios universitarios, ni la juventud del postulante ni mucho menos su talento, cualidades, buenas intenciones o ganas de triunfar garantizan por sí solos el poder obtener un empleo.

Miles de personas se ven obligadas a entrar en el área del trabajo informal, el autoempleo o fundar pequeñas empresas para ofrecer algún producto o servicio. Sin embargo, estos emprendimientos individuales suelen tener una vida limitada. Pocas subsisten o logran consolidarse y expandirse porque la competencia del gran mercado los ahoga. La mayoría termina cerrando, fusionándose con otros emprendimientos, siendo vendidos al mejor postor o declarando la bancarrota.

De esto derivan en parte, las masas de migrantes que se establecen en otro país. Aferrados a su sentido nacional y reproduciendo las costumbres y la vida del país dejado atrás, no se integran culturalmente al país receptor. Los hay quienes comercializan los productos que nutren y fortalecen esa nostalgia. Los hay quienes encuentran la muerte por buscar la vida en otra parte, porque sus países no ofrecen las oportunidades necesarias para poder tener una vida digna.

Todo esto debería llevarnos a reflexionar sobre la inconsistencia del sistema económico actual y de la urgencia de su renovación. No hay ni habrá nunca suficiente trabajo para todos en todas partes. La fuerza laboral, de todas las edades y capacidades, aumenta a ritmo veloz cada año. Aunque los gobiernos y las empresas emitan estadísticas triunfales sobre el aumento en la cantidad de empleos, habría que examinar la calidad de los mismos (trabajos en condiciones de esclavitud, que exprimen hasta el alma de los empleados por sueldos infames, pero que nadie se atreve a abandonar ni a denunciar porque más valen esos pocos centavos en mano que aventurarse a lo que termina convirtiéndose en la frustrante odisea de buscar empleo).

En 1973, el economista británico E. F. Schumacher publicó el libro “Lo pequeño es hermoso. Economía como si la gente importara”. Ya entonces, Schumacher advirtió sobre lo insostenible del modelo económico moderno, que considera los recursos naturales como mercancía, en vez de ser considerados como un capital, dada su condición no renovable.

También criticó conceptos como “el mayor crecimiento económico es mejor” o “lo más grande es mejor”, haciendo notar cómo ello promueve la acumulación de riqueza excesiva.
Uno de los capítulos del libro, “Economía budista”, aboga por la reconversión de esas nociones de sobreproducción masiva hacia formas manejables de autogestión comunal; la renovación del intercambio de bienes o trueque como forma de pago; y la organización mediante colectivos locales, cuyos individuos trabajen en los oficios para los cuales tienen aptitud. Ello permitiría que comunidades y vecinos establezcan verdaderas redes sociales (no electrónicas), cuya calidad de vida mejoraría a partir de un desarrollo enfocado en la realización del ser humano en todo su potencial y no limitado a ser considerado como un instrumento productivo, cuyo único objetivo es el consumo de bienes.

Muchos pensaron que las propuestas de Schumacher eran soñadoras e irrealizables, porque dicho cambio de modelo económico no podrá realizarse si no hay un cambio de mentalidad individual.

“El hombre moderno no puede comprender el espíritu de una sociedad que no esté centrada en la propiedad y en la codicia”, decía el psicoanalista alemán Erich Fromm en su libro “¿Tener o ser?”, publicado en 1976. “Para tener éxito se debe ser capaz de imponer la personalidad en competencia con muchos otros. Si para ganarse la vida se pudiera depender de lo que se sabe y lo que se puede hacer, la propia estima estaría en proporción con la propia capacidad, con el valor de uso; pero como el éxito depende en gran medida de cómo se vende la personalidad, el individuo se concibe como mercancía o, más bien, simultáneamente como el vendedor y la mercancía que vende”. Las palabras de Fromm resuenan como si se hablara de nuestro tiempo.

Las perspectivas a futuro obligan a repensar el sistema económico y convertirlo en un sistema más humano y equitativo, como el modelo propuesto por Schumacher. Es una idea soñadora, sí. Pero si no hacemos algo hoy, algo al respecto, nuestros hijos y nietos vivirán mañana tiempos más duros que los actuales.

Llámenlo eternidad

A las 9:30 de la mañana del 3 de mayo de 1991, Katharina von Fraunhofer buscó a su esposo. Aunque compartían el mismo piso en Manhattan, tenían habitaciones y baños separados. La última vez que lo había visto fue la noche anterior, mientras él se arreglaba para ir a una fiesta organizada por su amigo Gay Talese.

Cuando entró al baño, encontró el cuerpo de su esposo, desnudo, metido en la bañera a medio llenar. Tenía una bolsa plástica amarrada a la cabeza. Fraunhofer llamó a los servicios de emergencia, quienes declararon muerto en el lugar a Jerzy Kosinski, autor de “Desde el jardín” y “El pájaro pintado”, entre otras obras.

Según la reconstrucción de los eventos realizada por la policía, Kosinski habría regresado de la fiesta de madrugada y después de su arribo al apartamento habría decidido ejecutar el suicidio. Pero quienes habían estado con él en la fiesta estaban desconcertados. Kosinski no parecía un hombre a punto de matarse. Todo lo contrario, se le vio animado, conversador y encantador con todos, como solía ser. Gay Talese recuerda que, aunque no tuvo mucho tiempo para atender a su amigo, sí hubo un momento en que conversaron y rieron mientras Talese le puso el brazo sobre los hombros.

Por el procedimiento utilizado, estaba claro de que Kosinski no quería fallar. Tomó una gran cantidad de barbitúricos, los cuales engulló con su bebida favorita, ron con Coca Cola; tomó la primera bolsa que encontró a mano, la de un supermercado, se metió en la tina de baño y se la amarró alrededor de la cabeza.

Katharina von Fraunhofer, la segunda esposa de Kosinski, declaró que su marido estaba pasando una depresión causada por varios motivos. Se le había descubierto una afección cardíaca que le cortaba la respiración, el medicamento que debía tomar le causaba lagunas mentales y no se sentía capaz de escribir. Le preocupaba llegar a un estado de deterioro físico que le hiciera dependiente de los demás. Por otro lado, su carrera estaba en entredicho.

El comienzo de su declive como escritor fue un artículo escrito por Geoffrey Stokes y Eliot Fremont-Smith aparecido en la revista Village Voice en junio de 1982, donde Jerzy Kosinski no solo fue acusado de plagio, sino también de utilizar escritores fantasma para escribir sus libros.

De su novela “Desde el jardín” se decía que era en realidad la traducción de una novela polaca publicada en 1932, escrita por Tadeusz Dolega-Mostowicz y titulada “La carrera de Nicodemus Dyzma”. “Desde el jardín” era la obra más conocida de Kosinski. Fue adaptada a guion de cine por él mismo y fue filmada por Hal Ashby en 1979. Protagonizada por Peter Sellers y Shirley MacClaine, la película ganó varios premios, entre ellos el premio BAFTA (y otros reconocimientos) como mejor guion adaptado.

Señalamientos graves se hacían también sobre su primera novela “El pájaro pintado”, publicada como una historia basada en eventos autobiográficos. El artículo sostenía que la trama no era cierta ni por cerca. Jerzy Kosinski, de origen judío, había nacido en Lodz, Polonia, en 1933. Su apellido original era Lewinkopf. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, su padre trasladó a la familia a Polonia central, donde le cambió el nombre a todos y compró constancias de bautizo para hacer pasar a la familia por católicos.
La flamante familia Kosinski vivió la mayor parte de la guerra en Dabrowa Rzeczycka, donde asistían a misa y cumplían con todos los ritos de la Iglesia católica. El pequeño Jerzy incluso sirvió como monaguillo en el poblado vecino de Wola Rzeczycka. A pesar de la guerra, a los Kosinski les iba lo suficientemente bien como para tener una asistente doméstica, un auténtico lujo para los tiempos que corrían.

Pero la novela “El pájaro pintado”, publicada por primera vez en 1965 en Estados Unidos, contaba la historia de un niño que vagaba por la campiña de un país no identificado, durante la Segunda Guerra Mundial, observando las atrocidades cometidas por los campesinos que iba encontrando en su camino. Se especuló que Kosinski la había escrito originalmente en polaco y la habría mandado a traducir al inglés, haciéndola pasar como el idioma original del escrito. Esto nunca se comprobó.

Aunque el libro no detalla nombres de lugares, sus compatriotas se vieron tan insultados por la descripción del campesinado polaco, que no pudo ser publicado en Polonia hasta después de la caída del régimen socialista en 1989.

Las sospechas de plagio ya se habían ido alimentando entre corrillos hasta que la publicación del artículo en Village Voice ofreció datos que pusieron en seria duda todo lo dicho y escrito por Kosinski hasta entonces. Hubo quienes lo defendieron y hubo quienes confirmaron las acusaciones.

El mismo Kosinski no fue de mucha ayuda. Su personalidad llamativa y conversadora lo convirtió en un asiduo de las fiestas del jet-set neoyorquino. Contaba historias fascinantes sobre su vida que finalmente nadie entendía si eran ciertas o inventadas. Al intentar confrontarse con una declaración definitiva sobre su infancia, que pareció no ser tan desgraciada como hacía pintar en su primera novela, Kosinski insistió en que era una historia de ficción, aunque dijo que incluyó historias que escuchó de niño, durante la guerra.

Kosinski mismo se contradeciría después, aduciendo que había hecho pasar la novela como autobiográfica a petición de la editorial. Una historia real del holocausto se podía vender mejor que una imaginaria. Por último, Kosinski se limitó a decir que se trataba de autoficción y evadió seguir hablando sobre el tema. Pero sus amigos cercanos insistieron en que nunca se recuperó de ese golpe.

Días después de su muerte, se dio a conocer el contenido de su nota suicida, encontrada en el estudio de su apartamento: “Me voy a dormir un rato más largo de lo usual. Llámenlo eternidad”.

Al morir, Jerzy Kosinski tenía 57 años. No tuvo hijos.

Autovaloración tres: El Salvador

En 1967 me encontré en la disyuntiva de escoger entre dedicarme al género literario de la poesía o a la novela. La primera no me permitió realizarla a cabalidad debido a circunstancias extraliterarias, y por escribir en un contexto de escasa atención a este género. Con la novela, tuve mayor realización.

Antes, hice el intento de incursionar en otro género cercano al público. Solo llegué a rasguñarlo: el teatro. Participé como actor secundario en la obra “Alondra” de Jean Anouilh. Asistí como estudiante, malo por cierto, a las clases de André Moreau, de quien gané, por lo menos, descubrir el teatro escrito. Mi pánico escénico no permitió desarrollarme como actor pero sí concentrarme en el teatro leído, desde los clásicos griegos hasta los contemporáneos, entre ellos Arthur Miller, Tennessee Williams, Henrik Ibsen, Samuel Beckett, O’Neill, y muchos más. Una época de mucho teatro en las librerías.

En 1965 cerré mi ventana poética y coincidió con el gané del Premio Rubén Darío, organizado por Nicaragua-Costa Rica. Había decidido dedicarme a la novela. Aunque tuve un gran estímulo en 2007 cuando me publicaron “Poesías completas”, Editorial Hispamérica, Universidad de Maryland. Poesía del pobrecito poeta joven que fui.

Llegué a la narrativa por casualidad. Eso fue al encontrarme, mientras me pelaban, en una barbería un ejemplar de House & Garden, el cuento de un autor estadounidense para mí desconocido: J. D. Salinger. El título del cuento era “Hace un buen día para cazar el pez banana”. Recibí un impacto tremendo, aprendí que un relato podía ligarse a la poesía, desplegada en lenguaje con más libertad, con las mismas emociones sin los límites lingüísticos del poema debido a las exigencias de impactante brevedad. Salinger me hizo escribir mi primer cuento: “El nombre” (Revista Vida Universitaria, 1965). Luego intenté otros cuatro cuentos publicados en las revistas Cultura, dirigidas por Claudia Lars; y en “La Universidad”, dirigida por el inolvidable Italo López Vallecillos.

Entonces me interesé en descubrir libros de Salinger y lo logré en inglés: “Nine Stories”, “Nueve cuentos” y confirmé lo que había previsto, las emociones en un cuento no son menos que en la poesía. Esto coincidió con el aparecimiento de los escritores del boom latinoamericano, en especial Vargas Llosa (“La ciudad y los perros”), Julio Cortázar (“Rayuela”), y García Márquez (“Cien años de soledad”). En los dos primeros encontré el camino hacia la novela de más extensión que el cuento. Vargas Llosa por la realidad narrativa y Cortázar por cómo lo narra. Realidad predominante en el primero. Poesía narrada en el segundo.

Así me propuse tirarme al ruedo narrando con los instrumentos poéticos que más conocía. Antes consulté con Claudia Lars su parecer en caso que yo escribiese un poemario novelado de tipo histórico. La respuesta de la “madre” Claudia fue cortante: “Me parece mal, la poesía es una amante celosa y no admitirá que coquetees con otro género”. Y escribí mi primera novela: “El valle de las hamacas”, con la cual gané un premio único centroamericano en Costa Rica, que tendría el privilegio de ser publicado en la mayor editorial de habla hispana de ese entonces, Sudamericana de Buenos Aires, donde habían publicado los escritores del boom. Mejor suerte, ninguna.

De “El valle de las hamacas” recibí dos críticas al nuevo novelista de Centroamérica: de Mario Monteforte Toledo, novelista guatemalteco “yo soy novelista, pero tú con una novela has llegado más alto”; y de nuestro Salarrué: “Por fin tenemos a un novelista en El Salvador”, me dijo. Creo que se refería a que toda nuestra generación se dedicaba por completo a la poesía. Ambos maestros resaltaban el hecho de ser publicado en Argentina.
Comenzaba con pie derecho. Recuerdo que luego de la publicación me enviaron dos comentarios de prensa de Buenos Aires, uno desfavorable: “Argueta demuestra en esta novela que no tiene nada que decir”. Fue un reto, pues si un escritor tiene mucho que decir es un centroamericano, por la historia de la región, por sus realidades inimaginables que no requieren inventar.

Y otro fue favorable, después me di cuenta de que se trataba de quien sería futuro Premio Nobel: Camilo José Cela, este analizaba a un escritor joven desconocido de una región desconocida. En ese entonces no conocía al novelista español porque era nula la presencia literaria española en América Latina, quizás debido a la dictadura franquista que semejaba a las dictaduras centroamericanas de censura y represión de la palabra.

Luego viajé obligado a Costa Rica, con apenas una novela escrita, y la pena de abandonar El Salvador en contra de mi voluntad. Solo cargaba mi oficio de poeta. Ya habituado al país hermano pensé que podía escribir la segunda novela y lo hice entre muchos avatares: “Caperucita en la zona roja”, premio latinoamericano, Casa de las Américas. Así me di cuenta que podía ser novelista, pues aún dudaba si la poesía predominaba en mi novela, género que requiere personajes y contar cosas.

Siete años con deseos de visitar El Salvador, 1979, me doy cuenta de los riesgos, y me apena haber escrito solo dos novelas. Antes del viaje escribí de manera relámpago una tercera novela, aprovechaba un certamen nacional de UCA Editores. Escrita en apenas tres meses, “Un día en la vida”. Gané ese premio y retorné a Costa Rica, prefería mi oficio de novelista. Ahí escribí mi cuarta obra: “Cuzcatlán donde bate la mar del sur”.

Estos dos libros fueron publicados en inglés en una de las cinco editoriales más grandes de los EUA, Random House; y la segunda, además, publicada en Hogarth Press, Londres, editora de los clásicos ingleses, que perteneció a Virginia Woolf (personaje de “Las Horas”, con Nicole Kidman).

No cabe duda, he sido privilegiado como escritor y gracias a ello conozco el mundo. En 1993 retorno a residir en El Salvador, 20 años ausente. Esto me impulsó a conocerlo mejor en sus cantones y comunidades, en sus niños y niñas pobres, llevarles la poesía de quienes pronto serán los ciudadanos distintos que necesitamos.

Tras Bastidores

Cada quince días enfrento la tarea de escribir esta columna. Trato de escribirla tres o cuatro días antes del cierre de edición, para poder corregirla sin presión alguna. Entregar un texto que no pase suficiente tiempo de reposo es algo que siempre me pone nerviosa. Pero es parte de las tribulaciones de trabajar en prensa y hay que convivir con ello.

Tengo una lista de ideas que voy anotando, temas que voy rumiando y que pienso pueden ser de interés general. En algunas ocasiones, han ocurrido tantos eventos o he tenido tantas ideas sobre temas a tratar, que la dificultad ha sido decidirse por algo en particular. En no pocas ocasiones, el problema es todo lo contrario y no tengo ni la más remota idea sobre lo que voy a escribir. Como hoy.

Cuando eso ocurre, a medida que se aproxima la inevitable hora del cierre de edición y mientras picoteo en el teclado párrafos y temas que no me terminan de convencer, recuerdo al poeta y periodista salvadoreño Serafín Quiteño, quien mantuvo una columna diaria durante dieciséis años en El Diario de Hoy. Comenzó a publicarse en 1961 y se llamaba “Ventana de colores”. Quiteño la publicó bajo el pseudónimo Pedro C. Maravilla y, según entiendo, fue una lectura muy gustada en su época. El hecho de que haya durado tanto es prueba de ello.

Hace un par de años, por asuntos circunstanciales, tuve oportunidad de conversar con su hija Margarita. Algo hablamos sobre su padre, de quién leí hace muchos años su poemario Corasón con S. Lo que no sabía era que Quiteño tuvo esa columna diaria. No sé de cuántas palabras constaban sus entregas, pero tener que hacerlo día a día debió ser todo un reto.

No pude evitar expresarle mi admiración por su padre, porque supuse que más de alguna vez se le habría complicado tener algo qué escribir. Margarita me comentó que, en efecto, en varias ocasiones, su padre andaba por toda la casa, exasperado, porque no sabía qué iba a escribir para el día siguiente; pero siempre, aunque fuera a última hora, lo lograba y entregaba el material justo a tiempo. Como lo suyo era una entrega cotidiana, el asunto no terminaba ahí, porque entregar una columna significaba comenzar a pensar de inmediato en la siguiente.

Pude imaginar a perfección los momentos de ansiedad, la mente en blanco y la desesperación del no poder escribir algo que debe entregarse en pocas horas. Lo puedo imaginar porque lo he pasado muchas veces. En momentos así, la angustia suele ser tan profunda que me pregunto si ya se me acabaron las palabras.

No hay que olvidar tampoco que los escritores somos humanos y que no estamos exentos de los múltiples problemas que la vida cotidiana nos impone. Tenemos que comer, pagar el alquiler y cumplir con compromisos laborales, como todos. Algún evento de nuestras vidas puede llegar a ser tan apabullante que resulta difícil tener la concentración adecuada para escribir algo que se sabe será leído por un amplio rango de lectores. No es que uno no tenga nada qué decir, pero lo que nos carcome el pensamiento en esas etapas de la vida no siempre es material que pueda hacerse público.

Para algunos escritores continuar escribiendo en medio de adversidades de cualquier índole es, precisamente, la prueba máxima. Pienso en Tomás Eloy Martínez y Henning Mankell, por ejemplo, quienes a pesar de sus enfermedades terminales, continuaron entregando sus columnas y escribiéndolas hasta el final.
Hace pocas semanas, un participante en mis talleres de narrativa me preguntaba si los escritores debemos pensar en el lector a la hora de escribir. Es una pregunta que me hacen a menudo y para la cual no hay una respuesta única ni correcta. Pienso que cada escritor debe encontrar la manera en que le fluya mejor su escritura. Le comenté que, en lo personal, cuando escribo mi narrativa no pienso nunca en el lector, en lo que vaya a opinar sobre mi persona o sobre el texto, si le gustará o le causará rechazo. No escribo mis novelas o cuentos para complacer a nadie ni para convencer a nadie de nada. Traslado en palabras las historias tal como las siento e imagino. No pensar en el lector es, en mi caso, un mecanismo necesario para no incurrir en la auto censura y para mantener la escritura como un ejercicio de libertad plena, que es lo que me interesa de escribir, como he manifestado en más de alguna ocasión.

El único momento de mi escritura en el que tengo muy presente al lector es cuando escribo esta columna, no sólo por la conciencia de que mi texto aparecerá publicado en el periódico de mayor circulación nacional y que será compartida en diversos espacios de la web, sino también por los comentarios que recibo por vías diversas. Es un privilegio saber que me lee gente de diferentes ámbitos, pero la conciencia de esos lectores también me hace asumir este espacio como una responsabilidad pública, que es como asumo la tarea de ser columnista.

Escribir con fecha de entrega es todo lo opuesto de la escritura literaria, donde el tiempo sirve para macerar la escritura hasta llevarla a su punto óptimo. En ese sentido, escribir esta columna es un reto constante y también un auto aprendizaje permanente. No sólo toca escribir a contratiempo y afanarse por escribir lo mejor posible, sino que también toca escribir sobreponiéndose a uno mismo, a sus circunstancias personales y hasta a sus silencios interiores.

Imagino que más de alguna vez, Serafín Quiteño habrá pensado en renunciar a escribir su columna, ante la angustia del posible agotamiento de las ideas. Lo supongo porque a veces, yo también lo pienso. Pero la escritura ocurre de maneras misteriosas y siempre, aunque sea en el último momento, desde nuestras oscuridades innombrables, surgen las palabras necesarias para neutralizar el silencio de la página en blanco. Justo a tiempo para el cierre de edición.

Poesía y libro contra la violencia

En 1856 el invasor filibustero William Walker se convirtió en presidente de Nicaragua por la fuerza de las armas. Pero quería algo más: “five or none” (“los cinco países o nada”), decía el lema en la bandera que cobijaba lo que llamó “la falange americana”.

Pocos saben que gobernó Nicaragua sin saber hablar castellano y que pretendía imponer la esclavitud en Centroamérica, que ya había sido abolida 55 años antes. Walker se aprovechó de la guerra civil entre liberales y conservadores para lograr su cometido: los primeros lo contrataron como mercenario para derrotar a sus hermanos conservadores. El filibustero basó su optimismo para vencer diciendo que “cada nicaragüense es un país enemigo”. Hizo de ese odio fratricida su carta ganadora para presentarse como salvador. Un sacerdote liberal llegó a decir que Walker era un ángel caído del cielo para salvar a Nicaragua.

Pero el filibustero tenía otros planes, y los dejó por escrito, porque además de militar era periodista, abogado y médico. El progreso de las naciones –decía– reside en la agricultura y en los esclavos. Agregaba algo más: el blanco y el negro son razas puras, por consiguiente, agentes de civilización, el blanco como propietario y el negro como animal de recolección. Lo peor de Walker, entre otras cosas, era creer en la pureza racial y que los híbridos (los mestizos) eran impuros, ociosos, incivilizados. Pensaba que, si se quería cambiar la región centroamericana, lo mejor era exterminarlos.

Ese plan depredador impulsó a los cinco países a crear ejércitos aliados para combatir al presidente filibustero. Al frente de estos estuvieron los salvadoreños Ramón Belloso y José María Cañas. Este último peleó al lado de los costarricenses: 15 años antes había sido parte del estado mayor de Francisco Morazán, quien, pese a ser hondureño, ocupo la presidencia de Costa Rica. Fue fusilado por los mismos ticos, pero esa es otra historia.

Algo excepcional que me encontré al conocer esta historia integracionista es que el coronel nica que acompañó a Walker en la primera batalla fue el liberal Félix Ramírez, años más tarde, padre adoptivo de Rubén Darío. Cuando Walker organizó esa primera batalla contra los conservadores nicaragüenses, atacándolos en Rivas, pidió que el mestizo solo fuera un acompañante decorativo. No intervendría en la batalla. Ramírez desde un principio captó la soberbia de los blancos y el inocultable desprecio del filibustero contra sus propios aliados y contratantes liberales, por lo cual decidió abandonarlo en dicha batalla, que terminó en una dura derrota de las fuerzas centroamericanas contra los filibusteros “inmortales”.

Esta historia me motivó a pensar en el país hermano de Nicaragua, que acaba de organizar, en febrero, su XIII Festival Internacional de Poesía en Granada (con la participación de más de 200 poetas de 67 países). Esta es la misma ciudad que Walker incendió hace 161 años, cuando se vio sitiado por los ejércitos de Centroamérica. Antes de salir de ella, después de saquear iglesias y casas de los conservadores, dejó un cartel: “Aquí fue Granada”.

Nada de esto se mencionó en el festival, pero yo anduve escudriñando los sitios de las batallas porque me interesa esta historia de la patria centroamericana. Estuve dando un recital en el convento de San Francisco donde Walker tuvo su cuartel general. No me lo iba a perder en esa visita como admirador de esta épica trascendental, donde Costa Rica y el presidente Mora jugaron un primer papel que terminó con William Walker. Por ello Centroamérica no se transformó en una región esclava.

En el XIII Festival Internacional de Poesía hubo poetas invitados de África, Europa, Asia y toda América. Invitados con gastos pagados. Revisé a los patrocinadores para calcular la inversión en pasajes aéreos, alojamiento en hoteles y alimentación de los participantes y atenciones. Y comprobé que entre los patrocinadores está la empresa privada, la Unión Europea, la Presidencia de la República, medios de comunicación, embajadas y amigos del festival.
Y no vi ningún signo de su presencia en el festival, ni banderas, ni discursos políticos, ni afiches, ni colores, apenas la limitada participación protocolaria de los donantes internacionales. Quizá es porque entre ellos existe la conciencia de que donan sin condiciones para un encuentro de poesía, no de política o ideologías.

Esto lo tienen claro los organizadores. Es un apoyo incondicional. Parten de la idea de que la lectura y el libro contribuyen al desarrollo de la nación con independencia de quién lo patrocine. La sociedad civil ha creado esa conciencia: el libro, literario o científico, sensibiliza, crea conocimiento, contribuye al desarrollo, además de prevenir la violencia. Por tanto, no hay discursos contaminantes extraños a una fiesta poética excepcional, acompañada de música y danzas nicaragüenses.

Y volviendo al coronel Ramírez, padre adoptivo de Rubén Darío, príncipe de la poesía castellana, tuve la oportunidad de leer una segunda parte de su presencia en Centroamérica, en sendos libros escritos por Francisco Bautista Lara. Sí, Darío ilumina a los nicaragüenses y debe iluminar a los centroamericanos.

Hace más de 160 años el filibustero Walker decía que cada nicaragüense era un país enemigo: el odio entre dos bandos. En el festival, por el contrario, he visto una cultura de convivencia ejemplar. Dos casos: en ocho días de estancia en Granada no vi un hombre armado en la ciudad, ni en los hoteles. Viajé a Managua para participar en un recital; al regreso, reparé que había perdido el teléfono celular y la tarjeta de crédito. Horror, quedaba incomunicado. Me di cuenta cuando había regresado a Granada. Pero otro día me llevaron los objetos perdidos, se me habían salido en el carro que me transportó.

Y conste, Nicaragua también sufrió una larga guerra, y es económicamente más pobre que El Salvador. Pregunté por el santo: superar en lo posible las desigualdades. Ellos también son blancos del tráfico ilegal que azota a Centroamérica, pero la tranquilidad es evidente. El milagro: la poesía. El respeto al príncipe Darío y la divulgación de su bella palabra.