Poder ciudadano

Los salvadoreños necesitamos vernos a nosotros mismos y al país de forma diferente. Debemos dejar de pensar y creer que al país lo definen únicamente el actuar de los políticos o la delincuencia. Precisamos vernos como ciudadanos con capacidad de hacer y de exigir a quienes hemos designado para que gestionen el destino político, económico y social de la República.

Solo por medio del pago del IVA, los ciudadanos le generamos al Estado, según datos del Ministerio de Hacienda, un millonario ingreso que, en 2016, por ejemplo, ascendió a más de $1,800 millones. Eso sin contar que, por medio del voto, cedemos parte de nuestra cuota de poder a alcaldes, diputados y al presidente de la República.

Lo anterior representa poder ciudadano. Los salvadoreños necesitamos asumirlo si en realidad nos interesa formar parte de la solución a nuestros problemas de nación y dejar de ser simples espectadores.

Ejercer el poder ciudadano es un derecho, pero también conlleva una cuota de responsabilidad, en la que es necesario que cada uno asuma el rol de corresponsable del país que construimos día a día. Nuestras acciones en lo individual talvez no sean visibles; sin embargo, en la suma de ellas es donde radica la posibilidad de cambio para El Salvador.

Para nadie es un secreto que el sistema político salvadoreño se encuentra en cuidados intensivos y que es urgente sembrar la semilla de la cual nazca un sistema político nuevo, transparente y efectivo, que responda a intereses más diversos e inclusivos.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, dijo Einstein, y por eso creo que el cambio que este país necesita solo será posible si los ciudadanos asumimos el rol que nos corresponde.

Pero ¿qué significa asumir ese rol? Considero que pasa por reconocer nuestro aporte en el desarrollo de la sociedad que habitamos. Siendo conscientes del impacto de nuestras decisiones, tanto en nosotros mismos como en los demás, cuando respetamos o irrespetamos la ley, o cuando caemos en la tentación de actuar con impunidad porque otros también lo hacen.

Abrigo la esperanza de que un día entendamos que el poder en un país, en una comunidad o en una familia es compartido. Y cada individuo que conforma esos grupos tiene una porción del poder que debe ejercer con seguridad y respeto para sí mismo y para el resto de miembros, asumiendo un rol activo en la solución de los problemas que afectan a las mayorías.

Entiendo también que no todos pueden asumir esa postura activa. Hay demasiados salvadoreños que están en situación de supervivencia y es también por ellos que quienes disfrutamos de mejores condiciones debemos actuar responsable y conscientemente desde nuestros espacios y exigir objetivamente a quienes dirigen el país, sin importar el color de su partido político o de su ideología.

El Salvador no le pertenece a un solo grupo. Un ciudadano lo es sin importar su religión, su condición económica y social o su preferencia política o sexual. “Todas las personas son iguales ante la ley”, al menos eso declara la Constitución de la República que tanto decimos respetar.

La clave está en dejar la comodidad del espectador, que solo se ríe, se burla o llora. Dejar de seguir a quienes promueven posiciones extremas que solo nos dividen, porque en el equilibrio radica el respeto y la paz. Ser conscientes que nuestras acciones en lo individual generan impacto cuando sumamos a todos los ciudadanos. Así como escribió Tolstói a Gandhi en su célebre “Carta a un hindú”: “No solo resistas al mal, no participes de él…”

¡Vamos a ver “Criaturas”!

“Odio a mis hijos y soy una mujer normal”. “Son criaturas celestiales”. “Que se aprovechan”. “Y te torturan”. Tres madres en terapia se alternan las frases. Se desahogan. Disfrutan compartiendo quejas y problemas de sus hijos. Se disputan el turno para decir cosas políticamente incorrectas sobre ellos. Se rebelan en contra de sus vidas de madres perfectas. Insultan. Se exaltan. Derriban mitos. Hasta que llega el final de la terapia y cada una vuelve a su vida de madre intachable que exige la sociedad.

Aquí estoy en una sala de la UCA, viendo uno de los 20 ensayos que ha realizado el grupo de teatro Moby Dick para poner nuevamente en escena una de mis obras preferidas: “Criaturas”. He llegado a la hora en que los pericos regresan a sus árboles y encuentro a las actrices que integran el elenco, sudorosas, escuchando atentas las indicaciones de su director, Santiago Nogales.

Durante el ensayo contengo la risa para tomar nota y poder contarles en esta columna por qué tienen que ver “Criaturas” el próximo 24 de junio. Hace 12 años, mi madre y yo la vimos en el Teatro Poma y aún hacemos bromas sobre algunos de los parlamentos que se nos quedaron grabados para siempre. Para nosotras se convirtió en una obra entrañable, perfecta para compartir los tropiezos entre padres e hijos.

La obra no solo aborda las locuras que decimos y hacemos los padres en nuestro intento por hacerlo “bien”, también incluye el punto de vista de los hijos que tratan de seguir el paso, a veces errático, a veces incomprensible, de sus padres. Dinora Cañénguez lo resume en una frase: “Tan raros pueden resultar los hijos a sus padres como los padres a sus hijos”.

Ante lo espinoso que puede resultar el tema en una sociedad que santifica el rol de las madres, Santiago Nogales se pregunta: “¿Quién no tiene necesidad de autosincerarse? ¿Quién no ha estado de malas con su hijo o hija? ¿Qué es esto que todos somos madres y padres perfectos? Además, forma parte de la esencia de ser niño conseguir que sus padres se enerven”. En este sentido, Rosario Ríos agrega que la obra: “Es una crítica a todo lo que no queremos que hubiese para los niños”.

Mercy Flores recuerda que invitó a sus amigas a ver la primera presentación, al salir todas le decían: “¡Mira, esto ha sido una catarsis! ¡Yo ya me he sentido así!” Sin embargo, aclara que para Moby Dick lo más importante “es reírse con inteligencia para cambiar esquemas”.
Pero el nuevo montaje de “Criaturas” no solo pretende cambiar esquemas entre padres e hijos, los fondos que genere la obra serán utilizados para presentar en el Teatro Poma “Bandada de pájaros”, un drama escrito por Jorgelina Cerritos que pone en escena una de las tragedias más actuales que vivimos en el país: los desaparecidos.

Así es como se vive en los países del Triángulo Norte, ensayando entre risas y golpes. Eso explica por qué la presentación de una comedia inteligente como “Criaturas” va a hacer posible que exista una obra sobre desaparecidos. A mi juicio, una de las metáforas que mejor retrata las condiciones creativas en las que funcionan nuestras sociedades. No hay caos que nos hunda ni risas tontas que nos engañen.

Me reconforta saber que en medio de las tensiones y el desencanto, Moby Dick crea, se renueva y trabaja duro para espabilar nuestro ánimo con irreverencia, humor y ese sarcasmo exquisito que lo caracteriza.

La cita es el sábado 24 de junio a las 7 de la noche en el Centro Español. Si quiere divertirse y aportar al nacimiento de una nueva obra, vaya a comprar su entrada ya. Como dice Santiago Nogales, “la mejor terapia es ir al teatro con tu chico y reírte un rato de las estupideces que has cometido, estas cometiendo o puede ser que cometas cuando seas padre”. ¡No se va a arrepentir!

Sostenibilidad, cuestión de vida o muerte

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió que Estados Unidos salga del Acuerdo de París. Firmado en 2015, este es el primer acuerdo internacional importante para tomar acción contra el cambio climático.
La decisión pone de nuevo en la lupa mundial el tema del calentamiento global. Nicaragua y Siria eran los únicos dos países no firmantes, y la salida de Estados Unidos, si bien al parecer es inminente, no será inmediata.

Ya que Estados Unidos firmó y ratificó el acuerdo, podrá solicitar su salida tres años después de su entrada en vigor, es decir, hasta el 4 de noviembre de 2019. Una vez hecha la petición formal, tiene que pasar otro año para que la salida sea efectiva, esto es hasta el 4 de noviembre de 2020, el día siguiente a las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

¿Cuáles serán los verdaderos efectos de esta decisión? Estados Unidos se había comprometido a ejecutar planes de acción contra el calentamiento global. Además, ya que los países ricos son los principales emisores de carbono y las naciones pobres las más vulnerables ante sus efectos, los primeros debían apoyar a los segundos en la mitigación de dichos efectos.

La falta de regulaciones para obligar a las grandes industrias a reducir el impacto de sus actividades en el medio ambiente es ciertamente un retroceso. Que quien abandona el barco de este gran acuerdo de acciones globales sea una economía del calibre de Estados Unidos empeora aún más el panorama.

Mientras tanto, las empresas son las principales llamadas a tomar acción, a cambiar sus políticas y sus prácticas, ya sea por presión gubernamental o acatamiento de las leyes. Volcarse a la sostenibilidad no es más una opción, o una moda, o un recurso para proyectarse como altruista o para blanquear reputaciones, es una cuestión de competitividad.

Es posible que las grandes industrias no traten de cambiar la manera de hacer las cosas por conciencia medioambiental, sobre todo si esto implica aumento de costos o reducción de ganancias, pero es tiempo de que vean que si no lo hacen, no habrá más negocio.

Los países de la región estamos llegando tarde a la carrera, las empresas locales cada vez más se dan cuenta de que deben ser sostenibles para cumplir las exigencias de sus clientes en otros mercados, especialmente los europeos. El mercado interno aún no lo exige, pero es lo ideal, el punto al que se debe llegar.

Ser sostenible no es solo rentable, es necesario, es una cuestión de vida o muerte. La gestión irresponsable de los recursos está exacerbando los problemas de hambre, de sequías, de inundaciones. Y sí, es también algo que nos atañe a todos, un esfuerzo conjunto por frenar el daño para el que los gobiernos eran los llamados a tomar la batuta. Ojalá no veamos más retrocesos.

Piñatas políticas

“País amanecerá en condición de impago por culpa de ARENA”. Esta es la primera línea de un comunicado de prensa emitido por la Casa Presidencial de El Salvador este jueves 6 de abril. Un Gobierno anunciando que amanecerá en impago. No es ficción ni una sátira, son las palabras textuales que envió el equipo de prensa de la Presidencia.

Lo habitual es que los países agoten hasta el último recurso posible antes de decir públicamente que no están en capacidad de honrar sus deudas. ¿La razón? Gritar al mundo que uno ya no puede pagar es como darse un tiro en un pie. El capital es cobarde, no hay nada tan asustadizo como el dinero, si usted se declara mala paga habrá pocos que quieran prestarle, y quienes lo hagan le recetarán tasas de interés astronómicas.

Pero eso fue lo que hizo nuestro Gobierno. ¿Qué lo llevó a ello? La negativa de los diputados de ARENA de aprobar una emisión de bonos de $282 millones que había solicitado Hacienda, y que usaría para pagar la deuda que tiene el Estado con los fondos de pensiones, y para garantizar los pagos a los militares retirados.

Efectivamente, en la sesión plenaria del jueves no hubo manera de aprobar estos bonos, ni cambios en el presupuesto de la nación que permitieran que el Gobierno contara con los $70 millones que, según Hacienda, le urgían para el cortísimo plazo.

¿Por qué no se tenía este dinero? ¿No se sabía que se necesitaría? En realidad, sí. Hacienda sabe cuánto le tocará pagar cada año a los fondos de pensión, porque esta deuda es el resultado de una venta de títulos, los llamados Certificados de Inversión Previsional (CIP), con los que se financia el Fideicomiso de Obligaciones Previsionales (FOP). Las Administradoras de Fondos de Pensión (AFP) compran los CIP con el dinero de los trabajadores que están ahorrando para su futuro retiro, y con este dinero se pagan las pensiones de los jubilados del antiguo sistema, quienes cotizaron con el ISSS y el INPEP.

Todo este embrollo financiero fue una solución que encontró el gobierno de Antonio Saca en 2006, luego de que el ISSS y el INPEP se quedaran sin reservas para pagar a sus jubilados. Y así se ha hecho desde entones, y Hacienda sabía que este año tendría que pagarles $230 millones a los fondos de ahorro de los trabajadores. Pero no lo hizo.

Incluir todas las necesidades de dinero que se tendrían en 2017 habría implicado presentar un presupuesto por más de $5,000 millones, con la respectiva necesidad de financiamiento, ya que la cifra supera por mucho los ingresos tributarios que se esperan para este año. Para aprobar un presupuesto y la deuda para completarlo, se necesita mayoría calificada, los votos de 56 de los 84 diputados. Significaba que el Gobierno debía lograr los votos de ARENA.
En cambio, prefirieron dejar sin llenar partidas como el pago de la deuda con los fondos de pensión, al Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA) y otros gastos como el subsidio a la energía eléctrica. El que no se hayan presupuestado no hizo que estos gastos desaparecieran y, efectivamente, ahora el Gobierno requiere esos fondos.

Este jueves, en lugar de un diálogo franco para encontrar una solución, vimos a los dos partidos mayoritarios, al Gobierno del FMLN y a la oposición de ARENA, en un cruce estéril de acusaciones que nos llevó a esta declaratoria de impago con la que se amaneció el viernes.

Ser percibidos como un país insolvente hará que baje nuestra calificación crediticia y que se vuelva más caro conseguir financiamiento. Para los bancos también se encarecerá el dinero, y estos, a su vez, aplicarán tasas más altas al financiamiento local. Todo porque nuestros gobernantes y legisladores prefieren dejar que la carreta se descarrile para, ante el espectáculo de la destrucción, señalarse mutuamente, acusarse, con el único interés de conseguir votos y simpatías entre la población.

Ojalá nos demos cuenta de que aquí todos tienen cuota de culpa y, como ciudadanos y electores, no caigamos en este juego ridículo. Ojalá comencemos a exigir responsabilidad, honestidad y eficiencia a nuestros gobernantes. Ya basta.

Don Carlos

Siempre pensé que Carlos Durán era como un visitante en su propia ciudad. Vivía en otro San Salvador, uno que se forjaba en sus recuerdos y que era habitado por otras personas. Uno más ordenado y provincial en donde la avenida Independencia aún conservaba su esplendor, y era el lugar de residencia de familias con riqueza.

Cuando en enero lo visité en el hospital Médico Quirúrgico, me lo dijo con vehemencia: bajo los efectos de la anestesia se había soñado entrando en la pensión Primavera, un exclusivo lugar donde se hospedaban algunos de los viajeros más adinerados que visitaban esta ciudad. De adolescente nunca vio más allá del zaguán, pero tantísimos años después, adormitado en la camilla de un hospital, por fin, iba a poder caminar por aquellos jardines sevillanos, de los que solo había oído hablar. Pero los efectos del medicamento pasaron antes y todo el sueño se frustró. La pensión Primavera quedó grabada en su mente por los siguientes días.

Ya no se recuperaría por completo y desde entonces lo vería postrado en una cama. Le dieron el alta y volvió a casa. Era una jugarreta horrible verlo inactivo. A pesar de haber nacido en 1927, siempre fue un hombre enérgico. Se levantaba temprano todas las mañanas, bajaba desde la tercera planta de un edificio para revisar el motor del carro en el que una de sus hijas salía a trabajar. La mecánica era un oficio que conocía bien desde su época como conductor de autobuses en los cincuenta y sesenta. Su perfil fue el de un salvadoreño promedio. Nació en Armenia, Sonsonate, pero su niñez fue errante y su familia iba adonde había cortas de café. Pasó por Los Naranjos y el volcán de Santa Ana. Su papá abandonó a su familia por la bebida y se quedó viviendo con una hermana en Santa Tecla. Cuando tuvo edad, laboró como camionero en una empresa distribuidora de productos y así conoció el oriente del país. Después, trabajó por años como el hombre de confianza de una poderosa familia cafetalera. Con la guerra civil, ellos huyeron a Miami, pero Carlos se quedó encargado de la producción en las fincas. Cuando la guerrilla se tomó la plantación, él fue el mediador entre los combatientes y sus patrones. Acorralado por el conflicto como tantos salvadoreños en el campo.

Contar esos contrastes de la sociedad salvadoreña le indignaba y apasionaba. Desde los viajes en avioneta junto a su jefe para ir de cacería a Belice o la bahía de Jiquilisco, hasta comer tortilla con tomatada con los cortadores de café. Lúcido hasta el final, lo peor fue verlo perder la voz y saber que sus historias quedarían en su memoria. Como una noche profunda, platicando en la ribera del lago de Ilopango, en la que me habló sobre las oportunidades desperdiciadas. Y que a los hombres los definían sus acciones. Siempre fue humilde, sin apego a las cosas materiales. En una de sus últimas mudanzas, regaló los muebles de su sala a una vecina. Pero siempre atesoró un viejo portafolio de cuero donde solamente guardaba un par de documentos y las fotos de sus hijos. La foto de Keli en su fiesta de 15 años. Siempre dio todo por ellos. Hizo turnos extra conduciendo un bus, trabajaba hasta el anochecer en las fincas o se desvivía cuidando a sus nietos. Cometió errores, pero amó a sus hijos con locura. Nació humilde y murió siendo humilde cerca de cumplir los 90 años de edad.

Uno de sus últimos deseos era simplemente escuchar el canto de las chicharras. Ya no podía ir al parque ni a ningún área con árboles. Así que Betty de los Ángeles atrapó una en la calle y se la llevó para que le cantara en su cuarto. Esa última noche en la que estuve ahí, fue mi turno de hablar después de escuchar tantas de sus historias. Le dije que en este país se necesitan más padres como él, hombres responsables que amen tanto y cuiden a sus hijos y se preocupen. Le conté que afuera todos los árboles de Maquilishuat en la cuadra estaban floreando. Eran más de 10 árboles completamente rosa. Él, desde la cama, frágil, me contestó con su voz apagada: “Es la primavera”.

El espírito emprendedor

Me tomó casi diez años emprender mi negocio. De pequeña aprendí que debía conseguir un trabajo, esforzarme mucho, no provocar problemas; y así, podría “sobrevivir” en un mismo lugar hasta jubilarme. Esa era la forma en que buena parte de las generaciones pasadas cubrían sus necesidades de seguridad y logro. Sin embargo, en pleno siglo XXI, esta idea, de seguridad permanente, está alejada de lo que sucede laboralmente.

El mundo está automatizándose cada vez más, las máquinas aparentemente son más eficientes en el trabajo que los humanos y no tienen necesidad de parar en ningún momento del día. Esa es la idea de progreso que impera. Nada justa, pero así opera.

Esto sumado a las nuevas y diversas formas de entender el trabajo, el propósito de vida y las pasiones personales, ha facilitado que los individuos decidamos buscar la independencia, emprender y probar nuestras ideas.

Sin embargo, emprender requiere de una serie de habilidades y marcos de pensamiento que permitan, a quienes lo hacen, mantenerse llenos de recursos mentales y emocionales para gestionar los desafíos de iniciar de cero un negocio, o administrar simultáneamente las responsabilidades de un trabajo a tiempo completo y los esfuerzos por emprender.

Cambiar la idea de vivir una vida entera como empleada me fue difícil. Tenía miedo y me faltaba confianza en mis habilidades. Pero la incomodidad de permanecer desarrollando un trabajo sin un propósito con un alto significado para mí, fue más fuerte.

Hoy, con el camino recorrido, me gustaría compartir algunas claves que me sirvieron en el proceso para desarrollar mi espíritu emprendedor.

La primera, fue conocerme a mí misma y atender la voz de mi intuición. No sabía qué quería, solo podía reconocer que no estaba satisfecha y que necesitaba un cambio.

En este proceso de conocerme empecé a albergar la idea de la independencia y, además, reconocí esas habilidades profesionales y personales que me servirían si en realidad deseaba iniciar mi propio negocio.

La segunda clave fue gestionar la incomodidad. Agradezco a esas personas que me escucharon y que me hicieron las preguntas correctas que me llevaron a reflexionar y tomar las mejores decisiones en esos momentos. Algunas preguntas fueron: ¿Adónde irás si renuncias ahora? ¿Cómo están tus finanzas para cubrir al menos seis meses sin tener clientes? ¿Cuáles son tus compromisos actuales y cómo piensas cubrirlos? ¿Qué es exactamente lo que quieres hacer? ¿Para qué deseas ser independiente? Al responder entendí que mi tiempo no había llegado aún. Y eso me llevó a la tercera clave.

Ocuparme en lugar de preocuparme. Decidí continuar con mi trabajo y hacer un esfuerzo adicional para dedicar tiempo y desarrollar un plan detallado. Investigué acerca de cómo me percibían otros, qué cualidades me veían y si estarían dispuestos a pagar por ellas, escribí mi primera idea de negocio siguiendo una guía básica. Leí mucho sobre vidas con propósito y empecé a responderme para qué y por qué quería independencia.
Así llegué a Voces Vitales. Creyendo que iba a “donar” tiempo, a “aportar” al desarrollo de otras mujeres. Nunca me imaginé que la que más ayuda recibiría sería yo. Porque escuchar una y otra vez las historias de mujeres emprendedoras, apasionadas con sus negocios y sus ideas, a pesar de las dificultades, fue la mejor vitamina que pude encontrar para mi alma libre.

Ahora disfruto el espíritu emprendedor, ese que te pide dar un salto cada día. No al vacío, sino uno que tenga la inspiración de un propósito y un sentido de contribución. Porque este significado es lo que me motiva a continuar a pesar de los desafíos presentes en cada momento y en cada fase de la vida.

Antonia Navarro, la mujer del presente

“1889. Mucha gente en la ciudad estaba pendiente de la llegada del 20 de septiembre. Incluso el presidente de la república hizo un espacio en su agenda para celebrar la fecha. En los días previos, los periódicos habían comentado la defensa de una tesis doctoral acerca de la luna de las mieses que tendría lugar ese día en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional. Aunque el fenómeno ya había sido descrito en varios textos de astronomía que corrían en manos de los estudiantes de aquella época, este trabajo demostraba que no era observable en El Salvador. El hecho no solo era importante porque se oponía a la mayor parte de escritos en el extranjero, sino porque su defensora, Antonia Navarro, era la primera salvadoreña en obtener un grado universitario en el país y la primera mujer en graduarse como ingeniera en toda Iberoamérica”.

Como el tráiler de una película que nadie quiere perderse, así arranca “Mujeres en público”, una investigación académica que su autora, Olga Vásquez, y la reconocida escritora salvadoreña, Claudia Hernández, convirtieron en un libro con características literarias. Después de este arranque es imposible no querer saber más sobre la historia de Antonia Navarro y las salvadoreñas del siglo XIX que lucharon por salir de la casa, por entrar a la universidad, por leer muchos libros y tener el placer de saborear una vida llena de preguntas.

Juan José Tamayo, teólogo y filósofo de la Universidad Carlos III de Madrid, explica en el prólogo que este libro profundiza en el debate sobre la educación de las mujeres que se dio durante un breve pero intenso período de la historia de El Salvador, que abarca de 1871 a 1889, en el cual intelectuales, políticos y ciudadanos discutieron sobre el acceso de las mujeres a la educación.

Para Olga Vásquez, doctora en Filosofía Iberoamericana y profesora universitaria, el valor de su investigación radica en la posibilidad de revalidar la pregunta que los mandatarios liberales se hicieron en el siglo XIX durante el proceso de la construcción del Estado salvadoreño: ¿cuál debería ser el rol de las mujeres en la sociedad?

Mientras la corriente católica de la época se opuso a la formación de las mujeres y las limitó al ejercicio de las funciones maternas y educadoras de los hijos, la visión liberal apoyó la formación intelectual de las mujeres, para convertirlas en aliadas del progreso y en el pilar fundamental durante la transición de estado católico a estado laico.

Pero si en el siglo XIX los liberales salvadoreños apoyaban la decisión de apostar por la educación de las mujeres, ¿dónde nos perdimos? Esta es una de las preguntas más frecuentes que la autora debe responder y dice que el problema es que “los herederos de este planteamiento a lo largo de 200 años no hemos podido interpretar los nuevos tiempos y no hemos hecho nuevos planteamientos educativos. Los niveles de violencia y falta de cohesión nos hablan de una sociedad que no se entiende a sí misma”, afirma Vásquez.
Por esta razón, Olga Vásquez reitera la importancia de que la historia nacional proponga “modelos que nos inspiren”. Y sostiene que ser mujer es una desventaja “cuando no somos conscientes del bagaje que tenemos y de cómo hacer uso de él, a eso debería apuntar el proceso educativo en la familia y en la escuela”.

En estos tiempos en los que seguimos estancados discutiendo sobre si es pertinente la educación sexual en nuestras escuelas o si las mujeres deberían tener el derecho a decidir sobre su maternidad, me inspira un libro como “Mujeres en público”, porque no solo anima a hacer una relectura de la historia nacional para no repetir los errores del pasado, sino que también rescata del olvido la figura de Antonia Navarro, como un modelo de ciudadana salvadoreña para el presente. Gracias a Olga Vásquez y a Claudia Hernández por reescribir este período de nuestra historia y destacar el protagonismo de mujeres salvadoreñas inteligentes, independientes y educadas.

Las culpables

Todos los dedos te señalan. La ladrona, la puta, la asesina, la maldita esa. Ves hacia todos lados y no entiendes lo que pasa. Hace un rato estabas en tu colonia, con tus vecinas y tus hijos.

Hubo una redada y ahora te tienen esposada frente a un montón de cámaras. Te acusan de cosas que ni siquiera entiendes y enumeran una serie de pruebas inverosímiles en tu contra. No sabes qué hacer, agachas la cabeza y lloras. Parece una pesadilla.

Esa pesadilla la pasan cientos de personas cada año en nuestro país. Hombres y mujeres que son capturados por parecerse o llamarse igual a alguien que ha sido acusado de algún delito, o que simplemente están en el lugar y la hora equivocadas. Pero hoy, a pocos días de haberse celebrado el Día Internacional de la Mujer, quiero referirme a ellas, a las siempre culpables.

Como sociedad somos especialistas en señalar, acusar, juzgar y condenar con rapidez y facilidad. El debate de la presunción de inocencia se ha tardado mucho, muchísimo. Si eres joven y pobre es fácil que te acusen de cualquier cosa y que pases mucho tiempo preso antes de que se logre comprobar que no eras culpable de nada.

A Saraí la conocí en un edificio de Washington, donde hacía la limpieza. La escuché decir la palabra “cumbo” y le pregunté si era salvadoreña. Me contestó que sí y poco a poco la plática llegó a cómo tenía tres años de vivir en Estados Unidos, después de estar casi un año detenida en El Salvador, donde su patrona la acusó de ladrona y llamó a la Policía.

El proceso no prosperó y la dejaron salir porque quien la acusaba no presentó nunca pruebas. Eso no la libró de estar detenida durante los seis meses que le dieron a la Fiscalía para armar su caso y otros tantos meses más de puros trámites.

Nunca logró quitarse el mote de ladrona con su familia y vecinos ni con potenciales empleadores. Optó por migrar.
También están los casos en los que a las mujeres se les amenaza para participar en delitos. Chicas que van obligadas a cobrar extorsiones, madres a las que les encuentran en su casa drogas que no sabían que alguien había escondido, mujeres que deben introducir artículos prohibidos a los penales. Todas ellas caen fácilmente presas, leo los casos muy seguido debido a mi trabajo. Luego, uno se queda esperando que caiga quien las amenazó, quien las obligó… rara vez pasa.

Algunas logran salir libres, pero retomar su vida es otra historia. Ya las señalamos y categorizamos, llevan el delito en la frente y allí nos falla la memoria corta que nos caracteriza para otros temas. También están las mujeres que aún están presas por haber perdido a sus bebés, mientras la justicia debe decidir si fueron emergencias obstétricas o ellas mismas los mataron.

Lo más común es, sigue siendo, lo segundo, y a las largas condenas por este tipo de casos -de hasta 30- años, se le suma la correspondiente lapidación social.

Este marzo, mes de la mujer, les dedico estas líneas a quienes están presas injustamente, a quienes se asumió culpables antes de cualquier proceso, a quienes aún esperan justicia, a quienes no lograremos reponerles la vida ni la reputación perdidas. También se las dedico a usted que me lee, le invito a volver al primer párrafo y tratar de ponerse en ese lugar. Si le pasara a usted, ¿verdad que le gustaría que se cumpliera aquello de que todos somos inocentes hasta que se nos pruebe lo contrario?

El origen de la atrocidad

Conocí a Yolanda Henríquez cuando estaba ingresada en el Hospital Rosales. Ella aún se recuperaba de la salvaje agresión que había sufrido meses antes. Su caso era bien conocido por aquellos días. Los periódicos y noticieros informaron sobre el ataque a Yolanda en un caserío remoto en la frontera con Guatemala.

El 8 de febrero de 2014 al anochecer, su expareja la intentó asesinar con un machete en un brutal acto de violencia doméstica. El primer filazo le partió el rostro y le quebró la nariz y la mandíbula. También la laceró en manos, espalda, rodillas y, finalmente, la dejó tirada en el piso para que se desangrara.

Todo ocurrió frente a su hija de seis años. Yolanda logró sobrevivir, pero pasó más de un semestre internada en el Hospital Rosales recuperándose de las heridas. Ahí, acostada en una cama de hospital, fue cuando la conocí. Mejoraba poco a poco en el servicio Ortopedia Mujeres del Hospital Rosales.

Hacía unas semanas que Yolanda, por fin, había recobrado su voz, después de la reconstrucción de su mandíbula. Era una tarde apacible en la que en el pabellón de centro asistencial solo se escucha la radio de una enfermera. Durante esa tarde me contó su caso. El acoso sistemático del que había sido víctima, los malos tratos verbales que sufría de su expareja, quien la seguía incluso cuando salía a trabajar como empleada doméstica a San Salvador.

Y cuando decidió irse a trabajar a Guatemala también la siguió hasta allá. Su testimonio fue publicado en las páginas de esta revista en la crónica titulada “Cicatrices de odio”, que también recogía el caso de otra mujer que fue atacada con cuchillos de destazo por su expareja, quien trabajaba como matarife en Metapán, Santa Ana.

Las dos eran historias entre cientos de casos similares de todo el país, casos en los que denunciar a sus agresores no evitó que la violencia las marcara de por vida. Las dos contaban la indiferencia con la que autoridades y su entorno asumen estos casos. En donde se confunde amor y cariño con acoso y vulneración de la intimidad.

En el archivo del caso de Yolanda en el Juzgado de Paz de San Francisco Menéndez, Ahuachapán, está consignado que las autoridades habían perfilado a Ricardo Cornejo como una amenaza para su expareja. No obstante, ella llamaba a la policía cuando Cornejo pasaba largas horas velando cada uno de sus movimientos en la acera frente a su casa, pero los policías le respondían que solo era un hombre enamorado.

Algunos aún se atrevían a decirle que las mujeres eran las malas por provocar su acoso. Un estribillo bastante popular en El Salvador para justificar cualquier tipo de conducta machista. Sea cuál sea. Paradigmas que hombres de todas las clases sociales, diferentes ideologías y niveles educativos siguen perpetuando diariamente. Unos más evidentes que otros, pero machistas, al fin y al cabo.

Ese es el caldo de cultivo donde se dan casos tan aberrantes de violencia contra la mujer, el origen de la atrocidad. Por los medios de comunicación solo nos enteramos de algunos. Casos que retratan muy bien a El Salvador, como el de hace unas semanas de un exagente de la Policía Nacional Civil (PNC) que violó a sus cuatro hijas en Santiago Nonualco, La Paz. Un hombre que, según las autoridades, justificó sus crímenes diciendo que “no iba a estar criando hijas para que fueran de otros hombres”. “A mí me costaban sudor y trabajo, por eso yo tenía que aprovechar primero”. ¿Qué tipo de sociedad origina casos como estos?

La violencia contra la mujer está interiorizada en nuestra sociedad. Y es una lucha permanente erradicarla. Hay quienes estigmatizan esa lucha diciendo que es una moda ideada por los colectivos feministas o una persecución contra los hombres.

Los hombres debemos ser los primeros en sumarnos a esta batalla, pues siempre hemos sido quienes perpetramos un trato desigual en muchos ámbitos de la sociedad. Revertir esto sería un gran legado para las próximas generaciones. Hasta que esto no pase van a seguir sucediéndose caso tras caso de este tipo de violencia tan aberrante.

Durante esa tarde en la que hablé con Yolanda Henríquez en el hospital, me quedé con su fortaleza para seguir adelante. Esto aun cuando le faltaba una cirugía en una rodilla. Su deseo de recuperarse cuanto antes y volver al lado de su hija. Atenderla después de la escena que le tocó presenciar, y más sabiendo que hasta esa fecha nadie –nadie– se había acercado para darle algún tratamiento psicológico. Me quedé con su fortaleza para cuidar a su hija y con su deseo para que nunca volviera a estar en medio de ningún episodio de violencia doméstica.