La (in)seguridad de confiar

Últimamente escucho por todas partes el término “colaborativo”. Es una especie de bonita descripción que está de moda para ponerle como apellido a casi todo. Buscando información al respecto, di con un artículo –no muy nuevo– titulado “El boom del consumo colaborativo”, publicado por Carlos Fresneda en www.elmundo.es

El artículo habla sobre la rápida expansión de opciones colaborativas para gran diversidad de actividades que van desde el turismo, con Airbnb; transporte, con Uber; financiamiento, con Crowndfunding; hasta trabajo, con Coworking, por mencionar algunas.

Este tipo de “economía compartida” o “consumo colaborativo” está asociado al auge de la conectividad a través de los teléfonos inteligentes y a la búsqueda de intercambios comerciales de persona a persona que resulten menos costosos y más eficientes.

La tendencia apunta hacia nuevos modelos económicos que privilegien la colaboración y el intercambio, generando formas novedosas de ganar dinero y, al mismo tiempo, creando nuevos mercados y diferentes maneras de hacer cosas más bien tradicionales: como ir en taxi o alojarse en un hotel.

Sin embargo, y es aquí donde la cosa se pone interesante, el autor del artículo hace énfasis en que, para que este modelo de consumo sea exitoso, hay un factor clave: la confianza.
Estos intercambios colaborativos están basados en un voto de confianza entre usuarios. Por ejemplo, en el caso de Airbnb, el turista “confía” en que el arrendatario cumplirá con la promesa realizada y recibirá los productos y servicios acordados, por el precio definido. Es casi como volver a lo básico: yo te digo la verdad y tú me crees.

No se trata de un intercambio con una gran empresa o con una razón social. Se trata de intercambios entre personas comunes y corrientes que hacen un voto de confianza que le permite al sistema funcionar.

Yendo a terreno nacional y con un ejemplo concreto, Uber ha llegado a El Salvador. Este polémico nuevo estilo de transporte que en otros países existe hace años, en El Salvador se ha tardado mucho en aparecer y no dejó de levantar dudas y miedos con respecto a temas de seguridad.

Y es que, gracias a la inseguridad y violencia que se vive en nuestro país, es difícil confiar en subirte al carro de un desconocido. Y una vez más, como mensaje recurrente en mis columnas, insisto en cómo la violencia modifica de manera trascendental la forma en que suceden las cosas. En un país no violento, los problemas de Uber tienen que ver con la legalidad del servicio, pero no con temas de confianza/seguridad.

La confianza es un tema transversal a las personas y a las instituciones que, en países con altos índices de violencia como el nuestro, se vuelve un valor difícil de encontrar. Desconfiar se transforma casi en una forma de supervivencia: confiar puede ser peligroso.

Por tanto, esta gravísima crisis de confianza por la que atravesamos, alentada por las circunstancias violentas que nos rodean, limitan enormemente el desarrollo de nuestro país, colocando barreras de entrada casi infranqueables para la innovación, como el caso de esta nueva tendencia en consumo colaborativo.

Entonces, como conclusión, es inmensamente relevante trabajar en temas de seguridad y disminución de los índices de delincuencia para recién ahí empezar un importante camino hacia la reconstrucción de la confianza que nos permita, como fin último, vivir en libertad.

Inconsciencia

El poder corrompe. Los salvadoreños lo tenemos bien claro. Sin importar dónde nos encontremos, hemos sido testigos, o más bien cómplices silenciosos, de cuánto pudren los cargos públicos. Y desde que terminó la guerra civil hemos dejado que ustedes y los de su clase (política) nos pasen encima cuantas veces han querido.

Quizá sea el fardo de represiones por el que nuestra sociedad tuvo que pasar antes y durante el conflicto armado. Quizá sea porque ahora, muy convenientemente para ustedes, leemos en cada pared esa amenaza de “ver, oír y callar”, y sabemos de primera mano que su incumplimiento deriva en sangre derramada. A lo mejor son los callos de tanta traición, porque hemos confiado tantas veces en rostros como los suyos, que un día nos prometieron honestidad y transparencia y al siguiente se engordaban las bolsas con nuestro dinero. Como sea, aunque nos avergonzamos de ustedes, ya no tenemos el valor o las ganas de botarlos. De seguro por eso siguen tan tranquilos y prepotentes.

Así sus banderas, sean rojas, tricolores, verdes, azules, naranjas, blancas o arcoíris, nos han demostrado ser exactamente lo mismo: aves de rapiña que no descansan hasta arrebatarse los puestos entre ustedes mismos para succionar lo que puedan. Derechas, izquierdas y centros han demostrado ser el mismo mal. No les importa otro bienestar más que el suyo. Disfrazan su ambición mencionando a un Dios que no es compatible con sus acciones. Sonríen bonito y se dan golpes de pecho señalando a los otros que quizá solo se les han adelantado un poquito en la tarea de saquear. Dicen vivir para servir al pueblo, pero solo se sirven de él.

Sobresueldos, plazas fantasmas, seguros médicos privados, camionetas suntuosas, guardaespaldas, puestos para sus familiares y allegados, partidas secretas, dietas ostentosas… La lista de su traición es tan grande como su doble moral. ¿No sienten cargo de conciencia? ¿No se han puesto a pensar siquiera un minuto en el daño que provoca su ambición?

El dinero de sus lujos podría usarse para proveer un mejor acceso a la educación para los niños y adolescentes que viven en los lugares más recónditos de nuestro país. Los ancianos abandonados podrían tener un techo y una pensión mínima para no vivir en la miseria y la mendicidad. Podrían desarrollarse programas integrales de educación, de los que de verdad alejen a los niños de la violencia. Más importante aún, ese dinero que ustedes malgastan podría paliar la escasez de tratamientos para pacientes renales del Hospital Rosales. Cada vez que un enfermo muere a causa de la falta de recursos en los hospitales, esa muerte cae sobre sus espaldas. ¿No les pesa?

Mientras ustedes y sus núcleos afectivos disfrutan de la seguridad en una residencial burbuja con sistemas de videovigilancia, familias enteras se unen al éxodo para evitar ser asesinadas y violadas. Mientras pueden costearse esos relajantes viajes con fondos públicos, miles de trabajadores son explotados en maquilas por sueldos que insultan la dignidad. El Salvador está en llamas y ustedes le arrojan gasolina. ¿Qué esperan ahora? ¿Más medallitas y pines de oro como reconocimiento por esa ardua labor?
De momento, parece no haber nadie que pueda o quiera detener sus arbitrariedades y abusos, así que pueden sentirse tranquilos y retozar en sus caprichos. Vociferen la ideología que quieran, fabriquen cortinas de humo cuando se les antoje, desvíen más fondos públicos, quítenle al pueblo lo que le pertenece. Sigan siendo tan buenos verdugos como hasta ahora han sido. Pero no olviden que toda acción tiene una reacción, y que cuando los borregos despertemos, haremos facturas a sus nombres.

Volver a las sombras

Vivir como indocumentado en Estados Unidos implica, por lo que he visto y escuchado en las calles de este país, caminar con la vista escorada, con el alma pendiente de una patrulla con la sirena encendida o de un uniforme azul. Significa vivir con un miedo permanente, ya no a la muerte que ronda en el barrio, sino de ser obligado a regresar a ese barrio en la tierra de origen.

Llegué a Maryland en 2009 y aquí he vivido desde entonces, en Silver Spring, una de las ciudades del estado que hacen vecindad con la capital de la Unión. Esta ciudad ha sido hogar de decenas de miles de salvadoreños y centroamericanos desde hace al menos dos décadas, cuando las migraciones cíclicas empezaron a poblarla de latinos. Hasta hace muy poco, vivir aquí, como latino, aun como indocumentado, no se asociaba al miedo a ser deportado. Hasta hace muy poco.

El condado de Montgomery, donde está Silver Spring, no tiene estatus de “área santuario” para indocumentados, pero en la práctica este es un lugar sumamente amigable con el extranjero; aquí, hasta hace muy poco, la situación migratoria no iba aparejada necesariamente con la discriminación.

Aquí, en Silver Spring, la diversidad manda. Esta es, de acuerdo con un estudio elaborado por la casa de asesoría financiera WalletHub, la quinta ciudad más diversa de Estados Unidos. Aquí conviven en los mismos espacios públicos –escuelas, bibliotecas, oficinas– y privados razas, idiomas, religiones, cosmovisiones. Es una ciudad café, mestiza, donde el inglés, con marcados acentos hindis, etíopes o salvadoreños, sirve de vehículo común de intercambio.

Una de las principales razones que siguen atándonos a mi familia y a mí a este lugar es esa, la diversidad: saber que mis hijas crecen rodeadas de riqueza cultural y no enclaustradas en una burbuja. Estados Unidos tiene muchas cosas feas, pero también, en sus condados más diversos, ofrece inmensas ventanas a cosas buenas que el mundo tiene que ofrecer.
Todo eso, hoy, está en peligro.

Los vientos políticos que la administración republicana de Donald J. Trump ha traído a Washington, que se nutren en gran medida de los miedos más oscuros de la “América blanca” que nunca vivió el sueño americano, han hecho que la diversidad alimentada por las comunidades migrantes vuelva a cubrirse de sombras.

Una de las formas en que la administración de Donald Trump quiere revertir la diversidad es a golpe de un chantaje financiero monumental. La Casa Blanca ha amenazado a los gobiernos locales de estados y ciudades con retirarles los fondos que el gobierno federal les otorga anualmente si los departamentos de policía de estos condados no ayudan a la Migración federal a deportar indocumentados.

El tema, además, ha cobrado especial relevancia desde que Trump y su fiscal general, Jeff Sessions, aplicaron la fórmula del odio retórico para criminalizar a las comunidades latinas al equipararlas con las actividades delictivas de la pandilla MS-13. Es la vieja fórmula que esta derecha estadounidense ya había usado antes al equiparar el terrorismo islámico con la comunidad musulmana: criminalizar al extranjero, culparlo de todos los males y montar sobre él la parla populista. Como Hitler.

A seis meses de presidencia, la retórica ya está animando a los funcionarios que no comulgan con la diversidad a promover políticas públicas con tintes xenofóbicos, mientras que amenaza con cohibir a funcionarios que han entendido la diversidad como la forma de vida que rige su función pública.

Y mientras todo esto pasa, los indocumentados siguen viendo sobre el hombro, caminando de nuevo por las sombras.

Y entonces, ¿necesitamos una CICIES?

Empezaría diciendo que saquemos a los políticos de la discusión, pero no puedo: diseñar y ejecutar una comisión internacional a la que el Estado nacional cederá atribuciones como la investigación del crimen es algo que no puede hacerse, obvio, sin el concurso del Estado. En El Salvador, el Ejecutivo se ha negado de entrada a ceder esas atribuciones a un ente internacional. ¿Por qué?

No ha habido, hasta ahora, una discusión seria en la agenda nacional sobre la conveniencia o no de que en El Salvador haya una comisión internacional como en Guatemala. Cada vez que el tema surge en la opinión pública suele ser porque la oposición política vinculada a ARENA, con evidentes intereses partidarios, lo trae a colación, o porque algunos tuiteros sin aparente filiación partidaria tiran la idea al ciberespacio.

Las respuestas a la pregunta que titula esta columna y a la que finaliza el primer párrafo están aún pendientes. No seré yo quien las conteste, pero sí puedo, en todo caso, dar mi opinión. Parto de lo básico: ¿Es necesario que el Estado salvadoreño ceda soberanía a un ente internacional para investigar y combatir el crimen, sobre todo el crimen organizado? Yo creo que no haría daño alguno, sobre todo si entendemos que los entes encargados de esa función por mandato constitucional han solido ceder su soberanía e independencia a entes ajenos a ese mandato, como los partidos políticos, o, peor, a grupos de crimen organizado que están en abierta contradicción con ese mandato.

Si partimos de que la Fiscalía General de la República es a la que toca ejercer la dirección de la investigación criminal por mandato constitucional, basta revisar las gestiones de la mayoría de fiscales generales anteriores a Douglas Meléndez para entender que pusieron a la institución al servicio de intereses de partidos políticos o, en el peor de los casos, del crimen organizado.

Así, hablar de las gestiones del fallecido Manuel Córdova Castellanos, de Belisario Artiga, de Félix Garrid Safie, de Romeo Barahona o de Ástor Escalante es hablar de fiscales generales que pusieron a la Fiscalía al servicio de los intereses políticos del partido ARENA. O de funcionarios cercanos al poder. Hablan de ello casos como el de la violación y asesinato de la niña Katya Miranda, en el que el rol de la Fiscalía fue encubrir y proteger a los sospechosos, policías y militares incluidos; o, mucho antes, la negativa de la Fiscalía de Córdova de investigar a bancos del sistema financiero relacionados con estafas atribuidas a empresarios cercanos a la derecha política, como FOMIEXPORT o FINSEPRO.

Y, luego, al revisar la gestión de Luis Martínez, avalada por todos (t-o-d-o-s) los partidos políticos, se entiende cómo la Fiscalía llegó a ceder su independencia al crimen organizado y a la corrupción. Casos como el de Enrique Rais y la protección al Cartel de Texis son ejemplos de ello.

Uno de los principales argumentos de los detractores de que en El Salvador exista una comisión internacional es ese, que no es adecuado que el Estado ceda su soberanía. La semana pasada se lo escuché, por ejemplo, a Fabio Castillo, el abogado cercano al FMLN, pero ya antes lo han repetido diputados y autonombrados analistas, sobre todo desde la izquierda política.

El argumento es, creo, un sofisma: qué soberanía va a ceder la Fiscalía General cuando durante tanto tiempo la ha cedido a intereses que nada tienen que ver con el soberano, con el pueblo al que se debe. Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua de la palabra soberano: “El que ejerce o posee la autoridad suprema o independiente”.

Si “Chepe Diablo”, Los Perrones y demás mafias incrustadas en el sistema político salvadoreño han podido ejercer autoridad sobre fiscales generales y –de esto he hablado antes con detalle– directores de la Policía Nacional Civil, de qué sirve la tan cacareada soberanía.

Prefiero una cesión controlada de soberanía a un ente internacional para garantizar el imperio de la ley, como en el modelo CICIG, que seguir cediendo la soberanía de nuestras instituciones a las mafias que se han adueñado de ellas.

Luz Negra

“¿Vas a escribir sobre el plagio?” Esto me preguntó un amigo escritor, medio para aclarar y medio sugiriendo con recato que era pésima idea tocar el tema. Me explicó: “En el país hay detalles que nunca se comentan públicamente, como eso del plagio”. Agregó que había varios plagios históricos que no se mencionan o, más bien, se hablan solo por debajo. Uno de estos es la obra “Luz negra” (1964) de Álvaro Menen Desleal. Llegó a ser una de las obras de teatro con mayor trascendencia en la dramaturgia salvadoreña a pesar de que el autor fue acusado de copiar “Esperando a Godot” (1952) de Samuel Beckett. El Diccionario de la Lengua Española de la RAE define el plagio de la siguiente manera: “Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. Esta definición trae a mente los ejercicios escolásticos de mis hijos que hace poco había matriculado en un colegio de San Salvador, mientras llevaba a cabo una investigación en el país. En esa escuela, los alumnos llenaban cuadernos y cuadernos con textos escritos mecánicamente: pasajes transcritos, palabras copiadas y frases dictadas. Aprendieron a reproducir textos con buena ortografía, pero de tanto escribir no hicieron nada de su propia autoría. Esta noción de copiar como parte del proceso de aprendizaje es abundante sobre todo en los mundos de la literatura y el arte, donde se aprende imitando las obras maestras y las técnicas de los que vinieron antes. A partir de Aristóteles se ha reconocido que la imitación es un fin esencial del arte. Claro, el gran error está en dar a conocer una copia como un original sin hacer cambios sustanciales, nuevos o creativos.

Por su parte, la obra de Álvaro Menen Desleal es indiscutiblemente beckettiana. Los personajes de Menen Desleal son Goter y Moter, dos cabezas que acaban de ser separadas de los cuerpos en una ejecución pública. La obra se desarrolla con la conversación entre Moter y Goter mientras esperan que pase alguien para confirmar si están vivos o no. “Esperando a Godot” (1952) de Samuel Beckett tiene una estructura muy parecida con dos hombres, Vladimir y Estragon, que conversan mientras esperan la llegada de Dios.

A pesar de las acusaciones en contra de Menen Desleal de haber plagiado la obra de Beckett (véase “Si la envidia fuera tiña” en el blog de Rafael Menjívar Ochoa, en la entrada del 23 de octubre 2007), “Luz negra” adapta la obra original para el contexto salvadoreño. Se conservan las huellas estructurales de “Esperando a Godot”, pero con cambios sustanciales que dan lugar a una obra de teatro novedosa. La imitación en “Luz negra” transforma la búsqueda de Dios en la búsqueda del ser humano. Miguel Ángel Asturias explica la relación entre los textos así: “Es un Beckett tropical, más rico, más vivo, más sugerente, más poético” (véase Carátula 44, “La dramaturgia en El Salvador”, de Carlos Velis). De modo que lejos de presentar una amenaza a la literatura, estas relaciones entre textos marcan la riqueza de una tradición literaria.

En vez de callar los casos de plagio del país sería mejor enfrentarnos con estos con paciencia y humildad, aceptando que lo nuestro tampoco representa un original absoluto sin antecedente. En fin, aparte de los casos más descarados, el plagio podría ser un buen augurio para los gremios artísticos; señala primero que la gente está leyendo lo anterior y tomándolo en cuenta y que hay un diálogo que se nutre del intercambio textual. El propósito de la literatura no es amontonar ideas para que se estanquen en un texto, sino soltarlas para travesear y descubrirse en otras.

El país que viene: jóvenes en el extranjero

Hace algunas semanas fue el lanzamiento del segundo libro “El País Que Viene: Jóvenes en el extranjero”, editado por Diego Echegoyén y coescrito por 60 jóvenes que ahora residen fuera de El Salvador.

Tuve el honor de engrosar las listas de esta gran iniciativa con un texto en el que plasmo, de la forma más amena que pude, mi experiencia como residente en el extranjero -en Chile, para ser exacta-. Así como yo, otros 59 jóvenes de los más diversos contextos, profesiones, pasiones y países, cuentan sus historias de vida, de cómo llegaron a los lugares donde hoy residen y por qué vale la pena ser de El Salvador, aunque no vivan en sus tierras.

Tengo que admitir que, cuando fui invitada a participar en el proceso, tuve muchas dudas: ¿por qué yo?, ¿mi historia es acaso relevante para alguien?, ¿qué objetivos persigue esta publicación?, ¿quiénes más participan?, ¿para qué?, ¿debería?

Poco a poco me fui enterando de otros jóvenes cercanos a mí que también habían sido invitados a participar, lo que me fue generando confianza en el proyecto; pero, además, me enteré que una persona me había nominado. Fue ahí cuando tomé la determinación de participar. El gesto de confiar en mí, nominándome, me hizo darme cuenta de lo que genera una iniciativa como esta: promover el orgullo de ser salvadoreño.

Las 60 historias que este libro recoge hacen un maravilloso recorrido por las vidas de personas comunes y corrientes, como yo, que por alguna razón u otra, no viven en El Salvador. Las distintas visiones de cada uno enriquecen de manera excepcional lo que significa ser salvadoreño y, lo más importante, nos permiten reunirnos en torno a un tema común, que se construye a partir de la pluralidad.
Eso fue precisamente lo que ocurrió durante la presentación del libro. Fue particularmente gratificante ver a personajes y autoridades de distintos partidos políticos e instituciones coincidir y convivir en torno a un mismo objetivo. Cada uno pasó al podio a contar parte de su historia, relatándola con orgullo y pasión, recordando cómo habían llegado a estar donde ese día se encontraban. El vicepresidente relató sus jornadas en las montañas y cómo sus ideales lo habían llevado, 20 años después, hasta el Ejecutivo; a su vez, y en un contraste que me pareció maravilloso, la exministra de relaciones exteriores, María Eugenia Brizuela de Ávila, contó cómo su viaje a Europa para aprender de historia y artes no logró disuadirla de convertirse en la primer abogado mujer en su familia.

Es tan importante saber apreciar la riqueza de la diversidad y, conociéndola, respetarla. La historia de cada uno nos hace particularmente distintos, y darle la oportunidad al otro de contarnos de dónde viene nos permite ampliar nuestros puntos de vista y encontrar esos puntos de encuentro que nos permiten empujar hacia un mismo objetivo: El Salvador. Les recomiendo que, con estas palabras en mente, busquen un ejemplar de este libro inspirador, lo lean junto a un buen café y, entre esas páginas, reconozcamos la riqueza de la diversidad, representada en las historias de 60 personas que han dispuesto convertirse en pequeños muestrarios de El Salvador en muchos rincones del mundo. Pero, sobre todo, a sentirnos orgullosos de nuestras propias historias y a convertirlas siempre en puntos de encuentro, de coincidencia; porque de divisiones ya fue suficiente.

No son costillas

Tampoco son bellas rosas de jardín, ni la creación más dulce de Dios, menos íconos de lo frágil y delicado. Que los hombres hayamos suprimido su condición de iguales durante generaciones también ha causado estos eufemismos que solo robustecen nuestro menosprecio por las mujeres. Sí, menosprecio, esa palabra que no nos gusta a los que creemos no ser machistas, pero que en el fondo estamos tan infectados de su escala de valores como cualquier misógino.

Ver a la mujer como una sensible doncella que necesita ser rescatada es una de las más perversas manifestaciones del machismo, porque, aunque no hace que la golpeemos y castremos, sí nos conduce a sentirnos superiores y nos ata la voluntad para unirnos a sus esfuerzos. Así solo alejamos la igualdad que les debemos. Es legitimarlas incapaces, débiles, sin inteligencia suficiente como para que resuelvan sus problemas por su cuenta. Es otra manera de anularlas, por “inferiores”.

Por eso es que causa tanta sensación una mujer mecánica, una motorista de camiones que cruce fronteras o una joven que atrape y entregue a las autoridades a un ladrón que la atacó en la calle. Por eso es que todavía los periodistas preguntamos a una funcionaria “cómo hace para equilibrar su maternidad y sus responsabilidades laborales”, cuestionando una actividad parental que ni se nos ocurriría abordar si fuese hombre. Por eso juzgamos de mala madre a la mujer que llega noche a su casa por una sobrecarga de trabajo, pero calificamos de responsable y laborioso a un hombre en la misma situación. Es que todavía nos provoca alergia concebir a una mujer lideresa, empoderada, con las mismas facultades físicas e intelectuales que cualquier hombre.

Como ejemplo: aunque no formemos parte de esos 30 países de África, Oriente Medio y Asia que les arrancan el clítoris –según la OMS–, sí mutilamos su derecho legítimo de tomar el control de su sexualidad. Porque, aunque cause escozor en algunas mentes, las mujeres deberían tener el derecho pleno de decidir sobre su cuerpo y su intimidad, sin ser tachadas de “putas” o “cerdas”. Aun cuando las niñas deberían ser educadas con verdadera responsabilidad sobre sexo y prevención, optamos por vetar todo lo sexual de nuestras hijas, hermanas, sobrinas. Creemos que basta con vigilarlas como perros guardianes para garantizar su bienestar.
No se confunda, que una niña sepa cómo se desarrolla el coito, sus riesgos físicos y emocionales, o cómo se usa un preservativo no la transformará en “una sucia promiscua”, más bien la hará consciente –pero sin tabús– de que intimar no es un juego, y de que debe haber mucha responsabilidad de por medio para hacerlo. Esta es una necesidad urgente que no debería ser refutada con argumentos religiosos, porque está en juego la salud sexual y reproductiva de un sector vulnerable. Que en un territorio tan pequeño como el nuestro haya habido 69 embarazos de adolescentes por cada día de 2016 es una alerta roja.

Si más hombres entendiéramos que nuestras actitudes y pensamientos micromachistas se suman a las vejaciones históricas a las que hemos sometido a las mujeres, y que sirven de obstáculo para que consigan la igualdad que se merecen, buscaríamos desaprenderlas. No es necesario ser un activista y protestar en las calles para apoyar su lucha. Reeducarnos, es decir, tirar a la basura cualquier idea que nos aleje de ver a la mujer como igual, es la forma más positiva para reivindicarnos de todas las veces en las que hemos sido sus verdugos. El machismo se puede curar si hay voluntad.

Partidos caducos

A los dos, ARENA y FMLN, la democracia se les vuelve a atragantar.

La cúpula de ARENA recién descabezó a buena parte de la recién juramentada Juventud Republicana Nacionalista por “no adherirse a los valores del partido”, según se desprende de reacciones expuestas en redes sociales por líderes areneros o columnistas simpatizantes.

Los jóvenes fueron expulsados, entre otras cosas, por proponer abrir la discusión, en el seno arenero, a temas como el aborto o el matrimonio igualitario; ambas discusiones que hasta ahora han sido ajenas al ideario de ARENA, afincado en estos apartados en los valores católicos más conservadores.

Esta defensa parece estar cimentada en la siguiente lógica: Si no estás de acuerdo con esos valores, los valores más conservadores sobre los que se fundó este partido de derecha, aquí no tenés cabida. De ahí es bien fácil llegar a dos conclusiones: en ARENA no cabe la modernidad y en ARENA cualquier desacuerdo programático se resuelve con la exclusión.

El FMLN, por su lado, empezó el nuevo capítulo de un ejercicio que ya es tradicional: la imposición de aspirantes a alcaldes y diputados. A la larga lista de candidatos de dedo, como Schafick Hándal hijo en San Salvador o Blanca Flor Bonilla en Ayutuxtepeque, parece haberse unido hoy la de Miguel Pereira, que buscará la reelección en San Miguel aupado por el apoyo de Medardo González, coordinador general del partido.

No resulta nuevo decir que en el FMLN la democracia interna también es un asunto de difícil digestión y que la representatividad política sigue jugándose, solo, en el tablero de ajedrez que llevan peleándose una década Medardo González, José Luis Merino y las FPL, ya sea de mano de Salvador Sánchez Cerén o de Óscar Ortiz.

El FMLN y ARENA siguen siendo maquinarias electorales eficientes. Y, hasta hace muy poco, seguían siendo impresionantes maquinarias de propaganda, capaces ambas de retorcer los hechos o matizar las verdades para pintarlas a su conveniencia en la narrativa política nacional, esa en la que, según ambos partidos, todo tiene que seguir definiéndose por la bipolaridad entre ellos.

La propaganda, sin embargo, se les empieza a agrietar. A ARENA hoy le resulta más difícil acallar las disidencias, incluso en los medios de comunicación que han sido sus aliados históricos. Y al FMLN las redes sociales les han jugado la mala pasada de dar voz, además de a sus incondicionales, a sus disidentes.
Lo que ambos partidos políticos dejaron de ser hace un rato largo fue vehículos efectivos de representatividad democrática.

Y dejaron de ser, incluso, expresiones honestas de la ideología con que se arroparon durante sus nacimientos, durante la guerra y la primera posguerra. Es cierto que a ambas cúpulas suele vérselas a menudo acudiendo a las viejas banderas e himnos para intentar poner en orden el redil. ¿Que los bichos intentan tomarse ARENA? Respuesta: Somos fieles a nuestros principios nacionalistas y republicanos. ¿Qué es eso? ¿Qué es ser republicano y nacionalista en la segunda década del siglo XXI?

¿Que al FMLN, hoy que es gobierno, se le cuestiona el coqueteo de sus líderes con la corrupción? Respuesta: Es una campaña orquestada por lacayos de la derecha o del imperio. Y con eso ha bastado para que el vicepresidente Ortiz no responda sobre sus nexos con “Chepe Diablo” o el viceministro de inversión Merino sea viceministro a pesar de sus nexos con Enrique Rais.

Por ahora, insisto, ambos partidos siguen siendo maquinarias electorales que persiguen un solo fin: garantizar a sus cúpulas el acceso al poder político. A sus cúpulas, en esencia, no a los ciudadanos que en ellos militan, que con ellos simpatizan o que por ellos votan. A sus cúpulas.

Gustavito: un cuento policíaco

Esta semana leímos colectivamente en los medios de comunicación un cuento policial detectivesco de terror, al estilo de “Los crímenes de la calle Morgue” de Edgar Allan Poe (1841). Para resumir el argumento, la primera versión del caso era que el hipopótamo Gustavito había sido agredido con picahielos por desconocidos en las instalaciones del Zoológico Nacional de El Salvador.

De acuerdo con esta versión, promulgada por la Secretaría de Cultura (SECULTURA) de la Presidencia, la salud de Gustavito se había complicado en los días después de ser barbáricamente atacado “con objetos contundentes y cortopunzantes por personas desconocidas e inescrupulosas”. Esas complicaciones supuestamente llevaron a su muerte el domingo pasado.

El enigma a resolver era quién o quiénes eran los culpables de semejante acto de barbarie. El crítico salvadoreño Paolo Lüers sintetizó el caso en su carta pública dirigida a Gustavito: “En un país plagado de violencia, surge como símbolo de todas las víctimas… ¡Un hipopótamo! Solo faltaba especular si te asesinó la MS o la 18 u otro sospechoso”.

En el género policial clásico el crimen suele ocurrir en los interiores de espacios domésticos, como es el caso en el cuento de Poe, donde el asesinato múltiple tiene lugar en un cuarto cerrado con llave del cuarto piso de una casa en la calle Morgue. En El Salvador, ni modo, el crimen ocurre en un espacio urbano hacia el sur del centro histórico de la capital. En todo caso, el ambiente del género policial actual suele, por lo general, ser urbano.

En vez de una figura altanera como el detective francés C. Auguste Dupin, tuvimos varios fiscales y un sindicato de trabajadores que cuestionaron la versión oficial de la muerte del hipopótamo. El 1.º de marzo uno de los fiscales involucrados en la investigación concluyó: “Hemorragia pulmonar es la causa de muerte, según necropsia. No se notó penetración de picahielos, como se dijo inicialmente”.

Por su parte, el Sindicato de Trabajadores de la Secretaría de la Cultura (SITRASEC) señaló en un comunicado de la semana pasada la negligencia de las autoridades del Zoológico Nacional. Hizo notar que la situación de salud del animal venía degradándose desde hace 17 días y Gustavito no recibió atención médica adecuada. De acuerdo con el informe de los empleados, el hipopótamo presentó un bloqueo estomacal que no fue tratado de forma eficiente y eso fue lo que provocó su eventual muerte.

“En El Salvador existen dos realidades: una que está en la superficie y la otra realidad subyacente”. Me hicieron este comentario hace poco y se me vino a la mente esta semana con el caso de la muerte de Gustavito en el Zoológico Nacional.

El enigma queda por resolver. ¿Quién o quiénes son los culpables de la muerte del hipopótamo? En fin solo hace falta marcar la resolución de otro cuento de Edgar Allan Poe, “La carta robada”. Este cuento gira en torno de la búsqueda de una comprometedora carta. Registran el espacio y nadie la puede encontrar hasta recurrir a Dupin. El detective da con la carta ágilmente porque sabe que la solución del enigma muchas veces no está oculta, se ve fácilmente. En este caso no se habría que descartar tampoco las pistas y las personas que están a plena vista.