Solo en nuestra memoria

Siempre he tenido curiosidad sobre el funcionamiento de la memoria. Sobre todo de la selección y el descarte que hace el cerebro de los recuerdos. El filtro que decide qué almacenar en la memoria de largo plazo y qué no. Todo con base en lo que vivimos en el día a día. Según el libro “Los desafíos de la memoria” del estadounidense Joshua Foer, cada año perdemos el equivalente a 40 días tratando de recordar algo. Talvez la clave de un celular; un objeto que pensábamos en un lugar y no, está en otro; o el nombre de una persona que nos saluda en un centro comercial y no veíamos desde hace años. Hay detalles que pasaron hace una década y recordamos a la perfección, otros que ocurrieron ayer –o hace unas horas– y de los cuales no retuvimos ni la mitad. Con el objetivo de entender cómo se van borrando los recuerdos con el tiempo, el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus pasó años memorizando sílabas al azar. Se ponía a prueba para ver cuántas sílabas había olvidado y cuántas lograba retener. Los resultados de su estudio constituyen la denominada “curva del olvido”: en la primera hora que seguía al aprendizaje se olvida más de la mitad. Al cabo de un día desaparece un 10 % adicional. Tras un mes, otro 14 %. Lo que quedaba se estabilizaba en la memoria y el ritmo del olvido se iba ralentizando.

Pero algunas veces solo necesitamos ver algún objeto viejo para retomar todo un pasaje de nuestra vida; por ejemplo, un momento de la infancia. Usualmente recordamos la simplicidad de los días y juegos cuyo valor y gracia radicaba en la sencillez. Lo más significativo pasaba en las tardes, después de la escuela, o durante los fines de semana. En lo personal, recuerdo los sábados y domingos. En una sistema donde lo inexorable parece ser “vivir para trabajar”, los momentos con la familia completa se atesoran el triple. En mi caso, recuerdo vívidamente un viaje que hicimos varias veces –quizá cinco o seis– a la playa. Nos embarcábamos en San Luis La Herradura, La Paz, recorríamos en lancha el estero de Jaltepeque y nos bañábamos hasta el atardecer en la isla Tasajera. En esos viajes en lancha fue que conocí de los manglares. Esas enredaderas flotantes que parecen infranqueables para cualquiera, y que son el paraíso para una infinidad de aves blancas que parecen reinar el lugar. Luis Leiva –el lanchero y quien es mi primo– nos trataba de explicar detalles de esos bosques salados donde había crecido, cómo se buscaban curiles, los bancos de arena donde no pasaba la lancha o la manera de encontrar cangrejos y capturarlos solo usando las manos. Años después de aquellos paseos, Luis naufragó en mar abierto por una tormenta y pasó perdido casi una semana en el océano. Fue rescatado por otros pescadores de La Herradura y, tiempo después, siguió el camino de tantos otros y se fue a Estados Unidos. Lejos de ese paraíso que conocía tan bien.

Siempre recordé esos viajes a los manglares, un ecosistema sumamente hermoso pero frágil. Solo sobreviven en el equilibrio perfecto entre el agua dulce y salada. Hace poco, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) brindaba datos que asustan a cualquiera con respecto a estos bosques. Entre 1950 y 2013 se ha perdido el 60 % de los manglares de El Salvador, pasando de 100,000 hectáreas a 40,000, y de estas últimas 2,000 tienen problemas de azolvamiento o deforestación. Una triste realidad solo agravada por el cambio climático, como se retomó en las páginas de Séptimo Sentido con el tema “La comunidad que se seca con el manglar”, que muestra la complicada situación en áreas de la bahía de Jiquilisco. La tala del bosque por las comunidades aledañas es otro factor de este declive. Mucho se ha hablado de la preservación y campañas de concienciación, pero hasta que no se solvente la precaria situación económica en la que muchas familias viven, no se verán mayores resultados. Hace ya un par de años, los miembros de la cooperativa Palacio de las Aves, de la Isla de Méndez, en Usulután, me comentaban que un curilero ganaba tan solo $4 por 120 conchas recogidas entre el fango del manglar, una actividad que no es regulada por nadie y donde los perdedores son los que realizan el mayor esfuerzo. Preservar estos ecosistemas tan preciados implica cambiar la realidad de estas familias. Si esto no se hace rápido –en el contexto del feroz cambio climático–, las 40,000 hectáreas de manglares que quedan desaparecerán por completo en 25 años. Y ahí sí esos bosques solo quedarán en nuestra memoria.

Convivir con las ideas diversas

En El Salvador tenemos malas costumbres, muchas de ellas relacionadas con la ausencia de una educación integral que desarrolle individuos con pensamiento crítico, capaces de lidiar, en un marco de respeto, con ideas diversas.

Se nos educó para la obediencia y la ausencia de debate. Esta incapacidad para disentir y valorar pensamientos diferentes lleva fácilmente a la deshumanización de quienes piensan distinto a nuestros marcos de creencias.

Una sociedad en la que sus habitantes no son capaces de cuestionar o debatir ideas de forma respetuosa y pacífica, tampoco puede negociar ni desarrollar agendas comunes que comprometan a sus ciudadanos en un proyecto compartido.

Una sociedad de este tipo se encuentra desarticulada, sin conexiones y sin confianza. Y si a esto le sumamos que los liderazgos políticos promueven la división y el miedo como forma para mantener el control, tenemos un cóctel tóxico que amenaza constantemente a la débil democracia que intentamos construir.

En un país así, la mayoría de personas también tiende a creer que no tiene poder para solucionar sus principales problemas, por lo que cae fácilmente en populismos y violencia.
Pienso y siento que lo que más nos afecta, como país, es la ausencia de un tejido social fuerte que permita conectar a los sectores que conforman la sociedad, y que ofrezca a los ciudadanos la inspiración de un ideal común del cual podamos sentirnos parte y en el que, a pesar de las diferencias, decidamos aportar al desarrollo del país.

Es complicado creer que El Salvador tendrá la capacidad de revertir sus problemas más dramáticos: la delincuencia, el irrespeto a la ley, la corrupción, la violencia generalizada y la falta de salud, educación y oportunidades, por mencionar solo algunos, sin la confianza como elemento aglutinador que facilite y sume la participación de sus habitantes.

También es poco probable que una sola persona, un solo partido político, una sola ideología o un solo estrato de la sociedad pueda disminuir el estancamiento y el atraso en el que se encuentra el país.

La diversidad de ideas no debería ser un obstáculo, ni tampoco una excusa para excluir a nadie. Por el contrario, esta debería fortalecernos porque ofrece diferentes vías de solución a los problemas más complejos.

Lo que verdaderamente nos afecta es la aplicación de ideas, fórmulas, visiones o ideologías en donde la ética y la honestidad son ignoradas por completo. Considero que la clave está en aprender a lidiar con las opciones diversas colocando por encima estos principios universales.

Si realmente nos interesa contribuir a mejorar las condiciones en las que se encuentra el país, los salvadoreños necesitamos un cambio de mentalidad en el que dejemos de pensar que el desarrollo se limita únicamente a generar dinero y bienes materiales; porque este enfoque reduce nuestra capacidad de ver al otro como un ser humano que siente, piensa y tiene ideales, preocupaciones y sueños que pueden ser diferentes, pero también legítimos.

Desmond Tutu, el sacerdote que acompañó a Mandela en el proceso de reconciliación de Sudáfrica, señala que los individuos estamos “unidos en una delicada red de interdependencia porque una persona lo es a través de otras. Deshumanizar a otros irremediablemente significa que nos deshumanizamos a nosotros mismos”.

Nuestra tarea es aprender a vernos como seres humanos interrelacionados y no como individuos aislados, para generar un ambiente en donde la confianza, el respeto y la convivencia de ideas sume a la solución de los principales problemas de las personas, y así logremos definir un rumbo común que permita el avance de la nación.

No es lo mismo un chucho salvadoreño que un perro suizo

Después de observar atentamente a los chuchos salvadoreños y a los perros suizos, tengo la hipótesis de que el comportamiento de estos animales es una réplica bastante clara de la calidad de vida y de los patrones culturales de cada país.

Los perros en Suiza gozan del estatus de animales de “compañía” en todo el sentido de la palabra. Sus dueños salen a pasear con ellos como quien sale con su mejor amigo o amiga. Conversan con ellos, los lucen limpios y sanos, ambos se cuidan de cumplir con todas las reglas de convivencia ciudadana… En fin todo hace armonía con el aire puro, el agua potable fresca, los parques de película y los jardines de revista que hay en todo el país.

Está comprobado que salir a dar un paseo con un perro en Ginebra aumenta las posibilidades de establecer una comunicación espontánea con otras personas en la calle. Los perros están presentes en la señalización de la ciudad y ocupan un lugar importante dentro de las familias suizas.

A diferencia del respeto y el reconocimiento que tienen los perros en la sociedad suiza, en El Salvador, los chuchos no son animales de compañía, son “compañeros” de penurias, de trabajo, de peligros y especialmente, de sobrevivencia.

Decenas de chuchos de todos los colores y estaturas recorren las calles de El Salvador en la rebusca de comida y de un lugar dónde dormir un poco y tomar agua, para seguir en la lucha. Con una oreja mordida, la cola quebrada o patojeando demuestran que están dispuestos a todo en un país en el que lo único que funciona es la ley del más fuerte.

Para ellos el destino está escrito, sin casa, sin comida y sin educación deberán sortear muchos peligros para seguir vivos. En El Salvador es común atropellar un perro sin interrumpir el viaje. Nadie se detiene, nadie se conmueve porque en El Salvador el valor de la vida es bastante cuestionable.

Pero ¿qué pasa cuando un chucho salvadoreño que migra a Suiza? El chucho migrante debe tener toda su cartilla de vacunas en orden. Antes de viajar un veterinario local tendrá que insertar en su piel un microchip de 15 dígitos compatible con los sistemas de lectura vigentes en Suiza. Las virtudes de ese sistema es que no se puede falsificar y describe la talla, la edad y la salud del perro. Entre las ventajas de este microchip es que permite rastrear perros extraviados, robados o que tienen un comportamiento difícil.

Al llegar al aeropuerto de Ginebra el chucho será escaneado para verificar sus datos y será necesario volverlo a vacunar. Cumplidos estos requisitos, el chucho salvadoreño podrá presumir de un pasaporte para animales de compañía, todo rojo con una crucita blanca.

Una vez en Suiza, los dueños deberán aprobar un examen teórico y otro práctico que consisten en demostrar que el dueño del perro conoce las reglas para vivir en sociedad con su mascota.

En el examen teórico (costo: $150) los instructores exponen el reglamento vigente en Suiza y cuáles son las responsabilidades del dueño. Por ejemplo, para salir a dar un paseo, los perros tienen que portar un collar y una marca oficial de control con sus datos (nombre, dirección del propietario, teléfono).

Para el examen práctico, la Alcaldía de Ginebra sugiere un listado de personas que imparten el curso y cobran diferentes tarifas que superan los $100.

En Suiza las reglas son claras y hay que cumplirlas. Para mantener un país de película hay que pagar muchos impuestos, pensar en el bien común y respetar los acuerdos. A cambio, los ciudadanos y los animales de compañía pueden disfrutar de una alta calidad de vida, en una ciudad limpia, ordenada, segura, en donde el respeto al otro, de todas las formas posibles, es la base indispensable para vivir en sociedad. En El Salvador ocurre todo lo contrario.

Por estas razones sostengo que no es lo mismo un chucho salvadoreño que un perro suizo, porque cada uno representa una réplica bastante clara de la calidad de vida y de los patrones culturales de sus respectivos países.

*Texto publicado en la revista digital Contracultura el 24 de junio de 2013.

Miedo a la imagen en el espejo

¿Por qué nos da miedo vernos a nosotros mismos, tal cual somos? ¿Es miedo a ver los defectos, a no ser como nos hemos imaginado o a ser distintos a como hemos convencido a todos los demás que somos? Y sin embargo, es en las crisis, en esos baches de desesperanza, cuando más obligados estamos a enfrentar nuestra imagen franca, para saber qué nos llevó ahí donde estamos, para poder saber qué hay que corregir para salir.

El miedo a la propia imagen nos hace amigos de los filtros, del maquillaje. Quitamos lo que no nos gusta y enfatizamos lo que sí. Todos tenemos un ángulo favorito con el que sabemos que saldremos mejor en la foto, y tomamos esa pose cuando vemos que el lente nos apunta. Así somos. Así son nuestras empresas, nuestras instituciones, nuestros gobiernos.

A estos últimos me quiero referir hoy, porque ese afán de convencernos de que todo está bien es tan útil como la melodía que entonaron los músicos del Titanic cuando vieron que el hundimiento era inminente. Ha sido una constante de las últimas administraciones, al menos de las que tengo memoria desde que ejerzo el periodismo.

No es una costumbre nueva. Verán, la administración de Antonio Saca maquilló los indicadores económicos de una manera tal que el entonces representante del Fondo Monetario Internacional (FMI) para El Salvador tuvo que dejar su puesto a consecuencia de haber creído en lo que le decían, por no haber detectado que las cifras no eran reales.

De hecho, 10 años después de que esa triste anécdota tuvo lugar, seguimos funcionando con datos del Producto Interno Bruto (PIB) que están diseñados con base en 1990. El Banco Central de Reserva (BCR) tiene en proyecto la actualización de estos indicadores, pero esto significaría reconocer que el producto nacional es mucho menor a lo que nos han dicho. Seguimos esperando a que se publique esta actualización.

Hace algunas semanas hubo una batalla mediática entre el sector privado y el Gobierno por los datos de empleo en el país. Los privados decían que de noviembre del año pasado a marzo de este se habían perdido más de 24,000 empleos. Lo vinculaban con el aumento al salario mínimo que entró en vigor en enero. El Gobierno los desmentía y aducía estacionalidad. Datos actualizados del Instituto Salvadoreño el Seguro Social (ISSS) finalmente aclararon que la situación no es tan mala como la pintaban los empresarios ni tan buena como señalaba el Gobierno. Los empleos perdidos en el período son “solo” 13,000.

Recién terminó junio, mes en el que cumplió tres años la administración de Salvador Sánchez Cerén. Con el aniversario vino la seguidilla de presentaciones de balances de las diferentes entidades del Gobierno. Todo bien, todo bonito, muchos avances. Pero los ciudadanos comunes y corrientes escuchábamos estupefactos, preguntándonos por qué no nos alcanza esa bonanza, por qué no se ve ese país mejor que tanto nos promueven.

Varias veces los funcionarios de Casa Presidencial, sobre todo los que trabajan en Comunicaciones o Transparencia, han asegurado que el problema acá es de percepciones. ¿Más inseguridad? No, percepción. ¿Mala situación económica? Tampoco, percepción. ¿Pérdida de confianza en las instituciones? Culpa de la oposición y de los medios.
Mientras para nuestros funcionarios el parecer sea más importante que el ser, estamos perdidos.

Urge que nuestros gobiernos, este, los que vienen, tengan el valor de agarrar el espejo y ver cómo estamos. Solo así lograrán enfocar los esfuerzos donde verdaderamente se necesitan: en políticas que ataquen nuestros problemas, no en estrategias comunicacionales que ayuden a taparlos.

Así como un mal diagnóstico médico es peligrosísimo e incluso puede ser letal, la negación de los problemas de un país es receta certera para el estancamiento. Necesitamos una transformación real, un cambio que nos enrumbe al desarrollo. Todo lo demás es placebo, meros paliativos, maquillaje.

Una sociedad con sobrepeso

Nunca antes en la historia, la sociedad salvadoreña tuvo tantos problemas con la báscula como ahora. A algunos aún les parece inverosímil que un país que históricamente conoce de desnutrición crónica tenga espacio para tanta gente –niños, adolescentes y adultos– con sobrepeso.

El problema es transversal y progresivo. Según datos del Ministerio de Salud, el 6 % de los niños menores de 12 años son obesos; la cifra se eleva al 39 % entre los adolescentes de 11 a 15 años; y es coronada con un 65 % entre las personas mayores de 20. Es decir, seis de cada 10 salvadoreños en edad adulta tiene un índice de masa corporal arriba de lo normal. La actual ministra de Salud lo advertía en un video producido por la Alianza Nutres de El Salvador: hay niños de estas nuevas generaciones que han ingerido una cantidad de azúcar mayor a la que sus abuelos consumieron en toda su vida.

¿Cómo se llega a estas cifras que son motivo de alarma? El menú incluye pollo frito, pizza, pan –mucho pan–, varios sabores de gaseosa, y, de postre, churritos y una pinta de helado. Es una comilona no apta para cardíacos de grasas saturadas y azúcar que esconde tristes realidades, como que en muchas comunidades rurales y semiurbanas del país es más barato y accesible comprar una botella de 2 litros de gaseosa que agua. O que la misma necesidad alimenticia de muchas familias, las hace llenar su dieta de harinas. A esto hay que sumarle el sedentarismo.

Por la inseguridad, en muchas colonias y barrios del país no es seguro que los niños y adolescentes jueguen en la calle o se acerquen a las canchas de básquet o de fútbol más cercanas. A algunos ni siquiera los dejan ir a comprar las tortillas. Lejos del “buen vivir”, en su vida de enclaustro, su principal compañía es la computadora, el chat del celular o una televisión conectada a un DVD.

Un panorama desalentador que no cambia en las escuelas públicas, ya que muchas no cuentan con la infraestructura mínima para poder desarrollar clases de educación física. Y ya en edad laboral, cualquier habitante de San Salvador puede constatar que la mancha urbana ha crecido –y está creciendo– más pensada para carros que para peatones. Para los oficinistas que van del trabajo a la casa, y viceversa, sin dar más que un par de pasos en todo el día. Los carros no solo tapan las calles sino que las aceras cuando están estacionados. En la dictadura del automóvil ni los peatones ni los ciclistas son bienvenidos. Es la fórmula perfecta para sumar libras de más.

El sobrepeso se ha visto con humor o como si fuera un chascarrillo –otro chiste de gordos–, pero a la larga se asocia con enfermedades que están inundado los hospitales como la diabetes, la hipertensión, el hígado graso, entre muchas otras. Las autoridades han anunciado que quieren empezar a atajar el problema.

Comenzando con los niños, el Ministerio de Educación busca regular los productos que se venden en los cafetines de las escuelas. Una disposición positiva pero que no oculta el hecho de que a la gente, al salvadoreño de a pie, le ha faltado información sobre las implicaciones de comer más carbohidratos que proteínas y del sedentarismo. Una responsabilidad informativa del Gobierno. En este país, uno puede llegar a una venta de hamburguesas, comprarse cinco, comérselas ahí mismo y nadie va a decir nada. Si se tiene el dinero hasta se puede pedir más para llevar.

Es una tragedia silenciosa. El cambio de mentalidad no ocurre de la noche a la mañana, pero es fundamental que no se deje pasar más tiempo. Se necesita que entidades como el Instituto Nacional de los Deportes (INDES) salgan del ostracismo y asuma un rol protagónico. Que se realicen campañas masivas para informar sobre dietas sanas y su relación con una buena salud. Cuidarse, al final, depende de cada quien.

Poder ciudadano

Los salvadoreños necesitamos vernos a nosotros mismos y al país de forma diferente. Debemos dejar de pensar y creer que al país lo definen únicamente el actuar de los políticos o la delincuencia. Precisamos vernos como ciudadanos con capacidad de hacer y de exigir a quienes hemos designado para que gestionen el destino político, económico y social de la República.

Solo por medio del pago del IVA, los ciudadanos le generamos al Estado, según datos del Ministerio de Hacienda, un millonario ingreso que, en 2016, por ejemplo, ascendió a más de $1,800 millones. Eso sin contar que, por medio del voto, cedemos parte de nuestra cuota de poder a alcaldes, diputados y al presidente de la República.

Lo anterior representa poder ciudadano. Los salvadoreños necesitamos asumirlo si en realidad nos interesa formar parte de la solución a nuestros problemas de nación y dejar de ser simples espectadores.

Ejercer el poder ciudadano es un derecho, pero también conlleva una cuota de responsabilidad, en la que es necesario que cada uno asuma el rol de corresponsable del país que construimos día a día. Nuestras acciones en lo individual talvez no sean visibles; sin embargo, en la suma de ellas es donde radica la posibilidad de cambio para El Salvador.

Para nadie es un secreto que el sistema político salvadoreño se encuentra en cuidados intensivos y que es urgente sembrar la semilla de la cual nazca un sistema político nuevo, transparente y efectivo, que responda a intereses más diversos e inclusivos.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, dijo Einstein, y por eso creo que el cambio que este país necesita solo será posible si los ciudadanos asumimos el rol que nos corresponde.

Pero ¿qué significa asumir ese rol? Considero que pasa por reconocer nuestro aporte en el desarrollo de la sociedad que habitamos. Siendo conscientes del impacto de nuestras decisiones, tanto en nosotros mismos como en los demás, cuando respetamos o irrespetamos la ley, o cuando caemos en la tentación de actuar con impunidad porque otros también lo hacen.

Abrigo la esperanza de que un día entendamos que el poder en un país, en una comunidad o en una familia es compartido. Y cada individuo que conforma esos grupos tiene una porción del poder que debe ejercer con seguridad y respeto para sí mismo y para el resto de miembros, asumiendo un rol activo en la solución de los problemas que afectan a las mayorías.

Entiendo también que no todos pueden asumir esa postura activa. Hay demasiados salvadoreños que están en situación de supervivencia y es también por ellos que quienes disfrutamos de mejores condiciones debemos actuar responsable y conscientemente desde nuestros espacios y exigir objetivamente a quienes dirigen el país, sin importar el color de su partido político o de su ideología.

El Salvador no le pertenece a un solo grupo. Un ciudadano lo es sin importar su religión, su condición económica y social o su preferencia política o sexual. “Todas las personas son iguales ante la ley”, al menos eso declara la Constitución de la República que tanto decimos respetar.

La clave está en dejar la comodidad del espectador, que solo se ríe, se burla o llora. Dejar de seguir a quienes promueven posiciones extremas que solo nos dividen, porque en el equilibrio radica el respeto y la paz. Ser conscientes que nuestras acciones en lo individual generan impacto cuando sumamos a todos los ciudadanos. Así como escribió Tolstói a Gandhi en su célebre “Carta a un hindú”: “No solo resistas al mal, no participes de él…”

¡Vamos a ver “Criaturas”!

“Odio a mis hijos y soy una mujer normal”. “Son criaturas celestiales”. “Que se aprovechan”. “Y te torturan”. Tres madres en terapia se alternan las frases. Se desahogan. Disfrutan compartiendo quejas y problemas de sus hijos. Se disputan el turno para decir cosas políticamente incorrectas sobre ellos. Se rebelan en contra de sus vidas de madres perfectas. Insultan. Se exaltan. Derriban mitos. Hasta que llega el final de la terapia y cada una vuelve a su vida de madre intachable que exige la sociedad.

Aquí estoy en una sala de la UCA, viendo uno de los 20 ensayos que ha realizado el grupo de teatro Moby Dick para poner nuevamente en escena una de mis obras preferidas: “Criaturas”. He llegado a la hora en que los pericos regresan a sus árboles y encuentro a las actrices que integran el elenco, sudorosas, escuchando atentas las indicaciones de su director, Santiago Nogales.

Durante el ensayo contengo la risa para tomar nota y poder contarles en esta columna por qué tienen que ver “Criaturas” el próximo 24 de junio. Hace 12 años, mi madre y yo la vimos en el Teatro Poma y aún hacemos bromas sobre algunos de los parlamentos que se nos quedaron grabados para siempre. Para nosotras se convirtió en una obra entrañable, perfecta para compartir los tropiezos entre padres e hijos.

La obra no solo aborda las locuras que decimos y hacemos los padres en nuestro intento por hacerlo “bien”, también incluye el punto de vista de los hijos que tratan de seguir el paso, a veces errático, a veces incomprensible, de sus padres. Dinora Cañénguez lo resume en una frase: “Tan raros pueden resultar los hijos a sus padres como los padres a sus hijos”.

Ante lo espinoso que puede resultar el tema en una sociedad que santifica el rol de las madres, Santiago Nogales se pregunta: “¿Quién no tiene necesidad de autosincerarse? ¿Quién no ha estado de malas con su hijo o hija? ¿Qué es esto que todos somos madres y padres perfectos? Además, forma parte de la esencia de ser niño conseguir que sus padres se enerven”. En este sentido, Rosario Ríos agrega que la obra: “Es una crítica a todo lo que no queremos que hubiese para los niños”.

Mercy Flores recuerda que invitó a sus amigas a ver la primera presentación, al salir todas le decían: “¡Mira, esto ha sido una catarsis! ¡Yo ya me he sentido así!” Sin embargo, aclara que para Moby Dick lo más importante “es reírse con inteligencia para cambiar esquemas”.
Pero el nuevo montaje de “Criaturas” no solo pretende cambiar esquemas entre padres e hijos, los fondos que genere la obra serán utilizados para presentar en el Teatro Poma “Bandada de pájaros”, un drama escrito por Jorgelina Cerritos que pone en escena una de las tragedias más actuales que vivimos en el país: los desaparecidos.

Así es como se vive en los países del Triángulo Norte, ensayando entre risas y golpes. Eso explica por qué la presentación de una comedia inteligente como “Criaturas” va a hacer posible que exista una obra sobre desaparecidos. A mi juicio, una de las metáforas que mejor retrata las condiciones creativas en las que funcionan nuestras sociedades. No hay caos que nos hunda ni risas tontas que nos engañen.

Me reconforta saber que en medio de las tensiones y el desencanto, Moby Dick crea, se renueva y trabaja duro para espabilar nuestro ánimo con irreverencia, humor y ese sarcasmo exquisito que lo caracteriza.

La cita es el sábado 24 de junio a las 7 de la noche en el Centro Español. Si quiere divertirse y aportar al nacimiento de una nueva obra, vaya a comprar su entrada ya. Como dice Santiago Nogales, “la mejor terapia es ir al teatro con tu chico y reírte un rato de las estupideces que has cometido, estas cometiendo o puede ser que cometas cuando seas padre”. ¡No se va a arrepentir!

Sostenibilidad, cuestión de vida o muerte

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió que Estados Unidos salga del Acuerdo de París. Firmado en 2015, este es el primer acuerdo internacional importante para tomar acción contra el cambio climático.
La decisión pone de nuevo en la lupa mundial el tema del calentamiento global. Nicaragua y Siria eran los únicos dos países no firmantes, y la salida de Estados Unidos, si bien al parecer es inminente, no será inmediata.

Ya que Estados Unidos firmó y ratificó el acuerdo, podrá solicitar su salida tres años después de su entrada en vigor, es decir, hasta el 4 de noviembre de 2019. Una vez hecha la petición formal, tiene que pasar otro año para que la salida sea efectiva, esto es hasta el 4 de noviembre de 2020, el día siguiente a las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

¿Cuáles serán los verdaderos efectos de esta decisión? Estados Unidos se había comprometido a ejecutar planes de acción contra el calentamiento global. Además, ya que los países ricos son los principales emisores de carbono y las naciones pobres las más vulnerables ante sus efectos, los primeros debían apoyar a los segundos en la mitigación de dichos efectos.

La falta de regulaciones para obligar a las grandes industrias a reducir el impacto de sus actividades en el medio ambiente es ciertamente un retroceso. Que quien abandona el barco de este gran acuerdo de acciones globales sea una economía del calibre de Estados Unidos empeora aún más el panorama.

Mientras tanto, las empresas son las principales llamadas a tomar acción, a cambiar sus políticas y sus prácticas, ya sea por presión gubernamental o acatamiento de las leyes. Volcarse a la sostenibilidad no es más una opción, o una moda, o un recurso para proyectarse como altruista o para blanquear reputaciones, es una cuestión de competitividad.

Es posible que las grandes industrias no traten de cambiar la manera de hacer las cosas por conciencia medioambiental, sobre todo si esto implica aumento de costos o reducción de ganancias, pero es tiempo de que vean que si no lo hacen, no habrá más negocio.

Los países de la región estamos llegando tarde a la carrera, las empresas locales cada vez más se dan cuenta de que deben ser sostenibles para cumplir las exigencias de sus clientes en otros mercados, especialmente los europeos. El mercado interno aún no lo exige, pero es lo ideal, el punto al que se debe llegar.

Ser sostenible no es solo rentable, es necesario, es una cuestión de vida o muerte. La gestión irresponsable de los recursos está exacerbando los problemas de hambre, de sequías, de inundaciones. Y sí, es también algo que nos atañe a todos, un esfuerzo conjunto por frenar el daño para el que los gobiernos eran los llamados a tomar la batuta. Ojalá no veamos más retrocesos.

Piñatas políticas

“País amanecerá en condición de impago por culpa de ARENA”. Esta es la primera línea de un comunicado de prensa emitido por la Casa Presidencial de El Salvador este jueves 6 de abril. Un Gobierno anunciando que amanecerá en impago. No es ficción ni una sátira, son las palabras textuales que envió el equipo de prensa de la Presidencia.

Lo habitual es que los países agoten hasta el último recurso posible antes de decir públicamente que no están en capacidad de honrar sus deudas. ¿La razón? Gritar al mundo que uno ya no puede pagar es como darse un tiro en un pie. El capital es cobarde, no hay nada tan asustadizo como el dinero, si usted se declara mala paga habrá pocos que quieran prestarle, y quienes lo hagan le recetarán tasas de interés astronómicas.

Pero eso fue lo que hizo nuestro Gobierno. ¿Qué lo llevó a ello? La negativa de los diputados de ARENA de aprobar una emisión de bonos de $282 millones que había solicitado Hacienda, y que usaría para pagar la deuda que tiene el Estado con los fondos de pensiones, y para garantizar los pagos a los militares retirados.

Efectivamente, en la sesión plenaria del jueves no hubo manera de aprobar estos bonos, ni cambios en el presupuesto de la nación que permitieran que el Gobierno contara con los $70 millones que, según Hacienda, le urgían para el cortísimo plazo.

¿Por qué no se tenía este dinero? ¿No se sabía que se necesitaría? En realidad, sí. Hacienda sabe cuánto le tocará pagar cada año a los fondos de pensión, porque esta deuda es el resultado de una venta de títulos, los llamados Certificados de Inversión Previsional (CIP), con los que se financia el Fideicomiso de Obligaciones Previsionales (FOP). Las Administradoras de Fondos de Pensión (AFP) compran los CIP con el dinero de los trabajadores que están ahorrando para su futuro retiro, y con este dinero se pagan las pensiones de los jubilados del antiguo sistema, quienes cotizaron con el ISSS y el INPEP.

Todo este embrollo financiero fue una solución que encontró el gobierno de Antonio Saca en 2006, luego de que el ISSS y el INPEP se quedaran sin reservas para pagar a sus jubilados. Y así se ha hecho desde entones, y Hacienda sabía que este año tendría que pagarles $230 millones a los fondos de ahorro de los trabajadores. Pero no lo hizo.

Incluir todas las necesidades de dinero que se tendrían en 2017 habría implicado presentar un presupuesto por más de $5,000 millones, con la respectiva necesidad de financiamiento, ya que la cifra supera por mucho los ingresos tributarios que se esperan para este año. Para aprobar un presupuesto y la deuda para completarlo, se necesita mayoría calificada, los votos de 56 de los 84 diputados. Significaba que el Gobierno debía lograr los votos de ARENA.
En cambio, prefirieron dejar sin llenar partidas como el pago de la deuda con los fondos de pensión, al Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA) y otros gastos como el subsidio a la energía eléctrica. El que no se hayan presupuestado no hizo que estos gastos desaparecieran y, efectivamente, ahora el Gobierno requiere esos fondos.

Este jueves, en lugar de un diálogo franco para encontrar una solución, vimos a los dos partidos mayoritarios, al Gobierno del FMLN y a la oposición de ARENA, en un cruce estéril de acusaciones que nos llevó a esta declaratoria de impago con la que se amaneció el viernes.

Ser percibidos como un país insolvente hará que baje nuestra calificación crediticia y que se vuelva más caro conseguir financiamiento. Para los bancos también se encarecerá el dinero, y estos, a su vez, aplicarán tasas más altas al financiamiento local. Todo porque nuestros gobernantes y legisladores prefieren dejar que la carreta se descarrile para, ante el espectáculo de la destrucción, señalarse mutuamente, acusarse, con el único interés de conseguir votos y simpatías entre la población.

Ojalá nos demos cuenta de que aquí todos tienen cuota de culpa y, como ciudadanos y electores, no caigamos en este juego ridículo. Ojalá comencemos a exigir responsabilidad, honestidad y eficiencia a nuestros gobernantes. Ya basta.

Don Carlos

Siempre pensé que Carlos Durán era como un visitante en su propia ciudad. Vivía en otro San Salvador, uno que se forjaba en sus recuerdos y que era habitado por otras personas. Uno más ordenado y provincial en donde la avenida Independencia aún conservaba su esplendor, y era el lugar de residencia de familias con riqueza.

Cuando en enero lo visité en el hospital Médico Quirúrgico, me lo dijo con vehemencia: bajo los efectos de la anestesia se había soñado entrando en la pensión Primavera, un exclusivo lugar donde se hospedaban algunos de los viajeros más adinerados que visitaban esta ciudad. De adolescente nunca vio más allá del zaguán, pero tantísimos años después, adormitado en la camilla de un hospital, por fin, iba a poder caminar por aquellos jardines sevillanos, de los que solo había oído hablar. Pero los efectos del medicamento pasaron antes y todo el sueño se frustró. La pensión Primavera quedó grabada en su mente por los siguientes días.

Ya no se recuperaría por completo y desde entonces lo vería postrado en una cama. Le dieron el alta y volvió a casa. Era una jugarreta horrible verlo inactivo. A pesar de haber nacido en 1927, siempre fue un hombre enérgico. Se levantaba temprano todas las mañanas, bajaba desde la tercera planta de un edificio para revisar el motor del carro en el que una de sus hijas salía a trabajar. La mecánica era un oficio que conocía bien desde su época como conductor de autobuses en los cincuenta y sesenta. Su perfil fue el de un salvadoreño promedio. Nació en Armenia, Sonsonate, pero su niñez fue errante y su familia iba adonde había cortas de café. Pasó por Los Naranjos y el volcán de Santa Ana. Su papá abandonó a su familia por la bebida y se quedó viviendo con una hermana en Santa Tecla. Cuando tuvo edad, laboró como camionero en una empresa distribuidora de productos y así conoció el oriente del país. Después, trabajó por años como el hombre de confianza de una poderosa familia cafetalera. Con la guerra civil, ellos huyeron a Miami, pero Carlos se quedó encargado de la producción en las fincas. Cuando la guerrilla se tomó la plantación, él fue el mediador entre los combatientes y sus patrones. Acorralado por el conflicto como tantos salvadoreños en el campo.

Contar esos contrastes de la sociedad salvadoreña le indignaba y apasionaba. Desde los viajes en avioneta junto a su jefe para ir de cacería a Belice o la bahía de Jiquilisco, hasta comer tortilla con tomatada con los cortadores de café. Lúcido hasta el final, lo peor fue verlo perder la voz y saber que sus historias quedarían en su memoria. Como una noche profunda, platicando en la ribera del lago de Ilopango, en la que me habló sobre las oportunidades desperdiciadas. Y que a los hombres los definían sus acciones. Siempre fue humilde, sin apego a las cosas materiales. En una de sus últimas mudanzas, regaló los muebles de su sala a una vecina. Pero siempre atesoró un viejo portafolio de cuero donde solamente guardaba un par de documentos y las fotos de sus hijos. La foto de Keli en su fiesta de 15 años. Siempre dio todo por ellos. Hizo turnos extra conduciendo un bus, trabajaba hasta el anochecer en las fincas o se desvivía cuidando a sus nietos. Cometió errores, pero amó a sus hijos con locura. Nació humilde y murió siendo humilde cerca de cumplir los 90 años de edad.

Uno de sus últimos deseos era simplemente escuchar el canto de las chicharras. Ya no podía ir al parque ni a ningún área con árboles. Así que Betty de los Ángeles atrapó una en la calle y se la llevó para que le cantara en su cuarto. Esa última noche en la que estuve ahí, fue mi turno de hablar después de escuchar tantas de sus historias. Le dije que en este país se necesitan más padres como él, hombres responsables que amen tanto y cuiden a sus hijos y se preocupen. Le conté que afuera todos los árboles de Maquilishuat en la cuadra estaban floreando. Eran más de 10 árboles completamente rosa. Él, desde la cama, frágil, me contestó con su voz apagada: “Es la primavera”.