La pasión según Lispector

En agosto de 1967, el periódico Jornal do Brasil le ofreció a Clarice Lispector la posibilidad de escribir crónicas de manera semanal. Para Lispector, el ejercicio no sería algo nuevo. Había publicado crónicas periodísticas en los años cuarenta, en un periódico de Campinas, ciudad de la municipalidad de Sao Paulo. Luego, en los años cincuenta, publicó una columna llamada “Entre mujeres” que firmaba con los seudónimos de Ilka Soares y Helen Palmer. Hablaba de maquillaje, moda y cocina.

Pese a dudarlo un poco, Lispector aceptó la oferta del Jornal do Brasil. La necesidad económica se impuso sobre su temor de escribir crónicas, un asunto que sería incluso tema ocasional de su columna. “Sé que lo que escribo aquí no puede llamarse crónica, ni columna, ni artículo”, escribe en alguna entrega. Lo cuestionará hasta diciembre de 1973 en que dejó de publicarlas, luego de producir poco más de 400 textos que pueden leerse en diversas antologías.

Las dudas sobre su escritura periodística estaban relacionadas con lo que consideraba su verdadero oficio literario. Lispector escribía novela y cuentos de ficción. Había construido un estilo y un lenguaje propios con un tono tan particular que resulta difícil definirla. En una gripe, en un hombre que ve desde el asiento de un taxi, en una conversación con los hijos, en una canción canturreada por la asistente doméstica, en la evocación de los paseos familiares al mar, en el recuerdo de cuando era niña y robaba rosas, en las preguntas hechas en silencio pero que jamás se enuncian porque son tan banales que no merecen ni el sonido de una voz, en detalles así Lispector encontró el material para la exploración de la vida y del ser humano a través de la palabra escrita.
La construcción de su estilo tan particular le ganó el respeto de sus contemporáneos y la lealtad de un público lector que seguía sus publicaciones con reverencia. A Lispector le agradaba que se le considerara como una escritora seria, pero casi no daba entrevistas y pocas veces asistía a eventos literarios. Eso no le impidió demostrar su felicidad cuando, en una fiesta, João Guimarães Rosa (uno de los novelistas más importantes de Brasil) le confesó que la leía “no para la literatura, sino para la vida”, para luego citar de memoria varias frases que ella ni siquiera recordaba haber escrito. Lo cuenta en uno de los textos incluidos en “Aprendiendo a vivir y otras crónicas” (Ediciones Siruela, 2007), una selección de sus columnas sabatinas en el Jornal do Brasil.
Quien lea sus crónicas podrá encontrar vasos comunicantes con su obra narrativa y la construcción de su estilo. Más de alguno de sus cuentos podría pasar por una de sus crónicas periodísticas, por ejemplo. Siempre está presente en su narrativa la sensación de que Lispector escribe como soltándole una confidencia casual al lector, una confidencia dicha con despreocupación, en un susurro, con el olor del humo de uno de sus cigarrillos.

En una de dichas crónicas, Lispector cuenta que su hijo le pregunta un día “¿por qué a veces escribes sobre cosas personales?” A lo que ella responde: “Nunca he tocado realmente mis cuestiones personales, incluso soy una persona muy secreta. (…) Es inevitable, en una columna que aparece cada sábado, acabar comentando sin querer las repercusiones en nosotros de nuestra vida diaria y nuestra vida extraña”. Lispector lo constata preguntándole a otros cronistas, quienes coinciden con ella en que el escritor siempre se termina revelando a sí mismo en el texto.

Lispector también insiste en que tampoco es personal en su narrativa y que en sus libros no se incluye como personaje. Esto puede resultar desconcertante y hasta difícil de creer para sus lectores. Más de alguna vez en sus textos y novelas, la voz narradora interviene en la historia o en los asuntos del personaje para comentar o hacer preguntas, como ocurre en su novela “La hora de la estrella”. Esas intervenciones son una de las particularidades de su ejecución narrativa, donde lo importante no es tanto la acción como la incidencia de algún hecho, por minúsculo que sea, en el mundo subjetivo de los personajes, del narrador y del lector mismo.

Su novela “La pasión según G. H.” es la culminación de la búsqueda interior a través del lenguaje y no de la acción exterior. El lector acompaña a una escultora sola en su casa, recorriendo los espacios vacíos hasta llegar a la última habitación, la de la asistente doméstica. Encontrar ahí una cucaracha desata recuerdos, reflexiones sobre la vida y la muerte, la inmortalidad, el lenguaje y el sentido de la existencia en un monólogo interno denso. No en vano, la misma Lispector advierte al inicio de la novela que ella se sentiría contenta si el libro fuese leído únicamente por “personas con el alma ya formada”. Hay que estar en una disposición particular de ánimo para leer dicho libro, apreciarlo y dejarse llevar por el fluir analítico al que nos somete Lispector.

La intensidad de su relación con el lenguaje se complementa con su labor de traductora literaria, una faceta suya de la que se habla poco. Desde Oscar Wilde y Edgar Allan Poe hasta Anne Rice y Agatha Christie, la cantidad de traducciones al portugués de obras literarias de diversos autores realizadas por Lispector, también dejó una huella importante en el mundo cultural brasileño.
Escribir es una maldición, “pero una maldición que salva”, dice Lispector en alguna de sus crónicas. Maldición “porque obliga y arrastra como un vicio penoso del que es casi imposible librarse, porque nada lo sustituye”. Salvación porque “salva del día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

A través de su escritura introspectiva, Clarice Lispector supo develar el intimismo de lo cotidiano, de los momentos ordinarios que, pasados por su prosa, se convierten en asuntos trascendentales del ser humano.

Quien busque comprender algo sobre la profundidad de la vida hará bien en leerla.

Aprendizajes de vida a temprana edad

En el año que transcurre se nos ha apoyado por televisión presentar más de 40 programas dedicados al libro y a autores nacionales, temas en los que debemos ser incansables. Estimular la lectura no solo a adultos sino a estudiantes de educación básica. Con el convencimiento de que una sociedad lectora augura una ciudadanía sensible y capaz de conocer respuestas sobre convivencia y prácticas democráticas, apropiarse del logro de ejercer el derecho a ser escuchado como participante en una democracia en construcción. Ser un sujeto y no un objeto.

La proyección por la lectura desde la institución pública, en nuestro caso, nos permite acudir a una audiencia de adultos, niños y jóvenes que acogen entusiastas las iniciativas relacionadas con el tema. Un ejemplo paradigmático sería el de la biblioteca móvil (Bibliobús) que visita comunidades en riesgo cuatro o cinco días a la semana, incluyendo sábados y domingos, según el interés de la comunidad. Después de 10 años de labor institucional, el Bibliobús visita los más apartados rincones del país, de preferencia ahí donde no llega una biblioteca o no conocen un cuentacuentos o un animador de la lectura. Alguien que les facilite leer como un momento agradable.

Otro proyecto de aprendizajes por medio del libro y la lectura es la organización de un Festival de Literatura Infantil, que cuenta con apoyo institucional, pero no podría realizarse si no hubiese una sinergia entre distintos sectores del país que se apropian de la importancia de un evento que incide, no importa si en medida modesta, al desarrollo del país. Se sabe el aporte del libro y la lectura como eje estratégico de una educación nacional.

El octavo festival se celebra esta misma semana en la Biblioteca Nacional. Aspira a favorecer a participantes invitados de acuerdo con el interés de las comunidades y de entidades que las apoyan para hacer posibles los traslados y la organización en cada localidad del interior del país para asistir a una fiesta literaria. Los participantes son de educación básica, de entre ocho y 12 años, de preferencia, que acuden a un espacio agradable bajo el lema, este año, “Por la alegría de leer”. En años pasados fue “Leer es maravilloso”.

Algunos especialistas no están muy de acuerdo con la animación de la lectura si esta es un elemento distractor; argumentan que debe irse directo al libro, sin interferencias. Pero el festival no pretende esa vía directa, sino tratar de comunicarnos con niños en diferentes modalidades que les produzcan un momento inolvidable en su corta experiencia de vida aunada a aprendizajes de excepción. Entre otras cosas, conocen a escritores nacionales y los resultados de su creatividad.

Recuerdo allá en San Miguel, en una escuela pública muy modesta, y en tiempos remotos, sin los medios de comunicación de los conocidos ahora, ni siquiera radiodifusoras, excepto porque en las seis ciudades principales del país llegaba el periódico, siempre contaban con espacios de lecturas para los menores de edad. Fue mi caso.

Recuerdo en segundo grado, bajo el calor de San Miguel, en el que no reparábamos, pues no conocíamos geografías diferentes para comparar, un maestro nos leyó “Corazón” de Edmundo de Amicis. Ahí supe que había ciudades donde existía la nieve y se jugaba con ella, mientras nosotros nos divertíamos con los aguaceros diurnos. Y algo más en primer grado, en esa misma escuela pública de San Miguel, a otro docente, quizá al director, se le ocurrió llevarnos a ver una película al Teatro Nacional (convertido en cine). Fue la primera vez que tuve la experiencia de ver una película. Y tuvo la característica, por el tema, de ser una experiencia inolvidable. El título: “Los huérfanos de Stalingrado”. Por estar en el marco de una guerra mundial, tuvimos acceso a una exhibición que quizá no era para niños, pero nos permitió conocer a edad temprana la barbarie cometida contra niños en una guerra con el protagonismo invasor de un ejército nazi. Conocí el poder de las bombas. El cine fue mi medio de comunicación más avanzado de la época.

Esa película y un año después el libro “Corazón” me ofrecieron un aprendizaje sobre el mundo. Lo importante fue la imagen y la palabra, más que un argumento que podría ser inentendible a esa edad temprana. Aunque sí, en ambos casos hubo emoción que es también elemento esencial para el aprendizaje.
“Corazón” de Amicis, publicado en 1886, me permitió saber en mi segundo grado valores cívicos, de solidaridad, me despertó sentimientos tan importantes para formar la personalidad constructiva. Porque si es desde niño, mejor. Provocar sensibilidad ante el otro, como es el caso de los cuentos “De los Apeninos a los Andes” y “El tamborcillo sardo”; o los juegos inocentes de los niños lanzándose bolas de nieve. También hay un cuento con un niño que escribe un diario donde expresa sus emociones particulares.

De “Los huérfanos de Stalingrado” nunca supe más. ¿Alguien sabe? Recuerdo que a la hora de almuerzo discutimos temas de esa exhibición con un primo que estaba en sexto grado. Supongo que me ayudó a explicar algunas situaciones sobre la primera película de mi vida, cuando apenas tenía tres meses de conocer lo que era una escuela pública que nos ofreció esos aprendizajes de variadas expresiones, con docentes que advirtieron la necesidad de leer o de comunicar elementos artísticos desde una edad temprana. Esa práctica continuó hasta llegar al séptimo grado, en el área de la música, siempre en instituciones públicas de San Miguel.

Sin duda esas imágenes en la memoria repercutieron para introducirme a un oficio de creatividad artística, pese a mis diversas proyecciones de adolescente que incluyeron fútbol, matemáticas y docencia desde temprana edad.
Nota. Dedico esta columna a quienes permitieron fundar el Festival Infantil. Cito a los que ya no están con nosotros: al poeta Ricardo Lindo y al poeta chicano que nos visitaba desde California, Francisco Alarcón. Un saludo hasta la galaxia en infinito movimiento.

El gran silencio

En el cuento titulado “El gran silencio”, del escritor estadounidense Ted Chiang, un loro puertorriqueño reflexiona desde las degradadas selvas de Arecibo sobre la paradoja de Fermi, la búsqueda de vida inteligente extraterrestre por parte de los humanos y la probable extinción de su especie de loros.

A la mejor manera de los cuentos de Franz Kafka “Informe para una academia” (donde el narrador es un mono) o “Investigaciones de un perro” (donde el narrador es un can), el loro de Chiang se pregunta por qué los humanos se empeñan en buscar formas de vida inteligente más allá de su galaxia, pero no reconocen las diversas formas de inteligencia que lo rodean aquí mismo, en la Tierra.

En su alegato, el loro sostiene que su especie, al igual que los humanos, es de las pocas que puede reproducir sonidos nuevos al escucharlos. Se compara con los perros: un perro podrá aprender decenas de órdenes y sabrá ejecutarlas, pero siempre responderá con ladridos. No tiene capacidad para emitir palabras.

Este cuento fue escrito por Chiang como texto de acompañamiento a una videoinstalación realizada por Jennifer Allora y Guillermo Calzadilla y presentada en la 56.ª Bienal de Venecia de 2015. El video, que puede ser visto en internet, utiliza imágenes del radiotelescopio del Observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, y de las selvas circundantes que amparan el hábitat de los loros endémicos, amenazados de extinción.

La propuesta de los tres artistas funciona como una metáfora de cómo obviamos la inteligencia de las diferentes formas de vida aquí mismo en el planeta y deja al lector reflexionando sobre la arrogancia del antropomorfismo, al creer que la única y suprema forma de comunicación es el lenguaje humano, despreciando a todos los otros seres vivos que no articulan su lenguaje de idéntica forma al nuestro.

Este desprecio es base de la odiosa relación que tenemos con la naturaleza. Disponemos de ella a nuestro antojo, porque la inteligencia superior que suponemos tener nos ha hecho considerarnos dueños de todo lo que existe. Bajo esa premisa, la norma es creer que la naturaleza está ahí para satisfacer al ser humano y sus necesidades, y que las reservas naturales son inagotables.

Nos cuesta comprender, pero sobre todo aceptar que somos un eslabón dentro de un sistema complejo, pero rico en posibilidades de convivencia e interacción constructiva mutua. Por lo contrario, nuestra mezquindad y desprecio hacia las demás especies animales y vegetales nos han llevado al actual desequilibrio natural. Desde el cambio climático hasta la extinción de numerosas especies, donde nuestra impronta en provocar y acelerar esos eventos es indiscutible, el ser humano no parece demostrar su inteligencia en lo que se refiere a detener la depredación del entorno ni a construir formas de convivencia más amigables y sustentables.

Algunos científicos han dedicado sus vidas específicamente a la observación, estudio y comprensión del funcionamiento de la inteligencia animal, en un afán de determinar sus formas de comunicación y aprendizaje. Irene Pepperberg, por ejemplo, ha destacado por su trabajo con loros grises africanos, en particular, con uno llamado Álex. Los diferentes resultados de sus estudios la llevaron a concluir que los loros tienen un tipo de inteligencia particular, porque al aprender una palabra, también logran comprender su significado.

Los resultados de las investigaciones de Pepperberg sobre la cognología animal han provocado varios debates sobre la inteligencia de los animales, “una inteligencia no humana, no primate, no mamífera”, según ella misma enuncia. Para Pepperberg, la diferencia en los cerebros y las habilidades de las diferentes especies no debería ser motivo para subestimar sus formas de inteligencia.

El delfín es uno de los animales que también ha sido objeto de diferentes estudios para comprender no solo su inteligencia, sino además su complejo sistema de comunicación, que incluye gestos y chillidos, algunos de ellos emitidos en alta frecuencia y no audibles por los humanos. Su cerebro es similar al nuestro y, junto con el chimpancé, se le considera uno de los animales más inteligentes del planeta.

Es conocida como paradoja de Fermi la contradicción entre la alta probabilidad de que exista vida inteligente extraterrestre y la ausencia o evidencia absoluta de dicha vida. También se le conoce como “El gran silencio”, porque ante los intentos que el ser humano ha hecho para enviar mensajes al espacio exterior y comunicarse con dichas inteligencias, lo único que hemos escuchado y recibido como respuesta es silencio.

El cuento de Chiang, que habla de la mencionada paradoja, también considera al lenguaje como una forma de reafirmar la existencia: “Hablo, luego existo”, dice el loro de la historia. “La extinción de mi especie no significa solamente la pérdida de un grupo de pájaros. Es también la desaparición de nuestro lenguaje, nuestros ritos, nuestras tradiciones. Es el silenciamiento de nuestra voz”.

El loro del cuento reflexiona al final del mismo sobre la actividad de los humanos y cómo estos los han llevado hasta su inminente extinción. El loro no habla con resentimiento y admite que la imaginación de los humanos ha creado bellos mitos y grandes aspiraciones. “Miren Arecibo. Cualquier especie capaz de construir algo así debe contener grandeza dentro de sí”, dice el loro, quien sostiene que al morir su especie, esta se integrará a ese Gran Silencio.

El empeño en encontrar inteligencias extraterrestres podría ser un reflejo de la soledad que sentimos como especie. Una soledad física ante la idea de que estamos solos en un universo tan grande cuya magnitud ni siquiera alcanzamos a imaginar, porque si nos atreviéramos a hacerlo, tendríamos también que tomar consciencia de la dimensión de nuestra pequeñez.

Pero sobre todo, la búsqueda de otras inteligencias es la añoranza que tiene el ser humano por encontrar un interlocutor con el cual compartir nuestros descubrimientos, nuestra curiosidad infinita, el asombro de lo que nos rodea, la impotencia frente a todo lo que todavía ignoramos y la sed de una respuesta para esos grandes silencios con los que andamos por la vida.

Reflexiones del artista joven y adulto

Para escribir una obra literaria, o un ensayo, lo primero por hacer es meditar sobre lo que me gusta con inspiración en mi propio marco referencial –mejor si lo siento desde niño– igual si lo percibo más tarde que el momento llegó. José Saramago se dedicó a escribir después de los 50 años; también hay artistas que sobresalieron desde la minoría de edad. No importa, basta pretender que se obedece a un deseo interno. Es posible que en un momento te dé por abandonar el barco. Me tocó a mí, cuando estaba en Costa Rica, decidí abandonar la literatura para dedicarme a algo más que me atrajo de niño: la matemática. De no haber ocurrido el asesinato de Roque Dalton (1975) estuviera dando lecciones de esa materia en el hermano país. Así, sucedió lo contrario: escribí en el hermano país tres de mis obras más difundidas fuera del idioma español, incluyendo un premio latinoamericano de novela; y el tema fue El Salvador. Ahora, desde mi país, escribo el primer libro de una épica centroamericana que tuvo a Costa Rica dentro del primer plano. Son los tantos enigmas de la producción artística.

A veces pensamos en el papel que deben jugar los maestros. No me refiero al docente. El mejor maestro seré yo mismo. Si no descubro esta clave, mejor no pensar que la creación literaria me sea favorable. Esto incluye tirarse a lo largo de la vida y reflexionar lo que has aprendido de ella, tus entornos sencillos o esplendentes. “Todo lo aprendí de un hombre sabio” –dice José Saramago–, “mi abuelo analfabeto”. En mi caso, yo aprendí mucho de la calle. Aunque eso se vuelve dramático en un país donde desde su independencia ha imperado la violencia rural y urbana. En el país feliz o desilusionado siempre habrá hallazgos para la elaboración estética que contribuyan a la reconstrucción social. Lo feo y lo bello. Sobre el concepto de belleza dice Salarrué en la carta a los patriotas: una puesta de sol, el río que pasa por tu casa, el cerro o el volcán que te absorbe la vista desde que te levantas, “esa es mi patria”, no la elaborada por el prejuicio o el mito, reafirma.

Recuerdo que con el poeta Roberto Armijo comentábamos, cuando llevó a su marimbita de tres niños por primera vez al mar (Rabín, Manlio, Roberto), que lo único que se le ocurrió decir al mayor, en esos momentos con cinco años, fue: “Papá, no atino”.

Si eres escritor puedes rescatar ese instante. Para mí, el mar visto por primera vez a los cuatro años, pensé en un cielo derramándose en agua y el mar como su desaguadero.
El autoaprendizaje es fundamental, no hay escuelas para hacer escritores. ¿Y para las otras artes? Quizás para manejar algunas técnicas. Los talleres son válidos en cuanto escuchas diversas opiniones de quienes te rodean, y del facilitador. Está bien, pero no basta. Nunca tuve un taller, ni un maestro que estimulara mis ocurrencias de niño en la escuela. Al contrario.

No hay nada intrascendente en tu entorno. Puedes sacarles astillas a cada momento de tu vida para hacer una obra artística. A ello se agrega lo fundamental: ¿cómo lo vas a expresar con el cincel, con la palabra o con los sonidos? Es otra clave fundamental: escudriñar la intimidad antes de echar mano a tu expresión. Escudriñar la intimidad significa ejercitar las células neuronales (dicho en forma sencilla: desabotonar o desabrochar el cerebro), interpretar los asombros provenientes de realidades estéticas: la belleza o la fealdad hay que procesarlas con emoción, de manera que sean el vehículo para despertar las emociones de otros.

El intimismo o autenticidad se procesa sin darte cuenta, como se asimila el oxígeno. La idea es que lo que escribo se aleje de mí, se independice de mis deseos de autor. De pronto los personajes, las pinceladas o los sonidos se escapan de mi mano o escribo con intensidad diferente a mi emotividad particular. Sucede que el resultado artístico es colateral a lo que has razonado, es algo superior que “la razón no comprende”.

No hay duda que Bécquer tuvo el sentimiento de amar antes de ponerse a escribir “Rimas”; pero su calidad de poeta la obtuvo cuando, sin dejar de ser emociones suyas, se le escaparon para ser emociones acogidas como propias por los demás. Esto no se contradice con el impulso de escribir o plasmar el entorno particular en la obra. Y ahí es donde juega un papel las habilidades psicosomáticas, como decía el filósofo de la estética Georg Lukács, cuando aún no se habían descubierto los laberintos insondables del cerebro para distenderse (“plasticidad cerebral”), en la medida que se adquiere conocimiento. Y en el caso del arte conocer no es saber, sino percibir, albergar imágenes, pensamientos, amor, rechazo, indignación, como insumos para producir arte: artes plásticas, danza, música o literatura.

Claro, aquí no entran genialidades producto de encuentros cercanos del tercer tipo. Como el caso de Mozart, por ejemplo, que comenzó a escribir piezas de piano a los seis años y sinfonías a los 15; o Darío que no terminó la escuela secundaria y alcanzó altura poética universal; caso parecido es Einstein que tuvo una formación racional y luego voló con alas de genialidad. “Tú no serás nada en la sociedad”, le dijo su profesor, el Dr. Joseph Degenhart, porque solo prestaba atención a la matemática y descuidaba otras asignaturas. Un sabio sensible que nunca dejó de tocar violín.

Con Van Gogh pasó igual, cuando había pintado sus mejores cuadros, al no poder venderlos, le recomendaron estudiar técnicas del color; pero el genial pintor no logró entrar en la academia de Bélgica, ¡no superó el examen de admisión!
La carencia de apoyos no veda la realización artística. Los poetas, en el caso de El Salvador, después del año cincuenta del siglo XX, nunca lo tuvieron. No es que eso sea lo mejor, pero tampoco es una conditio sine qua non.

La discriminación silenciosa

El otro día pregunté por un conocido. Me dijeron que Pedro (nombre ficticio) fue despedido de su trabajo. La empresa había decidido hacer una reestructuración interna. Casualmente todos los despedidos (más de 10 personas) eran los de mayor edad.

Hace meses, otra conocida, Sonia (también nombre ficticio) se entusiasmó con la idea de estudiar un doctorado en una universidad nacional. Todo iba bien hasta que comenzaron a asignarse tareas en grupo. Nadie quería aceptarla en ninguno. ¿El motivo? Su edad. Sonia ronda los 50 años y los demás compañeros eran menores. Ella propuso al profesor hacer las tareas por su cuenta, pero este dijo que no se podía, porque las tareas estaban diseñadas para hacerse en equipo. Escribió una carta a instancias superiores para buscar una solución. La respuesta fue de solidaridad protocolaria, pero no sirvió para hacer una excepción y lograr que la estudiante pudiera cumplir sus tareas de forma individual. Resultado: Sonia se deprimió y se retiró de la universidad.

Estos son apenas dos casos de muchos en los que entra en juego la discriminación por edad conocida como discriminación etaria. No hay una frontera específica de cuándo esto comienza a ocurrir, pero a partir de los 40 años es común comenzar a sufrir una serie de actos discriminatorios (grandes y pequeños) de los que poco o nada se habla. Esto lo convierte en una forma de exclusión difícil de reconocer y de erradicar.

Cuando este tipo de discriminación comienza, la sociedad te invisibiliza y te condena a una muerte social previa a tu muerte física. Ya no se es sujeto de crédito bancario. Ya no se es considerado una opción para formar una pareja estable. Una persona despedida a los 50 años tiene muy pocas posibilidades de encontrar empleo y si lo logra, deberá resignarse a recibir un sueldo infame. Se trata a los mayores de manera condescendiente, no se les escucha ni se da importancia a sus palabras o peticiones.

A esto sumemos el exacerbado culto a la juventud que se vive hoy en día y alrededor del cual giran conceptos como el de la belleza física, la energía vital y la capacidad para emprender ciertas actividades o labores. Para las mujeres, el sexismo agrava las cosas. Una mujer que tenga una pareja de menor edad es calificada de ‘cougar’, roba cunas, vieja calenturienta, etc. Pero un hombre que aparece con una pareja menor es aplaudido por sus pares. Recibirá palmaditas en el hombro y guiños de ojo. Un hombre que alardea una pareja joven es un triunfador envidiable; una mujer que lo hace es criticada y mal vista.

La discriminación etaria se manifiesta de maneras sutiles y cotidianas. Parte de ello nace de los prejuicios y estereotipos que hay sobre las personas adultas. Pero parte del rechazo nace también de esa relación enfermiza, de ese estado de negación que tenemos con nuestra mortalidad. No nos gusta pensar en la muerte aunque sabemos que tarde o temprano, también moriremos. La vejez no hace más que recordar que el proceso de nuestra finitud está en marcha permanente.

La saturación informativa y comercial retrata a las personas mayores en roles cliché: enfermos, incontinentes o tomando jarabes geriátricos para “recuperar la vitalidad perdida”. Los guionistas de cine y televisión repiten el estereotipo del viejito cascarrabias, sordo, cegatón o pasmado; los abuelitos bondadosos como parte del decorado familiar; los que tienen alguna enfermedad y están en el asilo o el hospital sin noción de nada. Esa perspectiva poco estimulante añade al agravio. Nadie quiere llegar a viejo. Todos queremos morir pronto para evitar vernos en esas situaciones degradantes a las que la sociedad nos reduce.

Tampoco se puede obviar la violencia, tanto física como sexual y psicológica, que sufren muchas personas mayores en su círculo familiar y social. Muchos son despojados de sus haberes por sus propios familiares, embaucados, burlados e ignorados, tratados como seres no pensantes, estorbosos e incapaces de tomar decisiones lúcidas.

Cada edad del ser humano marca etapas importantes en su formación. Cuando se está en la veintena de años, la muerte y el tiempo son conceptos relativos e irreales. Pero cuando se llega a los 50, la conciencia de la muerte toma un lugar importante en las reflexiones cotidianas. La noción del tiempo cambia de velocidad y se acelera.

Si nos tomáramos la molestia de conversar con alguien mayor comprenderíamos que nada ha muerto por dentro. Que no importa la edad, se sigue sintiendo pasión, amor, deseo sexual, tristeza, angustia, anhelo y que se siguen teniendo ganas de hacer muchas cosas. La capacidad de sentir del ser humano no muere con el tiempo: muere hasta que muere su cuerpo.

Desde el punto de vista laboral, prescindir de los servicios de personas que pasan de cierta edad significa cerrarse a la experiencia acumulada que, interactuando con la frescura de las nuevas generaciones, podría producir resultados interesantes en muchos ámbitos de trabajo. Pero mientras la sociedad siga concibiendo que el principal valor de sus miembros es su capacidad para producir ingresos económicos, estaremos ignorando y callando a un sector de la población que está subrepresentado en la discusión pública de los problemas de país.

Muchos pueblos indígenas y sociedades orientales tienen una relación constructiva hacia los mayores. Debido a su experiencia de vida, se les considera depositarios de memoria y sabiduría; se les incorpora en la toma de decisiones; son respetados como figuras importantes en sus comunidades y están integrados a la vida del colectivo. Pero en el mundo occidental, la persona mayor es apartada temprano de la vida, reducida al silencio, la invisibilidad, la inactividad y el rechazo.

El ser humano contiene en sí mismo todas las edades y eso debería hacerlo más sensitivo hacia todos sus congéneres. Escuchar lo que cada edad tiene que decirnos podría ser una manera de tender puentes para dejar de competir y agredirnos entre generaciones. Una manera de intercambiar sabiduría en esto que llamamos vida y a donde todos andamos dando palos de ciego.

Historia y bienestar humano

La semana pasada se ha estimulado mi trabajo literario que tiene como marco la historia centroamericana (1855-1860). Entre otras cosas, fui invitado como participante en la nominación como Beneméritos de la Patria a Juan Rafael Mora (expresidente de Costa Rica) y José María Cañas (salvadoreño). En 1860 partieron ambos desde Santa Tecla hacia Puntarenas. Una traición alevosa les preparó una emboscada de militares traidores que habían participado en la derrota de William Walker. Ambos fueron fusilados.

Como sabemos, Walker se apoderó de una parte de Nicaragua nombrándose presidente en unas elecciones falsas, similar a lo que tres años antes había hecho en Sonora y Baja California, México, declarándolas repúblicas independientes. Llegó a Nicaragua con el objetivo declarado de apoderarse de los cinco países de la región y continuar con Cuba. Un sueño loco producto de una mentalidad profética cuyo potencial era la supremacía blanca y traer esclavos africanos a la región.

Para lograrlo se hizo contratar por políticos nicaragüenses liberales que vieron en la formación de una falange americana la posibilidad de ganar la guerra civil contra la facción conservadora. Una guerra civil que llevaba cuatro años entre ambas facciones. El partido liberal radicado en León contrató a Walker y le dio grado de general y jefe del ejército más otras canonjías. Pero el sueño del filibustero era apoderarse de Centroamérica. Para ello dio un segundo paso: invadir Costa Rica, pese a que los conservadores nicaragüenses lo seguían combatiendo con grandes dificultades, pues el ejército filibustero se había agrandado con mercenarios internacionales bien armados, con aprovisionamiento continuo desde las dos costas de Estados Unidos. La invasión a Costa Rica se convirtió en un gran fracaso. La fracción internacional formada por militares europeos y aventureros estadounidenses no soportaba ni una hora de combate para salir en estampida. Walker lo reconoció en su libro por haber caído en la peor ridiculez en Centroamérica, lo vio como una derrota vergonzosa (autobiografía).

Lo raro de esa sangrienta confrontación bélica centroamericana (1855-1860) fue que se inició contratando mercenarios invasores por parte de los liberales nicaragüenses, que se hacían llamar “democráticos” y “revolucionarios” por ofrecer un programa progresista. La paradoja: quienes combatieron a Walker fueron los conservadores; sin embargo, después de varios crímenes incluyendo el incendio de la ciudad de Granada, sede de los conservadores, los liberales se dieron cuenta de los verdaderos planes del filibustero que ya dominaba gran parte del país. Además, los ejércitos centroamericanos ya habían llegado a Nicaragua para combatir a Walker.

Esa coyuntura histórica en Nicaragua me hace pensar en lo que facilita a los nicaragüenses hacer sinergia entre fuerzas ideológicas para lograr objetivos sociales comunes. Se nota más en la ausencia total de la violencia que para un país pobre significa destinar inversión financiera en salud, y evitar emigración para huir del propio país aun a costa de la vida; preferible afrontar el infierno ajeno, antes que el del barrio. Los nicaragüenses neutralizaron ese miedo. Digámoslo sin prejuicio.

Esas lecciones históricas del siglo XIX nos hacen pensar en el error de creer que la historia comenzó ayer. Este criterio no permite priorizar en el análisis interpretativo de un pasado que reitera las tragedias sociales por desconocer sus causas. La violencia ha echado raíces en siglo y medio, y eso hace difícil afrontarla con políticas del presente; y con desesperanza y desesperación se avanza por un camino de dolor.

Siguiendo con la guerra contra los filibusteros, a esa épica podríamos llamarla Guerra Patria Centroamericana. Porque en esos años tuvimos un “ejército aliado centroamericano”, peleando en Nicaragua, cuyos jefes en orden correlativo fueron los generales Ramón Belloso (salvadoreño), Florencio Xatruch (hondureño) y José Joaquín Mora (costarricense). Todos, pese a grandes diferencias, derrotaron a los supremacistas blancos que se hacían llamar inmortales, filibusteros o falange americana, con intención de civilizar con raza pura a Centroamérica, pues los originarios – los híbridos– eran raza impura formada por holgazanes, arteros, incivilizados, (bibliografía: libro del jefe filibustero William Walker, “La guerra en Nicaragua”).

Al reparar en los verdaderos objetivos de los invasores, los liberales y conservadores, no solo de Nicaragua, se unieron para salvar la nación centroamericana en una lucha que costó miles de muertos. La conciencia fue clara, pues luego de varias peticiones de Costa Rica, por su presidente Juan Rafael Mora, los ultraconservadores Francisco Dueñas y Rafael Carrera, presidentes de El Salvador y Guatemala respectivamente, se decidieron por participar para no dejar solas a Nicaragua y Costa Rica. Existen comunicados firmes de ambos mandatarios. Depusieron sus intereses para salvar la gran nación. Lo anterior pareciera leyenda o mito, pero al contrario, es historia real, aunque el tiempo la fue convirtiendo en mito o, lo peor, fue ocultando la épica más gloriosa de Centroamérica.
El desconocimiento de la historia centroamericana nos debilita. La ignoramos cuando tenemos sobre nuestra cabeza el fin del planeta, con dos grandes medios de destrucción masiva: el cambio climático y la destrucción atómica. El peligro se da en un momento donde las competencias deberían ser alrededor de la trepidante creatividad tecnológica que tiene la respuesta para echar mano en las energías renovables y lograr la salvación del planeta. Esto no es tremendismo. La historia universal nos da lecciones y, sin embargo, mientras construirnos palacios de cristal, descreemos en la solidaridad, en lo equitativo; creemos en la confrontación, no en la unidad de contrarios, como si cada facción ideológica fuera un país enemigo, convirtiendo a la nación en víctima de sus contradicciones facciosas.
Mi larga reflexión la despierta haber conocido a fondo esta historia, gracias a la Academia Morista Costarricense, que me hizo miembro correspondiente y me concedió una medalla impuesta por el presidente de la república. Sobre esta gesta escribí un libro con la idea de romper con la leyenda, rescatar a los verdaderos héroes que dieron su vida contra la esclavitud y por la soberanía. En esa gesta se distingue con Juan Rafael Mora el salvadoreño José María Cañas. Ambos beneméritos de Costa Rica. Deben serlo de Centroamérica.

Nuestro silencio sobre El Mozote

A las 6 de la mañana del día 11 de diciembre de 1981, elementos de las Fuerzas Armadas de El Salvador llegaron a un lugar conocido como Poza Honda, al norte del departamento de Morazán. Lidia Chicas Mejía hizo lo que ella y algunos vecinos del lugar solían hacer cuando llegaba el ejército: salió de su casa y fue a esconderse en el monte. Lo hacían porque tenían miedo de que algo fuera a pasarles, ya que la presencia de los soldados siempre era amenazante.

Desde su escondite en medio de unos matorrales, la señora Chicas escuchó gritos y disparos. Observó cómo fue asesinado un matrimonio vecino junto con sus cuatro hijos, todos menores de edad. La madre de los niños tenía ocho meses de embarazo. Primero asesinaron a los adultos y después decapitaron a los cuatro menores. Los soldados mataron a todos los habitantes que encontraron. También mataron a los animales domésticos y quemaron las casas que había en el lugar.

Ese día, Lidia Chicas perdió a 55 familiares. Abuela, tíos, primos. Su madre fue degollada. Su padre vendado y baleado por la espalda. Su hermana fue violada antes de ser asesinada. Toda su familia pereció. Toda. De no haberse escondido junto con su esposo, a ellos les hubiera tocado la misma suerte. Cuando pudieron salir de su escondite, la señora Chicas y su esposo enterraron a los familiares que pudieron.

“Todas las casas quedaron quemadas, bien quemaditas”, dijo la señora Chicas el pasado 28 de septiembre de este año al presentarse para ampliar su declaración en el Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, audiencia en la cual pude estar presente.

Desde marzo de este año se está llevando a cabo el juicio penal sobre la masacre de El Mozote y lugares aledaños, evento considerado no solo como el acto de violencia más grande ocurrido durante los años de la guerra civil salvadoreña, sino también como la peor masacre acontecida en la historia moderna de Latinoamérica. A pesar de ello, la cobertura que ha recibido este juicio, tanto de la prensa nacional como internacional, ha sido mínima.
Tan corta es nuestra memoria que obviamos la importancia que este juicio tiene. El hecho de que un grupo de militares esté siendo acusado y juzgado por crímenes de guerra en nuestro país marca un precedente importante en cuanto al paradigma judicial, pero también en cuanto a la impunidad en la actuación de las fuerzas de seguridad, un tema por desgracia todavía vigente. Baste recordar el reciente juicio sobre la masacre de la finca de San Blas y su desconcertante veredicto final.

El juicio también resulta importante porque se está permitiendo el espacio para que las víctimas de la guerra civil sean escuchadas de manera directa en suelo salvadoreño y que su historia sea por fin conocida, pese a que ya hubo un juicio ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que emitió su sentencia en 2012.

Hay que admitir que el lema de “perdón y olvido” que se nos impuso desde la esfera estatal con la firma de los Acuerdos de Paz no sirvió para cerrar ninguna herida en la sociedad. Por el contrario, queda demostrado después de todos estos años que no hablar ni ventilar nuestro pasado, ignorarlo y esconderlo ante las nuevas generaciones, no ha hecho más que mantener latente un dolor y un quiebre interno, cuya sanación no se mira próxima y cuya manifestación evidente es la violencia que continúa ahogándonos.

Olvidar este tipo de agravios es casi imposible. Para los sobrevivientes no existe consuelo o compensación alguna. Lo único que puede pedirse en estos casos es una restitución moral, porque ningún veredicto de culpabilidad o restituciones materiales o económicas podrán devolver la vida a las mil personas que fueron asesinadas en las terribles jornadas del 10 al 14 de diciembre de 1981. Tampoco podrán subsanar las heridas emocionales y psicológicas de los sobrevivientes, quienes 36 años después todavía sienten temor. Esto se manifestó en la petición de no hacer fotos o filmaciones de los testigos.

Es comprensible que no queramos saber de estos eventos. Son sucesos brutales, perturbadores. Pero ignorarlos, voltear el rostro para evadirlos y no aceptar que ocurrieron supone un arma de doble filo. Porque el olvido nunca ocurre, solo se silencia y se reprime para luego estallar en formas impredecibles. En la actualidad, el ánimo y los comentarios de parte de un sector de la población sobre lo que debe hacerse con la violencia pandillera, por ejemplo, es una caja de resonancia del final de los años setenta, de los años previos a la guerra.

Buscar justicia no es sinónimo de odio y resentimiento, como quieren hacer creer algunos sectores de la sociedad, los mismos que exigen que también se lleven ante la justicia los casos de matanzas ejecutadas por las fuerzas guerrilleras de aquel entonces. Por supuesto, quien tenga denuncias de masacres ocurridas durante la guerra, no importa su hechor, deberá juntar las pruebas necesarias y presentar la demanda correspondiente ante la justicia salvadoreña.

Cuando regresé a mi casa luego de haber asistido a la audiencia del 28 de septiembre, me pregunté una y otra vez cómo es posible continuar adelante después de sobrevivir a un evento como el descrito por la señora Chicas. Cómo se olvidan los gritos de los niños, la visión de la propia familia ejecutada, de todo el cantón destruido. Cómo se empieza a elaborar el duelo por 55 familiares, es decir, por absolutamente todos los miembros de una familia. Estoy segura que se trata de un dolor que jamás termina.
Escuchar a los sobrevivientes de El Mozote e informarnos sobre las audiencias judiciales es un deber moral que tenemos los salvadoreños. Es lo menos que podemos hacer para trasmutar el interminable desangramiento de nuestra sociedad. Porque si no escuchamos, comprendemos ni respetamos el dolor de las víctimas, será impensable olvidar y continuar la vida, como si nada de todo esto hubiera pasado.

Historia centroamericana oculta

Razones de peso me llevaron a escribir por primera vez una novela histórica cuyos hechos me llevaron de la mano, como al ciego privado de luz, por una épica insólita y asombrosa que ha pasado por alto en Centroamérica; y no creo que por razones políticas contemporáneas, pues todo ocurrió entre 1855 y 1860. Pero ni los especialistas la proyectan de acuerdo con el significado para la región centroamericana. En ese entonces un estadounidense de nombre William Walker quiso establecer la esclavitud en Centroamérica por considerarla fuente de riqueza económica de cultura superior. Sin embargo, la vastedad de esa gesta histórica ha quedado reducida a los especialistas en historia, aun para Costa Rica y Nicaragua, pese a que fueron los dos países que más sufrieron la guerra.

Se trató de una épica libertadora donde participaron en primer lugar el presidente costarricense de ese entonces Juan Rafael Mora, como estratega político, y el general salvadoreño José María Cañas, como el combatiente de primera línea en contra de los que llamaron filibusteros, y que se auto llamaron falange americana. En el transcurso del tiempo se convirtió en historia oral plagada de mitos, no obstante, que ha sido la historia más cruenta y más dramática que ha vivido nuestra Centroamérica, en una pelea por lo que quería ser. No hay otra gesta similar por lo heroica y por lo trágica para cientos de centroamericanos. Por ese heroísmo somos como somos, de otra manera se hubiera impuesto el esclavismo para “civilizar” a una región habitada por “mestizos indolentes”, decía Walker.

Esos vacíos me inclinaron a escribir una obra narrativa que califico como novela histórica basada en bibliografía existente, aunque poco conocida en nuestro medio, pese a que se enviaron de El Salvador más de 2,000 soldados, y que el jefe de los ejércitos aliados centroamericanos era el general salvadoreño Ramón Belloso, además de los generales Bracamonte y Asturias, este último de San Miguel. Incluso estuvo Gerardo Barrios con 800 hombres, pero por arribar tarde no se incorporó a la guerra, pues ya los aliados tenían derrotados a los filibusteros, y Barrios iba a sustituir a las cansadas y destruidas tropas de Belloso; vencida la llamada falange americana fue obligada por la misma marina norteamericana a su repatriación, pues una derrota total sería cruenta y humillante para el Gobierno de Estados Unidos, además que oficialmente Walker no estaba autorizado para emprender ese tipo de guerra de invasión.

Cuando llega Gerardo Barrios, muchos filibusteros habían desertado debido al cerco implantado por los centroamericanos. Se habían quedado sin medicinas y sin alimentos y perdido el sueño de dominar la región. Y todo porque los costarricenses en una jugada creativa del presidente Juan Rafael Mora lograron cortar las vías interminables de abastecimientos para los auto llamados falange americana, que recibían de California o de Nueva Orleans. Se hizo por medio de un comando de 200 hombres cuya misión era cortar los abastecimientos recibidos desde los dos océanos. Walker pretendía también como objetivo, además de apoderarse de los cinco países centroamericanos, manejar el canal interoceánico que la naturaleza proveyó a Nicaragua con su gran lago y el río San Juan, desde el Pacífico en San Juan del Sur hasta el Atlántico en San Juan del Norte.

Este es el tema que manejo en la novela histórica donde la realidad supera la ficción. Como Walker tenía casi toda su fuerza en San Juan del Sur, el comando invadió por un río, el San Carlos, casi virgen, situado en la región norte de Costa Rica y que desemboca en el San Juan. Esto permitió sorprender a los vapores que circulaban libremente con armas, medicinas y más relevos de hombres ante las bajas de heridos. Ya en esa etapa de la guerra se habían integrado cientos de tropas guatemaltecas y hondureñas, además de los tres países antes mencionados. Porque la lucha fue regional ante un peligro común, no obstante, que en ese tiempo privaban diversas ideologías entre los cinco países, entre liberales y conservadores, y que dificultaba vencer a Walker.

En verdad, se trata de una historia novelada para que cada quien, como lector cómplice defina lo que debe creer o no creer o investigar ante lo inverosímil. Porque hay dos clases de realidades: la que se cree porque se percibe por la razón; y la que, por ser literatura, se acepta por las emociones que produce. Personalmente, como escritor, descubrí que se trata de una historia con mucha conmoción y emotividad donde la verdad histórica compite con la ficción.

Mi obra lista para entrar en prensa, escrita a partir de quienes investigaron esa épica y nos dieron a conocer sucesos que fueron ocultados en la región; se trata de revelaciones históricas que, pese a lo dicho por Benedetto Croce, “toda investigación sobre el pasado es historia contemporánea”. Me digo entonces que es el momento de vivir esa historia para tratar de aprender que la violencia impuesta por un poder solo trae desgracias e inhumanidad.

En otras novelas me negué a ser real para no parecer irreal, en esta por lo contrario opté por buscar al lector protagonista, que reflexione sobre una verdad histórica que pudo hacer de Centroamérica una región que retrocediera a un pasado de esclavitud abolida 55 años antes (1821); porque los mercenarios, como extraños, quisieron imponer la forma esclavista del sur de Estados Unidos; lo que implicaba traer otra religión, otro idioma y el “exterminio del mestizo”, como decía Walker para imponer sus ideas de supremacía blanca.

Costa Rica ha declarado héroes de la patria y les ha erigido un monumento en Ciudad Puntarenas. Por tal motivo, todos los 30 de noviembre, fecha en Mora y Cañas, fueron fusilados al llegar desde Santa Tecla a esa ciudad. A partir de 2017, el Gobierno y cuerpo diplomático se trasladará ese día a la ciudad de Puntarenas. Agradezco el privilegio de ser nombrado huésped de honor para esa gran celebración al ser reconocido mi trabajo literario.

El problema de la inspiración

¿En qué se inspira para escribir su obra? Es una de las preguntas frecuentes que se nos hace a los escritores. Tanto así que entre colegas la tomamos como broma, como una pregunta de cajón que refleja a un entrevistador poco preparado o nada interesado en la obra o en la visión particular de quien se va a entrevistar.

El problema con el concepto de la inspiración es que se cree que es un acto mágico. Se mira una flor, un atardecer, al ser amado y ¡zas!, se nos ocurre un poema, un cuento, una novela completa, a partir de lo cual solo falta sentarse a trasladar en palabras esa “inspiración” que se nos ocurrió.

Otra versión de este acto mágico de la inspiración en la escritura (o las artes en general) hace creer que basta sentarse, escenificar un ambiente idóneo (velas, incienso, música, té) y que en esos momentos provocados por la búsqueda de ideas va a acudir, presta y veloz, un hada invisible que nos tocará con su varita, verterá sus polvillos mágicos sobre nuestra cabeza y nos colmará de un proyecto literario completo, que se escribirá de un tirón y sin ningún tipo de retos o tropiezos.

Escritura instantánea y perfecta. Nada más alejado de la realidad.
Esa noción de la literatura como producto de la inspiración se riñe con lo que en realidad ocurre. Menos que una idea que surge de manera mágica en nuestras mentes, lo que hay es una predisposición emocional, pero también cerebral, para la escritura. En el libro “The Midnight Disease. The Drive to Write, Writer’s Block, and the Creative Brain” (no traducido al español), la neuróloga Alice W. Flaherty, investigadora sobre la biología de la creatividad humana, argumenta que la escritura ocurre debido a la actividad específica de algunas regiones del cerebro. Este viene conformado de manera que los estímulos externos o internos le brindarán las ideas, pero más importante aún, la estructura intrínseca y la capacidad de trasladar esas ideas y emociones a una forma de lenguaje.

La inspiración no es algo que puede salir a buscarse o provocarse. El escritor debe saber escucharse a sí mismo y saber distinguir entre el bullicio de su monólogo interno, las frases o las ideas que están allí y que tienen el potencial para representarse por medio de una historia.

Vamos archivando en nuestras mentes muchos pensamientos y recuerdos que de pronto, ante el estímulo más inesperado, nos presenta una película completa. Cuando el estímulo correcto aparece (una suerte de llave que abre ese candado bajo el cual tenemos en silencio esas historias), saltan a primer plano de nuestra mente con una fuerza abrumadora que nos obliga a escucharla y a escribirla.

Muchos escribimos para intentar comprender el mundo y la realidad. Para hacernos preguntas y contestarlas, desde un plano de honestidad que solamente la literatura puede permitir. Escribir historias, contarlas a otros, tiene que ver con nuestros inventarios personales de descubrimientos íntimos, es decir, tiene que ver con nuestra esencia humana, con el resultado de nuestras observaciones sobre la vida. Queremos compartirlo con alguien, con una persona, con alguien que lea y que comprenda exactamente de lo que estamos hablando. En cierta medida, se escribe para sentirnos menos solos en el mundo.

El estímulo más inesperado puede desencadenar una voz interna en el escritor, que empieza a contarse a sí mismo una historia, una larga y compleja historia, a partir de algo que vio, escuchó, leyó, pensó o sintió. Lo que el lector termina leyendo es una ínfima parte de un texto más complicado, que se desarrolla en varios planos de la imaginación y de la psique mientras lo vamos escribiendo.

Los escritores estamos preparados para reconocer esos chispazos o ideas detonadoras de historias en cualquier momento y circunstancia, sin tener que provocar el escenario para ello: en el embotellamiento del tráfico, en el supermercado, en la fila de espera de un banco, en medio de una conversación aburrida o del tedio laboral. La mente creativa no descansa nunca.

Supongo que ese inexplicable destello, esa idea inicial es de lo que hablan algunos cuando hablan de inspiración. Pero ese destello, ese “¡eureka!” no sirve para nada si no se traslada a la escritura. Thomas Edison decía: “El genio consta de 1 % de inspiración y 99 % de transpiración”. En dependencia de la intención de quien lo haya escrito, el texto jamás podrá ser tomado como literatura si no pasa por esa transpiración de la que habla Edison, un implacable proceso de trabajo.

La escritura tiene momentos misteriosos e inexplicables, no puede negarse. Quienes creen en la inspiración, podrán decir que son mágicos. Como cuando parece que alguien te está dictando un texto y uno se siente médium; o como cuando se nos repite mentalmente una frase extraña en la cabeza durante días y al escribirla, surgen varias páginas de un tirón y no se tiene ni idea de dónde salió todo aquello; o como cuando uno se obsesiona tanto por escribir un texto que no come, no duerme y no para hasta terminar, aún a costa de la misma salud física o mental.

Pero quienes asumimos el oficio de la escritura sabemos que el trabajo no termina ahí. Porque para plasmar en un texto esa misma pasión inicial que sentimos por la historia, se requerirá de un interminable número de revisiones; reescritura de párrafos o capítulos o del libro entero; botar, botar, botar, botar; ser inmisericorde con el texto y dejarlo en su mejor estado posible.
Esto puede tardar semanas, meses, años de trabajo de edición, que es la parte más difícil de la escritura. “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”, dijo Picasso alguna vez. En la escritura, el ínfimo instante de la inspiración o el surgir de una idea no es tan importante como todo lo que viene después, que no es nada mágico. Porque la chispa de la supuesta inspiración es apenas el comienzo de toda una larga y compleja labor creativa.

Las chifladuras de la creatividad

Recuerdo que en horas del atardecer, cuando niño me gustaba acostarme sobre la grama de la calle, porque mi casa tenía características rurales. No había electricidad ni agua potable, para dar una idea. Pero sí había mucha alegría de vivir que transmitía mi modesto grupo familiar. En ese entonces, quizá en primer grado, me propuse contar las estrellas, boca arriba. La idea era descubrir la primera, comenzar la cuenta. Pensaba sorprender al cielo si las contaba a medida que iban apareciendo, pues mi maestra de parvularia me había dicho que el número de astros era infinito. En San Miguel, de cielo limpio, era fácil el conteo, pero a medida que se tachonaba de parpadeos de luz se volvía difícil contar. Y así comenzó mi interés por los números.

Ya más crecidito, en educación básica, me dio por hacer operaciones sobre la distancia en kilómetros entre el planeta Tierra y el Sol; o los lejanos soles. Supe que la luz solar tarda en llegar a la Tierra 8 minutos. Me asombró saber que la medida de longitud entre los astros era el segundo-luz; y que Alfa del Centauro, la estrella o sol más cercano de la Tierra está a 4.36 años luz, y si en segundos equivalía a 299,792 kilómetros, en una hora la distancia-luz sería de 1,080 millones de kilómetros. Desconocía que existen otros medios de medición de distancias astronómicas para ahorrarse papel y dígitos… y locura infantil.

¿Se pueden imaginar la distancia calculada a Alfa del Centauro, si está a cuatro años y medio-luz? Comenzaba a multiplicar cuántos segundos hay en una hora, y en cuatro años y pico. Si el segundo equivale a casi 300,000 kilómetros por segundo. Un asombro hermoso.

Comencé a calcular distancias de otros soles, a puro lápiz. Hasta ahora sé que las chifladuras tienen que ver con la creatividad, esa capacidad de generar ideas propias a partir de ideas ajenas o estrafalarias que el oficio de escritor me permitió. Me gusta, por ejemplo, lo de mi novela “Los poetas del mal”, donde hablo del arma de destrucción masiva de los chinos: una cuerda de nylon y un reloj, para que cuando venga por el aire la lluvia atómica, saltar la cuerda al mismo tiempo y desviar la ruta del planeta. Y que la bomba se pierda en las galaxias. O la posibilidad masculina de salir embarazado.

Después reparé que la Tierra viaja unos 210 kilómetros por segundo hacia las galaxias, como ir en un vehículo a la velocidad de 12,600 kilómetros por minuto, es trasladarse de Nueva York a Pekín (China) en 45 segundos. Y tenemos millones de años moviéndonos en el espacio interestelar. Inimaginable lo que recorre en una hora, en un mes, o en 100 siglos si en un segundo recorre casi 13,000 kilómetros.
Como estudiante de educación media hacía operaciones por recreación, medir la distancia de la Tierra a una estrella a 100 años-luz. ¿Cuántos segundos hay en un año, esto se multiplica por la cantidad de segundos que hay en 100 años-luz. En esos intríngulis mi madre que su hijo era raro, “me das miedo”, me dijo un día. Quizá porque para tales experimentos necesitaba estar solo, aunque más tarde me iba a jugar fútbol y a hacer maldades de niños con mis primos Éver Cristo y Ennio de Jesús: cazar garrobos o sustraer frutas del cercado ajeno.

Agradezco esas chifladuras porque desde niño fui cultivando una vocación por los números (en sexto grado daba clases de aritmética a las niñas del barrio, no sé por qué solo a niñas). Cuando vine a San Salvador a estudiar jurisprudencia (el famoso doctorado de siete años), pese a tener a temprana edad dos primeros premios de poesía, y gran amor por la literatura, opté por certificarme en el MINED como profesor de Matemáticas. Di clases de álgebra en Santa Tecla, el Damián Villacorta, hasta que por “orden superior” fui despedido.

La razón: antes de comenzar la clase de álgebra, daba unos 3 minutos de educación cívica, y el único que me protestaba era un niño de 13 años que después fue un reconocido oficial, blanco de amor y odio, según la gente se considere víctima o victimaria. Cuando las autoridades se dieron cuenta de mis 3 minutos cívicos, después de tres años de impartir la materia, me prohibieron continuar como profesor por hablar temas ajenos a las Matemáticas (aunque solo eran 2 o 3 minutos). O bien por poeta de versos excedidos en ideas, pues ya era reconocido por los premios. Me quedé sin trabajo, dejé de ser “poeta rico”, como me decían mis compañeros de generación literaria, pues como profesor joven (desde 18 a los 21 años), los podía invitar al estilo de los jóvenes de la época, a café o bohemia sana con intercambio de ideas y libros de literatura.

Cuando ingresé a la universidad, un talentoso catedrático, mi gran amigo Pepe, me decía que yo le preocupaba pues me encontraba ciertos rasgos de retraso mental. Claro, si desde niño me proponía a hacer esas investigaciones sin mayores fuentes de investigación, excepto por lecturas periódicas (diarios y revistas), me imagino que como poeta o estudiante de derecho planteaba problemas chiflados (nunca referido a las ciencias jurídicas), esto lo dejábamos para las aburridas horas de clase.

Estas experiencias nos formaron una cultura propositiva precoz. Por ejemplo, Roberto Armijo ya había publicado libros de ensayos sobre T. S. Eliot y sobre Rubén Darío antes de los 24 años; Roque Dalton, a los 25 años, conoció la penitenciaría central, siendo reconocido poeta, periodista y polemista inteligente; mi persona conoció la expatriación, o expulsión, a los 23 años; Ítalo López Vallecillos era director de un periódico nacional a los 26 años; y a la misma edad, Álvaro Menéndez Leal fundaba el primer TV periódico y dirigía un semanario escrito (verlo en la Biblioteca Nacional). Precocidades y chifladuras demasiado riesgosas por romper con el aullido de la palabra los conformismos del silencio.