Lidiar con el racismo

Este país norteño ya demostró que puede ser una pesadilla para el foráneo. El futuro próximo, tal y como se vio venir desde el cambio de gobierno, se está tornando cada vez más turbulento para la comunidad latinoamericana. Su mensaje y sus obras están siendo levadura para la xenofobia y el odio racial que desde siempre han tenido un lugar preponderante en el podio de valores de muchos estadounidenses.

Esa idea repudiable de que hay razas superiores que otras es expresada cada vez con más libertad. Los latinos estamos recibiendo desprecios y humillaciones públicos, a la luz del día y con más recurrencia. Han sido varias las clases, en este año escolar que está por terminar, que se han tornado en un espacio de desahogo para mis alumnos que han pasado por una de esas situaciones desagradables.

Una vez, Gabriela, una salvadoreña que dobla turnos en un restaurante oriental, llegó pálida al salón de clases. Sus manos temblaban y parecía al borde del llanto. Acababa de presenciar cómo una mujer blanca, acolitada por tres o cuatro personas más, ofendía a un mexicano de edad madura.

El señor de piel morena y estatura baja, quien más adelante aclaró que era médico y que solo se dirigía a su consultorio, había rozado por accidente el brazo de la mujer, al subir al autobús. “Lo trató de violador, de criminal, le decía que volviera a su sucio país, que era un latino asqueroso. Y todos los demás gringos le decían que se bajara del bus”, escupió Gabriela entre tartamudeos.

En otra ocasión, Elmar, un guatemalteco que obtendrá su diploma equivalente al bachillerato en agosto, apareció en el aula lleno de indignación. Había tenido que ir a una ciudad de Virginia a terminar un proyecto con la empresa de aires acondicionados para la que trabaja. Cuando llegó a una tienda a pedir algo de comer, la cajera, rubia hasta de las pestañas, lo miró con menosprecio y le preguntó: “¿Estás seguro de que puedes pagar lo que vas a pedir?” El joven resolvió por contestarle que era una racista, mostrarle el dinero que tenía gracias a sus dos trabajos e irse de la tienda.

Podría llenar al menos ocho páginas de esta revista con los encontronazos que mis alumnos han tenido que pasar con gente racista. En este país primermundista hay un buen porcentaje de la población que se sentiría extasiado si el segregacionismo se restableciera.

Ese retroceso, que les privilegiaría (todavía más) por sobre el resto de colores de piel les daría la tranquilidad y la paz que pierden cuando se ven obligados a interactuar con aquellos a los que consideran inferiores.

Es una verdadera vergüenza que los seres humanos sigamos rigiendo nuestro actuar y pensar por valores racistas y clasistas. Juzgar a alguien por su color de piel, por su origen cultural o religioso, o por la cantidad de dinero que tiene en el bolsillo, solo afirma la miseria que se lleva por dentro.

Los seres humanos somos los únicos animales que no aprendemos de nuestros errores. La historia nos demuestra lo mal que nos ha ido cuando hemos dejado que la discriminación tome el control de nuestras acciones. Aún así, seguimos reproduciéndola con la misma torpeza.

De momento, en la escuela hemos reforzado la educación en derechos. No podemos evitar que nuestros jóvenes sigan exponiéndose a esas situaciones, así que les damos herramientas legales para que no se olviden de que valen tanto como cualquier otra persona, y para que exijan que se les respete su dignidad.

Ramiro

Corrían los últimos meses de 2008. José Luis Merino me mandó un mensaje con mi padre: quería, le dijo, hablar conmigo para aclararme algunas cosas sobre los textos que yo y otros colegas habíamos escrito en LA PRENSA GRÁFICA sobre los correos electrónicos del comandante Raúl Reyes de las FARC, donde Merino aparece nombrado como mediador en la compra de armas para la guerrilla colombiana.

Le dije a mi padre que le diera mi teléfono celular. Ramiro me llamó. Y se identificó así: “Habla Ramiro”, me dijo, y me citó en una casa de la colonia Flor Blanca, cerca del Gimnasio Nacional. Fui a la hora que me dijo al lugar que me indicó. Me bajé, pero ahí solo había dos personas que cuidaban un garaje lleno de cajas viejas. Ramiro, me dijeron, solía llegar a esa casa, pero ese día no lo haría. Marqué al teléfono y nadie me contestó.

Aquella fue la única vez que hablé, en teléfono o en persona, con José Luis Merino, el comandante Ramiro. He escrito mucho sobre él después del episodio de las FARC, y siempre busqué entrevistarlo, a menudo a través de funcionarios del partido. Nunca contestó. Esa es una de las características de este líder efemelenista: es escurridizo; prefiere hablar desde la comodidad que le otorgan los medios partidarios para asegurarse de que no haya preguntas incómodas y que su discurso llega, sin molestias, al coro fiel de sus seguidores.

Para escribir lo del nexo con las FARC viajé a Bogotá a entrevistar a los fiscales colombianos que procesaron los correos de Raúl Reyes y a los agentes estadounidenses y europeos que certificaron que las computadoras del comandante fariano no habían sido manipuladas.

En el marco de aquella investigación, asesores cercanos al entonces presidente Saca me dijeron que Merino había sido pieza importante en la negociación política que siguió al 5 de julio de 2006, cuando Mario Belloso, un francotirador asociado al FMLN, mató a dos agentes de la PNC durante una manifestación.

Aquel año, asociados de Merino fundaron ALBA Petróleos con dinero proveniente de Venezuela. En los meses siguientes, ALBA Petróleos se diversificó y llegó a servir de paraguas a una docena de empresas, varias de ellas afincadas en Panamá. Para 2014, los ingresos del grupo rozaban los $1,000 millones. Dos años después, el conglomerado está al borde de la bancarrota, como lo demuestran la quiebra de la aerolínea VECA y comentarios públicos de algunos de sus operativos.

Este año, al calor del caos en Venezuela, el senador estadounidense Marco Rubio, republicano de Florida, acusó a Merino de lavar dinero del narcotráfico y pidió sanciones en su contra. La reacción del FMLN entonces fue acuerpar a Ramiro y escudarse en que lo de Rubio era una pataleta más del lobby cubano-americano de Florida, asociado con la derecha salvadoreña.

Después vino la carta de los 14 congresistas de la cámara baja, entre ellos demócratas identificados con la izquierda que no han dudado en apoyar en Washington la agenda de los gobiernos efemelenistas, y que, durante la gestión de Funes, incluso ayudaron a abrir las puertas del Capitolio al primer gobierno del FMLN.

Ya no es solo Rubio, son más los que ven con mucha preocupación la lista de sospechas que se suman en torno de Ramiro.

El FMLN, después de esa carta, optó por cerrar filas y asegurar el blindaje a Merino. Todos en el partido corrieron a defenderlo, y han usado los recursos del Estado para hacerlo: cancillería le creó, ad hoc, un puesto de viceministro.

El ruido en torno del comandante es demasiado, y los indicios suficientes como para que la Fiscalía salvadoreña lo investigue en serio. Pero no, por ahora, al menos en El Salvador, Ramiro Vásquez sigue siendo intocable. Y con su caso el FMLN ha dejado claro que la impunidad es también un asunto que se tiñe de rojo.

Vivo dos posguerras

Vivo dos posguerras; una a escala relacional y la otra de mi país. La de mi país la he vivido de lejos y la otra, desde el meollo. Esto lo escribí hace casi un año en el margen de una libreta de apuntes. Claro está que la primera posguerra que me marcó fue la que seguimos viviendo como parte del proceso nacional de El Salvador. Pero durante la disolución de mi matrimonio se me ocurrió que el divorcio también trae su propia posguerra; un período de tiempo posterior al combate abierto durante el cual se sufre sus consecuencias. Las dos posguerras me han hecho reflexionar sobre la importancia de los momentos de transición en la vida marcados por crisis anteriores.

Uno se equivoca pensando que, con la firma de un acuerdo o con la concesión de un divorcio, solo queda vivir la paz. Resulta casi inverosímil que después de tanto trámite y angustia no se pase de golpe a una nueva lógica de vida. Pero lo que toca al terminar una guerra, a escala relacional o a escala nacional, es caminar por un paisaje hecho ruinas, entre ambigüedades, ambivalencias, fragmentos, desórdenes, cuentas, cartas, fotos y correos extraviados. El cese de fuego le permite a uno hacer la toma de inventario de lo que se puede redimir y restaurar; muchas veces suele ser bien poco. Pero de esos primeros pasos tambaleantes a llegar a la paz hay un largo trecho.

La paz no es la no-guerra; la paz requiere actividad, la construcción de armonía organizada alrededor de una maqueta bien pensada. En un momento de desgaste y ruina se impone la tarea inmediata de renovación. Esto es porque uno de los problemas básicos de cualquier posguerra suele ser la falta de una buena infraestructura. Lo que toma años en establecer se desarma y uno queda expuesto con dificultades para poner orden al caos. La vida nos llama a responder, pero ya sin los sistemas acostumbrados; todo hay que negociarlo de nuevo y lo cotidiano se vuelve irreconocible. Por eso es que la posguerra requiere presencia mental, energía, negociación, diálogo, madurez donde antes uno simplemente había funcionado en automático. Me he dado cuenta de que el cumplimiento inicial de estas tareas influye mucho en las secuelas de guerra y en la transición a una nueva etapa de vida.

Dicho todo esto quiero aclarar que me parece demasiado simplista pensar que algún día salimos del laberinto de nuestras posguerras. En esto soy más proponente de la teoría del caos y de la noción poética de que el aleteo de una mariposa en Brasil puede terminar desatando un tornado semanas después en otro país. La teoría del caos se basa en el hecho de que el presente es susceptible en un primer momento a condiciones iniciales mínimas que se quedan imperceptibles e invisibles con el tiempo. De la misma forma, cualquier turbulencia de la vida nos marca en un primer momento y no podemos saber hasta dónde llevan los efectos secundarios. Seguimos hablando de “posguerra” precisamente porque las transiciones desatadas con el fin del conflicto son apenas condiciones iniciales inconclusas.

Con todo, este año cumplo dos años de divorciada y en El Salvador se marcan los 25 años de posguerra. En ambos casos la inseguridad, la insuficiencia y la desilusión son amenazas constantes, pero también hay esperanza, creatividad y energía. Los conflictos de la vida crean estelas caóticas cuyo impacto final no se puede saber ni pronosticar con certeza alguna. Esto no quiere decir que el aleteo inicial de la mariposa sea insignificante, sino todo lo contrario, mis dos posguerras me han llevado a la conclusión de que cada acción inicial debe tomarse con decisión y responsabilidad sabiendo que el impacto eventual será formidable. En fin, nuestras posguerras se hacen puentes o estanques dependiendo de la solidez de un programa inicial de transición hacia la paz y de la firmeza de nuestros primeros batidos de alas hacia ese camino.

La (in)seguridad de confiar

Últimamente escucho por todas partes el término “colaborativo”. Es una especie de bonita descripción que está de moda para ponerle como apellido a casi todo. Buscando información al respecto, di con un artículo –no muy nuevo– titulado “El boom del consumo colaborativo”, publicado por Carlos Fresneda en www.elmundo.es

El artículo habla sobre la rápida expansión de opciones colaborativas para gran diversidad de actividades que van desde el turismo, con Airbnb; transporte, con Uber; financiamiento, con Crowndfunding; hasta trabajo, con Coworking, por mencionar algunas.

Este tipo de “economía compartida” o “consumo colaborativo” está asociado al auge de la conectividad a través de los teléfonos inteligentes y a la búsqueda de intercambios comerciales de persona a persona que resulten menos costosos y más eficientes.

La tendencia apunta hacia nuevos modelos económicos que privilegien la colaboración y el intercambio, generando formas novedosas de ganar dinero y, al mismo tiempo, creando nuevos mercados y diferentes maneras de hacer cosas más bien tradicionales: como ir en taxi o alojarse en un hotel.

Sin embargo, y es aquí donde la cosa se pone interesante, el autor del artículo hace énfasis en que, para que este modelo de consumo sea exitoso, hay un factor clave: la confianza.
Estos intercambios colaborativos están basados en un voto de confianza entre usuarios. Por ejemplo, en el caso de Airbnb, el turista “confía” en que el arrendatario cumplirá con la promesa realizada y recibirá los productos y servicios acordados, por el precio definido. Es casi como volver a lo básico: yo te digo la verdad y tú me crees.

No se trata de un intercambio con una gran empresa o con una razón social. Se trata de intercambios entre personas comunes y corrientes que hacen un voto de confianza que le permite al sistema funcionar.

Yendo a terreno nacional y con un ejemplo concreto, Uber ha llegado a El Salvador. Este polémico nuevo estilo de transporte que en otros países existe hace años, en El Salvador se ha tardado mucho en aparecer y no dejó de levantar dudas y miedos con respecto a temas de seguridad.

Y es que, gracias a la inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, es difícil confiar en subirte al carro de un desconocido. Y una vez más, como mensaje recurrente en mis columnas, insisto en cómo la violencia modifica de manera trascendental la forma en que suceden las cosas. En un país no violento, los problemas de Uber tienen que ver con la legalidad del servicio, pero no con temas de confianza/seguridad.

La confianza es un tema transversal a las personas y a las instituciones que, en países con altos índices de violencia como el nuestro, se vuelve un valor difícil de encontrar. Desconfiar se transforma casi en una forma de supervivencia: confiar puede ser peligroso.

Por tanto, esta gravísima crisis de confianza por la que atravesamos, alentada por las circunstancias violentas que nos rodean, limitan enormemente el desarrollo de nuestro país, colocando barreras de entrada casi infranqueables para la innovación, como el caso de esta nueva tendencia en consumo colaborativo.

Entonces, como conclusión, es inmensamente relevante trabajar en temas de seguridad y disminución de los índices de delincuencia para recién ahí empezar un importante camino hacia la reconstrucción de la confianza que nos permita, como fin último, vivir en libertad.

Inconsciencia

El poder corrompe. Los salvadoreños lo tenemos bien claro. Sin importar dónde nos encontremos, hemos sido testigos, o más bien cómplices silenciosos, de cuánto pudren los cargos públicos. Y desde que terminó la guerra civil hemos dejado que ustedes y los de su clase (política) nos pasen encima cuantas veces han querido.

Quizá sea el fardo de represiones por el que nuestra sociedad tuvo que pasar antes y durante el conflicto armado. Quizá sea porque ahora, muy convenientemente para ustedes, leemos en cada pared esa amenaza de “ver, oír y callar”, y sabemos de primera mano que su incumplimiento deriva en sangre derramada. A lo mejor son los callos de tanta traición, porque hemos confiado tantas veces en rostros como los suyos, que un día nos prometieron honestidad y transparencia y al siguiente se engordaban las bolsas con nuestro dinero. Como sea, aunque nos avergonzamos de ustedes, ya no tenemos el valor o las ganas de botarlos. De seguro por eso siguen tan tranquilos y prepotentes.

Así sus banderas, sean rojas, tricolores, verdes, azules, naranjas, blancas o arcoíris, nos han demostrado ser exactamente lo mismo: aves de rapiña que no descansan hasta arrebatarse los puestos entre ustedes mismos para succionar lo que puedan. Derechas, izquierdas y centros han demostrado ser el mismo mal. No les importa otro bienestar más que el suyo. Disfrazan su ambición mencionando a un Dios que no es compatible con sus acciones. Sonríen bonito y se dan golpes de pecho señalando a los otros que quizá solo se les han adelantado un poquito en la tarea de saquear. Dicen vivir para servir al pueblo, pero solo se sirven de él.

Sobresueldos, plazas fantasmas, seguros médicos privados, camionetas suntuosas, guardaespaldas, puestos para sus familiares y allegados, partidas secretas, dietas ostentosas… La lista de su traición es tan grande como su doble moral. ¿No sienten cargo de conciencia? ¿No se han puesto a pensar siquiera un minuto en el daño que provoca su ambición?

El dinero de sus lujos podría usarse para proveer un mejor acceso a la educación para los niños y adolescentes que viven en los lugares más recónditos de nuestro país. Los ancianos abandonados podrían tener un techo y una pensión mínima para no vivir en la miseria y la mendicidad. Podrían desarrollarse programas integrales de educación, de los que de verdad alejen a los niños de la violencia. Más importante aún, ese dinero que ustedes malgastan podría paliar la escasez de tratamientos para pacientes renales del Hospital Rosales. Cada vez que un enfermo muere a causa de la falta de recursos en los hospitales, esa muerte cae sobre sus espaldas. ¿No les pesa?

Mientras ustedes y sus núcleos afectivos disfrutan de la seguridad en una residencial burbuja con sistemas de videovigilancia, familias enteras se unen al éxodo para evitar ser asesinadas y violadas. Mientras pueden costearse esos relajantes viajes con fondos públicos, miles de trabajadores son explotados en maquilas por sueldos que insultan la dignidad. El Salvador está en llamas y ustedes le arrojan gasolina. ¿Qué esperan ahora? ¿Más medallitas y pines de oro como reconocimiento por esa ardua labor?
De momento, parece no haber nadie que pueda o quiera detener sus arbitrariedades y abusos, así que pueden sentirse tranquilos y retozar en sus caprichos. Vociferen la ideología que quieran, fabriquen cortinas de humo cuando se les antoje, desvíen más fondos públicos, quítenle al pueblo lo que le pertenece. Sigan siendo tan buenos verdugos como hasta ahora han sido. Pero no olviden que toda acción tiene una reacción, y que cuando los borregos despertemos, haremos facturas a sus nombres.

Volver a las sombras

Vivir como indocumentado en Estados Unidos implica, por lo que he visto y escuchado en las calles de este país, caminar con la vista escorada, con el alma pendiente de una patrulla con la sirena encendida o de un uniforme azul. Significa vivir con un miedo permanente, ya no a la muerte que ronda en el barrio, sino de ser obligado a regresar a ese barrio en la tierra de origen.

Llegué a Maryland en 2009 y aquí he vivido desde entonces, en Silver Spring, una de las ciudades del estado que hacen vecindad con la capital de la Unión. Esta ciudad ha sido hogar de decenas de miles de salvadoreños y centroamericanos desde hace al menos dos décadas, cuando las migraciones cíclicas empezaron a poblarla de latinos. Hasta hace muy poco, vivir aquí, como latino, aun como indocumentado, no se asociaba al miedo a ser deportado. Hasta hace muy poco.

El condado de Montgomery, donde está Silver Spring, no tiene estatus de “área santuario” para indocumentados, pero en la práctica este es un lugar sumamente amigable con el extranjero; aquí, hasta hace muy poco, la situación migratoria no iba aparejada necesariamente con la discriminación.

Aquí, en Silver Spring, la diversidad manda. Esta es, de acuerdo con un estudio elaborado por la casa de asesoría financiera WalletHub, la quinta ciudad más diversa de Estados Unidos. Aquí conviven en los mismos espacios públicos –escuelas, bibliotecas, oficinas– y privados razas, idiomas, religiones, cosmovisiones. Es una ciudad café, mestiza, donde el inglés, con marcados acentos hindis, etíopes o salvadoreños, sirve de vehículo común de intercambio.

Una de las principales razones que siguen atándonos a mi familia y a mí a este lugar es esa, la diversidad: saber que mis hijas crecen rodeadas de riqueza cultural y no enclaustradas en una burbuja. Estados Unidos tiene muchas cosas feas, pero también, en sus condados más diversos, ofrece inmensas ventanas a cosas buenas que el mundo tiene que ofrecer.
Todo eso, hoy, está en peligro.

Los vientos políticos que la administración republicana de Donald J. Trump ha traído a Washington, que se nutren en gran medida de los miedos más oscuros de la “América blanca” que nunca vivió el sueño americano, han hecho que la diversidad alimentada por las comunidades migrantes vuelva a cubrirse de sombras.

Una de las formas en que la administración de Donald Trump quiere revertir la diversidad es a golpe de un chantaje financiero monumental. La Casa Blanca ha amenazado a los gobiernos locales de estados y ciudades con retirarles los fondos que el gobierno federal les otorga anualmente si los departamentos de policía de estos condados no ayudan a la Migración federal a deportar indocumentados.

El tema, además, ha cobrado especial relevancia desde que Trump y su fiscal general, Jeff Sessions, aplicaron la fórmula del odio retórico para criminalizar a las comunidades latinas al equipararlas con las actividades delictivas de la pandilla MS-13. Es la vieja fórmula que esta derecha estadounidense ya había usado antes al equiparar el terrorismo islámico con la comunidad musulmana: criminalizar al extranjero, culparlo de todos los males y montar sobre él la parla populista. Como Hitler.

A seis meses de presidencia, la retórica ya está animando a los funcionarios que no comulgan con la diversidad a promover políticas públicas con tintes xenofóbicos, mientras que amenaza con cohibir a funcionarios que han entendido la diversidad como la forma de vida que rige su función pública.

Y mientras todo esto pasa, los indocumentados siguen viendo sobre el hombro, caminando de nuevo por las sombras.

Y entonces, ¿necesitamos una CICIES?

Empezaría diciendo que saquemos a los políticos de la discusión, pero no puedo: diseñar y ejecutar una comisión internacional a la que el Estado nacional cederá atribuciones como la investigación del crimen es algo que no puede hacerse, obvio, sin el concurso del Estado. En El Salvador, el Ejecutivo se ha negado de entrada a ceder esas atribuciones a un ente internacional. ¿Por qué?

No ha habido, hasta ahora, una discusión seria en la agenda nacional sobre la conveniencia o no de que en El Salvador haya una comisión internacional como en Guatemala. Cada vez que el tema surge en la opinión pública suele ser porque la oposición política vinculada a ARENA, con evidentes intereses partidarios, lo trae a colación, o porque algunos tuiteros sin aparente filiación partidaria tiran la idea al ciberespacio.

Las respuestas a la pregunta que titula esta columna y a la que finaliza el primer párrafo están aún pendientes. No seré yo quien las conteste, pero sí puedo, en todo caso, dar mi opinión. Parto de lo básico: ¿Es necesario que el Estado salvadoreño ceda soberanía a un ente internacional para investigar y combatir el crimen, sobre todo el crimen organizado? Yo creo que no haría daño alguno, sobre todo si entendemos que los entes encargados de esa función por mandato constitucional han solido ceder su soberanía e independencia a entes ajenos a ese mandato, como los partidos políticos, o, peor, a grupos de crimen organizado que están en abierta contradicción con ese mandato.

Si partimos de que la Fiscalía General de la República es a la que toca ejercer la dirección de la investigación criminal por mandato constitucional, basta revisar las gestiones de la mayoría de fiscales generales anteriores a Douglas Meléndez para entender que pusieron a la institución al servicio de intereses de partidos políticos o, en el peor de los casos, del crimen organizado.

Así, hablar de las gestiones del fallecido Manuel Córdova Castellanos, de Belisario Artiga, de Félix Garrid Safie, de Romeo Barahona o de Ástor Escalante es hablar de fiscales generales que pusieron a la Fiscalía al servicio de los intereses políticos del partido ARENA. O de funcionarios cercanos al poder. Hablan de ello casos como el de la violación y asesinato de la niña Katya Miranda, en el que el rol de la Fiscalía fue encubrir y proteger a los sospechosos, policías y militares incluidos; o, mucho antes, la negativa de la Fiscalía de Córdova de investigar a bancos del sistema financiero relacionados con estafas atribuidas a empresarios cercanos a la derecha política, como FOMIEXPORT o FINSEPRO.

Y, luego, al revisar la gestión de Luis Martínez, avalada por todos (t-o-d-o-s) los partidos políticos, se entiende cómo la Fiscalía llegó a ceder su independencia al crimen organizado y a la corrupción. Casos como el de Enrique Rais y la protección al Cartel de Texis son ejemplos de ello.

Uno de los principales argumentos de los detractores de que en El Salvador exista una comisión internacional es ese, que no es adecuado que el Estado ceda su soberanía. La semana pasada se lo escuché, por ejemplo, a Fabio Castillo, el abogado cercano al FMLN, pero ya antes lo han repetido diputados y autonombrados analistas, sobre todo desde la izquierda política.

El argumento es, creo, un sofisma: qué soberanía va a ceder la Fiscalía General cuando durante tanto tiempo la ha cedido a intereses que nada tienen que ver con el soberano, con el pueblo al que se debe. Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua de la palabra soberano: “El que ejerce o posee la autoridad suprema o independiente”.

Si “Chepe Diablo”, Los Perrones y demás mafias incrustadas en el sistema político salvadoreño han podido ejercer autoridad sobre fiscales generales y –de esto he hablado antes con detalle– directores de la Policía Nacional Civil, de qué sirve la tan cacareada soberanía.

Prefiero una cesión controlada de soberanía a un ente internacional para garantizar el imperio de la ley, como en el modelo CICIG, que seguir cediendo la soberanía de nuestras instituciones a las mafias que se han adueñado de ellas.

Luz Negra

“¿Vas a escribir sobre el plagio?” Esto me preguntó un amigo escritor, medio para aclarar y medio sugiriendo con recato que era pésima idea tocar el tema. Me explicó: “En el país hay detalles que nunca se comentan públicamente, como eso del plagio”. Agregó que había varios plagios históricos que no se mencionan o, más bien, se hablan solo por debajo. Uno de estos es la obra “Luz negra” (1964) de Álvaro Menen Desleal. Llegó a ser una de las obras de teatro con mayor trascendencia en la dramaturgia salvadoreña a pesar de que el autor fue acusado de copiar “Esperando a Godot” (1952) de Samuel Beckett. El Diccionario de la Lengua Española de la RAE define el plagio de la siguiente manera: “Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. Esta definición trae a mente los ejercicios escolásticos de mis hijos que hace poco había matriculado en un colegio de San Salvador, mientras llevaba a cabo una investigación en el país. En esa escuela, los alumnos llenaban cuadernos y cuadernos con textos escritos mecánicamente: pasajes transcritos, palabras copiadas y frases dictadas. Aprendieron a reproducir textos con buena ortografía, pero de tanto escribir no hicieron nada de su propia autoría. Esta noción de copiar como parte del proceso de aprendizaje es abundante sobre todo en los mundos de la literatura y el arte, donde se aprende imitando las obras maestras y las técnicas de los que vinieron antes. A partir de Aristóteles se ha reconocido que la imitación es un fin esencial del arte. Claro, el gran error está en dar a conocer una copia como un original sin hacer cambios sustanciales, nuevos o creativos.

Por su parte, la obra de Álvaro Menen Desleal es indiscutiblemente beckettiana. Los personajes de Menen Desleal son Goter y Moter, dos cabezas que acaban de ser separadas de los cuerpos en una ejecución pública. La obra se desarrolla con la conversación entre Moter y Goter mientras esperan que pase alguien para confirmar si están vivos o no. “Esperando a Godot” (1952) de Samuel Beckett tiene una estructura muy parecida con dos hombres, Vladimir y Estragon, que conversan mientras esperan la llegada de Dios.

A pesar de las acusaciones en contra de Menen Desleal de haber plagiado la obra de Beckett (véase “Si la envidia fuera tiña” en el blog de Rafael Menjívar Ochoa, en la entrada del 23 de octubre 2007), “Luz negra” adapta la obra original para el contexto salvadoreño. Se conservan las huellas estructurales de “Esperando a Godot”, pero con cambios sustanciales que dan lugar a una obra de teatro novedosa. La imitación en “Luz negra” transforma la búsqueda de Dios en la búsqueda del ser humano. Miguel Ángel Asturias explica la relación entre los textos así: “Es un Beckett tropical, más rico, más vivo, más sugerente, más poético” (véase Carátula 44, “La dramaturgia en El Salvador”, de Carlos Velis). De modo que lejos de presentar una amenaza a la literatura, estas relaciones entre textos marcan la riqueza de una tradición literaria.

En vez de callar los casos de plagio del país sería mejor enfrentarnos con estos con paciencia y humildad, aceptando que lo nuestro tampoco representa un original absoluto sin antecedente. En fin, aparte de los casos más descarados, el plagio podría ser un buen augurio para los gremios artísticos; señala primero que la gente está leyendo lo anterior y tomándolo en cuenta y que hay un diálogo que se nutre del intercambio textual. El propósito de la literatura no es amontonar ideas para que se estanquen en un texto, sino soltarlas para travesear y descubrirse en otras.

El país que viene: jóvenes en el extranjero

Hace algunas semanas fue el lanzamiento del segundo libro “El País Que Viene: Jóvenes en el extranjero”, editado por Diego Echegoyén y coescrito por 60 jóvenes que ahora residen fuera de El Salvador.

Tuve el honor de engrosar las listas de esta gran iniciativa con un texto en el que plasmo, de la forma más amena que pude, mi experiencia como residente en el extranjero -en Chile, para ser exacta-. Así como yo, otros 59 jóvenes de los más diversos contextos, profesiones, pasiones y países, cuentan sus historias de vida, de cómo llegaron a los lugares donde hoy residen y por qué vale la pena ser de El Salvador, aunque no vivan en sus tierras.

Tengo que admitir que, cuando fui invitada a participar en el proceso, tuve muchas dudas: ¿por qué yo?, ¿mi historia es acaso relevante para alguien?, ¿qué objetivos persigue esta publicación?, ¿quiénes más participan?, ¿para qué?, ¿debería?

Poco a poco me fui enterando de otros jóvenes cercanos a mí que también habían sido invitados a participar, lo que me fue generando confianza en el proyecto; pero, además, me enteré que una persona me había nominado. Fue ahí cuando tomé la determinación de participar. El gesto de confiar en mí, nominándome, me hizo darme cuenta de lo que genera una iniciativa como esta: promover el orgullo de ser salvadoreño.

Las 60 historias que este libro recoge hacen un maravilloso recorrido por las vidas de personas comunes y corrientes, como yo, que por alguna razón u otra, no viven en El Salvador. Las distintas visiones de cada uno enriquecen de manera excepcional lo que significa ser salvadoreño y, lo más importante, nos permiten reunirnos en torno a un tema común, que se construye a partir de la pluralidad.
Eso fue precisamente lo que ocurrió durante la presentación del libro. Fue particularmente gratificante ver a personajes y autoridades de distintos partidos políticos e instituciones coincidir y convivir en torno a un mismo objetivo. Cada uno pasó al podio a contar parte de su historia, relatándola con orgullo y pasión, recordando cómo habían llegado a estar donde ese día se encontraban. El vicepresidente relató sus jornadas en las montañas y cómo sus ideales lo habían llevado, 20 años después, hasta el Ejecutivo; a su vez, y en un contraste que me pareció maravilloso, la exministra de relaciones exteriores, María Eugenia Brizuela de Ávila, contó cómo su viaje a Europa para aprender de historia y artes no logró disuadirla de convertirse en la primer abogado mujer en su familia.

Es tan importante saber apreciar la riqueza de la diversidad y, conociéndola, respetarla. La historia de cada uno nos hace particularmente distintos, y darle la oportunidad al otro de contarnos de dónde viene nos permite ampliar nuestros puntos de vista y encontrar esos puntos de encuentro que nos permiten empujar hacia un mismo objetivo: El Salvador. Les recomiendo que, con estas palabras en mente, busquen un ejemplar de este libro inspirador, lo lean junto a un buen café y, entre esas páginas, reconozcamos la riqueza de la diversidad, representada en las historias de 60 personas que han dispuesto convertirse en pequeños muestrarios de El Salvador en muchos rincones del mundo. Pero, sobre todo, a sentirnos orgullosos de nuestras propias historias y a convertirlas siempre en puntos de encuentro, de coincidencia; porque de divisiones ya fue suficiente.

No son costillas

Tampoco son bellas rosas de jardín, ni la creación más dulce de Dios, menos íconos de lo frágil y delicado. Que los hombres hayamos suprimido su condición de iguales durante generaciones también ha causado estos eufemismos que solo robustecen nuestro menosprecio por las mujeres. Sí, menosprecio, esa palabra que no nos gusta a los que creemos no ser machistas, pero que en el fondo estamos tan infectados de su escala de valores como cualquier misógino.

Ver a la mujer como una sensible doncella que necesita ser rescatada es una de las más perversas manifestaciones del machismo, porque, aunque no hace que la golpeemos y castremos, sí nos conduce a sentirnos superiores y nos ata la voluntad para unirnos a sus esfuerzos. Así solo alejamos la igualdad que les debemos. Es legitimarlas incapaces, débiles, sin inteligencia suficiente como para que resuelvan sus problemas por su cuenta. Es otra manera de anularlas, por “inferiores”.

Por eso es que causa tanta sensación una mujer mecánica, una motorista de camiones que cruce fronteras o una joven que atrape y entregue a las autoridades a un ladrón que la atacó en la calle. Por eso es que todavía los periodistas preguntamos a una funcionaria “cómo hace para equilibrar su maternidad y sus responsabilidades laborales”, cuestionando una actividad parental que ni se nos ocurriría abordar si fuese hombre. Por eso juzgamos de mala madre a la mujer que llega noche a su casa por una sobrecarga de trabajo, pero calificamos de responsable y laborioso a un hombre en la misma situación. Es que todavía nos provoca alergia concebir a una mujer lideresa, empoderada, con las mismas facultades físicas e intelectuales que cualquier hombre.

Como ejemplo: aunque no formemos parte de esos 30 países de África, Oriente Medio y Asia que les arrancan el clítoris –según la OMS–, sí mutilamos su derecho legítimo de tomar el control de su sexualidad. Porque, aunque cause escozor en algunas mentes, las mujeres deberían tener el derecho pleno de decidir sobre su cuerpo y su intimidad, sin ser tachadas de “putas” o “cerdas”. Aun cuando las niñas deberían ser educadas con verdadera responsabilidad sobre sexo y prevención, optamos por vetar todo lo sexual de nuestras hijas, hermanas, sobrinas. Creemos que basta con vigilarlas como perros guardianes para garantizar su bienestar.
No se confunda, que una niña sepa cómo se desarrolla el coito, sus riesgos físicos y emocionales, o cómo se usa un preservativo no la transformará en “una sucia promiscua”, más bien la hará consciente –pero sin tabús– de que intimar no es un juego, y de que debe haber mucha responsabilidad de por medio para hacerlo. Esta es una necesidad urgente que no debería ser refutada con argumentos religiosos, porque está en juego la salud sexual y reproductiva de un sector vulnerable. Que en un territorio tan pequeño como el nuestro haya habido 69 embarazos de adolescentes por cada día de 2016 es una alerta roja.

Si más hombres entendiéramos que nuestras actitudes y pensamientos micromachistas se suman a las vejaciones históricas a las que hemos sometido a las mujeres, y que sirven de obstáculo para que consigan la igualdad que se merecen, buscaríamos desaprenderlas. No es necesario ser un activista y protestar en las calles para apoyar su lucha. Reeducarnos, es decir, tirar a la basura cualquier idea que nos aleje de ver a la mujer como igual, es la forma más positiva para reivindicarnos de todas las veces en las que hemos sido sus verdugos. El machismo se puede curar si hay voluntad.