El viaje de retorno

Estoy en la 15A con un joven a la par y su madre, 15B y 15C. Me ha tocado el asiento junto a la ventanilla y un paisaje de volcanes de humo. Hacia adelante una pantalla de baja resolución señala que estamos sobre el Golfo de México; en el mapa aparecemos como un cursor que recorre una línea recta entre Chicago y San Salvador. La línea amarilla conectando las ciudades casi convence, si no fuera porque bien sé que una línea simple y directa no existe. Lo único que hay entre esas geografías es mi cuerpo tendido en un paréntesis, en una pausa cumulonimbo. Lo digo porque siempre en estos viajes mis dos realidades se cruzan, se enredan y me hacen ver el nudo que es vivir entre dos países. Hay una parte vital de mí que no entiende nada de esta viajadera; ni por qué me fui en un principio, ni que regreso a mi país cada cuanto tiempo, ni por qué dejo atrás mi lógica cotidiana para construir pasaderas entre dos arquitecturas de vida.

Sí, hay un mapa pero no coincide para nada con el de la pantallita del avión; el mapa se va haciendo en el viaje y revela más bien la geografía interna. Sobre Mérida está la preocupación por mis hijos que se han quedado celebrando Thanksgiving entre las ruinas de divorcio con un elenco de gente nueva. Sobre Campeche se plasman unos ojos masculinos de lobo-aguacatero caminando la playa espiando caracoles del mar. Sobre Chetumal y Belmopán pasan con los documentos de la aduana. Quieren saber a qué vengo y qué traigo de fuera, pero no dan espacio para contestar que quiero ver si todavía están los volcanes, los vendedores de minutas y los malabaristas de la calle. Ni que vengo para integrarme nuevamente al pulso de San Salvador, del mar y del país. Solo dan la opción de turismo o negocios; les vale que sea por necesidad existencial. ¿Qué traigo conmigo? Llevo mi corazón inquieto de colibrí que un día solo caerá muerto medio vuelo, de cansancio. Y si te hiciera yo la misma pregunta a ti, mi país: ¿Qué me tenés vos aparte de una historia maligna de silencios y fragmentos? Yo vengo a buscarte nuevamente, pero eso no quita de que juntos somos algo irracional y forzado, un cuadro goyesco. Sobre Choluma y Villanueva un bebe chilla y con toda razón; sufre también el viaje y no se deja calmar. Sabe que estamos en la barriga de este insecto; en la mosca dragón de diáspora.

Al fin mi mapa lleva a tus luces, San Salvador; aparecen de la negrura chispeando como los miles de farolitos de luz robada. Por llegar de noche los volcanes no se ven solo se perciben. En la inmigración entro con el pasaporte gringo en la cola nacional. Les cuesta saber qué hacer con los “hermanos lejanos” y en qué idioma hablarnos…lo seguro es que somos un reto a sus dos filas de “extranjeros” y “nacionales”. Esta vez tengo suerte y no insisten en que pague el impuesto de turista extranjera. En otros viajes no me ha molestado pagarlo; yo entiendo que me cobran multa por confundir, porque las ambigüedades y ambivalencias son incómodas. El último paso es salir con las maletas…entrego un documento, muestro el pasaporte gringo de nuevo, oprimo el botón negro del semáforo de la aduana. Es una azar; una rueda de la fortuna que si te sale rojo, se te impide la entrada al país y si verde te integras a la muchedumbre nacional. La luz palpita entre rojo y verde. VERDE.

Aterrizar en El Salvador

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, sobre todo cuando el que viaja ya no vive ahí. Pero llega el día en que uno se reencuentra con su país y, entonces, empieza un viaje que va más allá de un boleto aéreo.

Después de muchas horas de pasearse entre nubes e infinito, a través de la ventana de un avión, uno alcanza a ver un oasis. Ese lugar tiene nombre: se llama El Salvador.

El primer paso es sobrevolar la costa. Ver desde esa misma ventanita una línea infinita de espuma blanca dando la bienvenida a este paraíso que muy pocos tenemos el placer de haber descubierto es enternecedor.

Casi se puede escuchar, incluso arriba del avión, el sonido de las olas, mientras la brisa del mar mueve disimuladamente las palmeras que conforman un paisaje de esos que parecen sacados de revistas, pero que en nuestro país no son ninguna novedad.

Incluso el cielo cambia de color, parece más celeste, más grande, más lindo.

El volcán de San Salvador le advierte a uno que está a punto de llegar y, para aquellos que tenemos algunos años sin verlo, una sonrisita se nos empieza a dibujar en los labios a medida que El Picacho se eleva en el paisaje.

Si uno pone suficiente atención, empieza a darse cuenta del maravilloso contraste que se forma entre la abundancia de las palmeras ondeantes, el verde de los árboles y la tímida cordillera que se levanta en paralelo a la costa, intercalándose entre nubes y cielo.

Entonces, como para sacarlo a uno del trance, una voz advierte que hay que prepararse para el aterrizaje. “Enderecen sus asientos”, dice, junto a otro discurso inentendible en español y en inglés; las lucecitas de seguridad se encienden, arriba, en el techo del frío avión, y las cosquillitas en el estómago son inevitables: en solo unos minutos volverá uno a sentir aquel calor tan peculiar que solo en este país se experimenta; en solo unos minutos, volverá uno a disfrutar de unas deliciosas pupusas auténticas, con todo y quesito quemado; en solo unos minutos, uno volverá a ver a sus amigos de toda la vida; en solo unos minutos, por fin, uno podrá abrazar a su familia.

El avión ha seguido avanzado y la costa, con su infinita línea de espuma perfecta, queda atrás. Uno siente que empieza a volar sobre una cama de árboles frondosos que reúnen un sinfín de tonos verdes; algunas plantaciones de caña con sus flores blancas que parecen flotar se hacen presentes, atravesadas por una que otra callecita donde pasan carros que parecen de juguete. Uno se acerca cada vez más.

Después de algunos minutos, el avión toca tierra firme y el aeropuerto se hace más grande a medida que la máquina se detiene y uno trata de contener su emoción; pero entonces, aquella voz vuelve a hablar y esta vez dice: “Bienvenidos a El Salvador”.

Ahí es imposible no sentir una alegría inmensa: felicidad mezclada con nostalgia, añoranza e incluso tristeza cuando uno se da cuenta de que se tuvo que ir de ese lugar que tantas emociones le provoca. Yo creo que más de alguno intenta dominar las lágrimas, porque es profundamente movilizador volver al país que uno tanto quiere.

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, pero no solo para la vista, sino para el corazón.

Distancia amarga

Siempre creí que su vida fue fascinante. A cada uno de sus platillos le correspondía alguna tragedia o dicha que hubiera pasado por su vida. Nació en una casa de bahareque ahumada por fuego de leña. A los 10 años, su madre leyó su destino en un huevo de gallina india: estaría ligada por siempre a la cocina. Usó calzado solo hasta que pudo comprárselo con su primer trabajo, como aprendiz de cocinera. Formó una familia a cucharadas de guisos y a punta de ejemplos firmes. Hizo todo lo posible por aprender a leer y a escribir, y nada disfrutó más que devorar libros y alimentar a todos los comensales que estuvieran a su alcance.

Nuestra relación fue mucho más que un cliché entre nieto y abuela. Fue una complicidad que tenía su culmen en jornadas casi ceremoniosas de cocina. En ellas, sus historias y experiencias eran ingredientes infaltables. Más que sus trucos y secretos para que cada comida quedara exquisita, lo mejor de nuestras sesiones eran esas lecciones de vida que me daba con tanta sencillez. Sus risas, su caridad, desprendimiento y sabiduría siempre me satisficieron.

La última vez que pude abrazarla me susurró una bendición cálida. Su vestido celeste tenía pegado el olor del café de maíz que ella misma preparaba y molía a mano. Ella tenía los ojos humedecidos y la voz entrecortada. “Hasta pronto, mi viejita”, le dije con las cuerdas vocales hechas nudo. Era la segunda vez que me le iba del nido y, contrario a lo que me había imaginado, esa despedida fue más difícil.

Hoy, a menos de 8 días de su partida, se me llena la mente de verbos en condicional. Si entonces hubiera sabido que esa mañana de agosto sería la última vez que podría sentir su tibieza, no la habría soltado. Entonces solo tomé sus manos maltratadas por décadas de trabajo en la cocina, besé su frente llena de surcos y tuve que volar de nuevo.

Desde esta parte del mundo he aprendido que la muerte de un ser amado sabe más amarga con la distancia. Que la impotencia de no poder satisfacer la necesidad (quizá egoísta) de decirle adiós a la materia es fustigante. Sobre todo, que nunca se está listo para el dolor, sin importar cuán anunciado sea el golpe. La peor parte de estar lejos sale a flote en estos momentos en los que no hay más remedio que conformarse con despedirse a través de recursos tecnológicos. La vida y la muerte calan más hondo cuando se está distante.

El país que uno ama se condensa en los rostros que uno anhela volver a ver al regresar. Y cuando esos rostros se hacen más, las raíces se debilitan. Lo único que queda, para aminorar el sabor amargo, es alimentarse de las buenas memorias.

Montano en España

El periplo del coronel Inocente Orlando Montano Morales en los pasillos del sistema de justicia estadounidense inició en 2013. Una fría mañana de febrero de aquel año cubrí para LA PRENSA GRÁFICA la audiencia contra el militar por delitos migratorios que presidió el juez Douglas Woodlock en el centro judicial Joseph Moakley de Boston, Massachusetts. Pasaron más de cuatro años y hoy Montano está a un paso de ser extraditado a España, donde deberá responder por las muertes de cinco de los seis sacerdotes jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989.

En Boston, Montano fue condenado a 21 meses de prisión por haber mentido a autoridades migratorias al decir, entre otras cosas, que nunca había pertenecido a una institución armada. Al coronel se le olvidó decirle a Estados Unidos que él era viceministro de Seguridad Pública cuando una unidad de la Fuerza Armada salvadoreña entró a la UCA a asesinar a los sacerdotes y a dos de sus colaboradoras.

La pena que impuso el juez Woodlock parecía excesiva para un cargo menor. En Boston, uno de los abogados de la fiscalía estadounidense me lo explicó: la sentencia máxima fue impuesta atendiendo al historial previo de Montano. Es cierto que el coronel llegó a la Corte de Massachusetts sin antecedentes penales en El Salvador, pero el Gobierno estadounidense presentó testigos que hablaron sobre su rol en la masacre de la UCA y en otros abusos cometidos por el ejército salvadoreño durante la guerra civil.

Montano fue trasladado a Carolina del Norte, a una prisión de seguridad media donde había mejores condiciones para atender sus problemas de salud; padece diabetes y sobrevivió a un cáncer.
España, entonces, pidió la extradición del militar a Madrid para que se presente al Juzgado Sexto de la Audiencia Nacional española a responder por los “asesinatos terroristas” de los cinco jesuitas que eran españoles. Desde 2013, la defensa de Montano introdujo al menos media docena de recursos para evitar el viaje.

El martes pasado, la Corte Suprema de Estados Unidos cerró la última puerta a Montano, cuyo viaje a Madrid es ahora inminente. De acuerdo con una fuente diplomática de España, que consulté en Washington, se espera que en las próximas horas el coronel pase a custodia de las autoridades españolas.

Cuando Montano comparezca en el tribunal madrileño, el reloj de la justicia en el caso jesuitas, tantas veces detenido en El Salvador por obstrucciones y encubrimientos que implican a todas las administraciones salvadoreñas desde el presidente Alfredo Cristiani hasta Mauricio Funes, acelerará de nuevo su curso.

Lo más importante es que toda la prueba recabada desde que el juez Eloy Velasco admitió la demanda de los familiares de los jesuitas en 2008 pasará a ser del dominio público: testimonios de exmilitares implicados en la masacre, relatos de testigos oculares y miles de documentos desclasificados por los gobiernos de Estados Unidos y España arrojarán luz sobre las circunstancias que rodearon los terribles hechos del 16 de noviembre de 1989.

La verdad asomará y ya con eso se habrá abierto el camino hacia la justicia, no solo para los deudos de Ignacio Ellacuría Beascoechea, Segundo Montes Mozo, Ignacio Martín-Baró, Amando López Quintana, Juan Ramón Moreno Pardo, Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina Mariset Ramos, sino también para todas las víctimas que dejaron su sangre en la locura que duró de 1970 a 1992 en El Salvador.

Para encubrir a los asesinos de los jesuitas, el Estado salvadoreño mutiló su aparato de justicia, antes y después de los Acuerdos de Paz. Primero fue la derecha, implicada directamente en la masacre, y luego, ya en el gobierno, fue la izquierda política, que también ha querido cuidarse de que la investiguen por sus desmanes.

Un país no puede construirse sin verdad, por eso es importante que el coronel Montano llegue a España.

La memoria como praxis

Como niña del año 76’ en El Salvador y habiéndome ido a los cuatro años del país, he heredado una parte de la memoria de la guerra más reciente no a través de recolección directa sino a través de fragmentos; imágenes inquietantes, objetos, historias, comportamientos y afecciones transmitidos como una herencia dentro de la familia y de la cultura en general. Para algunos de mi generación es hasta cansado seguir hablando de la memoria como tema. Para otros las memorias son pistas que nos llevan a desarrollar cierta metodología y praxis, o práctica activa, de la memoria. El pasado nos agarra y no nos suelta. Recordar se convierte en una especie de trabajo de campo que nos lleva a adoptar, bastante al azar, los métodos de historiadores, antropólogos, etnógrafos, abogados y a investigar en archivos, a buscar entrevistas en casas ajenas y a conocer espacios y zonas apartadas del país.

En mi caso, la UCA ha sido un espacio que siempre me ha llamado la atención porque mi mamá estudió la filosofía ahí con los jesuitas en los años 70. Crecí oyendo sus historias del Padre Ignacio Ellacuría y del Padre Martín Baró, de las cosas que más los fastidiaba que hicieran los estudiantes y en varios momentos me ha llevado a la UCA casi como en viaje de peregrinaje para conocer y recordar ese espacio y sus días como estudiante ahí.

Fue en una de estas ocasiones que me captó la atención el Vía crucis del pueblo salvadoreño de Roberto Huezo y sentí que me sobrecogió una necesidad de conocer la historia de esos cuadros en la capilla; si habían sido encargados por los padres jesuitas o cómo es que llegó a estar esa serie de dibujos ahí en la capilla de la UCA. Roberto Huezo, el autor del Vía crucis, me concedió una entrevista y me contó lo siguiente; una historia que comparto aquí porque conocerla me ha llevado más allá de la memoria heredada de mi familia para formar mis propios lazos con la UCA como espacio de la memoria.

Los primeros apuntes para el Vía crucis del pueblo salvadoreño surgieron cuando Roberto Huezo presenció un enfrentamiento violento entre un grupo de guerrilleros y el ejército que duró toda la noche. El artista me describió cómo los soldados llegaron con tanques de artillería pesada y sin piedad, dando fuego con lanzallamas a la vivienda donde habían localizado a unos muchachos guerrilleros, matándolos y dejando aterrorizada a su comunidad de Santa Tecla. “Allí nacieron mis primeros apuntes.” Y allí, en los bosquejos matutinos de Roberto Huezo nació el Vía crucis del pueblo salvadoreño (1983-1984).

Poco después, la hermana mayor y el cuñado de Roberto Huezo fueron secuestrados por soldados del ejército. “Durante las búsquedas de mi cuñado, las cuales realizábamos, con mi hermana, cuando nos avisaban que habían cadáveres en las carreteras, o en “el playón”, ó en algunos otros sitios de fuera de la capital y, en las morgues…ya tenía suficientes apuntes para desarrollar la serie de dibujos.” El Vía crucis llegó a ser un punto de encuentro entre la realidad cruda y la imaginación; un testimonio visual que le dió al artista una manera de aprehender la realidad. Según Huezo los dibujos eran una manera de enfrentarse con la realidad, de confrontar la realidad, de habérselas con ella, para luego cargar con la realidad y, que la realidad no cargase con ellos.

Fue el Padre Ignacio Ellacuría quien le instó a que Huezo dibujara como una forma de exteriorizar las imágenes de bocas y manos contraídas en dolor y de cuerpos heridos y retorcidos que atormentaban a Huezo. Le dijo: “Debes enseñarnos cómo siente el humanista esta deshumanización.” Ellacuría llegó cada lunes por nueve semanas para ver la evolución de su trabajo: “Uno de esos lunes, creo que el tercero, me dio la noticia de que se le había ocurrido de que esos dibujos, formarían parte de la Capilla Monseñor Romero de la UCA…que formarían parte del “Vía crucis del pueblo salvadoreño.” Pero el Padre Ellacuría tardó en escoger y, según el artista, terminó viendo cerca de ochocientos dibujos. La serie completa hoy consta de más de dos mil dibujos de diferentes tamaños.

Según Huezo, los dibujos son su testimonio visual de cómo la guerra deshumaniza al ser humano: “Usé tinta aguada, acuarela, carboncillo, pasteles, lápiz, bolígrafo, sumie, sanguina, lápiz conté, y algunas otras medias secas y húmedas para que aquél papel blanco (la nada), enfrentado, a solas en mi estudio, se convirtiera en algo que mi memoria heredaría a la humanitas, dejándome ser testigo. Testigo de una de las más terribles acciones que el hombre puede llegar a realizar: su deshumanización.”

Investigar la historia del Vía crucis fue una manera de interactuar con el pasado, de hacerle mis propias preguntas y de construir un conocimiento válido y personal de la historia. De la misma forma que unos rechazan al pasado otros de mi generación buscan estas interacciones dinámicas haciendo arte y cultura, yendo a los archivos, buscando entrevistas, conociendo espacios del país y haciendo activismo de varias formas. Hacemos un trabajo multidisciplinario de hacer cultura, antropología, etnografía y de activismo para poder conocer el pasado. De esta forma la historia deja de ser una abstracción intelectual y cobra nueva vida en el presente.

Elevemos la conversación

Hace unos días, recibí el libro “100 chilenos: una experiencia para volver a confiar”, documento que recoge los resultados de una actividad sin precedentes que busca poner nuevamente sobre la mesa el imprescindible valor de la confianza.
Algunos meses atrás, en este mismo espacio, les conté con mucho entusiasmo sobre la experiencia que viví al ser parte de la actividad “100 Chilenos”: una iniciativa novedosa en la que el Centro de Políticas Públicas de la Universidad Católica buscaba replicar un mini Chile para conversar sobre confianza.

Durante un día completo, 100 personas que representábamos distintos segmentos de la sociedad chilena –en mi caso, a los extranjeros– conversamos y buscamos soluciones prácticas para temas cotidianos y estratégicos, desde la convivencia con los vecinos hasta el sistema de pensiones.

Instancias como esta, dirigidas por instituciones de prestigio, son un valioso aporte social y de construcción de ciudadanía. Además, reflejan una preocupación institucional por temas de fondo, que finalmente son la causa de muchos problemas actuales.

La crisis de confianza no solo afecta a Chile, es un tema global y generalizado a escala individual, social y de países. Por eso, vale la pena detenerse y repensar, de forma conjunta, cómo abordar una crisis que afecta de la manera más profunda las formas de hacer las cosas en todas las escalas.

Por eso, me animo a retomar las palabras de aquella otra columna que recapitulaba lo vivido en “100 Chilenos”. Después de esta inigualable experiencia, solo puedo decir: ¡Qué falta nos hace a los salvadoreños la capacidad de volver a asombrarnos ante los problemas! ¿Dónde quedó nuestra habilidad para sorprendernos y, ante el asombro, reaccionar, actuar para resolver?

Si ya nada nos sorprende, si ya nada nos indigna, la violencia, la pobreza, el tráfico, la corrupción se vuelven normales, se hacen parte de lo esperable. La gran enseñanza de los chilenos es que ellos no han dejado de indignarse ante los grandes problemas del país: saben que las colusiones, los desfalcos, esta crisis de confianza no es lo normal y quieren resolverlo. Eso los ha llevado a buscar alternativas, a generar soluciones, porque no quieren que el problema se agudice.

Sin embargo, parece que para los salvadoreños, vivir en desconfianza es lo normal, ya nada nos sorprende: otro ladrón, otro corrupto, otro asesinato, ¿qué esperabas? Necesitamos repensar nuestra forma de ver las cosas: darnos cuenta de lo que no está bien y volver a sorprendernos, volver a indignarnos.

Dejar de sorprendernos por los problemas, es igual a dejarlos pasar y hacernos del ojo pacho. Solo esa chispa de indignación que genera la sorpresa nos permitirá movernos y provocar cambios.

Cuando nuestra clase política empiece a conversar sobre los temas de fondo, tendremos una esperanza. Porque, por ejemplo, volverse analistas del último escándalo familiar de algún político no construye nada más que un apetito por el rumor, la especulación y nada constructivo; que tu bandera de lucha sea cambiar de nombre a la Puerta del Diablo porque incita al mal es igualmente cuestionable y risible. En fin.

Elevemos la conversación. Hay más que suficientes preocupaciones y conflictos profundos por resolver en nuestro país que trascienden el nombre de un risco. Y, como ciudadanos, también tenemos el rol de exigir cierto nivel de profundidad a nuestros políticos.

Para leer sobre “100 chilenos”, pueden visitar el sitio web http://politicaspublicas.uc.cl

Odio, muerte e impunidad

En nuestro El Salvador en llamas ya es poco lo que conmociona. Hemos aprendido a ver los asesinatos como sucesos rutinarios. Las balas, la sangre, la brutalidad y la impunidad están tan enraizadas que podríamos pasar de largo un cadáver en cualquier acera. A lo sumo, escupiríamos las tan encajonadas expresiones: “pobrecito”, “lástima” o “a saber en qué pasos andaba”.

Hemos aprendido a ver las muertes con frialdad. Pero hay desgracias que pueden descongelarnos el sentido para recordarnos que merecemos una muerte digna. Y por digna entendamos que como mínimo sea por causas naturales. Y si el feminicidio de Vilma Pérez no nos mueve las entrañas, deberíamos preocuparnos, porque ya se nos empieza a pudrir algo por dentro.

La expareja de Vilma la mató por ser mujer, porque un día la consideró propiedad y se dio cuenta de que esa “propiedad” se le iba de las manos. La mató ante los ojos de sus hijos, quienes tuvieron el horror de presenciar cómo esa bala desprendía los sesos de la mujer que los alumbró. ¿Le parece muy visceral el enunciado anterior? Ahora póngase en el lugar de esos dos niños (de cuatro y ocho años), quienes lo tuvieron que ver de frente. Ahora, otros dos pequeños salvadoreños van a vivir con miedo, resentimiento y dolor. Tenemos dos huérfanos más que, para nuestros fosilizados políticos, serán dos insignificantes números en sus estadísticas. Son dos niños más que acaban de perder la inocencia.

Esa desgracia la supe por una estudiante. Llegó al aula seria, sin la sonrisa bromista que la caracteriza. “Solo me puse a pensar que así pude haber terminado yo, si no me hubiera venido por tierra”, lanzó después de un par de minutos de conversación.

A Sara* la obligó a cruzar el desierto el miedo que sentía por su expareja. Con 15 años, decidió venirse con otra vida en el vientre porque había recibido amenazas de muerte del hombre varios años mayor que se la llevó a su casa con promesas palabras dulces. “Me pegaba en la barriga, porque me había negado a abortar. Me tenía encerrada y me decía que, si me le iba, me iba a matar. Yo me le escapé”, recordó hace algunas noches la joven que hoy tiene 18 años.

El único vínculo que Sara tuvo con Vilma es haber estado en una situación de abusos de todo tipo. Por fortuna, esta estudiante contó con una red de apoyo que le permitió pagarse un coyote que la trajo hasta Washington, D. C. Ahora que es madre de un pequeño de tres años, solo espera terminar su equivalente del título de bachillerato en Estados Unidos y conseguir un empleo que le permita mantener a su hijo.

La protección que las leyes salvadoreñas garantizan a las mujeres es una burla. Por más reformas y leyes especializadas que haya, la impunidad sigue siendo la mejor aliada de la misoginia. Las alternativas de una mujer violentada no deberían ser huir del país o morir. Deberían contar con instituciones confiables, que les garanticen resguardo y apoyo. Sobre todo, debería de haber un sistema integral de protección, que les permita darse cuenta de las características iniciales de una relación que podría terminar en fatalidad.

*Sara es un nombre ficticio. La estudiante ha pedido que no se revele ningún dato que pueda comprometerla a ella o a su familia que sigue en El Salvador.

Política “millenial”

Los recientes desencuentros entre políticos salvadoreños jóvenes y los dos partidos más importantes del país han empezado a alimentar la narrativa, sobre todo en redes sociales, del advenimiento de una nueva generación que, de a poco, podría empezar a romper la dicotomía ideológica que El Salvador heredó de su guerra civil y que se galvanizó en torno a ARENA en la derecha y el FMLN en la izquierda.

Ya hay columnistas de este y otros periódicos que ponen rostros a esa supuesta nueva generación. Para la izquierda, el del alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, recién expulsado del FMLN y quien ha dicho que formará un movimiento para buscar la presidencia en 2019. Y para la derecha, el de Johnny Wright Sol, un diputado que se ha enfrentado en público a su partido, ARENA, por temas relacionados con salud reproductiva, matrimonio igualitario, transparencia y administración interna.

Ambos políticos, nacido uno en 1981 y el otro en 1985, suelen generar entusiasmo en las redes sociales, sobre todo el alcalde, quien ha montado una fuerte infraestructura cibernética que se encarga de celebrarlo y promocionar su agenda política y personal. Y ambos, como se apuntó, se han enfrentado a sus partidos de una manera u otra, lo que les ha valido ya el mote de ser, cuando menos, críticos del sistema, algo que también genera simpatías en un ambiente en que las líneas ideológicas de derechas e izquierdas aparecen ya difuminadas.

Si se atiende a las definiciones temporales que algunos tanques de pensamiento estadounidenses dan al tema generacional —como el Pew Research Center—, es posible ubicar a estos dos hombres en la generación llamada “millennial”, que es la nacida durante la década de los ochenta, marcada por los flujos de información que popularizó el internet y más recientemente por el uso de las llamadas redes sociales. También dice el Pew que una “brecha política importante” divide a estos jóvenes de otras generaciones.

Todo lo anterior son, por supuesto, fabricaciones conceptuales estadounidenses, a las que hay que tomar con mucha prudencia al intentar extrapolarlas a una sociedad como la salvadoreña, donde los únicos horizontes para un buen porcentaje de los jóvenes nacidos después de 1980 son la pandilla, la muerte o la huida a Estados Unidos. Vale, sin embargo, aplicar eso de “la brecha política”, aun si es solo para efectos argumentativos.

Veamos. ¿Representan Nayib Bukele y Johnny Wright Sol brechas importantes respecto al ideario de sus partidos políticos? Para empezar: ¿cuál es el ideario de ARENA y del FMLN más allá de las formulaciones propagandísticas?

La ideología se convierte en plataforma política desde el ejercicio de la función pública, no en las redes sociales. ¿Cómo se define esa plataforma en el caso de lo hecho por el FMLN en ocho años de gobierno? ¿Populismo? ¿Estado de bienestar? ¿Militarización de la seguridad pública? ¿Y la de ARENA desde la oposición? ¿Populismo también?

¿Y cuál es el ideario de los políticos “millennial” de moda en El Salvador? Imposible saberlo aún. En el caso del alcalde el show bufó en el que él y el FMLN convirtieron el epílogo de su relación ha opacado todo lo demás. Y en el caso del diputado Wright Sol falta que sus desencuentros con axiomas de la derecha más cavernaria se conviertan, en efecto, en propuesta política.

Lo cierto es que mientras esta supuesta nueva generación no se defina sobre los dos temas más importantes para el país, que son la violencia y la corrupción, lo suyo no será más que moda tuitera. Mientras no lo hagan en serio, explicando qué ideas tienen para acabar de una vez por todas con los usos patrimoniales del Estado que han hecho derechas e izquierdas, o cómo abordarán desde la función pública el rescate del resto de “millennial” salvadoreños condenados a muerte por las pandillas o las manoduras, su juventud no será más que una versión mejor maquillada que la de sus antecesores.

Semos espectadores emancipados

Es un acto sumamente íntimo que alguien, una persona desconocida, te entregue las manos para lavárselas. Eso aprendí bien hace unos días que les lavé las manos a cientos de personas. Ese rito de purificación fue parte de un performance titulado “Song for The Beloved” dirigido por Honor Ford-Smith y que recordaba la violencia política en Latinoamérica.

Quizás hablar de un performance no sea la mejor manera de describir lo que se llevó a cabo en escena. Era más bien un espacio intervenido con objetos, mesas, arena, velas, artefactos, piedras del mar e imágenes para montar una escena en que el público tenía la oportunidad de recordar a sus seres queridos, los que habían fallecido en situaciones violentas, y pensar en la reconciliación social.

Mientras el público caminaba por la escena, los actores los guiaban en actividades para facilitar la reflexión y el diálogo. Mi papel directo como actor en la instalación era lavarle las manos a cada participante como una manera de prepararlos para entrar a la escena. Más que un rito de purificación rápido, entendí que el hecho de lavarles las manos le señalaba a cada persona que estaba por entrar a un performance radicalmente diferente sin espectadores; les tocaba ser participantes activos y no voyeurs pasivos en la escena. Mojarles las manos con agua, pulsarlas táctilmente y luego secárselas con toalla les recordaba del poder de las manos y la potencia humana de actuar.

Mi participación en “Song for The Beloved” me llevó a reflexionar sobre el arte político de El Salvador. En varios momentos de la historia del arte y de la cultura visual en El Salvador el tema político ha sido evidenciado de manera frontal en monumentos, esculturas patrocinadas por el Estado, en murales, en algunas obras de teatro y en museos. Como parte del público nuestra función en relación con estas imágenes ha sido verlas pasivamente. En los años setenta-ochenta, por ejemplo, dichas visualidades fueron usadas en apoyo de proyectos políticos revolucionarios y las imágenes y escenas representadas pretendían despertar la consciencia del público.
En los últimos 20 años estas fueron resemantizadas para ajustarse a las distintas necesidades que surgieron y se afinaron en la posguerra. Siempre el papel del público ha sido recibir estas imágenes sin oposición ni diálogo. Si pensamos en los murales más recientes de Antonio Bonilla, por ejemplo, el arte político representa una versión necesaria de la historia a partir de la conquista, pero a la vez reproduce un modelo didáctico en que aprendemos sobre la memoria colectiva de una manera pasiva. Frente a estos murales somos espectadores distantes del pasado sin la posibilidad de traer a colación experiencias propias vividas y sin la capacidad de intervenir en la historia colectiva.

En su trabajo crítico, Jacques Ranciere escribe sobre esta paradoja, que el arte político precisa de un público para poder existir pero lo hace haciendo espectadores pasivos de seres humanos activos, gente con sus propias historias políticas. Cuando terminé lavándoles las manos a los últimos grupos que entraron en la escena de “Song for The Beloved”, me uní a unas de las mesas de diálogo que se habían formado en escena. La pregunta que discutían los participantes era sobre cómo era posible la reconciliación social luego de tantos traumas vividos y qué condiciones necesitaban darse para llegar a la paz social.
Son estos los diálogos y estos los tipos de espacios que nos precisa abrir en los centros artísticos de nuestro país, espacios donde no solo nos toca ser espectadores pasivos que miramos la violencia histórica y actual en representaciones artísticas e históricas, sino espacios para poder dialogar sobre estos temas de una forma dinámica, constructiva, catártica y curativa.

Una vida sin políticos

Después de septiembre, se acaba el año, es irremediable. Entonces uno empieza a hacer el recuento de todas aquellas promesas que se hizo hace casi 10 meses y que probablemente no ha cumplido: bajar de peso, dejar de fumar, ahorrar, tomar más agua, en fin…

Lo relevante aquí, más allá de todos esos buenos propósitos, es que está a punto de terminar otro año y debemos revisar aquellas promesas de campaña que nuestros políticos de turno realizaron en su momento. ¿Las recuerda? Probablemente no. Yo tampoco. Si las recuerda y les ha dado seguimiento, ¡lo felicito!, ¡lo admiro! Necesitamos más gente así.

Y es que eso es parte del truco: que pase el tiempo, los meses, los años. Y entonces, hacer recuentos con una que otra cifra, de vez en cuando, para dejarnos contentos y que parezca que hay avances ¿y luego? Nada. Luego pasa el año y todo sigue igual. Y por eso terminamos cuestionándonos de qué sirve ir a votar, si todos son iguales, si las promesas no se cumplen —o se cumplen a medias—, si al final del día, es la misma cosa con una bandera distinta.

Además, estamos demasiado ocupados con nuestras vidas, con el trabajo, la universidad, la familia, el tráfico, las cuentas y el jefe como para estar pensando —además— en qué están haciendo los políticos. ¡Cómo si no tuviéramos suficiente con nuestros propios temas!

Pero entonces, empieza la época electoral y ¡ahí sí! Todos los candidatos quieren ser nuestros amigos. Los vemos hasta en la sopa, gastan millonadas en propaganda, nos llaman a la casa, bailan en los mercados, comen pupusas, chinean bebés y abrazan viejitos.

No estoy diciendo nada que los sorprenda, lo sé. Simplemente estoy retratando lo que ya está sucediendo y lo que día a día va a ir incrementando a medida que llegue el momento en que usted se acerque a un centro de votación y dibuje una crucita sobre la cara de su candidato predilecto.

Lo que quiero hacer prevalecer es que dejemos de darle tanta importancia a todo el ruido electoral y nos concentremos en lo que de verdad importa: ¿cómo se han portado aquellos diputados a los que usted entregó su voto? ¿En cuántos madrugones participaron? ¿Ha llegado a la Asamblea o es de los típicos diputados fantasma que solo aparecen cuando hay campaña? ¿Cómo evaluaría el trabajo de su alcalde? ¿Recuerda su plan de gobierno? ¿Ha dado cuenta de su gestión?

Probablemente usted no tenga tiempo para empezar a hacer una investigación exhaustiva de todos estos temas, porque como dije anteriormente: ¡usted tiene una vida! Pero su vida, esa que tanto esfuerzo y trabajo le conlleva se ve inevitablemente afectada por el actuar de los diputados y autoridades locales.

Por eso, sin que se convierta en un peso terrible, poco a poco, mientras llega marzo de 2018 y usted se vuelve a replantear los propósitos de año nuevo, vaya poniéndole atención a las noticias de los diputados de su circunscripción, visite de vez en cuando el sitio web de la Asamblea Legislativa y de su alcaldía, casi por curiosidad.

Si poco a poco, como salvadoreños, vamos construyendo una cultura más estricta con nuestras autoridades, las autoridades van a empezar a ser menos descuidadas, porque sabrán que están siendo fiscalizadas.

¿O es muy utópico lo que estoy diciendo?