Racista

Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, llegó a la Casa Blanca gracias en gran medida a su plataforma racista, una que entiende a las minorías, principalmente a las de origen extranjero, como seres humanos sin derecho a ningún tipo de protección legal. El desprecio a esas minorías, sobre todo a la latinoamericana y la árabe-musulmana, es piedra angular del trumpismo.
La cancelación del TPS (es eso, una terminación, por mucho que el discurso del oficialismo salvadoreño pretenda darle vueltas) es solo un paso más en el cumplimiento de una promesa que Trump hizo durante su campaña: hacer todo lo posible para disminuir la migración de pobres o perseguidos de otros países hacia Estados Unidos y hacer la vida más difícil para los migrantes que ya están aquí, sobre todo a los indocumentados. Es otra política motivada por el racismo.
Las políticas públicas emprendidas contra los migrantes y las minorías no son reflejo de un plan estratégico en principio; son la expresión política de la convicción de que hay un grupo de personas que tienen más derechos que otras. No es una idea nueva -Estados Unidos de América no terminan de cerrar esa brecha desde que se fundó como nación–, pero es innegable que ha adquirido nuevos bríos con la llegada de Trump al poder.
Con el magnate neoyorquino esas ideas de desigualdad basadas en la raza, el origen étnico o la nacionalidad salieron de la oscuridad en que el sentido común de la política estadounidense las había puesto durante décadas para convertirse en narrativa oficial.
Estados Unidos ha usado lo mejor de su política, de su activismo, de su ciudadanía en general, para mantener a raya a quienes comulgan con la teoría esa de que este país les pertenece solo y sobre todo a otro grupo de migrantes, el formado por los descendientes de los europeos blancos que llegaron a su costa oriental en los siglos XVI, XVII y XVIII.
Los mejores hombres y mujeres de este país se han dedicado a crear una narrativa nacional alejada de esas ideas. Uno de ellos, de los más icónicos, es Abraham Lincoln, el decimosexto presidente de la Unión. El 29 de septiembre de 1863, en un cementerio lleno de soldados que perdieron la vida en la Guerra Civil entre abolicionistas y esclavistas, Lincoln dijo: “… nuestros padres trajeron a este continente una nueva nación, concebida en libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales”.
De que todos los hombres son creados iguales. Iguales.
Donald Trump y su administración no creen en eso. El presidente lo deja claro cada vez que puede con sus acciones políticas y con sus retóricas, como cuando llama hoyos de mierda a los países de origen de decenas de miles de ciudadanos estadounidenses; o como cuando promueve discursos que criminalizan a un grupo específico, los centroamericanos, al equipararlos a todos a la pandilla MS-13.
En realidad, la cloaca se abrió en Estados Unidos cuando estas ideas se convirtieron en narrativa oficial de la mano del trumpismo, del que forman parte, además del presidente, funcionarios que siempre creyeron en ellas, pero nunca habían encontrado suficientes espacios para convertirlas en políticas públicas, como el fiscal general Jeff Sessions o el vicepresidente Michael Pence.
Y están luego los millones de estadounidenses que votaron por Trump, los de a pie, quienes hoy se sienten empoderados para dar rienda a sus instintos y nos recuerdan los verdaderos hoyos de mierda que han ensuciado a este país durante su historia. Los hoyos de los que han salido quienes ondean banderas nazis en marchas que el presidente no condena, los supremacistas blancos a los que el presidente tolera y empodera en sus redes sociales, los niños de primaria que empiezan a repetir en las escuelas a sus pares morenos que se regresen a sus países.
El racismo ha vuelto a salir del hoyo en Estados Unidos.

Disneylandia

Los que vamos y venimos entre países nos convertimos muchas veces en mulas culturales. Traficamos pequeñas cantidades de mercancía a través de las fronteras nacionales y al llegar nos reembolsan el precio de compraventa. Lo que transportamos no es contrabando por decir, pero sí que son artefactos culturales difíciles de conseguir en el mercado local respectivo. Mis amistades centroamericanas que viven fuera, hambrientas de memoria, casi siempre piden uno de tres artefactos nostálgicos: café, pupusas o Petacones. En mis últimos viajes a El Salvador, los encargos más frecuentes de Estados Unidos han sido juguetes de LEGO Ninjago, animales de peluche Peppa Pig y las figurinas de las películas más recientes de “Star Wars”. De vez en cuando hay encargos de tabaco, piezas de carro o libros, pero una gran parte de lo que llevo son objetos relacionados con un mundo de fantasía global que se exporta en el cine, en internet y en la televisión. Este mundo de fantasía se presenta como algo completamente bueno y justo, repleto de héroes valientes, personajes virtuosos y muñequitos cariñosos; y no es solo eso, sino que hay la percepción de que este mundo es parte de una cultura global superior a la cultura local, más moderna y dinámica. La realidad es que es un monopolio agresivo cultural que oculta una terrible realidad económica de relaciones de poder entre culturas y países.

Digo “agresivo” porque los tiempos han cambiado y ahora el flujo de imágenes es mucho más rápido e invasivo que antes. En el tiempo de la guerra, por ejemplo, cuando venía a El Salvador se cortaba la comunicación con Estados Unidos. No volvía a saber nada de nadie de allá ni por cartas, hasta regresar a Miami. Las llamadas por teléfono eran carísimas y había pocos canales de televisión. Recuerdo que cerca de donde vivía por lo menos había un Mr. Movie que se especializaba en el alquiler de películas VHS. La mayor parte de la colección ahí era películas gringas pirateadas y casi siempre venían con fallos; bandas horizontales en la pantalla, cortes bruscos entre escenas o problemas de sonido. Si querías ver “Dirty Dancing” y el baile caliente de Patrick Swayze y Jennifer Gray aceptabas que las imágenes llegaban a través del filtro absoluto de la cultura salvadoreña.

Hoy en día el filtro cultural se ha vuelto mucho más poroso y somos un público que recibe imágenes de la cultura global en los celulares y en las computadoras personales como si fueran inyecciones directas en las venas del subconsciente. Las imágenes nos llevan casi directamente de la cuna al consumo de una cultura global bastante exclusiva. Para dar un ejemplo concreto, un juguete LEGO BB-8 que en Estados Unidos ya es caro ($99.90 en varios almacenes) en El Salvador se consigue en los almacenes por casi el doble de este precio. Pero hay que agregar a esto la realidad, que el salario mínimo en El Salvador es mucho más bajo que en Estados Unidos, y uno empieza a entender que la compra de un juguete LEGO en Estados Unidos se traduce de una manera ilógica, incoherente y absurda en el contexto económico de El Salvador.

Claro que hay gente que compra los productos a pesar de los precios exorbitantes, pero la mayor parte de la gente consigue participar en el consumo de la cultura global de otras maneras. Si no hay pariente u otro conocido para encargar la mercancía de fuera hay Variedades Génesis, OLX.com y Dollar City que han emergido en la posguerra como parte de una economía que parece partir de las premisas fundamentales de escasez y desigualdad. Más dañino que los aspectos económicos nefastos está el hecho de que la cultura global depende del enajenamiento del sujeto de sí mismo y de su propia cultura. La identificación con imágenes globales nos ha dejado con una diáspora interna siempre con la mira fuera o en irse para poder acercarse a una cultura prepotente; ya no es solo el deseo de participar en el “sueño americano” sino querer formar parte de una fantasía de cultura global, una Disneylandia trágica

Deseos electorales

Hace algunas semanas se definió quién será el próximo presidente de Chile. La contienda fue más inesperada de lo que cualquier encuestador predijo: hubo segunda vuelta; un partido “nuevo” se quedó con el tercer lugar de preferencia en la primera vuelta y, por primera vez, los chilenos en el exterior pudieron ejercer su derecho al voto.

Estos y otros eventos hicieron de la elección presidencial un evento muy sorpresivo y acontecido que dio por ganador definitivo a Sebastián Piñera, quien se repetirá como gobernante del país suramericano. Los resultados de la primera vuelta sorprendieron –incluso– a los expertos, quienes pasaron semanas analizando las causas y consecuencias de la tendencia de los votantes. La incertidumbre se hizo lugar y hasta los psíquicos lanzaron sus predicciones.

Independientemente de las ideas que cada candidato llevaba a la contienda, me parece relevante rescatar que ambos finalistas a la segunda vuelta coincidían en ser perfiles con una importante preparación académica; ambos contaban con un recorrido interesante por la vida política chilena y ambos construyeron un programa sólido de propuestas que incorporaban los temas relevantes para el país.

Esta es la segunda elección presidencial que me toca vivir en Chile y en ambos casos me ha parecido muy interesante el contexto de respeto, no exento de críticas, con el que se convive durante la campaña. Incluso, Televisión Nacional (TVN) lanzó una campaña en la que se invitaba a los ciudadanos a debatir sobre las propuestas de los candidatos, a cuestionar la posición del otro y sus puntos de vista sobre el candidato de su preferencia, es decir, a tener una mirada crítica y dialogar con aquel que no piensa igual que yo. Una cultura que promueve el diálogo, incluso en aquellos temas que parecen escabrosos, cultiva un sano intercambio de ideas en un contexto respetuoso, donde existe la libertad de expresarse, opinar y aportar. Y es que el respeto no tiene que ver con la falta de cuestionamientos o críticas, sino con la forma y el fondo de estas.

Otro aspecto digno de admiración del proceso electoral chileno es la rapidez en la entrega de los resultados y su impecabilidad operativa. A dos horas del cierre de las urnas, los chilenos ya tenían certeza de quién sería su próximo presidente, con resultados a escala nacional que se actualizaban con una rapidez admirable.

En El Salvador, a pesar de que aún quedan meses para la próxima elección presidencial ya estamos en plena campaña. Aprovechemos entonces de aprender de la experiencia chilena aquellas cosas positivas de la fiesta electoral: el respeto a las ideas del otro, el fomento a la crítica y el debate, la importancia en la idoneidad de los candidatos, la confianza en el sistema electoral.

Tenemos tiempo. Por ahora, les deseo un excelente fin de año. Que la prosperidad y la felicidad se hagan presentes en sus vidas, que sus deseos más profundos se concreten y que sea un nuevo capítulo para continuar construyendo un país en el que vivir sea posible sin la sombra de la violencia y la delincuencia.
Cerremos 2017 con la convicción de que el próximo año será mejor. ¡Te esperamos 2018!

Futuro nublado

Este año termina con un panorama oscuro para una buena parte de migrantes latinoamericanos que viven en Estados Unidos. Aunque siempre los más afectados sean aquellos que no tienen sus documentos migratorios en regla, esta vez se unirán a la fila muchos de aquellos que sí los tienen. El limbo de los permisos de trabajo y la reforma tributaria que se viene podrían significar nuevos obstáculos para familias enteras.

Marvin, un exalumno recién graduado, es uno de los muchos que se van en la colada. Ante sus preocupaciones, aseguró hace unos días llevar semanas sin poder dormir tranquilo. Su situación migratoria en este país es cada día más frágil. Hace unos días visitó las aulas que le permitieron sacar su equivalente al diploma de bachillerato el semestre pasado. El día que se graduó salió con una sonrisa de sien a sien y con una meta fija de estudiar cocina profesional.

Estaba a punto de ir a una audiencia legal donde le dirían si aprobaban su solicitud de residencia permanente. Después de eso, con la ayuda de la escuela, se inscribiría en un programa universitario bilingüe para avanzar un paso más en su objetivo. “Cuando venga a visitarlo de nuevo, le voy a traer la buena noticia de que ya estoy más cerca de ser chef”, me dijo con alegría entonces.

Sin embargo, esa noche de invierno llegó con la sonrisa extinta y con la cabeza llena de preguntas. La audiencia no fue favorable y solo se tuvo que conformar con mantener su Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés). El problema es que ese permiso expira en los primeros meses de 2018, y como el Gobierno estadounidense no ha dejado claro si dará oportunidad de que se renueve, eso lo dejaría a la intemperie en términos legales. Estaría a merced de las autoridades migratorias y podría ser deportado con facilidad.

Por si fuera poco, la reforma tributaria que está por venir no le ofrece beneficios. Por tener ingresos bajos, no será favorecido con exenciones como aquellos contribuyentes de clase media y alta que ganen más de $75,000 al año. Verá menos devoluciones de impuestos y eso podría afectar la cantidad de dinero que mes a mes envía para sus abuelos y para su hija.

La situación de Marvin es una metáfora de la dependencia que El Salvador tiene de Estados Unidos. Las remesas, que para este año podrían superar los $5 millones, siguen siendo un pilar fundamental en la economía. Por más falacias de prosperidad y progreso económico que asegura el gobierno actual, ha demostrado con hechos ser tan incapaz para mantener de pie esos 20,000 kilómetros cuadrados sin la ayuda de esos envíos de dinero –que se hacen desde acá– como lo han sido todos los gobiernos anteriores, de derecha e izquierda.

En el peor de los casos, Marvin podría perder su empleo actual como cocinero en un famoso restaurante de carnes por la falta de permiso para trabajar con legalidad. Se vería obligado a buscar trabajo en uno de los muchos lugares que se aprovechan de quienes tienen una situación migratoria irregular. Sería explotado, mal pagado y, si se atreviera a volver a declarar impuestos, podría incluso pagar en lugar de recibir devoluciones. Como culmen, podría ser deportado al no estar cobijado con el TPS.

¿Puede nuestro país recibir con dignidad a los hijos que un día expelió? La respuesta es más que obvia. Lo cierto es que muchos salvadoreños como Marvin no tendrán una noche tan buena este 24 de diciembre. Por ahora, lo único que quieren es divisar qué es lo que les depara el porvenir, que por ahora sigue borroso.

¿Y hoy contra quién va a perder la Fiscalía?

Cualquier aficionado al fútbol sabe que la del título es una formulación hecha por los amigos para burlarse de uno cuando el equipo favorito navega por la calle de la amargura en el torneo. ¿Y hoy con quién pierde Águila?, suelo escuchar cada vez más a menudo. Pero este asunto, el de la Fiscalía, es más serio que el de cualquier equipo mediocre de El Salvador.

La Fiscalía de Douglas Meléndez ha vuelto a probar esta semana, con el caso del “Gordo Max” y Ernesto Regalado, que es una entidad mediocre, a la que le cuesta muchísimo ganar casos. Y, a poco menos de un año para terminar su mandato, el actual fiscal general tiene muy poco que presentar como lista de logros.

Seamos claros: el fiscal gana poco y, por lo visto en varios de los casos que ha presentado a los tribunales –el de la tregua, es uno de los que vienen a la mente–, pierde porque los abogados bajo su cargo no son capaces de presentar investigaciones sustentadas o de construir prueba sólida. Lo dicho, mediocres.

Los principales problemas de esta Fiscalía General no son la corrupción o la obstrucción de justicia, como sí lo fueron cuando la principal oficina del Ministerio Público estuvo presidida por fiscales a los que la Asamblea Legislativa eligió, en los años de ARENA, para no investigar crímenes de cuello blanco, o cuando, ya durante la primera gestión del FMLN en el Ejecutivo, los diputados eligieron a Luis Martínez, acaso el fiscal general más corrupto del que se tiene memoria.

En la época de Martínez, la Fiscalía se vendió siempre al mejor postor, fuera este un funcionario del gobierno de turno o un empresario urgido de ganar casos en los tribunales, como Enrique Rais. Ese no ha sido el caso de la Fiscalía de Meléndez, pero, de nuevo, eso no debería de ser un alivio.

Tampoco es que la Fiscalía de Meléndez responda a un plan macabro de la “derecha oligárquica”, como suele tuitear el expresidente Mauricio Funes, condenado por enriquecimiento ilícito en El Salvador y asilado en Nicaragua, en parte por consejo de su expartido, el FMLN. La hemorragia tuitera de Funes no es más que el lamento de un exfuncionario corrupto oído y vencido en juicio.
Meléndez llegó, como ya escribí antes en más de una ocasión, arropado por la esperanza de que él iba a ser mejor que Martínez, Garrid Safie o Astor Escalante, lo cual, de nuevo, era un mínimo. Pero también llegó el fiscal actual empujado por la ola contra la corrupción que había nacido en el Triángulo Norte de Centroamérica tras la gestión de Claudia Paz en Guatemala, los logros de CICIG, las manifestaciones populares en Honduras y el apoyo de la comunidad internacional. A poco del final de su gestión, sin embargo, Meléndez está dejando mucho a deber.

Gana poco, decía. Pierde mucho porque sus fiscales no litigan ni investigan bien. Y cada vez que pierde suele echar las culpas afuera. Que si los jueces, que si funcionarios que no le colaboran con información, que si los bancos. Es casi siempre cierto que el sistema judicial, los funcionarios y los bancos del sistema salvadoreño que han visto pasar dinero por sus pasillos llevan décadas acostumbrados a fiscales corruptos o flojos y que eso de colaborar con la justicia es para ellos un chiste, pero Douglas Meléndez es el fiscal general, el abogado acusador del Estado y bien podría procesarlos en lugar de creer que el asunto se resuelve con frases altisonantes que no pasarán de un titular en los periódicos.

No debería de ser un chiste, pero ya empieza a serlo en las reuniones de pauta entre periodistas: ¿Y hoy contra quién va a perder la Fiscalía?

El viaje de retorno

Estoy en la 15A con un joven a la par y su madre, 15B y 15C. Me ha tocado el asiento junto a la ventanilla y un paisaje de volcanes de humo. Hacia adelante una pantalla de baja resolución señala que estamos sobre el Golfo de México; en el mapa aparecemos como un cursor que recorre una línea recta entre Chicago y San Salvador. La línea amarilla conectando las ciudades casi convence, si no fuera porque bien sé que una línea simple y directa no existe. Lo único que hay entre esas geografías es mi cuerpo tendido en un paréntesis, en una pausa cumulonimbo. Lo digo porque siempre en estos viajes mis dos realidades se cruzan, se enredan y me hacen ver el nudo que es vivir entre dos países. Hay una parte vital de mí que no entiende nada de esta viajadera; ni por qué me fui en un principio, ni que regreso a mi país cada cuanto tiempo, ni por qué dejo atrás mi lógica cotidiana para construir pasaderas entre dos arquitecturas de vida.

Sí, hay un mapa pero no coincide para nada con el de la pantallita del avión; el mapa se va haciendo en el viaje y revela más bien la geografía interna. Sobre Mérida está la preocupación por mis hijos que se han quedado celebrando Thanksgiving entre las ruinas de divorcio con un elenco de gente nueva. Sobre Campeche se plasman unos ojos masculinos de lobo-aguacatero caminando la playa espiando caracoles del mar. Sobre Chetumal y Belmopán pasan con los documentos de la aduana. Quieren saber a qué vengo y qué traigo de fuera, pero no dan espacio para contestar que quiero ver si todavía están los volcanes, los vendedores de minutas y los malabaristas de la calle. Ni que vengo para integrarme nuevamente al pulso de San Salvador, del mar y del país. Solo dan la opción de turismo o negocios; les vale que sea por necesidad existencial. ¿Qué traigo conmigo? Llevo mi corazón inquieto de colibrí que un día solo caerá muerto medio vuelo, de cansancio. Y si te hiciera yo la misma pregunta a ti, mi país: ¿Qué me tenés vos aparte de una historia maligna de silencios y fragmentos? Yo vengo a buscarte nuevamente, pero eso no quita de que juntos somos algo irracional y forzado, un cuadro goyesco. Sobre Choluma y Villanueva un bebe chilla y con toda razón; sufre también el viaje y no se deja calmar. Sabe que estamos en la barriga de este insecto; en la mosca dragón de diáspora.

Al fin mi mapa lleva a tus luces, San Salvador; aparecen de la negrura chispeando como los miles de farolitos de luz robada. Por llegar de noche los volcanes no se ven solo se perciben. En la inmigración entro con el pasaporte gringo en la cola nacional. Les cuesta saber qué hacer con los “hermanos lejanos” y en qué idioma hablarnos…lo seguro es que somos un reto a sus dos filas de “extranjeros” y “nacionales”. Esta vez tengo suerte y no insisten en que pague el impuesto de turista extranjera. En otros viajes no me ha molestado pagarlo; yo entiendo que me cobran multa por confundir, porque las ambigüedades y ambivalencias son incómodas. El último paso es salir con las maletas…entrego un documento, muestro el pasaporte gringo de nuevo, oprimo el botón negro del semáforo de la aduana. Es una azar; una rueda de la fortuna que si te sale rojo, se te impide la entrada al país y si verde te integras a la muchedumbre nacional. La luz palpita entre rojo y verde. VERDE.

Aterrizar en El Salvador

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, sobre todo cuando el que viaja ya no vive ahí. Pero llega el día en que uno se reencuentra con su país y, entonces, empieza un viaje que va más allá de un boleto aéreo.

Después de muchas horas de pasearse entre nubes e infinito, a través de la ventana de un avión, uno alcanza a ver un oasis. Ese lugar tiene nombre: se llama El Salvador.

El primer paso es sobrevolar la costa. Ver desde esa misma ventanita una línea infinita de espuma blanca dando la bienvenida a este paraíso que muy pocos tenemos el placer de haber descubierto es enternecedor.

Casi se puede escuchar, incluso arriba del avión, el sonido de las olas, mientras la brisa del mar mueve disimuladamente las palmeras que conforman un paisaje de esos que parecen sacados de revistas, pero que en nuestro país no son ninguna novedad.

Incluso el cielo cambia de color, parece más celeste, más grande, más lindo.

El volcán de San Salvador le advierte a uno que está a punto de llegar y, para aquellos que tenemos algunos años sin verlo, una sonrisita se nos empieza a dibujar en los labios a medida que El Picacho se eleva en el paisaje.

Si uno pone suficiente atención, empieza a darse cuenta del maravilloso contraste que se forma entre la abundancia de las palmeras ondeantes, el verde de los árboles y la tímida cordillera que se levanta en paralelo a la costa, intercalándose entre nubes y cielo.

Entonces, como para sacarlo a uno del trance, una voz advierte que hay que prepararse para el aterrizaje. “Enderecen sus asientos”, dice, junto a otro discurso inentendible en español y en inglés; las lucecitas de seguridad se encienden, arriba, en el techo del frío avión, y las cosquillitas en el estómago son inevitables: en solo unos minutos volverá uno a sentir aquel calor tan peculiar que solo en este país se experimenta; en solo unos minutos, volverá uno a disfrutar de unas deliciosas pupusas auténticas, con todo y quesito quemado; en solo unos minutos, uno volverá a ver a sus amigos de toda la vida; en solo unos minutos, por fin, uno podrá abrazar a su familia.

El avión ha seguido avanzado y la costa, con su infinita línea de espuma perfecta, queda atrás. Uno siente que empieza a volar sobre una cama de árboles frondosos que reúnen un sinfín de tonos verdes; algunas plantaciones de caña con sus flores blancas que parecen flotar se hacen presentes, atravesadas por una que otra callecita donde pasan carros que parecen de juguete. Uno se acerca cada vez más.

Después de algunos minutos, el avión toca tierra firme y el aeropuerto se hace más grande a medida que la máquina se detiene y uno trata de contener su emoción; pero entonces, aquella voz vuelve a hablar y esta vez dice: “Bienvenidos a El Salvador”.

Ahí es imposible no sentir una alegría inmensa: felicidad mezclada con nostalgia, añoranza e incluso tristeza cuando uno se da cuenta de que se tuvo que ir de ese lugar que tantas emociones le provoca. Yo creo que más de alguno intenta dominar las lágrimas, porque es profundamente movilizador volver al país que uno tanto quiere.

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, pero no solo para la vista, sino para el corazón.

Distancia amarga

Siempre creí que su vida fue fascinante. A cada uno de sus platillos le correspondía alguna tragedia o dicha que hubiera pasado por su vida. Nació en una casa de bahareque ahumada por fuego de leña. A los 10 años, su madre leyó su destino en un huevo de gallina india: estaría ligada por siempre a la cocina. Usó calzado solo hasta que pudo comprárselo con su primer trabajo, como aprendiz de cocinera. Formó una familia a cucharadas de guisos y a punta de ejemplos firmes. Hizo todo lo posible por aprender a leer y a escribir, y nada disfrutó más que devorar libros y alimentar a todos los comensales que estuvieran a su alcance.

Nuestra relación fue mucho más que un cliché entre nieto y abuela. Fue una complicidad que tenía su culmen en jornadas casi ceremoniosas de cocina. En ellas, sus historias y experiencias eran ingredientes infaltables. Más que sus trucos y secretos para que cada comida quedara exquisita, lo mejor de nuestras sesiones eran esas lecciones de vida que me daba con tanta sencillez. Sus risas, su caridad, desprendimiento y sabiduría siempre me satisficieron.

La última vez que pude abrazarla me susurró una bendición cálida. Su vestido celeste tenía pegado el olor del café de maíz que ella misma preparaba y molía a mano. Ella tenía los ojos humedecidos y la voz entrecortada. “Hasta pronto, mi viejita”, le dije con las cuerdas vocales hechas nudo. Era la segunda vez que me le iba del nido y, contrario a lo que me había imaginado, esa despedida fue más difícil.

Hoy, a menos de 8 días de su partida, se me llena la mente de verbos en condicional. Si entonces hubiera sabido que esa mañana de agosto sería la última vez que podría sentir su tibieza, no la habría soltado. Entonces solo tomé sus manos maltratadas por décadas de trabajo en la cocina, besé su frente llena de surcos y tuve que volar de nuevo.

Desde esta parte del mundo he aprendido que la muerte de un ser amado sabe más amarga con la distancia. Que la impotencia de no poder satisfacer la necesidad (quizá egoísta) de decirle adiós a la materia es fustigante. Sobre todo, que nunca se está listo para el dolor, sin importar cuán anunciado sea el golpe. La peor parte de estar lejos sale a flote en estos momentos en los que no hay más remedio que conformarse con despedirse a través de recursos tecnológicos. La vida y la muerte calan más hondo cuando se está distante.

El país que uno ama se condensa en los rostros que uno anhela volver a ver al regresar. Y cuando esos rostros se hacen más, las raíces se debilitan. Lo único que queda, para aminorar el sabor amargo, es alimentarse de las buenas memorias.

Montano en España

El periplo del coronel Inocente Orlando Montano Morales en los pasillos del sistema de justicia estadounidense inició en 2013. Una fría mañana de febrero de aquel año cubrí para LA PRENSA GRÁFICA la audiencia contra el militar por delitos migratorios que presidió el juez Douglas Woodlock en el centro judicial Joseph Moakley de Boston, Massachusetts. Pasaron más de cuatro años y hoy Montano está a un paso de ser extraditado a España, donde deberá responder por las muertes de cinco de los seis sacerdotes jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989.

En Boston, Montano fue condenado a 21 meses de prisión por haber mentido a autoridades migratorias al decir, entre otras cosas, que nunca había pertenecido a una institución armada. Al coronel se le olvidó decirle a Estados Unidos que él era viceministro de Seguridad Pública cuando una unidad de la Fuerza Armada salvadoreña entró a la UCA a asesinar a los sacerdotes y a dos de sus colaboradoras.

La pena que impuso el juez Woodlock parecía excesiva para un cargo menor. En Boston, uno de los abogados de la fiscalía estadounidense me lo explicó: la sentencia máxima fue impuesta atendiendo al historial previo de Montano. Es cierto que el coronel llegó a la Corte de Massachusetts sin antecedentes penales en El Salvador, pero el Gobierno estadounidense presentó testigos que hablaron sobre su rol en la masacre de la UCA y en otros abusos cometidos por el ejército salvadoreño durante la guerra civil.

Montano fue trasladado a Carolina del Norte, a una prisión de seguridad media donde había mejores condiciones para atender sus problemas de salud; padece diabetes y sobrevivió a un cáncer.
España, entonces, pidió la extradición del militar a Madrid para que se presente al Juzgado Sexto de la Audiencia Nacional española a responder por los “asesinatos terroristas” de los cinco jesuitas que eran españoles. Desde 2013, la defensa de Montano introdujo al menos media docena de recursos para evitar el viaje.

El martes pasado, la Corte Suprema de Estados Unidos cerró la última puerta a Montano, cuyo viaje a Madrid es ahora inminente. De acuerdo con una fuente diplomática de España, que consulté en Washington, se espera que en las próximas horas el coronel pase a custodia de las autoridades españolas.

Cuando Montano comparezca en el tribunal madrileño, el reloj de la justicia en el caso jesuitas, tantas veces detenido en El Salvador por obstrucciones y encubrimientos que implican a todas las administraciones salvadoreñas desde el presidente Alfredo Cristiani hasta Mauricio Funes, acelerará de nuevo su curso.

Lo más importante es que toda la prueba recabada desde que el juez Eloy Velasco admitió la demanda de los familiares de los jesuitas en 2008 pasará a ser del dominio público: testimonios de exmilitares implicados en la masacre, relatos de testigos oculares y miles de documentos desclasificados por los gobiernos de Estados Unidos y España arrojarán luz sobre las circunstancias que rodearon los terribles hechos del 16 de noviembre de 1989.

La verdad asomará y ya con eso se habrá abierto el camino hacia la justicia, no solo para los deudos de Ignacio Ellacuría Beascoechea, Segundo Montes Mozo, Ignacio Martín-Baró, Amando López Quintana, Juan Ramón Moreno Pardo, Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina Mariset Ramos, sino también para todas las víctimas que dejaron su sangre en la locura que duró de 1970 a 1992 en El Salvador.

Para encubrir a los asesinos de los jesuitas, el Estado salvadoreño mutiló su aparato de justicia, antes y después de los Acuerdos de Paz. Primero fue la derecha, implicada directamente en la masacre, y luego, ya en el gobierno, fue la izquierda política, que también ha querido cuidarse de que la investiguen por sus desmanes.

Un país no puede construirse sin verdad, por eso es importante que el coronel Montano llegue a España.

La memoria como praxis

Como niña del año 76’ en El Salvador y habiéndome ido a los cuatro años del país, he heredado una parte de la memoria de la guerra más reciente no a través de recolección directa sino a través de fragmentos; imágenes inquietantes, objetos, historias, comportamientos y afecciones transmitidos como una herencia dentro de la familia y de la cultura en general. Para algunos de mi generación es hasta cansado seguir hablando de la memoria como tema. Para otros las memorias son pistas que nos llevan a desarrollar cierta metodología y praxis, o práctica activa, de la memoria. El pasado nos agarra y no nos suelta. Recordar se convierte en una especie de trabajo de campo que nos lleva a adoptar, bastante al azar, los métodos de historiadores, antropólogos, etnógrafos, abogados y a investigar en archivos, a buscar entrevistas en casas ajenas y a conocer espacios y zonas apartadas del país.

En mi caso, la UCA ha sido un espacio que siempre me ha llamado la atención porque mi mamá estudió la filosofía ahí con los jesuitas en los años 70. Crecí oyendo sus historias del Padre Ignacio Ellacuría y del Padre Martín Baró, de las cosas que más los fastidiaba que hicieran los estudiantes y en varios momentos me ha llevado a la UCA casi como en viaje de peregrinaje para conocer y recordar ese espacio y sus días como estudiante ahí.

Fue en una de estas ocasiones que me captó la atención el Vía crucis del pueblo salvadoreño de Roberto Huezo y sentí que me sobrecogió una necesidad de conocer la historia de esos cuadros en la capilla; si habían sido encargados por los padres jesuitas o cómo es que llegó a estar esa serie de dibujos ahí en la capilla de la UCA. Roberto Huezo, el autor del Vía crucis, me concedió una entrevista y me contó lo siguiente; una historia que comparto aquí porque conocerla me ha llevado más allá de la memoria heredada de mi familia para formar mis propios lazos con la UCA como espacio de la memoria.

Los primeros apuntes para el Vía crucis del pueblo salvadoreño surgieron cuando Roberto Huezo presenció un enfrentamiento violento entre un grupo de guerrilleros y el ejército que duró toda la noche. El artista me describió cómo los soldados llegaron con tanques de artillería pesada y sin piedad, dando fuego con lanzallamas a la vivienda donde habían localizado a unos muchachos guerrilleros, matándolos y dejando aterrorizada a su comunidad de Santa Tecla. “Allí nacieron mis primeros apuntes.” Y allí, en los bosquejos matutinos de Roberto Huezo nació el Vía crucis del pueblo salvadoreño (1983-1984).

Poco después, la hermana mayor y el cuñado de Roberto Huezo fueron secuestrados por soldados del ejército. “Durante las búsquedas de mi cuñado, las cuales realizábamos, con mi hermana, cuando nos avisaban que habían cadáveres en las carreteras, o en “el playón”, ó en algunos otros sitios de fuera de la capital y, en las morgues…ya tenía suficientes apuntes para desarrollar la serie de dibujos.” El Vía crucis llegó a ser un punto de encuentro entre la realidad cruda y la imaginación; un testimonio visual que le dió al artista una manera de aprehender la realidad. Según Huezo los dibujos eran una manera de enfrentarse con la realidad, de confrontar la realidad, de habérselas con ella, para luego cargar con la realidad y, que la realidad no cargase con ellos.

Fue el Padre Ignacio Ellacuría quien le instó a que Huezo dibujara como una forma de exteriorizar las imágenes de bocas y manos contraídas en dolor y de cuerpos heridos y retorcidos que atormentaban a Huezo. Le dijo: “Debes enseñarnos cómo siente el humanista esta deshumanización.” Ellacuría llegó cada lunes por nueve semanas para ver la evolución de su trabajo: “Uno de esos lunes, creo que el tercero, me dio la noticia de que se le había ocurrido de que esos dibujos, formarían parte de la Capilla Monseñor Romero de la UCA…que formarían parte del “Vía crucis del pueblo salvadoreño.” Pero el Padre Ellacuría tardó en escoger y, según el artista, terminó viendo cerca de ochocientos dibujos. La serie completa hoy consta de más de dos mil dibujos de diferentes tamaños.

Según Huezo, los dibujos son su testimonio visual de cómo la guerra deshumaniza al ser humano: “Usé tinta aguada, acuarela, carboncillo, pasteles, lápiz, bolígrafo, sumie, sanguina, lápiz conté, y algunas otras medias secas y húmedas para que aquél papel blanco (la nada), enfrentado, a solas en mi estudio, se convirtiera en algo que mi memoria heredaría a la humanitas, dejándome ser testigo. Testigo de una de las más terribles acciones que el hombre puede llegar a realizar: su deshumanización.”

Investigar la historia del Vía crucis fue una manera de interactuar con el pasado, de hacerle mis propias preguntas y de construir un conocimiento válido y personal de la historia. De la misma forma que unos rechazan al pasado otros de mi generación buscan estas interacciones dinámicas haciendo arte y cultura, yendo a los archivos, buscando entrevistas, conociendo espacios del país y haciendo activismo de varias formas. Hacemos un trabajo multidisciplinario de hacer cultura, antropología, etnografía y de activismo para poder conocer el pasado. De esta forma la historia deja de ser una abstracción intelectual y cobra nueva vida en el presente.