Nos mataron a todos

¿Usted conoce a alguien que haya sido víctima de la delincuencia? ¿Lo ha sido usted mismo? ¿La víctima ha sido alguna persona cercana? ¿Ha perdido a algún ser querido por la violencia que se vive en el país?

Hemos llegado a un punto en el que la mayoría podemos responder que sí a varias de las preguntas anteriores. Y eso es algo triste, lamentable, una normalidad que es más bien abominación.
A mi gremio le arrebataron a un miembro esta semana. Samuel Rivas era un joven camarógrafo de Grupo Megavisión, enamorado de este ingrato oficio, apasionado por las imágenes y la comunicación, con una sonrisa que no solía negar y un gran entusiasmo contagioso.

El trabajo periodístico es agotador, demandante, extenuante. Aun así, Samuel, quien el día que fue asesinado iniciaba sus vacaciones, no dedicó ese primer día libre a descansar, sino a ayudar en los trabajos de reparación de la iglesia en la que se congregaba.

Así lo encontró la muerte, colaborando con la obra en la que creía. Unos casquillos de bala y varios de sus hermanos en la fe asustados tras presenciar el homicidio quedaron en la escena. No hay más, por el momento, y muchos tememos que el de Samuel se convierta en uno de los miles de casos en los que la impunidad se impone, en los que se les niega el derecho a la justicia tanto a víctimas como a dolientes.

Y ahora me incluyo en estos últimos. El gremio periodístico en el país no es tan unido como quisiéramos, pero ahora, en el dolor y la impotencia tras este caso, tenemos en común la sensación de que nos han matado un poco a todos.

En un entorno donde no hay garantías de terminar el día y donde la violencia no discrimina y llega a casi todos los ámbitos, se mezclan, junto al dolor y la impotencia, el miedo. Y sí, el coraje al ver la inoperatividad de quienes tienen a su cargo la seguridad pública.

Porque, a parte de la impunidad, de que se nos niega la justicia, tenemos que tolerar a diario oírlos repetir un discurso falaz en el que destacan supuestos logros y pintan una realidad distinta a la que enfrentamos el resto día a día. Porque creen que a fuerza de propaganda y maquillaje de cifras nos convencerán de que todo está bien, cuando sabemos de sobra que no, nada está bien.
Y luego caen en el absurdo de reportar que “solo hubo un homicidio” o que “hay 260 municipios con cero asesinatos”. Como si uno no doliera, como si uno no importara.

No sé hasta donde tengamos que llegar para que nuestras autoridades despierten, pero al menos nosotros, usted y yo, todos los que no contamos con guardaespaldas ni portones de seguridad ni vehículos blindados, todos nosotros que ya estamos más que hastiados y asqueados de no poder vivir tranquilos debemos empezar a exigir en serio nuestro derecho a vivir en paz.

El buen periodismo prevalece

Hay pocas cosas que he querido más en la vida que al periodismo. Fue con lo que soñé desde las aulas de la universidad. Y durante los seis años que lo ejercí a tiempo completo fui feliz. Cada día con la esperanza de interpretar una milésima parte del laberinto de injusticia que llamamos sociedad salvadoreña. Los que lo han practicado saben que es adictivo y que no cualquiera lo entiende. En especial por una jornada laboral extendida, la disponibilidad en emergencias o porque uno vive totalmente inmerso en el trabajo. Pero a cambio te puede dar más. Si se hace bien, se trata de escuchar a otros. En un mundo en el que todos parecen luchar porque su voz se escuche más y que llegue más lejos –algunos incluso ahogando a otros–, es una profesión que conlleva sentarse y escuchar distintas maneras de ver las cosas. Cuestionar y seguir. Siempre seguir. En una batalla constante contra el tiempo.

Es una profesión que ha tardado en cimentarse en este país. Después de todo, no hace mucho que la primera generación de periodistas académicos sustituyó a los empíricos que venían desde antes de la guerra civil. Pero en un abrir y cerrar de ojos, casi tan veloz e inesperado como el flash de una cámara, el paradigma volvió a cambiar. Todo por una nueva era de información con un alcance nunca antes visto. En El Salvador, más que del acceso al internet en general, ha venido de la mano de la telefonía y las redes sociales. De los memes y de llevar una noticia en constante desarrollo al alcance de los dedos. La posibilidad de estar informado o pensar estarlo. Tan radical, sin esperas ni intermediarios, navegando en un océano de basura, curiosidades o exageraciones. En medio de todo, el periodismo en una balsa con tiburones al acecho. Es una de las profesiones que están teniendo más cambios radicales.

Es más, esta es una era que puede crear la falsa ilusión de que el periodismo ya no es útil o que cualquiera puede hacerlo. Solo basta con tener mucho tiempo libre o pagar a alguien para que produzca cualquier tipo de información o desinformación. Noticias falsas de periodistas falsos –o sin ética. Algo que ya pasó a finales del siglo XIX, cuando los medios impresos estaban en su apogeo en Estados Unidos y los periódicos de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer entraron en una disputa por lectores, dando origen al periodismo amarillista. Inventaban historias solo para llamar la atención. Algo que parecen estar haciendo miles en las redes sociales y medios que han nacido en el entorno digital. Desde esas fuentes, es un regreso al periodismo más primitivo y elemental.

Pero la práctica, como todas las demás carreras y ámbitos profesionales, se configura con base en el mercado. A las necesidades de los consumidores de información. Para nadie es un secreto el revés de ingresos que han tenido los grandes medios de comunicación en todo el mundo. Algo que ha implicado recortes de personal, de productos y la precariedad de condiciones laborales. Ante este panorama, ¿cómo cambia el rol del periodista? Los grandes medios crecieron porque suplían la urgencia de la gente de saber lo que acontecía. Antes el problema era tener información, ahora es que hay demasiada. Uno tiene que buscar y buscar para encontrar algo con rigor y que valga la pena.

El periodista, más que nunca, debe aportar análisis y hacer notas que permitan interpretar la realidad. Elaborar investigaciones profundas que den luz sobre los problemas que más atañen a la sociedad. Es una fórmula vieja pero muchas veces parece olvidada. Ahora con el agregado que se deben utilizar los formatos que han popularizado las redes y tener cada vez más conocimientos de la informática. ¿Qué pasó después de la guerra entre Hearst y Pulitzer? Prevaleció el buen periodismo. El que se centra en lo social, el contraste de fuentes y la rigurosidad de los datos. El que busca fortalecer el tejido social y mostrar a la gente que son parte de una colectividad en donde los problemas de uno afectan a otros. Ir en contra de la cultura individualista de hoy en día. Al final de cuentas, el buen periodismo prevalece.

El tiempo de una emprendedora

Noviembre de 2017 marca el quinto año de mi primer emprendimiento. Según las estadísticas, entre el 80 % y el 90 % de este tipo de experiencias fracasan durante los primeros cinco años debido a causas externas e internas relacionadas principalmente con la capacidad de gestión del negocio.
Dentro de las causas externas se encuentran, entre otras, las leyes, la falta de financiamiento y de apoyo de las instituciones, así como los impuestos excesivos. En las internas están las relacionadas con la empresa: las ventas, la producción, la planificación y el manejo de los estados mentales y emocionales para enfrentar los desafíos de quienes dirigen el negocio.

Aceptemos que los desafíos externos estarán siempre. Aunque tengamos 100 años de existencia, los problemas, las nuevas tecnologías, el hecho de que los consumidores sean cambiantes, la situación de inseguridad y la política influirán definitivamente en nuestros emprendimientos.

Sin embargo, luego de cinco años, llenos de desafíos como los anotados anteriormente, puedo señalar que la decisión de sacar adelante un negocio y de hacerlo exitoso depende, en buena medida, de lo que piensa, siente, dice y hace un emprendedor.

Pronto me di cuenta de que, si quería que mi negocio se mantuviera, debía asumir aspectos de este que no me gustaban, como la administración, el manejo de las finanzas y el control para hacer un uso adecuado de los ingresos. Reconozco que esta parte ha sido para mí la más difícil y que, a pesar de haber ordenado lo administrativo, todavía nos encontramos a mitad de camino.

Uno de los errores más comunes que cometemos los emprendedores es dejar en manos de otros los temas administrativos y financieros, contratando personas sin las credenciales adecuadas para manejar lo que considero la columna vertebral de un negocio: las finanzas. Tener en orden los números es básico para dedicarse a otros temas estratégicos como el servicio, los productos y la innovación.

Para un emprendedor, el tiempo nunca es suficiente, porque además que este es finito, los roles que uno desarrolla son múltiples y demandantes. Comprendí que enfocarme en una sola actividad, aunque fuera solo durante 20 minutos, significaba un gran avance en la tarea. Por eso decidí abandonar definitivamente la multitarea y comprendí lo que dicen los estudios acerca de que esta únicamente ofrece una sensación de logro, pero al final solo se consigue hacer poco de muchas actividades, que sin la concentración adecuada deja resultados mediocres que hay que corregir más tarde; y esto genera una espiral de uso ineficiente del tiempo.

Mi cuerpo y yo mejoramos, además, la comunicación. Ahora entiendo las señales que me envía para pedirme que pare y descanse. Lo escucho y lo atiendo porque sé que esto contribuye a mantener la energía requerida para gestionar el negocio y mis prioridades de vida.

Emprender ha sido un viaje intenso y apasionante que no cambiaría por nada. El ejercicio de autogestionarme me ha proporcionado un sentido de libertad y control que disfruto mucho. Reconozco que la libertad viene paradójicamente vinculada a la responsabilidad y la consistencia; y estas últimas son imprescindibles en cualquier actividad en la vida que verdaderamente aspiremos a mantener en el tiempo. Hoy, cinco años después de haber iniciado mi primer negocio, renuevo mis votos para continuar en este camino del emprendedor.

Carmen Elena Trigueros: una voz imprescindible

En un país tan pequeño como el nuestro están contadas las voces autorizadas para cada tema. Esas voces y su discurso aparecen en todos lados: en la radio, en la televisión, en los periódicos, en los foros públicos, en las redes sociales. De verdad no sé cómo hacen, pero están en todos lados. Y para mí escucharlos más que un estímulo a la reflexión, son un estímulo para entrenar la memoria. Ya sé lo que dirán, los argumentos, las muletillas… hasta las bromas. Todo es tan predecible y aburrido que aprendemos a vivir con la sensación de que ya hemos escuchado casi todo sobre cualquier tema.

Lejos de resignarme a las ideas repetidas y pequeñas, me fui a tocar las puertas de las personas que quisiera escuchar, porque a mi juicio plasman en sus trabajos una lectura profunda, interesante y diferente de lo que significa vivir en El Salvador. La primera en recibirme fue la artista visual Carmen Elena Trigueros.

En 2008, el fotoperiodista Mauro Arias y yo llegamos a la casa de la artista para entrevistarla sobre una pieza particular, irónica, provocadora. La pieza era un cuaderno escolar que pertenecía a su madre. Una especie de manual que reunía las reglas básicas para ser una buena esposa. Los consejos eran sorprendentes: cómo comportarse con su futuro esposo, cómo administrar las tareas del hogar, cómo manejar los celos y la manera de tratar a la suegra. El cuaderno no era una broma, era parte de la educación que recibían las “niñas bien” a mediados del siglo pasado.

En ese momento, la pieza formaba parte de la exposición colectiva titulada “Suite Sweet Love”, organizada por el Centro Cultural de España. A partir de la exhibición de aquel objeto tan inocente, era posible establecer toda una discusión apasionante sobre el rol de las mujeres en las relaciones de pareja, la violencia intrafamiliar y el peso del matrimonio como convención social. Fue entonces cuando decidí seguir la pista de su trabajo.

Casi 10 años después regresé a su casa y encontré a una artista preocupada por la violencia social que vivimos en el país. Esta vez conversamos sobre el acto que realizó el 14 de septiembre de 2014, de lavar la bandera salvadoreña en la plaza Salvador del Mundo, y luego este año, de coser a mano 12 metros armados con retazos de tela blanca y exhibidos en el Museo de Arte como parte de la conmemoración de los 25 años de los Acuerdos de Paz.

Sencilla y reservada, Carmen se toma un tiempo antes de responder: “La idea de lavar la bandera surgió de una pregunta urgente: ¿qué podemos hacer con este país?” En declaraciones a la prensa dijo: “El acto de lavar es una metáfora de limpiar el país de miedo, violencia, injusticia y corrupción… creo que en el fondo cada salvadoreño tiene ese sueño, poder un día lavar y que amanezca limpio”. Otra vez, me había sorprendido. Con un acto efímero y cotidiano como lavar había logrado resumir un sentimiento nacional.

En su siguiente propuesta, la artista se encontró con la disyuntiva de crear una pieza artística que homenajeara una paz desconocida: “La pregunta era, ajá, ¿y qué paz estamos celebrando? Entonces recorté diferentes tipos de tela blanca y los cosí a mano para decir que a pesar de nuestras diferencias, deberíamos estar unidos en la construcción de un país diferente”. La síntesis de su obra lograba destacar dos grandes pendientes: la falta de diálogo y concertación.

Su nuevo proyecto consiste en dibujar y luego bordar sobre trozos de tela, las imágenes cotidianas de nuestros jóvenes esposados, acurrucados, expuestos públicamente como símbolos de la efectividad policial. “Con estas imágenes me viene otra vez la necesidad de preguntarme ¿y yo qué puedo hacer? Siento que remendar una tela rota y vieja, es como remendar el tejido social de este país que está destrozado y destruido, y aunque sé que en la realidad no es tan fácil, en el plano artístico sí es posible”.

De su casa salí contenta, satisfecha del diálogo que me propone, maravillada con su sencillez y anonimato, convencida de la necesidad de interpretar este país desde otros ángulos y diferentes lenguajes, dispuesta a escuchar más voces. En mi próxima columna presentaré otra voz imprescindible.

El filtro de la pobreza

Es de todos sabido que los pobres siempre llevan las de perder. Son los más propensos a enfermar y a no tener una atención adecuada, los más vulnerables ante desastres naturales y los efectos del cambio climático, los que se las ven más difíciles para poder recibir educación y, por ello, son fácilmente manipulables. Siga usted la lista, le aseguro que nos resultará larguísima.

¿Cómo se rompe el ciclo de la pobreza? Esta pregunta ha generado miles y miles de páginas de análisis, estudios, diagnósticos, propuestas, planes. Algunas cosas han demostrado ser efectivas, como la atención temprana en salud y el acceso a educación de calidad. Un elemento importantísimo es la integración: dejar de pensar en “ellos” los pobres, y que ellos dejen de verse a sí mismos como parte de una gran masa excluida, algo que, aplicado desde los primeros años, abre los ojos de los niños y niñas y permite que los jóvenes se sientan capaces de ir más allá.

De nuevo, ayúdeme usted a seguir la lista de posibles soluciones, también es larga. Lo duro, lo difícil o casi imposible, ha sido que implementemos de forma eficiente estas respuestas que todos parecemos tener en la punta de la lengua. ¿Por qué es esto así? ¿Cómo podemos ayudar a cambiarlo?

La pobreza es como un yunque atado al tobillo, es imposible que corras al mismo ritmo y logres las mismas distancias de quienes no lo tienen. Es un cáncer, además, mata de a poco o de súbito, enferma, carcome, pudre. Es un muro que te cierra el paso, un candado que te bloquea oportunidades. Y la sociedad como conjunto es culpable de que esa gran parte de la población se sienta como paria debido a la falta de recursos. La pobreza es, en nuestras sociedades aspiracionales, una marca de vergüenza.

Volvamos a las posibles soluciones: la educación. En las zonas más pobres y marginadas es muy difícil encontrar educación de calidad, o que los padres prefieran que sus hijos estudien en lugar de ayudarles a trabajar y llevar más ingresos al hogar, sobre todo si son niñas. Supongamos este primer gran obstáculo: terminar la educación básica. Ahora toca viajar a algún lugar donde haya educación media para poder terminar el bachillerato. Si lo consiguió es el caso de cuatro de cada 10 jóvenes.

Ahora, la universidad. ¿La opción que se ve más accesible? La Universidad de El Salvador, por supuesto. El sábado 14 de octubre hubo examen de admisión. En uno de los edificios vi cómo a un joven no lo dejaron pasar porque no llevaba impresa su ficha —ahora el proceso es en línea— y los resultados de su examen de aptitudes. “No tengo impresora, pero aquí traigo anotado todo”, insistía el muchacho. La persona que estaba en la puerta se limitaba a enseñarle, cuando entraba algún otro aspirante a estudiar en la UES, los documentos que estos llevaban: “Así tenía que traerlo”.

Un ejemplo, tonto si usted quiere, pero que ilustra cómo la falta de recursos se convierte en un lastre que no nos deja avanzar. ¿Cómo podemos hacer esta carga más leve? ¿Cómo podemos ayudar a que se multipliquen las oportunidades? Somos un país pobre, sí, pero también uno en el que la riqueza existente está muy mal distribuida. En la redistribución juega un papel importantísimo el Estado, que, sin embargo, aún ha fallado en hacer que los servicios públicos marquen la diferencia para estos cientos de miles de salvadoreños atrapados en esta trampa de la pobreza.

Red Solidaria, un programa que llegó a un punto clave bajo la administración del Dr. Héctor Silva (QDDG) siempre ha sido uno de mis ejemplos favoritos de cómo el Estado puede redistribuir adecuadamente: eran transferencias de dinero condicionadas, una pequeña suma de dinero para las familias que enviaran a sus niños a la escuela y los tuvieran en control de salud. Un inicio, apenas, pero uno bueno. Una buena red de este tipo, con la garantía de clínicas adecuadas y escuelas bien equipadas, sería un excelente inicio para hacer la diferencia.

¿Qué podemos hacer, por otra parte, usted y yo para marcar la diferencia? Empecemos a pensar y ayúdeme usted a hacer la lista, le aseguro que también nos saldrán bastantes y buenas ideas. Le dejo la primera: dejemos de discriminar a la gente por lo que tiene o no tiene y, cuando pueda, échele la mano a quien lo necesite.

De cuarta categoría

Explicar el valor del dinero a un niño de cuatro años puede ser complicado. Hace poco, viendo televisión con mi hijo de esa edad me preguntó por qué no compraba un pick up como los últimos modelos que salen en los anuncios. Le respondí que no tenía el dinero para comprarlo.

Fue lo primero que pude pensar y me faltó decirle que tampoco lo necesitaba. Él se fue corriendo a su cuarto. Oía que hurgaba en su mochila de los minions y regresó tan rápido como se había ido. Me dio una moneda de $0.05 que encontró tirada en el kínder. “Aquí tengo dinero, papá, es tuyo para que compres un pick up”, me dijo, convencido. “Anda, apurate”, agregó. Desde entonces ha inundado nuestras conversaciones con preguntas como: “¿Qué es un dueño?” “¿Cuánto vale eso?” “¿Qué es valor?” Las repite cada vez que puede y en momentos inesperados.

Aún no ha llegado a cuestionar cómo alguien puede morir de una enfermedad si hay tratamientos para combatirla pero no los puede pagar, o por qué hay desnutrición en países donde no hay problemas de escasez de alimentos y los anaqueles de las tiendas rebosan de comida. Tampoco me emociona explicarle que muchos determinan el valor de una persona por cuánto dinero acumula en su cuenta bancaria. O que la manera en cómo se invierte el dinero representa las prioridades que un individuo o institución posee. En qué gastar –lo mucho o lo poco que se tiene– puede decir más sobre nosotros que cualquier discurso. Aquellos objetos, experiencias o personas por quienes invertimos el dinero que, en la mayoría de los casos, tanto cuesta ganar. Igual pasa con los gobiernos y quienes los presiden. Su gasto infiere mucho de sus prioridades.

Ese es el caso salvadoreño. El Ministerio de Hacienda ya presentó el presupuesto para 2018, y de entrada saltó a la vista el gasto orientado a Educación. Una cantidad casi igual a la del año en curso y aún lejos de la promesa de la administración Sánchez Cerén de llegar a invertir el 6 % del Producto Interno Bruto (PIB) en esa cartera de Estado. Es un pírrico aumento de $5 millones (de $925 millones a $930 millones) que no está acorde, en lo más mínimo, a las grandes necesidades que se viven en el campo educativo, donde se tienen escuelas con baja calidad educativa, baños en mal estado, techos destruidos, áreas de recreo en deterioro, entre otras. Hace unos años, un estudio de ICEFI y Plan Internacional señaló que El Salvador invertía apenas $1.55 al día en sus niños, mientras que en Costa Rica –que tampoco es una utopía– la inversión era de $4.91. Con el agravante que cada año El Salvador aumentaba menos de $0.20 esa inversión por cada niño.

La crisis en las finanzas públicas no es excusa cuando el mismo ministro de Hacienda ha dicho que hay órganos del Estado con presupuestos “sobrados”, como la Corte Suprema de Justicia (CSJ) o la Asamblea Legislativa, que se recetó $3.4 millones en aumento de salarios para 2018. En los momentos de crisis quedan marcadas las prioridades de cada quien. No deja de ser icónico que en una ciudad como Santa Tecla se haya construido un imponente Centro Judicial Integrado mientras el Centro Escolar Daniel Hernández, en pleno centro de la ciudad, se cae a pedazos. Según una cifra que se barajó en el Consejo Nacional de Educación (CONED), que elaboró una propuesta que fue entregada al presidente de la república, se necesitan alrededor de $12,500 millones en 10 años para que la educación en el país sea de primer mundo. Algo descabellado de invertir en ciudadanos –nuestros niños– que, al parecer, son considerados de cuarta categoría.

Hace unos años escribí un reportaje del funcionamiento de las escuelas “unidocentes” en El Salvador, escuelas en los caseríos más perdidos del país en donde un profesor imparte lecciones a varios grados de manera simultánea. Esa es la educación a la que tienen acceso los más pobres. Funcionan con lo mínimo o menos. Muchos niños llegan seducidos por el refrigerio que brindan. En uno en particular, el Centro Escolar La Montaña, de Tacuba, se quedaban días sin su ración de alimentos por retrasos de las autoridades. Días después, un profesor me decía que siempre habría una explicación de parte del Gobierno: que antes estaban mucho peor, que poco a poco se va superando la brecha, que se ha mejorado. Sin embargo, cuántos funcionarios mandan a sus hijos a las escuelas, cuántos sufren porque sus hijos no estén en un lugar adecuado para aprender o que el centro escolar se quede sin agua potable. A ellos no les afecta, por eso no les importa. Sencillamente no son prioridad.

Retando estereotipos

Un estereotipo, según la Real Academia Española de la Lengua, es una “idea o imagen aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”. Los estereotipos se generalizan rápidamente porque nos facilitan colocar en grupos o categorías a las personas con las que nos relacionamos o con las que evitamos hacerlo.

Si observamos los estereotipos más comunes en El Salvador, será fácil explicar por qué nos debatimos en el estancamiento, la polarización y la desconfianza que evitan que alcancemos acuerdos. Algunos de estos son: “todos los políticos son corruptos”, “todos los pandilleros son delincuentes y no pueden aprender a trabajar”, “este país no tiene solución”, “los ricos son malos y los pobres son haraganes”.

Creo que es vital cuestionar las creencias a las que les decimos que “sí” ciegamente y promover una actitud de “librepensador” como la que impulsaba Tolstói, lo que nos facilitaría comprender por qué este país y muchas familias se hunden en la indolencia, la violencia y el abuso. Según pensaba ese escritor ruso, “los librepensadores son aquellos que están dispuestos a utilizar sus mentes sin prejuicios y sin miedos a fin de comprender cosas que chocan con sus propias costumbres, privilegios o creencias. Este estado mental no es frecuente, pero es esencial para el pensamiento correcto, que, en caso de estar ausente, la discusión tiende a ser peor que inútil”.

Recientemente participé en un ejercicio para retar estereotipos. Y conversé, por primera vez en mi vida, con una expandillera. La experiencia consistía en escuchar sin juzgar. Al permitirme estar presente para esta persona, pude aproximarme mínimamente al dolor que ha tenido que atravesar y comprender muchas de las decisiones que tomó en su vida.

Fue una niña que pronto conoció la violencia en un hogar en el que fue testigo y víctima de maltrato físico y abuso de parte de su papá. El horror de su experiencia familiar la empujó a buscar una relación con un hombre mayor creyendo que con él encontraría protección y cariño, pero esa relación resultó ser más de lo mismo. Su vida fue huir de situaciones de violencia a las que se vio expuesta constantemente, terminando en una pandilla en donde la crueldad solo fue en aumento.

Dos situaciones inesperadas, un embarazo y la cárcel representaron para ella el inicio de un largo viaje de confrontación personal que la llevaría a buscar una salida definitiva al ciclo de violencia en el que había vivido. Su proceso fue difícil: limpiarse del consumo de drogas; obtener ayuda médica y psicológica; pedir permiso en la pandilla para lograr su libertad; y, lo más complejo, buscar el perdón de sus hijos y aprender a vivir con la culpa por el daño que les había causado su abandono.

El precio que pagó por buscar afecto y seguridad fue demasiado alto. Y aunque ha reconstruido su vida, el dolor y la culpa persisten porque señala que aún no se ha perdonado por el daño que causó a otros.

A los salvadoreños nos urge poner bajo la luz esos conceptos a los que les hemos dicho que “sí” a ciegas y tener presente que al centro de cada individuo se encuentra un ser humano que ha sufrido, que siente, que intenta vivir mejor y ser feliz. Sus métodos pueden estar errados y sin duda que la ley y la justicia deberían operar en donde aplique, pero no debería negársele una nueva oportunidad a alguien que realmente desee cambiar, sino más bien debería proveérsele de los medios para intentarlo, si queremos un país que alcance verdaderamente la paz.

Antes de la tormenta

Lo conocí de niño. Siempre iba guapo, coqueto, sonriente. Era uno de los presentadores estrellas del programa infantil “Güerep”. En ese entonces, yo escribía sus guiones y lo vi repetir muchas veces nuestro eslogan “Saltando crecemos, jugando aprendemos”. Era fantástico frente a las cámaras. Un gran comunicador. Alguna vez se quedó a dormir en mi casa y jugaron hasta el amanecer con mi hijo. Eso fue hace más de 10 años y durante todo este tiempo he querido pensar que ese espacio efímero en la televisión había sido una especie de semilla que sembramos para cosechar mejores ciudadanos.

Sin embargo, la mañana del miércoles sentí de golpe un hueco infinito en el estómago y en mi corazón, el titular decía: “Pandilleros asesinaron anoche al hijo del periodista Henry Arana”. Era Darío. El niño que durante varios domingos preguntó y celebró junto a la rana Güerep su derecho a tener voz propia.

Todavía puedo escuchar los sollozos de su madre preguntando: “¿Qué hicieron con mi muñeco? ¿Por qué hacen eso a la gente buena?… Me partieron en dos. Nadie nos puede ayudar”. Tenía 22 años, solo uno más que mi hijo. Tenía una hija, una pareja, una hermana y un padre valiente que no se deja vencer por el cáncer. Todo eso y más era Darío. Pero la nota del día decía: “Según las autoridades, el martes finalizó con 23 homicidios, una de las víctimas de esta fatal jornada de asesinatos fue Darío”. Así de crudo, de fugaz, de escueto.
Lo absurdo es que murió en una ciudad militarizada. Desde el 18 de septiembre más de 50 vehículos blindados de la Fuerza Armada patrullan por las calles de San Salvador y el argumento del presidente de la república, Salvador Sánchez Cerén, ha sido que este despliegue militar es parte del plan de fortalecimiento de la seguridad y prevención.

Pero ¿desde cuándo la presencia de los militares en la calle ha hecho sentir más seguros a los salvadoreños? Podríamos preguntar a los familiares de desaparecidos, a quienes participaron en la marcha estudiantil el 30 de julio de 1975 o a los sobrevivientes del Mozote. La otra opción sería preguntárselo al presidente, quizá él tenga una mejor explicación para eso, quizá el pueda decirnos cómo ha cambiado su percepción del ejército desde sus días de joven revolucionario y guerrillero.

El caso es que Darío ahora está muerto y para mí su ausencia reitera la absurda presencia del ejército en al menos 25 puntos de la ciudad. Antes de su asesinato y con los militares ya apostados en cualquier esquina, había 108 familias, que en un lapso de cuatro días, perdieron a sus seres queridos y la cuenta no se detiene.

Casi sin parpadear las autoridades dijeron en conferencia de prensa que “las víctimas no estaban perfiladas como pandilleros, y que incluso, sus casos se salían del parámetro de edad de homicidios contra miembros de estas estructuras, que es entre 18 y 30 años”. Como siempre están en vías de investigación, y no para hacer justicia, sino más bien para corroborar cuántos de ellos tenían parentesco con pandilleros.

Lo que quiere decir que si estas personas tenían algún parentesco merecían morir y por lo tanto, el Estado salvadoreño no debe invertir más recursos en explicaciones.

Si hay algo peor que la violencia es nuestra indiferencia. Ese postergar, ese traspapelar, esa idea de que podemos avanzar mientras caminamos sobre de los muertos. Para mí la presencia de los militares en las calles es como volver a sentir ese viento que sopla fuerte, que desbarata y desordena todo lo que encuentra a su paso, que se lleva la esperanza, las semillas y los buenos augurios. Un viento que nos presagia el inicio de otra gran tormenta. ¿Qué más estamos esperando?

Aprender a cuidarnos

Después de la terrible noticia de la muerte de Mara, una joven mexicana asesinada presuntamente por el chofer de una aplicación para servicios de transporte personal, se multiplicaron en redes sociales los posts sobre cómo cuidarse, qué hacer antes, durante y después de tomar un taxi o uno de estos servicios que funcionan con aplicaciones.

Curiosamente, también aparecieron reclamos de quienes insisten en que, en lugar de enseñar a las mujeres cómo evitar ser violadas, agredidas, asesinadas, se debe criar y educar a hombres que no agredan. Pero ¿por qué esto debe ser mutuamente excluyente?

Estoy totalmente de acuerdo con que el cambio de este mundo depende de nosotros mismos, de educar bien a nuestros hijos, independientemente de su sexo, de ser nosotros mismos agentes de cambio, ser nosotros el cambio, práctica diaria y ejemplo de echarle la mano al prójimo siempre que se pueda y evitar, hasta donde nuestras fuerzas y voluntad alcancen, ser perjudiciales para los demás o para nuestro entorno.

Pero esto no significa que se deba dejar de lado la prevención. Las mujeres, los hombres, los niños, los jóvenes, todos debemos aprender a cuidarnos. Por desgracia el mal existe, el diablo, como decía mi abuela, anda por ahí y toma la forma, muchas veces, de rostros afables, de sonrisas amigables e incluso de amigos y conocidos. La desconfianza no es algo agradable, pero en nuestros tiempos se vuelve necesaria. Mejor equivocarse por desconfiado que por exceso de confianza.

La desconfianza por sí misma ayuda de poco, hay que pensar qué hacer en cada situación. Hace un par de semanas una joven muy cercana y querida por mi familia tuvo una mala experiencia con una de estas aplicaciones para transporte personal. Usó la aplicación y pidió el vehículo. Al subirse, no se percató de que la persona que conducía no era la misma de la foto que aparecía en el perfil. Se dio cuenta únicamente cuando el tipo comenzó a sacarle plática y a subirse de tono, llegó incluso a decirle cuánto le gustaba cuando las muchachas usaban lencería. Sumamente asustada, se cortó. Afortunadamente llegó a su destino solo con el susto. Por supuesto que reportó el caso con la compañía desarrolladora de la App.

Pero después, cuando compartimos el caso en redes para alertar sobre lo que había pasado, las respuestas que recibimos señalaban la responsabilidad de la chica: que por qué se subió, que por qué no se bajó, que por qué aguantó que la fuera acosando. “Ahí culpa de ella, yo ni me hubiera subido”, comentó una de nuestras conocidas. Y así, como siempre, se acusa a la víctima por ser víctima, por haber sido lo suficientemente tonta para convertirse en una… pero eso es tema para otra columna.

Ahora pienso que nos falta difusión de la prevención, educación en prevención. Esta chica no sabía qué hacer, y la verdad es que todos deberíamos saber cómo actuar en una situación de riesgo. Desde cosas básicas como asegurarse de que la persona que conduce y el número de placa coincidan con los del perfil de la aplicación, como siempre estar en contacto con un familiar y conocido a quien se le envíe captura de pantalla con los datos de la persona que nos está prestando el servicio, todo debería ser parte de un procedimiento de rutina a memorizar y practicar.

Nunca subirse si van dos personas en el auto, por ejemplo, o no tener “pena” de cancelar el viaje si se pone incómoda la situación o nos sentimos amenazados. También existen aplicaciones que permiten que se nos dé seguimiento en tiempo real y enviar alerta a nuestros contactos si algo pasa, junto con la localización de nuestro móvil. Una de estas aplicaciones es Companion: Mobile Personal Safety, que permite avisar y activar geolocalización para uno o varios amigos o familiares mientras se va de camino, y posee, de hecho, un botón de alerta para avisar a todos en caso de cualquier emergencia. También algunos sistemas operativos de móviles tienen opciones para activar la alternativa de compartir nuestra ubicación con nuestro grupo familiar.

La prevención es necesaria, siempre, y no significa que toleremos el crimen o que no luchemos porque nuestro futuro sea mejor, a través de la educación y la formación, o a través del cambio personal. Educar en prevención y generar el cambio social no son mutuamente excluyentes, son necesarios, hoy más que nunca. Ambos.

Cómo encontrar oro en el Acelhuate

En un origen el río Acelhuate lo era todo. Era el principio y el fin. Para muchos pobladores de San Salvador, era un afluente de aguas diáfanas que representaba un lugar para bañarse, donde ir a llenar sus tinajas o donde pescar. Agua cristalina que refrescaba el Valle de Las Hamacas. La toxicidad de la gente cambió todo aquello. Con la población de su ribera y las fábricas capitalinas, el río se fue contaminando poco a poco y, eventualmente, se convirtió en una cloaca. Una triste metáfora del país. Después de haber vivido de él por generaciones, todos le dieron la espalda. Pero el Acelhuate sigue ahí.

Algunos solo se acuerdan de él cuando su caudal crece tras alguna tormenta descomunal o cuando en su ribera aparece un cadáver. Sin embargo, hay gente que vive del río. Que se sumerge en su espumosa y contaminada agua para tratar de sacar restos de oro u otros metales que alguien más desechó. Cualquier pensaría que están locos. Pero de nuevo, esta no es más que una metáfora del país. Algo así como saber que estamos ya con el agua hasta las rodillas y próximos a “sumergirnos” en una nueva campaña electoral. Zambullirse en el Acelhuate ya no parece tan mala idea.

Como siempre, los partidos han comenzado a mover sus piezas y a hacer una especie de campaña nada simulada. Las redes sociales y los medios tradicionales ya se comienzan a llenar de políticos que abrazan a bebés y a abuelitas, y de mítines con banderitas. Es un caudal de promesas vacías, desechables. Y las disputas entre miembros de los mismos partidos para lograr una candidatura solo es un paso más. Esta campaña llega en el peor de los momentos –si eso es posible. Cuando la clase política se ha superado a sí misma y ha empujado al país a situaciones insostenibles, como la crisis en el sistema de pensiones. Todo por falta de acuerdos entre los dos principales partidos.

El FMLN y ARENA nunca se habían presentado más parecidos entre sí: dos bandos velando por sus propios intereses, sin un proyecto a largo plazo ni cuadros en sus filas que entusiasmen a la población. Dos discursos llenos de inconsistencias y contradicciones. Dos partidos y un sistema político en el que cada vez menos parecen creer, pero en donde las cúpulas se rodean de un coro de voces que se encarga de decirles que todo va bien. Hay una atemorizante falta de liderazgo. Buscar soluciones a los problemas del país en los políticos actuales es tan remoto como que alguien inexperto encuentre una pepita de oro en las aguas del Acelhuate. Por más que se sumerja una y otra vez, le será imposible.

Enfrascados en los problemas –o siendo parte de estos– y no en las soluciones. Actúan como una parsimonia, como si la crisis fuera menor. Y como siempre, el castigado por su necedad es la gente más desfavorecida de la sociedad y que depende de las escuelas públicas, el transporte público, los hospitales de la red nacional y habita los guetos creados por las pandillas. A los que más les ofrecen y menos les cumplen. Con este panorama se avecina una nueva contienda política en el país. Muchos solo van a apagar la televisión y otros se van a quejar en redes sociales, pero la política salvadoreña seguirá siendo como el río Acelhuate que serpentea por San Salvador: contaminado, hediondo, sucio.
Una nueva campaña electoral es como darse un nuevo chapuzón en ese mismo río en el que nos hemos sumergido por las últimas décadas. Para mal, es una creación de nosotros mismos, nuestro desorden y falta de interés. Todos sabemos que está ahí, pero nadie hace mayor cosa por cambiarlo. Ya hemos soportado demasiado su pestilencia. Sobre todo los pobres –siempre los pobres– que viven en su ribera. Para bien, depende de nosotros recuperarlo. Aunque la labor parezca imposible por ahora, pero no lo es. Lo primero es frenar a los que contaminan.