Cómo encontrar oro en el Acelhuate

En un origen el río Acelhuate lo era todo. Era el principio y el fin. Para muchos pobladores de San Salvador, era un afluente de aguas diáfanas que representaba un lugar para bañarse, donde ir a llenar sus tinajas o donde pescar. Agua cristalina que refrescaba el Valle de Las Hamacas. La toxicidad de la gente cambió todo aquello. Con la población de su ribera y las fábricas capitalinas, el río se fue contaminando poco a poco y, eventualmente, se convirtió en una cloaca. Una triste metáfora del país. Después de haber vivido de él por generaciones, todos le dieron la espalda. Pero el Acelhuate sigue ahí.

Algunos solo se acuerdan de él cuando su caudal crece tras alguna tormenta descomunal o cuando en su ribera aparece un cadáver. Sin embargo, hay gente que vive del río. Que se sumerge en su espumosa y contaminada agua para tratar de sacar restos de oro u otros metales que alguien más desechó. Cualquier pensaría que están locos. Pero de nuevo, esta no es más que una metáfora del país. Algo así como saber que estamos ya con el agua hasta las rodillas y próximos a “sumergirnos” en una nueva campaña electoral. Zambullirse en el Acelhuate ya no parece tan mala idea.

Como siempre, los partidos han comenzado a mover sus piezas y a hacer una especie de campaña nada simulada. Las redes sociales y los medios tradicionales ya se comienzan a llenar de políticos que abrazan a bebés y a abuelitas, y de mítines con banderitas. Es un caudal de promesas vacías, desechables. Y las disputas entre miembros de los mismos partidos para lograr una candidatura solo es un paso más. Esta campaña llega en el peor de los momentos –si eso es posible. Cuando la clase política se ha superado a sí misma y ha empujado al país a situaciones insostenibles, como la crisis en el sistema de pensiones. Todo por falta de acuerdos entre los dos principales partidos.

El FMLN y ARENA nunca se habían presentado más parecidos entre sí: dos bandos velando por sus propios intereses, sin un proyecto a largo plazo ni cuadros en sus filas que entusiasmen a la población. Dos discursos llenos de inconsistencias y contradicciones. Dos partidos y un sistema político en el que cada vez menos parecen creer, pero en donde las cúpulas se rodean de un coro de voces que se encarga de decirles que todo va bien. Hay una atemorizante falta de liderazgo. Buscar soluciones a los problemas del país en los políticos actuales es tan remoto como que alguien inexperto encuentre una pepita de oro en las aguas del Acelhuate. Por más que se sumerja una y otra vez, le será imposible.

Enfrascados en los problemas –o siendo parte de estos– y no en las soluciones. Actúan como una parsimonia, como si la crisis fuera menor. Y como siempre, el castigado por su necedad es la gente más desfavorecida de la sociedad y que depende de las escuelas públicas, el transporte público, los hospitales de la red nacional y habita los guetos creados por las pandillas. A los que más les ofrecen y menos les cumplen. Con este panorama se avecina una nueva contienda política en el país. Muchos solo van a apagar la televisión y otros se van a quejar en redes sociales, pero la política salvadoreña seguirá siendo como el río Acelhuate que serpentea por San Salvador: contaminado, hediondo, sucio.
Una nueva campaña electoral es como darse un nuevo chapuzón en ese mismo río en el que nos hemos sumergido por las últimas décadas. Para mal, es una creación de nosotros mismos, nuestro desorden y falta de interés. Todos sabemos que está ahí, pero nadie hace mayor cosa por cambiarlo. Ya hemos soportado demasiado su pestilencia. Sobre todo los pobres –siempre los pobres– que viven en su ribera. Para bien, depende de nosotros recuperarlo. Aunque la labor parezca imposible por ahora, pero no lo es. Lo primero es frenar a los que contaminan.

Uso equilibrado de redes sociales, un modelo

Las redes sociales irrumpieron en nuestra vida y en menos de 20 años han modificado la forma en cómo nos comunicamos, hacemos negocios y nos relacionamos. Con esa revolución también llegaron las crisis y los problemas.

Vivimos en la era de la información y de la transparencia. Casi todo está disponible en la web, y hemos actuado inocentemente al compartir ideas y datos, facilitándoles a quienes saben cómo manipular esas referencias para su uso en campañas políticas y comerciales.

Afortunadamente tenemos información acerca del impacto de esas herramientas. Por ejemplo, sabemos que nuestros cerebros están desarrollando nuevas y superficiales “avenidas” neuronales que afectan la capacidad de concentración, debido a la posibilidad que ofrece internet de saltar de un vínculo a otro. Asimismo, a muchos niños se les dificulta experimentar empatía debido al excesivo uso de dispositivos móviles que bloquean el ejercicio de sus habilidades para relacionarse y percibir lo que otros sienten.

Problemas de reputación y conflictos en las relaciones de pareja, personales y profesionales son el día a día de las redes sociales. Compartimos en exceso nuestra información y creemos que eso es comunicación, o que vamos a cambiar al mundo expresando lo que pensamos, aunque ello no implique la movilización requerida para modificar la realidad que está fuera de esos espacios.

La comunicación es un tema complejo. Antropólogos y otros científicos han demostrado que las peores herramientas para comunicarse son los mensajes de texto y las redes sociales, porque afectan la percepción de aspectos vitales para que se produzca una comunicación efectiva, como el tono de voz y el lenguaje no verbal.

En la búsqueda por entender a quienes hacen un uso equilibrado de redes sociales, modelé a individuos a través de herramientas de programación neurolingüística y neurosemántica.

El modelaje es utilizado en “coaching” para identificar elementos clave que utiliza una persona que se desempeña con excelencia en una determinada actividad. Al aplicarlo se obtiene una fórmula que establece qué hace, qué siente, qué se dice, en qué entornos lo hace, así como valores y propósitos profundos de ese individuo. Esas pautas pueden utilizarse luego para el desarrollo de otras personas.

En el proyecto definí que el “uso equilibrado” de redes sociales se daba cuando una persona era capaz de divertirse o informarse con ellas, y tenía a la vez la capacidad de guardar, sin experimentar angustia, su dispositivo móvil para dedicarse a otras actividades, como sus responsabilidades laborales, o para pasar tiempo de calidad con sus relaciones más significativas.

Encontré que estas personas tienen características similares: disfrutan de esas herramientas porque les permiten conectar con otros y descubrir contenido valioso. Además, les facilitan enterarse de noticias de interés para ellos. Tienen claro que la “vida” en esos espacios es irreal, que las redes sociales son solo herramientas y que pueden ser adictivas si no se está consciente de sus ventajas y desventajas. Y creen que al hacer un uso excesivo se generan conflictos innecesarios que afectan su entorno, su reputación y sus familias.

También, mantienen un diálogo interno que pone por encima los valores que han escogido para sus vidas: aprecio de la intimidad, cuido de sus familias, y la aspiración de ser percibidos como individuos inteligentes, equilibrados y que evitan el exhibicionismo. Estos valores facilitan poner a un lado esas herramientas cuando es necesario dedicarse a otras actividades.

Es innegable el impacto y las posibilidades que ofrecen las redes sociales. Pero para aprovecharlas, es aconsejable equilibrar el uso que hacemos de ellas. Para esto es vital definir por qué las utilizamos, cuáles son nuestros valores, así como estimar potenciales riesgos en su uso excesivo.

El país que se repite

En estos días es bien fácil olvidar que alguna vez aquí se firmó la paz. Será porque el olor a sangre y pólvora aún sigue presente en el aire que respiramos, en el camino a casa de los que nunca llegaron, en el duelo de los hogares donde hace falta un ser querido, en el nuevo listado de huérfanos, en los cientos de salvadoreños que abandonan sus hogares para salvar sus vidas, y como si todo esto no fuera suficiente, en las amenazas que todos los días leemos hacia cualquier ciudadano que opine o desee construir un país diferente del que ya conocemos.

No hace mucho tiempo, la razón para matarnos eran las opciones políticas y los ansiados cambios sociales que aún seguimos esperando. Esas dos grandes razones bastaron para justificar la muerte y la violencia. Y aunque pareciera una cosa del pasado, a la luz del presente, la firma de la paz solo la puedo interpretar como una breve tregua que sirvió como respiro para dar paso a esta nueva guerra que, al parecer, recibió como legado de la anterior la impunidad y el autoritarismo.

Como un retrato del tiempo, otra vez los policías se reúnen en las esquinas, ansiosos, desconfiados, alertas para no ser el número 24 en la lista de agentes asesinados por pandillas. Los jóvenes siguen siendo “los siempre sospechosos de todo”. El periodismo independiente denuncia por enésima vez la existencia de grupos de exterminio dentro de la institución más simbólica de los acuerdos. Cada quien saca la amenaza más sanguinaria que aprendió en la guerra y la exhibe en las redes sociales como parte del performance de la violencia. El vicepresidente de la república, Óscar Ortiz, propone “tocar madera para que no pase algo con un periodista” como garantía de vida. Los “malos” y los “buenos” se turnan los roles.

En esta constante evocación del pasado en el presente encontré tres episodios que deseo compartir: el primero es la amenaza que circuló en redes sociales dirigida a los colegas de la Revista Factum y el periódico digital El Faro: “Los tengo que ver como Christian Poveda, muertos en manos de sus protegidos”. El segundo es una asociación de hechos que posteó el fotoperiodista Francisco Campos a partir de las declaraciones realizadas por el vicepresidente de la república: “Me acordé cuando Duarte dijo: ‘Quieren un muerto en la calle’. Un par de días después asesinaron a Herbert Anaya Sanabria, de la Comisión de Derechos Humanos”. Y el tercero: una de las amenazas que recibió la historiadora Elena Salamanca a partir de un texto publicado en 2014 alusivo al Ejército en la calle y la construcción del enemigo: “Da gracias por vivir en 2000, porque de lo contrario, estarías en el playón”.

Estas tres evocaciones no son casuales. No haber cerrado por completo el capítulo de la guerra civil recién pasada ha dejado la puerta entreabierta para que el país se repita una y otra vez en su peor versión. Ese conflicto inconcluso, por un lado, ha condicionado el desarrollo –en todo el sentido de la palabra– por la incapacidad de las dos principales fuerzas políticas para alcanzar acuerdos, y por otro, ha puesto una vez más a la clase trabajadora en medio del fuego cruzado entre policías y pandilleros. Es como vivir en medio de dos guerras, pero de manera simultánea.

El Salvador se repite no solo en el tipo de conflictos que nos enfrentan como sociedad, sino que también en los métodos que adoptamos para superar esos conflictos. Se repite como un país sordo, inmune a la muerte, a la violencia, a la injusticia, a la tragedia.

A pesar del alto costo humano, como sociedad nos resistimos a escuchar al otro y a reflexionar sobre la necesidad de romper con este molde violento que tanto luto y dolor nos provoca. Como dice el editorial de El Faro, “la labor del periodismo es poner frente a la sociedad un espejo para que se conozca y comprenda, para que se evalúe y redefina”. Me queda claro que solo entonces, cuando decidamos vernos en ese espejo, podremos refundar un país diferente.

Sanvergones

Todos somos mejor que el que está a la par. Nuestro equipo de fútbol es mejor, nuestro instituto era mejor que el otro, nuestra iglesia es el único camino a la salvación eterna, mi santo es más milagroso que el suyo, doña, y tengo pruebas. Mi pelo se ve mejor, mi forma de pensar es la correcta, mi político —corrupto y todo— es menos ladrón y menos pajero que el tuyo.

Vivimos en una ilusión constante de superioridad, que en sí no sería mala si fuera nada más una vía para ayudarnos a tolerar este rosario de dolores y sufrimiento que nos proporciona la existencia. Porque sí, creer que uno es bueno no es una cosa perjudicial y es incluso sana y necesaria. Autoestima, le dicen. El problema es cuando esta ilusión de superioridad requiere despreciar, condenar o atropellar al otro.

Lo peor es que muchas veces esta pantalla de perfección y esta crítica constante al prójimo esconden a gente débil, con personalidades inseguras, dadas a la furia y al enojo rápido. Por eso ha habido tanto conflicto originado por causas mínimas que termina a golpes o, peor aún, a tiros.

Los temas controvertidos, como la educación sexual, la enorme cantidad de niños y niñas violados y la alta tasa de embarazos en adolescentes, son campos propicios en los que sale a relucir la policía de la moral, con argumentos que rayan en el absurdo. Hace unos días, se publicó en este periódico el testimonio de una adolescente de 16 años embarazada de su novio mayor de edad.

El tema acá era cómo los casos de estupro (sexo con un adolescente, aún con supuesto consentimiento de este) se dan en medio de una extraña normalidad. Saltaron inmediatamente los comentarios de hombres inmaculados que afirman que la culpa es de las niñas que desde pequeñas andaban de busconas y coquetas.

En lo personal, lo que más me duele es leer a mujeres prestas a condenar, a acusar y señalar a la menor de edad, y no al adulto, como las culpables. Los comentarios van desde quienes dicen que las niñas se embarazan por tontas (¿¡!?), hasta quienes disfrutan poniéndose como ejemplos a sí mismas: “Yo por eso estudié y me gradué en lugar de andar de caliente”, “yo me embaracé joven, pero le hice ovarios y he sacado adelante a mis niños”, y una larga lista de etcéteras.

Sanvergones y sanvergonas por doquier, carecemos de la más mínima empatía, nos cuesta demasiado pensar que la realidad del otro es distinta, sobre todo la realidad de miles de niños y niñas en nuestro país que carecen de las condiciones básicas de vida digna en sus hogares, que crecen entre hambre, pobreza, marginalidad y promiscuidad, que muchas veces no viven con sus padres sino con otros familiares, que sufren abusos de parte de esos adultos que se supone deberían de cuidarlos y a quienes nunca se les ha hablado de que su cuerpo es suyo, que merecen respeto y protección y que carecen de conocimiento sobre cómo prevenir embarazos o enfermedades venéreas —de nuevo entramos al terreno de lo absurdo, como si una víctima de violación tuviera posibilidad de prevenir en estos casos—.

Pero, sobre todo, juzgamos desde el privilegio. “La educación sexual deben darla los padres en el hogar”, me dijeron al menos 10 personas la semana pasada cuando pregunté en una red social por qué se le teme tanto a la educación sexual. ¿Acaso es tan poco conocido el dato de que en este país solo un tercio de los hogares cuenta con madre, padre e hijos (dato de UNICEF, 2012) y que las familias en las que solo hay uno de los padres o el jefe es otro tipo de familiar crecen año con año?

Esa es la realidad en este país. Tener un hogar con las condiciones básicas de vida digna es un lujo. Tener padre y madre en casa es una excepción y no la regla. La cantidad de hogares donde los padres son adolescentes también ha aumentado en los últimos años, y la pobreza es un mal que se rehúsa a dejar de afectar a un tercio de la población, según la última Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples.

Juzgar desde el privilegio es fácil. Salirse de esta burbuja y ver que la realidad del resto de la gente es distinta, más difícil, cruda y complicada, eso es algo que todos deberíamos tratar de hacer. El país no necesita más sanvergones, ya son epidemia.

Buscar casa de alquiler en el Gran San Salvador

Es un tema recurrente en cualquier reunión en casi cualquier círculo de amigos. Ya sean del trabajo, de la cuadra o viejos conocidos de la escuela o del colegio: la búsqueda de una casa para vivir en el Gran San Salvador. En alquiler. Siempre parece haber alguien tratando de encontrar una vivienda para su familia o una pareja de recién casados que busca empezar de cero. Y los que han buscado saben y se quejan de lo complicado que es conseguir un lugar para vivir. Un sitio que reúna algunas condiciones consideradas básicas: primero –siempre primero– que esté en una zona medianamente segura, que no quede tan extraviado de las rutas de buses o microbuses y que tenga algún supermercado o tienda surtida cerca.

No debería ser tan complicado, pero en El Salvador todo parece serlo. Hace unos días una pareja de esposos le contaba a un grupo de amigos que buscaba mudarse desde Soyapango a otra ciudad del Gran San Salvador. Motivados por la inseguridad, se habían puesto a buscar en internet y en los clasificados alguna casa. Nada de lujo, lo básico para una pareja en la que ambos trabajan. Pero se encontraron con alquileres exorbitantes para cualquiera con un salario promedio en el país. No eran mansiones, sino casas de colonias con tres cuartos, a lo mucho, y que comparten pared con el vecino de al lado. Estrechas, pues. ¿Su precio? De $400 a $500 por un alquiler mensual en Santa Tecla o sus alrededores. Mucho más que el salario mínimo vigente en el país.

Muchos lo catalogarían como un abuso o una exageración. Hace tan solo un par de años busqué una casa y vi más de 30 al occidente del Gran San Salvador. Los vendedores siempre enfatizaron dos motivos para justificar esos precios que parecen fuera de contexto: la seguridad y la ubicación. Un par de vecinos hacen un portón a la entrada de un pasaje y ya se cataloga como “privado”, más el hecho que uno no tiene que viajar a Lourdes, Colón, o hasta Quezaltepeque –donde están las colonias más recientemente edificadas– y arriesgarse por algún cierre de carretera o percance en el camino.

Según el estudio “Se busca vivienda en alquiler, opciones de política en América Latina y el Caribe” del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), “la vivienda formal en América Latina y el Caribe es costosa. Algunas fuentes sugieren que ahí la relación entre precio e ingreso puede ser hasta tres veces mayor que en Estados Unidos”. Ante esto, muchas personas terminan pagando esos alquileres altos por casas que no lo valen y a las que muchas veces no se les da mantenimiento (construidas en los años ochenta del siglo pasado o antes), aunque represente cerrar con déficit en la economía familiar mes a mes.

Y como todo en el país, la situación se va agravando en cuanto se perciben menos ingresos. Menos dinero, menos posibilidades de alquilar una casa que reúna las condiciones básicas. Adquirir una casa propia es más que un privilegio para una familia joven. Eso hace que hoy, como nunca antes, sea tan difícil encontrar vivienda. Bueno, casas hay, pero localizadas en colonias sitiadas por las pandillas.
Y los precios por alquiler en la zona catalogada como “segura” del Gran San Salvador suben como la espuma. Algo tiene que frenarlos. En ciudades de Europa o Estados Unidos se regula el precio de los alquileres después de que estos se descontrolaron y se volvieron impagables. El estudio del BID sugiere que “un marco jurídico equilibrado puede incluir controles de renta, si bien estos deben ser determinados en relación con los valores de mercado en el área y modificables de acuerdo con el comportamiento de la inflación”. Como muchas cosas de la ciudad, los alquileres parecen ser un caos donde se aplica la ley del más fuerte, y el débil asume la carga más grande.

De niñas y mujeres

Existen ideas y conceptos alrededor de lo que significa ser niña y mujer en este país que afectan negativamente nuestro desarrollo como sociedad. En pleno siglo XXI, tenemos demasiadas víctimas que padecen a causa de estas suposiciones, las cuales pocas veces son puestas bajo la luz para verificar su validez.

El machismo y la violencia de género, que aceptamos y alimentamos, y que son parte de la cultura salvadoreña, bloquean un desarrollo saludable y equilibrado en el que las niñas y mujeres puedan realizar sus sueños.

Esos aspectos de nuestra cultura comprenden ideas acerca de los roles, posibilidades y opciones que le corresponden a una mujer, y que son aceptados por la mayoría. Estos, con la práctica y el tiempo, se han convertido en marcos de pensamiento, principios y valores que habitan en la mente de los ciudadanos y que son actuados consciente e inconscientemente.

Basta ver algunos indicadores, como las estadísticas de abuso sexual o las de salarios de hombres y mujeres, o echar un vistazo a aspectos legales como el que permite a un hombre que ha abusado sexualmente de una menor evadir la cárcel si decide casarse con ella, para tener una idea del terreno en el que estamos parados.

En una publicación de esta semana, LA PRENSA GRÁFICA señaló que en 2016 “ocurrieron cinco casos diarios de violencia sexual contra niñas o adolescentes, según Medina Legal”. De acuerdo con datos de la Fiscalía General de la República, desde 2003 hasta junio de este año se han registrado “un total de 20,140 delitos de violación en menores de 15 años”. En el 80 % de los casos, los agresores fueron familiares o conocidos.

Por otro lado, en el tema económico, la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC) reveló, en un informe de 2010, que los hombres ganaban un promedio de $45.36 más que las mujeres, y que el salario promedio de estas últimas, en ese año, había sido un 15.5 % inferior al de un hombre.

Estos datos reflejan una parte de la realidad, pero difícilmente muestran los verdaderos impactos emocionales a los que se enfrentan niñas, adolescentes y mujeres, que crecen en ambientes que aceptan e incluso promueven ese tipo de situaciones, sin que se cuestione casi nunca su validez.

Si no cuidamos y desarrollamos las potencialidades de nuestras niñas, ¿cómo esperamos que desarrollen una adultez sana y equilibrada?  

Es urgente acelerar el cambio cultural acerca de lo femenino, por el bienestar de las niñas y por el desarrollo equilibrado de las mujeres y de la sociedad entera. Sin embargo, no existe una fórmula mágica. La solución es un proceso que ha iniciado y que tomará tiempo.

Esa solución requerirá reflexión y discusión en todos los espacios posibles, así como una educación profunda sobre las formas saludables de entender y vivir los roles de hombres y mujeres.

Tenemos la necesidad impostergable de poner luz sobre esas ideas aberrantes que las estadísticas y las historias de niñas y mujeres abusadas o con muy pocas oportunidades, nos muestran. Solo así comprenderemos cómo esos conceptos que hemos validado por siglos alimentan esta cultura de violencia y abuso que mantenemos.

Solo cuestionando a fondo lo que creemos acerca de las niñas y de las mujeres podremos reducir las historias que tanto duelen, pero sobre todo garantizarles y garantizarnos un futuro mejor como sociedad.

Mis 45

Contrario a lo que siempre se nos ha dicho a las mujeres, para mí decir públicamente que he llegado a los 45 años es motivo de orgullo, de reflexión sobre el camino recorrido, de renuncias y reafirmaciones, de restar importancia a la opinión de los demás y de ser cada vez más yo con naturalidad y con menos miedos.

Digo que es motivo de orgullo porque llegar a esta edad en un país que desde el nacimiento te prepara para recibir una patada en el trasero y te marca los caminos según el género, la clase social, el color de la piel y tus opciones políticas es un auténtico motivo de celebración.

Sobre todo si pienso en las mujeres centroamericanas que todos los días se convierten en una cifra más de feminicidio, condena por aborto, violación, mala praxis, pobreza, analfabetismo, trata, ruta del migrante y todas las formas de morir, física o espiritualmente que tenemos en la región.

Y aunque no me gustan los números impares, creo que cumplir 45 es un buen momento para reflexionar sobre el camino recorrido. Esa vida que empieza con el despertar de la guerra civil salvadoreña y el asesinato de nuestro arzobispo que ahora es beato, que transcurre en medio de la revolución que me enseñó a pensar en los demás como si se tratara de mi propia vida, en la firma de la paz que me puso a imaginar con ilusión el país que venía, hasta llegar al acontecimiento más reciente: la izquierda gana el poder y el sueño se convierte en pesadilla.

No hay otra manera de recorrer este camino si no es tomando decisiones que implican renuncias y reafirmaciones. Por eso renuncio a ser amable y cordial con quienes no creo que merezcan mi consideración, a reservarme mis puntos de vista solo para evitar la controversia, a dudar de mis capacidades frente a la prepotencia de los otros, a ser la madre que cocina galletas de chocolate porque ahora sé que no era importante, al matrimonio que olvida el cortejo y pierde el sentido del humor, a la gente incapaz de reírse a carcajadas o dejar su vida en la pista bailando cualquier canción, o peor aún, a los que te saludan solo si defiendes sus intereses o si consideran que les otorga prestigio conocerte. De todos ellos, líbrame Señor.

Renuncio a estar cerca de quienes se aprovechan de la debilidad de los demás para sentirse importantes y poderosos, de quienes no saben en qué país viven, de quienes menosprecian los poderes creadores y curativos del arte y la cultura, de quienes se jactan de conocer a los pobres para lucir justos, de la izquierda que se arropa en los sacrificios del pasado para justificar los abusos del presente. De todos ellos también, líbrame Señor.

Junto a mis renuncias, me reafirmo como la mujer fuerte, capaz de sobrevivir cualquier tempestad sin perder el rumbo que marca la dignidad, la justicia y la honestidad; me reafirmo como la madre que ama con locura a su único hijo, como la hija que siempre estará orgullosa de tener unos padres que se atrevieron a subvertir un orden perverso; como la periodista que no podría vivir sin voz propia y sin armar este rompecabezas de palabras que se llama texto, como la niña que no pude ser a plenitud y que todavía tiene ganas de jugar y reírse de tonterías, como la amiga que nunca olvida a quienes me han querido como soy, como la eterna entusiasta de sumarse a casi cualquier causa perdida.

Sí, me reafirmo como la militante convencida que sigue creyendo en que vale la pena construir un país diferente.

Llego a los 45 orgullosa y cómoda de decir públicamente todo lo que creo y lo que no creo. Si usted encuentra entre mis afirmaciones alguna coincidencia, en buena hora. Si por el contrario, no está de acuerdo conmigo, tenga por seguro que respetaré su punto de vista, pero no intente cambiar el mío, porque este es mi camino y esta soy yo, cada vez más natural y con menos miedos.

La verdad incómoda

No. Ningún sistema de pensión, público, privado o mixto, le garantizará retirarse con un 70 % de su último salario. Nomás no se puede, no es realista y quien se lo ofrezca o le está mintiendo o se está metiendo a asumir una deuda que luego no encontrará cómo honrar.

Tampoco es posible ahorrar poco, retirarse pronto y esperar una buena pensión. Si queremos tener un ingreso digno, debemos sacrificarnos ahora, guardar más y estar listos para trabajar la mayor cantidad de tiempo posible. Suena mal, injusto, incómodo, pero es así.

Nelson Fuentes, uno de los analistas más talentosos del Ministerio de Hacienda, recordaba hace poco que hay un consenso internacional sobre la relación entre ahorro para pensión y el monto que se recibirá, y es de tres a uno. Por cada 1 % de mi ingreso que guardo para mi vejez estoy asegurando que en el retiro recibiré un 3 % de mi último salario. En El Salvador estamos ahorrando 10 % de nuestro salario, con lo que la perspectiva de la tasa de reemplazo –la relación de la pensión sobre el último salario recibido– ronda el 30 %.

¡Qué bajo! ¡Qué barbaridad! ¡Qué robo! ¿Quién vive con esto? Miles de salvadoreñas están empezando a hacerlo. El 18 de abril de este año comenzaron a jubilarse las primeras mujeres que no están amparadas por el tristemente famoso decreto 100. Este decreto aseguraba a los optados, quienes estaban cotizando en el ISSS y el INPEP y decidieron pasarse a una AFP, que recibirían tasas de reemplazo de entre el 60 % y el 70 %, similares a las que habrían tenido en el anterior sistema de reparto.

¿Cómo es esto posible? Pues estas personas reciben parte de su pensión con sus propios ahorros, y el resto lo complementa el Estado, y sí, es parte de la tristemente famosa deuda previsional que hace que nuestro déficit fiscal sea el doble de lo que sería sin la deuda de pensiones, y que ahora es el centro de la discusión oficial para una reforma del sistema previsional.

Pero volvamos a lo que está recibiendo la gente. El decreto 100 solo beneficia a los nacidos antes del 17 de abril de 1962. Los hombres se jubilan a los 60 años, las mujeres, a los 55, de modo que este año se empezaron a jubilar las primeras mujeres que no están cubiertas por el decreto 100. Ellas, con pocos ahorros por diferentes factores, como menores salarios, menor tiempo trabajado, ausencias por maternidad, etcétera, aunado a bajas rentabilidades porque la mayoría de este dinero se le prestó a bajo interés al Estado, están recibiendo tasas de reemplazo de entre el 27 % y el 30 %.

Con las AFP, la pensión se calcula dividiendo el ahorro que se tiene entre el número de años que se espera que la persona viva, según unas tablas de expectativa de vida. Mujeres con salarios de $900 reciben la noticia de que solo les alcanza para una pensión de $220 mensuales. Sorprendidas e indignadas, muchas se están negando a firmar sus procesos de retiro.

Además, una vez se les termine su ahorro, recibirán una pensión mínima pagada por el Estado, sí, de nuevo, parte de la deuda previsional que ahora preocupa a todo el país.

¿Qué se puede hacer? La respuesta es difícil, complicada, tanto así que llevamos tres años con el tema de la reforma previsional en la agenda pública sin que nuestros gobernantes hayan podido acordar cuál es la mejor solución. ¿Qué nos toca como trabajadores? Hacernos a la idea de que debemos ahorrar lo más que podamos, que de ser posible busquemos trabajar más allá de la edad legal de retiro.

En las condiciones de nuestra economía y con tanta informalidad y salarios bajos, es un reto difícil. La reforma, la que debe llegar, debe ser pronta y tomar en cuenta todos estos elementos.

Solo en nuestra memoria

Siempre he tenido curiosidad sobre el funcionamiento de la memoria. Sobre todo de la selección y el descarte que hace el cerebro de los recuerdos. El filtro que decide qué almacenar en la memoria de largo plazo y qué no. Todo con base en lo que vivimos en el día a día. Según el libro “Los desafíos de la memoria” del estadounidense Joshua Foer, cada año perdemos el equivalente a 40 días tratando de recordar algo. Talvez la clave de un celular; un objeto que pensábamos en un lugar y no, está en otro; o el nombre de una persona que nos saluda en un centro comercial y no veíamos desde hace años. Hay detalles que pasaron hace una década y recordamos a la perfección, otros que ocurrieron ayer –o hace unas horas– y de los cuales no retuvimos ni la mitad. Con el objetivo de entender cómo se van borrando los recuerdos con el tiempo, el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus pasó años memorizando sílabas al azar. Se ponía a prueba para ver cuántas sílabas había olvidado y cuántas lograba retener. Los resultados de su estudio constituyen la denominada “curva del olvido”: en la primera hora que seguía al aprendizaje se olvida más de la mitad. Al cabo de un día desaparece un 10 % adicional. Tras un mes, otro 14 %. Lo que quedaba se estabilizaba en la memoria y el ritmo del olvido se iba ralentizando.

Pero algunas veces solo necesitamos ver algún objeto viejo para retomar todo un pasaje de nuestra vida; por ejemplo, un momento de la infancia. Usualmente recordamos la simplicidad de los días y juegos cuyo valor y gracia radicaba en la sencillez. Lo más significativo pasaba en las tardes, después de la escuela, o durante los fines de semana. En lo personal, recuerdo los sábados y domingos. En una sistema donde lo inexorable parece ser “vivir para trabajar”, los momentos con la familia completa se atesoran el triple. En mi caso, recuerdo vívidamente un viaje que hicimos varias veces –quizá cinco o seis– a la playa. Nos embarcábamos en San Luis La Herradura, La Paz, recorríamos en lancha el estero de Jaltepeque y nos bañábamos hasta el atardecer en la isla Tasajera. En esos viajes en lancha fue que conocí de los manglares. Esas enredaderas flotantes que parecen infranqueables para cualquiera, y que son el paraíso para una infinidad de aves blancas que parecen reinar el lugar. Luis Leiva –el lanchero y quien es mi primo– nos trataba de explicar detalles de esos bosques salados donde había crecido, cómo se buscaban curiles, los bancos de arena donde no pasaba la lancha o la manera de encontrar cangrejos y capturarlos solo usando las manos. Años después de aquellos paseos, Luis naufragó en mar abierto por una tormenta y pasó perdido casi una semana en el océano. Fue rescatado por otros pescadores de La Herradura y, tiempo después, siguió el camino de tantos otros y se fue a Estados Unidos. Lejos de ese paraíso que conocía tan bien.

Siempre recordé esos viajes a los manglares, un ecosistema sumamente hermoso pero frágil. Solo sobreviven en el equilibrio perfecto entre el agua dulce y salada. Hace poco, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) brindaba datos que asustan a cualquiera con respecto a estos bosques. Entre 1950 y 2013 se ha perdido el 60 % de los manglares de El Salvador, pasando de 100,000 hectáreas a 40,000, y de estas últimas 2,000 tienen problemas de azolvamiento o deforestación. Una triste realidad solo agravada por el cambio climático, como se retomó en las páginas de Séptimo Sentido con el tema “La comunidad que se seca con el manglar”, que muestra la complicada situación en áreas de la bahía de Jiquilisco. La tala del bosque por las comunidades aledañas es otro factor de este declive. Mucho se ha hablado de la preservación y campañas de concienciación, pero hasta que no se solvente la precaria situación económica en la que muchas familias viven, no se verán mayores resultados. Hace ya un par de años, los miembros de la cooperativa Palacio de las Aves, de la Isla de Méndez, en Usulután, me comentaban que un curilero ganaba tan solo $4 por 120 conchas recogidas entre el fango del manglar, una actividad que no es regulada por nadie y donde los perdedores son los que realizan el mayor esfuerzo. Preservar estos ecosistemas tan preciados implica cambiar la realidad de estas familias. Si esto no se hace rápido –en el contexto del feroz cambio climático–, las 40,000 hectáreas de manglares que quedan desaparecerán por completo en 25 años. Y ahí sí esos bosques solo quedarán en nuestra memoria.

Convivir con las ideas diversas

En El Salvador tenemos malas costumbres, muchas de ellas relacionadas con la ausencia de una educación integral que desarrolle individuos con pensamiento crítico, capaces de lidiar, en un marco de respeto, con ideas diversas.

Se nos educó para la obediencia y la ausencia de debate. Esta incapacidad para disentir y valorar pensamientos diferentes lleva fácilmente a la deshumanización de quienes piensan distinto a nuestros marcos de creencias.

Una sociedad en la que sus habitantes no son capaces de cuestionar o debatir ideas de forma respetuosa y pacífica, tampoco puede negociar ni desarrollar agendas comunes que comprometan a sus ciudadanos en un proyecto compartido.

Una sociedad de este tipo se encuentra desarticulada, sin conexiones y sin confianza. Y si a esto le sumamos que los liderazgos políticos promueven la división y el miedo como forma para mantener el control, tenemos un cóctel tóxico que amenaza constantemente a la débil democracia que intentamos construir.

En un país así, la mayoría de personas también tiende a creer que no tiene poder para solucionar sus principales problemas, por lo que cae fácilmente en populismos y violencia.
Pienso y siento que lo que más nos afecta, como país, es la ausencia de un tejido social fuerte que permita conectar a los sectores que conforman la sociedad, y que ofrezca a los ciudadanos la inspiración de un ideal común del cual podamos sentirnos parte y en el que, a pesar de las diferencias, decidamos aportar al desarrollo del país.

Es complicado creer que El Salvador tendrá la capacidad de revertir sus problemas más dramáticos: la delincuencia, el irrespeto a la ley, la corrupción, la violencia generalizada y la falta de salud, educación y oportunidades, por mencionar solo algunos, sin la confianza como elemento aglutinador que facilite y sume la participación de sus habitantes.

También es poco probable que una sola persona, un solo partido político, una sola ideología o un solo estrato de la sociedad pueda disminuir el estancamiento y el atraso en el que se encuentra el país.

La diversidad de ideas no debería ser un obstáculo, ni tampoco una excusa para excluir a nadie. Por el contrario, esta debería fortalecernos porque ofrece diferentes vías de solución a los problemas más complejos.

Lo que verdaderamente nos afecta es la aplicación de ideas, fórmulas, visiones o ideologías en donde la ética y la honestidad son ignoradas por completo. Considero que la clave está en aprender a lidiar con las opciones diversas colocando por encima estos principios universales.

Si realmente nos interesa contribuir a mejorar las condiciones en las que se encuentra el país, los salvadoreños necesitamos un cambio de mentalidad en el que dejemos de pensar que el desarrollo se limita únicamente a generar dinero y bienes materiales; porque este enfoque reduce nuestra capacidad de ver al otro como un ser humano que siente, piensa y tiene ideales, preocupaciones y sueños que pueden ser diferentes, pero también legítimos.

Desmond Tutu, el sacerdote que acompañó a Mandela en el proceso de reconciliación de Sudáfrica, señala que los individuos estamos “unidos en una delicada red de interdependencia porque una persona lo es a través de otras. Deshumanizar a otros irremediablemente significa que nos deshumanizamos a nosotros mismos”.

Nuestra tarea es aprender a vernos como seres humanos interrelacionados y no como individuos aislados, para generar un ambiente en donde la confianza, el respeto y la convivencia de ideas sume a la solución de los principales problemas de las personas, y así logremos definir un rumbo común que permita el avance de la nación.