Montano en España

El periplo del coronel Inocente Orlando Montano Morales en los pasillos del sistema de justicia estadounidense inició en 2013. Una fría mañana de febrero de aquel año cubrí para LA PRENSA GRÁFICA la audiencia contra el militar por delitos migratorios que presidió el juez Douglas Woodlock en el centro judicial Joseph Moakley de Boston, Massachusetts. Pasaron más de cuatro años y hoy Montano está a un paso de ser extraditado a España, donde deberá responder por las muertes de cinco de los seis sacerdotes jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989.

En Boston, Montano fue condenado a 21 meses de prisión por haber mentido a autoridades migratorias al decir, entre otras cosas, que nunca había pertenecido a una institución armada. Al coronel se le olvidó decirle a Estados Unidos que él era viceministro de Seguridad Pública cuando una unidad de la Fuerza Armada salvadoreña entró a la UCA a asesinar a los sacerdotes y a dos de sus colaboradoras.

La pena que impuso el juez Woodlock parecía excesiva para un cargo menor. En Boston, uno de los abogados de la fiscalía estadounidense me lo explicó: la sentencia máxima fue impuesta atendiendo al historial previo de Montano. Es cierto que el coronel llegó a la Corte de Massachusetts sin antecedentes penales en El Salvador, pero el Gobierno estadounidense presentó testigos que hablaron sobre su rol en la masacre de la UCA y en otros abusos cometidos por el ejército salvadoreño durante la guerra civil.

Montano fue trasladado a Carolina del Norte, a una prisión de seguridad media donde había mejores condiciones para atender sus problemas de salud; padece diabetes y sobrevivió a un cáncer.
España, entonces, pidió la extradición del militar a Madrid para que se presente al Juzgado Sexto de la Audiencia Nacional española a responder por los “asesinatos terroristas” de los cinco jesuitas que eran españoles. Desde 2013, la defensa de Montano introdujo al menos media docena de recursos para evitar el viaje.

El martes pasado, la Corte Suprema de Estados Unidos cerró la última puerta a Montano, cuyo viaje a Madrid es ahora inminente. De acuerdo con una fuente diplomática de España, que consulté en Washington, se espera que en las próximas horas el coronel pase a custodia de las autoridades españolas.

Cuando Montano comparezca en el tribunal madrileño, el reloj de la justicia en el caso jesuitas, tantas veces detenido en El Salvador por obstrucciones y encubrimientos que implican a todas las administraciones salvadoreñas desde el presidente Alfredo Cristiani hasta Mauricio Funes, acelerará de nuevo su curso.

Lo más importante es que toda la prueba recabada desde que el juez Eloy Velasco admitió la demanda de los familiares de los jesuitas en 2008 pasará a ser del dominio público: testimonios de exmilitares implicados en la masacre, relatos de testigos oculares y miles de documentos desclasificados por los gobiernos de Estados Unidos y España arrojarán luz sobre las circunstancias que rodearon los terribles hechos del 16 de noviembre de 1989.

La verdad asomará y ya con eso se habrá abierto el camino hacia la justicia, no solo para los deudos de Ignacio Ellacuría Beascoechea, Segundo Montes Mozo, Ignacio Martín-Baró, Amando López Quintana, Juan Ramón Moreno Pardo, Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina Mariset Ramos, sino también para todas las víctimas que dejaron su sangre en la locura que duró de 1970 a 1992 en El Salvador.

Para encubrir a los asesinos de los jesuitas, el Estado salvadoreño mutiló su aparato de justicia, antes y después de los Acuerdos de Paz. Primero fue la derecha, implicada directamente en la masacre, y luego, ya en el gobierno, fue la izquierda política, que también ha querido cuidarse de que la investiguen por sus desmanes.

Un país no puede construirse sin verdad, por eso es importante que el coronel Montano llegue a España.

La memoria como praxis

Como niña del año 76’ en El Salvador y habiéndome ido a los cuatro años del país, he heredado una parte de la memoria de la guerra más reciente no a través de recolección directa sino a través de fragmentos; imágenes inquietantes, objetos, historias, comportamientos y afecciones transmitidos como una herencia dentro de la familia y de la cultura en general. Para algunos de mi generación es hasta cansado seguir hablando de la memoria como tema. Para otros las memorias son pistas que nos llevan a desarrollar cierta metodología y praxis, o práctica activa, de la memoria. El pasado nos agarra y no nos suelta. Recordar se convierte en una especie de trabajo de campo que nos lleva a adoptar, bastante al azar, los métodos de historiadores, antropólogos, etnógrafos, abogados y a investigar en archivos, a buscar entrevistas en casas ajenas y a conocer espacios y zonas apartadas del país.

En mi caso, la UCA ha sido un espacio que siempre me ha llamado la atención porque mi mamá estudió la filosofía ahí con los jesuitas en los años 70. Crecí oyendo sus historias del Padre Ignacio Ellacuría y del Padre Martín Baró, de las cosas que más los fastidiaba que hicieran los estudiantes y en varios momentos me ha llevado a la UCA casi como en viaje de peregrinaje para conocer y recordar ese espacio y sus días como estudiante ahí.

Fue en una de estas ocasiones que me captó la atención el Vía crucis del pueblo salvadoreño de Roberto Huezo y sentí que me sobrecogió una necesidad de conocer la historia de esos cuadros en la capilla; si habían sido encargados por los padres jesuitas o cómo es que llegó a estar esa serie de dibujos ahí en la capilla de la UCA. Roberto Huezo, el autor del Vía crucis, me concedió una entrevista y me contó lo siguiente; una historia que comparto aquí porque conocerla me ha llevado más allá de la memoria heredada de mi familia para formar mis propios lazos con la UCA como espacio de la memoria.

Los primeros apuntes para el Vía crucis del pueblo salvadoreño surgieron cuando Roberto Huezo presenció un enfrentamiento violento entre un grupo de guerrilleros y el ejército que duró toda la noche. El artista me describió cómo los soldados llegaron con tanques de artillería pesada y sin piedad, dando fuego con lanzallamas a la vivienda donde habían localizado a unos muchachos guerrilleros, matándolos y dejando aterrorizada a su comunidad de Santa Tecla. “Allí nacieron mis primeros apuntes.” Y allí, en los bosquejos matutinos de Roberto Huezo nació el Vía crucis del pueblo salvadoreño (1983-1984).

Poco después, la hermana mayor y el cuñado de Roberto Huezo fueron secuestrados por soldados del ejército. “Durante las búsquedas de mi cuñado, las cuales realizábamos, con mi hermana, cuando nos avisaban que habían cadáveres en las carreteras, o en “el playón”, ó en algunos otros sitios de fuera de la capital y, en las morgues…ya tenía suficientes apuntes para desarrollar la serie de dibujos.” El Vía crucis llegó a ser un punto de encuentro entre la realidad cruda y la imaginación; un testimonio visual que le dió al artista una manera de aprehender la realidad. Según Huezo los dibujos eran una manera de enfrentarse con la realidad, de confrontar la realidad, de habérselas con ella, para luego cargar con la realidad y, que la realidad no cargase con ellos.

Fue el Padre Ignacio Ellacuría quien le instó a que Huezo dibujara como una forma de exteriorizar las imágenes de bocas y manos contraídas en dolor y de cuerpos heridos y retorcidos que atormentaban a Huezo. Le dijo: “Debes enseñarnos cómo siente el humanista esta deshumanización.” Ellacuría llegó cada lunes por nueve semanas para ver la evolución de su trabajo: “Uno de esos lunes, creo que el tercero, me dio la noticia de que se le había ocurrido de que esos dibujos, formarían parte de la Capilla Monseñor Romero de la UCA…que formarían parte del “Vía crucis del pueblo salvadoreño.” Pero el Padre Ellacuría tardó en escoger y, según el artista, terminó viendo cerca de ochocientos dibujos. La serie completa hoy consta de más de dos mil dibujos de diferentes tamaños.

Según Huezo, los dibujos son su testimonio visual de cómo la guerra deshumaniza al ser humano: “Usé tinta aguada, acuarela, carboncillo, pasteles, lápiz, bolígrafo, sumie, sanguina, lápiz conté, y algunas otras medias secas y húmedas para que aquél papel blanco (la nada), enfrentado, a solas en mi estudio, se convirtiera en algo que mi memoria heredaría a la humanitas, dejándome ser testigo. Testigo de una de las más terribles acciones que el hombre puede llegar a realizar: su deshumanización.”

Investigar la historia del Vía crucis fue una manera de interactuar con el pasado, de hacerle mis propias preguntas y de construir un conocimiento válido y personal de la historia. De la misma forma que unos rechazan al pasado otros de mi generación buscan estas interacciones dinámicas haciendo arte y cultura, yendo a los archivos, buscando entrevistas, conociendo espacios del país y haciendo activismo de varias formas. Hacemos un trabajo multidisciplinario de hacer cultura, antropología, etnografía y de activismo para poder conocer el pasado. De esta forma la historia deja de ser una abstracción intelectual y cobra nueva vida en el presente.

Elevemos la conversación

Hace unos días, recibí el libro “100 chilenos: una experiencia para volver a confiar”, documento que recoge los resultados de una actividad sin precedentes que busca poner nuevamente sobre la mesa el imprescindible valor de la confianza.
Algunos meses atrás, en este mismo espacio, les conté con mucho entusiasmo sobre la experiencia que viví al ser parte de la actividad “100 Chilenos”: una iniciativa novedosa en la que el Centro de Políticas Públicas de la Universidad Católica buscaba replicar un mini Chile para conversar sobre confianza.

Durante un día completo, 100 personas que representábamos distintos segmentos de la sociedad chilena –en mi caso, a los extranjeros– conversamos y buscamos soluciones prácticas para temas cotidianos y estratégicos, desde la convivencia con los vecinos hasta el sistema de pensiones.

Instancias como esta, dirigidas por instituciones de prestigio, son un valioso aporte social y de construcción de ciudadanía. Además, reflejan una preocupación institucional por temas de fondo, que finalmente son la causa de muchos problemas actuales.

La crisis de confianza no solo afecta a Chile, es un tema global y generalizado a escala individual, social y de países. Por eso, vale la pena detenerse y repensar, de forma conjunta, cómo abordar una crisis que afecta de la manera más profunda las formas de hacer las cosas en todas las escalas.

Por eso, me animo a retomar las palabras de aquella otra columna que recapitulaba lo vivido en “100 Chilenos”. Después de esta inigualable experiencia, solo puedo decir: ¡Qué falta nos hace a los salvadoreños la capacidad de volver a asombrarnos ante los problemas! ¿Dónde quedó nuestra habilidad para sorprendernos y, ante el asombro, reaccionar, actuar para resolver?

Si ya nada nos sorprende, si ya nada nos indigna, la violencia, la pobreza, el tráfico, la corrupción se vuelven normales, se hacen parte de lo esperable. La gran enseñanza de los chilenos es que ellos no han dejado de indignarse ante los grandes problemas del país: saben que las colusiones, los desfalcos, esta crisis de confianza no es lo normal y quieren resolverlo. Eso los ha llevado a buscar alternativas, a generar soluciones, porque no quieren que el problema se agudice.

Sin embargo, parece que para los salvadoreños, vivir en desconfianza es lo normal, ya nada nos sorprende: otro ladrón, otro corrupto, otro asesinato, ¿qué esperabas? Necesitamos repensar nuestra forma de ver las cosas: darnos cuenta de lo que no está bien y volver a sorprendernos, volver a indignarnos.

Dejar de sorprendernos por los problemas, es igual a dejarlos pasar y hacernos del ojo pacho. Solo esa chispa de indignación que genera la sorpresa nos permitirá movernos y provocar cambios.

Cuando nuestra clase política empiece a conversar sobre los temas de fondo, tendremos una esperanza. Porque, por ejemplo, volverse analistas del último escándalo familiar de algún político no construye nada más que un apetito por el rumor, la especulación y nada constructivo; que tu bandera de lucha sea cambiar de nombre a la Puerta del Diablo porque incita al mal es igualmente cuestionable y risible. En fin.

Elevemos la conversación. Hay más que suficientes preocupaciones y conflictos profundos por resolver en nuestro país que trascienden el nombre de un risco. Y, como ciudadanos, también tenemos el rol de exigir cierto nivel de profundidad a nuestros políticos.

Para leer sobre “100 chilenos”, pueden visitar el sitio web http://politicaspublicas.uc.cl

Odio, muerte e impunidad

En nuestro El Salvador en llamas ya es poco lo que conmociona. Hemos aprendido a ver los asesinatos como sucesos rutinarios. Las balas, la sangre, la brutalidad y la impunidad están tan enraizadas que podríamos pasar de largo un cadáver en cualquier acera. A lo sumo, escupiríamos las tan encajonadas expresiones: “pobrecito”, “lástima” o “a saber en qué pasos andaba”.

Hemos aprendido a ver las muertes con frialdad. Pero hay desgracias que pueden descongelarnos el sentido para recordarnos que merecemos una muerte digna. Y por digna entendamos que como mínimo sea por causas naturales. Y si el feminicidio de Vilma Pérez no nos mueve las entrañas, deberíamos preocuparnos, porque ya se nos empieza a pudrir algo por dentro.

La expareja de Vilma la mató por ser mujer, porque un día la consideró propiedad y se dio cuenta de que esa “propiedad” se le iba de las manos. La mató ante los ojos de sus hijos, quienes tuvieron el horror de presenciar cómo esa bala desprendía los sesos de la mujer que los alumbró. ¿Le parece muy visceral el enunciado anterior? Ahora póngase en el lugar de esos dos niños (de cuatro y ocho años), quienes lo tuvieron que ver de frente. Ahora, otros dos pequeños salvadoreños van a vivir con miedo, resentimiento y dolor. Tenemos dos huérfanos más que, para nuestros fosilizados políticos, serán dos insignificantes números en sus estadísticas. Son dos niños más que acaban de perder la inocencia.

Esa desgracia la supe por una estudiante. Llegó al aula seria, sin la sonrisa bromista que la caracteriza. “Solo me puse a pensar que así pude haber terminado yo, si no me hubiera venido por tierra”, lanzó después de un par de minutos de conversación.

A Sara* la obligó a cruzar el desierto el miedo que sentía por su expareja. Con 15 años, decidió venirse con otra vida en el vientre porque había recibido amenazas de muerte del hombre varios años mayor que se la llevó a su casa con promesas palabras dulces. “Me pegaba en la barriga, porque me había negado a abortar. Me tenía encerrada y me decía que, si me le iba, me iba a matar. Yo me le escapé”, recordó hace algunas noches la joven que hoy tiene 18 años.

El único vínculo que Sara tuvo con Vilma es haber estado en una situación de abusos de todo tipo. Por fortuna, esta estudiante contó con una red de apoyo que le permitió pagarse un coyote que la trajo hasta Washington, D. C. Ahora que es madre de un pequeño de tres años, solo espera terminar su equivalente del título de bachillerato en Estados Unidos y conseguir un empleo que le permita mantener a su hijo.

La protección que las leyes salvadoreñas garantizan a las mujeres es una burla. Por más reformas y leyes especializadas que haya, la impunidad sigue siendo la mejor aliada de la misoginia. Las alternativas de una mujer violentada no deberían ser huir del país o morir. Deberían contar con instituciones confiables, que les garanticen resguardo y apoyo. Sobre todo, debería de haber un sistema integral de protección, que les permita darse cuenta de las características iniciales de una relación que podría terminar en fatalidad.

*Sara es un nombre ficticio. La estudiante ha pedido que no se revele ningún dato que pueda comprometerla a ella o a su familia que sigue en El Salvador.

Política “millenial”

Los recientes desencuentros entre políticos salvadoreños jóvenes y los dos partidos más importantes del país han empezado a alimentar la narrativa, sobre todo en redes sociales, del advenimiento de una nueva generación que, de a poco, podría empezar a romper la dicotomía ideológica que El Salvador heredó de su guerra civil y que se galvanizó en torno a ARENA en la derecha y el FMLN en la izquierda.

Ya hay columnistas de este y otros periódicos que ponen rostros a esa supuesta nueva generación. Para la izquierda, el del alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, recién expulsado del FMLN y quien ha dicho que formará un movimiento para buscar la presidencia en 2019. Y para la derecha, el de Johnny Wright Sol, un diputado que se ha enfrentado en público a su partido, ARENA, por temas relacionados con salud reproductiva, matrimonio igualitario, transparencia y administración interna.

Ambos políticos, nacido uno en 1981 y el otro en 1985, suelen generar entusiasmo en las redes sociales, sobre todo el alcalde, quien ha montado una fuerte infraestructura cibernética que se encarga de celebrarlo y promocionar su agenda política y personal. Y ambos, como se apuntó, se han enfrentado a sus partidos de una manera u otra, lo que les ha valido ya el mote de ser, cuando menos, críticos del sistema, algo que también genera simpatías en un ambiente en que las líneas ideológicas de derechas e izquierdas aparecen ya difuminadas.

Si se atiende a las definiciones temporales que algunos tanques de pensamiento estadounidenses dan al tema generacional —como el Pew Research Center—, es posible ubicar a estos dos hombres en la generación llamada “millennial”, que es la nacida durante la década de los ochenta, marcada por los flujos de información que popularizó el internet y más recientemente por el uso de las llamadas redes sociales. También dice el Pew que una “brecha política importante” divide a estos jóvenes de otras generaciones.

Todo lo anterior son, por supuesto, fabricaciones conceptuales estadounidenses, a las que hay que tomar con mucha prudencia al intentar extrapolarlas a una sociedad como la salvadoreña, donde los únicos horizontes para un buen porcentaje de los jóvenes nacidos después de 1980 son la pandilla, la muerte o la huida a Estados Unidos. Vale, sin embargo, aplicar eso de “la brecha política”, aun si es solo para efectos argumentativos.

Veamos. ¿Representan Nayib Bukele y Johnny Wright Sol brechas importantes respecto al ideario de sus partidos políticos? Para empezar: ¿cuál es el ideario de ARENA y del FMLN más allá de las formulaciones propagandísticas?

La ideología se convierte en plataforma política desde el ejercicio de la función pública, no en las redes sociales. ¿Cómo se define esa plataforma en el caso de lo hecho por el FMLN en ocho años de gobierno? ¿Populismo? ¿Estado de bienestar? ¿Militarización de la seguridad pública? ¿Y la de ARENA desde la oposición? ¿Populismo también?

¿Y cuál es el ideario de los políticos “millennial” de moda en El Salvador? Imposible saberlo aún. En el caso del alcalde el show bufó en el que él y el FMLN convirtieron el epílogo de su relación ha opacado todo lo demás. Y en el caso del diputado Wright Sol falta que sus desencuentros con axiomas de la derecha más cavernaria se conviertan, en efecto, en propuesta política.

Lo cierto es que mientras esta supuesta nueva generación no se defina sobre los dos temas más importantes para el país, que son la violencia y la corrupción, lo suyo no será más que moda tuitera. Mientras no lo hagan en serio, explicando qué ideas tienen para acabar de una vez por todas con los usos patrimoniales del Estado que han hecho derechas e izquierdas, o cómo abordarán desde la función pública el rescate del resto de “millennial” salvadoreños condenados a muerte por las pandillas o las manoduras, su juventud no será más que una versión mejor maquillada que la de sus antecesores.

Semos espectadores emancipados

Es un acto sumamente íntimo que alguien, una persona desconocida, te entregue las manos para lavárselas. Eso aprendí bien hace unos días que les lavé las manos a cientos de personas. Ese rito de purificación fue parte de un performance titulado “Song for The Beloved” dirigido por Honor Ford-Smith y que recordaba la violencia política en Latinoamérica.

Quizás hablar de un performance no sea la mejor manera de describir lo que se llevó a cabo en escena. Era más bien un espacio intervenido con objetos, mesas, arena, velas, artefactos, piedras del mar e imágenes para montar una escena en que el público tenía la oportunidad de recordar a sus seres queridos, los que habían fallecido en situaciones violentas, y pensar en la reconciliación social.

Mientras el público caminaba por la escena, los actores los guiaban en actividades para facilitar la reflexión y el diálogo. Mi papel directo como actor en la instalación era lavarle las manos a cada participante como una manera de prepararlos para entrar a la escena. Más que un rito de purificación rápido, entendí que el hecho de lavarles las manos le señalaba a cada persona que estaba por entrar a un performance radicalmente diferente sin espectadores; les tocaba ser participantes activos y no voyeurs pasivos en la escena. Mojarles las manos con agua, pulsarlas táctilmente y luego secárselas con toalla les recordaba del poder de las manos y la potencia humana de actuar.

Mi participación en “Song for The Beloved” me llevó a reflexionar sobre el arte político de El Salvador. En varios momentos de la historia del arte y de la cultura visual en El Salvador el tema político ha sido evidenciado de manera frontal en monumentos, esculturas patrocinadas por el Estado, en murales, en algunas obras de teatro y en museos. Como parte del público nuestra función en relación con estas imágenes ha sido verlas pasivamente. En los años setenta-ochenta, por ejemplo, dichas visualidades fueron usadas en apoyo de proyectos políticos revolucionarios y las imágenes y escenas representadas pretendían despertar la consciencia del público.
En los últimos 20 años estas fueron resemantizadas para ajustarse a las distintas necesidades que surgieron y se afinaron en la posguerra. Siempre el papel del público ha sido recibir estas imágenes sin oposición ni diálogo. Si pensamos en los murales más recientes de Antonio Bonilla, por ejemplo, el arte político representa una versión necesaria de la historia a partir de la conquista, pero a la vez reproduce un modelo didáctico en que aprendemos sobre la memoria colectiva de una manera pasiva. Frente a estos murales somos espectadores distantes del pasado sin la posibilidad de traer a colación experiencias propias vividas y sin la capacidad de intervenir en la historia colectiva.

En su trabajo crítico, Jacques Ranciere escribe sobre esta paradoja, que el arte político precisa de un público para poder existir pero lo hace haciendo espectadores pasivos de seres humanos activos, gente con sus propias historias políticas. Cuando terminé lavándoles las manos a los últimos grupos que entraron en la escena de “Song for The Beloved”, me uní a unas de las mesas de diálogo que se habían formado en escena. La pregunta que discutían los participantes era sobre cómo era posible la reconciliación social luego de tantos traumas vividos y qué condiciones necesitaban darse para llegar a la paz social.
Son estos los diálogos y estos los tipos de espacios que nos precisa abrir en los centros artísticos de nuestro país, espacios donde no solo nos toca ser espectadores pasivos que miramos la violencia histórica y actual en representaciones artísticas e históricas, sino espacios para poder dialogar sobre estos temas de una forma dinámica, constructiva, catártica y curativa.

Una vida sin políticos

Después de septiembre, se acaba el año, es irremediable. Entonces uno empieza a hacer el recuento de todas aquellas promesas que se hizo hace casi 10 meses y que probablemente no ha cumplido: bajar de peso, dejar de fumar, ahorrar, tomar más agua, en fin…

Lo relevante aquí, más allá de todos esos buenos propósitos, es que está a punto de terminar otro año y debemos revisar aquellas promesas de campaña que nuestros políticos de turno realizaron en su momento. ¿Las recuerda? Probablemente no. Yo tampoco. Si las recuerda y les ha dado seguimiento, ¡lo felicito!, ¡lo admiro! Necesitamos más gente así.

Y es que eso es parte del truco: que pase el tiempo, los meses, los años. Y entonces, hacer recuentos con una que otra cifra, de vez en cuando, para dejarnos contentos y que parezca que hay avances ¿y luego? Nada. Luego pasa el año y todo sigue igual. Y por eso terminamos cuestionándonos de qué sirve ir a votar, si todos son iguales, si las promesas no se cumplen —o se cumplen a medias—, si al final del día, es la misma cosa con una bandera distinta.

Además, estamos demasiado ocupados con nuestras vidas, con el trabajo, la universidad, la familia, el tráfico, las cuentas y el jefe como para estar pensando —además— en qué están haciendo los políticos. ¡Cómo si no tuviéramos suficiente con nuestros propios temas!

Pero entonces, empieza la época electoral y ¡ahí sí! Todos los candidatos quieren ser nuestros amigos. Los vemos hasta en la sopa, gastan millonadas en propaganda, nos llaman a la casa, bailan en los mercados, comen pupusas, chinean bebés y abrazan viejitos.

No estoy diciendo nada que los sorprenda, lo sé. Simplemente estoy retratando lo que ya está sucediendo y lo que día a día va a ir incrementando a medida que llegue el momento en que usted se acerque a un centro de votación y dibuje una crucita sobre la cara de su candidato predilecto.

Lo que quiero hacer prevalecer es que dejemos de darle tanta importancia a todo el ruido electoral y nos concentremos en lo que de verdad importa: ¿cómo se han portado aquellos diputados a los que usted entregó su voto? ¿En cuántos madrugones participaron? ¿Ha llegado a la Asamblea o es de los típicos diputados fantasma que solo aparecen cuando hay campaña? ¿Cómo evaluaría el trabajo de su alcalde? ¿Recuerda su plan de gobierno? ¿Ha dado cuenta de su gestión?

Probablemente usted no tenga tiempo para empezar a hacer una investigación exhaustiva de todos estos temas, porque como dije anteriormente: ¡usted tiene una vida! Pero su vida, esa que tanto esfuerzo y trabajo le conlleva se ve inevitablemente afectada por el actuar de los diputados y autoridades locales.

Por eso, sin que se convierta en un peso terrible, poco a poco, mientras llega marzo de 2018 y usted se vuelve a replantear los propósitos de año nuevo, vaya poniéndole atención a las noticias de los diputados de su circunscripción, visite de vez en cuando el sitio web de la Asamblea Legislativa y de su alcaldía, casi por curiosidad.

Si poco a poco, como salvadoreños, vamos construyendo una cultura más estricta con nuestras autoridades, las autoridades van a empezar a ser menos descuidadas, porque sabrán que están siendo fiscalizadas.

¿O es muy utópico lo que estoy diciendo?

Prioridades

La espiritualidad es una necesidad humana. Crea o no en un ser superior, el hombre necesita arraigarse de dogmas que le den sentido a su vida. De ahí que desde el origen de la civilización se haya buscado rendir adoración a uno o varios seres dioses; o que, ante los problemas que tenemos los contemporáneos, sea recurrente buscar refugio y ayuda en lugares que prometen religarnos con el Creador. Nuestro país, aunque parezca paradójico porque es un cómodo y holgado nido para la violencia y la corrupción, vive mucho su espiritualidad a través de la religión.

El nuestro es un territorio predominantemente cristiano —bastante polarizado por evangélicos y católicos— en el que se encuentran tantas iglesias y ermitas como tiendas. Y que haya suficiente libertad de religión es una verdadera fortuna para quienes dedican su vida al servicio de sus respectivas creencias. En El Salvador, cualquiera puede hacer una vigilia al aire libre sin temor a ser castigado. Nadie es reprendido por hacer procesiones, campañas evangelizadoras o acciones de caridad. Ser creyente es sinónimo de “ser bueno”, y llevar una biblia en la mano es una forma ideal de ganar simpatía y afinidad por casi todo salvadoreño promedio.

Creer es un derecho que no debería llegar hasta la frontera del fanatismo. Cuando supe de esa iniciativa legal para cambiar el nombre de la Puerta del Diablo solo se me vino a la mente ese concepto. Pensé que solo era un chiste, pero al darme cuenta que esa idea está siendo respaldada por representantes legislativos me convencí de lo pésimos que podemos ser los salvadoreños para ordenar nuestra lista de prioridades. Cambiar el nombre de un lugar histórico, solo porque hace alusión al “mal”, más que iniciativa religiosa parece una rabieta caprichosa de niño malcriado. Aunque sería maravilloso que al rebautizar esas piedras como Puerta de Jesús se detuvieran esos hasta 80 homicidios cada 72 horas, eso es tan irreal como la honestidad de la mayoría (porque quiero creer que a lo mejor hay algún par íntegro) de nuestros funcionarios de ayer y hoy.

Es una pena que las iglesias, con todo el poder e influencia que tienen, no tengan el valor que tuvo el Jesús que predican para señalar lo que de verdad le hace mal a nuestra sociedad. Es una lástima que todo ese poder —basta con recordar cuando renegaron de la iniciativa de fomentar una educación sexual integral en las escuelas, hasta que la detuvieron—, se malgaste en iniciativas tan sin sentido. Iniciativas que, como digno carroñero, más de alguno con ansias de poder y simpatía de la gente está aprovechando para legitimarse como “bueno” y hacedor de la voluntad de Dios. Porque ahora que se acercan las elecciones, nuestros excelsos candidatos tienen que hacer lo que sea necesario para afianzar ese puestecito lleno de tantos beneficios y de oportunidades de (enrique)crecimiento. Visitar cultos y misas, así como posar para las fotos con la actitud más nívea que se tenga, siempre ha sido una carta infalible para ganar votos.

Ordenemos nuestras prioridades. Para poder ver al menos una pizca de progreso en la situación del país hay que comenzar por remover, más que nombres diabólicos, a todo el que esté al frente y que incumple su deber. No podemos resignarnos en pensar que todo el que llega al poder es por la voluntad de Dios. Ya va siendo hora de que le recordemos a nuestros gobernantes, del color que sean, que así como los votamos los podemos botar.

El TPS y los palos de ciego de los políticos salvadoreños

La pista más certera sobre el Estatus de Protección Temporal (TPS en inglés), el beneficio migratorio que cobija a unos 187,000 salvadoreños en Estados Unidos, llegará en noviembre próximo cuando el Departamento de Seguridad Interna (DHS) haga pública su decisión sobre el futuro del programa para 60,000 hondureños que también gozan del beneficio.

Si Washington decide no renovar el TPS a los hondureños, lo más seguro es que no lo haga para los salvadoreños.

En abril, cuando DHS dio a conocer su decisión de renovar solo por seis meses más el TPS a 50,000 haitianos también amparados, sonó la primera alarma: “El Salvador debería de poner atención desde ahora”, me dijo entonces un asistente legislativo de la cámara baja.

A principios de septiembre, cuando el presidente Donald Trump anuló DACA, el programa de la administración Obama que evitó la deportación y dio permisos de trabajo a cientos de miles de jóvenes que llegaron indocumentados a Estados Unidos siendo muy pequeños, todas las luces de emergencia se encendieron para el TPS. Fue entonces que la clase política salvadoreña, los partidos, pretendieron salir de su usual letargo para abordar el asunto, y lo hicieron desde su asqueroso guion usual: intentar llevar agua a su molino electoral mientras se aseguran de echar ripio a su adversario.

La cantaleta más sonora de ARENA ha sido que el gobierno del FMLN ha puesto en riesgo el TPS por su apoyo al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. Eso, en esencia, es mentira.

La relación entre el FMLN, los grupos de crimen organizado vinculados al Gobierno venezolano y las actividades de las FARC colombianas sí son asunto de interés en Washington, en específico el rol que José Luis Merino, alias Ramiro Vásquez y viceministro de Inversión Extranjera del Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador, tiene en ese tinglado. Por Ramiro y sus dineros ya preguntaron la DEA y 14 congresistas –demócratas y republicanos– y el poderoso comité antinarcóticos del Senado.

Pero si Trump quita el TPS a los salvadoreños no será por la relación entre San Salvador y Caracas; será por otro tema más doméstico: la política migratoria del presidente de Estados Unidos está marcada por la xenofobia y el racismo, de eso se alimenta su base blanca más fanática; por eso anuló DACA y por eso, si lo hace, no renovará el TPS.

Este septiembre una comitiva de diputados salvadoreños de todos los colores estuvo en Washington, haciendo las rondas usuales en el Congreso y el Ejecutivo, para hacer cabildeo por la renovación. Algo bueno salió de ahí en forma de una carta firmada por 116 representantes de la cámara baja que piden a Trump que no corte el TPS.

A pesar de ser un buen gesto político, la carta no tendrá un peso político real entre quienes tomarán la decisión final, que son, además de Trump, el general John Kelly, jefe de Gabinete de la Casa Blanca; el fiscal general, Jeff Session, que es uno de los miembros más racistas del Gabinete; y, en menor medida, Elaine C. Duke, secretaria interina de DHS.

Lo que en realidad tendrían que estar haciendo los políticos salvadoreños es, desde sus trincheras, prepararse para el escenario más probable, que es la no renovación, y el cual implicaría deportaciones, desprotección legal de quienes se queden indocumentados en Estados Unidos y también para quienes vengan a El Salvador después de 16 años de no vivir aquí.

El consabido juego de vociferar culpas y buscar réditos politiqueros de nada servirá a los compatriotas afectados por la eventual eliminación del TPS. De nada.

Odio el Ironman

Odiar es una palabra muy fuerte, pero sí que cada año espero con ansias la conclusión de ese evento. Esta semana en la ciudad de Wisconsin, donde vivo, tuvo lugar el Ironman. Fue casi imposible no estar pendiente del triatlón puesto que cerraron varias de las calles principales de la municipalidad por una gran parte del fin de semana en observación de la carrera. Los que tenían que trabajar, hacer mandados o cumplir con obligaciones en esos días se encontraron con un buen lío. Opté por pasar esas horas del sábado y domingo en casa para evitar los aprietos de tránsito y la manía colectiva.

Para los que no estamos muy versados en el tema, la competencia del Ironman está considerada como la prueba deportiva más dura y exigente del mundo, que se celebra en un solo día. Consiste en nadar 3.9 kilómetros, seguido de 180 kilómetros en bicicleta y terminar corriendo una maratón de 42.2 kilómetros. Las tres disciplinas se realizan de forma consecutiva, y el tiempo de un deportista medio es entre las 12 y 14 horas. Dentro del imaginario gringo el Ironman no es solo un evento en que se participa, sino una identidad y un título que ya otorgado nadie te lo vuelve a quitar. Uno no solo hace un Ironman sino llega a ser un Ironman. Cuesta escribir esto último sin poner los ojos en blanco.

En muchos sentidos, Ironman parece un culto elitista con su propia comunidad, subcultura y requisitos de membresía. Los aspirantes, convencidos del valor de su causa y retando los límites del cuerpo físico, preparan una prueba que requiere un entrenamiento mínimo de seis días a la semana durante seis meses o más. Entre tanto sufrimiento y abnegación, casi nadie da pausa para considerar el cinismo del proceso de preparación en un contexto global en que una gran parte de la población humana lleva el cuerpo al límite por exigencias económicas y para sobrevivir su cotidianidad y no por juego ni diversión.

En su proyecto investigativo multidisciplinario con el título “Ironman”, el artista salvadoreño Mauricio Esquivel explora los retos y riesgos físicos que asume un inmigrante indocumentado en la travesía al Norte. El artista adopta una rutina intensa de entrenamiento de cinco horas diarias durante cuatro meses parecida a la de un aspirante a Ironman preparando su cuerpo para las exigencias físicas de cruzar la frontera, y examina el acondicionamiento físico y la capacidad de sobrevivencia que implica llegar al Norte. El proyecto de Mauricio Esquivel hace visible el privilegio del entrenamiento deportivo frente a los retos que experimentan los inmigrantes en su cotidianidad y para tener posibilidades de cruzar la frontera ilegalmente con éxito.

Con todo, el Ironman celebra las posibilidades de adaptación del cuerpo a condiciones extremas y cada año me hace pensar en el lujo que implica asumir ese proceso por curiosidad y recreación. Para mí, siempre es una exhibición de pura ostentación que hace contraste con la realidad social de la mayor parte de la humanidad. Por todo eso y a pesar de correr el riesgo de ser una verdadera aguafiestas, confieso que me cae tan mal el Ironman.