Las chifladuras de la creatividad

Recuerdo que en horas del atardecer, cuando niño me gustaba acostarme sobre la grama de la calle, porque mi casa tenía características rurales. No había electricidad ni agua potable, para dar una idea. Pero sí había mucha alegría de vivir que transmitía mi modesto grupo familiar. En ese entonces, quizá en primer grado, me propuse contar las estrellas, boca arriba. La idea era descubrir la primera, comenzar la cuenta. Pensaba sorprender al cielo si las contaba a medida que iban apareciendo, pues mi maestra de parvularia me había dicho que el número de astros era infinito. En San Miguel, de cielo limpio, era fácil el conteo, pero a medida que se tachonaba de parpadeos de luz se volvía difícil contar. Y así comenzó mi interés por los números.

Ya más crecidito, en educación básica, me dio por hacer operaciones sobre la distancia en kilómetros entre el planeta Tierra y el Sol; o los lejanos soles. Supe que la luz solar tarda en llegar a la Tierra 8 minutos. Me asombró saber que la medida de longitud entre los astros era el segundo-luz; y que Alfa del Centauro, la estrella o sol más cercano de la Tierra está a 4.36 años luz, y si en segundos equivalía a 299,792 kilómetros, en una hora la distancia-luz sería de 1,080 millones de kilómetros. Desconocía que existen otros medios de medición de distancias astronómicas para ahorrarse papel y dígitos… y locura infantil.

¿Se pueden imaginar la distancia calculada a Alfa del Centauro, si está a cuatro años y medio-luz? Comenzaba a multiplicar cuántos segundos hay en una hora, y en cuatro años y pico. Si el segundo equivale a casi 300,000 kilómetros por segundo. Un asombro hermoso.

Comencé a calcular distancias de otros soles, a puro lápiz. Hasta ahora sé que las chifladuras tienen que ver con la creatividad, esa capacidad de generar ideas propias a partir de ideas ajenas o estrafalarias que el oficio de escritor me permitió. Me gusta, por ejemplo, lo de mi novela “Los poetas del mal”, donde hablo del arma de destrucción masiva de los chinos: una cuerda de nylon y un reloj, para que cuando venga por el aire la lluvia atómica, saltar la cuerda al mismo tiempo y desviar la ruta del planeta. Y que la bomba se pierda en las galaxias. O la posibilidad masculina de salir embarazado.

Después reparé que la Tierra viaja unos 210 kilómetros por segundo hacia las galaxias, como ir en un vehículo a la velocidad de 12,600 kilómetros por minuto, es trasladarse de Nueva York a Pekín (China) en 45 segundos. Y tenemos millones de años moviéndonos en el espacio interestelar. Inimaginable lo que recorre en una hora, en un mes, o en 100 siglos si en un segundo recorre casi 13,000 kilómetros.
Como estudiante de educación media hacía operaciones por recreación, medir la distancia de la Tierra a una estrella a 100 años-luz. ¿Cuántos segundos hay en un año, esto se multiplica por la cantidad de segundos que hay en 100 años-luz. En esos intríngulis mi madre que su hijo era raro, “me das miedo”, me dijo un día. Quizá porque para tales experimentos necesitaba estar solo, aunque más tarde me iba a jugar fútbol y a hacer maldades de niños con mis primos Éver Cristo y Ennio de Jesús: cazar garrobos o sustraer frutas del cercado ajeno.

Agradezco esas chifladuras porque desde niño fui cultivando una vocación por los números (en sexto grado daba clases de aritmética a las niñas del barrio, no sé por qué solo a niñas). Cuando vine a San Salvador a estudiar jurisprudencia (el famoso doctorado de siete años), pese a tener a temprana edad dos primeros premios de poesía, y gran amor por la literatura, opté por certificarme en el MINED como profesor de Matemáticas. Di clases de álgebra en Santa Tecla, el Damián Villacorta, hasta que por “orden superior” fui despedido.

La razón: antes de comenzar la clase de álgebra, daba unos 3 minutos de educación cívica, y el único que me protestaba era un niño de 13 años que después fue un reconocido oficial, blanco de amor y odio, según la gente se considere víctima o victimaria. Cuando las autoridades se dieron cuenta de mis 3 minutos cívicos, después de tres años de impartir la materia, me prohibieron continuar como profesor por hablar temas ajenos a las Matemáticas (aunque solo eran 2 o 3 minutos). O bien por poeta de versos excedidos en ideas, pues ya era reconocido por los premios. Me quedé sin trabajo, dejé de ser “poeta rico”, como me decían mis compañeros de generación literaria, pues como profesor joven (desde 18 a los 21 años), los podía invitar al estilo de los jóvenes de la época, a café o bohemia sana con intercambio de ideas y libros de literatura.

Cuando ingresé a la universidad, un talentoso catedrático, mi gran amigo Pepe, me decía que yo le preocupaba pues me encontraba ciertos rasgos de retraso mental. Claro, si desde niño me proponía a hacer esas investigaciones sin mayores fuentes de investigación, excepto por lecturas periódicas (diarios y revistas), me imagino que como poeta o estudiante de derecho planteaba problemas chiflados (nunca referido a las ciencias jurídicas), esto lo dejábamos para las aburridas horas de clase.

Estas experiencias nos formaron una cultura propositiva precoz. Por ejemplo, Roberto Armijo ya había publicado libros de ensayos sobre T. S. Eliot y sobre Rubén Darío antes de los 24 años; Roque Dalton, a los 25 años, conoció la penitenciaría central, siendo reconocido poeta, periodista y polemista inteligente; mi persona conoció la expatriación, o expulsión, a los 23 años; Ítalo López Vallecillos era director de un periódico nacional a los 26 años; y a la misma edad, Álvaro Menéndez Leal fundaba el primer TV periódico y dirigía un semanario escrito (verlo en la Biblioteca Nacional). Precocidades y chifladuras demasiado riesgosas por romper con el aullido de la palabra los conformismos del silencio.

Memorial del olfato

El olor a libros cuando abro la puerta de mi casa. El olor a libros cuando abro la puerta de mi estudio.

Olor de libro viejo. Olor de libro nuevo. Olor a tinta recién impresa.

El olor a comida en el vecindario. Olor a plátanos fritos, a carne asada, a sopa de res, a cebolla frita. Olor a frijoles que se queman en la olla. A pan quemado. A familias sonrientes sentadas ante una mesa pródiga en alimentos. Gente feliz comiendo comida feliz en ese mundo al que los tristes no podremos entrar jamás.

El olor del humo de la carretera Panamericana. El olor café y gris del esmog. El olor de los autobuses que viajan a occidente. El olor del interior de esos autobuses.

El olor a moho, a humedad. El olor a pino y cipreses de la casa de mi infancia en Los Planes de Renderos. El olor de los mangos podridos entre la hojarasca del parque Balboa. El olor de la hojarasca del bambú. El olor de las hormigas negras que caminaban en línea recta, siempre, sobre el filo de una pared de la casa. El olor de los príncipes negros en el rosal de mi padre. El olor del azahar en los naranjos del terreno. El olor amargo de sus hojas.

El olor del jugo de naranja recién exprimido, cada mañana. El olor del after-shave Old Spice que usaba mi padre. El olor a café con leche que se me quedaba estampado en la mejilla después que me daba el beso de despedida, cuando se iba al trabajo.

El olor del jabón Salvavidas que mi padre usaba para bañar a los perros de la casa. El olor de las gallinas. El olor de mis gatos. El olor a canela cuando el veterinario abrió el pecho de una gata muerta para hacerle una autopsia.

El olor de la mata de guineo cuando es cortada. La leche de sus entrañas manando pegajosa, la sangre blanca de la mata, el tronco llorando savia. Morir para que otros vivan. Nacer para que otros mueran.

El olor revuelto de pinos y mar al bajarme del carro al llegar a Isla Negra, en Chile. El golpe del olor del mar cuando el carro enfilaba en el cruce hacia San Diego, en los domingos familiares. Aspirar fuerte, acechar el olor, añorarlo, extrañarlo, desear sentirlo de nuevo. El verde aroma de los mares.

El olor dulzón de los ríos. El olor del lodo que se pudre en el fondo de los ríos. El olor a lluvia que viene contenido en una ráfaga de viento. El olor del aire cuando se acerca una tormenta, corriente abajo. Olor a agua. El agua que viene rodando con su cuerpo de nubes, elefantes de agua que se deshacen sobre el mundo. El olor de la tierra mojada. El olor de los verdes y las flores y los frutos. El olor de la vegetación que brota. El recuerdo del trópico húmedo, cuando era mujer de río.

El olor del polvo. El olor de lo reseco. El olor de la carretera a Panchimalco, cuando era un camino de tierra. El olor del incienso en la misa de peregrinos al terminar el Camino de Santiago, en la Catedral de Compostela. El olor a copal y estoraque en una ceremonia al Maximón, en Atitlán.

El olor de la cabina de un avión. El olor a motor, a combustible, el olor a grasa y metales voladores de los aeropuertos.

El olor de las funerarias. El olor a flores y perfumes revueltos que pesan en el pecho, que resultan nauseabundos. El olor de los hospitales. El olor de un asilo de ancianos. Olor a medicamentos y desinfectantes, a excrementos y tumores.

Funerarias, hospitales, aeropuertos comparten un olor común: el olor de las despedidas, el olor de la tristeza, el olor del llanto, el olor del final, el olor del adiós. El olor del dolor. Aunque hay excepciones. A veces nace un niño, retorna un ser amado, una vida se salva, una familia se reúne. Entonces son olores confundidos: besos, labiales, perfumes, lágrimas, saliva, un mínimo aliento alcohólico debido al trago que se bebió para tomar valor de decir una verdad importante, el pelo, el cuello, el ácido de un sudor. El olor de dichas circunstancias es el resultado de la mezcla a dosis iguales de alegría, alivio, miedo, ansiedad, nerviosismo. El amor va en dosis doble. Siempre.

El olor a pan tostado por las mañanas. Olor a café recién molido, a café recién hecho. El olor del pan recién horneado en las panaderías del centro de San Salvador. El olor a humo de madera cuando se encendía el fogón de la cocina en la finca de enfrente. El olor de la ceniza.

El olor del cigarro que alguien fuma en la calle. Nostalgia de mis días de fumadora, de fumar tabaco de hebra y enrollar mis propios cigarrillos.

El olor a sangre en un matadero, recién realizado un destace. El olor de la fritura de los primeros chicharrones. El olor de la pimienta que casi siempre me hace estornudar. El olor del chile jalapeño que me hace salivar. El olor de la cebolla que me hace llorar.
El olor de la pólvora quemada después del frenesí de las medias noches de fin de año. El olor de la esperanza. El olor de la pólvora de un disparo.

El olor de una casa nueva. De una casa recién pintada. El olor de las cosas nuevas, del plástico que las envuelve.

El olor de una Pilsner Urquell cuando te acercás el vaso a la boca para tomar el primer trago. El olor de los barcos que entraban a las esclusas de Saint-Nazaire. El olor de comida turca y salchichas en las calles de Berlín. El olor de un árbol de ylang-ylang en Tortuguero.

El olor de jazmines en una calle de Coatepeque.

El olor como una forma de recuerdo.

Ocio y reflexiones literarias

Desde hace varios años me ha llamado la atención el poco interés de la crítica latinoamericana sobre los escritores de Centroamérica; pero también suplementos literarios y críticos de nuestro país, que optan por estudiar a los “grandes” escritores. No falta ni García Márquez, ni Mario Vargas Llosa (para mí, uno de los mejores narradores contemporáneos) o Julio Cortázar (uno de mis maestros). A veces se menciona al argentino Ernesto Sábato o al uruguayo Juan Carlos Onetti. Jorge Luis Borges es omnipresente, en especial por las influencias europeas.

Por lo demás, poco a poco se está excluyendo a Pablo Neruda, casi olvidado; Octavio Paz, a punto del olvido; Miguel Ángel Asturias (totalmente invisible). Sin embargo, los dos primeros mencionados por tener un entorno cultural y educativo avanzado (Chile y México respectivamente) no afecta mucho, por lo menos no son marginados en su propio país. Con Asturias ha comenzado su resurrección, en la actual Guatemala. Los tres son Premio Nobel, y su obra los hace permeables a su estudio, quizás el futuro los salve.

Aquí es donde vienen algunas de las preguntas relacionadas con la crítica: ¿cuándo se habla de “grandes” será por provenir de países grandes? ¿Grandes por tener editoriales muy profesionales que les interesa comercializar al libro y al autor como corresponde a toda editorial? ¿Qué pasaría si Gabriela Mistral o García Márquez hubiesen nacido en El Salvador o en Honduras o Haití, se habrían congelado en sus propios países? A propósito recuerdo el consejo de Juan J. Cañas cuando le dijo, en El Salvador, al adolescente Rubén Darío (la gran excepción): “Debes salir de estos países si quieres desarrollar el talento que tienes para la poesía”. Darío acogió el consejo, previas cartas de recomendación de su “maestro” y exdiplomático para que pudiera ubicarse en Chile o en Argentina. Se ve que desde aquellas épocas existió gueto literario en los países pequeños, donde la palabra no se vende o se vuelve prisionera.
Respecto de los encierros también hay países centroamericanos que se liberan fortaleciendo la capacidad lectora, caso de Costa Rica y Panamá. Creo que Ecuador, Venezuela y Perú han decrecido si comparamos la literatura actual con su literatura de la última mitad del siglo XX. Colombia es un caso especial con gran promoción de la poesía, el despliegue de narradores tiene pujante presencia.

De acuerdo con una tendencia de mediados del siglo XX se dijo que antes de pensar en libros, en lectura y aun en educación lo primero es comer; les pareció inocuo o riesgoso liberar la palabra. Se hizo caso omiso de que el libro es complemento educativo, produce mentalidades de cambio, forma conductas propositivas y creativas e implica desarrollo. Porque educa al ciudadano para conseguir su comida y la de otros, tiene “armas” imperecederas que nadie va a pensar en destruir o a entregar (“armas” de papel o digitales), diferentes a las otras armas de coyuntura. Veamos si no, en el pasado, a Napoleón Bonaparte, o Hitler, y entre nosotros Barrios y Morazán. Masferrer ya planteaba en 1915 esta idea de manera muy fuerte: la lectura educa “para no ser manipulado”.

Es posible que el prejuicio provenga desde la antigüedad porque tanto “escuela” como “filosofía” y “literatura” tienen origen lingüístico en el ocio. Los guerreros eran los propiciadores de la riqueza por medio de invasiones y despojos. A propósito, repito la conocida anécdota sobre el escritor inglés Bernard Shaw, sentado en el porche de su casa, quien es saludado por un vecino: “Mr. Shaw, ¿descansando? El humanista le responde: “No, trabajando”. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw limpia su jardín. El vecino: “¿Mr. Shaw, trabajando? Shaw la responde: “No, descansando”. Para el vecino Shaw era además de ocioso un loco.

Me hago la pregunta en la modernidad, ¿se aprovechan los escritores del trabajo de los demás? ¿Sirve escribir un libro que nadie va a leer? Preguntas del millón. ¿O es para ganar honores mientras otros sudan la gota gorda? Por ahí, el prejuicio cultivado desde la antigüedad.

A medida que avanzaron los tiempos, el ocio se volvió visible al surgir el humanismo, la literatura; la imprenta revoluciona al mundo, puso el libro fuera de las catacumbas religiosas, rompe las ataduras oscuras de la herejía y las brujas para ir avanzando la civilización con ideas transformadoras y deja atrás la sociedad basada en el garrote, la guerra y las hechicerías. Todo parecía inamovible. Iba bien sin imprenta, sin libros… y sin Gutenberg.

Según como respondamos estas preguntas, podemos complicarnos las respuestas. Pero mis reflexiones son para preguntarse si acaso la literatura joven y la contemporánea servirán para algo. Y si vamos a considerar ociosas las proyecciones de este oficio ahora relacionado con la imagen y la palabra y el pensamiento volando a la velocidad de la luz.

Continuemos preguntándonos: ¿Qué pasará con nuestra narrativa de inicios del siglo XXI? ¿Será borrada con la prisa de los nuevos tiempos? ¿Seremos los primeros en desaparecer, los grandes y pequeños de América Latina? La pregunta pareciera boba, pero recordemos que a Francisco Gavidia ya lo tenemos guardado en el clóset. Masferrer sí logra sacar la cabeza. Conste, a ninguno de los dos se les desconoce el nombre y hasta se les hace algún afiche para no olvidar los rostros. A Claudia Lars, pese a su dimensión, se desconoce más allá de El Salvador. A Alfredo Espino por lo menos gusta a los neófitos de la literatura y los niños lo disfrutan, perciben su sencillez y musicalidad.

Pese a todos las nuevas generaciones de escritores de alguna manera se regeneran y hacen despertar los fantasmas, porque el libro y la lectura nos recuerdan a cada quien –lectores o no lectores– que existimos. Sin duda la obra actual es contrapropuesta a la obra del pasado. Los invisibles subsisten en la nueva literatura, respiran al unísono. El escritor necesita del ocio y siendo el oficio más solitario del mundo aparece como un asocial. No importa, propone y contribuye a un mundo distinto.

El diablo violador de derechos humanos

El 3 de mayo de 1972, un grupo de personas encabezado por la folclorista María de Baratta; el párroco de Los Planes de Renderos, Bonicio Morín; y el alcalde de Panchimalco, Nolberto Benítez, ejecutaron una ceremonia para renombrar el lugar que conocemos como la Puerta del Diablo. El párroco Morín colocó allí una cruz de madera, la roció con agua bendita y ordenó al diablo a abandonar el lugar, que fue bautizado como “la Puerta de los Ángeles”.
La ceremonia se realizó luego de que Morena Celarié, reconocida bailarina folclórica, apareció muerta en el lugar. Aunque siempre se habló de un suicidio provocado por sus intensas depresiones, la familia se negó a aceptarlo; pero ninguna de las otras versiones sobre su muerte pudo ser confirmada.

La señora de Baratta, consternada por la muerte de su amiga Celarié, pensó que un cambio de nombre evitaría que hubiera más muertes en el lugar. Los vecinos de Los Planes de Renderos se opusieron a ello y tildaron de loca a doña María. Los diputados de la Asamblea Legislativa también se opusieron porque el cambio no tenía fundamentos legales. De hecho, los diputados del entonces gobernante Partido de Conciliación Nacional (PCN) aducían que el nombre debía mantenerse. El Gobierno impulsaba por entonces una fuerte campaña para aumentar el turismo en el país y el cambio de nombre haría evidente el incremento de la violencia, algo que podría espantar a los potenciales turistas.

El año pasado surgió el Movimiento Cambio de Nombre que intenta, de nuevo, hacer lo mismo. Dicho movimiento está conformado por miembros de varias denominaciones religiosas. Según sus responsables, el lugar es “un altar de adoración a Satanás” y cambiar la palabra “diablo” por “Jesús” serviría para frenar la violencia del país.

De esto nos enteramos los ciudadanos cuando hace pocas semanas, los miembros del mencionado movimiento acudieron a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) a solicitar su intervención en el asunto. La sorpresiva respuesta de la PDDH fue que la petición sería analizada por su Consejo Consultivo de Pastores. La noticia provocó interminable cantidad de críticas y preguntas, al punto que la PDDH borró de sus redes sociales la nota en que hizo pública dicha reunión.

Para comenzar, el nombre histórico de una formación natural no constituye una violación ni amenaza a los derechos humanos de los salvadoreños. Por lo tanto, esto no es tarea que incumbe a la PDDH. Por otro lado, ¿por qué una institución que se supone autónoma e independiente tanto de partidos políticos como de instituciones religiosas, tiene un Consejo Consultivo de Pastores?

Cambiar el nombre de la Puerta del Diablo implica descartar e ignorar las leyendas relacionadas con el origen de la formación pétrea, leyendas que forman parte de nuestro acervo cultural. Como planeña que se crió y vivió en Los Planes durante casi 25 años, conozco cuatro variantes de esas leyendas que se transmitían por vía oral entre los que habitamos aquel cantón.

Fue el historiador Jorge Lardé y Larín quien documentó una copiosa tormenta registrada en octubre de 1762, cuyos caudales portentosos socavaron la base del cerro, causando un derrumbe de magnitudes descomunales. Las leyendas surgieron a partir del estruendo y los retumbos de aquel derrumbe pétreo. Esto detonó las especulaciones de los lugareños.
Cuando el poeta Raúl Contreras comenzó a llamarlo “la Puerta del Diablo”, lo que hizo fue expresar en voz alta el nombre que ya los habitantes de los alrededores habían asumido como propio y que desplazó su nombre original, cerro El Chulo, que según su toponimia significa “el lugar del desertor” o “el lugar del fugitivo”. Lo de desertor o fugitivo terminó incorporado en esas leyendas, que en todas sus versiones culminan con alguien, incluso el diablo, huyendo hacia el cerro, donde la gente desaparece o muere.

Todos quisiéramos poder encontrar una solución a las múltiples manifestaciones de violencia que nos agobian. Pero es ingenuo pensar que el cambio de nombre de un lugar lo logrará. La supuesta expulsión del diablo realizada en 1972 no impidió que la gente siguiera suicidándose allí, que las fuerzas de seguridad lo ocuparan como botadero de cadáveres de los enemigos políticos del Gobierno y que se desatara la guerra de los ochenta, con las consecuencias que ya todos conocemos.

El diablo anda suelto, es cierto, pero habita en los corazones de todos esos padres, tíos, hermanos, amigos, vecinos y maestros que atormentan a nuestras niñas, violándolas y obligándolas a parir cuando ni sus cuerpos ni sus mentes están preparados para la inmensa responsabilidad que implica la maternidad. El demonio también habita en esos sacerdotes y párrocos pedófilos que, abusando de su posición de autoridad, violan a niños, fenómeno del cual se habla aún menos, porque el machismo imperante nos impide hablar en voz alta de la violación a los varones, ejecutada también por otros miembros masculinos y hasta femeninos dentro de las familias salvadoreñas.

Nadie ni siquiera menciona la afectación a la salud mental, no solo de nuestra infancia violada, sino también de los bebés resultados de la violación, que la mayoría de las veces crecen en condiciones atroces de rechazo, agresión y pobreza, sin derecho humano alguno que les sea respetado. Después nos extraña que nuestra sociedad esté tan enferma y de que existan grupos e individuos que manifiestan su rabia y dolor ante la sociedad mediante el asesinato, el descuartizamiento, la violación y la implantación del miedo para todos.
Cambiar los nombres profanos por sacros no es la solución a la violencia imperante. Si fuera así de sencillo, el país viviría feliz desde 1972. Bajo esa lógica, al país tampoco le ha servido de mucho llevar el nombre del Divino Salvador del Mundo.

El verdadero cambio que necesitamos comienza por dejarnos de mojigaterías, hipocresía social e intereses mezquinos para emprender acciones concretas de cambio en la ciudadanía y las estructuras sociales. No en hacer cambios cosméticos a leyes e instituciones y mucho menos en cambiar el nombre de un cerro.

Personajes: Escobar Velado y Láscaris (II)

Cuando me refiero al poeta Oswaldo Escobar Velado y al filósofo Constantino Láscaris no pretendo un boceto biográfico, sino verlos a ellos desde mi persona, como cuando uno está frente a un espejo. Comenzar por ellos tiene que ver con la distancia que nos separa desde su ausencia, antes que el tiempo empañe el cristal y desaparezcan sus imágenes en las que me observo.

Porque cuando se escribe para hacer trascender un hecho, no solo para exponerlo, la clave para lograrlo se puede graficar en la famosa frase atribuida al novelista francés Gustave Flaubert: “Madame Bovary c’est moi” (“la señora Bovary soy yo”) refiriéndose al personaje de esa gran novela. Esa asimilación no incluye solo la escritura de ficción, sino también al periodismo, donde quien escribe se encuentra a sí mismo en un relato que va más allá de exponer el hecho. En pocas palabras, escribir siempre con el propio sentimiento. La emoción soy yo.

Esto me impulsó a pensar en la posibilidad de escribir dos partes sobre mis personajes: Oswaldo Escobar Velado y Constantino Láscaris. Porque siempre he encontrado una interacción entre ambas disciplinas: poesía y filosofía. Con más razón si son disciplinas donde las ideas y los sentimientos se imbrican para explicar otra realidad, la óptima, la que se está redescubriendo en el desarrollo humano, desde el uso del palo y el grito, hasta la fusión nuclear y las amenazas de exterminio humano.

Eso me hace unir a los dos personajes. Cada uno mira la vida en su peculiar modo de interpretar su papel social. Escobar Velado, un profesional de la jurisprudencia, escribe para decir “moriré, morirás, pero conmigo continuará mi grito…”. Con eso explica el deseo de hacer resonar su voz en favor de los demás, y espera que otros lo escuchen.

Láscaris escribe para conocer el país ajeno (Costa Rica) que hace suyo y para ello debe escribir sobre él para comprenderlo mejor. Importa que los escuchen diez o cien o mil personas, pero quiere dejar constancia que pasó por un mundo centroamericano buscando una verdad. Hace uso de la palabra “no solo para comunicar sino para sensibilizar”, (Heidegger). Cómo somos, cómo pensamos, tanto el costarricense, como el centroamericano, y por eso escribe sobre las ideas de Centroamérica, y se apropia de esa realidad, cómo convivimos, cómo somos. Y en el caso específico de su país de adopción lo reconoce como país de cultura campesina, sencillo en su origen, sin que signifique perder esa raíz. Al auscultar un alma nacional también debe juzgar o merodear entre bienestar y malestar social para construir. Se construye revelando identidad.

Escobar Velado escribe “Cristo América” (Venid a ver mi mapa desgarrado.

Ved el cuerpo del Cristo y sus venas azules); el poeta no solo molesta; punza el dolor mismo. Cada quien con las particularidades de la palabra de acuerdo con su disciplina trata de descubrir el destello entre las flores y las espinas. Los riesgos de la búsqueda.

Recuerdo cuando trabajé con Láscaris en el Instituto de Estudios Centroamericanos, Universidad de Costa Rica. Bajábamos acompañándolo, su equipo de trabajo, de la segunda planta hacia la primera planta del edificio de la facultad (Estudios Generales), a tomar café, ahí conversábamos. ¿Qué se puede conversar mientras se toma café a las 10 de la mañana? Cuando un equipo está por consolidarse se tiene que ser muy suelto, conversar sobre los temas, desde cómo proyectarse con la revista de poesía (que me tocaba a mí), y con ella tener canje para enriquecer la biblioteca inicial que quería construir sin presupuesto para libros; o bien planear un programa radial sobre antropología centroamericana.

Con esa soltura propia del que ve en la vida los problemas, Láscaris nos dice: “La gente pensará que estamos sentados en el café ganando fácil un salario, lo que no saben es que estamos haciendo filosofía”. Lo expresaba con sentido de humor y a la vez nos defendía con ironía crítica. Como decir no se preocupen, están con el sabio Láscaris. De esa manera, nos daba una lección antiburocrática, no se trata solo de calentar la silla de un escritorio. Para el filósofo la vida estaba en todas partes.

Constantino Láscaris desde lejanos ancestros, una noble familia griega originaria de Constantinopla, cuyo abolengo y apellidos se carga desde el siglo XIII, se enamoró de un país cuando aún no le llegaban los atisbos de modernización. Por eso había que participar en el cambio de una universidad relativamente nueva, mediante una reforma universitaria. Parte de un equipo académico que vio la educación como la clave de cambio (1956). “Hombre de buena fe que nunca se negaba a nada… Era una persona generosa que jamás haya conocido”, dicen sus colegas españoles.

Escobar Velado se dispersaba en diversas actividades, podía desarrollar diferentes disciplinas en coherencia con su palabra, siempre buscando tres pies al gato. Desde una revista (Gallo Gris) o un programa radial, ambos literarios, hasta la formación de un partido político, en una época que era una aventura ese tipo de manifestaciones. Incluso se unió a un militar reconocido, con lo cual ambos, militar y poeta, terminaron marginados de una vida normal, era un enemigo.

Pero no dejaba de participar en certámenes literarios, que por ser un maestro de la poesía era el usual ganador de premios, que él calificaba como “municipales y espesos”; y le cantaba a las reinas de las fiestas de las comunidades donde llegaba como poeta laureado. Así, jugando con la poesía, en la búsqueda de la democratización estuvo en el exilio en Costa Rica y Guatemala. ¿Cómo era posible una oveja negra en una familia de ovejas blancas? De Costa Rica trajo hermosos poemas de amor dedicados a Urania, y desde Guatemala nos trajo la palabra para “seguir cantando lo que nos duele cotidianamente, y cae como una gota amarga en el corazón”. Murió (1961) interno en un hospital siquiátrico, porque quiso estar solo, víctima de un cáncer; fomentemos un árbol de ceiba como monumento. Láscaris muere en 1979. Sin embargo, ambas vidas sobreviven.

No se vive de aplausos

El bien más importante para un artista o escritor es el tiempo. Tiempo para poder dedicarse a trabajar en su obra. Pero las reglas de la sociedad obligan a todo ser humano a buscar formas de sustento económico. Alimentación, vivienda, vestido, medicamentos, pensión de retiro laboral, acceso a la electricidad y al agua potable son necesidades básicas comunes a todos, artistas y escritores incluidos.

Se dice que “trabajar dignifica al ser humano”. No trabajar, no realizar una tarea considerada como útil o productiva en términos estrictamente económicos es visto como algo negativo. Dentro de esa distorsión, se cree que los oficios artísticos o creativos son inútiles, porque su labor no pasa por los parámetros convencionales de medición económica, como sí lo hacen otros oficios y profesiones.

Usted ve una película, mira un cuadro en un museo o galería, lee un libro y pocas, muy pocas personas, logran tener conciencia de la dificultad y el trabajo que implica la producción de una obra artística. Escribir una novela, por ejemplo, requiere por lo menos de un par de años de escritura cotidiana, aunque existen excepciones como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, que fue escrita en apenas seis días. Obras monumentales de la literatura han tardado mucho tiempo más en ser escritas, como El guardián en el centeno de J. D. Salinger, que tardó diez años en escribirse, y El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, que tardó 16.

Hay auténtico desconocimiento sobre lo que implica el trabajo creativo. Muy pocos lo consideran un trabajo en sí porque el arte y la literatura son vistos, consumidos y considerados como una actividad de ocio y entretenimiento. Pero para quienes realizamos este tipo de actividades se trata de nuestra habilidad o talento, de nuestro llamado vocacional, de un tipo específico de estructura mental que permea nuestra acción y pensamiento. Una cosa es un hobby de fin de semana u horas libres pero otra muy diferente es la vocación de vida. Para artistas y escritores, esto es nuestro trabajo, la dotación intelectual desde el cual construimos nuestra relación con la realidad. Contradecir ese llamado es mutilarnos, negar nuestra naturaleza, anularnos a nosotros mismos.

Parte del prejuicio hacia las disciplinas creativas es no reconocerlo como un trabajo que involucra una inversión de tiempo, estudio, experiencia y habilidades múltiples. El registro subjetivo del ser humano y la sociedad (que se encuentra en el arte, la literatura y la cultura en general), corre paralelo al llamado mundo profesional, donde el valor económico es considerado como prioritario y donde se nos fuerza a reprimir y subestimar nuestra esencia subjetiva y humana, esa esencia que constituye la materia prima del arte.

Conozco a varias personas talentosas, que empezaron con ímpetu una carrera artística promisoria pero que se quedaron en el camino, abrumados en parte por el conflicto entre lo económico y lo creativo. Por lo general un artista, para sobrevivir, debe dedicarse a trabajos que muchas veces están alejados de su talento creativo. Cuando además se tienen responsabilidades familiares, aportar ingresos se convierte en algo imprescindible. El tiempo para invertir en la obra propia se mira disminuido, tanto en cantidad como calidad. Si de remate se vive en un país cuyas instituciones públicas y privadas no ofrecen ningún tipo de estipendios, becas, premios o recursos para la creación artística, el panorama resulta desalentador.

“El artista vive del aplauso”, suele decirse, pero no es cierto. Quizás lo es para algunos oportunistas y bufones mediáticos que se auto denominan artistas y que se sienten satisfechos y halagados en su vanidad con solo lograr exposición y aplauso. Viven justamente para el ruido público. Al examinar su obra, nos damos cuenta que está lejos de tener mérito artístico. La verdad es que con aplausos no se paga el alquiler ni se compra comida.

Otro prejuicio absurdo sobre los artistas es que no deben cobrar o ser remunerados por su trabajo y que cuando lo hacen cometen una osadía repudiable que traiciona al arte mismo. Se cree que el artista debe regalar su obra o cobrar únicamente cifras simbólicas pero esto no compensa de manera realista el tiempo y los materiales invertidos en la creación, además que devalúa su oficio, su experiencia y su talento.

Hay un romanticismo distorsionado que exalta lo consecuente del artista sufrido, muerto de hambre y en permanente penuria, que no acepta un centavo por su obra porque eso significaría “venderse”. Se cree que eso le otorga dignidad a su arte. No sé qué tiene de digno que un artista viva con sobresaltos económicos y que muera en la pobreza, para que después de muerto, su trabajo sea vendido en millonadas por mercaderes oportunistas. O peor aún, que su obra sea olvidada por completo porque nunca fue reconocida durante la vida de su autor.

La revolución tecnológica está planteando espacios y opciones que apuntan no sólo hacia una discusión más objetiva sobre el reconocimiento del trabajo creativo y su apropiada remuneración, sino que también acentúa la necesidad de un cambio en el modelo de pago para los creadores. El crowdfunding, los micromecenazgos y la suscripción a contenidos web son parte de las nuevas alternativas que pueden permitir a los creadores invertir el tiempo necesario al desarrollo de un proyecto. Con ello también se puede reducir e incluso eliminar la engorrosa cadena de intermediarios que hay entre usted y una obra artística, intermediarios que van sacando su propia tajada económica y que reducen hasta el absurdo los honorarios que el creador termina recibiendo. Eso cuando los recibe.

Es hora de superar los prejuicios mencionados y de repensar el modelo de negocios de las diferentes disciplinas creativas. Porque ser artista no significa asumir un apostolado con votos de pobreza, donde hablar de arte y dinero en la misma oración es considerado pecaminoso o insultante. Es cuestión de valorar la obra y de ser justos con el artista, para alcanzar la dignidad y el respeto que su oficio bien merece.

Dos personas, dos naciones (I)

Hace una semana estuve en un conversatorio con 137 docentes en el evento de final de un diplomado-maestría sobre literatura y lenguaje. Las preguntas más frecuentes que me hicieron fueron respecto a escritores que me influyeron en novela y poesía. Aunque no lo mencioné, hasta ahora reparo que no solo influyen otros escritores y libros, sino personas, escriban o no escriban. Hay influencias para escribir y para vivir, y esto se conjunta en la literatura.

Recuerdo a dos grandes personalidades que influyeron en ejemplos de sensibilidad humana. Uno salvadoreño, Oswaldo Escobar Velado, poeta y abogado; otro español-costarricense, el maestro y filósofo Constantino Láscaris.

Del primero leí a temprana edad: “Árbol de lucha y esperanza”, donde encontré un poema inolvidable: “Romance de dos mujeres”, un poema que es un memorial a dos mujeres: Altagracia Kalil y Adelina Suncín, asesinadas por la seguridad del general Hernández Martínez. Por ese poema esas dos mártires siguen vivas para siempre.

Esto me hace recordar que en algunas poblaciones africanas se conmemora a una personalidad eligiendo un árbol. Nosotros podríamos elegir un poema o también hermosos árboles de ceibas, conacastes y de fuego. Y así tendríamos monumentos a Salarrué, a Claudia Lars, a Masferrer, a Escobar Velado, a García Flamenco, a Roque Dalton sin aplicar presupuesto estatal que debe destinarse a necesidades educativas, seguridad o salud.

Según Pedro Geoffroy Rivas, un iconoclasta por excelencia, el mejor poema en El Salvador de esa época de floración poética es “Moriré… morirás” de Escobar Velado. Aunque también está “Elegía infinita”, dedicado a su madre, o el más declamado en la bohemia soñadora de la época del Centro Histórico: “Patria exacta”. A Oswaldo le gustaba leer sus poemas a los poetas jóvenes en los encuentros de cafetín. Era su manera modesta de ofrecer un aprendizaje a los poetas. Recuerdo que le sugerí cambiar el verso final de su poema “Patria exacta”, con un verso final inmerecido; otro día me mostró el cambio: “Yo no la cambio, aunque me cueste el alma”.

Oswaldo tenía por el lado materno genes de sensibilidad humana y literaria, por bisabuelos y abuelos, los Velados. Y por el lado paterno, los Escobar, tenía propiedades dejadas a la madre que amaba a su hijo poeta, nunca lo abandonó en sus exilios ni en su enfermedad dipsómana. Vivían de sus rentas.

Otro personaje inolvidable fue el español-costarricense Constantino Láscaris Conmeno Micolaw, conocido como el sabio Láscaris en la Universidad de Costa Rica, descendiente directo de príncipes imperiales griegos.

Cuando llegamos decenas de funcionarios universitarios desterrados a Costa Rica (1972), se nos hizo silencio explicable, por ser desterrados en una Costa Rica paradisíaca. En plena ciudad de San Pedro, donde se sitúa la universidad icónica, dormíamos con las puertas abiertas; la leche y el pan se dejaban en la calle frente a las casas, desde la madrugada, lo que creaba malas tentaciones para los forasteros sin trabajo.

Un día, en una gasolinera con mi amigo abogado Tomás Guerra, también salvadoreño desterrado desde antes, me encontré con don Constantino. “¿Ya está trabajando?”, me preguntó. Le respondí que no, aunque ya editaba libros como freelance, recomendado por otro poeta salvadoreño en Costa Rica, director de la editorial EDUCA, Ítalo López Vallecillos. En la gasolinera, a la par nuestra se estacionó otro auto. Conocía de vista a la persona. Lo saludé. ¿Quién no conocía al sabio Lácaris?

La pregunta me la hizo desde su vehículo. Respondo dudoso que no. “Usted no trabaja porque no quiere, aquí hay muchos que lo conocen y estiman”. Tomás me pregunta: “¿Cómo has conocido a don Constantino?” Respondo: “Sé algo de sus libros, pero hasta ahora lo conozco en persona”. “Oye, con él tenés abiertas las puertas de la universidad, tomale la palabra”. Yo tenía apenas tres meses de estar en Costa Rica y me sentía desempleado.

Constantino Láscaris escribió un libro que parte de una verdad: “Quien ve algo todos los días no lo ve, entonces se aprecia mejor a Costa Rica como forastero, el ser y convivir de los costarricenses”. Así se justifica y se disculpa por lo que diga, pero con un elogio: “Los modos de convivencia costarricenses son únicos, modelo para el mundo”.

Yo comencé a conocer Costa Rica por los libros, trabajando como editor: “La dinastía de los conquistadores”, Samuel Stone; “El costarricense”, Constantino Láscaris; “Los grupos de presión en Costa Rica”, Óscar Arias Sánchez; “Así vivimos los ticos”, de Miguel Salguero. Sin este trabajo cuidando ediciones, hubiese sido difícil conocer algunos aspectos del corazón costarricense, alguien que había llegado en contra de su voluntad. Mucho después conocí la extensa bibliografía épica de la Guerra Patria Centroamericana contra el supremacista William Walker.

Me convencí de visitar al Dr. Láscaris a la Universidad de Costa Rica (UCR); además, por intercesión de esta, nos sufragaba al grupo universitario desterrado la vivienda y el desayuno. Me explicó que estaba queriendo fundar, sin presupuesto, un Instituto de Estudios Centroamericanos, y que los salvadoreños desterrados podían ser la base para ese instituto.

Con modestas funciones y salarios ídem, entramos a trabajar con él tres compatriotas. Láscaris pensaba que a la universidad le faltaba una proyección centroamericana, que estaba pensando en varios contratos para su proyecto. Y me nombró director de una revista de poesía. Después me sugirió visitar al poeta clásico de Costa Rica Isaac Felipe Azofeifa, que tenía buenas referencias mías y era decano de la facultad más grande de la UCR. “Conmigo gana apenas para comer, pero ahora ya es empleado universitario, y puede visitar a don Isaac, propóngase como profesor de literatura centroamericana”.

Y con ese gesto de la magia sensible del filósofo Láscaris, pude ingresar a esa universidad que en estos momentos su ciudad universitaria ha crecido el doble con su increíble Universidad de las Ciencias.

Renuncié ocho años después, cuando llegaron miles de campesinos salvadoreños refugiados por la guerra, fui a trabajar con ellos, a apoyar su desarrollo en un país y ciudad diferentes a su dramática condición de vida.

Un pájaro sin plan de vuelo

Una mujer está sentada en el interior de una carpa ubicada en la calle La Cañada 7200 del barrio La Reina, en las afueras de Santiago de Chile. En la mano tiene un revólver.

Ella misma montó aquella carpa. Ella misma construyó el escenario con piedras y cemento. Aquella mujer, Violeta del Carmen Parra Sandoval, había regresado un par de años antes a su país. Había pasado una estadía en varias ciudades europeas donde dio recitales, grabó discos, actuó en presentaciones de radio y televisión, bordó arpilleras, hizo estatuas de alambre, pintó cuadros, escribió poemas. Hizo una exposición individual de sus tapices en el Museo del Louvre en París. Fue la primera latinoamericana en hacerlo.

También conoció y estableció una relación afectiva con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre, 20 años menor que ella. Se dice que eran felices. Se dice que Favre fue el gran amor de su vida. Pero Violeta Parra extrañaba su país. Cuando volvió a Chile en junio de 1965, él la siguió.

A su regreso, Parra intentó hacer realidad un sueño anhelado desde hacía años: montar una universidad nacional de folclor. En los años cincuenta, había recorrido el país para rescatar canciones típicas chilenas que se cantaban desde el siglo XIX y de las cuales no existían grabaciones. Los músicos tradicionales tuvieron resquemor en compartir sus conocimientos, pero la determinación de aquella mujer brava, mal hablada y que reventaba guitarras en la cabeza de los hombres que se propasaban con ella, los hicieron cambiar de opinión.

Parra soñaba no solo con dejar un registro de todas aquellas tradiciones y canciones que había aprendido. También quería enseñarlas y compartirlas. Tocó puertas en todas partes, pero ni el Estado ni las instituciones privadas quisieron ayudar. Por fin, el alcalde de la recién formada municipalidad de La Reina, Fernando Castillo Velasco, le cedió un terreno en forma de pago por la deuda de varios eventos en los que Parra había cantado sin recibir compensación económica.

Levantó allí una carpa y la convirtió en su morada. Todo era austero y sin comodidades, pero por fin tenía un lugar propio en el cual desarrollar su proyecto. Al comienzo, todo iba bien. Durante el día se daban clases de folclor. Artistas y profesores de cerámica, escultura, pintura y otras disciplinas formaban a los futuros artistas. Se investigaba, se estudiaba, se ensayaba. En las noches se realizaban peñas musicales. Se cantaba y se bailaba.
Pero la carpa de La Reina, como llegó a ser conocida, era de difícil acceso. Solo se podía llegar en automóvil. En verano no era tan complicado, pero en invierno el lugar se convirtió en un lodazal. Los talleres comenzaron a fracasar por falta de asistentes. Hacía mucho frío. La lluvia y el viento azotaban y despedazaban la carpa. Violeta le hacía remiendos. Instaló un fogón en el centro de esta. Nada sirvió.

Cada vez llegaban menos personas. Parra dependía de aquellas actividades para su subsistencia económica. A pesar de que era reconocida a escala nacional e internacional, los aplausos y la fama no servían para comprar comida ni pagar deudas. Para colmo, Favre se fue a Bolivia y cuando Violeta fue a buscarlo un tiempo después, lo encontró casado con una boliviana. Parra regresó a Chile deprimida.

En noviembre de 1966, tres meses antes de su muerte, lanzó un disco titulado “Las últimas composiciones”. El disco incluyó una canción sobre Favre, “Run run se fue pa’l norte”. También incluyó la ahora emblemática “Gracias a la vida” que opacó otra canción, contenida en el mismo disco, “Maldigo del alto cielo”. Solo un oyente avispado podría haber deducido que, lejos de un disco de agradecimiento y de exaltación al optimismo, aquellas composiciones eran la despedida de una mujer que se sentía frustrada, solitaria y defraudada.

Su biógrafa, Mónica Echeverría, la visitó en la carpa de La Reina 15 días antes del suicidio. “Había muy poca gente”, cuenta Echeverría en una entrevista. “Hace rato que no estaba entrando nadie por la lejanía del lugar. Nos convidó a tomarnos el último trago, como decía ella. Estaba metida en la cama con zapatos y tapada con esas colchas lindas que hacía ella. Estaba triste, pero la hicimos reír. Pero ella aparentaba, cantaba, hasta bailó una cueca. Se forzaba, pero la cosa estaba demasiado mal para ella. Lamentablemente, nadie captó eso y terminó matándose”.

No se sabe el momento preciso en que escribió su carta de suicidio. Jamás ha sido publicada. Nicanor Parra, su hermano mayor, la guarda con celo. A pocos les ha permitido leerla. Quienes lo han hecho aseguran que el papel tiene pringas de sangre y que su contenido es duro, lleno de reclamos y amargura hacia todos, incluso su familia.
El terreno de La Reina pasó abandonado durante algún tiempo. Después, la dictadura militar urbanizó aquella zona. Hoy en día, en el lugar donde estaba la carpa existe un centro comercial. De la actividad de Parra en la comunidad apenas hay registro, a excepción de una estatua conmemorativa que se alza desde 2012 en la plazoleta de la esquina de Mateo de Toro y Zambrano con la Cañada.

En una entrevista publicada en el periódico El Siglo, uno de sus alumnos de música, Arturo San Martín, comentaba lo dura que era como maestra. No perdonaba errores: “Violeta nos hacía repetir hasta 30 veces una estrofa; nos llegaban a sangrar las manos”. Cuando terminaba aquella etapa “de aprendizaje espartano”, como la calificó San Martín, ella cambiaba de manera radical.

“Ahora tienen que volar solitos”, decía a sus alumnos. “Usen los ritmos como les salgan, prueben instrumentos diversos, siéntense en el piano, destruyan la métrica, libérense. La canción es un pájaro sin plan de vuelo, que odia las matemáticas y ama los remolinos”.
A las 5:50 de la tarde del domingo 5 de febrero de 1967, en la carpa de La Reina, Violeta del Carmen Parra Sandoval, de 49 años, se pegó un tiro en la cabeza.

Recuerdos de un pasado presente

Hay un presente vivo en San Salvador. Un ejemplo: cuando Alberto Masferrer plantea (1915) la necesidad de crear una biblioteca pública en cada comunidad; o cuando Salarrué relaciona el concepto de patria al amor por la naturaleza, adelantándose a los conceptos relacionados con las políticas ambientalistas (“Carta a los patriotas”, 1933); o Francisco Gavidia, a los 17 años, cuando le advierte al visitante poeta niño nicaragüense (Rubén Darío tenía 15 años), la posibilidad futura de transformar la poesía castellana.

En los cinco escritores citados se confirma una fuerza creativa explicable por la adivinación o intuición, fundamental para un artista. Razón histórica suficiente para calificarlos de visionarios. ¿Los olvidados? No importa, los olvidos son recuerdos ocultos (excepto Darío, que sigue vivo en los nicaragüenses y en la poesía castellana). Las anteriores ideas se las di a una talentosa periodista y escritora joven, doctora en Historia. No sé si escribió algo; pero le referí relatos de escritores, de los años 1955 y 1958, época de ingreso al corpus literario salvadoreño de Italo López Vallecillos, Alvaro Menén Desleal, Armijo, Dalton, Bogrand, Canales y otros. También hablé de los poetas mayores como Oswaldo Escobar Velado, Pedro Geoffroy y Matilde Elena López, cercanos al grupo de jóvenes ansiosos de tertulias; Matilde Elena no participó por encontrarse en Ecuador; tampoco Irma Lanzas y Waldo Chávez Velasco, ambos en Italia. Muy raras veces se agregaron René Arteaga, periodista y cuentista, casi olvidado, Mercedes Durand y periodistas amigos. Ese pasado presente se relaciona con el marco urbanístico de la ciudad histórica de San Salvador.

En la esquina del parque Libertad y la iglesia El Rosario hubo un edificio de seis plantas, ahora en proceso de remodelación, pues le quitaron dos y le dejaron cuatro, su estructura resistió el terremoto de 1986, era el edificio de la Cafetalera Salvadoreña, que servía café de calidad, Café Doreña, para que los clientes cafeteros nos acostumbráramos a tomar café de verdad, no el soluble, ni el de cáscaras y semillas de aguacate. También había otras dos: cafetería La Corona, a unos metros del Doreña y la Americana, en avenida España, en el costado poniente de catedral, cerca del predio de la antigua universidad quemada por el vandalismo institucional (sobre esto tengo un libro inédito, premiado por la Fundación Guggenheim, Nueva York).

El lugar favorito de los poetas era el Doreña, solo vendía café. Era un lugar bastante pequeño, pero el sitio favorito de los jóvenes intelectuales (perdón por la mala palabra) y del abogado, poeta Oswaldo Escobar Velado. A pocos pasos estaba otra cafetería: La Corona. Sitio preferido por los periodistas, pues se vendía tamales y pan. La atracción para los periodistas era que estaba cerca del Palacio Nacional, sede de los órganos de Estado, donde se esperaban las noticias políticas. Además de poetas y periodistas también llegaban los llamados “coyotes” y los “orejas”, (confidentes policiales), en búsqueda de conspiraciones inventadas.

Una cuadra y media al norte, cerca del parque San José, estaba el hotel Café Izalco ubicado en un hermoso edificio art deco, aún está ahí, invisible y perdido entre basura y ventas informales. Enfrente estaba la librería de Ana Rosa Ochoa, secretaria eterna de Alberto Masferrer. El Izalco tenía sillones por ser también hotel. En este lugar las tertulias eran más discusiones, donde se sumaban Pedro Geoffroy Rivas, Roque Dalton, Jorge Arias Gómez y los periodistas Luis Mejía Vides, director del suplemento literario de LPG; Raúl Monzón, Danilo Velado y Otto René Castillo (este último poeta guatemalteco casi adolescente, también reportero de LPG).

En la librería Claridad, de Ana Rosa Ochoa, conocimos desde esas épocas juveniles a escritores como Jorge Amado, Maiakovski, Kafka, Miguel Hernández, Lorca, Alberti, Neruda, Vallejo, León Felipe, Nazim Himet, Antonio Machado, casi todos poetas ligados a la literatura e ideas de los intelectuales exiliados de la España republicana.

En el 58 cerraron el café Doreña y lo abrieron donde fue el Círculo Internacional, frente a la cripta de Monseñor Romero, ahora es un almacén de electrodomésticos. Ahí también se trasladó toda aquella clientela de locos, entre poetas y periodistas, o soñadores de la época. Por supuesto no podían faltar los “orejas”. La otra cafetería importante, la Americana, no era visitada por los poetas, sino por políticos y señores respetables. Por su precio más elevado, no cabían los poetas, los periodistas, vendedores y menos los “orejas”. El precio en las otras cafeterías andaba entre 10 y 20 centavos de colón y eran de permanencia voluntaria donde se podía escribir poemas en las servilletas de papel o leer los poemas escritos la noche anterior.

Las tertulias eran literarias, en especial sobre poesía, pero también se daban los desahogos políticos que criticaban los regímenes autoritarios de la época.

Por último, pero eso ya en los años setenta, surgió un lugar clásico, en las cercanías del portal La Dalia, la cafetería Bella Nápoles. ¡Aún está en el mismo lugar! Aquí llegaron los escritores de la Cebolla Púrpura, la generación de los poetas muertos, entre otros: Jaime Suárez, David Hernández, Rigoberto Góngora, Alfonso Hernández y otros más de los cuales cuatro sobrevivieron la guerra.

Las cafeterías eran para el esparcimiento diurno, pues los nocturnos, tipo bar con restaurantes cercanos al Teatro Nacional y la plaza Morazán eran el Lutecia, Mercedes, México, La Praviana; eran sitios visitados por Roque Dalton, Pepe Rodríguez Ruiz, Miguel Parada, Armijo y Ricardo Bogrand.

Y enfrente de la actual Biblioteca Nacional, diagonal a la plaza Cívica, estaba el Casino Salvadoreño, y a pocos pasos estaba el Chalo’s Bar, el más elegante de San Salvador, (ahora hay un pollo frito), visitado por Armando López Muñoz, Dalton, Armijo y Argueta, toda vez invitara Álvaro Menén Desleal, quien pagaba la cuenta por ser el poeta rico, gracias a dirigir el primer tv. periódico de El Salvador. Enfrente de dicho bar estaba la Librería Cultural del inolvidable alemán don Kurt, ahora hay un famoso supermercado. En fin, todo un pasado presente en la medida que podamos darle respiración a la bella e histórica ciudad de San Salvador.

Tsundoku

Hace poco descubrí una caricatura del ilustrador estadounidense Grant Snider llamada “Las etapas del lector” (“Stages of the reader”, en su idioma original). Snider define dichas etapas como 1) descubrir libros; 2) enamorarse de los libros; 3) los libros como una identidad; 4) los libros como una manera de evitar interactuar con humanos; 5) los libros como una frustración insoportable (“debo escribir un libro”); 6) no tener libros; 7) redescubriendo libros; 8) acumular libros; y 9) pasar libros a la siguiente generación.
Las etapas están ilustradas como gradas que suben hasta el número cinco. Pero la número seis es un corte en toda la composición, donde se mira a un hombrecito echado en el fondo del corte (es decir, en un hoyo) viendo televisión y comiendo comida chatarra.

Stages of the Reader por Grant Snider. Tomado de Incidental Comics.

Cuando compartí dicha imagen en Twitter, varias personas me comentaron la etapa en la que sentían estar o no habían estado jamás. Lo curioso fue que todos coincidieron en jamás haber estado en la número seis. Eso me dejó pensando en mi propia vida como lectora. La verdad es que no recuerdo ningún momento en que no haya tenido libros conmigo. En mi casa siempre los hubo, desde antes que yo naciera. Esos objetos siempre me fueron familiares. Eran la visión prometedora de horas que podían pasarse a solas de manera agradable.

Me gustaron los libros desde antes de aprender a leer. Me pasaba mucho tiempo hojeando los que había en la casa, buscando los que tuvieran dibujitos o fotos. Por eso quizá llegaron hasta la cabecera de mi cama varios ejemplares de Reader’s Digest, de la cual mi padre era fiel lector. Alguna foto o dibujo me habrán llamado la atención.

Un libro con el que me entretenía bastante era un manual de enfermedades infantiles, en alemán y de tapas duras. Cada vez que me daba algo, mi madre corría a consultarlo. Nunca pude entenderlo, ni cuando aprendí a leer (porque aprendí alemán años después), pero las fotos en blanco y negro eran atemorizantes, por decirlo de alguna manera. Todas eran fotos con niños mostrando todo tipo de erupciones, inflamaciones, decoloraciones, llagas, heridas, purulencias y malformaciones. También había niños con padecimientos mentales. Para mi madre era un manual médico, pero para mí era una especie de enciclopedia del miedo. Rogaba porque jamás me diera ninguna de aquellas enfermedades representadas en las fotos.

A pesar de que la vida me ha llevado a vivir en varios países, siempre termino con cajas de libros que llevo y traigo a todas partes. Salgo con unos pocos y cuando llego a otro país y me quedo un tiempo, comienzo a comprar dizque con cuidado, para no acumular demasiados, para no dificultar una próxima mudanza. ¿Pero cómo rechazar un buen libro que esté en oferta? ¿Cómo dejar en la librería un título que has buscado durante años y que por fin se encuentra a un precio accesible? ¿Cómo desprenderse de los libros favoritos, que nunca son uno ni dos, sino docenas? ¿Cómo sobreponerse a esa fuerza interior que te hace sentir que ese libro es una auténtica necesidad personal y que, por lo tanto, hay que comprarlo y tenerlo en casa, siempre, a toda hora, porque solo su adquisición calmará esa necesidad?

El amor por los libros sufre su más seria prueba cuando toca una mudanza, sobre todo si es de país a país. Porque si hay algo difícil de mover son los libros. Ocupan mucho espacio, pueden llenar varias cajas y pesan más que un mal matrimonio. Aunque en la acumulación de libros siempre se cuelan algunos que son malos (porque no siempre se acierta con la selección de alguno que, al leerlo, no resultó ser tan bueno como esperábamos o creíamos o nos habían dicho), el número de los buenos libros siempre resulta mayor. El costo de trasladarlos es impagable, lo cual obliga a desprenderse de ellos.

Así nos vamos despegando de libros, dejándolos en el camino de la vida, como un rastro de migajas literarias que, si alguien pudiera seguirlo, nos encontraría en la fase ocho de la caricatura descrita al inicio, la de la acumulación de libros.

Durante años he tratado de disciplinarme en el sentido de no comprar un libro más hasta no terminar de leer los que ya tengo en casa. Confieso públicamente que he fracasado de manera estrepitosa cada vez que tomo dicha resolución. Lo que sí he logrado hacer es comprar de manera más reflexiva. Soy más selectiva y no compro uno porque sea una novedad o el libro de moda en boca de todos. Compro lo que me interesa de manera auténtica y cuya sola posesión me alegra. Pero tampoco la pienso tanto. Porque si hay algo frustrante es haber visto un libro, no tener el dinero para comprarlo en el momento, regresar a la librería con el dinero y la decisión de comprarlo, y que el libro ya se lo hayan llevado.

La única manera en que he logrado no comprar libros es cuando mi situación económica ha sido paupérrima. Aunque también confieso que más de una vez, ante la decisión de comprar comida o un libro, opté por el libro. En los tiempos de vacas flacas, siempre me alegra haber cedido a esta compulsión. Eso me ha permitido construir una buena biblioteca (léase: tengo una abundante reserva de libros sin leer). La mía, además, me sirve para enseñar escritura creativa a otros, por lo cual considero que incluso he llegado a la etapa nueve de la caricatura, porque puedo recomendar algún título a futuros escritores.
En japonés existe un sustantivo para esto de lo que vengo hablando, tsundoku. La palabra significa “apilar sin leer”, es decir, comprar libros con la intención de leerlos, pero no hacerlo, y que estos terminen apilados junto a otros libros no leídos.

Si en otro idioma existe una palabra para describir este “mal”, significa que somos muchos los que lo sufrimos. Un mal que supongo no tiene remedio, pero del cual ninguno de nosotros se queja.