Por nuestra salud mental

Los lamentables sucesos ocurridos a finales del año pasado entre miembros de la Policía Nacional Civil pueden discutirse y analizarse desde varios enfoques. Me interesa hacer una reflexión desde uno que en nuestro país siempre termina relegado, ignorado o en el peor de los casos tomado en son de burla, y es el de la salud mental.
Ser policía en un país con los índices de violencia que tenemos es un trabajo no solo de alto riesgo, sino también con altos niveles de estrés personal. La exposición permanente al peligro sumada a la posibilidad de que incluso los miembros de sus familias sean afectados por la violencia es una realidad con la que tienen que convivir todos los días. Las condiciones de trabajo (horarios extraordinarios, bajos salarios y en algunos casos, hasta falta de equipo adecuado) se suman a las preocupaciones de nuestros agentes. Los aumentos salariales y los bonos que el Gobierno otorga a este sector no son suficiente paliativo para el nivel de tensión psicológica al que permanecen sometidos.
Existen apenas 33 psicólogos para atender a una población de 28,500 agentes. Es fácil hacer la matemática correspondiente y darse cuenta de que es humanamente imposible para dichos profesionales atender de manera adecuada a tanto personal.
La función policial misma exige una actitud de frialdad, fuerza y ecuanimidad. Un policía no puede llegar a la escena de una masacre o ver un cadáver desmembrado, quebrarse y ponerse a llorar, por ejemplo. Imagine el lector lo que este tipo de escenario constante supone para un ser humano en su constitución psicológica, aunque dicha persona haya sido entrenada para mantenerse incólume en las situaciones más adversas.
Los casos de suicidio, violencia, alcoholismo y drogadicción entre los mismos agentes no son nuevos. Vienen ocurriendo desde hace algunos años. Por desgracia, vivimos en un país lleno de prejuicios e ignorancia de toda índole. Los prejuicios que tiene nuestra sociedad en torno a la salud mental son de los más arraigados. Estos prejuicios, al no ser superados, se convierten en un elemento de riesgo para la sociedad en su conjunto.
Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, cuyo 26.º aniversario se conmemora justo en estos días, a nadie se le ocurrió incorporar un componente obligatorio de atención psicológica para todos los desmovilizados, tanto del ejército como de la guerrilla. Estamos hablando de miles de hombres y mujeres que se pasaron más de una década de sus vidas en el campo de batalla. Pero no solo quienes fueron combatientes activos necesitaban atención. También lo necesitó la población civil, sobre todo la que sobrevivió aquel tiempo en lugares donde los combates y las matanzas ocurrían con frecuencia.
Los Acuerdos de Paz no borraron por arte de magia las heridas psicológicas y emocionales que la perversión de la guerra dejó en muchos. Venimos arrastrando ese peso hasta el día de hoy. La dinámica de la guerra impidió la elaboración de neurosis, psicosis y duelos provocados por los muertos, los exiliados, los desaparecidos, las pérdidas materiales, la brutalidad, la tensión y el peligro permanente. No había tiempo para llorar, solamente para sobrevivir. El dolor se reprimió y se postergó indefinidamente. Pero eso no significa que esos males desaparecieran o se “resetearan” con el cese al fuego. Los seres humanos no somos máquinas y las emociones no se encienden y apagan a voluntad. Siguen ahí y se manifestarán, tarde o temprano, a través de nuestra conducta, a veces en explosiones de ira, violencia o auto destrucción.
Encima de eso, las enfermedades mentales siempre han sido vistas como algo vergonzoso. No hablamos de la depresión, de la ansiedad, de la bipolaridad, de la esquizofrenia, de la neurosis y de otros desórdenes mentales porque nadie quiere ser tachado de “loco”.
La moda actual del positivismo “new age” insiste en hacernos creer que todo es un asunto de actitud y subestimamos los desórdenes mentales profundos como algo serio que merece atención profesional. Se piensa que la depresión o un ataque de pánico se solucionan con un par de palmaditas en la espalda y con frases de cajón: “Hay que pensar en positivo, debemos ser fuertes ante los embates de la vida, el tiempo todo lo cura, todo pasa, no pensés en eso, dejá de llorar, hacé algo útil para distraerte”. Peor aún, quien sufre de algún trastorno mental termina siendo señalado muchas veces como el causante de su propio mal, pese a que existen estudios científicos que demuestran que la genética juega un rol indiscutible en su condición.
Otro de los grandes prejuicios que existen en torno a estos males es que “son enfermedades burguesas”. Los pobres no tienen tiempo para deprimirse porque tienen que buscar la sobrevivencia a toda costa y “no tienen tiempo” para llorar o ponerse tristes. El limitado acceso a profesionales e instituciones de salud mental de calidad en el país viene a sumarse al problema. Solo el que tiene recursos económicos abundantes y garantizados puede darse el lujo de un tratamiento psicológico o psiquiátrico constante.
No solo los agentes de la corporación policial necesitan apoyo psicológico. De hecho lo necesitamos la gran mayoría de la población debido a un sinnúmero de factores. Somos receptores de múltiples manifestaciones de violencia, agresividad, injusticia, impunidad y cinismo en el día a día. Es difícil mantenerse ecuánime y no sentir ganas de manifestar esa frustración que nos va creciendo por dentro. Muchos la dejan escapar en agresiones domésticas o en ataques de ira durante el tráfico. Otros, impotentes y abandonados en la soledad extrema de quien no encuentra ni siquiera un interlocutor con quien desahogarse, optan por el suicidio.
Los índices de violencia y agresividad con los que vivimos son una manifestación de esa salud mental que no tenemos. Su normalización también es un mal síntoma.
Informarnos sobre los desórdenes mentales ayudará a que superemos nuestros prejuicios y a ser empáticos con los demás. Tener una actitud de comprensión y de respeto ante los males ajenos hasta podría servir para salvar la vida de alguien.

Héroes literarios y prejuicios indignos

“No conozco al joven Darío. He oído decir que es poeta, y como para mí poeta es sinónimo de vago, declaro que lo es”, dijo el gobernador de Managua; y como un político escasamente cultivado lo condenó a empedrar y barrer calles. Cuando con recomendaciones del general Juan J. Cañas, autor de la letra del himno nacional, llega a Chile, relata el mismo Darío en su autobiografía, “vi un gran desencanto, cuando me fueron a recibir, ¿es acaso usted Rubén Darío?”, le dijo al joven de 19 años, “al ver mi cuerpo flaco y melena grande, mis problemáticos zapatos y mis pantalones estrechos”. Otro día lo enviaron donde el sastre y al zapatero. Por lo menos.

¿Y cómo le fue en España? Dos grandes escritores, pese a sus triunfos literarios en Suramérica con su libro “Azul”, lo vieron con desdén eurocentrista. Leopoldo Alas, conocido como “Clarín”, expresó: “No tiene en su cabeza más que una indigestión cerebral… desvaríos de los poetas franceses… que quieren hacerse inmortales persignándose con los pies”. El poeta Luis Cernuda se refirió a Darío como el que “cambia su oro por cuentas de vidrio, como sus antepasados”. Tampoco el gran Miguel de Unamuno ocultó su rechazo y se refirió a “plumas en su cabeza” para eludir a la sangre chorotega del poeta. Aquí se demuestra como una conducta vulgar, (empleo el concepto en el sentido originario, lo que no va más allá del conocimiento cotidiano, no solamente lo popular), pudo anteponer la calidad poética a la sangre india de Darío.

Con mi amigo novelista y ensayista nicaragüense, además economista, Francisco Bautista Lara, hemos conversado y escrito columnas periodísticas sobre el tema: héroes de la palabra y la vida. Héroes en el sentido de maestros de la sabiduría creativa relacionados con crudas realidades. Un caso muy interesante al respecto es el de Cervantes, que arriesgó su vida como soldado del rey de España, fue por cinco años prisionero de los enemigos extranjeros, y tantas veces intentó escapar para librarse de la esclavitud a la que le destinarían sus captores. Esa vida heroica de Cervantes la revierte en espiritualidad de la palabra, y desde su pobreza nos da la biblia de nuestro idioma universal. El héroe con su conducta social, de militar se convirtió en “Príncipe de los ingenios”.

Dentro de ese marco concentramos nuestra conversación literaria con Bautista Lara para referirnos a héroes centroamericanos de la belleza y la vida. Y derivamos en Rubén Darío, sobre quien mi amigo ha escrito tres voluminosos libros de ensayos. Y me explicaba por qué a Darío se le nomina héroe en Nicaragua. En ese marco, un día me preguntó si entre nosotros teníamos un héroe dentro de categoría universal. Sorprendido por su pregunta solo se me ocurrió uno: Alberto Masferrer; aunque tuve en mente, sin mencionarlos, a Francisco Gavidia y Salarrué.

Ahora más con más espacio reflexivo –soy lento para responder– menciono en segundo lugar a Roque Dalton, por su calidad literaria; aunque aún no lo hemos apropiado profundamente, pese a los libros escritos sobre él (obras exhaustivas de Roberto Paz Manzano, Luis Melgar Brizuela, Luis Alvarenga, James Iffland, tratando con sus dotes doctorales y académicas la personalidad literaria de Dalton).

Pero veamos el porqué me centré en Alberto Masferrer, en esa conversación con el escritor nicaragüense Bautista Lara; porque ambos pensamos en su permanencia en el tiempo, sus ideas del “Mínimum vital” compartidas desde diferentes posiciones ideológicas. Es posible que Masferrer estuviera influenciado por una filosofía de origen quechua, ancestral, desde nuestros orígenes americanos. Que en ese idioma (sumak kawsay) se puede traducir como ‘vida en plenitud’, y en idioma aimara (de los incas, Perú, Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador) viene de suma qamaña: ‘vivir bien, vida digna’. Estos conceptos también usaron los mayas y los chilenos mapuches: ‘buen modo de ser y de vivir’. Y que Bautista Lara los encuentra en su Nicaragua actual: ‘vivir limpio, vivir sano, vivir bonito, vivir bien’, http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/432330-buen-vivir/.

En ese marco es que conversamos sobre Masferrer y su “Mínimum vital”, que en sus viajes pudo haber conocido esa filosofía originaria, es decir, “lo mínimo para vivir bien”. Y de ahí proviene el concepto mínimo para referirse al salario desde los antiguos imperios egipcio y romano, cuando se pagaba con sal a los soldados y esclavos. Pero caemos en lo mismo, la sal mínima para vivir bien en aquellas épocas que tienen un poco más de 2,000 años. Masferrer resume en su conocida obra, escrita en 1928, ideas que también retoma la revolución obrera europea del siglo XIX, y llega a El Salvador con la Constitución de 1950.

“El Mínimum vital” consistente en “derechos del niño, trabajo, alimentación sana, casa, vestido, agua, salud, justicia, educación y recreación, zapatos”. Siguiendo al escritor, economista y amigo, en la actualidad se podría agregar a la doctrina masferreriana: “Seguridad, transparente y medio ambiente”. Claro, todo esto ocasionó que se le calificara de idealista y soñador, los más benignos; los menos, lo obligaron a asilarse en Guatemala donde murió solitario (1932), lo acompañó en sus horas terminales una escritora y librera que dio a conocer en El Salvador, años cincuenta y sesenta del siglo pasado, los libros de literatura universal más avanzados de la época (Nazim Hikmet, Kafka, Vallejo, Maiakovski, Amado, Neruda, Beckett, etc.) me refiero a Ana Rosa Ochoa, su secretaria privada.

Otros grandes escritores reconocieron así a Masferrer. Claudia Lars: “Maestro de multitudes”; Miguel Ángel Espino lo llamó “apóstol de la armonía social”; Salarrué lo calificó como “gran espíritu de enorme atracción”. Y la doctora en Ciencias Políticas y Sociología Marta Elena Arzú, catedrática de universidades europeas, guatemalteca, que creía que Masferrer era catalán, escribió el libro más fundamental sobre nuestro compatriota. Dice de Masferrer: “Pensador universal que hizo un diagnóstico certero sobre El Salvador… (ahora) es en su país una escuela, una universidad y un redondel”.

Un ejemplo de heroica grandeza en contra del prejuicio indigno

Una quimera llamada esperanza

Como norma general, la temporada de fin de año viene siempre disfrazada de risas, alegría, luces, adornos, reuniones con familiares y seres queridos, reencuentros, regalos, tradiciones, vacaciones, optimismo y propósitos de enmendar todo lo que ha ido mal, no solo en el año que cierra, sino (casi) que en la vida entera.

Gente que no se ha visto en todo el año aprovecha para verse. Cientos de compatriotas que viven fuera del país regresan, aunque sea por pocos días, cargados de regalos, con la intención de aliviar nostalgias y de paliar las necesidades, tanto materiales como afectivas, de quienes quedaron acá.

Algunos envían saludos por mensajes de chat, aunque se viva en la misma ciudad. Los emoticones han venido a sustituir los diseños de las tarjetas navideñas y los deseos escritos en puño y letra del remitente, que antes de la revolución tecnológica eran enviadas por correo. La inmediatez de las comunicaciones ha sustituido rituales y costumbres que, aunque más lentos en ser enviados y recibidos, constataban la representación de una forma de aprecio: la del detalle personal, la del tiempo invertido en envolver un regalo, ir al correo, colocar una estampilla.

Para muchos, esta temporada resulta fastidiosa por un sinnúmero de motivos. Acaso y sobre todo por las exigencias que se nos imponen, por la tácita obligación de ser felices y amables, de aceptar como norma el histerismo gregario. Las luces de los centros comerciales nos conceden carta blanca para despilfarrar, endeudarnos y desperdiciar a manos llenas, para amanecer con resaca económica y moral en los primeros días del año. Se promueve el endeudamiento, se nos engaña con falsas ofertas de cosas que en realidad no necesitamos, se nos da el empujón para satisfacer la compra excéntrica anual.

La obligación de la felicidad que sufrimos en estas fechas es más palpable en las familias que se reúnen por el mandato de los lazos de sangre, incluso si entre los miembros de dichos grupos hayan ocurrido eventos atroces que dejaron heridas y dolores que no tienen consuelo ni reconciliación. Las tensiones familiares siguen ahí, latentes, listas para estallar como bombas en cuanto alguien se pase de tragos, pronuncie la palabra equivocada o comience a lanzar indirectas pasivo agresivas que pueden convertir las noches de convivio en renovadas batallas campales. En algunas familias, la tradición de fin de año es en realidad el pretexto para luchar un round más en una pelea que no tiene tregua ni final.

La obligación de reunirse con parientes indeseables suele ser producto de relaciones de fuerza y sumisión, y no de genuina alegría. La realidad de reuniones incómodas, aburridas o con potencial de generar y renovar conflictos, sumado al trajín doméstico de las comilonas y la limpieza posterior (trajín que se asigna sobre todo a las mujeres), se convierte en un motivo de estrés y no de celebración. El agotamiento que sienten muchos al culminar este período deriva de ello.

Para el común de la gente resulta difícil comprender por qué algunas personas prefieren pasar esta época en soledad o con gente ajena a la familia. Para otros, la soledad no es en realidad una opción, sino su atroz cotidianidad.

Debajo del discurso de los buenos deseos y la concordia de esta temporada, hay una realidad que obviamos y que transforma lo que se supone es una festividad mundial en una forma de evasión masiva. Mientras usted celebra y brinda con los suyos, las guerras en diversas regiones del mundo han continuado sonando sus bombas, matando inocentes y haciendo añicos los esfuerzos y los sueños de miles de personas. Los enfermos continuarán en su agonía. Los que hurgan en los depósitos de basura en busca de algo que comer continuarán haciéndolo. Quienes migran de sus países en busca de un mejor futuro continúan sus caminos por mar o tierra, arriesgando en cada paso la vida misma. Los corazones rotos seguirán desangrando su desgracia, sin encontrar consuelo alguno. Los suicidas, abrumados por esa felicidad ajena de la que han sido excluidos y que hiere su melancolía como una navaja bien afilada, apretarán el nudo de su horca.

La mentira de la felicidad colectiva y la nada disimulada manera en que se nos impone participar en ella nos hace olvidar los problemas existentes, como si la vida entrara en pausa. No queremos pensar en cosas feas, tristes o desagradables. No queremos recordar ni asumir los agravios que hemos ocasionado a otras personas. No queremos saber nada del dolor del mundo. Y sin embargo, para otros, es precisamente esa sensación de la fiesta ajena, de estar excluidos del baile de la vida, lo que hace que el fin de año sea un período particularmente difícil.

Esa pausa de la realidad trastoca nuestras rutinas. Quienes saben aprovecharla, sospechan o reconocen que pasan la mayor parte de su vida en trabajos o situaciones que los hacen desgraciados, que mutilan su potencial y sus talentos, que los tienen acorralados en un callejón sin salida. Muchos odian la sola idea de retornar al trabajo después de las vacaciones porque se saben mal pagados y hostigados, pero no pueden prescindir del mismo porque a pesar de lo que digan Gobierno y empresas (que para fin de año presentan reportes triunfales de números positivos), la realidad es que la calle está cada día más dura y que el futuro es un lugar oscuro y confuso.

No todos sufren, es cierto. Hay quienes disfrutan de esta temporada. Hay quienes de manera auténtica y sin presunciones aprovechan para congregarse con los suyos y se refugian en la calidez de los afectos compartidos. Bien por ellos.

A fin de cuentas, el cambio de año representa la oportunidad de nuevos inicios. El atrevimiento de lanzar a futuro la sombra de nuestros buenos deseos. Quizás eso es lo único a celebrar, la posibilidad de esa quimera que llamamos esperanza. Un bien esquivo, ilusorio, engañoso pero sin el cual nos sería imposible continuar en este valle de lágrimas que llamamos vida.

Literatura de los escombros

Hace 15 años hice un recuento de mi visita a Alemania con ocasión de asistir a la presentación en la Deutsche Welle de uno de mis dos libros traducidos al alemán. En dicho recuento escribí menos de mi obra para concentrarme en emblemáticas ciudades: Koln (Colonia) y Kessel, ciudades dejadas en escombros en la Segunda Guerra Mundial. Kassel fue borrada del mapa. Por varios meses miles de bombas, lanzadas por las fortalezas volantes, cayeron las 24 horas en las ciudades alemanas, cuando estaba a punto de ser derrotado su ejército nacionalsocialista.
¿Por qué escribí sobre ese tema? Porque se estaba celebrando el 88.º aniversario de uno de los escritores más importantes de Alemania, Heinrich Böll, nacido en Koln. La fundación que lleva su nombre me asignó como coeditor de un libro para Centroamérica con dedicatoria a este “santo de la literatura”, no obstante, que él mismo se consideraba un escritor comprometido; aún más, Böll perteneció a la Wehrmacht (fuerzas armadas de Alemania nazi), como incluso lo hicieron niños y ancianos ofreciendo su vida por su führer o “conductor”. Pero el escritor alemán fue rebelde aún sirviendo al ejército.
Dice René Böll, uno de sus hijos, “Siempre tomó partido por los no privilegiados, y lo hizo con sus propios medios, con su palabra escrita y hablada, por consiguiente como artista y no como político, y pese a estar bajo todos los fuegos, no se dejó enmarcar en ningún campo político”.
No ocurrió igual con otro Premio Nobel alemán, Günter Grass, a quien se recriminó pertenecer a las fuerzas especiales nazis. Böll se manifestó en contra de la guerra y del hecho de ser soldado, buscando siempre desertar. Mientras que Grass, autor de esa fenomenal novela “El tambor de hojalata”, ocultó por años su militancia en el nazismo. Pero ese pasado no los minimiza como escritores que han contribuido a la grandeza de su país.
Independiente de una justificación u otra, fue muy raro que un joven no fuera enlistado en el ejército para hacer grande a Alemania, país humillado en la Primera Guerra Mundial, y que 10 años después vio surgir a un líder con una enorme capacidad para canalizar las emociones populares.
Y así, sus discursos enardecieron a un pueblo que no imaginó que se llevaba al suicidio a toda la nación. Un nacionalismo que se justificó con la idea de hacer grande a Alemania, imponer su poderío a todas las naciones del mundo basado en la supremacía de una raza superior. Y los políticos, militares y clase económica alta lo creyeron.
Fueron conducidos con su nacionalismo grandioso a invadir Estados y llevar al holocausto a pueblos enteros de la culta Europa. Ese nacionalismo, que también era aislacionismo, pues su “conductor” no necesitaba de nadie si tenía el ejército más temible del mundo. Invadió Europa del este y el norte, incluyendo la Unión Soviética hasta declararle la guerra a Estados Unidos, al grado que estos últimos hicieron alianza para combatir esa fuerza superior dejando al margen cualquier hegemonía ideológica, porque primero se pensó en la sobrevivencia. La Unión Soviética luchó en el este y los otros aliados en el oeste, desde Inglaterra y Francia.
La Segunda Guerra Mundial produjo un aproximado de 55 millones de muertos, de los cuales 20 millones fueron de la antigua Unión Soviética, 6 millones de judíos, unos 8 millones de chinos, y esta misma cantidad de alemanes; habría que agregar a los miles de franceses, estadounidenses y japoneses. Y esto cuando aún no había misiles balísticos nucleares que solo dejarían vivas a las cucarachas y las ratas.
Esa guerra dejó en el suelo a Alemania, pero produjo una paz duradera, en el sentido que ya pasaron 72 años; aparte de una guerra fría que nunca contó por millones sus muertos. Y si alguna vez se estuvo al borde de un desastre nuclear, la sensatez mundial optó por no exterminar el planeta.
Estas fueron algunas de las reflexiones que tuve después de que leí la primera edición del libro “Leer nos hace rebeldes” (2002, para celebrar un aniversario más de Böll). “Leer es más que un proceso técnico, o estudio mecánico… hace pensar, lo vuelve a uno libre y rebelde…”, dice el escritor. En 2017, centenario del escritor, ha salido la segunda edición, y las reflexiones son las mismas, 15 años no han sido suficientes para superar el peligro en el que estaba la paz mundial, ni las secuelas de cualquier guerra, aunque no haya dejado las ciudades en escombros.
Y a 25 años de la paz en El Salvador nunca vimos los escombros materiales, y ese espejismo nos engañó pensando que no había ninguna destrucción. Sí la tuvimos, pero fue emotiva, difícil de superar y, al parecer, irreparable, porque no la vimos, como lo hicieron los alemanes que reconstruyeron sus ciudades con las piedras de sus escombros.
Entre nosotros la destrucción fue moral, dolor y deshumanización contra familias campesinas. No pudimos vislumbrarlo porque eran penas y llantos en el interior de nuestra conciencia. En Alemania las ciudades fueron reconstruidas con las mismas piedras y eso fue un homenaje a sus muertos. Nosotros no vimos ciudades en el suelo cuando se firmó el Acuerdo de Paz, no vimos piedras, ni edificios ni iglesias en llamas, solamente los escombros de un dolor escondido, lo esencial en la vida que no pudimos ver con el corazón, como dice “El principito”. Dos años, cinco años, 20 años después de firmada la paz no logramos detectar esas ruinas emocionales, fuimos dejando que cada quien viviera bajo los escombros de sus tragedias.

Un museo para nuestra memoria

¿Necesita el país un museo para el rescate y la conservación de la memoria?, ¿nos ayudaría a avanzar y a consolidar la tan anhelada reconciliación nacional?, ¿es un proyecto viable, dadas las condiciones económicas y sociales del país?, ¿qué contenidos debería incluir dicho museo?, ¿quién debería velar por su administración?, ¿qué bases legales se necesitarán para que su propuesta no sea manipulada ideológicamente o asfixiada en su funcionamiento cada vez que ocurra un cambio de gobierno?

Estas son algunas de las inquietudes que se han discutido en diversos encuentros iniciados este año, como parte del proceso de consultas que está impulsando el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre la posible formación de un Museo Nacional para la Memoria y la Reconciliación. La iniciativa retoma el Informe de la Comisión de la Verdad, donde se recomienda al Estado salvadoreño una serie de medidas para la reparación, tanto material como moral, de las víctimas de la guerra de los años ochenta.

A 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz, la narrativa sobre los eventos de la década de los ochenta sigue fragmentada y dispersa, pero sobre todo, muy manipulada ideológicamente. Pese a la existencia de un par de monumentos e iniciativas privadas para el rescate documental de la guerra, la fundación de un museo de la memoria vendría a llenar un vacío informativo no solo para la ciudadanía, sino también para investigadores y académicos locales e internacionales. Un museo de esta naturaleza permitiría también preservar y restaurar archivos, testimonios, fotografías, audios, videos y otro tipo de documentación relacionada con aquellos años.

Una de las preocupaciones fundamentales sobre este museo es su formato y el público hacia el que irá dirigido. Es vital crear una propuesta que sea atractiva para las nuevas generaciones, que se encuentran en un estado anímico de hartazgo y de indiferencia sobre el tema. Ese hartazgo resulta comprensible si se toma en consideración la manera superficial y profundamente ideologizada con que se manejan de manera pública algunos sucesos de la guerra.

Se espera conformar un espacio que puede ser físico, pero sin la solemnidad o el tedio de exposiciones donde el espectador recibe información de manera pasiva. La idea es conformar espacios interactivos y lúdicos que motiven a la reflexión y a la participación de los asistentes. Se piensa también en un espacio en internet que permita el acceso a los contenidos del museo desde cualquier parte del mundo y que, por ende, permitirá también la participación de los salvadoreños residentes en el exterior, muchos de los cuales están precisamente viviendo en otros países a consecuencia de la guerra misma.

El museo podría funcionar también como parte de una red de memoria, necesaria para hilvanar las diferentes iniciativas que existen en algunas ciudades y poblaciones del país. Asimismo, el museo serviría para intercambiar información y aprender de las experiencias de otros países como Chile, Argentina y Guatemala, que han logrado erigir espacios propios dedicados a informar, documentar y honrar a las víctimas de sus respectivos conflictos nacionales.

La iniciativa se encuentra en sus discusiones iniciales, pero justamente por eso, la participación y la opinión ciudadana son importantes. Mediante las consultas que impulsa el PNUD, será posible moldear y construir una propuesta de museo acorde a nuestra realidad y necesidades específicas. Llama la atención que en las discusiones siempre falta tiempo para discutir y afinar detalles, lo cual deja en evidencia el interés por contar nuestras inquietudes en cuanto a este tema.

Justamente una de dichas inquietudes es que el museo pueda servir como lugar de encuentro para motivar y promover diálogos intersectoriales e intergeneracionales, que hablen de la experiencia de la guerra desde todos los ángulos vividos. Asimismo, desde ese ánimo de inclusión y equilibrio en la narrativa de la memoria, se espera que el museo pueda tener exposiciones itinerantes por todo el país, para que la experiencia no quede centralizada en la capital.

Parecerá que El Salvador está rezagado en la creación de un museo como este. Pero hay que recordar que las guerras son eventos sociales traumáticos profundos que requieren de un tiempo largo para ser digeridos por sus individuos. Si a eso le sumamos la cultura del silencio en la vivimos y hemos sido educados (cultura resultante de una larga práctica de represión, censura y doble discurso vivido en el país), ese rezago y negación a hablar sobre nuestro pasado reciente es incluso comprensible.

Tenemos la ventaja de que muchos de los actores de aquel tiempo siguen vivos. Los contenidos de un museo de esta naturaleza pueden verse enriquecidos por el aporte de testigos vivenciales directos. En ese sentido, una de las tareas urgentes es recopilar el testimonio de estas fuentes vivas antes de que mueran.

Una de las preocupaciones mostradas por los participantes y organizadores de las consultas es lograr aterrizar una propuesta equilibrada. Para ello, el PNUD continuará las consultas el próximo año, para que la concepción del museo sea lo más amplia e inclusiva posible. Porque no se trata de construir o elaborar un espacio que se incline hacia uno u otro lado del espectro ideológico nacional, sino de crear un espacio que permita el diálogo como fundamento para crear el respeto entre los diferentes sectores de nuestra sociedad.

Más allá de una mera recopilación documental, un museo de esta naturaleza funciona también como reconocimiento y desagravio por parte de la sociedad hacia las víctimas del conflicto. Una forma de restitución moral que la sociedad salvadoreña ofrecería a todo su conjunto. Pero lo más importante es tratar de fundar un espacio con elementos y materiales que permitan la reflexión para comprender el origen de los problemas actuales y encontrar soluciones prácticas que impidan desbordamientos o explosiones sociales que, como ha quedado evidenciado en nuestra historia, ocurren de manera cíclica.

Todavía falta mucho por hacer y discutir para concretar este museo, pero saludo esta iniciativa indispensable para nuestro país.

El libro como identidad

Hace poco publiqué en Facebook la portada de mi novela “El valle de las hamacas” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 1970) y me decía un contacto de esa red social que le dijera una razón de “por qué leer esa novela”. Aunque mi intención no era invitar a leer, sino documentar su existencia por los olvidos. Uno de los méritos que le encuentro es que fue publicada tres años después de que Gabriel García Márquez había publicado la primera edición en esa editorial argentina de su monumental “Cien años de soledad” (1967). En la nota de la red dije que considero un honor compartir editorial con la obra más conocida de América Latina, y con un agregado más: en 1970 muy difícilmente los suramericanos conocían la existencia de El Salvador.

Comprobado. Mientras camino para dar una charla en la Universidad de Stanford (1985) acompañado del presidente de la Unión de Escritores de Chile el narrador y periodista Poli Délano, y me decía que en los setenta era muy difícil que alguien conociera un país llamado El Salvador. “Nosotros, por ejemplo, me decía Poli, sabíamos que podía existir ese país porque más de alguna vez una revista chilena publicó un poema de Roque Dalton, y entre paréntesis decía “El Salvador”. No se sabía dónde quedaba en el mapa. Cosa que no debe extrañarnos, pues pese a la tecnología informática actual, conocemos lo cotidiano, lo que nos interesa. Por ejemplo, muchos desconocen la existencia en el mapa de países como Palaos y Eritrea o Macedonia.

Bien; por medio de los libros se sensibiliza la sociedad, se conoce la identidad de nación, modos de vida. Hace poco leí la novela “El cisne” (Tusquets Ediciones, 1997), del islandés Gudbergur Bergsson, que permite saber cómo viven, como son los habitantes de esa lejana isla de fuego y hielo, y aun más se dan ciertas sincronías, pues se trata de una novela “picaresca y autobiográfica sobre la infancia del autor”. Mi novela “Siglo de O(g)ro” (DPI, 2000) también es picaresca sobre mi niñez.

Un libro se lee porque se es lector. Se lee como recreación, para conocimiento, y como ampliación de las capacidades cerebrales, caso de la lectura en primera infancia (de cero a seis años).

Si leo “Historia de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo, un soldado de Cortés, conozco los detalles de cómo era Tenochtitlán por la descripción de un testigo participante del asalto de esa ciudad por los españoles (1519), sus mercados, sus “servicios sanitarios”, donde se recogían sus excretas como abono, el asesinato de los emperadores aztecas, los combates, en una ciudad mexicana más grande que París y Londres. Increíble.

Esa recreación, motivada por interés o por cultivo familiar, nos permite saber datos, manejar el idioma, expresarse con exactitud ante circunstancias que lo exigen, en la política, por ejemplo. Todo eso que forma parte del conocimiento. Caso de la novela “Guerra y paz”, (1865-1869, publicada en fascículos) de León Tolstói, conozco la derrota de un ejército moderno dirigido por Napoleón Bonaparte, que quiere liberar a la Rusia, atrasada y oprimida en sus pobres. Conozco la lucha de ese pueblo en contra de una invasión extranjera. Fue el primer fracaso de Bonaparte.

En libros están “La guerra del fin del mundo”, de Vargas Llosa, con esa obra conozco la guerra de los Canudos entre el ejército de Brasil y el movimiento popular campesino (1896-1897); o con “El sueño del celta”, novela sobre el origen de la esclavitud, los africanos cazados o mutilados junto con sus familias para traerlos a América y producir riqueza en las plantaciones agrícolas; o “Cinco esquinas”, obra sobre la primera mujer feminista (Flora Tristán, 1803-1844) y su tragedia ante un patriarcado despótico protegido por las leyes.

No se trata porque sean novelas históricas. Cuando estudiaba Educación Media leí casi toda la novela de Víctor Hugo, y así supe a temprana edad cómo era París (por “Los miserables”, obra romántica, de tema social y análisis teórico); o “Crimen y castigo”, del ruso Fedor Dostoieski (1821-1881), novela sicológica que se considera hizo tantos aportes en esta materia como Freud. Además, con esta obra conocí los rincones urbanos de la ciudad de San Petersburgo.

O bien otra novela del mismo Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”, obra de la cual Albert Einstein dijo que por ella había conocido las fortalezas y debilidades del ser humano. Aunque el francés y el ruso narran y describen en el siglo XIX, aún subsisten sus palacios, la bella arquitectura, pasiones, amor, odio y violencia. Ninguna de estas obras pierde esencia frente al futuro.

Cuando visité París como estudiante universitario lo primero que quise ver fue la catedral de Notre-Dame, pues había leído “Nuestra Señora de París” (escrita en 1831). Cuyo escenario es dicha catedral. Y “Los miserables” (publicada en 1862), ambas de Víctor Hugo. La última tiene como marco París, sus pobrezas y las luchas revolucionarias de los jóvenes.

O cuando para dar a conocer “Un día en la vida” en idioma bengalí, visité la Universidad de Nueva Delhi, y la casa de Rabindranath Tagore (1861-1941) cuyos poemas había leído en mi infancia. Porque leer también implica educarse en emociones y sensibilidad humana. Todo libro trasciende la historia personal para convertirse en historia común, de todos. Por eso cuando escuché las denuncias que hacían las mujeres salvadoreñas de los años setenta, decidí retomar mi oficio de escritor y evidenciar las atrocidades humanas de un Estado en contra de la población más vulnerable, y la única manera que encontré de resarcir la violencia estructural a la que sobreviven las mujeres en cualquier etapa de su vida es visibilizando en mis obras las Guadalupe, las Beatriz, Adelinas y Romelias que viven en Centroamérica. Es la importancia de la obra literaria como documento de identidad universal que me motiva a insistir con necedad incansable el cultivo de emociones, eso es la lectura, una poderosa estrategia para construir un país. Equitativo, solidario, fuente de saberes, preparación clave para el desarrollo humano sostenible.

Premios para reflexionar

La literatura centroamericana está de fiesta. Un par de días después de que Claribel Alegría recibió en Madrid el Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, se anunció al escritor Sergio Ramírez como ganador del Premio Cervantes 2017.
Claribel Alegría, nacida en Santa Ana, de madre salvadoreña y padre nicaragüense, ha dedicado su vida a la poesía con lealtad inquebrantable. Su casa en Managua, donde vive desde la década de los ochenta, ha sido un espacio de tertulia e intercambios literarios entre numerosos artistas, escritores, académicos, periodistas e intelectuales de diferentes rumbos y edades.
Sergio Ramírez, quien se dedica a la escritura desde que abandonó su carrera política, ha sido por su parte un activo promotor de la literatura centroamericana, liderando iniciativas como la revista electrónica Carátula y el encuentro de escritores Centroamérica Cuenta. La idea de Sergio siempre ha sido hacer visible nuestra literatura e insertarla en el discurso literario internacional.
El Premio Reina Sofía y el Premio Cervantes son los dos más altos reconocimientos a la literatura escrita en castellano. El premio logrará, sin duda alguna, enfocar algo de la atención internacional en la narrativa y la poesía de la región. Pero más allá de la eventual mirada internacional a partir de ambos premios, estos deberían funcionar también como un punto de reflexión para las instituciones públicas y privadas de nuestros respectivos países, para reconsiderar la visión y la relación que se tiene desde las instituciones existentes con los autores y sus libros.

Cada país de Centroamérica cuenta con un grupo de escritores talentosos, de diferentes edades, que escriben sobre un sinnúmero de temas. Pero los lectores no suelen tener acceso a libros centroamericanos o desconocen por completo lo que se escribe en los demás países de la región. Muchas veces no conocen ni lo que se escribe en el propio país, a menos que el autor esté publicado en una editorial internacional que le permitirá leerlo, tanto porque su obra es más visible como porque circula un poco mejor; aunque a veces ni así, porque las empresas distribuidoras de libros y las librerías suelen negarse a mover “producto” que no les garantice la recuperación del gasto.

Las editoriales privadas llenan un poco los vacíos de publicación, pero su limitación de recursos económicos y humanos les impide garantizar una mejor visibilidad o distribución del libro. Por desgracia, la pasión con la que muchas de estas pequeñas empresas se incorporan al oficio editorial no es suficiente para solventar los retos monetarios, y la mayoría termina cerrando operaciones poco tiempo después de inauguradas.
Por su parte, las instituciones públicas dedicadas a la cultura no tienen como prioridad la literatura. En El Salvador, por ejemplo, no existe un tan solo concurso de novela. Los que había dentro de la convocatoria de los Juegos Florales fueron eliminados. Tampoco existen becas para creación, residencias artísticas ni eventos literarios que permitirían el intercambio de escritores nacionales con internacionales. Estas actividades favorecen no solo el intercambio y la renovación de ideas, sino que también fomentan la construcción de redes y contactos que el escritor aprovecha para hacer difusión, tanto de su obra como la de sus colegas, única alternativa que nos queda a los centroamericanos para leernos entre nosotros.
Quien se dedica a la escritura en la región centroamericana, sobre todo a la novela, lo hace porque está maldito o bendito (nunca sabré la diferencia) por el fuego literario. Escribir poesía en la región es igual de azaroso, sobre todo por el prejuicio de que es “un género fácil”. Las editoriales evitan publicarla porque dicen que es “un género que no vende”.
Los que estamos en el oficio de la escritura en Centroamérica lo hacemos por vocación comprobada, porque si hay algo que te enseña el ejercicio de la escritura desde esta azarosa región es a perseverar en una labor ingrata que no rinde frutos monetarios y otorga escasas satisfacciones individuales.
Docenas de escritores centroamericanos, ya formados o en formación, intentan desde sus respectivos países capturar las inquietudes del tiempo y la geografía que les ha tocado vivir. La variedad de la literatura de nuestras pequeñas y atribuladas repúblicas es lo que convierte a la región en una zona rica de joyas literarias que corren el riesgo de ser olvidadas debido a la falta de reedición de libros, a la falta de conservación de los manuscritos, bibliotecas y documentos de los archivos de escritores que fallecen, a la falta de una bien diseñada carrera de Literatura en las universidades, que profundice y amplíe el estudio de dichas obras y que las inserte en el estudio de las corrientes mundiales de la literatura; y también, a la falta de una reforma educativa que reconfigure los actuales programas de Letras en la educación secundaria, que siguen matando de tedio a miles de adolescentes, imponiéndoles un canon literario para el cual no tienen todavía las herramientas formales de conocimiento como para apreciarlo en todo su valor, y que lejos de crear hábitos de lectura o una base de cultura literaria los hace aborrecer los libros y hasta despreciar o ver de menos a los narradores locales.
Para quienes se inician en el oficio literario, en estos tiempos cambiantes y confusos, los premios mencionados al inicio pueden servir como aliciente y ejemplo. Ambos, Claribel y Sergio, han dedicado sus vidas a la escritura. La perseverancia y la disciplina son caminos hacia la experiencia, que a la larga puede producir excelencia en el texto escrito.
Los escritores y poetas centroamericanos estamos cumpliendo nuestra parte, trabajando de forma anónima y por cuenta propia, escribiendo y procurando excelencia literaria. ¿Pero cuándo se levantará la cultura literaria y editorial en nuestra región y cuándo se modernizará el tratamiento de la literatura, tanto de parte del Estado como de las instituciones privadas?, ¿cuándo acelerarán el paso para ponerse a la altura de la calidad de nuestros autores?

Inversiones valiosas, festival, memoria

Con motivo del VIII Festival de Literatura Infantil, que comenté hace 15 días antes de su realización, he fortalecido mi sorpresa de percibir interés de los niños por asistir a eventos de animación de la lectura. Este evento desde el primero al octavo ha sido un éxito gracias a la colaboración del equipo de trabajo de la Biblioteca Nacional, el apoyo institucional, además de la cooperación de universidades, organizaciones civiles, empresas y entidades privadas. Sin ellos, imposible haber llegado a una octava versión; igual digo de los escritores y animadores de lectura y su voluntariado ejemplar. Tantas respuestas positivas a un proyecto cuyo centro principal son niños y niñas de comunidades en riesgo, cuyo solo viaje a la ciudad capital es un atractivo y un aprendizaje; un conocimiento valioso como el obtenido en las aulas. Porque la vida está en todas partes; y educación es vida.

El festival ofrece facilitadores de lectura y animadores que hacen del momento del festival infantil un asocio entre libro, lectura y momentos de alegría. No cabe duda, los niños son la esperanza. Pero la esperanza de verdad, la que se proyecta desde un presente, ofreciéndoles sus derechos plenos. Ellos también son la riqueza para el desarrollo futuro.

En este VIII Festival, los niños encontraron a dos escritores salvadoreños que sumados han publicado en Estados Unidos más de 30 libros de literatura infantil y han obtenido premios, uno en Los Ángeles, otro en Nueva York y Washington. En todos los libros la temática es El Salvador. También la diáspora contribuye con valores de país. Y para culminar el evento relacionamos animación lectora con alegría, pues también participan, con ¡voluntariado! Mimos-Clown.

Nuestro proyecto de facilitar el libro y la lectura no se limita a un festival al año. También se logra con una biblioteca móvil que funciona desde la Biblioteca Nacional. Y algo más: los facilitadores conocemos y logramos aprendizaje al visitar las comunidades de difícil acceso. Es un aprendizaje con estímulos similares. Este año visité a niños del cantón Loma del Muerto (por la matanza indígena de 1932), en Sonsonate; a estos y a miles les llegó una libreta sencilla, pero dignamente impresa con más de una docena de poemas infantiles, con igual número de escritores. Fui testigo del entusiasmo en el aula, expresado con acciones creativas.

El festival de noviembre permite observar la importancia de ofrecer oportunidades recreativas y creativas a niños y niñas que responden felices a la facilitación brindada por las instituciones de cultura y educación. No: nada de cruzarse de brazos viendo pasar la tragedia como espectadores. Por eso mi insistencia en promover este tipo de acciones educativas. Porque la esperanza no solo debe visualizar el futuro, sino el presente vital, porque la renovación está en esos grupos base que asisten y participan en encontrarse con el libro y la lectura.

El Festival de Literatura Infantil ofrece lectura desde edades tempranas, entre siete y 12 años. Ojalá pudiéramos hacerlo con la primera infancia (de cero años a cinco años). Para estos el conocimiento o la palabra tierna de leerles un cuento o un poema no solamente recrea, también hace algo más prodigioso, ofrecer a las nuevas generaciones calidad de vida, vida sana entendida como bienestar, semejante al cuido en salud y alimentación. Volverlos permeables al conocimiento permite una transformación al utópico cambio.

“No solo debe cuidarse la supervivencia biológica, protección de enfermedades o desnutrición”, dicen científicos del cerebro y de las emociones, sino atender una educación temprana en el niño que repercuta en el desarrollo intelectivo “(que lo haga) capaz de cambiar su entorno que significa convertirlo en partícipe de la sociedad que necesitamos” (Luz Stella Losada, et al.).

Los autores son profesionales de la salud y la educación, expertos en desarrollo infantil y prevención de agresiones sexuales, tratan el tema de construir familias con desarrollo integral al atender al niño desde antes del nacimiento hasta los cinco años. En mis anteriores planteamientos he insistido en algo que cae por su peso: invertir en educación debe ser una acción estratégica para prevenir la violencia, asegurado con políticas públicas.

Recuerdo cuando en segundo grado, en la primera mitad del siglo XX, a un director chiflado se le ocurrió hacer una excursión con niños de segundo a sexto grado. Yo estaba en segundo, tendríamos que viajar en tren de leña desde la escuela pública en San Miguel hasta Ahuachapán, donde estaba el punto central del viaje: conocer una casa.

Era una actividad de recreación y aprendizaje irreversible (conocer la casa del poeta Alfredo Espino, de quien yo solo conocía el poema “El nido”). Además se trataba de un viaje sin presupuesto estatal, para lo cual se debe planificar con creatividad y ejecutar con eficiencia. Es el caso del Festival de Literatura Infantil, donde las comunidades o las familias contribuyen para el transporte en buses; otros aportes, la mayor parte, se obtienen por las organizaciones civiles, empresas y universidades, y desde la Biblioteca Nacional se hace la gestión de acuerdo con cooperantes con sensibilidad patria.

Continúo con el profesor chiflado: él hacía las gestiones para que las escuelas de las ciudades visitadas nos dieran alojamiento para dormir. El pasaje del tren lo pagaba el padre o la madre de familia. Hicimos la primera parada en Usulután, en la Basilio Blandón; la segunda fue en San Vicente (olvido el nombre de la escuela); la tercera fue en San Salvador; dormimos en la Joaquín Rodezno. De allí salimos a Santa Ana, dormimos en la escuela Mariano Méndez, ahora en ruinas, pero en proceso de restauración. He olvidado, quizás por las penurias, si comíamos o no comíamos. Solo recuerdo que en San Vicente un niño de mi edad me invitó a almorzar a su modesta casa. Bueno, fue mi primera ventura a mis ocho años. Mi madre tuvo la confianza de permitirme un viaje que duró una semana. ¿Cómo ven esa chifladura genial del docente director? Para más datos: poeta, creativo, chiflado.

La pasión según Lispector

En agosto de 1967, el periódico Jornal do Brasil le ofreció a Clarice Lispector la posibilidad de escribir crónicas de manera semanal. Para Lispector, el ejercicio no sería algo nuevo. Había publicado crónicas periodísticas en los años cuarenta, en un periódico de Campinas, ciudad de la municipalidad de Sao Paulo. Luego, en los años cincuenta, publicó una columna llamada “Entre mujeres” que firmaba con los seudónimos de Ilka Soares y Helen Palmer. Hablaba de maquillaje, moda y cocina.

Pese a dudarlo un poco, Lispector aceptó la oferta del Jornal do Brasil. La necesidad económica se impuso sobre su temor de escribir crónicas, un asunto que sería incluso tema ocasional de su columna. “Sé que lo que escribo aquí no puede llamarse crónica, ni columna, ni artículo”, escribe en alguna entrega. Lo cuestionará hasta diciembre de 1973 en que dejó de publicarlas, luego de producir poco más de 400 textos que pueden leerse en diversas antologías.

Las dudas sobre su escritura periodística estaban relacionadas con lo que consideraba su verdadero oficio literario. Lispector escribía novela y cuentos de ficción. Había construido un estilo y un lenguaje propios con un tono tan particular que resulta difícil definirla. En una gripe, en un hombre que ve desde el asiento de un taxi, en una conversación con los hijos, en una canción canturreada por la asistente doméstica, en la evocación de los paseos familiares al mar, en el recuerdo de cuando era niña y robaba rosas, en las preguntas hechas en silencio pero que jamás se enuncian porque son tan banales que no merecen ni el sonido de una voz, en detalles así Lispector encontró el material para la exploración de la vida y del ser humano a través de la palabra escrita.
La construcción de su estilo tan particular le ganó el respeto de sus contemporáneos y la lealtad de un público lector que seguía sus publicaciones con reverencia. A Lispector le agradaba que se le considerara como una escritora seria, pero casi no daba entrevistas y pocas veces asistía a eventos literarios. Eso no le impidió demostrar su felicidad cuando, en una fiesta, João Guimarães Rosa (uno de los novelistas más importantes de Brasil) le confesó que la leía “no para la literatura, sino para la vida”, para luego citar de memoria varias frases que ella ni siquiera recordaba haber escrito. Lo cuenta en uno de los textos incluidos en “Aprendiendo a vivir y otras crónicas” (Ediciones Siruela, 2007), una selección de sus columnas sabatinas en el Jornal do Brasil.
Quien lea sus crónicas podrá encontrar vasos comunicantes con su obra narrativa y la construcción de su estilo. Más de alguno de sus cuentos podría pasar por una de sus crónicas periodísticas, por ejemplo. Siempre está presente en su narrativa la sensación de que Lispector escribe como soltándole una confidencia casual al lector, una confidencia dicha con despreocupación, en un susurro, con el olor del humo de uno de sus cigarrillos.

En una de dichas crónicas, Lispector cuenta que su hijo le pregunta un día “¿por qué a veces escribes sobre cosas personales?” A lo que ella responde: “Nunca he tocado realmente mis cuestiones personales, incluso soy una persona muy secreta. (…) Es inevitable, en una columna que aparece cada sábado, acabar comentando sin querer las repercusiones en nosotros de nuestra vida diaria y nuestra vida extraña”. Lispector lo constata preguntándole a otros cronistas, quienes coinciden con ella en que el escritor siempre se termina revelando a sí mismo en el texto.

Lispector también insiste en que tampoco es personal en su narrativa y que en sus libros no se incluye como personaje. Esto puede resultar desconcertante y hasta difícil de creer para sus lectores. Más de alguna vez en sus textos y novelas, la voz narradora interviene en la historia o en los asuntos del personaje para comentar o hacer preguntas, como ocurre en su novela “La hora de la estrella”. Esas intervenciones son una de las particularidades de su ejecución narrativa, donde lo importante no es tanto la acción como la incidencia de algún hecho, por minúsculo que sea, en el mundo subjetivo de los personajes, del narrador y del lector mismo.

Su novela “La pasión según G. H.” es la culminación de la búsqueda interior a través del lenguaje y no de la acción exterior. El lector acompaña a una escultora sola en su casa, recorriendo los espacios vacíos hasta llegar a la última habitación, la de la asistente doméstica. Encontrar ahí una cucaracha desata recuerdos, reflexiones sobre la vida y la muerte, la inmortalidad, el lenguaje y el sentido de la existencia en un monólogo interno denso. No en vano, la misma Lispector advierte al inicio de la novela que ella se sentiría contenta si el libro fuese leído únicamente por “personas con el alma ya formada”. Hay que estar en una disposición particular de ánimo para leer dicho libro, apreciarlo y dejarse llevar por el fluir analítico al que nos somete Lispector.

La intensidad de su relación con el lenguaje se complementa con su labor de traductora literaria, una faceta suya de la que se habla poco. Desde Oscar Wilde y Edgar Allan Poe hasta Anne Rice y Agatha Christie, la cantidad de traducciones al portugués de obras literarias de diversos autores realizadas por Lispector, también dejó una huella importante en el mundo cultural brasileño.
Escribir es una maldición, “pero una maldición que salva”, dice Lispector en alguna de sus crónicas. Maldición “porque obliga y arrastra como un vicio penoso del que es casi imposible librarse, porque nada lo sustituye”. Salvación porque “salva del día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

A través de su escritura introspectiva, Clarice Lispector supo develar el intimismo de lo cotidiano, de los momentos ordinarios que, pasados por su prosa, se convierten en asuntos trascendentales del ser humano.

Quien busque comprender algo sobre la profundidad de la vida hará bien en leerla.

Aprendizajes de vida a temprana edad

En el año que transcurre se nos ha apoyado por televisión presentar más de 40 programas dedicados al libro y a autores nacionales, temas en los que debemos ser incansables. Estimular la lectura no solo a adultos sino a estudiantes de educación básica. Con el convencimiento de que una sociedad lectora augura una ciudadanía sensible y capaz de conocer respuestas sobre convivencia y prácticas democráticas, apropiarse del logro de ejercer el derecho a ser escuchado como participante en una democracia en construcción. Ser un sujeto y no un objeto.

La proyección por la lectura desde la institución pública, en nuestro caso, nos permite acudir a una audiencia de adultos, niños y jóvenes que acogen entusiastas las iniciativas relacionadas con el tema. Un ejemplo paradigmático sería el de la biblioteca móvil (Bibliobús) que visita comunidades en riesgo cuatro o cinco días a la semana, incluyendo sábados y domingos, según el interés de la comunidad. Después de 10 años de labor institucional, el Bibliobús visita los más apartados rincones del país, de preferencia ahí donde no llega una biblioteca o no conocen un cuentacuentos o un animador de la lectura. Alguien que les facilite leer como un momento agradable.

Otro proyecto de aprendizajes por medio del libro y la lectura es la organización de un Festival de Literatura Infantil, que cuenta con apoyo institucional, pero no podría realizarse si no hubiese una sinergia entre distintos sectores del país que se apropian de la importancia de un evento que incide, no importa si en medida modesta, al desarrollo del país. Se sabe el aporte del libro y la lectura como eje estratégico de una educación nacional.

El octavo festival se celebra esta misma semana en la Biblioteca Nacional. Aspira a favorecer a participantes invitados de acuerdo con el interés de las comunidades y de entidades que las apoyan para hacer posibles los traslados y la organización en cada localidad del interior del país para asistir a una fiesta literaria. Los participantes son de educación básica, de entre ocho y 12 años, de preferencia, que acuden a un espacio agradable bajo el lema, este año, “Por la alegría de leer”. En años pasados fue “Leer es maravilloso”.

Algunos especialistas no están muy de acuerdo con la animación de la lectura si esta es un elemento distractor; argumentan que debe irse directo al libro, sin interferencias. Pero el festival no pretende esa vía directa, sino tratar de comunicarnos con niños en diferentes modalidades que les produzcan un momento inolvidable en su corta experiencia de vida aunada a aprendizajes de excepción. Entre otras cosas, conocen a escritores nacionales y los resultados de su creatividad.

Recuerdo allá en San Miguel, en una escuela pública muy modesta, y en tiempos remotos, sin los medios de comunicación de los conocidos ahora, ni siquiera radiodifusoras, excepto porque en las seis ciudades principales del país llegaba el periódico, siempre contaban con espacios de lecturas para los menores de edad. Fue mi caso.

Recuerdo en segundo grado, bajo el calor de San Miguel, en el que no reparábamos, pues no conocíamos geografías diferentes para comparar, un maestro nos leyó “Corazón” de Edmundo de Amicis. Ahí supe que había ciudades donde existía la nieve y se jugaba con ella, mientras nosotros nos divertíamos con los aguaceros diurnos. Y algo más en primer grado, en esa misma escuela pública de San Miguel, a otro docente, quizá al director, se le ocurrió llevarnos a ver una película al Teatro Nacional (convertido en cine). Fue la primera vez que tuve la experiencia de ver una película. Y tuvo la característica, por el tema, de ser una experiencia inolvidable. El título: “Los huérfanos de Stalingrado”. Por estar en el marco de una guerra mundial, tuvimos acceso a una exhibición que quizá no era para niños, pero nos permitió conocer a edad temprana la barbarie cometida contra niños en una guerra con el protagonismo invasor de un ejército nazi. Conocí el poder de las bombas. El cine fue mi medio de comunicación más avanzado de la época.

Esa película y un año después el libro “Corazón” me ofrecieron un aprendizaje sobre el mundo. Lo importante fue la imagen y la palabra, más que un argumento que podría ser inentendible a esa edad temprana. Aunque sí, en ambos casos hubo emoción que es también elemento esencial para el aprendizaje.
“Corazón” de Amicis, publicado en 1886, me permitió saber en mi segundo grado valores cívicos, de solidaridad, me despertó sentimientos tan importantes para formar la personalidad constructiva. Porque si es desde niño, mejor. Provocar sensibilidad ante el otro, como es el caso de los cuentos “De los Apeninos a los Andes” y “El tamborcillo sardo”; o los juegos inocentes de los niños lanzándose bolas de nieve. También hay un cuento con un niño que escribe un diario donde expresa sus emociones particulares.

De “Los huérfanos de Stalingrado” nunca supe más. ¿Alguien sabe? Recuerdo que a la hora de almuerzo discutimos temas de esa exhibición con un primo que estaba en sexto grado. Supongo que me ayudó a explicar algunas situaciones sobre la primera película de mi vida, cuando apenas tenía tres meses de conocer lo que era una escuela pública que nos ofreció esos aprendizajes de variadas expresiones, con docentes que advirtieron la necesidad de leer o de comunicar elementos artísticos desde una edad temprana. Esa práctica continuó hasta llegar al séptimo grado, en el área de la música, siempre en instituciones públicas de San Miguel.

Sin duda esas imágenes en la memoria repercutieron para introducirme a un oficio de creatividad artística, pese a mis diversas proyecciones de adolescente que incluyeron fútbol, matemáticas y docencia desde temprana edad.
Nota. Dedico esta columna a quienes permitieron fundar el Festival Infantil. Cito a los que ya no están con nosotros: al poeta Ricardo Lindo y al poeta chicano que nos visitaba desde California, Francisco Alarcón. Un saludo hasta la galaxia en infinito movimiento.